jueves, octubre 14, 2021

La tentación de existir

 

E. M. Cioran

Pensar contra sí mismo

Debemos la casi totalidad de nuestros conocimientos a nuestras violencias, a la exacerbación de nuestro desequilibrio. Incluso Dios, por mucho que nos intrigue, no es en lo más íntimo de nosotros donde le discernimos, sino justo en el límite exterior de nuestra fiebre, en el punto preciso en el que, al afrontar nuestro furor al suyo, resulta un choque, un encuentro tan ruinoso para El como para nosotros. Alcanzado por la maldición que los actos conllevan, el violento no fuerza su naturaleza, no va más allá de sí mismo, más que para volver de nuevo a sí enfurecido, como agresor, seguido de sus empresas, que vienen a castigarle por haberlas suscitado. No hay obra que no se vuelva contra su autor: el poema aplastará al poeta, el sistema al filósofo, el acontecimiento al hombre de acción. Se destruye cualquiera que, respondiendo a su vocación y cumpliéndola, se agita en el interior de la historia; sólo se salva quien sacrifica dones y talentos para que, liberado de su condición de hombre, pueda reposarse en el ser. Si aspiro a una carrera metafísica, no puedo a ningún precio guardar mi identidad; debo liquidar hasta el menor residuo que me quede de ella; mas si, por el contrario, me aventuro en un papel histórico, la tarea que me incumbe es exasperar mis facultades hasta que estalle con ellas. Siempre se perece por el yo que se asume; llevar un nombre es reivindicar un modo exacto de hundimiento.

 Fiel a sus apariencias, el violento no se desanima, vuelve a empezar y se obstina, ya que no puede dispensarse de sufrir. ¿Que se encarniza en la perdición de los otros? Es el rodeo que toma para llegar a su propia perdición. Bajo su aire seguro de sí, bajo sus fanfarronadas, se esconde un apasionado de la desdicha. De este modo, es también entre los violentos donde se encuentran los enemigos de sí mismos. Y todos nosotros somos violentos, rabiosos que, por haber perdido la llave de la quietud, no tienen ya acceso mas que a los secretos del desgarramiento.

 En lugar de dejar al tiempo triturarnos lentamente, hemos creído oportuno sobreabundar en él, añadir a sus instantes los nuestros. Ese tiempo reciente, injertado en el antiguo, ese tiempo elaborado y proyectado debía pronto revelar su virulencia; objetivándose, iba a convertirse en historia, monstruo urdido por nosotros contra nosotros mismos, fatalidad a la que no podríamos escapar, ni aun recurriendo a las fórmulas dc la pasividad, a las recetas de la sabiduría.

 Intentar una cura de ineficacia; meditar sobre los padres taoístas, su doctrina del abandono, del dejarse llevar, de la soberanía de la ausencia; seguir, según su ejemplo, el recorrido de la conciencia cuando deja de tenérselas con el mundo y se moldea sobre todas las cosas, como el agua, elemento al que son afectos, eso ya podemos esforzarnos en lograrlo, que no lo conseguiremos jamás. Ellos condenan juntamente nuestra curiosidad y nuestra sed de dolores; y en esto se diferencian de los místicos, y singularmente de los de la edad media, hábiles en recomendarnos las virtudes de la camisa de cerdas, de la piel de erizo, del insomnio, de la inanición y del gemido.

 «La vida intensa es contraria al Tao», enseña Lao-Tse, el hombre más normal que hubiere. Pero el virus cristiano nos recome: legatarios de los flagelantes sólo refinando nuestros suplicios tomamos conciencia de nosotros mismos. ¿Qué la religión declina? Perpetuaremos sus extravagancias, como perpetuamos las maceraciones y los gritos de las celdas de antaño, ya que nuestra voluntad de sufrir iguala a la de los conventos en la época de su florecimiento. Si bien la Iglesia no goza ya del monopolio del infierno, no por eso nos tendrá menos anclados a una cadena de suspiros, al culto del padecimiento, de la alegría fulminada y de la tristeza jubilosa.

 El espíritu, tanto como el cuerpo, paga los gastos de la «vida intensa». Maestros en el arte de pensar contra sí mismos, Nietzsche, Baudelaire y Dostoievski nos han enseñado a apostar por nuestros peligros, a ampliar la esfera de nuestros males, a adquirir existencia por la división de nuestro ser. Y lo que a los ojos del gran chino era símbolo de decadencia, ejercicio de imperfección, constituye para nosotros la única modalidad de poseernos, de entrar en contacto con nosotros mismos.

 «Que el hombre no ame nada y será invulnerable». («Chuang‑tzé»).

Máxima profunda como inoperante. ¿Cómo alcanzar el apogeo de la indiferencia, cuando nuestra misma apatía es tensión, conflicto, agresividad? No hay ningún sabio entre nuestros antecesores, sino insatisfechos, veleidosos, frenéticos, cuyas decepciones y desbordamientos nos será preciso prolongar.

 Siempre según nuestros chinos, sólo el espíritu desapegado penetra en la esencia del Tao; el apasionado no percibe más que los efectos: el descenso a las profundidades exige el silencio, la suspensión de nuestras vibraciones, léase de nuestras facultades. Pero ¿no es ya revelador que nuestra aspiración a lo absoluto se exprese en términos de actividad, de combate, que un Kierkegaard se titule «caballero de la fe», y que Pascal. no sea nada más que un panfletario? Atacamos y nos debatimos; no conocemos, pues, más que los efectos del Tao. Por lo demás, la quiebra del quietismo, equivalente europeo del taoísmo, dice mucho sobre nuestras posibilidades y nuestras perspectivas.

 No veo nada más contrario a nuestras costumbres que el aprendizaje de la pasividad. (La época moderna comienza con dos histéricos: Don Quijote y Lutero.) Si elaboramos tiempo, si lo producimos, es por repugnancia a la hegemonía de la esencia y a la sumisión contemplativa que supone. El taoísmo me parece la primera y última palabra de la sabiduría: soy; sin embargo, refractario a él, mis instintos lo rechazan, como rechazan doblegarse a lo que sea, hasta tal punto pesa sobre nosotros la herencia de la rebelión. ¿Nuestro mal? Siglos de atención al tiempo, de idolatría del futuro. ¿Nos libraremos de él por algún recurso de la China o de la india?

 Hay formas de sabiduría y liberación que no podemos ni aprehender desde dentro, ni transformarlas en nuestra sustancia cotidiana, ni siquiera encerrarlas en una teoría. La liberación, si efectivamente uno se empeña en ella, debe proceder de nosotros: no hay que buscarla en otra parte, en un sistema completamente acabado o en alguna doctrina oriental. Empero esto es lo que ocurre en numerosos espíritus ávidos, como suele decirse, de absoluto. Pero su sabiduría es un plagio, su liberación un engaño. No incrimino aquí solamente a la teosofía y sus adeptos, sino a todos los que se equipan con verdades incompatibles con su naturaleza. Más de uno tiene la India fácil, se imagina haber desenmarañado sus secretos, cuando nada le dispone a ello ni su carácter, ni su formación, ni sus inquietudes. ¡Qué pulular de falsos «liberados» que nos miran desde lo alto de su salvación! Tienen buena conciencia; ¿acaso no pretenden situarse por encima de sus actos? Superchería intolerable. Apuntan, además, tan alto que toda religión convencional les parece un prejuicio de familia, con la que su «espíritu metafísico» no sabría contentarse. Reclamarse de la India suena indudablemente mejor. Pero olvidan que ésta postula acuerdo entre la idea y el acto, identidad de la salvación y de la renuncia. Cuando se posee «el espíritu metafísico»», esas son bagatelas de las que uno no se preocupa.

 Tras tanta impostura y tanto fraude, es reconfortante contemplar a un mendigo. El, al menos, ni miente ni se miente: su doctrina, si la tiene, la encarna él mismo; no le gusta el trabajo y lo prueba; como no desea poseer nada, cultiva su desprendimiento, condición de su libertad. Su pensamiento se resuelve en su ser y su ser en su pensamiento. Está falto de todo, es él mismo, dura. Estar a la altura de la eternidad es también vivir al día. De este modo, para él, los otros están encerrados en la ilusión. Cierto que depende de ellos, pero se venga estudiándolos, especializado como está en los trasfondos de los sentimientos «nobles». Su pereza, de una rara calidad, hace de él un auténtico «liberado», perdido en un mundo de bobos y engañados. Sobre la renuncia, sabe mucho más que numerosas de vuestras obras esotéricas. Para convenceros, no tenéis más que echaros a la calle... ¡Pero no! Preferís los textos que preconizan la mendicidad. Ya que ninguna consecuencia práctica acompaña vuestras meditaciones, no es de extrañar que el último de los pordioseros valga más que vosotros. ¿Es concebible el Buda fiel a sus verdades y a su palacio? No se es «liberado‑vivo» y propietario. Me rebelo contra la generalización de la mentira, contra los que exhiben su pretendida «salvación» y la apuntalan con una doctrina que no emana de sus profundidades. Desenmascararlos, hacerlos descender del pedestal en el que se han izado, ponerlos en la picota, es una campaña a la que nadie debería permanecer indiferente. Pues a todo precio, es preciso impedir a los que tienen demasiado buena conciencia vivir y morir en paz.

Cuando hace un momento nos oponíais lo «absoluto», afectabais un airecillo profundo, inaccesible, como si os debatieseis en un mundo lejano, con una luz, con unas tinieblas que os pertenecen, dueños de un reino al que nadie fuera de vosotros podría abordar. Nos dispensáis, a nosotros los mortales, unas pocas briznas de los grandes descubrimientos que acabáis de efectuar, algunos restos de vuestras prospecciones. Pero todas nuestras penas sólo logran haceros soltar ese pobre vocablo fruto de vuestras lecturas, de vuestra docta frivolidad, dc vuestra nada libresca y de vuestras angustias de prestado.

 Lo absoluto: todos nuestros esfuerzos se reducen a minar la sensibilidad que conduce a ello. Nuestra sabiduría ‑o, más bien, nuestra no‑sabiduría‑ lo repudia; relativista, nos propone un equilibrio, no en la eternidad, sino en el tiempo. El absoluto que evoluciona, esa herejía de Hegel, se ha convertido en nuestro dogma, nuestra trágica ortodoxia, la filosofía de nuestros reflejos. Quien cree poder hurtarse a ella, da prueba de fanfarronería o ceguera. Arrinconados en la apariencia, a veces nos ocurre que abrazamos una sabiduría incompleta, mezcla de sueño e imitación. Si la India, para citar de nuevo a Hegel, representa «el sueño del espíritu infinito», el sesgo de nuestro intelecto, así como el de nuestra sensibilidad, nos obliga a concebir el espíritu encarnado, limitado a encaminamientos históricos, el espíritu sin más, que no abarca el mundo, sino los momentos del mundo, tiempo despedazado al que no escapamos más que a tirones, y cuando traicionamos nuestras apariencias.

 Como la esfera de la conciencia se encoge en la acción, nadie que actúe puede aspirar a lo universal, pues actuar es aferrarse a las propiedades del ser en detrimento del ser, a una forma de realidad en perjuicio de la realidad. El grado de nuestra liberación se mide por la cantidad de empresas de las que nos hemos emancipado, tanto como por nuestra capacidad de convertir todo objeto en un no‑objeto. Pero nada significa hablar de liberación a partir de una humanidad apresurada que ha olvidado que no se podría reconquistar la vida ni gozar de ella sin haberla antes abolido.

 Respiramos demasiado pronto para poder aprehender las cosas en sí mismas o para denunciar su fragilidad. Nuestro jadeo las postula y las deforma, las crea y las desfigura, y nos encadena a ellas. Me agito, emito un mundo tan sospechoso como esa especulación mía que lo justifica, me desposo con el movimiento que me transforma en generador de ser, en artesano de ficciones, mientras que mi verbo cosmogónico me hace olvidar que arrastrado por el torbellino de los actos no soy más que un acólito del tiempo, un agente de universos caducos.

 Ahítos de sensaciones y de su corolario, el devenir, somos no‑liberados por inclinación y por principio, condenados selectos, presa de la fiebre de lo risible, husmeadores en esos enigmas superficiales a la medida de nuestro agobio y nuestra trepidación.

 Si queremos recobrar nuestra libertad, lo que nos cuadra es deponer el fardo de la sensación no reaccionar ya al mundo por medio de los sentidos, romper nuestros lazos. Empero, toda sensación es lazo, el placer tanto como el dolor, la alegría como la tristeza. Sólo se libera el espíritu que, puro de todo contubernio con seres u objetos, se ejerce en su vacuidad.

 Resistirse a la felicidad es algo que la mayoría logra; la desdicha, en cambio, es insidiosa de otro modo. ¿La habéis probado alguna vez? Nunca os saciaréis de ella, la buscaréis con avidez y, preferentemente, allí dónde no está, y la proyectaréis ahí pues, sin ella, todo os parecería inútil y sin brillo. Se encuentre donde se encuentre, expulsa el misterio y lo torna luminoso. Sabor y llave de las cosas, accidente y obsesión, capricho y necesidad, os hará amar la apariencia en lo que tiene de más potente, de más duradero y de más cierto, y os atará a ella para siempre pues, «intensa» por naturaleza, es, como toda «intensidad», servidumbre, sujeción. ¿Cómo alzarse hasta el alma indiferente y nula, hasta el alma desligada? Y ¿cómo conquistar la ausencia, la libertad de la ausencia? Nunca figurará esta libertad entre nuestras costumbres, como tampoco «el sueño del espíritu infinito».

 Para identificarse con una doctrina venida de lejos, habría que adoptarla sin restricciones: ¿Cómo se compagina consentir en las verdades del budismo y rechazar la trasmigración, base misma de la idea de renunciamiento? ¿Y suscribir a los Vedas, aceptar la concepción de la irrealidad de las cosas y comportarse como si existieran? Inconsecuencia inevitable para todo espíritu educado en el culto de los fenómenos. Porque debemos confesarlo: tenemos el fenómeno en la sangre. Podemos despreciarlo o aborrecerlo, no por ello dejará de ser nuestro patrimonio, nuestro capital de muecas, el símbolo de nuestra crispación en este mundo. Raza de convulsivos, en el centro mismo de una broma de proporciones cósmicas, hemos impreso en el universo los estigmas de nuestra historia, y de esa iluminación que invita a perecer tranquilamente nunca seremos capaces. Hemos elegido desaparecer por nuestras obras, no por nuestros silencios: nuestro futuro se lee en la risotada de nuestros rostros, en nuestros rasgos de profetas mortecinos y afanosos. La sonrisa de Buda, esa sonrisa que flota sobre el mundo, no ilumina nuestros rostros. A lo máximo, concebimos la dicha; nunca la felicidad, privilegio de las civilizaciones fundadas sobre la idea de salvación, sobre la negativa a saborear sus males, a deleitarse en ellos; pero, sibaritas del dolor, retoños de una tradición masoquista, ¿quién nos columpiará entre el Sermón de Benarés y el Heautontimoroumenos? «Soy la herida y el puñal»: tal es nuestro absoluto, nuestra eternidad.

 En cuanto a nuestros redentores, venidos entre nosotros para nuestro mayor oprobio, amamos la nocividad de sus esperanzas y de sus remedios, la diligencia que ponen en favorecer y exaltar nuestros males, el veneno que nos inoculan sus palabras de vida. Les debemos el ser expertos en el sufrimiento sin remedio. ¡A qué tentación, a qué extremos nos conduce la lucidez! ¿Vamos a desertar de ella para refugiarnos en la inconsciencia? Cualquiera puede salvarse por medio del sueño, cualquiera tiene genio mientras duerme: no hay diferencias entre los sueños de un carnicero y los de un poeta. Pero nuestra clarividencia no podría tolerar que tal maravilla durase, ni que la inspiración fuese puesta al alcance de todos; el día nos quita los dones que la noche nos dispensa. Sólo el loco posee el privilegio de pasar sin roces de la existencia nocturna a la diurna: no hay distinción alguna entre sus sueños y sus vigilias. Ha renunciado a nuestra razón como el pordiosero a nuestros bienes. Los dos han encontrado la vía que lleva fuera del sufrimiento y han resuelto todos nuestros problemas; y de este modo permanecen como modelos que no podemos seguir, como salvadores sin adeptos.

 Mientras hurgamos en nuestros males los de los otros no nos requieren menos. En la época de las biografías, nadie oculta sus llagas sin que intentemos destaparlas a la luz pública; si no lo logramos, nos apartamos de ellos plenamente decepcionados. E incluso aquel que acabó en la cruz, no cuenta aún ante nuestros ojos en modo alguno por haber sufrido por nosotros, sino por haber sufrido sin más y lanzado unos cuantos gritos tan profundos como gratuitos. Pues lo que veneramos en nuestros dioses son nuestras derrotas en hermoso.

Abocados a formas degradadas de sabiduría, enfermos de duración (durée, T.), en lucha con esa tara que nos repele tanto como nos seduce, en lucha con el tiempo, estamos constituidos de elementos todos los cuales concurren en hacer de nosotros rebeldes divididos entre una mística llamada que no tiene ningún lazo con la historia y un sueño sanguinario que es su símbolo y su nimbo. Si tuviéramos un mundo nuestro, ¡poco importaría que fuese el de la piedad o el de la risotada! nunca lo tendremos, ya que nuestra posición en la existencia se sitúa en el cruce de nuestras súplicas y de nuestros sarcasmos, zona de impureza en la que se mezclan suspiros y provocaciones. Quien es demasiado lúcido para adorar lo será igualmente para demoler, o no demolerá más que sus... rebeliones; pues ¿de qué sirve rebelarse para encontrar de inmediato el universo intacto? Monólogo irrisorio. Se subleva uno contra la justicia y contra la injusticia, contra la paz y la guerra, contra sus semejantes y contra los dioses. Después, se llega a pensar que el último viejo chocho es quizá más sabio que Prometeo. Sin embargo, no se llega a ahogar en uno mismo un grito de insurrección, y se continúa tronando a propósito de todo y de nada: automatismo lastimoso que explica por qué somos todos Luciferes de estadística.

 Contaminados por la superstición dcl acto, creemos que nuestras ideas deben realizarse. ¿Qué hay más contrario a la consideración pasiva del mundo? Pero tal es nuestro destino: ser incurables que protestan, panfletarios en un camastro.

 Nuestros conocimientos, como nuestras experiencias, deberían paralizarnos y hacernos indulgentes incluso para con la tiranía, desde el momento en que representa una constante. Somos lo suficientemente clarividentes como para sentirnos tentados de deponer las armas; el reflejo de la rebelión triunfa empero sobre nuestras dudas; y aunque podríamos ser unos perfectos estoicos, el anarquista vela en nosotros y se opone a nuestras resignaciones.

 «Jamás aceptaremos la Historia»: tal me parece ser el adagio de nuestra impotencia para ser verdaderos sabios o verdaderos locos. ¿Seremos figurones de la sabiduría y de la locura? Hagamos lo que hagamos, respecto a nuestros actos estamos obligados a una profunda insinceridad.

 Evidentemente, un creyente se identifica hasta un cierto punto con lo que hace y con lo que cree; no hay en él una divergencia importante entre su lucidez, por una parte, y sus acciones y pensamientos por otra. Tal divergencia se ensancha desmesuradamente en el falso creyente, en quien manifiesta convicciones sin adherirse a ellas. El objeto de su fe es un sucedáneo. Digámoslo sin ambages: mi rebelión es una fe que suscribo sin creer en ella. Pero no puedo dejar de suscribirla. Nunca se meditará bastante la frase de Kirilov sobre Stavroguin: »Cuando cree no cree que cree, y cuando no cree no cree que no cree».

 Más aún que el estilo, el ritmo mismo de nuestra vida está fundado sobre la honorabilidad de la rebelión. Como nos repugna admitir la identidad universal, ponemos la individuación, la heterogeneidad, como un fenómeno primordial. Pues bien, rebelarse es postular esa heterogeneidad, es concebirla de algún modo como anterior origen de los seres y de los objetos. Si opongo la Unidad, la única verídica, a la multiplicidad, necesariamente engañosa, si, en otros términos, asimilo lo otro a un fantasma, mi rebelión se vacía de sentido, ya que, para existir, debe partir de la irreductibilidad de los individuos, de su condición de mónadas, de esencias circunscritas. Todo acto instituye y rehabilita la pluralidad, y, confiriendo a la persona realidad y autonomía, reconoce implícitamente la degradación, el despedazamiento de lo absoluto. Y es de éste, del acto, y del culto que le es anejo, de donde procede la tensión de nuestro espíritu, y esa necesidad de estallar y de destruirnos en el corazón de la duración (durée, T.). La filosofía moderna, instaurando la superstición del yo., ha hecho de ella el resorte de nuestros dramas y el pivote de nuestras inquietudes. Añorar el reposo en la indistinción, el sueño neutro de la existencia sin cualidades, no sirve de nada; nos hemos querido sujetos, y todo sujeto es ruptura con la quietud de la Unidad. Quien se ataree en atenuar nuestra soledad o nuestros desgarramientos va contra nuestros intereses y nuestra vocación. Medimos el valor del individuo por la suma de sus desacuerdos con las cosas, por su incapacidad para ser indiferente, por su negativa a tender hacia el objeto. Y de aquí la descalificación de la idea de Bien, de aquí la boga del Diablo.

 Mientras vivíamos rodeados dc terrores elegantes, nos acomodábamos muy bien a Dios. Cuando otros, más sórdidos, porque más profundos, se apoderaron de nosotros, precisamos de otro sistema de referencias, de otro patrón. El Diablo era la figura pintiparada. Todo en él concuerda con la naturaleza de los acontecimientos de los que es agente y principio regulador: sus atributos coinciden con los del tiempo. Implorémosle, pues, ya que, lejos de ser un producto de nuestra subjetividad, una creación de nuestra necesidad de blasfemia o soledad, es el maestro de nuestras interrogaciones y de nuestros pánicos, el instigador de nuestros desvaríos. Sus protestas, sus violencias, no carecen de equívocos: ese «gran Triste» es un rebelde que duda. Si fuera simple, de una sola pieza, no nos atañería; pero sus paradojas, sus contradicciones, son nuestras: acumula nuestras imposibilidades, sirve de modelo a nuestras rebeliones contra nosotros mismos, al odio de nosotros mismos. ¿La fórmula del infierno? Es en esa forma de rebelión y de odio donde hay que buscarla, en el suplicio del orgullo derribado, en esa sensación dc ser una terrible cantidad desdeñable, en los tormentos del «yo», de ese «yo» por el que comienza nuestro fin...

 De todas las ficciones, la de la Edad de Oro es la que más nos pasma: ¿cómo ha podido rozar las imaginaciones? Y es para denunciarla y por hostilidad contra ella por lo que la historia, agresión del hombre contra sí mismo, ha cobrado empuje y forma; de tal suerte que entregarse a la historia es aprender a sublevarse, a imitar al Diablo. Nunca lo imitamos tan bien como cuando, a expensas de nuestro ser, emitimos tiempo, lo proyectamos fuera y lo dejamos convertirse en sucesos. «A partir de ahora, ya no habrá tiempo»: ese metafísico improvisado que es el Ángel del Apocalipsis anuncia de este modo el fin del Diablo, el fin de la Historia. De este modo, los místicos tienen razón de buscar a Dios en sí mismos o en otra parte, salvo en este mundo del que hacen tabla rasa, sin por ello rebajarse a la rebelión. Saltan fuera del siglo: locura de la que nosotros, cautivos de la duración, somos raramente capaces. ¡Si al menos fuésemos tan dignos del Diablo como ellos lo son de Dios!

Para persuadirse de que la rebelión goza de una honorabilidad indebida basta reflexionar sobre la manera en que se califica a los espíritus ineptos para ella. Se les llama blandengues. Es casi cierto que estamos cerrados a toda forma de sabiduría porque no vemos en ella mas que una blandenguería transfigurada. Por injusta que sea una reacción semejante, no puedo impedir sentirla para con el mismo taoísmo. Aun sabiendo que recomienda el alejamiento y el abandono en nombre del absoluto y no de la cobardía, lo rechazo en el momento mismo en que creo haberlo adoptado; y si doy mil veces razón a Lao-tsé, sin embargo, comprendo mejor a un asesino. Entre la serenidad y la sangre, lo natural es inclinarse hacia la sangre. El asesinato supone y corona la rebelión: quien ignora el deseo de matar, por mucho que profese opiniones subversivas, siempre será un conformista.

 Sabiduría y rebelión: dos venenos. Incapaces de asimilarlos ingenuamente, no encontramos en ninguno de los dos una fórmula de salvación. Sigue siendo cierto que en la aventura luciferina hemos adquirido una maestría que nunca poseemos en la sabiduría. Para nosotros, la misma percepción es sublevación, comienzo de trance o de apoplejía. Perdida de energía, voluntad de gastar nuestras disponibilidades. Rebelarse con cualquier motivo comporta una irreverencia contra uno mismo, contra nuestras fuerzas. ¿De dónde sacaríamos para la contemplación ese derroche estático, esa concentración en la inmovilidad? Dejar las cosas tal como están, mirarlas sin querer morderlas, percibir su esencia, nada más hostil a la dirección de nuestro pensamiento; aspiramos, por el contrario, a zarandearlas, a torturarlas, a prestarles nuestros furores. Así debe ser: idólatras del gesto del juego y del delirio, gustamos de los que arriesgan el todo por el todo, tanto en poesía como en filosofía. El Tao‑te‑kin va más lejos que Une saison en enfer o Ecce Homo. Pero Lao‑tsé no nos propone ningún vértigo, en tanto que Rimbaud y Nietzsche, acróbatas que se contorsionan en el punto extremo de sí mismos, nos invitan a sus peligros. Sólo nos seducen los espíritus que se han destruido por haber querido dar un sentido a sus vidas.

No hay salida para quien juntamente rebasa el tiempo y se hunde en el para quien accede sobresaltadamente a su última soledad y se ahínca, sin embargo, en la apariencia. Indeciso, tironeado, se arrastrará como un enfermo de la duración, expuesto juntamente a la atracción del futuro y de lo intemporal. Si creyendo al Maestro Eckhart, el tiempo tiene un «olor», con mayor razón aún debe tener uno la historia. ¿Cómo permanecer insensible a él? En un plano más inmediato, distingo la ilusión, la nulidad, la podredumbre de la «civilización»; empero, me siento solidario de esa podredumbre: soy el fanático de una carroña. Guardo rencor a nuestro siglo por habernos subyugado hasta el punto de acosarnos incluso en el momento en que nos separamos de él. Nada viable puede salir de una meditación de circunstancias, de una reflexión sobre el acontecimiento. En otras edades más felices, los espíritus podían desvariar libremente, como si no perteneciesen a ninguna época, emancipados como estaban del terror de la cronología, abismados en un momento del mundo el cual, para ellos, se confundía con el mundo mismo. Sin inquietarse por la relatividad de su obra, se consagraban a ella enteramente.

Estupidez genial irremisiblemente pasada, exaltación fecunda, en nada comprometida por la conciencia descoyuntada. Adivinar todavía lo intemporal y saber, sin embargo, que nosotros somos tiempo, que producimos tiempo, concebir la idea de eternidad y mimar nuestra nada; irrisión de la que emergen no sólo nuestras rebeliones, sino también las dudas que tenemos a su respecto.

 Buscar el sufrimiento para evitar el rescate, seguir en dirección contraria el camino de la liberación, tal es nuestra aportación en materia de religión: iluminados biliosos, Budas y Cristos hostiles a la salvación, predicando a los miserables el encanto de su desdicha. Raza superficial, si se quiere. No por ello es menos indudable que nuestro primer antepasado nos ha dejado, por toda herencia, el horror al paraíso. Dando un nombre a las cosas, preparaba su decadencia y la nuestra. Si quisiéramos remediarla, nos haría falta comenzar por desbautizar el universo, por quitar la etiqueta que, superpuesta sobre cada apariencia, la realza y le presta un simulacro de sentido. Mientras, hasta nuestras células nerviosas, todo en nosotros aborrece el paraíso. Sufrir: única modalidad de adquirir la sensación de existir; existir: única forma de salvaguardar nuestra perdición. Así será en tanto que una cura de eternidad no nos haya desintoxicado del futuro, en tanto que no nos hayamos acercado a ese estado en el que, según un budista chino, «el instante vale diez mil años».

Puesto que el absoluto corresponde a un sentido que no hemos sabido cultivar, entreguémonos a todas las rebeliones: acabarán indudablemente por volverse contra sí mismas, contra nosotros mismos... Quizá entonces reconquistaremos nuestra supremacía sobre el tiempo; a menos que, muy por el contrario, queriendo escapar a la calamidad de la conciencia, no nos reunamos con las bestias, las plantas y los objetos, con esa estupidez primordial de la que, por culpa de la historia, hemos perdido hasta el recuerdo.

 

Sobre una civilización exhausta

 

El que pertenece orgánicamente a una civilización no sabría identificar la naturaleza del mal que la mina. Su diagnóstico apenas cuenta; el juicio que formula sobre ella le concierne; la trata con miramientos por egoísmo.

 Más despegado, más libre, el recién llegado la examina sin cálculo y capta mejor sus desfallecimientos. Si está perdida, él aceptará la necesidad de perderse también, de constatar sobre ella y sobre sí mismo los afectos del fatum. En cuanto a remedios, ni posee ni propone ninguno. Como sabe que no se puede curar el destino, no se erige como saludador de nadie. Su única ambición: estar a la altura de lo Incurable...

Ante la acumulación de sus éxitos, los países de Occidente no necesitaron mucho trabajo para exaltar la historia, para atribuirle una significación y una finalidad. Les pertenecía, eran sus agentes: debía pues seguir una marcha racional... De este modo, la colocaron alternativamente bajo el patronazgo de la Providencia, de la Razón y del Progreso. El sentido de la fatalidad les faltaba; comenzaron finalmente a adquirirlo, aterrados por la ausencia que les acecha, por la perspectiva de su eclipse. De ser sujetos han pasado a objetos, desposeídos para siempre de esa irradiación, de esa admirable megalomanía, que hasta ahora los había cerrado a lo irreparable. Son hoy tan conscientes de esto, que miden la estupidez de un espíritu por su grado de apego a los acontecimientos. ¿Qué hay de más normal, dado que los acontecimientos pasan en otra parte? Uno no se sacrifica más que si conserva la iniciativa. Pero por poco que se guarde el recuerdo de una antigua supremacía, aún se sueña con sobresalir, aunque no sea no más que en el azoro.

 Francia, Inglaterra, Alemania, tienen su período de expansión y de locura tras ellas. Es el fin de lo insensato, el comienzo de las guerras defensivas. Ya no más aventuras colectivas, no más ciudadanos, sino individuos lívidos y desengañados, capaces todavía de responder a una utopía, a condición, sin embargo, de que venga de fuera, y de que no deba tomarse la molestia de concebirla. Si antaño morían por el sinsentido de la gloria, ahora se abandonan a un frenesí reivindicador; la «felicidad» les tienta; es su último prejuicio, del cual ese pecado de optimismo que es el marxismo toma su energía. Cegarse, servir, entregarse al ridículo o a la estupidez de una causa, otras tantas extravagancias de las que ya no son capaces. Cuando una nación comienza a deslucirse, se orienta hacia la condición de masa. Aunque dispusiese de mil Napoleones seguiría rehusándose a comprometer su reposo o el de los otros. Con reflejos claudicantes, ¿a quién aterrorizar y cómo? Si todos los pueblos estuviesen en el mismo grada de fosilización o de cobardía se entenderían fácilmente: sucedería a la inseguridad la permanencia de un pacto de cobardes... Apostar a la desaparición de los instintos guerreros, creer en la generalización de la decrepitud o del idilio, el ver lejos, demasiado lejos: la utopía es presbicia de los pueblos viejos. Los pueblos jóvenes, a los que repugna buscarse la escapatoria de una ilusión, ven las cosas bajo el prisma de la acción: su perspectiva es proporcionada a sus empresas. Sacrifican la comodidad a la aventura, la dicha a la eficacia, y no admiten la legitimidad de ideas contradictorias, la coexistencia dc posiciones antinómicas: ¿qué otra cosa quieren sino disminuir nuestras inquietudes por medio de... el terror y revigorizarnos triturándonos? Todos sus éxitos les vienen de su salvajismo, pues lo que cuenta en ellos no son sus sueños, sino sus impulsos. ¿Que se inclinan a una ideología? Aviva su furor, hace valer su trasfondo bárbaro y les mantiene despiertos. Cuando los pueblos viejos adoptan una, les embota, mientras les dispensa esa pizca de fiebre que les permite creerse vivos de algún modo: ligero empujón de lo ilusorio...

 Una civilización no existe ni se afirma más que por actos de provocación. ¿Que comienza a sentar cabeza? Entonces, se pulveriza. Sus momentos son momentos temibles, durante los cuales, lejos de almacenar sus fuerzas, las prodiga. Ávida de extenuarse, Francia se atareó en derrochar las suyas; lo consiguió, ayudada por su orgullo, su celo agresivo (¿acaso no ha hecho, en mil años más guerras que ningún otro país?). Pese a su sentido del equilibrio ‑incluso sus excesos fueron felices‑ no podía acceder a la supremacía más que con detrimento de su sustancia. Agotarse: hizo de ello cuestión de honor. Enamorada de la fórmula, de la idea explosiva, del estrépito ideológico, puso su genio y su vanidad al servicio de todos los acontecimientos ocurridos en estos diez últimos siglos. Y, tras haber sido la vedette, hela aquí resignada, temerosa, rumiando pesares y aprehensiones y descansando de su esplendor, de su pasado. Huye de su rostro, tiembla delante del espejo... Las arrugas de una nación son tan visibles como las de un individuo.

 Cuando se ha hecho una gran revolución, ya no se hace estallar otra de la misma importancia. Si se ha sido durante largo tiempo árbitro del gusto, una vez perdido el puesto ni siquiera se trata de reconquistarlo. Cuando se desea el anonimato, se harta uno de servir de modelo, de ser seguido e imitado: ¿de qué sirve mantener todavía la fachada para entregarse al universo?

 Francia conoce demasiado bien estas perogrulladas como para repetírselas. Nación del gesto, nación teatral, gustaba tanto de su papel como su público. Pero ya está harta, quiere retirarse del escenario, y no aspira más que a los decorados del olvido.

 De que ha gastado su inspiración y sus dones no cabe duda, pero sería injusto reprochárselo: tanto daría acusarla de haberse realizado cumplidamente. Las virtudes que hacían de ella una nación privilegiada las ha embotado, a fuerza de cultivarlas, de hacerlas valer, y no es por falta de ejercicio por lo que sus talentos palidecen hoy y se borran. Si el ideal del bien‑vivir (manía de las épocas declinantes) la acapara, la obsesiona, la solicita únicamente, es que ya no es más que un hombre para una totalidad de individuos, una sociedad más bien que una voluntad histórica. Su asco por sus antiguas ambiciones de universalidad y de omnipresencia alcanza tales proporciones que sólo un milagro puede salvarla de un destino provinciano.

 Desde que ha abandonado sus designios de dominio y conquista, la murria, hastío generalizado, la mina. Azote de las naciones en franca defensiva, devasta su vitalidad; mejor que precaverse de ella, la sufren y se habitúan hasta el punto de no poder pasarse sin ella. Entre la vida y la muerte, encontrarán siempre suficiente espacio para escamotear una y otra, para evitar vivir y para evitar morir. Caídas en una catalepsia, soñando con un statu quo eterno, ¿cómo reaccionarán contra la oscuridad que las asedia, contra el avance de las civilizaciones opacas?

Si queremos saber lo que ha sido un pueblo y por qué es indigno de su pasado, no tenemos más que examinar las figuras que más lo marcaron. Lo que fue Inglaterra, los retratos de sus grandes hombres lo dicen suficientemente. ¡Qué arrobo contemplar, en la National Gallery, esas cabezas viriles, a veces delicadas, la más a menudo monstruosas, la energía que se desprende de ellas, la originalidad de los rasgos, la arrogancia y la solidez de la mirada! Después, al pensar en la timidez en el buen sentido, en la corrección de los ingleses de hoy, comprendemos porqué no saben ya interpretar a Shakespeare, porqué lo vuelven soso y lo emasculan. Están tan alejados de él como deberían estarlo de Esquilo los griegos tardíos. Ya no hay nada de isabelismo en ellos: emplean lo que les queda de «carácter» en salvar las apariencias, en cuidar la fachada. Siempre se paga caro haber tomado la «civilización» en serio, haberla asimilado excesivamente.

 Quién ayuda a la formación de un imperio? Los aventureros, los brutos los bribones, todos los que carecen del prejuicio del «hombre». Al salir de la Edad Media, Inglaterra, desbordante de vida, era feroz y triste; ninguna preocupación de honorabilidad venía a turbar su afán de expansión. Emanaba de ella esa melancolía de la fuerza tan característica de los personajes shakesperianos. Pensemos en Hamlet, ese pirata soñador: sus dudas no alteran su fogosidad: nada hay en él de la debilidad de un razonador. ¿Sus escrúpulos? Los crea por derroche de energía, por gusto del éxito, por la tensión de una voluntad inagotablemente enferma. Nadie fue más liberal, más generoso con sus propios tormentos, ni los prodigó tanto. ¡Lujuriantes ansiedades! ¿cómo los ingleses actuales se alzarían hasta ellas? Por lo demás, tampoco lo pretenden. Su ideal es el hombre como es debido: se acercan a él peligrosamente. Aquí tenemos a la única nación, poco más o menos, que en un universo desmelenado se obstina todavía en tener «estilo». La ausencia de vulgaridad toma allí dimensiones alarmantes: ser impersonal constituye un imperativo, hacer bostezar al otro, una ley. A fuerza de distinción y de sosería. El inglés se hace más y más impenetrable y desconcierta por el misterio que se le supone a despecho de la evidencia.

 Reaccionando contra su propio fundamento, contra sus maneras de antaño, minado por la prudencia y la modestia, se ha forjado un comportamiento, una regla de conducta que debía apartarla de su genio. ¿Dónde están sus manifestaciones de descaro y de soberbia, sus desafíos, sus arrogancias de antaño? El romanticismo fue el último sobresalto de su orgullo. Después, circunspecto y virtuoso, permite que se desperdigue la herencia de cinismo y de insolencia de la que se le suponía tan orgulloso. En vano se buscarían las huellas del bárbaro que fue: todos sus instintos están yugulados por su decencia. En lugar de azotarle, de estimular sus locuras, sus filósofos le han empujado hacia el callejón sin salida de la felicidad. Decidido a ser feliz, acaba por serlo. Y de su felicidad, exenta de plenitud, de riesgo, de toda sugestión trágica, ha hecho esa mediocridad envolvente de la que gozará para siempre. ¿Hay que asombrarse de que se haya convertido en el personaje que imitó el norte, un modelo, un ideal para vikingos marchitos? Mientras era poderoso, se le detestaba y se le temía; ahora, se le comprende; pronto se le amará... Ya no es una pesadilla para nadie. Se prohíbe el exceso y el delirio, se ve en ellos una aberración o una descortesía. ¡Qué contraste entre sus antiguos desbordamientos y la sabiduría que hoy frecuenta! Sólo a precio de grandes abdicaciones llega un pueblo a ser normal.

«Si el sol y la luna se pusiesen a dudar, se apagarían de inmediato» (Blake). Europa duda desde hace mucho..., si su eclipse nos turba Americanos y Rusos lo contemplan, ora con serenidad, ora con alegría.

 América se yergue ante el mundo como una nada impetuosa, como una fatalidad sin sustancia. Nada la preparaba para la hegemonía; tiende, sin embargo, hacia ella, no sin alguna vacilación. Al revés que otras naciones, que tuvieron que pasar por toda una serie de humillaciones y derrotas, no ha conocido hasta ahora más que la esterilidad de una suerte ininterrumpida. Si, en lo futuro, todo le sale igual de bien su aparición habrá sido un accidente sin trascendencia. Los que presiden sus destinos, los que se toman a pecho sus intereses, deberían prepararla malos días; para dejar de ser monstruo superficial, una prueba de envergadura le es necesaria. Quizá no está ya lejos. Tras haber vivido hasta ahora fuera del infierno, se dispone a descender a él. Si se busca un destino, lo encontrará más que en la ruina de todo lo que fue su razón de ser.

 En lo que respecta a Rusia no se puede examinar su pasado sin experimentar un estremecimiento un espanto de calidad. Pasado sordo, lleno de espera, de ansiedad subterránea, pasado de topos iluminados. La irrupción de los rusos hará temblar a las naciones; por el momento, han introducido ya el absoluto en política. Es el desafío que arrojan a una humanidad recomida de dudas y a la que no dejarán de dar el golpe dc gracia. Si nosotros ya no tenemos alma, ellos tienen para dar y tomar. Cerca de sus orígenes, de ese universo afectivo en el que el espíritu se adhiere aún al suelo, a la sangre, a la carne, ellos sienten lo que piensan; sus verdades, como sus errores, son sensaciones, estimulantes, actos. De hecho, no piensan: estallan. Todavía en el estadio en que la inteligencia no atenúa ni disuelve las obsesiones, ignoran los efectos nocivos de la reflexión, como son puntos extremos de la conciencia en que ésta se convierte en factor de desarraigamiento y de anemia. Pueden, pues, arrancar tranquilamente. ¿Con qué tienen que enfrentarse, más que con un mundo linfático? Nada ante ellos, nada vivo con lo que puedan chocar, ningún obstáculo: ¿acaso no fue uno de ellos quien fue el primero en emplear, en pleno siglo XIX, la palabra «cementerio», a propósito de Occidente? Pronto llegarán en masa para visitar su carroña. Sus pasos son ya perceptibles para los oídos delicados. ¿Quién podría oponer, a sus supersticiones en marcha, aunque no fuera más que un simulacro de certeza?

 Desde el siglo de las Luces, Europa no ha dejado de zapar sus ídolos en nombre de la idea de tolerancia; al menos, mientras era poderosa, creía en esa idea y peleaba en su defensa. Sus mismas dudas no eran sino convicciones disfrazadas; como atestiguaban su fuerza, tenía el derecho de reclamarse de ellas y el medio de infligirlas; ahora ya no son más que síntomas de enervamiento, vagos sobresaltos de instinto atrofiado.

 La destrucción de los ídolos arrastra la de los prejuicios. Pues bien, los prejuicios ‑aficiones orgánicas de una civilización‑ aseguran su duración y conservan su fisonomía. Debe respetarlos, si no todos, por lo menos los que le son propios y los cuales, en el pasado, tenían para ella la importancia de una superstición o un rito. Si los tiene por puras convenciones, se desprenderá de ellos más y más, sin poder reemplazarlos por sus propios medios, ¿Que dedicó un culto al capricho, a la libertad, al individuo? Conformismo de buena ley. Que cese de plegarse a él y capricho, libertad e individuo se convertirán en letra muerta.

 Un mínimo de inconsciencia es indispensable si quiere uno mantenerse en la historia. Actuar es una cosa; saber que se actúa, otra. Cuando la clarividencia informa el acto se deshace y, con él, el prejuicio, cuya función consiste precisamente en subordinar, en someter la conciencia al acto. Quien desenmascara sus ficciones, renuncia a sus resortes y como a sí mismo. También aceptará otros que le negarán, porque no habrán surgido de su propio fondo. Ninguna persona preocupada por su equilibrio debería ir más allá de un cierto grado de lucidez y análisis. ¡Cuánto más cierto es esto de una civilización, que se tambalea a poco que denuncie los errores que permitieron su crecimiento y su brillo, por poco que ponga en cuestión sus verdades!

 No se abusa sin riesgo de la facultad de dudar. Cuando cl escéptico no extrae de sus problemas y sus interrogaciones ninguna virtud activa, se aproxima a su desenlace, ¿qué digo? lo busca, corre hacia él: ¡que otro zanje sus incertidumbres, que otro le ayude a sucumbir! No sabiendo qué uso hacer de sus inquietudes y de su libertad, piensa con nostalgia en el verdugo, incluso le llama. Los que no han encontrado respuesta a nada soportan mejor los efectos de la tiranía que los que han encontrado respuesta a todo. Y así sucede que, para morir, los diletantes arman menos jaleo que los fanáticos. Durante la Revolución, más de uno de los primeros afrontó el cadalso con la sonrisa en los labios; cuando llegó el turno de los jacobinos subieron a él preocupados y sombríos: morían en nombre de una verdad, de un prejuicio. Hoy, miremos hacia donde miremos, no vemos más que sucedáneos de verdad, de prejuicio; aquellos a los que falta hasta ese sucedáneo, parecen más serenos, pero su sonrisa es maquinal: un pobre, un último reflejo de elegancia...

Ni rusos ni americanos estaban lo bastante maduros, ni intelectualmente lo bastante corrompidos para «salvar» a Europa o rehabilitar su decadencia. Los alemanes, contaminados de otro modo, hubieran podido prestarle un simulacro de duración, un tinte de porvenir. Pero, imperialistas en nombre de un sueño obtuso y de una ideología hostil a todos los valores surgidos en el Renacimiento, debían cumplir su misión al revés y echarlo a perder todo para siempre. Llamados a regir el continente, a darle una apariencia de ímpetu, aunque no fuera más que por unas cuantas generaciones (el siglo XX hubiera debido ser alemán, en el sentido en que el XVIII fue francés), se le arreglaron tan torpemente que apresuraron su desastre. No contentos de haberlo zarandeado y puesto patas arriba, se lo regalaron, además, a Rusia y América, pues es para éstas para quien supieron tan bien guerrear y hundirse. De este modo, héroes por cuenta de otros, autores de un trágico zafarrancho, han fracasado en su tarea, en su verdadero papel. Después de haber meditado y elaborado los temas del mundo moderno, y producido a Hegel y Marx, hubiera sido su deber ponerse al servicio de una idea universal, no de una visión de tribu. Y, sin embargo, esta misma visión, por grotesca que fuese, testimoniaba a su favor ¿acaso no revelaba que sólo ellos, en Occidente, conservaban algunos restos de barbarie, y que eran todavía capaces de un gran designio o de una vigorosa insanía? Pero ahora sabemos que no tienen ya el deseo ni la capacidad de precipitarse hacia nuevas aventuras, que su orgullo, al haber perdido su lozanía, se debilita como ellos, y que, ganados a su vez por el encanto del abandono, aportarán su modesta contribución al fracaso general.

 Tal cual es, Occidente no subsistirá indefinidamente: se prepara para su fin, no sin conocer un período de sorpresas ... Pensemos en lo que ocurrió entre los siglos V y X. Una crisis mucho más grave le espera; otro estilo se dibujará, se formarán pueblos nuevos. Por el momento, afrontemos el caos. La mayoría ya se resigna a él. Invocando la historia con la idea de sucumbir a ella, abdicando en nombre del futuro, sueñan, por necesidad de esperar contra sí mismos, con verse remozados, pisoteados, «salvados»... Un sentimiento semejante había llevado a la antigüedad a ese suicidio que era la promesa cristiana.

 El intelectual fatigado resume las deformidades y los vicios de un mundo a la deriva. No actúa: padece; si se vuelve hacia la idea de tolerancia, no encuentra en ella el excitante que necesita. Es el terror quien se lo proporciona, lo mismo que las doctrinas de las que es desenlace. ¿Que él es la primera víctima? No se quejará. Sólo le sucede la fuerza que le tritura. Querer ser libre es querer ser uno mismo; pero él ya está harto de ser él mismo, de caminar en lo incierto, de errar a través de las verdades. «Ponedme las cadenas de la Ilusión», suspira, mientras dice adiós a las peregrinaciones del Conocimiento. Así se lanzará de cabeza en cualquier mitología que le asegure la protección y la paz del yugo. Declinando el honor de asumir sus propias ansiedades, se comprometerá en empresas de las que obtendrá sensaciones que no sabría conseguir de sí mismo, de suerte que los excesos de su cansancio reforzarán las tiranías. Iglesias, ideologías, policías, buscad su origen en el horror que alimenta por su propia lucidez mejor que en la estupidez de las masas. Este aborto se transforma, en nombre de una utopía de pacotilla, en enterrador del intelecto y, persuadido de hacer un trabajo útil, prostituye el «estupidizaos», divisa trágica de un solitario.

 Iconoclasta despechado, de vuelta de la paradoja y de la provocación, en busca de la impersonalidad y de la rutina, semi‑prosternado, maduro para el tópico, abdica de su singularidad y se une de nuevo a la turba. Ya no tiene nada que derribar, más que a sí mismo: último ídolo para combatir... Sus propios restos le atraen. Mientras los contempla, modela la figura de nuevos dioses o yergue de nuevo los antiguos, bautizándolos con un nuevo nombre. A falta de poder mantener todavía la dignidad de ser difícil, cada vez menos inclinado a sopesar las verdades, se contenta con las que se le ofrecen. Subproducto de su yo, va demoledor reblandecido‑ a reptar ante los altares o lo que ocupe su lugar. En el templo o en el mitin, su sitio está donde se canta, donde se tapa la voz, ya no se oye. ¿Parodia de creencia? Poco le importa, ya que él tampoco aspira a nada más que a desistir de sí mismo. ¡Su filosofía desemboca en un estribillo, su orgullo se hunde en un Hosanna!

 Seamos justos: en el punto en que están las cosas ¿qué otra cosa podría hacer? El encanto y la Originalidad de Europa residen en la acuidad de su espíritu crítico, en su escepticismo militante, agresivo; este escepticismo ha concluido su época. De este modo el intelectual, frustrado de sus dudas, se busca las compensaciones del dogma. Llegado a los confines del análisis, aterrado de la nada que allí descubre, vuelve sobre sus pasos e intenta agarrarse a la primera certidumbre que pasa; pero le falta ingenuidad para adherirse a ella plenamente; a partir de entonces, fanático sin convicciones, ya no es más que un ideólogo, un pensador híbrido, como se encuentran en todos los períodos de transición. Participando de dos estilos diferentes es, por la forma de su inteligencia, tributario de lo que desaparece, y, por las ideas que defiende, de lo que se perfila. A fin de comprenderle mejor, imaginémonos un San Agustín convertido a medias, flotando y zigzagueando, y que no hubiera tomado del cristianismo más que el odio al mundo antiguo. ¿Acaso no estamos en una época simétrica de la que vio nacer La Ciudad de Dios? Difícilmente puede concebirse libro más actual. Hoy como entonces, los espíritus necesitan una verdad sencilla, una respuesta que los libre de sus interrogantes, un evangelio, una tumba.

 Los momentos de refinamiento recelan un principio de muerte: nada más frágil que la sutileza. El abuso de ella lleva a los catecismos, conclusión de los juegos dialécticos, debilitamiento de un intelecto al que el instinto ya no asiste. La filosofía antigua, enmarañada en sus escrúpulos, había pese a ella misma abierto el camino a los simplismos barriobajeros; las sectas religiosas proliferaban; a las escuelas sucedieron los cultos. Una derrota análoga nos amenaza: ya hacen estragos las ideologías, mitologías degradadas que van a reducirnos, a anularnos. El fasto de nuestras contradicciones no nos será posible mantenerlo ya largo tiempo. Son numerosos los que se disponen a venerar cualquier ídolo y a servir a cualquier verdad, siempre que una y otra les sean infligidas y que no deban aportar el esfuerzo de elegir su vergüenza o su desastre.

 Sea cual sea el mundo futuro, los occidentales desempeñarán en él el papel de los graeculi en el imperio romano. Buscados y despreciados por el nuevo conquistador, no tendrán, para imponerse a él, más que los malabarismos de su inteligencia y el maquillaje de su pasado. Ya se distinguen en el arte de sobrevivir. Síntomas de acabamiento por doquiera: Alemania ha dado su medida en la música: ¿cómo creer que descollará en ella todavía? Ha gastado los recursos de su profundidad, como Francia los de su elegancia. Una y otra ‑y, con ellas, toda esa parte del mundo‑ están en quiebra, la más prestigiosa desde la antigüedad. Vendrá después la liquidación: perspectiva no desdeñable, respiro cuya duración no se deja evaluar fácilmente, período de facilidad en el que cada uno, ante la liberación finalmente llegada, estará feliz de tener tras de sí las torturas de la esperanza y de la espera.

 

 En medio de sus perplejidades y sus apatías, Europa guarda, sin embargo, una convicción, sólo una, de la que por nada del mundo consentiría separarse la de tener un porvenir de víctima, de sacrificada. Firme e intratable por una vez, se cree perdida, quiere estarlo y lo está. Por otra parte ¿acaso no le han enseñado desde hace mucho que nuevas razas vendrían a reducirla y humillarla? En el momento en que parecía en pleno auge, en el siglo XVIII, el abate Galiani constataba ya que estaba en su declive y se lo anunciaba. Rousseau, por su parte, vaticinaba: «Los tártaros se convertirán en nuestros amos: esta revolución me parece infalible». Decía la verdad. Por lo que respecta al siglo siguiente, es conocida la célebre frase de Napoleón sobre los cosacos y las angustias proféticas de Tocqueville, de Michelet o de Renán. Estos presentimientos han tomado cuerpo, estas intuiciones pertenecen ahora a las pertenencias de lo vulgar. No se abdica de un día para otro: es precisa una atmósfera de retroceso cuidadosamente fomentada, una leyenda de derrota. Esta atmósfera está creada, como la leyenda. Y lo mismo que los precolombinos, preparados y resignados a sufrir la invasión de los conquistadores lejanos, debían resquebrajarse cuando estos llegaron, igualmente los occidentales, demasiado instruidos, demasiado penetrados de su servidumbre futura, no emprenderán, sin duda, nada para conjurarla. No tendrían, por otra parte, ni los medios ni el deseo, ni la audacia. Los cruzados, convertidos en jardineros, se han desvanecido de esa posteridad casera en la que ya no queda ninguna huella de nomadismo. Pero la historia es nostálgica del espacio y horror del hogar, sueño vagabundo y necesidad de morir lejos..., por la historia es precisamente lo que ya no vemos en torno nuestro.

 Existe una saciedad que instiga al descubrimiento, a la invención de mitos, mentiras instigadoras dc acciones: es ardor insatisfecho, entusiasmo mórbido que se transforma en sano en cuanto se fija en un objetivo existe otra que disociando al espíritu de sus poderes y a la vida de sus resurtes, empobrece y reseca. Hipóstasis caricaturesca del hastío, deshace los mitos o falsea su empleo. Una enfermedad, en resumen. Quien quiera conocer sus síntomas y su gravedad, se equivocaría en ir a buscarlos lejos: que se observe a sí mismo, que descubra hasta qué punto de Oeste le ha marcado ...

Si la fuerza es contagiosa, la debilidad no lo es menos: tiene sus atractivos; no es fácil resistírsele. Cuando los débiles son legión, os encantan os aplastan: ¿cómo luchar contra un continente de abúlicos? Dado que el mal de la voluntad es además agradable, uno se entrega a él gustoso. Nada más dulce que arrastrarse al margen de los acontecimientos; y nada más razonable. Pero sin una fuerte dosis de demencia, no hay iniciativa alguna, ni empresa, ni gesto. La razón: herrumbre de nuestra vitalidad. Es el loco que hay en nosotros el que nos obliga a la aventura; si nos abandona, estamos perdidos: todo de ende de él, incluso nuestra vida vegetativa; es él quien nos invita a respirar, quien nos fuerza a ello, y es también él quien empuja a la sangre a pasearse por nuestras venas. ¡Si se retira, nos quedamos solos! No se puede ser normal y vivo a la vez. Si me mantengo en posición vertical y me dispongo a ocupar el instante venidero, si, en suma, concibo un futuro, es a causa de un afortunado desarreglo de mi espíritu. Subsisto y actúo en la medida en que desvarío, en que llevo a bien mis divagaciones. En cuanto me vuelvo sensato, todo me intimida: me deslizo hacia la ausencia, hacia manantiales que no se dignan afluir, hacia esa postración que la vida debió conocer antes de concebir el movimiento, accedo a fuerza de cobardía al fondo de las cosas, completamente arrinconado hacia un abismo en el que nada puedo hacer, ya que me aísla del futuro. Un individuo, tal como un pueblo o un continente, se extingue cuando le repugnan los designios y los actos irreflexivos, cuando, en lugar de arriesgarse, y precipitarse hacia el ser, se refugia en él, retrocede a él: ¡metafísica de la regresión, del más acá, retroceso hacia lo primordial! En su terrible ponderación, Europa se rechaza a sí misma, el recuerdo de sus impertinencias y sus bravatas, y hasta esa pasión de lo inevitable último honor de la derrota. Refractaria a toda forma de exceso, a toda forma de vida, deliberará siempre, incluso después de haber dejado de existir: ¿acaso no hace ya el efecto de un conciliábulo de espectros?

 Recuerdo a un pobre diablo que, todavía acostado a una hora avanzada de la mañana, se dirigía a si mismo, en un tono imperativo: «¡Quiere! ¡Quiere!». La comedia se repetía todos los días: se imponía una tarea que no podía cumplir. Por lo menos, actuando contra el fantasma que era, despreciaba las delicias de su letargia. No podría decirse otro tanto de Europa: habiendo descubierto, en el límite de sus esfuerzos, el reino del no‑querer, se llena de júbilo, porque ahora sabe que su pérdida encubre un principio de voluptuosidad y se propone aprovecharse de él. El abandono la embriaga y la colma. ¿Que el tiempo continúa fluyendo? Ella no se alarma; que se ocupen los otros; es asunto suyo: no adivinan qué alivio puede hallarse en arrellanarse en un presente que no conduce a ninguna parte ...

 Vivir aquí es la muerte; en otra parte el suicidio. ¿A dónde ir? La única parte del planeta en que la existencia parecía tener alguna justificación ha sido alcanzada por la gangrena. Estos pueblos archicivilizados son nuestros proveedores de desesperación. Para desesperarse basta, en efecto, mirarles, observar los procesos de su espíritu y la indigencia de sus apetencias menguadas y casi apagadas. Después de haber pecado durante tan largo tiempo contra su origen y desdeñado al salvaje y la horda ‑su punto de partida‑, forzoso le es constatar que ya no hay en ellos una sola gota de sangre huna.

 El historiador antiguo que decía de Roma que no podía soportar ni sus vicios ni los remedios para éstos, más que definir su época, anticipaba la nuestra. Grande era, sin duda, la fatiga del Imperio, pero, desordenada e inventiva, sabía todavía, como contrapartida, cultivar el Cinismo, el fasto y la ferocidad, mientras que la que ahora contemplamos no posee, en su rigurosa mediocridad, ninguno de los prestigios que ilusionan. Demasiado flagrante, demasiado cierta, evoca un mal cuyo ineluctable automatismo tranquilizase paradójicamente al paciente y al médico: agonía en la forma correcta y debida, exacta como un contrato, agonía estipulada, sin caprichos ni desgarramientos, a la medida de pueblos que, no contentos con haber rechazado los perjuicios que estimulan la vida, rechazan además el que la justifica y la funda: el prejuicio del porvenir.

 ¡Entrada colectiva en la vacuidad! Pero no nos engañemos: esta vacuidad, completamente diferente de la que el budismo califica de «sede de la verdad», no es ni realizamiento ni liberación, ni positividad expresada en términos negativos, ni tampoco esfuerzo de meditación, voluntad de despojamiento y de desnudez, conquista de salvación, sino deslizamiento sin nobleza y sin pasión. Originada por una metafísica anémica, no sabría ser la recompensa de una investigación o el coronamiento de una inquietud. El Oriente avanza hacia la suya florece en ella y triunfa, mientras que nosotros nos enfangamos en la nuestra y perdemos, en ella, nuestros últimos recursos. Decididamente, todo se degrada y se corrompe en nuestras conciencias: incluso el vacío es en ellas impuro.

Tantas conquistas, adquisiciones, ideas, ¿dónde se perpetuarán? ¿En Rusia? ¿En América del Norte? Una y otra han sacado ya las consecuencias de lo peor de Europa... ¿América Latina? ¿África del Sur? ¿Australia? Parece que es por este lado por donde debe esperarse el relevo. Relevo caricaturesco.

 El futuro pertenece a las barriadas periféricas del globo.

Si, en el orden del espíritu, queremos ponderar los éxitos desde el Renacimiento hasta nosotros, los de la filosofía no nos entretendrán, pues la filosofía occidental en nada prevalece sobre la griega, la hindú o la china. Todo lo más vale tanto como ellas en algunos puntos. Como no representa mas que una variedad del esfuerzo filosófico en general podría uno en rigor, pasarse sin ella y oponerle las meditaciones de un Sankara, de un Lao‑tsé, de un Platón. No sucede lo mismo con la música, esa gran excusa del mundo moderno, fenómeno sin paralelo en ninguna otra tradición: ¿dónde encontrar en otra parte el equivalente de un Monteverdi, de un Bach, de un Mozart? Gracias a ella, Occidente revela su fisonomía y alcanza su profundidad. Si bien no ha creado ni una sabiduría ni una metafísica que le fueran absolutamente propias, ni siquiera una poesía de la que pueda decirse que es incomparable, ha proyectado como contrapartida, en sus producciones musicales, toda su fuerza de originalidad, su sutileza, su misterio y su capacidad de lo inefable. Ha podido amar la razón hasta la perversidad; su verdadero genio fue, sin embargo, un genio afectivo. ¿El mal que más le honra? La hipertrofia del alma.

 Sin la música no hubiera producido más que un estilo vulgar de civilización, previsto... Cuando presente su balance, sólo ella testimoniará que no se ha derrochado en vano, que había verdaderamente algo que perder.

A veces, le sucede al hombre el escaparse de las persecuciones del deseo, de la tiranía del instinto de conservación. Halagado por la perspectiva de decaer, zapa su voluntad, se ejerce en la apatía, se yergue contra sí mismo y llama en su auxilio a su genio malo. Atareado, presa de mil actividades que lo dañan, descubre un dinamismo cuyo atractivo no había sospechado, el dinamismo de la descomposición. Se siente muy orgulloso: por fin va a poder renovarse a sus expensas.

 En lo más íntimo de los individuos, como de las colectividades, habita una energía destructora que les permite desplomarse con cierto brío: ¡exaltación ácida, euforia del aniquilamiento! Entregándose a él, esperan, sin duda, curarse de esa enfermedad que es la conciencia. De hecho, todo estado consciente nos desazona, nos extenúa, conspira en nuestro desgaste; cuanto más dominio adquiere sobre nosotros, más nos gustaría reintegrarnos a la noche que precedía nuestras vigilias, hundirnos en la modorra que precedía a las maquinaciones, al atentado del Yo. Aspiración de espíritus exhaustos y que explica por qué, en ciertas épocas, el individuo, exasperado de tropezar siempre consigo mismo, de remachar su diferencia, se vuelve hacia esos tiempos en los que, unido con el mundo, no había abandonado todavía a los restantes seres ni degenerado en hombre. Avidez y horror de la conciencia, la historia traduce juntamente el deseo de un animal lisiado de cumplir su vocación y el temor de lograrlo. Temor justificado: ¡qué desgracia le espera al final de su aventura! ¿Acaso no vivimos en uno de esos momentos en los que, sobre un espacio dado, nos hace asistir a su última metamorfosis?

Cuando paso revista a los méritos de Europa, me enternezco con ella y me reprocho hablar mal de ella; si, por el contrario, enumero sus desfallecimientos, la rabia me estremece. Me gustaría entonces que se dislocase lo antes posible y que su recuerdo desapareciese. Pero, otras veces, evocando sus títulos y sus vergüenzas, no sé de qué lado inclinarme: la amo con pesar, la amo con ferocidad, y no le perdono haberme forzado a sentimientos entre los que no me está permitido elegir. ¡Si al menos pudiera contemplar con indiferencia la delicadeza, los prestigios de sus llagas! Como un juego, he aspirado a hundirme con ella y he sido atrapado por el juego. Ningún esfuerzo me parece demasiado grande para apropiarme esa gracia que fue suya y de la que aún conserva algunos vestigios, para revivirla, para perpetuar su secreto.

 ¡Vano intento! ‑Un hombre de las cavernas embarazado por los encajes...

 

 El espíritu es un vampiro. ¿Que ataca a una civilización? La deja postrada, deshecha, sin aliento, sin el equivalente espiritual de la sangre, la despoja de su sustancia, así como de ese impulso que la arrastraba a actos y escándalos de envergadura. Comprometida en un proceso de deterioro del que nada la distrae, nos ofrece la imagen de nuestros peligros y la mueca de nuestro futuro: es nuestro vacío, es nosotros; y encontramos en ella nuestras insuficiencias y nuestros vicios, nuestra voluntad insegura y nuestros instintos pulverizados. ¡El miedo que nos inspira es miedo de nosotros mismos! Y si, al igual que ella, yacemos postrados, deshechos, sin aliento, es porque hemos conocido y sufrido, nosotros también, el vampirismo del espíritu.

Aunque nunca hubiera adivinado lo irreparable, una ojeada sobre Europa hubiera bastado para darme su escalofrío. Preservándome de lo vago, justifica, atiza y halaga mis terrores, y cumple para mí la función asignada al cadáver en la meditación del monje.

 En su lecho de muerte, Felipe II hizo venir a su hijo y le dijo: «He aquí dónde acaba todo, incluso la monarquía.» En la cabecera de esta Europa, no se qué voz me advierte: «He aquí dónde acaba todo, incluso la civilización».

¿De qué sirve polemizar con la nada? Ya es hora de serenarnos, de triunfar sobre la fascinación de lo peor. No todo está perdido: quedan los bárbaros. ¿De dónde surgirán? No importa. Por el momento, bástenos saber que su arrancada no se hará esperar, que mientras se preparan para festejar nuestra ruina meditan sobre los medios para volver a erguirnos, para poner punto final a nuestros raciocinios y a nuestras frases. Al humillarnos, al pisotearnos, nos prestarán la suficiente energía para ayudarnos a morir o a renacer. Que vengan a azotar nuestra palidez, a revigorizar nuestras sombras que nos traigan de nuevo la savia que nos ha abandonado. Marchitos, exangües, no podemos reaccionar contra la fatalidad: los agonizantes no se agremian ni se amotinan. ¿Cómo contar, pues, con el despertar, con las cóleras de Europa? Su suerte, y hasta sus rebeliones, se decretan en otra parte. Cansada de durar, de dialogar consigo misma, es un vacío hacia el que se movilizarán pronto las estepas... otro vacío, un vacío nuevo.

Pequeña teoría del destino

 Ciertos pueblos, como el ruso y el español, están tan obsesionados por sí mismos que se erigen en único problema: su desarrollo, en todo punto singular, les obliga replegarse sobre su serie de anomalías, sobre el milagro o insignificancia de su suerte.

 Los comienzos literarios de Rusia fueron, en el siglo pasado, una especie de apogeo, de éxito fulgurante que no podía dejar de turbarla: es natural que fuera una sorpresa para sí misma y que exagerase su importancia. Los personajes de Dostoyewski la ponen en el mismo plano que a Dios, puesto que el modo de interrogación aplicado a Este lo aplican también a aquélla: ¿hay que creer en Rusia?, ¿hay que negarla?, ¿existe realmente o no es más que un pretexto? Interrogarse de tal modo es plantear, en términos teológicos, un problema local. Pero, justamente para Dostoyewski, Rusia, lejos de ser un problema local, es un problema universal, del mismo modo que la existencia de Dios. Tal proceso, abusivo y exorbitado, no era posible más que en un país cuya evolución anormal tuviera materia para maravillar o desconcertar a los espíritus. No se imagina fácilmente a un inglés preguntándose si Inglaterra tiene sentido o no, o asignándole, con fuerza, una retórica, una misión: sabe que es inglés y eso le basta. La evolución de su país no comporta ninguna interrogación esencial.

 Entre los rusos, el mesianismo deriva de una incertidumbre interior, agravada por el orgullo, por una voluntad de afirmar sus taras, de imponérselas a otros, de descargarse sobre ellos de un exceso sospechoso. La aspiración de «salvar» el mundo es el fenómeno morboso de la juventud de un pueblo.

 España se inclina sobre sí misma por razones opuestas. Tuvo también comienzos fulgurantes, pero están muy lejanos. Llegada demasiado pronto, trastornó el mundo y se dejó caer: esta caída se me reveló un día. Fue en Valladolid, en la Casa de Cervantes. Una vieja de apariencia vulgar, contemplaba el retrato de Felipe III; «Un loco», le dije. Ella se volvió hacia mí: «Con él comenzó nuestra decadencia». Yo estaba en el corazón del problema. «¡Nuestra decadencia!». Así que, pensé, la decadencia es, en España, un concepto corriente, nacional, un cliché, una divisa oficial. La nación que, en el siglo XVI, ofrecía al mundo un espectáculo de magnificencia y de locura, hela ahí reducida a codificar su abotargamiento. Si hubieran tenido tiempo, sin duda los últimos romanos no hubieran actuado de otra forma; no pudieron remachar su fin: los bárbaros se cernían ya sobre ellos. Más afortunados, los españoles tuvieron plazo suficiente (¡tres siglos!) para pensar en sus miserias y empaparse de ellas. Charlatanes por desesperación, improvisadores de ilusiones, viven en una especie de acritud cantante, de trágica falta de seriedad, que les salva de la vulgaridad de la felicidad y del éxito. Aunque cambiasen un día sus antiguas manías por otras más modernas, seguirían, empero, marcados por una ausencia tan larga. Incapaces de acoplarse al ritmo de la «civilización», clericoidales o anarquistas, no podrían renunciar a su inactualidad. ¿Cómo van a alcanzar a las otras naciones, como se van a poner al día, si han agotado lo mejor de sí mismos en rumiar sobre la muerte, en embadurnarse con ella, en convertirla en experiencia visceral? Retrocediendo sin cesar hacia lo esencial, se han perdido por exceso de profundidad. La idea de decadencia no les preocuparía tanto si no tradujese en términos de historia su gran debilidad por la nada, su obsesión por el esqueleto. No es nada asombroso que para cada uno de ellos el país sea su problema. Leyendo a Ganivet, Unamuno u Ortega, uno advierte que para ellos, España es una paradoja que les atañe íntimamente y que no logran reducir a una fórmula racional. Vuelven siempre sobre ella, fascinados por la atracción de lo insoluble que representa. No pudiendo resolverla por el análisis, meditan sobre Don Quijote, en el que la paradoja es todavía más insoluble, porque es símbolo...

 Uno no se imagina a un Valéry o a un Proust meditando sobre Francia para descubrirse a sí mismos: país realizado, sin rupturas graves que soliciten inquietud, país no‑trágico, no es un caso: al haber triunfado, al haber cumplido su suerte, ¿cómo podría ser aún «interesante»?

 El mérito de España es proponer un tipo de evolución insólita, un destino genial e inacabado. (Se diría que se trata de un Rimbaud encarnado en una colectividad.) Pensad en el frenesí que desplegó en su búsqueda del oro, en su desplome en el anonimato, pensad después en los conquistadores, en su bandidismo y en su piedad, en la forma en la que asociaron el evangelio al crimen, el crucifijo al puñal. En sus buenos momentos, el catolicismo fue sanguinario, como corresponde a toda religión verdaderamente inspirada.

 La Conquista y la Inquisición, ‑fenómenos paralelos surgidos de vicios grandiosos de España‑. Mientras fue fuerte, destacó en la matanza, a la que aportó no sólo su gusto por lo aparatoso, sino también lo más íntimo de su sensibilidad. Sólo los pueblos crueles tienen ocasión de aproximarse a las fuentes mismas de la vida a sus palpitaciones, a sus arcanos que calientan: la vida no revela su esencia más que a ojos inyectados en sangre... ¿Cómo creer en las filosofías cuando se sabe de qué miradas pálidas son el reflejo? La costumbre del razonamiento y de la especulación es índice de una insuficiencia vital y de un deterioro de la afectividad. Sólo piensan con método aquellos que, a favor de sus deficiencias, llegan a olvidarse de sí mismos, a no formar cuerpo con sus ideas: la filosofía, privilegio de individuos y de pueblos biológicamente superficiales.

 Es casi imposible hablar con un español de otra cosa que de su país, universo cerrado, tema de su lirismo y de sus reflexiones, provincia absoluta, fuera del mundo. Alternativamente exaltado y abatido, lanza miradas deslumbradoras y morosas; el descoyuntamiento es su forma de rigor. Si se concede un futuro, no cree en él realmente. Su descubrimiento: la ilusión sombría, el orgullo de desesperar; su genio: el genio del pesar.

 Sea cual fuere su orientación política, el español o el ruso que se interroga sobre su país aborda la única cuestión que cuenta ante sus ojos. Se entiende por qué ni Rusia ni España han producido ningún filósofo de envergadura. Es que el filósofo debe atarearse en las ideas como espectador; antes de asimilarlas de hacerlas suyas, necesita considerarlas desde fuera, disociarse de ellas, pesarlas y, si es preciso, jugar con ellas; después ayudado por la madurez, elabora un sistema con el que nunca se confunde del todo. Es esa superioridad respecto a su propia filosofía lo que admiramos en los griegos. Lo mismo ocurre con todos los que se centran en el problema del conocimiento y hacen de él el problema esencial de su meditación. Tal problema no perturba ni a los rusos ni a los españoles. Inaptos para la contemplación intelectual, mantienen relaciones bastante chocantes con la idea. ¿Qué combaten con ella? Siempre llevan la peor parte; se apodera de ellos, les subyuga les oprime; mártires voluntarios, no piden más que sufrir por ella. Con ellos, estamos lejos del dominio en que el espíritu juega consigo y con las cosas, lejos de toda perplejidad metódica.

 La evolución anormal de Rusia y de España les ha llevado, pues, a interrogarse sobre su propio destino. Pero son dos grandes naciones, pese a sus lagunas y sus accidentes de crecimiento. ¡Cuánto más trágico es el problema nacional para los pueblos pequeños! No hay irrupción súbita en ellos, ni decadencia lenta. Sin apoyo en el porvenir ni en el pasado, se apoyan graciosamente sobre sí mismos: de ello resulta una larga meditación estéril. Su evolución no puede ser anormal, porque no evolucionan. ¿Qué les queda? Resignarse a sí mismos, ya que, fuera de ellos, está toda la Historia de la que precisamente están excluidos.

 Su nacionalismo, que suele ser tomado a broma es más bien una máscara, gracias a la cual intentan ocultar su propio drama y olvidar en un furor de reivindicaciones, su ineptitud para insertarse en los acontecimientos: mentiras dolorosas, reacción exasperada frente al desprecio que creen merecer, una manera de escamotear la obsesión secreta por sí mismos. En términos más sencillos: un pueblo que es un tormento para sí mismo es un pueblo enfermo. Pero mientras que España sufre por haber salido de la Historia y Rusia por querer a toda costa establecerse en ella, los pueblos pequeños se debaten por no tener ninguna de esas razones para desesperar o impacientarse. Afectados por una tara original, no pueden remediarla por la decepción ni por el sueño. De este modo no tienen otro recurso que estar obsesionados consigo mismos. Obsesión que no está desprovista de belleza, ya que no les lleva a nada y no interesa a nadie.

Hay países que gozan de una especie de bendición, de gracia: todo les sale bien, incluso sus desdichas, incluso sus catástrofes; hay otros que nunca logran tener éxito y cuyos triunfos equivalen a fracasos. Cuando quieren afirmarse y dan un salto hacia adelante, una fatalidad exterior interviene para romper su empuje y para retrotraerles a su punto de partida. Carecen de todas las oportunidades, incluso la dcl ridículo.

 Ser francés es una evidencia: no se sufre ni se alegra uno por ello; se dispone de una certeza que justifica el viejo interrogante: «¿Cómo se puede ser persa?».

 La paradoja de ser persa (en este caso, rumano) es un tormento que hay que saber explotar, un defecto del que hay que sacar provecho. Confieso haber mirado en otro tiempo como una vergüenza el pertenecer a una nación vulgar, a una colectividad de vencidos, sobre cuyo origen me cabían pocas esperanzas. Creía, y quizá no me engañaba, que habíamos surgido de la hez de los bárbaros, del desecho de las grandes invasiones, de esas hordas que, incapaces de seguir su marcha hacia el Oeste, se desplomaron a lo largo de los Cárpatos y del Danubio, para acurrucarse ahí, para dormitar, masa de desertores en los confines del Imperio, chusma maquillada con una pizca de latinidad. De tal pasado, tal presente. Y tal porvenir. ¡Dura prueba para mi joven arrogancia! «¿Cómo puede serse rumano?», era una pregunta a la que yo no podía responder más que por una mortificación de cada instante. Como odiaba a los míos, a mi país, a sus campesinos intemporales, encantados con su torpor y se diría que deslumbrantes de embrutecimiento, yo me avergonzaba de ser su descendiente, renegaba de ellos, me rehusaba a su infra‑eternidad, a sus certidumbres de larvas petrificadas, a su soñarrera geológica. Era inútil que buscase bajo sus rasgos el azogamiento las muecas de la rebelión: el mono, ay, se moría en ellos. A decir verdad, ¿acaso no propendían más bien a lo mineral? No sabiendo cómo zarandearlos, cómo animarlos, comencé a soñar con su exterminación. Pero no se puede hacer una matanza de piedras. El espectáculo que me ofrecían justificaba y desviaba, alimentaba y desanimaba mi histeria. Y no dejaba de maldecir el accidente que me hizo nacer entre ellos.

 Una gran idea les poseía: la de destino; yo la repudiaba con todas mis fuerzas, no veía en ella más que un subterfugio de poltrones una excusa para todas las abdicaciones, una expresión del sentido común y su filosofía fúnebre. Mi país, cuya existencia, visiblemente no venía a cuento, se me aparecía como un resumen de la nada o una materialización de lo inconcebible, como una especie de España sin siglo de oro, sin conquistas ni locuras, y sin un Don Quijote de nuestras amarguras. Formar parte de él, ¡qué lección de humillación y de sarcasmo, qué calamidad, qué lepra!

 Yo era demasiado impertinente, demasiado fatuo, para percibir el origen de la gran idea que reinaba en él, su profundidad o las experiencias, el sistema de desastres que suponía. No debía comprenderla hasta mucho más tarde. Cómo se insinuó en mí, es algo que ignoro. Cuando llegué a experimentarla lúcidamente me reconcilié con mi país que, de inmediato, dejó de obsesionarme.

 Para dispensarse de actuar, los pueblos oprimidos se entregan al «destino», salvación negativa, al mismo tiempo que medio de interpretar los acontecimientos: su filosofía de la historia de uso casero, visión determinista con base afectiva, metafísica de circunstancias...

 Si bien los alemanes son también sensibles al destino, no ven en él, empero, un principio que intervenga desde el exterior, sino un poder que, emanado de su voluntad, acaba por escapar a esta y por volverse contra ellos para destrozarles. Unido a su apetito de demiurgia, el Schicksal supone no tanto un juego de fatalidades en el exterior del mundo como en el interior del yo. Tanto da decir que hasta un cierto punto, depende de ellos.

 Para concebir lo exterior a nosotros, omnipotente y soberano, se requiere un muy amplio ciclo de quiebras. Condición que mi país cumple plenamente. Sería indecente que creyese en el esfuerzo, en la utilidad del acto. De este modo, no cree en ellos y, por corrección, se resigna a lo inevitable. Le estoy agradecido por haberme legado, junto con el código de la desesperación, ese saber vivir, esa soltura frente a la Necesidad, así como numerosos callejones sin salida y el arte de plegarme a ellos. Siempre lista para apoyar mis decepciones y revelar a mi indolencia el secreto de conservarlas, me ha prescrito, además, en su celo por hacer de mí un bribón preocupado por las apariencias, los medios para degradarme sin comprometerme demasiado. No sólo le debo mis más hermosos y seguros fracasos, sino también esa aptitud para maquillar mis cobardías y atesorar mis remordimientos. ¡De cuántas otras ventajas no le seré deudor! Sus títulos para mi gratitud son, en verdad, tan múltiples, que sería fastidioso enumerarlos.

 Por mucha buena voluntad que hubiera puesto en ello, ¿acaso habría podido, sin él, echar a perder mis días de una manera tan ejemplar? El me ha ayudado, empujado, animado. Fracasar en la vida, esto se olvida a veces demasiado pronto, no es tan fácil: se precisa una larga tradición, un largo entrenamiento, el trabajo de varias generaciones. Una vez realizado ese trabajo, todo va de maravilla. La certidumbre de la Inutilidad os corresponde entonces en herencia: es un bien que tus mayores han adquirido para ti con el sudor de su frente y al precio de innumerables humillaciones. Te aprovechas de ello, suertudo, y lo exhibes. En lo tocante a tus propias humillaciones, siempre te será posible embellecerlas o escamotearlas, afectar un aire de aborto elegante, ser, honrosamente, el último de los hombres. La cortesía, uso de la desdicha, privilegio de los que habiendo nacido perdidos, han comenzado por su fin. Saberse de una laya que nunca ha sido es una amargura en la que interviene cierta dulzura e incluso algún placer.

 La exasperación que me embargaba antaño cuando oía a alguien decir, a cualquier propósito: «destino», ahora me parece pueril. Ignoraba entonces que llegaría a hacer otro tanto, que, amparándome yo también tras ese vocablo, referiría a él la buena y mala suerte y todos los detalles de la dicha y la desdicha, que, además, me agarraría a la Fatalidad con el éxtasis de un náufrago y le dirigiría mis primeros pensamientos antes de precipitarme en el horror de cada día. «Desaparecerás en el espacio, oh Rusia mía», exclamó Tiutchef en el pasado siglo. Apliqué su exclamación con mayor propiedad a mi país, constituido de modo diverso para desaparecer, maravillosamente organizado para ser devorado, provisto de todas las cualidades de una víctima ideal y anónima. La costumbre. del sufrimiento inacabable y sin razones, la plenitud del desastre: ¿qué aprendizaje en la escuela de las tribus aplastada! El más antiguo historiador rumano comienza así sus crónicas: «No es el hombre quien gobierna los tiempos, sino los tiempos los que gobiernan al hombre». Fórmula desgastada, programa y epitafio de un rincón de Europa. Para captar el tono de la sensibilidad popular en los países del Sudeste, basta con recordar las lamentaciones del coro en la tragedia griega. Por una tradición inconsciente, todo un espacio étnico fue marcado por ella. ¡Rutina del suspiro y del infortunio jeremiadas de pueblos menores ante la bestialidad de los grandes! Guardémonos, empero, de quejarnos excesivamente: ¿acaso no es reconfortante poder oponer a los desórdenes del mundo la coherencia de nuestras miserias y nuestras derrotas? Y ¿acaso no tenemos, frente al diletantismo universal, la consolación de poseer, en materia de dolores, una competencia de despellejados y eruditos?

Ventajas del exilio

Es equivocado hacerse del exilado la imagen del que abdica, se retira y se oculta, resignado a sus miserias, a su condición de desecho. Al observarlo, se descubre en él un ambicioso, un decepcionado agresivo, un amargado que, además, es un conquistador. Cuanto más desposeídos estamos, más se exacerban nuestros apetitos y nuestras ilusiones. Incluso discierno alguna relación entre la desdicha y la megalomanía. El que lo ha perdido todo conserva, como último recurso, la esperanza dc la gloria o del escándalo literario. Consiente en abandonarlo todo, salvo su nombre. Pero ¿cómo impondrá su nombre, si escribe en una lengua que los civilizados ignoran o desprecian?

 ¿Intentará otro idioma? No le será fácil renunciar a las palabras en las que perdura su pasado. Quien reniega de su lengua para adoptar otra, cambia de identidad, léase de decepciones. Heroicamente traidor, rompe con sus recuerdos y, hasta un cierto punto, consigo mismo.

Fulano escribe una novela que, de un día para otro, lo hace célebre. Cuenta en ella sus sufrimientos. Sus compatriotas, en el extranjero, sienten celos de él: ellos también han sufrido, y quizá, más. Y el apátrida se convierte ‑o aspira a convertirse‑ en novelista. Resulta una acumulación de zozobras, una inflación de horrores, estremecimientos que aviejan. No se puede renovar el indefinidamente infierno, cuya característica propia es la monotonía, ni tampoco el rostro del exilio. Nada exaspera tanto en literatura como lo terrible; en la vida, es demasiado evidente como para que se repare en él. Pero nuestro autor persiste; por el momento, oculta su novela en el fondo dc un cajón y espera su hora. La ilusión de una sorpresa, de un renombre que se resiste pero que da por descontado, le sostiene; vive de la irrealidad. Tal es, sin embargo, la fuerza de esta ilusión que, si trabaja en una fábrica, lo hace con la idea de ser arrancado de ella un día por una celebridad tan súbita como inconcebible.

Igualmente trágico es el caso del poeta. Encerrado en su propia lengua, escribe para sus amigos, para diez, para veinte personas a lo sumo. Su deseo de ser leído no es menos imperioso que el del novelista improvisado. Por lo menos tiene sobre éste la ventaja de poder colocar sus versos en las pequeñas revistas de la emigración que aparecen al precio de sacrificios y renuncias casi indecentes. Fulano se transforma en director de la revista; para hacerla durar, se arriesga al hambre, se aparta de las mujeres, se entierra en una habitación sin ventanas, se impone privaciones que confunden y espantan. La masturbación y la tuberculosis son su ganancia.

 Por poco numerosos que sean los emigrados, se constituyen en grupos, no para defender sus intereses, sino para cotizar, sangrarse, a fin de publicar sus pesares, sus gritos, sus llamadas sin eco. En vano buscaríamos una forma más desgarradora de gratuidad.

 Que sean tan buenos poetas como malos prosistas depende de razones bastante sencillas. Examinad la producción literaria dc cualquier pequeño pueblo que no cometa la puerilidad de forjarse un pasado: la abundancia de poesía es el dato más chocante. La prosa exige, para desarrollarse, un cierto rigor, un estado social diferenciado y una tradición: es deliberada, construida; la poesía brota, es directa, o completamente fabricada; privilegio de los trogloditas y de los refinados, sólo florece más allá o más acá, pero siempre al margen de la civilización. En tanto que la prosa exige un genio reflexivo y una lengua cristalizada, la poesía es perfectamente compatible con un genio bárbaro y una lengua informe. Crear una literatura es crear una prosa.

 ¿Qué hay de más natural que el que tantos no dispongan de ningún otro modo de expresión más que la poesía? Incluso los que no están particularmente dotados obtienen, en su desarraigamiento, en el automatismo de su excepción, ese suplemento de talento que no habrían encontrado en una existencia normal.

 Bajo cualquier forma que se presente, y sea cual sea su causa, el exilio, en sus comienzos, es una escuela de vértigo. Y el vértigo no es cosa a la que a cualquiera le sea dada la suerte de llegar. Es una situación‑límite y algo así como el extremo del estado poético. ¿Acaso no es un favor ser transportado a él de golpe, sin los rodeos de una disciplina, por la sola benevolencia de la fatalidad? Pensad en ese apátrida de lujo, Rilke, en el número de soledades que le fue preciso acumular para liquidar sus ataduras, para tomar tierra en lo invisible. No es fácil no ser de ninguna parte, cuando ninguna condición exterior os obliga a ello. El mismo místico no alcanza el desapego más que al precio de esfuerzos monstruosos. ¡Arrancarse del mundo, qué trabajo de abolición! El apátrida lo lleva a cabo sin sufragar los gastos, por el concurso ‑por la hostilidad‑ de la historia. Nada de tormentos ni vigilias para que se desprenda de todo; los acontecimientos le obligan a ello. En cierto sentido, se parece al enfermo, quien, como él, se instala en la metafísica o en la poesía sin mérito personal, por la fuerza de las cosas, por los buenos oficios de la enfermedad. ¿Absoluto de pacotilla? Quizá, pero no está probado que los resultados adquiridos por el esfuerzo superen en valor a los que derivan del reposo en lo ineluctable.

Un peligro amenaza al poeta desarraigado: adaptarse a su suerte, no sufrir más por su causa, complacerse en ella. Nadie puede salvar a la juventud de sus zozobras pero se desgastan. Lo mismo sucede con la añoranza del terruño, con toda nostalgia. Los pesares pierden su lustre, se marchitan y, a pesar de la elegía, caen pronto en el abandono. ¿Qué hay entonces de más normal que instalarse en el exilio, Ciudad de Nada, patria invertida? En la medida en que se deleita en él, el poeta dilapida la materia de sus emociones, los recursos de su desdicha, como su sueño de gloria. Como la maldición de la que sacaba orgullo y provecho ya no le abruma, pierde, con ella, la energía de su excepción y las razones de su soledad. Expulsado del infierno, intentará en vano volver a instalarse en él, sumergirse en él de nuevo: sus sufrimientos excesivamente amortiguados le volverán indigno de ello para siempre. Los gritos de los que antaño estaba tan orgulloso se han vuelto amargura, y la amargura no se transforma en versos: ella le llevará fuera de la poesía. No más cantos ni más excesos. Una vez cerradas sus llagas, en vano hurgará en ellas para extraer algunos acentos: en el mejor de los casos, será el epígono de sus dolores. Le espera una decadencia honrosa. Falta de diversidad, de inquietudes originales, su inspiración se seca. Pronto, resignado al anonimato y como intrigado por su mediocridad, adquirirá la máscara de un burgués de ninguna parte. Helo ahí en el término de su carrera lírica, en el punto más estable de su desclasamiento.

«Integrado», asentado en el bienestar de su caída, ¿qué le queda por hacer? Deberá elegir entre dos formas de salvación: la fe y el humor. Si arrastra todavía algunos vestigios de ansiedad, los liquidará poquito a poco por medio de mil oraciones; a menos que no se complazca en una metafísica amable, pasatiempo de versificadores agotados. Si, por el contrario está inclinado a la burla, minimizará sus derrotas hasta el punto de alegrarse de ellas. Según su temperamento, pues, hará ofrendas a la piedad o al sarcasmo. En uno y otro caso, habrá triunfado sobre sus ambiciones, como sobre su mala suerte, para alcanzar una meta más alta, para llegar a ser un vencido decente, un réprobo conveniente.

Un pueblo de solitarios

Intentaré divagar sobre las pruebas sufridas por un pueblo, sobre su historia que desconcierta a la Historia, sobre su destino que parece depender de una lógica sobrenatural en la que lo inaudito se mezcla con la evidencia, el milagro con la necesidad. Unos le llaman raza, otros nación, otros tribu. Como se rehúsa a toda clasificación, lo que de él puede decirse de preciso, es inexacto; ninguna definición le conviene. Para captarlo mejor, sería preciso recurrir a alguna categoría aparte, pues todo en él es insólito: ¿acaso no es el primero en haber colonizado el cielo y haber situado en él a su dios? Tan impaciente de crear mitos como de destruirlos, se ha creado una religión de la que se reclama y de la que se avergüenza... Pese a su clarividencia, hace gustosamente concesiones a la ilusión: espera, siempre espera demasiado... Conjunción extraña de energía y de análisis, de sed y de sarcasmo. Con tantos enemigos como tiene, otro cualquiera en su lugar se hubiera rendido; pero él, inepto para las dulzuras de la desesperación, pasando por alto su fatiga milenaria, las conclusiones que su suerte le impone, vive en el delirio de la espera, completamente decidido a no sacar una enseñanza de sus humillaciones, ni deducir de ellas una regla de modestia, un principio de anonimato. Prefigura la diáspora universal: su pasado resume nuestro porvenir. Cuanto más vislumbramos los días que se nos aproximan, más nos acercamos a él y más le huimos: todos temblamos de tener que igualarle un día... «Pronto seguiréis mis pasos», parece decirnos, mientras traza, sobre nuestras certidumbres, un signo de interrogación ...

Ser hombre es un drama; ser judío, otro. De este modo, el judío tiene el privilegio de vivir dos veces nuestra condición. Representa la existencia separada por excelencia o, para emplear una expresión con la que los teólogos califican a Dios, lo absolutamente otro. Consciente de su singularidad, piensa en ella sin cesar y no la olvida jamás; de dónde le viene ese aire forzado, crispado; o falsamente seguro de sí, tan frecuente entre los que llevan la carga de un secreto. En lugar de enorgullecerse de sus orígenes, de exhibirlos y proclamarlos, los camufla: pero ¿acaso su suerte, distinta a cualquier otra, no le confiere el derecho de mirar con altanería a la turba humana? Siendo víctima, reacciona a su manera, como un vencido sui generis. Por más de un aspecto, se emparienta con esa serpiente de la que hizo un personaje y un símbolo. No vayamos, sin embargo, a creer que él también tiene la sangre fría: sería ignorar su verdadera naturaleza, sus apasionamientos, su capacidad de amor y de odio, su gusto por la venganza o las excentricidades de su caridad. (Ciertos rabinos hasidicos en nada ceden a los santos cristianos). Excesivo en todo, emancipado de la tiranía del paisaje, de las ingenuidades del arraigamiento, sin ataduras, acósmico, es el hombre que nunca será de aquí, el hombre venido de otra parte, el extranjero en sí, y que no podría sin equívoco hablar en nombre de los indígenas, de todos. Traducir sus sentimientos, convertirse en su intérprete, ¡qué tarea le representaría, si lo pretendiese! No hay muchedumbre que pueda él arrastrar, llevar, sublevar: la trompeta no le corresponde, se le reprocharán sus padres, sus ancestros que reposan lejos, en otros países, en otros continentes. Carente de tumbas que mostrar o que explotar, sin medio de ser el portavoz de ningún cementerio, no representa a nadie sino a sí mismo, nada más que a sí mismo. ¿Que se reclama del último slogan? ¿Que se encuentra en el comienzo de una revolución? Se verá rechazado en el momento mismo en que sus ideas triunfen, en que sus frases tengan fuerza de ley. Si sirve a una causa, no podrá enorgullecerse de ella hasta el final. Llegará un día en que le sea preciso contemplarla como espectador, como decepcionado. Después defenderá otra, con sinsabores no menos patentes. ¿Que cambia de país? Su drama vuelve a comenzar: el éxodo es su asentamiento, su certidumbre, su hogar.

Mejor y peor que nosotros, encarna los extremos a los que aspiramos sin alcanzarlos: es nosotros más allá de nosotros mismos... Como su capacidad de absoluto supera a la nuestra, ofrece, para bien y para mal, la imagen ideal de nuestras capacidades. Su soltura para el desequilibrio, la rutina que ha adquirido en él, le convierte en un desquiciado, experto en psiquiatría como en toda clase de terapéuticas, un teórico de sus propios males: no es como nosotros, anormal por accidente o por esnobismo, sino naturalmente, sin esfuerzo y por tradición: tal es la ventaja de un destino genial a la escala de un pueblo. Ansioso entregado a la acción, enfermo incapaz de guardar cama, se cura mientras avanza. Sus reveses no se parecen a los nuestros; hasta en la desgracia rechaza el conformismo. Su historia es un interminable cisma.

Vejado en nombre del Cordero, indudablemente permanecerá no cristiano mientras el cristianismo se mantenga en el poder. Pero le gusta tanto la paradoja ‑y los sufrimientos que de ella se derivan‑ que quizá se convierta a la religión cristiana en el momento en que sea universalmente aborrecida. Entonces se le perseguirá por su nueva fe. Titular de un destino religioso ha sobrevivido a Atenas y a Roma, como sobrevivirá a Occidente y seguirá su carrera, envidiado y odiado por todos los pueblos que nacen y mueren...

Cuando las iglesias hayan sido abandonadas para siempre, los judíos volverán a ellas o edificarán otras, o, lo que es más probable, colocarán la cruz sobre las sinagogas. Entre tanto, acechan el momento en que Jesús sea abandonado: ¿verán entonces en él al verdadero Mesías? Eso se sabrá al final de la Iglesia..., pues, a menos de un embrutecimiento imprevisible, no se dignarán a arrodillarse con los cristianos ni a gesticular con ellos. A Cristo lo hubieran reconocido si no hubiese sido aceptado por las naciones y si no hubiera llegado a ser un bien común, un mesías de exportación. Bajo la dominación romana, fueron los únicos en no admitir en sus templos las estatuas de los emperadores; cuando les forzaron a ello, se sublevaron. Su esperanza mesiánica no fue tanto un sueño de conquistar las otras naciones como de destruir sus dioses por la gloria de Yahvé: teocracia siniestra erguida ante un politeísmo de marchamo escéptico. Como hacían bando aparte en el imperio, se les tachaba de ignominia, pues no se comprendía su exclusivismo, su rechazo a sentarse a la mesa con los extranjeros, a participar en los juegos, en los espectáculos, a mezclarse con los otros y a respetar sus costumbres. No concedían crédito más que a sus propios prejuicios: de ahí la acusación de «misantropía», crimen que les imputaban Cicerón, Séneca, Celso y, con ellos, toda la antigüedad. Ya en el 130 a. de J. C., durante el sitio de Jerusalén por Antíoco, los amigos de éste le aconsejaron «apoderarse de la ciudad por la fuerza, y aniquilar completamente la raza judía: pues, única entre todas las naciones, se rehusaba a tener ninguna relación social con los otros pueblos y los consideraba como enemigos» (Posidonio de Apamea). ¿Les complació el papel de indeseables? ¿Querían desde el principio estar solos en la Tierra? Lo que es cierto es que aparecieron durante largo tiempo como la encarnación misma del fanatismo y que su inclinación por la idea liberal es, más que innata, adquirida. El más intolerante y el más perseguido de los pueblos unió el universalismo al particularismo más estricto. Contradicción de su naturaleza: es inútil intentar resolverla o explicarla.

 Desgastado hasta la médula, el cristianismo ha dejado de ser una fuente de asombro y de escándalo, de hacer estallar crisis o de fecundar las inteligencias. Ya no incomoda al espíritu ni le obliga a la menor interrogación; las inquietudes que suscita como sus respuestas y sus soluciones, son blandas, adormecedoras: ningún desgarramiento de futuro ni ningún drama podrían venir de él. Su época ha pasado: ahora ya bostezamos ante la cruz... Intentar salvarla, prolongar su carrera, eso ya ni se nos ocurre; ocasionalmente despierta nuestra... indiferencia. Tras haber ocupado nuestras profundidades, apenas se mantiene ya en nuestra superficie; pronto, destituido, irá a aumentar el número de experiencias fallidas. Contemplad las catedrales: habiendo perdido el impulso que llevaba su masa, convertidas de nuevo en piedra, se empequeñecen y se desploman; incluso su flecha, que antaño apuntaba insolentemente hacia el cielo, sufre la contaminación de la pesantez e imita la modestia de nuestros cansancios.

 Cuando, por azar, penetramos en una de ellas, pensamos en la inutilidad de las oraciones que allí se profirieron, en tantas fiebres y locuras derrochadas en vano. Pronto el vacío reinará en ellas. Ya no hay nada gótico en la materia, ni hay nada gótico en nosotros. Si el cristianismo conservaba una apariencia de reputación, se lo debe a los retrasados que, persiguiéndole con un odio retrospectivo, quisieran pulverizar los dos mil años en que, no se sabe por qué manejo, obtuvo la aquiescencia de los espíritus. Como tales retrasados, tales odiadores se hacen más y más raros, y él no se consuela de la pérdida de una popularidad tan larga, mira hacia todos los lados al acecho de un suceso susceptible de volver a traerle al primer plano dc la actualidad. Para que llegara a ser «curioso», sería preciso elevarlo a la dignidad de una secta maldita; sólo los judíos podrían encargarse de ella: proyectarían en él la suficiente rareza para renovarlo y rejuvenecer el misterio. Si lo hubiesen adoptado en el momento bueno, hubieran corrido la suerte de tantos otros pueblos de los que la historia apenas conserva el nombre. Fue para evitarse tal suerte por lo que lo rechazaron. Dejando a los gentiles las efímeras ventajas de la salvación, optaron por los inconvenientes duraderos de la perdición. ¿Infidelidad? Es el reproche que, siguiendo a San Pablo, no deja de hacérseles. Reproche ridículo, porque su falta consiste precisamente en una excesivamente grande fidelidad a sí mismos. A su lado, los primeros cristianos parecen oportunistas: seguros de su causa, esperaban alegremente cl martirio. Exponiéndose a él, no hacían por lo demás sino reverenciar las costumbres de una época en la que el gusto por las hemorragias espectaculares hacía fácil lo sublime.

 Completamente distinto es el caso de los judíos. Rehusando seguir las ideas de su tiempo, la gran locura que se apoderaba del mundo, escaparon provisionalmente a las persecuciones. Pero ¡a qué precio! Por no haber compartido los sinsabores momentáneos de los nuevos fanáticos, iban después a soportar el peso y el terror de la cruz, pues es para ellos, y no para los cristianos, para quien llegó a ser símbolo de suplicio.

 A lo largo de la Edad Media, se hicieron asesinar porque habían crucificado a uno de ellos... Ningún pueblo ha pagado tan caro un gesto inconsiderado, pero explicable y, bien mirado, natural. Por lo menos tal me pareció el día que asistí al espectáculo de la «Pasión» en Oberammergau. En el conflicto entre Jesús y las autoridades es por Jesús, evidentemente, por quien el público, con abundantes lágrimas, toma partido. Esforzándome inútilmente en hacer otro tanto, me sentí solo en la sala. ¿Qué había sucedido? Me encontraba en un proceso en el que los argumentos de la acusación me impresionaban por su justeza. Anás y Caifás encarnaban a mis ojos el sentido común mismo. Empleando procedimientos honrados, prestaban interés al caso que se les sometía. Quizá no pedían más que convertirse. Yo compartía su exasperación ante las respuestas imprecisas del acusado. Irreprochables en todo momento, no usaban ningún subterfugio teológico o jurídico: un interrogatorio perfecto. Su probidad me conquistó: me puse de su lado y aprobé a Judas, no sin despreciar sus remordimientos. Desde ese momento, el desenlace del conflicto mc dejó indiferente. Y cuando dejaba la sala, pensé que el público perpetuaba por medio de sus lágrimas un malentendido dos veces milenario.

 Por grávido de consecuencias que haya sido, el rechazo del cristianismo sigue siendo la más estupenda hazaña de los judíos, un no que les honra. Si antes marchaban solos por necesidad ahora lo harán por resolución, como réprobos dotados de un gran cinismo, de la única precaución que han tomado contra su porvenir...

Orgullosos de sus crisis de conciencia, los cristianos, contentos de que otro haya sufrido por ellos, se relajan a la sombra del Calvario. Si a veces se atarean en rehacer las etapas, ¡menudo partido saben sacar de ello! Con aire de aprovechados, se regodean en la iglesia, y, cuando salen, apenas disimulan esa sonrisa que da la certeza obtenida sin fatiga. La gracia ‑¿no es cierto?‑ se encuentra de su lado, gracia barata, sospechosa, que les dispensa de todo esfuerzo. Son «salvados» de circo, fanfarrones de la redención, gozadores cosquilleados por la humildad, el pecado, y el infierno. Si atormentan su conciencia, lo hacen para procurarse sensaciones. Y se procuran aún más si atormentan la vuestra. En cuanto descubran algunos escrúpulos, algún desgarramiento o la presencia obsesiva de una falta o de un pecado, ya no os soltarán, os obligarán a exhibir vuestro problema o a gritar vuestra culpabilidad, mientras ellos asisten, sádicos, al espectáculo de vuestra zozobra. Llorad si podéis: eso es lo que esperan, impacientes de emborracharse con vuestras lágrimas, de chapotear, caritativos y feroces, en vuestras humillaciones, de regodearse con vuestros dolores. Todos esos hombres de convicciones están tan ávidos de sensaciones dudosas que las buscan por todas partes y, cuando no las encuentran en el exterior, se precipitan sobre ellos mismos. Lejos de estar obsesionado por la verdad, el cristiano se maravilla de sus «conflictos interiores», de sus vicios y de sus virtudes, de su poder de intoxicación, retoza en torno a la Cruz y, epicúreo de lo horrible, asocia el placer a sentimientos que no lo comportan en absoluto: ¿acaso no ha inventado el orgasmo del remordimiento? Así se gana siempre ...

 Aunque elegidos, los judíos no habían de adquirir por esta elección ninguna ventaja: ni paz, ni salvación... Por el contrario, se les impuso como una prueba, como un castigo. Elegidos sin la gracia. De este modo sus oraciones tienen tanto más mérito cuanto que se dirigen a un dios sin excusa.

 No es que haya que condenar en masa a los gentiles. Pero, a fin de cuentas, no tienen de qué estar tan orgullosos: forman tranquilamente parte del «género humano»... Esto es precisamente lo que, de Nabucodonosor a Hitler, no se ha querido conceder a los judíos; desdichadamente, estos últimos no tuvieron el valor de glorificarse de ello. Con una arrogancia de dioses, hubieran debido jactarse de sus diferencias, proclamar ante la faz del universo que no tenían semejantes ni querían tener, escupir sobre las razas y los imperios, y, en un ímpetu de autodestrucción, sostener las tesis de sus detractores, dar la razón a quienes les odian... Dejemos los pesares o el delirio. ¿Quién se atreve a tomar por su propia cuenta los argumentos de sus enemigos? Tal orden de grandeza, apenas concebible en una persona, no lo es en absoluto en un pueblo. El instinto de conservación afea tanto a los individuos como a las colectividades.

 Si los judíos no tuviesen que afrontar más que el antisemitismo profesional, su drama se vería sensiblemente disminuido. Enfrentados de hecho con la casi totalidad de la humanidad, saben que el antisemitismo no representa un fenómeno de época, sino una constante, y que sus verdugos de ayer empleaban los mismos términos que Tácito... Los habitantes del globo se dividen en dos categorías: los judíos y los no judíos. Si se sopesase los méritos de unos y de otros, sin disputa, serían los primeros los que prevaleciesen; tendrían bastantes títulos para hablar en nombre de la humanidad y considerarse sus representantes. No se decidirán a ello en tanto conserven cierto respeto, cierta debilidad por el resto de los humanos. ¡Vaya idea la de quererse hacer amar! Se atarean en ello sin lograrlo. Tras tantas tentativas infructuosas, ¿no les valdría más rendirse a la evidencia, admitir, finalmente, lo bien fundado de sus decepciones ?

No hay suceso, fechoría o catástrofe de la que sus adversarios no les hayan hecho responsables. Insensato homenaje. Y no es que haya que minimizar su papel; pero, para ser justos, hay que entendérselas únicamente con sus errores verdaderos: el más considerable sigue siendo haber producido un dios cuya fortuna ‑única en la historia de las religiones‑ da motivos para quedarse pensativo; nada hay en él que legitimase un éxito parecido: bravucón grosero, lunático, verboso, podía como mucho, responder a las necesidades de una tribu; que un día se convirtiese en objeto de sabias teologías, en patrón de civilizaciones refinadas, eso nadie podía haberlo previsto jamás. Si ellos no nos lo han inflingido, tienen, sin embargo, la responsabilidad de haberlo concebido. Es una mancha en su genio. Podían haberlo hecho mejor. Por vigoroso, por viril que parezca, ese Yahvé (del que el cristianismo nos presenta una versión corregida) no deja de inspirarnos cierta desconfianza. En lugar de agitarse de querer imponerse, hubiera debido ser, en vista de sus funciones, más correcto, más distinguido y, sobre todo, más seguro de sí mismo. Las incertidumbres le corroen: grita, truena, fulmina... ¿Es esto un signo de fuerza? Bajo sus aires de grandeza, vislumbramos a un usurpador que, olfateando el peligro, teme por su reino y aterroriza a sus súbditos. Procedimiento indigno de quien no cesa de invocar la Ley y que exige que se sometan a ella. Si, como sostiene Moses Mendelssohn, el judaísmo no es una religión sino una legislación revelada, se encontrará raro que semejante dios sea su autor y su símbolo, él, que precisamente no tiene nada de legislador. Incapaz dcl menor esfuerzo de objetividad, imparte justicia como le da la gana, sin que ningún código venga a limitar sus divagaciones y sus fantasías. Es un déspota tan cobarde como agresivo, saturado de complejos, un paciente ideal para el psicoanálisis. Desarma a la metafísica, que no vislumbra en él ninguna huella de ser sustancial que se sustente a sí mismo, superior al mundo y contento del intervalo que le separa de él: payaso que ha heredado el cielo y que perpetúa en él las peores tradiciones de la Tierra, emplea los mayores medios, asombrado de su poder y orgulloso de hacer sentir sus efectos. Sin embargo, sus vehemencias, sus cambios de humor, su desaliño, sus ímpetus espasmódicos acaban por atraernos, va que no por convencernos. Absolutamente nada resignado a su eternidad, interviene en los asuntos terrenos, lo embarulla, siembra en ellos la confusión y el bochinche. Desconcierta, irrita, seduce. Por descentrado que esté, conoce sus encantos y se sirve de ellos a placer. Pero ¿para qué recensionar las taras de un dios cuando se extienden a todo lo largo del Antiguo Testamento, junto al cual el nuevo parece una pobre alegoría enternecedora? La poesía y la aspereza del primero en vano las buscaremos en el segundo, en que todo es amenidad sublime, relato dedicado a las «almas bellas». A los judíos les ha repugnado reconocerse en él: hubiera sido caer en la trampa de la felicidad, desproveerse de su singularidad, optar por un destino «honroso», todas ellas cosas extrañas a su vocación. «Moisés, para mejor dominar a la nación, instituyó nuevos ritos, contrarios a los de todos los otros mortales. En ellos, todo lo que nosotros reverenciamos es befado; en cambio, todo lo que es impuro entre nosotros es allí admitido.» (Tácito.)

 «Todos los otros mortales», este argumento estadístico del que la antigüedad abusó, no podía escapársele a los modernos: ha servido, siempre servirá. Nuestro deber es volverlo en favor de los judíos, emplearlo en la edificación de su gloria. Se ha olvidado demasiado deprisa que ellos fueron los ciudadanos del desierto, que lo llevan todavía en ellos como su espacio íntimo, y lo perpetúan a través de la historia, con gran asombro de esos árboles humanos que son «los otros mortales».

 Quizá convendría añadir que ese desierto, lejos de hacer de él solamente su espacio íntimo, lo prolongan físicamente en el ghetto. Quien haya visitado uno (preferentemente en los países del Este), no ha podido dejar de advertir que la vegetación estaba ausente, que nada florecía, que todo estaba seco y desolado: extraño islote, pequeño universo sin raíces, a la medida de sus habitantes, tan alejados de la vida terrena como los ángeles o los fantasmas.

«Los pueblos experimentan contra los judíos, observa uno de sus correligionarios, la misma animosidad que debe sentir la harina contra la levadura que la impide reposar». Reposo, es lo único que pedimos; quizá los judíos lo piden también, pero les está prohibido. Su febrilidad os aguijonea, os azota, os arrastra. Modelos de furor y de amargura, os hacen adquirir el gusto de la rabia, de la epilepsia, de las aberraciones que estimulan, y os recomiendan la desdicha como un excitante.

 Si han degenerado, como comúnmente se piensa, uno desearía esa forma de degeneración a todas las naciones viejas... «Cincuenta siglos de neurastenia», dijo Péguy. Sí, pero una neurastenia de temerarios, y no de desfondados, de débiles, de decrépitos. La decadencia, fenómeno inherente a todas las civilizaciones, ellos no la conocen, hasta tal punto es cierto que su carrera, aunque tiene lugar en la historia, no es en absoluto de esencia histórica: su evolución no comporta ni crecimiento ni decrepitud, ni apogeo ni caída; sus raíces se hunden en quién sabe qué tierra; con toda certeza, no en la nuestra. No hay nada de natural, de vegetal en ellos, ninguna «savia» ninguna posibilidad de marchitarse. Hay en su perennidad algo de abstracto, pero no de exangüe, una pizca de lo demoníaco, esto es, de algo irreal y activo juntamente, un halo inquietante y algo así como un nimbo al revés que los individualiza para siempre.

 Si escapan de la decadencia, aun con mayor razón escapan de la hartura, llaga de la que ningún pueblo viejo está resguardado, y contra la que toda medicación se revela inoperante: ¿no ha roído ya a más de un imperio, a más de un alma, a más de un organismo? Ellos están milagrosamente indemnes. ¿De qué podrían estar hartos, cuando no han conocido ninguna tregua, ninguno de esos momentos de plenitud, propicios al asco pero nefastos para el deseo, para la voluntad, para la acción? No pudiendo detenerse en ninguna parte, les es forzoso desear, querer, actuar, mantenerse en la ansiedad y la nostalgia. ¿Que se fijan un objetivo? No durará: todo acontecimiento no será para ellos más que una repetición de la Ruina del Templo. ¡Recuerdos y perspectivas de derrumbamiento! El anquilosamiento de una tregua no les amenaza. Mientras que a nosotros nos es penoso perseverar en un estado de avidez, ellos no salen de él nunca, por decirlo así, y experimentan en él una especie de bienestar mórbido, propio de una colectividad en la que el trance es endémico y cuyo misterio depende de la teología y de la pedagogía, sin que, por otra parte, sea elucidado por los esfuerzos combinados de una y otra.

 Acorralados en sus profundidades y temiéndolas, intentan apartarse de ellas, eludirlas, agarrándose a las bagatelas de la conversación: hablan, hablan... Pero la cosa más fácil del mundo, que es permanecer en la superficie de uno mismo, jamás la logran. La palabra es para ellos una evasión; la sociabilidad, una autodefensa. No podemos imaginar sin temblar sus silencios, sus monólogos. Nuestras calamidades, los vaivenes de nuestra vida, son para ellos desastres familiares, rutina; su tiempo es crisis superada o crisis futura. Si por religión se entiende la voluntad de la criatura de elevarse por medio de sus malestares, tienen todos ellos, devotos o ateos, un fondo religioso, una piedad, de la que tuvieron buen cuidado de eliminar la dulzura, la complacencia, el recogimiento y todo lo que en ella halaga a los inocentes, los débiles, los puros. Es una piedad sin candor, pues ninguno de ellos es cándido, tal como, en otro plano, ninguno de ellos es tonto. (La tontería, efectivamente, no encuentra cauce en ellos: casi todos son vivos; los que no lo son, unas cuantas raras excepciones, no se limitan a la simple estupidez, van más lejos: son retrasados mentales.)

 Se comprende que el rezo pasivo, cansino, no sea de su gusto; además, tampoco agrada a su dios que al contrario que el nuestro, soporta mal el hastío. Sólo el sedentario reza en paz, sin apresurarse; los nómadas, los perseguidos, deben actuar deprisa y apresurarse hasta en sus genuflexiones. Es que invocan a un dios que también es nómada, perseguido también, y que les comunica su impaciencia y su apresuramiento.

 Cuando uno está próximo a capitular, ¡qué enseñanza y qué correctivo supone su tenacidad! ¡Cuántas veces, mientras yo rumiaba mi perdición, he pensado en su empecinamiento, en su testarudez, en su tan reconfortante como inexplicable apetito de ser! Les soy deudor de numerosos cambios de opinión, de muchos compromisos con la no evidencia de vivir. Y, empero, ¿les he hecho siempre justicia? He distado mucho de ello. Si bien, a los veinte años, los amaba hasta el punto de lamentar no ser uno de ellos, algún tiempo más tarde, no pudiendo perdonarles el haber desempeñado un papel de primer plano en el curso de los tiempos, me puse a detestarlos con la rabia de un amor‑odio. El brillo de su omnipresencia me hacía sentir aún más la oscuridad de mi país, abocado, lo sabía, a ser ahogado e incluso a desaparecer; mientras que ellos, lo sabía no menos bien, sobrevivirían a todo, pasase lo que pasase. Por lo demás, en aquella época, yo no tenía más que una conmiseración libresca por sus sufrimientos pasados y no podía adivinar los que les esperaban. Más adelante, pensando en sus tribulaciones y en la firmeza con que las soportaron, debía captar el valor de su ejemplo y sacar de él algunas razones para combatir mi tentación de abandonarlo todo. Pero cualquiera que fuesen, en diversos momentos de mi vida, mis sentimientos hacia ellos, en un punto nunca he variado: me refiero a mi apego al Antiguo Testamento, el culto que siempre he profesado a su libro, providencia de mis desenfrenos o de mis amarguras. Gracias a él comulgué con ellos, con lo mejor de sus aflicciones; también, gracias a él y a los consuelos que de él saqué, muchas de mis noches, por inclementes que fuesen, me parecieron tolerables. Esto no pude olvidarlo ni siquiera cuando me parecieron merecer su oprobio. Y es el recuerdo de ésas noches en las que, por los agudos rasgos de ingenio de Job y de Salomón, estuvieron tan a menudo presentes, el que legitima las hipérboles de mi gratitud. ¡Que otro les haga la ofensa de tener respecto a ellos opiniones sensatas! En cuanto a mí toca, no sabría resolverme a ello: medirles con nuestro rasero supone despojarles de sus privilegios, hacer de ellos simples mortales una variedad cualquiera dcl tipo humano. Felizmente, desafían nuestros criterios, así como las investigaciones del buen sentido. Reflexionando sobre estos domadores del abismo (de su abismo), se vislumbra la ventaja que hay en no perder pie, en no ceder a la voluptuosidad de ser un detritus y, al meditar sobre su rechazo del naufragio, uno hace voto de imitarlos, aun sabiendo que es vano pretenderlo, que a nosotros nos toca hundirnos, responder a la llamada del precipicio. Esto no impide que, al apartarnos, aunque no fuera más que temporalmente, de nuestras veleidades de despeñarnos, nos enseñen a pactar con un mundo vertiginoso, insoportable: son maestros de existir. De todos los que conocieron un largo período de esclavitud, sólo ellos lograron resistir a los sortilegios de la abulia. Son fuera de la ley que almacenan fuerzas. En el momento en que la Revolución les daba un estatuto, poseían disponibilidades biológicas más importantes que las de otras naciones. Cuando, libres al fin, aparecieron, en el siglo XIX, a la luz del día asombraron al mundo: desde la época de los conquistadores, no se había asistido a semejante intrepidez, a semejante sobresalto. Imperialismo curioso, inesperado, fulgurante. Interiorizada durante tanto tiempo, su vitalidad estalló; y a ellos, que parecían tan desvaídos, tan humildes, se les vio presa de una sed de poder, de dominio y de gloria que aterró a la sociedad desencantada en la que comenzaron a afirmarse y a la cual esos viejos indomables iban a difundir nueva sangre. Rapaces y generosos, insinuándose en todas las ramas del comercio y del saber, en toda clase de empresas, no para atesorar, sino, fervientes del todo por el todo, para derrochar, para dilapidar; hambrientos en plena hartura, buscadores de eternidad confinados en lo cotidiano, amarrados al oro y al cielo, y mezclando incesantemente el brillo del uno y del otro ‑promiscuidad luminosa y estupefaciente, torbellino de abyección y de trascendencia- poseen en sus incompatibilidades su verdadera fortuna. En la época en que vivían dc la usura, ¿acaso no profundizaban en secreto la Cábala? Dinero y misterio: obsesiones que han conservado en sus ocupaciones modernas, complejidad inextricable, fuente de poder. ¿Encarnizarse contra ellos, combatirlos? Sólo el insensato se arriesga a ello: sólo él se atreve a afrontar las armas invisibles de las que están dotados.

 En la historia contemporánea, inconcebible sin ellos, han introducido una cadencia acelerada, un jadeo de buena ley, un aliento soberbio, del mismo modo que un veneno profético cuya virulencia no ha dejado de desconcertarnos. ¿Quién puede permanecer neutral en su presencia? Acercarse a ellos siempre es provechoso. En la diversidad del paisaje psicológico, cada uno de ellos es un caso. Y si les conocemos bajo ciertos aspectos, todavía tenemos que avanzar mucho trecho por el interior de sus enigmas. Incurables que intimidan a la muerte, que han descubierto el secreto de otra salud, de una salud peligrosa, de una dolencia salutífera, os obsesionan, os atormentan y os obligan a elevaros al nivel de su conciencia, de sus vigilias. Con los Otros, la cosa cambia: a su lado se duerme uno. ¡Qué seguridad, qué paz! De golpe, uno se siente «entre los nuestros», bosteza, se ronca sin temor. Al frecuentarlos, uno se siente dominado por la apatía del terruño. Incluso los más refinados parecen campesinos, palurdos frustrados. Se revuelcan, pobres, en una fatalidad mullida. aunque tuvieran genio, serían unos cualquiera. Les persigue una suerte adversa: su existencia es tan evidente, tan admitida como la de la tierra o el agua. Son elementos adormecidos.

No hay seres menos anónimos. Sin ellos, las ciudades serían irrespirables; mantienen en ellas un estado de fiebre, a falta del cual toda aglomeración se convierte en provincia: una ciudad muerta es una ciudad sin judíos. Eficaces como el fermento y el virus, inspiran un doble sentimiento de fascinación y de malestar. Nuestra reacción respecto a ellos es casi siempre ambigua: ¿qué comportamiento preciso conviene para acoplarnos a ellos, dado que se sitúan juntamente por encima y por debajo de nosotros, a un nivel que nunca es el nuestro? De ello proviene un malentendido trágico, inevitable, del que nadie es culpable. ¡Qué locura por su parte haberse apegado a un dios especial, y qué remordimientos no deben experimentar cuando vuelven sus miradas hacia nuestra insignificancia! Nadie desenredará jamás la madeja inextricable en la que nos vemos envueltos los unos respecto a los otros. ¿Correr a socorrerlos? No tenemos nada que ofrecerles. Y lo que ellos nos ofrecen, nos rebasa. ¿De dónde vienen? ¿Quiénes son? Abordémosles con un máximo de perplejidad: quien toma respecto a ellos una actitud neta, los desconoce, los simplifica y se torna indigno de sus extremismos.

Cosa notable: sólo el judío frustrado se nos parece, es de los «nuestros»: parecería que ha retrocedido hacia nosotros, hacia nuestra humanidad convencional y efímera. ¿Habrá que deducir que el hombre es un judío que no ha llegado a realizarse?

  Amargos e insaciables, lúcidos y apasionados, siempre en vanguardia de la soledad, representan el fracaso en marcha. Si no veneran la desesperación cuando todo debería inclinarlos a ello, la razón es que hacen proyectos como quien respira, que padecen la enfermedad del proyecto. En el curso de una jornada, cada uno de ellos concibe un número incalculable de éstos. Contrariamente a las razas enmohecidas, se aferran a lo inminente, se hunden en lo posible: tal es el automatismo de lo nuevo que explica la eficacia de sus divagaciones, tanto como el horror que tienen de toda comodidad intelectual. Sea cual sea el país que habitan, ocupan el punto extremo del espíritu. Reunidos, constituirían un conjunto de excepciones, una suma de capacidades y talentos sin precedentes en ninguna otra nación. ¿Que practican un oficio? Su curiosidad no se limita a él; cada cual posee pasiones o aficiones que le hacen trascenderlo, amplían su saber y le permiten abrazar las profesiones más dispares, de tal suerte que su biografía implica una multitud de personajes unidos por una sola voluntad, que también carece de precedentes. La idea de «perseverar en el ser» fue concebida por su mayor filósofo; tal ser lo han conseguido con arduo esfuerzo. Se comprende su manía del proyecto: al presente que adormece, oponen las virtudes afrodisíacas del mañana. También fue uno de ellos quien hizo del devenir la idea central de su filosofía. No hay contradicción entre las dos ideas, pues el devenir se refiere al ser que proyecta y se proyecta, al ser desintegrado por la esperanza.

 Por lo demás, ¿no es vano afirmar que en filosofía son esto o lo otro? Si tienden hacia el racionalismo; es menos por inclinación que por necesidad de reaccionar contra ciertas tradiciones que les excluían y por cuya causa tuvieron que padecer. Su genio, de hecho, se acomoda a cualquier forma de teoría, a cualquier corriente de ideas, del positivismo al misticismo. Poner el acento únicamente sobre su propensión al análisis, es empobrecerlos y hacerles una grave injusticia. Son, en cualquier caso, gente que ha rezado enormemente. Uno lo advierte en sus rostros, más o menos descoloridos por la lectura de los salmos. Y, además, sólo entre ellos se encuentran banqueros pálidos... Algo debe significar eso. Finanzas y De profundis! ‑incompatibilidad sin precedentes, quizá la clave del misterio de todos ellos.

Combatientes por gusto ‑es el más guerrero de los pueblos civiles‑ proceden en los asuntos como estrategas y nunca se confiesan vencidos, aunque lo estén a menudo. Condenados... benditos, cuyo instinto e inteligencia no se neutralizan uno a otro: todo les sirve de tónico, hasta sus taras. Su carrera, con sus errabundos y sus vértigos, ¿cómo va a ser comprendida por una humanidad poltrona? Aunque no tuvieran sobre ésta más que la superioridad de un fracaso inexhaustible, de una manera más lograda de no realizarse, esto bastaría para asegurarles una relativa inmortalidad. Su resorte aguanta bien: se rompe eternamente.

 Dialécticos activos, virulentos, aquejados de una neurosis del intelecto (la cual, lejos de entorpecerse en sus empresas, les empuja a ellas, les hace dinámicos, les obliga a vivir bajo presión), están fascinados, pese a su lucidez por la aventura. Nada les hace retroceder. El tacto, vicio terreno, prejuicio de las civilizaciones enraizadas, instinto del protocolo, no es su fuerte: la culpa la tiene su orgullo de desollados, su espíritu agresivo. Su ironía, lejos de ser una diversión a expensas de los otros, una forma de sociabilidad o un capricho, huele a hiel reprimida; es una acidez antigua; envenenada, sus rasgos matan. Participa, no de la risa, que es alivio de tensión sino dc la risotada sarcástica, que es crispación y revancha de los humillados. Ahora bien, reconozcámoslo, los judíos son insuperables en la risotada. Para comprenderlos, o adivinarlos, debe uno, como ellos, haber perdido más de una patria, ser, como ellos, ciudadano de todas las ciudades, combatir sin bandera contra todo el mundo saber, siguiendo su ejemplo, abrazar y traicionar todas las causas. Tarea difícil, pues, a su lado, somos, sean cuales fueran nuestros sinsabores, pobres diablos hundidos en la felicidad y la geografía, neófitos del infortunio, chapuceros de todo tipo. Si no tienen el monopolio de la sutileza, es claro al menos que su forma de inteligencia es la más turbadora que cabe, la más antigua; se diría que lo saben todo desde siempre, desde Adán, desde... Dios.

Que no se les acuse de arribistas: ¿cómo van a serlo si han atravesado y marcado tantas civilizaciones? No hay en ellos nada reciente, improvisado: su promoción a la soledad coincide con la aurora dc la historia; sus mismos defectos son imputables a la vitalidad de su vejez, a los excesos de su astucia y de acuidad de espíritu, a su excesivamente larga experiencia. Ignoran la comodidad de los límites: si poseen una sabiduría, es la sabiduría del exilio, la que enseña cómo triunfar sobre un sabotaje unánime, cómo creerse elegido cuando se ha perdido todo: sabiduría del desafío. ¡Y, sin embargo, se les tilda de cobardes! Cierto es que no sabrían citar ninguna victoria espectacular: pero ¿acaso su existencia misma no constituye una, ininterrumpida, terrible, sin ninguna oportunidad de acabar jamás?

 Negar su coraje es desconocer el valor, la alta calidad de su miedo, que en ellos es un movimiento, no de retracción, sino de expansión, comienzo de ofensiva. Pues este miedo, contrariamente a los asustadizos y a los humildes, ha sido convertido por ellos en virtud, en principio de orgullo y de conquista. No es fláccido como el nuestro, sino erguido y envidiable, hecho de mil espantos transfigurados en actos. Mediante una receta que se han guardado mucho de revelarnos, nuestras fuerzas negativas se transforman en ellos en fuerzas positivas; nuestros alelamientos, en migraciones. Lo que a nosotros nos inmoviliza, a ellos les hace caminar y saltar: no hay barrera que no escale su pánico itinerante. Son nómadas a los que el espacio no basta y que, más allá de los continentes, buscan no se sabe qué patria. ¡Fijaos en la soltura con que recorren las naciones! Fulano, que nació ruso, es ahora alemán, francés, después americano o cualquier otra cosa. Pese a estas metamorfosis, conserva su identidad; tiene carácter, todos ellos lo tienen. ¿Cómo explicar de otro modo su capacidad de comenzar de nuevo, tras los peores contratiempos, una existencia nueva, de volver a enseñorearse de su destino? Es algo prodigioso. Al observarlos, uno queda maravillado y estupefacto. Desde esta vida deben hacer la experiencia del infierno. Tal es el precio de su longevidad.

 Cuando comienzan a decaer y se les cree perdidos, se reaniman, se yerguen de nuevo y rehúsan la quietud del fracaso. Expulsados de su hogar, apátridas natos, nunca han estado tentados de abandonar la partida. Pero nosotros, aprendices del exilio, desarraigados recientes, deseosos de alcanzar la esclerosis, la monotonía del despeñamiento, un equilibrio sin horizonte ni promesa, reptamos tras nuestras desdichas; nuestra condición nos supera; ineptos para lo terrible, estamos hechos para arrastrarnos en algunos Balkanes soñados y no para compartir la suerte de una legión de Únicos. Ahítos de inmovilidad, postrados, huraños, ¿cómo, con nuestros deseos somnolientos y nuestras ambiciones dispersas, poseeríamos el tejido del que está hecho el errante? Nuestros antepasados, inclinados sobre la Tierra, apenas se distinguían de ella. Sin ninguna prisa, pues ¿a dónde habían de ir?, su velocidad era la de la carreta: velocidad de la eternidad... Pero entrar en la Historia supone un mínimo de precipitación, de impaciencia y de vivacidad, todas ellas cosas diferentes de la barbarie lenta dc los pueblos agrícolas, encorsetados por la Costumbre ‑esa reglamentación, no de sus derechos, sino de sus tristezas‑. Arañando la tierra para poder, a fin de cuentas, mejor reposar en ella, pasando la vida a ras de la tumba, una vida en que la muerte parecía una recompensa y un privilegio, nuestros ancestros nos han legado su sueño inacabable, su desolación muda y un poco embriagadora, su largo suspiro de semi‑vivos.

 Estamos estuporosos; nuestra maldición actúa sobre nosotros a manera de narcótico: nos atonta; la de los judíos tiene el efecto de un empujón: les impulsa hacia adelante. ¿Se las ingenian para sustraerse a ella? Cuestión delicada, quizá sin respuesta. Lo que es cierto es que su carácter trágico difiere del de los griegos. Un Esquilo trata de la desdicha dc un individuo o de una familia. El concepto de maldición nacional como tampoco el de salvación colectiva, no es helénico. El héroe trágico pide rara vez razones a un destino impersonal y ciego: su orgullo consiste en aceptar sus decretos. Por ello, perecerá, él y los suyos. Pero un Job acosa a su Dios, exige que se explique: de ello resulta un ultimátum, de un mal gusto sublime y que sin duda hubiera repelido a un griego, pero que nos afecta y nos conmueve. Esos desbordamientos, esas vociferaciones de un apestado que dicta sus condiciones al cielo, ¿cómo podrían dejarnos insensibles? Cuanto más cercanos estamos a abdicar, más nos zarandean sus aullidos. Job es, indudablemente, de su raza: sus sollozos son una demostración de fuerza, un asalto. «La noche traspasa mis huesos», se lamenta. Su lamento culmina en un grito, y ese grito atraviesa las bóvedas y hace temblar a Dios. En la medida en que, más allá de nuestros silencios y nuestras debilidades, nos atrevemos a clamar por nuestros sinsabores, todos somos retoños del gran leproso, herederos de su desolación y de su rugido. Pero demasiado a menudo nuestras voces callan, aunque él nos revela cómo izarnos hasta sus trémolos, no logra sacudir nuestra inercia. De hecho, él tenía la mejor parte: sabía a quien vilipendiar o implorar, a quien dirigir sus golpes o encaminar sus oraciones. Pero nosotros, ¿contra quien gritaríamos? ¿contra nuestros semejantes? Eso nos parece risible. Apenas articuladas, nuestras rebeliones expiran en nuestros labios. Pese a los ecos que despierta en nosotros, no tenemos derecho de considerarle como nuestro antepasado: nuestros dolores son demasiado tímidos. Lo mismo ocurre con nuestros espantos. Sin la voluntad ni la audacia de saborear nuestros miedos, ¿cómo haríamos de ellos un aguijón o un placer? A temblar, todo el mundo alcanza; pero saber dirigir su temblor es un arte: todas las rebeliones proceden de él. Quien quiera evitar la resignación debe educar, cuidar sus temores y trasmutarlos en gestos y palabras: lo logrará, tanto mejor, cuanto más cultive el Antiguo Testamento, paraíso del estremecimiento.

 Inculcándonos el terror de las intemperancias de lenguaje, el respeto y la obediencia ante todo el cristianismo ha vuelto anémico nuestro miedo. Si hubiera querido hacerse con nosotros para siempre, hubiera debido forzarnos y prometernos una salvación peligrosa. ¿Que puede esperarse de una genuflexión que dura veinte siglos? Ahora Que finalmente estamos en pie, el vértigo nos domina: esclavos emancipados en vano, rebeldes cuyo demonio se avergüenza o se burla de ellos.

 Job ha transmitido su energía a los suyos; sedientos de justicia como él, no se doblegan ante la evidencia de un mundo inicuo. Revolucionarios por instinto, la idea de renuncia apenas les roza: su Job, ese Prometeo bíblico, luchó con Dios, ellos lucharán con los hombres. Cuanto más les impregna la fatalidad, más se insurgen contra ella. Amor fati, esa fórmula para aficionados al heroísmo, no conviene a los que tienen demasiado destino para aferrarse, ni siquiera, a la idea de destino... Apegados a la vida hasta el punto de querer reformarla y hacer triunfar en ella lo imposible, el Bien, se abalanza sobre todo sistema propicio a confirmarlos en su ilusión. No hay utopía que no les ciegue y que no excite su fanatismo. No contentos con haber preconizado la idea de progreso, se han apoderado de ella con un fervor sensual y casi impúdico. ¿Contaban, cuando la aceptaron sin reservas, con aprovechar la salvación que promete a la humanidad en general, beneficiándose de una gracia, de una apoteosis universal? No quieren admitir este truismo, a saber: que todos nuestros desastres datan del momento en que hemos comenzado a vislumbrar la posibilidad de algo mejor. Si viven en un callejón sin salida, lo niegan con su entendimiento. Rebeldes contra lo ineluctable, rebeldes contra sus miserias, se sienten más libres en el momento mismo en que lo debería encadenar su espíritu. ¿Qué esperaba Job en su muladar, qué esperan todos ellos? Optimismo de apestados... Si seguimos un viejo tratado de psicología, proporcionarían el más alto porcentaje de suicidios. Si es cierto, esto probaría que para ellos la vida merece el esfuerzo de separase de ella y que están demasiado apegados a ella como para desesperar hasta el final. Su fuerza: antes acabar que habituarse o complacerse en la desesperación. Se afirman en el momento mismo que se destruyen, tanto horror tienen de ceder, de deponer la armas, de confesar sus fatigas. Un tal encarnizamiento debe venirles de lo alto. No logro explicármelo de otro modo. Y si me embarullo en sus contradicciones y me pierdo en sus secretos, al menos comprendo el porqué debían intrigar a los espíritus religiosos, de Pascal a Rozanof.

 

 ¿Se ha reflexionado suficientemente sobre las razones por las que estos exilados eliminan de sus pensamientos a la muerte, idea dominante de todo exilio, como si entre ellos y ella no hubiese ningún punto de contacto? No es que les deje indiferentes, pero, a fuerza de borrar el sentimiento de ella, han llegado a tomar a su respecto una actitud deliberadamente superficial. Quizá en tiempos remotos se consagraron demasiados cuidados como para que ahora les preocupe todavía; quizá piensan en ella a causa de su casi imperecibilidad: sólo las civilizaciones efímeras remachan gustosamente la idea de la nada. Sea como fuere, no tienen más que la vida frente a ellos... Y esta vida, que para nosotros, se resume en la fórmula: «Todo es imposible», y cuya última palabra se dirige, para halagarlas, a nuestros desvaríos, a nuestro debilitamiento o a nuestra esterilidad, esta vida despierta en ellos el gusto del obstáculo, el horror de la liberación y de toda forma de quietismo. Estos luchadores hubieran lapidado a Moisés si se hubiese dirigido a ellos en el lenguaje de un Buda, lenguaje del cansancio metafísico, dispensador de aniquilamiento y salvación. No hay paz ni beatitud alguna para quien no sabe cultivar el abandono: el obstáculo, en tanto que supresión de toda nostalgia, es una recompensa de la que no gozan más que los que se resignan a deponer las armas. Este tipo de recompensa repugna a esos batalladores impenitentes, a estos voluntarios de la maldición, a este pueblo del Deseo... ¿Qué clase de aberración ha provocado que se hablase de su gusto por la destrucción? ¿Destructores, ellos? Más bien debería reprochárseles el no serlo bastante. ¡De cuántas de nuestras esperanzas son responsables! Lejos de concebir la demolición en sí misma, si son anarquistas, apunten siempre hacia una obra futura, a una construcción, quizá imposible, pero deseada. Y además sería erróneo minimizar el pacto, único en su género, que han concertado con su dios y del cual todos, ateos o no, guarden el recuerdo y la huella. Este dios, por mucho que nos encarnicemos contra él, no por ello está menos presente, carnal y relativamente eficaz, tal como cuadra a todo dios de una tribu, mientras que el nuestro, más universal, luego más anémico, es, como todo espíritu, lejano e inoperante. La antigua Alianza, de distinta solidez que la nueva, si bien permite a los hijos de Israel avanzar concertadamente con su Padre turbulento, les impide, en cambio, apreciar la belleza intrínseca de la destrucción.

 

 Se sirven de la idea de «progreso» para combatir los efectos disolventes de su lucidez: es su huida calculada, su mitología querida. Incluso ellos, incluso esos espíritus clarividentes, retroceden ante las últimas consecuencias de la duda. No se es verdaderamente escéptico más que si se sitúa uno fuera de su destino o si se renuncia a tenerlo. Ellos están demasiado enviscados en el suyo como para poder hurtarse a él. No hay ningún Indiferente notable entre ellos: ¿acaso no han introducido la interjección en lo religioso? Incluso cuando se permiten el lujo de ser escépticos, su escepticismo es un escepticismo de irritados. Salomón nos evoca la imagen de un Pirrón roído y lírico... Lo mismo vale para el más desengañado de sus antepasados que para todos ellos. ¡Con qué complacencia explayan sus sufrimientos y muestran sus llagas. Esta mascarada de confidencias no es más que una manera de ocultarse. Indiscretos y, sin embargo, impenetrables, se os escapan aun cuando os hayan contado todos sus secretos. De un ser que ha sufrido, es inútil atarearse en detallar, clasificar y explicar sus desgracias: lo que es, su sufrimiento real os rebasa. Cuanto más os acerquéis á él, más inaccesible os parecerá. En lo que respecta a una colectividad golpeada, podéis escrutar a placer sus reacciones, no por ello dejareis de encontraros ante una masa de desconocidos.

Por luminoso que sea su espíritu, un elemento subterráneo reside en él: surgen, irrumpen, esos remotos siempre presentes, siempre alertas, huyendo del peligro y solicitándolo, precipitándose sobre cada sensación con un alocamiento de condenados, como si no tuviesen tiempo que perder y lo terrible les acechase en el umbral mismo de sus placeres. Se agrupan a la felicidad y la aprovechan sin decoro ni escrúpulo: se diría que se apoderan del bien de otro. Demasiado ardientes para ser epicúreos, envenena sus placeres, los devora y gasta una prisa, un furor que les impide sacar de ellos el menor refrigerio: son desasosegados en todos los sentidos de la palabra, del más vulgar al más noble. La obsesión del después les acosa; pero el arte de vivir ‑privilegio de épocas no proféticas, de la de Alcibíades, de Augusto o del Regente‑ consiste en la experiencia plena del presente. No hay nada de goethiano en ellos: nunca querrán detener el instante, aun en el caso de que fuera el más bello. Sus profetas, que sin cesar invocan los rayos del Dios, que quieren que sean aniquiladas las ciudades del enemigo, esos profetas saben hablar de cenizas. Es en sus locuras donde San Juan debió inspirarse para escribir el libro más admirablemente oscuro de la antigüedad. Fruto de una mitología de esclavos, el Apocalipsis constituye el ajuste de cuentas mejor camuflado que pueda concebirse. Todo en él es venganza, bilis y fruto malsano. Ezequiel, Isaías, Jeremías, habían preparado bien el terreno... Hábiles en hacer valer sus desórdenes o sus visiones, divagaban con un arte nunca alcanzado tras ellos: su espíritu poderoso e impreciso les ayudaba a ello. La eternidad era para ellos un pretexto de convulsiones, un espasmo; vomitando imprecaciones e himnos, se retorcían bajo el ojo de un dios insaciable de histerias. He aquí una religión en la que las relaciones del hombre y su creador se agotan en una guerra de epítetos, en una tensión que les impide meditar, hacer hincapié sobre sus diferencias y remediarlas, una religión a base de adjetivos, de efectos de lenguaje y en la que el estilo constituye el único trazo de unión entre el cielo y la tierra.

Estos profetas, fanáticos del polvo, poetas del desastre, si es cierto que siempre predecían catástrofes, es porque no podían apegarse a un presente tranquilizador o a un futuro vulgar. So capa de apartar a su pueblo de la idolatría, descargaban su rabia sobre él, le atormentaban y le querían tan desmesurado, tan terrible como ellos. Había, pues, que aguijonearle, hacerlo único por medio de la desgracia, impedirle constituirse y organizarse como una nación mortal... A fuerza de gritos y de amenazas, lograron hacerle adquirir esa especialización en el dolor y ese aire de muchedumbre errante e insomne que irrita a los autóctonos y perturba su ronquido.

Si se me objetase que no son excepcionales por su naturaleza, respondería que lo son por su destino, destino absoluto, destino en estado puro, el cual, confiriéndoles fuerza y desmesura, los eleva por encima de sí mismos y les quita toda facultad de ser nulos. Podría, igualmente, objetárseme que no son los únicos que se definen por su destino, que lo mismo les ocurre a los alemanes. Sin duda; sin embargo, se olvida que el de los alemanes, si acaso tienen uno, es reciente y que se reduce a una tragedia de época; de hecho, a dos fracasos cercanos uno de otro.

 Estos dos pueblos, atraídos secretamente el uno hacia el otro, no podían entenderse: ¿cómo los alemanes, esos arribistas de la fatalidad, habrían perdonado a los judíos el tener un destino superior al suyo? Las persecuciones nacen del odio y no del desprecio; pero el odio equivale a un reproche que uno no osa hacerse a sí mismo, a una intolerancia respecto a nuestro ideal encarnado en otro. Cuando se aspira a salir de la propia provincia y a dominar el mundo, se la toma con los que ya no se atienen a ninguna frontera: se les aborrece por su facilidad de desarraigo y su ubicuidad. Los alemanes detestaban en el judío su sueño realizado, la universalidad que ellos no podían alcanzar. También ellos se pretendían elegidos: nada les predestinaba a tal estado. Tras haber intentado forzar la Historia, con la oculta intención de salir de ella y superarla, acabaron por hundirse en ella todavía más. A partir de entonces, perdieron toda ocasión de elevarse alguna vez a un destino metafísico o religioso, debían hundirse en un drama monumental e inútil, sin misterio ni trascendencia y que, dejando indiferentes al teólogo y al filósofo, no interesa más que al historiador. Si hubieran sido más exigentes en la elección de sus ilusiones, nos habrían ofrecido un ejemplo muy otro que el de la más grande, la primera de las naciones fallidas. Quien opta por el tiempo, se abisma en él y entierra ahí su genio. Se es elegido; no se llega a serlo por resolución ni por decreto. Menos aún por medio de persecuciones contra aquellos a quienes se envidia sus complicidades con la eternidad. Ni elegidos, ni condenados, los alemanes se encarnizaron contra los que tenían legítimo derecho para pretender serlo: el momento culminante de su expansión no contará, en tiempos lejanos, más que como un episodio en la epopeya de los judíos ... Digo epopeya y digo bien: ¿acaso no lo es esa serie de prodigios y bravuras, ese heroísmo de una tribu que, en medio de sus miserias, no cesa de amenazar a su Dios con un ultimátum? Epopeya cuyo desenlace no se puede adivinar: ¿tendrá lugar en otra parte? ¿o tomará la forma de un desastre que escapa a la perspicacia de nuestros terrores?

Una patria es un soporífero para cada instante. Nunca envidiaremos bastante ‑o compadeceremos‑ a los judíos por no tener ninguna o tenerlas sólo provisionales, y la primera Israel. Hagan lo que hagan y vayan donde vayan, su misión es velar; así lo quiere su inmemorial estatuto de extranjeros. No existe solución para su suerte. Sólo quedan las componendas con lo Irreparable. Hasta ahora, no han encontrado nada mejor. Esta situación durará hasta el fin de los tiempos. Y a ella deberán la desgracia de no perecer...

En suma: bien apegados a este mundo, no forman realmente parte de él. Hay algo de no terrestre en su paso por la tierra. ¿Fueron en algún tiempo remoto testigos de un espectáculo de beatitud del que conservan nostalgia? ¿Y que es entonces lo que debieron ver, que escapa a nuestras percepciones? Su inclinación hacia la utopía no es más que un recuerdo proyectado en el futuro un vestigio convertido en ideal. Pero es su sino, cuando aspiran al Paraíso, chocar con el Muro de las Lamentaciones.

 Elegíacos a su manera, se drogan con pesares, creen en ellos, los transforman en estimulante, en auxilio, en un medio de reconquistar, por el rodeo de la historia, su primigenia, su antigua felicidad. Hacia ella se abalanzan, hacia ella corren. Y tal carrera les presta un aire juntamente espectral y triunfal que nos espanta y nos seduce, poltrones como somos, resignados de antemano a un destino vulgar y por siempre incapaces de creer en el futuro de nuestros pesares.

Carta sobre algunas aporías

Siempre había creído, querido amigo, que, enamorado de su provincia, ejercitaba allí el desapego, el desprecio y el silencio. ¡Cuál no sería mi sorpresa al oírles decir que preparaba un libro! Instantáneamente, vi dibujarse en usted un futuro monstruoso: el autor en que se va a convertir. «Otro que se pierde», pensé. Por pudor, se ha abstenido usted de preguntarme las razones de mi decepción; del mismo modo, yo hubiera sido incapaz de decírselas de viva voz. «Otro que se pierde, otro echado a perder por su talento», me repetía yo incesantemente.

 Al penetrar en el infierno literario, va usted a conocer sus artificios y su veneno; sustraído a lo inmediato, caricatura de usted mismo, ya no tendrá más que experiencias formales, indirectas; se desvanecerá usted en la Palabra. Los libros serán el único tema de sus charlas. En cuanto a los literatos, ningún provecho sacará de ellos. De esto sólo se dará cuenta usted demasiado tarde, tras haber perdido sus mejores años en un medio sin espesor ni sustancia. ¿El literato? Un indiscreto que desvaloriza sus miserias, las divulga, las reitera: el impudor ‑desfile de reticencias‑ es su regla; se ofrece. Toda forma de talento va acompañada de una cierta desvergüenza. No es distinguido más que el estéril, el que se borra con su secreto, porque desdeña exponerlo: los sentimientos expresados son un sufrimiento para la ironía, una bofetada al humor.

 Nada es más fructuoso que conservar su secreto. Os trabaja, os roe, os amenaza. Incluso cuando se dirige a Dios, la confesión es un atentado contra nosotros mismos, contra los resortes de nuestro ser. Los disturbios, las vergüenzas, los espantos, de los que las terapéuticas religiosas o profanas quieren liberarnos, constituyen un patrimonio del que a ningún precio deberíamos dejarnos despojar. Debemos defendernos contra quienes nos curan, y, aunque pereciésemos por ellos deberíamos preservar nuestros males y nuestros pecados. La confesión: violación de las conciencias perpetrada en nombre del cielo. ¡Y esa otra violación que es el análisis psicológico! Laicificada, prostituida, la confesión se instalará pronto en todas las esquinas, exceptuando unos pocos criminales, todo el mundo aspira a tener un alma pública, un alma‑anuncio.

 Vaciado por su fecundidad, fantasma que ha gastado su sombra, el hombre de letras disminuye con cada palabra que escribe. Sólo su vanidad es inagotable; si fuera psicológica tendría límites, los del yo. Pero es cósmica o demoníaca y le sumerge. Su «obra» le obsesiona, alude a ella sin cesar, como si, sobre nuestro planeta, no hubiese, fuera de él, nada que mereciese atención o curiosidad. ¡Pobre de quien tenga la impudicia o el mal gusto de charlar con él de otra cosa que de sus producciones! Así pues, concebirá usted que un día, a la salida de un almuerzo literario, vislumbré la urgencia de una noche de San Bartolomé1 de gentes de letras.(1Matanza de 20.000 hugonotes en Francia, la noche del 24 de agosto de 1572).

Voltaire fue el primer literato que erigió su incompetencia en procedimiento, en método. Antes de él, el escritor, bastante dichoso de estar apartado de los acontecimientos, era más modesto: ejerciendo su oficio en un sector limitado, seguía su camino y se atenía a él. Nada periodístico, se interesaba, a lo sumo, en el aspecto anecdótico de ciertas soledades: su indiscreción era ineficaz.

 Con nuestro fanfarrón, las cosas cambian. Ninguno de los temas que intrigaban a su tiempo escapó a su sarcasmo, a su semi‑ciencia, a su necesidad de tremolina, a su universal vulgaridad. Todo era impuro en él, salvo su estilo... Profundamente superficial, sin ninguna sensibilidad para lo intrínseco, para el interés que una realidad presenta en sí misma inauguró en las letras el cotilleo ideológico. Su manía de parlotear, de adoctrinar, su sabiduría de portera, debían hacer de él el prototipo, el modelo de literato. Como lo ha dicho todo sobre sí mismo y ha explotado hasta el límite los recursos de su naturaleza ya no nos turba: le leemos y pasamos de largo. Por el contrario, sentimos que un Pascal no lo ha dicho todo sobre sí mismo: incluso cuando nos irrita, nunca es para nosotros un simple autor.

 Escribir libros no deja de tener alguna relación con el pecado original. Pues ¿qué es un libro, sino una pérdida de inocencia, un acto de agresión, una repetición de nuestra caída? ¡Publicar sus taras para divertir o exasperar! Una barbaridad para con nuestra intimidad una profanación, una mancilla. Y una tentación. Le hablo con conocimiento de causa. Por lo menos, tengo la excusa de odiar mis actos, de ejecutarlos sin creer en ellos. Usted es más honrado: usted escribirá libros y creerá en ellos, creerá en la realidad de las palabras, en esas ficciones pueriles e indecentes. Desde las profundidades del asco se me aparece como un castigo todo lo que es literatura; intentaré olvidar mi vida por miedo de referirme a ella; o bien, a falta de alcanzar el absoluto del desengaño, me condenaré a una frivolidad morosa. Briznas de instinto, empero, me obligan a agarrarme a las palabras. El silencio es insoportable: ¡qué fuerza hace falta para establecerse en la concisión de lo Indecible! Más fácil es renunciar al pan que a las palabras. Desdichadamente la palabra resbala hacia la palabrería, hacia la literatura. Incluso el pensamiento tiende a ello, siempre listo a expandirse, a inflarse; detenerle por medio de la agudeza, reducirlo a aforismo o a donaire, es oponerse a su expansión, a su movimiento natural, a su ímpetu hacia la disolución, hacia la inflación. De aquí los sistemas, de aquí la filosofía. La obsesión del laconismo paraliza la marcha del espíritu, el cual exige palabras en masa, a falta de reiterar, de desacreditar lo esencial, es que el espíritu es profesor. Y enemigo de los vivos... de espíritu, de esos obsesos de la paradoja, de la definición arbitraria. Por horror de la banalidad, de lo «universalmente válido», se atarean en el lado accidental de las cosas, en las evidencias que no se imponen a nadie. Prefiriendo una formulación aproximada, pero picante a un razonamiento sólido, pero soso, no aspiran a tener razón en nada y se divierten a expensas de las «verdades». Lo real no se sostiene: ¿por qué deberían tomar en serio las teorías que quieren demostrar su solidez? Están paralizados completamente por el temor de aburrir o de aburrirse. Este temor, si lo padecéis, comprometerá todas vuestras empresas. Intentaréis escribir; de inmediato se erguirá ante nosotros la imagen de vuestro lector... Y dejaréis la pluma. La idea que queréis desarrollar os fatigará: ¿para qué examinarla y profundizarla? ¿No podría expresarla una sola fórmula? ¿Cómo, además, exponer lo que uno ya sabe? Si la economía verbal os obsesiona, no podréis leer ni releer ningún libro sin descubrir en él los artificios y las redundancias. Tal autor que no cesáis de frecuentar acabáis por verle hinchar sus frases, acumular páginas, y algo así como desplomarse sobre una idea para aplanarla, para estirarla. Poema, novela, ensayo, drama todo os parecerá demasiado largo. El escritor tal es su función,‑dice siempre más de lo que tiene que decir: dilata su pensamiento y lo recubre de palabras. De una obra sólo subsisten dos o tres momentos: relámpagos en un fárrago. ¿Le diré el fondo de mi pensamiento? Toda palabra es una palabra de más. Se trata, sin embargo, de escribir: pues escribamos... engañémonos los unos a los otros.

 El hastío degrada el espíritu, lo torna superficial deshilvanado, lo mina desde el interior y lo disloca. Una vez que se haya apoderado de usted, os acompañará en toda ocasión, como me ha acompañado a mí desde lo más remoto que puedo recordar. No conozco momento en que no estuviese allí, a mi lado, en el aire, en mis palabras y en las de los otros, en mi rostro y en todos los rostros. En máscara y sustancia, fachada y realidad. No puedo imaginarme ni vivo ni muerto sin él. Ha hecho de mí un discurseador que se avergüenza de articular, un teórico para chochos y adolescentes, para afeminados, para menopausias metafísicas, un resto de criatura, un fantoche alucinado. Se atarea en roer la pizca de ser que me tocó en suerte, y si me deja algunas briznas es porque le hace falta alguna materia donde actuar... Activa nada, saquea los cerebros y los reduce a un amasijo de conceptos fracturados. No hay idea a la que no impida unirse a otra, a la que no aísle y triture, de tal suerte que la actividad del espíritu se degrada en una serie de momentos discontinuos. Nociones, sentimientos y sensaciones hechas jirones: tal es el efecto de su paso. Haría de un santo un aficionado y de un Hércules un guiñapo. Es un mal que se extiende más allá del espacio; debería usted huirle, sino sólo formará proyectos insensatos, como los que formo yo cuando él me empuja a fondo. Sueño entonces con un pensamiento ácido que se insinuase en las cosas para desorganizarlas, perforarlas, atravesarlas, un libro cuyas sílabas, atacando el papel, suprimiesen la literatura y los lectores, un libro, carnaval y Apocalipsis de las Letras, ultimátum a la pestilencia del Verbo.

 Concibo mal su ambición de hacerse un nombre en una época en que el epígono está a la orden del día. Se impone una comparación. Napoleón tuvo, en el plano filosófico y literario, rivales que le igualaron: Hegel por la desmesura de su sistema, Byron por su desarreglo, Goethe por una mediocridad sin precedentes. En nuestros días, buscaríamos inútilmente la contrapartida literaria de los aventureros y tiranos de este siglo. Si, políticamente, hemos dado pruebas de una demencia desconocida hasta nosotros, en el dominio del espíritu pululan los destinos minúsculos; ningún conquistador de la pluma: sólo abortos, histéricos, casos y nada más. No tenemos y me temo que nunca tengamos, la obra de nuestra decadencia, un Don Quijote infernal. Cuanto más se dilatan los tiempos, más se adelgaza la literatura. Y seremos pigmeos cuando nos abismemos en lo inaudito.

 Según toda evidencia, no será preciso, para revigorizar nuestras ilusiones estéticas, una áscesis de varios siglos, una prueba de mutismo una era de no‑literatura. Por el momento, sólo nos queda corromper todos los géneros, empujarlos hacia extremosidades que los niegan, deshacer lo que estuvo maravillosamente hecho. Si, en esta empresa, ponemos cierto cuidado de perfección, quizá lográsemos crear un nuevo tipo de vandalismo...

 Situados fuera del estilo, incapaces de armonizar nuestros desvaríos, ya no nos definimos por relación a Grecia, ha dejado de ser nuestro punto de referencia, nuestra nostalgia o nuestro remordimiento; se ha apagado en nosotros, como también le ocurrió al Renacimiento.

 De Hölderlin y Keats a Walter Pater, el siglo XIX sabía luchar contra sus opacidades y oponerles la imagen de una antigüedad mirífica, cura de luz, paraíso. Un paraíso forjado, ni que decir tiene. Lo que importa es que aspiraban a él, aunque no fuera más que para combatir la modernidad y sus muecas. Uno podía, entonces, entregarse a otra época y aferrarse a ella con la violencia del pesar. El pasado aún funcionaba.

 Ya no tenemos pasado; o, mejor, ya no hay nada del pasado que sea nuestro; ya no hay país de elección, ni salvación mentirosa, ni refugio en lo transcurrido. ¿Nuestras perspectivas? Imposible elucidarlas: somos bárbaros sin futuro. Dado que la expresión ya no tiene talla para medirse con los acontecimientos, fabricar libros y sentirse orgulloso de ellos constituye un espectáculo de los más lamentables: ¿qué necesidad impulsa a un escritor que ha escrito cincuenta volúmenes a escribir otro más? ¿por qué esa proliferación, ese miedo a ser olvidado, esa coquetería de mala ley? No merecen indulgencia más que el literato necesitado, el esclavo, el forzado de la pluma. De cualquier manera, ya no hay nada más que construir, ni en literatura ni en filosofía. Sólo los que viven de ello, materialmente, se entiende, deberían dedicarse a ellas. Entramos en una época de formas rotas, de creaciones al revés. Cualquiera podrá prosperar en ella. Apenas anticipo. La barbarie está al alcance de todo el mundo: basta con cogerle el gusto. Vamos alegremente a deshacer los siglos.

 Lo que será su libro, demasiado lo presiento. Vive usted en provincias: insuficientemente corrompido, con inquietudes puras ignora hasta que punto todo «sentimiento» avieja. El drama interior toca a su fin. ¿Cómo arriesgarse aún a una obra que hable del «alma», de un infinito prehistórico?

 Y, luego, está el tono. El vuestro ‑mucho me lo temo‑ será del género «noble», «tranquilizador», empapado de sentido común, de mesura o de elegancia. Pero considere usted que un libro debe dirigirse a nuestro incivismo, a nuestras singularidades, a nuestras altas ignominias, y que un escritor «humano», que venere ideas excesivamente aceptables, firma con su puño y letra su certificado de defunción literario.

 Examine los espíritus que logran intrigarnos: muy al contrario de optar por la objetividad, defienden posiciones insostenibles. Si están vivos, es gracias a su lado limitado, a la pasión por sus sofismas: las concesiones que han hecho a la «razón» nos decepcionan y nos fastidian. La sabiduría es nefasta para el genio y mortal para el talento. Comprenderás, querido amigo, por qué aprehendo sus complicaciones con el género «noble».

 Como para darse un aire positivo, en el que se disimulaba un matiz de superioridad, me ha reprochado usted a menudo lo que llama mi «apetito de destrucción». Sepa usted que yo no destruyo nada: yo anoto, anoto lo inminente, la sed de un mundo que se anula y que sobre la ruina de sus evidencias corre hacia lo insólito y lo inconmensurable, hacia un estilo espasmódico. Conozco una vieja loca que, esperando de un momento para otro el hundimiento de su casa, pasa sus días y sus noches al acecho, circulando por su habitación, espiando los crujidos, se irrita porque el suceso tarda en producirse. En un marco más amplio, el comportamiento de esa vieja es idéntico al nuestro. Contamos con un derrumbe, incluso aunque no pensemos en ello. No siempre será así; incluso se puede prever que el miedo a nosotros mismos, resultado de un miedo más general, constituirá la base de la educación, el principio de las pedagogías futuras. Creo en el porvenir de lo terrible. Usted, mi querido amigo, está tan poco preparado para él que se dispone a entrar en literatura. No tengo potestad para apartarlo de ella; por lo menos me gustaría que lo hiciese sin ilusiones. Modere al autor que se impacienta en usted, haga suyo, ampliándolo, la observación de San Juan Climaco: «Nada procura tantas coronas al monje como el desánimo.»

 Si, reflexionando bien, he puesto cierta complacencia en destruir, ello fue, contra lo que pueda usted pensar, siempre a mis expensas. Uno no destruye, sino que se destruye uno. Me he odiado en todos los objetos de mis odios, he imaginado milagros de aniquilamiento, he pulverizado mis horas, he experimentado las gangrenas del intelecto. Instrumento o método en un principio, el escepticismo ha acabado por instaurarse en mí, por llegar a ser mi fisiología, el destino de mi cuerpo, mi principio visceral, el mal del que no sé cómo curarme ni cómo perecer. Me inclino ‑es demasiado cierto‑ hacia cosas desprovistas de toda oportunidad de triunfar o sobrevivir. Ahora se dará cuenta de por qué me he preocupado siempre de Occidente. Tal cuidado parecía ridículo o gratuito. «Ni siquiera forma usted parte de Occidente», me observaba usted. ¿Qué culpa tengo yo si mi avidez de tristezas no ha encontrado otro objeto? ¿Dónde hallar por otro lado, una voluntad de dimisión tan obstinada? Le envidio la destreza con la que sabe morir. Cuando quiero fortificar mis decepciones vuelvo mi espíritu hacia ese tema de una inagotable riqueza negativa. Y si abro una historia de Francia, Inglaterra, España o Alemania, el contraste entre lo que fueron y lo que son me da, además de vértigo, el orgullo de haber descubierto finalmente los axiomas del crepúsculo.

 Lejos de mí el deseo de pervertir sus esperanzas: la vida se encargará de ello. Igual que todo el mundo, irá usted de decepción en decepción. A su edad, tuve la ventaja de tener gente que me desilusionó y me hizo enrojecer de mis ilusiones; ellos me educaron realmente. ¿Acaso, sin ellos, habría tenido el coraje de afrontar o de padecer los años? Imponiéndome sus amarguras, me prepararon para las mías. Provistos de gran ambición, partieron a la conquista de yo no sé qué gloria. El fracaso los esperaba. ¿Delicadeza, lucidez, pereza? No sabría decir qué virtud había transido sus designios. Pertenecían a esa categoría de individuos que puede encontrarse en las capitales, que viven de expedientes, siempre en busca de una colocación que rechazan en cuanto la encuentran. De sus opiniones he sacado más enseñanzas que del resto de mis conocidos. Casi todos llevaban en sí mismos un libro, el libro de su revés; pese a estar tentados por el demonio de la literatura, no cedían, sin embargo, a él, hasta tal punto les subyugaban sus derrotas y tanto llenaban sus vidas. Se les llamaba comúnmente «fracasados». Forman un tipo de hombre aparte que me gustaría describirle a usted, aun a riesgo de simplificarlo. Voluptuoso del fracaso, busca en todo su propia mengua, nunca supera los preliminares de su futuro ni franquea el umbral de ninguna empresa. Rivalizando en abulia con los ángeles, medita sobre el secreto del acto y no toma más que una iniciativa: la del abandono. Su fe, si la tiene, le sirve de pretexto para nuevas capitulaciones, para una degradación vislumbrada y deseada: se desploma en Dios... ¿Que reflexiona sobre el «misterio»? Es para hacer ver a los otros hasta dónde lleva su indignidad. Habita sus convicciones como el gusano el fruto; cae con ellas y sólo se repone para soliviantar contra sí las tristezas que le quedan. Si ahoga sus dones es porque, con todas sus fuerzas, ama su cansancio; avanza hacia su pasado, desanda el camino en nombre de sus talentos.

 Le sorprenderá saber que sólo procede así por haber adoptado una postura bastante extraña respecto a sus enemigos. Me explico. Cuando nos hallamos en vena de eficacia, sabemos que nuestros enemigos no pueden impedirse situarnos en el centro de su atención y de su interés. Nos prefieren a sí mismos se toman nuestros asuntos a pecho. A nuestra vez, debemos ocuparnos de ellos, velar por su salud, como por su odio, que es lo único que nos permite alimentar algunas esperanzas sobre nosotros mismos. Nos salvan, nos pertenecen, son nuestros. Respecto a los suyos, el fracasado reacciona de modo diferente. No sabiendo cómo conservarlos, acaba por desinteresarse de ellos y minimizarlos, por no tomarlos en serio. Desapego con graves consecuencias. En vano intentará más tarde lanzarlos de nuevo, despertar en ellos la menor curiosidad por él, suscitar su indiscreción o su rabia; en vano intentará hacerles apiadarse de su estado, mantener o avivar su rencor. Por no tener contra quién afirmarse, se encerrará en su soledad y su esterilidad. Solitud y esterilidad que yo apreciaba tanto en esos vencidos, responsables, se lo repito, de mi educación. Entre otras, me han revelado las tonterías inherentes al culto a la verdad... Nunca olvidaré mi alivio cuando dejé de ocuparme de ella. Dueño de todos los errores, podía al fin explorar un mundo de apariencias, de enigmas ligeros. Ya no había nada que buscar, sino la búsqueda de la nada. ¿La Verdad? Un pasatiempo de adolescentes o un síntoma de senilidad. Empero, por un resto de nostalgia o una necesidad de esclavitud, la busco todavía, inconscientemente, estúpidamente. Un instante de descuido basta para que caiga de nuevo bajo el imperio del más antiguo e irrisorio de los prejuicios.

 Me destruyo a mí mismo y así lo quiero; mientras tanto, en ese clima de asma que crean las convicciones, en un mundo de oprimidos, yo respiro; respiro a mi manera. ¿Quién sabe? Quizá un día conozca usted el placer de apuntar a una idea, disparar contra ella, verla yacente, y después volver a empezar este ejercicio con otra, con todas; este deseo de inclinarse sobre un ser, de desviarle de sus antiguos apetitos, de sus antiguos vicios, para imponerle otros nuevos, más nocivos, a fin de que perezca a causa de ellos; encarnizarse contra una época o contra una civilización, precipitarse sobre el tiempo y martirizar sus instantes; volverse después contra uno mismo, torturar vuestros recuerdos y vuestras ambiciones y, corroyendo vuestro propio aliento, tornar pestilente el aire para asfixiarse mejor...; un día quizá conozca usted esta forma de libertad, esta forma de respiración que libera de sí mismo y de todo. Entonces podrá usted dedicarse a cualquier cosa sin adherirse a ello.

Mi propósito era ponerle en guardia contra lo serio, contra ese pecado que nada disculpa. En cambio, quería proponerle la futilidad. Ahora bien ‑¿para qué engañarnos?‑, la futilidad es la cosa más difícil del mundo, quiero decir la futilidad consciente adquirida, voluntaria. En mi presunción, esperaba llegar a ella por la práctica del escepticismo. Este último, empero, se adapta a nuestro carácter, sigue nuestros defectos y nuestras pasiones, léase nuestras locuras; se personaliza. (Hay tantos escepticismos como temperamentos.) La duda se engrosa con todo lo que la invalida o la combate; es un mal en el interior de otro mal, una obsesión en la obsesión. Si rezas, sube al nivel de tu oración; vigilará tu delirio, imitándolo; en pleno vértigo, dudaréis vertiginosamente. De este modo, el mismo escepticismo no logra abolir la seriedad; tampoco, ay, la poesía. A medida que envejezco, advierto con mayor claridad que he contado demasiado con ella. La he amado a expensas de mi salud; daba por supuesto que yo sucumbiría a causa de mi culto por ella. ¡Poesía! Esta palabra que, con su sola presencia, me hacía antaño imaginar mil universos, no despierta ahora en mi espíritu más que una visión de ronroneo y nulidad, fétidos misterios y preciosismos. Justo es añadir que he cometido el error de frecuentar a buen número de poetas. Salvo pocas excepciones, eran inútilmente graves, infatuados u odiosos, monstruos también ellos, especialistas, juntamente verdugos y mártires del adjetivo, y de los cuales había yo sobreestimado el diletantismo, la clarividencia, la sensibilidad para el juego intelectual. ¿No será acaso la futilidad más que un «ideal»? Eso es lo que hay que temer, aunque yo nunca me resignaré a ello. En todas las ocasiones en que me sorprendo concediendo importancia a las cosas, recrimino mi cerebro, desconfío de él y le sospecho algún desfallecimiento, alguna depravación. Intento arrancarme de todo, elevarme desarraigándome; para llegar a ser fútiles, debemos cortar nuestras raíces, llegar a ser metafísicamente extranjeros.

 A fin de justificar sus ligaduras, y algo así como impaciente por llevar el fardo, sostenía usted un día que a mí me era fácil planear, evolucionar en lo vago, dado que, proviniendo de un país sin historia, nada pesaba sobre mí. Reconozco la ventaja que supone formar parte de un pequeño país, vivir sin trasfondo, con la desenvoltura dc un saltimbanqui, de un idiota o de un santo o con el desapego de esa serpiente que, enroscada sobre sí misma, prescinde de alimentos durante años como si fuese un dios de la inanición u ocultase, bajo la dulzura de su atontamiento, algún sol espantoso y repulsivo.

 Sin ninguna tradición que me lastre, cultivo la curiosidad de esa desorientación que pronto será patrimonio de todos. Por grado o por fuerza, sufriremos la experiencia de un eclipse histórico, el imperativo de la confusión. Ya nos anulamos en el cúmulo de nuestras divergencias con nosotros mismos. Negándose y renegándose sin cesar, nuestro espíritu ha perdido su centro para dispensarse en actitudes, en metamorfosis tan inútiles como inevitables. De aquí provienen, en nuestra conducta, la indecencia y la movilidad. Nuestra incredulidad, e incluso nuestra fe, están marcadas por ellas.

 Tomarlas con Dios, querer destronarle, suplantarle, es una hazaña de mal gusto, el logro de un envidioso que experimenta una satisfacción de su vanidad al enfrentarse con un enemigo único e incierto. Bajo cualquier aspecto que se presente, el ateísmo supone una falta de maneras lo mismo que, por razones contrarias, la apologética, pues ¿acaso no es tanto una indelicadeza como una caridad hipócrita, una impiedad, emperrarse en sostener a Dios, en asegurarle, cueste lo que cueste, su longevidad? El amor o el odio que le profesamos revela menos la calidad de nuestras inquietudes que lo grosero de nuestro cinismo.

 De este estado de cosas, sólo en parte somos responsables. De Tertuliano a Kierkegaard, a fuerza de acentuar el absurdo de la fe, se ha creado en el cristianismo toda una corriente subterránea que, al mostrarse a la luz del día, ha desbordado a la Iglesia. ¿Qué creyente, en sus crisis de lucidez, no se considera como un servidor de lo insensato? Dios tenía que resentirse por ello. Hasta el presente, le concedíamos todas nuestras virtudes, no osábamos prestarle nuestros vicios. Humanizado, ahora se nos parece: ninguno de nuestros defectos le es ajeno. Nunca el ensanchamiento de la teología y la voluntad de antropomorfismo fueron llevados tan lejos. Esta modernización del cielo marca su fin. ¿Cómo venerar un Dios evolucionado, puesto al día? Para su desdicha, no le será fácil recuperar su «trascendencia infinita».

 «Tenga cuidado ‑podría usted responderme‑ con la «falta de maneras». Usted denuncia el ateísmo tan sólo para venerarle mejor.»

 Demasiado siento en mí los estigmas de mi tiempo: no puedo dejar a Dios en paz; junto con los snobs, me divierto en repetir que ha muerto, como si eso tuviese algún sentido. Por medio de la impertinencia creemos poder resolver nuestras soledades y el fantasma supremo que las habita. En realidad, al aumentar no hacen más que acercarnos a quien merodea en ellas.

 Cuando la nada me invade, y siguiendo una fórmula oriental, alcanzo la «vacuidad del vacío», suele sucederme que, aterrado por tal punto extremo, recaigo de nuevo en Dios, aunque no sea más que por el deseo de pisotear mis dudas, de contradecirme y, multiplicando mis Estremecimientos, buscar en ellos un estimulante. La experiencia del vacío es la tentación mística del incrédulo, su posibilidad de oración, su momento de plenitud. En nuestros límites surge un dios o algo que ocupa su lugar.

Estamos lejos de la literatura, pero sólo aparentemente. Todo eso no son más que palabras, pecados del Verbo. Os he recomendado la dignidad del escepticismo y heme aquí rondando en torno a lo Absoluto. ¿Técnica de la contradicción? Recordad más bien la frase de Flaubert: «Soy un místico y no creo en nada.» Veo en ella el adagio de nuestro tiempo, de un tiempo infinitamente intenso y sin sustancia. Existe un placer que es nuestro: el del conflicto como tal. Espíritus convulsivos, fanáticos de lo improbable, descoyuntados entre el dogma y la aporía, estamos tan dispuestos a saltar hacia Dios por rabia como seguros de no vegetar en El.

Sólo es contemporáneo el profesional de la herejía, el expulsado por vocación, a la vez vomitado y pánico dc las ortodoxias. Antaño uno se definía por los valores que suscribía; hoy, por los que se repudia. Sin los fastos de la negación, el hombre es un pobre y lamentable «creador» incapaz de cumplir su destino de capitalista de la voltereta, de aficionado a la quiebra. ¿La sabiduría? Ninguna época estuvo más libre de ella, es decir, que nunca el hombre fue más él mismo: un ser rebelde a la sabiduría. Traidor a la zoología, animal descarriado, se insurge contra la Naturaleza como el hereje contra la tradición. Este es, pues, hombre en segundo grado. Toda innovación es cosa suya. Su pasión: encontrarse en el origen, en el punto de partida de cualquier cosa. Incluso si es humilde, aspira a hacer sentir a los otros los efectos de su humildad y cree que un sistema religioso, filosófico o político vale la pena de ser roto o renovado: situarse en el centro de una ruptura es su máxima aspiración. Odiando el equilibrio y el abotargamiento de las instituciones, las empuja para precipitar su fin.

 El sabio, por su parte, es hostil a lo nuevo. Desengañado, abdica: es su forma de protesta. Orgulloso que se aísla en la norma, se afirma a sí mismo retrocediendo. ¿Hacia qué tiende? A superar o neutralizar sus contradicciones. Si lo logra, prueba que las suyas carecían de vigor, que las había superado antes de afrontarlas. Como le falta el instinto, le es fácil ser dueño de sí, pontificar en la anemia de su serenidad.

 Por poco que nos veamos arrastrados por nosotros mismos, advertimos que no está en nuestro poder frenar, entibiar o escamotear nuestras contradicciones. Ellas nos guían, nos estimulan y nos matan. El sabio al elevarse por encima de ellas, se acomoda a ellas, no las sufre no gana nada con morir: es, vivo, un semi‑muerto. En otros tiempos era un modelo; para nosotros no es más que un deshecho de la biología, una anomalía sin atractivo.

 Difama usted la sabiduría porque no puede llegar a ella, porque le está «prohibida», piensa quizá usted. Creo que es completamente cierto que lo piensa. A lo cual yo os respondería que es demasiado tarde para ser sabio, que, de todas maneras, eso no serviría para nada sin contar que un mismo abismo nos devorará a todos, sabios o locos. Reconozco, por lo demás, que soy el sabio que nunca seré... Toda fórmula de salvación actúa en mí como un veneno: me deshace, aumenta mis dificultades, agrava mis relaciones con los otros, irrita mis heridas y, en lugar de ejercer sobre la economía de mis días una virtud salutífera, desempeña en ella un papel nefasto. Sí, toda sabiduría actúa en mí como un tóxico. Sin duda piensa usted igualmente que yo «voy» demasiado con esta época, que le hago demasiadas concesiones. A decir verdad, ahí os aplaudo y la rechazo en todo lo que puede haber en mí de pasión y de incoherencia. Me da la sensación de un último acto hipostasiado. ¿Hay que deducir de ello que nunca concluirá, que, interminable, perpetuará su inacabamiento? Nada de eso. Adivino lo que sucederá y, para saberlo mejor, me basta con leer y releer la carta de San Jerónimo tras el saqueo de Roma por Alarico. Expresa el asombro y el malestar de quien, desde la periferia de un Imperio, contempla su descomposición y su reblandecimiento. Meditadla: es como nuestro epitafio anticipado. Ignoro si es legítimo hablar del fin del hombre, pero estoy seguro de la caída de todas las ficciones en las que hemos vivido hasta la fecha. Digamos que el historiador desvela al fin su lado nocturno y, para seguir en la vaguedad, que un mundo se destruye. Pues bien: en la hipótesis de que sólo dependiese de mí el que eso no se produjese, yo no haría gesto alguno, no movería ni el dedo meñique. El hombre me atrae y me espanta, lo amo y lo odio, con una vehemencia que me condena a la pasividad. No concibo que nadie pueda molestarse para apartarlo de su fatalidad. ¡Qué ingenuo hay que ser para condenarle o defenderle! Feliz quien a su respecto experimente un sentimiento neto: perecerá salvado.

 Para mi vergüenza os confesaré que hubo un tiempo en que yo mismo pertenecía a esa categoría de dichosos. Me tomaba muy a pecho el destino del hombre, aunque de otra manera que ellos. Yo debía tener veinte años, la misma edad de usted. «Humanista» al revés, me imaginaba yo ‑con mi orgullo todavía intacto‑ que llegar a convertirse en enemigo del género humano era la más alta dignidad a que podía aspirarse. Deseoso de cubrirme de ignominia, envidiaba a todos los que se exponían a los sarcasmos, a la baba de los otros y que, acumulando vergüenza sobre vergüenza, no se perdían ninguna ocasión de quedarse solos. Así llegué incluso a idealizar a Judas, porque, rehusándose a soportar por más tiempo el anonimato de la fidelidad, quiso singularizarse por la traición. No fue por venalidad, me complacía pensar; fue por ambición por lo que entregó a Jesús. Soñó con igualarle, con equivalerle en el mal; en el bien, frente a tal competencia, no tenía medio de distinguirse. Como el honor de ser crucificado le estaba prohibido supo hacer del árbol de Hakeldama una réplica de la Cruz. Todos mis pensamientos le seguían por el camino de la horca, mientras yo me disponía a vender también a mis ídolos. Envidiaba sus infamias, el valor que tuvo de hacerse execrar. ¡Qué sufrimiento ser un cualquiera, un hombre entre los hombres! Volviéndome hacia los monjes, meditando día y noche sobre su reclusión, me los imaginaba rumiando fechorías y crímenes más o menos abortados. Todo solitario, me decía yo, es sospechoso; un ser puro no se aísla. Para desear la intimidad de una celda hay que tener la conciencia cargada, hay que tener miedo de su conciencia. Deploraba yo que la historia del monacato hubiera sido realizada por espíritus honrados, tan incapaces de concebir la necesidad de resultar odioso para uno mismo como de experimentar esa tristeza que mueve las montañas... Hiena delirante, contaba con hacerme odioso para todas las criaturas, obligarlas a aliarse contra mí, aplastarlas o hacerme aplastar por ellas. Para decirlo en una palabra, yo era ambicioso... Después, al matizarse, mis ilusiones debían perder su virulencia y encaminarse modestamente hacia el asco, el equívoco y el alelamiento.

Al término de estas palabras no puedo impedirme repetir que discierno mal el lugar que quiere usted ocupar en nuestro tiempo; ¿tendrá usted la suficiente flexibilidad o deseo de inconsistencia como para insertarse en él? Vuestro sentido del equilibrio no presagia nada bueno. Tal como es usted ahora, aún le falta mucho camino por andar. Para liquidar su pasado, sus inocencias, precisará usted de una iniciación al vértigo. Cosa fácil para quien comprende que el miedo, injertándose en la materia, le hizo dar ese salto del que somos algo así como el último eco. No hay miedo, sólo hay este miedo que se desenvuelve y se disfraza de instantes..., que está ahí, en nosotros y fuera de nosotros, omnipresente e invisible, misterio de nuestros silencios y de nuestros gritos, de nuestras oraciones y de nuestras blasfemias. Pues bien: es precisamente en el siglo XX donde, floreciente, orgulloso de sus conquistas y de sus éxitos, se aproxima a su apogeo. Ni nuestros frenesíes ni nuestro cinismo esperaban tanto. Y ya nadie se asombrará de que estemos tan lejos de Goethe, del último ciudadano del cosmos del último gran ingenuo. Su «mediocridad» alcanza la de la Naturaleza. Es el menos desarraigado de los espíritus: un amigo de los elementos. Opuestos a todo lo que él fue, es para nosotros una necesidad y casi un deber ser injustos respecto a él, romperle en nosotros, rompernos...

 Si no tiene usted la fuerza de desmoralizarse con esta época, de ir tan bajo y tan lejos como ella, no se queje de ser un incomprendido. Sobre todo no se crea un precursor: no habrá luz en este siglo. Si se empeña usted en aportarle alguna innovación, hurgue en sus noches o desespere de su carrera.

 En todo caso, no me acuse de haber utilizado con usted un tono perentorio. Mis convicciones son pretextos: ¿con qué derecho se las impondría a usted? No sucede lo mismo con mis fluctuaciones; ésas no las invento, creo en ellas, creo en ellas pese a mí. De este modo, es de buena fe y a mi pesar cómo os he infligido esta lección de perplejidad.

El estilo como aventura

Ejercitados en un arte de pensar puramente verbal, los sofistas fueron los primeros que se atarearon en reflexionar sobre las palabras, sobre su valor y su propiedad, sobre la función que les correspondía en la dirección del razonamiento: el paso capital hacia el descubrimiento del estilo, concebido como fin en sí mismo, como fin intrínseco, estaba dado. Sólo quedaba ya trasponer esta búsqueda verbal, darle por objeto la armonía de la frase, sustituir el juego de la abstracción por el juego de la expresión. El artista que reflexiona sobre sus medios es, pues, deudor del sofista, le está orgánicamente emparentado. Uno y otro persiguen, en direcciones diferentes, un mismo tipo de actividad. Habiendo dejado de ser naturaleza, viven en función de la palabra. No hay nada de original en ellos: ninguna atadura que los sujete a las fuentes de la experiencia, ninguna ingenuidad ningún «sentimiento». Si el sofista piensa, domina de tal modo su pensamiento que hace con él lo que quiere; como no se ve arrastrado por él, le dirige siguiendo sus caprichos o sus cálculos; respecto a su propio espíritu, se comporta como un estratega; no medita, concibe, según un plan tan abstracto como artificial, operaciones intelectuales, abre brechas en los conceptos muy orgulloso de relevar su fragilidad o de concederle arbitrariamente una solidez y un sentido. De la «realidad» no se preocupa para nada: sabe que depende de los signos que la expresan y de los que importa ser dueño.

 El artista va también de la palabra a lo vivido: la expresión constituye la única experiencia original de la que es capaz. La simetría, la disposición, la perfección de las operaciones formales representa su medio natural: allí reside y allí respira. Y como pretende agotar la capacidad de las palabras, tiende, más que a la expresión, a la expresividad. En el universo cerrado en que vive sólo escapa a la esterilidad mediante ese renovamiento continuo que supone un juego donde el matiz adquiere dimensiones dc ídolo y la química verbal logra dosificaciones inconcebibles para el arte ingenuo. Una actividad tan deliberada, si bien se sitúa en las antípodas de la experiencia, se aproxima por contrapartida, a los extremos del intelecto. Hace del artista que se entrega a ella un sofista de la literatura.

 En la vida del espíritu llega un momento en el que la escritura, erigiéndose en principio autónomo, se convierte en destino. Entonces es cuando el Verbo, tanto en las especulaciones filosóficas como en las producciones literarias, revela su vigor y su nada.

 La manera de hacer de un escritor está condicionada fisiológicamente; posee un ritmo propio, constrictivo e irreductible. No se concibe a un San Simón cambiando, por efecto de una metamorfosis querida, la estructura de sus frases; ni tampoco refrenándose y practicando el laconismo. Todo en él exigía que se prodigase en frases enmarañadas, frondosas, móviles. Los imperativos de la sintaxis debían perseguirle como un sufrimiento y una obsesión. Su aliento, la cadencia de su respiración, su jadeo, le imponían ese movimiento fluido y amplio que fuerza la solidez y la barrera de las palabras. Había en él un aspecto dc órgano muy diferente a esos acentos de flauta que caracterizan al francés. De ahí provienen esos períodos que, por temor del punto, brotan unos de otros, multiplican los meandros, repugnándoles acabar.

 Muy por el contrario, pensad en La Bruyére, en su forma de cortar la frase, de restringirla y detenerla, siempre atento a delimitar sus fronteras: el punto v coma es su obsesión; tiene la puntuación en el fondo del alma. Sus opiniones, incluso sus sentimientos, son salmos. Teme azuzarlos, irritarlos o exasperarlos. Como es corto de aliento, los trazos de su pensamiento son claros; preferiría quedarse corto a ir más allá de su naturaleza. De este modo adopta el genio de una lengua especializada en los suspiros del intelecto, para la cual lo que no es cerebral es sospechoso o nulo. Condenada a la sequedad por su perfección misma, impropia para asimilar y traducir La Ilíada y la Biblia, Shakespeare y Don Quijote, vacía de toda carga afectiva y algo así como exenta de su origen, está cerrada a lo primordial y a lo cósmico, a todo lo que precede o supera al hombre. Pero La Ilíada, la Biblia, Shakespeare y Don Quijote participan de una especie de omnisciencia ingenua que se sitúa a la vez por debajo y por encima del fenómeno humano. Lo sublime, lo horrible, la blasfemia o el grito, el francés sólo los aborda para desnaturalizarlos por medio de la retórica. No está mejor adaptado para el delirio ni para el humor en estado puro: Aquiles y Príamo, David, Lear o Don Quijote se ahogan bajo los rigores dc una lengua que les hace parecer simplones, lamentables o monstruosos. Por diferentes que sean unos de otros, viven todavía ‑éste es su rasgo común‑ al ras del alma, la cual, para expresarse, exige una lengua fiel a los reflejos, unida al instinto, no desencarnada.

Tras haber frecuentado idiomas cuya plasticidad le proporcionaba la ilusión de un poder sin límites, el extranjero desbocado, enamorado de la improvisación y del desorden, arrastrado hacia el exceso o hacia el equívoco por incapacidad para la claridad, si bien aborda el francés con timidez, no por ello ve menos en él un instrumento de salvación, una ascética y una terapéutica. Al practicarlo, se cura de su pasado, aprende a sacrificar todo un fondo de oscuridad al que estaba apegado, se simplifica, se convierte en otro, desiste de sus extravagancias, se sobrepone a sus antiguas turbaciones, se acomoda más y más al sentido común y a la razón; por lo demás, ¿acaso puede perderse la razón y servirse de un útil que exige su ejercicio, incluso su abuso? ¿Cómo ser loco ‑o poeta‑ en tal lengua? Todas sus palabras aparecen en el hecho de la significación que traducen: son palabras lúcidas. Servirse de ellas con fines poéticos equivale a una aventura o un martirio.

 «Tan hermoso como si fuera prosa». Donaire francés si los hay. El universo reducido a las articulaciones de la frase, la prosa como única realidad, el vocablo retirado en sí mismo, emancipado del objeto y del mundo: sonoridad en sí misma, cortada del exterior, trágica ipseidad de una lengua acorralada en su propio acabamiento.

 Cuando se considera el estilo de nuestro tiempo no puede uno dejar de interrogarse sobre las razones de su corrupción. El artista moderno es un solitario que escribe para sí mismo o para un público sobre el que no tiene ninguna idea precisa. Ligado a una época, se esfuerza por expresar sus rasgos, pero esta época, forzosamente, carece de rostro. Ignora a quién se dirige, no representa a su lector. En el siglo XVII y en el siguiente el escritor tenía ante su vista un círculo restringido del que conocía las exigencias, el grado de sutileza y de acuidad. Limitado en sus posibilidades, no podía apartarse de las reglas, reales pero no formuladas del gusto. La censura de los salones, más severa que la de los críticos de hoy, permite la eclosión de genios perfectos y menores, constreñidos a la elegancia, a la miniatura y a lo acabado.

 El gusto se forma merced a la presión que los ociosos ejercen sobre las Letras, se forma sobre todo en las épocas en que la sociedad está lo bastante refinada como para marcar el tono a la literatura. Cuando se piensa que otrora una metáfora claudicante desacreditaba a un escritor, que tal académico perdió su facha por una impropiedad, o que un rasgo de ingenio pronunciado ante una cortesana podía procurar una situación, por ejemplo, una abadía (tal fue el caso de Talleyrand), se mide la distancia que se ha recorrido desde entonces. El terror del gusto ha cesado y, con él, la superstición del estilo. Quejarse sería tan ridículo como ineficaz. Tenemos tras de nosotros una tradición de vulgaridad bastante sólida; el arte debe acomodarse a ella, resignarse o aislarse en la expresión absolutamente subjetiva. Escribir para todo el mundo o para nadie, es cosa que debe decidir cada uno, según su naturaleza. Sea cual sea el partido que tomemos, estamos seguros de no encontrar en nuestro camino ese espantajo que constituía antaño el mal gusto.

El virus de la prosa es desarticulado y arruinado por el estilo poético: una prosa poética es una prosa enferma. Además, pasa de moda en seguida: las metáforas que gustan a una generación, parecen ridículas a la siguiente. Si leemos a un Saint‑Evremond, un Montesquieu, un Voltaire, o a un Sthendal, como si fuesen nuestros contemporáneos, es porque no pecaron ni por lirismo ni por exceso de imágenes. Como la prosa tiene algo de sumario judicial, el prosista debe vencer sus primeros movimientos, defenderse contra la tentación de la sinceridad: todas las muestras de mal gusto provienen del «corazón». Es el pueblo quien soporta en nosotros la responsabilidad de nuestros desbordamientos, de nuestros excesos: ¿qué hay de más plebeyo que un sentimiento?

Conjunto de coerciones imperceptibles, sentido de la dosificación y de la proporción, vigilancia ejercida sobre nuestras facultades, discreción, pudor respecto a las palabras, el gusto es lo propio de autores que, nada afectados por la manía de ser «profundos», sacrifican una parte de su fuerza en provecho de una cierta anemia. No se podría, ni qué decir tiene, encontrarlo en nuestra época. Ha pasado para siempre la época en que se podía ser maravillosamente superficial. La decadencia de lo exquisito debía arrastrar la del estilo, el cual, pintoresco, complejo, se rompe bajo el peso de su propia riqueza. ¿De quién ¿s la culpa, si es que hay alguna culpa? Quizá hubiera que imputársela al romanticismo; pero éste mismo no fue más que una consecuencia de un rebajamiento general, un esfuerzo de liberación a expensas de lo exquisito. A decir verdad, el refinamiento del siglo XIII no hubiera podido perpetuarse sin caer en lo tópico, lo relamido o la esclerosis.

Una nación que empieza a descender se disminuye en todos los planos. «Toda degradación individual o nacional, observa Joseph de Maistre, se anuncia de inmediato por una degradación rigurosamente proporcional en el lenguaje». Nuestras deficiencias destiñen sobre nuestra escritura; en lo que respecta a una nación, su instinto, cada vez menos seguro, le arrastra a una incertidumbre equivalente en todos los dominios. Francia, desde hace más de un siglo, abandona su antiguo ideal de perfección. Lo mismo ocurrió con Roma: el eclipse de su poder fue contemporáneo de una degradación del latín que, dócil al servicio de doctrinas o quimeras opuestas a su genio, se convirtió en una herramienta de la que se apoderaron los concilios. ¡La lengua de Tácito, deformada, trivializada, obligada a sufrir divagaciones sobre la eternidad! Las palabras tienen el mismo destino que los imperios.

 En la época de los salones, el francés adquirió una sequedad y una transparencia que le permitieron llegar a ser universal. Cuando comenzó a complicarse, a tomarse libertades, su solidez se resintió. Se libera, finalmente, en detrimento de su universalidad y, como Francia, evoluciona hacia las antípodas de su pasado, de su genio. Doble degradación inevitable. En tiempos de Voltaire, cada uno intentaba escribir como todo el mundo; pero todo el mundo escribía perfectamente. Hoy, el escritor quiere tener su estilo propio, individualizarse por medio de la expresión; sólo lo logra a base de deshacer la lengua, violentar las reglas, zapando su estructura, su magnífica monotonía. Sería inútil querer sustraerse a este proceso; se colabora en él pese a uno mismo, y así debe ser, so pena de muerte literaria. Desde el punto en que el francés declina, declarémonos solidarios de su destino, aprovechemos las profundidades que exhibe, así como su encarnizamiento en vencer el pudor de sus límites. Nada más vano que recriminar su bello otoño, sus últimos rayos. Intentamos de alegrarnos, más bien, de vivir en una época en que las palabras, empleadas en cualquier sentido, se emancipan de toda coerción y en la que la significación no constituye ya una exigencia ni una obsesión. No hay duda: asistimos a la espléndida descomposición de una lengua. ¿Su futuro? Quizá conocerá algunos sobresaltos de delicadeza o, lo que es más probable, acabará sirviendo para concilios modernos, peores que los de la antigüedad. Quizá su suerte sea una agonía rápida. Se encamine o no hacia el estado de vestigio, sigue siendo cierto que vemos a más de uno de sus vocablos perder lo que le restaba de vitalidad. ¿Va a huir el ¿genio de la prosa a otros idiomas?

País de palabras, Francia se ha afirmado por los escrúpulos que ha concebido respecto de ellas. Quedan huellas de estos escrúpulos. Una revista, haciendo en 1950 el balance de este medio siglo, citaba el suceso más importante de cada año: final del asunto Dreyfus, visita del Kaiser a Tánger, etc... En 1911, anota simplemente: «Faguet admite el malgré que». ¿Se ha concedido en alguna otra parte semejante solicitud al Verbo, a su vida cotidiana, a los detalles de su existencia? Francia le ha amado hasta el vicio y a expensas de las cosas. Escéptica sobre nuestras posibilidades de conocer, no lo es sobre las posibilidades de formular nuestras dudas, de suerte que asimila nuestras verdades al modo de traducir nuestra desconfianza respecto a ellas. En toda civilización delicada se opera una disyunción radical entre la realidad y el verbo.

 Hablar de decadencia en términos absolutos, no significa nada; referida a una literatura y una lengua, no concierne más que a quien se siente ligado a una y a otra. ¿Que el francés se deteriora? Sólo se alarma de esto quien ve en él un instrumento único e irreemplazable. Tanto se le da que en el futuro se encuentre otro más manejable, menos exigente. Cuando se ama una lengua, es un deshonor sobrevivirla.

 Desde hace dos siglos, toda originalidad se ha manifestado por oposición al clasicismo. No hay forma o fórmula nueva que no haya reaccionado contra él. Pulverizar lo adquirido, tal me parece que es la tendencia esencial del espíritu moderno. En cualquier sector de arte, todo estilo se afirma contra el estilo. Sólo minando la idea de razón, de orden, de armonía, tomamos conciencia de nosotros mismos. El romanticismo, para volver de nuevo sobre él, no fue más que un impulso hacia una disolución de las más fecundas. No siendo ya viable el universo clásico, nos es preciso sacudirle e introducir una sugerencia de inacabamiento. La «perfección» ya no nos preocupa: el ritmo de nuestra vida nos hace insensibles a ella. Para producir una obra «perfecta» hay que saber esperar, vivir en el interior de esta obra hasta que ésta llegue a suplantar al universo. Lejos de ser el producto de una tensión, es el fruto de la pasividad, el resultado de energías acumuladas durante largo tiempo. Pero nos derrochamos, somos hombres sin reservas; y, por eso, incapaces de ser estériles, insertos en el automatismo de la creación, maduros para cualquier obra vulgar, para todos los éxitos a medias.

La «razón» no solo se muere en filosofía, sino también en el arte. Demasiado perfectos, los personajes de Racine nos parecen pertenecientes a un mundo apenas concebible. Hasta Fedra parece insinuar: «Contemplad mis hermosos sufrimientos. ¡Os desafío a experimentar otros semejantes!». Ya no sufrimos así; como nuestra lógica ha cambiado de rostro, hemos aprendido a privarnos de las evidencias. De aquí proviene nuestra pasión por lo vano, lo impreciso de nuestros aires y de nuestro escepticismo; nuestras dudas no se definen ya por referencia a nuestras certezas, sino por referencia a otras duras más consistentes, que se trata de volver un poco más flexibles, un poco más frágiles, tal como si nuestro propósito, despreocupado del establecimiento de una verdad, fuese crear una jerarquía dc ficciones, una escala de errores. Odiamos los límites de la «verdad» y de todo lo que representa de freno a nuestros caprichos o a nuestra búsqueda de novedades. Ahora bien: el clásico, que seguía su trabajo de profundización en una sola dirección, desconfiaba de lo nuevo, de la originalidad por sí misma.

 Queremos espacio a todo precio, aunque el espíritu debiese sacrificar sus leyes, sus viejas exigencias. En las pocas evidencias que debemos, pese a todo, poseer, no creemos realmente: son simples puntos de referencia. Es nuestro sarcasmo lo que da vida a nuestras teorías, tal como a nuestras actitudes. Y este sarcasmo, en la raíz de nuestra vitalidad, explica porqué avanzamos disociados de nuestros propios pasos. Todo clasicismo encuentra sus leyes en sí mismo y se atiene a ellas: vive en un presente sin historia, en tanto que nosotros vivimos en una historia que nos impide tener un presente. De este modo, no sólo nuestro estilo, sino incluso nuestro tiempo está roto. No hemos podido romperle sin romper paralelamente, nuestro pensamiento: en perpetua querella consigo mismas, prestas a abolirse unas a otras, a volar en pedazos, nuestras ideas se desmenuzan como nuestro tiempo.

Si hay una relación entre el ritmo fisiológico y la manera de escribir de un escritor, con mayor razón la hay entre su universo temporal y su estilo. El escritor clásico, ciudadano de un tiempo lineal, delimitado, cuyas fronteras no franqueaba, ¿cómo iba a haber practicado una escritura entrecortada, de contrastes excesivamente marcados? Cuidaba las palabras, vivía en ellas permanentemente. Y estas palabras reflejaban para él el eterno presente, ese tiempo de la perfección, que era el suyo. Pero el escritor moderno, no teniendo ya asentamiento en el tiempo, tenía que hacerse con un estilo convulso, epiléptico. Podemos lamentar que así sea y evaluar con amargura los desastres que comporta el pisoteo de los antiguos ídolos. Pero sigue siendo cierto que nos es imposible apegarnos aún a una escritura «ideal». Nuestra desconfianza respecto a la «frase» alcanza a toda una parte de la literatura: la que jugaba la baza del «encanto» (charme. T.) y empleaba los procedimientos de la seducción. Los escritores que recurren a ello todavía nos desconciertan, como si quisiesen perpetuar un mundo trasnochado.

 Toda idolatría del estilo parte de la creencia de que la realidad es todavía más hueca que su figuración verbal, que el acento de una idea vale más que la idea, un pretexto bien tratado más que una convicción, un giro sabiamente realizado más que una irrupción irreflexiva. Expresa una pasión de sofista, de sofista de las Letras. Tras una frase proporcionada, satisfecha de su equilibrio o hinchada por su sonoridad, se oculta demasiado a menudo el malestar de un espíritu incapaz de acceder por la «sensación» a un universo original. ¿Qué de extraño tiene que el estilo sea juntamente una máscara y una confesión?

 

Más allá de la novela

En la época en que el artista movilizaba todas sus taras para producir una obra que le ocultase, la idea de entregar su vida al público no debía ni rozarle siquiera. No se imagina uno a Dante o a Shakespeare anotando los menudos incidentes de su existencia para ponerlos en conocimiento de los otros. Quizá incluso tendían a dar una falsa imagen de lo que eran. Tenían ese pudor de la fuerza que el deficiente moderno ya no tiene. Diarios íntimos y novelas participan de una misma aberración: ¿qué interés puede presentar una vida? ¿Y qué interés, libros que parten de otros libros o espíritus que se apoyan en otros espíritus? No he sentido una sensación de verdad, un estremecimiento de ser más que en contacto con analfabetos: los pastores, en los Cárpatos, me han dejado una impresión mucho más fuerte que los profesores de Alemania o los vivillos de París, y he visto en España mendigos de los que me gustaría ser hagiógrafo. No tenían ninguna necesidad de inventarse una vida: existían; lo que no le sucede al civilizado. Decididamente, nunca sabremos por qué nuestros antepasados no se atrincheraron en sus cavernas.

 Cualquiera se atribuye a sí mismo un destino, luego cualquiera puede describir el suyo. La creencia de que la psicología revela nuestra ausencia debería apegarnos a nuestros actos, al pensamiento de que comportan un valor intrínseco o simbólico. Después vino ese snobismo de los «complejos» para enseñarnos a engrandecer nuestras naderías, a dejarnos deslumbrar por ellas, a gratificar nuestro yo con facultades y profundidades de las que está visiblemente desprovisto. Sin embargo, la percepción íntima de nuestra nulidad sólo en parte ha sido sacudida. Ante el novelista que hace hincapié sobre su vida, sentimos que finge tan sólo creer en ella que no tiene ningún respeto por los secretos que descubre: él no se engaña y nosotros, sus lectores, todavía menos. Sus personajes pertenecen a una humanidad de segunda clase, descarada y débil, sospechosa a fuerza de habilidades y maniobras. Es imposible concebir a un Rey Lear astuto... El lado vulgar, el lado arribista de la novela es el que fija sus rasgos: degradación de la fatalidad, Destino que ha perdido su mayúscula, improbabilidad de la desdicha, tragedia desplazada.

 Junto al héroe trágico, colmado por la adversidad, su bien de siempre, su patrimonio, el personaje novelesco aparece como un aspirante a la ruina, un jornalero del horror, muy preocupado por perderse, muy tembloroso por no lograrlo. Inseguro de su desastre sufre por ello. No hay necesidad alguna en su muerte. El autor, tal es nuestra impresión, podría salvarlo: lo que nos da una sensación de malestar y nos echa a perder el placer de la lectura. La tragedia, por su parte, se desenvuelve en un plano me atrevería a decir que absoluto: el autor no tiene ninguna influencia sobre los héroes, no es más que su servidor, su instrumento; son ellos los que mandan y le intiman a redactar el acta de sus hechos y gestos. Ellos reinan hasta en las obras a las que sirven de pretexto. Y esas obras nos parecen realidades independientes del escritor y de los hilos de la psicología. Las novelas las leemos de una manera muy otra. Siempre pensamos en el novelista; su presencia nos obsesiona; le vemos debatirse con sus personajes; a fin de cuentas, sólo él nos requiere. «¿Qué va a hacer con ellos? ¿Cómo se librará de ellos?», nos preguntamos con una inquietud mezclada con aprehensión. Si ha podido decirse que Balzac reproducía a Shakespeare pero con fracasados, ¿qué pensar entonces de nuestros novelistas, obligados a inclinarse sobre un tipo de humanidad aún más deteriorada? Desprovisto de aliento cósmico, el personaje mengua y no llega a contrapesar el efecto disolvente de su saber, de su voluntad de clarividencia, de su falta de «carácter».

 El fenómeno moderno por excelencia está constituido por la aparición del artista inteligente. No es que los de otras épocas fuesen incapaces de abstracción o sutileza; pero, instalados de un solo golpe en el centro de su obra, la realizaban sin reflexionar demasiado sobre ella y sin rodearse de doctrinas y de consideraciones de método. El arte, aun nuevo, les llevaba. Ahora ya no sucede lo mismo. Por reducidos que sean sus medios intelectuales, el artista es, ante todo, esteticista: situado fuera de su inspiración, la prepara y se restringe a ella deliberadamente. Si es poeta, comenta sus obras, las explica sin convencernos, y, para inventar y renovarse, imita el instinto que ya no tiene: la idea de poesía se ha convertido en su materia poética, su fuente de inspiración. Canta a su poema; grave desfallecimiento, sin sentido poético: no se hacen poemas con la poesía. Sólo el artista dudoso parte del arte; el artista verdadero saca su materia de otra parte: de sí mismo... Al lado del «creador» actual, de sus esfuerzos y de su esterilidad, los del pasado parecen desfallecer de salud: no estaban anémicos por causa de la filosofía, como los nuestros. Interrogad, en efecto, a cualquier pintor, novelista, músico: veréis que los problemas le prestan esa inseguridad que es su marca esencial. Tantea como si estuviese condenado a detenerse en el umbral de su empresa o de su suerte. A esta exacerbación del intelecto, acompañada de una disminución correspondiente del instinto, nadie escapa en nuestros días. Lo monumental, lo grandioso irreflexivo ya no es posible: por el contrario, lo interesante se eleva al nivel de categoría. Es el individuo quien hace al arte, no ya el arte quien hace al individuo, como ya no es la obra lo que cuenta, sino el comentario que la precede o sucede. Y lo mejor que un artista produce son sus ideas sobre lo que hubiera podido realizar. Se ha convertido en su propio crítico, como el vulgo en su propio psicólogo. Ninguna edad ha conocido tal conciencia de sí. Vistos desde este ángulo, el Renacimiento parece bárbaro, la Edad Media prehistórica, e incluso el último siglo parece un poquito pueril. Sabemos mucho nosotros mismos; por otra parte, no somos nada. Revancha de nuestras lagunas en ingenuidad, en frescura, en esperanza y en estupidez, el «sentido psicológico», nuestra mayor adquisición, nos ha metamorfoseado en espectadores de nosotros mismos. ¿Nuestra mayor adquisición? Dada nuestra incapacidad metafísica, lo es indudablemente, tal como es el único tipo de profundidad del que somos susceptibles. Pero si se trasciende la psicología, toda nuestra «vida interior» parece una meteorología afectiva cuyas variaciones no comportan ningún significado. ¿A santo de qué interesarse por los manejos de espectros, por los estadios de la apariencia? Y ¿cómo, tras el Temps retrouvé, reclamarnos de un yo, cómo apostar todavía por nuestros secretos? No es Eliot, sino Proust, quien es el profeta de los «hollow men», de los hombres vacíos. Quitad las funciones de la memoria por las que él se ingenia para hacernos triunfar sobre el devenir y no queda ya nada en nosotros más que el ritmo que marca las etapas de nuestra delicuescencia. Desde este punto, rehusarse al aniquilamiento constituye una descortesía para consigo mismo. El estado de criatura no conviene a nadie. Lo sabemos tanto por Proust como por el maestro Eckhart; con el primero, entramos en el goce del vacío por el tiempo; en el segundo por la eternidad. Vacío psicológico; vacío metafísico. El uno, coronamiento de la introspección; el otro, de la meditación. El «yo» constituye un privilegio sólo de aquellos que no van hasta el fondo de sí mismos. Pero ir hasta el fondo de sí mismo, es un extremo fecundo para el místico pero nefasto para el escritor. Es imposible figurarse a Proust sobreviviendo a su obra, a la visión que la concluye. Por otra parte, ha vuelto superflua e irritante toda búsqueda en la dirección de las minucias psicológicas. A la larga, la hipertrofia del análisis obstaculiza al novelista y a sus personajes. No se puede complicar infinitamente un carácter ni las situaciones en las que se encuentra implicado. Se las conoce todas, o por lo menos se las adivina.

 Sólo hay una cosa peor que el hastío: el miedo al hastío. Y tal miedo es el que experimento cada vez que abro una novela. No sé qué hacer con la vida del héroe, no me apego a ella, no creo en ella en manera alguna. El género, que ya ha dilapidado su sustancia, carece de objeto. El personaje se muere y la intriga igual. En este aspecto no deja de ser significativo que las únicas novelas dignas de interés sean precisamente aquéllas donde, tras haber sido despedido el universo, ya no pasa nada. Incluso el autor parece ausente. Deliciosamente ilegibles, Sin pies ni cabeza, igual podrían detenerse en la primera frase que continuar decenas de millares de paginas. A propósito de ellas, se le ocurre a uno una pregunta: ¿puede repetirse indefinidamente la misma experiencia? Escribir una novela sin tema está muy bien, pero ¿para qué escribir diez o veinte? Planteada la necesidad de la ausencia, ¿por qué multiplicar esa ausencia y complacerse en ella? La concepción implícita de esta clase de obras opone al desgaste del ser la realidad inagotable de la nada. Sin valor lógico, tal concepción no es menos cierta afectivamente. (Hablar de la nada en otros términos que los de la afectividad es perder el tiempo). Postula una investigación sin referencias, una experiencia vivida en el interior de una realidad inagotable, vacuidad experimentada y pensada a través de la sensación, lo mismo que una dialéctica paradójicamente fija, sin movimiento, dinamismo de la monotonía y de la vacación. ¿No es esto dar vueltas sobre lo mismo? Voluptuosidad de la no‑significación: supremo callejón sin salida. Servirse de la ansiedad no para convertir la ausencia en misterio, sino el misterio en ausencia. Misterio nulo, pendiente de sí mismo, sin trasfondo e incapaz de llevar a quien lo concibe más allá de las revelaciones del sinsentido.

 A la narración que suprime lo narrado, el objeto, corresponde una ascesis del intelecto, una meditación sin contenido... El espíritu se ve reducido al acto por el que es espíritu, y nada más. Todas sus actividades le retrotraen a sí mismo, a ese desenvolvimiento estacionario que le impide aferrarse a las cosas. Ningún conocimiento, ninguna acción: la meditación sin contenido representa la apoteosis dc la esterilidad y el rechazo.

 La novela que se sale del tiempo abandona su dimensión específica, renuncia a sus funciones: gesto heroico que es ridículo repetir. Acaso se tiene el derecho de extenuar sus propias obsesiones, de explotarlas, de reiterarlas implacablemente? Más de un novelista de hoy me hace pensar en un místico que hubiera superado a Dios. El místico que hubiese llegado ahí, es decir, a ninguna parte, no podría ya rezar, puesto que habría ido más allá del objeto de sus oraciones. Pero ¿por qué los novelistas que han superado la novela perseveran en ella? Tal es la capacidad de fascinación de ésta que subyuga a los mismos que se esfuerzan en deshacerla. ¿Quién podría expresar mejor la obsesión moderna por la historia y la psicología? Si el hombre se agota en su realidad temporal, es sólo un personaje, un argumento de novela y nada más. En resumen: nuestro semejante. Por otro lado, la novela hubiera sido inconcebible en un período de florecimiento metafísico: es imposible imaginársela prosperando en la Edad Media, ni en Grecia, India o China clásicas. Pues la experiencia metafísica, desertando de la cronología y las modalidades de nuestro ser, vive en la intimidad de lo absoluto, absoluto al que el personaje debe tender sin alcanzarle jamás: sólo con esta condición dispone de un destino, el cual, para ser literariamente eficaz, supone una experiencia metafísica inacabada, voluntariamente inacabada, añadiría yo. Esto apunta incluso a los mismos héroes dostoyevskianos: ineptos para salvarse, impacientes por decaer nos intrigan en la medida en que guardan una falsa relación con Dios. La santidad no es para ellos más que un pretexto para el desgarramiento, un suplemento de caos, un rodeo que les permite derrumbarse mejor. Si la poseyesen dejarían de ser personajes: la persiguen para rechazarla, para paladear el peligro de volver a caer en sí mismos. Es por su condición de santo fallido por lo que el príncipe epiléptico se sitúa en el centro de una intriga, pues la santidad realizada es contradictoria con el arte de la novela. En lo tocante a Aliocha, más próximo al ángel que al santo, su pureza no evoca la idea de un destino y no se imagina uno bien cómo Dostoyevsky hubiera podido hacer de él la figura central de una continuación de Los hermanos Karamasovi. Proyección de nuestro horror por la historia, el ángel es el arrecife, es decir, la muerte de la narración. ¿Será preciso deducir que el dominio del narrador no debe extenderse a los acontecimientos de la caída? Esto me parece singularmente cierto para el novelista, cuya función, mérito y única razón de ser es realizar pastiches del infierno.

No reivindico el honor de no poder leer una novela hasta el final; me insurjo simplemente contra su insolencia, contra el doblez que nos ha impuesto y el puesto que ha tomado entre nuestras preocupaciones. Nada más intolerable que asistir durante horas en torno a tal o tal personaje ficticio. Que no se me malentienda: los libros más conmovedores, si no los más grandes, que he leído eran novelas. Lo cual no me impide aborrecer la visión de la que procedían. Odio sin esperanza. Pues si aspiro a otro mundo, a cualquier mundo salvo el nuestro, sé, sin embargo, que nunca llegaré a él. Cada vez que he intentado establecerme en un principio superior a mis «experiencias», forzoso me ha sido constatar que éstas primaban para mí en interés sobre aquél, que todas mis veleidades metafísicas se estrellaban contra mi frivolidad. Errónea o acertadamente, he acabado por hacer responsable a todo un género, por envolverlo con mi rabia, por ver en él un obstáculo contra mí mismo, el agente de mi desparramamiento y del de los otros, una maniobra del tiempo para infiltrarse en nuestra sustancia, la prueba definitiva de que la eternidad nunca será para nosotros más que una palabra y una nostalgia. «Como todo el mundo, eres hijo de la novela», tal es mi estribillo y mi derrota.

 No hay ataque no encierre una voluntad de liberarse de un embeleso o de castigarse por él. Nunca me perdonaré el estar interiormente más próximo del primer novelista que llega que del más fútil de los sabios de antaño. No se apasiona uno impunemente por los tejemanejes de la civilización occidental, civilización de la novela. Obnubilada por la literatura, concede al escritor poco más o menos el mismo crédito que se concedía al sabio en el mundo antiguo. Sin embargo, el patricio que compraba su estoico o su epicúreo debía, junto a su esclavo, elevarse a un nivel al que no sabría aspirar el burgués moderno que lee a su novelista. Si se me replicase que ese sabio, cuando no era un impostor, discurría sobre temas tan trillados como el destino, el placer o el dolor, yo respondería que ese tipo de mediocridad me parece preferible a la nuestra y que incluso en el charlatanismo de la sabiduría hay más verdad que en la actividad novelesca. Y, además, si de charlatanismo se trata, no olvidemos ese otro, más digno, más real, de la poesía.

 Evidentemente no se puede hacer poesía con cualquier cosa. No se presta a todo. Tiene escrúpulos y un cierto... standing. Robarle su bien comporta ciertos riesgos: nada más inconsistente que ella cuando se la trasplanta al discurso. Conocido es el carácter híbrido de la novela de la inspiración romántica, simbolista o surrealista. Efectivamente, la novela, usurpadora por vocación, no ha dudado en apoderarse de los medios propios de movimientos esencialmente poéticos. Impura por su misma adaptabilidad, ha vivido y vive del fraude y del pillaje y se ha vendido a todas las causas. Ha sido la prostituta de la literatura. Ninguna preocupación por la decadencia le supone un obstáculo, no hay intimidad que no viole. Con igual desenvoltura hurga en los basureros y en las conciencias. El novelista, cuyo arte está hecho de auscultación y cotilleo, transforma nuestros silencios en chismes. Incluso misántropo, siempre tiene la pasión de lo humano: Se abisma en ello. ¡Que lamentable papel hace junto a los místicos, sus locuras y su «inhumanidad»! Y, además, Dios tiene en cualquier caso más clase. Se concibe que se ocupen de él. Pero no comprendo que se apegue uno a las personas. Sueño con las profundidades del Ungrund, fondo anterior a las corrupciones del tiempo, y cuya soledad, superior a la de Dios, me separaría por siempre de mí, de mis semejantes del lenguaje del amor, de la prolijidad que arrastra la curiosidad por otro. Si la tomo con el novelista es porque, trabajando con una materia vulgar, con todos nosotros es y debe ser más prolijo que nosotros. Hagámosle al menos justicia sobre un punto: tiene el valor de la disolución. Es el precio de su fecundidad y su potencia. No hay talento épico sin una ciencia de la banalidad, sin el instinto de lo inesencial, de lo accesorio y de lo ínfimo. Páginas y páginas: acumulaciones de naderías. Si el poema-río supone una aberración, la novela‑río está inscrita en las leyes mismas del género. Palabras, palabras, palabras... Hamlet leía, sin duda, una novela. Reflejar la vida en sus detalles, degradar nuestras estupefacciones en anécdotas, ¡qué suplicio para el espíritu! El novelista no experimenta este suplicio como tampoco siente la insignificancia y la ingenuidad de lo «extraordinario». ¿Acaso hay un solo acontecimiento que valga la pena de ser relatado? Pregunta poco razonable, pues yo mismo he leído tantas novelas como cualquiera. Pero cuestión sensata, a poco que el tiempo vuele de nuestras conciencias y no quede en nosotros más que un silencio que nos arrebata de entre los seres y de esa extensión de lo inconcebible sobre la esfera de cada instante por la que se define la existencia.

El sentido comienza a hacer pasar de moda. El cuadro cuya intención es inteligible no es mirado largo tiempo el fragmento musical de carácter perceptible, de contornos definidos, nos cansa; el poema demasiado claro, demasiado explícito, nos parece... incomprensible. El reino de la evidencia toca a su fin: ¿Qué verdad clara vale la pena de ser enunciada? Lo que puede ser comunicado no merece la pena de que nadie se detenga en ello. ¿Deduciremos de esto que sólo el misterio debe retenernos? Es no menos fastidioso que la evidencia. Entiendo aquí el misterio pleno, tal como ha sido concebido hasta nosotros. El nuestro, puramente formal, no es más que un recurso de espíritus decepcionados por la claridad, una profundidad hueca, correspondiente con esta etapa del arte en que ya nadie se engaña, en la cual, en literatura, en música, en pintura, somos contemporáneos de todos los estilos. El eclecticismo, si bien daña la tradición, ensancha en contrapartida nuestro horizonte y nos permite aprovecharnos de todas las tradiciones. Libera al teórico, pero paraliza al creador, a quien descubre perspectivas demasiado vastas; ahora bien, una obra se hace dejando de lado o fuera del saber. Si el artista de hoy se refugia en lo oscuro es que ya no puede innovar con lo que sabe. La masa de sus conocimientos ha hecho de él un glosador, un Aristarco desengañado. Para salvaguardar su originalidad no le queda ya más que la aventura de lo ininteligible. Renunciará, pues, a las evidencias que le impone una época sabia y estéril. Si es poeta, se encuentra ante palabras de las que ninguna, en su acepción legítima, está cargada de futuro; si las pretende viables, deberá romper su sentido, correr tras la impropiedad. En las Letras en general asistimos a la capitulación del Verbo, el cual, por extraño que ello pueda parecer, está todavía más gastado que nosotros. Sigamos, pues, la curva descendente de su vitalidad, concertémonos con su grado de «surmenage» y decrepitud, desposeamos al caminar de su agonía. Cosa curiosa: jamás fue más libre; su dimisión es su triunfo: emancipado de lo real y de lo vivido, se permite al fin el lujo de no expresar nada más que el equívoco de su propio juego. De esta agonía, de este triunfo, el género que nos ocupa debía resentirse.

 La llegada de la novela sin materia ha dado un golpe de muerte a la novela. No más fabulación, ni personajes, ni intrigas, ni casualidad. Excomulgado el objeto, abolido el sucedido, sólo subsiste todavía un yo que se sobrevive, que se acuerda de haber sido; un yo sin mañana que se aferra a lo indefinido, le da vueltas y revueltas, lo convierte en tensión y esta tensión no tiene más desenlace que sí misma: éxtasis en los confines de las letras, murmullo incapaz de desvanecerse en grito, letanía y soliloquio del vacío, llamada esquizofrénica que rechaza al eco, metamorfosis en un punto extremo que se hurta y que no persigue ni el lirismo de la invectiva ni el de la oración. Aventurándose hasta las raíces de lo vago, el novelista se convierte en un arqueólogo de la ausencia que explora las capas de lo que no es y no podría ser, que horada lo inaprehensible y lo desenvuelve ante nuestras miradas cómplices y desconcertadas. ¿Un místico que se ignora? Ciertamente, no. Pues el místico, si bien nos describe los trances de su espera, ésta desemboca en un objeto en el cual llega a echar el ancla. Su tensión se dirige fuera de sí misma o se mantiene tal cual en el interior de Dios, donde encuentra un apoyo y una justificación. Reducida a sí misma, sin la subyacencia de una realidad, sería dudosa o no intrigaría más que a la psicología. Admitamos, sin embargo, que esta realidad que la sostiene y transfigura sea ilusoria: en sus accesos de acedía, el místico conviene en ello. Pero tales son sus recursos, tal es el automatismo de su tensión que, en lugar de entregarse a lo indefinido y fundirse con ello, lo sustancializa, le presta su espesor y un rostro. Tras haber abjurado de sus caídas y convertido sus noches en camino y no en hipóstasis, penetra en una región en la que ya no conoce esa sensación, la más penosa de todas, de que el ser os está vedado, que nunca podréis hacer un pacto con él. Y de ese ser no conoceréis más que la periferia, las fronteras: por eso es uno escritor. El no man's land que se extiende entre estas fronteras y las de la literatura es recorrido, en sus mejores momentos, por el novelista. Llegada a ese punto, falta de contenido y de objeto al que aplicarse, la psicología se anula, puesto que ha entrado en una zona incompatible con su ejercicio. Imaginaos una novela en que los personajes no viviesen en función los unos de los otros, ni de sí mismos, un Adolfo, un Iván Karamazof o un Swann sin acompañantes: comprenderéis que los días de la novela están contados y que, si se obstina en durar, deberá satisfacerse con una carrera de cadáver.

 Es preciso, sin duda, ir todavía más lejos: desear, más allá del final de un género, el de todos los otros, el del arte. Privado de todas sus escapatorias, el hombre tendría el buen gusto, proclamando su desasistimiento, de suspender su carrera, aunque no fuera más que durante unas cuantas generaciones. Antes de comenzar de nuevo le sería preciso regenerarse por el estupor: a lo cual lo incita todo el arte contemporáneo en la medida en que éste suscribe su propia destrucción.

 No es que haya que creer en el porvenir de la metafísica ni en ninguna clase de porvenir. Lejos de mí tal locura. No por ello es menos cierto que todo final oculta una promesa y despeja el horizonte. Cuando en los escaparates de las librerías no veamos ya ninguna novela, se habrá dado un paso ‑quizá hacia adelante o quizá hacia atrás... Por lo menos toda una civilización basada en la prospección de futilidades sucumbirá. ¿Utopía, divagación o barbarie? No lo sé. Pero no puedo impedirme pensar en el último novelista.

 Cuando, al final de la Edad Media, la epopeya comenzó a debilitarse, para desaparecer a continuación, los contemporáneos de este declinar debieron experimentar cierto alivio: seguramente respirarían con mayor libertad. Una vez agotada la mitología cristiana y caballeresca, el heroísmo, concebido al nivel cósmico y divino, cedió su puesto a la tragedia: el hombre se apoderó, en el Renacimiento, de sus propios límites, de su propio destino y llegó a ser él mismo hasta ponerse al borde del estallido. Después, no pudiendo soportar por más tiempo la opresión de lo sublime, se rebajó a la novela, la epopeya de la era burguesa, epopeya sustitutoria.

 Ante nosotros se abre una vacante que llenarán los sucedáneos filosóficos, las cosmogonías de simbolismo nebuloso, visiones dudosas. El espíritu se ensanchará con ello y englobará más materias que las que suele contener. Pensemos en la época helenística y en la efervescencia de las sectas gnósticas: el Imperio, con su vasta curiosidad, abrazaba sistemas irreconciliables y, a fuerza dc naturalizar dioses orientales, ratificaba numerosas doctrinas y mitologías. Lo mismo que un arte extenuado se hace permeable a las fuerzas de expresión que le eran extrañas, del mismo modo un culto ya sin recursos se deja invadir por todos los otros. Tal fue el sentido del sincretismo antiguo, tal es el sentido del sincretismo contemporáneo. Nuestro vacío, en el que se amontonan artes y religiones dispares, llama a ídolos de otras partes, ya que los nuestros están demasiado caducos como para seguir velando por nosotros. Especializados en otros cielos, no sacamos empero ningún provecho de ellos: salido de nuestras lagunas, de la ausencia de un principio de vida, nuestro saber es universalidad de superficie, dispersión que presagia la venida de un mundo unificado en lo grosero y lo terrible. Sabemos de qué modo, en la antigüedad, el dogma puso fin a las fantasías del gnosticismo; adivinamos en qué certeza se acabarán nuestros desvaríos enciclopédicos. Quiebra de una época en la que la historia del arte sustituye al arte y la de las religiones a la religión.

No seamos inútilmente amargos: ciertas quiebras pueden ser fecundas. Por ejemplo, la de la novela. Saludémosla, pues; incluso lleguemos hasta celebrarla: nuestra soledad se encontrará de este modo reforzada, robustecida. Privados de una de nuestras salidas, acorralados finalmente en nosotros mismos, podremos interrogarnos mejor sobre nuestras funciones y nuestros límites, sobre la inutilidad de tener una vida, de convertirse en un personaje o de crear uno. ¿La novela? Es un veto opuesto al estallido de nuestras apariencias, el punto más alejado de nuestros orígenes, artificio para escamotear nuestros auténticos problemas, pantalla que se interpone entre nuestras realidades primordiales y nuestras ficciones psicológicas. Nunca admiraremos bastante a todos los que, imponiéndole técnicas que la niegan, una atmósfera que la invalida, exigencias que la superan, colaboran a su ruina y a la de nuestro tiempo, del que es juntamente el rostro, la quintaesencia y la mueca. Traduce todos sus rostros, acapara todas sus posibilidades de expresión. Muchos la adoptan, aunque su naturaleza no les disponía nada a ello. Hoy Descartes sería, probablemente, novelista; Pascal, casi seguro. Un género se hace universal cuando seduce a los espíritus que nada inclinaba hacia él. Pero la ironía quiere que sean ellos precisamente los que lo subviertan: introducen en él problemas heterogéneos a su naturaleza, lo diversifican, lo pervierten y lo recargan hasta hacer quebrarse su arquitectura. Cuando no se tiene gran afecto por el futuro de la novela hay que alegrarse de ver a los filósofos escribirlas. Siempre que éstos se infiltran en el mundo de las Letras es para explotar su desazón o precipitar su bancarrota.

 Que la literatura esté llamada a desaparecer, es posible e incluso deseable. ¿Para qué sirve la farsa de nuestras interrogaciones, de nuestros problemas, de nuestras ansiedades? ¿No sería preferible, después de todo, orientarnos hacia una condición de autómatas? A nuestras tristezas individuales, demasiado gravosas, les sucederían tristezas en serie, uniformes y fáciles de soportar; no más obras originales o profundas, no más intimidad, luego no más sueños ni más secretos. Dicha desdicha perdería todo su sentido porque no tendrían de dónde emanar; cada uno de nosotros sería, por fin, idealmente perfecto y nulo: nadie. Llevados al crepúsculo, a los últimos días del Albur..., contemplemos nuestros dioses a la deriva: valían lo mismo que nosotros, los pobres. Quizá les sobreviviremos, quizá volverán disminuidos, disfrazados, furtivos. Para ser justos reconozcamos que, si bien se interpusieron entre nosotros y la verdad ahora que se van no estamos más cerca de ella que en la época en la que nos prohibían mirarla o afrontarla. Tan miserables como ellos, continuamos trabajando en lo ficticio y sustituyendo, inevitablemente, una ilusión por otra: nuestras más profundas certezas no son más que mentiras que actúan...

 Sea como fuere, la materia de la literatura se adelgaza y esa otra, más limitada, de la novela, se desvanece ante nuestros ojos. ¿Está verdaderamente muerta o solamente moribunda? Mi incompetencia me impide decidirlo. Tras haber sostenido su acabamiento, me asaltan los remordimientos: ¿Y si viviese? En tal caso, a otros, más expertos, corresponde establecer el grado exacto de su agonía.

El comercio de los místicos

Nada más irritante que esas obras en las que se coordina las ideas frondosas de un espíritu que ha aspirado a todo, salvo al sistema. ¿De qué sirve dar una apariencia de coherencia a las de Nietzsche, so pretexto de que giran en torno a un motivo central? Nietzsche es un conjunto de actitudes y supone rebajarle, buscar en él una voluntad de orden, una preocupación por la unidad. Cautivo de sus humores, ha recensionado sus variaciones. En su filosofía, meditación sobre sus caprichos, vanamente quisieran los eruditos elucidar constantes que rechaza.

 La obsesión del sistema no es menos sospechosa cuando se aplica al estudio de los místicos. Pase todavía en el caso de un master Eckhart, que se tomó el cuidado de disciplinar su pensamiento: ¿Acaso no era un predicador? Un sermón, por inspirado que sea, tiene algo de curso escolar, expone una tesis y se atarea en mostrar lo bien fundada que está. Pero ¿qué decir de un Angelus Silesius, cuyos dísticos se contradicen a placer y no poseen más que un tema común: Dios ‑quien es presentado bajo tantas caras que es difícil identificar la verdadera? El Peregrino querubínico, serie de afirmaciones irreconciliables, espléndidamente confusas, no expresa más que los estados estrictamente subjetivos de su autor: querer descubrir ahí la unidad, el sistema, es arruinar su capacidad de seducción. Angelus Silesius se preocupa menos de Dios que de su dios propio. Una multitud de locuras poéticas resultan de ello, que deberían hacer retroceder al erudito y espantar al teórico. Nada de eso sucede. Uno y otro se empeñan en poner buen orden en esas afirmaciones, en simplificarlas, en sacar de ellas una idea precisa. Maníacos del rigor, quieren saber lo que el autor pensaba de la eternidad y de la muerte. ¿Qué es lo que pensaba? Cualquier cosa. Son experiencias suyas, personales y absolutas. En cuanto a su dios, nunca acabado, siempre imperfecto y cambiante, él consigna sus momentos y traduce su devenir en un pensamiento no menos imperfecto y cambiante. Desconfiemos de lo definitivo, apartémonos de quienes pretenden poseer un punto de vista exacto sobre algo, sea lo que sea. Que en tal dístico Angelus Silesius identifica la muerte con el mal y en tal otro con el bien, sería una falta de probidad y de humor asombrarse de ello. Como la misma muerte deviene en nosotros, consideremos sus etapas, sus metamorfosis; encerrarla en una fórmula es detenerla, empobrecerla, sabotearla.

 El místico no vive ni sus éxtasis ni sus ascos en los límites de una definición: su pretensión no es satisfacer las exigencias de su pensamiento, sino las de sus sensaciones. Y tiende mucho más que el poeta a la sensación, ya que merced a ella confina con Dios.

 No hay estremecimientos idénticos y que puedan ser repetidos a voluntad: la identidad de un vocablo recubre de hecho, multitud de experiencias divergentes. Hay mil percepciones de la nada y una sola palabra para traducirlas: la indigencia del discurso hace inteligible el universo... En Angelus Silesius, el intervalo que separa un dístico de otro está atenuado, si no anulado, por la imagen familiar de las mismas palabras que vuelven, por esa pobreza del lenguaje que hace perder su individualidad a los suspiros, a los horrores y a los éxtasis. A partir de esto, el místico desvirtúa su experiencia al expresarla, tanto como el erudito desvirtúa al místico al comentarle.

Es un error sobre la mística suponer que deriva de un reblandecimiento de los instintos, de una savia comprometida. Un Luis de León, un San Juan de la Cruz, coronaron una época de grandes empresas y fueron necesariamente contemporáneos de la Conquista.

 Lejos de ser claudicantes, lucharon por su fe, atacaron a Dios frontalmente, se apropiaron del cielo. Su idolatría del no querer, de la dulzura y la pasividad les protegía contra una tensión apenas soportable contra esa histeria sobreabundante de la que procedía su intolerancia, su proselitismo, su poder sobre este mundo y sobre el otro. Para adivinarlos, imagínese un Hernán Cortés en medio de una geografía invisible.

 Los místicos alemanes no fueron menos conquistadores. Su inclinación a la herejía, a la afirmación personal, a la protesta, traducía, en el plano espiritual, la voluntad de individualizarse de toda una nación. Tal fue la significación de la Reforma que dio a Alemania su sentido histórico. En plena Edad Media, Eckhart desborda la tradición y se interna en un camino propio: su vitalidad anuncia la de Lutero. Indica igualmente la dirección que tomará el pensamiento alemán. Pero lo que le asegura una posición única es que, padre de la paradoja en materia de religión, fue el primero en haber dado un giro de drama intelectual a las relaciones entre el hombre y Dios. Esta tensión convenía particularmente a una época en que todo un pueblo estaba en fermentación y a la búsqueda de sí mismo.

 Había algo de caballeresco en esos místicos. Portadores de una coraza secreta, indomables hasta en su pasión de torturarse, poseían el orgullo del gemido, una demencia contagiosa, incendiaria. Suso no le cede en nada a los más extravagantes anacoretas, hasta tal punto supo variar sus tormentos. El espíritu caballeresco, vuelto hacia lo intemporal, perpetúa allí el gusto por la aventura. Pues la mística es una aventura, una aventura vertical: se arriesga hacia lo alto y se apodera de otra forma de espacio. En ese punto se diferencia de esas doctrinas de la decadencia, de las que lo propio es no provenir del manantial, sino venir de otra parte, como las que de Oriente fueron trasplantadas a Roma. De este modo sólo respondían al apetito de marasmo de una civilización incapaz de crear una religión nueva o de adherirse todavía a los prestigios de la mitología. Lo mismo ocurre con los místicos de hoy, con su absoluto importado, para uso de debiluchos y decepcionados.

 Suspiro insolente de la criatura, la piedad es inseparable de la energía y el vigor. Port‑Royal, pese a su apariencia idílica, fue la expresión de una espiritualidad desbordante. Francia conoció allí su último momento de interioridad. A continuación ya no pudo volver a encontrar exceso y fuerza más que en el laicado: hizo la Revolución tras la implantación de un catolicismo edulcorado, que es todo lo que podía emprender. Habiendo perdido la tentación de la herejía, se había hecho estéril en inspiración religiosa.

 Insumisos por vocación, desenfrenados en sus oraciones, los místicos juegan, temblando con el cielo. La Iglesia los ha rebajado al rango de pedigüeños de lo sobrenatural, a fin de que, fastidiosamente civilizados, puedan servir de «modelos». Sabemos, empero, que fueron, en sus vidas y en sus escritos, fenómenos de la Naturaleza y que no podía sucederles mayor desgracia que caer en manos de los curas. Nuestro deber es arrebatárselos: sólo a ese precio el cristianismo podrá aspirar a una precaria duración.

 Cuando les llamo «fenómenos de la Naturaleza» no pretendo en absoluto que tuviesen una «salud» a toda prueba. Se sabe que estaban enfermos. Pero la enfermedad actuaba en ellos como un acicate, como un factor de desmesura. A través de ella aspiraban a otro tipo de vitalidad que la nuestra. Pedro de Alcántara había conseguido no dormir más que una hora cada noche: ¿Acaso no es éste un signo de fuerza? Y todos ellos eran fuertes, puesto que no destruían sus cuerpos más que para sacar de ello un suplemento de poder. Se les supone dulces, pero no hay seres más duros. ¿Qué es lo que nos proponen? Las virtudes del desequilibrio. Ávidos de todo tipo de llagas, hipnotizados por lo insólito, emprendieron la conquista de la única ficción que vale la pena; Dios les debe todo: su gloria, su misterio, su eternidad. Prestan existencia a lo inconcebible, fuerzan la nada para animarla: ¿Cómo la dulzura podría realizar tal hazaña?

 En contraposición con la nada, abstracta y falsa, de los filósofos, la suya brilla de plenitud: goce fuera del mundo, alzamiento de la duración, aniquilación luminosa más allá de los límites del pensamiento. Deificarse, destruirse para reencontrarse, abismarse en su propia claridad, son tareas que precisan más ímpetu y temeridad que lo exigido por el resto de nuestros actos. El éxtasis ‑estado límite de la sensación, perfeccionamiento por medio de la ruina de la conciencia‑ es patrimonio sólo de aquellos que, aventurándose fuera de sí mismos, sustituyen a la ilusión vulgar que fundaba su vida por otra, suprema, en la que todo está resuelto y todo está superado. Ahí el espíritu está en suspenso, la reflexión abolida, y, con ella, la lógica de la zozobra. ¡Si pudiéramos, a ejemplo de los místicos, ir más allá de las evidencias y del callejón sin salida que se desprende de ellas, llegar a ser error deslumbrado, divino, si pudiésemos, como ellos, remontarnos hasta la verdadera nada! ¡Con qué habilidad desguazan a Dios, le saquean, le roban sus atributos, de los que se proveen para... rehacerlo! No hay nada que resista la efervescencia de su locura, esa expansión de su alma, siempre empeñada en fabricar otro cielo, otra tierra. Todo lo que tocan toma color de ser. Habiendo comprendido los inconvenientes de ver y dejar las cosas tal cual son, se han esforzado por desnaturalizarlas. Vicio de óptica al que prestan todos sus cuidados. Ninguna huella de lo real, bien lo saben, subsiste tras el paso, tras las devastaciones de la clarividencia. Nada es, tal es su punto de partida, tal es la evidencia que han conseguido vencer y rechazar para llegar a la afirmación: todo es. Hasta que no hayamos recorrido el camino que les ha conducido a una conclusión tan sorprendente no estaremos en pie de igualdad con ellos.

Ya en la Edad Media ciertos espíritus, cansados de reiterar los mismos temas, las mismas expresiones, debían, para renovar su piedad y emanciparla de la terminología oficial, recurrir a la paradoja, a la fórmula seductora, ora brutal, ora matizada. Así, por ejemplo, el maestro Eckhart. Por riguroso y preocupado de coherencia que estuviese era demasiado escritor para no parecer sospechoso a la Teología: su estilo, más que sus ideas le valió el honor de ser convicto de herejía. Cuando se examinan, en sus tratados y sermones, las proposiciones incriminadas, uno se sorprende de la preocupación por el bien decir que traicionan; revelan el lado genial de su fe. Como todo herético, pecó por la forma. Enemiga del lenguaje, la ortodoxia, religiosa o política, postula la expresión prevista. Si casi todos los místicos tuvieron conflictos con la Iglesia, es porque tenían demasiado talento; la Iglesia no exige ninguno, no reclama más que la obediencia, la sumisión a su estilo. En nombre de un verbo esclereotizado, erige sus hogueras. Para escapar a ellas, el herético no tenía otro recurso más que cambiar de fórmulas, expresar sus opiniones en otros términos, en términos consagrados. La Inquisición no hubiera quizás existido jamás si el catolicismo hubiese tenido más indulgencia y comprensión por la vida del lenguaje, por sus desvíos, su variedad y su invención. Cuando se ha barrido la paradoja, sólo se evita el martirio por el silencio o la banalidad.

 Otras razones concurren a hacer del místico un hereje. Si le repugna que una autoridad externa reglamente sus relaciones para con Dios, no admite tampoco una injerencia más alta: apenas tolera a Jesús. Nada acomodaticio, debe, sin embargo, prestarse a ciertos compromisos, murmurar las oraciones recomendadas, prescritas, a falta de poder improvisar siempre nuevas. Perdonémosle esta debilidad. Quizá no cede a ella más que para demostrar que es capaz de rebajarse al nivel de lo vulgar y emplear su lenguaje, quizá para probarnos que no ignora la tentación de la humildad. Pero sabemos que no cae en ella a menudo, que gusta de innovar rezando, que inventa de rodillas y que ésta es su manera de romper con el dios común.

 Reanima y rehabilita la fe, la amenaza y la zapa como un enemigo íntimo, providencial. Sin él se marchitaría. Ahora se adivina la razón por la que el cristianismo se muere y por la que la Iglesia, privada de apologistas y de detractores, no tiene ya a quien alabar ni a quien perseguir. Escasa de herejes, renunciaría gustosa a exigir obediencia si, como contrapartida vislumbrase entre los suyos un exaltado que dignándose atacarla, se la tomase en serio, y le diese alguna esperanza, algún motivo de alarma. ¡Albergar tantos ídolos y no avizorar en lontananza ningún iconoclasta! Los creyentes ya no rivalizan entre ellos ni, por otra parte, tampoco los incrédulos: nadie quiere llegar primero en la carrera por la salvación o la condenación...

 Acontecimiento considerable: los dos mayores poetas modernos, Shakespeare y Hölderlin, han dejado de lado el cristianismo. Si hubiesen padecido su seducción, hubieran creado una mitología propia y la Iglesia hubiera tenido la dicha de contar en sus filas dos herejes más. Sin dignar meterse con la Cruz, ni mucho menos alzarla hasta su altura, el uno fue más allá de los dioses y el otro resucitó los de Grecia. El primero se elevó por encima de la oración, el segundo invocaba un cielo que sabía impotente, que prefería difunto: el uno es precursor de nuestra indiferencia, el otro de nuestras nostalgias.

 El solitario, combatiente a su manera, siente la necesidad de poblar su soledad con enemigos reales o imaginarios. Si es creyente, la llena de demonios, sobre la realidad de los cuales no se hace, a menudo, ninguna ilusión. Sin ellos, caería en la sosera: su vida espiritual se resentiría. Con justicia llamó Jakob Boehme al diablo el «cocinero de la naturaleza», cuyo arte da gusto a todo. El mismo Dios, imponiendo desde el principio la necesidad del enemigo, reconocía no poder pasarse sin luchar, sin atacar y sin ser atacado.

 Como lo más frecuente es que el místico invente sus adversarios, de ello se sigue que su pensamiento afirma la existencia de los otros por cálculo, por artificio: es una estrategia sin mayores consecuencias. Su pensamiento se reduce, en última instancia, a una polémica consigo mismo: él se pretende multitud, se convierte en multitud, aunque no fuese más que fabricando siempre rostros, multiplicando sus caras: en esto se parece a su creador, cuyo trapicheo perpetúa.

 

 Al fenómeno místico le falta continuidad: se expande, alcanza su apogeo, y después degenera y acaba en caricatura. Tal fue el caso del florecimiento religioso en España, en Flandes o en Alemania. Si, en las artes, el epígono a veces logra imponerse, nada, por el contrario, más lamentable que un místico de segunda categoría, parásito de lo sublime, plagiario de éxtasis. Puede jugarse a la poesía, puede incluso darse la ilusión de la originalidad: basta con haber penetrado en los secretos del oficio. Estos secretos apenas cuentan a los ojos del místico, cuyo arte no es más que un medio. Como no aspira a gustar a los hombres y quiere ser leído más allá, se dirige a un público bastante restringido, bastante difícil y que exige de él mucho más que simple talento o genio. ¿A qué se dedica? A buscar lo que escapa o sobrevive del desperdigamiento de sus experiencias: el residuo de la intemporalidad bajo las vibraciones del yo. Desgasta sus sentidos en el roce con lo indestructible, lo contrario que el poeta, que los desgasta por el roce en lo supremo (la el uno se abisma casi carnalmente mística: fisiología de las esencias), el otro se deleita en la superficie de sí mismo. Dos gozadores en niveles diferentes. Tras haber paladeado las apariencias, el poeta no puede olvidar su sabor; es un místico que, a falta de poder elevarse a la voluptuosidad del silencio, se limita a la de la palabra. Un charlatán de calidad, un charlatán superior.

Cuando se leen las Revelaciones de Margarita Ebner y se recorren sus crisis, su adorable infierno, se siente uno celoso. Durante días enteros, no despegaba los labios; cuando al fin abría la boca, era para proferir gritos que exaltaban y hacían temblar al convento. Y ¿qué decir de Angela de Foligno? Es mejor escucharla directamente: «Contemplo, en el abismo en que me veo caída, la sobreabundancia de mis iniquidades, busco inútilmente cómo descubrirlos y mostrarlos al mundo, quisiera ir desnuda por las ciudades y las plazas, con pedazos de carne y pescado colgados de mi cuello, y gritar: ¡aquí tenéis a la criatura más vil!»

 Temperamentos sanguíneos, que se complacían en los extremos de la degradación y de la pureza, en el vértigo de los bajos fondos y de las alturas, los santos no se acomodan a nuestros razonamientos y nuestras cobardías en absoluto. Ver en ellos un tipo de meditativos, es equivocarse de medio a medio. Demasiado desbocados, demasiado feroces para poder detenerse en la meditación (que supone control de sí mismo, luego mediocridad de la sangre), si aspiran a descender hasta los cimientos de las cosas, el proceso que les conduce a ello no es precisamente «reflexivo». Sin ningún pudor, sin ninguna traza de estoicismo en sus gestos ni en sus palabras, creen que todo les está permitido, pasean su indiscreción a través de los corazones que turban, porque les horroriza la paz y no pueden soportar un alma que ha llegado. Se condenarían a sí mismos antes que aceptarse. Escuchemos de nuevo a Angela de Foligno: «Aunque todos los sabios del mundo y todos los santos del Paraíso me abrumasen con sus consolaciones y sus promesas, y Dios mismo con sus dones, si no me cambiase a mí misma, si no comenzase en el fondo de mí una nueva operación, en lugar de hacerme ningún bien, los sabios, los santos y Dios exasperarían más allá de toda expresión mi desesperación, mi furor, mi tristeza y mi ceguera». ¿Acaso no deberíamos, frente a estas declaraciones y estas exigencias, liquidar nuestros últimos restos de buen sentido y lanzarnos como bárbaros hacia las «tinieblas de la luz»? ¿Cómo resolvernos a ello, clavados como estamos a las taras de la modestia? Nuestra sangre es demasiado tibia y nuestros apetitos demasiado domados. No tenemos ninguna posibilidad de ir más allá de nosotros mismos. Hasta nuestra locura es demasiado mesurada. Abatir los tabiques del espíritu, sacudirlo, desear su ruina ‑¡fuente de novedades!‑. Tal como es ahora, es remiso a lo invisible y no percibe más que lo que ya sabe. Para que se abra al verdadero saber, necesita dislocarse, franquear sus límites, pasar por las orgías del aniquilamiento. No sería la ignorancia nuestro patrimonio si nos atreviésemos a izarnos por encima de nuestras certezas y de esta timidez que, impidiéndonos obrar milagros, nos hunde en nosotros mismos. ¿Por qué no tendremos el orgullo de los santos?

 Si velan y rezan es para sonsacarle a Dios el secreto de su poder. Súplicas pérfidas las de estos rebeldes en torno a los cuales el demonio gusta de rondar. Hábiles, a él también le sonsacan su secreto y le fuerzan a trabajar para ellos. Saben aprovechar el principio malo que les habita para elevarse. Los que se derrumban de entre ellos, ponen en su caída cierta complacencia: caen no como víctimas, sino como asociados del diablo. Salvados o condenados, todos llevan una marca de no humanidad, todos rechazan asignar un límite a sus empresas. ¿Qué renuncian? Su renuncia es completa. Pero en lugar de verse disminuidos o debilitados por ella, se encuentran más poderosos que nosotros que conservamos los bienes abandonados por ellos. Estos gigantes con el alma y el cuerpo fulminados nos aterran. Al contemplarlos, nos sentimos avergonzados de ser simplemente hombres. Y si ellos nos miran a su vez, desciframos las palabras que nuestra mediocridad inspira a su misericordia: «¡Pobres criaturas, que no tenéis el coraje de llegar a ser únicas, de convertiros en monstruos!» Decididamente, el diablo trabaja para ellos y no es del todo ajeno a su aureola. ¡Qué humillación para nosotros haber pactado con él sin ninguna ganancia!

Destructor al servicio de la vida, demonio vuelto hacia el bien, el santo es el gran maestro del esfuerzo contra uno mismo. Para vencer sus inclinaciones, tanto como por miedo de sí mismo se constriñe a la bondad e imaginándose tener semejantes y deberes para con ellos, se impone el agotador trabajo de la piedad. Sufre y le gusta sufrir, pero al término de sus sufrimientos hace de los seres sus juguetes, recorre el futuro, lee en los pensamientos de los otros, cura a los incurables, infringe impunemente las leyes de la naturaleza. Es para adquirir esta libertad y este poder por lo que ha rezado y resistido a las tentaciones. El placer es consciente de ello, relaja, embota: si recurriese a él, no podría alcanzar ni siquiera pretender lo extraordinario, su fuerza y sus facultades disminuirían: carecería de energía en sus deseos y de ímpetu en sus ambiciones. Lo que desea son satisfacciones de otro orden y cierto placer ejemplar: el de igualar a Dios. Su horror de los sentidos es calculado, interesado. Los zahiere y los rechaza, sabiendo que volverá a encontrarlos, transfigurados, en el más allá.

 Desde el momento en que aspira a sustituir a la divinidad, acepta pagar el precio debido: un fin tan grande justifica todos los medios. Persuadido de que la eternidad es privilegio de un cuerpo lacerado, buscará todo tipo de dolamas y conspirará contra su bienestar, de la ruina del cual espera su salvación y su triunfo. Si se dejase ir a su aire, perecería; pero como utiliza su vitalidad maltratada, se yergue de nuevo. Contenida durante demasiado tiempo, termina por explotar. Y se convierte en un lisiado temible que se vuelve contra el cielo para desalojar de él al usurpador. Tal favor, caído en suerte a los que, por medio del dolor, han penetrado el secreto de la Creación, no se da más que en las épocas en las que la salud se considera una desgracia.

Todo estado inspirado procede de una inanición cultivada, querida. La santidad, inspiración ininterrumpida, es un arte de dejarse morir de hambre sin... morirse, un desafío a las entrañas y una especie de demostración de la incompatibilidad del éxtasis y la digestión. Una humanidad ahíta produce escépticos, nunca santos. ¿El absoluto? Cuestión de régimen. No hay ningún «fuego interior», ninguna «llama» sin la supresión casi total de los alimentos. Contrariemos a nuestros apetitos y nuestros órganos arderán, nuestra materia se incendiará. Quien come todo lo que le apetece está espiritualmente condenado.

 Movidos por impulsos salvajes, los santos habían conseguido dominarlos, es decir, conservarlos secretamente. No ignoraban que la caridad toma su fuerza de nuestros dramas fisiológicos y que debían, para apegarse a los seres, declarar la guerra al cuerpo, pervertirlo, martirizarlo y someterlo. Cada uno de ellos evoca un agresor que, súbitamente convertido al amor, se dedicase después a odiarse. Y ellos supieron odiarse hasta el límite; pero, una vez agotado este odio de sí mismos, estaban libres, desprendidos de toda traba: la ascética les había revelado el sentido, la utilidad de la destrucción, preludio de la pureza y la liberación. A su vez, nos revelaron por qué tormentos pasar si queremos, también nosotros, ser libres.

 A cualquier nivel que transcurra nuestra vida, no será verdaderamente nuestra más que en proporción de nuestros esfuerzos por romper sus formas aparentes. El hastío, la desesperación, incluso la abulia, nos ayudarán a ello, a condición siempre de hacer la experiencia completa, de vivirlas hasta el momento en que, a punto de sucumbir, nos erguimos y la transformamos en auxiliares de nuestra vitalidad. ¿Qué hay de más fecundo que lo peor para quien sabe desearlo? Pues no es el sufrimiento lo que libera, sino el deseo de sufrir.

¿Cómo reírnos de la historia de la Edad Media? Uno suspiraba o aullaba en su celda: los otros le veneraban a uno... Las turbaciones no le conducían a uno al psiquiatra. Temiendo curarse, uno las exasperaba, mientras que se ocultaba la salud como una vergüenza, como un vicio. La enfermedad era el gran recurso de todos, el gran remedio. A partir de entonces, caída en el descrédito, boicoteada, continúa reinando, pero nadie la ama ni la busca. Enfermos, no sabemos qué hacer con nuestros males. Más de una de nuestras locuras quedará para siempre sin ser usada.

 Hay otras histerias no menos admirables, de las que emanaban himnos al Sol, al Ser, a lo Desconocido, ¡Aurora de Egipto, de Grecia, frenesí dc las mitologías, insistencia en el primer contacto con los elementos! Completamente en las antípodas, somos incapaces de vibrar con el espectáculo de los orígenes: nuestros interrogantes, en lugar de saltar en ritmos, se arrastran en las bajezas del concepto o se desfiguran bajo la risotada sarcástica de nuestros sistemas. ¿Dónde está nuestra sensibilidad hímnica, la embriaguez de nuestros comienzos, el alba de nuestras estupefacciones? Arrojémonos a los pies de la Pitia, volvamos a nuestros antiguos trances: filosofía de los momentos únicos, tal es la única filosofía.

Cuando hayamos dejado de referir nuestra vida secreta a Dios, podemos elevarnos a éxtasis tan eficaces como los de los místicos y vencer en este mundo sin referirnos al más allá. Pues si, empero, la obsesión de otro mundo debiera perseguirnos, nos sería fácil construirlo, proyectar uno de circunstancias, aunque no fuera más que para satisfacer nuestra necesidad de lo invisible. Lo que cuenta son nuestras sensaciones, su intensidad y sus virtudes, así como nuestra capacidad de precipitarnos en una locura no sagrada. En lo desconocido, podremos ir tan lejos como los santos, sin servirnos de sus medios. Nos bastará con obligar a la razón a un largo mutismo. Entregados a nosotros mismos, nada nos impedirá ya acceder a la suspensión deliciosa de todas nuestras facultades. Quien ha vislumbrado esos estados sabe que nuestros movimientos pierden en ellos su sentido habitual: subimos hacia el abismo, descendemos hacia el cielo. ¿Dónde estamos? Pregunta sin sentido: ya no tenemos lugar...

Furores y resignaciones

Carrera de palabras

Basta para convencerse de que la historia de las ideas no es más que un desfile de vocablos convertidos en otros tantos absolutos destacar los acontecimientos filosóficos más señalados del último siglo.

 Conocido es el triunfo de la «ciencia» en la época del positivismo. Quien se reclamaba de ella podía desvariar tranquilo: todo le estaba permitido desde el momento que invocaba el «rigor» o la «experiencia». La Materia y la Energía hicieron poco después su aparición: el prestigio de sus mayúsculas no duró mucho tiempo. La indiscreta, la insinuante Evolución ganaba terreno a sus expensas. Sinónimo científico del «progreso», contrapartida optimista dcl destino, pretendía eliminar todo misterio y regir las inteligencias: se le tributó un culto comparable al que se le rendía al «pueblo». Aunque tuvo la suerte de sobrevivir a su boga, ya no despierta empero ningún acento lírico: quien la exalta se compromete o está anticuado.

 Hacia el comienzo de siglo se tambaleó la confianza en los conceptos. La Intuición, con su cortejo: durée, élan, vie, debía aprovecharse y reinar durante cierto tiempo. Después hizo falta algo nuevo: llegó la vez de la Existencia. Palabra mágica que excitó a especialistas y «dilettantes». Por fin se había encontrado la clave. Y ya no era uno un individuo, se era un Existente.

 ¿Quién hará un diccionario de los vocablos por épocas, una recensión de las modas filosóficas? La empresa nos diría que un sistema se pasa de moda por su terminología, se desgasta siempre por la forma. A tal pensador, que quizá nos interesase aún, rehusamos leerlo porque nos es imposible soportar el aparato verbal que revisten sus ideas. Los préstamos de la filosofía son nefastos para la literatura. (Pensemos en ciertos fragmentos de Novalis echados a perder por el lenguaje fichteano). Las doctrinas mueren por lo que había asegurado su éxito: por su estilo. Para que revivan, nos es preciso repensarlas en nuestra jerga actual o imaginarlas antes de su elaboración, en su realidad original e informe.

 Entre los vocablos importantes, hay uno cuya carrera, particularmente larga, suscita reflexiones melancólicas. He nombrado al Alma. Cuando considera uno su lamentable fin, su estado actual, se queda uno atónito. Había empero comenzado bien. Recuérdese el lugar que el neoplatonismo le concedía: principio cósmico, derivado del mundo inteligible. Todas las doctrinas antiguas marcadas por el misticismo se apoyaban en ella. Menos preocupado de definir su naturaleza que de determinar su uso por el creyente, el cristianismo la redujo a dimensiones humanas. ¡Cuánto debió echar de menos ella la época en que abarcaba la naturaleza y gozaba del privilegio de ser a la vez inmensa realidad y principio explicativo! En el mundo moderno, consiguió volver a ganar poco a poco terreno y consolidar sus posiciones. Creyentes e incrédulos debían tomarla en cuenta, cuidarla y enorgullecerse de ella; aunque no fuera más que para combatirla, se la citaba incluso en lo más recio del materialismo; y los filósofos, tan reticentes respecto a ella, le reservaban, sin embargo, un rinconcito en sus sistemas.

 ¿Quién se preocupa de ella hoy? Sólo se la menciona por inadvertencia; su puesto está en las canciones: sólo la melodía logra hacerla soportable, lograr que se olvide su vetustez. El discurso ya no la tolera: habiendo revestido demasiados significados y servido para demasiados usos, está deslucida, deteriorada, envilecida. Su patrón, el psicólogo, a fuerza de darle vueltas y más vueltas, tenía que acabar con ella. De este modo, ya no despierta en nuestras conciencias más que esa nostalgia asociada a los logros hermosos pasados para siempre. ¡Y pensar que antaño los sabios la veneraban, la ponían por encima de los dioses y la ofrecían el universo para que dispusiese a su gusto!

Habilidad de Sócrates

Si hubiese dado precisiones sobre la naturaleza de su demonio, hubiera estropeado buena parte de su gloria. Su sabia precaución creó una curiosidad a su respecto tanto entre los antiguos como entre los modernos; permitió, además, a los historiadores de la filosofía gravitar sobre un caso completamente extraño a sus preocupaciones. Caso que evoca otro: el de Pascal. Demonio, abismo, para la filosofía dos taras picantes o dos piruetas... El abismo en cuestión, reconozcámoslo, despista menos. Percibirlo y reclamarse de él, nada más natural de parte de un espíritu en lucha abierta con la razón; pero ¿acaso es natural que el inventor del concepto, el promotor del racionalismo, basase su autoridad en «voces interiores»?

 Este tipo de equívoco no deja de ser fecundo para el pensador que aspira a la posteridad. No nos preocupamos en absoluto del racionalista consecuente: le adivinamos y, sabiendo a dónde quiere llegar, le abandonamos a su sistema. Juntamente calculador e inspirado, Sócrates supo dar a sus contradicciones el giro adecuado para que nos sorprendan y desconcierten. ¿Era su demonio un fenómeno puramente psicológico o correspondía, por el contrario, a una realidad profunda? ¿Fue de origen divino o no respondía más que a una exigencia moral? ¿Era cierto que le oía o no se trataba más que de una alucinación? Hegel lo toma por un oráculo completamente subjetivo, sin nada de exterior; Nietzsche, por un artificio de comediante.

 ¿Cómo creer que durante toda una vida pueda hacerse de hombre‑que‑oye‑voces? Mantener la interpretación de ese papel hubiera sido, incluso para un Sócrates, una hazaña difícil, si no imposible. ¡En el fondo, poco importa que haya sido dominado por su demonio o que se haya servido de él solamente para las necesidades de la causa! Si se lo inventó de cabo a rabo, es porque sin duda se vio obligado a ello, aunque no fuera más que para hacerse impenetrable a los otros. Solitario cercado, su primer deber era escapar a los que le rodeaban, ocultándose tras un misterio real o fingido. ¿Qué medio hay para distinguir un demonio real de un demonio trucado? O un secreto de una apariencia de secreto? ¿Cómo saber si Sócrates divagaba o empleaba su astucia?

 Siempre quedará que, si bien su enseñanza puede dejarnos indiferentes, el debate que suscitó respecto a sí mismo nos sigue interesando: ¿acaso no fue el primer pensador que se planteó como un caso?, ¿y no es con él con quien comienza el inextricable problema de la sinceridad?

La otra cara de un jardín

Cuando el problema de la felicidad suplanta el del conocimiento, la filosofía abandona su dominio propio para entregarse a una actividad sospechosa: se interesa por el hombre... Preguntas que antes no se hubiera dignado abordar la retienen ahora, e intenta responderlas, con el aire más serio del mundo. «¿Cómo no sufrir?», es una de las que la solicitan en primer término. Habiendo entrado en una fase de cansancio, más y más extraña a la inquietud impersonal, a la avidez de conocer, deserta la especulación y, a las verdades que desorientan, opone las que consuelan.

 Era este tipo de verdades las que esperaba de Epicuro una Grecia descalabrada y sometida, que acechaba ansiosamente una fórmula de reposo y un remedio contra la ansiedad. El fue para su época lo que el psicoanalista es para la nuestra: ¿acaso no denunciaba él también, a su manera, «el malestar de la cultura»? (En todas las épocas confusas y refinadas, un Freud intenta despejar las almas.) Más que con Sócrates, es con Epicuro con quien la filosofía se deslizó hacia la terapéutica. Curar y, sobre todo, curarse, tal era su ambición: aunque quisiera liberar a los hombres del miedo a la muerte y a los dioses, él mismo experimentaba ambos. La ataraxia de la que se vanagloriaba no constituía su experiencia ordinaria: su «sensibilidad» era notoria. En cuanto a su desprecio por las ciencias, desprecio que después se le ha reprochado, sabemos que a menudo es propio de «amores frustrados». Este teórico de la felicidad era un enfermo: vomitaba, según parece, dos veces al día. ¡En medio de qué miserias debía debatirse para haber odiado tanto las «turbaciones del alma»! La poca serenidad que logró adquirir la reservaba, sin duda, para sus discípulos; agradecidos e ingenuos, éstos le crearon una reputación de sabiduría. Como nuestras ilusiones son mucho más débiles que las de sus contemporáneos, vislumbramos sin esfuerzo la otra cara de su Jardín ...

San Pablo

Nunca le reprocharemos bastante haber hecho del cristianismo una religión poco elegante, haber introducido en él las tradiciones más detestables del Antiguo Testamento: la intolerancia, la brutalidad, el provincianismo. ¡Con cuánta indiscreción se mezclaba en cosas que no le concernían, de las que no entendía ni poco ni mucho! Sus consideraciones sobre la virginidad, la abstinencia y el matrimonio son sencillamente asquerosas. Responsables de nuestros prejuicios en religión y en moral, ha fijado las normas de la estupidez y ha multiplicado las restricciones que paralizan aún nuestros instintos.

 De los antiguos profetas no ha guardado el lirismo, ni el acento elegíaco y cósmico, pero sí el espíritu sectario y todo lo que en ellos era mal gusto, charlatanería, divagación para uso de los ciudadanos. Las costumbres le interesan en el mayor grado. En cuanto habla de ellas, se le ve vibrar de malignidad. Obsesionado por la ciudad, por la que quiere destruir tanto como por la que quiere edificar, concede menos atención a las relaciones entre el hombre y Dios que a las de los hombres entre sí. Examinad de cerca las famosas Epístolas: no descubriréis en ellas ningún momento de cansancio y de delicadeza, de recogimiento y de distinción; todo en ellas es furor, jadeos, histeria de baja estofa, incomprensión por el conocimiento, por la soledad del conocimiento. Intermediarios por todas partes, lazos de parentesco, un espíritu familiar: Padre, Madre, Hijo, ángeles, santos; ni rastro de intelectualidad, ningún concepto definido, nadie que quiera comprender. Pecados, recompensas, contabilidad de los vicios y de las virtudes. Una religión sin interrogantes: una orgía de antropomorfismo. El Dios que nos propone me hace enrojecer; descalificarlo constituye un deber; al punto en que ha llegado, está perdido de todas formas.

 Ni Lao‑Tsé ni Buda se reclaman de un Ser identificable; despreciando las maniobras de la fe, nos invitan a meditar y, para que esta meditación no gire en el vacío, fijan un término: el Tao o el Nirvana. Tenían otra idea del hombre.

 ¿Cómo meditar si hay que referirlo todo a un individuo... supremo? Con salmos, con oraciones, no se busca nada, no se descubre nada. Sólo por pereza se personifica la divinidad o se la implora. Los griegos se despertaron a la filosofía en el momento en que los dioses les parecieron insuficientes; el concepto comienza donde acaba el Olimpo. Pensar es dejar de venerar, es rebelarse contra el misterio y proclamar su quiebra.

Adoptando una doctrina que le era extraña, el converso se figura haber dado un paso hacia sí mismo, mientras que lo único que hace es escamotear sus dificultades. Para escapar a la inseguridad ‑su sentimiento predominante‑ se entrega a la primera causa que el azar le ofrece. Una vez en posesión de la «verdad» se vengará en los otros de sus antiguas incertidumbres, de sus antiguos miedos. Tal fue el caso del prototipo de converso San Pablo. Sus aires grandilocuentes disimulaban mal una ansiedad sobre la que se esforzaba en triunfar sin lograrlo.

 Como todos los neófitos, creía que por su nueva fe iba a cambiar de naturaleza y vencer sus fluctuaciones de las que se guardaba muy mucho de hablarles a sus corresponsales y auditores. Su juego ya no nos engaña. Numerosos espíritus se dejaron atrapar por él. Era, cierto es, una época en la que se buscaba la «verdad», en la que no se interesaban en los «casos». Si en Atenas nuestro apóstol fue mal acogido, si encontró un medio refractario a sus elucubraciones, es porque allí todavía se discutía, y el escepticismo, lejos de abdicar, seguía defendiendo sus posiciones. Las charlatanerías cristianas no podían allí hacer carrera; debían, como contrapartida, seducir a Corinto, ciudad barriobajera, rebelde a la dialéctica.

 La plebe quiere ser machacada a fuerza de invectivas, amenazas y revelaciones, de afirmaciones estentóreas: le gustan los bocazas. San Pablo fue uno de ellos, el más inspirado, el más dotado, el más astuto de la antigüedad. Del ruido que hizo, todavía percibimos los ecos. Sabía subirse a los tabladillos y clamar sus furores. ¿Acaso no introdujo en el mundo grecorromano un tono de feria? Los sabios de su época recomendaban el silencio, la resignación, el abandono, cosas impracticables; más hábil, él vino con recetas engolosinadoras: las que salvan a la canalla y desmoralizan a los delicados. Su revancha sobre Atenas fue completa. Si hubiera triunfado allí, quizá sus odios se hubieran suavizado. Nunca un fracaso tuvo consecuencias más graves. Y si somos paganos mutilados, fulminados, crucificados, paganos pasados por una vulgaridad profunda, inolvidable, una vulgaridad de dos mil años de duración, a este fracaso se lo debemos.

Un Judío no judío, un Judío pervertido un traidor. De ahí la impresión de insinceridad que se desprende de sus llamadas, de sus exhortaciones, de sus violencias. Es sospechoso: parece demasiado convencido. No se sabe por dónde tomarlo, ni cómo definirlo; situado en una encrucijada de la historia, debió sufrir múltiples influencias. Tras haber vacilado entre varios caminos, eligió uno, el bueno. Los de su especie juegan sobre seguro: obsesionados por la posteridad, por el eco que suscitarán sus gestos, si se sacrifican por una causa, lo hacen como víctimas eficaces.

 Cuando ya no sé a quien detestar, abro las Epístolas y en seguida me tranquilizo. Tengo a mi hombre. Me pone en trance, me hace temblar. Para odiarle de cerca, como un contemporáneo, doy un salto de veinte siglos y le sigo en sus giras; sus éxitos me descorazonan, los suplicios que se le infligen me llenan de gozo. El frenesí que me comunica, lo vuelvo contra él: no fue así, ¡ay!, como procedió el Imperio.

 Una civilización podrida pacta con su mal, ama el virus que la roe, no se respeta a sí misma, deja a un San Pablo ir y venir... Por esto mismo, se confiesa vencida, carcomida, acabada. El olor de la carroña atrae y excita a los apóstoles, sepultureros ávidos y locuaces.

 Un mundo de magnificencia y de luz cedió ante la agresividad de esos «enemigos de las Musas», de esos energúmenos que, todavía hoy, nos inspiran un pánico mezclado de aversión. El paganismo les trató con ironía, arma inofensiva, demasiado noble para doblegar a una horda insensible a los matices. El delicado que razona no puede medirse con el beocio que reza. Fijo en las alturas del desprecio y la sonrisa, sucumbirá al primer asalto, pues el dinamismo, privilegio de la hez, viene siempre de abajo.

 Los horrores antiguos eran mil veces preferibles a los horrores cristianos. Esos cerebros enfebrecidos, esas almas con remordimientos absurdos y ridículos, esos demoledores alzados contra el sueño de amenidad de una sociedad tardía, empeñados en maltratar las conciencias para transformarlas en «corazones». El más competente de todos ellos se empeñó en esta tarea con una perversidad que, en primer término repelió a los espíritus, pero que, después, debía marcarlos, sacudirlos y asociarlos a su incalificable empresa.

 El crepúsculo greco‑romano era empero digno de otro enemigo, de otra promesa, de otra religión. ¡Cómo admitir ni la sombra de un progreso cuando se piensa que las fábulas cristianas lograron sin esfuerzo ahogar al estoicismo! Si éste hubiera conseguido propagarse, apoderarse del mundo, el hombre se habría logrado, o casi. La resignación, habiendo llegado a ser obligatoria, nos habría enseñado a soportar nuestras desdichas con dignidad, a hacer callar nuestras voces a afrontar fríamente nuestra nada. ¿Que la poesía habría desaparecido de nuestras costumbres? ¡Al diablo la poesía! A cambio, habríamos adquirido la facultad de soportar nuestros sinsabores sin un murmullo. No acusar a nadie, no condescender ni a la tristeza, ni a la alegría, ni al pesar, reducir nuestras relaciones con el universo a un juego armonioso de derrotas, vivir como condenados serenos, no implorar a la divinidad, sino, más bien, darle un aviso... Esto no podía ser. Desbordado por todas partes, el estoicismo, fiel a sus principios, tuvo la elegancia de morir sin debatirse. Una religión se instaura sobre las ruinas de una sabiduría: los manejos que emplea aquélla no convienen a ésta. Siempre prefirieron los hombres desesperarse de rodillas que de pie. A la salvación aspiran su cobardía y su fatiga, su incapacidad de alzarse al desconsuelo y de extraer de él razones de orgullo. Se deshonra quien muere escoltado por las esperanzas que le han hecho vivir. Que las multitudes y los que las arengan repten hacia el «ideal» y se chapucen en él! Más que algo dado, la soledad es una misión: elevarse hasta ella y asumirla es renunciar al apoyo de esa bajeza que garantiza el éxito de toda empresa, sea la que sea, religiosa o de otra clase. Recapitulad la historia de las ideas, de los gestos, de las actitudes: comprobaréis que el futuro fue siempre cómplice de las turbas. Nadie predica en nombre de Marco Aurelio: como no se dirigía más que a sí mismo, no tuvo ni discípulos ni sectarios; sin embargo, no se deja de edificar templos donde se cita hasta la saciedad ciertas Epístolas. Mientras sigan así las cosas, perseguiré con mi rencor a quien supo tan astutamente interesarnos en sus tormentos

 Lutero

 Tener fe no basta; además, hay que sufrirla como una maldición, ver en Dios un enemigo, un verdugo, un monstruo, amarle pese a todo, proyectando en él toda la inhumanidad de que se disponga, de la que se sueñe... La Iglesia ha hecho de él un ser mate, degenerado, amable; Lutero protesta: Dios, sostiene él, no es el «tontaina», ni el «bonachón», ni el «cornudo» que proponen a nuestra veneración, sino un «fuego devorador», un enrabiado «más terrible que el diablo» y que se complace en torturarnos. No es que tenga un respeto tímido por El. A veces, le arma una bronca y le trata de igual a igual: «Si Dios no me protege y no salva mi honor, la vergüenza será para El». Sabe arrodillarse, rebajarse, lo mismo que sabe ser insolente, implorar en un tono de provocación, pasar del suspiro al apóstrofe, rezar polémicamente. A sus ojos, para adorar o para maldecir cualquier término es bueno, incluso los más vulgares. Cuando llama al orden a Dios, da un nuevo sentido a la humildad en el que ha hecho un intercambio entre las miserias del creador y de la criatura. ¡No más piedad ni inquietudes emasculadas! Un mínimo de agresividad eleva la fe: Dios no presta atención a las invocaciones tiernas; quiere ser interpelado, empujado, gusta de que entre El y los suyos haya esos malentendidos que la Iglesia se empeña en allanar. Vigilando el estilo de sus fieles, ella les separa del Cielo, que no reacciona más que ante las imprecaciones, los juramentos, los acentos de las entrañas, las expresiones que desafían la censura de la teología o del buen gusto, que desafían incluso la de la... razón.

 Lo que vale esta razón no se le preguntéis a los filósofos, cuyo oficio es cuidarla y defenderla. Para penetrar su secreto, dirigiros a los que la conocieron a sus expensas y en su carne. No es pura casualidad que Lutero la llamase puta. Lo es en su naturaleza v en sus formas. ¿Acaso no vive de simulación, de versatilidad, de impudor? Como no se apega a nada, como no es nada, se entrega a todos y todos pueden reclamarse de ella: los justos y los injustos, los mártires y los tiranos. No hay causa a la que no sirva: pone todo en cl mismo plano, sin reticencias, sin debilidades, sin ninguna predilección; el primer llegado obtiene sus favores. Sólo los ingenuos la proclaman nuestro mayor bien. Lutero la desenmascaró. Cierto es que no a todo el mundo le es dado ser visitado por el Diablo.

Esos espíritus que se arrojan en la tentación, que viven en un plano de intimidad con el maligno y no le huyen más que para encontrarle mejor... «Le llevaba ‑dice Lutero‑ colgado de mi cuello» «se ha acostado junto a mí, en mi cama, más a menudo que mi mujer». Acaba incluso por preguntarse «si el diablo no será Dios».

 Lejos de ser un puerto seguro, su fe era un naufragio querido, buscado, un peligro que le halagaba y le ascendía ante sus propios ojos. Pura, una religión sería estéril: lo que hay de profundo y de virulento en ella no es lo divino, sino lo demoníaco. Y es volverla anémica y dulzona, degradarla, querer evitarla la sociedad del Diablo. Para creer en la realidad de la salvación es preciso antes creer en la de la caída: todo acto religioso comienza con la percepción del infierno ‑materia prima de la fe‑; ‑el cielo sólo viene después, a guisa de correctivo y consuelo: un lujo, una superfetación, un accidente exigido por nuestro gusto dé equilibrio y simetría. Sólo el Diablo es necesario. La religión que se pasa sin él se debilita, se desperdiga, se convierte en una piedad difusa, razonadora. Quien busca cueste lo que cueste la salvación, nunca hará una gran carrera religiosa.

 El mérito de la Reforma es haber turbado el sueño de las conciencias, haber rechazado los narcóticos de Roma y haber opuesto a la imagen de un Dios bueno y un Satán vulgar la de una divinidad equívoca y un demonio todopoderoso. La idea de Predestinación, como ya sabía Lutero, es una idea inmoral. Razón de más, a su juicio, para apoyarla y promoverla. Su misión era chocar y escandalizar a los espíritus, agravar sus tormentos, acorralarlos a imposibles esperanzas; en una palabra, disminuir el número de los elegidos. Tuvo la honradez de reconocer que en ciertos puntos cedió a las sugestiones del enemigo. Así se explica su audacia de condenar a la mayoría de los creyentes. ¿Quería despistar? Sin duda ninguna. El cinismo de los profetas nos reconcilia con sus doctrinas, e incluso con sus víctimas ...

Pese a su poca habilidad para esperar, da, empero, una figura de liberador: más de un movimiento de emancipación procede en línea recta de él. Es porque no ha proclamado la soberanía absoluta de Dios más que para rebajar mejor cualquier otra forma de autoridad. «Ser príncipe ‑dijo‑ y no ser un bandido, es una cosa casi imposible». Las máximas de la sedición son hermosas; más hermosas aún son las de la herejía. Si Europa se define por una sucesión de cismas, si sus glorias se reducen a un desfile de heterodoxias, es a él a quien se lo debe. Antecesor de numerosos innovadores, tuvo, sin embargo, sobre ellos la ventaja de no caer en el optimismo, vicio que deshonra a las revoluciones. Más cerca que nosotros de las fuentes del Pecado, no podía ignorar que liberar al hombre no era forzosamente salvarlo.

 Peloteado entre la Edad Media y el Renacimiento, tironeado por convicciones e impulsos contradictorios, este Rabelais de la angustia era más apto que nadie para revigorizar un cristianismo crecientemente debilitado y descolorido. Sólo él sabía arreglárselas para ensombrecerlo. Su piedad era negra. Incluso la de Pascal incluso la de Kierkegaard palidecen al lado de la suya: el uno es demasiado escritor, el otro demasiado filósofo. Pero él, fuerte en su neurastenia campesina, posee el instinto que hace falta para vérselas tanto con las fuerzas del bien como con las del Mal. Familiar, sabrosa, su grosería nunca repele. No hay nada en él de falso, nada del apóstol clásico: ni odio sabio, ni vehemencia estudiada. En la despreocupación de sus terrores apunta una nota de humor: lo que precisamente faltaba a los promotores de la Cruz. ¿Lutero? Un San Pablo humanizado.

Orígenes

Tras haber asumido el insomnio de la savia y de la sangre, el pánico que atraviesa lo animado, ¿no deberíamos acaso volver al torpor y al nulo saber de la más antigua de nuestras soledades? Y mientras nos requiere un mundo anterior a las vigilias, envidiamos la indiferencia, la apoplejía perfecta del mineral, indemne por las tribulaciones que acechan a los vivientes, todos ellos condenados al alma. Segura de sí misma, la piedra no reivindica nada, mientras que el árbol, imploración muda y el animal, llamada desgarradora, se atormentarán sin llegar a la palabra. Eras de silencio y de grito esperan en vano que las liberemos, que las sirvamos de intérpretes; desertores del verbo, no aspiramos más que al reino de lo indiferenciado, a la oscuridad y a la embriaguez de antes del desencadenamiento de la luz, al éxtasis ininterrumpido en el seno de la opacidad originaria de la que, de tarde en tarde, nos ha sido encontrar las huellas en lo más intimo de nosotros mismos o en la periferia de Dios.

Más allá de la autocompasión

No toméis por un vencido a quien se enternece sobre sí mismo: todavía posee bastante energía para defenderse de los peligros que le amenazan. ¡Que se queje, entonces! Es su manera de enmascarar su vitalidad. Se afirma como puede: sus lágrimas encubren a menudo un propósito agresivo.

 No toméis tampoco su lirismo o su cinismo por signos de debilidad; lirismo y cinismo emanan de una fuerza latente, de una capacidad de expansión o de rechazo. Según las circunstancias, usa una u otra: está bien armado. Por lo demás, no ignora los consuelos de una existencia sin horizonte, apaciguada, imbuida de sus callejones sin salida, muy orgullosa de culminar en una derrota. Dejadle, pues, a su capricho. Como contrapartida, inclinaos sobre quien ya no puede apiadarse de sí mismo, sobre quien rechaza sus miserias las relega fuera de su naturaleza y fuera de su voz. Habiendo renunciado a los recursos del lamento y del sarcasmo, deja de comunicarse con su vida que erige en objeto. Incluso sus dolores ocurren al margen de su yo, y si los recensiona es para desplazarlos, para hacer de ellos cosas y abandonarlos a la materia. Nadie, ni él mismo, sabe a qué reacciona todavía. Despistados, los sabios se apartan de él; pero quizá despertaría la piedad o la envidia de los locos, si éstos pudieran advertir que él, sin perder la razón, ha ido más lejos que ellos.

La dulzura del abismo

Esa intolerancia para con toda solución, para con toda tentativa de cerrar el proceso del conocimiento, esa aversión a lo definitivo, cuando son experimentadas por el creyente, suponen que éste no piensa más que en castigarse por haber cedido a los atractivos de la salvación. Es así como él se inventa el pecado, o se vuelve hacia sus propias «tinieblas» que, demasiado eficaces para ser simplemente inventadas, se apoderan de su fe, la zarandean y hacen de ella un fracaso en la Luz.

 No puedo impedirme leer a los pensadores religiosos, repantigarme en sus horrorizados estupores, reposarme en ellos. Asisto encantado a los de Pascal y me maravillo de ver hasta qué punto es nuestro. El romanticismo no ha hecho más que diluir sus temas: Senancour es un Pascal difuso, Chateaubriand un Pascal ronroneante... Entre los motivos de la psicología reciente, pocos hay que no haya rozado o presentido. Pero ha hecho más: llenando la religión de dudas y asimilándola a un estupor deliberado, la ha rehabilitado a los ojos del incrédulo. Ambicioso, contradictorio, indiscreto a su manera, este gacetillero del cielo y del infierno debía sin duda envidiar a los santos, conocer el despecho de no igualarlos y de no poseer para oponérseles más que una fe desgarrada: desgarramiento afortunado, sin el cual hubiera dejado sólo unas cuantas Fioretti sosas o alguna soporífica Introducción a la vida devota.

 En el hastío, que le preocupaba un poco más que la gracia, piensa sin cesar, hace de él nuestra sustancia, el «veneno» de nuestro espíritu, el principio que reside «en el fondo del corazón». ¿Se dirá que sólo fingía experimentarlo? Nada sería más falso; podemos jugar a la caridad o a la piedad, rezar por persuasión (lo que hacía él), o juntar las manos y tomar una actitud de circunstancias (que es lo que él recomienda); pero al hastío, ninguna práctica, ninguna tradición, ningún procedimiento nos dispone; ninguna doctrina lo preconiza, ninguna creencia lo absuelve. Es un sentimiento condenado Pascal respondía a sus solicitudes porque lo encontraba en sí mismo, y amaba quizá su «veneno». Está obsesionado por él, como lo está por la «gloria», de la que nos habla con tanta acuidad, que es difícil pensar que no ha sido para él más que un pretexto para denunciar nuestra vanidad. Describe la necesidad que tenemos de ella y la analiza en todos sus detalles; minucia sospechosa y reveladora: bajo la obsesión de la gloria a menudo se ocultan las operaciones del hastío...

 Impuro como todo moralista, preocupado por clavarnos a nuestros suplicios, y se diría que a nuestras llagas, nos ha enseñado a odiarnos, a saborear los tormentos del horror a sí mismo; si nuestras conciencias supuran, si somos apestados en éxtasis, fervientes de nuestra podredumbre, la responsabilidad es suya.

 Desencarnado y sensual juntamente, cuando se inclina sobre nuestra insignificancia, le sentimos estremecerse de gusto; nuestra nada es su embriaguez; vibrando con todo lo que nos anula, exaltándose con el contraste de lo infinito y lo ínfimo, participa en plan de experto en el espectáculo de nuestra corrupción: ¿acaso no ha abierto camino al arte de extraer de nuestros males la sustancia de nuestros goces?

 Dulzura del odio a sí mismo: ¡dulzura del abismo! No compadezcamos a aquel que discernía uno a su lado: extraía sin duda delicias de él, mientras que, para salvar las apariencias, simulaba terror. Incluso los mayores espíritus mienten cuando se trata de sus placeres: uno de ellos es espiar en el abismo. Para reconocerlo sin enrojecer ha habido que esperar al impudor de los tiempos recientes, y a esa curiosidad que todos experimentamos por nuestros propios secretos. De este modo, los sondeos en el «fondo del corazón» debían conducirnos al descubrimiento del Inconsciente, última versión de las «tinieblas» pascalianas.

Primer paso hacia la liberación

Hacer una experiencia esencial, emanciparse de las apariencias, no requiere, en absoluto, para llegar a lograrlo, el plantearse grandes problemas; cualquiera puede disertar sobre Dios o pescar un matiz metafísico. Las lecturas, la conversación, la ociosidad, nos proveerán de él. Nada más corriente que el falso inquieto, pues todo se aprende, hasta la inquietud.

 Sin embargo, el inquieto verdadero, el inquieto por naturaleza, no por ello existe menos. Le reconoceréis por la manera con que reacciona ante las palabras. ¿Que advierte su carencia? ¿Que su fiasco le hace, en primer término, sufrir, y, luego, exultar? Os encontráis, a no dudar, en presencia de un espíritu liberado o a punto de estarlo. Puesto que son las palabras las que nos atan a las cosas, no sabríamos desligarnos de éstas sin romper antes con aquéllas. Quien toca fondo en ellas, aunque fuera como culminación de todas las sabidurías, permanece en la servidumbre y la ignorancia. Se aproxima, como contrapartida, a la liberación, quien se rebele o se aparte de ellas con horror. Este horror no se aprende ni se transmite: se prepara en lo más profundo de nosotros mismos. Un pobre trastornado que, por la acción de sus trastornos, llegue a experimentarlo, está más cerca del verdadero saber, más «liberado» que un filósofo incapaz de sentirlo. Y es que la filosofía, lejos de eliminar lo inesencial, lo asume y se complace en ello: ¿acaso todos los esfuerzos que despliega no tienden a impedirnos percibir la doble nulidad de la palabra y del mundo?

El lenguaje de la ironía

Por cerca que estemos del paraíso, la ironía viene a apartarnos de él. «Qué majadería ‑nos dice‑ vuestras ideas de una felicidad inmemorial o futura. Curaos de vuestras nostalgias, de la obsesión pueril por el comienzo y el fin de los tiempos. De la eternidad, duración muerta, sólo los débiles se preocupan. Dejad hacer al instante, dejadle reabsorber vuestros sueños.»

 Que volvemos nuestras miradas hacia el saber?; en seguida nos señala ella su inanidad y su ridículo : «¿Para qué degradar las cosas en problemas? Como vuestros conocimientos se anulan unos a otros, el más reciente en nada es preferible al primero. Confinados en lo ya sabido, no tenéis otra materia que la de las palabras: el pensamiento no se adhiere al ser.»

 Y cuando, maravillados, pensamos en tal monje hindú que, durante nueve años, permaneció sumido en meditación con la cara contra la pared, de inmediato interviene ella para decirnos que ¡tras tantos esfuerzos descubrió la nada, por la que había comenzado! «Ya veis, nos insinúa, hasta qué punto las aventuras del espíritu son cómicas. Apartaos de ellas en provecho de las apariencias. Pero no vayáis a buscar tras ellas algún fondo, algún secreto. Guardaos de hurgar en la ilusión, de atentar contra la única realidad que hay».

 Nos acostumbra a practicar este lenguaje no sin comprometer tanto nuestras experiencias metafísicas como los modelos que nos invitaban a intentarlas. Que su humor se haga más grave y nos excluye para siempre de ese futuro fuera del tiempo que es lo absoluto.

La crueldad: un lujo

En dosis normal, el miedo, indispensable para la acción y el pensamiento, estimula nuestros sentidos y nuestro espíritu; sin él, no hay acto de valor ni siquiera de cobardía... sin él, no hay acto alguno, sencillamente. Pero cuando, desmesurado, nos invade y nos desborda, he aquí que se metamorfosea en principio nocivo, en crueldad. Quien tiembla, sueña con hacer temblar a los otros quien vive en el espanto, acaba en la ferocidad. Tal sucedió con los emperadores romanos. Como presentían como sentían que iban a ser asesinados, se consolaban con las matanzas ... El descubrimiento de la primera conjura despertaba y desencadenaba en ellos al monstruo. Y se refugiaban en la crueldad para olvidar el miedo.

 Pero nosotros, simples mortales, que no podemos permitirnos el lujo de ser crueles con otro, es en nosotros en nuestra carne y en nuestro espíritu, donde debemos ejercer y aliviar nuestros terrores. El tirano tiembla en nosotros; le es necesario actuar, descargar su rabia, vengarse; y es en nosotros mismos donde se venga. Así lo requiere la modestia de nuestra condición. En medio de nuestros espantos, más de uno de entre nosotros evoca un Nerón que, a falta de un imperio, no tuviera nada más que su propia conciencia para zaherir y torturar.

Análisis de la sonrisa

Para saber si alguien está acechado o no por la locura, no tenéis más que observar su sonrisa. ¿Sacáis de ella una impresión cercana al malestar? Improvisaos, entonces, como psiquiatras, sin temor.

 Es sospechosa la sonrisa que no se adhiere a una persona y que parece venir de otra parte, de otro; viene, efectivamente, de otro, del demente que espera, se prepara y se organiza antes de declararse.

Luz fugitiva emanada por nosotros mismos, nuestra sonrisa dura lo que debe durar, sin prolongarse más allá de la ocasión o del pretexto que la ha suscitado. Como no se demora en nuestro rostro, apenas se la percibe: se aplica a una situación dada, se agota en un momento. La otra, la sospechosa, sobrevive al acontecimiento que la hace nacer, se instala, se perpetúa, no sabe cómo desvanecerse. En un primer momento solicita nuestra atención, nos intriga, después nos molesta, nos turba y nos obsesiona. Es inútil que intentemos hacer abstracción de ella o rechazarla, pues nos mira y nosotros la miramos. No hay medio de eludirla, de defendernos contra su fuerza de insinuación. La impresión de malestar que nos inspiraba se espesa, se profundiza y se transforma en miedo. Pero ella, incapaz de poder concluirse, se expande como separada e independiente de nuestro interlocutor: sonrisa en sí, sonrisa aterradora, máscara que podría cubrir cualquier rostro: el nuestro, por ejemplo.

Gogol

Algunos testimonios, cierto que raros, nos lo presentan como un santo; otros, más frecuentes, como un fantasma. «Me hacía tan poco la impresión de un ser vivo, escribía Aksakoff al día siguiente de la muerte de Gogol, que yo, que tengo miedo de los cadáveres y no puedo soportar su vista, no experimenté nada semejante ante su cuerpo.»

 Torturado por un frío que nunca le deja, no deja de repetir: «Estoy tiritando, estoy tiritando». Corre de país en país, consulta médicos, pasa de clínica en clínica: pero del frío interior no se cura en ningún clima. No se le conoce ningún amorío. Sus biógrafos hablan abiertamente de su impotencia. No hay tara que aísle más. El impotente dispone de una fuerza interior que le singulariza, le hace inaccesible y paradójicamente peligroso: da miedo. Animal expulsado de la animalidad, hombre sin raza, vida que el instinto abandona, se realza por todo lo que ha perdido: es la víctima preferida del espíritu. ¿Puede imaginarse una rata impotente? Los roedores cumplen a las mil maravillas el acto en cuestión. No puede decirse otro tanto de los humanos: cuanto más excepcionales son, más se acusa en ellos ese desfallecimiento mayor que les arranca de la cadena de los seres. Todas las actividades les están permitidas, salvo la que nos emparienta con el conjunto de la zoología. La sexualidad nos iguala; mejor: nos priva de misterio... Mucho más que el resto de nuestras necesidades y nuestras empresas ella es la que nos pone en pie de igualdad con el resto de nuestros semejantes: cuanto más la practicamos, más nos hacemos como todo el mundo: es en el curso de una operación reputada bestial cuando probamos nuestra condición de ciudadanos: nada más público que el acto sexual.

 La abstinencia voluntaria o forzada colocando al individuo juntamente por encima y por debajo de la especie, hace de él una mezcla de santo y de imbécil que nos intriga y nos aterra. De aquí proviene el odio equívoco que experimentamos hacia el monje, como, por otra parte, al hombre que ha renunciado a la mujer, que ha renunciado a ser como nosotros. Nunca le perdonaremos su soledad: nos humilla tanto como nos asquea; nos provoca. ¡Extraña superioridad de las taras! Gogol confesó un día que si hubiera cedido al amor, éste «le hubiera instantáneamente reducido a polvo». Tal confesión nos conmueve y nos fascina, nos hace pensar en el «secreto» de Kierkegaard, en su «espina en la carne». Empero, el filósofo danés era una naturaleza erótica: la ruptura de su noviazgo, su fracaso amoroso, le atormenta toda su vida y marcó hasta el final sus escritos teológicos. ¿Habrá que comparar entonces Gogol a Swift, ese otro «fulminado»? Sería olvidar que éste tuvo, sino la suerte de amar, al menos la de hacer víctimas. Para situar a Gogol, nos es forzoso imaginar un Swift sin Stella ni Vanessa.

Los seres que viven bajo nuestros ojos en El inspector o en Almas muertas, observa un biógrafo, no son «nada». Y siendo «nada», lo son «todo».

 Carece efectivamente, de «sustancia»; de aquí su universalidad. ¿Que otra cosa son Tchitchikvf, Pliouchin, Sobakévitch, Nozdref, Malinof, el héroe de El abrigo o de La nariz, más que nosotros mismos rebajados a nuestra esencia? «Almas nulas», dice Gogol; sin embargo, testimonian una cierta grandeza: la de lo sin relieve. Se diría que es un Shakespeare de lo mezquino, un Shakespeare atareado en observar nuestras manías, nuestras minúsculas obsesiones, la trama de nuestros días. Nadie ha avanzado tanto como Gogol en la percepción de lo cotidiano. A fuerza de realidad, sus personajes se hacen inexistentes y se convierten en símbolos, en los que nos reconocemos enteramente. No decaen: han alcanzado el fondo de la decadencia desde siempre. No puede uno impedirse pensar en Demonios; pero, mientras que los héroes de Dostoyewski se lanzan hacia su límite, los de Gogol retroceden hacia el suyo; los unos parecen responder a una llamada que les supera, los otros no escuchan más que su inconmensurable trivialidad.

 En el último período de su vida, Gogol fue presa de remordimientos: sus personajes no eran, pensaba, más que vicio, vulgaridad y basura. Había que pensar en darles virtudes, en arrancarles a su decadencia. De este modo, escribió la segunda parte de Almas muertas; felizmente, la arrojó al fuego. Sus héroes no podían ser «salvados». Se atribuyó su gesto a la locura, cuando en realidad emanaba de un escrúpulo de su conciencia de artista: el escritor prevaleció sobre el profeta. Amamos en él la ferocidad, el desprecio de los hombres, la visión de un mundo condenado: ¿cómo hubiéramos podido soportar una caricatura edificante? Pérdida irreparable, dicen algunos; pérdida salvadora, más bien.

El Gogol final está habitado todavía por una fuerza oscura de la que no sabe cómo servirse; se derrumba en un letargo, atravesado de trecho en trecho por sobresaltos; sobresaltos de un espectro. El humor que le permitía conservar a distancia sus «accesos de angustia» desaparece. Una aventura lamentable comienza. Sus amigos le abandonan. Cometió la locura de publicar los Extractos de mi correspondencia, que fueron, como él mismo reconoce, una «bofetada para el público, una bofetada para mí». Eslavófilos y occidentalistas renegaron de él. Su libro era una apología del poder, de la servidumbre, una divagación reaccionaria. Para su desdicha, se unió a un cierto padre Matveï, impermeable al arte, obtuso, agresivo, que tuvo sobre él un ascendiente de confesor, de torturador. Las cartas que recibía de él las llevaba siempre encima, las leía y las releía; cura de estupidez, de idiotez, al lado de la cual el abêtissez‑vous pascaliano, parece una simple ocurrencia chusca. Cuando los dones de un escritor se agotan, la vacante de su inspiración la ocupan las inepcias de un director espiritual. La influencia del padre Matveï sobre Gogol fue más importante que la de Puskin; éste animaba su genio; el otro se dedicaba a apagar los rescoldos que quedaban de él... No contento con predicar, Gogol quería, además, castigarse; su obra confería a la frase, a la mueca, un sentido universal: sus tormentos religiosos debían resentirse por ello.

 Algunos podrían pretender que sus miserias eran merecidas, que por ellas expiaba la audacia de haber deformado la figura del hombre. Me parece que la verdad es lo contrario; debía pagar el haber visto atinadamente: en materia de arte, no son nuestros errores lo que expiamos, sino nuestras «verdades», lo que hemos realmente vislumbrado. Sus personajes le perseguían. Los Klestakof, los Tchitchikof, los llevaba, según su propia confesión, siempre consigo: su sub‑humanidad le aplastaba. No había salvado a ninguno de ellos; en tanto que artista, no podía. Cuando perdió su genio, quiso salvarse. Sus héroes se lo impidieron. Así, pese a él mismo, debió permanecer fiel a su vacío.

 Aquí no es en el Regente en quien pensamos (del que Saint‑Simon decía que había «nacido aburrido»), ni en Baudelaire o en el Eclesiastés, ni siquiera en el paro interior del Diablo si viviese en un mundo en que el mal no existiese, sino en una persona que volviese sus oraciones contra sí mismo. En este estadio, el hastío adquiere una especie de dignidad mística. «Toda sensación absoluta, dice Novalis, es religiosa.» Con el tiempo, el hastío substituyó en Gogol a la fe y se convirtió para él en sensación absoluta, religión.

Demiurgia verbal

Si se me preguntase cuál es el ser a quien más envidio, respondería sin vacilar: aquél que, descansando entre las palabras, vive en ellas ingenuamente, por consentimiento reflejo, sin cuestionarlas ni asimilarlas a signos, como si correspondiesen a la realidad misma o fuesen lo absoluto disperso en lo cotidiano. No tendría, como contrapartida, ningún motivo de envidiar a quien las penetra con clarividencia, discerniendo su fondo, su nada. Para él, ya no hay relaciones espontáneas con lo real; aislado de sus útiles, acorralado a una autonomía peligrosa, alcanza un sí mismo que le espanta. Las palabras le huyen: como no puede alcanzarlas, las persigue con un odio nostálgico y nunca las profiere sin una risotada o un suspiro. Si bien no comulga ya con ellas, no puede, sin embargo, pasarse sin ellas y es precisamente en el momento en que está más alejado cuando se agarra más a ellas.

El malestar que suscita en nosotros el lenguaje no difiere apenas del que nos provoca la realidad; el vacío que vislumbramos en el fondo de las palabras evoca el que captamos en el fondo de las cosas: dos percepciones, dos experiencias en las que se opera la disyunción entre objetos y símbolos, entre la realidad y los signos. En el acto poético, esta disyunción toma el aspecto de una ruptura. Escapando instintivamente a las significaciones convencionales, al universo heredado y a las palabras transmitidas, el poeta, en busca de otro orden, lanza un desafío a la nada de la evidencia, a la óptica como tal. Se dedica a la demiurgia verbal.

Imaginemos un mundo donde la verdad, finalmente descubierta, se impusiera a todos, y, triunfante, aplastase el encanto de lo aproximado y de lo posible. La poesía sería inconcebible en él. Pero como, para fortuna suya, nuestras verdades apenas se distinguen de nuestras ficciones, ella no tiene porqué suscribirlas; se formará, pues, un universo propio, tan cierto, tan falso, como el nuestro. Pero no tan extenso ni tan potente. El número está de nuestro lado: somos legión y nuestras convenciones poseen esa fuerza que sólo la estadística confiere. A estas ventajas se añade otra y no de las menores: la de tener el monopolio de las palabras usadas. La superioridad numérica de nuestras mentiras logrará que siempre prevalezcamos sobre los poetas, y que nunca se cierre el debate entre la ortodoxia del discurso y la herejía del verso.

Por poco que se sufra la tentación del escepticismo, la exasperación experimentada respecto al lenguaje utilitario se atenúa y se convierte a la larga en aceptación: se resigna uno a él y lo admite. Puesto que no hay más sustancia en las cosas que en las palabras, uno se acomoda a su improbabilidad, y, sea por madurez o por cansancio, se renuncia intervenir en la vida del Verbo: ¿para qué prestarle un suplemento de sentido, violentarle o renovarle, cuando ya se ha descubierto su nada? El escepticismo: sonrisa que flota sobre las palabras... Tras haberlas sopesado una tras otra, una vez terminada la operación, no se piensa más en ello. En lo tocante al «estilo», si uno se dedica todavía a él, las únicas responsables son la ociosidad o la impostura.

 El poeta, por su parte, juzga de modo diferente: se toma el lenguaje en serio, crea uno a su manera. Todas sus singularidades proceden de su intolerancia por las palabras tal como son. Incapaz de soportar su banalidad y su desgaste, está predestinado a sufrir a causa de ellas y por ellas; y, sin embargo, por ellas intenta salvarse y de su regeneración espera la salvación. Por convulsa que sea su visión de las cosas, nunca es un verdadero negador. Querer revigorizar las palabras, infundirles una nueva vida, supone un fanatismo, una obnubilación fuera de lugar: inventar ‑poéticamente‑ es ser un cómplice y un ferviente del Verbo, un falso nihilista: toda demiurgia verbal tiene lugar a expensas de la lucidez...

 No hay que pedir a la poesía una respuesta a nuestros interrogantes o alguna revelación esencial. Su «misterio» es como cualquier otro. ¿Por qué apelamos entonces a ella?; ¿por qué, en algunos momentos, nos vemos obligados a recurrir a ella?

 Cuando, solos entre las palabras, somos incapaces de comunicarles la menor vibración, y nos parecen tan secas, tan degradadas como nosotros, cuando el silencio del espíritu pesa más que el de los objetos, descendemos hasta un punto en el que el espanto de nuestra inhumanidad hace presa en nosotros. Desarbolados, lejos de nuestras evidencias, conocemos repentinamente ese horror del lenguaje que nos precipita en el mutismo, ‑momento de vértigo en el que sólo la poesía viene a consolarnos de la pérdida momentánea de nuestras certezas y de nuestras dudas. De este modo, ella es el absoluto de nuestras horas negativas, no de todas, sino sólo de las que derivan de nuestro malestar en el universo verbal. Puesto que el poeta es un monstruo que intenta su salvación, y suple el vacío del universo por el símbolo mismo del vacío (pues ¿acaso la palabra es otra cosa?), ¿por qué no habríamos de seguirle en su excepcional ilusión? Se convierte en nuestro recurso cada vez que desertamos de las ficciones del lenguaje corriente para buscarnos otras, insólitas, ya que no rigurosas. ¿No parece entonces que cualquier otro tipo de irrealidad es preferible al nuestro, y que hay más sustancia en un verso que en todas esas palabras trivializadas por nuestras conversaciones o nuestras plegarias? Que la poesía deba ser accesible o hermética, eficaz o gratuita, ese es un problema secundario. Ejercicio o revelación, qué más da. Sólo le pedimos, por nuestra parte, que nos libere de la presión, de los tormentos del discurso. Si lo logra, constituye, por un momento, nuestra salvación.

Por motivos opuestos, el lenguaje no es provechoso más que al vulgo y al poeta; si bien se gana algo durmiéndose sobre las palabras o combatiendo con ellas, se corre, como contrapartida, cierto riesgo sondeándolas para descubrir su mentira. Quien se atarea en ello, quien se inclina sobre ellas y las analiza acaba por extenuarlas y metamorfosearlas en sombras. Será castigado por ello, puesto que compartirá su suerte. Tomad cualquier vocablo, repetidlo cierto número de veces, examinadlo: se desvanecerá y, como consecuencia, algo se desvanecerá en vosotros. Tomad otros después y continuad la operación. Gradualmente, llegaréis al punto fulgurante de vuestra esterilidad, a las antípodas de la demiurgia verbal.

No se abandona la confianza en las palabras ni se atenta contra su seguridad, sin tener un pie en el abismo. Su nada procede de la nuestra. Al no ser ya capaces de dar cuerpo a nuestro espíritu, es como si nunca nos hubieran servido. ¿Existen, acaso? Concebimos su existencia sin sentirla. ¡Qué soledad, ésa donde las abandonamos y nos abandonan! Somos libres, es cierto; pero echamos de menos su despotismo. Estaban ahí, con las cosas; ahora que desaparecen éstas, se disponen a seguirlas y se adelgazan bajo nuestras miradas. Todo disminuye, todo se reabsorbe. ¿A dónde huir, por dónde escapar a lo ínfimo. La materia se empequeñece, abdica de sus dimensiones, cede el campo... Sin embargo, nuestro miedo se dilata y, ocupando su lugar, hace el papel de universo.

A la búsqueda de un no‑hombre

Por cobardía, sustituimos la sensación de nuestra nada por la sensación de la nada. Y es que la nada general apenas nos inquieta: vemos en ella demasiado a menudo una promesa, una ausencia fragmentaria, un callejón sin salida que se abre.

 Durante largo tiempo me obstiné en hallar a alguien que lo supiera todo sobre sí mismo y sobre los otros, un sabio‑demonio, divinamente clarividente. Cada vez que creía haberlo encontrado, debía, tras un examen, cambiar de opinión: el nuevo elegido tenía todavía alguna mancha, algún punto negro, no sé qué recoveco de inconsciencia o de debilidad que le rebajaba al nivel de los humanos. Percibía yo en él huellas de deseo o de esperanza, o algún residuo de pesar. Su cinismo era manifiestamente incompleto. ¡Qué decepción! Y proseguía siempre mi búsqueda, y siempre mis ídolos del momento pecaban en algún aspecto: el hombre estaba presente en ellos, oculto, maquillado o escamoteado. Acabé por comprender el despotismo de la especie, y por no soñar más que con un no‑hombre, con un monstruo que estuviese totalmente convencido de su nada. Era una locura concebirlo: no podía existir, ya que la lucidez absoluta es incompatible con la realidad de los órganos.

 Odiarse

El amor propio es cosa fácil: como brota del instinto de conservación, incluso los animales lo conocerían si estuviesen un poquitín pervertidos. Lo que ya es más difícil, y en lo cual sólo sobresale el hombre, es en odiarse a sí mismo. Tras haber causado su expulsión del paraíso, hizo lo que pudo para aumentar la separación que le distancia del mundo, para mantenerse despierto entre los instantes, en el vacío que se intercala entre ellos. La conciencia emerge de él y en él hay que buscar el punto de partida del fenómeno humano. Me odio: soy un hombre; me odio absolutamente: soy absolutamente hombre. Ser consciente es estar dividido uno mismo y odiarse. Este odio zapa nuestras mismas raíces, al mismo tiempo que proporciona savia al Árbol de la Ciencia.

 Aquí tenemos al hombre fuera del mundo y alejado de sí mismo. No podríamos clasificarlo entre los vivientes sin abuso, tan superficial es su contacto con la vida; su contacto con la muerte no lo es menos. No habiendo podido encontrar su lugar exacto entre una y otra, ha hecho trampa desde sus primeros pasos: un intruso, un falso vivo, un falso mortal, un impostor. La conciencia, esa forma de no participación en lo que se es, esa facultad de no coincidir con nada, no estaba prevista en la economía de la creación. Lo sabe, pero no tiene ni el coraje de asumirla hasta el límite y de perecer por ella, ni el de repudiarla para salvarse. Extraño a su naturaleza, sólo en medio de sí mismo, desligado de este mundo y del otro, no abraza completamente ninguna realidad: ¿cómo podría hacerlo, dado que no es real más que a medias? Un ser sin existencia.

 Cada paso que da en dirección al espíritu equivale a una falta contra la vida. ¡Asombra que no ponga término a la zarabanda de la conciencia, para emparentarse de nuevo con las cosas! Pero del estado de irreflexión (en el que cesaría su sentimiento de culpa) está separado por ese odio de sí mismo del que no quiere ni puede deshacerse. Apartándose de la línea de los seres, de los caminos trillados de la salvación, innova sin descanso para poder mantener su reputación de animal interesante.

 La conciencia, fenómeno provisional si los hay, es empujada por él hasta su punto de estallido y se cae en pedazos con ella. Al destruirse, se alzará hasta su esencia y cumplirá su misión: convertirse en su propio enemigo. Si la vida ha falseado a la materia, él ha falseado a la vida. ¿Volverá a repetirse su experiencia? No parece implicar una posteridad: todo deja presagiar que es la última fantasía que la naturaleza se permite.

Significación de la máscara

Por lejos que nuestro pensamiento avance y por muy separado que esté de nuestros intereses, vacila, sin embargo, en designar ciertas cosas por su nombre. ¿Se trata de nuestro último espanto?, pues lo escamotea, nos cuida y nos halaga. De este modo, cuando tras numerosas pruebas, el «destino» se nos revela, él nos invita a verlo como un límite, una realidad más allá de la cual toda búsqueda carecería de objeto. Pero, ¿es verdaderamente un límite una realidad tal como pretende? Mucho lo dudamos, de tan sospechoso como nos parece cuando quiere fijarnos en él e imponérnoslo. Sentimos claramente que no podría ser un término y que a través de él se manifiesta otra fuerza, ésta sí, suprema. Sean cuales fueren los artificios y los esfuerzos de nuestro pensamiento para disimulárnosla, acabamos, sin embargo, por identificarla, incluso para nombrarla. Y lo que parecía acumular todos los títulos de lo real no es ya más que un rostro. ¿Un rostro? Ni siquiera, sólo un disfraz, una simple apariencia de la que esa fuerza se sirve para destruirnos sin tocarnos.

 El «destino» no es más que una máscara, como máscara es todo lo que no es la muerte.

Contagio de la tragedia

No es piedad, es envidia lo que nos inspira el héroe trágico, suertudo, cuyos sufrimientos devoramos, como si fuesen nuestros de derecho y él nos los hubiese sustraído. ¿Por qué no intentar volver a cogérselos? De cualquier forma, estaban destinados a nosotros... Para asegurarnos mejor, los declaramos nuestros, los engrandecemos y les damos proporciones desmesuradas; él, por mucho que se agite o gima ante nosotros, no conseguirá conmovernos, pues no somos sus espectadores, sino sus competidores, sus rivales en el patio de butacas, capaces de soportar sus desdichas mejor que él: tomándolas por nuestra cuenta, las exageramos más allá de sus posibilidades en escena. Provistos de su suerte y corriendo hacia la derrota más rápidamente que él, le dedicamos todo lo más una sonrisa superior, mientras que nos reservamos para nosotros solos, los méritos de la falta o del asesinato, del remordimiento o de la expiación. ¡Qué poca cosa es a nuestro lado y cuán vulgar nos parece su agonía! ¿Acaso no estamos cargados con todos sus dolores, no representamos la víctima que él quería encarnar sin lograrlo? Pero, ¡oh, irrisión!, finalmente ¡es él quien muere !

Fuera de la palabra

Mientras estamos encerrados en la literatura, respetamos sus verdades y nos dedicamos a darles cuerpo, a espesar su nada. Condición indudablemente aflictiva. Pero hay algo peor: superar esas verdades sin, empero, abrazar las de la sabiduría. ¿Qué dirección tomar?; ¿en qué sector del espíritu establecerse? Ya no se es literato; se sigue escribiendo, sin embargo, aun despreciando la expresión. Conservar restos de vocación y no tener el coraje de librarse de ellos, es una posición equívoca, léase trágica, que ignora la sabiduría, la cual consiste precisamente en la audacia de extirpar toda vocación, literaria o de otra clase cualquiera. Quien ha tenido la desdicha de pasar por las Letras, guardará siempre el fetichismo del giro o alguna superstición de la que sólo se benefician las palabras. Disponiendo de un don que desdeña o teme, se lanzará sin convicción a empresas u obras necesariamente abortadas, chambón suspendido entre la palabra y el silencio, lamentable aspirante a esa gloria del vacío, negada a quien se expresa o se apega a su nombre. La «verdadera vida» está fuera de la palabra.

 Y, sin embargo, la palabra nos obnubila y nos domina: ¿acaso no hemos llegado hasta hacer surgir el universo de ella? y ¿no hemos asimilado nuestros orígenes al parloteo, a las improvisaciones de un dios charlatán? ¡Referir la cosmogonía al discurso, erigir el lenguaje en instrumento de la creación, atribuir nuestros comienzos a una ilusoria antigüedad del Verbo! La literatura, como se advertirá, se remonta muy lejos en el tiempo, ya que, nada carentes de aberraciones, no hemos temido imputarle los primeros sobresaltos de la materia.

Necesidad de la mentira

Quien ha vislumbrado, en el comienzo de su carrera, las verdades mortales, llega a no poder vivir con ellas: si les permanece fiel, está perdido. Desaprenderlas, renegar de ellas ‑única modalidad, para el de reajustarse a la vida, de abandonar el camino del Saber, de lo Intolerable‑. Siguiendo a la mentira, cualquier mentira promotora de actos, la idolatra y espera de ella su salvación. Cualquier obsesión la seduce, con tal de que ahogue en él al demonio dc la curiosidad e inmovilice su espíritu. De este modo, envidia a todos los que, a favor de la plegaria o de cualquier otra manía, han detenido el curso de sus pensamientos, abdicado de las responsabilidades del intelecto, y hallado, en el interior de un templo o de un asilo de alienados, la dicha de estar acabados. ¡Que no daría él también por poder exultar a la sombra de un error, el abrigo de una estupidez! Lo intentará. «Para esquivar mi naufragio jugaré el juego, perseveraré por cabezonería, por capricho, por insolencia. Respirar es una aberración que me fascina. El aire se escapa de mí, el suelo tiembla bajo mis pies. He convocado a todas las palabras y les he ordenado organizarse en una oración; y las palabras han seguido inertes y mudas. Es por eso por lo que grito, por lo que no dejaré de gritar: «¡Cualquier cosa, salvo mis verdades!».

 Helo ahí disponiéndose a librarse de ellas, a darlas de lado. Y mientras celebra una ceguera deseada durante tan largo tiempo, el malestar le gana, el coraje le abandona: teme la revancha de su saber, el retorno de su clarividencia, la irrupción de sus certezas, por las que había sufrido tanto. Esto basta para que, perdiendo toda seguridad en sí mismo, el camino de su salvación se le aparezca como un nuevo calvario.

El futuro del escepticismo

La ingenuidad, el optimismo, la generosidad ‑suelen encontrarse en los botánicos, los especialistas de ciencias puras o los exploradores, nunca en los políticos, los historiadores o los curas. Los primeros se pasan sin sus semejantes, los segundos hacen de ellos el objeto dc sus actividades o sus investigaciones. Sólo se agria uno en la vecindad del hombre. Los que le dedican sus pensamientos, lo examinan o quieren ayudarle, llegan, tarde o temprano, a despreciarle, a tomarle horror. Psicólogo si los hay, el sacerdote es el ejemplar humano más desengañado, incapaz por oficio de conceder el menor crédito a sus prójimos; de ahí proviene su aire avisado, su astucia, su dulzura fingida y su profundo cinismo. Los que, de entre ellos, en número verdaderamente ínfimo, se deslizaron hacia la santidad, no hubieran podido alcanzarla si hubieran observado de más cerca a sus feligreses: fueron unos despiadados, unos malos sacerdotes, incapaces de vivir como curiosos ‑y parásitos‑ del pecado original.

 Para curarse de toda ilusión sobre el hombre, habría que poseer la ciencia, la experiencia secular del confesionario. La Iglesia está tan vieja y tan desengañada, que no puede creer en la salvación de nadie, ni complacerse en la intolerancia. Tras habérselas entendido con una inconmensurable muchedumbre de fervientes y sospechosos, debía acabar por penetrarlos y cansarse de ellos, por detestar sus escrúpulos, sus tormentos, sus confesiones. ¡Dos mil años en el secreto de las almas! Es demasiado incluso para ella. Milagrosamente preservada hasta ahora de la tentación del asco, hoy cede a él: las conciencias que tiene a su cargo la importunan y la agotan. Ninguna de nuestras miserias, ninguna de nuestras infamias despierta ya su interés: hemos acabado con su piedad y su curiosidad. Como sabe ya mucho sobre todos nosotros, nos desdeña, nos deja ir a nuestro aire, buscar en otra parte... Ya la abandonan los fanáticos. Pronto será el último refugio del escepticismo.

Vicisitudes del miedo

A partir del Renacimiento, la ciencia se ha empeñado en persuadirnos de que vivimos en una naturaleza indiferente, ni hostil, ni favorable. Ello ha traído como consecuencia una disminución de nuestras reservas de miedo. Considerable peligro, pues este miedo era uno de los datos y una de las condiciones de nuestra existencia y de nuestro equilibrio.

 Confiriendo intensidad y vigor a nuestros estados, aguijoneaba nuestra piedad y nuestra ironía, nuestros amores y nuestros odios, resaltaba, sazonaba cada una de nuestras sensaciones. Cuanto más nos aguijoneaba, más éramos acosados de serlo, ávidos de incertidumbres y de peligros, de cualquier ocasión de triunfar o sucumbir. Sin pudor ni miramientos, desplegaba sus talentos de impertinente, su brío que temíamos y mimábamos. Nuestro fervor por él aumentaba en proporción de los estremecimientos que nos procuraba. Nadie soñaba con sustraerse a su imperio. Nos subyugaba, nos gobernaba, en tanto que estábamos felices de verla presidir con tanto aplomo nuestras victorias y nuestras derrotas. Pero incluso él mismo, que parecía al abrigo de las vicisitudes, debía sufrirlas, y de las más crueles. Bajo los golpes del «progreso», impaciente por borrarlo, comenzó, sobre todo en el pasado siglo, a ocultarse, a hacerse tímida y algo así como vergonzosa, a irse, casi a desvanecerse. Nuestro siglo, más lúcido, acabó por alarmarse: ¿cómo, se preguntaba, acudir en su socorro, volver a darle su antiguo estatuto, reintegrarle en sus derechos? La ciencia misma se encargó de ello: se convirtió en amenaza y fuente de espanto. Y esta cantidad de miedo, indispensable para nuestra prosperidad, la tenemos ahora bien segura.

Un hombre que ha llegado

Al habituado, en lo más íntimo de las profundidades, el «misterio» ya no le impone; no habla de él de ninguna manera, ni sabe lo que es: vive en él... La realidad en qué se mueve no comporta otra: no hay zona más abajo ni más allá; está más abajo que todo y más allá de todo. Ahíto de trascendencia, superior a las operaciones del espíritu y a las servidumbres a ellas anejas, descansa sobre su inaplacable falta de curiosidad... Ni la religión ni la metafísica le intrigan: ¿qué le queda por sondear, si se encuentra ya en lo insondable? Está sin duda pleno; pero ignora si sigue viviendo.

 Nos afirmamos en la medida en que, tras una realidad dada, perseguimos otra donde, más allá del mismo absoluto, seguimos buscando. ¿Acaso la teología se detiene en Dios? De ningún modo. Quiere remontarse más alto, como la metafísica, sin dejar de hurgar en la esencia, no se digna a fijarse en ella. Una y otra temen anclarse en un principio último, pasan de secreto en secreto, alaban lo inexplicable y abusan de ello desvergonzadamente. ¡El misterio, menudo privilegio! Pero ¡qué maldición creer haberlo alcanzado, imaginar conocerlo y quedarse en él! No más búsqueda ya: ahí está, al alcance de la mano. De la mano de un muerto.

 

Despojos de tristeza

I. A menudo, más acá de todas las cosas, me deslizo hacia el punto de inexistencia de cada objeto. El yo: una etiqueta. Paralelo a mi rostro, me miro en mis miradas. Cada cosa es otra, todo es otro. En algún sitio, un ojo. ¿Quién me observa? Tengo miedo y, sin embargo, soy exterior a mi miedo.

 Fuera de los instantes y fuera del sujeto que fui ¿cómo afiliarme al tiempo? La duración se momifica, el devenir ya ha devenido. Ya no hay ninguna parcela de aire en la que respirar, en la que gritar. El aliento ha sido negado, la idea se calla, el espíritu fue. He arrastrado todos los «sí» por el barro y no me adapto mejor al mundo que el anillo al dedo del esqueleto.

II. «Los otros, me decía un pordiosero, encuentran placer en avanzar; yo, en retroceder». ¡Feliz pordiosero! Yo ni siquiera retrocedo; yo permanezco... Y la misma realidad permanece, inmovilizado por mis dudas. Cuantas más alimento respecto a mí, más proyecto sobre las cosas y me vengo en ellas de mis incertidumbres. Que todo se detenga, ya que no puedo concebir ni dar un paso más hacia ningún horizonte imaginable. Una pereza anterior al mundo me ata a este instante... Y cuando, para sacudirla, alerto a mis instintos, caigo en otra pereza, en esa pereza trágica que se llama melancolía.

III. Horror de la carne, de los órganos, de cada célula, horror primordial, químico. Todo en mí se descompone, incluso ese horror. ¿En qué grasa, en qué pestilencia ha venido a alojarse el espíritu! Este cuerpo en el que cada poro elimina los suficientes efluvios como para apestar el espacio no es más que un conglomerado de basuras cruzado por una sangre apenas menos innoble, un tumor que desfigura la geometría del globo. ¡Asco sobrenatural! Nadie se me acerca sin revelarme pese a sí mismo el grado de su putrefacción, el destino lívido que le acecha. Toda sensación es fúnebre, todo placer es sepulcral. ¿Qué meditación, por sombría que fuese, podría elevarse hasta las conclusiones ‑hasta la pesadilla‑ de nuestros placeres? Buscad los verdaderos metafísicos entre los libertinos, pues no los encontraréis en otro lado. Es extenuando y martirizando nuestros sentidos como advertimos nuestra nada, el abismo que nuestros abrazos nos velan por un momento. Demasiado puro y demasiado reciente, el espíritu no podría salvar esta vieja carne, cuya corrupción prospera ante nuestros ojos. Al contemplarla, hasta nuestro cinismo retrocede y se desvanece en llantos. Merecemos otros suplicios un espectáculo menos intolerable. Verdaderamente, no hay salvación por nuestros cuerpos ni, por otra parte, tampoco por nuestras almas. Si hiciese el inventario de mis días, no encontraría sin duda ninguno que no bastase por sí solo para colmar varios infiernos.

 Se dice en el Apocalipsis que los peores tormentos esperan a aquellos cuya frente no está marcada por el «sello de Dios». Todo el mundo se salvará, menos ellos. Sus sufrimientos se parecerán a los de un hombre picado por un escorpión y buscarán en vano la muerte, esa muerte que, empero está en ellos...

 No estar marcado por el «sello de Dios» ¡Qué bien comprendo eso, qué bien comprendo eso!

IV. Pienso en ese emperador de mi agrado, en Tiberio, en su acrimonia y su ferocidad, en su obsesión por las islas, en sus sueños de juventud en Rodas, en su vejez en Capri. Le amo porque el prójimo le parecía inconcebible, le amo porque no amaba a nadie. Descarnado, pustuloso, monstruo helado que sólo el terror calentaba, tenía la pasión del exilio: se diría que figuraba a la cabeza de la lista de proscripciones de la que era autor... Para sentirse vivir, le era preciso experimentar miedo e inspirarlo: si bien teme a todo el mundo, exige, a su vez, que todo el mundo le tema. Ese vaivén entre Capri y los barrios de Roma donde no se atreve a entrar, esa aversión que le causaban los rostros... Sólo como Swift, ese panfletario de otra era, ese panfletario anterior al hombre. Cuando todo me abandona, cuando yo me abandono a mí mismo, pienso en ellos dos, me aferro a sus ascos y a su crueldad, me apoyo en su vértigo. Cuando me abandono a mí mismo, sí, me vuelvo hacia ellos: nada podría separarme entonces de su soledad.

V. Para algunos, la felicidad es una sensación tan insólita que, en cuanto la experimentan, se alarman y se interrogan sobre su nuevo estado; no hay nada semejante en su pasado: es la primera vez que salen de la seguridad de lo peor. Una luz inesperada les hace temblar, como si soles colgasen de sus dedos para iluminar paraísos desmenuzados. Esa felicidad de la que esperaban su liberación, ¿por qué toma ese rostro? ¿Qué hacer? Quizá no les pertenece, quizá ha caído sobre ellos por error. Atónitos y fascinados juntamente, intentan incorporarla a su naturaleza, poseerla, si es posible, para siempre. Están tan mal preparados que, para gozarla, deben anexionarla a sus antiguos terrores.

 

VI. La fe por sí misma no resuelve nada: uno lleva a ella sus inclinaciones y sus taras; si uno es feliz, vendrá a aumentar la cantidad de dicha que al nacer habéis recibido en suerte; si uno es naturalmente desdichado, no representará para uno más que un aumento de desgarramiento, una deteriorización de su estado: una fe infernal. Excluido para siempre del paraíso, uno experimentará su nostalgia como un tormento más y un suplicio. Si uno reza, las oraciones, en lugar de aliviarlos, agravarán los pesares, los remordimientos y los sufrimientos de uno. Verdaderamente, cada uno encuentra en su fe lo que ha llevado a ella: por ella, el elegido saborea mejor su salvación y el réprobo se hunde más en sus miserias. ¿Cómo pensar que basta creer para triunfar sobre lo insoluble? No hay fe, no hay más que formas múltiples e irreconciliables de fe. De la vuestra, sea la que sea, no esperéis ninguna ayuda: os permitirá tan sólo ser un poco más lo que ya sois desde siempre...

VII. Nuestros placeres no se pierden ni desaparecen; a su modo, nos marcan tanto como nuestros dolores. Tal de entre ellos que nos parecía desvanecido para siempre, nos salvará de una crisis y abogará, sin que lo sepamos, contra tal de nuestras decepciones, contra tal tentación de abdicación y de abandono; creará en nosotros nuevas ligaduras de las que no somos conscientes y reforzará un montón de pequeñas esperanzas que contrapesarán esa tendencia de nuestra memoria a no conservar más que los vestigios de lo atroz y de lo terrible. Pues nuestra memoria es venal: apoya la causa de nuestros dolores, se ha vendido a nuestros dolores.

VIII. Según Casiano, Evagro y San Nilo, no hay demonio más temible que el de la acedía. El monje que sucumbe a ella será su presa hasta el fin de sus días. Pegado a la ventana, mirará hacia el exterior, esperará visitas, no importa cuáles, para charlar, para darse al olvido.

¡Despojarse de todo y descubrir después que uno se había equivocado de camino; hastiarse en la soledad y no poder abandonarla! Por un eremita que ha triunfado, hay mil que han fracasado. A estos vencidos, a esos caídos convencidos de la ineficacia de sus oraciones, se esperaba volver a levantarlos por el canto se les imponía la exultación, la disciplina de la alegría. Víctimas del demonio, ¿cómo habrían de poder elevar sus voces y hacia quién? Alejados por igual de la gracia y del siglo pasaban horas comparando su esterilidad con la del desierto, con la imagen material de su vacío.

 Pegado a mi ventana, ¿a qué compararía mi esterilidad sino a la de la ciudad? Sin embargo, el otro desierto, el verdadero, me obsesiona. ¡No poder irme a él y olvidar allí el olor del hombre! Vecino de Dios, olfatearía su desolación y su eternidad con la que sueño en los instantes en que se despierta en mí el recuerdo de una celda lejana. En una vida anterior, ¿qué convento habré abandonado, traicionado? Mis oraciones inacabadas; abandonadas entonces, prosiguen ahora, mientras que en mi cerebro no sé qué cielo se hace y se deshace.

IX. ¡Alí! ¡Alí! Cierto derviche, habiendo renunciado a pactar con las palabras, salvo con ésa, no pronunciaba nunca otra en ninguna circunstancia. Era la única infracción que se permitía a su régimen de silencio.

 La oración: una concesión hecha a Dios, frases y toda la complacencia que suponen. Nuestro derviche, inmolándose a lo esencial, sacrifica el lenguaje, símbolo de la apariencia: todo hombre que recurre a él se aparta de lo absoluto, aunque debiera, por otro lado, mortificarse o suscribir las enormidades de la fe. Todo hombre, con mayor razón todo santo. Francisco de Asís fue un discurseador como sus discípulos, como sus rivales. Sólo una cosa importa, sólo una palabra. Si hablamos, es que esa cosa no la hemos encontrado ni la encontraremos.

X. Sólo merece confianza quien se constriñe a perder la partida: si lo logra, habrá matado el monstruo, el monstruo que él era en tanto que se empeñaba en actuar, en triunfar. No progresamos más que en detrimento de nuestra pureza, esa suma de nuestros retrocesos. Sostenidos, atravesados por un impulso hacia la mancilla, nuestros actos nos apartan del paraíso, fortifican nuestra decadencia, nuestra fidelidad al mundo: no hay movimiento hacia adelante que no excite y consolide en nosotros la antigua perversión de existir.

Expulsar a los seres no basta; hay también que expulsar a las cosas, execrarlas y abolirlas una a una. Para recobrar nuestra primera ausencia sigamos en sentido inverso nuestras cosmogonías y ya que nos falta el pudor de morir, aniquilemos al menos todo rastro en nosotros de este mundo y hasta el último recuerdo de lo que fuimos. ¡Que un dios nos conceda la fuerza de apartarnos de todo y de traicionarlo todo, la audacia de una cobardía sin nombre!

Orgía de la vacuidad

Sin medio de abandonar la esfera de sus inclinaciones, el artista se mueve en un sector angosto de la existencia. Lleva anteojeras: su talento es su tara. Aunque tuviese genio, permanecería todavía cautivo de su óptica, de la desdicha que le ha provisto de una visión definida.

 ¡Qué ventaja no estar dotado para nada, qué libertad! Todo se os ofrece, todo os pertenece; dominando el espacio, pasáis de un objeto a otro, de un mundo a otro. El universo está a vuestros pies, accedéis de golpe a la esencia de la felicidad: exaltación en el punto nulo del ser, vida traspuesta, promovida al estado de aliento, de eternidad que respira y que ningún misterio grava.

 Obligado a estar en todas partes esclavo de su ubicuidad, Dios mismo es prisionero. Más libre, más desprendido que El, gozáis de la ausencia cuya extensión exploráis a vuestro gusto: materia destituida, suspiro inaudible, delicia de perder la práctica de la vida y de la muerte.

Todo hombre con algún talento merece nuestra conmiseración: si es pintor, ¿qué logrará sacar aún de los colores? Si poeta, ¿cómo despertará a las palabras fatigadas, dormidas? Y ¿qué decir de las perspectivas de un músico en un mundo en que todas las combinaciones sonoras han sido imaginadas? Profundamente desdichados, están todos ellos incursos en lo inextricable. Debemos rodearles con un suplemento de solicitud, no insultar su zozobra para que olviden el callejón sin salida de su arte, su condición de desheredados.

 Sin ir hasta el punto de trompetear nuestra suerte, no podemos, sin embargo, callárnosla. Demos gracias a la Providencia por habernos sustraído al peso, a las fatalidades de un don. Expoliándonos de todo, nos lo ha ofrecido todo por ese mismo gesto. Nuestras luces no nos permiten decidir si nuestro colmado despojo emana de su misericordia o de su negligencia. En cualquier caso, ella nos ha concedido un favor inigualable: ¿acaso no estamos provistos de todos los talentos que nos faltan? No ser nada ‑recurso infinito, fiesta perpetua.

 

 Sin descansar nunca, el artista debe cultivar sus desórdenes, derrochar sus fuerzas, fabricarse felicidad y desdicha, producir. El sabio, como no se compromete en ninguna obra, se ejerce en la esterilidad, acumula la energía que apenas gasta. Adquiere la verdad en detrimento de lo expresado, de la comunicación, de todo lo que alimenta y justifica el arte, ese obstáculo para lo verdadero, ese vehículo de la mentira. Ahogando sus facultades de invención, gobierna sus actos y sus movimientos, rechaza los servicios del estado de trance y de la fiebre. (No hay sabio genial.) Ni la tragedia, avidez de desgarramiento, ni la historia, espacio de esa avidez, retienen su curiosidad: habiendo superado una y otra, se reúne con los elementos, se niega a creer, a copiar a Dios o al Diablo y se entrega a una larga meditación sobre el ángel y el idiota, sobre la excelencia de su torpor, que quisiera alcanzar por medio de la lucidez.

 Lo propio del «creador» tras haber abusado de sus recursos, es agotarse: sus fuerzas le abandonan, la intensidad de sus obsesiones mengua. Si bien conserva su vitalidad o su razón, no ocurre lo mismo con su capacidad de vibrar. Su vejez es verdaderamente su fin. El sabio, por el contrario, es al final de sus días cuando se realiza plenamente, cuando triunfa. No se le puede imaginar acabado; este calificativo conviene, a partir de cierto momento, a todo artista. Una obra surge de un apetito de autodestrucción y se edifica en perjuicio de una vida. El sabio no conoce este apetito o bien lo ha vencido. Su mayor ambición: desaparecer sin dejar huellas. Pero hay tanto poder en su voluntad de desaparición, que nos intriga. Difícilmente llegamos a penetrar su secreto: ¿cómo existir sin destruirse a cada instante? Empero, ese secreto se deja vislumbrar cuando nos aproximamos a nosotros mismos, a nuestra última realidad. Las palabras, entonces, habiendo perdido toda utilidad y todo sentido, se nos aparecen entonces como agentes de una vulgaridad inmemorial. Todo cambia, hasta nuestro modo de ver, como si nuestras miradas recogidas sobre sí mismas, dispusieran de un universo distinto del de la materia. De hecho, ese mundo ya no entra en el campo de nuestras percepciones ni es perpetuado por nuestra memoria. Vueltos hacia lo que no soporta la palabra ni quiere condescender a ella, nos repantigamos en una felicidad sin cualidades, en un estremecimiento sin adjetivos. Siesta en Dios ...

 

La tentación de existir

Los hay que van de afirmación en afirmación: su vida es una serie de síes... Aplaudiendo a lo real o a lo que les parece tal, consienten en todo y no tienen ningún empacho en decirlo. No hay anomalía que no expliquen o no coloquen entre las cosas «que pasan». Cuanto más se dejan contaminar por la filosofía, más, en el espectáculo de la vida y la muerte, son un público complaciente.

 Para otros, acostumbrados a la negación, afirmar exige no solamente una voluntad de obnubilación, sino un esfuerzo contra sí mismo, un sacrificio: ¡cuánto les cuesta el menor sí! ¡Qué apostasía! Saben que un si no viene nunca solo, que implica otro, toda una serie: ¿Cómo se van a arriesgar a él a la ligera? Esto no impide que la seguridad del no les irrite. Así nace en ellos la necesidad y la curiosidad de afirmar cualquier cosa.

 Negar: no hay nada como eso para emancipar el espíritu. Pero la negación no es fecunda más que el tiempo en que nos esforzamos en conquistarla y apropiárnosla; una vez adquirida, nos aprisiona; una cadena como otra cualquiera. Esclavitud por esclavitud, más vale orientarse hacia la del ser, aunque sea al precio de cierto desgarramiento: no se trata, ni más ni menos, que de sustraerse al contagio de la nada, al confort de un vértigo...

Los teólogos lo han advertido desde hace mucho: la esperanza es el fruto de la paciencia. Debería añadirse: y de la modestia. El orgulloso no tiene tiempo de esperar... Sin querer ni poder esperar, fuerza los acontecimientos como fuerza su naturaleza; amargo, corrompido, cuando agota sus rebeliones abdica: para él no hay fórmula intermediaria. Es innegable que es lúcido, pero la lucidez, no lo olvidemos, es lo propio de los que, por incapacidad de amar, se desolidarizan tanto de los otros como de sí mismos.

El gran sí es el sí a la muerte. Puede uno proferirlo de varias maneras ...

 Hay fantasmas diurnos que, presas de su ausencia, viven apartadamente, caminan con pasos ahogados a lo largo de las calles sin mirar a nadie. No hay inquietud alguna en sus rostros y en sus gestos. Como el mundo exterior ha dejado de existir para ellos, se pliegan a todas las soledades. Atentos a su distracción, a su desapego, pertenecen a un universo no declarado situado entre el recuerdo de lo inaudito y la inminencia de una certeza. Su sonrisa recuerda mil espantos vencidos, la gracia que triunfa sobre lo terrible; pasan a través de las cosas, atraviesan la materia. ¿Han alcanzado sus propios orígenes, o descubierto en ellos las fuentes de la claridad? Ninguna derrota, ninguna victoria les conmueve. Independientes del sol, se bastan a sí mismos. Están iluminados por la muerte.

No nos es dado identificar el momento en que se opera, a expensas de nuestra sustancia, un trabajo de erosión. Sabemos solamente que resulta un vacío en el que se instala gradualmente la idea de nuestra destrucción. Idea vaga, apenas esbozada: es como si el vacío se pensase a sí mismo. Después, transfiguración sonora, en lo más profundo de nosotros surge un tono que, por su insistencia, puede lo mismo paralizarnos que darnos un impulso. Seremos, pues, cautivos del miedo o de la nostalgia por debajo de la muerte o en pie de igualdad con ella. Será el miedo, si ese tono perpetúa la vida en que aparece; la nostalgia, si la convierte en plenitud. Según nuestra constitución, veremos en la muerte o un déficit o un excedente de ser.

 Antes de afectar nuestra percepción de la duración, adquisición tardía, el miedo la toma con nuestra sensación de la extensión, con lo inmediato, con la ilusión de lo sólido: el espacio se adelgaza, se esfuma, se hace aéreo, transparente. El lo reemplaza, se dilata y sustituye a la realidad que lo había provocado, la muerte. Todas nuestras experiencias se encuentran reducidas a un intercambio entre nuestro yo y ese miedo que, erigido en realidad autónoma, nos aísla en un estremecimiento sin objeto, en un temblor gratuito, hasta el punto que nos hace olvidar que vamos a... morir. No amenaza, empero, con suplantar nuestra preocupación esencial más que en la medida en que, no queriendo asimilarle ni agotarle, le perpetuamos en nosotros como una tentación y le situamos en el centro de nuestra soledad. Un paso más y nos convertiremos en viciosos, no de la muerte, sino del miedo a la muerte. Lo mismo sucede con todos los miedos que no hemos conseguido superar: separándose de los motivos que los han producido, se constituyen en realidades independientes, tiránicas. «Vivimos en el miedo, y de este modo no vivimos.» Esta frase de Buda quizá quiere decir: en lugar de mantenernos en el estadio en que el miedo se abre sobre el mundo, hacemos de él un fin, un universo cerrado, un sustituto del espacio. Si nos domina, deforma nuestra imagen de las cosas. Quien no sabe ni dominarlo ni explotarlo, cesa a la larga de ser él mismo, pierde su identidad; no es fructuoso más que si uno se precave de él; quien cede a él no volverá a encontrarse jamás e irá respecto a sí mismo de traición en traición, hasta que ahogue la muerte bajo el mismo que ésta le produce.

La seducción de ciertos problemas proviene de su falta de rigor, tanto como de las opiniones discordantes que suscitan: otras tantas dificultades de las que se encapricha el aficionado a lo insoluble.

 Para «documentarme» sobre la muerte, no obtengo mayor provecho al consultar un tratado de biología que el catecismo: por lo que me concierne, me es indiferente estar abocado a ella a consecuencia del pecado original o de la deshidratación de mis células. Sin ninguna conexión con nuestro nivel intelectual, está reservada, como todo problema privado, a un saber sin conocimientos. He encontrado numerosos iletrados que hablaban de ella más pertinentemente que tal o cual metafísico; una vez que habían descubierto por experiencia el agente de su destrucción, le consagraban todos sus pensamientos, de tal suerte que la muerte, en lugar de ser para ellos un problema impersonal, era su realidad, su muerte.

 Pero incluso entre esos mismos que, iletrados o no, piensan en ella constantemente, la mayoría sólo lo hacen aterrados por la perspectiva de su agonía, sin advertir ni por un momento que, aunque debieran vivir siglos o milenios, las razones de su terror no cambiarían en nada, ya que la agonía no es más que un accidente en el proceso de nuestro aniquilamiento, proceso coextensivo con nuestra duración. La vida, lejos de ser, como pensaba Bichat, el conjunto de las funciones que se resisten a la muerte, es, más bien, el conjunto de las funciones que nos arrastran a ella. Nuestra sustancia disminuye a cada momento; de esta disminución, empero, todos nuestros esfuerzos deberían tender a hacer excitante, un principio de eficacia. Los que no saben sacar beneficios de sus posibilidades de no ser, permanecen extraños a sí mismos: fantoches, objetos provistos de un yo, dormidos en un tiempo neutro, ni duración ni eternidad. Existir es sacar provecho de nuestra parte de irrealidad, es vibrar al contacto con el vacío que está en nosotros. El fantoche, por su parte, permanece insensible al suyo, lo abandona, lo deja decaer...

Regresión germinativa, descenso hacia nuestras raíces, la muerte sólo rompe nuestra identidad para mejor permitirnos acceder a ella y resta restablecerla: no tiene sentido más que si le prestamos todos los atributos de la vida.

 Aunque al comienzo, en las primeras percepciones que tenemos de ella, se nos revele dislocación y perdición más tarde, al desvelarnos juntamente la nulidad del tiempo y el precio infinito de cada instante, ejerce sobre nosotros virtudes tonificantes: si bien sólo nos ofrece la imagen de nuestra inanidad, por eso mismo convierte esa inanidad en absoluto, y nos invita a apegarnos a ella. De este modo, rehabilitando nuestro lado «mortal», se instituye en dimensión de todos nuestros instantes, agonía triunfal.

 ¿De qué sirve fijar nuestros pensamientos sobre una tumba, sea la que fuere, y apostar a nuestra podredumbre? Espiritualmente degradante, lo macabro nos hace desembocar en el desgaste de nuestras glándulas, en la pestilencia y las inmundicias de nuestra disolución. Quien se pretende vivo no lo está más que en la medida en que haya escamoteado o superado la idea de su cadáver. Nada bueno resulta de las meditaciones sobre el hecho material de morir. Si concediese a la carne la libertad de dictarme su «filosofía», de imponerme sus conclusiones, tanto me valdría suprimirme antes de conocerlas. Pues todo lo que la carne me enseña supone mi irremisible abolición: ¿acaso no rechaza la ilusión?; ¿y no viene, como intérprete de nuestras cenizas, a contradecir en todo momento nuestras mentiras, nuestras divagaciones, nuestras esperanzas? Desdeñemos, pues, sus argumentos y asociémosla por la fuerza a la lucha contra sus evidencias.

 Para rejuvenecernos por el contacto con la muerte, llega a ocurrirnos el invertir en ella todas nuestras energías, concebir por ella, según el ejemplo de Keats, un apego casi amoroso o constituirla, con Novalis, en el principio que «hace romántica» la vida. Si este último debía llevar la nostalgia hasta la sensualidad, si fue efectivamente un sensual de la muerte, le estaba reservado a otro, a Kleist, sacar de ella una «felicidad» muy íntima. «Ein Strudel von nie geahnter Seligkeit hat mich ergriffen...», escribió antes de matarse. Ni derrota ni abdicación: su fin fue una rabia dichosa, una locura ejemplar y concertada, uno de los raros éxitos de la desesperación. Lo de que Novalis fue el primero en haber experimentado la muerte «como artista», ésta frase de Schlegel me parece aún más exacta para Kleist, equipado como nadie para morir. Inigualado, perfecto, obra maestra de tacto y de buen gusto, su suicidio hace inútiles todos los demás.

Aniquilamiento primaveral, realización más que abismo, la muerte sólo nos da vértigo para mejor elevarnos por encima de nosotros mismos, a idéntico título que el amor, con el cual está emparentada por más de un aspecto: uno y otra, forzando el marco de nuestra existencia hasta el punto de hacerlo estallar, nos desintegran y nos fortifican, nos arruinan por el rodeo de la plenitud. Sus elementos tan irreductibles como inseparables componen un equívoco fundamental. Si, hasta cierto punto, es cierto que el amor nos pierde, ¡a través de qué sensaciones de dilatación y orgullo lo hace! Y si la muerte nos pierde completamente ¡qué estremecimientos la rodean! Sensaciones y estremecimientos por los que trascendemos el hombre que hay en nosotros, y los accidentes del yo.

 Como uno y otra no nos definen más que en la medida en que proyectamos en ellos nuestros apetitos y nuestros impulsos, en que colaboramos con todas nuestras fuerzas a su naturaleza equívoca, son necesariamente inaprehensibles, por poco que les miremos como realidades exteriores, ofrecidas al juego del intelecto. Uno se sumerge en el amor como en la muerte, pero no se medita sobre ellos: se les saborea, se es su cómplice, pero no se los sopesa. Del mismo modo, toda experiencia que no se convierte en voluptuosidad es una experiencia fallida. Si nos fuera preciso limitarnos a nuestras sensaciones tal cual son, nos parecerían intolerables, pues son demasiado distintas, demasiado desemejantes a nuestra esencia. La muerte no sería para los hombres su gran experiencia perdida, si supieran asimilarla a su naturaleza o metamorfosearla en voluptuosidad. Pero permanece en ellos a un lado; permanece inmodificada, diferente de lo que ellos son.

 Y es otra prueba de su doble realidad, de su carácter equívoco, de la paradoja inherente a la manera en que la experimentemos, que se nos presente juntamente como situación‑límite y como dato directo. Corremos hacia ella y, sin embargo, ya estamos en ella. En el momento mismo en que la incorporamos a nuestra vida, no podemos impedirnos situarla en el futuro. Por una inconsecuencia inevitable, la interpretamos como el futuro que destruye el presente, nuestro presente. Si el miedo nos ayudaba a definir nuestro sentimiento del espacio, la muerte nos abre al verdadero sentido de nuestra dimensión temporal, ya que, sin ella, estar en el tiempo no significaría nada para nosotros o, todo lo más, tanto como estar en la eternidad. De este modo, la imagen tradicional de la muerte, pese a todos nuestros esfuerzos para escapar de ella, persiste en obsesionarnos, imagen de la que los enfermos son los principales responsables. En esta materia todo el mundo está de acuerdo en reconocerles cierta competencia; un prejuicio favorable les atribuye el oficio de la «profundidad», aunque la mayoría den muestras de una desconcertante futilidad. ¿Quién no ha conocido, en su contorno, incurables de opereta?

 Más que ningún otro, el enfermo debería identificarse con la muerte; sin embargo, se empeña en separarse de ella y arrojarla fuera. Como le es más cómo huirla que constatarla en sí mismo, usa todos los artificios posibles para librarse de ella. De su reacción de defensa hace un procedimiento, léase una doctrina. El vulgo que goza de buena salud está encantado de imitarle y seguirle. ¿Sólo el vulgo? Incluso los místicos se sirven de subterfugios, practican la evasión y una táctica de huida: la muerte no es para ellos más que obstáculo que hay que franquear, una barrera que les separa de Dios, un último paso en la duración. En esta vida, ya les sucede a veces, gracias al éxtasis, ese trampolín, el saltar por encima del tiempo: salto instantáneo que no les procura más que un «acceso» de beatitud. Les es preciso desaparecer de veras para alcanzar el objeto de sus deseos: de tal modo que aman la muerte porque les permite acceder a él y la odian porque tarda en llegar. El alma, si creemos a Teresa de Avila, no aspira más que a su creador, pero «ve al mismo tiempo que le es imposible poseerlo si no muere; y como no le es posible darse la muerte, muere de deseo de morir, hasta el punto que se pone realmente en peligro de muerte». Siempre esa necesidad de hacer de la muerte un accidente o un medio, de reducirla al fallecimiento, en lugar de considerarla como una presencia, siempre esa necesidad de despojarla. Y ya que las religiones no han hecho de ella más que un pretexto o un espantapájaros ‑un instrumento de propaganda‑ a los incrédulos corresponde el hacerla justicia y restablecerla en sus derechos.

 Cada uno es su sentimiento de la muerte. De ello se sigue que no podrían denunciarse las experiencias de los enfermos o de los místicos como falsas, aunque pueda dudarse de las interpretaciones que dan de ellas. Estamos en un terreno en que ningún criterio es decisorio, en el que las certezas pululan, en el que todo es certeza, porque nuestras verdades coinciden con nuestras sensaciones y nuestros problemas con nuestras actitudes. Por otro lado, ¿a qué «verdad» aspirar, cuando, a cada momento, estamos comprometidos en otra experiencia dela muerte? Nuestro mismo «destino» no es más que el desarrollo, las etapas de esa experiencia primordial y, sin embargo, cambiante, la traducción al tiempo aparente de ese tiempo secreto en el que se elabora la diversidad de nuestras maneras de morir. Para explicar un destino, los biógrafos deberían romper con su procedimiento habitual, dejar de inclinarse sobre el tiempo aparente, sobre el apresuramiento de una persona en deteriorar su propia esencia. Lo mismo sucede con una época: conocer sus instituciones y sus fechas es menos importante que adivinar la experiencia íntima de la que son signos. Batallas, ideologías, heroísmo, santidad, barbarie, otros tantos simulacros de un mundo interior que es el único que debería interesarnos. Cada pueblo se extingue a su manera, cada pueblo dispone ciertas reglas de expirar y se las impone a los suyos: ni siquiera los mejores de entre ellos podrían hacerlas cambiar o sustraerse a ellas. Un Pascal, un Baudelaire, circunscriben la muerte: el uno la reduce a nuestra búsqueda de salvación, el otro a nuestros terrores fisiológicos. Si bien aplasta al hombre, no por esto deja de permanecer para ellos en el interior dc lo humano. Muy por el contrario, los isabelinos o los románticos alemanes hicieron de ella un fenómeno cósmico, un devenir orgiástico, una nada que vivifica; en resumen, una fuerza en la que hay que volver a empaparse y con la cual es importante mantener relaciones directas. Para el francés, lo que importa no es la muerte en sí misma ‑lapsus de la materia o simple inconveniencia sino nuestro comportamiento frente a nuestros semejantes, la estrategia de los adioses, la contención que nos imponen los cálculos de nuestra vanidad, la actitud, para abreviar; no el debate consigo mismo, sino con los otros: un espectáculo en el que es capital observar los detalles y los móviles. Todo el arte del francés reside en saber morir en público. Saint‑Simon no describe la agonía de Louis XIV, de Monsieur o del Regente, sino las escenas de su agonía. Las costumbres de la Corte, el sentido de la ceremonia y del fasto, lo ha heredado todo un pueblo, afecto como es al aparato y preocupado por asociar cierto brillo al último suspiro. En esto el catolicismo le ha sido útil: ¿no sostiene acaso que nuestra forma de morir es esencial para nuestra salvación, que nuestros pecados pueden ser rescatados por una «hermosa muerte»? Dudoso pensamiento, adaptado empero al instinto histriónico de una nación y que, en el pasado mucho más que hoy, se unía a la idea de honor y de dignidad, al estilo del «hombre honrado» («Honnête homme». N. del T.). De lo que se trataba entonces, aparte de Dios, era de salvar la fachada ante la asistencia, ante los mirones elegantes y los confesores mundanos; no perecer, sino oficiar, salvaguardando su reputación ante testigos y de ellos solos esperando la extremaunción... Ni siquiera los libertinos renunciaban a extinguirse convenientemente, hasta tal punto su respeto a la opinión prevalecía sobre lo irreparable, hasta tal punto seguían los usos de una época en la que morir significaba para el hombre renunciar a su soledad, desfilar por última vez, y en la que los franceses eran, entre todos, los grandes especialistas de la agonía.

Es, sin embargo, dudoso, que apoyándonos sobre el lado «histórico» de la experiencia de la muerte, llegásemos a penetrar mejor su carácter original, ya que la historia no es más que un modo inesencial de ser, la forma más eficaz de infidelidad a nosotros mismos, un rechazo metafísico, una masa de acontecimientos que oponemos al único acontecimiento que importa. Todo lo que apunta a actuar sobre el hombre ‑religiones incluidas‑ está manchado por un sentimiento grosero de la muerte. Y es para buscar uno verdadero, más puro, para lo que los eremitas se refugiaban en esa negación de la historia que es el desierto, comparado a justo título por ellos con el ángel, pues, según sostenían, uno y otro ignoran el pecado, la caída en el tiempo. El desierto, efectivamente, hace pensar en una duración traducida en la coexistencia: un fluir inmóvil, un devenir cautivado por el espacio. El solitario se retira a él, no tanto por aumentar su soledad y enriquecerse de ausencia, como para hacer subir en sí mismo el tono de la muerte.

 Para oír ese tono, nos hace falta aprestar en nosotros un desierto... Si lo logramos, los acordes atraviesan nuestra sangre, nuestras venas se dilatan, nuestros secretos tanto como nuestros recursos aparecen en nuestra superficie en la que el asco y el deseo, el horror y el arrobo se confunden en una fiesta oscura y luminosa. La aurora de la muerte se levanta en nosotros. ¡Trance cósmico, estallido de las esferas, mil voces! Nosotros somos la muerte y todo es la muerte. Nos arrastra, nos lleva, nos arroja al suelo o nos lanza más allá del espacio. Intacta desde siempre las edades no la han desgastado. Cómplices de su apoteosis, sentimos su frescura inmemorial y ese tiempo que no se parece a ningún otro, que le es propio, y que nos hace y nos deshace sin cesar. Mientras nos tenga y nos inmortalice en la agonía, no podremos nunca permitirnos el lujo de morir; y aunque poseamos la ciencia del destino y seamos una enciclopedia de fatalidades, empero nada sabemos, pues es ella quien todo lo sabe en nosotros.

Recuerdo cómo, al salir de la adolescencia, abismado en lo fúnebre, vasallo de un solo pensamiento, entré al servicio de todas las fuerzas que me invalidaban. Mis otros pensamientos no me interesaban: demasiado bien sabía yo a dónde me llevaban, hacia dónde convergían. Desde el punto en que no tenía más que un problema, ¿para qué detenerme en los problemas? Como dejaba de vivir en función de un yo, dejaba a la muerte campo libre para avasallarme; de este modo, yo ya no me pertenecía. Mis terrores, mi mismo nombre, eran llevados por ella y, sustituyendo a mis miradas, me hacía ver en todas las cosas las huellas de su soberanía. En cada transeúnte discernía yo el fiambre, en cada olor, la podredumbre, en cada alegría, la última mueca. Tropezaba en todo lugar con futuros ahorcados, con sus sombras inminentes: el futuro de los otros no comportaba misterio alguno para la que los miraba a través de mis ojos. ¿Estaba yo embrujado? Así me gustaba creer. Además, ¿contra qué reaccionar? La nada era mi hostia: todo en mí y fuera de mí se transubstanciaba en espectro. Irresponsable, en las antípodas de la conciencia acabé por entregarme al anonimato de los elementos, a la embriaguez de la indivisión, completamente decidido a no reasumir de nuevo mi ser ni a convertirme otra vez en un civilizado del caos.

 Incapaz de ver en la muerte la expresión positiva de la vacuidad, el agente que despierta a la criatura, la llamada que resuena en la ubicuidad de los sueños, me sabía la nada de memoria y aceptaba mi saber. Incluso ahora, ¿cómo podría yo desconocer la autosugestión de la que surgió el universo? Protesto, empero, contra mi lucidez. Necesito realidad a cualquier precio. Sólo por cobardía experimento sentimientos; quiero, sin embargo, ser cobarde, imponerme un «alma», dejarme devorar por la sed de lo inmediato, zaherir a mis evidencias, encontrarme un mundo cueste lo que cueste. Si no lo encontrase, me contentaría con una brizna de ser, con la ilusión de que algo existe ante mis ojos o en otra parte. Seré el conquistador de un continente de mentiras. Estar engañado o perecer: no hay otra elección. Al igual que ésos que han descubierto la vida dando un rodeo por la muerte, me precipitaré sobre la primera engañifa, sobre todo lo que pueda recordarme la realidad perdida.

 Tras la cotidianidad del no ser, ¡qué milagro el del ser! Es lo inaudito, lo que no puede ocurrir, un estado de excepción. Nada hace presa en él, salvo nuestro deseo de alcanzarle, de forzar la entrada, de tomarle por asalto.

 Existir es una costumbre que no desespero de adquirir. Imitaré a los otros, a los astutos que lo han logrado, a los tránsfugas de la lucidez, saquearé sus secretos y hasta sus esperanzas, feliz de poder aferrarme con ellos a las indignidades que conducen a la vida. El no me fatiga, él sí me tienta. Habiendo agotado mis reservas de negación, y quizá la negación misma, ¿por que no debería yo salir a la calle a gritar hasta desgañitarme que me encuentro en el umbral de una verdad, de la única válida? Pero cuál pueda ser, eso lo ignoro todavía; no conozco más que la alegría que la precede, la alegría y la locura y el miedo.

 Es esta ignorancia ‑y no el temor al ridículo‑ lo que me quita el valor del alertar al mundo de observar su espanto ante el espectáculo de mi dicha, de mi sí definitivo, de mi sí sin salida...

Como nuestra vitalidad nos viene de nuestros recursos de insensatez, no tenemos, para oponernos a nuestros espantos y a nuestras dudas, más que las certezas y la terapéutica del delirio. A fuerza de sinrazón, convirtámonos en fuente, en origen, en punto inicial, multipliquemos, por todos los medios, nuestros momentos cosmogónicos. No somos verdaderamente más que cuando irradiamos tiempo, cuando soles amanecen en nosotros y prodigamos sus rayos, los cuales iluminan los instantes... Asistimos entonces a esa volubilidad de las cosas, sorprendidas por haber comenzado a existir, impacientes de explayar su asombro con las metáforas de la luz. Todo se infla y se dilata para adquirir el hábito de lo insólito. Generación de milagros: todo converge hacia nosotros, pues todo parte de nosotros. Pero ¿ciertamente de nosotros, de nuestra sola voluntad? ¿Puede el espíritu concebir un día tan luminoso y ese tiempo súbitamente eternizado? Y ¿quién engendra en nosotros ese espacio que tiembla y esos ecuadores ululantes?

Creer que nos sería posible liberarnos del prejuicio de la agonía nuestra más antigua evidencia, sería equivocarnos sobre nuestra capacidad de divagar. De hecho, tras el favor de algunos accesos, caemos de nuevo en el pánico y el asco, en la tentación de la tristeza o el cadáver, en ese déficit del ser, resultado del sentimiento negativo de la muerte. Por grave que sea nuestra recaída, puede, sin embargo, sernos útil si hacemos de ella una disciplina que nos induzca a reconquistar los privilegios del delirio. Los eremitas de los primeros siglos nos servirán, una vez más, de ejemplo. Nos enseñarán cómo, para alzar nuestro nivel psíquico, debemos mantener un conflicto permanente con nosotros mismos. Con justicia les llamó un Padre de la Iglesia «atletas del desierto». Fueron combatientes de los que difícilmente imaginamos el estado de tensión, el encarnizamiento contra sí mismos, las luchas. Había algunos que segregaban hasta setecientas oraciones por día; tras cada una de ellas, para contarlas, algunos dejaban caer un guijarro... Aritmética demente que me hace admirar en ellos un orgullo sin igual. No eran precisamente alfeñiques, esos obsesos enfrentados con lo que tenían de más querido: sus tentaciones. Viviendo en función de ellas, las exacerbaban para tener algo contra lo que luchar. Sus descripciones del «deseo» comportan tal violencia de tono que nos irritan los sentidos y nos hacen experimentar un estremecimiento que ningún autor libertino logra inspirarnos. Eran especialistas en glorificar «la carne» en sentido inverso. Si les fascinaba hasta tal punto, ¡qué mérito tienen por haber combatido sus atractivos! Fueron titanes, más desenfrenados, más perversos que los de la mitología, pues éstos, para acumular energía, no hubieran podido, en su simplismo, concebir los beneficios del horror a sí mismo. Dado que nuestros sufrimientos naturales, no provocados, son demasiado incompletos, suele sucedernos el aumentarlos, intensificarlos y crearnos otros artificiales. Entregada a sí misma, la carne nos encierra en un horizonte reducido. Por poco que la sometamos a tortura, agudiza nuestras percepciones y ensancha nuestras perspectivas: el espíritu es el resultado de los suplicios que padece o que se inflige a sí misma. Los anacoretas sabían remediar la insuficiencia de sus males... Tras haber combatido el mundo, les era preciso entrar en guerra consigo mismos. ¡Menuda tranquilidad para sus prójimos! ¿Acaso nuestra ferocidad no viene provocada porque nuestros instintos están demasiado atentos al otro? Si nos inclinamos más sobre nosotros mismos, y nos convertimos en el centro y el objeto de nuestras inclinaciones asesinas, la suma total de intolerancias disminuiría. Nunca se podrá calcular el número de horrores que el monacato primitivo ahorró a la humanidad. Si todos esos eremitas hubiesen permanecido en el siglo, ¡cuántos excesos no habrían cometido! Por fortuna para su época, tuvieron la inspiración de ejercer su crueldad contra sí mismos. Si queremos que nuestras costumbres se dulcifiquen, nos hará falta aprender a volver nuestras garras contra nosotros mismos, a aprovechar la técnica del desierto...

¿Por qué, se dirá, ascender a las nubes esa lepra, esas excepciones repulsivas con las que nos ha gratificado la literatura ascética? Se agarra uno a cualquier cosa. Aun execrando los monjes y sus convicciones, no puedo por menos de admirar sus extravagancias, su naturaleza voluntaria, su aspereza. Tanta energía debe tener un secreto: el mismo que el de las religiones. Aunque quizá no valga la pena ocuparse de ellas, sigue siendo cierto que todo lo que vive, todo rudimento de existencia, participa de una esencia religiosa. Precisemos el sentido de la palabra: es religioso todo lo que nos impide hundirnos, toda mentira que nos protege contra nuestras irrespirables certezas. Cuando me arrogo una parte de eternidad y me imagino una permanencia que me implica, pisoteo la evidencia de mi ser frágil y nulo, miento a los otros como a mí mismo. Si actuase de otra manera, desaparecería inmediatamente. Duramos en tanto duran nuestras ficciones. Cuando las ponemos en claro, nuestro capital de mentiras, nuestro fondo religioso se desvanece. Existir equivale a un acto de fe, a una protesta contra la verdad a una plegaria interminable... Desde el punto en que acceden a vivir, el incrédulo y el devoto se parecen en profundidad, ya que uno y otro han tomado la única decisión que marca a un ser. Ideas, doctrinas, simples fachadas, caprichos y accidentes. Si tú no has resuelto matarte, no hay ninguna diferencia entre los otros y tú, formas parte del conjunto dc los vivientes, todos ellos, en cuanto tales, grandes creyentes. ¿Os dignáis respirar? Os acercáis a la santidad, merecéis la canonización...

 Si, además, descontento de ti mismo, quieres cambiar de naturaleza, te comprometes doblemente en un acto de fe: quieres dos vidas en una sola. Esto es justamente a lo que aspiraban nuestros ascetas cuando, haciendo de la muerte un modo de no morir, se complacían en las vigilias, en los gritos, en el atletismo nocturno. Imitar su desmesura, superarla incluso, es algo que alcanzaremos cuando hayamos maltratado nuestra razón tanto como ellos la suya. «Me guía alguien que está aún más loco que yo», así habla nuestra sed. Sólo nos salvan las manchas, las opacidades de nuestra clarividencia: si fuese de una trasparencia perfecta, nos despojaría de la insensatez que nos habita y a la que debemos lo mejor de nuestras ilusiones y nuestros conflictos.

 Como toda forma de vida traiciona y desnaturaliza a la Vida, el auténtico viviente asume un máximo de incompatibilidades, se encarniza en el placer y en el dolor, adopta los matices de uno y otro, rechaza toda sensación distinta y todo estado sin mezcla. La aridez interior procede del imperio que lo definido ejerce sobre nosotros, del rechazo que dirigimos a la imprecisión, a nuestro caos innato, el cual, renovando nuestros delirios, nos preserva de la esterilidad. Y es contra ese factor benéfico, contra ese caos, contra el que reaccionan todas las filosofías, todas las escuelas. Si no le rodeamos de los mayores cuidados, derrochamos nuestras últimas reservas: las que sostienen y estimulan la muerte en nosotros, y la impiden envejecer...

 Tras haber hecho de la muerte una afirmación de la vida, convertido su abismo en una ficción salvadora, agotado nuestros argumentos contra la evidencia, estamos acechados por el marasmo: es la revancha de nuestra bilis, de nuestra naturaleza, de ese demonio del buen sentido que, adormecido durante un tiempo, se despierta para denunciar la ineptitud y el ridículo de nuestra voluntad de ceguera. ¡Todo un pasado de visión sin piedad, de complicidad con nuestra pérdida, de habituamiento al veneno de las verdades, y tantos años contemplando nuestros despojos para destilar de ellos el principio de nuestro saber! Sin embargo, debemos aprender a pensar contra nuestras dudas y contra nuestras certezas, contra nuestros humores omniscientes, debemos, sobre todo, forjándonos otra muerte, una muerte incompatible con nuestra carroña, consentir en lo indemostrable, en la idea de que algo existe...

 La nada era sin duda más cómoda. ¿Que molesto es disolverse en el Ser!

 

 


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