domingo, febrero 21, 2021

Mitología Griega

 Filosofía Grado 10°  


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Genealogía de los Dioses Griegos

 Filosofía Grado 10°  


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Mito, religión y cultura en la sociedad griega

 Filosofía Grado 10°  

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Héroes y Personajes de la Mitología Griega

 Filosofía Grado 10°  


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Análisis de Lecturas y Textos

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Una ruleta rusa financiera

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La doctrina del shock

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Cómo ingresar, usar y buscar en el blog Cultura Crítica






















El Gobierno Escolar

Órgano electoral de las Instituciones Educativas


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Las inteligencias múltiples

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11° Grado Retrotopía

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11° Grado “Retrotopía”. El testamento de Bauman para regenerar los desvaríos de la globalización.

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11° Grado Albert Camus

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11° Grado Jean Paul Sartre

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11° Grado Nada by Zoé

Existencialismo 2


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11° Grado La crítica como llamado al cambio

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Ciencia y Filosofía 1

 El porqué  de la filosofía

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Manual de Convivencia

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10° Economía y Política Malla Curricular Primer Periodo



 

11° Economía y Política Malla Curricular Primer Periodo













 

11° Ciencias Sociales Malla Curricular Primer Periodo

 








 

10° Filosofía Malla Curricular Primer Periodo









 

11° Filosofía Malla Curricular Primer Periodo

 



9° Ciencias Sociales Malla Curricular Primer Periodo

 

















miércoles, febrero 10, 2021

J. M. Coetzee y nuestros dilemas existenciales

 Crítica literaria del libro “Siete cuentos morales”

 

Camilo Ángel Urazán * / Especial para El Espectador

El Premio Nobel de Literatura 2003 y uno de los escritores más prestigiosos de nuestro tiempo cumple hoy 81 años de edad. Declarado ateo públicamente, no le preocupa en lo más mínimo el concepto de pecado y por lo tanto de culpa. En cambio, le interesa categóricamente la exploración moral.

John Maxwell Coetzee nació en Sudáfrica el 9 de febrero de 1940 y vive en Australia, donde también es profesor de literatura. Aquí en Roma en 2014. / TIZIANA FABI

No me interesa el amor, lo único que me interesa es la justicia”. Elizabeth Costello

Así que esa es la cuestión: si el contacto con la belleza nos hace mejores”. Las palabras de Helen, hija de Elizabeth Costello, pronunciadas para abreviar en una frase los radicales cuestionamientos estéticos de su madre, expresan un asunto filosófico de orden mayor que atañe a todo aquel que sostiene una relación activa con el arte, bien sea una relación de consumo o de producción. Con evidente inquietud por resolver la pregunta sobre el sentido de su oficio de escritora y de su vida misma, Elizabeth Costello declara en el cuento Una mujer que envejece “cuando quise, viví en el seno de la belleza. Lo que me pregunto ahora es: ¿de que me ha servido toda esa belleza? ¿no será la belleza otro objeto de consumo como el vino? Uno bebe, lo traga, nos da una breve sensación placentera, embriagadora, pero ¿qué queda? Lo que el vino deja como saldo, con tu perdón, es la orina; ¿cuál es el saldo de la belleza? ¿En que hace bien? ¿nos hace mejores?”.

A pesar de suponer que su madre le respondería en su habitual tono escéptico y le diría “que toda esa belleza que hubo en su vida no le ha hecho ningún bien apreciable, que cualquiera de estos días se va a hallar a las puertas del cielo con las manos vacías y un gran signo de interrogación en la frente”, Helen le dice claro a su madre lo que piensa de su radical cuestionamiento: “Lo que no vas a decir­ –porque no sería propio de Elizabeth Costello–­ es que lo que has producido como escritora no sólo tiene su belleza, una belleza acotada, desde luego­ –no es poesía– pero belleza al fin: forma agradable, claridad, economía. Lo que no vas a decir es que lo que has escrito ha cambiado la vida de otros, ha hecho de ellos seres humanos mejores, o algo mejores. No porque tus obras contengan lecciones sino porque son una lección”. Como era de esperarse, Elizabeth duda y no está convencida de eso.

¿Es la belleza un medio o fin? Se me ocurre que esa sería otra manera de plantear la pregunta y dar cabida en la discusión al viejo asunto ético del arte por el arte o el arte comprometido, un arte que asume la belleza como un fin en sí mismo y un arte que la asume como un medio para procurar la justicia. De acuerdo con lo que podemos inferir del diálogo de sus personajes, el autor de esta ficción considera más sensato asumir la belleza como una lección, como la posibilidad de aprender y enseñar algo, como una exigencia moral por encima de la inherente complacencia estética que supone.

¿Nos hace mejores personas el contacto con la belleza? En efecto, esa es la cuestión central y pregunta de fondo a la que responde el libro Siete cuentos morales, obra que desde su mismo título hasta sus últimas líneas está dedicado a exponer tácitamente la convicción del autor sobre el propósito didáctico (manifiesto o latente) de todo texto de ficción. En efecto, la cuestión se traslada por contagio al lector, bien sea porque éste alguna vez se hizo la pregunta sin considerar urgente emitir un veredicto o porqué el propósito del texto es causar esta reflexión; postulado que después de mascarlo con paciencia y a pesar de íntimos remilgos, yo también suscribo. (Recomendamos: Coetzee subtitulado en español, por Nelson Fredy Padilla).

Es innegable que la ficción es una necesidad humana y que acudimos a ella en busca de placer, entretenimiento, diversión, evasión, en suma, en busca de una experiencia. Pero digámoslo claro, si detrás de todo esto no hay algún tipo de enseñanza, inquietud, pregunta, reflexión, aprendizaje, crecimiento o conocimiento personal o del mundo y sus hechos –por mínimo que sea– entonces en el mencionado acto de lectura no se podría catalogar formalmente como una experiencia y, en consecuencia, nos preguntaríamos ¿qué propósito final tiene la lectura? o siguiendo el hilo de las palabras de Costello ¿cuál es el saldo que nos deja? ¿nos hizo algún bien que podamos considerar perdurable?

Las palabras de Kafka, una de las principales influencias de Coetzee, se tornan felizmente apropiadas para responder a estas preguntas: “Pienso que sólo debemos leer libros de los que muerden y pinchan. Si el libro que estamos leyendo no nos obliga a despertarnos como un puñetazo en la cara, ¿para qué molestarnos en leerlo? ¿Para que nos haga felices, como dice tu carta? Cielo santo, ¡seríamos igualmente felices si no tuviéramos ningún libro! (…) Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado que hay dentro de nosotros. Eso es lo que creo”. En mi caso, ahora yo también estoy convencido de eso; al igual que Coetzee, quien comprometido con su credo didáctico siembra en nuestro pensamiento por medio de relatos de ficción, urgentes reflexiones a propósito de la conducta y el comportamiento humano.

Según con el Diccionario Filosófico de André Comte-Sponville moral es “el conjunto de las reglas que yo me impongo a mí mismo, o que debería imponerme, no con la esperanza de una recompensa o el temor de un castigo, que sería sólo egoísmo, no en función de la mirada del otro, que sería sólo hipocresía, sino al contrario, de forma desinteresada y libre: porque me parecen imponerse universalmente (para todo ser razonable) y sin que haya necesidad para eso de esperar o temer cualquier cosa”. Entonces el asunto de este libro bien logrado no se trata de la belleza, el amor o la compasión; ni tampoco de la furia, la indiferencia o la aprobación de Dios.

Consiste esencialmente en un necesario llamado a cumplir con el deber inherente de todo ser humano por el simple hecho de pertenecer a la especie, el único deber o el que resume todos los demás deberes: actuar humanamente. Son los humanos los únicos que tienen deberes en esta Tierra, ningún otro ser vivo que la habite ha desarrollado lenguaje simbólico complejo, consciencia y ­–gracias a esto­– la capacidad de distinguir entre el bien y el mal. Para poder ser considerado como tal el ser humano debe ser un ser moral, pues la moral es aquello por lo cual la humanidad llega a ser humana, en el sentido normativo del término (en el sentido en que lo humano es contrario de lo inhumano), al rechazar la apatía y la barbarie que no dejan juntas de amenazarla, de acompañarla, ni de tentarla. O recordarnos, a fuerza de tragedias y dolor, nuestra condición animal.

Es precisamente el hecho de experimentar primordialmente la inmanencia del instinto, el deseo y las emociones, como consustanciales a la condición humana, lo que lleva a J. M. Coetzee a llamar la atención sobre la necesidad de percatarnos de la inmanencia de la condición moral de la especie, más allá de credos, cultos y religiones, sino obedeciendo al hecho biológico de experimentar empatía y poder tomar decisiones que vayan más allá del egoísmo, es decir, de recompensas que solo benefician al individuo que decide. O de igual forma, también gracias a ese cambio de perspectiva (empatía) llamado coloquialmente ponerse en los zapatos del otro, juzgar las decisiones de otra persona; aquellas decisiones que tornamos a calificar como egoístas por contravenir intereses propios.

Si bien es descabellado afirmar que los correspondientes siete pecados capitales discurren con sigilo y son el tema de fondo de estos siete cuentos morales, no es insensato considerar que de alguna u otra manera en cada uno de los cuentos habita una reflexión laica sobre las siete virtudes antagónicas de las pecaminosas faltas, una meditación puesta en escena por medio de historias y situaciones en que los personajes se enfrentan a dilemas morales relacionados con la libertad, la justicia, la belleza, la verdad y la muerte.

Es evidente que al autor, declarado ateo públicamente, no le preocupa en lo más mínimo el concepto de pecado y por lo tanto de culpa.

En cambio, le interesa categóricamente el ya analizado concepto de moral y su relación en términos deónticos con el principio o valor que desde Aristóteles hasta Hofmansthal motiva la voluntad humana de darle forma al fluir de la vida y orden a la anarquía del mundo: la justicia. “No me interesa el amor, lo único que me interesa es la justicia”, le expresa Elizabeth Costello a su hijo John en una conversación sobre los gatos de la calle que ha decidido proteger; una filosófica charla sobre la relación de los hombres con los animales.

Tema recurrente en la obra de este autor, premio nobel de literatura del año 2003, que aparece igualmente en otros libros como En defensa de los animales (1999) y Elizabeth Costello (2003), y tema también con el que comienza y se cierra este libro.

El perro, cuento con el que abre el libro, es una historia donde el odio de un animal y el miedo de una muchacha se encuentran dos veces al día en la reja de la casa de unos ancianos apáticos, que luego de ser interpelados por la joven, aseguran que simplemente su mascota es un buen perro guardián. Siguen los cuentos Una historia y Vanidad. El primero, un relato sobre la ausencia de culpa, la fidelidad y la libertad en una relación matrimonial. El segundo, una historia sobre una mujer mayor que anhela volver a sentir posarse sobre su cuerpo la mirada del deseo, y para eso se corta y pinta el pelo de un modo que llama la atención de sus hijos y sus nietos, quienes van a visitarla a su casa en su cumpleaños número sesenta y cinco.

Esa es precisamente la entrada y regreso de Elizabeth Costello, quien de ahí en adelante será la protagonista del resto de historias. Una mujer que envejeceLa anciana y los gatosMentiras y El matadero de Cristal, son cuatro cuentos en los que se funde la ficción y el ensayo, la literatura y la filosofía, la sombra de la muerte poniendo a prueba nuestras más altas categorías morales y estéticas (justicia, verdad, belleza) y el claroscuro de la empatía obstinándose en no naufragar en medio del irreprochable mar de la injusticia y la impotencia. Una empatía que Costello juzga innata en nosotros, al menos en esta época, y que podemos optar por cultivarla o dejar que se marchite.

Elizabeth es una mujer mayor de edad que se ha ganado la vida y un prestigio internacional como escritora, y entrada ya en los años definitivos sabe que pontificar no es más que ponerse la más pesada de las máscaras. Aproximándose a la muerte duda de todo: de su oficio, de su vida, de su obra. Pero a pesar de esto no deja de insistir en el valor de la justicia – y algunas virtudes afines como la generosidad, la caridad y la templanza– o al menos eso es lo que nos dicen acciones como proteger a un hombre desamparado y poco dotado mentalmente para ser autónomo, proteger también a los gatos que todo el pueblo desprecia y solicitar a su hijo, reconociendo el decaimiento de su salud y su juicio, la mirada de unos textos de los cuales sospecha que algo pueda valer la pena.

A pesar del ánimo lúgubre que reconoce o el humor otoñal como lo nombra su hijo John, “soy la que solía reír, pero ya no ríe. Soy la que llora”. A pesar de la inminencia de su muerte o del ruido cartesiano del reloj de su consciencia: la duda. A pesar de experimentar el naufragio de sus convicciones por comprobar a donde mire la tiranía del egoísmo humano. A pesar de todo esto Elizabeth se aferra a una última creencia que podríamos considerar el núcleo de su código moral como escritora: el deber de escribir para trasmitir a los otros la memoria de los seres insignificantes cuyo camino se cruzó con el suyo cuando iban rumbo a la muerte. En su caso particular, la memoria de los animales. Ella misma había afirmado que “el mundo no sigue andando gracias al amor sino gracias al deber” y el deber que ella se impuso por considerarlo un imperativo moral es la justicia, ejercida a través del poder de las palabras para generar y trasmitir la memoria de todo lo que la oscuridad y el olvido devora de manera inclemente, como esos “millones de pollitos a quienes les concedemos la gracia de vivir un día antes de triturarlos porque no tienen el sexo que queremos, porque no encajan en nuestro proyecto comercial”.

En definitiva, Siete cuentos morales es un libro que nos interpela; un tejido fino de ficciones que disertan y exponen la condición humana como un campo de tensión entre las emociones y la razón, entre el anhelo y la fatalidad, entre la fe y la duda. Somos el lugar donde encarna la contradicción, la paradoja y el dilema moral. El egoísmo y la vanidad nos determinan como especie. Sin certezas de ningún tipo navegamos en un mar de incertidumbre rumbo a la oscuridad. Enfermamos y morimos sin remedio o salvación. Pero nada es excusa para ser crueles, apáticos y mezquinos. Frente a este lúgubre escenario Elizabeth Costello opta por la empatía y la justicia como dos cirios morales para caminar entre las sombras. Abrumada por la pérdida de claridad mental y de la fe en la historia, por el hundimiento y disolución de sus creencias en la niebla y confusión de su cabeza, Elizabeth se aferra a la escritura como posibilidad de establecer un tribunal paralelo llamado memoria. No podemos restituir lo perdido, pero podemos lograr que no se olvide.

* Profesional en Creación Literaria de la Universidad Central de Colombia, tallerista y estudiante de la Maestría de Escrituras Creativas de la Universidad Nacional, línea de Poesía.

                                                           

Se cumplen 112 años del nacimiento de la filósofa Simone Weil



Escribir sobre Simone Weil es un acto temerario, pero más que una osadía es un gesto de agradecimiento.

Su obra es uno de esos regalos que conmueven y que impulsan a hacerlo partícipe a los demás. Pero también es un desafío que impulsa a la acción, a la reflexión, a la adopción o al rechazo de un mensaje que busca con toda el alma

Esclarecer la situación del hombre y el mundo contemporáneos y encontrar las posibles salidas hacia un universo reconciliado en la justicia social, el bien moral y la belleza del mundo.

Hace 112 años, el 3 de febrero de 1909 en París, nació Simone Weil. Weil fue probablemente la mujer filósofa más brillante del siglo XX y su obra es actualmente más vigente que nunca pues encierra un posible antídoto al nihilismo y al materialismo que caracteriza nuestra época como una especie de virus mental que se ha diseminado por todo el mundo.

Más aún, el especial énfasis que hizo Weil en la facultad de la atención constituye la máxima profundidad del pensamiento en torno a este tema, el cual es hoy en día esencial, en una sociedad cuyo abuso de la tecnología y el entretenimiento ha creado un déficit de atención masivo.

Weil murió en 1943 después de luchar varios meses con la tuberculosis y negarse a comer más de lo que recibían sus connacionales franceses en la Francia ocupada por los nazis.

Su muerte ha sido descrita como causada en última instancia por la compasión que siempre sintió ante el prójimo -siguiendo el ideal cristiano de amar a los otros como a uno mismo-, o, también, como un suicidio, provocado por la frustración de no poder participar en la guerra, ofreciendo un servicio élite de enfermería a los solados en el campo de batalla.

Aunque no hay certezas en este aspecto, lo cierto es que Weil escribió mucho sobre la muerte, que consideraba como la oportunidad filosófica suprema, pues, siguiendo a Platón, entendía la filosofía como "aprender a morir". Eso es, aprender a desapegarse y anular el yo (o "descrearse") para unirse con la divinidad, que es el todo, pero que requiere que la criatura sea nada.

Weil no publicó libros en vida, sólo algunos ensayos, pero escribió con furia inspirada una serie de preciosos cuadernos que pueden considerarse una de las obras maestras de la literatura del siglo XX. Sus cuadernos son meditaciones, en la tradición de Pascal, sobre una vasta gama de intereses, si bien en los últimos años se vuelven cada vez más místicos.

Weil leía en griego, latín, inglés, español, alemán y aprendió al final de su vida sánscrito. Se acercó al misticismo cristiano debido a una serie de experiencias sobrecogedoras, pero al mismo tiempo como pensadora siempre se mantuvo fiel a Platón, al Platón esotérico, que es el mismo de Plotino.

Al mismo tiempo estudió el pensamiento indio, el hinduismo sobre todo, pero también el budismo, y produjo brillantes lecturas de las Upanishad o de la Bhagavad Gita, entre otros textos.

Al adentrarse en la obra de Weil y leer sobre su vida uno descubre que se encuentra ante una personalidad especial (Camus la llamó "el único gran espíritu de nuestro tiempo"). Una rara combinación del corazón y la cabeza, de la ética, la estética y la mística.

 Una filósofa que alcanzó brillante picos empleando a la vez la razón y la intuición. Una mujer que además decidió morir por lo que creía, viviendo siempre en búsqueda de la verdad, ese reino trascendente que desde niña intuyó y que tuvo la valentía de siempre perseguir, con intensa convicción e inmutable atención.

La vida de Weil es una de las más inspiradoras de la que dispone el hombre actualmente y su obra una de las más bellas.

                                                                                                                                           Gracias a Pijama Surf

https://culturainquieta.com/es/inspiring/item/17782-se-cumplen-112-anos-del-nacimiento-de-la-filosofa-simone-weil.html

 

Indicadores de Logro Generales 2021

1. Cumplir con responsabilidad las actividades propuestas en el área durante el respectivo Periodo Académico.

2. El desempeño académico en el área le permite alcanzar los Logros, Objetivos y Propósitos propuestos para el Periodo.

3. Desarrollo de Lectura Crítica en la dimensión intertextual. 

4. Términos Específicos como estructuración conceptual del aprendizaje.  

5. Informes, sinopsis y realización de talleres de películas y videos. 

6. Realización de análisis, comprensión, profundización y contextualización de Lecturas contenidas en el Plan Lector del Área. 

7. Cumplir oportunamente con la realización y entrega de consultas, talleres y tareas asignadas. 

8. Desarrollo de Temáticas analizadas y contextualizadas durante el respectivo Periodo Académico. 

9. Presentar adecuada y oportunamente trabajos escritos, talleres y evaluaciones según los parámetros establecidos y acordados. 

    10. Realizar Evaluaciones tipo SABER de las Temáticas analizadas y contextualizadas en el respectivo Periodo Académico. 

Criterios Generales de Evaluación 2021

  1. Evaluaciones

 2. Apuntes en Clase 

    3. Informes y Análisis de Lectura

 4. Sinopsis de Videos y Películas

 5. Realización de escritos y análisis

 6. Realización y entrega de Tareas y Talleres

 7. Trabajo en equipo y actividades colaborativas

 8. Asistencia a encuentros virtuales y al colegio

 9. Evaluación de Temáticas del respectivo Periodo

 

10. Organización, dedicación y disciplina de estudio

 11. Contextualización y sustentación de Tareas y Talleres

 12. Socialización de Temáticas, Lecturas, Videos y Películas

13. Elaboración y Análisis de Mapas Conceptuales, Cuadros,                        Gráficos, Tablas y Textos

 

14. Responsabilidad en la entrega de Talleres, Lecturas, Tareas,                        Consultas, Videos y Películas.

 

10° Economía y Política Guía N° 1 2021









 

10° Economía y Política Guía N° 1

 

Confesiones de un filósofo

 Confesiones de un filósofo 

por Emilio de Miguel Calabia

Bukubuku

 

Confesiones de un filósofo” es la “autobiografía” del filósofo británico Bryan Magee. 

Escribo “autobiografía” entre comillas, porque lo de menos es lo poco que nos cuenta sobre su vida; lo mejor del libro es todo lo que habla sobre filosofía. 

Leyéndole, uno se da cuenta de que si lo hubiese tenido de profesor de filosofía en el colegio, sin lugar a dudas habría estudiado Filosofía en lugar de Económicas, y ahora estaría dando clases sobre Platón a adolescentes, en lugar de hacer algo tan aburrido como manejar un fondo de inversiones en Singapur y conducir un Jaguar.

La filosofía occidental empieza con los presocráticos. Magee, siguiendo a Popper, dice que con ellos comenzó la tradición crítica en el pensamiento occidental, que hizo posible la filosofía. Hasta entonces, el conocimiento era algo sagrado, que estaba salvaguardado por los sacerdotes, y que debía ser transmitido intacto a la siguiente generación. Cuestionar el conocimiento tradicional llevaba al ostracismo y hasta a la muerte. Con los presocráticos, el pensamiento crítico se hizo posible.

Otras dos novedades que trajeron fue una apreciación de la experiencia como fuente de conocimiento y la renuncia a los mitos para explicar el universo. Antes de ellos, el universo se explicaba por mitos que iban pasando de generación en generación desde tiempo inmemorial. Los presocráticos trataron de explicar el universo recurriendo a la razón y la experiencia.

Por ejemplo, Tales de Mileto afirmó que el agua era el origen de todas las cosas, al haber observado que las semillas tienen naturaleza húmeda. 

Muy distinto de las historias de la creación precedentes, que recurrían a los dioses y a acontecimientos extraordinarios.

Tras los pre-socráticos vinieron Platón y Aristóteles. Platón fijó el terreno de juego filosófico, sobre el que se moverían los filosofos occidentales durante los siguientes dos milenios y pico. Mientras que Sócrates se había centrado en cuestiones morales y personales, Platón lo abarcó todo: cosmología, ciencia, matemáticas, arte, política, ética… El filósofo Alfred Whitehead dijo que “el conjunto de la filosofía occidental son notas a pie de página a Platón.” En opinión de Magee, en la filosofía occidental Platón, Aristóteles y Kant juegan en una liga aparte.

Una de las aportaciones fundamentales de Platón, que nos ha acompañado durante más de dos mil años y que tuvo una influencia tremenda sobre el cristianismo de los inicios, es la sospecha de que tal vez el mundo fenoménico al que tenemos acceso por nuestros sentidos, no sea todo lo que hay. Subyacente a él, existe un mundo sin tiempo de Ideas, que constituye la verdadera realidad.

Platón es el santo patrón de quienes tienden al idealismo. Su discípulo Aristóteles es el santo patrón de los empiristas, de quienes se centran en el mundo fenoménico, sin importarles demasiado si es lo único que hay. El mundo fenómenico es lo suficientemente rico per se y, como quiera que sea, es el único mundo al que tenemos acceso, por lo que es fútil perderse en mundos creados por el pensamiento.

Aristóteles trabajó desde dentro de la experiencia y su obra consistió en profundizar en ella y tratar de entenderla lo mejor posible, sin intentar buscar explicaciones abstractas o que estuvieran fuera de su dominio. La amplitud de sus intereses es incluso mayor que la de Platón. Estudió las plantas, los animales, las distintas formas de organización política, la ética, la estética, etc. También se interesó por cuestiones metafísicas como la naturaleza de la mente, la identidad, la forma y la sustancia y la relación entre ellas, la continuidad y el cambio…

Es habitual que la gente piense que la filosofía en Occidente se terminó con San Agustín y que no resurgió hasta el renacimiento. Esa es, por ejemplo, la línea argumental que sigue Charles Freeman en “The closing of the Western mind: The rise of faith and the fall of reason”. Para él, Occidente comenzó a rechazar paulatinamente la razón y a reemplazarla por la fe. Con San Agustín, la razón finalmente perdería la partida y no volvería por sus fueros hasta Santo Tomás de Aquino, ochocientos años después.

Magee reconoce que hubo una cesura en la filosofía occidental al final de la Antigüedad. Durante mil años la filosofía occidental estuvo íntimamente ligada a la religión. No en vano, todos los filósofos eran religiosos. Algo similar puede decirse de la filosofía budista, cuyos cultivadores siempre fueron monjes. Pero sería un error pensar que la filosofía medieval se limitaba a cuestiones religiosas. Los filósofos medievales pasaban mucho tiempo discurriendo sobre lógica, análisis conceptual, psicología, mecánica…

El pensamiento filosófico transcurría dentro del corsé religioso. Dado que las últimas verdades nos habían sido reveladas por Dios y no podían ser cuestionadas, los dos grandes temas que preocupaban a los filósofos medievales eran hasta qué punto las verdades de la religión podían ser demostradas por la razón y la relación entre la obra de Platón y Aristóteles con las verdades contenidas en la Biblia. Uno podría preguntarse qué necesidad había de plantearse esas preguntas: si Dios nos ha revelado la verdad, no necesitamos de la razón para llegar a ella, con lo que analizar la razón se convierte en un ejercicio futil. Por otro lado, la Biblia, que es la palabra de Dios, está por encima de cualquier otra fuente de sabiduría y hasta la convierte en algo supérfluo.

La existencia de pensadores no-cristianos, sobre todo judíos y musulmanes que no aceptaban el dogma cristiano, hacía necesario buscar argumentos racionales que pudiesen convencerles. En lo que se refiere a Platón y Aristóteles, su autoridad era tal que no cabía descartarles sin más. Había cuestiones en las que estaban de acuerdo con la Biblia y otras en las que estaban en desacuerdo. Esto no planteaba problemas. Los problemas venían de aquellas cuestiones que no pertenecían a ninguna de esas dos categorías. Antes de aceptar su pensamiento en estas cuestiones, era preciso analizar las consecuencias a las que llevaba y determinar si en última instancia iba en contra de la religión o no.

Magee aprecia la filosofía escolástica medieval y elogia sobre todo a sus dos torres, San Agustín y Santo Tomás. A esas figuras cabría añadir otras menos conocidas, pero igualmente reseñables como Juan Escoto Erígena y San Anselmo. No obstante, cree que conocerla no es esencial para el filósofo contemporáneo. Aunque la respeta, le encuentra fallos que la desautorizan: proliferan las afirmaciones mutuamente contradictorias, usa un lenguaje que tan pronto ha de ser entendido literalmente como metafóricamente, la superstición está siempre a la vuelta de la esquina…

 

https://abcblogs.abc.es/bukubuku/otros-temas/confesiones-de-un-filosofo-1.html#vca=mod-lo-mas-pos-2-rot&vmc=leido&vso=bukubuku&vli=noticia-post.blogs&vtm_loMas=si

Confesiones de un filósofo 2

 Confesiones de un filósofo 2   

por Emilio de Miguel Calabia

Bukubuku

 

A pesar de sus logros, la filosofía occidental no volvió a despegar hasta que no se hubo librado de la tutela de la Iglesia. 

De los filósofos post-escolásticos, el primero que le interesa es Descartes. 

Lo más destacable del pensamiento de Descartes, es que intenta dar respuesta a una de las grandes cuestiones filosóficas sin responder: si todo lo que experimento son estados mentales, si no puedo conocer directamente el universo que está ahí afuera, sino que mi experiencia de él es siempre mediada por mis sentidos y reproducida en el interior de mi cabeza, ¿cómo sé que existe el mundo fenoménico y que no es una creación de mi mente?

Descartes opta por dudar de todo. Después de haber analizado el mundo, encuentra una única certeza inatacable: no puedo dudar de que yo, que pienso, existo, incluso si el contenido de mis pensamientos está equivocado. El hecho de que sea consciente de mi existencia prueba que debo de existir. Por otro lado, si yo, que soy limitado, tengo el concepto de un ser que es consciente como yo, pero ilimitado (Dios), dicho ser debe de existir y debe de haberme infundido con ese concepto, porque lo limitado no puede dar origen a lo ilimitado.

Spinoza abordó la misma cuestion desde un planteamiento panteísta. La totalidad de lo que hay es lo único que no puede ser explicado con referencia a otra cosa. Debe de ser autosubsistente y la única causa incausada. Si la sustancia es aquello que no requiere de otra cosa que de sí mismo para existir, esta totalidad sería la única sustancia. Me resulta curioso, porque escuela budista madhyamaka mantiene la posición opuesta a la de Spinoza. Nada de lo que existe tiene existencia intrínseca; hasta ahí Spinoza estaría de acuerdo. Pero resulta que para los madhyamikas tampoco la totalidad de lo que hay tiene existencia intrínseca. Aquí Spinoza les habría hecho una pedorreta.

Todas las cosas dependen de esa totalidad, la cual no depende de otra cosa para existir. Es evidente que esa totalidad de la que habla Spinoza es Dios. Dios puede tener un infinito número de atributos, pero la razón humana sólo puede aprehender dos: el pensamiento y la extensión, entendida ésta como el hecho de ocupar un espacio; dicho de otra manera, mente y materia. Allí donde Descartes era dualista y distinguía entre la mente, de cuya existencia puedo estar seguro, y el mundo fenoménico, Spinoza es monista: mente y materia no son dos cosas distintas, sino a totalidad captada desde dos perspectivas distintas.

Locke siguió el mismo camino que Descartes, aunque sus conclusiones le llevaron a una posición menos segura que la de aquél. Está de acuerdo con Descartes en que no podemos dudar de que tenemos una conciencia y que ésta nos muestra que somos sujetos en un mundo de objetos que existen fuera de nosotros. Los objetos poseen cualidades de dos tipos: primarias y secundarias. Las primarias son aquéllas que están ahí con independencia de que haya un observador o no: su ubicación en el espacio, sus movimientos en el tiempo y el espacio, sus dimensiones… En resumen, las cualidades primarias son las que atañen a la física y pueden describirse mediante fórmulas matemáticas. A Locke le satisfacía quedarse con las cualidades primarias. Sin embargo, esas cualidades primarias no nos dicen lo que un objeto ES (aquí estoy tomando argumentos de “El error de Galileo” de Philip Goff, que comenté aquí). 

Una manzana podría ocupar un espacio similar a una pelota de goma del mismo tamaño y desplazarse de la misma manera. Los objetos también tienen cualidades secundarias, pero éstas sólo emergen en presencia de un observador y por tanto no pueden ser intrínsecas al objeto. La manzana no es roja hasta que yo no la miro y digo: “Es roja”. ¿Suena raro? Para determinados tipos de daltónicos, esa manzana será marrón y para un perro, azul. Ahora bien, la física cuántica nos dice que el observador influye sobre lo observado y que puedo conocer o bien el movimiento de un electrón o bien su ubicación, pero no ambas cosas al mismo tiempo. Cuanto más sepa sobre su movimiento, menos sabré sobre su ubicación. La conclusión entonces es que no podemos conocer nada sobre la naturaleza objetiva de los objetos; a lo más que llegamos es a conocer cómo los experimentamos. La conclusión sería completamente congruente con la que habían alcanzado los madhyamikas 1.500 años antes que él: las cosas carecen de existencia intrínseca.

No es fácil asumir que el mundo es lo que experimentamos en nuestras cabezas y que no podemos conocer qué subyace a eso que experimentamos. Volviendo al ejemplo de la manzana, ¿cuál es su color verdadero cuando no hay un observador concreto mirándola?

Aquí regreso a la filosofía madhyamaka, que distingue entre la verdad convencional y la verdad última. La verdad convencional es como nos dice el sentido común que el mundo es. En el mundo de la verdad convencional la manzana existe realmente y es roja y la prueba de que todo esto es cierto es que me la puedo comer y eso me nutre y me ayuda a seguir viviendo. En el mundo de la verdad absoluta, ni la manzana, ni yo tenemos existencia intrínseca. Somos un haz de relaciones, el producto de una confluencia de causas y condiciones en un mundo que tampoco tiene existencia intrínseca, sino que es el conjunto de las relaciones de todo con todo.

Las conclusiones de Locke le resultan incómodas a nuestro sentido común, que Berkeley procuró hallar una solución por la vía del sentido común. Berkeley no cree necesario postular dos mundos distintos e idénticos, el de nuestras experiencias y el mundo material que las subyace y al que no podemos tener acceso directo. Dado que lo único a lo que tenemos acceso es a nuestra experiencia y ésta parece funcionarnos bien en la vida cotidiana, ¿realmente necesitamos postular un mundo material aparte?

Magee cuestiona el planteamiento idealista de Berkeley. Si nos metemos en un vagón de metro abarrotado, experimentaremos, igual que el resto de los pasajeros el calor, el movimiento del vagón, el olor de la flatulencia del que se tomó un cocido media hora antes… Que todos experimentemos eso de manera más o menos similar, implica que existe un mundo material independiente de nuestra experiencia. La respuesta de Berkeley es que ese mundo material existe en la mente de Dios y Dios está en todas partes todo el tiempo. Nuestros espíritus finitos están en comunicación constante con el espíritu infinito que es Dios y la experiencia es el modo que tenemos de comunicarnos con Él.

Hume de alguna manera vino a integrar a Berkeley y a Locke. Es cierto que todo lo que podemos conocer es nuestra experiencia y que de ella no cabe inferir necesariamente la existencia de un mundo exterior a nuestras conciencias, ni, desde luego, que haya un Dios que garantice que existe algo independiente de nuestra experiencia. Pero que no podamos inferir la existencia del mundo material no implica que no pueda existir; simplemente es la constatación de los límites de nuestra razón. El escepticismo está muy bien en la teoría, pero en la práctica nos vemos obligados a actuar en la vida de todos los días y nuestras acciones tienen consecuencias. En nuestra vida diaria no teorizamos sobre la existencia o no de un mundo fenoménico incognoscible, actuamos como si ese mundo existiera realmente y lo pudiéramos conocer.

Hume rechaza la posibilidad de edificar un sistema unitario que explique el mundo y, por ende, rechaza todas las religiones, las ideologías y los sistemas filosóficos. La demolición teórica que realiza Hume es impresionante: rechaza que podamos demostrar la existencia del mundo fenoménico; niega las relaciones de causalidad; niega la lógica inductiva; niega que podamos estar seguros de nuestra propia existencia… Nuevamente encuentro concomitancias con el fundador de la escuela madhyamaka, Nagarjuna, que realizó una labor de demolición similar.

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