martes, mayo 02, 2023

Los falsificadores de Dios

 



Cuatro claretianos españoles ayudaron a salvar entre 1940 y 1944 en París a un centenar y medio de judíos, la mayoría sefardíes, de la persecución nazi. Un bautismo falso proporcionaba la oportunidad de escapar del horror y huir de Francia. Una historia de solidaridad que ha permanecido en el más absoluto secreto. Hasta ahora.

La pequeña comunidad española de misioneros claretianos en París selló sus labios durante 80 años y guardó un secreto que ayudó a salvar la vida de 155 personas durante la ocupación nazi de Francia entre 1940 y 1944. Ubicada en la estrecha calle de la Pompe, número 51 bis, a media hora a pie de la Torre Eiffel, la iglesia de la Misión Católica Española atesora en un minúsculo armario centenares de partidas de bautismo falsas que cuatro sacerdotes de la orden escribieron y firmaron para evitar que el Gobierno de Vichy arrestase a decenas de familias judías. Impregnados con un intenso olor a polvo y abandono, esos tomos son una prueba de cómo Gilberto Valtierra, Joaquín Aller, Emilio Martín e Ignacio Turrillas pusieron en peligro sus vidas tras acoger a esas personas y facilitar que, con esos nuevos documentos, pudiesen huir del país o garantizarles cierta protección ante las frecuentes deportaciones a campos de concentración y exterminio. Ocho décadas después, el secreto de los falsificadores de Dios rompe las cadenas del silencio y ve por fin la luz.

Testigos de lo ocurrido solo quedan los muros de piedra de la iglesia y los intrincados pasillos que todavía conectan la parroquia con el convento. Cuando uno pasea por aquel lugar, atraviesa la amplia nave de la parroquia, observa la estatua de san Juan de la Cruz o rebusca en los libros de la biblioteca, no puede evitar imaginar el recorrido que estas familias judías tuvieron que realizar junto a estos curas para conseguir un papel que les sirviera de escudo ante las persecuciones. ¿Entraban por la pequeña puerta verde lateral de la fachada que da directamente con el convento? ¿Lo hacían de noche? ¿Firmaban las partidas en la gran mesa de madera que hay en la sacristía? ¿O por el contrario se escondían en la capilla de la cripta para hacerlo? Cuando se pregunta a los que habitan hoy la misión, la respuesta se repite: “No lo sabemos. Todos los de aquella época ya murieron”. ¿Cómo consiguió entonces despertar esta historia del olvido?

Fue una pequeña confesión en una cafetería del centro parisiense en 2018 lo que llevó a un historiador de 26 años, Santiago López Rodríguez, a tirar de un fino hilo y rebuscar en el pasado para saber qué pasó en realidad en aquella iglesia de curas españoles. “Estaba investigando para mi tesis doctoral la labor de la diplomacia española durante el Holocausto en el archivo del consulado y haciendo entrevistas a supervivientes y familiares de víctimas del exterminio nazi. Mientras tomaba un café con Alain de Toledo, hijo de un deportado del campo de Royallieu-Compiègne, este me contó que a sus padres les falsificaron unas partidas de bautismo en una iglesia española en París para ayudarlos a huir a España”, explica López, profesor de la Universidad de Extremadura. De Toledo no le especificó nada más y, hambriento de curiosidad, el historiador se dirigió a la Rue de la Pompe.

Tras llamar a la puerta de la misión, un claretiano con acento burgalés, Carlos Tobes Arrabal, condujo a López por el pasillo que flanquea el patio de los geranios hasta la pequeña alacena donde descansan dichas partidas de bautismo. En un despacho adyacente, a la luz de un flexo y custodiado por una talla de la Virgen de Fátima, López inspeccionó página por página los certificados de bautismo registrados entre 1940 y 1944. Allí estaban, anotados con tinta azul y negra, decenas de nombres de personas con apellidos judíos, de edad adulta y nacidos en el extranjero, la mayoría en Salónica (Grecia) y Estambul (Turquía).

“Se ve claramente cómo en ese periodo de tiempo los bautismos crecieron hasta un 200% en esta parroquia. Se hicieron conversiones a familias enteras en el mismo día, incluso en algunos casos, también se falsificó a la vez el certificado matrimonial [22 en total]”, subraya López mientras señala con su dedo índice las pruebas. Las 155 falsificaciones se distribuyen a lo largo de cinco años, entre el 3 de octubre de 1940 y el 12 de julio de 1944. Repartidas semanalmente, encontramos 4 en 1940, 68 en 1941, 30 en 1942, 45 en 1943 y, ya al final de la ocupación nazi, 8 en 1944.

Tras desempolvar los tomos y descifrar la letra de todos los firmantes, cruzó los datos de la misión con los que encontró en otros archivos franceses y encontró que hasta 60 de estas partidas correspondían a judíos inscritos como españoles y a 19 protegidos, es decir, personas que contaban con el amparo del consulado. Este descubrimiento forma parte de El Servicio Exterior de España durante el Holocausto en la Francia ocupada (1940-1944), tesis doctoral que espera hacer pública en los próximos meses.

La familia de los Modiano fue la primera en ser bautizada. Mauricio Modiano, de 65 años; su esposa, Eda María, de 51; su hijo René, de 20, y su sobrina María Francisca Hasson, de 9, vivían en el número 134 de la Avenue de Malakoff. Salvo la pequeña María Francisca, todos nacieron en Salónica (Grecia). No hay evidencias de si el padre Valtierra, el cura que firmó la partida, dejó caer sobre sus cabezas el agua bautismal o si simplemente los llevó a un despacho a firmar los documentos. Lo que sí aparece marcado en sus fichas es la fecha del 3 de octubre de 1940, el mismo día que entró en vigor el Estatuto de los Judíos, las leyes antisemitas firmadas por el mariscal Philippe Pétain que desembocaron en la creación de un censo de judíos y, posteriormente, en las conocidas deportaciones a campos de concentración y exterminio. Se estima que más de 75.000 personas murieron. “Estas falsificaciones servían para convertirse aparentemente en católicos y tener la posibilidad de engañar a los perseguidores”, afirma López.

Con una letra clara, los curas se alternaban para falsificar los documentos. En dichos registros anotaron datos relevantes que, analizados hoy, nos permiten vislumbrar cómo eran los bautizados. La gran mayoría eran sefardíes y la edad media era de 33 años: el más joven solo tenía unos pocos meses de vida, y el mayor, 75 años. A casi todos se les castellanizó el nombre con el objetivo de que, cuando presentasen toda la documentación a las autoridades francesas para huir a España, no se los vinculase con su posible registro en el censo judío. Así, Levy se convirtió en Luis, Jacobo en Jaime y Moisés en Mauricio.

También es relevante ver cómo algunos de ellos, semanas después de aparecer en los tomos como bautizados, aparecen en las fichas de otros judíos como padrinos. El matrimonio de los Modiano, por ejemplo, figura con esta categoría en la partida de bautismo de Víctor Gomerzano, de 20 años y natural de Constantinopla (actual Estambul). Lo que cabe pensar es que, en muchos casos, los inscritos estaban relacionados entre sí y utilizaban el boca a boca y las relaciones familiares para enterarse de la posibilidad de ayuda que brindaban los misioneros españoles.

Cuatro sacerdotes contra las leyes antisemitas

En aquellos años, colaborar con estas personas suponía un delito grave, especialmente si se falsificaba documentación relevante, como visados, pasaportes y partidas de bautismo. “Estos sacerdotes no solo estaban infringiendo la ley eclesiástica haciendo conversiones falsas, sino que se enfrentaban al Estado francés. Si esto se hubiera destapado, podría haber supuesto, sin duda, su expulsión de Francia y un gran perjuicio para la diplomacia española”, comenta López mientras revisa el archivo claretiano en busca de algún papel que arroje más luz sobre lo sucedido. Pero ¿quiénes eran estos cuatro curas y cómo lograron construir esta red de salvamiento?

De ellos queda únicamente una decena de fotografías guardadas en una caja de cartón en la misión de la Rue de la Pompe. Unos pocos recuerdan de oídas qué fue de sus vidas. Por aquel entonces, estos sacerdotes vivían en la misión junto con otra decena de claretianos, y todo apunta a que su relevancia tuvo que ser notable. En el fresco del retablo que corona el altar de la parroquia aparece retratado un sacerdote que, tras comparar su rostro con otras pinturas de la época y corroborarlo con el padre Tobes, representa al padre Joaquín Aller. Nacido en 1897 en Campo de Villavidel (León), Aller fue por entonces superior de los claretianos. La prensa local asturiana de la época informó de que había colaborado con un comunista asturiano exiliado para devolver a Asturias la talla de la Virgen de Covadonga, que pasó parte de la Guerra Civil en la Embajada española de París. Murió en Bilbao en 1964.

Poco más se sabe del resto. Gilberto Valtierra nació en 1889 en San Martín de Humada (Burgos, 22 habitantes) en una familia de cinco hermanos, tres de los cuales se convirtieron en claretianos. Allí sigue viviendo un sobrino nieto suyo, Luis Porras Valtierra. “¿Pero qué dice usted? ¿Eso pasó? La verdad es que era un hombre bueno. Recuerdo que alguna vez vino al pueblo a ver a mi madre. Pero, que yo sepa, aquí nunca dijo nada sobre esto que usted me cuenta”, dice Peñas por teléfono tras conocer la labor secreta de su tío. No obstante, subraya, el día de su muerte la tiene grabada a fuego en su memoria. “Fue el 1 de noviembre de 1953. Pocos días después recibimos una carta de Francia. En ella, una familia que no conocíamos nos decía: ‘Los pobres de París lloran ante la tumba del padre Valtierra’. Eso no se me olvida”, cuenta con emoción.

Emilio Martín fue uno de los padres fundadores de la misión claretiana. Llegó allá por 1913 con el objetivo de ayudar a los inmigrantes españoles que vivían con dificultades. Nacido en Segovia en 1869, Martín enseñó y dirigió a los claretianos que pasaron por la Rue de la Pompe hasta su muerte, en 1951. Todavía hoy, antes de entrar en la sacristía de la iglesia, a mano izquierda, está colgado un retrato suyo realizado con carboncillo.

Tobes, superior y actual director de la misión, solo conoció a Ignacio Turrillas (nacido en Monreal, Navarra, en 1897), al que cuidó durante sus últimos años de vida. “Era el que quedaba vivo de los cuatro y murió en mis brazos en 1979. Jamás me contó nada de esto. Pero un día, años después de su muerte, allá por 2008, llegó una mujer a la puerta diciendo: ‘Vengo a daros las gracias. Salvasteis la vida de mis padres’. Nadie sabía a qué se refería y la llevamos ante el padre Miguel Ángel Chueca, nuestro superior por entonces”, relata Tobes sentado en el umbral de la puerta del convento. Cuando la mujer se marchó, prosigue, Chueca contó toda la historia al resto de los misioneros, sin muchos detalles, y les pidió que guardaran silencio.

“Creo que fue una historia que la orden vivió en su intimidad. Ahora, al saber más sobre lo que hicieron nuestros hermanos, nos llena de orgullo y felicidad”, afirma apasionadamente el actual superior. Más de un siglo después de su inauguración, la misión sigue dedicándose a ayudar a los más necesitados: imparten clases de francés a inmigrantes de lengua castellana y ofrecen gratis los servicios de una educadora social, entre otras labores de caridad. Pero son pocos. De la veintena de claretianos que había en los pasados años cuarenta ya solo quedan tres. Junto al superior está el padre Tomás Tobes Agraz y el padre Arturo Pinacho. “La vocación nunca se va. Hay que servir porque mucha gente lo necesita”, explica sonriente el padre Tomás, de 81 años, sentado a la mesa. Mientras comen un humilde estofado y beben agua con un chorro de vino de tetrabrik, conversan sobre las grandes carencias que siguen sufriendo muchas personas.

La ayuda del cónsul Bernardo Rolland
Nadie sabe aún por qué el padre Chueca era reacio a hacer público tal descubrimiento. A De Toledo también le insistió en que no quería que se diera a conocer la historia cuando fue en busca de los documentos que demostraban que sus padres habían sido bautizados allí. “No me dio razones. Me hubiera gustado honrar a la misión, pero él no quería”, cuenta De Toledo. El secreto de los claretianos también fue respetado por la mayoría de los inscritos. A De Toledo, por ejemplo, sus padres jamás le contaron nada. La noticia le llegó mientras investigaba cómo el por entonces cónsul general de España en París, Bernardo Rolland, conocido por salvar secretamente a más de 80 judíos, liberó a su padre del campo de Royallieu-Compiègne en 1942 y luego ayudó a sus progenitores a huir a España en 1943. “Un primo de mi madre, Enrique Saporta y Beja, conocía muy bien al cónsul. Este le había prestado una oficina en el consulado para ayudar a los sefardíes. Él me contó que Rolland fue el que aconsejó a estos judíos que fueran a ver a los sacerdotes [para falsificar las partidas]”, revela en una entrevista por correo electrónico.

La figura de Rolland como nexo entre los perseguidos y los sacerdotes, hasta ahora desconocida, demuestra que participó en la salvación de un centenar de personas más y que posiblemente involucró a trabajadores de la Cámara Oficial de Comercio en París, que figuran en algunas partidas falsas como padrinos. “Sin su acción, mis padres no habrían sobrevivido y yo no habría nacido. Por esta razón llevo 15 años intentando conseguir que le concedan la medalla de Justo entre las Naciones. Pero para mí, sin o con ella, es un Justo”, escribe De Toledo, también presidente de la asociación Muestros Dezaparecidos (Nuestros Desaparecidos, en ladino), que trabaja en la recuperación de la memoria de los sefardíes españoles deportados en Francia.

Preguntas abiertas
Cuando uno revisa la historia de los falsificadores de Dios, surge una duda: ¿no sospechaban las autoridades francesas al ver en estos documentos apellidos judíos y fechas tardías de conversión? ¿Realmente estos bautismos ayudaron a salvar la vida de la mayoría de estas familias? López no duda de ello. “Estos documentos eran una herramienta perfecta para ocultar su fe y dar más credibilidad a los certificados de nacionalidad española u otros papeles expedidos por Rolland”, puntualiza el investigador. Por un lado, estos documentos acreditados por la Iglesia les podían liberar de figurar en el censo de judíos que posteriormente las autoridades utilizaron para localizar y arrestar a miles de ellos y deportarlos a campos de concentración y exterminio. Y por otro, según apunta el historiador, con estos documentos las probabilidades de conseguir un visado para salir de Francia aumentaban. Además, aunque la falsificación para salvar judíos no fue muy común, hubo episodios similares probados que libraron a miles de personas de ser asesinadas por los nazis. Un ejemplo fue la Operación Bautismo, en la que el cardenal Angelo Giuseppe Roncalli, futuro papa Juan XXIII, falsificó durante la Segunda Guerra Mundial partidas de bautismo para salvar a 24.000 judíos desde Estambul (Turquía).

No obstante, no se puede acreditar que la salvación de estas familias se deba exclusivamente a la acción de los claretianos. Lo que sí está comprobado es que durante toda la ocupación nazi los sacerdotes siguieron firmando partidas. El falso bautismo no fue suficiente para salvar de la muerte en los campos de concentración al pequeño de ocho años Rogelio Samuel Benarrosch y a otros 16 inscritos. Pero el resto, 138 personas, sí consiguieron burlar a los nazis.

En algunas ocasiones, los movimientos de los falsificadores de Dios despertaron la inquietud de la jerarquía eclesiástica francesa. En una correspondencia localizada a raíz de este reportaje entre el arzobispo de París Emmanuel Suhard y el superior de los claretianos, el primero pedía al director que se presentase en la sede episcopal para que le informase sobre dichos bautismos. En una carta fechada el 12 de febrero de 1942, Suhard le insistía: “Le dije, la última vez que le vi, que el Consejo del Arzobispo necesitaba una explicación sobre otro converso israelí de quien no nos ha llegado la documentación. Se trata de la señorita (Mme.) Saporta [y Beja], que habría sido bautizada y casada fugazmente en la capilla española. Le agradecería que viniera a verme el sábado por la mañana, 14 de febrero a las 10 en punto, y me diera cualquier documentación que haya reunido”.

Es conocida la oposición del arzobispado de París al Gobierno de Vichy y a las deportaciones, por lo que cabe pensar que estas misivas tenían como objetivo pedir prudencia a la misión y entregar algún tipo de documentación que argumentase la urgencia de dichas conversiones para no levantar sospechas dentro de la Iglesia francesa que apoyaba a Hitler. No obstante, no se han encontrado pruebas de cuál era la postura del arzobispo ante estas falsificaciones. Los actuales superiores de la orden en España, que también desconocían la historia, afirman que con toda probabilidad las falsificaciones se hicieron guardando toda clase de cautelas. “Los años han pasado y es probable que si otros hermanos nuestros, o los superiores de la congregación, supieron de esas acciones, murieran sin comentarlas”, cuenta un portavoz en Madrid.

Entre los papeles de color pajizo que la misión aún conserva de aquella época, aparece una copia de otra carta que el padre Valtierra escribió para justificar el bautismo de la familia Sevi, compuesta por Alberto, Matilde y los niños Jacqueline y Claudio. “No tengo motivos para dudar de la buena fe del señor Sevi sobre su conversión. Ahora se comporta como un cristiano, viene todos los domingos a misa (…)”, escribió el sacerdote.

Claramente Valtierra mintió para proteger a dichas personas. La prueba de ello se encuentra en el archivo de Yad Vashem, la institución oficial israelí en memoria de las víctimas del Holocausto. Allí se recoge que, años después de ser bautizados, los Sevi entregaron su hija a sus vecinos, los Saulnier, un matrimonio católico, para que la protegieran. “No tenían miedo de los bombardeos, sino de ser arrestados y deportados porque eran judíos”, asevera el texto. Afortunadamente, conocemos que la pequeña se reunió con sus padres tras la guerra.

Más de 100 nombres, más de 100 historias
Encontrar y entrevistar a los protagonistas de esta historia es muy complejo, especialmente porque ha pasado tanto tiempo que es difícil que alguien siga vivo. Tras una búsqueda intensiva en blogs familiares y árboles genealógicos, además de más de medio millar de llamadas, se ha podido localizar a una veintena de descendientes. Curiosamente, ninguno sabía nada de esta historia.

“Se me está poniendo la piel de gallina. No puedo creerlo. Es como si me estuviera hablando de alguien que no conozco. No entiendo por qué nunca me dijeron nada”, cuenta conmovida Karine Saporta, hija, sobrina y nieta de bautizados. Conoció la noticia después de devolver una llamada perdida a su móvil de este periodista. “Pensaba que era una broma”, relata. El caso de los Saporta sobresale del resto por sus protagonistas. El benjamín de la familia se llamaba Raimundo, tenía 16 años y se convirtió décadas después en el vicepresidente del Real Madrid, mano derecha de Santiago Bernabéu y artífice, entre otras cosas, de que el jugador Alfredo Di Stéfano acabara vistiendo la camiseta blanca de por vida. Una figura relevante de España, vinculado también a la dirección de la Federación Internacional de Baloncesto.

Su hermano, padre de Karine, se llamaba Marcelo, tenía 19 años cuando la partida de bautismo falsa le ayudó a exiliarse a Madrid con toda su familia. Tras la contienda, cambió su nombre por Marc y volvió a París. Su nombre cobró relevancia como traductor, editor e íntimo amigo de Jean-Paul Sartre. Todos, al igual que muchos bautizados, ocultaron lo sucedido a sus familiares y se llevaron el secreto de los claretianos a la tumba.

Un año después de colgar el teléfono, Karine visita la misión parisiense para ver los famosos tomos. Temblorosa y aparentemente incrédula, sube acompañada del padre Tobes las escaleras de madera que llevan a la biblioteca, en lo alto del convento. Entre dos paredes forradas con libros y alguna que otra trampa para ratones, una mesa la espera con un libro abierto. Cuando leyó los nombres de sus padres, cogió una bocanada de aire. “Aquí están”, dijo.

Allí supo que sus padres, en 1949, también se casaron. El padre Valtierra, el mismo que firmó su certificado falso, fue el cura que ofició la celebración. “No puedo imaginarme el sufrimiento por el que tuvo que pasar mi familia. Es una historia que debe conocerse. Que debe salir a la luz”, cuenta la hija de Marc emocionada mientras fija su mirada en el padre Tobes.

Los sefardíes del Expediente de Toledo
Para Eliazer Carasso; su esposa, Matilde Amarigio, y su hija Alegra, la huida de los nazis no terminó con su salida de Francia. El viaje hasta su nuevo hogar, Casablanca (Marruecos), se demoraría casi un año más. Como a tantos repatriados judíos, las autoridades franquistas los repartieron por ciudades españolas, en su caso Toledo, a la espera de entregarles los respectivos visados. Junto a ellos, arribaron a la capital castellano-manchega otros seis judíos, entre ellos Edith María Esther Nahamías, también bautizada. Los pasos de su odisea están recogidos en un expediente policial en el Archivo Histórico Provincial de Toledo.

Los documentos, escritos a máquina y anotados a bolígrafo por el gobernador civil de la provincia de Toledo, informan de las residencias que ocuparían los repatriados desde agosto de 1943 hasta su marcha, finalmente en diciembre de ese mismo año. Los Carasso convivieron junto a vecinos toledanos en la calle de la Escalerilla de la Magdalena, número 2. Justa Córdoba, por entonces con 13 años, aún los recuerda como “gente educada”, “bien vestida” y que “solo hablaban entre ellos”. Los años han pasado y para Córdoba, ahora nonagenaria, le resulta difícil hacer memoria. “Era muy pequeña. En el barrio se decía que eran judíos que Franco había acogido como refugiados”, cuenta por teléfono.

Lo que pasó con ellos después de salir de España no está del todo claro. Los Carasso consiguieron embarcar en diciembre desde Málaga hacia Casablanca. Un mes antes, Nahamías logró un salvoconducto hacia Barcelona para encontrarse con su marido, Jacob Faraggi. Poco después se establecieron en Madrid, donde abrieron una boutique de moda cerca de la plaza de la Independencia. Anne-Marie Rychner Faraggi, familiar de ambos, cuenta que en 1945 regresaron al país galo. “Volvieron a Francia tras la Segunda Guerra Mundial. En la familia no sabemos mucho más sobre ellos”, explica Rychner.

La búsqueda de cada uno de los nombres lleva a descubrir múltiples historias que arrojan luz a una de las páginas más negras del siglo XX: la guerra y el Holocausto. Pese a haber despertado del olvido, el caso de los falsificadores de Dios está compuesto por fragmentos que siguen sin resolverse con claridad. ¿Tomaron ellos la iniciativa de salvar a esta gente o fue el cónsul el que llamó a su puerta pidiendo ayuda? ¿El obispado apoyaba sus actos o simplemente desconocía la realidad del asunto? Y más importante, ¿fueron las falsificaciones de los claretianos la clave para que la mayoría de los bautizados no muriera a manos de los nazis?

Tras analizar una y otra vez las partidas, las cartas y el resto de informes, no hay duda de que los misioneros españoles de la Rue de la Pompe se expusieron ante las autoridades nazis. Como demuestra su certera caligrafía, no les tembló el pulso al firmar aquel centenar y medio de conversiones falsas para intentar salvarles la vida a estas personas.

La lista de los falsificadores de Dios

Esta es la lista de las 155 personas que intentaron escapar de los nazis con la ayuda de los falsificadores de Dios. Si usted es un familiar o un conocido de una de estas personas y quiere contactar con nosotros, puede escribirnos a


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Guerra, peste y muerte sometieron a América



Casi inmediatamente después del descubrimiento de América, aparecen las primeras epidemias de viruela y sarampión entre las poblaciones de las islas caribeñas: Una tras otra sufrían las consecuencias de las devastadoras enfermedades, así por ejemplo, la isla de La Española prácticamente perdió a toda su población nativa. Otras, como Cuba, Jamaica y Puerto Rico, también fueron terriblemente diezmadas.

Aunque en la hecatombe caribeña el principal papel lo jugaron las epidemias, el inhumano trato que sufrían los explotados aborígenes contribuyó en buena medida a su desaparición. De hecho el debilitamiento y la desnutrición resultantes del maltrato fueron factores que abonaron aún más el campo de las epidemias. Los nativos habían resultado sumamente susceptibles a las enfermedades transmitidas por vía respiratoria (incluidas, desde luego, el sarampión, la viruela y la influenza). Por esa razón se decía que el hálito de los españoles mataba al indio. El despoblamiento de las islas antillanas fue tan enorme, que los españoles se vieron forzados a importar mano de obra de otras regiones. Primero de la región del Darién (en Panamá) y después directamente del África. Esa necesidad fue precisamente lo que guiaría a las primeras exploraciones españolas hacia la masa continental. Para 1517 los estragos de las epidemias en las islas caribeñas habían hecho sucumbir casi totalmente a la población lugareña. Así, ante la amenaza de quedarse sin su esclavizada mano de obra, los emprendedores colonos constantemente organizaban expediciones para reclutar nuevos trabajadores para su empresa esclavista. Fue en ese año cuando el conquistador y gobernador de Cuba, Diego Velázquez de Cuéllar, organizó una expedición que sería guiada por Francisco Hernández de Córdoba.

El rumbo de este periplo llevaría directamente a este español a descubrir las costas de México. Un año después, el 18 de noviembre, otra histórica expedición partía de la isla de Cuba rumbo a los nuevos territorios recién descubiertos. Ésta era comandada por Hernán Cortés. Tres años después, el 13 de agosto de 1521, consumaba la enorme epopeya de conquistar al gran imperio mexica, el mayor y más poderoso estado de Mesoamérica. Indiscutiblemente esa hazaña fue posible gracias al genio militar desplegado por el conquistador de México. También, desde luego, porque a sus escasas huestes se sumaron como aliados miles de nativos que sufrían la opresión de los mexicas. Sus filas fueron nutridas especialmente por los habitantes del señorío de Tlaxcala. En la guerra contra Tenochtitlán, no sólo contó con el apoyo de los tlaxcaltecas. No, a la empresa bélica de Cortés se agregó un inesperado y temible protagonista: la viruela. Durante los 18 meses que precedieron a la caída de la ciudad de Tenochtitlán sucumbieron más de 250 mil mexicas. La gran mayoría como resultado del hambre y la epidemia que cundió durante el sitio de la capital del imperio. El mismo Cuitláhuac, el emperador que sucedió a Moctezuma II, sucumbió del mal durante el asedio.

[…] Pronto llegaron inmigrantes ibéricos… y con ellos, llegarían también enormes tribulaciones para la población aborigen.

Pero la crueldad y la opresión de los españoles sobre los indios no fue la causa principal de la casi desaparición de las culturas de la América precolombina. En bien de la simetría histórica y en honor de la verdad, debemos señalar que sólo es cierto en parte. […] La colosal hecatombe de las poblaciones nativas de América, los mayores hados funestos estuvieron personificados por un flagelo: las pandemias.

La gran hecatombe.

La dispersión de la primera gran enfermedad por la masa continental de América se inicia con el arribo de Narváez a México, cuando uno de sus soldados afectado de viruela inicia (sin saberlo ni proponérselo) el contagio y la propagación entre la población aborigen. En 1531 desembarca en Veracruz un marino español que viene acompañado no sólo de sueños de riqueza y poder, sino de un mal que resultará catastrófico para los indios: el sarampión. Esta enfermedad rápidamente se extiende por la costa oriental de México, de ahí a la cuenca del Anáhuac y finalmente a la costa pacífica. En un abrir y cerrar de ojos se desata la pesadilla. Los horrores de la viruela y del sarampión cobran millones de víctimas en unos cuantos años. Aunque no existen registros exactos, se ha estimado que antes de la conquista la población aborigen de la Nueva España quizá haya llegado a unos 25 millones. Pero el efecto acumulativo de las epidemias hizo que descendiera a unos 17 millones en 1532. Para 1548 apenas llegaba a unos seis millones; y para 1579 la cifra había disminuido a la increíble cantidad de dos millones. ¡El 92% del total de la población india había sucumbido! Las regiones costeras de México, tanto del Pacífico como del Golfo, quedaron prácticamente deshabitadas. El Valle de México perdió más del 80% de sus nativos. Mientras tanto, en el Perú se vivían horrores similares o, si cabe imaginarlo, aún peores.

Como consecuencia de las epidemias, en el valle de Rimac (Lima) la mortandad alcanzó la terrorífica cifra de 95%. En la región costera del antiguo imperio inca la situación fue mucho más trágica, al grado que desaparecieron poblaciones enteras. Cien años después aún había pruebas que testificaban aquel pavoroso desastre. En 1685, mientras efectuaba un viaje de la ciudad de Lima a la de Paita, el marqués de Varinas describió: Observa uno a breves intervalos montones de calaveras y huesos de estos desdichados, que horrorizan a quienes viajan por el camino. El mismo marqués de Varinas estimó que, de los dos millones de indios que en otro tiempo habitaban la región costera de Paita, apenas sobrevivían unos 20 mil. La mortandad había llegado a la sobrecogedora cifra de 99% del total de la población.

Lo mismo en México que en Perú la tremenda catástrofe sólo requirió de un poco más de 50 años para consumarse. Durante el curso de las terribles pandemias de viruela y sarampión, y de otras enfermedades que se sumarían a éstas, América perdió no menos de 50 millones de habitantes. En comparación, la peste bubónica que asoló a Europa durante el siglo XIV cobró unos 25 millones de vidas, lo cual tampoco deja de ser aterrador. La peste alcanzó una mortandad de 33% entre las poblaciones europeas, mientras que las pandemias sufridas en los territorios conquistados por los españoles en el Nuevo Mundo costaron la vida a más del 90% de los habitantes nativos. Nunca antes ni después la historia del mundo ha registrado una catástrofe demográfica de tan descomunal magnitud… y letalidad extrema al continente americano: lepra, difteria, peste bubónica y tifus, las cuales provenían directamente del congestionado mundo Mediterráneo.

También arribaron la fiebre amarilla y la malaria, éstas venían con el inhumano cargamento de las bodegas de los buques negreros provenientes de África. Enfermedades que afectaban por igual a los españoles, que a indios, mestizos o negros.

[…] La viruela, el sarampión y las condiciones en que eran mantenidos, habían sangrado y debilitado tanto a los nativos, que ya prácticamente era un terreno fértil para cualquier infección. Todas adquirieron características endémico-epidémicas y su conjunción fue la causa de la enorme tragedia demográfica.

Nunca antes ni después una población había enfrentado al mismo tiempo tantas epidemias de enfermedades tan letales. Cada nombre de ellas, viruela, peste, influenza, sarampión, malaria, etcétera, evoca por sí mismo una tragedia en la historia humana. Y ahora las poblaciones nativas de los territorios conquistados por los europeos en América debían enfrentarlas a todas en condiciones totalmente desventajosas: sin contar con ninguna defensa inmunológica; vírgenes de contactos previos; sufriendo guerras, asedio y opresión; y con una calidad de vida disminuida. Pero lo más pasmoso de todo no es la exorbitante magnitud que esas terribles pandemias alcanzaron ni la espeluznante mortandad que ocasionaron. No, lo verdaderamente increíble es que hubieran quedado sobrevivientes. De hecho, en algunos sitios, no quedó ninguno.

Tal fue el caso de los habitantes originales de las islas del Caribe. La extinción de la población nativa de las Antillas fue total: en 1540 no quedaba ni un solo sobreviviente.

Tomado y adaptado de: ‘La mayor catástrofe demográfica la historia’.

https://www.medigraphic.com/pdfs/abc/bc-2010/bc104i.pdf


Análisis Crítico y Comprensión Lectora

1. ¿Qué le llamó la atención de lo narrado por el autor del artículo?

2. El costo de la invasión española al continente americano fue muy alto; después de la explotación y el maltrato: ¿Valió la pena su legado de idioma, religión y mestizaje?

3. ¿Debería España tener programas de cooperación financiera y técnica para compensar y resarcir el daño y el maltrató a los indígenas de los territorios que invadió y explotó?

4. Somos el resultado de un mestizaje a la fuerza, involuntario: indígenas - blancos (europeos) y negros (africanos), ¿se siente orgulloso de este legado cultural? ¿Qué piensa sobre esto?

5. ¿Qué piensas sobre lo ocurrido a los indígenas durante la invasión española al continente americano?



El secuestro del inca Atahualpa por la banda de Francisco Pizarro



El 16 de noviembre de 1532 tuvo lugar el primer caso documentado de secuestro en el territorio suramericano. Un grupo de españoles dirigido por Francisco Pizarro se apoderó por la fuerza del inca Atahualpa, quien había aceptado una invitación a cenar y había llegado al campamento en el alto valle de Cajamarca, en las montañas del Perú, con un lujoso cortejo ceremonial de incas desarmados.

                                     Por William Ospina


Las tropas de los aventureros españoles se habían atrincherado en los edificios vecinos, esperando la orden de su jefe para abrir fuego contra los visitantes, pero antes de ello un sacerdote católico, el padre dominico Vicente de Valverde, salió al encuentro de la víctima, le habló del misterio de la Santísima Trinidad, le habló de la creación del mundo y del pecado original, y finalmente le informó que el papa de Roma había entregado esas tierras al emperador Carlos V y que Pizarro venía a tomar posesión de ellas.

Al oír la traducción que le hacía el intérprete, el inca sorprendido le respondió que el reino del Perú le correspondía por herencia de su padre Huayna Cápac, y que ambos descendían del Sol, del dios de los incas. Entonces el sacerdote le mostró un objeto hecho de numerosos planos superpuestos exornados de inscripciones, y poniéndolo en manos de Atahualpa le dijo que allí estaba toda la sabiduría. El inca examinó aquel objeto, tratando de escuchar todo el saber que había en él, pero al no oír nada se sintió engañado y lo arrojó por tierra con indignación; era la señal que se requería. El dominico corrió hacia donde se encontraba Pizarro, le dijo que aquel perro arrogante había arrojado por tierra la sagrada escritura, y le dio la absolución previa por todo lo que quisiera hacer contra él y contra sus gentes.

Los conquistadores, que disponían de cañones y de mosquetes para espantar y también para aniquilar a las tropas de flecheros del imperio incaico, abrieron fuego en todas direcciones, cayeron además con sus espadas sobre los acompañantes inermes de Atahualpa, que no acertaban a huir abandonando a su rey, y dieron muerte en una tarde a más de siete mil personas. El hecho era trágico de una manera extrema: Atahualpa asistió a la cena con toda su corte, como prueba de confianza en los visitantes. Nada más alejado de las expectativas de su cultura y de los códigos de honor seculares de su pueblo que la posibilidad de que un ejército abriera fuego contra ellos sin haber declarado previamente la guerra. Ante la superioridad técnica de los atacantes, ante ese fuego inesperado y traicionero, ante esa ferocidad de los guerreros españoles del Renacimiento que le ha hecho decir a Jacob Burckhardt que en ellos parecía haberse desencadenado el lado diabólico de la naturaleza humana, fue tal el desconcierto de los incas que ninguno reaccionó, y la irrupción de los caballos acorazados de los españoles, bestias bicéfalas desconocidas vestidas de hierro y capaces de hablar, acabó de paralizar al cortejo. Ni siquiera las tropas que acampaban en el valle vecino se atrevieron a asomarse al lugar donde resonaban los truenos.

Quienes allí caían aniquilados eran, nos dice David Ewing Duncan: «la élite del gobierno de Atahualpa, sus nobles, sus gobernadores, sus generales, sus sacerdotes y sus adivinos, los mayores responsables del funcionamiento del gobierno imperial, cuya súbita muerte en masa significaba un golpe devastador para un imperio que había perdido a millares de miembros de su clase dirigente en la reciente guerra civil». Pero aquella fiesta de sangre no fue más que el comienzo. Con la mano ensangrentada, el propio Pizarro tomó por los cabellos a Atahualpa y lo llevó a rastras, entre el caos y la masacre, hasta la habitación donde después lo tuvieron cautivo durante nueve meses.

Los móviles de aquel secuestro están claros: desde su llegada a América, a los 40 años de su edad, Francisco Pizarro se había hecho el propósito de obtener poder y fortuna, y andaba buscando la región de los incas, siguiendo la leyenda de su riqueza extrema. Pascual de Andagoya, viajando desde Panamá, había oído a unos indios que navegaban en piraguas por las costas del Pacífico hablar de una tierra llamada Pirú, donde un poderoso rey era dueño de tesoros fabulosos. Desde entonces Pizarro se había obsesionado con esa aventura, había conseguido cómplices que lo secundaran, y estaba tan seguro de las riquezas que iba a obtener que hasta celebró un contrato con sus aliados, distribuyéndose de antemano el oro y las tierras que pensaban apropiarse. Eran tenaces, y antes de llegar al Perú afrontaron grandes penalidades, como los meses de delirio en la isla Gorgona, donde chapotearon en el fango entre el asedio de los mosquitos, alimentándose de lagartos y de huevos de tortuga, enfundados en sus armaduras bajo el sol del Pacífico por temor a las bestias venenosas. Pero aún no estaba claro para ellos que lo que se proponían era un secuestro; éste se les fue apareciendo como el camino más eficaz para cumplir su cometido, y sólo cuando Pizarro ya tenía a Atahualpa cautivo en su edificio de Cajamarca, concibió con claridad el monto del rescate que pediría por él.

La prisión del inca era una habitación de siete metros de largo por cinco de ancho. Pizarro exigió a Atahualpa que ordenara a sus súbditos llenar de oro esa habitación hasta una altura de dos metros, y trazó una raya en la pared para indicar con claridad el nivel al que debían llegar los tributos. Ello equivalía a setenta metros cúbicos de oro, que en última instancia y en los niveles extremos podría completarse con plata en caso de que el oro aportado para la liberación del secuestrado no fuera suficiente. Empezaron entonces los súbditos de Atahualpa a acarrear por la red de caminos del imperio inca, que eran mejores que los caminos europeos de aquel tiempo, literas cargadas con objetos de oro, intentando llenar la habitación en los dos meses que los secuestradores habían concedido como plazo. En realidad tardaron más de siete en llenarla, y mientras tanto los captores establecieron cierta relación de familiaridad con el prisionero, hasta el punto de que uno de ellos, acaso Hernando de Soto, distraía los meses de su cautiverio enseñándole a jugar ajedrez.

En julio de 1533 se terminó de pagar el inmenso rescate, que ascendió entonces a la cifra de 1.326.539 pesos de oro más 51.610 marcos de plata. Al precio de 1995, el oro recogido ascendía a 88,5 millones de dólares y la plata a 2,5 millones de dólares, de modo que el precio total del rescate pagado sería al precio de 2003 de 254.800 millones de pesos colombianos.

Caudal distribuido entre los partícipes del secuestro, que eran un jefe mayor, Francisco Pizarro, dos socios por contrato, Diego de Almagro y Hernando de Luque, tres colaboradores especiales, los hermanos de Pizarro, Hernando, Gonzalo y Juan, dos jefes destacados en la campaña, Hernando de Soto, futuro conquistador de Florida, y Sebastián de Belalcázar, cuya estatua ejemplar preside el cerro de los Cristales en Cali.


Finalmente pueden calcular también la parte que le correspondió a una suerte de cómplice ciego, o gancho ciego como se decía aquí en las cárceles, el emperador Carlos V, quien había encomendado a Pizarro la misión de apoderarse del Perú “en caso de que el Perú existiera” y quien para tener en paz su conciencia ante el dios que le dio tan ancho imperio había nombrado a estos hombres protectores universales de los indios, pero no rechazó su parte de la recompensa por el hecho deleznable de que unos cuantos peruanos, entre ellos siete mil en un solo día, hubieran perdido la vida.

Podría decirse que el emperador, que tenía por entonces la misma edad de Hernando de Soto y de Atahualpa, unos 34 años, ignoraba el modo como se habían dado los hechos, y podía seguir siendo el jefe del mayor imperio católico del mundo sin muchos remordimientos, pues sin duda sus súbditos, los secuestradores de esta historia, le ocultarían algunos detalles menudos del hecho. Pero la verdad es que en el año de 1534, justo cuando el piadoso emperador recibió a Hernando Pizarro, quien llegaba a entregarle su parte del botín, de eso que en el virtuoso lenguaje de hoy se llamaría el dinero sucio, se publicó en Sevilla el relato detallado de aquel episodio, aunque no se lo llamó Noticia de un secuestro porque en esos tiempos no se solía llamar a las cosas por su nombre, sino "La Conquista del Perú llamado la Nueva Castilla. La cual tierra fue conquistada por el capitán Pizarro y su hermano Fernando Pizarro", que había sido escrito por uno de los miembros de la expedición y publicado de manera anónima, aunque ahora ya sabemos que se trata del soldado Cristóbal de Mena, partícipe del hecho, atento observador y finalmente mal pagado. Pero la verdad es que Pizarro, ávido de poder y de reconocimiento, destinó para el emperador la mayor parte de ese tesoro, no los quintos reales que eran entonces la obligación de los aventureros, y como Carlos V debía a los banqueros alemanes el dinero con el cual compró la corona de Alemania, y sólo podía pagarla con el oro de América, Pizarro no sólo obtuvo el título de marqués y la gobernación de las montañas del inca, sino también una leyenda de paladín y de patriota que dura hasta hoy, y que se enardece en efigies de bronce y resuena en ditirambos en los volúmenes de la historia oficial de nuestros continentes. Cualquiera diría que con tan descomunal rescate los secuestradores habrán despedido a su víctima con abrazos y besos, e incluso con lágrimas en los ojos, como lo hacen a veces sus discípulos contemporáneos, pero la verdad es que Pizarro y sus socios estaban inventando un género y lo inventaron plenamente. Como ocurre a menudo en los secuestros modernos, después de recibido el rescate, en lugar de liberar a la víctima empezaron a pensar qué más podían sacarle, y finalmente decidieron matar a Atahualpa, de quien se habían hecho tan buenos amigos, le enseñaban a jugar ajedrez y le conversaban de la civilización europea durante las veladas de nueve meses en la mesa de Cajamarca.

Claro que antes de matarlo decidieron darle un matiz de legitimidad al hecho cruel y atroz, y montaron un juicio amañado y cínico en el cual un indio llamado Felipillo, que servía de intérprete, que al parecer estaba enamorado de la favorita del inca, y al que le habrán dado también al estilo de nuestra época algún estímulo jurídico e incluso económico, testificó en su contra.

Los testimonios de este súbdito resultaron harto convincentes para el jurado, y vinieron adicionalmente acusaciones de poligamia e idolatría: Atahualpa había ofrecido sacrificios a dioses falsos. Allí debió ser utilísimo el testimonio del padre dominico Vicente de Valverde, a quien ya conocemos, y quien se escandalizó de que no besara con veneración la Biblia alguien que nunca había visto un libro; de modo que en vez de dejar en libertad al secuestrado, un improvisado tribunal pulió unos argumentos para asesinarlo fríamente, dejándonos un ejemplo completo de lo que vendría a ser con el tiempo una de las prácticas más crueles y abominables en nuestras sociedades.

Como conclusión de su secuestro, el emperador de los incas, jefe del segundo imperio más grande del mundo después del Imperio otomano, fue condenado en agosto de 1533 a ser quemado vivo. Todavía podían hacerle una última violencia, y se la hicieron: le prometieron cambiarle la pena atroz del fuego por otra si aceptaba la religión de sus asesinos.

Aceptó entonces bautizarse y por ello obtuvo el favor de morir estrangulado. El 29 de agosto de 1533, ya con el nombre cristiano de Juan de Atahualpa, en homenaje a Juan el Bautista, a quien también alguien le había cortado la cabeza, fue amarrado a un poste y ahorcado en el clásico estilo español: mediante un torniquete que se va apretando lentamente y que tiene el nombre de garrote vil.

Hay quien dice que los españoles que lo secuestraron estaban obligados a ello, porque se habían internado de un modo temerario en una tierra donde Atahualpa contaba con un ejército de 80 mil hombres, de modo que si no obraban de esa manera brutal, no habrían podido escapar de aquel encierro. Ello supone una curiosa legitimación: vale más la vida de 168 cristianos que se han adentrado violentamente en un país ajeno, que la vida de los siete mil hombres a los que masacraron en una sola tarde, para hablar solamente de esas víctimas. Por supuesto que todo esto es historia, y en esa medida no vale mucho la pena exaltarse, apasionarse, ni intentar insensatamente modificar el pasado. Pero la verdad es que no estamos hablando del pasado. Me he propuesto contar esta historia interpretando el cautiverio de Atahualpa como lo que fue, como un secuestro abusivo y criminal, porque esa historia tremenda nos ha sido contada casi siempre como una hazaña heroica, donde los bandidos están cubiertos por una aureola luminosa de grandes estadistas, de paladines y de portaestandartes de la civilización.


Casi siempre, en la historia de las guerras, los crímenes terminan siendo justificados y juzgados a la luz de la moral de los triunfadores. Pero los hechos de Cajamarca resultan criminales a la luz de los principios de la propia civilización cristiana en cuyo nombre fueron cometidos, y causaron alarma en las conciencias civilizadas de la península, y honra a España la certeza de que sus humanistas de entonces reaccionaron con horror ante la noticia de estas acciones.

Indios y mestizos tenemos hoy el deber y la oportunidad única de crecer y luchar unidos para hacer grande a nuestro país, para contribuir al bienestar de toda la comunidad. Parquearnos en el rencor histórico de acontecimientos pasados mantiene abierta la herida de acontecimientos que no pueden dar marcha atrás, que nos impiden ver con claridad las posibilidades del presente. Por sobre todo, añadimos otro motivo de odio y de resentimiento entre hermanos y un pretexto más para multiplicar los conflictos que desangran a nuestra martirizada patria.

Ejercicio de Comprensión lectora

Analice, contextualice y responda lo siguiente:


1. ¿Qué piensa sobre la actitud de los españoles dirigidos por Francisco Pizarro al secuestrar al inca Atahualpa y masacrar a sus acompañantes?


2. ¿Cree justa la actitud del sacerdote católico, el padre dominico Vicente de Valverde, al darle la absolución a Pizarro y sus secuaces para que hicieran lo quisieran a Atahualpa y sus gentes?


3. ¿Qué importancia histórica tiene relato?


4. ¿Cómo entender que la sociedad europea, con sus conocimientos, el arte y su cultura, sus avances tecnológicos, no rechazara la barbarie y las atrocidades cometidas por los súbditos españoles en la invasión a tierra americana?


5. ¿Qué fue lo que más le llamó la atención?


Realice un comentario sobre los siguientes dos planteamientos:

6. Pagamos un altísimo costo por los aportes europeos:
adoctrinamiento religioso, enfermedades y muerte, usurpación de toneladas de metales preciosos, obras culturales, recursos naturales, implantaron la esclavitud, impusieron el catolicismo, dominaron y explotaron la tierra. Sembraron el suelo americano con la muerte de millones de seres, sin escrúpulos ni asomo de ningún valor humano. ¿Valió la pena?


7. “Los pueblos que desconocen su pasado, seguirán explotados y abusados por los victimarios de turno”.


Si se contextualiza la situación por la que han atravesado algunos países Hispanoamericanos, la situación no parece haber cambiado mayor cosa: salarios de hambre, altísima deuda externa, sobrexplotación por parte de extranjeros de nuestros valiosos recursos naturales, discriminación racial, violación de los derechos humanos, inversión extranjera, que no trae ni progreso ni un mejoramiento notable de las condiciones sociales de sus asalariados ni de las comunidades donde tienen su sede estas empresas.

El Juicio contra Galileo Galilei



Uno de los más famosos y emblemáticos momentos de en la historia de la religión, es el juicio que la Iglesia Católica realizó contra Galileo Galilei, considerado como una rebelión intelectual del pensamiento libre contra el escolasticismo y dogmatismo de la Iglesia Católica, y también uno de los episodios más críticos en la historia científica y eclesiástica.

Galileo y el oscurantismo

El juicio a Galileo Galilei, celebrado en el año 1633, ha pasado a la historia de la religión como una infamia de la Iglesia Católica. Galileo ha sido considerado como el defensor del secularismo frente a una Iglesia Católica completamente inflexible en sus afirmaciones. El juicio tiene por sí mismo un inmenso valor que supera los hechos históricos, que son más complejos de lo que parece a simple vista.

Visión del universo de la Iglesia Católica

Durante la Edad Media, la Iglesia Católica había asumido una actitud muy reacia a la ciencia. Por definición, la ciencia busca interrogar a la naturaleza mediante la experimentación, así que no se fundamenta en verdades sagradas o absolutas. Por ende, la religión miró desde siempre el desarrollo científico con sospechas. Ya en 1292, la Iglesia llevó a juicio al sacerdote Roger Bacon, por sus incipientes experimentos científicos.

Pero como la Biblia no era especialmente informativa sobre la estructura del mundo, la Iglesia Católica se apoyó en una serie de textos griegos que parecían concordar con la visión bíblica del mundo. En Astronomía, el texto clave era el "Almagesto" de Claudio Ptolomeo, un matemático griego que vivió en Egipto en el siglo II d. C. Llevando la contraria a otros griegos como Aristarco o a Pitágoras, por ejemplo, Ptolomeo sostenía que la Tierra era el centro del universo, y todos los otros cuerpos celestes, incluyendo al Sol, giraban en su torno. Esto se encuentra en consonancia con la Biblia, (Josué 10:12-14), ya que se señala que Yahveh detuvo el Sol sobre el valle de Gabaón. Además, el que Dios cree primero el firmamento primero y el Sol después (Génesis 1:6-8 y Génesis 1:14-19) parece presuponer un Sol subordinado a la Tierra, en particular porque Génesis 1:7 presupone no un cielo vacío y abierto hasta el infinito, sino una especie de gigantesco océano de aguas, más allá de la bóveda celeste rellena de aire, en donde están los cuerpos celestes.

El problema que ya habían detectado los antiguos griegos, es que los planetas no se mueven de la manera en que deberían, si el universo fuera de esa manera. Concretamente, los planetas hacen unos rizos muy extraños en el cielo. Para explicar esto, los astrónomos tuvieron que desarrollar un complicado sistema de órbitas que se mueven en círculos dentro de círculos, llamados epiciclos y deferentes, para salvaguardar el principio de que los planetas, por ser cuerpos celestiales y por ende perfectos, no podían moverse de otra manera que no fueran en círculos, que a juicio de los filósofos y teólogos era la figura perfecta. Muchos empezaron a preguntarse si no habría una manera más simple de entender el mundo.

Irrumpe el modelo heliocéntrico

En el siglo XVI, un médico polaco llamado Nicolás Copérnico se dedicó a hacer una serie de observaciones, y publicó un libro donde postulaba que no era la Tierra, sino el Sol, el centro del universo. Consciente de que aquello podía ofender a la Iglesia Católica, esperó décadas antes de publicar sus ideas, y cuando el libro vio la luz en 1543, Copérnico estaba ya en su lecho de muerte, a la edad de 70 años.

Pero las nuevas ideas no ofendieron a la Iglesia, en un principio. Copérnico presen-taba su modelo como un simple artificio matemático para facilitar los cálculos astronómicos, y no como una verdad sobre la estructura del cielo. Esto tranquilizaba a las mentes católicas. Incluso Tycho Brahe, observando una supernova en el año 1572, pudo poner en tela de juicio el dogma de la inmutabilidad de los cielos sin problemas, aunque trabajaba para el cristianísimo Emperador de Alemania. Pero el panorama se puso más oscuro cuando un filósofo llamado Giordano Bruno, aprovechando las últimas ideas astronómicas de su tiempo, dijo que el universo quizás era infinito en el tiempo y en el espacio. Como esta idea contradecía el dogma de la creación ex nihilo (de la nada) que postula el Génesis, Bruno fue juzgado por la Inquisición, y finalmente quemado en la hoguera en 1600.

Algo más tarde, la disputa se tornó más espesa. En 1610, el astrónomo Galileo Galilei, a la sazón el científico oficial de la corte del Gran Duque de Toscana, dirigía por primera vez un telescopio al cielo. Entre sus hallazgos estaban las fases de la Luna y de Venus, así como las manchas solares y los cráteres lunares. Galileo se convenció entonces de que el modelo heliocéntrico era correcto, y lo defendió como una verdad de hecho en un escrito que fue finalmente condenado por la Inquisición en 1616. Contra la convicción popular, la verdad de las cosas es que en ese entonces toda la prueba acumulada sobre el modelo heliocéntrico era meramente circunstancial.

La primera prueba empírica irrefutable sobre el heliocentrismo se obtendría recién a comienzos del siglo XVIII, esto es, unos ochenta años después de la muerte de Galileo, cuando se realizaran observaciones en Júpiter tendientes a descubrir un tema tangencial, el valor de la velocidad de la luz.

Galileo contra la Inquisición

La verdad de las cosas es que Galileo eligió una mala época para defender el modelo heliocéntrico. La Iglesia de comienzos del siglo XVII se había visto profundamente influida por el espiritualismo y el ultra-mundanismo propios del Concilio de Trento (1545-1563), que a su vez era respuesta a la Reforma Protestante que Martín Lutero había iniciado en 1517.

La Iglesia Católica de la segunda mitad del siglo XVI, y el siglo XVII, buscaba así reafirmar la ortodoxia a rajatabla, como una manera de lidiar con los rebeldes cismáticos del norte que acusaba a la Iglesia Católica de no ser lo suficiente fiel a las Sagradas Escrituras, algo que entonces y ahora es en realidad cierto. No por casualidad, tanto Copérnico como Brahe provenían de países lejanos a la férula pontificia, ya que eran polaco uno y alemán el otro. Para colmo, en 1618 había estallado la Guerra de los Treinta Años, en la que el católico Emperador de Alemania trataba de aplastar a los rebeldes príncipes protestantes. La guerra pronto se embrolló hasta el punto que el Papado tuvo que elegir entre dos facciones igualmente católicas, la Francia del Cardenal Richelieu o el Sacro Imperio Romano Germánico. En ese clima, para la Iglesia defender la ortodoxia católica no era sólo cuestión doctrinal, sino incluso de supervivencia política.

Todas estas consideraciones pesaron a la hora de tratar con Galileo Galilei. Cuando se le prohibió defender el sistema heliocéntrico en 1616, Galileo aceptó sumisamente, pero las cosas cambiaron en 1623, porque un antiguo amigo llamado Maffeo Barberini fue elegido como Papa Urbano VIII. Urbano VIII tenía una visión moderna de las cosas, y descreía un tanto de la tradición, pero "visión moderna" significaba también cálculo maquiavélico, y si eso significaba sacrificar a un amigo para salvar la posición política de la Iglesia en el complicado mapa diplomático internacional, iba a hacerlo sin vacilar. Galileo, ajeno a consideraciones políticas, tomó el nombramiento de Urbano VIII como una buena noticia, y escribió un diálogo llamado "Diálogo sobre los dos principales sistemas del mundo".

En él se presentaba a un interlocutor que defendía el sistema geocéntrico de Ptolomeo, y a otro que defendía el sistema heliocéntrico de Copérnico. Con esto se pretendía argumentar que el sistema heliocéntrico era presentado sólo como hipótesis, pero en verdad, era una defensa desembozada del Heliocentrismo. No costó mucho que los sacerdotes convencieran a Urbano VIII de que Galileo había abusado indignamente de la confianza de su antiguo amigo, y entonces la Inquisición citó a Galileo a Roma. El Gran Duque de Toscana, protector de Galileo, estaba en una posición comprometida, y no pudo defenderlo, por lo que Galileo no tuvo más remedio que acudir ante el tribunal.

Contra la leyenda popular, no hay evidencia alguna de que Galileo Galilei haya sido torturado, aunque sí estuvo en prisión. El procedimiento inquisitorial era simple. Si el acusado abjuraba, se le condenaba como pecador, pero podría conservar la vida. Si negaba, tendría que probar su inocencia, algo bien difícil cuando la Inquisición ya de alguna manera había tomado una decisión sobre su culpabilidad, y si la Inquisición condenaba, el castigo sería la hoguera.

Galileo sabía que iba en serio: después de todo, habían quemado a Giordano Bruno por razones más o menos similares. Por lo que en 1634, Galileo se decidió a abjurar.

Dice la leyenda que Galileo murmuró: "y sin embargo se mueve", refiriéndose a la Tierra, aunque no hay evidencia sobre esto.

Galileo fue condenado a prisión en los calabozos de la Inquisición a discreción de ésta, pero esto se transformó después en arresto domiciliario de por vida.

Falleció en su hogar ocho años después, en 1642. Había quedado ciego mucho antes, probablemente debido a sus muchas observaciones dirigidas hacia el Sol. Su último libro, sacado clandestinamente por amigos a Holanda, versaba no sobre Astronomía, sino sobre Mecánica.
Como puede apreciarse, los entretelones del juicio a Galileo son bastante más complicados de lo que leyenda negra reza.

La Iglesia Católica se comportó de manera intolerante, aunque estaba muy presionada en aquellos años. Por otra parte, el modelo heliocéntrico que Galileo defendía con tanto ardor no estaba ni de lejos completamente probado, y a su manera, al defenderlo como una verdad establecida, Galileo se comportó de manera tan dogmática como la propia Iglesia Católica.

Después vino la Ilustración; en el siglo XVIII, buscando héroes seculares que lucharan contra los sacerdotes y su oscurantismo, los ilustrados reivindicaron la figura de Galileo Galilei como un defensor de la libertad de pensamiento.

Análisis y Comprensión Lectora

Responder con Argumentación

1°. ¿Qué evidencia este relato histórico?

2°. ¿Cuál es la importancia de Galileo en el pensamiento científico?

3°. ¿Cuál es el trasfondo de la sentencia: “y sin embargo se mueve”? ¿Qué connotación puede atribuírsele?

4°. ¿Por qué la Iglesia Católica se interesó en la defensa que hacia Galileo del modelo y de la concepción teórica de Copérnico con el Heliocentrismo?



5°. ¿Podría suponerse, de acuerdo al relato, que el dogmatismo de la Iglesia Católica estuvo en contra de la razón y de la observación como método científico?

La vida es del color del cristal con que se mire



Érase una vez, que en una esquina de la calle principal de un lugar muy acogedor, un vendedor de lentes, sobre un cajón de madera vieja, tenía su mercancía: lentes con cristales verdes, azules, amarillos, negros, rojos y anaranjados... de todos los colores.

El vendedor pregonaba: ¡¡¡Lentesss – anteojosss... de todooosss los colores!!!

Luego agregaba: ¡“la vida es del color del cristal con que se le mire”! ¡¡¡lentes – anteojos... de todos los colores!!!

Su voz llegaba a la calle siguiente.

Miguel, un joven un tanto pesimista, siempre miraba el lado malo de las cosas... Consideraba a la gente peor de lo que en realidad era. Y aun cuando hubiera sol pensaba en la tormenta que vendría. Consideró oportuno comprarse y claro, su color preferido: lentes de cristales negros.

-Pero con ellos verás todo oscuro, muchacho ¿Te gusta así?

-Pues sí.... y siguió caminando con sus lentes de cristales negros. Veía los árboles oscuros, las nubes grises y todo sombrío.

A Julián en cambio, le encantaba el verde, había nacido en el campo y lamentaba el color gris de los grandes edificios... El negro del asfalto y la escasez de pinos, de árboles y plantas.

-Por eso, le dijo al vendedor: Unos lentes verdes, por favor.

-Toma, muchacho.

Ahora con los lentes puestos, Julián veía, las calles, las personas de color de la hierba del campo. No era el campo, pero por lo menos todo lo veía verde y así lo recordaba. El vendedor seguía pregonando: Lentes¡¡¡¡ para ver la vida de colorreeeees!!!!

Acertó pasar por allí Margarita; una joven que siempre vestía de rojo porque para ella era el color alegre y más bonito. Su sueño era comprarse un carro rojo y después una casa roja... Toda alegre, con flores rojas... Margarita le compro al vendedor los lentes rojos. Y cuando se los puso veía los pájaros rojos y las casa rojas... También las estrellas rojas...

Todo el mundo como un corazón lleno de vida...

Por la calle donde estaba el vendedor, alguien había dejado caer una perla de gran valor, allí permanecía tirada en una esquina de la calle, sin que nadie la viera. ¡Y que bonita era! Pasó Miguel con sus anteojos negros, la vio y se dijo: “alguien dejo caer la piedra de la cauchera, ya no tendrá pajaritos. Y siguió su caminó.

Más Tarde pasó Julián... ¡mira que guisante más grande! Si Hubiera más, lo recogería para hacer una tortilla: pero uno sólo... Y siguió su camino dejando la perla. Como pasó por allí Margarita, creyó que la perla era un dulce de fresa que alguien después de chuparlo, lo había tirado allí; por eso no recogió la perla... Paso por ese lugar un niño, no se sabe su nombre, no compro al vendedor ningunos lentes. Le gustaba verlo todo del mismo color que tenían. Si el color era bonito muy bien... Si era feo así era...Él prefería las cosas en todo su realismo, le parecía mejor que cada cosa tuviera un color diferente.

Sería aburrido que todas las cosas tuvieran el mismo color. Era alguien que miraba la vida sin el color del cristal...Sin nada artificial...Por eso al pasar la esquina de la otra calle, vio la perla y la recogió. ¡Y salió preguntando:

¡El que mira la vida sin cambiarla de color, más pronto o más tarde le encuentra el verdadero valor!

Responde lo siguiente



1. ¿Con lentes de qué color miras la vida?

2. Explica la última frase del texto que aparece en letra verde

3. ¿A usted cómo le gusta ver la vida?

El origen del ajedrez

 En India vivió y reinó  un rey llamado Iadava, dueño de la provincia de Taligana. Es mencionado por historiadores hindúes, como uno de los monarcas más generosos y ricos de su tiempo. 

La guerra, con su cortejo inimitable de calamidades, amargó mucho la vida del rey Iadava, cambiando el ocio y el placer de que gozaba la realeza, en las más inquietantes tribulaciones. Fiel al deber que le imponía la corona, de velar por la tranquilidad de sus súbditos, se vio el hombre bueno y generoso obligado a empuñar la espada para repeler, al frente de un pequeño ejército, un insólito y brutal ataque del aventurero Varangul, que se decía príncipe de Calian. 

El choque violento de los dos rivales sembró de muertos los campos de Dacsina y tiñó de sangre las aguas sagradas del río Shandú. El rey Iadava tenía, singular aptitud militar; sereno, elaboró un plan de batalla para impedir la invasión, y tan hábil y afortunado fue al ejecutarlo, que logró vencer y aniquilar por completo a los malintencionados perturbadores de la paz de su reino. 

El triunfo sobre los fanáticos de Varangul le costó, desgraciadamente, grandes sacrifi-cios; muchos jóvenes pagaron con su vida la seguridad de un trono para prestigio de una dinastía; y entre los muertos, con el pecho atravesado por certera flecha, quedó en el campo de batalla el príncipe Adjamir, hijo del rey Iadava, quien patrióticamente se sacrificó en el momento culminante de la lucha, para salvar la posición que dio a los suyos la victoria final. 

comenzaba otra vez, como si sintiese placer en revivir los momentos de angustia y ansiedad pasados. En la hora temprana de la mañana, en que los brahmanes llegaban al palacio para la lectura de los Vedas[3], ya se veía al rey trazando en la arena los planos de una batalla que se reproducía indefinidamente.

¡Desgraciado monarca! –murmuraban los sacerdotes, apenados-. Procede como un “sudra” (esclavo) a quien Dios privó del uso de la razón. ¡Sólo la diosa Dhanoutara, poderosa y clemente, podrá salvarlo! Y los brahmanes elevaban oraciones, quemaban raíces aromáticas, implorando a la diosa clemente y poderosa, eterna patrona de los enfermos, que amparase al soberano de Taligana. 

Un día, finalmente, fue informado el rey de que un joven brahmán –pobre y modesto- solicitaba una audiencia que venía pidiendo desde hacía algún tiempo. Como estuviese en ese momento en buena disposición de ánimo, ordenó el rey que llevaran al desconocido a su presencia. 

Conducido a la gran sala del trono, fue interpelado el brahmán, como lo exigía la costumbre, por uno de los visires del rey. 

- ¿Quién eres, de dónde vienes y que deseas del rey? 

- Mi nombre es Lahur Sessa, y vengo de la aldea de Manir, que está a treinta días de marcha de esta bella ciudad. Al recinto en que vivía llegó la noticia de que nuestro bondadoso rey arrastraba los días, en medio de profunda tristeza, amargado por la ausencia del hijo que le robaba la guerra. Gran mal será para el país, me dije, si nuestro querido soberano se encierra dentro de su propio dolor. Pensé, pues, en inventar un juego que pudiera distraerlo y abrir en su corazón las puertas a nuevas alegrías. Es ese insignificante obsequio que deseo, en este momento, ofrecer a nuestro rey Iadava. 

El soberano hindú era excesivamente curioso. Cuando le informaron del objeto de que el joven brahmán era portador, no pudo contener el deseo de verlo y apreciarlo sin demora. Lo que Sessa traía al rey Iadava consistía en un gran tablero cuadrado, dividido en 64 cuadraditos iguales; sobre ese tablero se colocaban dos colecciones de piezas, que se distinguían unas de otras por el color, blancas y negras, siguiendo simétricamente subor-dinadas a reglas que permitían de varios modos su movimiento. Sessa explicó con paciencia al rey, a los visires y cortesanos, en qué consistía el juego, enseñándoles las reglas esenciales:

 

- Cada uno de los jugadores dispone de ocho piezas llamadas peones; representan la infantería que avanza sobre el enemigo para dispersarlo. Luego vienen las piezas mayores y más poderosas las torres; la caballería, indispensable en el combate, aparece, igualmente, en el juego, simbolizada por dos piezas que pueden saltar como dos corceles, sobre las otras; y para intensificar el ataque, se incluyen – representando a los guerreros nobles y de prestigio –los dos visires del rey, los alfiles. 

Otra pieza, dotada de amplios movimientos, eficiente y poderosa,  será llamada la reina. Completa la colección una pieza que aislada poco vale, pero que amparada por las otras se torna muy fuerte: es el rey. 

El rey Iadava, interesado por las reglas del nuevo juego, no se cansaba de interrogar al inventor: 

- ¿Y por qué la reina es más fuerte y poderosa que el mismo rey? 

- Es más poderosa, porque la reina representa el espíritu patriótico del pueblo  en el juego.

El poder mayor con que cuenta el rey reside, precisamente, en la exaltación cívica de sus súbditos. ¿Cómo podría el rey resistir los ataques de sus adversarios, si no contase con el espíritu de abnegación y sacrificio de aquellos que lo rodean y velan por la integridad de la patria? 

En pocas horas el monarca aprendió las reglas del juego, consiguiendo derrotar a sus visires en partidas que se desenvolvían impecablemente sobre el tablero.

Sessa, de vez en cuando, intervenía respetuoso, para aclarar una duda o sugerir un nuevo plan de ataque o de defensa. 

En determinado momento el rey hizo notar, con gran sorpresa que la posición de las piezas, por las combinaciones resultantes de diversos lances, parecía reproducir exactamente la batalla de Dacsina: Observad –dijo el inteligente brahmán- que para conseguir la victoria es imprescindible el sacrificio de este visir. E indicó precisamente la pieza que el rey Iadava, en el desarrollo del juego, pusiera gran empeño en defender y conservar. 

El juicioso Sessa demostraba, de ese modo, que el sacrificio de un príncipe es a veces impuesto como una fatalidad, para que de él resulten la paz y la libertad de un pueblo. 

Al oír tales palabras, exclamó el rey Iadava, sin ocultar su entusiasmo: 

- No creí nunca, que el ingenio humano pudiera producir maravillas como este juego, tan interesante al par que instructivo. Moviendo esas simples piezas, aprendí que un rey nada vale sin el auxilio y la dedicación constante de sus súbditos, y que, a veces, el sacrificio de un simple peón vale más, para la victoria, que la pérdida de una poderosa pieza. 

Y, dirigiéndose al joven brahmán le dijo:- Quiero recompensarle, por este maravilloso obsequio, que tanto me sirvió para aliviar viejas angustias. Pide, pues, lo que desees, para que yo pueda demostrar, una vez más, que soy agradecido con aquellos que son dignos de una recompensa. 

Las palabras con que el rey traducía su agradecimiento dejaron indiferente a Sessa. Su fisonomía serena no traducía la menor emoción ni la más insignificante muestra de alegría o sorpresa. Los visires miraban atónitos y asombrados su apatía ante un ofrecimiento tan magnánimo. 

- Rey todopoderoso –recriminó el joven con suavidad y altivez. No deseo, por el presente que os traje, otra recompensa que la satisfacción de haber proporcionado un pasatiempo agradable para aligerar el peso de las horas alargadas por agobiadora melancolía. Estoy, sobradamente recompensado, y toda otra paga sería excesiva. 

Sonrió, desdeñosamente, el bondadoso soberano al oír aquella respuesta, que reflejaba un desinterés tan raro entre los hindúes. Y, no creyendo en la sinceridad de las palabras de Sessa, insistió: 

- Me causa asombro tanto desamor y desdén por las cosas materiales, joven. La modestia, cuando es excesiva, es como el viento que apaga la antorcha, dejando al viandante en las tinieblas de una noche interminable. Para que el hombre pueda vencer los múltiples obstáculos que le depara la vida, precisa tener el espíritu sujeto a una ambición que lo impulse hacia un ideal cualquiera. Exijo, por tanto, que escojas si demora, una recompensa digna de tu valioso regalo. ¿Quieres una bolsa llena de oro? ¿Deseas un arca llena de joyas? ¿Pensaste en poseer un palacio? ¿Aspiras a la administración de una provincia? Aguardo tu respuesta, ya que mi palabra está ligada a una promesa. 

- No admitir vuestro ofrecimiento después de vuestras últimas palabras -respondió Sessa-, más que descortesía sería desobediencia al rey.

Voy, pues, a aceptar, una recompensa que corresponda a vuestra generosidad; no deseo, sin embargo, ni oro, ni tierras, ni palacios. Deseo mi recompensa en granos de trigo. 

- ¿Granos de trigo? – Exclamó el rey, sin ocultar la sorpresa que le causara semejante propuesta-. ¿Cómo podré pagarle con tan insignificante moneda? 

- Nada más simple –aclaró Sessa-. Dadme un grano de trigo por la primera casilla del tablero, dos por la segunda, cuatro por la tercera, ocho por la cuarta y así duplicando sucesivamente hasta la sexagésima cuarta y última casilla del tablero. Ruego a vos, rey generoso, que de acuerdo con vuestra magnífica oferta, ordenéis el pago en granos de trigo, y así como te indiqué.

 

No sólo el rey, sino los visires y venerables brahmanes, se rieron estrepitosamente al oír la extraña solicitud del joven. La falta de ambición que se traducía en aquel pedido era, en verdad, como para causar asombro aun al que menos apego tuviese a las cosas materiales de la vida. ¡El joven brahmán, que pudo obtener del rey un palacio o una provincia, se conformaba con granos de trigo! 

Insensato –exclamó el rey-. ¿Dónde aprendiste tan grande indiferencia por la fortuna? La recompensa que me pides es ridícula. Bien sabes que en un puñado de trigo hay un número enorme de granos. Debes darte cuenta de que con dos o tres medidas de trigo te pagaré holgadamente, conforme tu pedido, por las 64 casillas del tablero. Has elegido una recompensa que no alcanzaría ni para distraer algunos días el hambre del último “paria” de mi reino. 

En fin, ya que mi palabra fue empeñada, ordenaré que el pago se haga de inmediato  conforme a tu deseo. Mandó llamar el rey a los algebristas más hábiles de la Corte y les ordenó que calculasen la porción de trigo que Sessa pretendía.

Los sabios matemáticos, al cabo de algunas horas de profundos estudios, volvieron al salón para hacer conocer al rey el resultado completo de sus cálculos. 

El rey les pregunta, interrumpiendo el juego: ¿Con cuántos granos de trigo podré cumplir, finalmente, con la promesa hecha al joven Sessa? 

- Rey magnánimo –declaró el más sabio de ellos: calculamos el número de granos de trigo que constituirá la recompensa elegida por Sessa, y obtuvimos un número cuya magnitud es inconcebible para la imaginación humana. Hallamos enseguida, y con la mayor exactitud, a cuánto   correspondería ese número total de granos, y llegamos a la siguiente conclusión: la cantidad de trigo que debe entregarse a Sessa equivale a una montaña que teniendo por base la ciudad de Taligana, fuese 100 veces más alta que el Himalaya. La India entera, sembrados todos sus campos, y destruidas todas sus ciudades, no produciría en un siglo la cantidad de trigo que, por vuestra promesa, debe entregarse al joven Sessa. 

¿Cómo describir aquí la sorpresa y el asombro que esas palabras causaron al rey Iadava y a sus dignos visires? El soberano hindú se veía, por primera vez, en la imposibilidad de cumplir una promesa. 

Lahur Sessa, como buen súbdito, no quiso dejar afligido a su soberano. Después de declarar públicamente que se desdecía del pedido que formulara, se dirigió respetuosamente al monarca y prosiguió: 

- los hombres más precavidos, eluden no solo la apariencia engañosa de los números sino también la falsa modestia de los ambiciosos. Infeliz de aquel que toma sobre sus hombros los compromisos de honor por una deuda cuya magnitud no puede valorar por sus propios medios.

Más previsor es el que mucho pondera y poco promete. Y tras ligera pausa, continuó: 

- Aprendemos menos con las lecciones de los brahmanes que con la experiencia directa de la vida y de sus lecciones diarias, siempre desdeñadas. El hombre que más vive, más sujeto está a las inquietudes morales, aunque no quiera. 

Hállese ora triste, ora alegre; hoy vehemente, mañana indiferente; ya activo, ya indolente; la compostura, la corrección, alternará con la liviandad.

Sólo el verdadero sabio, instruido en las reglas espirituales, se eleva por encima de esas vicisitudes, pasando por sobre todas esas alternativas. Esas inesperadas y sabias palabras quedaron profundamente grabadas en el espíritu del rey. 

Olvidando la montaña de trigo que el rey prometiera al joven brahmán, lo nombró su primer ministro. 

Y así Lahur Sessa, distrayendo al rey con ingeniosas e interesantes partidas de ajedrez y orientándolo con sabios y prudentes consejos, prestó los más valiosos servicios a su pueblo y a su país, para mayor seguridad del trono y mayor gloria de su patria.

 

Comprensión Lectora 

Responder las Siguientes Preguntas: 

1. ¿Por qué se destacaba el rey Iadava? 

2. ¿Qué enseñanza deja esta historia? 

3. Escriba un comentario sobre esta historia. 

4. Según esta historia ¿el ajedrez es más que un juego? 

5. ¿Cree que son necesarios el esfuerzo, la lucha y el sacrificio para lograr los objetivos que se  propone conseguir una persona en la vida?