miércoles, octubre 13, 2021

El Péndulo de Foucault

 


Sólo para vosotros, hijos de la doctrina y de la sabiduría, hemos escrito esta obra. Escrutad el libro, concentraos en la intención que hemos diseminado y emplazado en diferentes lugares; lo que en un lugar hemos ocultado, en otro lo hemos manifestado, para que vuestra sabiduría pueda comprenderlo.

 

(Heinrich Cornelius Agrippa von Nettesheim, De occulta philosophia, 3, 65)

 

La superstición trae mala suerte.

  Raymond Smullyan, 5000 B.C., 1.3.8

 

 

KETER

 

Fue entonces cuando vi el Péndulo. 

La esfera, móvil en el extremo de un largo hilo sujeto de la bóveda del coro, describía sus amplias oscilaciones con isócrona majestad. 

Sabía, aunque cualquiera hubiese podido percibirlo en la magia de aquella plácida respiración, que el período obedecía a la relación entre la raíz cuadrada de la longitud del hilo y ese número “pi” que, irracional para las mentes sublunares, por divina razón vincula necesariamente la circunferencia con el diámetro de todos los círculos posibles, por lo que el compás de ese vagar de una esfera entre uno y otro polo era el efecto de una arcana conjura de las más intemporales de las medidas, la unidad del punto de suspensión, la dualidad de una dimensión abstracta, la naturaleza ternaria de él, el tetrágono secreto de la raíz, la perfección del círculo. 

También sabía que en la vertical del punto de suspensión, en la base, un dispositivo magnético, comunicando su estímulo a un cilindro oculto en el corazón de la esfera, garantizaba la constancia del movimiento, artificio introducido para contrarrestar las resistencias de la materia, pues no sólo era compatible con la ley del Péndulo, sino que, precisamente, hacía posible su manifestación, porque en el vacío, cualquier punto material pesado, suspendido del extremo de un hilo inextensible y sin peso, que no sufriese la resistencia del aire ni tuviera fricción con su punto de sostén, habría oscilado en forma regular por toda la eternidad. 

La esfera de cobre despedía pálidos, cambiantes reflejos, comoquiera que reverberara los últimos rayos del sol que penetraban por las vidrieras. 

Si, como antaño, su punta hubiese rozado una capa de arena húmeda extendida sobre el pavimento del coro, con cada oscilación habría inscrito un leve surco sobre el suelo, y el surco, al cambiar infinitesimalmente de dirección a cada instante, habría ido ensanchándose hasta formar una suerte de hendidura, o de foso, donde hubiera podido adivinarse una simetría radial, semejante al armazón de una mándala, a la estructura invisible de un pentaculum, a una estrella, a una rosa mística. No, más bien, a la sucesión, grabada en la vastedad de un desierto, de huellas de infinitas, errantes caravanas. Historia de lentas, milenarias migraciones; quizá fueran así las de los Atlántidas del continente Mu, en su tenaz y posesivo vagar, oscilando de Tasmania a Groenlandia, del Trópico de Capricornio al de Cáncer, de la Isla del Príncipe Eduardo a las Svalvard. La punta repetía, narraba nuevamente en un tiempo harto contraído, lo que ellos habían hecho entre una y otra glaciación, y quizá aún seguían haciendo, ahora como mensajeros de los Señores; quizá en el trayecto desde Samoa a Nueva Zembla la punta rozaba, en su posición de equilibrio, Agarttha, el Centro del Mundo. Intuí que un único plano vinculaba Avalón, la hiperbórea, con el desierto austral que custodia el enigma de Ayers Rock. 

En aquel momento, a las cuatro de la tarde del 23 de junio, el Péndulo reducía su velocidad en un extremo del plano de oscilación, para dejarse caer indolente hacia el centro, acelerar a mitad del trayecto, hendir confiado el oculto cuadrilátero de fuerzas que marcaban su destino. 

Si hubiera permanecido allí, indiferente al paso de las horas, contemplando aquella cabeza de pájaro, aquella punta de lanza, aquella cimera invertida, mientras trazaba en el vacío sus diagonales, rasando los puntos opuestos de su astigmática circunferencia, habría sucumbido a un espejismo fabulador, porque el Péndulo me habría hecho creer que el plano de oscilación habría completado una rotación entera para regresar, en treinta y dos horas, a su punto de partida, describiendo una elipse aplanada, la cual giraba también alrededor de su centro con una velocidad angular uniforme, proporcional al seno de la latitud. ¿Cómo habría girado si el punto hubiese estado sujeto en el ápice de la cúpula del Templo de Salomón? quizá los Caballeros también habían probado allí. quizá el cálculo, el significado final, hubiera permanecido inalterado. quizá la iglesia abacial de Saint Martin-desChamps era el verdadero Templo. En cualquier caso, el experimento sólo habría sido perfecto en el Polo, único lugar en que el punto de suspensión se sitúa en la prolongación del eje de rotación de la Tierra, y donde el Péndulo consumaría su ciclo aparente en veinticuatro horas. 

Pero no por aquella desviación con respecto a la Ley, prevista por lo demás en la Ley, no por aquella violación de una medida áurea se empañaba la perfección del prodigio. Sabía que la Tierra estaba girando, y yo con ella, y Saint Martin-desChamps y toda París conmigo y que juntos girábamos bajo el Péndulo, cuyo plano en realidad jamás cambiaba de dirección, porque allá arriba, en el sitio del que estaba suspendido, y en la infinita prolongación ideal del hilo, allá en lo alto, siguiendo hacia las galaxias más remotas, permanecía, eternamente inmóvil, el Punto Quieto. 

La Tierra giraba, pero el sitio donde estaba anclado el hilo era el único punto fijo del universo. 

Por tanto, no era hacia la Tierra adonde se dirigía mi mirada, sino hacia arriba, allí donde se celebraba el misterio de la inmovilidad absoluta. 

El Péndulo me estaba diciendo que, siendo todo móvil, el globo, el sistema solar, las nebulosas, los agujeros negros y todos los hijos de la gran emanación cósmica, desde los primeros eones hasta la materia más viscosa, un solo punto era perno, clavija, tirante ideal, dejando que el universo se moviese a su alrededor. Y ahora yo participaba en aquella experiencia suprema, yo, que sin embargo me movía con todo y con el todo, pero era capaz de ver Aquello, lo Inmóvil, la Fortaleza, la Garantía, la niebla resplandeciente que no es cuerpo ni tiene figura, forma, peso, cantidad o calidad, y no ve, no oye, ni está sujeta a la sensibilidad, no está en algún lugar o en algún tiempo, en algún espacio, no es alma, inteligencia, imaginación, opinión, número, orden, medida, substancia, eternidad, no es tinieblas ni luz, no es error y no es verdad. 

Me devolvió a la realidad un diálogo, preciso y desganado, entre un chico con gafas y una chica desgraciadamente sin ellas. 

--Es el péndulo de Foucault --estaba diciendo él--. Primer experimento en un sótano en 1851, después en el Observatoire y más tarde bajo la cúpula del Panthéon, con un hilo de sesenta y siete metros y una esfera de veintiocho kilos. Por último, desde 1855 está instalado aquí, a escala reducida, y cuelga de aquel orificio, en el centro del crucero. 

--¿Y qué hace? ¿Tambalearse? 

--Demuestra la rotación de la Tierra. Como el punto de suspensión permanece inmóvil... 

--¿Y por qué permanece inmóvil? 

--Porque un punto... cómo te diré... en su punto central, a ver si me explico, todo punto que esté justo en el centro de los puntos que ves, pues bien, ese punto, el punto geométrico, no lo ves, no tiene dimensiones, y lo que no tiene dimensiones no puede moverse hacia la derecha ni hacia la izquierda, ni hacia arriba ni hacia abajo. Por tanto, no gira. ¿Entiendes? Si el punto no tiene dimensiones, ni siquiera puede girar alrededor de sí mismo. Ni siquiera tiene sí mismo... 

--¿Tampoco si la Tierra gira? 

--La Tierra gira pero el punto no. Si te gusta, bien; si no, te aguantas. ¿Estamos? 

--Eso asunto suyo. 

Miserable. Encima de su cabeza tenía el único lugar estable del cosmos, la única redención de la condenación del pantarei y pensaba que era asunto suyo, y no Suyo. Y poco después ambos se alejaron; él, adoctrinado con algún manual que había oscurecido su capacidad de asombro, ella, inerte, inaccesible al estremecimiento del infinito, se alejaron sin que, en su memoria, hubiera quedado huella alguna de aquel encuentro pavoroso, el primero y el último, con el Uno, el En-sof, lo Indecible. ¿Cómo no postrarse de hinojos ante el altar de la certeza? 

Yo miraba con temor reverente. En aquel momento estaba convencido de que Jacopo Belbo tenía razón. Cuando me hablaba del Péndulo, su emoción me parecía fruto de un delirio estético, de ese cáncer que lentamente estaba cobrando forma informe, en su alma, y poco a poco, sin que él se diese cuenta, iba transformando su juego en realidad. Pero si tenía razón con respecto al Péndulo, quizá también fuera cierto todo el resto, el Plan, la Conjura Universal, y era justo que ahora yo estuviese allí, en la víspera del solsticio de verano. Jacopo Belbo no había enloquecido, sólo había descubierto, jugando, a través del Juego, la verdad. 

Es que la experiencia de lo Numinoso no puede durar mucho tiempo sin trastornar la mente. 

Traté entonces de apartar la vista siguiendo la curva que, desde los capiteles de las columnas dispuestas en semicírculo, se prolongaba por las nervaduras de la bóveda hasta la clave, repitiendo el misterio de la ojiva, que se apoya en una ausencia, suprema hipocresía estática, y a las columnas les hace creer que empujan hacia arriba las aristas, mientras que a éstas, rechazadas por la clave, las persuade de que son ellas quienes afirman las columnas contra el suelo, cuando en realidad la bóveda es todo y nada, efecto y causa al mismo tiempo. Pero comprendí que descuidar el Péndulo, péndulo de la bóveda, para admirar la bóveda, era como abstenerse de beber en el manantial para embriagarse en la fuente. 

El coro de Saint-Martin-des-Champs sólo existía porque, en virtud de la Ley, podía existir el Péndulo, y éste existía porque existía aquél. No se elude un infinito, pensé, huyendo hacia otro infinito, no se elude la revelación de lo idéntico eludiéndose con la posibilidad de encontrarse con lo distinto. 

Sin poder quitar la vista de la clave de bóveda fui retrocediendo, lentamente, porque en unos pocos minutos, los que habían transcurrido desde que entrara allí, me había aprendido el recorrido de memoria, y las grandes tortugas metálicas que desfilaban a mi lado eran bastante imponentes como para señalar su presencia al rabillo de mis ojos. Retrocedí por la amplia nave, hacia la puerta de entrada, y otra vez pasaron sobre mí aquellos amenazadores pájaros prehistóricos de tela raída y alambre, aquellas malignas libélulas que una voluntad oculta había hecho colgar del techo de la nave. Adivinaba que eran metáforas sapienciales, mucho más significativas y alusivas de lo que el pretexto didascálico hubiera querido, engañosamente, sugerir. Vuelo de insectos y reptiles jurásicos, alegoría de las largas migraciones que el Péndulo estaba compendiando sobre el suelo, arcontes, emanaciones perversas; y ahora se abatían sobre mí, con sus largos picos de arqueoptérix, el aeroplano de Breguet, el de Bleriot, el de Esnault, el helicóptero de Dufaux. 

Así es como se entra, en efecto, al Conservatoire des Arts et Métiers en París; después de haber atravesado un patio del siglo XVIII, penetramos en la vieja iglesia abacial, engastada en edificios más tardíos como antes lo había estado en el primitivo priorato. Nada más entrar nos deslumbra la confabulación entre el universo superior de las celestes ojivas y el mundo atónico de los devoradores de aceites minerales. 

Sobre el piso se extiende una procesión de vehículos automóviles, bicicletas y coches de vapor, desde arriba amenazan los aviones de los pioneros, en algunos casos los objetos están íntegros, aunque desconchados, corroídos por el tiempo, y, en la ambigua luz, en parte natural y en parte eléctrica, se presentan todos cubiertos por una pátina, un barniz de violín viejo; en otros casos sólo quedan esqueletos, chasis, desarticulaciones de bielas y manivelas que amenazan indescriptibles torturas, y uno se imagina ya encadenado, inmovilizado en esas especies de lechos donde algo podía empezar a moverse y a hurgar en nuestra carne, hasta arrancarnos la confesión. 

Más allá de esa secuencia de antiguos objetos móviles, ahora inmóviles, el alma herrumbrada, puros signos de un orgullo tecnológico que ha querido exponerlos a la reverencia de los visitantes, entre la vigilancia de una estatua de la Libertad, modelo reducido de la que Bartholdi proyectara para otro mundo, por la izquierda, y una estatua de Pascal por la derecha, se abre el coro, donde el Péndulo oscila coronado de la pesadilla de un entomólogo enfermo, caparazones, mandíbulas, antenas, proglotis, alas, patas, un cementerio de cadáveres mecánicos que de pronto podrían volver a funcionar todos al mismo tiempo; magnetos, transformadores monofásicos, turbinas, grupos convertidores, máquinas de vapor, dínamos, y al fondo, más allá del Péndulo, en la girola, ídolos asirios, caldeos, cartagineses, grandes Baales de vientre antaño incandescente, vírgenes de Nuremberg con el corazón descubierto, erizado de clavos, los otrora poderosos motores de aviación, indescriptible corona de simulacros postrados en adoración del Péndulo, como si los hijos de la Razón y de las Luces hubieran sido condenados a custodiar eternamente el símbolo mismo de la Tradición y de la Sabiduría. 

Los turistas aburridos, que pagan sus nueve francos en la caja y los domingos entran gratis, pueden pensar que unos viejos señores decimonónicos con la barba amarillenta por la nicotina, el cuello de la camisa ajado y mugriento, la levita impregnada de olor a rapé, los dedos ennegrecidos por los ácidos, la mente agriada por las envidias académicas, fantasmas de caricatura que se llamaban cher maitre unos a otros, pusieron aquellos objetos bajo aquellas bóvedas por virtuoso espíritu didáctico, para satisfacer al contribuyente burgués y radical, para celebrar los destinos de esplendor y de progreso. Pero no, no, Saint-Martin-desChamps había sido concebido primero como priorato y después como museo revolucionario, como florilegio de archisecretos arcanos, y aquellos aeroplanos, aquellas máquinas automóviles, aquellos esqueletos electromagnéticos estaban allí para mantener un diálogo cuya fórmula aún se me escapaba. 

¿Acaso hubiese tenido que creer que, como me decía hipócritamente el catálogo, la bella iniciativa había partido de los señores de la Convención para facilitar el acceso de las masas a un santuario de todas las artes y oficios, cuando era tan evidente que el proyecto, las palabras mismas utilizadas, correspondían exactamente a las que Francis Bacon empleara para describir la Casa de Salomón en la Nueva Atlántida? 

¿Era posible que sólo yo, yo y Jacopo Belbo, y Diotallevi, hubiésemos intuido la verdad? quizá aquella noche conocería la respuesta. Tenía que conseguir a toda costa quedarme en el museo a la hora del cierre, para esperar hasta medianoche. 

Por dónde entrarían Ellos no lo sabía, sospechaba que en el entramado del alcantarillado de París había un conducto que llevaba desde algún punto del museo hasta algún lugar de la ciudad, quizá cercano a la Porte St-Denis; lo que sí sabía era que, una vez fuera, no sería capaz de encontrar esa entrada. De modo que necesitaba esconderme, y permanecer en el recinto. 

Traté de evitar la fascinación de aquel sitio y de mirar la nave con ojos indiferentes. Ahora ya no buscaba una revelación, sólo quería obtener una información. Imaginaba que en las otras salas sería difícil encontrar un lugar que me permitiera burlar la vigilancia de los guardianes (su obligación, a la hora de cerrar, consiste en dar una vuelta por las salas, atentos a que no haya un ladrón agazapado en alguna parte), pero ¿qué mejor que esta nave rebosante de vehículos, para instalarse en algún sitio como pasajero? Esconderse, vivo, en un vehículo muerto. Al fin y al cabo, después de tantos juegos, ¿por qué no intentar también éste? 

Vamos, ánimo, dije para mis adentros, deja de pensar en la Sabiduría: pide ayuda a la Ciencia. 

“Tenemos diversos y curiosos Relojes, y otros que realizan movimientos alternativos... Y también tenemos casas de los engaños de los sentidos, donde efectuamos todo tipo de manipulaciones, falsas apariencias, imposturas e busiones... Estas son, hijo mío, las Riquezas de la Casa de Salomón”.

 

(Francis Bacon. New Atlantis, ed. Rawley, Londres, 1627. pp. 41-42) 

Había recobrado el dominio de mis nervios y de mi imaginación. Tenía que jugar con ironía, como había jugado hasta hacía unos pocos días, sin dejarme atrapar por el juego. Estaba en un museo y tenía que ser dramáticamente astuto y lúcido. 

Eché una mirada confiada a los aeroplanos que colgaban sobre mi cabeza: hubiera podido encaramarme a la carlinga de un biplano y esperar la llegada de la noche como si estuviera sobrevolando el Canal de la Mancha, saboreando de antemano la Legión de Honor. Los nombres de los automóviles expuestos a mi alrededor despertaban agradables nostalgias... Hispano Suiza 1932, bello y acogedor. No me servía porque estaba demasiado cerca de la caja, pero habría podido engañar al empleado si me hubiese presentado con knickerbockers, cediendo el paso a una dama de traje color crema, larga bufanda en torno al largo cuello, sombrerito de campana acomodado sobre el pelo a la garzon. El Citroen C64 de 1931 sólo se exhibía en sección vertical, excelente modelo escolar, pero ridículo escondite. 

Ni que hablar de la máquina de vapor de Cugnot, enorme, toda ella caldera o marmita. Había que examinar el lado derecho, donde se alineaban junto a la pared los velocípedos de grandes ruedas art nouveau, las draisiennes de barra plana, como un patinete, evocación de caballeros con chistera que corretean por el Bois de Boulogne, abanderados del progreso. 

Frente a los velocípedos, buenas carrocerías, apetecibles refugios. quizá no el Panhard Dynavia de 1945, demasiado transparente y angosto en su diseño aerodinámico, muy interesante, en cambio, el alto Peugeot 1909, una buhardilla, una alcoba. Una vez dentro, sumergido en los asientos de piel, nadie hubiese sospechado que estaba allí. Pero era difícil subir a él, porque justo enfrente estaba uno de los guardianes, sentado en un banco, de espaldas a las bicicletas. Montar en el estribo, un poco torpe debido al abrigo con vueltas de piel, mientras él, con polainas, la gorra bajo el brazo, me abre respetuosamente la portezuela... 

Me concentré un momento en el Obéissante, 1873, primer vehículo francés de tracción mecánica, para doce pasajeros. Si el Peugeot era un apartamento, éste era un palacio. Pero ni pensar en la posibilidad de subir a él sin atraer la atención de todos. Qué difícil es esconderse cuando los escondites son cuadros de una exposición. 

Volví a atravesar la sala: allí se erguía la estatua de la Libertad, “réclairant le monde”, sobre un pedestal de casi dos metros que semejaba una proa de afilado tajamar. Dentro había una especie de garita desde la que, a través de un ojo de buey de proa, podía observarse un diorama de la bahía de Nueva York. Un buen punto de observación cuando fuera medianoche, porque hubiese permitido dominar, desde la sombra, el coro a la izquierda y la nave a la derecha, las espaldas guardadas por una gran estatua de Gramme, que miraba hacia otros corredores, puesto que estaba situada en una especie de crucero. Pero a plena luz se veía muy bien si la garita estaba ocupada, y un guardián normal hubiese dado una ojeada por allí, para quedarse con la conciencia tranquila, tan pronto como se hubiesen marchado los visitantes. 

No me quedaba mucho tiempo: a las cinco y media cerrarían. Con paso presuroso me dirigí otra vez hacia la girola. Ninguno de los motores podía servirme de refugio. Tampoco, a la derecha, las grandes máquinas para barcos, reliquias de algún Lusitania tragado por las aguas, ni el inmenso motor de gas de Lenoir, con su variado engranaje. No, además, ahora que la luz mermaba y penetraba acuosa por las vidrieras grises, se reavivaba mi temor a esconderme entre aquellos animales que luego reencontraría en la oscuridad, a la luz de mi linterna, renacidos en las tinieblas, jadeantes, con sus densos hálitos telúricos, con huesos y vísceras despellejados, rechinantes y hediondos de babas aceitosas. En medio de aquella colección, que empezaba a sentir inmunda, de genitales Diesel, vaginas de turbina, gargantas inorgánicas que en sus días eructaran, y quizá aquella misma noche volvieran a eructar, llamas, vapores, silbidos, o zumbaran indolentemente como escarabajos, crepitaran como cigarras, en medio de aquellas manifestaciones esqueléticas de una pura funcionalidad abstracta, autómatas capaces de aplastar, segar, desplazar, romper, rebanar, acelerar, golpear, deglutir a explosión, hipar en cilindros, desarticularse como siniestras marionetas, hacer girar tambores, convertir frecuencias, transformar energías, impulsar volantes, ¿cómo podría sobrevivir? Se lanzarían contra mí instigadas por los Señores del Mundo, que las habían promovido para poner en evidencia el error de la creación, dispositivos inútiles, ídolos de los amos del universo inferior. ¿Y cómo podría resistir el embate sin vacilar? 

Tenía que marcharme, tenía que marcharme, todo era una locura; yo, el hombre de la incredulidad, me estaba dejando enredar en el juego que ya había trastornado a Jacopo Belbo... 

No sé si la otra tarde hice bien en quedarme. Si me hubiese marchado, ahora sólo conocería el comienzo y no el final de la historia. O bien no estaría aquí, como estoy ahora, aislado en lo alto de esta colina mientras allá abajo ladran los perros, preguntándome si aquello realmente fue el final, o si el final aún está por llegar. 

Decidí seguir adelante. Salí de la iglesia doblando a la izquierda junto a la estatua de Gramme y metiéndome por una galería. Estaba en el sector del ferrocarril, y las locomotoras y vagones en miniatura me parecieron tranquilizadores juguetes multicolores, sacados de una Bengodi, una Madurodam, una Disneylandia... Ya me estaba acostumbrando a aquella alternancia de angustia y de confianza, terror y desencanto (¿no son éstos los primeros síntomas de enfermedad?), y pensé que las visiones de la iglesia me habían perturbado sólo porque a ellas llegaba seducido por las páginas de Jacopo Belbo, descifradas a costa de tantos enigmáticos ardides, aun sabiendo que eran falsas. Estaba en un museo de la técnica, estás en un museo de la ciencia, me repetía, una idea sana, quizá un poco estúpida, pero con todo un reino de muertos inofensivos, ya sabes cómo son los museos, nadie fue devorado jamás por la Gioconda, monstruo andrógino, Medusa sólo para los estetas, y menos aún podrá devorarte la máquina de Watt, que sólo puede haber espantado a los aristócratas osiánicos y neogóticos, y por eso tiene ese aspecto tan patéticamente ecléctico, funcionalidad y elegancia corintia, manivela y capitel, caldera y columna, rueda y tímpano. 

Aunque estuviese lejos, Jacopo Belbo estaba tratando de hacerme caer en la trampa alucinatoria que había sido su perdición. Es necesario, decía para mis adentros, que me comporte como un científico. ¿Acaso el vulcanólogo se quema como Empédocles? ¿Huía Frazer acosado por el bosque de Nemi? Vamos, eres Samáspade, profesión: explorar los bajos fondos. La dama de tu corazón debe morir antes del final, mejor por tu mano. Adiós muñeca, ha sido muy hermoso, pero eras un autómata sin alma. 

Sucede, sin embargo, que después de la galería dedicada a los medios de transporte viene el atrio de Lavoisier, que da a la gran escalinata por donde se sube a los pisos superiores. 

Aquel contrapunto de vitrinas a los lados, aquella especie de altar alquímico en el centro, aquella liturgia de civilizada macumba dieciochesca no eran efecto de una disposición casual, sino una estratagema simbólica. 

Ante todo, la abundancia de espejos. Donde hay espejo hay estadio humano, quieres verte. Pero no te ves. Te buscas, buscas la posición en el espacio en la que el espejo te diga “estás ahí, y ése eres tú”. Tanto sufrimiento, tanta inquietud para que los espejos de Lavoisier, ya sean cóncavos o convexos, te engañen, se burlen de ti: retrocedes y te encuentras, pero te mueves y te pierdes. Aquel teatro catóptrico había sido montado para arrebatarte toda identidad y hacerte desconfiar de tu posición. Una manera más de decirte: no eres el Péndulo, ni estás en la posición del Péndulo. La inseguridad te atenaza, no sólo con respecto a ti mismo, sino también acerca de los mismos objetos situados entre tú y otro espejo. Sí claro, la física te explica de qué se trata y cómo funciona: un espejo cóncavo recoge los rayos que proceden de determinado objeto, en este caso un alambique sobre una olla de cobre, y los refracta de manera que no veas el objeto nítidamente en el espejo; sólo lo intuyes fantasmal, invertido, suspendido en el aire y fuera del espejo. Desde luego, bastará con cambiar de posición para que desaparezca el efecto. 

Pero de pronto me vi, invertido, en otro espejo. 

Insoportable. 

¿Qué había querido decir Lavoisier? ¿Qué querían sugerir los artífices del Conservatoire? Desde el medioevo árabe, desde Alhacen, conocemos todas las magias de los espejos. ¿Valía la pena realizar la Enciclopedia, el Siglo de las Luces, la Revolución, para afirmar que basta con curvar un espejo para precipitarse en lo imaginario? ¿No es una ilusión lo que nos ofrece el espejo normal, la imagen de ese otro que nos mira desde su zurdera perpetua mientras nos afeitamos cada mañana? ¿Valía la pena que nos dijeran sólo eso, en esta sala, o acaso lo habrán dicho para sugerirnos otra manera de mirar todo el resto, las vitrinas, los instrumentos que fingen celebrar los orígenes de la física y la química Ilustradas? 

Máscara de cuero para protegerse en los experimentos de calcinación. 

¿De veras? ¿De veras el señor que sostiene esas velas bajo la campana se ponía aquella careta de rata de alcantarilla, aquel atuendo de invasor extraterrestre, para que no se le irritaran los ojos? Oh, how delicate, doctor Lavoisier. Si querías estudiar la teoría cinética de los gases, ¿por qué reconstruiste tan meticulosamente la pequeña pila eólica, un piquito encima de una esfera que, si se calienta, gira vomitando vapor, cuando la primera pila eólica ya había sido construida por Herón, en tiempos de la Gnosis, como auxiliar de las estatuas hablantes y otros prodigios de los sacerdotes egipcios? 

¿Y qué era aquel aparato para el estudio de la fermentación pútrida, 1781, bella alusión a los fétidos bastardos del Demiurgo? Una sucesión de tubos de vidrio que desde un útero como un bulbo pasan por esferas y conductos, sostenidos por horquillas, entre dos ampollas, y que se transmiten cierta esencia de una a otra mediante serpentines que desembocan en el vacío... ¿Fermentación pútrida? -Balneum Mariae, sublimación del hidrargirio, mysterium conjunctionis, producción del Elixir! 

¿Y la máquina para estudiar la fermentación (otra vez) del vino? ¿Una secuencia de arcos de cristal tendidos entre atanor y atanor, que salen de un alambique para ir a parar a otro? Y esas gafitas, y la clepsidra diminuta, y el pequeño electroscopio, y la lente, la navajita de laboratorio que semeja un carácter cuneiforme, la espátula con palanca expulsora, la cuchilla de cristal, el pequeño crisol en tierra refractaria de tres centímetros para producir un homunculus del tamaño de un gnomo, útero infinitesimal para diminutísimas clonaciones, las cajas de caoba llenas de paquetitos blancos, que parecen comprimidos de farmacia de pueblo, envueltos con pergaminos cubiertos de caracteres intraducibles, que contienen especímenes mineralógicos (según dicen), en realidad fragmentos de la Sábana Santa de Basílides, relicarios que custodian el prepucio de Hermes Trismegisto, y el martillo de tapicero, largo y delgado, que marcará el comienzo de un brevísimo día del juicio, una subasta de quintaesencias que se celebrará entre el Pequeño Pueblo de los Elfos de Avalón, y el inefable aparatito para analizar la combustión de los aceites, los glóbulos de vidrio dispuestos como pétalos de trébol de cuatro hojas, otros tréboles de cuatro hojas enlazados por tubos de oro, y todos ellos conectados con otros tubos de cristal que desembocan en un cilindro cobrizo, debajo otro cilindro de oro y vidrio y más abajo aún, otros tubos, apéndices colgantes, testículos, glándulas, excrecencias, crestas... ¿Es ésta la química moderna? ¿Y por eso hubo que guillotinar al autor, si al fin y al cabo nada se destruye y todo se transforma? ¿O lo mataron para que no hablara de lo que veladamente estaba revelando? Como Newton, que, a pesar de ser el padre de la física moderna, siguió meditando sobre la Cábala y las esencias cualitativas. 

La sala Lavoisier del Conservatoire es una confesión, un mensaje cifrado, un epítome de todo el museo, burla de la arrogancia de la razón moderna, susurro de otra clase de misterios. Jacopo Belbo tenía razón, la Razón estaba equivocada. 

Tenía que darme prisa, se estaba haciendo tarde. Vi el kilo, el metro, las medidas, falsas garantías de garantía. Aglie me había enseñado que el secreto de las pirámides no se descubre calculándolas en metros, sino en antiguos codos. Allí estaban también las máquinas aritméticas, ficticio triunfo de lo cuantitativo, en realidad promesa de cualidades ocultas de los números, retorno a los orígenes del Notariqon de los rabinos que huían por los eriales de Europa. Astronomía, relojes, autómatas, pobre de mí si llegaba a detenerme ante aquellas nuevas revelaciones. Estaba penetrando en el centro mismo de un secreto en forma de Theatrum racionalista, deprisa, deprisa, ya exploraría después, entre la hora de cierre y la medianoche, aquellos objetos que a la oblicua luz del ocaso revelaban su verdadero rostro, figuras, no instrumentos. 

Arriba, por las salas de los oficios, de la energía, de la electricidad, total en esas vitrinas no podría haberme escondido. A medida que iba descubriendo, o intuyendo, el sentido de aquellas secuencias, me invadía la ansiedad de no encontrar a tiempo un escondrijo desde donde asistir a la revelación nocturna de la oculta razón de todas ellas. Me movía como un hombre acorralado, por el reloj y el avance terrible de la cantidad. La Tierra giraba inexorable, se acercaba la hora, dentro de poco me echarían. 

Hasta que, después de atravesar la galería de los dispositivos eléctricos, llegué a la salita de los cristales. ¿Qué plan absurdo había establecido que después de los aparatos más avanzados y costosos creados por el ingenio moderno debía haber una zona reservada a prácticas conocidas ya por los fenicios, hace millares de años? Era una sala colecticia donde las porcelanas chinas alternaban con vasos andróginos de Lalique, poteries, mayólicas, azulejos, cristales de Murano y, al fondo, en una enorme arqueta transparente, a escala natural y en tres dimensiones, un león matando a una serpiente. Su presencia se justificaba al parecer porque el grupo estaba realizado totalmente en pasta de vidrio, pero otra debía de ser la razón emblemática... Traté de recordar dónde había visto ya aquella imagen. De pronto lo supe. El Demiurgo, el abominable fruto de la Sophia, el primer arconte, Ildabaoth, el responsable del mundo y de su defecto radical, tenía forma de una serpiente y de un león, y sus ojos arrojaban luz de fuego. 

Quizá todo el Conservatoire fuese una imagen del proceso infame por el que de la plenitud del primer principio, el Péndulo, y del resplandor del Pleroma, el Ogdoada se exfolia, de eón en eón, hasta llegar al reino cósmico, donde reina el Mal. Pero entonces aquella serpiente y aquel león me estaban anunciando que mi viaje iniciático, ay de mí, a rebours, tocaba a su fin y que pronto volvería a ver el mundo, no como debe ser, sino como es. 

Y en efecto advertí que en el rincón de la derecha, contra una ventana, estaba la garita del Périscope. Entré. Me encontré frente a una placa de vidrio, como un cuadro de mando, en la que veía moverse las imágenes de una película, muy desenfocadas, la sección vertical de una ciudad. Después comprendí que la imagen era proyectada por otra pantalla, situada encima de mi cabeza, en la que aparecía invertida, y que esa segunda pantalla era el ocular de un rudimentario periscopio, construido, por decirlo así, con dos cajones ensamblados en ángulo obtuso, el más largo tendido como un tubo fuera de la garita, encima de mi cabeza y a mis espaldas, hacia una ventana desde la cual, claramente por un juego interno de lentes que le permitía abarcar un amplio  ángulo de visión, captaba las imágenes del exterior. Reconstruyendo el trayecto que había recorrido al subir, me di cuenta de que el periscopio me permitía ver el exterior como si mirase desde las vidrieras superiores del ábside de Saint-Martin-des-Champs. Como si mirase colgando del Péndulo, última visión de un ahorcado. Adapté mejor la pupila a aquella imagen imprecisa: ahora podía ver la rue Vaucanson, a la que daba el coro, y la rue Conté, prolongación ideal de la nave. 

La rue Conté desembocaba en la rue Montgolfier a la izquierda y en la rue Turbigo a la derecha, un bar en cada esquina: Le Week End y La Rotonde, y al frente una fachada donde destacaba un cartel que me costó descifrar: LES CREATIONS JACSAM. El periscopio. No era tan obvio que debiera estar en aquella sala de los cristales en lugar de figurar entre los instrumentos ópticos: señal de que era importante que la exploración del exterior se llevase a cabo en aquel sitio, desde ese ángulo, pero no lograba adivinar el motivo de esa decisión. ¿Qué hacía aquel cubículo, positivista y verniano, junto a la invocación emblemática del león y la serpiente? 

Comoquiera que fuese, si tenía la fuerza y el valor de permanecer unas pocas decenas de minutos en aquel sitio, quizá lograría eludir la mirada del guardián. 

Fui submarino durante un tiempo que me pareció interminable. Oía los pasos de los remolones, y luego los de los últimos guardianes. Pensé en acurrucarme debajo de la plancha para evitar mejor cualquier ojeada distraída, pero me contuve porque si me descubrían de pie siempre habría podido fingir que era un visitante absorto, incapaz de apartarse de aquel prodigio. 

Poco después se apagaron las luces y la sala quedó envuelta en la penumbra; la garita se volvió menos oscura, tenuemente iluminada por aquella pantalla en la que seguía clavando la vista puesto que era mi último contacto con el mundo. 

La prudencia aconsejaba que permaneciera de pie, y si los pies me dolieran, en cuclillas, al menos durante dos horas. La hora de cierre para los visitantes no coincide con la de la salida de los empleados. Me sobrecogió el terror de la limpieza: ¿y si ahora empezaban a quitar el polvo de las salas, palmo a palmo? Después pensé que, como por la mañana el museo abría tarde, lo más lógico era que los encargados de la limpieza trabajaran a la luz del día y no durante la tarde. Debía de estar en lo cierto, al menos con respecto a las salas superiores, porque ya no oía ningún paso. Sólo rumores lejanos, algún ruido seco, quizá puertas que se cerraban. Tenía que seguir quieto. Ya tendría tiempo de bajar a la iglesia entre diez y once, o incluso más tarde, porque los Señores sólo llegarían a medianoche. 

En aquel momento un grupo de jóvenes salía de La Rotonde. Una chica pasaba por la rue Conté y doblaba por la rue Montgolfier. No era una zona muy frecuentada, ¿resistiría horas y horas observando el mundo insípido que tenía a mis espaldas? Pero si el periscopio estaba allí, ¿no sería para enviarme mensajes de alguna secreta importancia? Iba a tener ganas de orinar: mejor pensar en otra cosa, eran sólo nervios. 

La de cosas que se te ocurren cuando estás solo y clandestino en un periscopio. Debe de ser como ocultarse en la bodega de un barco para emigrar a tierras lejanas. Y de hecho, la meta final sería la estatua de la Libertad con el diorama de Nueva York. Podría adormecerme, quizá fuera lo mejor. No, y si me despertaba demasiado tarde... 

Lo más peligroso era sucumbir a una crisis de angustia: esa certeza de que dentro de un instante gritarás. Periscopio, sumergible, encallado en el fondo, quizá ya aletean a tu alrededor los grandes peces negros de los abismos, y tú no los ves, y sólo sabes que te está faltando el aire... 

Respiré profundamente varias veces. Concentración. Lo único que en esos casos no nos traiciona es la lista de la lavandería. Recapitular los hechos, enumerarlos, determinar sus causas, sus efectos. He llegado a este punto por esto, y por esta otra razón... 

Revivieron los recuerdos, nítidos, precisos, ordenados. Los recuerdos de los tres frenéticos últimos días, luego los de los dos últimos años, mezclados con recuerdos de hace cuarenta años, tal como los había encontrado al irrumpir en el cerebro electrónico de Jacopo Belbo. 

Recuerdo (y recordaba) para dar algún sentido al desorden de nuestra creación equivocada. Ahora, al igual que la otra tarde en el periscopio, me retraigo en un punto remoto de la mente para emanar una historia como el Péndulo. Diotallevi me había dicho que la primera sefirah es Keter, la Corona, el origen, el vacío primordial. El creó primero un punto, que se convirtió en el Pensamiento, donde dibujó todas las figuras... Era y no era, encerrado en el nombre y eludiendo el nombre, no tenía otro nombre sino “¿Quién?”, puro deseo de ser llamado con un nombre... En principio trazó unos signos en el aura, una oscura llamarada brotó desde su fondo más secreto, como una niebla sin color capaz de dar forma a lo informe, y, tan pronto como ésta empezó a extenderse, en su centro se formó un manantial de llamas que se derramaron para iluminar las sefirot inferiores, en dirección al Reino. 

Pero decía Diotallevi, quizá en ese simsum, en aquel retraimiento, en aquella soledad, estuviese ya implícita la promesa del retorno. 

HOKMAH

In hanc ufilitatem clementes angeli saepe figuras, characteres, formas et voces invenerunt proposueruntque nobis mortalibus et ignotas et stupendas nullius rei iuxta consuetum linguae usumásignificativas, sed per rationis nostrae summam admirationem in assiduam intelligibilium pervestigationem, deinde in illorum ipsorum venerationem et amorem 

(Johannes Reuchlin, De arte caballstica, Hagenhau, 1517,111)

 

Había sucedido dos días antes. Aquel jueves se me pegaban las sábanas y no me decidía a levantarme. Había llegado la tarde del día anterior y había telefoneado a la editorial. Diotallevi seguía en el hospital, y Gudrun era pesimista: seguía igual, o sea cada vez peor. No me atrevía a ir a verle. 

En cuanto a Belbo, no estaba en la oficina. Gudrun me había dicho que había telefoneado para avisar que salía de viaje por razones de familia. ¿Qué familia? Lo extraño era que se había llevado el word processor, Abulafia, como ahora lo llamaba, y la impresora. Gudrun me había dicho que lo había instalado en su casa para terminar un trabajo. ¿Por qué tanto jaleo? ¿No podía escribir en la oficina? 

Me sentía desterrado. Lia y el niño no regresarían hasta la semana siguiente. La noche anterior había ido hasta el Pílades, pero no había encontrado a nadie. 

Me despabiló el teléfono. Era Belbo, su voz sonaba turbada, lejana. 

--Vaya. ¿De dónde llama? Ya le estaba dando por desaparecido en el naufragio de la Armada Invencible... 

--No se lo tome a broma, Casaubon, esto va en serio. Estoy en París. 

--¿París? ¡Pero si el que tenía que ir era yo! Soy yo quien finalmente debo visitar el Conservatoire. 

--Por favor, le digo que no bromee. Estoy en una cabina... no, en un bar, en fin, no sé si podré hablar mucho tiempo... 

--Si le faltan fichas, llame a cobro revertido. Esperaré su llamada. 

--No es un problema de fichas. Estoy con el agua al cuello. --Había empezado a hablar rápidamente, para evitar que le interrumpiera--. El Plan. 

El Plan es cierto. Por favor, no me diga obviedades. Me están buscando. 

--Pero, ¿quién? 

Todavía no lograba comprender. 

--Los templarios, por Dios, Casaubon, sé que no querrá creerme, pero todo era cierto. Creen que tengo el mapa, me han tendido una trampa, me han obligado a venir a París. Quieren que el sábado a medianoche esté en el Conservatoire, el sábado, entiende, la noche de San Juan... --Hablaba de manera inconexa, me resultaba difícil entenderle--. No quiero ir, estoy huyendo, Casaubon, esos me matan. Tiene que avisar a De Angelis... no, con él es inútil... la policía no, por favor... 

--¿Y entonces? 

--No sé, lea los disquettes, en Abulafia, en estos días lo he puesto todo allí, incluso lo que ha sucedido este último mes. Usted no estaba, no sabía a quién contárselo, pasé tres días y tres noches escribiendo... Óigame, vaya a la oficina, en el cajón de mi escritorio hay un sobre con dos llaves. La grande no cuenta, es de la casa de campo, pero la pequeña es la del piso de Milán, vaya y léalo todo, después decida usted solo, o podemos hablar... 

Dios mío, no sé qué hacer... 

--Muy bien, leo. Pero, ¿después cómo hago para encontrarle? 

--No lo sé, estoy cambiando de hotel todas las noches. Vamos a ver, hágalo todo hoy y mañana espéreme en mi casa, trataré de llamarle, si puedo. 

Dios mío, la palabra clave... 

Oí unos ruidos, la voz de Belbo se acercaba y se alejaba variando de intensidad, como si alguien tratase de arrebatarle el micrófono. 

--¡Belbo! ¿Qué sucede? 

--Me han encontrado, la palabra... 

Sonó un golpe seco, como un disparo. Debía de ser el micrófono que había caído y había golpeado contra la pared, o contra esas repisas que hay debajo de los teléfonos. Alboroto. Después el clic del micrófono colgado. Desde luego que no por Belbo. 

Me duché inmediatamente. Tenía que despertar. No comprendía qué estaba sucediendo. ¿El Plan era cierto? Absurdo, lo habíamos inventado nosotros. ¿Quién había capturado a Belbo? ¿Los Rosacruces, el conde de Saint-Germain, la Ocrana, los Caballeros del Temple, los Asesinos? A esas alturas todo era posible, puesto que todo era inverosímil. Podía ser que Belbo hubiese perdido el juicio, en los últimos tiempos estaba tan tenso, no sabía si por Lorenza Pellegrini o porque se sentía más y más atraído por su criatura, aunque el Plan era común, mío, suyo, de Diotallevi; pero era él quien ahora parecía atrapado más allá de los límites del juego. Inútil seguir haciendo hipótesis. Fui a la editorial, Gudrun me recibió comentando agriamente que ahora tenía que encargarse ella sola de los asuntos de la empresa, me precipité en el despacho, encontré el sobre, las llaves, me fui corriendo al piso de Belbo. 

Olor a cerrado, a colillas rancias, los ceniceros estaban llenos por todas partes, en el fregadero montañas de platos sucios, el cubo de la basura atiborrado de latas destripadas. En el estudio, sobre un anaquel, tres botellas de whisky vacías, una cuarta aún contenía dos dedos de alcohol. La casa de alguien que había pasado allí los últimos días sin salir, comiendo cualquier cosa, trabajando con furor, como un intoxicado. 

Eran sólo dos cuartos, atestados de libros que se apilaban en los rincones y con su peso curvaban las tablas de las estanterías. En seguida divisé la mesa donde estaba el ordenador, la impresora, las cajas con los disquetes. Pocos cuadros en los pocos espacios libres de estanterías, y justo frente a la mesa un grabado del siglo XVII, una reproducción cuidadosamente enmarcada, una alegoría que no había visto el mes anterior, cuando subiera a tomar una cerveza antes de marcharme de vacaciones. 

Sobre la mesa, una foto de Lorenza Pellegrini, con una dedicatoria en letra pequeñita y un poco infantil. Salía sólo el rostro, pero la mirada, la mera mirada, me turbaba. Por un instintivo arranque de delicadeza (¿o de celos?) volví la foto sin leer la dedicatoria. 

Había algunas cuartillas. Busqué algo interesante, pero sólo encontré baremos, presupuestos de la editorial. Sin embargo, en medio de esos papeles descubrí un file impreso que, a juzgar por la fecha, debía de remontarse a los primeros experimentos con el ordenador. De hecho, su título era “Abu”. Recordaba el momento en que Abulafia había hecho su entrada en la editorial, el entusiasmo casi infantil de Belbo, los reniegos de Gudrun, las ironías de Diotallevi. 

Sin duda, “Abu” había sido la respuesta privada de Belbo a sus detractores, una novatada ideada por un neófito, pero revelaba muy bien el furor combinatorio con que se había acercado a la máquina. El, que decía siempre con su pálida sonrisa que desde que había descubierto que no podía ser un protagonista había decidido ser un espectador inteligente, inútil escribir cuando falta un motivo serio, mejor reescribir los libros de los otros, como hace el buen redactor editorial, él había encontrado en la máquina una especie de alucinógeno, había empezado a pasear los dedos por el teclado como si estuviese ejecutando variaciones sobre el “Para Elisa” en el viejo piano de la casa, indiferente a las críticas. No pensaba que estuviera creando: él, aterrorizado por la escritura, era consciente de que aquello no era creación, sino prueba de eficiencia electrónica, ejercicio gimnástico. Sin embargo, olvidando sus fantasmas habituales, estaba encontrando en ese juego la fórmula que le permitía entregarse a esa segunda adolescencia típica de la cincuentena. Como quiera que fuese, su pesimismo natural, su difícil ajuste de cuentas con el pasado, se habían paliado en el diálogo con una memoria mineral, objetiva, obediente, irresponsable, transistorizada, tan humanamente inhumana que era capaz de aliviarle su habitual malestar existencial. 

File name: Abu.  

Era una hermosa mañana de finales de noviembre, en principio era el verbo, canta, oh diosa, la cólera del Pélida Aquiles, éstas son las que ostentó murallas. Punto y se va aparte él solito. Prueba, prueba, parakaló, parakaló, con el programa adecuado hasta puedes hacer los anagramas, si has escrito toda una novela sobre un héroe sudista llamado Rhett Butler y una chica caprichosa que se llama Scarlett y luego te arrepientes, sólo tienes que dar una orden y Abu cambia todos los Rhett Butler por príncipes Andrei y las Scarlett por Natasha, Atlanta por Moscú, y has escrito la guerra y paz. 

Ahora Abu hace una cosa: tecleo esta oración, ordeno a Abu que cambie cada “a” por “akka” y cada “o” por “ula”, y saldrá un párrafo casi finlandés. 

Akkahularakka Akkabu hakkace unakka culasakka: tecleula estakka ularakkaciulan, ulardenulla akka akkabu que cakkambie cakkadakka “akka~ pular “akkakkakka" y cakkadakka “ula” pular “ulakka", y sakkaldrakka un pakkarrakkafula cakkasi finlakkandés. 

Oh júbilo, oh vértigo de la diferencia, oh lector/escritor mio ideal que padeces un ideal insomnio, oh finnegans wake, oh animal benévolo y gracioso. No te ayudará a pensar pero te ayuda a pensar por él. Una máquina totalmente espiritual. Si escribes con la pluma de ganso tienes que rascar los laboriosos folios y mojarla a cada instante, los pensamientos se acumulan y el pulso se demora, si escribes a máquina las letras se superponen, no puedes avanzar a la velocidad de tus sinapsis sino sólo con el desgarbado ritmo de la mecánica. En cambio con él, ello (¿ella?) los dedos fantasean, la mente acaricia el teclado, te elevan las doradas alas, que al fin la austera razón critica medite sobre la certeza de la primera impresión. 

Y de que hago para, cojer este bloqe de treatologías ortigráficas y ordeno a la máquia que lo copie y lo inserte en la memoria auxilar y luego lo vuelva a hacer aparecer desde ese limbo en la pantalla, a continuación de sí mismo. Pues bien, estaba tecleando a ciegas y ahora he cogido ese bloque de teratologías y he ordenado a la máquina que repita su error a continuación de sí mismo, pero esta vez lo he corregido y resulta totalmente legible, perfecto, he logrado convertir toda esa suciedad ortográfica en brillo y esplendor académico. 

Hubiese podido cambiar de idea y eliminar el primer bloque: lo dejo sólo para mostrar que en la pantalla pueden coexistir el ser y el deber ser, la contingencia y la necesidad. También podría substraer el bloque infame al texto visible, pero no a la memoria, para conservar el archivo de mis represiones, arrebatando a los freudianos omnívoros y a los virtuosos de las variantes el placer de la conjetura, el oficio y la gloria académica. 

Mejor que la memoria verdadera, porque ésta, tras arduo ejercicio. aprende a recordar, pero no a olvidar Diotallevi está sefardíticamente chiflado por los palacios en los que hay una gran escalinata, y la estatua de un guerrero que comete un crimen horrendo contra una mujer indefensa, y luego pasillos con centenares de habitaciones en las que están representados otros tantos prodigios, apariciones repentinas, sucesos inquietantes, momias animadas, y a cada una de esas imágenes, memorabilísimas, asociamos un pensamiento, una categoría, un elemento del mobiliario cósmico, o incluso un silogismo, un inmenso sorites, cadenas de apotegmas, ristras de hipálages, rosas de zeugmas, danzas de hysteron proteron, logoi apofánticos, jerarquías de stoicheia, procesiones de equinoccios, paralajes, herbarios, genealogías de gimnosofistas, y así hasta el infinito, oh Raimundo, oh Giulio Camillo, que sólo teníais que volver a evocar vuestras visiones para reconstruir en un instante la gran cadena del ser, in love and joy, porque todas las hojas esparcidas en el universo ya formaban un único volumen en vuestra mente, y Proust os hubiese hecho sonreír. Pero cuando Diotallevi y yo pensamos en construir un ars oblivionalis no pudimos descubrir las reglas del olvido. Es inútil: podemos ir en busca del tiempo perdido siguiendo exiguas huellas en el bosque, como Pulgarcito, pero somos incapaces de extraviar deliberadamente el tiempo reencontrado. Pulgarcito siempre regresa como una idea fija. No hay una técnica del olvido, todavía estamos en el nivel de la casualidad natural, lesiones cerebrales, amnesias, o de la improvisación artesanal, qué sé yo, un viaje, el alcohol, la cura de sueño, el suicidio. 

En cambio Abu hasta puede proporcionarnos pequeños suicidios locales, amnesias pasajeras, afasias indoloras. 

Dónde estabas anoche. Pues bien, lector indiscreto, nunca lo sabrás, pero esa linea trunca, asomada al vacio, era precisamente el comienzo de una larga frase que de hecho escribí pero que después deseé no haber escrito (y no haber ni siquiera pensado) porque hubiera deseado que lo que había escrito ni siquiera se hubiese producido. Bastó una orden para que una baba lechosa cubriese ese bloque fatal e inoportuno: oprimí la tecla “borrar” y zas, se esfumó. 

Pero hay más. La tragedia del suicida consiste en que nada más saltar por la ventana, entre el séptimo y el sexto piso, se arrepiente: “¡Oh, si pudiese volver atrás!” Pero nones. Dónde se ha visto. Paf. En cambio Abu es indulgente, te permite recapacitar: todavía podría recuperar mi texto desaparecido si me decidiese a tiempo y oprimiese la tecla correspondiente. Qué alivio. De sólo saber que, si quiero, puedo recordar, lo olvido todo en seguida. 

Ya no iré nunca más por los bares desintegrando naves de extraterrestres con proyectiles rastreadores hasta que el monstruo me desintegre. Esto es mejor, desintegro pensamientos. Es una galaxia con miles y miles de asteroides, todos en fila, blancos o verdes, y uno mismo los crea. Fiat Lux, Big Bang, siete días, siete minutos, siete segundos, y ante nuestros ojos surge un universo en perenne licuefacción, en el que no existen ni siquiera líneas cosmológicas precisas ni nexos temporales, al lado de esto el numerus Clausius es una bicoca, aquí se retrocede también en el tiempo, los caracteres surgen y afloran con aire indolente, se insinúan desde la nada y regresa dócilmente a ella, y cuando llamas, conectas, borras, se disuelven y vuelven a ectoplasmarse en sus lugares naturales, es una sinfonía submarina de enlaces y suaves fragmentaciones, una danza gelatinosa de cometas autófagos, como el lucio de Yellow Submarine, pasas el dedo y lo irreparable empieza a deslizarse hacia atrás, hacia una palabra voraz y desaparece en sus fauces, la palabra succiona y ñam, oscuridad, si no paras se come a sí misma y se alimenta de su propia nada, agujero negro de Cheshire. 

Y si escribes algo que ofende el pudor, todo va a parar al disquette y a éste le pones una palabra clave y ya nadie podrá leerlo, especial para espias, escribes el mensaje, salvas y apagas, después te metes el disco en el bolsillo y te vas de paseo y ni siquiera Torquemada podrá averiguar nunca qué has escrito, sólo lo sabéis tú y el otro (¿el Otro?). Además, si te torturan, finges que confiesas y tecleas la palabra, pero en realidad oprimes una tecla secreta y el mensaje desaparece. 

Oh, había escrito algo, moví el pulgar por error y se ha borrado todo. ¿Qué era? No recuerdo. Sé que no estaba revelando ningún Mensaje. Pero, quién sabe más adelante. 

El que trata de penetrar en la Rosaleda de los Filósofos sin la clave es como el hombre que pretenda caminar sin los pies.

 

(Michael Maier, Atalanta Fugiens, Oppenheim, De Bry, 1618, emblema XXVII)

 

Era todo lo que había a la vista. Tenía que buscar en los disquettes del ordenador. Estaban numerados, y pensé que lo mismo daba probar con el primero. Pero Belbo había hablado de palabra clave. Siempre había guardado celosamente los secretos de Abulafia. 

Y en efecto, tan pronto como puse el disquette, apareció un mensaje que me preguntaba: “¿Tienes la palabra clave?” No era una fórmula imperativa, Belbo era una persona bien educada. 

Una máquina no colabora, sabe que debe recibir la palabra, si no la recibe, calla. Sin embargo, parecía estar diciéndome: “Mira tú, en mi vientre tengo todo lo que deseas saber, pero rasca, rasca, viejo topo, nunca lo encontrarás”. “Ya veremos”, dije para mis adentros, “te gustaba tanto jugar a las permutaciones con Diotallevi, eras el Samáspade de las editoriales, como hubiera dicho Jacopo Belbo, encuentra el halcón.” 

En Abulafia la palabra clave podía tener siete letras. ¿Cuántas permutaciones de siete letras podían hacerse con las veinticuatro letras del alfabeto, calculando también las repeticiones, porque nada impedía que la palabra fuese “cadabra”? En alguna parte existe la fórmula y el resultado debería de ser algo más de seis mil millones. De haber tenido una computadora gigantesca, capaz de encontrar seis mil millones de permutaciones a razón de un millón por segundo, pero claro, después hubiese debido comunicárselas a Abulafia una por una, para probarlas, y sabía que Abulafia tarda diez segundos entre preguntar y verificar la palabra clave. Por tanto, sesenta mil millones de segundos. Puesto que en un año hay poco más de treinta y un millones de segundos, treinta millones para redondear, el tiempo de trabajo hubiera sido de unos dos mil años. No estaba mal. 

Tenía que recurrir a la conjetura. ¿En qué palabra podía haber pensado Belbo? Ante todo, ¿se trataba de una palabra que había encontrado al principio, cuando había empezado a usar la máquina, o bien de una palabra que había escogido, y cambiado, en los últimos días, al darse cuenta de que los disquettes contenían material explosivo y de que, al menos para él, el juego había dejado de ser tal?

Habría cambiado mucho. 

Mejor explorar la segunda hipótesis. Belbo se siente acosado por el Plan, toma el Plan en serio (según me diera a entender por teléfono) y entonces piensa en algún término relacionado con nuestra historia. 

O quizá no: un término relacionado con la Tradición hubiera podido ocurrírseles también a Ellos. Por un momento pensé que quizá Ellos habían entrado en el piso, habían hecho una copia de los disquettes y en aquel instante estaban probando todas las combinaciones posibles en algún sitio remoto. El ordenador supremo en un castillo de los Cárpatos. 

Qué tontería, me dije, no era gente de ordenadores: habrían recurrido al Notariqon, a la Gematriah, a la Temurah, aplicando a los disquettes el mismo método que a la Torah. Y hubieran tardado tanto tiempo como el transcurrido desde que se redactara el Séfer Yesirah. Sin embargo, no había que descartar esa hipótesis. Ellos, si existían; hubieran seguido una inspiración cabalística, y, si Belbo se había convencido de que existían, no era imposible que hubiese escogido el mismo camino. 

Para tranquilizar mi conciencia, probé con las diez sefirot: Keter, Homah, Binah, Hesed, Geurah, Tiferet, Nesah, Hod, Yesod, Malkut, y para más inri añadí la Seinah... Desde luego no funcionó, claro: era la primera idea que se le hubiese ocurrido a cualquiera. 

Sin embargo, la palabra debía de ser algo obvio, que surge de modo casi espontáneo, porque cuando se trabaja en un texto, obsesivamente, como debía de haberlo hecho Belbo en los últimos días, resulta imposible sustraerse al universo de discurso en que se vive. Inhumano suponer que, enajenado por el Plan, se le hubiera ocurrido, no sé, Lincoln o Mombasa. Debía de ser algo relacionado con el Plan. Pero, ¿qué? 

Traté de meterme en los procesos mentales de Belbo, que había escrito fumando como una chimenea, y bebiendo, y mirando a su alrededor. Fui a la cocina, me serví la última gota de whisky en el único vaso limpio que encontré, regresé al teclado, arrellanado contra el respaldo, las piernas sobre la mesa, bebiendo a sorbitos (¿no era así como lo hacía Samáspade?, ¿o era Marlowe?), fisgaba a mi alrededor. Los libros estaban demasiado lejos y no se podían leer los títulos impresos en los lomos. 

Bebí el último sorbo de whisky, cerré los ojos, volví a abrirlos. Frente a mí estaba el grabado del siglo XVII. Era una típica alegoría rosacruz de esa época, tan rica de mensajes cifrados, en busca de los miembros de la Fraternidad. Evidentemente, representaba el Templo de los Rosacruces y en él podía verse una torre coronada por una cúpula, conforme al modelo iconográfico renacentista, cristiano y hebreo, donde el Templo de Jerusalén se reconstruía basándose en el modelo de la mezquita de Omar. 

El paisaje que rodeaba la torre era incoherente e incoherente era la población que lo ocupaba, como en esos jeroglíficos donde se ve un palacio una rana en primer plano, un mulo con una albarda, un rey recibiendo una ofrenda de un paje. En el grabado, abajo a la izquierda un caballero salía de un pozo agarrándose de una polea sujeta, mediante unos absurdos cabrestantes, a un punto situado en el interior de la torre, al que se accedía por una ventana circular. En el centro, un caballero y un viandante; a la derecha, un peregrino de rodillas sosteniendo una gran ancla a modo de cayado. En el lado derecho, casi enfrente de la torre, un pico, un peñasco desde el que se estaba precipitando un personaje con espada, y en el lado opuesto, en perspectiva, el monte Ararat, con el Arca encallada en la cima. En lo alto, en los ángulos, dos nubes iluminadas por sendas estrellas, que despedían rayos oblicuos hacia la torre, a lo largo de los cuales levitaban dos figuras: un desnudo con una serpiente enroscada en torno a la cintura, y un cisne. Siempre en lo alto, en el centro, un nimbo coronado por la palabra “oriens” con caracteres hebraicos sobreimpresos, desde donde surgía la mano de Dios sosteniendo la torre por un hilo. 

La torre se movía sobre ruedas, tenía una primera elevación cuadrada, ventanas, una puerta, un puente levadizo a la derecha, después una especie de pretil con cuatro torrecillas de observación, cada una de ellas habitada por un hombre armado de escudo (historiado con caracteres hebraicos) que agitaba un ramo de palma. Pero se veían sólo tres, el cuarto se adivinaba oculto por la mole de la cúpula octogonal sobre la que se elevaba un cimborrio, también octogonal, del que surgía un par de grandes alas. 

Arriba había otra cúpula más pequeña, con una torrecilla cuadrangular y abierta en grandes arcos sostenidos por finas columnas que dejaban ver una campana en el interior. Después una última cupulita, de bóveda vaída, donde estaba sujeto el hilo sostenido por la mano divina. A ambos lados de la cupulita, la palabra “Fazma”, encima de la cúpula, una cinta con la inscripción: “Collegium Fraternitatis”. 

Las extravagancias no acababan allí, porque por otras dos ventanas redondas de la torre asomaba, a la izquierda, un enorme brazo, desproporcionado con respecto a las demás figuras, que enarbolaba una espada, como si perteneciese al ser alado recluido en la torre, y a la derecha una gran trompeta. La trompeta otra vez... 

Me intrigó el número de aberturas de la torre: demasiadas y demasiado regulares en los cimborrios, casuales en cambio en los lados de la base. 

La torre sólo se veía por dos cuartos, en perspectiva ortogonal, y cabía suponer que por razones de simetría las puertas, las ventanas y los ojos de buey que se veían en un lado también estarían reproducidos en el lado opuesto con el mismo orden. Así pues, cuatro arcos en el cimborrio de la campana, ocho ventanas en el inferior, cuatro torrecillas, seis aberturas entre la fachada oriental y la occidental, catorce entre la fachada septentrional y meridional. Sumé: treinta y seis aberturas. 

Treinta y seis. Hacía más de diez años que me obsesionaba ese número. 

Junto con el ciento veinte. Los rosacruces. Ciento veinte dividido por treinta y seis daba, conservando siete cifras, 3,333333. Era exageradamente perfecto, pero valía la pena probar. Probé. Infructuosamente. 

Caí en la cuenta de que, multiplicada por dos, esa cifra daba algo parecido al número de la Bestia, el 666. Pero también esa conjetura resultó demasiado fantasiosa. 

De pronto me llamó la atención el nimbo central, sede divina. Las letras hebraicas eran muy evidentes, se podían ver incluso desde la silla. Pero Belbo no podía escribir letras hebraicas en Abulafia. Miré mejor: las conocía, claro, de derecha a izquierda, yod, he, waw, he. Iahveh, el nombre de Dios. 

Veintidós letras Fundamentales. El las estableció, grabó, agrupó, pesó e intercambió. Y formó con ellas toda la creación y todo lo destinado a formarse.

 

(Séfer Yesirah, 2.2)

 

El nombre de Dios... Claro. Recordé el primer diálogo entre Belbo y Diotallevi, el día en que instalaron a Abulafia en la oficina. 

Diotallevi estaba de pie en la puerta de su despacho, y hacía ostentación de indulgencia. La indulgencia de Diotallevi siempre era ofensiva, pero Belbo parecía aceptarla con indulgencia, precisamente. 

--No te servirá para nada. ¿No pretenderás copiar ahí los manuscritos que no lees? 

--Sirve para clasificar, para ordenar listas, actualizar fichas. Podría escribir un texto mio, no los de otros. 

--Pero si has jurado que nunca escribirás nada tuyo. 

--He jurado no afligir al mundo con un manuscrito más. He dicho que, puesto que he descubierto que no tengo madera de protagonista... 

--...Serás un espectador inteligente. Ya lo sé. ¿Y entonces? 

--Entonces, incluso el espectador inteligente, cuando regresa de un concierto, tararea el segundo movimiento. Lo que no significa en absoluto que pretenda dirigirlo en el Carnegie Hall... 

--o sea, que harás experimentos de escritura tarareada para descubrir que no debes escribir. 

--Sería una decisión honesta. 

--¿De veras? 

Tanto Diotallevi como Belbo eran de origen piamontés y a menudo disertaban sobre esa capacidad que tienen los piamonteses finos de escuchar con cortesía, mirar a los ojos y decir --¿De veras?--en un tono que parece de interés pero que en realidad infunde un sentimiento de profunda desaprobación. Yo era un bárbaro, me decían, y jamás lograría captar esas sutilezas. 

--¿Bárbaro?--protestaba yo--, nací en Milán, pero mi familia procede del Valle de Aosta... 

--Pamplinas --respondian--, al piamontés se le reconoce en seguida por su escepticismo. 

--Yo soy escéptico. 

--No. Usted sólo es incrédulo, que no es lo mismo. 

Sabia por qué Diotallevi desconfiaba de Abulafia. Había oído decir que con él se podía alterar el orden de las letras, de manera que un texto hubiese podido engendrar su contrario y prometer oscuros vaticinios. Belbo trataba de explicarle. Son juegos de permutación, le decía, ¿no se llama Temurah? ¿Acaso el rabino devoto no procede así para elevarse hasta las puertas del Esplendor? 

--Amigo mio-- le decía Diotallevi--, nunca podrás comprender. Es cierto que la Torah, me refiero a la visible, sólo es una de las permutaciones posibles de las letras de la Torah eterna, tal como Dios la creó y luego entregó a Adán. Y permutando durante siglos las letras del libro se podría llegar a reencontrar la Torah originaria. Pero lo que importa no es el resultado, sino el proceso. La fidelidad con que hagamos girar hasta el infinito el molino de la plegaria y de la escritura, descubriendo poco a poco la verdad. Si esta máquina te ofreciese en seguida la verdad, no la reconocerías, porque tu corazón no estaría purificado por una larga interrogación. ¡Y además en una oficina! El Libro debe susurrarse en un cuchitril del gueto donde día tras día uno aprende a encorvarse y a mover los brazos, apretados contra las caderas, y entre la mano que sostiene el Libro y la que pasa las hojas debe haber un espacio mínimo, y al humedecerse los dedos hay que levantarlos verticalmente hasta los labios, como si se desmigajase pan  ázimo, tratando de no perder ni una pizca. 

La palabra debe comerse muy lentamente, puede disolverse y volver a combinarse sólo si se la derrite en la lengua, y hay que tener mucho cuidado de no babearla sobre el caftán, porque cuando se evapora una letra se rompe el hilo que iba a unirnos a las sefirot superiores. A esto dedicó su vida Abraham Abulafia, mientras vuestro Santo Tomás se afanaba por encontrar a Dios con sus cinco callejuelas. Su Hokmat ha-Seruf era al mismo tiempo ciencia de la combinación de las letras y ciencia de la purificación de los corazones. Lógica mística, el mundo de las letras y de sus vertiginosas, infinitas permutaciones es el mundo de la beatitud, la ciencia de la combinación es una música del pensamiento, pero fíjate, has de proceder lentamente, y con cautela, porque tu máquina podría proporcionarte el delirio, no el éxtasis. Muchos discípulos de Abulafia no fueron capaces de detenerse en el tenue umbral que separa la contemplación de los nombres de Dios de la práctica mágica, de la manipulación de los nombres a fin de transformarlos en talismanes, instrumentos de dominio sobre la naturaleza. No sabían, como tampoco tú sabes, ni sabe tu máquina, que cada letra está ligada a uno de los miembros del cuerpo, y si desplazas una consonante sin conocer su poder, una de tus extremidades podría cambiar de posición, o de naturaleza, y quedarías brutalmente contrahecho, por fuera, de por vida, y por dentro, para toda la eternidad. 

--Vaya --le había dicho Belbo precisamente aquel día--, no me has disuadido, me has alentado. Así es que tengo en mis manos, a mis órdenes, como tus amigos tenían al Golem, a mi Abulafia personal. Lo llamaré Abulafia, para los íntimos Abu. Y mi Abulafia será más cauto y respetuoso que el tuyo, más modesto. ¿El problema no consiste en hallar todas las combinaciones del nombre de Dios? Pues bien, mira en este manual, tengo un pequeño programa en Basic que permite permutar todas las secuencias de cuatro letras. Parece hecho a propósito para IHVH. Aquí está, ¿quieres que te lo enseñe? 

Y le mostraba el programa, que para Diotallevi sí era cabalístico: 

10 REM anagramas 

20 INPUT L$(1), L$(2), L$(3), L$(4)

30 PRINT

40 FOR ll=l TO 4

50 FOR 12=1 TO 4

60 IF 12=11 THEN 130

70 FOR 13=1 TO 4

80 IF 13=11 THEN 120

90 IF 13 = 12 THEN 120 100 LET 14=10 (11+12+13)

l10 LPRINT L$(11); L$(12); L$(13); L$(14)

120 NEXT 13

130 NEXT 12

140 NEXT 11

150 END  

--Prueba, escribe I, H, V, H, cuando te pida el input, y lanza el programa. quizá te lleves un chasco: las permutaciones posibles son sólo veinticuatro. 

--Santos Serafines. ¿Y qué haces con veinticuatro nombres de Dios? 

¿Acaso piensas que nuestros sabios no han hecho ya el cálculo? Ve al Séfer Yesirah, sección décimosexta del capítulo cuarto. Y no tenían ordenadores “Dos Piedras edifican dos Casas. Tres Piedras edifican seis Casas. Cuatro Piedras edifican veinticuatro Casas. Cinco Piedras edifican ciento veinte Casas. Seis Piedras edifican setecientas veinte Casas. Siete Piedras edifican cinco mil cuarenta Casas. De ahora en adelante, sal y piensa en lo que la boca no puede decir y la oreja no puede oir.” ¿Sabes cómo se llama esto hoy? Cálculo factorial. ¿Y sabes por qué la Tradición te avisa de que de ahora en adelante no sigas? Porque si las letras del nombre de Dios fuesen ocho, las permutaciones serian cuarenta mil, y si fuesen diez serían tres millones seiscientas mil, y las permutaciones de tu pobre nombre serian casi cuarenta millones, y agradece que no tienes la middle initial como los americanos, porque si no subirías a más de cuatrocientos millones. Y si las letras de los nombres de Dios fuesen veintisiete, porque el alfabeto hebraico no tiene vocales, sino veintidós sonidos más cinco variantes, sus nombres posibles serian un número de veintinueve cifras. Pero también deberías calcular las repeticiones, porque no puede excluirse la posibilidad de que el nombre de Dios fuese Alef repetido veintisiete veces, y entonces ya no te bastaría el cálculo factorial y tendrías que calcular cuánto es veintisiete a la vigésimo séptima potencia: y tendrías, creo, 444 miles de millones de miles de millones de miles de millones de posibilidades, más o menos, en todo caso, un número de treinta y nueve cifras. 

--Estás haciendo trampa para impresionarme. También yo he leído tu Séfer Yesirah. Las letras fundamentales son veintidós, y con ellas, sólo con ellas, Dios formó toda la creación. 

--Por de pronto, no trates de urdir sofismas, porque si entras en ese orden de magnitudes, si en lugar de veintisiete a la vigésimo séptima calculas veintidós a la vigésimo segunda, también da algo así como trescientos cuarenta mil billones de billones. ¿Y qué diferencia tiene para tu medida humana? ¿Sabes que si tuvieses que contar uno, dos, tres, y así sucesivamente, a razón de un número por segundo, para llegar a los mil millones, a un pequeñisimo millar de millones, tardarías casi treinta y dos años? Pero las cosas no son tan sencillas como crees, y la Cábala no se reduce al Séfer Yesirah. Y te explicaré por qué una buena permutación de la Torah debe basarse en la totalidad de las veintisiete letras. Es cierto que si en el curso de una permutación las cinco finales debiesen figurar en mitad de la palabra, entonces se transformarían en sus equivalentes normales. Pero no siempre es así. En Isaías nueve seis siete, la palabra LMRBH, Lemarbah --que, mira por donde, significa multiplicar-- está escrita con la mem final en posición intermedia. 

--¿Y por qué? 

--Porque cada letra corresponde a un número y la mem normal vale cuarenta mientras que la mem final vale seiscientos. No tiene que ver con la Temurah, que te enseña a permutar, sino con la Gematriah, que descubre sublimes afinidades entre la palabra y su valor numérico. Con la mem final, la palabra LMRBH no vale 277 sino 837, y equivale a "TTZL, Tat Zal", que significa "el que da con prodigalidad". Ya ves que es necesario tomar en cuenta las veintisiete letras, porque no sólo cuenta el sonido sino también el número. Ahora retomemos mi cálculo: las permutaciones son más de cuatrocientos billones de billones de billones. ¿Y sabes cuánto tiempo se necesitaría para probarlas todas, a razón de una por segundo, y suponiendo que una máquina, desde luego no la tuya, tan pequeña y miserable, fuese capaz de hacerlo? Con una combinación por segundo tardarías siete billones de billones de billones de minutos, ciento veintitrés mil millones de billones de billones de horas, algo más de cinco millones de billones de billones de dias, catorce millones de billones de billones de años, ciento cuarenta mil billones de billones de siglos, catorce mil billones de billones de milenios. Y si tuvieses una computadora capaz de probar un millón de combinaciones por segundo, ah, piensa cuánto tiempo ganarías. 

Tu ábaco electrónico te resolvería la papeleta en catorce billones de miles de millones de milenios. Pero en realidad el verdadero nombre de Dios, el nombre secreto, es tan largo como toda la Torah y no hay máquina en el mundo que sea capaz de agotar sus permutaciones, porque la Torah en si misma ya es el resultado de una permutación con repeticiones de las veintisiete letras, y el arte de la Temurah no dice que debes permutar las veintisiete letras del alfabeto, sino todos los signos de la Torah, donde cada signo vale como si fuese una letra independiente, aún cuando aparezca infinitas veces más en otras páginas, como decir que las dos he del nombre de Ihvh valen como dos letras. De manera que, si quisieras calcular las permutaciones posibles de todos los signos de toda la Torah, no te alcanzarían todos los ceros del mundo. Prueba, prueba con tu miserable maquinita para contables. La Máquina existe, sí, pero no se inventó en tu valle de la silicona, es la sagrada Cábala o Tradición, y los rabinos están haciendo desde hace siglos lo que ninguna máquina podrá hacer jamás y confiemos en que nunca haga. Porque una vez agotada la combinatoria, el resultado debería guardarse en secreto y de todos modos el universo habría concluido su ciclo, y nosotros resplandeceriamos obnubilados en la gloria del gran Metatron. 

--Amén --decía Jacopo Belbo. 

Pero ya entonces Diotallevi lo estaba empujando hacia estos vórtices, y yo hubiese debido estar más atento. ¿Cuántas veces no había visto a Belbo probando, después de las horas de oficina, programas que le permitiesen verificar los cálculos de Diotallevi, para demostrarle que al menos su Abu le decía la verdad en pocos segundos, sin tener que calcular a mano, en pergaminos amarillentos, con sistemas numéricos antediluvianos, que a lo mejor, digo por decir, ni siquiera conocían el cero? Todo era en vano, también Abu respondía, hasta donde podía llegar, con cifras exponenciales, y Belbo no lograba humillar a Diotallevi con una pantalla llena de ceros hasta el infinito, pálida imitación visual de la multiplicación de los universos combinatorios y de la explosión de todos los mundos posibles... 

Sin embargo ahora, después de todo lo que había sucedido, y con el grabado rosacruz colgado enfrente, era imposible que Belbo no hubiera regresado, en su busca de una password, a aquellos ejercicios sobre el nombre de Dios. Pero hubiese tenido que jugar con números como el treinta y seis o el ciento veinte, si era cierto, como pensaba yo, que le obsesionaban esas cifras. Por consiguiente, no podía haber combinado las cuatro letras hebraicas porque, lo sabia, cuatro piedras sólo edifican veinticuatro casas. 

Hubiese podido intentarlo con la transcripción italiana, que también contiene dos vocales. Con seis letras disponía de setecientas veinte permutaciones. Habría algunas repeticiones, pero ya Diotallevi había dicho que las dos he del nombre de Iahveh valen como dos letras diferentes. Hubiese podido elegir la trigésimo sexta, o la cientoveinteava. 

Había llegado allí hacia las once, ya era la una. Tenía que componer un programa para anagramas de seis letras, y bastaba con modificar el que ya tenía para cuatro. 

Necesitaba respirar un poco de aire. Bajé a la calle, compré algo de comida, otra botella de whisky. 

Volví a subir, dejé los bocadillos en un rincón, pasé en seguida al whisky inserté el disco de sistema para el Basic, compuse el programa para las seis letras, con los errores habituales, por lo que tardé más de media hora, pero hacia las dos y media el programa estaba funcionando y la pantalla hacia desfilar ante mis ojos los setecientos veinte nombres de Dios. 

Cogía las hojas de la impresora, sin separarlas, como si estuviese consultando el rollo de la Torah originaria. Probé con el nombre número treinta y seis. Oscuridad total. Un último sorbo de whisky y luego, con dedos temblorosos, intenté con el nombre número ciento veinte. Nada. 

Para morirse. Sin embargo, ahora yo era Jacopo Belbo y Jacopo Belbo debía de haber razonado como lo estaba haciendo yo. Debía de haber cometido un error, un error de lo más tonto, un error nimio. Estaba a un paso de la solución. ¿Y si Belbo, por razones que yo no alcanzaba a comprender, hubiese contado desde el final? 

Casaubon, imbécil, dije para mis adentros. Seguro, desde el final. O sea de derecha a izquierda. Sí, Belbo había metido en el ordenador el nombre de Dios trasliterado en caracteres latinos, con las vocales, pero como la palabra era hebrea la había escrito de derecha a izquierda. Su input no había sido IAHVEH, cómo no se me había ocurrido antes, sino HEVHAI. 

Era lógico que entonces se invirtiese el orden de las permutaciones. 

Por tanto, tenía que contar desde el final. Probé otra vez con ambos nombres. 

No sucedió nada. 

Me había equivocado por completo. Me había encaprichado con una hipótesis elegante pero falsa. Les pasa hasta a los mejores científicos. 

No, no a los mejores científicos. A todos. ¿Acaso justo un mes antes no habíamos observado que últimamente se habían publicado al menos tres novelas en las que el protagonista buscaba el nombre de Dios en el ordenador? Belbo no habría sido tan trivial. Y además, vamos, cuando se elige una palabra clave se elige algo fácil de recordar, que se teclee casi instintivamente. ¡Menuda era IHVHEA! Hubiera tenido que superponer el Notariqon a la Temurah, e inventar un acróstico para recordarla. Algo así como: Imelda, Has Vengado a Hiram Espantosamente Asesinado... 

Y además, ¿por qué Belbo tenía que pensar con los conceptos cabalísticos de Diotallevi? El estaba obsesionado por el Plan, y en el Plan habíamos metido muchos otros componentes: los Rosacruces, la Sinarquia, los Homúnculos, el Péndulo, la Torre, los Druidas, la Ennoia... 

La Ennoia... Pensé en Lorenza Pellegrini. Alargué la mano y di la vuelta a la fotografía que había censurado. Traté de apartar un pensamiento inoportuno, el recuerdo de aquella noche en el Piamonte... Acerqué la foto y leí la dedicatoria. Decía: “Porque yo soy la primera y la última. Yo soy la honrada y la odiada. Yo soy la prostituta y la santa. Sophia.” 

Debía de haber sido después de la fiesta de Riccardo. Sophia, seis letras. Y además, ¿por qué había que permutarlas? Era yo el que pensaba de otra manera tortuosa. Belbo ama a Lorenza, la ama precisamente porque es como es, y ella es Sophia, y pensando que ella, en aquel momento, quizá... No, todo lo contrario, Belbo piensa de manera mucho más tortuosa. Evoqué las palabras de Diotallevi: En la segunda Sefirah el Alef tenebroso se transforma en el Alef luminoso. Del Punto Oscuro brotan las letras de la Torah, el cuerpo son las consonantes, el aliento las vocales, y juntas acompañan la cantilena del devoto. Cuando la melodía de los signos se mueve, se mueven con ella las consonantes y las vocales. De allí surge Hokmah, la Sabiduría, el Saber, la idea primordial donde todo está contenido como en un arca, listo para desplegarse en la creación. En Homah está contenida la esencia de todo lo que vendrá después... 

¿Y qué era Abulafia, con su reserva secreta de files? Era el arca de lo que Belbo sabia, o creía saber, su Sophia. El elige un nombre secreto para penetrar en la profundidad de Abulafia, el objeto con el que hace el amor (el único), pero mientras lo hace piensa en Lorenza, busca una palabra que conquiste a Abulafia y que al mismo tiempo también le sirva de talismán para poseer a Lorenza, quisiera penetrar en el corazón de Lorenza y comprender, así como puede penetrar en el corazón de Abulafia, quiere que Abulafia sea impenetrable para todos los demás, tan impenetrable como Lorenza lo es para él, se engaña pensando que custodia, conoce y conquista el secreto de Lorenza así como posee el de Abulafia... 

Estaba inventándome una explicación y me engañaba creyendo que era cierta. Como con el Plan: tomaba mis deseos por la realidad. 

Pero puesto que estaba borracho, volví a acercarme al teclado y escribí SOPHIA. La máquina volvió a preguntarme, amablemente: ¿Tienes la palabra clave? Máquina estúpida, no te emocionas ni siquiera con el pensamiento de Lorenza.  

Judá León se dio a permutaciones de letras y a complejas variaciones Y al fin pronunció el Nombre que es la Clave, la Puerta, el Eco, el Huésped y el Palacio...

 

(J.L, Borges,  El Colem) 

Entonces, por odio a Abulafia, a la enésima obstinada pregunta (“¿Tienes la palabra clave?”) respondí: “No,” 

La pantalla empezó a cubrirse de palabras, de líneas, de indices, de una catarata de discursos. 

Había violado el secreto de Abulafia. 

Estaba tan excitado por la victoria que no me pregunté ni siquiera por qué Belbo había escogido precisamente aquella palabra. Ahora lo sé, y sé que él, en un momento de lucidez, había entendido lo que yo ahora entiendo. Pero el jueves sólo pensé que había ganado. 

Me puse a bailar, a dar palmas, a cantar una canción de la mili. Después me detuve y fui a lavarme la cara. Regresé e hice imprimir ante todo el último file, el que Belbo había escrito antes de huir a Paris. Luego, mientras la impresora graznaba implacable, me puse a comer con voracidad, y a beber de nuevo. 

Cuando se detuvo la impresora, leí y me sentí desconcertado: todavía no era capaz de decidir si me encontraba ante unas revelaciones extraordinarias o ante el testimonio de un delirio. ¿Qué sabía, en el fondo, de Jacopo Belbo? ¿Qué había entendido de él en los dos años en que había estado con él casi cada día? ¿Qué crédito podía dar al diario de un hombre que, como él mismo confesaba, estaba escribiendo en circunstancias excepcionales, ofuscado por el alcohol, el tabaco, el terror, un hombre que llevaba tres días sin tener el menor contacto con el mundo? 

Se había hecho de noche, la noche del veintiuno de junio. Me lloraban los ojos. Desde la mañana tenía la vista clavada en aquella pantalla y en el puntiforme hormiguero que engendraba la impresora. Ya fuese verdadero o falso lo que acababa de leer, Belbo había dicho que telefonearía la mañana siguiente. Tenía que esperar allí. La cabeza me daba vueltas. 

Me dirigí tambaleándome hacia el dormitorio y sin desvestirme me dejé caer en la cama aún deshecha. 

Me desperté hacia las ocho emergiendo de un sueño profundo, viscoso, y al principio no sabía dónde estaba. Por suerte quedaba un tarro de café y me preparé varias tazas. El teléfono no sonaba; no me atrevía a bajar para comprar algo por miedo a que Belbo llamase justo en ese momento. 

Regresé a la máquina y empecé a imprimir los otros discos, por orden cronológico. Encontré juegos, ejercicios, relatos de hechos que conocía, pero que enfocados desde la perspectiva personal de Belbo me ofrecían un rostro diferente. Encontré fragmentos de diario, confesiones, esbozos de narraciones registradas con el amargo amor propio de quien ya conoce su condena al fracaso. Encontré anotaciones, retratos de personas que recordaba bien, pero que ahora adquirían otra fisonomía; me gustaría decir más siniestra, ¿o más siniestra era sólo mi mirada, mi manera de componer alusiones casuales en un espantoso mosaico final? 

Y sobre todo, encontré todo un file que contenía sólo citas. Procedían de las lecturas más recientes de Belbo, podía reconocerlas a primera vista, cuántos textos de ese tipo habíamos leído en los últimos meses... Estaban numeradas: ciento veinte. El número no era casual, o bien la coincidencia era inquietante. Pero, ¿por qué ésas y no otras? 

Ahora no puedo releer los textos de Belbo, y toda la historia que me traen a la memoria, sin la perspectiva de ese file. Desgrano aquellos excerpta como las cuentas de un rosario herético, y aun así soy consciente de que algunos de ellos hubieran podido ser, para Belbo, un toque de alarma, una huella de salvación. 

¿O soy yo quien ya no logra distinguir entre el consejo sensato y la deriva del sentido? Trato de convencerme de que mi lectura es la correcta, pero esta misma mañana bien me ha dicho alguien, a mi, no a Belbo, que estaba loco. 

La luna se eleva lentamente hasta el horizonte más allá del Bricco. Extraños crujidos habitan el caserón, quizá carcomas, ratas o el fantasma de Adelino Canepa... No me atrevo a recorrer el pasillo, estoy en el estudio del tío Carlo y miro por la ventana. De vez en cuando salgo a la terraza para vigilar si alguien se acerca subiendo la colina. Tengo la impresión de estar en una película, vergonzosa: Ya se acercan... 

Sin embargo, la colina está muy tranquila en esta noche ya estival. 

Cuánto más azarosa, incierta, demente, la reconstrucción que, para engañar al tiempo, y para mantenerme vivo, trataba de hacer la otra tarde, de cinco a diez, tieso en el periscopio, mientras para hacer circular la sangre movía lenta, suavemente las piernas, como si llevara un ritmo afrobrasileño. 

Recordar los últimos años abandonándome al embrujador redoble de los “atabaques”... ¿quizá para aceptar la revelación de que nuestras fantasías, iniciadas como una danza mecánica, ahora, en ese templo de la mecánica, se habrían transformado en rito, posesión, aparición y dominio del Exu? 

La otra tarde en el periscopio no tenía prueba alguna de que lo que me había revelado la impresora fuese cierto. Todavía podía defenderme con la duda. A medianoche quizá descubriría que había ido a Paris, que me había escondido como un ladrón en un inocuo museo de la técnica, sólo porque me había metido con verdadera estulticia en una macumba para turistas y había sucumbido a la hipnosis de los perfumadores y al ritmo de los pontos... 

Mi memoria ensayaba unas veces el desencanto, otras la piedra o la sospecha, mientras trataba de reconstruir el mosaico, y ese clima mental, esa alternancia entre ilusión fabuladora y presentimiento de una trampa, quisiera mantener ahora, mientras con mucha más lucidez reflexiono sobre lo que entonces pensaba, mientras reconstruía documentos leídos frenéticamente el día anterior y aquella misma mañana en el aeropuerto y en el avión hacia Paris. 

Trataba de aclararme a mi mismo la irresponsabilidad con que Belbo, Diotallevi y yo habíamos llegado a reescribir el mundo y, Diotallevi me lo hubiera dicho, a redescubrir las partes del Libro que habían sido grabadas a fuego blanco, en los intersticios dejados por aquellos insectos a fuego negro que poblaban, y parecían volver explícita, la Torah. 

Estoy aquí, ahora, después de haber alcanzado, espero, la serenidad y el Amor Fati, para reproducir la historia que, lleno de inquietud, y de esperanza en que fuera falsa, reconstruía en el periscopio, hace dos noches, por haberla leído dos días antes en el piso de Belbo, y por haberla vivido, en parte sin ser consciente de ello, en los últimos doce años, entre el whisky del Pílades y el polvo de Garamond Editores. 

--Y lo son.

 

--Si, pero de pura casualidad. El estúpido incluso puede decir algo correcto, pero por razones equivocadas.

 

--Se pueden decir cosas equivocadas, con tal de que las razones sean correctas.

 

--Vive Dios. ¿Si no por qué tomarse tanto trabajo para ser animales racionales?

 

--Todos los grandes monos antropomorfos descienden de formas de vida inferiores, los hombres descienden de formas de vida inferiores, por tanto todos los hombres son grandes monos antropomorfos.

 

--No está  mal. Ya estamos en el umbral en el que sospechamos que algo no funciona, pero es necesario un esfuerzo para demostrar qué es lo que no cuadra y por qué. El estúpido es muy insidioso. Al imbécil se le reconoce en seguida (y al cretino ni qué decir), mientras que el estúpido razona casi como uno, sólo que con una desviación infinitesimal. Es un maestro del paralogismo. No hay salvación para el redactor editorial, debería emplear una eternidad. Se publican muchos libros escritos por estúpidos, porque a primera vista son muy convincentes. El redactor editorial no está  obligado a reconocer al estúpido. No lo hace la academia de ciencias, ¿por qué tendría que hacerlo él?

 

--Tampoco lo hace la filosofía. El argumento ontológico de San Anselmo es estúpido. Dios tiene que existir porque puedo pensarlo como el ser dotado de todas las perfecciones, incluida la existencia. Confunde la existencia en el pensamiento con la existencia en la realidad.

 

--Si, pero también es estúpida la refutación de Gaunilo. Puedo pensar en una isla en el mar aunque esa isla no exista. Confunde el pensamiento de lo contingente con el pensamiento de lo necesario.

 

--Una batalla entre estúpidos.

 

--Claro, y Dios se divierte como un loco. Decidió ser impensable sólo para demostrar que Anselmo y Gaunilo eran estúpidos. Qué motivo más sublime para la creación, qué me digo, para el acto mismo en virtud del cual Dios determina su propio ser. Todo para poder denunciar la estupidez cósmica.

 

--Estamos rodeados de estúpidos.

 

--No hay salida. Todos son estúpidos, salvo usted y yo. Mejor dicho, no es por ofender, salvo usted.

 

--Algo me dice que esto tiene que ver con el teorema de Godel.

 

--No sé nada, soy un cretino. ¡Pílades!

 

--Me toca a mi.

 

--Después dividimos. El cretense Epiménides dice que todos los cretenses son mentirosos. Si lo dice él que es cretense y conoce bien a los cretenses, es cierto.

 

--Eso es estúpido.

 

--San Pablo. Epístola a Tito. Ahora esta otra: todos los que piensan que Epiménides es mentiroso tienen que creer a los cretenses, pero los cretenses no creen a los cretenses, por tanto ningún cretense piensa que Epiménides es mentiroso.

 

--¿Eso es estúpido o no?

 

--Decídalo usted mismo. Ya le he dicho que no es fácil reconocer al estúpido. Un estúpido puede llegar incluso a ganar el premio Nobel.

 

--Déjeme pensar... Algunos de los que no creen que Dios haya creado el mundo en siete días no son fundamentalistas, pero algunos fundamentalistas creen que Dios ha creado el mundo en siete días, por tanto nadie que no crea que Dios haya creado el mundo en siete días es fundamentalista. ¿Es o no estúpido?

 

--Dios mío; realmente hay que decirlo... no sé, ¿a usted qué le parece?

 

--Siempre es estúpido, aunque pueda resultar cierto. Viola una de las leyes del silogismo. De dos premisas particulares no pueden extraerse conclusiones universales.

 

--¿Y si el estúpido fuese usted?

 

--Estaría en buena y muy antigua compañía.

 

--Pues sí, la estupidez nos rodea. Y quizá para un sistema lógico diferente nuestra estupidez sea sabiduría. Toda la historia de la lógica es un intento por definir una noción aceptable de estupidez. Demasiado ambicioso. Todo gran pensador es el estúpido de otro.

 

--El pensamiento como forma coherente de estupidez.

 

--No. La estupidez de un pensamiento es la incoherencia de otro pensamiento.

 

--Profundo. Son las dos, falta poco para que Pílades cierre y aún no hemos llegado a los locos.

 

--Ya llego. Al loco se le reconoce en seguida. Es un estúpido que no conoce los subterfugios. El estúpido trata de demostrar su tesis, tiene una lógica, cojeante, pero lógica es. En cambio, el loco no se preocupa por tener una lógica, avanza por cortocircuitos. Para él, todo demuestra todo.

 

El loco tiene una idea fija, y todo lo que encuentra le sirve para confirmarla. Al loco se le reconoce porque se salta a la torera la obligación de probar lo que se dice; porque siempre está dispuesto a recibir revelaciones.

 

Y le parecerá extraño, tarde o temprano el loco saca a relucir a los templarios.

 

--¿Siempre?

 

--También hay locos sin templarios, pero los más insidiosos son aquellos. Al principio no se los reconoce, parece que hablan de manera normal, pero luego, de repente... --Iba a pedir otro whisky, pero recapacitó y pidió la cuenta--. A propósito de los templarios. El otro día un tío me dejó un original sobre ese tema. Seguro que es un loco, pero con rostro humano. El texto empieza sin estridencias. ¿Querría darle una ojeada?

 

--Con mucho gusto. Quizá encuentre algo que me sirva.

 

--Realmente, no lo creo. Pero si dispone de media hora pásese por la editorial. Vía Sincero Renato número uno. Será más útil para mí que para usted. Así me dice en seguida si el texto vale la pena.

 

--¿Por qué confía en mi?

 

--¿Quién dice que confío? Si viene confiaré. Confio en la curiosidad.

 

Entró un estudiante con el rostro alterado:

 

--¡Compañeros, los fachas están en el Naviglio, tienen cadenas!

 

--Les parto la cara --dijo el de los bigotes a la tártara, el que me había amenazado cuando lo de Lenin--. ¡Vamos compañeros!

 

Todos salieron.

 

--¿Qué hacemos? ¿Vamos también? --pregunté, movido por la culpa.

 

--No-- dijo Belbo--. Son alarmas que hace circular Pílades para despejar el local. Para ser la primera noche que dejo de beber, reconozco que estoy un poco alterado. Debe de ser la crisis de abstinencia. Todo lo que le he dicho hasta este instante es falso. Buenas noches, Casaubon.

 

Su esterilidad era infinita. Participaba del éxtasis.

 

(E.M. Cioran, Le mauvais demiurge, París, Gallimard, 1969, “Pensées étranglées”)

 

La conversación en el Pílades me había mostrado el rostro externo de Belbo. Un buen observador hubiese podido intuir el carácter melancólico de su sarcasmo. No puedo decir que se tratase de una máscara. Quizá la máscara fueran las confidencias a que se abandonaba en secreto. El sarcasmo que exhibía en público, en el fondo revelaba su melancolía más auténtica, que en secreto intentaba ocultarse a sí mismo enmascarándola tras una melancolía afectada.

 

Veo ahora este file donde, en el fondo, Belbo trataba de novelar lo que al día siguiente me habría dicho en Garamond sobre su oficio. Reconozco en él su afán de precisión, su entusiasmo, su desilusión de redactor que escribe por persona interpuesta, su nostalgia de una creatividad nunca realizada, su rigor moral que lo obligaba a castigarse por desear algo a lo que creía que no tenía derecho, dando una imagen patética y estereotipada de su deseo. Jamás he encontrado otra persona que supiera compadecerse de sí misma con tanto desprecio.

 

file name: Jim el del Cáñamo  Ver mañana al joven Cinti.

 

1.  Buena monografía, rigurosa, quizá demasiado académica.

 

2.  En la conclusión, lo más genial es la comparación entre Catulo, los poetas novi y las vanguardias contemporáneas.

 

3.  ¿Por qué no usarla como introducción?

 

4.  Convencerle. Dirá que estas extravagancias están fuera de lugar en una colección de filología. Es la influencia del maestro, corre el riesgo de que le niegue el prefacio, se jugaría la carrera. Una idea brillante en las dos últimas páginas pasa inadvertida, pero si está al comienzo salta a la vista, y puede irritar a algún catedrático.

 

5.  Pero basta con ponerla en cursiva, en forma de comentario libre, ajeno a la investigación propiamente dicha, con ello la hipótesis se presenta como tal y no compromete la seriedad del trabajo. Sin embargo, esto conquistará en seguida a los lectores, hará que aborden el libro de otra manera.

 

Pero, ¿realmente estoy tratando de impulsarle para que actúe con libertad, o lo estoy utilizando para escribir mi propio libro?

 

Transformar los libros con dos palabras. Demiurgo de la obra de otro. En lugar de coger arcilla blanda y plasmarla, unas cinceladas a la arcilla endurecida en la que ya otro ha esculpido su estatua. Moisés, darle el martillazo justo, y ése va y habla.

 

Recibir a William S.

 

“He visto su trabajo, no está mal. Hay tensión, fantasía, sentido dramático. ¿Es la primera vez que escribe?”.

 

“No, he escrito otra tragedia, es la historia de dos amantes de Verona que...”.

 

“Pero hablemos de esta obra, señor S. Me estaba preguntando por qué la sitúa en Francia. ¿Por qué no en Dinamarca? Por decir algún sitio, pero bastaría con cambiar dos o tres nombres, el castillo de Chalons-sur-Marne se convierte, digamos, en el castillo de Elsinore... es que en un ambiente nórdico, protestante, donde planea la sombra de Kierkegaard, todas estas tensiones existenciales...”.

 

“Quizá no le falte razón”.

 

“Eso creo. Además su trabajo necesitaría algún recorte estilístico, sólo un pequeño repaso, como esos últimos toques que da el peluquero antes de poner el espejo detrás de la nuca...

 

Por ejemplo, el espectro paterno. ¿Por qué al final? Yo lo pondría al comienzo. Para que la admonición del padre domine en seguida el comportamiento del joven príncipe y lo ponga en conflicto con la madre.”

“Me parece buena idea, sólo es cuestión de desplazar una escena.”

 

“Precisamente. Por último, el estilo. Tomemos un pasaje al azar, mire, este donde el joven se planta en el proscenio y empieza a meditar sobre la acción y la inacción. El pasaje está  muy bien, hay que decirlo, pero siento que le falta fuerza. “¿Actuar o no actuar? ¡Esta es mi angustiosa pregunta! Debo soportar las ofensas de una suerte hostil o...” ¿Por qué mi angustiosa pregunta? Yo le haría decir la pregunta es ésta, éste es el problema, entiende lo que quiero decir, no su problema personal sino la cuestión fundamental de la existencia. La alternativa entre ser y no ser, por poner un ejemplo...

 

Poblar el mundo con hijos que llevarán otro apellido, y nadie sabrá que son tuyos. Como si fueras Dios de paisano. Eres Dios, te paseas por la ciudad, oyes que la gente habla de ti, y Dios por aquí y Dios por allá, y qué admirable universo es éste, y qué elegancia la gravitación universal, y tú sonríes entre dientes (la barba debe ser falsa, o no, tienes que andar sin barba, porque a Dios se le reconoce en seguida por la barba) y dices para tus adentros (el solipsismo de Dios es dramático):

 

“He aquí, este soy yo y ellos lo ignoran.” Y alguien te empuja por la calle, o incluso te insulta, tú humildemente pides disculpas y te marchas, total eres Dios y, si quisieras, con chasquear los dedos el mundo se convertiría en cenizas. Pero tú eres tan infinitamente poderoso que puedes permitirte ser bueno.

 

Una novela sobre Dios de incógnito. Inútil, si la idea se me ha ocurrido a mi también debe de habérsele ocurrido a algún otro.

 

Variante. Eres un autor, aún no sabes cuánto puedes valer, la mujer que amabas te ha traicionado, para ti la vida ya no tiene sentido y un día, para olvidar, te embarcas en el Titanic y naufragas en los mares del Sur, te recoge (único superviviente) una piragua de indígenas y pasas largos años ignorado por todos, en una isla habitada sólo por papúas, con muchachas que te cantan canciones intensamente lánguidas, mientras agitan sus senos apenas cubiertos por el collar de flores de coral. Empiezas a acostumbrarte, te llaman Jim, como a todos los blancos, una muchacha de piel ambarina entra una noche en tu choza y te dice: “Yo tuya, yo contigo.” Al fin y al cabo es hermoso, de noche, tenderse en la galería a contemplar la Cruz del Sur mientras ella te acaricia la frente.

 

Vives según el ciclo de las auroras y los ocasos y no tienes otra preocupación. Un día llega una lancha motora tripulada por holandeses, te enteras de que han transcurrido diez años, podrías marcharte con ellos, pero dudas, prefieres cambiarles cocos por vituallas, prometes ocuparte de la cosecha del cáñamo, los indígenas trabajan para ti, empiezas a navegar entre los islotes, para todos eres Jim el del Cáñamo. Un aventurero portugués arruinado por el alcohol viene a trabajar contigo y se redime, ya todos hablan de ti en aquellos mares de la Sonda, el marajá de Borneo escucha tus consejos para organizar una campaña contra los dayak del río, logras rehabilitar un viejo cañón de la época de Tippo Sahib, cargado de metralla, entrenas una escuadra de malayos fieles, con los dientes negros de betel. En una refriega cerca de la Barrera de Coral, el viejo Sampán, los dientes negros de betel, te protege con su cuerpo: “Estoy contento de morir por ti, Jim el del Cáñamo.” “Viejo, viejo Sampán, amigo mío.”

 

Ahora ya eres famoso en todo el archipiélago, de Sumatra a Port-au-Prince, tratas con los ingleses, en la capitanía del puerto de Darwin estás registrado como Kurtz, y ahora eres Kurtz para todos --Jim el del Cáñamo para los indígenas. Pero una tarde, mientras la muchacha te acaricia en la galería y la Cruz del Sur centellea más que nunca, ay, tan distinta de la Osa, comprendes: quisieras regresar. Sólo por poco tiempo, para ver qué ha quedado de ti, allá.

 

Coges la motora, llegas a Manila, desde allí un avión de hélice te lleva a Bali. Después Samoa, Islas del Almirantazgo, Singapur, Tananarive, Tumbuctú, Alepo, Samarcanda, Basora, Malta y estás en casa.

 

Han pasado dieciocho años, la vida te ha marcado, el rostro bronceado por los alisios, estás más viejo, quizá más guapo. Y he aquí que al llegar descubres que las librerías exhiben todos tus libros, en reediciones criticas, ves tu nombre en el frontón de la vieja escuela donde aprendiste a leer y escribir. Eres el Gran Poeta Desaparecido, la conciencia de la generación.

 

Románticas jovencitas se suicidan sobre tu tumba vacía.

 

Y después te encuentro a ti, amor, con muchas arrugas alrededor de los ojos, y el rostro aún bello que se consume de recuerdos y de tierno remordimiento. Casi te he rozado en la acera, estoy allí, a dos pasos, y me has mirado como miras a todos, buscando a otro más allá de sus sombras. Podría hablar, borrar el tiempo. Pero, ¿para qué? ¿No he tenido ya lo que quería? Soy Dios, la misma soledad, la misma vanagloria, la misma desesperación por no ser una de mis criaturas como todos. Todos viven en mi luz mientras yo vivo en el insoportable titilar de mis tinieblas.

 

¡Ve, ve por el mundo, Williams! Eres famoso, pasas a mi lado y no me reconoces. Yo susurro para mis adentros ser o no ser y me digo bravo Belbo, buen trabajo. Ve, viejo William S., a recoger tu parte de gloria: tú sólo has creado, yo te he vuelto a hacer.

 

Nosotros, que hacemos parir los partos de otros, como los actores, no deberíamos ser sepultados en tierra consagrada.

 

Pero los actores fingen que el mundo, tal cual es, funciona de otra manera, mientras que nosotros fingimos del infinito universo y mundos, la pluralidad de los composibles...

 

¿Cómo puede ser tan generosa la vida, que prevé una compensación tan sublime por la mediocridad?

 

Sub umbra alarum tuarum, Jehová.

 

(Fama Frafernitatis, in Allgemeine und general Reformation, Cassel, Wessel, 1614, fine)

 

Al día siguiente fui a Garamond. El número uno de la vía Sincero Renato daba acceso a un zaguán polvoriento desde donde se vislumbraba un patio con el taller de un cordelero. Entrando a la derecha había un ascensor digno de ser exhibido en un pabellón de arqueología industrial, y cuando traté de utilizarlo, dio unas sacudidas bastante sospechosas, sin decidirse a funcionar. Por prudencia preferí bajarme y subir dos tramos de una escalera casi de caracol, de madera, bastante polvorienta. Como supe después, al señor Garamond le gustaba aquella sede porque le recordaba a una editorial parisina. En el rellano, una placa donde podía leerse “Garamond Editores, S.A.”, y una puerta abierta por la que se accedía a un vestíbulo donde no había ni telefonista ni otro personal de recepción. Pero era imposible entrar sin ser visto desde un pequeño despacho situado enfrente, de manera que en seguida me abordó una persona de sexo probablemente femenino, de edad imprecisa y de estatura que un eufemista hubiera podido definir como inferior a la media.

 

La mencionada persona me agredió en un idioma que me pareció haber oído ya en alguna parte, hasta que comprendí que era un italiano casi exento de vocales. Pregunté por Belbo. Después de hacerme esperar unos segundos, me condujo por el pasillo hasta un despacho del fondo.

 

Belbo me recibió amablemente:

 

--Veo que es una persona seria. Pase.

 

Me hizo sentar frente a su escritorio, viejo como todo lo demás, y recargado de manuscritos, al igual que los estantes que había en las paredes.

 

--¿No se habrá asustado al ver a Gudrun? --dijo.

 

--¿Gudrun? ¿Esa... señora?

 

--Señorita. No se llama Gudrun. La llamamos así por su aspecto nibelúngico y porque habla de un modo vagamente teutónico. Quiere decirlo todo en seguida y ahorra vocales. Pero tiene el sentido de la justitia aequatrix: cuando escribe a máquina ahorra consonantes.

 

--¿Qué hace aquí?

 

--Todo, desgraciadamente. Mire usted, en cada editorial hay alguien que es indispensable porque es la única persona capaz de encontrar las cosas en medio del desorden que genera. Pero al menos cuando se pierde un original se sabe quién tiene la culpa.

 

--¿También pierde los originales?

 

--No mas que otros. En una editorial todos pierden los originales. Creo que ésa es la actividad principal. Sin embargo, hay que tener un chivo expiatorio, ¿no le parece? Lo único que le reprocho es que no pierda los que yo quisiera. Percances desagradables para lo que el bueno de Bacon llamaba The advancement of learning.

 

--Pero, ¿dónde se pierden?

 

--Perdone --dijo, extendiendo los brazos--pero ¿se da usted cuenta de lo tonta que es su pregunta? Si se supiese dónde, no estarían perdidos.

 

--Lógico --dije--. Pero oiga, cuando veo los libros de la Garamond me parecen ediciones muy cuidadas, y su catálogo es bastante nutrido. ¿Lo hacen todo aquí? ¿Cuántos son?

 

--Aquí enfrente hay una sala donde trabajan los técnicos, al lado el colega Diotallevi. Pero él se ocupa de los manuales, las obras de larga duración, largas de preparar y largas de vender, en el sentido que venden durante mucho tiempo. De las ediciones universitarias me encargo yo. Pero no se engañe, tampoco es un trabajo tan enorme. Claro que con ciertos libros me entusiasmo, tengo que leerme los originales, pero en general todo es trabajo ya garantizado, económica y científicamente. Publicaciones del Instituto Fulano de Tal, o bien actas de congresos, preparadas y financiadas por algún instituto universitario. Si se trata de un autor novel, el maestro escribe el prefacio y carga con la responsabilidad. El autor corrige al menos las primeras y segundas galeradas, verifica las citas y las notas, y no cobra derechos. Después el libro se toma como texto en algún curso se venden mil o dos mil ejemplares en unos años, se cubren los gastos...

 

No hay sorpresas, todos los libros dan beneficios.

 

--¿Y entonces usted qué hace?

 

--Muchas cosas. Ante todo hay que escoger. Además hay algunos libros que publicamos a nuestras expensas, casi siempre traducciones de autores prestigiosos, para mantener el nivel del catálogo. Por último, hay originales que llegan así, traídos por algún solitario. Raramente son cosas que valgan la pena, pero hay que examinarlos, nunca se sabe.

 

--¿Le divierte?

 

--¿Que si me divierte? Es lo único que sé hacer bien.

 

Nos interrumpió un individuo de unos cuarenta años, con una chaqueta de algunas tallas de más, escasos cabellos rubios claros que le caían sobre dos cejas muy pobladas, también amarillas. Hablaba suavemente, como si estuviese educando a un niño.

 

--Estoy realmente cansado de ese Vademécum del Contribuyente. Tendría que volver a escribirlo y no tengo ganas. ¿Molesto?

 

--Diotallevi --dijo Belbo, y nos presentó.

 

--Ah. ¿Ha venido a ver los templarios? Pobrecillo. Oye, se me acaba de ocurrir una buena: Urbanística Gitana.

 

--Muy buena --dijo Belbo con tono admirativo-. Yo estaba pensando en Hípica Azteca.

 

--Sublime. Pero, ¿dónde la incluyes? ¿En la Eolofonía o entre los Adynata? 

--Eso tenemos que verlo --dijo Belbo, hurgó en el cajón y sacó unos papeles La Eolofonía.. --Me echó una mirada y percibió mi curiosidad La Eolofonía, usted bien sabe, es el arte de dar voces al viento. Pero no --dijo dirigiéndose a Diotallevi--, la Eolofonía no es un departamento sino una asignatura, como la Avunculogratulación Mecánica y la Pilocat basis, que pertenecen al departamento de la Tripodología Felina. 

--¿Y eso de la tripolo...?--me atreví a preguntar. 

--Es el arte de buscarle tres pies al gato. Este departamento comprende la enseñanza de las técnicas inútiles, por ejemplo la Avunculogratulación Mecánica enseña cómo construir máquinas para saludar a la tía. No sabemos si dejar en este departamento a la Pilocat basis, que es el arte de salvarse por los pelos, y no parece inútil del todo. ¿Verdad? 

--Por favor, explíquenme en qué consiste toda esta historia... --imploré. 

--Sucede que Diotallevi, y yo mismo, estamos proyectando una reforma del saber. Una Facultad de Trivialidad Comparada, donde se estudien asignaturas inútiles o imposibles. La facultad tiende a reproducir estudiosos capaces de aumentar al infinito el número de temas triviales. 

--¿Y cuántos departamentos hay? 

--Por ahora cuatro, pero ya podrían contener todo lo cognoscible. El departamento de Tripodología Felina tiene una función propedéutica, tiende a desarrollar el sentido de lo trivial. Un departamento importante es el de Adynata o Impossibilia. Por ejemplo, Urbanística Gitana e Hípica Azteca... La esencia de esta disciplina consiste en comprender las razones profundas de su trivialidad, y en el departamento de Adynata también de su imposibilidad. Allí están, pues, la Morfemática del Morse, la Historia de la Agricultura Antártica, la Historia de la Pintura en la Isla de Pascua, la Literatura Sumeria Contemporánea, los Fundamentos de Examenología Montessoriana, la Filatelia asiriobabilónica, la Tecnología de la Rueda en los Imperios Precolombinos, la Iconología Braille, la Fonética del Cine Mudo... 

--¿Qué me dice de la Psicología de las Masas en el Sahara? 

--Está bien --dijo Belbo. 

--Está bien --dijo Diotallevi con convicción_ Tendría que colaborar. 

Este joven tiene buena madera, ¿verdad, Jacopo? 

--Si, me di cuenta en seguida. Anoche elaboró razonamientos estúpidos con mucho ingenio. Pero prosigamos, puesto que el proyecto le interesa. ¿Qué hemos incluido en el departamento de Oximórica, que no encuentro la ficha? 

Diotallevi extrajo un papelito del bolsillo y me miró con sentenciosa simpatía: 

--En la Oximórica, como su mismo nombre indica, lo importante es el carácter autocontradictorio de la disciplina. Por eso estimo que la Urbanística Gitana tendría que incluirse en ella... 

--No --dijo Belbo--, sólo si se llamara Urbanística Nómada. Los Adynata se refieren a una imposibilidad empírica, mientras que la Oximórica abarca la contradicción en los términos. 

--Ya veremos. Pero ¿qué hemos incluido en la Oximórica? Pues las Instituciones de Revolución, la Dinámica Parmenidea, la Estática Heraclitea, la Sibarítica Espartana, los Fundamentos de Oligarquía Popular, la Historia de las Tradiciones Innovadoras, la Dialéctica Tautológica, la Erística Booleana... 

A esas alturas me sentía retado a demostrar mi temple. 

--¿Puedo sugerir una Gramática de la Anomalía? 

--¡Estupendo! --exclamaron ambos, y se pusieron a escribir. 

--Hay una pega --dije. 

--¿cuál? 

--Si anunciáis el proyecto, se presentará un montón de gente con publicaciones fidedignas. 

--¿No te decía yo que es un joven agudo, Jacopo? --dijo Diotallevi--. 

Pero ¿sabe que ése es precisamente nuestro problema? Sin quererlo hemos trazado el perfil ideal de un saber real. Hemos demostrado la necesidad de lo posible. Por tanto, será necesario callar. Pero ahora debo marcharme. 

--¿Adónde? --preguntó Belbo. 

--Es viernes por la tarde. 

--Jesús, María y José --dijo Belbo. Dirigiéndose a mi--: Aquí enfrente hay dos o tres casas donde viven judíos ortodoxos, esos de sombrero negro, barba y bucle. No hay muchos en Milán. Hoy es viernes y al anochecer empieza el sábado. De manera que en el piso de enfrente empiezan a prepararlo todo, a lustrar el candelabro, guisar los alimentos, disponer las cosas para que mañana no sea necesario encender fuego. Incluso el televisor permanece encendido toda la noche, el único problema es que tienen que escoger en seguida el canal. Nuestro Diotallevi tiene un pequeño anteojo y espía ignominiosamente por la ventana y goza, soñando que está al otro lado de la calle. 

--¿Y por que? 

--Porque nuestro Diotallevi se empeña en decir que es judío. 

--¿Cómo que me empeño? --preguntó picado Diotallevi--. Soy judío ¿Usted tiene algo en contra, Casaubon? 

--Imagínese usted. 

--Diotallevi --dijo Belbo con decisión--, tú no eres judío. 

--¿Que no? ¿Y mi nombre? Como Graziadio, Diosiaconte, traducciones del hebreo, nombres de gueto, como Shalom Aleichem. 

--Diotallevi es un nombre de buen augurio que los funcionarios municipales solían dar a los expósitos: “Diostecrie”. Y tu abuelo era un expósito. 

--Un expósito judío. 

--Diotallevi, tienes piel rosada, voz estridente y eres casi albino. 

--Si hay conejos albinos, también habrá judíos albinos. 

--Diotallevi, uno no puede decidir hacerse judío como decide hacerse filatélico o testigo de Jehová. Judío se nace. Resígnate, eres un gentil como todos. 

--Estoy circuncidado. 

--¡Vamos! Cualquiera puede hacerse circuncidar por higiene. Basta un médico con termocauterio. ¿A qué edad te has hecho circuncidar? 

--No empieces con sutilezas. 

--Por el contrario, sutilicemos. El judío sutiliza. 

--Nadie puede probar que mi abuelo no fuera judío. 

--Claro, era un expósito. Pero también hubiera podido ser el heredero del trono de Bizancio, o un bastardo de los Habsburgo. 

--Nadie puede probar que mi abuelo no fuera judío, y lo encontraron cerca del Pórtico de Octavia, en pleno gueto romano. 

--Pero tu abuela no era judía, y en esos aledaños la descendencia es por vía materna... 

--...Y por encima de las razones burocráticas, porque incluso el registro civil puede leerse sin limitarse a la letra, están las razones de la sangre, y la sangre dice que mis pensamientos son exquisitamente talmúdicos, y sería racismo por tu parte sostener que un gentil puede ser tan exquisitamente talmúdico como yo siento que soy. 

Salió. Belbo me dijo: 

--No le haga caso. Esta discusión se produce casi cada día, salvo que cada día trato de usar un argumento nuevo. Lo que sucede es que Diotallevi es un devoto de la Cábala. Pero también hubo cabalistas cristianos. Además oiga, Casaubon, si Diotallevi quiere ser judío, de ninguna manera puedo oponerme. 

--Claro que no. Somos democráticos. 

--Somos democráticos. 

Encendió un cigarrillo. De pronto recordé el motivo de mi visita. 

--Me había hablado de un estudio sobre los templarios --dije. 

--Es cierto... Veamos. Estaba en una cartera de piel artificial... 

Entretanto hurgaba en una pila de originales y trataba de extraer uno, justo en medio, sin mover los otros. Operación peligrosa. De hecho, la pila se desplomó en parte sobre el suelo. Ahora Belbo tenía en la mano la carpeta de piel artificial. 

Miré el índice y la introducción. 

--Se refiere a la detención de los templarios. En 1307, Felipe el Hermoso decide arrestar a todos los templarios de Francia. Ahora bien, hay una leyenda según la cual, dos días antes de que Felipe librase las órdenes de detención, una carreta de heno, tirada por bueyes, abandona el recinto del Temple, en Paris, con rumbo desconocido. Se dice que se trataba de un grupo de caballeros guiados por un cierto Aumont, que luego se refugiaron en Escocia, uniéndose a una logia de albañiles en Kilwinning. 

Según la leyenda, los caballeros se identificaron con los grupos de constructores que se transmitían los secretos del Templo de Salomón. Ya está, lo preveía. También éste pretende descubrir los origenes de la masonería en esa fuga de los templarios a Escocia... Es una historia rumiada desde hace dos siglos, y que se basa en meras fantasías. No existe ninguna prueba, le puedo poner sobre su mesa varias docenas de librillos que cuentan la misma historia, unos copiados malamente de los otros. Escuche esto lo tomo al azar: “La prueba de que existió la expedición a Escocia reside en el hecho de que aún hoy, a seiscientos cincuenta años de distancia, hay en el mundo órdenes secretas que dicen descender de la Milicia del Temple. ¿Cómo explicar de otra manera la continuidad de esa herencia?” ¿Se da usted cuenta? ¿Cómo es posible que no exista el marqués de Carabás puesto que hasta el gato con botas dice que está a su servicio? 

--Ya entiendo --dijo Belbo--. Lo quito de en medio. Pero su historia de los templarios me interesa. Por una vez que tengo a mano un experto no quisiera que se me escapase. ¿Por qué hablan todos de los templarios y no de los caballeros de Malta? No, no me lo diga ahora. Se ha hecho tarde, dentro de poco Diotallevi y yo tenemos que ir a una cena con el señor Garamond. Pero terminaremos a eso de las diez y media. Trataré de convencer a Diotallevi de que se venga conmigo al Pílades: normalmente se acuesta temprano, y es abstemio. ¿Nos vemos allí? 

--¿Dónde si no? Soy de una generación perdida y sólo me reconozco si presencio acompañado la soledad de mis semejantes. 

Li frere, li mestre du Temple Qu'estoient rempli et ample D'or et d'argent et de richesse Et qui menoient tel noblesse, ou sont il? que sont devenu?

(Chronique a la suite du roman de Favel)

 

Et in Arcadia ego.  

Aquella noche el Pílades era la imagen misma de la edad de oro. Era una de esas noches en que uno comprende que la Revolución no sólo se hará, sino que será  patrocinada por la Unión de Empresarios. Sólo en el Pílades podía verse al propietario de una fábrica de tejidos, con barba y trenza, jugando al mus con un futuro fugitivo de la justicia, con traje cruzado y corbata. Estábamos en los albores de una gran inversión de paradigma. Aún a comienzos de los años sesenta la barba era fascista, pero era necesario recortarla y afeitarla en las mejillas, como la del prócer Italo Belbo, en el sesenta y ocho había sido contestataria, y ahora se estaba volviendo neutra y universal, una opción en libertad. La barba siempre ha sido una máscara (nos ponemos una barba falsa para que no nos reconozcan), pero, en aquel retazo de principios de los setenta, uno podía camuflarse con una barba verdadera. Se podía mentir diciendo la verdad, mejor dicho, haciéndola enigmática y escurridiza, porque ante una barba ya no se podía inferir cuál era la ideología del barbudo. Aquella noche, sin embargo, la barba resplandecía incluso en los rostros lampiños de quienes, no llevándola, daban a entender que hubieran podido cultivarla y habían renunciado sólo como provocación. 

Estoy divagando. En determinado momento, llegaron Belbo y Diotallevi, susurrando, con aire alterado, acres comentarios sobre la recentísima cena. Sólo más tarde llegaría yo a saber en qué consistían las cenas del señor Garamond. 

Belbo pasó en seguida a sus destilados preferidos, Diotallevi reflexionó durante largo rato, trastornado, y se decidió por una tónica. Encontramos una mesa al fondo, que acababan de dejar dos tranviarios que al día siguiente debían levantarse temprano. 

--Bueno, bueno --dijo Diotallevi--, entonces esos templarios... 

--No, por favor no me compliquen la vida... Son cosas que pueden leer en cualquier parte... 

--Preferimos la tradición oral --dijo Belbo. 

--Es más mística --dijo Diotallevi--. Dios creó el mundo hablando, no se le ocurrió enviar ningún telegrama. 

--Fiat lux, stop. Va carta --dijo Belbo. 

--A los tesalonicenses, supongo --dije. 

--Los templarios --dijo Belbo. 

--Entonces --dije. 

--No se empieza nunca con entonces --objetó Diotallevi. 

Hice ademán de levantarme. Esperé a que me implorasen. No lo hicieron. Me senté y hablé. 

--No, si la historia se la sabe todo el mundo. Estamos en la primera cruzada, ¿vale? Godofredo adora el gran sepulcro y absuelve el voto, Balduino se convierte en el primer rey de Jerusalén. Un reino cristiano en Tierra Santa. Pero una cosa es controlar Jerusalén, otra el resto de Palestina, los sarracenos han sido derrotados, pero no eliminados. La vida no es muy fácil en esas tierras, ni para los que acaban de ocuparlas ni para los peregrinos. Y he aquí que en 1118, durante el reinado de Balduino II, llegan nueve personajes, guiados por un tal Hugo de Payns, y constituyen el primer núcleo de una Orden de los Pobres Caballeros de Cristo: una orden monástica, pero de espada y armadura. Los tres votos clásicos, pobreza castidad, obediencia, más el de defender a los peregrinos. El rey, el obispo todos, en Jerusalén, proporcionan ayuda en dinero, los alojan, los instalan en el claustro del viejo Templo de Salomón. así es como se convierten en los Caballeros del Temple. 

--¿Quiénes son? 

--Probablemente, Hugo y los ocho primeros son unos idealistas, fascinados por la mística de la cruzada. Pero después serán segundones en busca de aventuras. El nuevo reino de Jerusalén es un poco la California de entonces, un sitio para hacer fortuna. En casa no tienen demasiadas perspectivas, quizá alguno ha cometido algún desaguisado. Me lo imagino como una especie de Legión Extranjera. ¿Qué puede hacer uno cuando está  en aprietos? Va y se hace templario: se conocen otras tierras, hay diversión, pelea, ropa y comida, y al final hasta se salva el alma. Claro que uno tenía que estar bastante desesperado, porque se trataba de ir al desierto, y dormir en tiendas, y pasar días y días sin ver alma viviente salvo a los otros templarios y alguna cara de turco, y cabalgar bajo el sol, y morirse de sed, y destripar a otros pobres desgraciados... 

Me detuve un instante. 

--Quizá lo estoy contando demasiado como una película del Oeste. Hay algo así como una tercera fase: la Orden se ha vuelto poderosa como para que uno trate de incorporarse aunque goce de una buena posición en su patria. Pero a esas alturas ser templario no significa necesariamente trabajar en Tierra Santa, se puede hacer de templario en casa. Historia complicada. Unas veces parecen soldadotes, otras veces demuestran tener cierta sensibilidad. Por ejemplo, no puede decirse que fueran racistas: luchaban contra los musulmanes, estaban allí para eso, pero lo hacían con espíritu caballeresco, y se admiraban recíprocamente. Cuando el embajador del emir de Damasco visita Jerusalén, los templarios le asignan una pequeña mezquita, que ya había sido transformada en iglesia cristiana, para que pueda dedicarse a devociones. Cierto día entra un franco y se indigna al ver un musulmán en un lugar sagrado, lo trata mal. Entonces los templarios echan al intolerante y piden disculpas al musulmán. Esta fraternidad de armas con el enemigo los llevará más tarde a la ruina, porque durante el proceso también se les acusará  de haber tenido relaciones con sectas esotéricas musulmanas. Y quizá sea cierto, son un poco como esos aventureros del siglo pasado embriagados por Africa, los templarios no tenían una educación monástica regular, no eran lo bastante sutiles como para percibir las diferencias teológicas, algo así como unos Lawrence de Arabia, que al poco tiempo ya se visten de jeque... Pero, además, no es fácil valorar sus acciones, porque a menudo los historiadores cristianos, como Guillermo de Tiro, no pierden ocasión para denigrarlos. 

--¿Por qué? 

--Porque se vuelven demasiado poderosos, y muy aprisa. Todo es obra de San Bernardo. ¿Recuerdan a San Bernardo, verdad? Un gran organizador, reforma la orden benedictina, elimina los adornos de las iglesias, cuando un colega le incordia, como Abelardo, le ataca con métodos maccartistas, y si pudiese lo enviaría a la hoguera. En su defecto, hace quemar sus libros. Después predica la cruzada, armémonos y partid... 

--No le tiene usted mucha simpatía --observó Belbo. 

--No, no lo puedo soportar, si por mi fuese lo enviaría a una sima del infierno, menudo santo. Pero era un buen relaciones públicas de si mismo, miren el favor que le hace Dante, lo nombra jefe de gabinete de la Virgen. 

Se convierte en seguida en santo, porque sabía con quien conchabarse. Pero estaba hablando de los templarios. Bernardo se da cuenta en seguida de que la cosa tiene futuro y apoya a los nueve aventureros transformándolos en una Militia Christi, podríamos decir incluso que los templarios, en su versión heroica, son un invento suyo. En 1128, hace convocar un concilio en Troyes precisamente para definir en qué consisten esos nuevos monjes soldados, y algunos años después escribe un elogio de esa Milicia de Cristo y elabora una regla de setenta y dos artículos, por cierto muy divertida porque ahí hay de todo. Misa cada día, prohibición de frecuentar caballeros que hayan sido excomulgados, aunque, si uno de ellos solicitara la admisión en el Templo, hay que acogerlo cristianamente; ya ven que no andaba errado cuando hablaba de Legión Extranjera. Llevarán manto blanco, sencillo, sin pieles, salvo de cordero o mouton, prohibido usar calzado fino con puntera curva, como dicta la moda; se duerme en camisa y calzoncillos, un jergón, una sábana, una manta... 

--Vaya tufo, con ese calor... --comentó Belbo. 

--Del olor ya hablaremos. La regla también incluye otros rigores: una sola escudilla para dos, hay que comer en silencio, carne tres veces a la semana, penitencia el viernes, levantarse al alba, si el trabajo ha sido duro se concede una hora más de sueño, pero en cambio hay que rezar trece padrenuestros en la cama. Hay un maestre, y toda una serie de jerarquías inferiores, hasta llegar a los mariscales, los escuderos, los fámulos y los siervos. Cada caballero ha de tener tres caballos y un escudero, ninguna guarnición de lujo en brida, silla y espuelas, armas simples pero eficaces, prohibido cazar, excepto leones, vamos, una vida de penitencia y de batalla. Para no hablar del voto de castidad, en el que se insiste especialmente porque aquella gente no estaba en un convento, sino que guerreaba, vivía en medio del mundo, si es que puede llamarse mundo la gusanera que debía de ser por entonces Tierra Santa. Vamos que la regla dice que la compañía de una mujer es peligrosísima y que sólo está permitido besar a la madre, a la hermana y a la tía. 

Belbo objetó: 

--Bueno, con la tía, pues yo me andaría con más cuidado... Pero me parece recordar, los templarios ¿no fueron acusados de sodomía? Está ese libro de Klossowski, Le Baphomel ¿Quién era el Bafomet, una divinidad diabólica, no? 

--Ya hablare de él. Pero piensen un poco. Era como la vida del marinero, meses y meses en el desierto. Uno está en casa del diablo, es de noche, se acuesta bajo la tienda con el tío que ha comido en su misma escudilla, tiene sueño, frío, sed, miedo, quiere a su mamá. ¿Qué hace? 

--Amor viril, legión tebana --sugirió Belbo. 

--Pero imagínense qué infierno, en medio de otros guerreros que no han hecho el voto, que cuando invaden una ciudad violan a la morita vientre ambarino y mirada aterciopelada. ¿Qué hace el templario entre los aromas de los cedros del Libano? Déjenle el morito. Ahora se entiende el porqué de la frase “beber y blasfemar como un templario”. Es un poco la historia del capellán en la trinchera, traga aguardiente y blasfema como sus soldados analfabetos. Y por si fuera poco, su sello. Los representa siempre de a dos, uno apretado contra la espalda del otro, sobre un mismo caballo. 

¿Por qué, si la regla permite que cada uno tenga tres caballos? Debe de haber sido una idea de Bernardo, para simbolizar la pobreza, o la dualidad de su función de monjes y caballeros. Pero ¿se figuran qué no vería la imaginación popular en esos monjes que galopan desenfrenadamente, la barriga de uno contra el culo del otro? Además deben de haberles calumniado... 

--...También se las buscaron --observó Belbo- ¿No habrá sido un estúpido ese San Bernardo? 

--No, estúpido no, pero también él era monje y en aquella época el monje tenía una extraña idea del cuerpo... Hace un momento temí estar contando todo esto como si fuera una película del Oeste, pero ahora que lo pienso... Escuchen lo que dice Bernardo de sus amados caballeros, tengo aquí la cita porque vale la pena: “Evitan y aborrecen a los mimos, a los prestidigitadores y a los juglares, así como las canciones indecentes y las farsas, llevan el cabello corto, habiendo aprendido por el apóstol que es ignominia para un hombre ocuparse de su cabellera. Nunca se les ve peinados, raramente lavados, su barba es hirsuta, hediondos de polvo, sucios por causa del calor y las armaduras.” 

--No creo que me hubiera gustado alojarme en sus dependencias -dijo Belbo. 

Diotallevi sentenció: 

--Siempre ha sido típico del anacoreta el cultivar una sana suciedad, para humillación del cuerpo. ¿No era San Macario aquel que vivía sobre una columna y cuando se le caían los gusanos los recogía y volvía a ponérselos en el cuerpo para que también ellos, que eran criaturas del Señor, tuviesen su festín? 

--El estilita era San Simeón --dijo Belbo y yo creo que estaba encima de la columna para escupir a los que pasaban por debajo. 

--Detesto la mentalidad ilustrada --dijo Diotallevi- De todas formas, ya se llamase Macario o Simeón, hubo un estilita cubierto de gusanos como yo digo, pero no soy una autoridad en la materia porque no me interesan las locuras de los gentiles. 

--Tus rabinos de Gerona si que eran limpios --dijo Belbo. 

--Vivían en sucios cuchitriles porque vosotros los gentiles les encerrabais en el gueto. En cambio los templarios se emporcaban por gusto. 

--No exageremos --dije--. ¿Alguna vez han visto un pelotón de reclutas después de una marcha? Pero he contado estas cosas para hacerles ver la contradicción del templario. Tiene que ser místico, ascético, no comer, no beber, no follar, pero va por el desierto cortando cabezas a los enemigos de Cristo, y cuántas más corta mayor es el número de cupones para el paraíso, apesta, cada día está  más barbudo, y luego Bernardo pretende que tras haber conquistado una ciudad no se arroje sobre cualquier jovencita, o viejecita, o lo que sea, y que en las noches sin luna, cuando, como se sabe, el simún sopla sobre el desierto, no solicite algún que otro favor de su camarada preferido. Como puede uno ser monje y espadachín, destripa a los enemigos y reza el avemaría, no mires el rostro de la prima, pero luego al entrar en una ciudad, después de días de asedio, los otros cruzados se cepillan a la mujer del califa allí delante, sulamitas estupendas se abren el corpiño y dicen tómame, tómame, pero perdóname la vida... Y el templario nada, tiene que estarse allí, tieso, maloliente, hirsuto, como quería San Bernardo, y rezar completas... Por lo demás, basta con leerse los Retraits... 

--¿Qué eran? 

--Estatutos de la Orden. Su redacción es bastante tardía, digamos que la época en que ya la Orden iba en zapatillas. Nada peor que un ejército que se aburre porque la guerra ha concluido. Por ejemplo, se prohíben reyertas, heridas a un cristiano por venganza, trato con mujeres, calumnias al hermano. No hay que perder un esclavo, montar en cólera y exclamar “¡me iré con los sarracenos!”, extraviar por descuido un caballo, regalar animales, salvo perros y gatos, marcharse sin permiso, romper el sello del maestro, abandonar la capitanía durante la noche, prestar dinero de la Orden sin autorización, arrojar el hábito al suelo en un arranque de furor. 

--De un sistema de prohibiciones puede deducirse lo que la gente hace normalmente --dijo Belbo--, y puede obtenerse una imagen de la vida cotidiana. 

--Veamos --dijo Diotallevi--. Un templario, irritado por algo que sus hermanos le han dicho o hecho aquella noche, se marcha sin permiso al abrigo de la oscuridad, cabalga con un sarracenito por escolta y tres capones colgados de la silla, va donde una muchacha de costumbres indecorosas y, tras colmarla de capones, yace ilícitamente con ella... A todo esto, durante el regodeo, el morito huye llevándose el caballo, y nuestro templario, más sucio, sudado e hirsuto que de costumbre, regresa con el rabo entre las piernas y, tratando de no ser visto, entrega dinero (del Templo) al consabido usurero judío que espera como un buitre al acecho... 

--Tú lo has dicho, Caifás --observó Belbo. 

--Venga con los tópicos. El templario trata de recuperar, si no al moro, al menos algo que se parezca a un caballo. Pero un co-templario se percata del montaje y a la hora de la cena (ya se sabe, en esas comunidades la envidia esta a la orden del día), cuando entre la satisfacción general llega la carne, hace graves alusiones. El capitán se sospecha algo, el templario se lía, se pone colorado, saca el puñal y se arroja sobre el compadre... 

--Sobre el sicofante --corrigió Belbo. 

--Sobre el sicofante, bien dicho, se arroja sobre el miserable y le tercia la cara. El otro coge la espada, arman una trifulca indecorosa, el capitán intenta calmarles a espaldarazos, los hermanos se desternillan de risa... 

--Mientras beben y blasfeman como templarios... --dijo Belbo. 

--¡Pardiez, redios, sangredediós, votoadiós, vivediós! --recité yo. 

--Y claro, nuestro hombre se altera, se... ¿cómo diablos se pone un templario cuando se altera? 

--Se le enciende la sangre--sugirió Belbo. 

--Si, lo que dices, se le enciende la sangre, se quita el habito y lo arroja al suelo... 

--¡Quedaos con esta túnica de mierda y con vuestro cochino templo!, --propuse más aún, descarga su espada sobre el sello, lo destroza y grita que se va con los sarracenos. 

--Ha violado al menos ocho preceptos de una sola vez. 

Para ilustrar mejor mi tesis, concluí: 

--¿Se imaginan a estos individuos, que dicen me voy con los sarracenos, el día en que el baile general del rey les arresta y les muestra los hierros candentes? ¡Habla marrano, confiesa que os la metíais en el trasero! 

¿Nosotros? A mi vuestras tenazas me dan risa, no sabéis de lo que es capaz un templario, ¡yo os la meto en el trasero a vos, al papa y si cae en mis manos al mismo rey Felipe! 

--¡Ha confesado, ha confesado! Sin duda sucedió así --dijo Belbo--. 

Y derecho al calabozo, cada día un poco de aceite, que así arde mejor. 

--Como niños --concluyó Diotallevi. 

Nos interrumpió una chica que tenía un lunar en la nariz en forma de fresa y traía unos papeles en la mano. Nos preguntó si ya habíamos firmado por los compañeros argentinos detenidos. Belbo firmó en seguida, sin mirar la hoja. 

--En todo caso, están peor que yo --le dijo a Diotallevi, que lo miraba con aire confundido. Después se volvió hacia la chica--: El no puede firmar, pertenece a una minoría india que prohíbe escribir el propio nombre. 

Muchos de ellos están en prisión porque el gobierno les persigue. 

La chica miro a Diotallevi con comprensión y me pasó la hoja. Diotallevi se serenó. 

--¿Quiénes son? 

--¿Cómo que quiénes son? Son compañeros argentinos. 

--Si, pero ¿de qué grupo? 

--Pues de Tacuara. 

--Pero si los de Tacuara son fascistas --me atreví a decir, por lo que sabía al respecto. 

--Fascista --me espetó con disgusto la chica, y se marchó. 

--Pero vamos a ver, ¿entonces esos templarios eran unos pobrecillos? --preguntó Diotallevi. 

--No --dije--, la culpa es mía, estaba tratando de ponerle un poco de sal a la historia. Lo que he dicho se refiere a la tropa, pero la Orden recibió desde su fundación donaciones inmensas y poco a poco fue estableciendo capitanías en toda Europa. Pensad que Alfonso de Aragón les regala un país entero, bueno, hace testamento y les deja el reino en caso de morir sin herederos. Los templarios no se fian y proponen un arreglo, como quien dice pájaro en mano ahora mismo, pero el pájaro son media docena de fortalezas en España. El rey de Portugal les regala un bosque y, como éste aún estaba ocupado por los sarracenos, los templarios arremeten, echan a los moros y como si tal van y fundan Coimbra. Y sólo son algunos episodios. En suma, una parte combate en Palestina, pero la mayoría opera en Europa. ¿Y qué sucede? Que si alguno tiene que ir a Palestina y necesita dinero, y no se atreve a viajar llevando joyas y oro, les hace un ingreso a los templarios en Francia, o España, o Italia, le dan un bono y cobra en Oriente. 

--Es el documento de crédito --dijo Belbo. 

--Claro, inventaron el cheque, y antes que los banqueros florentinos. 

Ya comprenderán que, entre donaciones, conquistas a mano armada y comisiones por las operaciones financieras, los templarios se convirtieron en una multinacional. Para dirigir una empresa de ese tipo se necesitaba gente que tuviera las ideas bien claras. Gente que supiese como convencer a Inocencio II para que les otorgara privilegios excepcionales: la Orden puede quedarse con todo el botín de guerra, y en cualquier parte donde posea bienes no tiene que responder al rey, ni a los obispos, ni al patriarca de Jerusalén, sino sólo al papa. Exenta de pagar diezmos, puede imponerlos en las tierras que domina... En suma, una empresa que siempre da beneficios y en la que nadie puede meter las narices. Se entiende por qué no gozan de la simpatía de obispos y reyes. Sin embargo, son imprescindibles. 

Los cruzados son unos chapuceros, gente que parte sin saber adónde va ni con qué se encontrará; los templarios, en cambio, están allí como peces en el agua, saben cómo tratar con el enemigo, conocen el terreno y el arte militar. La Orden de los Templarios es algo serio, aun cuando se apoya en las bravuconadas de sus tropas de asalto. 

--Pero, ¿realmente eran bravuconadas? --preguntó Diotallevi. 

--A menudo si, de nuevo llama la atención el contraste entre su competencia política y administrativa, y su estilo de boinas verdes, todo agallas y nada de seso. Tomemos la historia de Ascalón... 

--Tomémosla --dijo Belbo, que se había distraído por saludar con ostentosa lujuria a una tal Dolores. 

Esta se sentó con nosotros y dijo: 

--Quiero escuchar la historia de Ascalón, quiero. 

--Pues bien, un día el rey de Francia, el emperador Alemán, Balduino III de Jerusalén y dos grandes maestres de los templarios y de los hospitalarios deciden sitiar Ascalón. Parten todos hacia allá: el rey, la corte, el patriarca, los curas con sus cruces y estandartes, los arzobispos de Tiro, Nazaret, Cesárea, vamos, una gran fiesta, con las tiendas montadas frente a la ciudad enemiga, y las oriflamas, los grandes gonfalones, los tambores... Ascalón estaba defendida por ciento cincuenta hombres, y sus habitantes estaban preparados desde hacia mucho tiempo para resistir el asedio, se habían abierto troneras en todas las casas, fortalezas dentro de la fortaleza. Digo yo, que los templarios, que eran tan listos, esto hubieran tenido que saberlo. Pues no, todos se excitan, se construyen arietes y torres de madera, ya sabéis, esas construcciones montadas sobre ruedas, que se empujan hasta las murallas del enemigo y arrojan fuego, piedras, flechas, mientras desde lejos las catapultas bombardean con pedruscos... Los ascalonitas tratan de incendiar las torres, el viento les es adverso, las llamas invaden las murallas, que al menos en un punto se derrumban. ¡La brecha! Entonces todos los atacantes se lanzan como un solo hombre, y sucede algo extraño. El gran maestre de los templarios ordena formar una barrera para que sólo sus hombres entren en la ciudad. Los malignos dicen que lo hace para que el saqueo sólo enriquezca al Temple, los benignos sugieren que temiendo una emboscada quiere enviar como avanzadilla a sus valientes. De todas formas, yo no le confiaría la dirección de una escuela militar, porque cuarenta templarios atraviesan la ciudad a ciento ochenta por hora, chocan contra la muralla del lado opuesto, frenan levantando una polvareda inmensa, se miran a los ojos, se preguntan qué están haciendo allí, invierten la marcha y desfilan como un rayo entre los moros, que les arrojan piedras y viratones por las ventanas, y los masacran a todos, incluido el gran maestre, y luego cierran la brecha, cuelgan los cadáveres de las murallas y se cachondean de los cristianos lanzando carcajadas inmundas. 

--El moro es cruel --dijo Belbo. 

--Como niños --volvió a decir Diotallevi. 

--Demasiado para el cuerpo de esos templarios --exclamó Dolores, entusiasmada. 

--A mí me recuerdan a Tom y Jerry --dijo Belbo. 

Me arrepentí. Al fin y al cabo hacia dos años que vivía con los templarios, y les había tomado cariño. Influenciado por el esnobismo de mis interlocutores, los había presentado como personajes de dibujos animados. 

Quizá  era culpa de Guillermo de Tiro, historiador infiel. No eran así los caballeros del Temple, barbudos y resplandecientes, con la hermosa cruz roja en el cándido manto, caracoleando a la sombra de su bandera blanca y negra, el Beauceant, entregados, con prodigioso fervor, a su festín de muerte y valentía, y el sudor de que hablaba San Bernardo era quizá un bruñido broncíneo que confería sarcástica nobleza a su terrible sonrisa, mientras festejaban de manera tan cruel el adiós a la vida... Leones en la guerra, como decía Jacques de Vitry, dulces corderillos en la paz, rudos en la lid, devotos en la plegaria, brutales con los enemigos, benévolos con los hermanos, marcados por el blanco y el negro de su estandarte, por su pleno candor con los amigos de Cristo, su sombría fiereza con sus adversarios... 

Patéticos campeones de la fe, último ejemplo de una caballería en decadencia, ¿por qué tenía yo que abordarlos como un Ariosto cualquiera, cuando bien hubiera podido ser su Joinville? Recordé las páginas que les dedica el autor de la Historia de San Luis, que había acompañado al Rey Santo a Tierra Santa, escribiente y guerrero al mismo tiempo. Ya hacia ciento cincuenta años que existían los templarios, y las cruzadas se habían ido sucediendo hasta agotar todo ideal. Desaparecidas como fantasmas las figuras heroicas de la reina Melisenda y de Balduino, el rey leproso, consumadas las luchas intestinas de aquel Libano desde entonces ensangrentado, caída ya una vez Jerusalén, ahogado Barbarroja en Cilicia, derrotado y humillado Ricardo Corazón de León, que regresa a su patria disfrazado, precisamente, de templario, la cristiandad ha perdido su batalla, los moros tienen un sentido muy distinto de la confederación entre potentados autónomos, pero saben unirse en defensa de una civilización, han leído a Avicena, no son ignorantes como los europeos: ¿cómo es posible estar en contacto durante dos siglos con una cultura tolerante, mística y libertina, sin ceder a sus encantos, cuando se la ha podido comparar con la cultura occidental, basta, zafia, bárbara y germánica? Hasta que en 1244 se produce la última y definitiva caída de Jerusalén, la guerra, iniciada ciento cincuenta años antes, está perdida, los cristianos deben dejar de batirse en aquel páramo destinado a la paz y al perfume de los cedros del Líbano pobres templarios, ¿para qué ha servido vuestra epopeya? 

Ternura, melancolía, palidez de una gloria senescente, ¿por qué no prestar oídos a las doctrinas secretas de los místicos musulmanes, a la acumulación hierática de tesoros escondidos? Quizá ése sea el origen de la leyenda de los caballeros del Temple que aún obsesiona a las mentes desilusionadas y anhelantes, el relato de un poder sin limites que ya no sabe dónde actuar... 

Y, sin embargo, ya en el ocaso del mito llega Luis, el rey santo, el rey que tiene por comensal al Aquinate, él aún cree en la cruzada, a pesar de dos siglos de sueños e intentos fracasados por la estupidez de los vencedores, ¿vale la pena intentarlo una vez más? Vale la pena, dice el Santo Luis los templarios aceptan, le siguen a la derrota, pues es su oficio, ¿como se justifica el Temple sin la cruzada? 

Luis ataca Damietta desde el mar, la orilla enemiga es un resplandor de lanzas y alabardas y oriflamas, escudos y cimitarras; hermosa gente bello espectáculo, dice Joinville con caballerosidad, las armas de oro batidas por el sol. Luis podría esperar, pero en cambio decide desembarcar a cualquier precio. “Mis fieles, seremos invencibles si sabemos permanecer inseparables en nuestra caridad. Si somos vencidos, seremos mártires. Si triunfamos, nuestra gesta aumentará la gloria de Dios.” Los templarios tienen sus dudas, pero han sido educados para luchar por un ideal y ésa es la imagen que deben dar de si mismos. Seguirán al rey en su locura mística. 

Increíblemente, el desembarco es un éxito, Increíblemente, los sarracenos abandonan Damietta: es tan increíble que el rey vacila en entrar porque duda de que hayan huido. Pero es cierto, la ciudad es suya y suyos son sus tesoros y las cien mezquitas, que Luis convierte en seguida en iglesias del Señor. Ahora se impone una decisión: ¿marchar sobre Alejandría o sobre El Cairo? La decisión sabia hubiera sido dirigirse a Alejandría, para privar a Egipto de un puerto vital. Pero en la expedición había un genio maligno, el hermano del rey, Robert d'Artois, megalómano, ambicioso, sediento de gloria inmediata, como buen segundón.

Aconseja dirigirse hacia El Cairo, corazón de Egipto. El Temple, que al principio se había mostrado prudente, ahora muerde el freno. El rey había prohibido los combates aislados, pero es el mariscal del Temple quien viola la prohibición. 

Divisa una cuadrilla de mamelucos del sultán y grita: “¡A ellos, en nombre de Dios, no puedo soportar tamaña afrenta!” 

En Mansurah los sarracenos se hacen fuertes al otro lado de un río, los franceses tratan de construir una presa para formar un vado, y la protegen con sus torres móviles, pero los sarracenos han aprendido de los bizantinos el arte del fuego griego. El fuego griego tenía una cabeza gruesa, como un tonel, su cola era como una gran lanza, llegaba como un rayo y parecía un dragón volador. Arrojaba tanta luz que iluminaba el campo como si fuese de día. 

Mientras el campo cristiano es pasto de las llamas, un beduino traidor indica al rey un vado a cambio de trescientos bisantes. El rey decide atacar, la travesía no es fácil, muchos se ahogan y son arrastrados por las aguas, en la orilla opuesta esperan trescientos sarracenos a caballo. Pero finalmente el grueso del ejército toca tierra, y, según las órdenes, los templarios van a la cabeza, seguidos por el conde de Artois. Los caballeros musulmanes se dan a la fuga y los templarios esperan al resto del ejército cristiano. 

Pero el conde de Artois se lanza con sus hombres a perseguir al enemigo. 

Entonces los templarios, para salvar el honor, también se lanzan al asalto, pero llegan después del conde, que ya ha penetrado en el campo enemigo sembrando estragos. Los musulmanes huyen hacia Mansurah. El de Artois sólo esperaba eso para salir tras ellos. Los templarios intentan detenerle, el hermano Gilles, gran comandante del Temple, le lisonjea diciéndole que ya ha realizado una hazaña admirable, una de las mayores que se hayan visto en tierras de ultramar. Pero el conde, lechuguino sediento de gloria, acusa de traición a los templarios y llega a decir incluso que, de haberlo querido los templarios y los hospitalarios, aquellas tierras ya estarían conquistadas desde hacia tiempo, y que él acababa de probar lo que era capaz de hacer alguien que tuviera sangre en las venas. Aquello era demasiado para el honor del Temple. Al Temple no hay quien le tosa, todos se lanzan hacia la ciudad, entran en ella, persiguen a los enemigos hasta las murallas opuestas, y de pronto los templarios se dan cuenta de que han repetido el error de Ascalón. Los cristianos, incluidos los templarios, se han demorado saqueando el palacio del sultán, los infieles se rehacen y caen sobre aquella mesnada de buitres ahora dispersa. ¿Se han dejado cegar los templarios una vez más por la avidez? Hay quien dice, sin embargo, que antes de seguir al de Artois, fray Gilles le había dicho con lúcido estoicismo: “Señor, mis hermanos y yo no tenemos miedo y os seguiremos. Pero sabed que dudamos, y mucho, de que vos y yo podamos regresar.” De todas formas, el de Artois, por la gracia de Dios, murió, y con él muchos otros valientes caballeros, y doscientos ochenta templarios. 

Peor que una derrota, una afrenta. Sin embargo, no fue registrada como tal, ni siquiera por Joinville: suele suceder, es la belleza de la guerra. 

En la pluma del señor de Joinville, muchas de aquellas batallas, o si se quiere escaramuzas, se transforman en pantomimas airosas, en alguna cabeza que rueda, y muchas imploraciones al buen Señor y algún llanto del rey por uno de sus fieles que expira, pero todo parece filmado en colores, entre gualdrapas rojas, arreos dorados, resplandor de yelmos y espadas bajo el amarillo sol del desierto, y frente al mar color turquesa, y quién sabe si los templarios no habrán vivido así su carnicería cotidiana. 

La mirada de Joinville se mueve desde arriba hacia abajo o desde abajo hacia arriba, según caiga del caballo o vuelva a encaramarse en la silla, y enfoca escenas aisladas, no logra captar el plan de la batalla, todo se reduce a duelos individuales, y desenlaces muchas veces azarosos. Joinville se lanza en ayuda del señor de Wanon, un turco le golpea con su lanza, el caballo cae de bruces, Joinville sale despedido por encima de la cabeza del animal, se incorpora con la espada en la mano y micer Erars de Siverey (que Dios lo absuelva) le indica que se refugie en una casa destruida, son literalmente pisoteados por una cuadrilla de turcos, se incorporan indemnes, llegan hasta la casa, se atrincheran, los turcos les atacan con lanzas desde arriba. Micer Frederic de Loupey es herido por la espalda “y fue tal la herida que la sangre salpicaba como cuando salta el tapón de una cuba” y Siverey recibe un tajo en pleno rostro “de suerte que la nariz le caía sobre los labios”. Ea, llegan refuerzos, consiguen salir de la casa, se desplazan hacia otro sector del campo de batalla, otra escena, otros muertos y salvamentos in extremis, plegarias en voz alta al señor Santiago. Y grita entretanto el bueno del conde de Soissons, sin dejar de descargar la espada: “-Señor de Joinville, dejemos que esta vil gente vocee, por Dios que ya hablaremos vos y yo de esta jornada cuando estemos rodeados de damas!” Y el rey pregunta por su hermano, el maldito conde de Artois y fray Henry de Ronnay, preboste del Hospital, le responde “que le tenía buenas noticias porque seguramente el conde de Artois estaba en el Paraíso”. El rey dice que Dios sea loado por todo lo que le envía, y gruesas lágrimas caen de sus ojos. 

Pero no siempre es como una pantomima, por angélica y sanguinaria que resulte. Muere el gran maestre Guillaume de Sonnac, abrasado por el fuego griego; debido al hedor de los cadáveres y a la escasez de víveres, el ejército cristiano es victima del escorbuto, las huestes de San Luis muerden el polvo, el rey se consume de disentería, a tal punto que, para no perder tiempo en la batalla, tiene que cortarse el fondo de los calzones. Pierden Damietta, la reina debe pactar con los sarracenos y paga quinientos mil torneses para salvar la vida. 

Pero las cruzadas se hacían con teologal mala fe. En San Juan de Acre, Luis es recibido como un triunfador y sale a su encuentro toda la ciudad en procesión, con el clero, las damas y los niños. Los templarios tienen más vista e intentan iniciar tratativas con Damasco. Luis se entera, no soporta que pasen por encima de él, desautoriza al nuevo gran maestre ante los embajadores musulmanes, y el gran maestre tiene que retirar la palabra dada, se arrodilla ante el rey y pide disculpas.

No puede decirse que los caballeros no hayan combatido bien, y desinteresadamente, pero el rey de Francia les humilla, para reafirmar su poder, y para reafirmar su poder medio siglo más tarde, su sucesor Felipe los enviará a la hoguera. 

En 1291, los moros conquistan San Juan de Acre, pasan a cuchillo a todos sus habitantes. El reino cristiano de Jerusalén ha concluido. Los templarios son más ricos, más numerosos y más fuertes que nunca, pero ellos, que nacieron para pelear en Tierra Santa, ya no están en Tierra Santa. 

Viven espléndidamente encerrados en sus capitanías de toda Europa y en el Temple de Paris, y aun sueñan con la explanada del Templo de Jerusalén en las épocas gloriosas, con la hermosa iglesia de Santa María de Letrán ceñida de capillas votivas, ramos de trofeos, y un fervor de fraguas, talabarterías, graneros, pañerías, una cuadra con dos mil caballos, un caracolear de escuderos, ayudantes, turcopoliers, las cruces rojas sobre los mantos blancos, las cotas pardas de los auxiliares, los emisarios del sultán con sus grandes turbantes y sus yelmos dorados, los peregrinos, y una encrucijada de bellas rondas y correos, el júbilo de las arcas, el puerto desde el que se despachan órdenes, disposiciones y mercaderías para los castillos de la madre patria, de las islas, de las costas del asía Menor... 

Todo concluido, mis pobres templarios. 

Aquella noche en el Pílades, cuando ya iba por el quinto whisky, que Belbo me servia imperiosamente, me di cuenta de que había estado soñando, con sentimiento (qué vergüenza), pero en voz alta, y debía de haber contado una historia muy bella, con pasión y compasión, porque Dolores tenía los ojos brillantes, y Diotallevi, entregado a la locura de un segundo botellín de tónica, tenía la vista, seráfica, vuelta hacia el cielo, mejor dicho hacia el nada sefirótico cielorraso del bar, mientras murmuraba: 

--Y quizá fueran todo eso, almas condenadas y almas santas, caballerizos y caballeros, banqueros y héroes... 

--Ya lo creo que eran singulares --resumió Belbo--. ¿Pero a usted, Casaubon, le gustan? 

--Yo estoy haciendo una tesis sobre ellos, y hasta el que hace una tesis sobre la sífilis acaba enamorándose de la espiroqueta pálida. 

--Qué bonita, parece de película --dijo Dolores--. Pero ahora debo marcharme, lo lamento pero tengo que ciclostilar las octavillas para mañana temprano. Habrá  piquetes en la fábrica Marelli. 

--Feliz de ti que puedes permitírtelo --dijo Belbo. Levantó con cansancio una mano y le acarició los cabellos. Pidió, según anuncio, el último whisky--. Es casi medianoche --observó--. No lo digo por los seres humanos, sino por Diotallevi. Pero acabemos la historia, quiero saber cómo fue el proceso. Cuándo, cómo, por qué... 

--Cur, quomodo, quando --asintió Diotallevi--. Si, si. 

Afirma que el día antes había visto cómo llevaban a la hoguera a cincuenta y cuatro hermanos de la Orden porque no habían querido confesar los mencionados errores, y que había oído decir que los habían quemado, y que él, no estando seguro de poder resistir en caso de que lo quemaran, confesaría por miedo a la muerte, en presencia de los señores comisarios y de cualquier otra persona, si lo interrogaban, que todos los errores inputados a la Orden eran ciertos y que él, si se lo pedían, también acabaría confesado que había matado a Nuestro Señor.

 

(Declaraciones de Aimery de Villiers-le-Duc, 13 de mayo de 1310). 

Un proceso lleno de silencios, contradicciones, enigmas y estupideces. 

Estas últimas eran las más evidentes, y por ser inexplicables coincidían casi siempre con los enigmas. En aquella época feliz, yo aún creía que la estupidez producía el enigma. La otra tarde en el periscopio pensaba que los enigmas más terribles, para no revelarse como tales, se disfrazan de locura. Ahora, en cambio, estoy persuadido de que el mundo es un enigma benigno, que nuestra locura vuelve terrible porque pretende interpretarlo con arreglo a su propia verdad. 

Los templarios se habían quedado sin razón de ser. O más bien, habían transformado sus medios en fin y se dedicaban a administrar sus inmensas riquezas. Era lógico que un monarca centralista como Felipe el Hermoso los mirara con malos ojos. ¿Qué control podía ejercerse sobre una Orden soberana? El gran maestre tenía el rango de un príncipe de sangre, comandaba un ejército, administraba un patrimonio inmobiliario inmenso, era elegido al igual que el emperador y tenía una autoridad absoluta. El tesoro francés no estaba en manos del rey, sino en el Temple de Paris. Los templarios eran los depositarios, los procuradores, los administradores de una cuenta corriente cuyo titular, oficialmente, era el rey. Cobraban, pagaban jugaban con los intereses, se comportaban como un gran banco privado pero con todos los privilegios y franquicias de un banco estatal... Y el tesorero del rey era un templario. ¿Se puede reinar en esas condiciones? 

Si no puedes derrotarles, únete a ellos. Felipe solicitó que le admitieran como miembro honorario de la Orden. Respuesta negativa. Ofensa que un rey no olvida. Entonces sugirió al papa que fusionase a los templarios y a los hospitalarios y creara una nueva Orden controlada por uno de sus hijos. El gran maestre del Temple, Jacques de Molay, llegó con gran pompa desde Chipre, donde ahora residía como un monarca en el exilio, y presentó al papa un memorial donde fingía analizar las ventajas de la fusión, pero en realidad acababa destacando todas sus desventajas. Sin pudor alguno, Molay señalaba, entre otras cosas, que los templarios eran más ricos que los hospitalarios, y que la fusión empobrecería a unos para enriquecer a los otros, lo que supondría un grave perjuicio para las almas de sus caballeros. Molay ganó la primera mano de aquella partida que sólo acababa de empezar, se archivo el expediente. 

Sólo quedaba recurrir a la calumnia, y en eso el rey tenía buenas cartas. Rumores sobre los templarios hacia tiempo que circulaban. ¿Qué pensarían los buenos franceses de esos “coloniales”, a los que se veía por ahí recogiendo diezmos sin dar nada a cambio, ni siquiera su sangre de guardianes del Santo Sepulcro? También ellos eran franceses, pero no del todo, una especie de pieds noirs, o, como se decía entonces, poulains. A lo mejor hacían gala de costumbres exóticas, quién sabe si entre ellos no hablarían el idioma de los moros, al que estaban tan avezados. Eran monjes, pero exhibían públicamente sus hábitos estrafalarios, y ya unos años antes el papa Inocencio III había tenido que emitir una bula De insolentia Templariorum. Habían hecho voto de pobreza, pero se presentaban con el fasto de una casta aristocrática, la avidez de las nuevas clases mercantiles, el descaro de un cuerpo de mosqueteros. 

No se necesitaba mucho para pasar a las habladurías: homosexuales, herejes, idólatras que adoran una cabeza barbuda de origen desconocido, aunque, desde luego, ajena al panteón de los buenos creyentes, quizá  conocen los secretos de los Ismailies, están en contacto con los Asesinos del Viejo de la Montaña. Felipe y sus consejeros aprovecharon de alguna manera estas habladurías. 

Detrás de Felipe se mueven sus dos ángeles de las tinieblas, Marigny y Nogaret. Marigny es el que al final se apoderará del tesoro del Temple y lo administrará en nombre del rey, hasta que sea transferido a los hospitalarios, y no está claro quién se embolsa los intereses. Nogaret, canciller del rey, había sido en 1303 el estratega del incidente de Anagni, en que Sciarra Colonna había abofeteado a Bonifacio VIII, y el papa había muerto de humillación al cabo de un mes. 

En determinado momento, entra en escena un tal Esquieu de Floyran. 

Parece que, mientras está  en la cárcel por delitos desconocidos y a punto de ser condenado a muerte, comparte la celda con un templario renegado, también él a la espera del cadalso, y del que escucha terribles confesiones. 

A cambio del perdón y de una suma respetable, Floyran vende lo que ha llegado a saber. Que no es más que lo que ya está en boca de todos. Pero ahora lo que era rumor se ha convertido en declaración sumarial. El rey comunica las sensacionales revelaciones de Floyran al papa, que ahora es Clemente V, el que trasladará la sede papal a Aviñón. El papa no sabe qué pensar, y, además, sabe que no es fácil meter mano en los asuntos del Temple. 

Pero en 1307 autoriza una investigación oficial. Molay es informado y declara que se siente tranquilo. Continúa participando, junto al rey, en las ceremonias oficiales, príncipe entre príncipes. Clemente V da largas al asunto, el rey sospecha que el papa quiere dar tiempo a los templarios para que puedan eclipsarse. Totalmente falso, los templarios siguen bebiendo y blasfemando en sus capitanías sin enterarse de nada. Y ése es el primer enigma. 

El 14 de septiembre de 1307, el rey envía mensajes sellados a todos sus bailes locales y senescales ordenando la detención en masa de los templarios y la confiscación de sus bienes. Entre el envio de la orden y la detención, que se produce el 13 de octubre, transcurre un mes. Los templarios no sospechan nada. La mañana de la detención caen todos en la red y, segundo enigma, se rinden sin hacer uso de las armas. Téngase en cuenta que en los días precedentes los oficiales del rey, para estar seguros de que nada escapara a la confiscación, habían llevado a cabo una especie de censo del patrimonio templario en todo el territorio nacional, valiéndose de pretextos administrativos pueriles. Pero los templarios nada, pase usted señor baile, mire donde quiera, como si estuviese en su casa. 

El papa, en cuanto se entera de la detención, intenta protestar, pero ya es demasiado tarde. Los comisarios reales han empezado a trabajar con el hierro y la cuerda, y muchos caballeros, sometidos a tortura, han confesado. A esas alturas sólo queda transferirlos a los inquisidores, que aún no recurren al fuego, pero es igual. Los confesos confirman. 

Y ése es el tercer misterio: es cierto que los torturaron, y con saña, puesto que treinta y seis caballeros mueren por ello, pero entre aquellos hombres de hierro, habituados a hacer frente al cruel turco, no hay ni uno capaz de hacer frente a los bailes. En Paris sólo cuatro de un total de ciento treinta y ocho caballeros se niegan a confesar. Los demás confiesan todos, entre ellos Jacques de Molay. 

--Pero, ¿qué confiesan?--preguntó Belbo. 

--Confiesan exactamente lo que estaba escrito en la orden de detención. Hay muy pocas diferencias entre las declaraciones, al menos en Francia e Italia. En Inglaterra, en cambio, donde nadie quiere realmente procesarlos, las declaraciones contienen las imputaciones consabidas, pero se las atribuye a testigos ajenos a la Orden, que sólo hablan por lo que han oído decir. Vamos, que los templarios sólo confiesan donde alguien quiere que confiesen, y sólo confiesan lo que se quiere que confiesen. 

--El típico proceso inquisitorial. Conocemos otros ejemplos --observó Belbo. 

--Sin embargo, los acusados se comportan de manera extraña. Los cargos son que los caballeros, en sus ritos de iniciación, renegaban tres veces de Cristo, escupían sobre el crucifijo, eran desvestidos y besados in posteriori parte spine dorsi o sea en el trasero, en el ombligo y después en la boca, in humane dignitatis opprobrium, por último, dice el texto, se entregaban a concúbito reciproco, uno con otro. La orgía. Después se les mostraba la cabeza de un ídolo barbudo, y debían adorarlo.

Pues bien, ¿qué responden los acusados al escuchar estas acusaciones? Geoffroy de Charney, que luego morirá en la hoguera con Molay, dice que sí, que en cierta ocasión ha renegado de Cristo, pero con la boca, no con el corazón, y que no recuerda si ha escupido en el crucifijo porque aquella noche todo se hacia muy aprisa. En cuanto al beso en el trasero, dice que también eso le ha sucedido, y que ha oído decir al preceptor de Auvernia que en el fondo era mejor unirse con los hermanos que tratar con una mujer, pero que él, sin embargo, jamás ha cometido pecados carnales con otros caballeros.

 

O sea que sí, pero era casi un juego, nadie creía realmente en ello, los otros lo hacían pero yo no, lo aceptaba por buena educación. Jacques de Molay, el gran maestre y, por tanto, no precisamente el último de la banda, dice que, cuando le presentaron el crucifijo para que escupiese, hizo como que si, pero escupió en el suelo. Admite que las ceremonias de iniciación eran así, pero, mira por dónde, no podía afirmarlo con exactitud, porque en toda su carrera sólo había iniciado a unos pocos hermanos. Otro dice que ha besado al maestre, pero no en el culo sino en la boca, pero que el maestre si le había besado el culo a él. Algunos confiesan más de lo necesario, no solo renegaban de Cristo sino que afirmaban que era un criminal, negaban la virginidad de María, el crucifijo, habían llegado a orinar encima, no sólo el día de su iniciación sino también durante la Semana Santa, no creían en los sacramentos, no se limitaban a adorar al Bafomet, adoraban incluso al diablo en forma de gato... 

Igualmente grotesco, aunque no tan increíble, es el pulso que se inicia entonces entre el rey y el papa. El papa quiere hacerse cargo del proceso, el rey prefiere concluirlo solo, el papa querría suprimir sólo provisionalmente la Orden, condenando a los culpables y restaurándola luego en su pureza primitiva, el rey quiere que el escándalo se extienda, que el proceso implique a la Orden en conjunto y la conduzca a su desmembramiento definitivo, político y religioso, claro está, pero sobre todo financiero. 

De pronto aparece un documento que es una obra maestra. Unos teólogos determinan que no debe concederse un defensor a los acusados, para impedir que se retracten: puesto que han confesado, ni siquiera es necesario instruir una causa, el rey debe proceder de oficio, el proceso se justifica cuando el caso es dudoso, pero aquí no hay ni sombra de duda. “¿Por qué darles entonces un defensor, como no sea para que defienda los errores que han confesado, puesto que de la evidencia de los hechos resulta palmaria la comisión del crimen?” 

Pero, como hay peligro de que el proceso pase de las manos del rey a las del papa, Felipe y Nogaret montan un proceso escandaloso en el que se ve implicado el obispo de Troyes, acusado de brujería sobre la base de la delación de un misterioso intrigante, un tal Noffo Dei. Después se descubrir  que Dei había mentido, y acabará en la horca, pero entretanto el pobre obispo ha sido acusado públicamente de sodomía, sacrilegio, usura. 

Los mismos cargos que se hacen a los templarios. Quizá  el rey quiere mostrar a los hijos de Francia que la Iglesia no tiene derecho a juzgar a los templarios porque no es inmune a esas manchas, o quizá  sólo sea una advertencia dirigida al papa. Es una historia oscura, un juego de policías y servicios secretos, de infiltraciones y delaciones... El papa se ve entre la espada y la pared y acepta interrogar a setenta y dos templarios, que confirman las confesiones sacadas con torturas. Sin embargo, el papa toma en cuenta su arrepentimiento y juega la carta de la abjuración para poderles perdonar. 

Y entonces sucede algo más; este era un punto que debía resolver en mi tesis, y estaba dividido entre fuentes contradictorias: el papa acaba de obtener, al fin y con mucho trabajo, la custodia de los caballeros, pero de pronto los devuelve al rey. Nunca he entendido qué fue lo que sucedió. Molay se retracta de lo confesado, Clemente le permite defenderse y envía tres cardenales para interrogarle, el 26 de noviembre, Molay asume una arrogante defensa de la Orden y de su pureza, y llega a amenazar a los acusadores, después se les acerca un enviado del rey, Guillaume de Plaisans, a quien cree su amigo, éste le da algún oscuro consejo y el 28 del mismo mes el gran maestre formula una declaración harto tímida y muy imprecisa, dice que es un caballero pobre e inculto, y se limita a enumerar los méritos (ya remotos) del Temple, las limosnas que ha distribuido, el tributo de sangre en Tierra Santa, y cosas por el estilo. Para colmo llega Nogaret, quien recuerda los contactos, más que amistosos, entre el Temple y Saladino: se insinúa ya un delito de alta traición. Las justificaciones de Molay son penosas, en esas declaraciones el hombre, que ya ha soportado dos años de cárcel, parece un trapo viejo, aunque bien es cierto que ya lo parecía al día siguiente de su detención. En una tercera declaración, que tuvo lugar en marzo del año siguiente, Molay adopta otra estrategia: no habla, y no hablará  si no es ante el papa. 

Un lance imprevisto, y esta vez se pasa al drama épico. En abril de 1310 quinientos cincuenta templarios piden que se les deje hablar en defensa de la Orden, denuncian las torturas a que han sido sometidos los que han confesado, lo niegan todo y demuestran que los cargos que se formulan en su contra son absurdos. Pero el rey y Nogaret conocen su oficio. ¿Algunos templarios se retractan? Mejor así, porque entonces hay que considerarles reincidentes y perjuros, es decir relapsos, acusación terrible en aquellos tiempos, porque niegan con soberbia lo que ya han reconocido. Se puede perdonar incluso al que confiesa y se arrepiente, pero no a quien no se arrepiente porque se retracta de lo confesado y dice, cometiendo perjurio, que no tiene nada de que arrepentirse. Cincuenta y cuatro retractantes perjuros son condenados a muerte. 

No es difícil imaginar cuál seria la reacción psicológica de los otros detenidos. El que confiesa sigue vivo en la cárcel, y mientras hay vida hay esperanza. El que no confiesa, o, aún peor, se retracta, acaba en la hoguera. Los quinientos retractantes aún con vida se retractan de su retractación. 

Resultó que tenían razón los arrepentidos, porque en 1312 los que no habían confesado fueron condenados a cadena perpetua, mientras que los confesos fueron perdonados. Felipe no quería una matanza, sólo le interesaba el desmembramiento de la Orden. Los caballeros liberados, destruidos en el cuerpo y en el espíritu al cabo de cuatro o cinco años de cárcel, recalan silenciosamente en otras órdenes, sólo desean que se les olvide, y esta desaparición, este olvido, pesarán durante mucho tiempo sobre la leyenda de la supervivencia clandestina de la Orden. 

Molay sigue pidiendo que le escuche el papa. Clemente convoca un concilio en Vienne, en 1311, pero no llama a Molay. Confirma la supresión de la Orden y asigna sus bienes a los hospitalarios, aunque por el momento los administre el rey. 

Transcurren otros tres años; al fin se alcanza un acuerdo con el papa y el 19 de marzo de 1314, en el recinto sagrado de Notre-Dame, Molay es condenado a cadena perpetua. Al escuchar esa sentencia, Molay tiene un arranque de dignidad. Había esperado que el papa le permitiese refutar los cargos formulados en su contra, se siente traicionado. Sabe perfectamente que si vuelve a retractarse también a él le considerarán perjuro y reincidente. ¿Qué sucede en el corazón de ese hombre que lleva casi siete años esperando que le juzguen? ¿Vuelve a encontrar el coraje de sus mayores? ¿Decide que ahora que está  destruido y sólo le queda la perspectiva de pasar el resto de la vida entre cuatro paredes y deshonrado, lo mismo da afrontar una bella muerte? Proclama su inocencia y la de sus hermanos. Los templarios han cometido un solo delito dice: por cobardía han traicionado al Temple. El no está dispuesto a hacerlo. 

Nogaret se frota las manos: por público delito, pública condena y definitiva, procedimiento de urgencia. También el preceptor de Normandía, Geoffroy de Charney, se había comportado como Molay. El rey decide ese mismo día: se erige una hoguera en el extremo de la isla de la Cité. Al anochecer, Molay y Charney son quemados. 

Según la tradición, el gran maestre, antes de morir, vaticinó la ruina de sus perseguidores. En efecto, el papa, el rey y Nogaret morirían antes de un año. En cuanto a Marigny, después de la muerte del rey se dirá  que ha cometido malversación. Sus enemigos le acusarán de brujería y será ahorcado. Muchos empiezan a pensar en Molay como en un mártir. Dante se hace eco de la indignación que muchos sienten por la persecución de los templarios. 

Aquí acaba la historia y comienza la leyenda. Según uno de sus capítulos, el día en que guillotinaron a Luis XVI un desconocido saltó sobre el patíbulo y gritó: “¡Jacques de Molay, estás vengado!”

Esta fue más o menos la historia que conté aquella noche en el Pílades entre continuas interrupciones. 

Belbo me preguntaba: “¿Pero está seguro de que no lo ha leído en Orwell o en Koestler?” O bien: “Pero vamos. Si es como el caso de... ¿cómo se llama el de la revolución cultural?...” Entonces terciaba sentencioso Diotallevi, como un estribillo: “Historia magistral vitae.” Belbo le decía: “Vamos, un cabalista no cree en la historia.” Y él, invariablemente replicaba: 

“Justamente, todo se repite en círculo, la historia es maestra porque nos enseña que no existe. Lo que cuentan son las permutaciones.” 

--Pero en definitiva --dijo Belbo al final--, ¿quiénes eran los templarios? Primero nos los ha presentado como sargentos de una película de John Ford, después como unos mugrientos, más tarde como caballeros de una miniatura, luego como banqueros de Dios dedicados a sus inmundos negocios, luego como un ejército derrotado, luego como adeptos de una secta satánica, y por último como mártires de la libertad de pensamiento... 

¿Quiénes eran? 

--También tenía que existir alguna razón para que se hayan convertido en un mito. Probablemente eran todas esas cosas al mismo tiempo. Quiénes eran los cristianos, podría preguntarse un marciano del año tres mil, ¿los que se dejaban comer por los leones o los que mataban herejes? Todo eso. 

--Pero, bueno, ¿hacían o no aquello de que se les acusaba? 

--Lo más divertido es que sus seguidores, quiero decir los neotemplaristas de diversas épocas, dicen que sí. Las justificaciones son muchas. Primera tesis, se trataba de novatadas: si quieres ser templario, has de demostrar que tienes un par de cojones, escupe en el crucifijo y a ver si Dios te fulmina; al entrar en esta milicia, tienes que entregarte en cuerpo entero a los hermanos, hazte besar en el culo. Segunda tesis, les invitaban a renegar de Cristo para ver cómo se las apañarían si caían en poder de los sarracenos. Esta explicación es idiota, porque no se educa a alguien para que resista a la tortura obligándole a hacer, aunque sólo sea simbólicamente, lo que el torturador desea que haga. Tercera tesis, en Oriente los templarios habían entrado en contacto con herejes maniqueos, que despreciaban la cruz porque era el instrumento con que habían torturado al Señor, y predicaban la necesidad de renunciar al mundo y de desalentar el matrimonio y la procreación. Una vieja idea, típica de muchas herejías de los primeros siglos, que luego pasará a los cátaros, y hay toda una tradición que afirma que los templarios estaban impregnados de catarismo. Entonces se entendería la razón de la sodomía, aunque sólo fuese simbólica. Supongamos que los caballeros hubiesen entrado en contacto con esos herejes: no eran unos intelectuales, claro, y un poco por ingenuidad, un poco por esnobismo y espíritu de cuerpo, se montan su propio folclor personal, que les distingue del resto de los cruzados. Practican los ritos como gestos de reconocimiento, sin preguntarse por su significado. 

--Pero, ¿y ese Bafomet? 

--Mire usted, en muchas declaraciones se habla de una figura Baffometi, pero podría tratarse de un error del primer escribiente, y, si las actas están manipuladas, ese primer error se habría reproducido en todos los documentos. En otros casos alguien ha hablado de Mahoma (istud caput vester deus está, et vester Mahumet), y ello significaría que los templarios se habían creado una liturgia propia, de tipo sincrético. En algunas declaraciones se dice también que fueron invitados a invocar a “yalla”, que debía de ser Alá. Pero los musulmanes no veneraban imágenes de Mahoma y entonces ¿quiénes podían haber influido en los templarios? Las declaraciones afirman que muchos han visto esas cabezas, a veces en lugar de una cabeza, se trata de un ídolo entero, de madera, de cabellos rizados, cubierto de oro, y siempre con barba. Parece que los inquisidores encontraron esas cabezas y las mostraron a los interrogados, pero lo bueno es que no hay huella de las cabezas, todos las han visto, nadie las ha visto. Como la historia del gato, unos dicen que era gris, otros que era rojo y otros negro. Pero imagínense un interrogatorio con el hierro candente: ¿has visto un gato durante la iniciación? Cómo no, si una alquería de los templarios, donde había que defender las cosechas de las ratas, tenía que estar plagada de gatos. En aquella época en Europa, el gato no era un animal doméstico común, aunque si lo era en Egipto. Quizá  los templarios tenían gatos en sus casas, a diferencia de la gente honrada, que los consideraba animales sospechosos. Y lo mismo podía pasar con las cabezas de Bafomet, quizá  fueran relicarios en forma de cabeza, entonces se usaban. Naturalmente, hay quien sostiene que el Bafomet era una figura alquímica. 

--No podía faltar el ingrediente alquímico --dijo Diotallevi con convicción--, es probable que los templarios conocieran el secreto de la fabricación del oro. 

--Claro que lo conocían --dijo Belbo--. Se asalta una ciudad sarracena, se deguella a las mujeres y a los niños, se arrambla con todo lo que se encuentra en el camino. La verdad es que toda esta historia es un gran barullo. 

--Y quizá tenían un barullo en la cabeza: ¿qué podían importarles los debates doctrinales? La Historia está llena de historias de cuerpos de élite como éste que se crean un estilo propio, un poco fanfarrón, un poco místico, ni siquiera ellos sabían bien lo que hacían. Y naturalmente también está la interpretación esotérica: lo sabían todo perfectamente, eran adeptos a los misterios orientales, y hasta el beso en el culo tenía un significado iniciático. 

--Explíqueme un poco el significado iniciático del beso en el trasero --dijo Diotallevi. 

--Algunos esoteristas modernos consideran que los templarios se identificaban con determinadas doctrinas indias. El beso en el culo habría servido para despertar a la serpiente Kundalini, una fuerza cósmica que reside en la base de la espina dorsal, en las glándulas sexuales, y que una vez despierta asciende hasta la glándula pineal... 

--¿La de Descartes? 

--Creo que sí, y allí debería abrir un tercer ojo en la frente, el de la visión directa en el tiempo y en el espacio. Por eso aún se sigue buscando el secreto de los templarios. 

--Felipe el Hermoso hubiese tenido que quemar a los esoteristas modernos, no a aquellos pobrecillos. 

--Si, pero los esoteristas modernos no tienen un real. 

--La de cosas que hay que escuchar --concluyó Belbo--. Ahora entiendo por qué estos templarios obsesionan a tantos de mis locos. 

--Creo que es un poco lo de la otra noche. Toda su historia es un silogismo retorcido. Compórtate como un estúpido y te harás impenetrable para toda la eternidad. Abracadabra, Mane Thecel Phares, Pape Satán Pape Satán Aleppe, le vierge le vivace et le bel aujourd'hui, siempre que un poeta, un predicador, un jefe, un mago han emitido borborigmos insignificantes, la humanidad se ha pasado siglos tratando de descifrar su mensaje. Los templarios siguen siendo indescifrables debido a su confusión mental. Por eso muchos los veneran. 

--Explicación positivista --dijo Diotallevi. 

--Sí --dije--, quizá sea un positivista. Con una buena operación quirúrgica en la glándula pineal, los templarios hubieran podido convertirse en hospitalarios, es decir, en personas normales. La guerra corroe los circuitos cerebrales, debe de ser el ruido de los cañonazos, o del fuego griego... 

Mire a los generales. 

Era la una. Embriagado por la tónica, Diotallevi se bamboleaba. Nos despedimos, me había divertido. Ellos también. Todavía no sabíamos que estábamos empezando a jugar con fuego griego, que quema, y consume. 

Erars de Siverey me dijo: “Sire, si cuidáis de que ni yo ni mi heredero recibamos alguna afrenta por esto, iría a pedir ayuda para vos al conde de Anjou, a quien veo allí en medio del campo.” Y yo le dije: “Micer Erars, me parece que os haríais un gran honor yendo a pedir ayuda para salvar nuestras vidas, porque vuestra suerte es bien incierta.”

 

(Joinville, Histoire de Saint Louis, 46, 226) 

Después del día de los templarios, sólo tuve fugaces conversaciones con Belbo en el bar, que yo frecuentaba cada vez menos, porque me dedicaba a trabajar en la tesis. 

Cierto día se había organizado una gran manifestación contra el terrorismo de derechas, que debía partir de la universidad y a la que, como era habitual por entonces, habían sido invitados todos los intelectuales antifascistas. Fastuoso despliegue policial, pero parecía que habían decidido cerrar los ojos. Típico de aquella época: la manifestación no estaba autorizada pero, si no sucedía nada grave, la fuerza pública se limitaría a mirar y vigilar (entonces, había muchos pactos territoriales) que la izquierda no transgrediese unas fronteras ideales trazadas en el centro de Milán. La contestación se movía por una zona, al otro lado del largo Augusto y en toda la zona de piazza San Babila estaban apostados los fascistas. Si alguien rebasaba esos limites, se producían incidentes, pero eso era todo, como entre domador y león. Solemos creer que es el león, ferocísimo, quien ataca al domador, y que luego éste lo domina levantando el látigo o disparando un pistoletazo. Error: cuando entra en la jaula, el león ya está ahito y drogado, sin ganas de agredir a nadie. Como todos los animales, tiene una zona de seguridad fuera de la cual puede suceder cualquier cosa sin que se inmute. Cuando el domador mete el pie en la zona del león, el león ruge; después el domador levanta el látigo, pero en realidad da un paso atrás (como si estuviera tomando impulso para lanzarse hacia adelante), y el león se calma. Una revolución simulada debe tener sus reglas. 

Había ido a la manifestación, pero sin incorporarme a ningún grupo. 

Estaba en la acera, en piazza Santo Stefano, donde circulaban periodistas, redactores editoriales, artistas que habían venido a demostrar su solidaridad. Todo el bar Pílades. 

Me encontré junto a Belbo. Estaba con una mujer que había visto a menudo con él en el bar, pensaba que era su compañera (después desapareció; ahora sé la razón, porque he leído la historia en el file sobre el doctor Wagner). 

--¿Usted también? --pregunté. 

--¿Y qué quiere? --sonrió con embarazo--. También hay que salvar el alma. Crede firmiter et pecca fortiter. ¿No le recuerda algo esta escena? 

Miré a mi alrededor. Era una tarde de sol, uno de esos días en que Milán es hermosa, con las fachadas amarillas y un cielo suavemente metálico. La policía frente a nosotros estaba encubertada con sus cascos y sus escudos de plástico, que parecían despedir halos de acero, mientras un comisario de paisano, pero ceñido por una encendida faja tricolor, iba y venia delante de sus huestes. Miré hacia atrás, la cabeza de la manifestación: la multitud se movía, pero marcando el paso, las filas eran ordenadas pero irregulares, casi ondulantes, la masa aparecía erizada de picas, estandartes, pancartas, palos. Sectores impacientes entonaban de vez en cuando consignas en verso; en los flancos de la manifestación, iban y venían los extremistas, con pañuelos rojos en la cara, camisas variopintas, cinturones tachonados y unos vaqueros que habían conocido todas las lluvias y todos los soles; hasta las armas impropias que empuñaban, camufladas con banderas, parecían elementos de la paleta de un pintor, pensé en Dufy, y en su alegría. Por asociación, pasé de Dufy a Guillaume Dufay. Tuve la impresión de estar viviendo en una miniatura, divisé en la pequeña multitud situada a los lados de los tropeles, algunas damas, andróginas, que esperaban el valeroso torneo que les habían prometido. Pero me atravesó la mente como un relámpago, repentina sensación de estar reviviendo otra experiencia, sin poder reconocerla. 

--¿No estamos ante la toma de Ascalón? --preguntó Belbo. 

--¡Por el apóstol Santiago mi buen señor! --dije-- ¡Bien veo que es la Santa Cruzada! ¡A fe mia que esta noche algunos de éstos estarán en el Paraíso! 

--Si --dijo Belbo--, pero el problema reside en saber cuáles son los sarracenos. 

--La policía es teutónica --observé--, así que nosotros podríamos ser las hordas de Alexander Nevski, pero quizá se me confundan los textos. 

Mire allá, ese grupo, deben de ser los leales al conde de Artois, ¡y su impaciencia es grande pues quieren dar batalla, que no pueden soportar tamaña afrenta, ya se dirigen hacia la vanguardia enemiga, y la provocan con gritos de amenaza! 

Fue entonces cuando se produjo el incidente. No recuerdo bien, la manifestación se había movido, un grupo de activistas, con cadenas y pasamontañas, había empezado a presionar contra la barrera policial para ir hacia piazza San Babila, mientras gritaba consignas agresivas. El león se movió, y con cierta energía. La primera fila de la barrera se apartó y aparecieron las mangueras. Desde la vanguardia de la manifestación partieron las primeras canicas metálicas, las primeras piedras, un grupo de policías se adelantó con paso decidido, pegando con violencia, y la manifestación empezó a ondular. En aquel momento, a lo lejos, hacia el fondo de vía Laghetto, sonó un disparo. Quizá sólo era el estallido de un neumático, o un petardo, o realmente un pistoletazo de aviso de uno de esos grupos que al cabo de unos años usarían normalmente las armas de fuego. 

Fue el pánico. La policía empezó a sacar las armas, se oyeron los toques de ataque, la manifestación se dividió entre los belicosos, que aceptaban el combate, y los demás, que pensaban haber cumplido ya con su deber. Empecé a huir por la calle Larga, con un miedo loco de que me alcanzase algún objeto contundente, lanzado por unos o por otros. De pronto vi a mi lado a Belbo y a su compañera. Corrían bastante aprisa, pero sin pánico. 

En la esquina de vía Rastrelli, Belbo me cogió del brazo: “Por aquí, jovencito”, me dijo. Traté de preguntar por qué, vía Larga me parecía más cómoda y más poblada, pero me asaltó la sensación de claustrofobia en ese laberinto de callejuelas situado entre vía Pecorari y el Arzobispado. 

Me parecía que Belbo me estaba llevando a un sitio donde me hubiese resultado más difícil mimetizarme en caso de que la policía nos cortase el paso. Belbo me hizo señas de que me callara, dobló dos o tres esquinas, poco a poco fue disminuyendo la velocidad, y al cabo de un momento estábamos caminando, con paso normal, justo detrás del Duomo, donde se circulaba con tranquilidad y a donde no llegaban ecos de la batalla que se estaba librando a menos de doscientos metros de distancia. Siempre en silencio, circunnavegamos el Duomo hasta llegar a la portada, en la parte de la Galería. Belbo compró una bolsita de pienso y empezó a alimentar a las palomas con seráfico júbilo. Estábamos totalmente mimetizados con la multitud del sábado, Belbo y yo con chaqueta y corbata, la mujer con uniforme de señora milanesa: un jersey gris y un collar de perlas, aunque fueran cultivadas. Belbo me la presentó: 

--Esta es Sandra, ¿os conocéis? 

--De vista. Hola. 

--Ve, Casaubon --me dijo entonces Belbo--. Nunca hay que huir en linea recta. Tomando como ejemplo lo que habían hecho los Saboya en Turín, Napoleón III hizo que destriparan Paris transformándola en esa red de bulevares que todos admiramos como obra maestra de sabiduría urbanística. Pero las calles rectas permiten controlar mejor a las masas insurrectas. Cuando se puede, fíjese en los Campos Eliseos, también las calles laterales deben ser anchas y rectas. Cuando esto no es posible, como las callejuelas del Barrio Latino, éstas se convierten en el lugar ideal donde el mayo del sesenta y ocho da lo mejor de sí. Si se huye hay que meterse por las callejas. No hay fuerza pública capaz de controlarlas todas, y ni siquiera los policías se atreven a entrar en ellas separándose del grueso de la tropa. Si te encuentras con dos solos, ellos tienen más miedo que tú y de común acuerdo os echáis a correr en direcciones contrarias. Cuando se participa en una concentración de masas, y no se conoce bien la zona, el día anterior hay que explorarla bien y después situarse en la esquina donde empiezan las callejuelas. 

--¿Ha seguido un curso en Bolivia? 

--Las técnicas de supervivencia sólo se aprenden de niño, a menos que de grande uno se aliste en los Boinas Verdes. Yo pasé los malos tiempos, los de la guerra partizana, en..  --y nombró un pueblo situado entre Monferrato y Langhe--. Evacuamos la ciudad en el cuarenta y tres, un cálculo perfecto: el sitio y el momento ideal para no perderse nada, los registros domiciliarios, las SS, los tiroteos por la calle... Recuerdo una tarde, estaba subiendo por la ladera de la colina para ir a buscar leche fresca a una vaquería, y de pronto oigo un ruido encima de la cabeza, entre las copas de los  árboles: frrr, frrr. Me doy cuenta de que desde una colina más alejada, enfrente de mí, están ametrallando la línea del ferrocarril, que discurre por el valle, detrás de mi. La reacción instintiva es huir o echarse cuerpo a tierra. Yo cometo un error, correr hacia abajo, y a un cierto punto empiezo a oír un chac chac chac en los campos a mi alrededor. Eran los tiros cortos, que caían antes de llegar a las vías del tren. Me doy cuenta de que, si disparan desde el monte, desde muy alto y desde lejos, hacia el valle, lo que uno tiene que hacer es huir subiendo: cuanto más se sube, a mayor distancia de la cabeza pasan los proyectiles. Mi abuela, en medio de un tiroteo entre fascistas y partisanos apostados a uno y otro lado de un maizal, tuvo una idea sublime: puesto que en cualquier dirección en que huyese corría peligro de recibir una bala perdida, se arrojó al suelo en pleno maizal, justo entre las dos lineas de fuego. Estuvo diez minutos allí, con la cara contra el suelo, confiando en que ninguno de los dos grupos avanzara demasiado. Tuvo suerte. Ya lo ve, cuando uno aprende estas cosas de pequeño no se le borran del sistema nervioso. 

--¿así que estuvo en la resistencia, como suele decirse? 

--Sólo como espectador --respondió. Me pareció percibir una leve turbación en su voz--. En el cuarenta y tres, yo tenía once años; al final de la guerra, apenas trece. Demasiado pronto para participar, pero una edad más que suficiente para observarlo todo, con una atención casi fotográfica. ¿Qué podía hacer? Me dedicaba a mirar. Y a huir, como hoy. 

--Entonces ahora podría contar, en lugar de corregir los libros de los demás. 

--Ya se ha contado todo, Casaubon. Si en aquel entonces hubiese tenido veinte años, en los años cincuenta hubiese escrito poesía de la memoria. Afortunadamente, nací demasiado tarde, cuando hubiese podido escribir sólo me quedaba leer los libros que ya estaban escritos. Además, también hubiese podido acabar con una bala en la cabeza, allá  en la colina. 

--¿En qué bando? --pregunté, pero en seguida me sentí incómodo--. Perdone, era una broma. 

--No, no era una broma. Ahora sí que lo sé, pero sólo ahora. ¿Lo sabía entonces? ¿Sabe que uno puede estar obsesionado toda la vida por el remordimiento, no por haber elegido el error, porque siempre cabe arrepentirse, sino por no haber podido probarse a si mismo que se era incapaz de elegir el error...? Yo he sido un traidor potencial. ¿Con qué derecho podría escribir ahora una verdad y enseñarla a los demás? 

--Perdone usted --dije--, pero potencialmente también hubiese podido ser Jack el Destripador y no lo ha sido. Lo suyo es pura neurosis. ¿O acaso su remordimiento se basa en indicios concretos? 

--¿Qué es un indicio en estos asuntos? Y a propósito de neurosis, esta noche hay una cena con el doctor Wagner. Voy a coger un taxi en piazza della Scala. ¿Vamos, Sandra? 

--¿El doctor Wagner? --pregunté mientras se despedían--. ¿En persona? 

--Sí, está en Milán por unos días y quizá hasta le convenza de que nos entregue alguno de sus ensayos inéditos para que publiquemos un libro. Sería una buena baza. 

De modo que ya en aquella época Belbo estaba en contacto con el doctor Wagner. Me pregunto si fue aquella la noche en que Wagner (pronúnciese Wagnere) psicoanalizó gratis a Belbo, y sin que ninguno de ellos lo supiese. O quizá fue más tarde. 

De todas formas, aquella fue la primera vez que Belbo se refirió a su infancia. Curioso que me haya hablado de fugas; casi gloriosas, en el esplendor del recuerdo, aunque desenterradas de la memoria precisamente cuando conmigo pero ante mi, sin gloria, aunque con prudencia, había vuelto a huir. 

Después de lo cual, el hermano Etienne de Provins fue conducido ante dichos comisarios, quienes le preguntaron si deseaba defender a la Orden, y dijo que no, y que si los maestres deseaban defenderla que lo hiciesen, pero que cuando le habían detenido él sólo llevaba nueve meses en la Orden.

 

(Declaración del 27 de noviembre de 1309) 

En Abulafia había encontrado el relato de otras fugas. Y en ellas pensaba la otra noche en el periscopio, mientras oía en la oscuridad una secuencia de crujidos, chirridos, tableteos; y me decía que debía mantener la calma, porque aquella era la forma en que los museos, las bibliotecas, los palacios antiguos se hacen confidencias por la noche, sólo son viejos armarios que están acomodándose, marcos que reaccionan a la humedad vespertina, estucos que se deshacen con avaricia, a razón de un milímetro por siglo, paredes que bostezan. No puedes huir, me repetía, porque estás aquí precisamente para saber qué le ha sucedido a alguien que estaba tratando de poner término a una serie de fugas mediante un acto de valor insensato (o desesperado), quizá para acelerar ese encuentro tantas veces postergado con la verdad. 

file name: Acequia. 

¿He huido ante una carga de la policía o he vuelto a huir ante la historia? ¿Acaso hay diferencia? ¿He ido a la manifestación por una elección moral o para ponerme nuevamente a prueba ante la Ocasión? Está bien, he perdido las grandes ocasiones porque siempre llegaba demasiado pronto, o demasiado tarde, pero la culpa era del registro civil. Hubiese querido estar en aquel prado disparando, incluso a costa de matar a la abuela. No estaba ausente por cobardía, sino por la edad. De acuerdo. ¿Y en la manifestación? He vuelto a huir por razones generacionales, ese enfrentamiento no me incumbía. Pero hubiese podido arriesgarme, incluso sin entusiasmo, para probar que aquella vez, en el prado, hubiera sabido elegir. ¿Tiene sentido elegir la Ocasión equivocada para convencerse de que en su momento se habría elegido la justa? Quién sabe cuántos de los que hoy han dado la cara lo habrán hecho por eso. Pero una ocasión falsa no es la Ocasión buena. 

¿Podemos ser cobardes porque el coraje de los otros nos parece desproporcionado a la vacuidad de la situación? En tal caso, la prudencia nos vuelve cobardes. Por tanto, la Ocasión buena se pierde cuando nos pasamos la vida acechando a la Ocasión y cavilando sobre ella. La Ocasión se escoge por instinto, y en ese momento no sabemos que se trata de ella. ¿No la habré escogido alguna vez, sin darme cuenta? ¿Cómo es posible sentir la conciencia sucia, sentirse un cobarde, sólo porque uno ha nacido en la década equivocada? Respuesta: te sientes cobarde porque una vez fuiste cobarde. 

¿Y si también aquella vez hubieses evitado la ocasión porque te parecía inadecuada? 

Describir la casa aislada en la colina entre las viñas; ¿no se dice que la colina es un bello seno redondo? y la carretera que conducía hasta el límite del pueblo, donde desembocaba la última calle habitada; o la primera (eso no lo puedes saber si no eliges el punto de vista). El pequeño desalojado abandona la protección familiar y penetra en el poblado tentacular, por la calle bordea, y envidioso recela de la Vereda. 

La Vereda era el sitio de reunión de la pandilla de la Vereda. 

Chicos de campo, sucios, vocingleros. Yo era demasiado ciudadano, mejor evitarlos. Pero para llegar a la plaza, al kiosco, a la papelería, a menos que diese un rodeo casi ecuatorial y poco digno, tenía que pasar por la Acequia. Los chavales de la Vereda eran pequeños caballeros al lado de los de la pandilla de la Acequia, como se llamaba lo que había sido un torrente y ahora era un albañal que atravesaba la zona más pobre del poblado. Los de la Acequia eran realmente inmundos, subproletarios y violentos. 

Los de la Vereda no podían atravesar la zona de la Acequia sin ser atacados y golpeados. Al principio, yo ignoraba que pertenecía a la Vereda, acababa de llegar, pero los de la Acequia ya me consideraban un enemigo. Pasaba por su zona leyendo un tebeo, caminaba mientras leía, y me vieron. Eché a correr, y ellos detrás de mí, arrojaron piedras, una atravesó el tebeo, que seguía manteniendo abierto ante los ojos, para guardar mi puesto. Salvé la vida, pero perdí el tebeo. Al día siguiente, decidí alistarme en la pandilla de la Vereda. 

Me presenté en su cónclave, acogido por carcajadas. En aquella época tenía mucho pelo, que tendía a erizarse, como en la propaganda de los lápices Presbítero. Los modelos que me ofrecían el cine, la publicidad, el paseo de los domingos después de misa, eran unos mozos de chaqueta cruzada de hombros anchos, bigotito y cabello engominado pegado al cráneo, reluciente. En aquellos tiempos, el peinado hacia atrás se llamaba, popularmente, la mascagna: yo quería la mascagna. El lunes, por sumas irrisorias con respecto a la situación de la bolsa de valores, pero enormes para mí, compraba en la plaza unos botes de brillantina áspera como miel de panal, y luego pasaba horas y horas embadurnándome el cabello hasta forjar un casquete plúmbeo, un camauro. Después me ponía una redecilla para mantenerlos apretados. Los de la Vereda ya me habían visto pasar con la redecilla puesta, y me habían gritado toda una serie de gracias en su dialecto cerradísimo, que yo podía comprender pero no hablar. Aquel día, después de haber estado dos horas en casa con la redecilla, me la quité, verifiqué el soberbio resultado en el espejo, y fui a reunirme con aquellos a quienes iba a jurar fidelidad. Los abordé cuando ya la brillantina del mercado había acabado de desempeñar su función aglutinante, y los cabellos empezaban a recobrar su posición vertical, pero en cámara lenta. Entusiasmo entre los de la Vereda, a mi alrededor, en corro, no paraban de darse codazos. Pedí que me admitieran. 

Desgraciadamente, me expresaba en italiano: yo era distinto. Dio un paso al frente el jefe, Martinetti, que entonces me pareció una torre, deslumbrante y descalzo. Decidió que debía recibir cien patadas en el trasero. Quizá tenían que despertar a la serpiente Kundalini. Acepté. Me puse contra la pared, dos lugartenientes me tenían cogido de los brazos, y soporté cien golpes de pie descalzo. Martinetti cumplía su trabajo con energía, con entusiasmo, con método, golpeando con la planta, no con la punta, para no hacerse daño en el dedo gordo. El coro de bandidos marcaba el compás del rito. Contaban en dialecto. Después decidieron encerrarme en una conejera media hora, mientras se entretenían en conversaciones guturales. Sólo me dejaron salir cuando protesté porque se me dormían las piernas. 

Estaba orgulloso porque había sido capaz de adaptarme a la liturgia salvaje de un grupo salvaje, con dignidad. Era un hombre llamado caballo. 

En aquella época estaban los caballeros teutónicos, no muy alerta porque aún no habían aparecido los partisanos: estábamos a finales del cuarenta y tres, o principios del cuarenta y cuatro. Una de nuestras primeras empresas consistió en introducirnos en una barraca, mientras algunos de la pandilla le daban coba al soldado de guardia, un gran longobardo que estaba comiéndose un enorme bocadillo con, salchichón y mermelada eso creímos, horripilados. El grupo de diversión halagaba al alemán elogiando sus armas, mientras nosotros en la barraca robábamos algunos panes de TNT. No creo que luego los hayamos utilizado, pero en los planes de Martinetti entraba el hacerlos estallar en el campo, con fines pirotécnicos, y con métodos que ahora descubro muy rudimentarios e inadecuados. Más tarde los soldados alemanes fueron reemplazados por los maró de la Décima, la élite militar de la República Social de Mussolini, que establecieron un puesto de control junto al río, justo en la encrucijada por la que, a las seis de la tarde, pasaban las chicas al salir de la escuela de María Auxiliadora. Se trataba de convencer a los de la Décima (no debían de pasar de los dieciocho años) de que ataran varias granadas de mano alemanas, aquellas de mango largo y les quitaran el seguro para que estallaran a ras del agua, justo cuando pasaran las chicas. 

Martinetti sabía todo lo que había que hacer, y cómo calcular el tiempo. Se lo explicaba a los maró, y el efecto era prodigioso: una columna de agua que se elevaba sobre la orilla pedregosa en medio de un gran estruendo, justo cuando las chicas doblaban el recodo. Fuga generalizada entre chillidos, y nosotros y los maró a desternillarnos de risa. Recordarían aquellos días de gloria, después de la quema de Molay, los que sobrevivieron a la República de Saló y a la reclusión de Coltano. 

El principal pasatiempo de los chavales de la Vereda consistía en recoger casquillos y otros materiales de desecho, que después del ocho de septiembre no escaseaban, tales como cascos viejos, cartucheras, macutos, y a veces balas aún vírgenes. Para usar un proyectil sano se procedía así: se introducía, cogiéndolo por la cápsula, en el agujero de una cerradura, y se hacía fuerza; la bala salía, y pasaba a formar parte de la colección especial. Luego se quitaba la pólvora del casquillo (a veces eran como unos fideitos de explosivo), para disponerla en unas estructuras serpentinas y encenderla. El casquillo, mucho más valioso si la cápsula estaba intacta, pasaba a formar parte del Ejército. El buen coleccionista tenía muchos, y los ordenaba en filas, según la fábrica, el color, la forma y la altura. 

Estaban los manípulos de peones, los casquillos de metralleta y de sten, después venían los alfiles y los caballos, moschetto, fusil noventa y uno (al Garand sólo lo conoceríamos con los americanos) y, suprema aspiración, maestres grandes como torres, los casquillos de ametralladora. 

Mientras nos dedicábamos a estos juegos de paz, una tarde Martinetti nos anunció que había llegado el momento. Habíamos arrojado el guante a los de la Acequia y habían aceptado nuestro desafío. El combate se libraría en territorio neutral, detrás de la estación. Aquella noche, a las nueve. 

Fue un atardecer, estival y extenuado, de gran excitación. 

Cada uno se preparaba haciendo acopio de los parafernales más terroríficos, buscando trozos de madera que fuesen fáciles de manipular, llenando las cartucheras y los macutos con piedras de distinto tamaño. Alguien había transformado la correa de un moschetto en un látigo, temible si se manejaba con mano firme. Al menos en aquellas horas vespertinas, todos nos sentíamos héroes, yo el primero. Era la excitación que precede al ataque, acre, dolorosa, espléndida; adiós mi bella adiós, dura, dulce fatiga la del hombre de armas, íbamos a inmolar nuestra juventud, como nos habían enseñado en la escuela hasta el ocho de septiembre. 

El plan de Martinetti era sagaz: atravesaríamos el terraplén del ferrocarril por un punto situado más al norte, y los pillaríamos por detrás, inesperadamente y prácticamente ya vencedores. Luego ataque decidido. sin cuartel. 

Al anochecer cruzamos así el terraplén, renqueando por rampas y declives, debido a la carga de piedras y porras que llevábamos. Desde lo alto del terraplén les divisamos, apostados detrás de las letrinas de la estación. Nos vieron, porque miraban hacia arriba, esperándose que llegaríamos por allí. Sólo nos quedaba bajar sin darles tiempo a asombrarse de la obviedad de nuestra jugada. 

Nadie nos había distribuido aguardiente antes del asalto, pero nos precipitamos igualmente, dando alaridos. Y el hecho sucedió a unos cien metros de la estación. Allí empezaban a surgir las primeras casas que, aunque separadas, ya constituían una pequeña red de callejuelas. Sucedió que el grupo más audaz se lanzó sin miedo hacia adelante, mientras yo y, por suerte para mí, algunos otros moderamos el paso y nos apostamos detrás de las esquinas, observando de lejos. 

Si Martinetti nos hubiese organizado en una vanguardia y una retaguardia, habríamos cumplido con nuestro deber, pero fue una especie de distribución espontánea. Los audaces delante, los cobardes detrás. Y desde nuestro refugio, el mío más distante que el de los otros, observamos el combate. Que no tuvo lugar. 

Cuando llegaron a pocos metros uno del otro, ambos grupos se mostraron los dientes enfrentándose, luego se adelantaron los jefes y parlamentaron. Fue una Yalta, decidieron dividirse las zonas de influencia y tolerar el tránsito ocasional, como entre moros y cristianos en Tierra Santa. La solidaridad entre las dos caballerías la importó (¿es un galicismo?) sobre lo ineluctable de la batalla. Cada uno había demostrado su valía. En armonía se retiraron, cada uno por su parte. En armonía se retira, cada parte por su parte. Se retiraron hacia sus posiciones. 

Ahora pienso que no me lancé al ataque porque aquello me daba risa. Pero entonces no lo pensé. Sólo me sentí cobarde. 

Ahora, más cobardemente que entonces, pienso que, si me hubiese lanzado al ataque con los otros, no habría arriesgado nada, y habría vivido mejor todos estos años. Perdí la Ocasión, a los doce años. Como no lograr la erección la primera vez, uno se queda impotente para toda la vida. 

Un mes más tarde, cuando, debido a una transgresión casual de límites, la Vereda y la Acequia se enfrentaron en un campo, y empezaron a volar terrones, no sé si tranquilizado por el desenlace del encuentro anterior o porque aspiraba al martirio, me expuse en primera linea. Fue una pedrea incruenta, salvo en mi caso. Un terrón, que evidentemente ocultaba un corazón de piedra, me dio en el labio y lo partió. Huí a casa llorando, y mi madre tuvo que trabajar mucho con las pinzas de depilar para quitarme la tierra de la herida que tenía dentro de la boca. 

Con el resultado que todavía tengo un bulto, frente al canino inferior derecho, y cuando le paso la lengua por encima siento una vibración, un estremecimiento. 

Pero ese bulto no me absuelve, porque me lo gané por inconsciencia, no por valor. Me paso la lengua por la parte interior del labio, ¿qué hago? Escribo. Pero la mala literatura no redime. 

Después del día de la manifestación, no volví a ver a Belbo durante casi un año. Me había enamorado de Amparo y ya no iba al Pílades, o, las pocas veces que pasé por él con Amparo, Belbo no estaba. A Amparo no le gustaba aquel sitio. Desde su rigor moral y político, sólo comparable con su gracia, y con su espléndida altivez, el Pílades sólo era un club para dandis democráticos, y el dandismo democrático era, según ella, una de las formas, la más sutil, de la conjura capitalista. Fue un año de mucho compromiso, de mucha seriedad, de mucha dulzura. Trabajaba con gusto, pero sin prisa, en la tesis. 

Un día me encontré con Belbo junto a los Naviglio, no lejos de Garamond. 

--Mira, mira --me dijo con alegría--. ¡Mi templario preferido! Acaban de regalarme un destilado de inenarrable vetustez. ¿Por qué no viene a mi despacho? Tengo vasos de papel y la tarde libre. 

--Es un zeugma --observé. 

--No, un bourbon embotellado, creo, antes de la caída de El Alamo. 

Le acompañé. Pero, apenas habíamos empezado a paladear, cuando de pronto entró Gudrun para decir que un señor preguntaba por Belbo. Este se dio una palmada en la frente. Se había olvidado de aquella cita, pero la casualidad tiene gusto para las confabulaciones, me dijo. Por lo que tenía entendido, aquel tío quería presentarle un libro también sobre los templarlos. 

--Lo liquido en seguida --dijo--, pero usted apóyeme con objeciones sutiles. 

Sin duda, había sido una casualidad y así quedé atrapado en la red.   

Así desaparecieron los caballeros del Temple con su secreto, en cuya sombra palpitaba una bella esperanza de la ciudad terrena. Pero la abstracción a que estaba ligada su empresa seguía viviendo, inaccesible, en regiones ignotas... y más de una vez, en el curso del tiempo, dejó caer su inspiración en los espíritus capaces de acogerla.

 

(Victor Emile Michelet, Le secret de la Chevalerie, 1930, 2) 

Tenía una cara de los años cuarenta. A juzgar por las viejas revistas que había encontrado en el sótano de casa, en los años cuarenta todos tenían una cara como aquélla. Debía de ser el hambre de la guerra: hundía el rostro bajo los pómulos y confería a los ojos un brillo vagamente febril. 

Era una cara que había visto en las imágenes de fusilamientos, tanto de una como de otra parte. En aquella época, hombres que tenían la misma cara se fusilaban entre sí. 

Nuestro visitante llevaba traje azul con camisa blanca y corbata gris perla, e instintivamente me pregunté por qué se había vestido de paisano. 

El cabello, de un negro no natural, estaba peinado hacia atrás, en dos bandas untadas con brillantina, aunque sin exagerar, que cubrían las sienes dejando en la cima de la cabeza, reluciente, una calvicie surcada por tiras delgadas y regulares como hilos telegráficos, que se abrían en uve desde lo alto de la frente. El rostro estaba bronceado, marcado, y no sólo por las arrugas, explícitamente coloniales. Una cicatriz pálida le atravesaba la mejilla izquierda, desde el labio hasta la oreja, y, como llevaba un bigotito negro y largo, a lo Adolphe Menjou, en la parte izquierda también éste estaba partido, aunque era casi imperceptible, justo allí donde, en menos de un milímetro, la piel había estado abierta y había vuelto a cerrarse. ¿Mensur o bala rasante? 

Se presentó: coronel Ardenti, tendió la mano a Belbo, me dirigió una simple inclinación de cabeza cuando Belbo me definió como su colaborador. Se sentó, cruzó las piernas, recogió un poco los pantalones en las rodillas y dejó ver unos calcetines color amaranto; cortos. 

--¿Coronel... en servicio? --preguntó Belbo. 

Ardenti mostró unas valiosas prótesis dentales: 

--En todo caso jubilado. O, si prefiere, en la reserva. Quizá no lo parezca, pero soy un hombre anciano. 

--No lo parece --dijo Belbo. 

--Sin embargo, he estado en cuatro guerras. 

--Para eso tendría que haber empezado con Garibaldi. 

--No. Teniente, voluntario, en Etiopía. Capitán, voluntario, en España. Mayor en Africa otra vez, hasta el abandono de la cuarta orilla.

medalla de plata. En el cuarenta y tres... digamos que escogí el campo de los vencidos: y lo perdí todo, salvo el honor. Tuve la hombría de volver a empezar desde el principio. Legión Extranjera. Escuela de valientes. En el cuarenta y seis, sargento; en el cincuenta y ocho, coronel, con Massu. Desde luego, elijo siempre a los perdedores. Cuando subió al poder el siniestro de Gaulle, me retiré y me fui a vivir a Francia. Había trabado buenas relaciones en Argel y puse una empresa de importación y exportación, en Marsella. Por una vez debo de haber elegido el bando de los ganadores, porque ahora vivo de rentas, y puedo dedicarme a mi hobby, ¿hoy en día se dice así, no? En los últimos años, he puesto por escrito los resultados de mis investigaciones. Aquí están... 

Extrajo de una cartera de piel una carpeta voluminosa, que entonces me pareció roja. 

--¿O sea que un libro sobre los templarios? --dijo Belbo. 

--Sí, los templarios --asintió el coronel--. Casi una pasión juvenil. También ellos eran capitanes de ventura que buscaron la gloria cruzando el Mediterráneo. 

--El señor Casaubon es especialista en los templarios --dijo Belbo--. 

Conoce el tema mejor que yo. Le escuchamos. 

--Siempre me han interesado los templarios. Un puñado de valientes que lleva la luz de Europa a los salvajes de ambas Trípolis... 

--Bueno, los enemigos de los templarios no eran tan salvajes --dije con tono conciliador. 

--¿Alguna vez ha estado prisionero de los rebeldes del Magreb? --fue su respuesta sarcástica. 

--Hasta ahora no --dije. 

Clavó la vista en mí, y agradecí no haber estado bajo sus órdenes. Se dirigió directamente a Belbo: 

--Perdone usted, pertenezco a otra generación. --Volvió a mirarme, con aire desafiante--: Estamos aquí para someternos a un proceso o para... 

--Para hablar de su trabajo, coronel --dijo Belbo--. Prosiga, por favor. 

--Ante todo quiero aclarar una cosa --dijo el coronel, y apoyó las manos sobre la carpeta--. Estoy dispuesto a contribuir a los gastos de la edición, no le estoy proponiendo perder dinero. Si lo que ustedes desean son garantías científicas, puedo proporcionarlas. Precisamente, hace dos horas he estado con un experto en la materia, llegado expresamente de París. 

Podrá redactar un prefacio de toda seriedad... 

Adivinó cuál sería la pregunta de Belbo e hizo un gesto como para decir que de momento era mejor no dar más detalles, habida cuenta de la delicadeza del asunto. 

--Doctor Belbo --dijo--, en estas páginas tengo los materiales para una historia. Verdadera. Ejemplar. Mejor que las novelas policíacas americanas. He descubierto algo, y muy importante, pero es sólo el principio. 

Quiero decirle a todo el mundo lo que sé, para que, si hay alguien capaz de completar este rompecabezas, lo lea y se dé a conocer. Pretendo echar el anzuelo. Además, tiene que ser en seguida. Alguien que sabía lo que yo sé, antes de mí, probablemente haya sido asesinado, precisamente para que no lo divulgase. Si digo lo que sé a dos mil lectores, ya nadie tendrá  interés en eliminarme. --Hizo una pausa--: Ustedes sabrán algo de la detención de los templarios... 

--Me ha hablado de ella el señor Casaubon, y me ha impresionado el hecho de que se haya producido sin desenvainar la espada, y de que los caballeros hayan sido cogidos por sorpresa... 

El coronel esbozó una sonrisa de conmiseración. 

--Eso mismo. Es pueril pensar que gente tan poderosa como para atemorizar al rey de Francia haya sido incapaz de saber de antemano que cuatro tunantes estaban instigando al rey y que el rey estaba haciendo otro tanto con el papa. ¡Vamos! Hay que suponer que existió un plan. Un plan sublime. Suponga usted que los templarios proyectaran la conquista del mundo, y conocieran el secreto de una inmensa fuente de poder, un secreto tal que debía protegerse aun a costa del sacrificio de toda la plana mayor del Temple de París, de las encomiendas repartidas por todo el reino, y en España, Portugal, Inglaterra e Italia, de los castillos en Tierra Santa, de los depósitos monetarios, de todo... Felipe el Hermoso debió de haber sospechado de su existencia: si no, no se explica por qué desencadenó la persecución, desacreditando a la flor y nata de la caballería francesa. El Temple se da cuenta de que el rey se ha dado cuenta y tratará de destruirlo, pero es inútil presentarle una resistencia frontal, el plan aún requiere tiempo, el tesoro, o lo que sea, todavía debe ser localizado con precisión, o sólo puede utilizarse lentamente... Y el directorio secreto del Temple, cuya existencia ya todos conocen... 

--¿Todos? 

--Claro. Es impensable que una Orden tan poderosa haya podido sobrevivir tanto tiempo sin que exista una regla secreta. 

--El argumento parece impecable --dijo Belbo mirándome con el rabillo del ojo. 

--Pues no menos evidentes --dijo el coronel--, son las conclusiones que de él se desprenden. Por supuesto, el gran maestre forma parte del directorio secreto, pero debe de ser una mera fachada. Gauthier Walther, en su La chevalerie et les aspects sécrets de l'histoire, afirma que el plan de los templarios para la conquista del poder solo debía consumarse ¡en el año dos mil! El Temple decide pasar a la clandestinidad y para ello es necesario que todos crean que la Orden ha desaparecido. Se sacrifican, eso es lo que hacen, incluido el gran maestre. Algunos se dejan matar, probablemente lo hayan echado a suertes. Otros se someten, se mimetizan. ¿Dónde van a pasar las jerarquías menores, los hermanos laicos, los maestros carpinteros, los vidrieros?... Dan vida a la corporación de los francmasones, los libres constructores, que se difunde por el mundo, la historia es conocida. Pero bueno, ¿qué sucede en Inglaterra? El rey resiste a las presiones del papa, los pasa a todos a retiro, para que acaben tranquilamente sus vidas en las capitanías de la Orden. Y ellos ni una palabra, lo aceptan todo sin chistar. ¿Usted se lo traga? Yo no. Y en España la Orden decide cambiar de nombre, se transforma en la Orden de Montesa. Señores míos, aquella era gente capaz de convencer a un rey: sus cofres estaban tan llenos de letras con su firma que en una semana podían enviarle a la bancarrota. 

También el rey de Portugal se avino a pactar: hagamos esto, queridos amigos, ya no os llamáis caballeros del Temple sino caballeros de Cristo, y para mí es igual. ¿Y en Alemania? Pocos procesos, abolición puramente formal de la Orden, pero allí tienen a la Orden hermana, la de los teutónicos, que por entonces se dedican a algo más que a crear un Estado dentro del Estado: son el Estado, han reunido un territorio tan vasto como el de los países que actualmente están bajo la bota de los rusos, y así prosiguen hasta finales del siglo XV, porque entonces llegan los mongoles. Pero ésa es harina de otro costal, porque los mongoles aún están a nuestras puertas... pero no nos vayamos por las ramas... 

--No, por favor --dijo Belbo--. Prosiga. 

--Pues bien. Como todos saben, dos días antes de que Felipe libre la orden de detención, y un mes antes de que sea ejecutada, una carreta de heno, tirada por bueyes, abandona el recinto del Temple con destino desconocido. Hasta Nostradamus lo menciona en una de sus centurias... 

Buscó una página de su manuscrito: 

Souz la pasture d'animaux ruminant par eux conduits au ventre herbipolique soldats cachés, les armes bruit menant... 

--Lo de la carreta de heno es una leyenda --dije y yo no tomaría a Nostradamus como una autoridad en materia de historia... 

--Personas más ancianas que usted, señor Casaubon, han dado crédito a muchas profecías de Nostradamus. Por lo demás, tampoco soy tan ingenuo como para creerme la historia de la carreta. Es un símbolo. El símbolo del hecho, evidente y confirmado, de que, en vista de la detención, Jacques de Molay transmite el mando y las instrucciones secretas a su sobrino, el conde de Beaujeu, que se convierte en el jefe oculto del Temple ahora oculto. 

--¿Hay documentos históricos? 

--La historia oficial --sonrió amargamente el coronel-- es la que escriben los vencedores. Según la historia oficial, los hombres como yo no existen. No, en la historia de la carreta hay gato encerrado. El núcleo secreto se traslada a un centro tranquilo y desde allí empieza a construir su red clandestina. Esa es la evidencia de la que he partido. Desde hace años, incluso antes de la guerra, me he preguntado dónde fueron a parar esos hermanos en el heroísmo. Cuando me retiré a la vida civil, decidí finalmente buscar una pista. Puesto que la fuga de la carreta se había producido en Francia, era en Francia donde tenía que encontrar el sitio de reunión original del núcleo clandestino. ¿Dónde? 

Tenía dotes teatrales. Ahora Belbo y yo queríamos saber dónde. Sólo atinamos a decir: 

--Dígalo. 

--Lo digo. ¿Dónde nacen los templarios? ¿De dónde procede Hugo de Payns? De Champagne, cerca de Troyes. Y en Champagne gobierna Hugues de Champagne, que pocos años después, en 1125, se une a ellos en Jerusalén. Después regresa, y al parecer se pone en contacto con el abad de Calteaux y le ayuda a iniciar en su monasterio la lectura y la traducción de ciertos textos hebreos. Piensen ustedes que los rabinos de la alta Borgoña son invitados a Calteaux, al monasterio de los benedictinos blancos, de quién más?, pues de San Bernardo, y para estudiar vaya a saber qué textos que Hugo ha encontrado en Palestina. Y Hugo regala a los monjes de San Bernardo un bosque, en Bar-sur-Aube, donde surgirá Clairvaux. ¿Y qué hace San Bernardo? 

--Se convierte en el patrocinador de los templarios --dije. 

--¿Y por qué? ¿Sabe usted que hace que los templarios sean más poderosos que los benedictinos? ¿Que a los benedictinos les prohíbe recibir casas y tierras en donación, y hace que las tierras y las casas sean para los templarios? ¿Ha visitado alguna vez la Foret d'Orient cerca de Troyes? Es algo inmenso, sembrado de capitanías. Y entretanto en Palestina los caballeros no combaten ¿sabe?. Se instalan en el Templo y en lugar de matar musulmanes traban amistad con ellos. Toman contacto con sus iniciados. 

En suma, San Bernardo, con el apoyo económico de los condes de Champagne, crea una Orden que en Tierra Santa entra en contacto con las sectas secretas árabes y hebreas. Una dirección desconocida planifica las cruzadas para que pueda mantenerse la Orden, y no al contrario, y establece una red de poder independiente de la jurisdicción real... No soy un hombre de ciencia, sino un hombre de acción. En lugar de multiplicar las conjeturas, he hecho lo que tantos estudiosos, con toda su palabrería, nunca han sido capaces de hacer. He ido al sitio de donde proceden los templarios y donde estaba su base desde hacía dos siglos, donde podían moverse como peces en el agua... 

--El presidente Mao dice que el revolucionario debe estar entre el pueblo como un pez en el agua --dije. 

--Un bravo por su presidente. Los templarios, que estaban preparando una revolución mucho más grande que la de sus comunistas con coleta... 

--Ya no llevan coleta. 

--¿No? Peor para ellos. Los templarios, decía, tenían que refugiarse necesariamente en Champagne. ¿En Payns? ¿En Troyes? ¿En la Foret d'Orient? No. Payns era, y sigue siendo, una aldea de cuatro casas, y en aquella época lo más que habrá  tenido será un castillo. Troyes era una ciudad con demasiada gente del rey merodeando por allí. La Foret, templaria por definición, era el primer sitio donde los guardias reales irían a buscarles, como en efecto hicieron. No: Provins, pensé. ¡Si había un lugar, tenía que ser Provins! 

Si pudiésemos penetrar con la vista y contemplar el interior de la Tierra, de polo a polo, o desde el sitio que pisamos hasta las antípodas, descubriríamos con horror una mole tremendamente horadada por grietas y cavernas.

 

(T. Surnet Telluris Theoria Sacra, Amsterdam, Wolters, 1694, p. 38)

 

--¿Por qué Provins? 

--¿Nunca ha estado en Provins? Un sitio mágico, aún hoy se puede sentir, le aconsejo que lo visite. Un sitio mágico, todavía guarda perfume de misterio. Por de pronto, en el siglo XI es la residencia del conde de Champagne y constituye una zona franca donde el poder central no puede meter las narices. Allí los templarios están como en su casa, aún hoy hay una calle dedicada a ellos. Iglesias, palacios, una fortaleza que domina toda la llanura, y dinero, tránsito de mercaderes, ferias, confusión en la que uno puede confundirse, no dejar rastros. Pero sobre todo, y desde tiempos prehistóricos, galerías subterráneas. Una red de galerías que se extiende por debajo de toda la colina, verdaderas catacumbas. Algunas aún se pueden visitar. Lugares donde, si algunos se reúnen en secreto y sus enemigos consiguen penetrar, los conjurados pueden dispersarse en pocos segundos, sabe Dios dónde, y si conocen bien los pasadizos, en seguida salen por una parte y vuelven a entrar, sigilosos como gatos, y cogen a los invasores por detrás y los liquidan en la oscuridad. Por Dios, señores, les aseguro que esas galerías parecen haber sido construidas pensando en los comandos, veloces e invisibles, que se emboscan en la noche, el puñal entre los dientes, dos granadas de mano, y los otros mueren como ratas, ¡redios! 

Le brillaban los ojos. 

--¿Entienden ustedes qué escondite fabuloso puede ser Provins? Un núcleo secreto que se reúne en el subsuelo, y la gente del lugar, que si ve no habla. Desde luego, los hombres del rey también llegan a Provins, detienen a los templarios que salen a la superficie y se los llevan a París. Reynaud de Provins es sometido a tortura, pero no habla. Es evidente que, conforme al plan secreto, tenía que dejarse detener para que creyesen que Provins ya estaba saneada, pero al mismo tiempo tenía que emitir un mensaje: Provins no tira la toalla. Provins, el lugar de los nuevos templarios subterráneos... Galerías que comunican unos edificios con otros, se entra en un granero o en una lonja y se sale a una iglesia. Galerías construidas con pilares y bóvedas de mampostería. Aún hoy todas las casas de la ciudad alta tienen sótano, con bóvedas ojivales, debe de haber más de cien, cada sótano, ’¡qué digo!, cada sala subterránea era la entrada a uno de los túneles. 

--Son conjeturas --dije. 

--No, señor Casaubon. Pruebas. Usted no ha visto las galerías de Provins. Salas y salas excavadas en la profundidad de la tierra, llenas de inscripciones. La mayoría de éstas se encuentran en lo que los espeleólogos llaman alvéolos laterales. Son representaciones hieráticas, de origen druídico. Anteriores a la llegada de los romanos. César pasaba por arriba, y allí abajo se tramaba la resistencia, el hechizo, la emboscada. También hay símbolos de cátaros, sí señores, los cátaros no estaban sólo en Provenza los de Provenza fueron destruidos, pero los de Champagne sobrevivieron en secreto y se reunían aquí, en estas catacumbas de la herejía. Ciento ochenta y tres fueron quemados en la superficie, pero los otros sobrevivieron aquí. 

Las crónicas les definían como bougres et manichéens; fíjense ustedes qué casualidad, los bougres eran los bogomilos, cátaros de origen búlgaro, ¿no les dice nada la palabra bougre en francés? Al principio significaba sodomita, porque se decía que los cátaros búlgaros tenían ese defectillo... 

--Soltó una risita nerviosa--. ¿Y a quiénes se acusa de tener ese mismo defectillo? A ellos, a los templarios... ¿Curioso, verdad? 

--Hasta cierto punto --dije--, en aquella época si se quería liquidar a un hereje se le acusaba de sodomía... 

--Desde luego, no crea usted que yo creo que los templarios... ¡Vamos! 

Eran hombres de armas, y a nosotros, los hombres de armas, nos gustan las mujeres guapas, aunque hubieran pronunciado los votos, el hombre siempre es hombre. Pero les digo esto porque no creo que sea casual que en un ambiente templario hayan encontrado refugio herejes cátaros, y de todas formas fueron ellos quienes enseñaron a los templarios cómo se usaban los subterráneos. 

--Pero en definitiva --dijo Belbo--, las suyas todavía son hipótesis... 

--Hipótesis iniciales. Le he explicado por qué me dediqué a explorar Provins. Ahora vayamos a la historia propiamente dicha. En el centro de Provins hay un gran edificio gótico, la Grange-aux-DlAmes, el granero de los diezmos, y ya saben ustedes que una de las prerrogativas de los templarios consistía en que recaudaban directamente los diezmos sin tener que dar cuenta al Estado. Debajo de ese edificio, como en el resto de la ciudad, se extiende una red de subterráneos, actualmente en pésimo estado. Bien cierto día, mientras hurgaba en los archivos de Provins, cae en mis manos un periódico local de 1894. En él se cuenta que dos dragones, los caballeros Camille Laforgue de Tours y Edouard Ingolf de San Petersburgo (sí, de San Petersburgo), unos días antes habían estado visitando la Grange guiados por el guardián, y habían bajado a una de las salas subterráneas, situada en el segundo piso por debajo del nivel del suelo, donde el guardián, para mostrar que aún había otros pisos inferiores, golpeó el suelo con el pie y se oyeron ecos y retumbos. El cronista alaba a los valientes dragones, que se proveen de linternas y cuerdas, penetran no se sabe en qué galerías, excitados como niños que exploran una mina, arrastrándose con los codos, avanzan por misteriosos pasadizos. Hasta que llegan, dice el periódico, a una gran sala, con una buena chimenea y un pozo en el centro. 

Bajan una cuerda con una piedra y descubren que el pozo tiene once metros de profundidad... Regresan una semana después con cuerdas más fuertes y, mientras los otros dos sostienen la cuerda, Ingolf desciende al pozo y descubre una gran habitación con paredes de piedra, de diez metros por diez, y cinco de altura. También bajan los otros, por turno, y se dan cuenta de que están en el tercer nivel por debajo de la superficie del suelo, a treinta metros de profundidad. Se ignora qué pudieron haber visto y hecho los tres en esa sala. El cronista confiesa que, cuando fue hasta el sitio para verificar lo que habían contado, no se atrevió a descender al pozo. La historia me intrigó y tuve ganas de echar un vistazo. Pero desde finales del siglo pasado muchos subterráneos se han derrumbado, y, suponiendo que aquel pozo hubiera existido, ¿quién sería capaz de encontrarlo? De repente me asaltó la idea de que los dragones habían encontrado algo en esas profundidades. Precisamente en esos días había leído un libro sobre el secreto de Rennes-le-Chateau, una historia que, en cierto modo, también guarda relación con los templarios. Mientras restaura una vieja iglesia en un pueblecito de doscientas almas, un cura sin dinero ni porvenir levanta una losa del pavimento del coro y encuentra un estuche donde hay unos manuscritos antiquísimos, al menos eso dice. ¿Conque sólo manuscritos? No se sabe bien qué pasa, pero en los años subsiguientes el personaje se vuelve inmensamente rico, tira la casa por la ventana, lleva una vida disipada, se busca un proceso eclesiástico... ¿Y si a uno de los dragones, o a los dos, le hubiera sucedido algo similar? Ingolf es el primero que desciende, encuentra un objeto precioso de pequeñas dimensiones, lo oculta bajo la chaqueta, vuelve a subir, no dice nada a los otros dos... Pues bien, soy tozudo, y si no hubiera sido siempre así mi vida habría sido distinta. 

Se había tocado la cicatriz con los dedos. Luego se había llevado las manos a las sienes y las había desplazado hasta la nuca, para asegurarse de que el cabello seguía estando pegado como Dios manda. 

--Entonces voy a París, a la central telefónica, y examino los listines de toda Francia para ver si existe alguna familia Ingolf. Encuentro una sola, en Auxerre, y escribo presentándome como un estudioso de arqueología. 

Dos semanas más tarde recibo la respuesta de una vieja comadrona: es la hija de aquel Ingolf y desea saber a qué se debe mi interés por él, incluso me pregunta si por amor de Dios sé algo acerca de su padre... Ya decía yo que allí había un misterio. Voy corriendo a Auxerre, la señorita Ingolf vive en una casita toda cubierta de hiedra, se entra al jardín por una puertecita de madera que se cierra atando un cordel a un clavo. Una señorita ya mayor, pulcra, amable, de escasa cultura. En seguida me pregunta qué sé de su padre y le digo que sólo sé que en cierta ocasión descendió a un subterráneo en Provins, y que estoy escribiendo un ensayo histórico sobre esa zona. Cae de las nubes, nunca supo que su padre había estado en Provins. Si, había formado parte del cuerpo de dragones, pero había dejado el servicio en 1895, antes de que ella naciese. Había comprado aquella casita en Auxerre y en 1898 se había casado con una chica del lugar, que poseía algunos bienes. La madre había muerto en 1915, cuando ella tenía cinco años. En cuanto al padre, había desaparecido en 1935. Literalmente, desaparecido. Se había marchado a París, como solía hacer al menos dos veces al año, y no había vuelto a dar noticias de sí. La gendarmería local había telegrafiado a París: se había esfumado. Declaración judicial de fallecimiento. Así fue como nuestra señorita se había quedado sola y había empezado a trabajar, porque la herencia paterna era poca cosa. Evidentemente, no había encontrado marido y, por la forma en que suspiró, debía de haber habido una historia, la única de su vida, que había acabado mal. 

“Y siempre con esta angustia, con este remordimiento continuo, monsieur Ardenti, de no saber nada del pobre papá, ni siquiera dónde está su tumba, si es que está en alguna parte.” Tenía ganas de hablar de él: era un ser lleno de ternura, tranquilo, metódico, tan culto. Pasaba los días en su pequeño estudio, arriba, en la buhardilla, dedicado a leer y a escribir. Aparte de eso, un poco de jardinería y una que otra charla con el farmacéutico, que también había muerto ya. De vez en cuando, como me había dicho un viaje a París, por negocios, eso decía. Pero siempre regresaba con un paquete de libros. El estudio estaba lleno de libros, quiso mostrármelo. Subimos. Una pequeña habitación ordenada y limpia, que la señorita Ingolf aún desempolvaba una vez a la semana; a la madre podía llevarle flores al cementerio, pero por el pobre papá sólo podía hacer eso. Todo estaba como lo había dejado él, le hubiese gustado haber podido estudiar para leer aquellas cosas, pero todo estaba en francés antiguo, en latín, en alemán, e incluso en ruso, porque papá había nacido y pasado la infancia allá, era hijo de un funcionario de la embajada francesa. La biblioteca contenía un centenar de volúmenes, la mayoría de ellos (y exulté de alegría)sobre el proceso a los templarios, por ejemplo los Monuments historiques relatifs a la condamnation des chevaliers du Temple, de Raynouard, de 1813, una pieza de anticuario. Muchos libros sobre escrituras secretas, una verdadera colección de criptógrafo, algunos volúmenes sobre paleografía y diplomática. Había un viejo libro de cuentas y al hojearlo encontré una nota que me hizo dar un brinco: se refería a la venta de un estuche, sin otras precisiones, y no mencionaba el nombre del comprador. Tampoco había cifras, pero la fecha era de 1895 y en seguida empezaban las cuentas precisas, el libro mayor de un señor ordenado que administra con prudencia su trapillo. Algunas anotaciones sobre la compra de libros a anticuarios parisinos. Ahora lo veía todo con claridad: Ingolf encuentra en la cripta un estuche de oro con incrustaciones de piedras preciosas, no se lo piensa dos veces, lo oculta en la casaca, vuelve a subir y no abre boca con sus compañeros. Una vez en casa, lo examina y encuentra dentro un pergamino, qué duda cabe. Va a París, contacta con un anticuario, o un usurero, o un coleccionista, y con la venta del estuche, aunque sea por menos de su valor, consigue estar en una posición desahogada. Pero no se queda ahí, abandona el servicio, se retira a vivir en el campo y empieza a comprar libros y a estudiar el pergamino. quizá en su pecho llevaba ya al buscador de tesoros, si no, no habría ido a meterse en los subterráneos de Provins. 

Probablemente es lo bastante culto como para atreverse a descifrar por sí solo lo que ha encontrado. Trabaja tranquilo, sin preocupaciones, como buen monomaniaco, durante mas de treinta años. ¿Le cuenta a alguien sus descubrimientos? quizá. El hecho es que en 1935 debe de haber sentido que estaba por llegar a un punto importante, o al contrario, a un punto muerto, porque decide dirigirse a alguien, para decirle lo que sabe o para que le diga lo que no sabe. Pero lo que sabe debe de ser tan secreto, y terrible, que ese alguien decide hacerle desaparecer. Pero regresemos a la buhardilla. Por de pronto había que ver si Ingolf había dejado algún rastro. 

Le dije a la buena señorita que quizá examinando los libros de su padre encontraría algún rastro de lo que había descubierto en Provins, y que en mi ensayo hablaría extensamente de él. Estuvo encantada, pobre papá, me dijo que podía quedarme toda la tarde y regresar al día siguiente si fuera necesario, me trajo un café, me encendió las luces y regresó al jardín dejándome el campo libre. Las paredes del cuarto eran lisas y blancas, no había cofres, ni escriños, ni huecos donde hurgar, pero lo revisé todo, miré encima, debajo y dentro de los pocos muebles, exploré un armario casi vacío que guardaba algún traje relleno sólo de naftalina, di la vuelta a tres o cuatro cuadros con grabados de paisajes. Les ahorro los detalles, sólo les diré que trabajé a conciencia, no basta con palpar el tapizado de los divanes, hay que clavarles agujas para ver si no ocultan cuerpos extraños... 

Comprendí que el coronel no había frecuentado sólo campos de batalla. 

--Me quedaban los libros, de todas formas convenía que tomara nota de los títulos, y que verificase si no había anotaciones en los márgenes, palabras subrayadas, algún indicio... Hasta que cogí mal un viejo volumen de pesada encuadernación y se me cayó, dejando aparecer una hoja escrita a mano. Por el tipo de papel de cuaderno y por la tinta, no parecía muy antiguo, podía haber sido escrito en los últimos años de vida de Ingolf. 

Alcancé a verlo apenas, lo suficiente para leer una anotación al margen: “Provins 1894”. Ya imaginarán ustedes mi emoción, la ola de sentimientos que me invadió... Comprendí que Ingolf había ido a París con el pergamino original, pero que aquello era una copia. No dudé. La señorita Ingolf había quitado el polvo de esos libros durante años, pero nunca había detectado aquella hoja: si no, me lo hubiera dicho. Pues bien, seguiría sin saber de su existencia. El mundo se divide entre vencidos y vencedores. Ya había tenido con creces mi parte de derrota, ahora debía coger la victoria por los pelos. Tomé la hoja y me la metí en el bolsillo. Me despedí de la señorita diciéndole que no había encontrado nada interesante pero que si escribía algo mencionaría a su padre, y ella me dio su bendición. Señores, un hombre de acción, y consumido como lo estaba yo por aquella pasión, no debe tener demasiados escrúpulos ante la mediocridad de un ser cuyo destino estaba ya sentenciado. 

--No se justifique --dijo Belbo--. Ya está hecho. Ahora cuéntenos. 

--Ahora, señores, les mostraré ese texto. Me permitirán que presente una fotocopia. No es que desconfíe. No quisiera someter el original a acciones de desgaste. 

--Pero el de Ingolf no era el original --dije--. Era su copia de un supuesto original. 

--Señor Casaubon, cuando los originales han desaparecido, la última copia es el original. 

--Pero Ingolf podría haber transcrito mal. 

--A usted no le consta. Y a mí sí me consta que la transcripción de Ingolf dice la verdad, porque no veo cómo la verdad podría ser otra. De manera que la copia de Ingolf es el original. ¿Estamos de acuerdo en esto o empezamos a hacer jueguitos de intelectuales? 

--Los detesto --dijo Belbo--. Veamos su copia original. 

Desde Beaujeu la Orden no ha dejado ni un instante de existir y conocemos después de Aumont una sucesión ininterrumpida de Grandes Maestres de la Orden hasta nuestros días y, si el nombre y la residencia del verdadero Gran Maestre y de los verdaderos Superiores que gobiernan la Orden y dirigen sus sublimes trabajos es un misterio que sólo conocen los verdaderos iluminados, y si esto está  guardado como un secreto impenetrable, ello se debe a que aún no ha sonado la hora de la Orden y aún no se ha cumplido el tiempo...

 

(Manuscrito de 1760, en G.A. Schiffmann, Die Entstehung der Ritlergrade in der Freimauerei um die Mitte des XVIII Jahrhunderts, Leipzig, Zechel, 1882, pp. 178-190)

 

Fue nuestro primer, remoto contacto con el Plan. Aquel día hubiese podido estar en otra parte. Si aquel día no hubiese estado en el despacho de Belbo, ahora estaría... ¿en Samarcanda vendiendo semillas de ajonjolí, publicando una colección de libros en Braille, dirigiendo el First National Bank en la Tierra de Francisco José? Los condicionales contrafácticos son siempre verdaderos porque la premisa es falsa. Pero aquel día estaba allí, y por eso ahora estoy donde estoy. 

Con ademán teatral, el coronel nos había mostrado la hoja. Aún la tengo aquí, entre mis papeles, en una funda de plástico, más amarilla y descolorida que entonces, en ese papel térmico que se usaba en aquella época. En realidad, eran dos textos: el primero, de escritura apretada, ocupaba la primera mitad de la página; el segundo estaba dividido en versículos mutilados... 

El primer texto era una especie de letanía demoníaca, una parodia de lengua semítica: 

Kuabris Defrabax Rexulon Ukkazaal Ukzaab Urpaefel Taculbain Habrak Hacoruin Maquafel Tebrain Hmcasuin Rokasor Himesor Argaabil Kaquaan Docrabax Reisaz Reisabrax Decaiquan Oiquaquil Zaitabor Qaxaop Dugraq Xaelobran Disaeda Magisuan Raitak Huidal Uscolda Arabaom Zipreus Mecrim Cosmae Duquifas Rocarbis  

--No es nada perspicuo--observó Belbo. 

--¿Verdad que no? --admitió con malicia el coronel--. Y me habría pasado la vida tratando de entenderlo si un día, casi por casualidad, no hubiese encontrado entre los libros de un vendedor callejero un volumen sobre Tritemio, y si mis ojos no hubiesen tropezado con uno de sus mensajes en clave: “Pamersiel Oshurmy Delmuson Thafloyn...” Había encontrado una pista, y la seguí hasta el final. Tritemio era un desconocido para mí, pero en París encontré una edición de su Steganographia, hoc est ars per occulta máscripturam animi sui voluntatem absentibus aperiendi certa, Frankfurt 1606. El arte de abrir, a través de la escritura secreta, nuestra alma a las personas lejanas. Personaje fascinante, este Tritemio. Abad benedictino en Spannheim, que vivió entre los siglos XV y XVI, un docto que sabía hebreo y caldeo, lenguas orientales como el tártaro, que estaba en contacto con teólogos, cabalistas, alquimistas, y sin duda con el gran Cornelio Agrippa de Nettesheim quizá con Paracelso... Tritemio disimula sus revelaciones sobre sistemas secretos de escritura con galimatías nigrománticos, dice que hay que enviar mensajes cifrados como el que tienen ante ustedes, y luego el destinatario deberá evocar ángeles como Pamersiel, Padiel, Dorothiel, etcétera, etcétera, que le ayudarán a comprender el mensaje verdadero. Pero los ejemplos que da suelen ser mensajes militares, y el libro está dedicado al conde palatino y duque de Baviera Felipe, y es uno de los primeros ejemplos de trabajo criptográfico serio, cosas de servicios secretos. 

--Perdone --pregunté--, pero, si no he entendido mal, Tritemio vivió al menos cien años después de la redacción del manuscrito que nos ocupa....

--Tritemio era miembro de una Sodalitas Céltica, en la que se ocupaban de filosofía, astrología, matemática pitagórica. ¿Captan ustedes la relación? Los templarios constituyen una orden iniciática que se remite también a la sabiduría de los antiguos celtas, se trata de un hecho ampliamente probado. Por algún conducto, Tritemio aprende los mismos sistemas criptográficos que utilizaban los templarios. 

--Impresionante --dijo Belbo--. ¿Y qué dice la transcripción del mensaje secreto? 

--Calma, señores. Tritemio presenta cuarenta criptosistemas mayores y diez menores. O yo he tenido suerte, o bien los templarios de Provins tampoco se estrujaron demasiado las meninges porque confiaban en que nadie adivinaría su clave. Probé en seguida con el primero de los cuarenta criptosistemas mayores y supuse que en el texto lo único que importaba eran las iniciales. 

Belbo le pidió la hoja y echó un vistazo: 

--Pero incluso así sólo sale una secuencia sin sentido: kdruuuth... 

--Lógico --dijo con condescendencia el coronel--. Los templarios no se habrán exprimido mucho las meninges, pero tampoco eran tan perezosos. Esta primera secuencia es a su vez otro mensaje cifrado, y yo pensé en seguida en la segunda serie de los diez criptosistemas. Vean ustedes, para esta segunda serie Tritemio utilizaba unos discos y el del primer criptosistema es éste... 

Extrajo de su carpeta otra fotocopia, acercó la silla a la mesa y nos hizo seguir su demostración tocando las letras con la estilográfica cerrada. 

--Es el sistema más simple. Consideren ustedes sólo el circulo externo. 

Cada letra del mensaje en clave se reemplaza por la letra precedente. Por A se escribe Z, por B se escribe A, etcétera, etcétera. Cosa de niños para un agente secreto de hoy, pero, para aquellos tiempos, brujería. Naturalmente, para descifrar se procede a la inversa: cada letra del mensaje cifrado se reemplaza por la letra siguiente. Probé y, sin duda, he tenido suerte de acertar en el primer intento, pero he aquí la solución. --Transcribió el mensaje--: Les XXXVI inuisibles separez en six bandes. Los treinta y seis invisibles divididos en seis grupos. 

--¿Y qué significa? 

--A primera vista, nada. Se trata de una especie de encabezamiento, de constitución de un grupo, escrito en lengua secreta por razones rituales. 

Para el resto, nuestros templarios, seguros de que estaban colocando su mensaje en un sanctasanctorum inviolable, se limitaron a utilizar el francés del siglo XIV. Veamos, pues, el segundo texto. 

a la ... Saint Jean 36 p charrete de fein 6 ... entiers avec saiel p ... les blancs mantiaxr ... s ... chevaliers de Pruins pour la ... 

6 foiz 6 en 6 places chascune foiz 20 a ... 120 a ... iceste est l'ordonation al donjon li premiers it li secunz joste iceus qui ... pans it al refuge it a Nostre Dame de l'altre part de l'iau it a l'ostel des popelicans it a la pierre 3 foiz 6 avant la feste ... Ia Crant Pute. 

--¿Así que éste seria el mensaje no cifrado? --preguntó Belbo, desilusionado y jocoso. 

--Es evidente que en la transcripción de Ingolf los puntos suspensivos representan palabras ilegibles, espacios donde el pergamino estaba estropeado... Pero aquí tienen mi transcripción final, en la que, basándome en conjeturas que ustedes me permitirán que califique de lúcidas e inobjetables, restituyo el texto a su antiguo esplendor; como suele decirse. 

Con ademán de prestidigitador, dio la vuelta a la fotocopia para mostrarnos unas notas suyas en letra de imprenta. 

LA (NOCHE DE) SAN JUAN 36 (AYOS) P(OST) LA CARRETA DE HENO 6 (MENSAJES) INTACTOS CON SELLO P(ARA LOS CABALLEROS DE LOS)

MANTOS BLANCOS [LOS TEMPLARIOSl  

R(ELAP)S(OS) DE PROVINS PARA LA (VAIN)JANCE [VENGANZA 6 VECES 6 EN SEIS LOCALIDADES. 

CADA VEZ 20 A(ÑOS DA) 120 A(ÑOS). 

ESTE ES EL PLAN: VAYAN AL CASTILLO LOS PRIMEROS IT(ERUM) [DE NUEVO DESPUES DE 120 AÑOS LOS SEGUNDOS SE REUNAN CON LOS (DEL) PAN DE NUEVO AL REFUGIO DE NUEVO A NUESTRA SEÑORA AL OTRO LADO DEL RIO DE NUEVO AL ALBERGUE DE LOS POPELICANT DE NUEVO A LA PIEDRA 3 VECES 6 16661 ANTES DE LA FIESTA (DE LA) GRAN MERETRIZ. 

--Peor que andar de noche --dijo Belbo. 

--Desde luego, aún hay que interpretarlo todo. Pero sin duda Ingolf lo logró, como lo he logrado yo. Es menos oscuro de lo que parece, para quien conozca la historia de la Orden. 

Pausa. Pidió un vaso de agua y después siguió explicándonos el texto, palabra por palabra. 

--Entonces: en la noche de San Juan, treinta y seis años después de la carreta de heno. Los templarios designados para perpetuar la Orden consiguen no ser capturados en septiembre de 1307 huyendo en una carreta de heno. En aquella época, el año se calculaba de una Pascua a otra. De modo que 1307 acaba en una fecha que según nuestro calendario correspondería a la Pascua de 1308. Si ahora calculásemos treinta y seis años  a partir de finales de 1307 (que es nuestra Pascua de 1308), llegaríamos a la Pascua de 1344. Al cabo de los treinta y seis años fatídicos, llegamos a nuestro 1344. El mensaje es depositado en la cripta en una funda de gran valor, a modo de seña, acta notarial de un acontecimiento que ha tenido lugar allí, después de la constitución de la Orden secreta, la noche de San Juan, es decir el 23 de junio de 1344. 

--¿Por qué 1344? 

--Considero que entre 1307 y 1344 la Orden secreta se reorganiza para llevar a cabo el proyecto cuyo punto de arranque se ratifica en el pergamino. Era necesario esperar a que se calmasen las aguas, a que se reanudaran los contactos entre los templarios de cinco o seis paises. Por otra parte, los templarios esperaron treinta y seis años, y no treinta y cinco o treinta y siete, porque es evidente que para ellos el número 36 tenía valores místicos, como nos lo confirma también el mensaje cifrado. La suma interna de 36 da nueve, y es innecesario recordar las significaciones profundas de ese número. 

--Con permiso. 

Era la voz de Diotallevi, que había entrado sin que le viéramos, sigiloso, como un templario de Provins. 

--Aquí estarás en tu salsa --dijo Belbo. 

Se apresuró a presentarle; el coronel no pareció excesivamente molesto, daba la impresión incluso de que deseaba tener una audiencia numerosa y atenta. Siguió interpretando, y a Diotallevi se le hacia la boca agua contemplando todos aquellos manjares numerológicos. Pura Gematriah. 

--Y ahora llegamos a los sellos: seis cosas intactas con sello. Ingolf encuentra un estuche, evidentemente cerrado con un sello. ¿Para quién había sido sellado ese estuche? Pues para los Mantos Blancos, o sea para los templarios. Pues bien, en el mensaje encontramos una r, varias letras borradas, y luego una s. Yo leo “relapsos”. ¿Por qué? Porque a todos nos consta que los relapsos eran los reos confesos que después se retractaban, y los relapsos desempeñaron un papel no desdeñable en el proceso a los templarios. Los templarios de Provins reconocen con orgullo su carácter de relapsos. Son los que deciden no seguir participando en la infame comedia del proceso. De manera que aquí se habla de unos caballeros de Provins, relapsos y dispuestos a... ¿a qué? Las pocas letras con que contamos sugieren “vainjance” dispuestos a la venganza. 

--¿Qué venganza? 

--¡Pero señores! Toda la mística templaria, a partir del proceso, gira alrededor del proyecto de vengar a Jacques de Molay. No tengo una opinión demasiado elevada de los ritos masónicos, pero aun siendo una caricatura burguesa de la caballería templaria, no dejan de ser un reflejo, todo lo degenerado que se quiera, de la Orden. Pues bien, uno de los grados de la masonería de rito escocés es el de Caballero Kadosch, que en hebreo significa caballero de la venganza. 

--De acuerdo, los templarios se disponen a vengarse. ¿Y entonces? 

--¿Cuánto tiempo llevará ejecutar ese plan de venganza? El mensaje cifrado nos ayuda a entender el mensaje en francés. Se necesitan seis caballeros seis veces en seis lugares, treinta y seis divididos en seis grupos. Después se dice “cada vez veinte”, y aquí hay algo que no está claro, pero que en la transcripción de Ingolf parece una a. Cada vez veinte años, eso he deducido, por seis veces, ciento veinte años. Si examinamos el resto del mensaje, encontramos una lista de seis lugares, o de seis tareas que hay que realizar. Se habla de una “ordonation”, un plan, un proyecto, un procedimiento que debe seguirse. Y se dice que los primeros deben ir a un donjon o castillo, los segundos a otro sitio, y así hasta el sexto. Por lo tanto el documento nos dice que deberían existir otros seis documentos aún sellados, repartidos en distintos lugares, y me parece evidente que los sellos deben ser abiertos el uno después del otro, y con ciento veinte años de distancia entre uno y otro... 

--Pero, ¿por qué cada vez veinte años? --preguntó Diotallevi. 

--Estos caballeros de la venganza deben llevar a cabo una misión en determinado lugar cada ciento veinte años. Es como una carrera de relevos. Está  claro que después de la noche de 1344 seis caballeros parten, cada uno en dirección a uno de los seis sitios previstos en el plan. Pero desde luego el guardi n del primer sello no puede vivir ciento veinte años. Hay que mterpretar que cada guardián de cada sello debe desempeñar ese cargo durante veinte años, para luego transmitir el mando a un sucesor. Veinte años es un plazo razonable, seis guardianes por sello, cada uno por veinte años, garantizan que, cuando hayan transcurrido ciento veinte años, el que custodie el sello pueda leer una instrucción, por ejemplo, y transmitirla al primero de los guardianes del segundo sello. Por eso el mensaje está en plural: que los primeros vayan allá, los segundos acullá ... Cada sitio está por decirlo así, bajo control, a lo largo de ciento veinte años, y por seis caballeros. Saquen ustedes la cuenta: entre el primer y el sexto lugar hay cinco relevos, lo que monta a seiscientos años. Seiscientos más 1344 da 1944. 

Como lo confirma también la última línea. Tan claro como la luz del día. 

--¿O sea? 

--La última linea dice “tres veces seis antes de la fiesta (de la) Gran Meretriz”. Este también es un juego numerológico, porque la suma interna de 1944 da precisamente 18. Dieciocho es tres veces seis, y esta nueva y asombrosa coincidencia numérica les sugiere a los templarios otro enigma muy sutil. 1944 es el año en que debe consumarse el plan. ¿Con miras a qué? ¡Pues al año dos mil! Los templarios piensan que el segundo milenio marcará el advenimiento de su Jerusalén, que es una Jerusalén terrestre, una Antijerusalén. ¿Les persiguen como a herejes? Por odio a la Iglesia se identifican, entonces, con el Anticristo. Saben que el 666 en toda la tradición oculta es el número de la Bestia. El seiscientos sesenta y seis año de la Bestia, es el dos mil, en que triunfará la venganza de los templarios, la Antijerusalén es la Nueva Babilonia, y por eso 1944 es el año del triunfo de la Gran Puta, ¡la gran meretriz de Babilonia, la del Apocalipsis! La referencia al 666 es una provocación, una bravata de hombres de armas. Una manera de asumir la diversidad, como se diría hoy en día. ¿Bonita historia, verdad? 

Nos miraba con los ojos húmedos, y también estaban húmedos los labios y el bigote, mientras las manos acariciaban su carpeta. 

--Vale --dijo Belbo--, en este documento se establecen los pasos de un plan. Pero, ¿en qué consiste ese plan? 

--Usted pide demasiado. Si lo supiese, no necesitaría arrojar mi anzuelo. Pero de algo estoy seguro: de que en este lapso se ha producido un accidente y el plan no ha podido cumplirse, porque si no, deje que se lo diga, lo sabríamos. Creo que es obvio. Y también puedo entender la razón de ese percance: 1944 no es un año fácil, y los templarios no podían saber que en él habría una guerra mundial que dificultaría los contactos. 

--Perdone usted que intervenga --dijo Diotallevi--pero, si no he entendido mal, una vez abierto el primer sello, la dinastía de sus guardianes no se extingue: perdura hasta que se abra el último sello, porque entonces tendrán que estar presentes todos los representantes de la Orden. Por tanto, cada siglo, mejor dicho cada ciento veinte años, siempre tendremos seis guardianes para cada lugar, o sea treinta y seis. 

--Correcto --dijo Ardenti. 

--Treinta y seis caballeros para cada uno de los seis sitios da 216, cuya suma interna da 9. Y puesto que los siglos son 6, multipliquemos 216 por 6 y tendremos 1296, cuya suma interna da 18, o sea tres veces seis, 666. 

Quizá  Diotallevi habría procedido a la refundación aritmológica de la historia universal si Belbo no le hubiese detenido con la mirada, como hacen las madres cuando su niño ha metido la pata. Pero el coronel estaba reconociendo en Diotallevi a un iluminado. 

--¡Lo que usted acaba de revelarme, doctor, es prodigioso! ¡Como sabe, el nueve es el número de los primeros caballeros que constituyeron el núcleo del Temple en Jerusalén! 

--El Gran Nombre de Dios, tal como se expresa en el tetragrammaton --dijo Diotallevi--, tiene setenta y dos letras, y siete y dos son nueve. Pero le diré algo más, si me permite. Según la tradición pitagórica, que la Cábala retoma (o inspira), la suma de los números impares entre uno y siete da dieciséis, y la suma de los números pares entre dos y ocho da veinte, y veinte más dieciséis son treinta y seis. 

--Dios mio, doctor --el coronel trepidaba--, lo sabía, lo sabía. Usted me alienta. Estoy cerca de la verdad. 

Por mi parte no comprendía hasta qué punto Diotallevi elevaba la aritmética a religión, o la religión a aritmética, y probablemente las dos cosas eran ciertas, y delante de mi tenía a un ateo que gozaba del arrebato en algún cielo superior. Podía haberse convertido en un devoto de la ruleta (y hubiera sido mejor), y había preferido ser un rabino incrédulo. 

Ahora no recuerdo exactamente qué sucedió, pero Belbo intervino con la sensatez característica de su tierra y rompió el encanto. El coronel aún tenía que interpretar el sentido de otras lineas y todos queríamos saber Ya eran las seis de la tarde. Las seis, pensé, que también son las dieciocho. 

--De acuerdo --dijo Belbo--. Treinta y seis por siglo, y así, paso a paso los caballeros se disponen a descubrir la Piedra. Pero, ¿de qué Piedra se trata. 

--¡Vamos! Se trata del Grial, naturalmente. 

El Medievo esperaba al héroe del Grial, y que el jefe del Sacro Imperio Romano se convirtiese en imagen y manifestación del mismo “Rey del Mundo”... que el Emperador invisible fuera también el manifiesto y que la Edad del Medio... también tuviese el significado de una Edad del Centro... El centro invisible e inviolable, el soberano que debe volver a despertar, el mismo héroe vengador y restaurador, no son fantasías pertenecientes a un pasado muerto más o menos romántico, sino la verdad de quienes hoy, y sólo ellos, legítimamente pueden decir que están vivos.

 

(Julius Evola, 11 misterio del Graal, Roma, Edizioni Mediterranee, 1983, cap. 23 y Epílogo)

 

--¿Usted dice que esto también tiene que ver con el Grial? --quiso saber Belbo. 

--Desde luego. Y no lo digo yo. Tampoco creo que tenga que explicarles en qué consiste la leyenda del Grial, puesto que estoy hablando con personas cultas. Los caballeros de la mesa redonda, la búsqueda mística de ese objeto prodigioso, que según algunos seria la copa donde se recogió la sangre de Jesús, llevada a Francia por José de Arimatea, y según otros una piedra de poderes misteriosos. A menudo el Grial se aparece como luz fulgurante... Se trata de un símbolo, que representa alguna fuerza, alguna inmensa fuente de energía. Alimenta, cura heridas, enceguece, fulmina... ¿Un rayo láser? Algunos han pensado en la piedra filosofal de los alquimistas, pero aun así, ¿qué ha sido la piedra filosofal, sino un símbolo de alguna energía cósmica? Sobre esto se han escrito muchísimos libros, pero no es difícil reconocer algunas señales indiscutibles. Lean ustedes el Parzival de Wolfram von Eschenbach: ¡verán que allí el Grial está guardado en un castillo de templarios! ¿Eschenbach era un iniciado? ¿Un imprudente que reveló algo que convenía mantener en secreto? Pero hay más. 

Se nos dice que ese Grial que guardan los templarios es una piedra caída del cielo: lapis exillis. No sabemos si significa piedra del cielo (“ex coelis”) o que viene del exilio. Comoquiera que sea, se trata de algo que viene desde lejos, y alguien ha sugerido que quizá  haya sido un meteorito. En lo que a nosotros respecta, ya lo tenemos: una Piedra. Independientemente de lo que pueda ser el Grial, para los templarios simboliza el objetivo o el fin del Plan. 

--Perdone usted --dije--, pero la lógica del documento exige que en la sexta cita los caballeros se encuentren cerca o encima de una piedra, no que encuentren una piedra. 

--¡Otra sutil ambigüedad, otra luminosa analogía mística! Desde luego, la sexta cita es encima de una piedra, y ya veremos dónde, pero encima de esa piedra, cumplida ya la transmisión del plan y la apertura de los sellos, los caballeros sabrán dónde se encuentra la Piedra. Que por lo demás es el mismo juego de palabras del Evangelio, tú eres Pedro y sobre esta piedra... Encima de la piedra encontraréis la Piedra. 

--¿Cómo iba a ser de otra manera? --observó Belbo--. Prosiga, por favor. Y usted, Casaubon, no interrumpa tanto. Estamos ansiosos por conocer el resto. 

--Pues bien --dijo el coronel--, la clara referencia al Grial me indujo a pensar durante mucho tiempo que el tesoro era un inmenso yacimiento de material radioactivo, caído quizá de otros planetas. Piensen ustedes, por ejemplo, en la misteriosa herida del rey Amfortas, que se menciona en la leyenda... Parece un radiólogo que se ha expuesto demasiado... Y de hecho no hay que tocarle. ¿Por qué? Piensen en la emoción que debe de haber embargado a los templarios cuando llegaron a las orillas del Mar Muerto, ustedes sabrán, con esas aguas bituminosas y pesadísimas en las que se flota como corcho, y que tienen propiedades curativas... quizá descubrieron en Palestina un depósito de radio, de uranio, y comprendieron que no podían aprovecharlo en seguida. Las relaciones entre el Grial, los templarios y los cátaros fueron estudiadas científicamente por un valiente oficial alemán, me estoy refiriendo a Otto Rahn, un Obersturmbannfuhrer de las SS que dedicó su vida a meditar con extremo rigor sobre la naturaleza europea y aria del Grial, no diré cómo y por qué perdió la vida en 1939, pero hay quien afirma... en fin, ¿cómo olvidar lo que sucedió a Ingolf Rahn nos muestra las relaciones existentes entre el Vellocino de Oro de los argonautas y el Grial... Bueno, es evidente que existe un vínculo entre el Grial místico de la leyenda, la piedra filosofal “lapis” y esa inmensa fuente de poder a la que aspiraban los seguidores de Hitler en vísperas de la guerra, y hasta el último aliento. Observen ustedes que, según una versión de la leyenda, los argonautas ven una copa, digo una copa, que planea sobre la Montaña del Mundo donde está el Árbol de la Luz. Los argonautas encuentran el Vellocino de Oro y su nave es trasladada por encanto hasta el centro de la Vía Láctea, en el hemisferio austral donde, junto con la Cruz, el Triángulo y el Altar, domina y afirma la naturaleza luminosa del Dios eterno. El triángulo simboliza la divina Trinidad, la cruz el divino Sacrificio de Amor y el altar es la Mesa de la Cena, donde estaba la Copa de la Resurrección. Es evidente que todos estos símbolos son de origen celta y cristiano. 

El coronel parecía presa de la misma exaltación heroica que llevara al supremo sacrificio a su obersturmunddrang o como diablos se llamara. Era necesario que volviese a la realidad. 

--¿La conclusión? --pregunté. 

--Señor Casaubon, ¿acaso no la ve con sus propios ojos? Se ha dicho que el Grial era la Piedra Luciferina, aproximándolo a la figura del Bafomet. El Grial es una fuente de energía, los templarios eran custodios de un secreto energético, y trazaron su plan. ¿Dónde establecerán las sedes ocultas? A este respecto, estimados señores --y el coronel nos echó una mirada de complicidad, como si estuviésemos conspirando juntos--, yo tenía una pista, errada pero útil. CharlesLouis Cadet-Gassicourt, un autor que debía de haber pescado algún secreto, escribe en 1797 un libro titulado Le tombeau de Jacques Molay ou le secret des conspirateurs a ceux qui veulent tout savoir (obra que, mire usted qué casualidad, figuraba en la pequeña biblioteca de Ingolf), y sostiene que, antes de morir, Molay creó cuatro logias secretas, en Paris, Escocia, Estocolmo y Nápoles. Estas cuatro logias habrían tenido la misión de exterminar a todos los monarcas y destruir el poder del papa. De acuerdo, Gassicourt es un exaltado, pero me basé en su idea para determinar cuáles podían haber sido los lugares en que los templarios decidieron establecer sus sedes secretas. Sin duda, me habría resultado imposible comprender los enigmas del mensaje, si no hubiese tenido una idea guía. Pero la tenía, y era la certeza, basada en innumerables pruebas, de que el espíritu templario era de inspiración celta, druídica, era el espíritu del arianismo nórdico que la tradición identifica con la isla de Avalón, sede de la verdadera civilización hiperbórea. Como ustedes sabrán, varios autores han identificado Avalón con el jardín de las Hespérides, con la Ultima Thule y con la Cólquide del Vellocino de Oro. 

No es casual que la mayor orden de caballería de la historia sea el Toisón de Oro. Y esto nos aclara el significado de la expresión “Castillo”. Se trata del castillo hiperbóreo donde los templarios guardaban el Grial: probablemente, el Monsalvat de que nos habla la leyenda. 

Hizo una pausa. Quería tenernos pendientes de sus palabras. Y pendíamos. 

--Veamos la segunda orden: los guardianes del sello deberán ir adonde está  aquel o aquellos que han hecho algo con el pan. La indicación habla por si sola: el Grial es la copa con la sangre de Cristo, el pan es la carne de Cristo, el sitio donde se ha comido el pan es el sitio de la Ultima Cena, en Jerusalén. Imposible pensar que los templarios, incluso después de la reconquista sarracena, no hayan conservado una base secreta en aquel lugar. Para serles franco, les diré que al principio me molestaba ese elemento judaico en un plan totalmente dominado por la mitología aria. Pero he recapacitado, somos nosotros quienes nos empeñamos en seguir considerando a Jesús como expresión de la religiosidad judaica, puesto que así lo repite la Iglesia de Roma. Los templarios sabían muy bien que Jesús es un mito celta. Todo el relato evangélico es una alegoría hermética, resurrección después de haberse disuelto en las vísceras de la tierra, etcétera, etcétera. Cristo no es otra cosa que el Elixir de los alquimistas. Por lo demás, todos saben que la trinidad es una noción aria, y por eso toda la regla templaria, dictada por un druida como San Bernardo, está dominada por el número tres. 

El coronel se había bebido otro sorbo de agua. Estaba ronco. 

--Pasemos ahora a la tercera etapa, al Refugio. Es el Tíbet. 

--¿Y por qué el Tíbet? 

--Porque, en primer lugar, von Eschenbach cuenta que los templarios abandonan Europa y transportan el Grial a la India. La cuna de la estirpe aria. El refugio está en Agarttha. Ustedes habrán oído hablar de Agarttha, sede del rey del mundo, la ciudad subterránea desde donde los Señores del Mundo dominan y dirigen las vicisitudes de la historia humana. 

Los templarios establecieron uno de sus centros secretos allí, en las raíces de su espiritualidad. También conocerán ustedes las relaciones secretas entre el reino de Agarttha y la Sinarquía... 

--Realmente, no... 

--Mejor así, hay secretos que matan. No nos vayamos por las ramas. 

De todas formas, se sabe que Agarttha fue fundada hace seis mil años, a comienzos de la época del Kali-Yuga, en la que aún vivimos. La misión de las órdenes de caballería siempre ha consistido en mantener la relación con ese centro secreto, la comunicación activa entre la sabiduría de Oriente y la sabiduría de Occidente. Ahora ya puede adivinarse dónde se producirá la cuarta cita, en otro santuario druídico, la ciudad de la Virgen, es decir la catedral de Chartres. Con respecto a Provins, Chartres se encuentra al otro lado del principal río de l'Ile de France, el Sena. 

Ya no lográbamos seguir a nuestro interlocutor: 

--Pero, ¿qué tiene que ver Chartres con su recorrido celta y druídico? 

--¿Y de dónde creen ustedes que procede la idea de la Virgen? Las primeras vírgenes que aparecen en Europa son las vírgenes negras de los celtas. Cuando San Bernardo era joven, estaba arrodillado en la iglesia de Saint Voirles, ante una virgen negra, y ésta se exprimió del seno tres gotas de leche que cayeron sobre los labios del futuro fundador de los templarios. De ahí nacen los romances del Grial, para dar una fachada a las cruzadas, y las cruzadas para encontrar el Grial. Los benedictinos son los herederos de los druidas, esto nadie lo ignora. 

--Pero, ¿dónde están esas vírgenes negras? 

--Las han hecho desaparecer quienes querían contaminar la tradición nórdica y transformar la religiosidad celta en religiosidad mediterránea, inventando el mito de María de Nazaret. O bien están disfrazadas, desnaturalizadas, como las muchas vírgenes negras que aun hoy se exponen al fanatismo de las masas. Pero, si se leen bien las imágenes de las catedrales como hizo el gran Fulcanelli, se ve que esta historia está  contada con toda claridad, y con toda claridad revelan la relación entre las vírgenes celtas y la tradición alquímica de origen templario, según la cual la virgen negra será el símbolo de la materia prima con la que trabajan los que buscan la piedra filosofal que, como hemos visto, no es otra cosa que el Grial. 

Ahora piensen ustedes de dónde le vino la inspiración a ese otro gran iniciado de los druidas, Mahoma, para la piedra negra de La Meca. En Chartres alguien ha tapiado la cripta que comunica con el lugar subterráneo donde aún está la estatua pagana originaria, pero si se busca bien todavía es posible encontrar una virgen negra, Notre-Dame du Pillier, esculpida por un canónigo odinista. La estatua tiene en su mano el cilindro mágico de las grandes sacerdotisas de Odin y a su izquierda está esculpido el calendario mágico en el que aparecían, lamentablemente, digo que aparecían porque esas esculturas no se han salvado del vandalismo de los canónigos ortodoxos, los animales sagrados del odinismo, el perro, el águila, el león, el oso blanco y el licántropo. Por lo demás, a ninguno de los estudiosos del esoterismo gótico se les ha pasado que en Chartres también hay una estatua que sostiene la copa del Grial. ¡Ay, señores! Si aún supiésemos leer la catedral de Chartres, no según las guias turísticas católicas apostólicas y romanas, sino sabiendo ver, digo ver con los ojos de la tradición, la verdadera historia que esa fortaleza de Erec cuenta... 

--Y ahora llegamos a los popelicans. ¿Quiénes son? 

--Son los cátaros. Uno de los apelativos que se daba a los herejes era el de popelicanos o popelicant. Los cátaros de Provenza fueron destruidos, de modo que no seré tan ingenuo como para pensar en una cita entre las ruinas de Montsegur, pero la secta no murió, hay toda una geografía del catarismo oculto, del que nacen incluso Dante, los cultores del dolce stil nuovo, la secta de los Fieles de Amor. La quinta cita es en algún sitio del norte de Italia o del sur de Francia. 

--¿Y la última cita? 

--Pero, vamos, ¿cuál es la más antigua, la más sagrada, la más estable de las piedras celtas, el santuario de la divinidad solar, el observatorio privilegiado desde donde, al llegar al final del plan, los descendientes de los templarios de Provins pueden comparar, ahora que están reunidos, los secretos ocultos bajo los seis sellos, y descubrir por fin la manera de explotar el inmenso poder derivado de la posesión del Santo Grial? ’¡Está en Inglaterra, es el circulo mágico de Stonehenge! ¿Dónde podía ser sino allí? 

--O basta la --dijo Belbo. Sólo un piamontés puede entender el estado de ánimo con que se pronuncia esta frase de educado estupor. Ninguno de sus equivalentes en otro idioma o dialecto (no me diga, dis donc, are you kidding?) puede expresar el soberano significado de desinterés, el fatalismo con que esas palabras confirman la indefectible persuasión de que los otros son, y sin remedio, hijos de una divinidad inepta. 

Pero el coronel no era piamontés y pareció halagado por la reacción de Belbo. 

--Pues sí. Este es el plan, ésta es la ordonation, admirablemente simple y coherente. Y fíjense, cojan ustedes un mapa de Europa y de Asia y tracen la linea de desarrollo del plan, partiendo del norte donde está el Castillo hasta Jerusalén, yendo luego de Jerusalén a Agarttha, de Agarttha a Chartres, de Chartres a las costas del Mediterráneo y de allí a Stonehenge. Obtendrán un trazado, una runa aproximadamente de esta forma. 

--¿Y entonces? --preguntó Belbo. 

--Entonces, es la misma runa que enlaza idealmente algunos de los principales centros del esoterismo templario: Amiens, Troyes, reino de San Bernardo, bordeando la Foret d'Orient, Reims, Chartres, Rennes-le-Chateau y el Mont SaintMichel, antiquisimo santuario druidico. ¡Y este mismo dibujo evoca la constelación de la Virgen! 

--Soy aficionado a la astronomia --dijo tímidamente Diotallevi--, y por lo que recuerdo Virgo tiene un dibujo diferente y consta, creo, de once estrellas... 

El coronel sonrió con indulgencia: 

--Señores, señores, ustedes saben mejor que yo que todo depende de cómo se tracen las lineas, y es posible obtener un carro o una osa, según se prefiera, y tampoco ignoran lo difícil que es saber si una estrella forma parte o no de una constelación. Examinen bien Virgo, tomen la Espiga como punto inferior, que corresponde a la costa provenzal, y luego identifiquen sólo cinco estrellas: verán que la semejanza entre uno y otro trazado es impresionante. 

--Basta con decidir qué estrellas han de descartarse --dijo Belbo. 

--Eso mismo --confirmó el coronel.  

--Ahora dígame --preguntó Belbo--, ¿cómo puede excluir que los encuentros se hayan producido conforme a lo previsto y que los caballeros estén trabajando sin que nosotros lo sepamos? 

--No percibo los síntomas de esa eventual actividad y permítame añadir que lo lamento. El plan ha quedado interrumpido y quizá quienes debían asegurar su cumplimiento ya no existen, y los grupos de treinta y seis han desaparecido en el transcurso de alguna catástrofe mundial. Sin embargo, un grupo de entusiastas que dispusiese de las informaciones adecuadas podría retomar los hilos de la trama. Ese algo sigue allí. Y yo estoy buscando a los hombres adecuados. Por eso quiero publicar el libro, para provocar reacciones. Y al mismo tiempo trato de ponerme en contacto con personas que puedan ayudarme a buscar la respuesta en los meandros del saber tradicional. Hoy he querido entrevistarme con el máximo experto en la materia. Pero, ay, aunque es una lumbrera no ha podido decirme nada, si bien se ha interesado en mi historia y me ha prometido un prefacio... 

--Usted perdone --preguntó Belbo--, pero ¿no habrá sido una imprudencia confiar su secreto a ese señor? Usted mismo nos ha hablado del error de Ingolf... 

--Por favor --respondió el coronel--, Ingolf era un incauto. Yo me he puesto en contacto con un estudioso que está más allá de toda sospecha. 

Es una persona que no lanza hipótesis aventuradas. Tanto es así que me ha pedido que esperase un poco antes de presentar mi obra a un editor, hasta que hubiese aclarado los puntos controvertidos... No quise perder su simpatía y no le dije que vendría aquí, pero comprenderán que a estas alturas de mi esfuerzo, es perfectamente lógico que me sienta impaciente. 

Ese señor... bueno, al diablo con la reserva, tampoco quisiera que ustedes pensaran que me estoy jactando. Se trata de Rakosky... 

Hizo una pausa y se quedó esperando nuestras reacciones. 

--¿Quién? --le decepcionó Belbo. 

--¡Pues Rakosky! ¡Una autoridad en los estudios tradicionales, el que fuera director de los Cahiers du Mystere! 

--Ah --exclamó Belbo--. Si, si, me parece, claro, Rakosky... 

--Pues bien, me reservo el derecho de redactar definitivamente mi texto después de haber escuchado los consejos de ese señor, pero quiero quemar etapas y si entretanto llegase a algún acuerdo con su editorial... Repito que tengo prisa por suscitar reacciones, recoger datos... Por ahí hay gente que sabe y no habla... Señores, si bien comprende que ha perdido la guerra, precisamente hacia 1944, Hitler empieza a hablar de un arma secreta que le permitir  invertir la situación. Dicen que estaba loco. Pero, si no hubiese estado loco? ¿Comprenden lo que quiero decir? --Tenía la frente cubierta de sudor y el bigote casi erizado, como un felino--. En definitiva, yo arrojo el anzuelo. Ya veremos si aparece alguien. 

Por lo que sabia y pensaba entonces de él, esperaba que aquel día Belbo se deshiciese del coronel con alguna frase de circunstancia. En cambio dijo: 

--Oiga coronel el asunto es sumamente interesante, al margen del hecho de que sea oportuno cerrar trato con nosotros o con otras editoriales. 

¿Puedo pedirle que se quede unos diez minutos más, verdad, coronel? -Después se volvió hacia mi--: A usted se le está haciendo tarde, Casaubon, creo que ya he abusado demasiado de su tiempo. quizá  podríamos vernos mañana. ¿Qué le parece? 

Me estaba despidiendo. Diotallevi me cogió del brazo y dijo que también él se marchaba. Saludamos. El coronel estrechó calurosamente la mano de Diotallevi y a mi me hizo una inclinación de cabeza, acompañada por una fría sonrisa. 

Mientras bajábamos las escaleras, Diotallevi me dijo: 

--Sin duda se estará preguntando por qué Belbo le ha pedido que se marche. No lo tome como una falta de cortesía. Belbo tendrá que hacerle al coronel una propuesta editorial muy reservada. Reserva, órdenes del señor Garamond. También yo me marcho, para evitar molestias. 

Como más tarde comprendí, Belbo trataría de arrojar al coronel en las fauces de Manuzio. 

Me llevé a Diotallevi al Pílades, donde yo bebí un Campari y él un Chartreuse. Le parecía, dijo, monacal, arcaico y casi templario. 

Le pregunté qué pensaba del coronel. 

--En las editoriales --respondió--, converge toda la insipiencia del mundo. Pero como en la insipiencia del mundo refulge la sabiduría del Altísimo, el sabio observa al insipiente con humildad. --Después se disculpó, debía marcharse--. Esta noche tengo un banquete--dijo. 

--¿Alguna fiesta? --pregunté. 

Pareció desconcertado por mi frivolidad. 

--Zohar --aclaró--, Lekh Lekha. Páginas totalmente incomprendidas todavía. 

El Grial... es un peso tan desmedido que las criaturas que son presa del pecado no poseen el don de moverlo.

 

(Wolfram von Eschenbach, Parzival, IX, 477)

 

El coronel no me había gustado, pero había despertado mi interés. Podemos observar durante largo tiempo, fascinados, incluso un lagarto. Estaba saboreando las primeras gotas del veneno que nos llevaría a todos a la perdición. 

Regresé al despacho de Belbo al día siguiente por la tarde y hablamos un poco de nuestro visitante. Belbo dijo que le había parecido un mitómano: 

--¿Se dio usted cuenta de cómo citaba a ese Rocosqui o Rostropovich como si fuese Kant? 

--Además son historias conocidas --dije. 

--Ingolf era un loco que creía en ellas y el coronel es un loco que cree en Ingolf. 

--quizá  ayer creía en él, y hoy cree en otra cosa. Mire usted, ayer, antes de despedirnos, le concerté una cita para esta mañana con... con otro editor, uno que no hace ascos a nada, dispuesto a publicar libros financiados por los propios autores. Parecía entusiasmado. Pues bien, hace un momento me he enterado de que no se presentó. Y pensar que me había dejado la fotocopia del mensaje, mire. Va y deja por ahí el secreto de los templarios como si nada. Esta gente es así. 

Fue en ese instante cuando sonó el teléfono. Belbo respondió: 

--¿Si? Soy Belbo, si, editorial Garamond. Buenos días, dígame... Si, vino ayer por la tarde, para proponerme un libro. Perdone, debo guardar cierta reserva, si me dijese... 

Escuchó durante unos segundos, después me miró, pálido, y me dijo: 

--Han matado al coronel, o algo así. --Volvió a prestar atención a su interlocutor--: Perdone, se lo estaba diciendo a Casaubon, un colaborador mio que ayer asistió a nuestra conversación... Pues bien, el coronel Ardenti vino a hablarnos de un proyecto, una historia que me parece fantasiosa, sobre un supuesto tesoro de los templarios. Eran unos caballeros de la Edad Media... 

Instintivamente cubrió el micrófono con la mano, como para aislar al oyente, después vio que le observaba, retiró la mano y habló, no sin vacilaciones. 

--No, doctor De Angelis, ese señor habló de un libro que quería escribir, pero sin entrar en detalles... ¿Cómo? ¿Los dos? ¿Ahora? Apunto las señas. 

Colgó. Se quedó unos segundos en silencio, tamborileando sobre el escritorio. 

--Bueno, Casaubon, perdóneme, sin pensarlo le he metido en este asunto. Me ha pillado de sorpresa. Era un comisario, un tal De Angelis. Parece que el coronel vivía en un hotel-residencia y alguien dice que lo encontró muerto ayer por la noche... 

--¿Dice? ¿Y ese comisario no sabe si es cierto? 

--Resulta extraño, pero el comisario no lo sabe. Parece que han encontrado mi nombre y la cita de ayer anotados en una libreta. Creo que somos su única pista. Qué quiere que le diga, vayamos. 

Llamamos un taxi. Durante el trayecto, Belbo me cogió del brazo. 

--Mire, Casaubon, quizá  se trate de una coincidencia. De todas formas, Jesús, quizá  tenga una mente retorcida, pero en mis tierras se dice “siempre es mejor no dar nombres”... Había una comedia navideña, en dialecto, que solía ver de niño, una farsa devota, con unos pastores que no se entendía si vivían en Belén o en las orillas del Po... Llegan los reyes magos y le preguntan al ayudante del pastor cómo se llama su amo, y él responde Gelindo. Cuando Gelindo se entera lo muele a palos porque, dice, un nombre no es algo que se ponga en boca de cualquiera... De todas formas, si le parece bien, el coronel no nos ha dicho nada sobre Ingolf y el mensaje de Provins. 

--No queremos acabar como Ingolf --dije, tratando de sonreír. 

--Le repito, es pura tontería. Pero de ciertas historias es mejor mantenerse alejado. 

Dije que estaba de acuerdo, pero no me quedé tranquilo. Al fin y al cabo, era un estudiante que participaba en las manifestaciones, y un encuentro con la policía me inquietaba. Llegamos al hotel. No de los mejores, lejos del centro. Nos indicaron en seguida cuál era el apartamento, ése era el nombre que le daban, del coronel Ardenti. Agentes en las escaleras. 

Nos hicieron pasar al número 27 (siete y dos nueve, pensé): dormitorio, entrada con una mesilla, cocinita, lavabo con ducha, sin cortina; desde la puerta entornada no se veía si había bidé, pero en un establecimiento como aquél ésa era la primera y la única comodidad que exigían los clientes. Decoración anodina, pocos efectos personales, pero todos en gran desorden alguien había hurgado a toda prisa en los armarios y en las maletas. quizá había sido la policía: entre agentes de paisano y agentes de uniforme conté unas diez personas. 

Salió a nuestro encuentro un individuo bastante joven, con el cabello bastante largo. 

--Soy De Angelis. ¿El doctor Belbo? ¿El doctor Casaubon? 

--No soy doctor, todavía estoy estudiando. 

--Estudie, estudie. Si no se licencia, no podrá hacer oposiciones para ingresar en la policía, y no sabe lo que se pierde. --Parecía molesto--. 

Perdonen, pero mejor que liquidemos en seguida las formalidades de rigor. 

Miren, este es el pasaporte que pertenecía al ocupante de este cuarto, registrado como coronel Ardenti. ¿Le reconocen? 

--Es él --dijo Belbo--, pero, explíqueme un poco. Por teléfono no entendí bien si ha muerto, o si... 

--Me agradaría mucho que me lo dijese usted --dijo De Angelis con una mueca--. Pero supongo que también tienen derecho a saber algo más. 

Pues bien, el señor, o quizá  coronel, Ardenti llevaba cuatro días viviendo aquí. Ya se habrán dado cuenta ustedes de que no es el Grand Hotel. Hay un portero, que se va a dormir a las once porque los clientes tienen una llave del portal, una o dos camareras que vienen por la mañana para hacer las habitaciones, y un viejo alcoholizado que lleva las maletas y sube bebidas a los cuartos cuando llaman los clientes. Alcoholizado, insisto, y arterioesclerótico: interrogarle ha sido un sufrimiento. Según el portero, tiene la manía de los fantasmas y ya ha espantado a varios clientes. Anoche, hacia las diez, el portero vio regresar a Ardenti con dos personas que le acompañaron a su habitación. Aquí no se fijan si uno se trae a una banda de travestidos, se pueden imaginar si iban a llamar la atención dos personas normales, por más que, según dijo el portero, hablasen con acento extranjero. A las diez y media, Ardenti llama al viejo y pide una botella de whisky, agua mineral y tres vasos. Hacia la una o una y media, el viejo oye que llaman de la habitación veintisiete, insistentemente, según dice. Pero a juzgar por el estado en que le encontramos esta mañana, a esa hora ya debía de haberse atizado muchos vasos de algo, y de garrafón. Pues bien, el viejo sube, llama a la puerta, no responden, abre la puerta con la llave maestra, encuentra todo en el desorden que aquí ven y en la cama al coronel, con los ojos desorbitados y un alambre en torno al cuello. Entonces se precipita escaleras abajo, despierta al portero. Ninguno de los dos tiene ganas de volver a subir, así que cogen el teléfono, pero la linea parece cortada. Esta mañana funcionaba perfectamente, pero supongamos que han dicho la verdad. Entonces el portero corre hasta la plazuela de la esquina para llamar a la policía desde la cabina, mientras el viejo se arrastra en la otra dirección para buscar un médico. En suma, tardan veinte minutos, regresan, se quedan esperando abajo, muertos de miedo. Entretanto el médico se ha vestido y llega casi al mismo tiempo que el coche zeta. Suben a la habitación veintisiete y en la cama no hay nadie. 

--¿Cómo nadie? --preguntó Belbo. 

--No hay ningún cadáver. Entonces el médico se vuelve a casa y mis colegas sólo encuentran lo que se ve aquí. Interrogan al viejo y al portero, para enterarse de lo que acabo de contarles. ¿Dónde estaban los dos señores que habían subido con Ardenti a las diez? ¿Quién puede saberlo? quizá  hayan salido entre las once y la una sin que nadie les viese. ¿Estaban todavía en la habitación cuando entró el viejo? ¿Quién puede saberlo? El viejo sólo estuvo allí un minuto, y no miró ni en el vano de la cocina ni en el lavabo. ¿Pueden haberse ido mientras los dos desgraciados estaban pidiendo ayuda, y llevarse el cadáver? No seria imposible, porque hay una escalera externa que da al patio, y por el portón se puede salir a una calle lateral. Pero ante todo, ¿había realmente un cadáver, o el coronel se marchó, digamos, a medianoche con los dos individuos, y el viejo se lo ha soñado todo? El portero insiste en que no es la primera vez que ve visiones, hace unos años dijo que había visto a una clienta ahorcada y desnuda, pero media hora después la mujer regresó fresca como una rosa, y en el catre del viejo se encontró una revista sadopornográfica, quizá  se le había ocurrido la buena idea de ir a espiar en la habitación de la dama por el agujero de la cerradura y había visto una cortina agitándose en la penumbra. 

Lo único cierto es que la habitación no presenta un aspecto normal, y que Ardenti se ha evaporado. Pero ya he hablado demasiado. Le toca a usted, doctor Belbo. La única pista que hemos encontrado es una hoja de papel que había en el suelo, junto a esa mesilla. A las catorce, Hotel Príncipe de Savoia, Mr. Rakosky; a las dieciséis, Garamond, doctor Belbo. Usted me ha confirmado que estuvo en su despacho. Dígame qué sucedió. 

Los caballeros del Grial ya no querían que se les hicieran preguntas. 

(Wolfram von Eschenbach, Parzival, XVI, 819) 

Belbo fue breve: le repitió todo lo que ya había dicho por teléfono, añadiendo sólo algunos detalles secundarios. El coronel había contado una historia confusa: había dicho que había descubierto la pista de un tesoro en ciertos documentos que encontrara en Francia, pero no nos había dicho mucho más. Parecía convencido de que estaba en posesión de un secreto peligroso y deseaba darlo a conocer en algún momento, para dejar de ser el único depositario. Había dado a entender que otros, que habían descubierto el secreto antes que él, habían desaparecido en circunstancias misteriosas. Se había declarado dispuesto a mostrarnos los documentos tan pronto como le asegurásemos el contrato, pero Belbo no podía prometer ningún contrato si antes no veía algo concreto, de manera que se habían despedido dejando una cita en el aire. Había mencionado un encuentro con un tal Rakosky, y había dicho que se trataba del director de los Cahiers du Mysltre. Quería pedirle un prefacio. Parecía que Rakosky le había aconsejado demorar la publicación. El coronel no le había dicho que pensaba ir a la Garamond. Eso era todo. 

--Bueno, bueno --dijo De Angelis--. ¿Qué impresión les hizo? 

--Nos pareció un exaltado y aludió a un pasado, ¿cómo le diría?, un poco nostálgico, y a un periodo de servicio en la Legión Extranjera. 

--Pues les dijo la verdad, aunque no toda. En cierto sentido ya lo estábamos vigilando, pero sin poner demasiado empeño. Casos como éste tenemos a montones... En síntesis, ni siquiera se llamaba Ardenti, pero tenía un pasaporte francés en regla. Desde hacia unos años había vuelto a aparecer por Italia, de vez en cuando, y había sido identificado, aunque sin certeza, con un tal capitán Arcoveggi, condenado a muerte en rebeldía en 1945. Colaboración con las SS para enviar a unas cuantas personas a Dachau. También en Francia estaba vigilado, había sido sometido a juicio por estafa y se había salvado por un pelo. Se supone, repito, se supone que es la misma persona que el año pasado se hacia llamar Fassotti y fue denunciado por un pequeño industrial de Peschiera Borromeo. Le había convencido de que en el lago de Como aún se encontraba el tesoro de Dongo, que él había descubierto el sitio y que sólo se necesitaban unos pocos millones para contratar dos hombres-rana y una lancha... Una vez que se hizo con el dinero, se esfumó. Y ahora ustedes me confirman que tenía la manía de los tesoros. 

--¿Y el tal Rakosky?--preguntó Belbo. 

--Ya hemos hecho las averiguaciones. En el Príncipe de Savoia se hospedó un tal Wladimir Rakosky, con pasaporte francés. La descripción no dice mucho, un señor de aspecto distinguido. Coincide con la descripción del portero de aquí. En el mostrador de Alitalia aparece registrado esta mañana, en el primer vuelo a Paris. He avisado a la Interpol. !Annunziata! ¿Ha llegado algún mensaje de Paris? 

--Todavía nada, doctor. 

--Pues bien, el coronel Ardenti, o comoquiera que se llame, llega a Milán hace cuatro días, no sabemos qué hace durante los tres primeros, ayer a las dos presumiblemente ve a Rakosky en el hotel, no le dice que ir  a sus oficinas, y eso me parece interesante. Por la noche viene aquí, probablemente con el mismo Rakosky y otro individuo... y después todo se vuelve confuso. Aunque no lo hayan matado, está claro que registran todo el apartamento. ¿Qué buscan? En la chaqueta... ah, si, porque, suponiendo que salga, sale en mangas de camisa, la chaqueta con el pasaporte queda en la habitación, pero no vayan a pensar ustedes que esto simplifica las cosas, porque el viejo dice que estaba echado en la cama con la chaqueta puesta, aunque también pudo haber sido un batín, Dios mio, esto empieza a parecerse ya a un manicomio; decía que en la chaqueta todavía tenía algo de dinero, incluso demasiado... De manera que buscaban otra cosa. Y la única idea interesante acaban de dármela ustedes. El coronel tenía unos documentos. ¿Cómo eran? 

--Traía una carpeta de color marrón --dijo Belbo. 

--Me pareció que era roja--dije yo. 

--Era marrón --insistió Belbo--, pero quizá  me equivoque. 

--Pues fuera roja o marrón --dijo De Angelis--, el hecho es que aquí no está. Los señores de anoche se la han llevado. Por tanto, la clave es esa carpeta. Yo creo que Ardenti no quería publicar ningún libro. Había reunido algunos datos para extorsionar a Rakosky y trataba de hacer ver que tenía contactos con editoriales como forma de presionarle. Cuadrariía con su estilo. Ahora podrían hacerse otras hipótesis. Los dos visitantes se marchan tras haberle amenazado; Ardenti se asusta y huye durante la noche, abandonándolo todo, salvo la carpeta. Y quizá, quién sabe por qué, le hace creer al viejo que le han matado. Pero todo sería demasiado novelesco; además, no explicaría el desorden de la habitación. Por otra parte, si los dos visitantes le matan y roban la carpeta, ¿por qué robarían también el cadáver? Ya veremos. Ahora perdonen, pero tengo la obligación de pedirles que se identifiquen. 

Hizo girar dos veces en sus manos mi carné universitario. 

--¿Conque estudiante de filosofía? 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

BINAH

 

No esperéis demasiado del fin del mundo.

 

Stanislaw J. Lec, Aforyzmy. Fraszki Kraków, Wydawnictwo Literackie, 1977, (“Mygli Nieuczesane”)

 

 

Empezar la universidad dos años después del sesenta y ocho es como haber sido admitido en la Academia de Saint-Cyr en el noventa y tres. Uno tiene la impresión de haberse equivocado de año de nacimiento. Por lo demás, Jacopo Belbo, que tenía al menos quince años más que yo, me convenció más tarde de que eso es algo que sienten todas las generaciones.

 

Se nace siempre bajo el signo equivocado y vivir con dignidad significa corregir día a día el propio horóscopo.

 

Creo que llegamos a ser lo que nuestro padre nos ha enseñado en los ratos perdidos, cuando no se preocupaba por educarnos. Nos formamos con desechos de sabiduría. Tenía diez años y quería que mis padres me abonasen a un semanario que publicaba las obras maestras de la literatura en historietas. No por tacañería, quizá desconfiase de los tebeos, mi padre trató de escurrir el bulto. “El objetivo de esta revista”, sentencié entonces, citando el lema de la serie, porque era un chico astuto y persuasivo, “consiste básicamente en educar entreteniendo.” -Mi padre, sin levantar la vista del periódico, dijo: “El objetivo de tu revista es el mismo del de todas las revistas, vender lo más posible.”

 

Aquel día empecé a volverme incrédulo.

 

Es decir, me arrepentí de haber sido crédulo. Había sido presa de una pasión mental. Tal es la credulidad.

 

No es que el incrédulo no deba creer en nada. No cree en todo. Cree en una cosa cada vez, y en una segunda cuando deriva de alguna manera de la primera. Avanza como un miope, es metódico, no aventura horizontes. Dos cosas no relacionadas entre sí, creer en las dos, y con la idea de que, en algún lugar, haya una tercera, oculta, que las vincula, esto es la credulidad.

 

La incredulidad, lejos de excluir la curiosidad, la sostiene. Desconfiando de las cadenas de ideas, de las ideas amaba la polifonía. Basta con no creer en ellas para que dos ideas, ambas falsas, puedan chocar entre si creando un bello intervalo o un diabolus in música. No respetaba las ideas por las que otros apostaban la vida, pero dos o tres ideas que no respetaba podían formar una melodía. O un ritmo, preferentemente de jazz.

 

Más tarde Lia me diría:

 

--Tu alimento son las superficies. Cuando pareces profundo es porque ensamblas varias y creas la apariencia de un sólido: un sólido que si lo fuese no podría mantenerse en pie.

 

--¿Me está s diciendo que soy superficial?

 

--No --había sido su respuesta--, lo que los otros llaman profundidad sólo es un tesseract, un cubo tetradimensional. Entras por un lado, sales por el otro, y está en un universo que no puede coexistir con el tuyo.

 

(Lia, no sé si volveré a verte, ahora que Ellos han entrado por el lado equivocado y han invadido tu mundo, y por culpa mia: les he hecho creer que existían esos abismos que su debilidad anhelaba.)

 

¿Qué pensaba yo en realidad hace quince años? Consciente de mi incredulidad me sentía culpable entre la multitud de los que creían. Puesto que sentía que no se equivocaban, decidí creer como quien se toma una aspirina. Daño no hace, y uno mejora.

 

Me encontré en medio de la Revolución, o al menos del más formidable de los simulacros que jamás se haya realizado, buscando una fe honorable. Me pareció honorable participar en las asambleas y en las manifestaciones, grité con los otros, ¡fascistas, burgueses, os quedan pocos meses!, no arrojé adoquines o canicas metálicas porque siempre he temido que los demás me hagan a mi lo que yo les hago a ellos, pero me producía una especie de excitación moral escapar por las calles del centro, cuando cargaba la policía. Regresaba a casa con la sensación de haber cumplido con algún deber. En las asambleas no lograba apasionarme por las discusiones que enfrentaban a los distintos grupos: sospechaba que sólo era cuestión de dar con la cita adecuada para pasar al campo contrario. Me divertía encontrando las citas adecuadas. Modulaba.

 

Puesto que en las manifestaciones, a veces, había desfilado detrás de una u otra pancarta para seguir a una chica que perturbaba mi imaginación, llegué a la conclusión de que para muchos de mis compañeros la militancia política era una experiencia sexual; y el sexo era una pasión. Yo sólo quería tener curiosidad. Es cierto que en el curso de mis lecturas sobre los templarios, y sobre las diversas atrocidades que les habían atribuido, me había topado con la afirmación de Carpócrates según la cual, para liberarnos de la tiranía de los  ángeles, señores del cosmos, es necesario perpetrar toda clase de ignominias, saldando todas las deudas que hemos contraído con el universo y con nuestro cuerpo, porque sólo cometiendo todos los actos el alma puede liberarse de sus pasiones y reencontrar la pureza originaria. Mientras inventábamos el Plan descubrí que, para lograr la iluminación, muchos drogados del misterio escogen esta via. Sin embargo, Aleister Crowley, que pasa por ser el hombre más perverso de todos los tiempos, y que por tanto hacía todo lo que podía hacer con devotos de ambos sexos, sólo tuvo, según sus biógrafos, mujeres feísimas (supongo que, a juzgar por lo que escribían, los hombres tampoco eran mejores), y me he quedado con la sospecha de que nunca haya hecho el amor con plenitud.

 

Quizá dependa de una relación entre la sed de poder y la impotentia coeundi. Marx me caía bien porque me parecía evidente que con su Jenny hacia el amor con alegría. Es algo que se siente en el ritmo sosegado de su prosa y en su sentido del humor. Cierta vez, en cambio, en los pasillos de la universidad, dije que a fuerza de acostarse con la Krupskaia se acaba escribiendo un libraco como Materialismo y Empiriocriticismo. Por poco me apalean, y me trataron de fascista. Lo dijo un tío alto, de bigotes a la tártara. Lo recuerdo muy bien, ahora anda con la cabeza rapada y pertenece a una comuna donde fabrican cestas.

 

Si ahora evoco la atmósfera de aquella época es sólo para precisar el estado de ánimo con que me acerqué a Garamond y trabé amistad con Jacopo Belbo. Por entonces mi actitud era la de quien aborda los discursos sobre la verdad para prepararse a corregir las galeradas. Pensaba que el problema fundamental, cuando se cita “Yo soy el que soy”, consistía en determinar dónde va el signo de puntuación, dentro o fuera de las comillas.

 

Por eso mi decisión política fue la filología. En aquellos años, la universidad de Milán era ejemplar. Mientras que en el resto del país se invadían las aulas y se asaltaba a los profesores, para pedirles que sólo hablasen de la ciencia proletaria, en nuestra universidad, salvo algún incidente aislado, regía un pacto constitucional, o más bien, territorial. La revolución presidiaba la zona externa, el aula magna y los grandes corredores, mientras que la Cultura oficial se había retirado, protegida y asegurada, a los corredores internos y a los pisos superiores, y seguía hablando como si nada hubiese sucedido.

 

De esta manera podía pasarme la mañana discutiendo sobre la ciencia proletaria en el piso de abajo y la tarde practicando un saber aristocrático en el piso de arriba. Vivía cómodamente en esos dos universos paralelos, y no percibía la menor contradicción en mi conducta. También yo creía que estaba por surgir una sociedad igualitaria, pero me decía que en esa sociedad también tendrían que funcionar (y mejor que antes) los trenes, por ejemplo, y que los sans-culottes que me rodeaban no estaban aprendiendo en absoluto a cargar la caldera de carbón, a accionar las agujas, a elaborar una planilla de horarios. Sin embargo, alguien debía estar preparado para encargarse de los trenes.

 

No sin cierto remordimiento, me sentía como un Stalin que ríe entre dientes mientras piensa: “Haced, haced, pobres bolcheviques, que yo sigo estudiando en el seminario de Tiflis y después del plan quinquenal me encargo yo.” Quizá porque vivía en el entusiasmo por las mañanas, por las tardes identificaba el saber con la desconfianza. Por eso quise estudiar algo que me permitiese decir lo que podía afirmarse sobre la base de documentos, para distinguirlo de lo que era cuestión de fe.

 

Por razones casi casuales me agregué a un seminario de historia medieval y escogí como tema de tesis el proceso a los templarios. La historia de los templarios me había fascinado desde que diera una ojeada a los primeros documentos. En aquella época en que se luchaba contra el poder, me llenaba, generosamente, de indignación la historia del proceso, que es indulgente definir como indiciario, por el que los templarios acabaron en la hoguera. Pero había descubierto en seguida que, desde que fueran condenados a la hoguera, una caterva de cazadores de misterios había intentado reencontrarlos por todas partes, y sin presentar jamás una prueba. Ese derroche visionario irritaba mi incredulidad, decidí no perder el tiempo con cazadores de misterios y atenerme sólo a las fuentes de la época. Los templarios constituían una orden monástica de caballería cuya existencia se basaba en el reconocimiento de la Iglesia. Si la Iglesia había disuelto la Orden, y eso había sucedido hacia siete siglos, los templarios ya no podían existir, y si existían no eran templarios. Así fue como saqué una bibliografía de cien libros por lo menos, aunque al final sólo leí una treintena.

 

Entré en contacto con Jacopo Belbo precisamente por causa de los templarios, en el Pilades, cuando ya estaba trabajando en la tesis, a finales del setenta y dos.

 

Vengo de la luz y de los dioses y ahora estoy separado de ellos, en este exilio.

 

(Fragmento de Zilrfah M7)

 

El bar Pilades era por entonces el puerto franco, la taberna galáctica donde los extraterrestres de Ophiuco, que asediaban la Tierra, se encontraban sin conflicto con los hombres del Imperio, que patrullaban las franjas de van Allen. Era un viejo bar situado cerca de los Naviglio, con la barra de zinc, el billar, y los tranviarios y artesanos de la zona que venían por la mañana temprano a beberse un chato de vino blanco. Hacia el sesenta y ocho, y en los años siguientes, el Pilades se había convertido en una especie de Rick's Bar donde el militante del Movimiento podía echar una partida de cartas con el periodista del diario patronal que iba a beberse medio whisky una vez cerrada la edición, cuando ya partían los primeros camiones para repartir por los kioscos las mentiras del sistema. Pero en el Pilades incluso el periodista se sentía un proletario explotado, un productor de plusvalía obligado a fabricar ideología, y los estudiantes lo absolvían.

 

Entre las once de la noche y las dos de la madrugada pasaban por allí el empleado de editorial, el arquitecto, el cronista de sucesos que aspiraba a escribir para la sección de cultura, los pintores de la Academia de Brera, algunos escritores de nivel medio y estudiantes como yo.

 

Se imponía un mínimo de excitación alcohólica y el viejo Pilades, sin eliminar las garrafas de vino blanco para los tranviarios y los clientes más aristocráticos, había reemplazado la casera y el cinzano por claretes DOC, para los intelectuales democráticos, y Johnny Walker para los revolucionarios. Podría escribir la historia política de aquellos años registrando las etapas y modalidades por las que poco a poco se pasó del etiqueta roja al Ballantine de doce años y finalmente al malta.

 

Con la llegada del nuevo público, Pilades había conservado el viejo billar, donde pintores y tranviarios se desafiaban, pero también habían instalado un flipper.

 

A mi la bola me duraba poquísimo, y al principio pensé que era por distracción, o por torpeza manual. Años después comprendí la verdad, viendo jugar a Lorenza Pellegrini. Al principio no había reparado en ella, pero la descubrí una noche siguiendo la mirada de Belbo.

 

Belbo estaba en el bar como si estuviera de paso (lo frecuentaba al menos desde hacia diez años). Intervenía a menudo en las conversaciones, en la barra o en alguna mesa, pero casi siempre para soltar alguna gracia que enfriaba los entusiasmos, cualquiera que fuese el tema de conversación.

 

También los dejaba helados con otra técnica, con una pregunta. Alguien estaba contando algo, encandilando a la compañía, y Belbo miraba al interlocutor con sus ojos glaucos, siempre un poco distraídos, sosteniendo el vaso a la altura de la cadera, como si hiciese mucho que había olvidado beber, y preguntaba: “¿Pero realmente sucedió así?” O bien: “¿Pero lo decía en serio?” No sé qué sucedía, pero todos empezaban a dudar del relato, incluido el narrador. Debía de ser su dejo piamontés que volvía interrogativas todas sus afirmaciones, y sarcásticas sus interrogaciones. Era piamontesa, en Belbo, esa manera de hablar sin mirar demasiado a los ojos del interlocutor, pero no como quien huye con la mirada. La mirada de Belbo no eludía el diálogo. Simplemente, desplazándose, clavándose de pronto en convergencias de paralelas en las que no habíamos reparado, en un punto impreciso del espacio, lograba hacernos sentir como si hasta entonces hubiésemos estado mirando torpemente el único punto que no venia al caso.

 

Pero no era sólo la mirada. Con un gesto, con una sola interjección Belbo tenía el poder de desplazarte de lugar. Por ejemplo, tratabas de demostrar que Kant realmente había llevado a cabo la revolución copernicana de la filosofía moderna, y te jugabas todo en esa afirmación. Belbo, que estaba sentado enfrente, podía mirarse de pronto las manos o la rodilla o entrecerrar los párpados esbozando una sonrisa etrusca o quedarse unos segundos con la boca abierta y los ojos clavados en el cielo raso, y luego, con un leve balbuceo, decir: “También ese Kant...” O, si se proponía más abiertamente atentar contra todo el sistema del idealismo trascendental: “Pues, ¿Quería de verdad armar todo ese jaleo...?” Después te dirigía una mirada solicita, como si hubieras sido tú quien había roto el encanto, y no él, y te alentaba: “Pero, no se corte, prosiga usted. Porque, desde luego, ahí hay... ahí hay algo... El hombre tenía su ingenio.”

A veces, cuando estaba en el colmo de la indignación, perdía los estribos. Pero como lo único que lo indignaba era que los demás los perdieran, su manera de perderlos era totalmente interior, y regional. Apretaba los labios, alzaba primero la vista al cielo, luego inclinaba la mirada y la cabeza, hacia abajo, a la izquierda, y decía a media voz: Ma gavte la nata. Al que no conocía esa expresión piamontesa, a veces le explicaba: Ma gavte la nata, quítate el tapón. Dícese de quien está henchido de sí. Se supone que aguanta en esa condición posturalmente abnorme por la presión de un tapón hincado en el trasero. Si se lo quita, pssss, recupera su condición humana.

 

Esas observaciones suyas eran capaces de hacerte notar la vanidad de todo, y a mí me fascinaban. Sin embargo, no las interpretaba correctamente, porque las tomaba como modelo de supremo desprecio por la trivialidad de las verdades ajenas.

 

Sólo ahora, después de haber violado, junto con los secretos de Abulafia, el alma misma de Belbo, sé que lo que entonces me pareció desencanto, y que estaba erigiendo en principio de vida, era para él una forma de melancolía. Su deprimido libertinaje intelectual ocultaba un desesperado anhelo de absoluto. Era difícil percibirlo a primera vista, porque Belbo compensaba los momentos de fuga, perplejidad, distanciamiento, con momentos de relajada afabilidad, en los que se entretenía creando otras formas de absoluto, con regocijada incredulidad. Era entonces cuando inventaba con Diotallevi manuales de lo imposible, mundos al revés, teratologías bibliográficas. Y el locuaz entusiasmo con que construía su Sorbona rabelesiana impedía comprender cuánto le dolía su exilio de la facultad de teología, la verdadera, no la inventada.

 

Comprendí luego que yo había borrado la dirección de esa facultad, él, en cambio, la había perdido, y no conseguía resignarse.

 

En los files de Abulafia he encontrado muchas páginas de un pseudodiario que Belbo había confiado al secreto de los disquettes, seguro de no traicionar su vocación, tantas veces proclamada, de mero espectador del mundo. Algunos llevan una fecha lejana, evidentemente transcribió allí viejas anotaciones, por nostalgia, o porque pensaba volver a utilizarlas de alguna manera. Otros son de estos últimos años, de cuando ya disponía de Abu. Escribía como simple juego mecánico, para reflexionar en solitario sobre sus propios errores, se engañaba pensando que no estaba “creando” porque la creación, aun cuando es fuente de error, siempre se produce por amor a alguien distinto de nosotros. Pero Belbo, sin darse cuenta, estaba pasando al otro lado de la barrera. Estaba creando, y más le hubiera valido no hacerlo: su entusiasmo por el Plan surgió de esa necesidad de escribir un Libro, aunque todo él fuera un único, exclusivo, feroz error intencional. Mientras te contraigas en el vacío puedes pensar aún que estás en contacto con el Uno, pero tan pronto como manosees la arcilla, aunque sea electrónica, te conviertes en un demiurgo, y quien se empeña en hacer un mundo ya está comprometido con el error y con el mal.

filename: Tres mujeres en la vida...

 

Es así: toutes les femmes que j'ai rencontrées se dressent aux horizons--avec les gestes piteux et les régards tristes des sémaphores sous la pluie...

 

Mire hacia arriba, Belbo. Primer amor, María Santísima.

 

Mamá cantando mientras me tiene en el regazo como si me acunara cuando ya no necesito nanas pero le pedía que cantase porque me gustaba su voz y el perfume de espliego de su seno: “Oh, Reina de los Cielos - Tú eres toda hermosa - eres pureza inmaculada- Salve hija, esposa, esclava - Salve, oh madre de Dios Nuestro Señor."

 

Lógico: la primera mujer de mi vida no fue mía --como por lo demás no fue de nadie, por definición. Me enamoré en seguida de la única mujer capaz de hacer todo sin mi.

 

Después Marilena (¿Marylena? ¿Mary Lena?). Describir líricamente el crepúsculo, los cabellos de oro, el gran lazo azul, yo tieso con la frente levantada delante del banco, ella camina haciendo equilibrios por el borde del respaldo, con los brazos extendidos para compensar las oscilaciones (deliciosas extrasístoles), la falda revolotea levemente en torno a los muslos rosados. Allá arriba, inalcanzable.

 

Boceto: esa misma tarde, mamá espolvorea con talco el cuerpecito rosado de mi hermana, yo pregunto cuándo va a salirle la pilila, mamá explica que a las niñas no les sale pilila, y se quedan así. De golpe vuelvo a ver a Mary Lena, y las blancas braguitas asomando bajo la suave brisa de su falda azul, y comprendo que es rubia y altiva, e inaccesible, porque es diferente.

 

Toda relación es imposible, pertenece a otra raza.

 

Tercera mujer perdida en seguida en la profundidad en que se abisma. Acaba de morir mientras duerme, pálida Ofelia entre las flores de su ataúd virginal, mientras el cura recita las oraciones fúnebres, de repente, se yergue sobre el catafalco, con el ceño fruncido, blanca, vindicadora, señalando con el dedo, la voz cavernosa: “Padre, no rece usted por mi. Esta noche, antes de dormirme, he concebido un pensamiento impuro, el único de mi vida, y ahora estoy condenada.” Buscar el libro de la primera comunión. ¿La ilustración existía, o me lo he inventado todo? Sí claro, había muerto pensando en mi, el pensamiento impuro era yo que deseaba a Mary Lena, intocable porque pertenecía a otra especie y destino. Soy culpable de su condenación, soy culpable de la condenación de todos los que se condenan, es justo que las tres mujeres no hayan sido mías: es el castigo por haberlas deseado.

 

Pierdo la primera porque está en el paraíso, la segunda porque envidia en el purgatorio el pene que jamás tendrá, y la tercera porque está en el infierno.

Teológicamente perfecto. Ya escrito.

Pero también está la historia de Cecilia, y Cecilia está en la tierra. Pensaba en ella antes de dormirme, subía a la colina para ir a buscar la leche a la vaquería y mientras los partisanos disparaban desde la colina de enfrente contra el puesto de control me imaginaba corriendo a salvarla, liberándola de una horda de sicarios negros que la perseguían enarbolando las ametralladoras... Más rubia que Mary Lena, más inquietante que la niña del sarcófago, más pura y esclava que la virgen. Cecilia estaba viva y era accesible, si hasta casi hubiese podido hablarle, estaba seguro de que podía querer a uno de mi especie, y de hecho lo quería, se llamaba Pappi, tenía el pelo rubio e hirsuto sobre un cráneo minúsculo, un año más que yo, un saxofón.

 

Y yo ni siquiera una trompeta. Nunca los había visto juntos, pero en la escuela parroquial todos cuchicheaban entre codazos y risitas que hacían el amor. Seguro que mentían, pequeños campesinos lascivos como cabras. Querían hacerme creer que ella (Ella, Marylena Cecilia esposa y esclava) era tan accesible que alguien ya había accedido a ella. Comoquiera que fuese, -cuarta vez-- yo estaba fuera de juego.

 

¿Puede escribirse una novela sobre una historia como ésta?

 

Quizá debería escribir una sobre las mujeres de las que huyo porque pude hacerlas mías. O hubiera podido. Tenerlas. O es la misma historia.

 

En suma, cuando ni siquiera se sabe cuál es la historia, mejor dedicarse a corregir libros de filosofía.

 

En la mano derecha asía una trompeta dorada.

 

(Johann Valentin Andreae,

 Die Chymische Hochzeit des Christian Rosencreutz, Strassburg, Zetzner, 1616, 1)

 

Veo que en este file se menciona una trompeta. Anteayer en el periscopio aún no sabía cuál era su importancia. Sólo tenía una referencia, bastante pálida y marginal.

 

En las largas tardes que pasábamos en Garamond, a veces Belbo, abrumado por algún manuscrito, alzaba la vista de los folios y trataba de distraerme también a mí, que quizá estaba compaginando en la mesa de enfrente viejos grabados de la Exposición Universal, y se entregaba a los recuerdos, dispuesto siempre a correr el telón tan pronto como sospechara que podía estar tomándolo demasiado en serio. Recordaba su pasado, pero sólo a título de exemplum, para castigar alguna vanidad.

 

--Me pregunto adónde iremos a parar --dijo cierto día.

 

--¿Se refiere al ocaso de occidente?

 

--¿Declina? Al fin y al cabo es lo suyo, lo dice la palabra misma. No, me refería a esta gente que escribe. Tercer manuscrito de la semana, uno sobre el derecho bizantino, otro sobre el Finis Austriae, el tercero sobre los sonetos del Aretino. Son cosas bastante distintas, ¿no le parece?

 

--Eso parece.

 

--Pues bien, ¿y si le dijera que en los tres aparecen en determinado momento el deseo y el objeto de deseo? Es una moda. En el caso del Aretino se entiende, pero en el derecho de Bizancio...

 

--Pues a la papelera.

 

--No, son trabajos totalmente financiados por el Consejo Nacional de Investigaciones, y además no están mal. A lo sumo llamo a estos tres para ver si pueden eliminar esos pasajes. Tampoco ellos quedan demasiado bien.

 

--¿Y cuál puede ser el objeto de deseo en el derecho bizantino?

 

--Oh, siempre hay alguna manera de meterlo. Desde luego, si en el derecho bizantino había algún objeto de deseo, no es el que dice éste. Nunca es ése.

 

--¿Cuál?

 

--El que se supone. Una vez, yo tendría unos cinco o seis años, soñé que tenía una trompeta. Dorada, sabe, uno de esos sueños en que se siente circular miel por las venas, una especie de polución nocturna, como puede tenerla un muchachito impúber. Creo que nunca he sido tan feliz como en ese sueño. Nunca más. Naturalmente, al despertar me di cuenta de que no había tal trompeta y me eché a llorar a lágrima viva. Lloré todo el día.

 

Realmente, aquel mundo de antes de la guerra, debe de haber sido por el treinta y ocho, era un mundo pobre. Si hoy tuviera un hijo y lo viese tan desesperado le diría vamos, te compro una trompeta; era sólo un juguete, no habría costado ningún capital. A mis padres no se les pasó por la cabeza. En aquella época, gastar era una cosa seria. Y también lo era educar a los chavales para que se habituaran a no tener todo lo que deseaban.

 

No me gusta la sopa de col, decía, y era cierto, Dios mío, que las coles en la sopa me daban asco. Nada de decirme está bien, por hoy deja la sopa y cómete la carne, o el pescado (no éramos pobres, teníamos primero, segundo y fruta). No señor, se come lo que hay en la mesa. A lo sumo, como solución de compromiso, la abuela empezaba a quitar la col de mi plato, trozo por trozo, gusanillo por gusanillo, baba por baba, y tenía que comerme la sopa depurada, más asquerosa que antes, y ésa ya era una concesión que mi padre desaprobaba.

 

--Pero, ¿y la trompeta?

 

Me había mirado vacilante:

 

--¿Por qué le interesa tanto la trompeta?

 

--A mí no. Es usted quien ha hablado de la trompeta a propósito del objeto de deseo que resulta que no es el que uno se imagina...

 

--La trompeta... Aquella tarde tenían que llegar los tíos, no tenían hijos y yo era el sobrino preferido. Me ven llorar por aquel fantasma de trompeta y dicen que se encargan de todo, al día siguiente iríamos a unos grandes almacenes, donde había todo un mostrador de juguetes, una maravilla, allí encontraría la trompeta que quería. Pasé la noche en vela y toda la mañana siguiente estuve excitadísimo. Por la tarde fuimos a los grandes almacenes, había al menos tres tipos de trompetas, serían cositas de hojalata, pero a mí me parecían bronces de orquesta de ópera. Había una corneta militar, un trombón de varas y una pseudo trompeta, porque tenía boquilla y era de oro, pero las llaves eran de saxofón. No sabía cual elegir y quizá tardé demasiado. Las quería todas y debió de parecer que no quería ninguna. Creo que entretanto los tíos habían echado una ojeada a los precios. No eran tacaños, pero tuve la impresión de que les pareció menos caro un clarín de baquelita, todo negro, con las llaves de plata. “¿Y qué tal éste?”, me preguntaron. Lo probé, balaba bastante bien, traté de convencerme de que era bellísimo, pero en verdad razonaba, y me decía que los tíos querían que me quedase con el clarín porque era más barato: la trompeta debía de costar una fortuna y no podía imponer ese sacrificio a los tíos. Siempre me habían enseñado que cuando te ofrecen algo que te gusta tienes que decir en seguida no gracias, y no una sola vez, no decir no gracias y después tender la mano, sino esperar que el otro insista, que te diga por favor. Sólo entonces el niño educado puede ceder.

 

De manera que dije que quizá no quería la trompeta, que quizá también podía irme bien el clarín, si ellos lo preferían. Y no les quitaba el ojo de encima esperando que insistieran. No insistieron, que Dios los tenga en su gloria. Estuvieron muy contentos de comprarme el clarín, puesto que, como dijeron, ése era mi deseo. Ya no podía dar marcha atrás. Salí de allí con el clarín. --Me echó una mirada de sospecha--. ¿Quiere saber si volví a soñar con la trompeta?

 

--No, quiero saber cuál era el objeto de deseo.

 

--Ah --exclamó volviendo a coger el manuscrito--, también usted tiene la obsesión del objeto de deseo. Con estas cuestiones se puede hacer lo que se quiera. Quién sabe. ¿Y si hubiera cogido la trompeta? ¿Habría sido realmente feliz? ¿Usted qué piensa, Casaubon?

 

--Quizá habría soñado con el clarín.

 

--No --concluyó con tono seco--. El clarín sólo lo tuve. Creo que nunca llegué a hacerlo sonar.

 

--¿Sonar o soñar?

 

--Sonar --dijo marcando bien las sílabas y, no sé por qué, me sentí como un bufón.

 

Y por último lo que se infiere cabalísticamente de vinum es vis numerorum, que son los números en que se basa esa Magia.

 

(Cesare de lla Riviera, Il Mondo Mágico degli Eroi, Mantua, Osanna, 1603, pp. 65-66)

 

Pero estaba hablando de mi primer encuentro con Belbo. Nos conocíamos de vista, habíamos cruzado algunas palabras en el Pílades, pero no sabía mucho de él, salvo que trabajaba en Garamond, algunos de cuyos libros había tenido ocasión de conocer en la universidad. Editor pequeño, pero serio. Un joven que va a acabar la tesis siempre se siente atraído por alguien que trabaja para una editorial de cultura.

 

“¿Y usted a qué se dedica?”, me preguntó una noche en que ambos estábamos apoyados en el extremo de la barra de zinc, arrinconados por una muchedumbre digna de las grandes ocasiones. Era la época en que todo el mundo se tuteaba: estudiantes a profesores, profesores a estudiantes. Y más aún en el Pílades: “Págame una copa”, decía el estudiante con trenca al jefe de redacción del periódico de gran tirada. Parecía que estábamos en Petrogrado en la época del joven Sklovsky. Todos Maiakovsky, ningún Zivago. Belbo no eludía el tuteo imperante, pero estaba claro que lo dictaba por desprecio. Tuteaba para mostrar que a la vulgaridad respondía con la vulgaridad, pero que había un abismo entre tomarse la confianza y estar en confianza. Le vi tutear con afecto, o con pasión, sólo pocas veces, y a pocas personas, a Diotallevi, a alguna mujer. A las personas que estimaba, pero que sólo conocía desde hacía poco, las trataba de usted. Así hizo conmigo durante todo el tiempo en que trabajamos juntos, y yo aprecié el honor.

 

--¿Y usted a qué se dedica? --me había preguntado, ahora lo sé, con simpatía.

 

--¿En la vida o en el teatro? --dije, señalando el escenario del Pílades.

 

--En la vida.

 

--Estudio.

 

--¿Va a la universidad o estudia?

 

--Aunque le parezca extraño, una cosa no está  reñida con la otra. Estoy acabando una tesis sobre los templarios.

 

--Qué horror --dijo--. ¿No son cosas de locos?

 

--Yo estudio a los verdaderos templarios. Trabajo sobre los documentos del proceso. Pero, ¿qué sabe usted de los templarios?

 

--Trabajo en una editorial, y por una editorial pasan cuerdos y locos.

 

La función del redactor consiste en reconocer a los locos con una ojeada.

 

Cuando alguien empieza a hablar de los templarios casi siempre está chalado.

 

--No me lo diga. Su nombre es legión. Pero no todos los locos hablarán de los templarios. ¿Cómo reconoce a los otros?

 

--Oficio. En seguida se lo explico, que usted es joven. Por cierto, ¿cuál es su nombre?

 

--Casaubon.

 

--¿No era un personaje de Middlemarch?

 

--No lo sé. De todas maneras, también era un filólogo del Renacimiento, creo. Pero no somos parientes.

 

--Otra vez será. ¿Quiere beber otra copa? Dos más, Pílades, gracias.

 

Pues bien. En el mundo están los cretinos, los imbéciles, los estúpidos y los locos.

 

--¿Falta algo?

 

--Sí. Nosotros dos, por ejemplo. O, al menos, no es por ofender, yo.

 

En suma todo el mundo, si se mira bien, participa de alguna de esas categorías. Cada uno de nosotros de vez en cuando es un cretino, un imbécil, un estúpido o un loco. Digamos que la persona normal es la que combina razonablemente todos esos componentes o tipos ideales.

 

--Idealtypen.

 

--Bravo. ¿También sabe alemán?

 

--Algo masco para las bibliografías.

 

--En mi época, quienes sabían alemán ya no se licenciaban. Se pasaban el resto de su vida sabiendo alemán. Creo que hoy en día sucede lo mismo con el chino. --Yo lo conozco poco, por eso hago mi tesis. Pero, siga hablándome de su tipología. ¿Cómo es el genio, Einstein, por ejemplo?

 

--El genio es el que pone en juego uno de esos componentes de manera vertiginosa, alimentándolo con los demás. --Bebió. Dijo--: Hola, guapetona. ¿Cómo siguen tus intentos de suicidio?

 

--Pertenecen al pasado --respondió la joven al pasar--, ahora estoy en un grupo.

 

--Te felicito --le dijo Belbo. Y volviéndose hacia mí--: También existen los suicidios en grupo, ¿verdad?

 

--Pero, ¿y los locos?

 

--Espero que no se haya tomado mi teoría como palabra santa. No pretendo arreglar el universo. Estoy diciendo qué es un loco para una editorial. Es una teoría ad hoc, ¿vale?

 

--Vale. Ahora invito yo.

 

--Vale. Pílades, por favor, con menos hielo. Si no, hace efecto en seguida. Veamos. El cretino ni siquiera habla, babea, es espástico. Se aplasta el helado contra la frente, no puede ni coordinar los movimientos. Entra en la puerta giratoria por el lado opuesto.

 

--¿Cómo es posible?

 

--El lo consigue. Por eso es un cretino. No nos interesa, se le reconoce en seguida, y no aparece por las editoriales. Dejémosle donde está.

 

--Dejémosle.

 

--Ser imbécil ya es más complicado. Es un comportamiento social. El imbécil es el que habla siempre fuera del vaso.

 

--¿A qué se refiere?

 

--Así --apunto el índice hacia su vaso y lo clavó en la barra--. Quiere hablar de lo que hay en el vaso, pero, esto por aquí, esto por allá, habla fuera. O si prefiere, es el que siempre mete la pata, el que le pregunta cómo está su bella esposa al individuo que acaba de ser abandonado por la mujer. ¿Me explico?

 

--Se explica, conozco a algunos.

 

--El imbécil está muy solicitado, sobre todo en las reuniones mundanas. Incomoda a todos, pero les proporciona temas de conversación. En su versión positiva llega a ser diplomático. Habla fuera del vaso cuando otros han metido la pata, consigue cambiar de tema Pero a nosotros no nos interesa, no es nunca creativo, trabaja de prestado, de manera que no presenta manuscritos en las editoriales. El imbécil no dice que el gato ladra, habla del gato cuando los demás hablan del perro. Confunde las reglas de conversación, y cuando las confunde bien es sublime. Creo que es una raza en extinción, un portador de virtudes eminentemente burguesas. Necesita un salón Verdurin, o mejor, Guermantes. ¿Todavía leéis esas cosas, vosotros los estudiantes?

 

--Yo si.

 

--El imbécil es Murat que pasa revista a sus oficiales y cuando ve a uno, de la Martinica, recubierto de condecoraciones, va y le pregunta: “Vous etes negre?” Y el otro responde: “Oui mon genéral!”, Murat replica: “Bravo, bravo, continuez!” Y cosas por el estilo. ¿Lo capta? Perdone, pero esta noche estoy festejando una decisión histórica de mi vida. He dejado de beber. ¿Quiere otro? No diga nada, me haría sentir culpable. ¡Pílades!

 

--¿Y el estúpido?

 

--Ah. El estúpido no se equivoca de comportamiento. Se equivoca de razonamiento. Es el que dice que todos los perros son animales domésticos y todos los perros ladran, pero que también los gatos son animales domésticos y por tanto ladran. O que todos los atenienses son mortales, todos los habitantes del Pireo son mortales, de modo que todos los habitantes del Pireo son atenienses. 






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