miércoles, octubre 03, 2018

Fragmentos de historia de la violencia en Colombia


Fragmentos  de historia de la violencia
 en  la narrativa colombiana
 
-Un  enfoque  desde la Historia de las Mentalidades-


http://www.javeriana.edu.co/narrativa_colombiana/contenido/bibliograf/jar_otrostxt/pajaros/008.html


Introducción

En un trabajo anterior sobre novela colombiana contemporánea, me preguntaba si podría haber alguna conexión entre el hecho de que en Colombia no haya existido un movimiento de vanguardia literaria, tal como se había presentado en otros muchos lugares de Hispanoamérica, y la debilidad de los gestos posmodernos en la novelística reciente.

Al querer profundizar en la cuestión, me encontré posteriormente con la hipótesis propuesta por el filósofo colombiano, Rubén Jaramillo Vélez, según la cual, nuestro país posee una peculiaridad idiosincrática que consiste básicamente en la postergación de una vivencia plena de la modernidad, y que se reflejaría en actitudes concretas como la intolerancia y sobre todo la violencia extendidas. Esta hipótesis conduce necesariamente a enfrentar la posibilidad de rastrear lo que podríamos llamar una genealogía particular de dicha peculiaridad. Un intento en este sentido lo realizó el historiador Daniel Pecáut  cuando propuso en su momento que nuestra experiencia no había podido ser plena porque una serie de bloqueos de tipo cultural y político habrían hecho que la entrada de la modernidad a nuestro país se hubiera hecho por "vía negativa", de modo que lo que habríamos experimentado finalmente habría sido una pseudo o, mejor, para-modernidad.

Ahora, el fracaso del proyecto moderno en Colombia podía enfocarse desde dos perspectivas:1) como fracaso ideológico; o bien, 2) atendiendo a la observación y examen de ese conjunto de ideas y creencias que se habría ido conformando como resultado de los vaivenes y paradojas de nuestro proceso de modernización, hasta constituir una mentalidad, es decir, una respuesta al mundo distinta, en todo caso -siguiendo a Vovelle-, de un pensamiento claro o de una elaboración cultural, que tendería a favorecer los signos de la modernidad sin asumirla en su esencia.

El trabajo que entonces emprendí favoreció este 2° enfoque, examinando uno de los aspectos más dolorosos de nuestra para-modernidad: la violencia. En realidad, lo expuesto aquí es una apretada síntesis de lo que, a modo de ejercicio, está escrito en forma más extensa en otro lado: el seguimiento de lo que podríamos llamar la evolución del personaje protagonista de la violencia colombiana, en íntima relación con la revisión de los distintos experimentos de modernización socio-política del país. Por tratarse de un ejercicio, sólo se trabajaron tres momentos de nuestra contemporaneidad -que podrían reflejar tres tipos de violencia-, a través del análisis de los protagonistas que la encarnan: el "pájaro" (asesino de la llamada "violencia" de los años 50), el guerrillero (y su versión "rústica": el bandolero) y el sicario. Para  llevar a cabo estos propósitos, el trabajo se dividió en dos partes: una primera de discusión de los marcos de referencia y una segunda, el ejercicio mismo de análisis de los personajes en un corpus seleccionado de narrativa colombiana contemporánea.

Relación entre literatura e historia de las mentalidades  

Parece haber un punto de contacto claro entre la historia de las mentalidades y la historia literaria cuando ésta se dedica a "rastrear" lo que podríamos llamar los temas favoritos propios de la historia de las mentalidades: la muerte, la vida cotidiana, la fiesta, etc.; de modo que lo que hermanaría estos dos géneros historiográficos sería su campo de acción, su temática. Sin embargo, si bien esta condición puede dejar bien parado al historiador literario, en cambio genera una pregunta aún más compleja para el historiador de las mentalidades: la de la pertinencia de la literatura como fuente histórica.

Desde una perspectiva distinta, existiría otra manera de hermanar historia literaria e historia de las mentalidades y sería deslizando el énfasis hacia éste último género, de modo que lo que haría el historiador de las mentalidades sería emplear la fuente literaria y ponerla al servicio de sus propósitos. Esto suele suceder en casos en que la literatura se vuelve una fuente importante (tal vez por escasez de otras, como el testimonio o las fuentes iconográficas y arqueológicas).

Para Vovelle, sin embargo, el asunto se podría resolver en la medida en que las dos estrategias se pudieran complementar con base en lo que él llama una historia total o vertical "que toma el hecho para intentar analizarlo (a través del hilo del tiempo) en todas sus prolongaciones, hasta la complejidad de las producciones más sofisticadas de lo imaginario, lo cual incluye, la religión, la literatura y el arte, en una palabra, la ideología en sus formas elaboradas" (Vovelle, 42).

Es entonces cuando resulta importante retomar la diferencia base entre ideología y mentalidad. Vovelle propone la discusión desde el punto de vista de una posible autonomía de la noción de mentalidad frente a la de ideología. En principio, una historia de las ideologías estaría del lado de la mirada sobre las élites, mientras que la historia de las mentalidades estaría del lado de una mirada sobre los marginados y los desviados. Tanto ideología como mentalidad serian conceptos que responden a "dos herencias diferentes, dos modos de pensar: una más sistemática y otra voluntariamente empírica..." (Vovelle, 13).

Habría dos caminos para decidir sobre una autonomía del concepto de mentalidad: de un lado, el examen de su inscripción en el de ideología. De otro, forzar su posible comportamiento independiente. En el primer caso, habría varias interpretaciones de dicha inscripción: la primera vería la mentalidad como la traducción de un nivel inferior de ideología, como las huellas de una ideología hecha trizas y la segunda apuntaría a ver la mentalidad más bien como resistencia, como identidad preservada y auténtica más allá de la contingencia ideológica. Quienes optan por una consideración de la autonomía del concepto de mentalidad, acuden por lo general a los términos "inconsciente colectivo" o "imaginario colectivo", nociones que remiten a la autonomía de una aventura mental colectiva que obedece a ritmos y causalidades propias, aparentemente independiente de todo determinismo socioeconómico y sin referencia a las ideologías constituidas (Vovelle, 16).

A nuestro entender, el uso de la noción de mentalidad en literatura debe ir ligado al de "ideología" (definida desde la perspectiva sociocrítica), ya sea que se entienda aquí mentalidad como "traza" o como "resistencia" ideológica. Sólo así, creemos, es como podríamos entender la calificación de "testimonio insoslayable" que finalmente hace Vovelle cuando se refiere a la literatura.

El proceso modernizador en Colombia

Hemos utilizado dos planteamientos de Jaramillo Vélez para relacionarlos con el propósito de nuestro trabajo: uno proviene de su artículo Tolerancia e Ilustración, en el que el filósofo reflexiona al rededor del problema de una supuesta "educación para la intolerancia" que caracterizaría nuestros comportamientos en Colombia, y cuya causa estaría enraizada con un pasado hispánico remoto del que  habríamos heredado ciertos rasgos. Tras de hacer un recorrido por ese pasado, Jaramillo llega a la conclusión de que "el asunto de la intolerancia aparece vinculado al de la religión" (Jaramillo, 190) y, a su vez, el asunto de la religión aparece vinculado al de la auto-conservación. 

Auto-conservación que, para el caso de la España de Carlos V, se justifica en la medida en que la estabilización de la nobleza castellana sólo se podía lograr mediante mecanismos de exclusión y persecución "religiosa".

Auto-conservación que, en el caso americano (por vía de la educación y de la contra reforma),se habría heredado como prejuicio, es decir, como abreviación del pensamiento; prejuicio básicamente contra la modernidad, y que pervive, tras 500 años de cultura autoritaria y dogmática, hasta convertirse en mecanismo de agresión y justificación de la violencia.

El otro planteamiento de Jaramillo (proveniente de su artículo: Postergación de la experiencia de modernidad en Colombia), útil a nuestros propósitos, consiste en mostrar el particular comportamiento de, nuestros procesos de modernización, los cuales se vieron afectados, desde un comienzo, por dos condiciones: una es la que Jaramillo llama ingenuidad o infantilismo en la puesta en escena de factores de modernización. La segunda, el peso que significaba, para el país, la facticidad del carácter de la colonización española.

A un primer momento, caracterizado por el intento a ultranza de abandonar el influjo del pasado colonial español, con su dos contrapesos: la ingenuidad y la facticidad de ese pasado, sobreviene uno segundo en el que se combina un retorno a la tradición hispánica y la iniciación de un proceso de consolidación nacional: el llamado periodo de la regeneración, en el que, a nombre del orden, se fortaleció la represión y  se entregó a la iglesia católica los aparatos ideológicos para su manipulación, todo lo cual constituyó en realidad una gran reacción contra los "errores" de los tiempos modernos.

Aunque el clero sólo cumplió un papel subalterno en relación con un esquema productivo que el poder dominante impuso (los valores "hacendarios"), sin proponérselo intencionalmente, se convierte en agente propagador de las racionalizaciones que legitimaban ese poder, "condicionando cada uno de los actos colectivos e individuales y dando un perfil característico al grupo cultural entero" (Jaramillo, 45).

Pero lo más interesante de este periodo es la contradicción que se desarrolla en el sentido de que, mientras el proceso de consolidación nacional exige el cambio acelerado de la estructura socioeconómica del país, en el campo ideológico se produce un retorno, y de ese modo, las estructuras de poder no cambian simultáneamente, "ni las imágenes míticas del consenso colectivo, creando un caso excepcional en la historia de la América latina" (Jaramillo, 45): ese sincretismo colombiano sui géneris, esta modernización en contra de la modernidad, que permitiría en los primeros decenios del siglo XX avanzar en el terreno infraestructural sin variar, substancialmente la concepción tradicionalista o la visión de mundo y la ideología (46).

La consecuencia más dramática es que la "modernidad" como ideología se inserta en un esquema utilitarista, pero no se integra mentalmente. Esta ausencia de asimilación efectiva y real de la modernidad como ideología y el avance técnico imparable, conduce, en un tercermomento: nuestra contemporaneidad, a enfrentar sin preparación los embates de una anomia social. "La carencia de un ethos secular, afirma Jaramillo, de una ética ciudadana, constituyenuestro mayor problema" (Jaramillo, 49). Y este problema parece estar en el núcleo de comportamientos anormales, peligrosamente diseminados en Colombia.

Con relación a ese "mimetismo" modernizador (que sólo copia signos pero no asimila esencias), Daniel Pecáut, afirma en su artículo: Modernidad, modernización y cultura, que ésta actitud corresponde a lo que podría denominarse una pseudo o para-modernidad, es decir, a un proceso de modernización superficial, cuya explicación estaría en una serie de bloqueos culturales y políticos que habrían forzado a una entrada por vía negativa de la modernidad en Colombia.

Entre los obstáculos culturales que destaca Pecáut, están: el poder de bloqueo de la iglesia católica, que sobre todo en lo ideológico ha constituido siempre una resistencia al proceso modernizador y a todo el espíritu de la modernidad.

Otros factores antimodernizadores serían: el arraigado provincialismo de nuestras élites, la débil apertura hacia el mundo exterior, la vinculación de los intelectuales a los partidos tradicionales y el peso de los valores rurales en la vida colombiana. Entre los obstáculos políticos Pecáut menciona: la ausencia de identidad de clases medias y populares, la precariedad del estado, la fragmentación del poder, la inestabilidad de la vida política.

Quizás todo este panorama corresponda a lo que ya García Márquez reseñaba en su célebre proclama Por un país al alcance de los niños: Esta encrucijada de destinos ha forjado una patria densa e indescifrable donde lo inverosímil es la única medida de la realidad. Nuestra insignia es la desmesura. En todo: en lo bueno y en lo malo, en el amor y en el odio (6)... Pues somos dos países a la vez: uno en el papel y otro en la realidad... En cada uno de nosotros cohabitan de la manera más arbitraria la injusticia y la impunidad.... No porque unos seamos malos y otros buenos, sino porque todos participamos de ambos extremos. Llegado el caso -y Dios nos libre- todos somos capaces de todo (García Márquez, 7).

Y finalmente advierte García Márquez algo que ha servido para guiar nuestros análisis: Tal vez una reflexión más profunda nos permita establecer hasta qué punto este modo de ser nos viene de que seguimos siendo en esencia la misma sociedad excluyente, formalista y ensimismada de la Colonia... tal vez estemos pervertidos por un sistema que nos incita a vivir como ricos mientras el cuarenta por ciento de la población malvive en la miseria... Conscientes de que ningún gobierno será capaz de complacer esta ansiedad, hemos terminado por ser incrédulos, abstencionistas e ingobernables, y de un individualismo solitario por el que cada uno de nosotros piensa que sólo depende de sí mismo (García Márquez, 7). Bajo el marco de la modernización concretamos un amplio y útil espectro de nuestra idiosincrasia: prejuicios culturales e ideológicos que nos confunden, auto-conservación a ultranza que nos conduce fácilmente a la intolerancia, la paranoia y la violencia "justificada".Siguiente

La violencia en Colombia
  
Los impulsos de modernización tienen en Colombia un correlato: la guerra. Esto es lo que afirma el historiador Gonzalo Sánchez G.  al respecto: ...durante su vida republicana, Colombia ha pasado por tres etapas de lucha guerrillera, diferenciables a su vez, por tres elementos fundamentales, a saber: el contexto general en que estas guerras se producen, el carácter de los protagonistas que han participado en cada una de ellas y las motivaciones u objetivos que las han suscitado. Según Sánchez, el primer tipo es el de las Guerras Civiles, que se desarrollaron en el siglo pasado y que tuvieron como motivación las pugnas internas entre la clase dirigente. Ésta participaba proporcionando tanto la orientación política como la dirección militar: "se trataba en últimas de guerras entre caballeros de un mismo linaje y por eso al término de las mismas era frecuente una mutua complicidad en la preservación de sus respectivas propiedades" (Sánchez, 20). El segundo tipo es el que se produce a mediados del presente siglo, en el periodo que se conoce como "la violencia". En esta guerra, la dirección política la ejerce la clase dominante, a través de los partidos tradicionales, pero la conducción en el plano militar la hace el pueblo mismo, especialmente el campesinado.

"Este desfase entre dirección ideológica y conducción militar es el que explica en buena medidasu doble movimiento: por un lado, sus expresiones anárquicas, y, por otro, su potencial desestabilizador y sus efectos de perturbación sobre el conjunto de la sociedad" (Sánchez, 21).

En una tercera etapa, que comienza alrededor de los años sesenta, tanto la orientación ideológica como la conducción militar ya no la ejercen las clases dominantes. "Su objetivo declarado, afirma Sánchez, no es ya la simple incorporación al estado..., sino simple y llanamente la abolición del régimen existente" (Sánchez, 21). Es la guerra que surge como confrontación entre la guerrilla revolucionaria y el estado.

Para la situación contemporánea, la guerra se ha complejizado tanto, que ya no es posible hablar de una sola guerra, sino más bien de muchas que se entrecruzan: pervive la lucha guerrillera con sus dos manifestaciones más claras: la que ejerce la guerrilla de izquierdas (a su vez fragmentada en varios grupos) y que se  desarrolla militarmente a través del enfrentamiento entre guerrilla y ejercito; y políticamente entre guerrilla y estado. La otra cara de esta guerra es el enfrentamiento entre guerrilla y grupos paramilitares; estos últimos surgidos inicialmente como "autodefensas" campesinas organizadas y financiadas por miembros de la clase dominante que combaten así en forma paralela al estado el avance de la guerrilla. La otra guerra es la que se produce como efecto del crecimiento desmesurado del narcotráfico como forma de vida.

En esta guerra, el objetivo es la consolidación de un poder económico, pero las estrategias militares se basan más en el terrorismo que en la lucha guerrillera tradicional. Su dirección no la ejerce la clase dominante, ni el pueblo, sino un grupo de personas, sin orientación política o ideológica, y la desarrolla a través de mercenarios y sicarios cuya única motivación es el beneficio económico. No se pretende la abolición del régimen, sino la participación en el estado, y en esto hereda de las guerras civiles y de la violencia unos objetivos, que ya no provienen o se legitiman políticamente.  El narcotráfico, ha sido el factor que mayor complejidad le ha dado al estado de guerra del país en la actualidad: no sólo es capaz de corromper la fuerzas estatales, sino a otros actores como la guerrilla misma y los paramilitares. Es por eso que hoy, en Colombia, los muertos en la guerra no se sabe de dónde vienen: las relaciones corruptas entre narcotráfico, guerrilla, estado y paramilitarismo han impedido cualquier acción conjunta de reacción.

El estudio del personaje abyecto
  
¿Existe alguna diferencia entre el personaje que protagoniza la violencia de los años cincuenta y la más cercana? ¿El personaje depende de ese tipo de violencia? ¿Qué representa en cada caso el personaje, cuáles son sus roles, cuáles sus evoluciones? Estas preguntas enmarcaron la observación que se hizo de los personajes de las tres obras seleccionadas, teniendo en cuenta que su papel no es sólo estético o estructural, sino representativo y simbólico.

Partimos del hecho de que de las distintas estrategias de identificación con que cuenta la narrativa, el personaje -en este caso, cargado de acciones, roles y símbolos- es el elemento de la estructura del texto que mayor posibilidad de mediación provee al momento de explorar la mentalidad colectiva que nos interesa.

¿Qué tipo de "héroe" es el protagonista de nuestros relatos? ¿Acaso un héroe moderno? ¿Se puede hablar ya en la novela de sicarios de un héroe posmoderno? ¿En qué sentido? ¿No son los protagonistas en realidad, todos, héroes abyectos?

Álvaro Pineda Botero, en su artículo: La trayectoria del héroe: de la megalo-psíquica a la abyección (o la dilución dl sujeto), nos advierte dos cosas que sirvieron de referencia a la hora de analizar las obras seleccionadas: una es que la novela (colombiana) de la violencia de los 60 y 70 ya está llena de héroes abyectos, con frecuencia disfrazados con el velo de la lucha política.

La otra es que, pese a que en Colombia no podemos hablar de una burguesía liberal democrática generalizada (que es una condición para la aparición en el escena real del héroe abyecto), en cambio otras realidades como el debilitamiento de las jerarquías, la caída de los valores morales tradicionales, y el resentimiento general, hacen propicio un ejercicio de la hybris es sus más altos grados: masacres, terrorismo, asesinatos indiscriminados y un hecho alarmante: la guerrilla ya no posee banderas políticas que legitimen sus acción y parecen motivadas únicamente por lo económico.

Así define Pineda Botero al héroe abyecto: ... descendiente del esclavo, el mendigo, el tonto y el loco: los encarna y representa a todos, pero viene armado de una carga centenaria de resentimiento y de una fuerza vengativa y destructiva... En él es máximo el ejercicio de la hybris. En el pasado, su risa era simple expresión de alegría y olvido. El, abyecto ríe también, pero el tono de su risa es el  terror. La alegría se ha convertido en locura. Y su nihilismo es creciente. [Como en el Uebermensch nitzcheano] actúa sin el aval de los dioses, sin justificación racional o externa; no encarna ideales colectivos; su interior es un caos, un laberinto o mejor un abismo. Su creatividad y su ingenio están orientados hacia la destrucción y la hybris. Pero no supera el caos ni la multiplicidad de su alma y termina en lo sanguinario. La locura, que parecía fingida en la representación saturnal, ahora es real. Y si antes podía burlarse de sí mismo, ahora está dispuesto a hacerse daño, a llegar incluso al suicidio (Pineda, 224). Con el ánimo de vincular las obras seleccionadas, ensayamos la hipótesis de que el héroe violento en la novela colombiana es en realidad un héroe abyecto arropado con máscaras que van desde la vinculación ideológica a un partido, hasta la ausencia misma de la máscara en los sicarios, pasando por la careta del ideal revolucionario.

Ejercicios de análisis: Pájaros, bandoleros y sicarios
   
Una vez discutidos y clarificados los marcos de referencia, se realizó una aplicación de los resultados de dicha discusión al corpus de narrativa seleccionado a manera de ejercicio, para establecer, mediante un método comparativo, las analogías y las diferencias de los distintos fenómenos de la mentalidad violenta encarnados en los personajes representados. El ejercicio se centró en el examen de los siguientes momentos, pero su intención más ambiciosa será la de abrir un espacio hacia atrás, rastreando un posible contínum: violencia política de los años cincuenta; violencia guerrillera (años 60 y 70); violencia terrorista y sicariato (años 90). Se utilizaron seis parámetros críticos de análisis: los procedimientos narrativos de cada obra; la manera como se propone un "nosotros", un imaginario colectivo; el personaje abyecto; las actitudes ante la muerte representadas; la tensión entre visión de mundo del autor y mentalidad del personaje y el lenguaje transcrito desde cada contexto.

Crónicas de la violencia de los años 50: El Pájaro
  
Se seleccionó para este ejercicio, la novela del autor vallecaucano Gustavo Álvarez Gardeazábal: Cóndores no entierran todos los días,  donde el protagonista es una traslación más o menos directa del más famoso de los pájaros  -conocido por eso como "El Cóndor"-: León María Lozano.

Procedimiento novelístico

La novela  está escrita en, lo que el propio autor llama, una prosa no dialogada, y su estructura narrativa se acerca mucho a la de una crónica periodística: recoge distintos testimonios de los hechos, pero los entreteje bajo el signo de lo que podríamos llamar el rumor. Introduce,  además, el mito y las creencias populares (evidentemente exacerbadas por los hechos), no sólo como fuente sino como elemento en la estructura misma de la historia. Esos dos elementos: el rumor y el mito, garantizan que su estatus genérico esté del lado de la ficción.

El imaginario colectivo
              
La novela comienza con la siguiente expresión: "Tuluá jamás ha podido darse cuenta de cuándo comenzó todo". Tuluá es el nombre del pueblo donde ocurren los hechos, pero es también un personaje más que representa la conciencia colectiva. Es descrito como un lugar maldito, pero también como un ser incapaz de tener conciencia de su historia o, más bien, aturdido por una conciencia mítica tan arraigada que le impide percibir los hechos desde una distancia histórica y por eso tiende a re-mitificarlos de nuevo. Así por ejemplo se afirma que ese nueve de abril en que todo comenzó, "Tuluá no quiso grabarse ningún acto de depravación ni las caras de quienes encabezaban la turba, pero si elogió y convirtió en una leyenda la descabellada acción de León María Lozano cuando se opuso con tres hombres... un taco de dinamita y una noción de poder, que nunca más volvió a perder, a que la turba... hiciera lo que en otras ciudades y poblados hicieron ese día..." (Álvarez, 13).

Ese "ellos": los habitantes de Tuluá, que representa la conciencia (o inconsciencia) colectiva, le sirve al narrador para ejercer su función de historiador, es decir, para mostrar (y de este modo contrastar) una visión privilegiada desde una conciencia histórica (ya no mítica) de los hechos. Por eso, al tono mítico de la narración (que se va generando por el uso de fuentes orales y por la inclusión de mitos y creencias populares) se alterna un registro de fechas exactas; una precisión cronológica que es apenas una de las estrategias de deslinde que desea realizar el autor de la obra entre los dos tipos de conciencia puestos en juego en la novela.

Existe así, un narrador personaje privilegiado, un individuo, un héroe, que rescata del olvido, o del embrollo mítico, los hechos, paralelo a ese otro personaje que vive y crece por efecto de la inconsciencia (o conciencia mítica) del pueblo.

A Tuluá, pues, como colectivo (y como símbolo del pueblo colombiano) se le puede reprochar su mala memoria, su percepción equivocada de los hechos, sus sobresaltos inútiles, su miedo, y finalmente su resignación; es decir, su enredo en el mito, que le impide hacer su propia historia.

El personaje abyecto

De mensajero a dueño del puesto de quesos de la plaza pública de mercado y luego a líder de los asesinos de su región durante la violencia guerrillera, León María Lozano, apodado El cóndor, fue un hombre contradictorio. En la novela se le presenta como un hombre piadoso y fanático del partido conservador, machista y celoso pero buen padre, vanidoso pero reservado, cumplidor de su deber y vengativo, calculador pero supersticioso, desinteresado pero rencoroso. Atacado por un asma terrible, siempre anduvo esperando el momento en que se cumpliera la predicción del médico que diagnosticó su muerte por asfixia.

Bajo su responsabilidad aparece un prontuario de  miedo  y de terror, y aunque sólo una vez usó las armas, fue el autor intelectual de masacres y múltiples asesinatos y hasta de la única "sangría fina" que se llevó acabo en Tuluá (y posiblemente en Colombia, según se afirma en la novela), cuando dio la orden de asesinar a siete de los "señores" del pueblo, que habían redactado una carta abierta repudiando sus actividades. Pero es en realidad la doble narración (la del historiador que precisa detalles y la de la fuente popular y la leyenda que los mitifica), la que deja al final un sabor a ambigüedad con relación a su personalidad. ¿Héroe o asesino? Aquí las dos percepciones se cruzan: las del mito y la del historiador, el rumor y la reflexión.

Esa es la causa de la ambigüedad, esa también la estrategia del desenmas-caramiento que utiliza Álvarez frente al personaje, porque ante el peligro de quedarse con la percepción mítica y popular, contrapone la visión distanciada del historiador: escondida bajo la convicción política y religiosa está la hybris.

Aún sí la convicción política y religiosa de León María (que no es más que una manifestación del sincretismo sui géneris con que se han comportado nuestros procesos de modernización) explicara sus actos, no los justifica, en la medida en que  terminaron siendo actos vandálicos que sólo alimentaban su poder y el engrandecimiento de su imagen. Incluso, un hecho tan extraño como el de mandar asesinar a los "señores" a los que servía (que se habían cansado de su imagen),  puede ser visto de nuevo desde las dos ópticas contradictorias: como un acto de heroísmo -o de autonomía-, o como un manifestación más de su hybris, de su deseo de poder. En el primer caso, la perspectiva es mítica, en el segundo, histórica. La ambigüedad es efecto de la estrategia narrativa, pero también es la expresión de nuestro sincretismo sui géneris.

Actitudes ante la muerte

Concordante con la estrategia narrativa, se pueden rastrear en la obra al menos dos tipos de actitud ante la muerte: la que sostiene el pueblo y su visión mítica de los hechos y la que denuncia el historiador: el modus operandi de los pájaros.

Llegaban antes del anochecer, tocaban la puerta, preguntaban por el dueño de la casa, lo hacían salir como se encontrara y sin permitirle siquiera un beso para su mujer o para sus hijos, lo montaban en uno de los carros azules que hacían las noches del Valle del Cauca. Al día siguiente, la mujer y sus hijos tenían que ir al anfiteatro a reclamar el cadáver que casi siempre encontraban unos pescadores del río Cauca o los barrenderos del municipio en la avenida del río Tuluá. No llevaban otra marca distinta que la de los balazos en la nuca o la de las cabuyas con que los amarraban de pies y manos para tirarlos al río (Álvarez, 99).

El sistema se fue perfeccionando tanto en los mecanismos de selección de las víctimas y en su anuncio como en la misma manera de asesinar. León María Lozano  llegó a tener bajos sus órdenes varias bandas que se repartían el territorio para asesinar liberales. "Viajaban en carros azules, sin placas, o en volquetas de la secretaría de obras públicas. Para ellos no regía el toque de queda..." (Álvarez, 95).

Y pronto empezaría la sevicia y el descontrol: los muertos ya no sólo aparecían agujereados, sino que los remataban y los desmembraban; los muertos ya no sólo eran liberales: "los pájaros ya no respetaban recinto. Los escondites no eran válidos ni para liberales ni para conservadores. Si (alguien) no les caía bien, pues lo mataban" (Álvarez, 127). La muerte ya no se hacía solamente en la noche: "Las bandas de León María empezaron  a matar no solamente en sus rondas nocturna, sino a pleno día" (Álvarez, 137). El asunto se salió de cauce: "Los muertos siguieron creciendo y el sadismo empezó  a aparecer en las matanzas... los muertos ya no solamente fueron hombres..." (Álvarez, 139).

Hasta que ese mismo descontrol (que se manifestó con el surgimiento de jefes que ya no respetaban la autoridad del Cóndor)  llevó al cansancio, al enfrentamiento y al miedo de los mismos pájaros: "Los pájaros ya empezaban a tener  miedo. La sangre de tantos muertos, aunque les había hecho costra, ya les estaba pesando" (Álvarez, 146).

En contraste con ésta visón "histórica" de  la muerte, está la visión mítica que se niega a creer que pueda ocurrir a manos de los coterráneos o que mitifica los hechos contundentes, atribuyéndolos a fuerzas sobrenaturales. Tuluá, portador de la conciencia colectiva, siempre evadió los hechos patentes o los reelaboró. En todo caso, aún frente a la evidencia, los habitantes de Tuluá "no pusieron bolas, continuaron con sus versiones fantásticas, comenzaron a ver el Jinete del Apocalipsis y olvidaron la noche de los muertos" (Álvarez, 86).

Esta visión no sólo contrasta con la de denuncia del narrador, sino con la actitud de los orientadores políticos de la guerra que habían armado la rebelión, dotando a las bandas de toda la infraestructura paramilitar.

La otra actitud ante la muerte reseñada es la del propio León María, que oscila entre la superstición, la rutina y el cinismo. León María está convencido de que su propia muerte está predeterminada, de que sólo tiene una manera de morir: la que le vaticina el curandero que le trataba el asma. Pero ante la muerte masiva de la que es responsable se comporta con cinismo.

Autor-personaje

Hemos aclarado ya que la estrategia narrativa de Cóndores, consiste en contrastar la visión mítica con la visión histórica y crítica de los hechos. La novela es relatada por un narrador omnisciente capaz de balancear ambas visiones, un narrador que constantemente enjuicia la visión mítica y actúa como enunciador de la verdad de los hechos y de sus complejas interrelaciones. De modo que la relación entre autor y personaje, se daría en la medida en que aceptemos que el narrador-historiador es, a la vez, portador de la visión de mundo del autor, quien se propone denunciar no sólo los hechos violentos, sino la inmutabilidad de las propias víctimas, en un esfuerzo por crear una conciencia histórica del grave fenómeno de la violencia. Pero recordemos que los dos personajes principales de la novela son El cóndor, a la vez protagonista real de los hechos y leyenda popular; y Tuluá, que se ha antropomorfizado para representar la conciencia colectiva que, si bien avanza, no evoluciona en últimas.

Quizás la mejor metáfora para establecer esta doble relación, sea la que propone el propio autor cuando, al final de su prólogo, afirma que el origen de la  novela está en la visión del niño que ahora ha crecido, es decir que ha tomado conciencia de los hechos.

Crónicas de la violencia guerrillera: El Bandolero

Los textos escogidos para esta parte fueron los que conforman el volumen de relatos: Las muertes de Tirofijo de Arturo Álape. El libro está compuesto por trece relatos, distribuidos en cinco "capítulos": MUJERES, que incluye los relatos: La candela, Yo le llamo valor y El coreguaje amaneció verraco; CURAS, construido por el único relato: La Virgen de Fátima;BANDOLEROS, conformado por el relato: Culebrín; CHULOS, que incluye los relatos: Cuerpos sin sombra; Agonía y muerte del diablo sargento y La cabeza y GUERRILLEROS, con sus relatos: Ricaurte ojos de gato, La verdad, Domingo del difunto, El mono Jorge y Las muertes de Tirofijo.

De alguna manera, esta estructura ya está reflejando la complejización del conflicto que corresponde a lo que hemos llamado, en el marco sobre la violencia, la tercera guerra, caracterizada, como se dijo, porque la dirección militar también es asumida por el pueblo: MUJERES, está dedicada a lo que podríamos llamar el punto de vista del campesino forzado a la guerra, que colabora con la guerrilla, pero que mantiene su esperanza en la vida "normal".
El cuento del capítulo: CURAS, ilustra la sutil participación de la institución religiosa en el conflicto y su toma de posición a favor del estado y del gobierno. El relato acerca del bandolero Culebrín, muestra ya lo que será una anticipación de la cuarta guerra, pues ilustra el fenómeno paramilitar y la aparición de otra "punta" del conflicto que ahora enfrentará facciones rebeldes (en este caso: la "chusma" liberal contra los "comuneros"). El capítulo CHULOS, está dedicada a relatos que protagonizan los miembros del ejército (llamados chulos), así como el deGUERRILLEROS muestra la situación vivida por los miembros de las cuadrillas militares de la guerrilla.

Los cuentos de Álape poseen dos características que van a dinamizar el fenómeno de registro de las "mentalidades": de un lado, la recuperación del habla oral que hace que los cuentos cobren relativa autonomía en relación con la intervención de la "mano" del autor, quien, desde esta perspectiva, seguramente asume una reducción consciente de su papel al de etnógrafo o reportero, dando paso a una versión más limpia y directa de los hechos, sin que esto le reste poesía, pero también sin caer en el folclorismo o el costumbrismo artificiosos.

Lo popular aparece entonces expresado por la lengua regional y por una metaforizaciónparticular, así como, en este caso, por una lengua transformada en medio del mismo conflicto, de modo que el efecto final es la apreciación de seres más vivos y más verosímiles que nos recuperan, a quienes estamos del otros lado (del de la oficialidad, quizá; del de la escritura seguro), lo inédito, la visión del Otro.

De otro lado, cada relato de Álape está "ensamblado", bajo una perspectiva de exposición dialéctica de los conflictos. Es decir, que al material directo e histórico, se le añade la visión de mundo del autor que los rescata de la "simple" realidad, al poner los materiales en juego; un juego que sólo puede ser expresado y dinamizado (tras su reconocimiento) intelectualmente por el autor. Obtener una dimensión de las mentalidades en juego, implica atender esta doble dimensión de los relatos: la expresión más o menos directa del lenguaje popular y la visión del autor que les recupera un sentido.

En función de seis factores de análisis concluimos, respecto de Las Muertes de Tirofijo, lo siguiente:

El procedimiento narrativo
               
El volumen de relatos de Álape formalmente consiste en la reelaboración de materiales históricos directos (testimonios, historias de los campesinos, etc.), disminuyendo así, lo que podríamos llamar la intervención de la mano del autor, al menos en los niveles de lenguaje registrado, y otorgando la posibilidad de una escucha del otro, con lo que la recuperación de mentalidades y de una consciencia colectiva se hace más transparente. La estrategia de reelaboración deja ver, sin embargo, la ideología del autor, en la medida en que el estatus significativo de los relatos se ofrece a partir de una estructura dialéctica de exposición de conflictos en cada relato. Esta exposición dialéctica, tiene la ventaja de otorgar al lector la posibilidad aposteriori de elaborar una resolución particular que puede o no coincidir con la propuesta en el cuento.

Un nosotros

La recuperación de una conciencia colectiva (o de un inconsciente colectivo) es posible en el texto gracias al planteamiento de un "ellos" que constantemente se pone en juego, ya sea para expresarse en relación con el ejército (ellos: los chulos) -cuando son los campesinos guerrilleros los que toman la palabra-, o en relación con la guerrilla, como en el cuento Culebrín, en el que la visión se da desde un enemigo, desde el otro que se refiere a un ellos: lo comuneros. En el cuento El Mono Jorge, también se da una relativización de estas perspectivas cuando el protagonista es observado por los dos bandos y él tiene que decidir por uno de ellos. Este juego permite recuperar algunas constantes de identidad, muy claras para el grupo que podríamos denominar "protagonista" de los relatos (el campesinado guerrillero): la lucha como modus vivendi;  una convicción de su destino; la necesidad de contar con elementos de cohesión frente al peligro constante de disolución; el lenguaje que el conflicto les ha obligado a construir, etc.

El personaje
                    
Podemos afirmar que el personaje de los cuentos de Álape es el colectivo que representa a los campesinos inmersos en la lucha guerrillera y que han hecho de ella  un modus vivendi. En este sentido, la abyección no estaría presente de forma directa o trasparente, en la medida en que hay una visible convicción e integración. La cohesión ideológica colectiva facilita esta integración y esta posición de identidad cultural. Hay sin embargo un cuento en que aparece un personaje abyecto: Culebrín, un mercenario que juega no a una idea, no a un destino, sino a calmar su sed de venganza y descubre en el camino la posibilidad de hacer de la violencia un modo de vida, su posibilidad no tanto de sobrevivir, como de bienvivir a costa de la desgracia de otros. El asunto de la venganza también aparece en otro cuento: Cuerpos sin sombra. Ahí, como también en el cuento del Mono Jorge, es posible vislumbrar un planteamiento de factores potencialmente desintegradores. Si lo que se construye es una imagen del "ellos" y no una realidad del ellos, es posible que más monos Jorge se desaten; si lo que enmascara la integración colectiva es en realidad una sed de venganza, entonces habría allí un punto de fuga, una posibilidad de desintegración; incluso un potencial de abyección que surgiría precisamente cuando a cada quien le dé por actuar solo.

Actitudes ante la muerte

El cuento que mejor relata las actitudes ante la muerte es el de Culebrín, en el que la queja se traduce en un "nos cambiaron la muerte natural por la muerte afusilada". En este caso, el mercenario actuará como el "pájaro" en las crónicas de la violencia de los años cincuenta. En el cuento La cabeza, se expone también una actitud de sevicia, cuando los Chulos le muestran la cabeza de su marido a la protagonista. Pero la muerte puede ser a también un simple dato, una estadística que necesita ser oficializada, como en le cuento Domingo de Difuntos, o una consecuencia del mal vivir como en La agonía del diablo sargento, o un deseo nunca satisfecho, como en el caso de Las muertes de Tirofijo, donde la muerte de Don Manuel es también siempre un renacimiento.

Relación autor-personaje

Afirmábamos que el procedimiento narrativo empleado por Álape transparentaba mejor la mentalidad que la estrategia de Álvarez en Cóndores, precisamente porque la traslación del lenguaje oral expresa en forma directa esta mentalidad. Pero la otra estrategia, la estructuración dialéctica de los cuentos, deja ver la ideología con la que Álape integra la realidad, es decir le da sentido. En este caso, los personajes y su lenguaje y su mentalidad son significativos solo en la medida en que el autor los inserta en su estructura ideológica. Sólo así, recuperada su dialéctica, los hechos y los personajes que actúan entra en el circuito de sentido del autor. Es decir, que no basta con la recuperación directa de los hechos y del lenguaje, sino que se hace necesaria la intervención del autor, de su visión de mundo para que se alcance una significación.

El lenguaje

Hemos insistido en la recuperación del lenguaje directo. La estrategia de Álape es valiosa en la medida en que el lenguaje utilizado es el de los protagonistas, de modo que la expresión de su mentalidad -una mentalidad inmersa en el conflicto- surge desde la misma expresión de ese conflicto. El conflicto se nombra con un lenguaje especial: los chulos, los comuneros, los collarejos, las camisa azul, los camisa rojo, ellos; lenguaje que sobrevive y envuelve toda la realidad de esa lucha. Es por la lucha que se nombra el mundo; el sociolecto de los campesinos les permite integrar una identidad cultural que se hereda, pero que, a su vez, genera visones estrechas del mundo, como es evidente en el cuento del mono Jorge, en el cual lo que se le cuenta al mono es lo único que conoce el muchacho, pero cuando enfrenta la realidad lo primero que hace es cambiarse el nombre y (de ahí en adelante) cambiarle el nombre a lo demás. Así el lenguaje muestra su relatividad: de un lado genera identidad cultural, deviene sociolecto; de otro, estrecha la realidad  misma a confines  que pueden resultar peligrosos para la supervivencia misma del grupo. Pero en ambos casos, está presente en forma directa, fresca, dispuesto para que el lector saque sus propias conclusiones, extraiga de allí la mentalidad de sus protagonistas; como antes en la estrategia de la dialéctica que también le da esa libertad al lector de hallar en la contradicción una realidad no definida de antemano.

Crónicas de la violencia del narcotráfico: El Sicario
  
Para esta parte se seleccionó la novela La virgen de los sicarios de Fernando Vallejo (Bogotá: Alfaguara, 1994).

Ya de lo abrupto, poético, patético y hermoso de la realidad de la lucha que había en la obra de Álape, no queda aquí sino lo abrupto y patético de una realidad que no se sabe muy bien si es de lucha, de supervivencia o de hybris llevada a su máxima expresión.

Ya sin ningún tipo de máscara, el héroe abyecto se retrata en su magnificencia: el sicario. Aquí, también está el colombiano "capaz de todo" del que nos habla García Márquez: ambiguo, para el que vivir es igual que morir, para el que la ternura es tan valiosa como la más cruda venganza, para quien matar es un acto cotidiano. Y ya no hay bandera política o moral, sino una especie de codificación vaporosa y compleja, que, desde un inconsciente colectivo, dicta leyes y comportamientos.

En la novela se narra la historia de dos de estos sicarios: Alexis y Wilmar. Su prontuario es casi inconcebible, tanto que el narrador "pierde la cuenta" de sus asesinatos. Ambos son jóvenes, habitantes de los barrios marginales de Medellín, homosexuales (de ahí su cercanía al narrador: un viejo pederasta) y bellos. No importa ya si han sido extraídos de la vida real o son pura invención del autor, lo cierto es que las fronteras también se han borrado: ¿qué es más inverosímil: esta novela o la horrenda  realidad de la violencia sicarial de Medellín en sus momentos más álgidos?

Procedimiento narrativo
                              
La novela está presentada como una crónica escrita por un hombre culto ("el último de los gramáticos colombianos" se llama a sí mismo el narrador): Don Fernando, quien registra la historia de su relación con dos de sus amantes: Alexis y Wilmar, jóvenes sicarios homosexuales, que viven con él (uno primero: Alexis, después el otro), durante un tiempo: el tiempo que les dura la vida, porque están inmersos en medio de la muerte cotidiana que ellos  mismos promueven a diario.

La escritura y la oralidad se entrecruzan en esta crónica, de manera que por un lado leemos la historia y, paralelamente, escuchamos la jerga y el lenguaje del sicario, hasta el punto de que incluso vamos reconociendo su sentido, su etimología, su sintaxis (no es gratuito que don Fernando sea un gramático asombrado por la capacidad de expresión de este lenguaje urbano de los sicarios, por este sociolecto macabro). Como consecuencia, podemos percibir dos visones de mundo: la del culto (escéptico, nihilista, critico a ultranza) y la del sicario (también escéptico, también nihilista, pero inculto) que esta vez no chocan sino que, de alguna manera extraña, conviven.

La escritura se presta para la ironía del narrador, tanto como para el asombro y el escepticismo simultáneos; y a pesar de mostrar constantemente sus competencias como gramático y literato, desconfía de la academia, sobre todo cuando ésta intenta acercase al mundo real de los sicarios. Bajo su mirada escéptica no queda títere con cabeza. Todo es criticado hasta su destrucción; sólo el amor (y uno en particular: el homosexual, un amor sin salida, sin futuro) es reivindicado. Todos los valores se han extraviado y él, aunque se siente un poco incómodo, termina instalándose en medio del caos, consciente de que ya no hay tiempo para nostalgias o golpes de pecho.

La tradicional estrategia del narrador que se asombra a su regreso de la manera cómo han cambiado las cosas que ha dejado, es apenas aquí un pretexto, un punto de partida que no cumple con lo que comúnmente se espera de una dinámica de evocación nostálgica. Más bien el tono va cambiando a medida que avanza su recuento y de la incipiente nostalgia del comienzo no queda al final ni rastro, pues le narración da paso a la desazón y el escepticismo.

El inconsciente colectivo. El nosotros

La estrategia de un nosotros que revela el inconsciente colectivo se ofrece en esta novela a través de dos mecanismos: 1: la explicación que se da de la jerga del sicario (descripción del sociolecto de los sicarios), y que abordaremos al final  de este análisis; y, 2: la mención constante de una entidad abstracta: Colombia o, mejor aún,  la raza colombiana.

Como antes en Cóndores -donde esta estrategia se utilizaba para un lugar específico de Colombia: Tuluá- aquí la mención de Colombia. Le sirve al narrador para dar cuenta de un comportamiento extendido que pueda mostrar lo más general de nuestro inconsciente colectivo. Sólo que con dos diferencias: de un lado, ya no se menciona sólo un lugar, sino a todo el país. Las diferencias regionales se han superado para encontrar que el comportamiento violento, corrupto y mezquino, se ha generalizado a tal punto que ya no valen los bandos o las autonomías regionales. De otro, la actitud general, aunque sigue siendo de inconsciencia, ya no se le puede achacar al mito, a la lógica de un mito, primero porque la proporción ciudad/campo que antes servía para comprender al país, ahora se ha invertido y la mayoría de loa población vive en las ciudades, en medio de la modernización (es decir, que lo tradicional ya no sirve para separar a premodernos de modernos), segundo porque se vive bajo la ley de la hybris, del "primero yo, segundo yo y tercero yo", es decir, bajo la ley de lo individualista como valor primordial (de modo que la identidad cultural que da el mito se ha perdido por completo). Colombia es, así, más que un espacio, una entidad que abarca lo negativo de nuestra cultura: corrupción, anarquismo, ingobernabilidad, mezquindad.

El personaje abyecto      

La hybris aquí ya no solamente se ha tomado al personaje (al doble personaje si se quiere: al sicario y a Colombia), sino que también está presente en el narrador. Si en Cóndores, el narrador se diferenciaba de sus personajes porque poseía una visión privilegiada (y podía por eso abocarse el derecho a la denuncia) y en Las Muertes de Tirofijo, apenas se inmiscuía en el relato, dejando que el personaje hablara por sí mismo, aquí hace parte de la misma realidad, está nivelado por la misma hybris, que apenas se manifiesta en forma diversa: es tan abyecto el hombre culto, como el sicario; está tan apartado de los valores tanto como el sicario. Por eso es que no puede haber sino patetismo en la narración: ya no hay lugar para la ambigüedad y mucho menos para la poesía y la belleza (al menos como se entiende en un modo clásico). La voz del narrador está llena de amargura y resentimiento, de deseos de destruir lo que ya no tiene sentido "ordenar".

Podríamos afirmar que esa hybris generalizada encuentra en la estrategia de la novela su complementariedad perfecta. Mientras el narrador -la visión privilegiada que es capaz de comprender el fenómeno, pero también la sinsalida- habla; el otro, el sicario -el efecto de la circunstancia, también contagiado de la hybris, del sinsentido- actúa.  La abyección se cierra de un modo diabólico: no hay escapatoria. Por eso el tono de la narración llega a ser el del regodeo y el patetismo, por eso también la sensación de estar, no en un círculo vicioso, sino en medio de una espiral diabólica. El prontuario que don Fernando nos narra con todo su detalle, incluye quince asesinatos (algunos colectivos), y sólo termina cuando el propio Alexis es asesinado por un problema entre bandas.

Lo interesante es que casi todos esos asesinatos son consecuencia de la expresión de esas quejas y de esos deseos, en principio "inocentes", que expresa Fernando y que son realizados con una complacencia inaudita por parte de Alexis. Basta que Fernando se queje ahora del ruido que hace la radio de un taxista para que éste muera de un balazo que le pega Alexis. Basta que Fernando se queje de la mezquindad de una camarera, para que Alexis la asesine. La hybris se conjuga y se complementa de tal modo que hablar y actuar se vuelven una misma cosa.

Alexis no habla, no se queja, actúa. Fernando no actúa pero se queja. De este modo Alexis se convierte en un "Ángel exterminador" que acerca el deseo a la realidad con la complacencia cada vez más evidente de Fernando. Basta que abra la boca y su deseo se cumple.

En realidad Alexis, y después Wilmar -quien también va a ser otro Ángel Exterminador (y seguramente el que siga a Wilmar)-, hacen parte de lo que podríamos llamar, siguiendo a Alfonso Salazar , el delincuente juvenil, cuya  proliferación obedece a causas muy complejas, pero que puede ser descrito en términos de una identidad común: la banda. Según Salazar, el joven de la "gallada" obedece a ciertos rasgos comunes: el sentido de percepción de grupo, el sentido de territorialidad, el lenguaje y los códigos, la desaparición de la fronteras entre el bien y el mal; todo lo cual constituye y refuerza una mentalidad, cuyos "códigos" fundamentales son: el estatus de la valentía y el poder de consumo, la ambigua definición de lo bueno y lo malo, la lealtad, la no distinción ni promoción de ideales y una ruptura con la tradicional sacralización de la muerte (Salazar, 136-139).

Actitudes ante la muerte
               
Precisamente, esta ruptura frente a la tradicional sacralización ante la muerte, marca la principal actitud retratada en la obra.. Esta desacralización se da tanto en el narrador como en los dos protagonistas: Alexis y Wilmar. La muerte como algo cotidiano para lo sicarios, la muerte como el alivio de una vida dolorosa que nunca debió brotar. Claro que también se retrata el regodeo de la gente común con la muerte, la actitud generalizada que espera siempre la muerte del otro para gozarla. El corrillo  se vuelve una metáfora de ese regodeo colectivo: el espacio para ocultarse en la masa y gozar con la desgracia del otro.


El lenguaje
                              
Aprovechando uno de los elementos de la estrategia narrativa de la novela: la caracterización del narrador como gramático, nos enteramos de la jerga del sicario. Sin tener que recurrir a un glosario, Fernando nos va explicando cada término que emplean sus amantes:

[El sicario] No habla español, habla en argot o jerga. Es la jerga de las comunas o argot comunero que está formado en esencia de un viejo fondo de idioma local de Antioquia..., más una que otra supervivencia del malevo antiguo del barrio Guayaquil, ya demolido, que hablaron sus cuchilleros, ya muertos: y, en fin,  de una serie de vocablos y giros nuevos, feos, para designar ciertos conceptos viejos: matar, morir, el muerto, el revólver, la policía... Un ejemplo: "¿Entonces qué, parce, vientos o maletas?’ ¿Qué dijo? Dijo: "Hola hijo de puta". Es un saludo de rufianes (Vallejo, 26).

En general, el uso y descripción de la jerga es aquí una estrategia que informa muy eficazmente sobre la mentalidad del sicario, su visión de mundo y sus sentimientos. Sirve también para reconocer algunas de la dinámicas que paradójicamente dan identidad cultural (como subcultura) a los jóvenes sicarios.

El argot "expresa una nueva conceptualización de la vida y de la muerte -afirma Alfonso Salazar -, de la religiosidad y las relaciones interpersonales, y plantea preguntas a fondo a nuestra cultura: ¿qué pasa en una sociedad cuando a quien muere se le llama muñeco?". Según Salazar, este habla refleja  la actitud de intolerancia y desenfreno que predomina en la sociedad y la transformación de las relaciones sociales y de los valores: "Las palabras no son gratuitas, son portadoras de un axiología donde la agresión y la desvalorización del otro predominan como forma de relación". Ahora, ¿bajo esta máscara del sarcasmo, de la impunidad, del escepticismo y de la hybris del narrador de la novela, no hay también una pregunta similar, un llamado a la esperanza?

Autor-personaje

Hemos podido hablar de tres personajes: el sicario (llámese Alexis, La Plaga o Wilmar, parecen al fin los mismos, o peor aún, el mismo), Colombia, como país, como raza, como colectivo y el propio narrador. Esta figura del narrador se acerca mucho al autor, en la medida en que no sólo es un cronista (como en Cóndores), sino que es abiertamente alguien que participa de la historia, la juzga y la promueve. Al elegir esa cercanía y al evadir la poesía para darle paso a lo patético, el autor está proponiendo una destrucción de las fronteras entre realidad y ficción: si la poesía y la belleza clásica no han cumplido con la función de transmitir la verdad, quizás sea necesario entonces ofrecerla en su más crudo realismo. Si eso es así, el autor no puede ponerle máscaras a nada, ni siquiera a su escritura: debe explicitarse, sacar, del fondo de su alma, su más íntima posición. A Fernando Vallejo no le importa la belleza, sino el asombro: promoverlo, incluso exagerarlo, para abrir la conciencia en un país que no quiere verse a sí mismo como es.

Constancias y congruencias
   
Tres relatos, tres momentos, tres maneras de narrar, pero, en últimas, tres manifestaciones de la abyección, de la falla institucional, de la inaudita imposición de caminos que estalla en consecuencias tan terribles como las que prevé Rubén Jaramillo; en la imposibilidad de controlar la pesadilla, en la imposibilidad de controlar a quien entra o sale de ella. Qué son los tres autores, sino seres asombrados y a la vez fascinados por lo mismo; qué son sus personajes sino máscaras de una misma hybris que ya no tiene manera de ocultarse. Qué son estas novelas, sino terribles testimonios.

El tipo de violencia cambia, los modus operandi son distintos, quizás las justificaciones varían, pero el efecto es el mismo: la muerte se vuelve una constante; nuestra conciencia se arrastra por el laberinto y ya nadie sabe a dónde vamos a parar. Creo que la revisión de estas tres novelas, nos permite comprobar, de un lado lo que Augusto Escobar propone: que la violencia genera toda una tradición literaria en Colombia, pero también que la mirada de larga duración es necesaria; que ya no podemos creer que la violencia pasó: está ahí; agazapada, presente, multifacética; y no puede ser una la mirada; se requieren muchos exámenes, antes de dar una respuesta. El examen de la mentalidad violenta, puede ser una de esas caras que necesitamos ver: no se trata de reducir el problema, se trata de comprenderlo desde todas la perspectivas y creemos que la alianza entre literatura  e historia de las mentalidades ha resultado de una importancia vital.


Bibliografía

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ALBERRO, Solange. La historia de las mentalidades: trayectoria y perspectivas. En: Revista Hmex, XLII: 2, 1992.

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ESCOBAR, Augusto. La violencia: ¿generadora de una tradición literaria? En: Revista Gaceta de COLCULTURA # 37. Bogotá: diciembre de 1996, ps. 21- 29

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PIOTROWSKY, Bodgran. La realidad nacional colombiana en su narrativa contemporánea (aspectos antropológico-culturales e históricos). Bogotá: Instituto Caro y Cuervo, 1988)

SÁNCHEZ, Gonzalo y Peñaranda, Ricardo (Eds.). Pasado y presente de la violencia en Colombia. Segunda edición. Bogotá: CERC, 1991.

SALAZAR, Alfonso. La resurrección de Desquite. en: GACETA de COLCULTURA #8, agosto/septiembre de 1990, ps. 32-35    


SALAZAR, Alfonso y Jaramillo, Ana María. Medellín: Las subculturas del narcotráfico. Bogotá: CINEP, 1996

VAINFAS, Ronaldo. De la historia de las mentalidades a la historia cultural. En: Anuario colombiano de historia social y de la cultura, #23, 1996.

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ZIMMA, Pierre. Hacia una sociología del texto. En: revista Argumentos, #8/9, agosto de 1994.
Las obras analizadas

ÁLAPE, Arturo. Las muertes de Tirofijo. Bogotá: Plaza y Janés, 1978.

ÁLVAREZ GARDEAZABAL, Gustavo. Cóndores no entierran todos los días. Cuarta edición. Bogotá: Plaza y Janés, 1995.

VALLEJO, Fernando. La Virgen de los sicarios. Segunda edición. Bogotá: Alfaguara, 1996.



http://www.javeriana.edu.co/narrativa_colombiana/contenido/bibliograf/jar_otrostxt/pajaros/008.html



Violencia política en Colombia.
 Paradojas e institucionalización  de una   disfunción*

William Ortiz Jiménez**
En: “Civilizar 12 (22): 129-142, enero-junio de 2012”. Pág. 132

La paradoja colombiana


Colombia vive desde hace más de medio siglo una situación de violencia generalizada en la que se entrecruzan motivaciones políticas, económicas y sociales y donde el uso intencional y desmedido de la fuerza ha devenido un rasgo predominante de las relaciones sociales.

Una forma esquemática de resumir lo que acontece hoy en el país empezaría por señalar la existencia de tres actores armados principales: uno legal, las Fuerzas Armadas colombianas; tres ilegales: las guerrillas históricas (Farc, ELN y los grupos paramilitares).

Sin embargo, una presentación tal pierde de vista las imbricaciones complejas entre estos actores, la presencia de otros emergentes (nuevas bandas criminales) que aún no logran visibilidad internacional y el rol central ocupado por el narcotráfico en los últimos 30 años.

De ahí que, aun cuando haya quienes generalicen afirmando que se trata de una sola y misma violencia desde los cincuenta, lo cierto es que el conflicto colombiano posee una capacidad de mutación y reconversión tal, tanto de sus actores como de sus estrategias y finalidades, que hace poco apropiado pensar los hechos actuales bajo la grilla de las décadas anteriores.

Más allá de la complejidad evidenciada, la violencia en Colombia ha dejado marcas imborrables: más de 30.000 muertos y desaparecidos por razones que se presumen políticas en los últimos 20 años, más de cinco millones de personas desplazadas forzosamente de sus territorios en el mismo periodo, la eliminación total y sistemática de 3500 militantes de un partido político (la Unión Patriótica) y una crisis social y humanitaria que tiene a más del 60% de la población en situación de pobreza, todo como producto de un conflicto por la tierra y los recursos que está sin resolver, sumado a un grado altísimo de corrupción e impunidad que atraviesa gran parte de las instituciones políticas y revela sus lazos con el paramilitarismo y el narcotráfico.

No obstante, la situación descrita, Colombia se destaca en el concierto de países latinoamericanos por mantener su tradición democrática y liberal, por la ausencia de gobiernos dictatoriales en su historia republicana (con excepción de la corta “dictablanda” del general Rojas Pinilla en 1957), por su apego a las leyes de la disputa electoral y por su relativa estabilidad
económica.
¿Cómo puede convivir un país con tal contradicción?

domingo, septiembre 16, 2018


Diez años de la caída de Lehman Brothers 

una  banca de inversión de más de 150 

años, y se quebró el 15 de septiembre de 

2008. ¿Cómo se gestó?


El Espectador Economía   14 Sep. 2018 - 9:11 PM Diego Guevara. Profesor Escuela de Economía de la Universidad Nacional.

La quiebra de esta banca de inversión marcó el inicio de la crisis financiera más grande y profunda desde la depresión de 1929. 

Aunque a Colombia no le fue tan mal en 2008, podría verse en serios problemas si se presenta un nuevo choque de esta magnitud. En 2020 sería la siguiente gran recesión.

Hace diez años Lehman Brothers, una banca de inversión con cerca de 150 años de historia y uno de los conglomerados más reconocidos en Wall Street, colapsó y se originó un efecto dominó sobre todo el sistema financiero norteamericano y global. Este rápido contagio dio pie a la gran recesión, la crisis financiera más grande en el último siglo, después del crack de 1929, también conocido como la gran depresión. La caída puso en evidencia el mal comportamiento de los activos asociados a las hipotecas subprime (hipotecas de alto riesgo) que venía ocurriendo en Estados Unidos desde 2007. (Lea Así sonó el crack económico del 2008)
Lehman había direccionado una gran parte de su portafolio a activos tóxicos permeados por las hipotecas otorgadas a población con baja capacidad de pago. El 15 de septiembre de 2008, con la declaración en bancarrota del otrora gran banco de inversión, se marcaba el inicio de una de las turbulencias económicas más grandes de todos los tiempos, que rápidamente contagió los mercados financieros del mundo y se extendió a las crisis de deuda de las economías europeas en los años venideros.(Lea Cuidado con estas economías: Argentina, Turquía y Sudáfrica).

Fue el detonante que puso en jaque la compleja y riesgosa arquitectura financiera que se había formado desde comienzo del nuevo milenio. El fenómeno de la financiarización —la dimensión negativa y problemática del auge de instrumentos financieros— y condiciones macroeconómicas aparentemente estables formaban el coctel perfecto para engendrar una futura crisis. Claramente la de 2008 fue el resultado de una etapa “financiarizada” del capitalismo de los últimos 40 años.

El reconocido economista norteamericano Hyman Minsky afirmaba que la estabilidad genera inestabilidad, y, al parecer, este fue uno de los puntos clave en la crisis de hace una década. Después del desplome de las empresas de internet (crisis de las .com ) y los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, la economía norteamericana tuvo una rápida recuperación y las condiciones estables generaron que los actores económicos mejoraran sus expectativas e invirtieran en títulos más rentables y sofisticados, pero más riesgosos. Esto crearía escenarios de mayor vulnerabilidad, como ya lo había previsto Minsky.

Al revisar los datos de crecimiento en el valor de los derivados (activos cuyo valor depende de un activo subyacente) negociados en los mercados menos regulados se encuentra que pasaron de valores inferiores a los US$2 billones a finales del siglo XX a valores entre US$4 y US$6 billones semestralmente para 2007. Incluso, para el caso de los contratos derivados vinculados a tasas de interés, el valor llegó a superar los US$10 billones unos meses antes de la gran recesión.

Es claro entonces que la crisis de hace una década no fue un simple asunto de acciones irresponsables de algunos actores, o una falta de regulación, sino el resultado de la inherente inestabilidad de un sistema con una arquitectura financiera compleja, interconectada y globalizada, que aún sigue en pie en nuestros días.

Las repercusiones de la crisis de 2008 aún se sienten. Según el portal Bloomberg, solo en Estados Unidos US$1,4 billones en el ámbito del producto anual nunca serán recuperados, y la pérdida afectó principalmente a los más pobres. De hecho, los discursos populistas que llevaron a Donald Trump a la Casa Blanca tocan a la población que nunca pudo volver a tener un buen nivel de vida después de la crisis y, por lo tanto, son personas que abrazaron el mensaje de “make America great again”. Adicionalmente, la crisis disparó las cifras de endeudamiento nacional y dejó un menor espacio de juego a las autoridades fiscales y monetarias ante futuras crisis.

Para el caso colombiano muchos hacedores de política (policy makers) se aventuraron a decir en su momento que el país estaba blindado ante la crisis. No obstante, que el país no haya salido tan mal librado de este episodio tiene que ver precisamente con que muchos capitales se refugiaron en economías emergentes que estaban jalonadas por el boom de las commodities cuando los países desarrollados pasaban dificultades. Hoy la situación es diferente, pues el ciclo de altos precios de materias primas ya no está. Y ante una nueva crisis, el golpe puede ser certero ante la creciente dependencia externa de Colombia y por la mayor vulnerabilidad a paradas repentinas de la entrada de flujos de capital.

Hoy, diez años después, la economía norteamericana parece haber retomado su buen rumbo alrededor de la lectura de los datos macroeconómicos. Sin embargo, el grado de complejidad financiera no ha cambiado significativamente. La financiarización de la economía mundial crece cada vez más, en aspectos que van desde una mayor penetración del mercado de valores en las familias hasta una configuración más riesgosa de los portafolios de fondos de pensión en países emergentes: con títulos complejos y foráneos, como los que originaron la crisis.

Algunos dirán que los acuerdos de Basilea -acuerdos sobre supervisión bancaria- posteriores a la crisis han mejorado los niveles de provisión de los bancos y que, por lo tanto, las posibilidades de una nueva crisis son menores. Sin embargo, hoy la diversidad de agentes financieros, como fondos institucionales, fondos de cobertura y otros agentes emisores, también crean mayores riesgos. Hace unos días Nuriel Roubini, uno de los economistas que predijeron la crisis de 2008, aseguró en su columna en Financial Times que 2020 sería el año de la siguiente crisis. Predecir el futuro no es tarea fácil y es posible que la exactitud de Roubini falle esta vez. Lo que sí es cierto es que en una economía con unas finanzas globales altamente desreguladas y una mayor desigualdad en el planeta, las posibilidades de una próxima crisis financiera de igual envergadura no se pueden descartar.

https://www.elespectador.com/economia/diez-anos-de-la-caida-de-lehman-brothers-articulo-812219


Mi  quiebra en Wall Street

                  Bancarrota de LEHMAN BROTHERS en 2008

                 El Espectador   Economía 15 Sep. 2018 por Nelson Fredy Padilla

Se cumplen diez años de uno de los colapsos más grandes de la economía mundial. Testimonio de un periodista que salió bastante defraudado.

Difícil olvidarlo: 15 de septiembre de 2008. Mauricio, mi asesor financiero en el Citibank, me llamó a primera hora.
— El banco nos pidió citar a todos los inversionistas para replantear de urgencia su portafolio.
— No entiendo. ¿Qué pasó?
— ¿No está viendo CNN? El banco de inversión Lehman Brothers se declaró en bancarrota, la Reserva Federal de Estados Unidos está en emergencia, el Dow Jones cayó 160 puntos.
— ¿Y eso qué significa?
— Que estamos en una crisis grave. Nunca había bajado tanto desde los atentados del 11 de septiembre. El sistema financiero necesita US$700 mil millones para no colapsar.
— ¿Está diciéndome que perdí mis ahorros?
— No todos, pero es mejor que venga lo más pronto que pueda para que lleguemos a un acuerdo.

Me acababa de soltar una noticia mundial, pero mi olfato periodístico quedó anulado. No corrí hacia El Espectador, sino hacia el banco, a defender mis intereses. Llegué asustado a la avenida Chile, el atractivo centro financiero de Bogotá. Allí estaba la oficina principal del Citibank (ahora Scotiabank Colpatria). Me recibieron en el parqueadero para “clientes especiales”. A un paso estaba el ascensor privado, pero estaba repleto y opté por correr escaleras arriba.

En el primer piso había ahorradores reclamando “regalitos” por usar la tarjeta de crédito de manera compulsiva. En el segundo hacían largas filas los ahorradores de a pie. En el tercero estaban los “adinerados”, los clientes Citigold como yo. Lo recibían a uno con café de primera calidad y lo invitaban a sentarse en un recibidor de poltronas. Al frente había pantallas gigantes que actualizaban al instante los indicadores de las principales bolsas del mundo. Todos fingían entender gráficos y cifras, o que leían The Economist.

La decoración era retro. Los muros exponían retratos en blanco y negro que mostraban personas en estado de relajación. Se veían seguras, dichosas, disfrutando de la vida. La primera vez que subí me dije: después de tantos años de trabajo, este es el nivel que merezco. Recuerdo que estaba entre el gentío del segundo piso y Mauricio me convenció de que con el dinero que tenía podía abrir un pequeño portafolio de inversiones.

— ¿Cuánto hay que arriesgar?
— US$25 mil es el mínimo.

Así me invitaron al tercer piso. Parecía fácil. Solo era cuestión de “escoger los fondos de inversión indicados, sacarle el jugo a la globalización”. Y, sobre todo, “no dejar todos los huevos en una sola canasta”. Un porcentaje en bonos del gobierno americano, otro en acciones de la industria farmacéutica, algunas más en no sé qué de la isla Bermuda, en fin, al cabo de un año podía ganar un 30 % más de la inversión. No volví a usar tarjetas azules sino doradas. Mi nombre estaba escrito en relieve y al lado la NY de Nueva York.
Podía sacar dólares de los cajeros. Veía en el noticiero a los poderosos tocando la campanita de apertura en Wall Street y me sentía parte de ese club.

Todo parecía ir sobre ruedas hasta aquel lunes negro. Llegué agitado al tercer piso y me encontré con muchas caras de amargura. Todos se habían guardado las ínfulas de plenitud. Nadie estaba sentado en las poltronas.

Todos parados esperando explicaciones. No pedí café, sino agua aromática. “Ya miro a ver si me queda”, me dijo la señora del servicio. Mauricio, el ejecutivo amable y calmado que me metió en el ojo del huracán financiero, apareció en actitud nerviosa. Me invitó a una de las oficinas desde la que podíamos llamar a Nueva York, a Miami o a donde fuera para mover la inversión a conveniencia. Traía dos hojas en la mano. Era el estado de mi cuenta. Había perdido 30 % de los ahorros de mi vida en un amanecer.

Me quedé sin palabras mientras él intentaba consolarme: “Como su inversión es pequeña, sus pérdidas son menores”. Me señaló a una pareja en la sala del frente: “Ellos perdieron como US$15 millones”. No sabía si desahogar mi indignación contra él o contra los malditos cuadros. Por dentro maldecía por haber caído en la tentación, por dármelas de rico. Recompusimos el paquete para no seguir perdiendo al mismo ritmo. En algún momento le dije a Mauricio que quería retirar como fuera lo que me quedaba, pero él me explicó que no debía hacerlo antes de cinco años, que eso implicaba penalidades mayores, que era mejor esperar a que la crisis cediera.

Salí deprimido, no bajé por el ascensor sino por la escalera. Había un letrero de precaución para piso resbaloso. La gente del segundo nivel seguía en fila. La envidié. La del primero salía feliz con su sanduchera. Me fui sin nada. Nunca antes le había prestado atención al secretario del Tesoro de Estados Unidos. Tuve pesadillas con los ojos desorbitados de Henry Paulson. Huía con mi dinero y no lograba alcanzarlo por más que corría.

En noviembre de 2008 las noticias seguían informando de la crisis del Citigroup, de miles de despidos en sus oficinas en un centenar de países, de su posible venta. Llamé a Mauricio. Le dije que quería retirar lo que me quedaba antes de que cayera también el gran banco de Nueva York desde 1812. “¡Admite pérdidas de US$10.000 millones!”, le insisto. Me pide calma: “Aguante hasta Año Nuevo”.

Lo confieso. Todos los días me levantaba, ponía CNN y cruzaba los dedos para que la economía gringa se recuperara. Sin embargo, el panorama no cambió para mí en 2009 ni después. En las calles colombianas la realidad no era mejor. Se hablaba de la quiebra de miles de codiciosos por cuenta de las llamadas pirámides en cabeza del Grupo DMG (David Murcia Guzmán), que prometía duplicar los ahorros en cuestión de meses, y que había sido mi segunda opción antes del Citibank. Me salvé de la defraudación en la autopista Norte de Bogotá y caí en la de la Gran Manzana.

Luego me enteré de que el nobel de economía Paul Krugman había advertido cuatro años atrás que los especuladores estaban inflando las bolsas del mundo y que iban a explotar. “La crisis será cruel, brutal y larga”, se ufanó en las páginas de El Espectador tras el estallido. Sal a la herida. Diez años después no me quejo: soy cuentahabiente de primer piso y acumulo puntos.

https://www.elespectador.com/economia/mi-quiebra-en-wall-street-articulo-812330


Cuidado  con estas economías: Argentina, Turquía y Sudáfrica             
                            
El Espectador   Camilo  Vega Barbosa

Debido al fortalecimiento del dólar en el mundo, estos son los países que por sus indicadores y problemas internos se muestran como los más riesgosos ante los inversionistas. Mientras que el petróleo no se desplome, Colombia estaría blindada de una fuga de capitales.

La economía mundial registra récord de endeudamiento de más de US$164 billones en 2017, según el Fondo Monetario Internacional. AFP.


Han pasado diez años desde la crisis financiera de 2008, y el escenario actual es mixto. Por un lado, se encuentra Estados Unidos, que refleja excelentes indicadores, como el máximo de nueve años que registró el reporte del salario promedio por hora en el informe de nóminas no agrícolas. Y del otro se encuentran las economías emergentes, que por sus problemas internos están sufriendo precisamente por la fortaleza de la economía estadounidense. Y son Argentina, Turquía y Sudáfrica las naciones que se muestran más vulnerables. (Lea La encrucijada argentina).

De acuerdo con Juan David Ballén, jefe de investigaciones económicas, “la razón de que estos países estén en el ojo del huracán se debe a que los inversionistas internacionales están mostrando especial repudio sobre las naciones que tienen un elevado déficit gémelo: es decir un alto déficit fiscal y de cuenta corriente (déficit de cuenta corriente alto). Y son precisamente estas tres naciones las que lideran el ranquin mundial de este indicador, siendo Argentina la más grave de todas. Lo que explica las devaluaciones de más del 50 % que ha registrado el peso argentino este año”. Pero el déficit gemelo no es la única razón por la que estos países se encuentran tan vulnerables. A esta se suman los problemas internos de cada una de las economías. No sería tan alarmante si no fuera porque presentan también altas inflaciones, crecimientos negativos en el producto interno bruto e incertidumbre política.

Esta combinación de factores, un gran déficit gemelo y los problemas internos, es especialmente riesgosa para estas tres naciones debido a la coyuntura de la economía mundial. Para empezar, se registra récord de endeudamiento, de más de US$164 billones en 2017, según el Fondo Monetario Internacional (FMI). Además, se vive una gran incertidumbre por la guerra comercial entre Estados Unidos y China (entre otros países). Además, “la fortaleza estadounidense le está dando la seguridad suficiente a la Reserva Federal para que continúe con su política de incremento de tasas, incluso podría ser más agresiva de lo que se esperaba debido a los buenos indicadores económicos de EE. UU., por lo que el dólar seguirá fortaleciendo de manera estructural en todo el mundo”, agrega Ballén.

De manera que los inversionistas ven claramente el nuevo panorama: por un lado están las tambaleantes economías emergentes a las que llevaron sus capitales durante los últimos 10 años, y por el otro está el sólido mercado estadounidense con la promesa de rentabilidades debido a las tasas crecientes. Es claramente tentador para ellos sacar sus capitales de naciones como Argentina, Turquía y Sudáfrica, y llevarlo a Estados Unidos.

Así están las cosas
En esta coyuntura los inversionistas no perdonan debilidades en las economías emergentes. El mundo está viviendo un momento de redireccionamiento de capitales, y las economías débiles son las que más van a sufrir. Y ojalá sea un mal que se quede confinado, pues uno de los temores más grandes es que la mala percepción sobre estas naciones contagie a las demás economías emergentes, entre ellas Colombia.

¿El país está en riesgo?
Esteban Espitia, analista de Alianza Valores, explica que “mientras no haya otro desplome en los precios del petróleo, la economía colombiana se mantendría blindada de un contagio en la percepción de riesgo de las economías emergentes. Por lo que, si bien se espera una tendencia alcista en el dólar, no hay motivos para pensar que se presente una fuga masiva de capitales”.

El analista agrega que el precio del crudo tendría que bajar de los US$40 el barril para que el país pierda su escudo (para que se contagie). Lo que por lo menos en este año no se ve factible debido a los problemas de producción en Venezuela.

La codirectora del Banco de la República, Carolina Soto, tampoco cree en la posibilidad de un contagio. La funcionaria indicó, hace una semana en Cartagena, que en efecto los activos de las economías emergentes han registrado una venta masiva en medio de los temores de que las crisis económicas que afectan a Turquía y Argentina puedan extenderse. Sin embargo, explicó que Colombia se ha mantenido relativamente ilesa hasta ahora, pues mientras el peso colombiano ha caído 3 % este año, el peso argentino se ha devaluado en 50 %.

Argentina, muy vulnerable
Es por mucho la economía más vulnerable, pues tiene uno de los déficits gemelos más altos del mundo. La moneda de este país se ha devaluado casi 20 % frente al dólar en el último mes, y más de 55 % en lo corrido del año. Y de acuerdo con el Citigroup, podría cerrar con una inflación de más de 50 % en 2018. De hecho, el Banco Central de este país tuvo que elevar la tasa de interés al récord mundial del 60 %, para intentar controlar la inflación y reducir la fuga de capitales.

Y aunque el Gobierno logró conseguir el préstamo más grande que ha dado el Fondo Monetario Internacional (FMI), por un monto de US$50.000 millones, lo que le permitiría realizar sus pagos de deuda este año y el próximo (evitando entrar en “default”), deberá comprometerse a reducir el gasto y mejorar sus indicadores fiscales. El problema es que el clima político que vive el presidente Mauricio Macri, por las constantes huelgas (como la de profesores), implica que no será fácil hacer estos ajustes.

Por eso los esfuerzos de Argentina ya no serían para evitar una crisis, sino para salir de ella. El FMI ya proyecta una recesión este año y el próximo, y la gravedad de la situación dependerá en gran medida de si Macri logra reducir la inflación a por lo menos el 17 % y materializar la reducción del Estado argentino (bajar a la mitad los ministerios) que prometió hace un par de semanas.

Turquía, a la baja
Aunque todavía no entra en recesión, sus proyecciones de crecimiento económico han bajado de forma significativa y preocupante. Entre el primer y el segundo trimestre del año pasó de crecer 7,3 a 5,2 %, y de acuerdo con Fitch, el PIB sólo se incrementaría en 1,2 % durante 2019. Además presenta problemas similares a los de Argentina, pues la lira (la moneda de Turquía) también se ha devaluado fuertemente frente al dólar, casi 40 % en lo corrido del año. También experimenta una alta inflación, que también intentó controlar por medio de un alza de 625 puntos básicos de la tasa de interés (hasta el 24 %).

El principal golpe que recibió este año la economía de Turquía no se dio a nivel interno sino por las relaciones exteriores con Estados Unidos. La tensión diplomática llevó a Donald Trump a duplicar los aranceles al metal turco, 20 % para el aluminio y 50 % para el acero. Y dado que también es una de las economías con más alto déficit gemelo, para los inversionistas es la segunda más riesgosa, después de Argentina.

Sudáfrica, en recesión
Esta nación ya acumula dos períodos de crecimiento negativo, cayendo 2,6 % en el primer trimestre y 0,7 % en el segundo de 2018, por lo que ya se encuentran en recesión. Y el rand (la moneda sudafricana) se encuentra en su nivel más bajo desde 2016. De hecho, su divisa es una de las que muestra más sensibilidad a los episodios de la guerra comercial entre Estados Unidos y China.

La recuperación de la economía sudafricana es compleja, pues la recesión se dio con fuerza en los sectores agrícola y manufacturero. Además, tiene cifras de desempleo que superan el 25 % y sus costos internos han venido aumentando debido al repunte de los precios del petróleo.

Además, Moody’s amenazó con rebajar la calificación de esta nación si no considera buenas las medidas de reactivación de la economía del gobierno sudafricano, lo que implicaría que las tres principales calificadoras tendrían la nota de deuda de esta nación en terreno basura (Fitch y Standard & Poor’s ya la tienen en esta calificación).

Brasil y las otras riesgosas
Brasil está también dentro del grupo de las economías más vulnerables, pues su moneda también se ha devaluado de manera considerable (20 % frente al dólar en 2018), tiene uno de los déficits gemelos más alto y las elecciones presidenciales mantienen la incertidumbre política. Pero, aunque es considerada como riesgosa para las inversionistas, no está tan grave como Argentina y Turquía, por lo que todavía podría evitar una fuga masiva de capitales.

Otras naciones que los inversionistas mantienen vigiladas son: India, Indonesia y Tailandia, y el próximo año se teme que España e Italia se vean en problemas con la normalización de la política monetaria del Banco Central Europeo.

https://www.elespectador.com/economia/cuidado-con-estas-economias-argentina-turquia-y-sudafrica-articulo-812060








Economía Roja
 Resultados negros

 […] la grave crisis económica que atravesamos afectan seriamente a la mayoría, especialmente la muy angustiante escasez, el asfixiante incremento del costo de la vida y el desalentador desempleo.
         
Respecto a la escasez, lo que se diga es poco. A lo largo de todo el año el índice ha gravitado en torno al 20%, lo cual, según algunos descarados del Gobierno, es "normal". Pero todos sabemos que es tremendamente anormal porque nunca habíamos padecido un nivel de desabastecimiento tan brutal como el actual. Esto, con el añadido de que la diversidad en marcas ha prácticamente desaparecido, por lo que uno debe conformarse con la que encuentra, le guste o no. 

En cuanto a la inflación, comencemos por señalar que lo acumulado entre enero y agosto de este año ya duplica lo que el Gobierno había estimado para todo el 2013. De hecho, ese 33% de inflación que llevamos acumulado es lo más alto que se haya registrado en la última década y aún falta un cuatrimestre, el último del año, que por lo general es el más inflacionario por el pago de aguinaldos, a lo que se suma que el Gobierno aumentará el gasto con motivo de la campaña electoral, que apenas comienza. Por ello, aunque suene exagerado, lo más seguro es que la inflación de 2013 termine rondando el 50%, todo lo cual ocurre irónicamente bajo un control de precios aplicado con espíritu represivo.
Vale la pena añadirle a esto tres elementos que ponen en mayor evidencia la tragedia inflacionaria que vivimos: 1) si nos vamos a la cifra anualizada (últimos 12 meses), la foto es más espeluznante, pues la cifra llega a 45,4% (la más alta del continente y una de las más altas del mundo); 2) si discriminamos por rubros ese índice anualizado, el costo de los alimentos subió 65%, es decir, comer se convirtió en un lujo bajo esta revolución dizque "humanista"; y 3) los pobres sufrieron más que los otros estratos sociales, por cuanto para ellos el costo de la vida aumentó más del 48% en el último año ("así es que se gobierna", dicen por allí).

Sobre el desempleo hay que decir claramente que el Gobierno ha desarrollado algunos trucos metodológicos para maquillarlo,  presentando una cifra oficial menor al 10%. No obstante, la verdad es que casi la mitad de la población laboral se dedica a alguna forma de buhonería, por lo que no goza de los beneficios del empleo formal; y otro segmento importante que, si lo tiene, está en realidad subempleado.                  

Estas son las cifras negras negritas que exhibe el 
modelo económico rojo que nos han impuesto por la fuerza en los últimos años. Que todo el mundo entienda que a esta crisis no llegamos por casualidad, sino que es la consecuencia de que el Gobierno haya expropiado más de 1.000 empresas, confiscado más de 4 millones de hectáreas, provocado el cierre de más de 7 mil industrias, e impuesto todo tipo de controles, acorralando, asfixiando y hasta persiguiendo al sector privado nacional.           

Cipriano Heredia S. Diputado al Consejo Legislativo de Miranda y Subsecretario General de ABP


Economía  verdeel  nuevo rostro del  capitalismo 
Economía Verde: ¿de dónde vino?

En los años  siguientes a la II Guerra Mundial,  el capitalismo lanzó la revolución verde, nombre bonito para representar el tsunami de cambios tecnológicos introducidos en la producción agrícola, como fueron los pesticidas, insecticidas y abonos químicos, cambios genéticos en las plantas, fumigación aérea con agrotóxicos sobre las plantaciones, invenciones de maquinarias cada vez más costosas y sofisticadas para substituir el trabajo de los agricultores familiares, entre otros objetivos.

Todo esto aumentó el PIB de los países y del mundo. En el mediano plazo, sin embargo, estos cambios tuvieron efectos dañinos sobre la salud humana –de los productores y de los consumidores-, la fertilidad del suelo y los ecosistemas. Sin la precaución necesaria, los insumos químicos agrícolas han contaminado al ser humano y su medio ambiente, proporcionando al mismo tiempo fortunas para las corporaciones químicas privadas. Y también la oportunidad de expansión acelerada de la industria farmacéutica, ambas usando enormes recursos recibidos de fondos públicos.

La humanidad vive hoy otro ciclo parecido al de la revolución verde con el simpático pero engañoso término de “economía verde”. Estamos delante de una situación curiosa y, al mismo tiempo, peligrosa. Después de casi dos siglos de dominación capitalista sobre la vida social, el planeta Tierra no tolera más tanta depredación de recursos, destrucción de la biodiversidad y degradación del ambiente. Igualmente, la mayoría de sus habitantes ya no soportan más el grado de explotación e injusticia al que están sometidos. Tanto estos sectores populares como la madre Naturaleza están dando señales de alerta. Con la creciente velocidad de la producción y del consumo, con el agotamiento de lo que ofrece la Naturaleza, con la profundización de las desigualdades sociales y con el agravamiento de las amenazas climáticas, la humanidad puede llegar inclusive a su autoextinción.

Las señales de que estamos cerca de una catástrofe se multiplican, tanto en el mundo natural como en el social. Tsunamis, sequías e inundaciones avasalladoras, revueltas populares frente a obras de construcción de hidroeléctricas o hasta de estadios, nos dan una dimensión de ello y evidencian el agotamiento del modelo actual de sociedad y consumo. El diagnóstico es claro, pero las grandes empresas, bancos y las élites que se benefician han negado que el problema exista y sea una amenaza para la Humanidad. Continúan repitiendo que “el mercado lo resuelve todo”. Desde hace muchas décadas, estas élites intentan maquillar el hecho de que sólo una minoría de la población del planeta gana con lo que ellas definen como “desarrollo económico”.

La realidad muestra lo contrario pues el modo capitalista de organizar la producción y la distribución de los bienes materiales, sociales y naturales están dirigidos hacia la obtención de lucro, no para satisfacer las necesidades y derechos del ser humano.

El resultado es riqueza para pocos, a cambio de la miseria, opresión y explotación de la mayoría de los trabajadores y trabajadoras.

Datos publicados por la ONU muestran que en 20 años solamente el 20% de la población se enriqueció, mientras que la mayoría se empobreció.

El empobrecimiento del 20% más pobre es especialmente escandaloso: ¡su renta cayó 20 veces en 20 años! Son los que viven con apenas el 0,07% de la riqueza mundial. La realidad social y las crisis muestran que la promesa de humanizar el capitalismo y generar vida digna por medio de las teorías liberales del siglo XIX y XX y del “estado de bienestar social” no pasa de ser una mentira. Pero ahora ya se sabe que ese tipo de falsa prosperidad social tiene como fuente la explotación del trabajo del resto de la población mundial. Ese modelo, en resumen, no es sustentable a escala global. Sin embargo, los amantes del libre comercio continúan negándolo. Incluso los investigadores y científicos fueron comprados, por ejemplo, para desmentir el Cambio Climático.

Tomado de: http://rio20.net/documentos/economia-verde-la-nueva-cara-del-capitalismo/

Economía Verde  
Para hacer frente a los retos que se nos presentan en la actualidad, debemos cambiar el modo en que fabricamos y consumimos bienes. Tenemos que crear más valor al tiempo que utilizamos menos recursos, reducimos costes y minimizamos el impacto en el entorno. Tenemos que hacer más con menos.

Unos procesos de fabricación más eficientes y unos mejores sistemas de gestión medioambiental pueden reducir considerablemente la contaminación y los residuos, así como ahorrar agua y otros recursos. Esto también favorece a los negocios, ya que permite reducir los gastos de funcionamiento y la dependencia respecto a las materias primas.

En esto consiste la economía verde (o circular), un sistema que optimiza el flujo de bienes y servicios para obtener lo mejor de la materia prima y que reduce los residuos al mínimo necesario.

En la economía verde, los materiales se dividen según su tipo. Los materiales biológicos (comida, residuos vegetales, madera y fibras textiles) se consumen y se devuelven al entorno como compost o fertilizante para devolver los nutrientes a la tierra, o se procesan para producir energía renovable. Los materiales técnicos se conservan, reutilizan, reparan o reciclan una y otra vez en un sistema de circuito cerrado. El sistema es eficiente energéticamente y utiliza energía renovable en la medida de lo posible para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero.

La economía verde requerirá pasar del enfoque de “coger-hacer-tirar” a otro mucho más eficiente. Crear una nueva dinámica en todos los sectores, con una demanda de innovación en el diseño y fabricación de productos en búsqueda por desarrollar una nueva generación de productos que tengan mayor vida útil y se puedan reutilizar, arreglar, desmontar o reciclar sus componentes. Así, los gobiernos y las empresas tendrán que ayudar a la población activa a desarrollar nuevas habilidades con las que poder satisfacer las demandas de una economía verde.

Plantear un nuevo escenario macroeconómico para superar los dos tipos de modelos que, han demostrado haber fracasado. El primero: la economía roja, que es la que nos ha llevado a este escenario de crisis, paro, deuda y decrecimiento que sufre Europa, y que está basada en un “consumismo ilusorio que ha empujado a la economía a una deuda inasumible”.

El segundo modelo que, para Pauli, también ha fracasado, es la economía verde. El autor hace autocrítica recordando una compañía en la que trabajó, Ecover, que creaba productos de limpieza biodegradables con aceite de palma, un producto cuyo éxito provocó la tala indiscriminada de selvas, sobre todo en Indonesia. Y es que muchos productos supuestamente verdes solo lo son en la etiqueta.

http://www.generationawake.eu/es/hacer-mas-verde-la-economia-de-la-ue/que-es-la-economia-verde/

La Iniciativa de Economía Verde para África, el estudio en Europa oriental, el Cáucaso y Asia central que considera las perspectivas de promover la agricultura orgánica, mientras que progresan en Azerbaiyán las investigaciones sobre esferas prioritarias para programas de economía verde.

Pocos podrían haber imaginado que la iniciativa Hacia un nuevo acuerdo ecológico mundial/Iniciativa de Economía Verde resultado del desarrollo de la crisis financiera y económica del final del año 2008, adquiriese empuje tan rápidamente. Aproximadamente el 15% de los fondos de incentivo de más de 3 billones de dólares EE.UU. a escala mundial se estima que son verdes, elevándose aproximadamente al 80% en la República de Corea. Términos tales como economía y desarrollo verdes han pasado a ser rápidamente lugares comunes en muchas capitales y reuniones internacionales importantes, incluidas las cumbres del año pasado de los G8 y G20 y el período de sesiones ministerial de la OCDE.

La Iniciativa de Economía Verde, consecuencia lógica del nuevo acuerdo ecológico mundial será un tema clave también, en la reunión anual de ministros del medio ambiente del PNUMA en Bali (Indonesia), ya que los gobiernos se percatan de la rapidez con que la transición hacia una producción y consumo sostenibles tiene lugar, y de las enseñanzas deducidas hasta ahora.

Los modelos económicos del siglo XX es poco probable que nos sirvan en un planeta de 6.000 millones de habitantes, que alcanzará los 9.000 millones en 2050. El público de todo el mundo espera que sus dirigentes y encargados de la formulación de políticas encuentren soluciones.

La Iniciativa de Economía Verde representa una potente respuesta a esta petición de acción transformadora. En realidad se está manifestando como una oportunidad convincente y práctica para hacer frente a las amenazas persistentes e incipientes.

Y está demostrando cómo la elección de políticas inteligentes, combinada con mecanismos de mercado de apoyo, puede tal vez proporcionar la evolución adecuada hacia el desarrollo sostenible que la humanidad ha eludido hasta ahora.

Achim Steiner
Secretario General Adjunto de las Naciones Unidas y Director Ejecutivo del PNUMA

http://www.unep.org/pdf/OP_Feb/SP/OP-2010-02-SP-FULLVERSION.pdf


Luego de la Lectura y Análisis, Responda y Realice lo Siguiente

1. ¿Por qué la economía verde genera o puede generar crisis?
2. ¿Cuál es la importancia de empezar a innovar en la economía verde?
3. Establezca diferencias entre economía azul economía verde.
4. ¿Cómo se podrían combinar - amalgar  - aunar - unir  ambas economías?
5. ¿Cómo cree que podría implementarse una economía realmente verde?
6. ¿De qué manera la economía verde ha contribuido a la contaminación del Planeta Tierra?
7. ¿Cuáles ventajas puede tener la economía verde en relación con la ecología y el medio ambiente?