lunes, agosto 15, 2016


COLOMBIA S.A., NEGOCIO DE FAMILIA


Por: @AndresSastre, @MalEconomista


(…) Como en Francia un castillo pertenece a una familia desde tiempos inmemoriales, por el peso de la tradición, Bogotá pertenecía a apellidos tales como Holguín, Pombo, Urrutia, Nieto, Calderón, Carrizosa, Sanz de Santamaría, Uribe, Umaña, Caro, Caballero, Soto, Salazar, Vargas, Piedrahíta, Kopp, De Brigard y otros que fueron siempre la crema de su vida social. (…)  
Plinio Mendoza en El Tiempo, 13 de julio de 2016.

¡Quién lo creyera! Pero este pequeño fragmento fue publicado en prensa nacional hace tan sólo unas semanas; el prestigioso diario El Tiempo (http://www.eltiempo.com/bogota/como-era-bogota-en-el-comienzo-del-siglo-xx/16643482) no tuvo problema en publicitar una suerte de apología al clasismo y desigualdad imperantes en nuestros país, disfrazada de remembranza de un viejo y nostálgico columnista, quien nos cuenta en ella cómo era la idílica Bogotá, dividida maravillosamente en tres clases y en la cual él y su padre lograron colarse entre “viejas y auténticas dinastías”.
Dicho especial periodístico tiene la extraña propiedad de estar muy bien escrito, tanto que para muchos -incluso para mí- parecía al principio ser el bello relato de un abuelo sobre la ciudad que él y sus padres perdieron luego del trágico Bogotazo. Sin embargo, la densa carga de adjetivos y la estructura narrativa poco a poco revela algo que el mismo Mendoza reconoce: Bogotá y Colombia, por extensión, han pertenecido a un selecto grupo de apellidos desde la mismísima independencia. Sólo basta con leer cualquier edición de la revista Semana, un artículo de La Silla Vacía, o revisar los nombres de los titulares de la mayoría de cargos públicos de alto nivel (junto con buena parte de los cargos directivos del sector privado) para comprender que nuestro país es un república con aires de monarquía. Porque, mientras en el Reino Unido apellidos como Devonshire o Grosvenor forman parte del pasado y presente, o en España los FitzJames-Stuart son reconocidos como la aristocracia hecha piel; en Colombia, los asistentes a un Consejo de Ministros o una Plenaria del Senado un miércoles por la tarde se pueden encontrar el domingo en el cumpleaños de la abuela.

No en vano, el presidente Juan Manuel Santos Calderón cuenta con tres antepasados -colaterales- que fueron  presidentes: Eduardo Santos, Clímaco Calderón y José Joaquín Camacho y un primo vicepresidente, Francisco Santos Calderón. El ministro de Agricultura, Aurelio Iragorri Valencia es hijo del “gamonal” político Aurelio Iragorri, quien fue gobernador del Cauca y congresista durante 28 años, además de ser primo de la senadora Paloma Valencia Laserna; el Valencia proviene de un abuelo común: el presidente Guillermo León Valencia. A este negocio familiar se suman la ministra de Relaciones Exteriores María Ángela Holguín Cuellar quien desciende de la prominente familia Holguín que dio dos presidentes a Colombia: Carlos y Jorge Holguín, pero también tiene un abuelo Calderón, de los mismos Calderón que su jefe directo, el presidente de la República. Así, son muchos los ejemplos de dinastías de rancio y reciente abolengo que han convertido a nuestro Estado en su actividad económica; si bien es cierto que algunos de ellos han llegado a sus cargos con probada experiencia e innegables capacidades profesionales. Otros, sin embargo, parecen llegar allí por obra y gracia de la línea de sucesión familiar bien establecida por testamento.
Podríamos citar múltiples ejemplos de manera extensiva en esta columna. Aunque, nuestros colegas de La Silla Vacía han hecho un excepcional trabajo documentando los vínculos del poder en Colombia. Y, en un enfoque académico, muchos investigadores sociales y periodistas de la talla de Adolfo Meisel, Gerardo Reyes, Carlos Dávila y Luis Fernando Molina, entre otros han hecho aproximaciones interesantes a la relación entre las élites del poder político y económico en Colombia a través del tiempo. Por otra parte, aunque este mismo escenario se repite en el mundo empresarial privado y muchas de las élites empresariales forman parte de las familias que ostentan el poder, es irrelevante saber qué hacen estas personas con sus patrimonios personales, salvo en aquellos casos que resulten beneficiadas de sus conexiones políticas.

No obstante, sería aguafiestas de mi parte dejar de mencionar algunas “dinastías” evidentes y no evidentes de nuestro país. Por ejemplo, el vice-presidente Vargas Lleras tiene el peso de una familia que tuvo dos presidentes: Carlos Lleras (su abuelo) y Alberto Lleras (primo de su abuelo).
El ministro de TIC’s, David Luna, es hijo de un destacado abogado y dirigente liberal que ocupó múltiples cargos públicos. También en el partido Liberal, se encuentra el expresidente César Gaviria cuyo hijo es Director de Planeación Nacional y cuyo yerno es el representante a la Cámara David Barguil.
Los Cárdenas, con Mauricio a la cabeza, parecen que han sido elegidos por Dios para ocupar posiciones como embajadores, dirigentes gremiales, ministros y contratistas del Estado. Los Samper, muy a pesar de Ernesto, están recuperando vigencia con el pequeño Miguel a la cabeza. A ellos se suma la joven dinastía Galán, con Carlos Fernando y Juan Manuel, quienes podrían decir al mejor estilo de Luis XIV: el Estado soy yo. El joven congresista Rodrigo Lara y su medio hermano Rodrigo Lara (Alcalde de Neiva), hijos del desaparecido exministro de igual nombre, también han dejado ver que el poder corre por sus venas.
Y, como en Colombia la sangre no entiende de filiación política, la izquierda no es ajena a las líneas de sucesión, pues Clara López Obregón es tan López como los dos Alfonsos presidentes y tan Obregón como el pintor. Por si fuera poco, el negocio no es solo asunto de rolos: porque las regiones han sido testigos de clanes electorales poderosos e influyentes como los Char en Barranquilla, los Holguín, los Garcés, y los Carvajal en el Valle, los Aguilar en Santander, entre otras tantas familias que han convertido cada curul, alcaldía o gobernación en parte de su patrimonio familiar o que coleccionan ministerios como una abuela que atesora recuerdos familiares en la repisa del comedor.
Así las cosas, parece que en Colombia la mayor parte de los altos cargos públicos, a pesar de ser de elección popular, resultan estar restringidos al testamento de un selecto grupo de apellidos y castas familiares. Ahora, si esto ha tenido efectos nocivos o positivos sobre el desarrollo de la democracia, la economía y la sociedad colombianas es una conclusión que cada uno de nosotros debe reflexionar consigo mismo. No obstante, cabe preguntarse si estamos dispuestos a perpetuar un sistema político disfrazado de democracia, en el cual un pequeño grupo de familias han acordado manejar nuestro país como si éste fuera un antiquísimo tesoro que les dejó el abuelo antes de morir.

Desde ya, las redes sociales han hecho visible un fenómeno preocupante, muchos de los jóvenes herederos de estas dinastías han encontrado en Twitter, Facebook y otras redes sociales una alternativa fácil, rápida y efectiva para hacer política y labrar un camino sólido para satisfacer ambiciones personales. Se han convertido en “herederos aparentes”, como en una monarquía europea, mientras los medios, los partidos tradicionales y las clases más acomodadas parecen estar dispuestos a reconocerlos y aclamarlos como delfines -muy francesa la expresión- sin importar las terribles consecuencias que puede tener para Colombia. Especialmente porque algunos de ellos parecen carecer de la preparación, los valores y la vocación de servicio para dirigir una nación.
"En Siria percibo con más fuerza lo que significa ser humano"


Entrevista con el fotógrafo
Mauricio Morales, quien entró y
salió de  Siria  en  diez ocasiones y a
                                       diario aguantaba los totazos de la artillería.

Por: Camilo Segura Álvarez Editor de ¡Pacifista!

-¿Ha estado en un bombardeo?
-Sí, en varios.
-¿Cómo es eso?
-Uno escucha el avión bajar y ahí no queda nada más que esperar. Pasan segundos y luego… ¡bang! El mundo tiembla.
-¿Cuál fue el peor?
-Fue un día de verano durante Ramadán. Estaba empotrado con los cascos blancos, una especie de guardia civil que, tan pronto estalla una bomba o un misil, busca a los heridos y los muertos entre los escombros. En esa ocasión llegamos al edificio diez minutos después del impacto. Tan pronto empezó el operativo de rescate, volvimos a escuchar al avión. ¡Los tipos bombardearon apuntándole al lugar donde cayó la primera bomba! ¡Por poco y nos dan!
-¿Era una estrategia?
-Sí. Como saben que la gente llega a ayudar a sus vecinos, tiran sus bombas sobre el mismo lugar impactado. No les interesa si son civiles. En Siria no se respeta ni mierda.
Mauricio Morales habla con movimientos frenéticos. Y cuando narra las escenas que vivió en la guerra, pareciera revivirlas en su cuerpo. Estamos sentados en Starbucks, en uno de los barrios más pomposos de Bogotá, y en medio de sus historias le he preguntado por qué terminó cubriendo una guerra distante habiendo nacido en Colombia.
-Mire a su alrededor, yo en este país me siento como un extraño -señala a la clientela del lugar y al tiempo una galería de autos de lujo fuera del local-. ¿Cómo es posible que esto ocurra aquí si a 200 kilómetros tenemos gente dando bala? Uno se sienta en este lugar y sólo escucha a la gente hablar de comprar carros, apartamentos, como si no fueran de acá, como si nada los uniera con otra realidad. Yo ya no pertenezco a este mundo. Allá en Siria la guerra los toca a todos, a todas las clases. Allá percibo con más fuerza lo que significa ser humano. Mientras le hablo hay una parte de mi corazón que está latiendo en Oriente Medio.
La relación de Morales con Siria comenzó por una mezcla de curiosidad, necesidad y frustración. “Yo me inicié trabajando en Vanguardia Liberal, el periódico de Bucaramanga (Santander). Luego traté de vivir de la venta de mis fotografías, pero terminé metido en una oficina de comunicaciones de una gran empresa. Eso sí, bien pago. Vivía aburrido frente a una pantalla, de 8:00 a.m. a 5:00 p.m. Todo un oficinista. Me la pasaba viendo videos de la Primavera Árabe. Cuando mi jefe se acercaba, cambiaba la pestaña y me hacía el que trabajaba. Mientras tanto pensaba: ‘Si supiera que estoy ahorrando para largarme’”.
Casi dos años después de iniciada la “primavera”, se largó. Convenció a su novia, una profesora británica, de que se fueran a vivir a Turquía. Aterrizó en Ankara. De ahí se trasladó a la frontera con Siria y, después de coordinar con un fixer, incursionó por primera vez en zona de guerra. A su novia la vio durante una semana en un período de seis meses. La relación se acabó.
El vínculo que sí perduró fue el que estableció con ese primer fixer, Walid. Fue él quien se convirtió en sus ojos e instinto en el terreno. Antes de conocerse había combatido del lado rebelde en el inicio de la guerra, hasta que se cansó de disparar. Entonces se dedicó a llevar periodistas a las zonas de combate, a contactarlos con comandantes de distintos bandos y orientarlos en las plomaceras y bombardeos. Tenía una familia en Alepo y vivía obsesionado con darles un mejor futuro. En febrero de 2013 se fue de Siria para buscar un trabajo. Terminó en Egipto. En agosto volvió a Turquía. No le había ido bien. Walid entró de nuevo a Siria con un periodista español y unos meses después volvió a encontrarse con Mauricio en Izmir (Turquía), cerca de la frontera. Querían llegar a Alepo, pero por esos días el control de la frontera estaba en disputa entre facciones rebeldes. No pudieron entrar. Walid estaba nervioso, quería entrar sí o sí a Alepo, quería ver a los suyos.
Estaba desesperado por encontrar un trabajo y, en medio de una conversación, tal vez la última trascendental que tuvieron, le confesó a Mauricio que ingresaría a Al Nusra, la facción siria presuntamente relacionada con Al Qaeda.
Dividieron caminos. Pasaron los meses, se escribían esporádicamente para prometer un reencuentro, hasta que un grupo de activistas le envió un mensaje de texto a Mauricio: era la foto del cadáver de Walid. La puta guerra se había llevado a este chico de 25 años.
-Es la misma lora en todo el mundo -continúa Mauricio sin dejar sus movimientos nerviosos-. Los que están en el frente son los mismos en todas partes. Son chinos, a veces niños, flacos, con ojos perdidos, que creen en el régimen o en que hay que tumbarlo, se ponen un AK-47 al hombro y están dispuestos a matarse por ello. Hay gente brillante dirigiendo ejércitos; otros son ricos, gente que lo vende todo o que son patrocinados por alguien de fuera para hacerse dueña de un grupo armado de 30 personas y así controlar un barrio.
Mauricio entró y salió de Siria en diez ocasiones. La vez que más duró en el campo de batalla estuvo 25 días. A diario aguantaba los totazos de la artillería, el estremecimiento de los bombardeos, la vibración sonora de la muerte.
-¿Cómo es el miedo en el frente? ¿Qué significado adquiere la vida?
-No tienes tiempo de tener miedo. Todo es adrenalina. En la defensa de un frente el combate no es tan intenso. Pero acompañar incursiones es otra cosa. Ahí sabes que si el grupo armado que acompañas pierde la batalla, estás muerto. Tienes que apostarle al todo o nada.
De un momento a otro interrumpe la entrevista. Es su compañera. Me la presenta y, acariciándole la barriga, me cuenta que será papá. Le pregunto si ahora dudaría al entrar a un campo de batalla. Mauricio no duda un segundo antes de responder. Me dice que no, que no se permitiría no volver. Se quiere quedar por un tiempo, pero no le gusta esta ciudad. Su proyecto es trasladarse a Europa y estar más cerca de Oriente Medio, el escenario que escogió para ser testigo, para camellar. Una región convulsionada que, por ahora, hay que narrar desde la barbaridad de la guerra.
 * Esta entrevista fue publicada originalmente en la edición impresa de junio de Vice.


http://www.elespectador.com/noticias/elmundo/siria-percibo-mas-fuerza-significa-ser-humano-articulo-649137




Así luce el tucán que recuperó su pico gracias a una impresión 3D








Caterine Ibargüen: La  sonrisa dorada


Caterine Ibargüen se consagró la noche de este domingo como campeona olímpica en el salto triple. 
                                          Anunció que intentará batir el récord mundial.

                     Por: Luis Guillermo Ordóñez Olano, Enviado especial a Río de Janeiro




                                                   Caterine Ibargüen levanta la bandera de Colombia. / AFP

Por primera vez en la historia, el Himno nacional de Colombia se cantará este lunes en un estadio olímpico. Esta noche, ante 50 mil personas, la antioqueña Caterine Ibargüen recibirá la medalla de oro como campeona del salto triple en los Juegos de Río 2016, pues la noche de este domingo, como se esperaba, confirmó que es la mejor del mundo en esa especialidad y con una marca de 15,17 metros se impuso en la prueba en la que ha reinado durante los últimos cuatro años.
Ella sabía que venía a su coronación y desde que pisó la pista actuó como la reina de la noche. El rey fue el jamaiquino Usaín Bolt, quien mientras la colombiana terminaba de celebrar, se impuso en la final de los 100 metros planos por tercera vez consecutiva. Será una velada inolvidable por la consagración de Caterine y por la séptima presea dorada del hombre más veloz de la historia.
Ibargüen comenzó a labrar su medalla desde la mañana del sábado, cuando apenas necesitó un salto para cumplir con la marca mínima, 14,52, y avanzar a la final. Pero alcanzar la gloria no es una cosa sencilla y tuvo que exigirse al máximo para lograr la vigésima tercera presea para nuestro país desde que el atleta Jorge Perry Villate defendió los colores patrios en Los Ángeles 1932, la cuarta dorada tras las que se colgaron la pesista María Isabel Urrutia en Sydney 2000, la bicicrosista Mariana Pajón en Londres 2012 y el también pesista Óscar Figueroa hace un par de días aquí en Río.
Aunque, a diferencia de esos otros tres campeones, Caterine sí dio la vuelta olímpica. Ellos se coronaron en coliseos pequeños, ante asistencias escasas, pero la antioqueña, de 32 años, lo hizo en el mejor escenario posible, en el que se disputa el deporte más importante de las justas.
Fue exactamente a las 8:08 p.m. hora colombiana, 10:08 p.m. en Brasil, cuando Caterine se convirtió oficialmente en campeona olímpica. La venezolana Yulimar Rojas, quien con apenas 20 años seguro heredará próximamente el trono de Ibargüen, saltó 14,95 metros en su sexto y último intento, con lo que consagró a la antioqueña. Tercera finalizó la kazaja Olga Rypakova, con 14,74.
Cinco de las ocho finalistas, entre ellas Caterine, hicieron sus mejores registros de la temporada, lo que demuestra que fue una final de alto nivel, nada que ver con la eliminatoria, en la que apenas tres atletas, de las 37 que se presentaron, lograron la marca mínima, por lo que nueve más avanzaron por arrastre.
Una vez se supo ganadora, Caterine cumplió con su salto final, de 14,80 metros, la misma distancia que hace cuatro años apenas le alcanzó para lograr la plata.
Después fue por una bandera tricolor que tenía lista en su maletín y comenzó la celebración. Primero abrazó a su técnico, el cubano Ubaldo Duany, quien perfeccionó su técnica y la puso a otro nivel. Luego se arrimó a la tribuna de los atletas y saludó a sus compañeros de equipo antes de iniciar, sombrero en mano, su paseo triunfal por el estadio.
Mandó besos a diestra y siniestra, repartió abrazos. Posó para las cámaras con esa sonrisa dorada que enamora y se despidió finalmente de la afición, que no paraba de aplaudirla.
“Es un sueño hecho realidad, el resultado de muchos años de esfuerzos y sacrificios. Esto no se logra de la noche a la mañana”, dijo Caterine apenas llegó a la zona mixta, llena de periodistas de todo el mundo que querían abordarla.
Luego agregó: “Estoy muy orgullosa de darle, aunque sea por un día, una alegría a mi país. Espero que este sea un granito de arena para que tengamos la mejor participación de nuestra historia”.
Les dedicó el triunfo a su madre y su abuela, pero también a su sobrina Angie, quien cumple años este lunes: “A Dios, que me ha iluminado siempre; a toda mi familia y a la gente del Urabá. A Colombia. Mi intención siempre ha sido mostrarle al mundo que en mi país hay mucho talento y con triunfos como este lo estamos logrando”.
Recordó sus dos títulos mundiales, en Moscú 2013 y Pekín 2015, así como la plata olímpica de Londres 2012, pero aseguró que “nada se compara con esto”.
Y eso que apenas este domingo escuchará el Himno en el estadio olímpico, ese que la ovacionó este domingo cuando el locutor oficial la presentó y que la aplaudía cada vez que iba a saltar o aparecía en las pantallas gigantes, que la siguieron para registrar cada detalle de su actuación.
Mostraron su figura estilizada y coqueta. Era la única competidora con maquillaje y que usaba cadena, pulsera y aretes. Y la que más rituales realizaba. Se ponía una licra roja luego de cada salto (los seis fueron válidos) con camiseta amarilla, azul o roja, prendas que se quitaba minutos después para estirar o preparar su siguiente intento.
Realmente fue una de las estrellas que más brillaron en la noche. De hecho, en el folleto que les entregan a los aficionados al ingresar al escenario, en el que está el programa de cada velada, aparece la imagen de la colombiana al lado de la de Bolt y Mo Farah, las grandes figuras del atletismo en el momento.
Cuando tuvo un respiro acudió a un salón privado y se encontró con algunos dirigentes amigos, que no se cansaban de destacar que el domingo 14 de agosto, fue el día más exitoso de nuestra historia olímpica, pues Yuberjen Martínez consiguió una plata y Caterine el oro.
Colombia llegó así a 23 medallas en las justas de verano, cuatro de oro, ocho de plata y 11 de bronce, en 21 participaciones.
En esta versión, la trigésima primera, nuestro país aparece en el puesto 17, con dos oros y dos platas, por encima incluso del país organizador, Brasil.
Este domingo podría haber una nueva alegría, con el ciclista Fernando Gaviria en el ómnium. Quedan, además, las participaciones de la luchadora Jackeline Rentería, doble medallista olímpica de bronce, y la campeonísima Mariana Pajón, con quienes Colombia podría redondear una participación brillante, aparte de que clasificó a 148 atletas, casi el 50 % más que a Londres 2012, otro indicador claro del progreso de nuestro deporte.
Esta noche se entonará el Himno de Colombia en los Juegos Olímpicos y Caterine volverá a brillar. Recibirá un justo premio a tantos años de lucha, pero aunque había dicho que el oro sería “la cereza en el pastel” para una exitosa carrera, ya anunció que seguirá buscando nuevos retos: “Hay Caterine para rato. Ahora viene el récord mundial. No sé si me alcance para ir a Tokio 2020, pero ahora mismo no es algo que me preocupe. Quiero disfrutar de este momento, compartir mi alegría con mi gente y descansar un poco, porque llevo mucho tiempo trabajando duro para llegar a Río en la mejor condición posible y darle a mi país un nuevo oro. Lo logré, me puedo ir tranquila, pero no del atletismo, sino a descansar”.

http://www.elespectador.com/deportes/otrosdeportes/caterine-ibargueen-sonrisa-dorada-articulo-649193




La importancia de  "Rodrigo D. No futuro"

"Ya no consigo más satisfacción. Ya ni con drogas, ni con alcohol. Ya no consigo ninguna reacción". La línea de la célebre canción que interpreta Mutantex en Rodrigo D. No futuro podría compendiar lo que era ser joven y pobre en Medellín a mediados de los años ochenta.

Por: Jaír Villano

Ilustración: Gova

Mientras el país ardía en llamas por cuenta de los conflictos entre guerrillas, narcotraficantes, paramilita-res y el rugido de sables de las Fuerzas Armadas, la muchachada popular se perdía en sus veleidades; el futuro parecía no deparar nada bueno.
La música, no obstante, se vuelve un instrumento de salvaguardia. La eclosión cultural de los setenta puso en la órbita el rock, el jazz y otros sonidos, el punk y el metal vendrían a ser uno de ellos. En ciudades como Bogotá y Medellín este género atrapó la atención de la juventud. Su contenido antisistema y su decadente luminiscencia hicieron de esta manifestación musical un estilo de vida.
En acetatos y casetes se escuchaban bandas como The Damned, The Exploited, 4 Skins, Sex Pistols o Dead Kennedys, en fanzines como Piraña Zine, Diabolic Force, Necrometal, Nueva Fuerza, Visión Rockera, Hellzine, Black Zine y Medellín Subterráneo, se divulgaba el sonido que devoraba a la juventud. Ello en el marco de una ciudad que era víctima y verdugo de los excesos y las bondades de Pablo Escobar.
Las apuestas literarias del momento venían acercándose a estas realidades. Novelas como Aire de tango (1973), de Manuel Mejía Vallejo; Crónica de tiempo muerto (1975), Óscar Collazos; Que viva la música (1977), Andrés Caicedo; Los parientes de Ester (1978), Luis Fayad; Sin remedio (1984), Antonio Caballero; El cielo que perdimos (1990), Juan José Hoyos, entre otras apuestas estéticas, desmontaron el anquilosado estilo de los escritores costumbristas y pusieron como protagonistas las urbes y, con estas, los fantasmas, los conflictos y los desvaríos de los individuos que las habitaban.

El cine, como arte que congrega sus expresiones hermanas, no se podía quedar atrás. Víctor Gaviria lo entendió así y, haciendo uso de su acervo literario y un gran capital cultural, utilizó la técnica del neorrealismo italiano para poner en la pantalla un desnudo de la vida de un joven de las comunas de Medellín.
El sinsentido de la vida

En efecto, con Rodrigo D. No futuro se enseña que la pobreza y la juventud son potentes condicionantes en la anulación de las proyecciones humanas.

El protagonista Rodrigo es un muchacho que busca suplir su vacío maternal y existencial con el punk. Esta intención, sin embargo, no es permitida porque no tiene el instrumento para conseguir su instrumento, esto es, la batería.
Es así, con algo tan simple como real, la manera en que Gaviria explota una poética y una estética que condensan la sagacidad de la muchachada, la contramarea del entorno, la explosión de la música.
Con pasajes revestidos de una oscura inocencia, como Rodrigo y sus baquetas, el realizador antioqueño encierra lo que Pedro Adrián Zuluaga denominaría como “los resortes de los personajes”.
De ahí se desprende otra cualidad de la película y el realizador, que es capaz de sacar de los recovecos de sus personajes una meditada sensibilidad, entonces hace del mismo muchacho que le grita a su hermana y no oculta su machismo, un ser que suscita simpatía y ahogo por la imposibilidad de conseguir su batería.
Desde luego, hay otros elementos que hacen de esta película un hito en la historia del cine colombiano, el lenguaje en su expresión más cruda y el uso de actores naturales (su virtud radica en que no actúan; viven), son dos factores que contribuyen en el triunfo de una apuesta que sería reconocida en Cannes con su exhibición ante un público mundial y exquisito (huelga recordar que fue la primera película colombiana exhibida en la selección competencia).
De hecho, si hay que hablar de personajes es indudable que los de Víctor se circunscriben a esa línea inextinguible: Rodrigo (interpretado por Ramiro Meneses) y su desasosiego, el Zarco (hoy fallecido) y su visaje, y la misma Lady Tabares son figuras que permanecerán en la memoria colombiana. Todo lo cual devela otra virtud del realizador, virtud que, por lo demás, se ajusta más a la expresión literaria.
La inmersión en el entorno

A todo lo anterior hay que agregar el trabajo de investigación que el realizador antioqueño hizo para poder desarrollar con suficiencia y verosimilitud la película.
Gaviria se sumergió en esas calles empinadas y laberínticas y además dejó que los actores participaran en la creación del guion. Pues bien, dicho método resulta clave para el entramado discursivo y espacial de lo expuesto en Rodrigo D y podríamos incluir, cómo no, a La vendedora de rosas.

Por supuesto, no es un imperativo (nada lo es en la creación), pero el trabajo in situ le incorpora al largometraje otra importante característica: la de retratar el infortunio sin caer en la pornomiseria.

No. Nada de eso. Rodrigo D. No futuro es una producción que se presenta en el marco sociopolítico de un país en crisis (siempre lo ha estado), que abre las ventanas a otra narrativa y estética, que sabe hibridar lo testimonial con lo ficcional.

Otra cosa no menos importante es que el largometraje sabe expresar su descontento ante la realidad sin caer en la disputa desgastada del arte militante. Si un escritor no lo es por lo revolucionario, sino por lo creador, que fue como escribió Julio Cortázar en la conocida querella con Óscar Collazos, un cineasta no es ajeno a dicha condición.
Víctor Gaviria logró lo de pocos: retratar la pobreza sin caer en el canibalismo; manifestar la indignación sin caer en el obnubilado visceralismo. Parafraseando a Baudelaire: con Rodrigo D se hace de lo ordinario algo extraordinario.

Mirándolo en retrospectiva, 25 años después, se aprecia mejor su valor. Gaviria, el poeta, hizo del verso de Keats su línea de trabajo: la verdad es belleza, la belleza es verdad. Esto es todo.
 http://www.elespectador.com/entretenimiento/agenda/cine/importancia-de-rodrigo-d-no-futuro-articulo-649101
VÍCTOR GAVIRIA ESPÍRITU LIBERTARIO EN BUSCA DE UNA CULTURA AL FILO DEL ABISMO

Para Víctor Gaviria
Que me enseñó a ver lo
Que no dejan ver las palabras

Augusto Escobar Mesa
Universidad de Antioquia

De Víctor Gaviria podría decirse muchas cosas: quiso ser psicólogo, poeta, ensayista, cronista, guionista, cineasta, bohemio, amigo, y a gusto y con empeño lo ha ido logrando pero no como disciplinas, como entidades independientes o consecutivas, unas detrás de otras, no. Quería que todo ello confluyera en una unidad múltiple y en verdad que lo logró. No sabemos cómo, pero sólo un espíritu abierto al mundo como el de él hizo posible tal unidad y eso brota como germen vivo en sus películas Buscando tréboles (1979), Los habitantes de la noche (Premio Focine 1983, 1985), Simón, el mago (1992) y, a borbotones, en los largos metrajes Rodrigo D. No futuro (1990), La vendedora de rosas (1998), Sumas y restas (2004) Gaviria estudió psicología en la Universidad de Antioquia porque quería palpar el alma a las palabras, a los seres y a las cosas, y con eso y a pesar de eso hizo poemas a la manera nueva como corresponde a los jóvenes ávidos, curiosos de realidad, y publicó Con los que viajo sueño (1978).

Apenas había sobrepasado dos décadas de vida y era ganador del Concurso Nacional de poesía Eduardo Cote Lamus (1978) con Alguien en la ciudad también perplejo. Pero ya estaba obsesionado con otros textos poéticos que venía gestándose en la Revista Acuarimántima -que marcó una época en la poesía antioqueña- y es así como a los 25 años gana el Premio Nacional de Poesía de la Universidad de Antioquia con La luna y la ducha fría (1979). Cada día era un reto a vencer y la película y el poema realizado en el presente, eran simples cosas del pasado. Una puerta abría otra, una ventana la de más allá; un amigo venía con su combo y detrás de él la sombra de otros cargados de historias, cuál de todas más dura, como diría Mónica, su primera “Vendedora de rosas”, y con ella, se inauguraba la verdadera Historia, a contrapelo de la historias oficiales que nos han tenido por siglos en este limbo mental y moral.
Gracias o a pesar de la psicología, el verso libre no bastaba en Víctor Gaviria para saciar esa avidez de lo distinto; busca entonces otros géneros para plantearse los mismos interrogantes sobre la metafísica cotidianidad, y acude para ello a la crónica, al relato poético y escribe El campo al fin de cuentas no es tan verde (1983). Y en 1986 reúne parte de su poesía, ensayos y guiones en el libro antológico El pulso del cartógrafo, en el que se percibe la intensidad y dimensión de su sensibilidad en busca desesperada de algo que, teniendo la herramienta de las palabras, apenas comenzaba a hallar: el espíritu de seres cuya fragilidad pendía precisamente de palabras, las que nunca tuvieron o con las que les rompieron el alma primera. Luego vendría El rey de los espantos (1993) y otros libros de poesía combinados con guiones y películas. Muy temprano, como cuenta el mismo Gaviria, llegó a la literatura y al deseo de escribir, que lo ha acompañado siempre:

De toda esa etapa de mi vida -infancia-, el momento más importante fue cuando me regalaron los libros de Andersen, porque en ese momento decidí escribir. Parece una bobada, pero eso le cambia la vida a uno. Yo, que nunca había escrito nada, dije: “me voy a poner a escribir»”. Me situé en una pieza de la casa, que era calorosita, mantenía las persianas cerradas, prendía una lamparita y ahí estudiaba, leía y escribía. Entonces empecé a hacer cuadernos, tenía un diccionario de sinónimos y me ponía a hacer descripciones de las cosas y a darme cuenta, por ejemplo, de que no conocía muchas palabras, que cómo se llama esto, que cómo se llama aquello, y me las aprendía, pero después se me olvidaban. Todavía se me olvidan. Las aprendo, las anoto y después de un tiempo se me olvidan. Yo decidí dizque escribir, practicar y aprender. Leí muchas cosas en esa época, pero no estaba preparado para escribir. Me tocó así, de un momento a otro, pero yo qué iba a escribir. Obviamente hice muchos intentos. Escribí muchos poemas y prosas, pero todos superpalos, porque ese es un aprendizaje muy largo y muy difícil. Pero yo estaba muy animado, claro, de haber encontrado algo que me gustaba. Vivía más contento que el putas (Entrevista de Fernando Cortés a Gaviria, publicada en la revista Número Nº 17).

Con el mismo rigor, con la misma pasión, con la misma curiosidad con que enfrenta el poema o se inicia en la pesquisa de un tema o personaje, se enfrenta al ensayo para reflexionar sobre la razón de ser del oficio poético y literario de los escritores antioqueños José Manuel Arango, William Agudelo, Helí Ramírez. También se mete en el mundo de los niños y jóvenes sicarios, en los barrios donde no hay futuro para las nuevas generaciones y escribe El pelaíto que no duró nada (1992). Más bien diría, nos descubre aquellos inmensos y sesudos poetizadores de nuestra equívoca y bella realidad. Pero también rescata la voz de los que nunca han tenido voz. Precisamente en una lúcida reflexión sobre el libro Nuestro lecho es de flores de William Agudelo, Víctor Gaviria precisa la vocación del aquel poeta y soñador, pero a su vez, se define a sí mismo en su quehacer del momento, es decir, de poeta, de iniciado cineasta, de pensador de lo cotidiano. Esto afirma:

Poeta y escritor no es la misma cosa. Un poeta es dueño de textos fragmentados, y en los intersticios no ejerce oficio alguno. Su sueño es quizá ser la Escritura, en caso de que el acontecer del mundo fuera al mismo tiempo escritura. Por ello está más cerca del silencio, o por decirlo en términos menos solemnes, de la ausencia de obra, lo que comparte con la gran mayoría de hombres. El poeta pareciera ejercitarse en el vacío de la obra de todos (largos períodos escribiendo breves trozos), como si quisiera hacer de esa ausencia una conquista y un logro, no un dato primero. Como si quisiera conquistar el puesto y la visión en una Obra que no está hecha por un solo hombre.

"Un poeta es dueño de textos fragmentados" sostiene, y en los intersticios: vacío, silencio, ausencia de obra habrá que construir colectivamente. Este se convierte en el principio regulador de su oficio de cineasta, es decir, de anudador de esos múltiples fragmentos (tomas, fotogramas, imágenes, sonidos, música, casas, calles, barrios, historias, ideas, personajes) para darle el tono poético a ese vacío, para alentar el espíritu que se fuga o se hace presente en la madeja infinita de los actos cotidianos. Así pues se inicia en el arte de la palabra hecha imagen.

En 1979, con el corto metraje Buscando tréboles gana el concurso de cine super 8 del Subterráneo y el Premio Búho de Colcultura. Al siguiente año vuelve y gana el premio de cine de Colcutura con La lupa del fin del mundo. En adelante y cada año, desde 1979 hasta 1985, dará a conocer al público un corto, medio o largo metraje. Es así como veremos La lupa del fin del mundo (1980), Sueño sobre un mantel vacío (1981), El vagón rojo (1982), Los habitantes de la noche (1983), Premio India Catalina de XXV Festival de Cine de Cartagena; La vieja guardia (1984), Que pase el aserrador (1985), Los músicos (1986). 1986 es el año del primer gran reconocimiento con Rodrigo D ó No futuro (1990), que fue premio Guión de Focine y con el cual fue invitado a la Sesión Oficial del Festival de Cine de Cannes; pero antes había ganado otros premios de guiones de Focine con Primavera sobre José Asunción Silva (1983) y El tren de las niñas (1985). Después de la película Rodrigo D, Gaviria escribe un documental, Historias de Aranjuez, de una fuerza visual y temática que impresiona al espectador, pero por lo contrario de lo que impresiona Rodrigo D. Es la historia de niños y niñas ciegas que viven en un internado en Aranjuez (barrio de Medellín). Aquí logra Gaviria inmiscuirse (de manera imperceptible) con su cámara -que además maneja él mismo-captura algunas situaciones que son completamente naturales. Es como si tuviera la necesidad de exorcizar, de desintoxicarse de tanto desgarro y violencia y tomar un respiro con estas historias tan poéticas de los niños ciegos (Entrevista con la guionista y escritora Diana Ospina, 2004). Luego vendrían otras versiones cinematográficas, entre ellas, Simón el mago (1992) y la de la consagración, La vendedora de rosas (1996-1998), una de las películas más premiadas del cine colombiano y con la que participó de nuevo en la Sesión Oficial del Festival de Cine de Cannes. Nominada igualmente al Premio Óscar como mejor película extranjera en 1999.

Obtuvo también reconocimientos como mejor película en los festivales de cine de San Juan de Puerto Rico, Denver, Santa Cruz, Eslovaquia y Bogotá. Con el documental Polizones en Nueva Colonia (1991) obtuvo el Premio Simón Bolívar de Periodismo, en la categoría de televisión. Ese gusto por el cine tiene un origen bien fundado y también data de tiempos primeros. Así lo cuenta Gaviria:

Lo que sí no sé es de dónde me vino la goma por el cine. De pronto por mi papá, que en ese entonces filmaba con un grupo de amigos. Mi papá no era muy creativo: solamente filmaba la casa, por dentro y por fuera, las primeras comuniones, los aniversarios y a nosotros; cuando niños siempre veíamos eso: mi papá apagaba las luces de la sala de la casa y veíamos esas películas; imagínate, para uno eso era divino, era una cosa muy fuerte. Son cosas que uno no está esperando, que aparecen sin uno darse cuenta, muy inconscientes, que uno no prevé para nada. ¿Por qué el cine? Seguramente por eso de mi papá. Yo la verdad llegué al cine por casualidad. El destino de las cosas es tan raro, que se impone y llega como por coincidencia. Yo entré a estudiar psicología a la Universidad de Antioquia, pero quería ser escritor, y de un momento a otro se me apareció el cine sin quererlo ni nada.

Empecé a hacer unas historiecitas con actores de un grupito de teatro infantil, pero no me gustaron; entonces me fui a un colegio y casualmente encontré a unos niños, con quienes hice unas peliculitas: El vagón rojo y La lupa del fin del mundo. Me encantaron la naturalidad, la espontaneidad, la frescura de estos muchachitos. Se supone que en ese entonces yo escribía poesía en Acuarimántima, con José Manuel Arango, una revista a la que me habían invitado a escribir, pero entonces por esas casualidades de la vida seguí haciendo cine. Afortunadamente, porque escribir es muy difícil. No sé. Esta era otra forma de comunicación donde yo podía preguntar, hablar de las experiencias de los mismos actores. Me gustaba que hablaran de una manera coloquial, que no fueran diálogos teatrales ni de cine, sino frescos, que dijeran las güevonadas así, normal. Entonces hice ese par de peliculitas en superocho. La lupa del fin del mundo era un recuerdo de colegio, de cuando ocurrió la vaina de Cuba, la vaina entre Kennedy y Kruzhchev que suscitó un amago de guerra mundial.

Era lo que vivían los niños ese día, con todos los rumores de que iba a llegar el fin del mundo. Son unas peliculitas que yo tengo todavía, unas cosas muy rudimentarias, en las que nos acompañaba Luis Alberto Álvarez durante el rodaje y en las que se ven los pelaos y los recreos. Hacer cine en esa época era muy barato. Sinceramente, hacer una película valía como 25 mil pesos. Era como quien dice gastarse ahora unos 300 mil pesos o más; era plata en esa época. Las hacíamos los fines de semana. Durante la semana yo estaba en la Universidad, pero todas las tardes ensayaba con los pelaos, me reunía con el camarógrafo y hacíamos el guión y rodábamos los fines de semana; además nos tocaba conseguir la plata para darles el almuerzo a los pelaos, para los sánduches y el fiambre, para comprar los rollos, para el revelado y para las ediciones, que se hacían en unas moviolitas manuales que estaban de moda. Todos mis amigos estaban muy interesados en lo que hacíamos, porque a todos les gustaba el cine, aunque éramos más bien curiosos que cineastas de verdad (Entrevista de Fernando Cortés a Gaviria, publicada en la revista Número Nº 17).

Ahora, después de tanto trasegar por la poesía, el cine y sobre todo la vida, Víctor Gaviria -y sus amigos- asume un nuevo reto sobre los tiempos del ruido y de la muerte del narcotráfico llamada Sumas y restas (2001-2004). Un nuevo héroe se entroniza con el beneplácito de una sociedad pacata, de doble moral y profundamente desigual y discriminativa, el narcotraficante. Bajo un estado de bonanza todo se suma y se multiplica, los sentidos se embotan, nada se escucha, nada se ve, sólo la satisfacción del dinero fácil, y ahí se rompe la moral, flaquean las instituciones, se desmorona el estado de derecho y se inicia el camino de las restas, de la división, y nuevos actores protagonistas entran a escena: el narcoterrorista, el sicario. Es la debacle.

Un nuevo orden social comienza a hacer carrera en el que el hilo más frágil es el de la vida. Se inaugura el imperio del miedo y de la muerte. Todo acecha. Nada detiene la bala enajenadora, así interpongamos mil rejas. Hasta estas se volvieron decoración, pura retórica ante el pujante terror. Gaviria, como una nueva Ariadna, recoge los hijos para llevarnos ante el espejo de ese minotauro que construimos cómplicemente y hoy nos obliga a rasgarnos las vestiduras, pero cuya alma sigue como rémora. Con la nueva puesta en escena de ese Minotauro que somos, de nuevo Gaviria nos hará sentir la espada de Damocles sobre nuestras cabezas. ¿Despertaremos por fin del letargo de siglos?

El Víctor Gaviria de hoy es parte de un ovillo que comenzó a hacerse tejido, texto, escritura, imagen, silencio cuando aún no llegaba a los veinte años. Poco después, en 1979, con la previsión necesaria del que avizora tempranamente futuro y forjará la historia de una de nuestras artes, sostenía:

El joven que por azar solitariamente empieza a escribir, nunca se imagina que desde su limitado barrio contribuye a la formación de un mapa sobre el cual muchos hombres podrían vivir a plenitud. Ese joven es en verdad un joven cartógrafo.

Cierto. Joven cartógrafo con su:
Primer libro de poemas: Con los que viajo sueño,
Primer libro de crónicas: El campo al fin de cuentas no es tan verde Primer libro de ensayos: El pulso del cartógrafo
Primer cortometraje: Buscando tréboles
Primer guión cinematográfico: Primavera
Primera película: Rodrigo D

Víctor Gaviria ha contribuido a la formación de un mapa, el de nuestra identidad, hoy cercenada, acechada por sombras enajenantes; mapa, como nos decía a los 24 años: "sobre el cual muchos hombres podrán vivir a plenitud".

Él es el guía, el diseñador, el cartógrafo, que con otro grupo de iluminados o desterrados, está forjando un sentido profundo de identidad cultural. No la hace solo, no construye solo la Gran Obra, porque ella, bien lo dice, no está hecha por un solo hombre; es labor mancomunada como están hechas sus películas. Él es el faro que ilumina a tanto náufrago en busca de asilo, porque también es un autoexiliado que no se halla en su propia piel y la de los otros apenas si da cobijo. Su medida desborda hasta la propia. De ahí el vacío y el afán de la próxima aventura que no termina porque ya se anuncia para la otra.

Cuando muchos se fueron o se están yendo a pensar nuestro o su futuro allende el mar, Víctor Gaviria se ha quedado para unir los despojos y hacer de ellos el paraíso de realidades que nos merecemos y así lo sentenció a los 25 años en el primer poema del libro La luna y la ducha fría (1980):

Muchos de mis amigos han viajado ya
Preferentemente a París
Y van de incipientes directores
De Cine [así se quedaron]
Y sé que hacen bien
Pero en cambio permanezco
Y me demoro más de los días necesarios
Para aprender Una mínima cosa
Que aquellos aprenden en segundos en el Metro
En virtud a la lejanía
Y yo hago una cosa u otra rutinaria
Consigo fácilmente enemigos
Y escasos son los instantes en que veo
Claramente las cosas (con una nitidez que da envidia impensadamente cercanas y bellas
Entonces no quiero pasar un día
Lejos de aquí
Ni mucho menos perderme cerca a mi casa
El muro que miro oblicuamente
Una negra hoja de palma…

Ahora sólo quiero pasearme de un barrio a otro …
visitar las 7 casa en las que he vivido
mirar mapas de regiones cercanas
escuchar los sueños de mis amigas un poco locas
con esa bella extravagancia de quien
ha conocido drogas durante meses
voy a visitar mis 7 casas
de mis 24 años
y a cada una le diré
aún permanezco
aún continúo aquí
Pero pronto me iré.

Víctor Gaviria es un niño grande que sueña con restablecer la unidad de un mundo que perdió sus padres y paraíso hace ya mucho tiempo. Víctor Gaviria es nuestro Ulises desterrado de su Ítaca.


http://www.colombiaaprende.edu.co/recursos/superior/handle/literaturacolombiana/pdf_files/perfil10.pdf