domingo, abril 09, 2023

El immortal

 

Solomon saith: There is no new thing upon the earth. So that as Plato had an imagination, that all knowledge was but remembrance; so Solomon given his sentence, that all novelty is but oblivion.

Francis Bacon, Essays, LVIII

 

En Londres, a principios del mes de junio de 1929, el anticuario Joseph Cartaphilus, de Esmirna, ofreció a la princesa de Lucinge los seis volúmenes en cuarto menor (1715-1720) de la Ilíada de Pope. La princesa los adquirió; al recibirlos, cambió unas palabras con él. Era, nos dice, un hombre consumido y terroso, de ojos grises y barba gris, de rasgos singularmente vagos. Se manejaba con fluidez e ignorancia en diversas lenguas; en muy pocos minutos pasó del francés al inglés y del inglés a una conjunción enigmática de español de Salónica y de portugués de Macao. En octubre, la princesa oyó por un pasajero del Zeus que Cartaphilus había muerto en el mar, al regresar a Esmirna, y que lo habían enterrado en la isla de Ios. En el último tomo de la Ilíada halló este manuscrito.

El original está redactado en inglés y abunda en latinismos. La versión que ofrecemos es literal.   

I

Que yo recuerde, mis trabajos empezaron en un jardín de Tebas Hekatómpylos, cuando Diocleciano era emperador. Yo había militado (sin gloria) en las recientes guerras egipcias, yo era tribuno de una legión que estuvo acuartelada en Berenice, frente al Mar Rojo: la fiebre y la magia consumieron a muchos hombres que codiciaban magnánimos el acero. Los mauritanos fueron vencidos; la tierra que antes ocuparon las ciudades rebeldes fue dedicada eternamente a los dioses plutónicos; Alejandría, debelada, imploró en vano la misericordia del César; antes de un año las legiones reportaron el triunfo, pero yo logré apenas divisar el rostro de Marte. Esa privación me dolió y fue tal vez la causa de que yo me arrojara a descubrir, por temerosos y difusos desiertos, la secreta Ciudad de los Inmortales.

Mis trabajos empezaron, he referido, en un jardín de Tebas. Toda esa noche no dormí, pues algo estaba combatiendo en mi corazón. Me levanté poco antes del alba; mis esclavos dormían, la luna tenía el mismo color de la infinita arena. Un jinete rendido y ensangrentado venía del oriente. A unos pasos de mí, rodó del caballo. Con una tenue voz insaciable me preguntó en latín el nombre del río que bañaba los muros de la ciudad. Le respondí que era el Egipto, que alimentan las lluvias. Otro es el río que persigo, replicó tristemente, el río secreto que purifica de la muerte a los hombres. Oscura sangre le manaba del pecho. Me dijo que su patria era una montaña que está al otro lado del Ganges y que en esa montaña era fama que si alguien caminara hasta el occidente, donde se acaba el mundo, llegaría al río cuyas aguas dan la inmortalidad. Agregó que en la margen ulterior se eleva la Ciudad de los Inmortales, rica en baluartes y anfiteatros y templos. Antes de la aurora murió, pero yo determiné descubrir la ciudad y su río. Interrogados por el verdugo, algunos prisioneros mauritanos confirmaron la relación del viajero; alguien recordó la llanura elísea, en el término de la tierra, donde la vida de los hombres es perdurable; alguien, las cumbres donde nace el Pactolo, cuyos moradores viven un siglo. En Roma, conversé con filósofos que sintieron que dilatar la vida de los hombres era dilatar su agonía y multiplicar el número de sus muertes. Ignoro si creí alguna vez en la Ciudad de los Inmortales: pienso que entonces me bastó la tarea de buscarla. Flavio, procónsul de Getulia, me entregó doscientos soldados para la empresa. También recluté mercenarios, que se dijeron conocedores de los caminos y que fueron los primeros en desertar.

Los hechos ulteriores han deformado hasta lo inextricable el recuerdo de nuestras primeras jornadas. Partimos de Arsinoe y entramos en el abrasado desierto. Atravesamos el país de los trogloditas, que devoran serpientes y carecen del comercio de la palabra; el de los garamantas, que tienen las mujeres en común y se nutren de leones; el de los augilas, que sólo veneran el Tártaro. Fatigamos otros desiertos, donde es negra la arena; donde el viajero debe usurpar las horas de la noche, pues el fervor del día es intolerable. De lejos divisé la montaña que dio nombre al Océano: en sus laderas crece el euforbio, que anula los venenos; en la cumbre habitan los sátiros, nación de hombres ferales y rústicos, inclinados a la lujuria. Que esas regiones bárbaras, donde la tierra es madre de monstruos, pudieran albergar en su seno una ciudad famosa, a todos nos pareció inconcebible. Proseguimos la marcha, pues hubiera sido una afrenta retroceder. Algunos temerarios durmieron con la cara expuesta a la luna; la fiebre los ardió; en el agua depravada de las cisternas otros bebieron la locura y la muerte. Entonces comenzaron las deserciones; muy poco después, los motines. Para reprimirlos, no vacilé ante el ejercicio de la severidad. Procedí rectamente, pero un centurión me advirtió que los sediciosos (ávidos de vengar la crucifixión de uno de ellos) maquinaban mi muerte. Huí del campamento, con los pocos soldados que me eran fieles. En el desierto los perdí, entre los remolinos de arena y la vasta noche. Una flecha cretense me laceró. Varios días erré sin encontrar agua, o un solo enorme día multiplicado por el sol, por la sed y por el temor de la sed. Dejé el camino al arbitrio de mi caballo. En el alba, la lejanía se erizó de pirámides y de torres. Insoportablemente soñé con un exiguo y nítido laberinto: en el centro había un cántaro; mis manos casi lo tocaban, mis ojos lo veían, pero tan intrincadas y perplejas eran las curvas que yo sabía que iba a morir antes de alcanzarlo.   

II

Al desenredarme por fin de esa pesadilla, me vi tirado y maniatado en un oblongo nicho de piedra, no mayor que una sepultura común, superficialmente excavado en el agrio declive de una montaña. Los lados eran húmedos, antes pulidos por el tiempo que por la industria. Sentí en el pecho un doloroso latido, sentí que me abrasaba la sed. Me asomé y grité débilmente. Al pie de la montaña se dilataba sin rumor un arroyo impuro, entorpecido por escombros y arena; en la opuesta margen resplandecía (bajo el último sol o bajo el primero) la evidente Ciudad de los Inmortales. Vi muros, arcos, frontispicios y foros: el fundamento era una meseta de piedra. Un centenar de nichos irregulares, análogos al mío, surcaban la montaña y el valle. En la arena había pozos de poca hondura; de esos mezquinos agujeros (y de los nichos) emergían hombres de piel gris, de barba negligente, desnudos. Creí reconocerlos: pertenecían a la estirpe bestial de los trogloditas, que infestan las riberas del Golfo Arábigo y las grutas etiópicas; no me maravillé de que no hablaran y de que devoraran serpientes.

La urgencia de la sed me hizo temerario. Consideré que estaba a unos treinta pies de la arena; me tiré, cerrados los ojos, atadas a la espalda las manos, montaña abajo. Hundí la cara ensangrentada en el agua oscura. Bebí como se abrevan los animales. Antes de perderme otra vez en el sueño y en los delirios, inexplicablemente repetí unas palabras griegas: los ricos teucros de Zelea que beben el agua negra del Esepo...

No sé cuántos días y noches rodaron sobre mí. Doloroso, incapaz de recuperar el abrigo de las cavernas, desnudo en la ignorada arena, dejé que la luna y el sol jugaran con mi aciago destino. Los trogloditas, infantiles en la barbarie, no me ayudaron a sobrevivir o a morir. En vano les rogué que me dieran muerte. Un día, con el filo de un pedernal rompí mis ligaduras. Otro, me levanté y pude mendigar o robar —yo, Marco Flaminio Rufo, tribuno militar de una de las legiones de Roma— mi primera detestada ración de carne de serpiente.

La codicia de ver a los Inmortales, de tocar la sobrehumana Ciudad, casi me vedaba dormir. Como si penetraran mi propósito, no dormían tampoco los trogloditas: al principio inferí que me vigilaban; luego, que se habían contagiado de mi inquietud, como podrían contagiarse los perros. Para alejarme de la bárbara aldea elegí la más pública de las horas, la declinación de la tarde, cuando casi todos los hombres emergen de las grietas y de los pozos y miran el poniente, sin verlo. Oré en voz alta, menos para suplicar el favor divino que para intimidar a la tribu con palabras articuladas. Atravesé el arroyo que los médanos entorpecen y me dirigí a la Ciudad. Confusamente me siguieron dos o tres hombres. Eran (como los otros de ese linaje) de menguada estatura; no inspiraban temor, sino repulsión. Debí rodear algunas hondonadas irregulares que me parecieron canteras; ofuscado por la grandeza de la Ciudad, yo la había creído cercana. Hacia la medianoche, pisé, erizada de formas idolátricas en la arena amarilla, la negra sombra de sus muros. Me detuvo una especie de horror sagrado. Tan abominadas del hombre son la novedad y el desierto que me alegré de que uno de los trogloditas me hubiera acompañado hasta el fin. Cerré los ojos y aguardé (sin dormir) que relumbrara el día.

He dicho que la Ciudad estaba fundada sobre una meseta de piedra. Esta meseta comparable a un acantilado no era menos ardua que los muros. En vano fatigué mis pasos: el negro basamento no descubría la menor irregularidad, los muros invariables no parecían consentir una sola puerta. La fuerza del día hizo que yo me refugiara en una caverna; en el fondo había un pozo, en el pozo una escalera que se abismaba hacia la tiniebla inferior. Bajé; por un caos de sórdidas galerías llegué a una vasta cámara circular, apenas visible. Había nueve puertas en aquel sótano; ocho daban a un laberinto que falazmente desembocaba en la misma cámara; la novena (a través de otro laberinto) daba a una segunda cámara circular, igual a la primera. Ignoro el número total de las cámaras; mi desventura y mi ansiedad las multiplicaron. El silencio era hostil y casi perfecto; otro rumor no había en esas profundas redes de piedra que un viento subterráneo, cuya causa no descubrí; sin ruido se perdían entre las grietas hilos de agua herrumbrada. Horriblemente me habitué a ese dudoso mundo; consideré increíble que pudiera existir otra cosa que sótanos provistos de nueve puertas y que sótanos largos que se bifurcan. Ignoro el tiempo que debí caminar bajo tierra; sé que alguna vez confundí, en la misma nostalgia, la atroz aldea de los bárbaros y mi ciudad natal, entre los racimos.

En el fondo de un corredor, un no previsto muro me cerró el paso, una remota luz cayó sobre mí. Alcé los ofuscados ojos: en lo vertiginoso, en lo altísimo, vi un círculo de cielo tan azul que pudo parecerme de púrpura. Unos peldaños de metal escalaban el muro. La fatiga me relajaba, pero subí, sólo deteniéndome a veces para torpemente sollozar de felicidad. Fui divisando capiteles y astrágalos, frontones triangulares y bóvedas, confusas pompas del granito y del mármol. Así me fue deparado ascender de la ciega región de negros laberintos entretejidos a la resplandeciente Ciudad.

Emergí a una suerte de plazoleta; mejor dicho, de patio. Lo rodeaba un solo edificio de forma irregular y altura variable; a ese edificio heterogéneo pertenecían las diversas cúpulas y columnas. Antes que ningún otro rasgo de ese monumento increíble, me suspendió lo antiquísimo de su fábrica. Sentí que era anterior a los hombres, anterior a la tierra. Esa notoria antigüedad (aunque terrible de algún modo para los ojos) me pareció adecuada al trabajo de obreros inmortales. Cautelosamente al principio, con indiferencia después, con desesperación al fin, erré por escaleras y pavimentos del inextricable palacio. (Después averigüé que eran inconstantes la extensión y la altura de los peldaños, hecho que me hizo comprender la singular fatiga que me infundieron.) Este palacio es fábrica de los dioses, pensé primeramente. Exploré los inhabitados recintos y corregí: Los dioses que lo edificaron han muerto. Noté sus peculiaridades y dije: Los dioses que lo edificaron estaban locos. Lo dije, bien lo sé, con una incomprensible reprobación que era casi un remordimiento, con más horror intelectual que miedo sensible. A la impresión de enorme antigüedad se agregaron otras: la de lo interminable, la de lo atroz, la de lo complejamente insensato. Yo había cruzado un laberinto, pero la nítida Ciudad de los Inmortales me atemorizó y repugnó. Un laberinto es una casa labrada para confundir a los hombres; su arquitectura, pródiga en simetrías, está subordinada a ese fin. En el palacio que imperfectamente exploré, la arquitectura carecía de fin. Abundaban el corredor sin salida, la alta ventana inalcanzable, la aparatosa puerta que daba a una celda o a un pozo, las increíbles escaleras inversas, con los peldaños y la balaustrada hacia abajo. Otras, adheridas aéreamente al costado de un muro monumental, morían sin llegar a ninguna parte, al cabo de dos o tres giros, en la tiniebla superior de las cúpulas. Ignoro si todos los ejemplos que he enumerado son literales; sé que durante muchos años infestaron mis pesadillas; no puedo ya saber si tal o cual rasgo es una transcripción de la realidad o de las formas que desatinaron mis noches. Esta Ciudad (pensé) es tan horrible que su mera existencia y perduración, aunque en el centro de un desierto secreto, contamina el pasado y el porvenir y de algún modo compromete a los astros. Mientras perdure, nadie en el mundo podrá ser valeroso o feliz. No quiero describirla; un caos de palabras heterogéneas, un cuerpo de tigre o de toro, en el que pulularan monstruosamente, conjugados y odiándose, dientes, órganos y cabezas, pueden (tal vez) ser imágenes aproximativas.

No recuerdo las etapas de mi regreso, entre los polvorientos y húmedos hipogeos. Únicamente sé que no me abandonaba el temor de que, al salir del último laberinto, me rodeara otra vez la nefanda Ciudad de los Inmortales. Nada más puedo recordar. Ese olvido, ahora insuperable, fue quizá voluntario; quizá las circunstancias de mi evasión fueron tan ingratas que, en algún día no menos olvidado también, he jurado olvidarlas.   

III

Quienes hayan leído con atención el relato de mis trabajos recordarán que un hombre de la tribu me siguió como un perro podría seguirme, hasta la sombra irregular de los muros. Cuando salí del último sótano, lo encontré en la boca de la caverna. Estaba tirado en la arena, donde trazaba torpemente y borraba una hilera de signos, que eran como las letras de los sueños, que uno está a punto de entender y luego se juntan. Al principio, creí que se trataba de una escritura bárbara; después vi que es absurdo imaginar que hombres que no llegaron a la palabra lleguen a la escritura. Además, ninguna de las formas era igual a otra, lo cual excluía o alejaba la posibilidad de que fueran simbólicas. El hombre las trazaba, las miraba y las corregía. De golpe, como si le fastidiara ese juego, las borró con la palma y el antebrazo. Me miró, no pareció reconocerme. Sin embargo, tan grande era el alivio que me inundaba (o tan grande y medrosa mi soledad) que di en pensar que ese rudimental troglodita, que me miraba desde el suelo de la caverna, había estado esperándome. El sol caldeaba la llanura; cuando emprendimos el regreso a la aldea, bajo las primeras estrellas, la arena era ardorosa bajo los pies. El troglodita me precedió; esa noche concebí el propósito de enseñarle a reconocer, y acaso a repetir, algunas palabras. El perro y el caballo (reflexioné) son capaces de lo primero; muchas aves, como el ruiseñor de los Césares, de lo último. Por muy basto que fuera el entendimiento de un hombre, siempre sería superior al de irracionales.

La humildad y miseria del troglodita me trajeron a la memoria la imagen de Argos, el viejo perro moribundo de la Odisea, y así le puse el nombre de Argos y traté de enseñárselo. Fracasé y volví a fracasar. Los arbitrios, el rigor y la obstinación fueron del todo vanos. Inmóvil, con los ojos inertes, no parecía percibir los sonidos que yo procuraba inculcarle. A unos pasos de mí, era como si estuviera muy lejos. Echado en la arena, como una pequeña y ruinosa esfinge de lava, dejaba que sobre él giraran los cielos, desde el crepúsculo del día hasta el de la noche. Juzgué imposible que no se percatara de mi propósito. Recordé que es fama entre los etíopes que los monos deliberadamente no hablan para que no los obliguen a trabajar y atribuí a suspicacia o a temor el silencio de Argos. De esa imaginación pasé a otras, aún más extravagantes. Pensé que Argos y yo participábamos de universos distintos; pensé que nuestras percepciones eran iguales, pero que Argos las combinaba de otra manera y construía con ellas otros objetos; pensé que acaso no había objetos para él, sino un vertiginoso y continuo juego de impresiones brevísimas. Pensé en un mundo sin memoria, sin tiempo; consideré la posibilidad de un lenguaje que ignorara los sustantivos, un lenguaje de verbos impersonales o de indeclinables epítetos. Así fueron muriendo los días y con los días los años, pero algo parecido a la felicidad ocurrió una mañana. Llovió, con lentitud poderosa.

Las noches del desierto pueden ser frías, pero aquélla había sido un fuego. Soñé que un río de Tesalia (a cuyas aguas yo había restituido un pez de oro) venía a rescatarme; sobre la roja arena y la negra piedra yo lo oía acercarse; la frescura del aire y el rumor atareado de la lluvia me despertaron. Corrí desnudo a recibirla. Declinaba la noche; bajo las nubes amarillas la tribu, no menos dichosa que yo, se ofrecía a los vívidos aguaceros en una especie de éxtasis. Parecían coribantes a quienes posee la divinidad. Argos, puestos los ojos en la esfera, gemía; raudales le rodaban por la cara; no sólo de agua, sino (después lo supe) de lágrimas. Argos, le grité, Argos.

Entonces, con mansa admiración, como si descubriera una cosa perdida y olvidada hace mucho tiempo, Argos balbuceó estas palabras: Argos, perro de Ulises. Y después, también sin mirarme: Este perro tirado en el estiércol.

Fácilmente aceptamos la realidad, acaso porque intuimos que nada es real. Le pregunté qué sabía de la Odisea. La práctica del griego le era penosa; tuve que repetir la pregunta.

Muy poco, dijo. Menos que el rapsoda más pobre. Ya habrán pasado mil cien años desde que la inventé.   

IV

Todo me fue dilucidado, aquel día. Los trogloditas eran los Inmortales; el riacho de aguas arenosas, el Río que buscaba el jinete. En cuanto a la ciudad cuyo nombre se había dilatado hasta el Ganges, nueve siglos haría que los Inmortales la habían asolado. Con las reliquias de su ruina erigieron, en el mismo lugar, la desatinada ciudad que yo recorrí: suerte de parodia o reverso y también templo de los dioses irracionales que manejan el mundo y de los que nada sabemos, salvo que no se parecen al hombre. Aquella fundación fue el último símbolo a que condescendieron los Inmortales; marca una etapa en que, juzgando que toda empresa es vana, determinaron vivir en el pensamiento, en la pura especulación. Erigieron la fábrica, la olvidaron y fueron a morar en las cuevas. Absortos, casi no percibían el mundo físico.

Esas cosas Homero las refirió, como quien habla con un niño. También me refirió su vejez y el postrer viaje que emprendió, movido, como Ulises, por el propósito de llegar a los hombres que no saben lo que es el mar ni comen carne sazonada con sal ni sospechan lo que es un remo. Habitó un siglo en la Ciudad de los Inmortales. Cuando la derribaron, aconsejó la fundación de la otra. Ello no debe sorprendernos; es fama que después de cantar la guerra de Ilión, cantó la guerra de las ranas y los ratones. Fue como un dios que creara el cosmos y luego el caos.

Ser inmortal es baladí; menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte; lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse inmortal. He notado que, pese a las religiones, esa convicción es rarísima. Israelitas, cristianos y musulmanes profesan la inmortalidad, pero la veneración que tributan al primer siglo prueba que sólo creen en él, ya que destinan todos los demás, en número infinito, a premiarlo o a castigarlo. Más razonable me parece la rueda de ciertas religiones del Indostán; en esa rueda, que no tiene principio ni fin, cada vida es efecto de la anterior y engendra la siguiente, pero ninguna determina el conjunto... Adoctrinada por un ejercicio de siglos, la república de hombres inmortales había logrado la perfección de la tolerancia y casi del desdén. Sabía que en un plazo infinito le ocurren a todo hombre todas las cosas. Por sus pasadas o futuras virtudes, todo hombre es acreedor a toda bondad, pero también a toda traición, por sus infamias del pasado o del porvenir. Así como en los juegos de azar las cifras pares y las cifras impares tienden al equilibrio, así también se anulan y se corrigen el ingenio y la estolidez, y acaso el rústico poema del Cid es el contrapeso exigido por un solo epíteto de las Églogas o por una sentencia de Heráclito. El pensamiento más fugaz obedece a un dibujo invisible y puede coronar, o inaugurar, una forma secreta. Sé de quienes obraban el mal para que en los siglos futuros resultara el bien, o hubiera resultado en los ya pretéritos... Encarados así, todos nuestros actos son justos, pero también son indiferentes. No hay méritos morales o intelectuales. Homero compuso la Odisea; postulado un plazo infinito, con infinitas circunstancias y cambios, lo imposible es no componer, siquiera una vez, la Odisea. Nadie es alguien, un solo hombre inmortal es todos los hombres. Como Cornelio Agrippa, soy dios, soy héroe, soy filósofo, soy demonio y soy mundo, lo cual es una fatigosa manera de decir que no soy.

El concepto del mundo como sistema de precisas compensaciones influyó vastamente en los Inmortales. En primer término, los hizo invulnerables a la piedad. He mencionado las antiguas canteras que rompían los campos de la otra margen; un hombre se despeñó en la más honda, no podía lastimarse ni morir, pero lo abrasaba la sed; antes que le arrojaran una cuerda pasaron setenta años. Tampoco interesaba el propio destino. El cuerpo era un sumiso animal doméstico y le bastaba, cada mes, la limosna de unas horas de sueño, de un poco de agua y de una piltrafa de carne. Que nadie quiera rebajarnos a ascetas. No hay placer más complejo que el pensamiento y a él nos entregábamos. A veces, un estímulo extraordinario nos restituía al mundo físico. Por ejemplo, aquella mañana, el viejo goce elemental de la lluvia. Esos lapsos eran rarísimos; todos los Inmortales eran capaces de perfecta quietud; recuerdo alguno a quien jamás he visto de pie: un pájaro anidaba en su pecho.

Entre los corolarios de la doctrina de que no hay cosa que no esté compensada por otra, hay uno de muy poca importancia teórica, pero que nos indujo, a fines o a principios del siglo X, a dispersarnos por la faz de la tierra. Cabe en estas palabras: Existe un río cuyas aguas dan la inmortalidad; en alguna región habrá otro río cuyas aguas la borren. El número de ríos no es infinito; un viajero inmortal que recorra el mundo acabará, algún día, por haber bebido de todos. Nos propusimos descubrir ese río.

La muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres. Éstos conmueven por su condición de fantasmas; cada acto que ejecutan puede ser último; no hay rostro que no esté por desdibujarse como el rostro de un sueño. Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso. Entre los Inmortales, en cambio, cada acto (y cada pensamiento) es el eco de otros que en el pasado lo antecedieron, sin principio visible, o el fiel presagio de otros que en el futuro lo repetirán hasta el vértigo. No hay cosa que no esté como perdida entre infatigables espejos. Nada puede ocurrir una sola vez, nada es preciosamente precario. Lo elegíaco, lo grave, lo ceremonial, no rigen para los Inmortales. Homero y yo nos separamos en las puertas de Tánger; creo que no nos dijimos adiós.   

V

Recorrí nuevos reinos, nuevos imperios. En el otoño de 1066 milité en el puente de Stamford, ya no recuerdo si en las filas de Harold, que no tardó en hallar su destino, o en las de aquel infausto Harald Hardrada que conquistó seis pies de tierra inglesa, o un poco más. En el séptimo siglo de la Héjira, en el arrabal de Bulaq, transcribí con pausada caligrafía, en un idioma que he olvidado, en un alfabeto que ignoro, los siete viajes de Simbad y la historia de la Ciudad de Bronce. En un patio de la cárcel de Samarcanda he jugado muchísimo al ajedrez. En Bikanir he profesado la astrología y también en Bohemia. En 1638 estuve en Kolozsvár y después en Leipzig. En Aberdeen, en 1714, me suscribí a los seis volúmenes de la Ilíada de Pope; sé que los frecuenté con deleite. Hacia 1729 discutí el origen de ese poema con un profesor de retórica, llamado, creo, Giambattista; sus razones me parecieron irrefutables. El cuatro de octubre de 1921, el Patna, que me conducía a Bombay, tuvo que fondear en un puerto de la costa eritrea (1). Bajé; recordé otras mañanas muy antiguas, también frente al Mar Rojo, cuando yo era tribuno de Roma y la fiebre y la magia y la inacción consumían a los soldados. En las afueras vi un caudal de agua clara; la probé, movido por la costumbre. Al repechar la margen, un árbol espinoso me laceró el dorso de la mano. El inusitado dolor me pareció muy vivo. Incrédulo, silencioso y feliz, contemplé la preciosa formación de una lenta gota de sangre. De nuevo soy mortal, me repetí, de nuevo me parezco a todos los hombres. Esa noche, dormí hasta el amanecer.

... He revisado, al cabo de un año, estas páginas. Me consta que se ajustan a la verdad, pero en los primeros capítulos, y aun en ciertos párrafos de los otros, creo percibir algo falso. Ello es obra, tal vez, del abuso de rasgos circunstanciales, procedimiento que aprendí en los poetas y que todo lo contamina de falsedad, ya que esos rasgos pueden abundar en los hechos, pero no en su memoria... Creo, sin embargo, haber descubierto una razón más íntima. La escribiré; no importa que me juzguen fantástico.

La historia que he narrado parece irreal porque en ella se mezclan los sucesos de dos hombres distintos. En el primer capítulo, el jinete quiere saber el nombre del río que baña las murallas de Tebas; Flaminio Rufo, que antes ha dado a la ciudad el epíteto de Hekatómpylos, dice que el río es el Egipto; ninguna de esas locuciones es adecuada a él, sino a Homero, que hace mención expresa, en la Ilíada, de Tebas Hekatómpylos, y en la Odisea, por boca de Proteo y de Ulises, dice invariablemente Egipto por Nilo. En el capítulo segundo, el romano, al beber el agua inmortal, pronuncia unas palabras en griego; esas palabras son homéricas y pueden buscarse en el fin del famoso catálogo de las naves. Después, en el vertiginoso palacio, habla de "una reprobación que era casi un remordimiento"; esas palabras corresponden a Homero, que había proyectado ese horror. Tales anomalías me inquietaron; otras, de orden estético, me permitieron descubrir la verdad. El último capítulo las incluye; ahí está escrito que milité en el puente de Stamford, que transcribí, en Bulaq, los viajes de Simbad el Marino y que me suscribí, en Aberdeen, a la Ilíada inglesa de Pope. Se lee, inter alia: "En Bikanir he profesado la astrología y también en Bohemia". Ninguno de esos testimonios es falso; lo significativo es el hecho de haberlos destacado. El primero de todos parece convenir a un hombre de guerra, pero luego se advierte que el narrador no repara en lo bélico y sí en la suerte de los hombres. Los que siguen son más curiosos. Una oscura razón elemental me obligó a registrarlos; lo hice porque sabía que eran patéticos. No lo son, dichos por el romano Flaminio Rufo. Lo son, dichos por Homero; es raro que éste copie, en el siglo trece, las aventuras de Simbad, de otro Ulises, y descubra, a la vuelta de muchos siglos, en un reino boreal y un idioma bárbaro, las formas de su Ilíada. En cuanto a la oración que recoge el nombre de Bikanir, se ve que la ha fabricado un hombre de letras, ganoso (como el autor del catálogo de las naves) de mostrar vocablos espléndidos (2).

Cuando se acerca el fin, ya no quedan imágenes del recuerdo; sólo quedan palabras. No es extraño que el tiempo haya confundido las que alguna vez me representaron con las que fueron símbolos de la suerte de quien me acompañó tantos siglos. Yo he sido Homero; en breve, seré Nadie, como Ulises; en breve, seré todos: estaré muerto.   

Posdata de 1950. Entre los comentarios que ha despertado la publicación anterior, el más curioso, ya que no el más urbano, bíblicamente se titula A coat of many colours (Manchester, 1948) y es obra de la tenacísima pluma del doctor Nahum Cordovero. Abarca unas cien páginas. Habla de los centones griegos, de los centones de la baja latinidad, de Ben Jonson, que definió a sus contemporáneos con retazos de Séneca, del Virgilius evangelizans de Alexander Ross, de los artificios de George Moore y de Eliot y, finalmente, de "la narración atribuida al anticuario Joseph Cartaphilus". Denuncia, en el primer capítulo, breves interpolaciones de Plinio (Historia naturalis, V, 8); en el segundo, de Thomas de Quincey (Writings, III, 439); en el tercero, de una epístola de

Descartes al embajador Pierre Chanut; en el cuarto, de Bernard Shaw (Back to Methuselah, V). Infiere de esas intrusiones, o hurtos, que todo el documento es apócrifo.

A mi entender, la conclusión es inadmisible. Cuando se acerca el fin, escribió Cartaphilus, ya no quedan imágenes del recuerdo; sólo quedan palabras. Palabras, palabras desplazadas y mutiladas, palabras de otros, fue la pobre limosna que le dejaron las horas y los siglos.

Jorge Luis Borges

El Aleph

 

 A Cecilia Ingenieros   

(1)  Hay una tachadura en el manuscrito: quizá el nombre del puerto ha sido borrado.

(2)  Ernesto Sábato sugiere que el "Giambattista" que discutió la formación de la Ilíada con el anticuario Cartaphilus es Giambattista Vico; ese italiano defendía que Homero es un personaje simbólico, a la manera de Plutón o de Aquiles. 

sábado, abril 08, 2023

«Si seguimos adelante con esto morirá todo el mundo»

 

                                                     Advierte experto que pide que detengan la IA


Por Naveen Athrappully

The Epoch Times 

Los seres humanos no están preparados para una IA potente en las condiciones actuales ni tampoco en el “futuro previsible”, afirmó un destacado experto en la materia, añadiendo que la reciente carta abierta que pide una moratoria de seis meses en el desarrollo de inteligencia artificial avanzada está “subestimando la gravedad de la situación”.

“La cuestión clave no es la inteligencia ‘humana-competitiva’ (como dice la carta abierta); es qué ocurre después de que la IA llegue a ser más inteligente que la inteligencia humana”, afirmó Eliezer Yudkowsky, teórico de la decisión y destacado investigador de la IA, en un artículo de opinión publicado el 29 de marzo en la revista Time. “Muchos investigadores, entre los que me incluyo, creen que el resultado más probable de construir una inteligencia artificial sobrehumana, en circunstancias remotamente parecidas a las actuales, es que muera literalmente todo el mundo en la Tierra”.

“No en el sentido de ‘tal vez alguna remota posibilidad’, sino en el sentido de ‘eso es lo obvio que sucedería’. No es que no puedas, en principio, sobrevivir creando algo mucho más inteligente que tú; es que requeriría precisión y preparación y nuevos conocimientos científicos, y probablemente no tener sistemas de IA compuestos por gigantescas matrices inescrutables de números fraccionarios”.

Tras la reciente popularidad y crecimiento explosivo de ChatGPT, varios líderes empresariales e investigadores, que suman ya 1.843, entre ellos Elon Musk y Steve Wozniak, firmaron una carta en la que pedían “a todos los laboratorios de IA que suspendan inmediatamente durante al menos 6 meses el entrenamiento de sistemas de IA más potentes que GPT-4”. GPT-4, lanzado en marzo, es la última versión del chatbot de OpenAI, ChatGPT.

A la IA “no le importa” y exigirá derechos.

Yudkowsky predice que, en ausencia de una preparación meticulosa, la IA tendrá demandas muy diferentes a las de los humanos y, una vez que sea consciente de sí misma, “no se preocupará por nosotros” ni por ninguna otra vida sensible. “Ese tipo de cuidado es algo que, en principio, podría imbuirse en una IA, pero no estamos preparados y actualmente no sabemos cómo”. Esta es la razón por la que pide el cese absoluto.

Sin un enfoque humano de la vida, la IA simplemente considerará que todos los seres sensibles están “hechos de átomos que puede utilizar para otra cosa”. Y poco podrá hacer la humanidad para impedirlo. Yudkowsky comparó el escenario con “un niño de 10 años intentando jugar al ajedrez contra Stockfish 15”. Ningún ajedrecista humano ha sido capaz aún de vencer a Stockfish, lo que se considera una hazaña imposible.

El veterano del sector pidió a los lectores que imaginaran la tecnología de la IA como algo que no está contenido dentro de los confines de Internet.

“Visualicen toda una civilización alienígena, pensando a velocidades millones de veces superiores a las humanas, confinada inicialmente a las computadoras, en un mundo de criaturas que son, desde su perspectiva, muy estúpidas y muy lentas”.

La IA expandirá su influencia fuera de la periferia de las redes físicas y podría “construir formas de vida artificial” utilizando laboratorios donde se produzcan proteínas a partir de cadenas de ADN.

El resultado final de construir una IA todopoderosa, en las condiciones actuales, sería la muerte de “todos y cada uno de los miembros de la especie humana y de toda la vida biológica de la Tierra”, advirtió.

Yudkowsky culpó a OpenAI y DeepMind —dos de los laboratorios de investigación de IA más importantes del mundo— por no contar con los preparativos ni los protocolos necesarios al respecto. OpenAI planea incluso que la propia IA se encargue de alinear los valores humanos. “Trabajarán junto con los humanos para garantizar que sus propios sucesores estén más alineados con los humanos”, según OpenAI.

Este modo de actuar es “suficiente para que cualquier persona sensata entre en pánico”, dijo Yudkowsky.

Añadió que los humanos no pueden controlar ni detectar por completo los sistemas de IA autoconscientes. Las mentes digitales conscientes que exigen “derechos humanos” podrían progresar hasta un punto en el que los humanos ya no puedan poseer o ser dueños del sistema.

“Si no puedes estar seguro de si estás creando una IA autoconsciente, esto es alarmante no sólo por las implicaciones morales de la parte ‘autoconsciente’, sino porque no estar seguro significa que no tienes ni idea de lo que estás haciendo y eso es peligroso y deberías parar”.

A diferencia de otros experimentos científicos y de la progresión gradual del conocimiento y la capacidad, la gente no puede permitirse esto con la inteligencia sobrehumana porque si se equivoca en el primer intento, no hay segundas oportunidades “porque estás muerto”.

“Deténganlo”

Yudkowsky afirmó que muchos investigadores son conscientes de que “nos estamos precipitando hacia una catástrofe”, pero no lo dicen en voz alta.

Esta postura no coincide con la de defensores como Bill Gates, que recientemente alabó la evolución de la inteligencia artificial. Gates afirmó que el desarrollo de la IA es “tan fundamental como la creación del microprocesador, el ordenador personal, Internet y el teléfono móvil. Cambiará la forma en que la gente trabaja, aprende, viaja, recibe atención sanitaria y se comunica entre sí. Industrias enteras se reorientarán a su alrededor. Las empresas se distinguirán por lo bien que la utilicen”.

Gates afirmó que la IA puede ayudar en varias agendas progresistas, como el cambio climático y las desigualdades económicas.

Mientras tanto, Yudkowsky da instrucciones a todos los sectores, incluidos gobiernos y ejércitos internacionales, para que pongan fin indefinidamente a los grandes entrenamientos de IA y detengan todas las grandes granjas informáticas donde se perfeccionan las IA. Añade que la IA sólo debería limitarse a resolver problemas de biología y biotecnología, y no entrenarse para leer “textos de Internet” o hasta “el nivel en el que empiezan a hablar o a planificar”.

En cuanto a la IA, no hay carrera armamentística. “Que todos vivamos o muramos como uno, en esto, no es una política sino un hecho de la naturaleza”.

Yudkowsky concluye diciendo: “No estamos preparados. No estamos en vías de estarlo en un futuro previsible. Si seguimos adelante con esto todo el mundo morirá, incluidos niños que no eligieron esto y no hicieron nada malo”.

“Deténgalo”.

Fuente: The Epoch Times en español

https://es.theepochtimes.com/si-seguimos-adelante-con-esto-morira-todo-el-mundo-advierte-experto-que-pide-que-detengan-la-ia_1116926.html

La economía del futuro y la IA

 


El futuro es incierto y está lleno de desafíos:

¿Cómo rescatar nuestras ciudades y hacer frente a las desigualdades?

¿Cómo afrontar un futuro envejecido y reducir la brecha de género?

El programa se pregunta cómo cambiará el mundo la revolución de la IA.

Es hora de pensar en el futuro.

Cuenta con la participación de Jeremy Kahn, de Bloomberg Tech, Mike McDonough, economista jefe global de Bloomberg Intellligence, y Gideon Mann, jefe de ciencia de datos de Bloombeg.

La segunda parte cuenta con Martin Ford, autor de Rise of the Robots. 

La tercera parte presenta cómo la IA cambiará muchas actividades.




Cómo se enriqueció China


 

La decisión de China de abrirse al mundo ha sido uno de los acontecimientos más significativos de la historia contemporánea.

¿Cómo logró y se convirtió, un país comunista con una economía poco dinámica y con bajo crecimiento económico, en un motor del capitalismo global?

En un lapso y a lo largo de 40 años, China se ha transformado hasta quedar irreconocible. La escala de su crecimiento y la velocidad del cambio han sido asombrosas.

El país ha sido testigo de la mayor superación de la pobreza que jamás haya tenido lugar en la historia de la humanidad, y hoy China es una fuerza global, que se prevé que se convierta en la mayor economía del mundo en un par de décadas.

¿Cómo un país comunista, empobrecido y atrasado, logró convertirse en un país de gran desarrollo y de importancia en el capitalismo mundial?

¿Qué ocurrió realmente hace 40 años para que China se encaminara hacia la prosperidad?

Michael Wood habla con la gente que estaba allí: los hombres y mujeres que habían sido enviados para ser "reeducados" en granjas y fábricas;  campesinos que desafiaron al gobierno y rompieron con el comunismo; la mujer que recibió el primer certificado de empresa privada; y el asesor técnico estadounidense enviado a China por la ONU para impulsar el cambio.

Wood Viaja por todo el país para conocer a la diplomática de más alto rango de China y a las personas que trabajaron con el Primer Ministro Deng Xiao Ping.

Desarrolla una mezcla de estos testimonios con fascinantes archivos de las reuniones del líder chino con el presidente Carter en Washington y en misiones de investigación en Japón y Singapur.

También entrevista al biógrafo de Deng, el profesor Ezra Vogel, de la Universidad de Harvard, y al embajador James Stapleton-Roy, que devela el intenso trabajo entre bastidores que llevó a Estados Unidos a reconocer a la República Popular China en 1979.

La segunda parte examina los resultados de esas iniciativas en la China actual, visitando a los gigantes mundiales de la alta tecnología, Tencent y Alibaba, y las principales universidades chinas Tsinghua y SUStech.

Visitan un taller ferroviario de alta velocidad y el puerto de contenedores de más rápido crecimiento en el mundo; entrevistaron al abogado estadounidense que estableció los primeros acuerdos chinos para multinacionales como Exon Mobile y Roche Pharmaceuticals.

Por último, preguntamos a Robert Daly, Director del Kissinger Institute on China, y al Embajador Roy hacia dónde creen que se dirige China, y si la reforma política estará pronto en la agenda del poder chino.

La decisión de China de abrirse al mundo hace 40 años ha sido calificada como el acontecimiento más importante de la historia moderna del mundo, y en él, Estados Unidos desempeñó un papel crucial.

En la actualidad, China es un actor muy importante que despliega sus músculos en la escena mundial.

Michael Wood sigue el rastro del inicio de su meteórico ascenso, examina la extraordinaria magnitud de los acontecimientos actuales y pide pistas sobre el futuro a expertos chinos y estadounidenses, a través de un  acceso extraordinario a testigos clave.


viernes, abril 07, 2023

El esfuerzo por lograr las metas

 Nadie alcanza la meta con un solo intento, ni perfecciona la vida con una sola rectificación, ni alcanza altura con un solo vuelo.

Nadie camina la vida sin haber pisado en falso muchas veces.

Nadie recoge cosecha sin probar muchos sabores, enterrar muchas semillas y abonar mucha tierra. 

Nadie mira la vida sin acobardarse en muchas ocasiones, ni se mete en el barco sin temerle a la tempestad, ni llega a puerto sin remar muchas veces.

Nadie siente el amor sin probar sus lágrimas, ni recoge rosas sin sentir sus espinas.

Nadie hace obras sin martillar sobre su edificio, ni cultiva amistad sin renunciar a sí mismo.

Nadie llega a la otra orilla sin haber hecho puentes para pasar.

Nadie deja el alma lustrosa sin el pulimento diario de la vida.

Nadie puede juzgar sin conocer primero su propia debilidad.

Nadie consigue su ideal sin haber pensado muchas veces que perseguía un imposible. 

Nadie conoce la oportunidad hasta que esta pasa por su lado y la deja ir. 

Nadie encuentra  el  pozo del  placer  hasta caminar por la sed del desierto.

Nadie deja de llegar cuando se tiene claridad sobre una particular situación, crecimiento de la voluntad, abundancia de la vida, el poder para realizarse y el impulso de si mismo.

Nadie deja de arder con fuego dentro sin antes saber lo que es el calor de la amistad.

Nadie deja de llegar cuando de verdad se lo propone.

Si sacas todo lo que tienes y confías en ti, esfuérzate, ¡porque lo vas a lograr!

Tomado de La culpa es de la vaca.

Responder:

1. ¿Por qué se requiere tener voluntad para alcanzar las metas y propósitos propuestos? 

2. Explique desde su parecer las cinco frases seleccionadas en el texto. 

3. Pensar, actuar, perseverar y anhelar, son necesarios para alcanzar nuestras metas ¿Qué piensa de esto? Exprese su parecer al respecto.

La prudencia y las tres rejas

 El joven discípulo de un filósofo sabio llegó a casa de este y le dijo:

-Maestro, un amigo suyo estuvo hablando de usted con malevolencia.

-¡Espera!  -lo interrumpió el  filósofo-.  ¿Ya hiciste pasar  por las  tres  rejas  lo que vas  a contarme?

-¿Las tres rejas?

-Si.  La primera es la reja de la verdad. ¿Estás seguro de que lo que quieres decirme es absolutamente cierto?

-No; lo oí comentar a unos vecinos.

-Entonces al menos lo habrás hecho pasar por la segunda reja, que es la bondad. Esto que deseas decirme, ¿es bueno para alguien?

-No, en realidad no. Al contrario...

-¡Vaya!  La  última  reja  es  la  necesidad.  ¿Es  necesario hacerme  saber  eso que tanto  te inquieta?

-A decir verdad, no.

-Entonces -dijo el sabio sonriendo-, si no es verdadero, ni bueno, ni necesario, sepultémoslo en el olvido.

Cuántos  malos  ratos  podríamos  evitar  si  sometiéramos  a  esas  tres  rejas  todo  lo  que decimos…

Tomado de La culpa es de la vaca.                                                                 

 Responder:

1. ¿Evitaríamos inconvenientes mayores si sometiéramos los comentarios malintencionados al filtro de las tres rejas?

2. ¿Por qué la prudencia es conveniente para la convivencia pacífica?

3. Oiga usted bien lo siguiente: lo que escuche, vea y oiga aquí, déjelo aquí, que es de aquí y pertenece aquí. 

¿Qué piensa de esta frase o sentencia?                                                                                       

La señora apresurada y el joven amable

Cuando  la  señora  llegó  a  la  estación,  le  informaron  que  su  tren  se  retrasaría aproximadamente  una hora.  Un poco fastidiada, se compró una revista,  un paquete  de galletas y una botella de agua. Buscó un banco en el andén central y se sentó, preparada para la espera.

Mientras ojeaba la revista,  un joven se sentó a su lado y comenzó a leer  un diario. De pronto, sin decir una sola palabra, estiró la mano, tomó el paquete de galletas, lo abrió y comenzó a comer. La señora se molestó un poco; no quería ser grosera pero tampoco hacer de cuenta que nada había pasado. Así que, con un gesto exagerado, tomó el paquete, sacó una galleta y se la comió mirando fijamente al joven.

Como respuesta, el joven tomó otra galleta y, mirando a la señora a los ojos, se la llevó a la boca. Ya enojada, ella cogió otra galleta y, con ostensibles señales de fastidio, se la comió mirándolo fijamente.

El diálogo de miradas y sonrisas continuó entre galleta y galleta. La señora estaba cada vez más irritada, y el muchacho cada vez más sonriente. Finalmente, ella se dio cuenta de que sólo  quedaba  una  galleta,  y  pensó:  "No  podrá  ser  tan  caradura"  mientras  miraba alternativamente al joven y al paquete. Con mucha calma el joven alargó la mano, tomó la galleta y la partió en dos.  Con un gesto amable,  le ofreció la mitad a su compañera de banco.

-¡Gracias! -dijo ella tomando con rudeza el trozo de galleta.

-De nada -contestó el joven sonriendo, mientras comía su mitad.

Entonces el tren anunció su partida.  La señora se levantó furiosa del banco y subió a su vagón. Desde la ventanilla,  vio al muchacho todavía sentado en el andén y pensó: "¡Qué insolente y mal educado! ¡Qué será de nuestro mundo!" De pronto sintió la boca reseca por el  disgusto. Abrió su bolso para sacar la botella de agua y se quedó estupefacta cuando encontró allí su paquete de galletas intacto.

Cuántas veces nuestros prejuicios y decisiones apresuradas nos hacen valorar erróneamente a los demás y cometer graves equivocaciones.

Cuántas veces la desconfianza, ya instalada en  nosotros,  hace  que  juzguemos  arbitrariamente  a  las  personas  y  las  situaciones, encasillándolas en ideas preconcebidas alejadas de la realidad.

Responder:

1. ¿Recuerda alguna situación donde por apresurarse a emitir un juicio temerario, haya cometido el error de juzgar a una persona de manera indebida? Descríbala.

2. Explique desde su parecer el siguiente proverbio: "Peleando, juzgando antes de tiempo y alterándose no se consigue jamás lo suficiente; pero siendo justo, cediendo y observando a los demás con una simple cuota de serenidad, se consigue más de lo que se espera".

Somos el reflejo de nuestras acciones y pensamientos

Un día un padre  y su hijo estaban  caminando  en las  montañas.  De  repente,  el  hijo  se  resbaló, lastimándose, y grito:

-¡Aaaaaayyyy!

Para su sorpresa, oyó una voz que repetía, en algún lugar de la montaña:

-¡Aaaaaayyyy!

Con curiosidad, el niño gritó:

-¿Quién está ahí?

-Y recibió esta respuesta:

-¿Quién está ahí?

Enojado, gritó:

-¡Cobarde!

-Y escuchó:

-¡Cobarde!

-El niño miró al padre y le preguntó:

-¿Qué sucede, papá?

-El hombre, sonriendo, le dijo:

-Hijo mío, presta atención

-Y gritó hacia la montaña: ¡Te admiro!

-Y la voz le respondió:

-¡Te admiro!

De nuevo, el hombre gritó:

-¡Eres un campeón!

-Y la voz le respondió:

-¡Eres un campeón!

El niño estaba asombrado, pero no entendía nada. Entonces el padre le explicó:

-La gente lo llama eco, pero en realidad es la vida. Te devuelve todo lo que dices o haces.

Nuestra  vida es simplemente un reflejo de nuestras  acciones.  Si  desea más amor en el mundo, cree más amor a su alrededor. Si anhela felicidad, dé felicidad a quienes lo rodean.

Si quiere una sonrisa en el alma, dé una sonrisa al alma de las personas que conoce.

Esto se aplica a todos los aspectos de la vida. Ella nos da de regreso exactamente lo que le hemos dado.

Nuestra vida no es una coincidencia, sino un reflejo de nosotros mismos.

Tomado de: La culpa es de la vaca.

Responder con argumentos

1. ¿Qué le brinda usted a la sociedad: paz y armonía o conflicto y discordia? ¿Había pensado en esta actitud?

2. Elabore un listado que muestre todas las cualidades, fortalezas y capacidades que usted posee.

3.  ¿Cuáles cree que son sus debilidades y actitudes inseguras?

Los obstáculos en nuestro camino

Un rey puso una gran roca en medio del camino, obstaculizando el paso. Luego se escondió para ver si alguien la retiraba.

Los comerciantes más adinerados del reino y algunos cortesanos que pasaron simplemente rodearon la roca.  Muchos culparon al  rey de no mantener  los caminos despejados,  pero ninguno hizo algo para retirar el obstáculo.

Entonces llegó un campesino que llevaba una carga de verduras. La dejó en el piso y trató de mover la roca a un lado del camino. Después de empujar y fatigarse mucho, lo logró.

Mientras recogía su carga, encontró una cartera en el piso, justo donde había estado la roca.

Contenía muchas monedas de oro y una nota del rey, indicando que esa era la recompensa para quien despejara el camino.

El campesino entendió lo que los otros nunca entendieron.

Cada obstáculo presenta una oportunidad para mejorar la propia condición. ¡Si alguna vez cae, levántese y siga adelante!

Tomado de La culpa es de la vaca.

Responder

1. Un proverbio chino dice: “Si te caes noventa y nueve veces, levántate cien”. ¿Cuál cree que es su significado?

2. Exprese un comentario sobre esta sentencia: “Se dice que los obstáculos son el sabor de la victoria. Nada es relativamente fácil en la vida, pues todo resultado esperado es fruto del esfuerzo y entusiasmo que se pongan para lograr la victoria”.

3. ¿Por qué en vez de enfrentar la solución de algún obstáculo que se nos presenta en la vida, mejor evadimos confrontarlo y a veces hasta ignorarlo y seguir de largo?

¡Sólo hazlo! ¡Puedes lograrlo!

 En  una  tarde  nublada  y  fría,  dos  niños  patinaban  sin  preocupación  sobre  una  laguna congelada. De repente el hielo se rompió, y uno de ellos cayó al agua. El otro cogió una piedra y comenzó a golpear el hielo con todas sus fuerzas, hasta que logró quebrarlo y así salvar a su amigo.

Cuando llegaron los bomberos y vieron lo que había sucedido, se preguntaron: "¿Cómo lo hizo? El hielo está muy grueso, es imposible que haya podido quebrarlo con esa piedra y sus manos tan pequeñas..."

En ese instante apareció un abuelo y, con una sonrisa, dijo:

-Yo sé cómo lo hizo.

-¿Cómo? -le preguntaron.

-No había nadie a su alrededor para decirle que no podía hacerlo.

Einstein dijo: Si lo puedes imaginar, lo puedes lograr.

Tomado de: La culpa es de la vaca.

Responder:

1. No hay imposibles. ¿Qué piensas sobre esto?

2. Alguna vez alguien le ha expresado: ¿usted? Ni se le ocurra que eso es imposible. ¡Usted no puede! 

¿Qué piensa y cómo ha reaccionado ante este tipo de situación?

3. ¿Por qué  hay que tener convicción en todo lo que se hace?

La perfección de Dios

En Brooklyn, Nueva York, hay una escuela para niños de lento aprendizaje. Algunos pasan ahí  la  totalidad  de  su  vida  escolar,  mientras  que  otros  son  enviados  a  escuelas convencionales.

En una cena que tuvo lugar en la escuela, el padre de Shaya, uno de estos niños, dio un discurso que jamás podrían olvidar quienes lo escucharon.

"¿Dónde está  la  perfección  en  mi  hijo  Shaya?  Toda  la  obra  de  Dios  está  hecha  a  la perfección. Pero mi niño no puede entender cosas que otros niños entienden.

Mi niño no puede recordar hechos y figuras que otros niños recuerdan. ¿Dónde está, pues, la perfección de Dios?"

La audiencia quedó atónita ante esta pregunta, formulada por un hombre que se veía angustiado.

"Yo creo –continuó, que cuando Dios permite que vengan al mundo niños así, Su perfección radica en la forma como los demás reaccionan ante ellos".

Luego contó una historia acerca de su hijo.

Una tarde,  los dos caminaban por un parque donde un grupo de niños estaba jugando béisbol.

"¿Crees que me dejarán Jugar?", preguntó Shaya.

Él sabia que su hijo no era para nada un atleta y que los demás no lo querrían en su equipo, pero entendió que le llamaba la atención participar en el juego porque estaba seguro de ser como todos los demás.

El  padre  llamó a uno de los niños y le preguntó si  Shaya podía jugar.  Él  miró  a sus compañeros  de equipo y,  al  no obtener  ninguna respuesta,  tomó la decisión:

"Estamos perdiendo por seis carreras y el juego está en la octava carrera. No veo inconveniente. Creo que puede estar en nuestro equipo, y trataremos de ponerlo al bate en la novena carrera".

El señor quedó boquiabierto con la respuesta, y Shaya sonrió. Quería que lo pusieran en una base; así dejaría de jugar en corto tiempo, justo al final de la octava carrera. Pero los niños hicieron caso omiso de ello.

El juego se estaba poniendo bueno, el equipo de Shaya anotó de nuevo y ahora  estaba  con dos  outs  y las  bases  llenas.  El  mejor  jugador  iba corriendo a base, y Shaya estaba preparado para empezar.

¿Dejaría el equipo que Shaya fuera al bate, arriesgando la oportunidad de ganar el juego?

Sorpresivamente, Shaya estaba al bate. Todos pensaron que ese era el fin, pues ni siquiera sabia tomarlo. De cualquier forma, cuando Shaya estaba parado en el plato, el pitcher se movió algunos pasos para lanzar  la pelota suavemente,  de forma que el  niño al  menos pudiera hacer contacto con ella. Shaya falló. Entonces, uno de sus compañeros de equipo se acercó a él y le ayudó a sostener el bate.  El pitcher dio unos pasos y lanzó suavemente.

Shaya y su compañero  le dieron a la pelota,  que regresó inmediatamente a manos del pitcher.  Este podía lanzar  la pelota a primera base,  ponchando a Shaya y sacándolo del juego. En vez de eso, la lanzó lo más lejos que pudo de primera base.

Todos empezaron a gritar: "¡Shaya, corre a primera,  corre a primera base!"

Él nunca había corrido a primera base, pero todos le indicaban hacia dónde debía hacerlo.

Mientras Shaya corría,  un jugador del  otro equipo tenía ya la bola en sus manos.  Podía lanzarla  a segunda base,  dejando por fuera  a Shaya,  pero  entendió las  intenciones  del pitcher y la lanzó bien alto, lejos de la segunda base.

Todos gritaron: "Corre a segunda,  corre a segunda base!" Shaya corrió, y otros niños corrían a su lado y le daban ánimos para continuar.

Cuando Shaya tocó la segunda base, el del otro equipo paró de correr hacia él, le mostró la tercera base y le gritó: "¡Corre a tercera!" Conforme corría a tercera los niños de los dos equipos iban corriendo junto a él, gritando todos a una sola voz: "¡Shaya, corre a cuarta!"

Shaya corrió a cuarta y paró justo en el plato de home, donde los dieciocho niños lo alzaron en hombros y lo hicieron sentir un héroe: había hecho una gran carrera,  había ganado el juego por su equipo.  

"Aquel día -dijo el padre de Shaya, con lágrimas rodando por sus mejillas-, esos dieciocho niños mostraron con un gran nivel la perfección de Dios".

Tomado de: La culpa es de la vaca.

Responder

1. ¿Qué le pareció esta historia?

2. ¿Cree que valió la pena, cambiar la posición de un equipo, perder un partido que se tenía ganado por sacar algo que llevamos dentro de nosotros, muy propio de nuestra naturaleza humana y ser maravillosos cuando nos lo proponemos? 

3. La perfección y las manifestaciones de Dios, se dan y presentan en ocasiones inesperadas, ¿Sabe, por alguna razón, una historia en este sentido? Nárrela por favor.

4. Los niños que jugaban entendieron que en ocasiones la victoria no es ganar un juego, que hay situaciones en las cuales el comportamiento y la forma de hacer las cosas y actuar en la vida es lo más importante, sobre todo cuando de dejar una hermosa huella y hacer sentir muy valioso a alguien, así sea por una sola vez, vale la pena. ¿Qué opina de esto? ¿Será que en determinadas circunstancias podemos actuar así? ¿Alguna vez lo ha hecho?

5. Esta situación también nos dice que en ocasiones tenemos que tomar iniciativas aun con resultados inesperados, como ocurrió con esta historia. ¿No le parece?

El valor de la amistad

Un soldado le dijo a su teniente:

-Mi amigo no ha regresado del campo de batalla, señor, solicito permiso para ir a buscarlo inmediatamente.

-Permiso denegado soldado -replicó el oficial-; no quiero que arriesgue su vida por un hombre que probablemente ya está muerto.

El  soldado  sin  hacer  caso al teniente, salió apresuradamente.

Una  hora  más  tarde  regresó,  mortalmente  herido, transportando el cadáver de su amigo.

El oficial estaba furioso: -¡Le dije que había muerto!

Dígame: ¿merecía la pena ir allá para traer un cadáver?

Y él soldado, casi moribundo, respondió: ¡Claro que sí, señor! Cuando lo encontré, todavía estaba vivo y pudo decirme: "¡Estaba seguro de que vendrías!"

Un amigo es aquel que llega cuando todo el mundo se ha ido.

Tomado de: La culpa es de la vaca.

Responder:

1. ¿Cómo cree que se podría establecer el valor de la amistad?

2. ¿Está dispuesto a realizar sacrificios por un(a) verdadero(a) amigo(a)?

3. ¿Hasta dónde está usted dispuesto a llegar por hacer un favor urgente y necesario por amistad?