domingo, abril 09, 2023

La peste o la muerte negra

 

                                                   

  José López Jara

En el año 1348 empezó una epidemia de peste en Europa que se cobró una tercera parte de la población total de entonces. Aunque el número de víctimas varió desde un quinto de la población en algunos lugares hasta la casi total exterminación en otros, los investigadores modernos han llegado a aceptar como estimación más aproximada la cifra que nos da Froissart en su crónica, es decir, un tercio de la población, aproximadamente, desde la India hasta Islandia. En realidad Froissart tomó esta cifra del Apocalipsis de San Juan, la lectura preferida en aquellos duros tiempos.

Un tercio de la población de Europa en aquella época equivaldría a unos veinte millones de personas. En realidad es imposible saber el número de víctimas con exactitud, porque en este tema los cronistas de la época no son de fiar y hay que recurrir a otras fuentes, como recaudaciones de impuestos, censos o los escasos documentos que se conservan de las iglesias en los que se recogen nacimientos y defunciones.

En el año 1346 llegaron a Europa rumores de una terrible epidemia, supuestamente surgida en China, que a través del Asia Central se había extendido a la India, Persia, Mesopotamia, Siria, Egipto y Asia Menor. Se habla de regiones enteras que habían quedado despobladas, de forma que hasta el Papa Clemente VI en Avignon se muestra interesado por el tema, y reuniendo los informes que van llegando, calcula que el número de victimas de be ascender a casi veinticuatro millones de personas. Sin embargo, como en aquel entonces se desconocía el concepto de contagio, no hubo ninguna alarma en Europa hasta que la peste fue introducida en Italia por los barcos genoveses y venecianos que venían del mar Negro; La peste aparece en Italia en octubre de 1347, Y para enero del año siguiente ya ha penetrado en Francia, vía Marsella, y ha llegado hasta el Norte de Africa. La rata negra, buena pasajera de los barcos, la va extendiendo a lo largo de las costas y ríos navegables. Al mismo tiempo que penetra en España, en Italia alcanza Roma y Florencia, y llega a Paris en junio de 1348, pasando poco más tarde a Inglaterra a través del Canal de la Mancha. Ese mismo verano llega a Suiza y por el Este se extiende hasta Hungría.

En 1349 la peste reaparece en Paris, se extiende por Picardia, Flandes y los Países Bajos; de Inglaterra pisa a Escocia e Irlanda, asi como Noruega donde, procedente de Inglaterra, llega un barco fantasma con un cargamento de lana y toda la tripulación muerta, que embarranca cerca de Bergen. Desde Noruega se extiende la epidemia a Suecia, Dinamarca, Prusia e Islandia, llegando incluso hasta Groenlandia. Deja una extraña bolsa de inmunidad en Bohemia y alcanza Rusia en 1351, aunque el primer brote ya había remitido en casi toda Europa a mediados de 1350.

La gran mortandad

Aunque el número de víctimas varió desde un quinto de la población en algunos lugares hasta la casi total exterminación en otros, los investigadores modernos han llegado a aceptar como estimación más aproximada la cifra que nos da Froissart en su crónica, es decir, un tercio de la población, aproximadamente, desde la India hasta Islandia. En realidad Froissart tomó esta cifra del Apocalipsis de San Juan, la lectura preferida en aquellos duros tiempos.

Un tercio de la población de Europa en aquella época equivaldría a unos veinte millones de personas. En realidad es imposible saber el número de víctimas con exactitud, porque en este tema los cronistas de la época no son de fiar y hay que recurrir a otras fuentes, como recaudaciones de impuestos, censos o los escasos documentos que se conservan de las iglesias en los que se recogen nacimientos y defunciones. Tomemos como ejemplo Avignon, sede de la corte papal; se calcula que morían diariamente unas cuatrocientas personas y que unas síete mil casas quedaron deshabitadas. Los cronistas, impresionados sin duda por la acumulación de cadáveres, dan cifras exorbitantes al elevar el número total de muertos a sesenta y dos mil o incluso a ciento veinte mil, cuando la población total de la ciudad no pasaba seguramente de cincuenta mil habitantes.

Conviene recordar que las mayores ciudades de Europa, con una población de unos cien mil habitantes, eran París, Florencia, Venecia y Génova. Después venían Gante, Brujas, Milán, Palermo, Bolonia, Roma. Nápoles y Colonia, con más de cincuenta mil. Londres se acercaba a esta cifra junto con Burdeos, Tolousse, Montpellier, Lyon, Barcelona, Sevilla, Toledo, Siena y Pisa. Por todas estas ciudades la peste pasó matando de un tercio a dos tercios de los habitantes.

Italia, con una población de diez u once millones de personas, fue la que padeció más duramente sus efectos. En Florencia podemos decir que «llovía sobre mojado»; como consecuencia del inicio de lo que sería la Guerra de los Cien Años, las principales casas bancarias florentinas, los Bardi y Peruzzi, fueron a la bancarrota cuando Eduardo III de Inglaterra no pudo devolver los empréstitos que le habían concedido para la primera campaña (años 1343-44). Siguieron años de malas cosechas y con ellos apareció el hambre y se produjeron revueltas de campesinos y trabajadores; después la peste mató de tres a cuatro quintos de la población de esta ciudad, una de las más importantes de Italia. Venecia perdió dos tercios de sus habitantes y en Pisa morían quinientas personas al día.

Además, la primera aparición de la peste coincidió con un terrible terremoto que asoló Italia desde Nápoles a Venecia, dejando un rastro de destrucción que colaboró a aumentar la psicosis de fin del mundo.

En general la mortandad fue enorme en toda Europa; las ciudades estaban más expuestas a la epidemia, por ser centros de comunicación y dado el hacinamiento en que se vivía, sobre todo en los barrios pobres. París, por ejemplo, perdió a la mitad de sus habitantes.

De todas maneras, se ha comprobado que el índice de mortandad en las aldeas, una vez que aparecía en ellas la peste, era igualmente alto.

En los sitios cerrados, tales como los monasterios o las prisiones, la infección de una persona normalmente significaba la de todos, como ocurrió en los conventos franciscanos de Carcasona y Marsella, en los cuales toda la comunidad murió. De los 140 frailes dominicos que había en Montpellier sólo sobrevivieron siete. El hermano de Petrarca, Gerardo, miembro de un monasterio de cartujos, enterró a su prior y a treinta y cuatro compañeros, uno por uno, hasta que se quedó solo con su perro y huyó a buscar refugio en otra parte. En Kilkenny, Irlanda, el hermano John Clyn de los frailes Menores también se encontró solo, rodeado de compañeros muertos, pero escribió una crónica de lo que había sucedido para que no ocurriera que «...las cosas que deben ser recordadas parezcan con el tiempo y sean borradas del recuerdo de quienes vendrán tras nosotros». Creía que el mundo entero estaba en poder del demonio y, esperando morir a su vez, escribió: «Dejo pergamino para continuar este trabajo, por si alguien sobrevive y cualquiera de la raza de Adán escapa a la peste y continúa la labor que yo he comenzado». El hermano John, tal como escribió otra mano, murió de la peste, pero escapó al olvido.

La peste y la escala social

En todas partes se observó que la peste afectaba más a los pobres que a los ricos. El cronista escocés John de Fordun afirma llanamente que la peste «atacaba especialmente a las clases humildes y raramente a los magnates». La misma observación hace Simón de Covino en Montpellier. Este aumento de la mortandad se debia, además de la penuria de medios de subsistencia, al hacinamiento y a la completa ausencia de medidas sanitarias en las viviendas de las clases más humildes.

Aunque la tasa de mortandad fuese mayor entre los pobres, los grandes también sufrieron el azote de la peste. El rey Alfonso XI de Castilla, el vencedor de Salado, fue el único monarca reinante que murió de la peste, pero su vecino Pedro de Aragón perdió a su mujer Leonora, a su hija y a una sobrina, en el espacio de seis meses. El emperador de Bizancio, Juan Cantacuzeno, perdió a su hijo. En Francia murieron la reina coja Juana y su nuera, la esposa del Delfin, ambas en 1349.

También murió la reina de Navarra. La segunda hija de Eduardo III de Inglaterra, que iba a casarse con el heredero de Castilla -el futuro Pedro el Cruel-, murió en Burdeos cuando se dirigía hacia su boda. Las mujeres parecen haber sido más vulnerables que los hombres, quizá porque al estar más recluidas en el hogar estaban más expuestas a las pulgas. Así murió la amante de Boccaccio, hija ilegítima del rey de Nápoles; y también Laura, la amada real o imaginaria de Petrarca.

En Florencia, el gran historiador Giovanni Villani murió a los sesenta y ocho años en medio de una frase inacabada mientras escribía: « ... en el curso de esta peste fallecieron ... » También desaparecen de las crónicas, a partir de 1348, Ambrosio y Pietro Lorenzetti, maestros pintores de Siena, así, como Andrea Pisano, arquitecto y escultor de Florencia, por lo que es de suponer que también ellos fueron víctimas de la peste.

Entre los médicos la mortaridad fue naturalmente más alta: de veinticuatro médicos que había en Venecia, veinte fueron víctImas de la epidemia, aunque las malas lenguas murmuraron que algunos de estos supuestos mártires de su deber habían huido de la ciudad o se habían escondido en sus casas. En Montpellier, sede de la principal escuela médica de la época, Simón de Cavino testifica que a pesar del gran número de médicos y estudiantes que allí había, muy pocos sobrevivieron al azote de la peste.

En cuanto al clero, la mortandad varió según el rango. La única excepción a esta regla fue la muerte de un tercio de los cardenales, pero ello se debió más bien a que se encontraban concentrados en la corte papal en Avignon. Entre los obispos se calcula que murió uno de cada veinte; en cambio los sacerdotes sufrieron igual que el pueblo llano, aunque en muchos lugares abandonaron sus deberes y huyeron por miedo al contagio. Por una extraña y siniestra coincidencia, en Inglaterra murieron sucesivamente el arzobispo de Canterbury, en agosto de 1348, su sucesor en mayo de 1349, y el siguiente candidato tres meses más tarde. Suponemos que pocos estarían dispuestos a ocupar el más alto cargo eclesiástico de Inglaterra después de esta cadena de muertes.

Los funcionarios públicos y las personas con cargos en el gobierno tampoco se vieron perdonados por la peste y su pérdida contribuyó a generalizar el caos. En Siena murieron cuatro de los nueve miembros de la oligarquía gobernante. En Francia murieron un tercio de los notarios reales y como resultado la recogida de impuestos se vio afectada de tal manera que Felipe VI sólo pudo recaudar una parte del subsidio que le habían concedido los Estados Generales en el invierno de 1347-48.

Los campesinos caían muertos en los campos, en los caminos o en sus casas, y los que sobrevivían se hallaban presos de una apatía total, dejando el trigo maduro sin segar y el ganado desatendido. Esto ponía en peligro la economia del siglo, que dependía de la cosecha de cada año para comer y para hacer la siembra del año siguiente. La disminución alarmante de la mano de obra bien pronto se hizo patente y acarrearía graves problemas que examinaremos más adelante. «Quedaron tan pocos siervos y trabajadores que nadie sabía a quien pedir ayuda» escribió Knigbton. La idea de un futuro sin futuro -valga la redun- redun- dancia- creó un sentimiento de demencia y desesperación. Un cronista bávaro cuenta que «los hombres y las mujeres deambulaban como si estuvie-sen locos y dejaban que su ganado se perdiese porque ya nadie quería preocuparse por el futuro».

En cierto modo la respuesta emocional de la gente se vio embotada ante tanto horror y, tal como escribió otro testigo de la catástrofe: «En aquellos días había entierros sin pena y matrimonios sin amor».

Intentos de explicación de la peste

Se desconoce qué fue lo que causó esta epidemia, la más terrible de la historia, pero ahora se cree que su origen geográfico no estuvo en China, sino en algún lugar de Asia Central y que desde allí se extendió por la ruta de las caravanas hasta llegar al mar Negro y luego a Europa. El origen chino fue una noción equivocada del siglo XIV, basada en informes verdaderos pero retrasados que se referían a las grandes calamidades ocurridas en China -peste, hambre e inundaciones- a principios de la década de 1330, demasiado pronto por tanto para estar relacionadas con la peste que aparece en la India en 1346. El enemigo fantasma no tenía nombre y sólo empezó a conocérsele como la peste negra en citas posteriores. Durante la primera eclosión de la epidemia se le nombra como la gran mortandad o la peste a secas. Para empeorar las cosas llegaban a los oídos de los atemorizados europeos relatos desde Oriente en los que se hablaba de furiosas tempestades de fuego que arrasaban todo lo que encontraban a su paso, y se decía que los vientos provocados por estas lluvias de fuego eran los que habían traído la peste a Europa. También se culpó al terremoto antes mencionado de liberar gases pestilentes y sulfurosos del interior de la tierra; o bien se decía que la epidemia era la evidencia de una lucha titánica entre los planetas y los océanos, cuyo resultado había sido la evaporación de grandes masas de agua, lo que había hecho morir millones de peces que con su olor putrefacto habían corrompido el aire. Como se ve, todas estas explicaciones tenían en común el factor del aire envenenado, de las espesas nieblas y de las malignas influencias de los planetas.

El misterio del contagio era el más temible de los terrores. La gente se dio cuenta rápidamente de que la enfermedad se propagaba por el contacto con los enfermos, con sus ropas o sus cadáveres y también con sus casas. ¿Cómo? y ¿por qué? eran las preguntas claves que nadie acertaba a responder.

Gentile da Foligno, doctor en Medicina por la Universidades de Bolonia y Padua, se aproximó al concepto de infección respiratoria cuando afirmó que mediante la respiración se introducía materia venenosa en la persona. Pero al desconocer la existencia de los microbios, dedujo que el aire estaba envenenado por influencias planetarias. La desesperada búsqueda de explicaciones dio lugar a teorías tan peregrinas como la del contagio por la vista; pero tampoco debemos reír demasiado si pensamos solamente en los intentos que recientemente se han llevado a cabo para explicar el envenena- miento del aceite de colza. Los médicos medievales, luchando con la evidencia, no podían desdeñar los términos y límites de la astrología, a la que creían estaba sujeto todo ser humano. La medicina era quizás el único aspecto de la vida medieval que escapaba al dominio de la doctrina cristiana, en parte debido a la gran influencia a que sobre ella tenía el mundo árabe. Guy de Chauliac, que fue médico de tres papas, practicaba de acuerdo con el Zodíaco.

En octubre de 1348, Felipe VI pidió a la Facultad de Medicina de París que se definiese sobre las causas que habían provocado la temible epidemia de la peste, que parecía amenazar con el exterminio de la Humanidad. Con cuidadosas tesis, antítesis y pruebas, los doctores dictaminaron que su origen se debía a una triple conjunción de Saturno, Júpiter y Marte en el grado cuarenta de Acuario, ocurrida el veinte de marzo de 1345. Este veredicto se convirtió en la versión oficial y fue reproducido y traducido a diversos idiomas, llegando a ser aceptado incluso por los médicos árabes de Córdoba y Granada.

Naturalmente se intentaron llevar a cabo algunas medidas destinadas a la curación de los enfermos, pero casi todas ellas iban muy mal encaminadas. Los médicos efectuaban tratamientos destinados a sacar veneno e infección del cuerpo, sangrando, purgando con lavativas, cortando o cauterizando los bubones o aplicando compresas calientes. Se recetaban también pócimas que contenían especias raras y polvo de esmeraldas o perlas, siguiendo la teoría, no desconocida en la medicina moderna, de que la sensación de curación de un paciente es directamente proporcional al coste del tratamiento. El único caso de medicina preventiva lo tenemos en la manera en que Guy de Chauliac, médico de Clemente VI, aisló al supremo pontifice en sus apartamentos del palacio papal de Avignon, prohibiéndole terminantemente que recibiera visitas y haciéndole sentar en medio de dos grandes fuegos durante' todo el caluroso verano provenzal. El aislamiento y el calor infernal que reinaba en las habitaciones papales contribuyeron sin duda a. espantar las pulgas.

A nivel popular se aconsejaba a diestro y siniestro, desde lavarse la boca y nariz con vinagre y agua de rosas, hasta frecuentar las letrinas, siguiendo la teoría de que los malos olores eran eficaces contra la peste. En una aldea se podia ver a sus habitantes danzando y cantando continuamente al son de flautas y tambores. Si se les preguntaba que por qué lo hacían, respondían que confiaban en mantenerse inmunes a la peste mediante la alegría que demostraban con el baile. No sabemos si realmente lo consiguieron.

La psicosis del «Castigo de Dios» y sus consecuencias

Para la gente en general sólo podía haber una explicación para la peste: la ira de Dios. Los planetas podían satisfacer a los doctores cultos, pero Dios estaba más cerca de la mente del hombre normal. Marco Villani comparó la peste con el Diluvio, y en realidad estaba convencido de que se trataba del fin del mundo. El mismo Papa contribuyó a fomentar esta creencia del castigo divino cuando en una bula de septiembre habló de la «Pestilencia con la que Dios está castigando a sus gentes». Era lógico que la ausencia aparente de una causa material diese a la epidemia una cualidad siniestra y sobrenatural, de modo que por toda Europa surgieron leyendas que simbolizaban a la peste en la forma de una doncella que entraba en las casas para llevarse a sus habitantes.

Por otro lado, la aceptación general de que se trataba de un castigo divino creó un extenso sentido de culpabilidad, porque para recibir tamaño castigo se tenía que haber cometido un crimen horrible. ¿Qué pecados había en la conciencia del hombre del siglo XIV? En realidad, todos -codicia, avaricia, usura, materialismo, adulterio, blasfemia, falsedad, lujuria, etc.- porque cuando más se acercaba el final de la Edad Media, anunciándose el hombre moderno, más se alejaban las personas de las doctrinas cristianas.

Los esfuerzos para apaciguar la ira divina tomaron muchas formas, como cuando la ciudad de Ruan decidió prohibir todo aquello que pudiese ofender al Señor, como el juego, la bebida y las blasfemias. En todas partes se organizaron procesiones de penitencia, algunas de las cuales reunían a miles de personas y duraban hasta tres días. Estas procesiones acompañaron el avance de la peste, al tiempo que servían para aumentar el contagio. Cuando se hizo evidente esto último, fueron prohibidas por el Papa.

Algunos cronistas de la época se vieron desilusionados, pues creían que con el castigo divino de la peste mejoraría el comportamiento moral de las gentes. En general ocurrió todo lo contrario. Tal y como había ocurrido en la epidemia que asoló Atenas en el 430 a. C., según la narración de Tucídides, la gente se volvió más amoral como consecuencia del sufrimiento, y el comportamiento más licencioso. La anécdota de los fabricantes de dados para el juego, que a raíz de la peste se dedicaron a fabricar cuentas para rosarios, fue sólo eso, una anécdota.

El miedo al contagio

Existen cierto tipo de calamidades -terremotos, incendios- que parecen sacar a flor de piel los mejores sentimientos de las personas hacia sus semejantes. No es éste el caso de una enfermedad contagiosa como la peste, que no favorece en modo alguno la solidaridad. La gente tendía a evitar el contacto con sus semejantes.

Agnolo di Tura, un cronista de Siena, recoge magistralmente este miedo que se apoderó de todos anulando cualquier otro instinto; «El padre abandona al hijo» -nos cuenta-, «la mujer al marido, un hermano a otro, porque esta plaga parecía comunicarse con el aliento y la vista. Y así morían. Y no se podía encontrar a nadie que enterrase a los muertos ni por amistad ni por dinero ... Y yo, Agnolo di Tura, llamado el Gordo, enterré a mis cinco hijos con mis propias manos, como tuvieron que hacer muchos otros al igual que yo».

Citemos también el testimonio de un monje franciscano en Sicilia quien dice: «Los magistrados y notarios se niegan a venir a hacer el testamento de los agonizantes, y ni siquiera los sacerdotes quieren acudir a escuchar confesión», También encontramos parecidos testimonios en Inglaterra, donde para aliviar las perspectivas de una muerte sin los últimos ritos -no sólo por causa de negligencia del sacerdote, sino porque muchas muertes eran repentinas- un obispo dio permiso a los laicos para que se confesasen entre si, «como hacían los apóstoles», y si ningún hombre estaba presente, incluso podía efectuar la confesión una mujer, y si no encontraba a ningún sacerdote para administrar la Extremaunción, «entonces la fe debe bastar», El mismo Papa Clemente VI se vio obligado a garantizar el perdón de los pecados a los que morían de peste, dado que tantos fueron desatendidos por los sacerdotes, «Y no doblaban las campanas» cuenta un cronista de Siena, «y nadie lloraba, no importa cuán grande su perdida, pues todos esperaban la muerte». Guy de Chauliac, observador serio y meticuloso, nos confirma la misma opinión: «El padre no visitaba al hijo, ni el hijo al padre. La caridad había muerto».

Pero también hubo excepciones. En Paris, según Jean de Venette, las monjas del Hotel Dieu, «no teniendo miedo a la muerte, atendían a los enfermos con toda dulzura y humildad». Las que morían eran sustituidas por otras, hasta que la mayoría «descansaron en paz con Cristo».

Las manifestaciones de insolidaridad se produjeron no solamente entre las personas sino entre regiones y países. Así cuando la plaga entró en el norte de Francia, asentándose en Normandía, y, frenada por el invierno, concedió una falsa tregua a Picardía. Un monje de la abadía de Fourcament cuenta que «entonces la mortandad era tan grande entre las gentes de Normandía que los de Picardía se burlaban de ellos». Fue por poco tiempo, desde luego. La misma reacción la encontramos en los escoceses, que también gracias al invierno gozaban de una tregua frente a la peste que provenía de Inglaterra. Encantados de saber que una enfermedad misteriosa estaba diezmando a las gentes del sur, reunieron un ejército para invadirles. Pero antes de que se pusiesen en movimiento la peste cayó sobre ellos, matando a la mayoría mientras que los supervivientes huían del pánico, diseminando la enfermedad por toda Escocia.

En muchas ciudades se ordenaron estrictas medidas de cuarentena para evitar el contagio. Tan pronto como Pisa y Lucca fueron infectadas, la vecina ciudad de Pistoia prohibió que ninguno de sus ciudadanos que estuviese de viaje en las ciudades afectadas volviese a casa, y asimismo prohibió la importación de lino y de lana. El Dux y el consejo de Venecia ordenaron que se enterrase a los muertos en las islas y a una profundidad mínima de cinco pies, y organizaron un servicio de barcazas para transportar los cadáveres. Polonia estableció la cuarentena en sus fronteras, lo que proporcionó una relativa inmunidad. En Milán el arzobispo Giovanni Visconti tomó medidas draconianas de acuerdo con el estilo de su familia; ordenó que las tres primeras casas en las que apareció la peste fueran tapiadas con sus ocupantes dentro, quedando sanos, enfermos y muertos encerrados en una misma tumba común. No se sabe si por la prontitud de sus medidas o por fortuna, Milán escapó con pocas muertes a la plaga.

Por otra parte se tuvieron que tomar medidas para paliar en lo posible la desmoralización de la gente, de manera que muchas ciudades prohibieron que tocasen las campanas en señal de duelo o que se pregonasen los fallecimientos como era costumbre. La ciudad de Siena impuso multas a todo aquel que llevase luto, con la única excepción de las viudas.

La persecución de los judíos

Es una gran verdad en la Historia que las desgracias nunca vienen solas. Bien pronto la hostilidad del hombre presionado por la peste se volvió contra los judíos.

Los primeros linchamientos comenzaron en la prima vera de 1348, justo después de las primeras muertes producidas por la peste. El cargo contra ellos era que estaban envenenando los pozos. Estos ataques tuvieron lugar en Narbona y Carcasona, donde los judíos fueron sacados de sus hogares y arrojados a enormes hogueras. El judío como eterno extranjero era el blanco más obvio.

Era el fuera de la ley que se había separado voluntariamente del mundo cristiano, y a quien durante siglos se había hecho objeto de odio. . En cuanto a la acusación de envenenamiento de los pozos, también era antigua; aparece en la plaga de Atenas, mencionada más arriba,  cuando se dijo que el envenenamiento era obra de los espartanos. También se contaba con el ejemplo más reciente de la plaga de 1320-21, en la que se culpó a los leprosos, creyéndose que actuaban instigados por los judíos y el Rey de Granada en una gran conspiración para destruir a los cristianos. Cientos de leprosos fueron atrapados y quemados en Francia durante 1322, y los judíos fueron también duramente multados.

De manera que con la Peste Negra, los judíos fueron de nuevo la cabeza de turco. En 1348 el Papa, viendo el sesgo que tomaba la situación, publicó una bula prohibiendo la matanza, el saqueo o la conversión forzosa de los judíos sin juicio previo, lo cual frenó los ataques en Avignon y en los estados papales, pero no en el norte. Las autoridades, en la mayoría de los casos, intentaron proteger a los judíos al principio, pero acabaron sucumbiendo a la presión popular.

En Saboya, donde se celebraron los primeros juicios formales en septiembre de 1348, se confiscó la propiedad de los judíos mientras estos permanecían en prisión esperando que se probasen las acusaciones que contra ellos se levantaron. Naturalmente las acusaciones fueron comprobadas mediante el método medieval a base de confesiones obtenidas mediante tortura. Existía una conspiración judía internacional con base en Toledo, de donde partían emisarios que llevaban el veneno escondido en pequeñas bolsas, así como instrucciones rabínicas sobre la forma de envenenar pozos y manantiales. Los judíos fueron encontrados culpables; once de ellos fueron quemados vivos y el resto de la comunidad judía tuvo que pagar un impuesto de ciento sesenta florines al mes durante seis años para seguir residiendo en la ciudad.

Las confesiones obtenidas en Saboya, distribuidas por carta de ciudad en ciudad, formaron la base para una serie de ataques a lo largo y ancho de Suiza, Alsacia y Alemania. De nuevo el Papa intentó frenar la histeria con otra bula en la que decía que aquellos cristianos que inculpaban a los judíos de la peste habían sido seducidos y engañados por el diablo. Señalaba que la peste afectaba por igual a todo el mundo, incluidos los judíos, y que lugares donde no vivía ninguna comunidad judía la plaga era tan terrible como en el resto del mundo. Animó además al clero a acoger a los judíos bajo su protección, pero desgraciadamente su voz no fue oída. En Balisea, el nueve de enero de 1349, toda la comunidad judía, de varios cientos de personas, fue quemada en una casa de madera construida especialmente al efecto en una isla del Rin, y se emitió un decreto por el cual ningún judío podía volver a la ciudad en doscientos años. En Estrasburgo, el consejo municipal, que se oponía a la persecución, fue depuesto por el voto de los gremios y se eligió otro dispuesto a cumplir la voluntad popular. En febrero de 1349, antes de, que la peste alcanzase la ciudad, los judíos de Estrasburgo, en número de dos mil, fueron conducidos a un camposanto donde todos aquellos que no aceptaron la conversión fueron quemados en hogueras.

Las sectas flagelantes

Para entonces otra voz se estaba alzando contra los judíos. Los flagelantes habían hecho acto de aparición. Como súplica desesperada a la piedad de Dios, su movimiento surgió en un espasmo repentino que recorrió Europa con la misma rapidez que la peste.

La autoflagelación pretendía expresar remordimiento y expiar los pecados de la comunidad. Como forma de penitencia era muy anterior a la peste, pero nunca había tenido el auge que consiguió gracias a la plaga.

Organizados en grupos de doscientos o trescientos y a veces más -los cronistas mencionan hasta mil- iban de ciudad en ciudad, desnudos hasta la cintura, azotándose con látigos de cuero que acababan en púas de hierro. Mientras gritaban pidiendo perdón a Dios y piedad a Cristo y a la Virgen, las gentes de la ciudad en cuestión lloraban y se lamentaban con ellos. Estas bandas hacían funciones regulares tres veces al día, dos en público en la plaza de la iglesia y otra en privado. Organizados bajo el mando de un maestro laico durante un período de tiempo prefijado, que normalmente era de 33 días y medio para representar los años de Cristo en la Tierra, a los participantes se les exigía obediencia al maestro y mantenerse a sí mismos mediante el pago de una cantidad de dinero fijada de antemano.

Tenían prohibido bañarse, afeitarse, cambiarse de ropa, dormir en camas y hablar o tener relaciones sexuales con mujeres sin el permiso del maestro. Evidentemente esto último no se cumplía ya que los flagelantes fueron acusados más tarde de celebrar orgías en las que se mezclaban los azotes con el sexo; un buen caldo de cultivo para sadomasoquistas. Las mujeres acompañaban a los grupos en secciones separadas, a la retaguardia. Si una mujer o un sacerdote entraban en el círculo donde se estaba celebrando la ceremonia de la flagelación, el acto de penitencia se consideraba nulo y debía comenzar de nuevo.

El movimiento era básicamente anticlerical, porque los flagelantes estaban usurpando el papel de los sacerdotes como intermediarios ante la justicia divina. Extendiéndose a través de los estados alemanes, esta nueva plaga avanzó hacia Flandes, los Países Bajos y Picardía, llegando hasta Reims. Centenares de bandas vagaban por estas tierras, entrando en nuevas ciudades cada semana. Los habitantes les recibían con reverencia, doblando las campanas de las iglesias y les ofrecían alojamiento en sus casas. Les llevaban a los niños enfermos para que los curasen y empapaban paños en la sangre de los flagelantes que después se aplicaban en los ojos y que conservaban como reliquias. Muy pronto los flagelantes marcharon tras magníficas enseñas bordadas en terciopelo y oro por mujeres entusiastas.

Creciendo en arrogancia, se mostraron en abierto antagonismo con la Iglesia. Los maestros asumieron el derecho de oír confesión y a conceder la absolución e imponer penitencia, lo cual amenazaba la autoridad eclesiástica. Los sacerdotes que intervenían oponiéndose a ellos eran lapidados y se incitaba al populacho a que tomase parte en estas lapidaciones. Empezaron a ser temidos como una fuente de fermento revolucionario y una amenaza a la clase propietaria, tanto laica como religiosa.

El emperador Carlos IV pidió al Papa que suprimiese a los flagelantes y a ello se sumó la petición de la Universidad de París. Sin embargo, incluso en Avignon, varios cardenales se oponían a que se tomasen medidas contra ellos, quizá porque no estaban completamente seguros de si el movimiento recién surgido tenía el respaldo divino o no. Mientras tanto los flagelantes habían encontrado una nueva víctima. En cada ciudad donde entraban se dirigían al barrio judío seguidos por el populacho, aullando venganza contra los «envenenadores de pozos». En Friburgo, Augsburgo, Nüremberg, Munich, Könisberg, en otros centros los judíos fueron masacrados con una meticulosidad que parecía buscar el total exterminio de la raza. En Worms, en marzo de 1349, la comunidad judía, compuesta por unas cuatrocientas personas, volvió a una antigua tradición quemándose dentro de sus hogares, antes que ser muertos por sus enemigos. La comunidad más numerosa de Frankfurt am Maine siguió el mismo ejemplo, propagándose el incendio a gran parte de la ciudad. En Colonia, el consejo de la ciudad repitió el argumento del Papa de que los judíos eran víctimas de la peste como todo el mundo, pero los flagelantes reunieron una muchedumbre «de esos que no tienen nada que perder» y se entregaron a su labor de matanzas y saqueos. En Maínz, que contaba con la comunidad judía más importante de Europa, sus miembros se decidieron por fin a defenderse. Con armas recogidas de antemano mataron a doscientas personas del populacho, un acto que sólo sirvió para aumentar la matanza por parte de los ciudadanos, enfurecidos por la muerte de cristianos. Los judíos lucharon hasta que se vieron perdidos. Entonces se encerraron en sus casas y les prendieron fuego. Se dijo que seis mil perecieron en Mainz aquel 24 de agosto de 1349. Pero el exterminio total es raro en la Historia. Algunos grupos se salvaron mediante la conversión y el principe Ruperto del Palatinado, junto con otros príncipes, protegió a grupos de refugiados. El duque Alberto II de Austria fue uno de los pocos gobernantes que tomó medidas eficaces para proteger a los judíos en su territorio. Los últimos progroms tuvieron lugar en Antwerp y en Bruselas, donde toda la comunidad judía fue exterminada en diciembre de 1349. Cuando acabó la peste quedaban muy pocos judíos en Alemania y los Países Bajos.

Por esas fechas la Iglesia ya estaba decidida a asumir el riesgo de actuar contra los flagelantes. Los magistrados ordenaron que se les cerrasen las puertas de las ciudades. Clemente VI, en una bula de octubre de 1349, pedía que se les dispersase o detuviese; la Universidad de París negó su pretensión de inspiración divina y Felipe VI rápidamente prohibió la flagelación en público bajo pena de muerte. Las autoridades locales persiguieron a los «maestros del error» atrapándolos, colgándolos y decapitándolos .. Los flagelantes se desbandaron y huyeron «desapareciendo tan rápidamente como habían surgido», escribió Enrique de Hereford, «como fantasmas nocturnos o espíritus burlones». En algunas partes quedaron algunas bandas, no siendo suprimidas totalmente hasta 1357.

Como espíritus sin hogar los judíos fueron regresando lentamente desde el Este de Europa donde se habían refugiado, volvieron en peores condiciones y más segregados que antes.

El mito del envenenamiento y sus masacres habían convertido la imagen del judío malvado en un estereotipo. El período de florecimiento medieval de los judíos había acabado y las murallas del «ghetto» aunque no físicas, ya se habían levantado.

Repercusiones sociales y económicas de la peste

¿Cuál era la condición humana después de la peste? Simón de Covino creía que la peste había tenido un efecto lamentable sobre la moral, «disminuyendo la virtud en todo el mundo». Gilles li Muisis por el contrario, pensaba que se había mejorado la moral pública porque muchas parejas que antes vivían en concubinato ahora estaban casadas, aunque esto se debió en realidad a las nuevas ordenanzas municipales. La tasa de matrimonios creció indudablemente, aunque no por amor. Muchos aventureros se aprovecharon de las huérfanas para ganar inmensas fortunas en forma de dotes, de tal manera que la oligarquía de Siena prohibió el matrimonio de las huérfanas sin el consentimiento de la familia. En Inglaterra Piers Plowman se lamentaba de la gran cantidad de parejas que se habían casado desde la peste «por ansias de riquezas y contra los sentimientos naturales» uno de cuyos resultados, según él, fue el gran número de matrimonios estériles. Quizá esta conclusión de Plowman es la moraleja de un moralista más que la realidad, puesto que otro cronista, Jean de Venette, afirma exactamente lo contrario, que los matrimonios que siguieron a la plaga tuvieron descendencia muy numerosa. Esto también puede ser un intento de buscar un alivio a la merma de población tras la peste.

La gente no mejoró a consecuencia de la epidemia. tal como hubiese esperado Matteo Villani, quien decía que la ira de Dios debía convertirles en «mejores hombres, humildes, virtuosos y católicos». En lugar de ello «olvidaron el pasado como si nunca hubiese existido y se entregaron a una vida más desvergonzada y desordenada que la que llevaban antes».

Debido a la abundancia de bienes y alimentos y a la escasez de consumidores los precios se hundieron y los supervivientes de la peste se entregaron a una orgía salvaje de despilfarro. Los pobres se mudaron a casas abandonadas, dormían en camas y comían en servicio de plata; los campesinos se apoderaban de las tierras que nadie reclamaba, así como del ganado, incluso de lagares, forjas o molinos que habían quedado sin dueño y de muchas otras cosas que nunca antes habían poseído. El comercio se había reducido pero había aumentado el nivel de líquido dado que había menos personas para repartirlo.

El comportamiento de las personas se volvió más despiadado y cruel, como ocurre a menudo tras un período de violencia y sufrimiento. Se culpó de ello a los advenedizos y nuevos ricos que presionaban desde abajo. Siena renovó sus leyes suntuarias en 1349 porque muchas personas aparentaban mayor rango del que les correspondía por nacimiento u ocupación. Un estudio de las recaudaciones de impuestos después de la peste nos indica que aunque la población estaba diezmada, las proporciones sociales seguían siendo las mismas.

Debido a los intestatos, las propiedades sin herederos, y las disputas en torno a tierras y edificios, se levantó una furiosa tormenta de litigios, agravada por la escasez de notarios.

Los colonos o la Iglesia se apoderaron de los terrenos y propiedades abandonadas. El fraude y la extorsión practicada por los tutores sobre los huérfanos se convirtió en un escándalo generalizado.

El resultado más obvio e inmediato de la peste negra fue naturalmente la disminución de la población, que debido a las guerras, el bandolerismo y nuevos brotes de la plaga, declinó todavía más hacia finales del siglo XIV. La peste en sí fue una maldición para el siglo, que bajo la forma de su bacilo almacenado en los transmisores -ratas y pulgas- surgió seis veces más en los siguientes sesenta años. Después de matar a los más susceptibles de contagio, con un considerable aumento de la mortandad infantil en las últimas fases, remitió por fin, dejando a Europa con una población reducida en casi un cincuenta por ciento para finales del siglo. Baste decir, como ejemplo, que la ciudad de Beziers, en el sur de Francia, contaba con catorce mil habitantes en 1304 mientras que un siglo más tarde sólo tenía cuatro mil. Las florecientes ciudades de Carcasona y Montpellier quedaron reducidas a sombras de su prosperidad pasada, al igual que Ruan, Arrás, Laon y Reims en el norte. Al disminuir el número de personas que podían pagar impuestos, los gobernantes aumentaron su cuantía, lo que provocó el resentimento popular, que iba a estallar repetidas veces en las décadas posteriores a la peste.

Los valores relativos de tierra y trabajo se vieron completamente alterados. Los terratenientes, en un intento desesperado de mantener sus tierras cultivadas, reducían las rentas que debían pagar los campesinos o incluso llegaban a anularlas totalmente. Más valía no tener beneficios que no ceder de nuevo los terrenos a la Naturaleza. Pero a pesar de todo, dada la gran mortandad, las tierras cultivadas disminuyeron forzosamente, y los terratenientes empobrecidos desaparecieron abandonando sus mansiones y castillos para unirse a las bandas de mercenarios que iban a ser la maldición de los años siguientes.

Cuando debido a la disminución en la población activa, disminuyó también la producción, los bienes y alimentos de todo tipo comenzaron a escasear y los precios se dispararon. En Francia se cuadruplicó el precio del trigo en 1350. Al mismo tiempo, con la escasez de la mano de obra vino el mayor malestar social bajo la forma de demandas concertadas de aumentos salariales. Tanto los campesinos como los obreros, artesanos, escribas y sacerdotes descubrieron el valor de ser pocos. En el curso del año que siguió al primer gran brote de la peste, los trabajadores textiles de St. Omer habían conseguido tres aumentos de sueldo seguidos, y los alfareros de Amiens reclamaban subidas por el estilo. En muchos gremios los artesanos se declararon en huelga pidiendo más dinero y menos horas de trabajo.

En una época en la que el orden social se consideraba inamovible, acciones de ese tipo eran revolucionarias. La respuesta de los gobernantes fue la represión instantánea. En un esfuerzo por mantener los salarios al mismo nivel que antes de la peste, los ingleses promulgaron una ley en 1349 ordenando a todo el mundo trabajar por los mismos salarios que regían en 1347.

Un estatuto francés de 1351, más realista, y aplicado a la región de Paris, permitía una subida de los salarios que no excediese en más de un tercio al nivel anterior; se fijaron además los precios y se regularon los beneficios de los intermediarios, y para aumentar la producción se ordenó que los gremios no fuesen tan estrictos en las restricciones acerca del número de aprendices y que se acortase el período de tiempo necesario para llegar a ser maestro artesano. Pero aun así, los conflictos laborales habían comenzado y los viejos lazos de unión medievales entre señor y campesino, noble. y artesano, se empezaban a aflojar y se irían repitiendo las luchas a lo largo de lo que quedaba del malhadado siglo XIV. Por un lado la educación sufrió seriamente debido a las pérdidas que la peste produjo en el clero, que como se recordará, constituía la casi totalidad de la clase docente en la Edad Media. En Francia, de acuerdo con Jean de Venette, «pocos se encontraban en las casas, villas o castillos que pudiesen enseñar gramática a los niños». Para ocupar los puestos vacantes la Iglesia ordenaba sacerdotes a mansalva; muchos de ellos, hombres que habían perdido a sus familias en la epidemia y que buscaban en los hábitos un refugio y que apenas sabían leer y escribir.

Por un impulso contrario, se estimuló la creación de universidades como medio para conservar los conocimientos y la cultura, gravemente amenazados por la peste. Especialmente el emperador Carlos IV, un intelectual, se preocupó de la posible desaparición .del saber debido a la «loca rabia de la muerte pestilente» -según sus palabras- que había asolado al mundo. Fundó la Universidad de Praga en el año 1348, el mismo de la peste, y en los cinco años siguientes dio el respaldo imperial a las universidades de Orange, Perugia, Siena, Pavía y Lucca. En estos mismos años tres nuevos colegios universitarios fueron creados en Cambridge -Gonville Hall, Trinity Hall y Corpus Christi- aunque la causa de estas fundaciones no siempre fuese el amor a la cultura. El Corpus Christi fue creado en 1352 porque las tarifas de las misas de difuntos habían subido de tal modo después de la peste que dos gremios de Cambridge decidieron establecer un colegio universitario cuyos doctores se encargasen, en su calidad de sacerdotes, de orar por los difuntos de ambas corporaciones.

De todas maneras, las universidades también sufrieron el peso de la epidemia y en Oxford se escuchaban lamentaciones en los sermones por la falta de alumnos, mientras que en Bolonia, veinte años después de la plaga, el gran Petrarca se dolía en una serie de cartas tituladas «Sobre cosas viejas»: donde antes no había «nada más alegre en el mundo ni más libre», ahora casi ninguno de los antiguos grandes maestros quedaba con vida, y en lugar de tan grandes genios «una ignorancia universal se había apoderado de la ciudad». Aunque hay que reconocer que de esto no sólo era culpable la peste, sino también la guerra y otros problemas.

El jubileo de 1350 y la Iglesia tras la peste

El sentimiento de pecado producido por la peste encontró alivio en la indulgencia plenaria ofrecida en el año del Jubileo de 1350 para todos aquellos que emprendiesen la peregrinación a Roma. El Jubileo, establecido por Bonifacio VIII en 1300, en principio estaba destinado a tener lugar cada cien años, pero el primero constituyó un éxito. Tan grande -visitaron, según las crónicas, dos millones de peregrinos la Ciudad Santa- que Roma, empobrecida por la marcha de la corte papal a Avignon, rogó a Clemente VI que acortase el intervalo a cincuenta años. El Papa era de la opinión de que «un pontífice debe hacer feliz a sus súbditos» y les concedió lo que pedían. Así en 1350 los peregrinos se agolparon en los caminos que llevaban a Roma y se dijo que cada día entraron o salieron de la ciudad cinco mil personas. En cuanto a la Iglesia, emergió de la peste más rica y mas impopular que antes. Cuando todos estaban amenazados por la muerte repentina y con la perspectiva de irse al otro mundo en estado de pecado, el resultado fue un flujo de donaciones a instituciones religiosas tal y como no se había conocido hasta entonces. El convento de St. Germain L'Auxerrois, por ejemplo, recibió cuarenta y nueve herencias en seis meses, comparadas con las setenta y ocho de los ocho años anteriores. En Florencia la Compagnia de San Michele recibió trescientos cincuenta mil florines en concepto de limosnas para los pobres, aunque en este caso se acusó a los dirigentes de la compañía de usar el dinero para sus propios fines, a lo que ellos alegaron que los pobres y necesitados ya no necesitaban el dinero porque estaban muertos.

Enriquecidas por los donativos, las órdenes religiosas levantaron más animadversión de la que ya había contra ellas. Cuando Knighton se hace eco del fallecimiento de ciento cincuenta franciscanos, víctimas de la peste, en Marsella, añade «bene quidem» (buena cosa); y de los siete frailes que sobrevivieron de ciento sesenta que había en Maguelonne escribió «y con esos hubo bastante». Las órdenes mendicantes no podían ser perdonadas por abrazar el culto al dinero. Así la peste aceleró el descontento con la Iglesia, en el momento en que la gente necesitaba más apoyo espiritual. Clemente VI, al que no podemos llamar un hombre espiritual, se impresionó lo bastante con el mal comportamiento del clero durante la peste como para estallar furioso contra sus prelados. que le pedían en 1351 que aboliese las órdenes mendicantes. «Si lo hiciese» -replicó el Papa- «¿Qué podríais predicar a la gente? Si es sobre humildad, vosotros sois los más orgullosos del mundo, creídos y pomposos. Si es sobre pobreza, sois tan codiciosos que todos los beneficios os parecen poco. Si es sobre la castidad -pero no hablaremos de esto, porque Dios sabe lo que hace cada hombre y cómo algunos de vosotros satisfacéis vuestros deseos.» Con esta triste opinión de sus clérigos falleció el Papa un año después. «Cuando los que tienen el título de pastores hacen el papel de lobos, la herejía crece en el jardín de la Iglesia», escribió Lothar de Sajonia.

Tras la peste

Los supervivientes de la peste negra se encontraron con que no habían sido exterminados, pero tampoco habían mejorado, y por ello no podían encontrar un propósito divino en todo lo que habían sufrido. Si un desastre de esa magnitud era un pacto caprichoso de Dios o sencillamente no era obra divina, entonces todos los valores absolutos del hombre medieval se tambaleaban. Las mentes que se atrevían a hacerse estas reflexiones no podían volver atrás. El giro hacia la conciencia individual. Quedaba en el horizonte. En este punto la peste puede haber sido uno de los precipitantes del nacimiento del hombre moderno.

Pero entonces sólo dejó miedo, tensión y tristeza. Aceleró la conmutación de los servicios laborales en las tierras y profundizó el antagonismo entre ricos y pobres. Aumentó la hostilidad humana.

El estado de la Europa medieval después de la peste queda reflejado en el caso particular de Siena, que perdió la mitad de su población y donde se abandonaron las obras de la Gran Catedral -que iba a ser la mayor del mundo- para no reanudarse nunca más debido a la falta de mano de obra, de maestros masones y a la melancolía y pena de los supervivientes.

Los valientes sastres de la mafia

       

Gay Talese 

Revista El Malpensante

 

Autor de un libro clásico sobre la mafia, Honrarás a tu padre, e hijo él mismo de un sastre, Talese zurce en las páginas que siguen una crónica tan perfecta como los bordados de un chaleco de seda. Hoy en día tal vez no, pero hubo un tiempo en que un triste corte en la rodilla podía ser asunto de vida o muerte.

 

Existe un leve desorden mental, endémico en el negocio de la sastrería, que comenzó a tender sus hilos en la psique de mi padre durante sus días de aprendiz en Italia. Por entonces él trabajaba en el taller de un artesano llamado Francesco Cristiani, cuyos antepasados varones habían sido sastres durante cuatro generaciones sucesivas y, sin excepción, habían exhibido síntomas de esta enfermedad ocupacional. Aunque nunca ha atraído la curiosidad científica -y por lo tanto no puede clasificarse con un nombre oficial-, mi padre describió una vez esta enfermedad como una suerte de prolongada melancolía que a veces estalla en arrebatos de mal humor. 

Es el resultado, sugería mi padre, de excesivas horas de una lenta, laboriosa y microscópica labor que puntada a puntada -centímetro a centímetro- va abstrayendo al sastre en la luz que se refleja sobre la aguja que destella dentro y fuera de la tela. El ojo de un sastre debe seguir la costura con precisión, pero su pensamiento está libre para desviarse en diferentes  direcciones: examinar su vida, reflexionar sobre su pasado, lamentar sus oportunidades perdidas, crear dramas, imaginar banalidades, cavilar, exagerar. En términos simples, el hombre, al coser, tiene demasiado tiempo para pensar. 

Mi padre servía como aprendiz todos los días, antes y después de sus clases en el pueblo de Maida, en el sur italiano. Él sabía que algunos sastres podían quedarse sentados durante horas, acunando una prenda entre sus cabezas gachas y sus rodillas cruzadas, cosiendo sin esforzarse ni moverse excesiva-mente, sin un soplo de oxígeno fresco con qué aclarar sus mentes. 

Y luego, con inexplicable inmediatez, podían ponerse en pie de un salto y estallar en furia ante cualquier comentario casual de un colega, así fuese sólo una frase trivial sin intención de ofender a nadie. Cuando esto ocurría, mi padre solía refugiarse en una esquina mientras los carretes y los dedales de acero volaban por la habitación.

En el caso de que el airado sastre fuera acicateado por sus insensibles colegas, hasta podía buscar el instrumento más terrorífico dentro del taller: las tijeras, largas como un par de espadas. 

También había ocasionales disputas entre los clientes y el propietario, el ufano y diminuto Cristiani, quien se enorgullecía enormemente de su ocupación y creía de sí mismo y de los sastres bajo su supervisión, que eran incapaces de cometer un error. Y si así fuese, él no estaba dispuesto a aceptarlo. Una vez un cliente entró a probarse un traje nuevo, pero no pudo ponerse el saco porque las mangas eran muy angostas. 

Francesco Cristiani no sólo descartó disculparse con él. Peor aún, se comportó como insultado por la ignorancia del cliente sobre el exclusivo estilo de la casa Cristiani en moda masculina. 

-¡No se supone que deba pasar sus brazos por las mangas del saco! (le dijo en tono autoritario). Este saco está diseñado para ser usado sobre los hombros. 

En otra ocasión Cristiani se detuvo en la plaza de Maida después del almuerzo, dispuesto a escuchar una banda durante su concierto de mediodía. De pronto se percató de que el nuevo uniforme entregado por él al tercer trompetero mostraba un pliegue detrás del cuello cada vez que el músico se llevaba el instru-mento a los labios. Preocupado porque alguien pudiera darse cuenta y fuese a criticar su calidad como sastre, Cristiani ordenó a mi padre -por entonces un flacucho muchachito de ocho años- deslizarse detrás del estrado y, con furtiva fineza, jalar el borde inferior de la chaqueta cada vez que el bulto apareciera. Una vez terminado el concierto, Cristiani ideó un medio sutil por el que al fin pudo recuperar y reparar la chaqueta. 

Por aquel entonces, primavera de 1911, ocurrió una catástrofe en la tienda para la que parecía no haber solución. El problema era tan serio que la primera idea que se cruzó por la cabeza de Cristiani fue dejar el pueblo por un tiempo en vez de quedarse en Maida y enfrentar las consecuencias. El incidente que provocó tal pánico había sucedido en el taller de Cristiani el sábado anterior a la Pascua, y se resumía en el daño accidental pero irreparable causado por un aprendiz a un traje nuevo confeccionado para uno de los más exigentes clientes de Cristiani. Era alguien que estaba entre los más renombrados uomini rispettati de la región, hombres popularmente conocidos como la Mafia. 

Antes de percatarse del accidente, Cristiani disfrutaba de una próspera mañana en su tienda recibiendo el pago de varios clientes satisfechos que habían ido llegando para la prueba final de sus trajes. Eran los trajes que vestirían al día siguiente en la passeggiata de la Pascua: el evento de exhibición más esperado del año por los hombres del sur de Italia. 

Mientras las modestas mujeres del pueblo pasarían el día después de misa colgadas de sus balcones -a excepción de las más atrevidas mujeres de inmigrantes norteamericanos-, los hombres pasearían por la plaza, conversando tomados del brazo, fumando y examinando meticulosamente el corte de los demás trajes. A pesar de la pobreza del sur de Italia, o quizás a causa de ella, había un excesivo énfasis en la apariencia -parte del síndrome fare bella figura de la región-, y muchos de los hombres que se congregaban en la plaza de Maida, como en docenas de lugares similares por todo el sur de Italia, eran insólitamente versados en el arte de la sastrería fina. 

Todos podían evaluar la hechura de un traje ajeno en segundos, apreciar cada diestra puntada o elogiar el dominio de la tarea más difícil para un sastre: el hombro, del que más de veinte partes del traje debían colgar en armonía y permitir fluidez de movimiento. 

Casi todo hombre de respeto, al entrar en un taller para elegir la tela de su nuevo traje, sabía de antemano las doce medidas principales de su cuerpo, empezando con la distancia entre el cuello y la cintura de la chaqueta, y terminando con el ancho exacto de las perneras, por encima de los zapatos. Entre estos hombres había muchos clientes que habían tratado con la empresa familiar de los Cristiani durante toda la vida, como antes lo habían hecho sus padres y abuelos. En efecto, los Cristiani habían estado haciendo ropa para hombres desde 1806, cuando la región estaba bajo el control de Napoleón Bonaparte. 

El día en que el cuñado de Napoleón, Joaquín Murat, instalado en el trono de Nápoles, fue asesinado en 1815 por un escuadrón de tiradores españoles borbones en la villa de Pizzo -unas millas al sur de Maida-, el guardarropa que Murat dejó tras de sí incluía un traje hecho por el abuelo de Francesco Cristiani. Pero ese Sábado Santo de 1911, Francesco Cristiani afrontaba una situación en la que de nada valía esa larga tradición familiar en el negocio. En sus manos sostenía un pantalón nuevo, con un corte de dos centímetros y medio en la rodilla izquierda. Era un corte hecho por un aprendiz que había estado manipulando descuidadamente unas tijeras sobre la mesa en la que habían colocado el pantalón para la inspección final de Cristiani. Aunque a los aprendices se les recordaba repetidamente que no debían manipular las pesadas tijeras -su principal misión era pegar botones y coser bastas-, algunos jóvenes violaban inconscientemente la regla en su afán por adquirir experiencia como sastres. Pero lo que magnificaba el delito del joven en esta ocasión era que el pantalón dañado había sido hecho para alguien a quien todos llamaban el mafioso, cuyo nombre era Vincenzo Castiglia. 

Castiglia era un cliente primerizo proveniente de la cercana Cosenza. Y era tan desfachatado sobre su profesión criminal que mientras le tomaban las medidas para el traje, un mes atrás, le había pedido a Cristiani un espacio amplio dentro del saco para llevar la pistola en su sobaquera. 

Aquella vez el señor Castiglia había hecho también otros requerimientos que ante los ojos del sastre lo elevaron a la categoría de un hombre con un alto sentido de la moda: alguien que sabía exactamente lo que podría favorecer su corpulenta figura. 

Castiglia había pedido que las hombreras del traje fueran extra anchas para dar a sus caderas una apariencia más estrecha. Además había procurado distraer la atención de su protuberante barriga ordenando un chaleco plisado con anchas solapas en punta, y un agujero en el centro para que él pudiera pasar una cadena de oro unida a su reloj de bolsillo adornado con diamantes. 

El señor Castiglia también especificó que las bastas de su pantalón fueran volteadas hacia arriba, de acuerdo con la última moda del continente. Y al asomarse al taller de Cristiani, había expresado su satisfacción al observar que todos los sastres estaban cosiendo a mano y no empleando la ya por entonces difundida máquina de coser que, a pesar de su velocidad, carecía de la capacidad para moldear las costuras y los ángulos de la tela. Según Castiglia, esto sólo era posible en las manos de un sastre talentoso. 

Inclinándose con respeto, Cristiani le aseguró que su casa de moda jamás sucumbiría a la desgraciada invención mecánica, aunque las máquinas de coser ya fueran ampliamente usadas en Europa y América. A la mención de América, Castiglia sonrió y dijo que había visitado una vez el Nuevo Mundo y que tenía varios parientes establecidos allí (entre ellos estaba un primo, Francesco Castiglia, que años después, al empezar la era de la prohibición, lograría gran notoriedad y riqueza bajo el nombre de Frank Costello). 

En las semanas siguientes, Cristiani dedicó casi toda su atención a satisfacer las especificaciones del mafioso, y dijo que se sentía muy orgulloso de los resultados. Hasta el Sábado de Gloria, cuando descubrió el corte de dos centímetros y medio que atravesaba la rodilla izquierda del nuevo pantalón del señor Castiglia. 

Vociferando angustiosa y furiosamente, Cristiani muy pronto obtuvo la confesión del aprendiz, que admitió haber estado cortando retazos de tela en el borde del molde donde se encontraba el pantalón de Castiglia. Cristiani se detuvo en silencio, aturdido durante varios minutos, rodeado por sus igualmente preocupados y mudos asociados. Él podía, por supuesto, huir y esconderse en las colinas. Tal vez ésa fuese su primera reacción. Pero también podía devolverle el dinero al mafioso, explicarle lo sucedido y ofrecerle al culpable aprendiz en sacrificio para que sus hombres diesen cuenta de él. 

En este caso, sin embargo, existían circunstancias especialmente disuasivas. El culpable aprendiz era el sobrino de María Talese, la esposa de Francesco Cristiani. Ella era la única hermana del mejor amigo de Cristiani, Gaetano Talese, quien por entonces trabajaba en América. Y el hijo de Gaetano, ese aprendiz de ocho años llamado José Talese -quien habría de convertirse en mi padre-, estaba llorando convulsiva-mente. Mientras Cristiani trataba de consolar a su arrepentido sobrino, su mente seguía buscando una solución. No había manera. 

En las cuatro horas que quedaban antes de la visita de Castiglia era imposible hacer un segundo pantalón aunque tuvieran todo el material del mundo para hacerlo. 

Tampoco había modo de disimular el corte en la tela, aun con una maravillosa labor de zurcido. Sus compañeros insistían en que lo más sabio era cerrar la tienda y dejar una nota para el señor Castiglia alegando enfermedad o alguna otra excusa que demorase la confrontación. Cristiani les recordó que nada ni nadie podría absolverlo si dejaba de entregar el traje del mafioso a tiempo para la Pascua. Estaban obligados a encontrar una solución al instante, o al menos en las cuatro horas que quedaban antes de que Castiglia arribase. Mientras el campanazo del mediodía tañía desde la iglesia en la plaza principal, Cristiani anunció con su voz más lúgubre: - No habrá siesta para ninguno de nosotros. Éste no es momento para comer ni para tomar un descanso: es momento de sacrificio y meditación. Así que quiero a todos donde están, pensando en algo que pueda salvarnos del desastre. Fue interrumpido por los gruñidos de los demás sastres, que se resistían a tener que perder su almuerzo y su descanso vespertino. Pero Cristiani se impuso y envió de inmediato a uno de sus hijos al pueblo para avisar a las esposas de los sastres que no esperasen el retorno de sus maridos hasta que cayera la noche. Después indicó a los otros aprendices, incluido mi padre, que corrieran las cortinas y cerrasen las puertas frontal y trasera de la tienda. 

Durante los siguientes minutos, el equipo entero de doce hombres y niños se congregó calladamente tras los muros del oscurecido taller, como si participasen de una vigilia. 

Mi padre se sentó en una esquina, aún estremecido por la magnitud de su falta. Cerca de él se sentaron los demás aprendices, irritados con él, pero obedientes a la orden de su maestro de permanecer en confinamiento. En el centro del taller, sentado entre sus sastres, se hallaba Cristiani, un pequeño y huesudo hombre de diminuto bigote, sosteniendo su cabeza entre sus manos y levantando la mirada cada pocos segundos para dar un vistazo al pantalón que yacía frente a él. 

 Varios minutos más tarde Cristiani se puso de pie chasqueando los dedos. Medía apenas un metro sesenta y siete, pero su porte erguido, su fina elegancia y su penacho añadían fuerza a su presencia. Había además un destello de luz en sus ojos. 

-Creo que se me ha ocurrido algo -anunció lenta-mente, haciendo una pausa para dejar que el suspenso creciera hasta captar la atención de todos-. Lo que puedo hacer es un corte en la rodilla derecha que coincida exactamente con el de la rodilla izquierda dañada y... 

-¿Te has vuelto loco? -interrumpió el sastre mayor. 

-¡Déjame terminar, imbécil! gritó Cristiani, azotando su puño contra la mesa. 

Luego continuó: -Después puedo coser ambas rodillas con bordados decorados que coincidan exactamente, para luego explicarle al señor Castiglia que será el primer hombre en esta parte de Italia en vestir pantalones diseñados a la última moda, con las rodillas bordadas. 

Los demás escuchaban asombrados.

-Pero, maestro, le dijo uno de los sastres más jóvenes en tono cauto y respetuoso, ¿no se dará cuenta el señor Castiglia, cuando usted le presente esta nueva moda, de que nosotros mismos no estamos vistiendo pantalones que sigan esta usanza? Cristiani levantó las cejas levemente. 

-Buen punto, admitió, y una ola de pesimismo retornó a la habitación. 

Pero segundos después sus ojos destellaron de nuevo, y exclamó: -¡Pero sí estaremos siguiendo esta moda! Haremos cortes en nuestras rodillas y los coseremos con bordados similares a los del señor Castiglia. 

Y antes de que los hombres pudieran protestar, añadió: -Pero no cortaremos nuestros propios pantalones. ¡Cortaremos los pantalones que guardamos en el armario de las viudas! 

Inmediatamente todos voltearon hacia el armario cerrado en la parte trasera del taller dentro del que colgaban docenas de trajes usados anteriormente por hombres ya muertos. Esos trajes que las acongojadas viudas habían entregado a Cristiani para que no les recordaran a sus difuntos esposos, con la esperanza de que fueran donados a desconocidos que anduviesen de paso y se llevaran los trajes a pueblos lejanos. Cristiani abrió la puerta del armario, tomó varios pantalones de los ganchos y los arrojó hacia sus sastres, urgiéndolos a probárselos. Él mismo se hallaba ya de pie, con su ropa interior de algodón blanco y ligas negras, buscando un pantalón que pudiera acomodarse a su menuda estatura. Cuando lo consiguió, se deslizó adentro, trepó a la mesa y se paró como un orgulloso modelo frente a sus hombres. 

-Vean, dijo señalando el largo y el ancho-: un entalle perfecto. 

Los otros sastres también empezaron a hacer lo mismo. Pero ya para entonces Cristiani estaba parado en el piso, con el pantalón afuera, cortando la rodilla derecha del pantalón del mafioso para reproducir el daño hecho a la izquierda. Luego aplicó incisiones similares a las rodillas del pantalón que él había elegido para sí. 

-Ahora presten mucha atención, llamó a sus hombres. 

Con un movimiento de la aguja enhebrada con un hilo de seda aplicó la primera puntada al pantalón del difunto, atravesando el borde inferior de la rodilla con una pasada que hábilmente unió al borde superior. Era un movimiento circular que él repitió varias veces hasta que logró unir firmemente el centro de la rodilla con un diseño bordado, pequeño y curvado, como una corona de la mitad del tamaño de una moneda de diez centavos. Luego procedió a coser el lado derecho de la corona: una costura de menos de un centímetro, ligeramente decreciente e inclinada hacia arriba sobre el final. Tras reproducirla en el lado izquierdo del zurcido, erigió la minúscula imagen de un ave con las alas extendidas, volando directamente hacia quien la viera. Era un ave semejante a un halcón peregrino. Cristiani había creado así un modelo de pantalón con un diseño alado en las rodillas. 

-Bueno, ¿qué piensan? -preguntó a sus hombres, dando a entender que no le interesaba realmente lo que estuvieran pensando. 

Mientras ellos se encogían de hombros y murmuraban algo por lo bajo, él continuó perentoriamente: De acuerdo, rápido. Corten las rodillas de los pantalones que están vistiendo y cósanlas con el diseño bordado que acaban de ver. 

Sin esperar oposición -y sin recibirla- Cristiani se inclinó para concentrarse en su propia tarea: terminar la segunda rodilla del pantalón que él mismo habría de vestir y empezar luego con el pantalón del señor Castiglia. En este caso, Cristiani planeaba no sólo bordar un diseño de alas con un hilo de seda que coincidiese exactamente con el color usado en los ojales del saco, sino insertar un trozo de seda en el interior de la parte frontal del pantalón. Quería extenderse desde los muslos hasta las pantorrillas, para proteger así las rodillas del señor Castiglia del roce y disminuir la fricción contra los zurcidos mientras Castiglia desfilara en la passeggiata. 

Las dos horas siguientes todos trabajaron en enfebrecido silencio. Mientras Cristiani y sus sastres aplicaban el diseño alado a las rodillas de todos los pantalones, los aprendices ayudaban con las alteraciones menores: cosían botones, planchaban puños y se entregaban a otros menudos detalles que al final dejaran los pantalones de los difuntos tan presentables como fuera posible. Cristiani, por supuesto, no permitía que nadie además de él mani-pulara la vestimenta del mafioso. Cuando doblaron las campanas de la iglesia marcando el final de la siesta, Francesco Cristiani escudriñaba con admiración la costura que había hecho y agradecía en silencio a su tocayo en el cielo, san Francisco de Paula, por su inspirada guía con la aguja. 

Ya se sentían los ruidos de actividad en la plaza. Los campaneos de los carros jalados por caballos, los gritos de los vendedores de comida, las voces de los compradores que iban pasando por el camino empedrado frente al pórtico de Cristiani. 

Las cortinas de la tienda del sastre acababan de abrirse, y mi padre junto con otro aprendiz fueron destacados en la puerta con instrucciones de avisar tan pronto tuvieran a la vista el carruaje del señor Castiglia.

 Adentro, los sastres estaban en fila detrás de Cristiani. Se sentían hambrientos, fatigados y nada cómodos dentro de sus pantalones de muertos con rodillas aladas. Pero la ansiedad y el temor que inspiraba la reacción de Castiglia a su nuevo traje de Pascua dominaban sus emociones. Y sin embargo Francesco Cristiani parecía inusualmente calmado. Además de su pantalón marrón recientemente adquirido, cuyas piernas tocaban sus zapatos abotonados con bordes de tela, el sastre vestía un plisado chaleco gris sobre una camisa a rayas de cuello blanco, adornado por una bufanda borgoña con broche de perla. En su mano, sobre un gancho de madera, sostenía el traje de tres piezas del señor Castiglia que momentos antes había cepillado suavemente y planchado por última vez. El traje aún estaba tibio. 

Veinte minutos después de las cuatro de la tarde, mi padre entró corriendo y, con un chillido que no podía ocultar su pánico, anunció: “¡Sta arrivando!”. Un carruaje negro tirado por dos caballos se detuvo repiqueteando frente a la tienda. El cochero, armado con un rifle, descendió de un salto para abrir la puerta. De allí apareció la oscura silueta de Vincenzo Castiglia, quien rápidamente dio los dos pasos que lo separaban de la acera. Lo seguía un hombre, su guardaespaldas, con un sombrero negro de ala ancha, una capa larga y botas abrochadas. El señor Castiglia se quitó su fedora gris y con un pañuelo limpió el polvo del camino de su frente. Estaba entrando en la tienda cuando Cristiani salió a toda prisa para saludarlo. 

-¡Su maravilloso traje de Pascua lo espera! -proclamó Cristiani sosteniendo el gancho en lo alto. 

Castiglia examinó el traje sin pronunciar comentario alguno. Luego, después de rechazar cortésmente el ofrecimiento de whisky y vino de parte de Cristiani, indicó a su guardaespaldas que lo ayudara a quitarse el saco para probarse su indumentaria de Pascua. Cristiani y los demás sastres aguardaban muy quietos, observando cómo la pistola en la sobaquera de Castiglia se balanceaba al extender sus brazos y recibir el chaleco plisado gris, seguido del saco de hombros anchos. Conteniendo el aliento en el momento de abotonar el chaleco y el saco, Castiglia giró hasta ubicarse al frente del espejo de tres cuerpos que había al lado del probador. Admiró su reflejo desde cada ángulo y volteó hacia su guardaespaldas, quien asintió con un gesto. Por fin el señor Castiglia comentó con voz de mando: Perfetto! 

-Mille grazie -respondió Cristiani inclinándose ligera-mente mientras retiraba el pantalón del gancho y se lo entregaba Castiglia pidió permiso para ingresar en el probador y cerró la puerta. Algunos sastres empezaron a dar vueltas por el cuarto, pero Cristiani se mantuvo firme, silbando suavemente para sí. El guardaespaldas, todavía con su capa y su sombrero puestos, se había sentado cómodamente en una silla con las piernas cruzadas. Fumaba un cigarrillo. Los aprendices se reunieron en la trastienda, a excepción de mi nervioso padre, quien permaneció en el salón, ordenando y reordenando pilas de materiales en un mostrador mientras mantenía un ojo pegado al probador. 

Nadie dijo ni una palabra durante más de un minuto. Los únicos sonidos que se escuchaban eran los que hacía el señor Castiglia al cambiarse de pantalón. 

Primero se oyó el golpe seco de sus zapatos cayendo al piso, y luego la leve fricción de la fina tela elegida para su traje. Segundos después un fuerte estruendo hizo estremecer la división de madera: presumiblemen-te Castiglia había perdido el equilibrio cuando se paraba en una sola pierna. Tras un suspiro, una tos y el rechinar de sus zapatos de cuero, volvió el silencio. Pero entonces, de repente, una grave voz detrás de la puerta bramó: ¡Maestro! Y luego más fuerte: ¡Maestro!!! 

La puerta se abrió de golpe, revelando el airado rostro y la encorvada figura del señor Castiglia. Con sus dedos señalaba sus rodillas dobladas y el diseño de alas en el pantalón. Luego, balanceándose hacia Cristiani, volvió a gritar: -Maestro, ¿che avete fatto qui? 

El guardaespaldas se levantó de un salto, con la mirada puesta en Cristiani. Mi padre cerró los ojos. Los otros sastres dieron un paso atrás. Pero Francesco Cristiani siguió de pie, impasible a pesar de que el guarda-espaldas se había llevado la mano dentro de la capa. 

-¿Qué ha hecho? -repitió Castiglia aún con las rodillas arqueadas, como si sufriera de parálisis. 

Cristiani lo observó un par de segundos y finalmente, con el tono autoritario de un maestro enseñándole a un alumno, le respondió: ¡Oh, qué decepcionado estoy! Qué triste e insultado me siento que usted no sepa apreciar el honor que estaba tratando de brindarle porque pensé que lo merecía. Pero lamentablemente estaba equivocado. 

Y antes de que el confundido Vincenzo Castiglia abriera la boca, continuó: Usted me exige saber lo que hice con su pantalón sin darse cuenta de que yo he querido presentarle el Nuevo Mundo, que es adonde pensé que usted pertenecía. 

Cuando entró en la tienda para su primera prueba el mes pasado, usted parecía muy diferente de la gente retrógrada de esta región. Tan sofisticado. Tan individualista. 

Usted había viajado a América, me dijo, había visto el Nuevo Mundo, y yo asumí que estaba en contacto con el espíritu contemporáneo de la libertad. Pero me equivoqué. Nuevas ropas, en realidad, no rehacen al hombre en su interior. 

Dejándose llevar por su propia grandilocuencia, Cristiani volteó hacia su sastre mayor, que se hallaba más cerca de él. Impulsivamente repitió un viejo proverbio del sur de Italia que lamentó haber dicho en cuanto las palabras salieron de su boca. 

-Lavar la testa al’asino è acqua persa (Lavar la cabeza a un asno es un desperdicio de agua) -entonó Cristiani. 

El pasmo se esparció por toda la tienda. Mi padre se escabulló detrás del mostrador. Los sastres de Cristiani, horrorizados ante tal provocación, temblaron al ver que su rostro enrojecía y sus ojos se entrece-rraban. Nadie se habría sorprendido si el siguiente sonido hubiera sido el disparo de una pistola. En efecto, hasta el mismo Cristiani bajó la cabeza y pareció resignado a su suerte. Pero extrañamente, habiendo ido demasiado lejos como para regresar, Cristiani repitió sus palabras sin considerar las consecuencias: Lavar la testa al’asino è acqua persa. 

El señor Castiglia no respondió. Resopló, se mordió los labios, pero no dijo ni una palabra. Quizá nunca había sentido semejante insolencia de nadie, y menos aún de un pequeño sastre. Castiglia estaba demasiado sorprendido como para actuar. 

Incluso su guardaespaldas parecía paralizado, con una mano todavía oculta bajo su capa. Tras unos pocos segundos de silencio, los ojos de la cabizbaja tez de Cristiani se levantaron tímidamente, y vio al señor Castiglia de pie con los hombros caídos, la cabeza ligeramente inclinada y la mirada perdida y llena de remordimientos. Castiglia miró a Cristiani y pestañeó. Finalmente dijo: Mi difunta madre usaba esa expresión cuando yo la hacía enojar, les confió a todos. 

Tras una pausa, añadió: -Ella murió cuando yo era muy joven. 

-¡Oh, cuánto lo siento! -dijo Cristiani al notar que la tensión se disipaba en el ambiente-. Espero, sin embargo, que acepte mi palabra de que nosotros sí tratamos de hacerle un bello traje para la Pascua.

Sólo estaba muy decepcionado de que no le gustase su pantalón diseñado a la última moda. 

Mirando otra vez sus rodillas, Castiglia preguntó: ¿Esto es la última moda? 

-Sí, así es -reafirmó Cristiani. 

-¿Dónde? 

-En las grandes capitales del mundo. 

-¿Pero no aquí? 

-No aún, dijo Cristiani. Usted es el primero entre los hombres de esta región. 

-¿Pero por qué tengo que empezar yo la última moda en la región? -preguntó Castiglia con una voz que ahora sonaba inse­gura. 

-Oh, no. Realmente no ha empezado con usted -lo corrigió Cristiani-. Los sastres ya hemos adoptado esta moda. 

Y levantando una de sus rodillas, dijo: -Véalo usted mismo. 

El señor Castiglia bajó la mirada para examinar las rodillas de Cristiani y luego giró para inspeccionar la habitación entera. Al chocarse con la mirada de los demás sastres, éstos fueron levantando sus rodillas y asintiendo uno tras otro, señalando el ya familiar diseño alado del ave infinitesimal. 

-Ya veo, dijo Castiglia. Y veo también que le debo una disculpa, maestro. A veces le toma tiempo a uno darse cuenta de lo que está a la moda. 

Estrechó la mano de Cristiani y le pagó. Pero como al parecer no quería quedarse un minuto más en ese lugar donde su ignorancia había sido expuesta, el señor Castiglia llamó a su obediente y mudo guarda-espaldas y le lanzó su traje viejo.

 Vistiendo el nuevo, con el diseño alado en ambas rodillas, e inclinando el sombrero en señal de despedida, el señor Castiglia se dirigió a su carruaje. Mi padre ya le había abierto la puerta de la tienda de par en par. 

Escrito en el cuerpo

                            

Josefina Licitra 1     

Revista el malpensante

 El paraíso de los cirujanos plásticos no siempre es tan color de rosa como lo pintan. A veces puede ser un lugar de tormento, un limbo en el que se infligen cicatrices que, además del cuerpo, marcan el carácter. 

Estoy parada, desnuda, frente al espejo del baño. Miro mis marcas. La primera operación fue a mis cuatro años, en el Hospital de Niños. Yo había nacido con una malformación -“el problemita”, le decían en mi familia- y tenía, entre otras cosas, una oreja sin terminar. El plan médico buscaba reconstruir el pabellón auditivo, quitar cartílago de una costilla, darle forma, envolverlo en piel -mi propia piel, quitada del lado interno de un brazo- y transformar semejante manualidad en una oreja que nos dejara a todos contentos. Fueron días largos.

Habíamos esperado meses por el turno y, cuando al fin se nos dio, hubo paro de anestesistas. Mi mamá, en ese entonces, tenía veinticuatro años, un pasado militante, un marido exiliado y toda la soledad del mundo. No sé si fue inconsciencia o desesperación: decidió que nos quedáramos ahí, sobre la cama de hospital, hasta que la huelga terminara. Pasaron quince días; poco más de dos semanas imborrables, en las que supe que la vida no deja su huella sólo en el cuerpo. 

La habitación del hospital, vista desde la infancia, era de un tamaño fabuloso. Estaba cruzada por dos hileras de camas de hierro y rodeada de ventanales inmensos por los que entraba una luz muy blanca y muy triste. A la noche, el aire se llenaba de llantos, toses y quejiditos, y el rumor de enfermeras sobrevolaba los colchones como si fuera una suave horda de pájaros nocturnos. Ya en la mañana, una mujer -¿gorda?, ¿buena?- pasaba con una bolsa y repartía juguetes y nos hacía creer que ahí adentro, en ese lugar inmundo, uno podía ser feliz. También había una maestra que nos esperaba en el centro de la sala. Allí iba yo con Isabel, mi amiga pelada. 

-Isabel usa pañuelo porque es coqueta. 

Me explicaba mi mamá. Yo no entendía qué tenían que ver los pañuelos con la coquetería. Sólo sabía que Isabel era linda y que estaba enferma. 

No sé bien qué pasó después. Ni con ella, ni conmigo. Sólo recuerdo que, llegado el momento, me pusieron una mascarilla de gas apestosa y después desperté y la cabeza me pesaba horrores. Sentía también una presión insoportable sobre la costilla y un ardor pegajoso bajo el brazo. Estiré una mano. Toqué el pelo de mi mamá; me sentí tranquila. 

Ahora tengo una cicatriz pálida sobre la costilla derecha. Tengo también un parche de piel ausente, una oreja que no muestro demasiado. 

La primera operación no funcionó. Tampoco la segunda, que llegó un año después. Esta vez la internación fue rápida. No había paro, pero me tocó un cirujano que, intuyo, no sabía distinguir una oreja de una medialuna de grasa. De esos días conservo una buena dosis de bronca y una nueva marca: un rectángulo de piel ausente en el lado interno de un muslo. Siempre dijeron que esas marcas se iban. Mentira. 

La tercera operación fue a los 17 años. “El problemita” también consistía en una asimetría en la cara, y alguien evaluó que la solución era fracturarme un par de huesos. No es muy lindo cuando te lo cuentan. 

-Vamos a bajarte el maxilar derecho, lo emparejamos con el izquierdo, te metemos un hueso de la cresta ilíaca y te quedás cuarenta y cinco días con la boca inmovilizada y cerrada con alambres. 

- ¿Y la comida? 

-Con pajita. 

Imagínate a Mike Tyson explicándole a su contrincante, detalladamente, cómo le va a romper la cara sobre el ring. No. No es muy lindo que te lo cuenten. 

Mi postoperatorio empezó el mismo día en el que Boca salió campeón de una Copa Sudamericana. En la tele mostraban gente festejando; mis amigos estaban festejando. Yo tenía náuseas. En mi casa, mi abuela se mudó temporariamente con nosotros y, junto con mi mamá, se perfeccionó en el arte de transformar cualquier cosa en sopa. Al día quince, tiré un plato de sopa por el aire y le grité a mi mamá algo así como “metételo en el trasero”, aunque -claro- como yo no podía abrir la boca no sé si se habrá entendido. Empecé a soñar con ravioles. Era una imagen recurrente: yo, comiendo ravioles. 

De esos tiempos me quedó cierta repulsión por la sopa, una costura en la cadera y una breve marca bajo una teta, que ya ni me acuerdo para qué la hicieron. Miro mis cicatrices desnudas. Nunca dejé de mostrarlas, aunque no me encantan. Hay un tatuador de la galería Bond Street que tiene bajo la camisa dos cicatrices hechas a medida: una es una especie de garra en el pecho, la otra no la entiendo. 

-¿La garra por qué? -pregunto. Me mira con asco y pena. 

-Porque me gusta. 

Resulta que la última moda son las escarificaciones (cicatrices) y el branding (marcas selladas a fuego). Por las dudas le digo a Juan que todo me parece bárbaro. Le muestro mi marca en la costilla. 

-Guau. Es... bíblica. 

Creo que gané su respeto. Nunca pensé que me sentiría tan cómoda en la Bond Street. Acá las cicatrices no tienen historia; empiezan y terminan en un salón de tatoo, con un tipo que -si es considerado- recomienda que no te metas en la piel el nombre de ningún ser querido. “Puede que dejes de quererlo” te aconseja: siempre es probable que tu marca deba enfrentarse al paso del tiempo. 

De las marcas con historia, sólo algunas son tolerables. En los hombres, son las cicatrices con cierto anecdotario épico: algún balazo, la mordida de un tiburón blanco, el cuchillazo de una mujer furiosa (hasta John Bobbit hizo fortunas con su pija remendada). Pero aparte de eso, ya se encargó Chiche Gelblung de dejar en claro qué pensamos todos de las otras marcas. 

- ¿Y vos cómo hiciste para levantarte a esa mina? - le preguntó a Carlitos Tévez, el de las cicatrices en el cuello, cuando estaba a los besos en Brasil junto a la Natalia Fassi. Tévez miró a cámara con un gesto duro y bovino, como si el aire lo hubiese congelado en un momento subnormal. 

- ¿Eh? -dijo. Se sorbió los mocos con un respirón seco. Pero... Lo que importa es lo de adentro, papá -contestó finalmente, ofuscado, haciendo gala del razonamiento más verdadero que arrojó el fútbol en los últimos tiempos. 

En las mujeres, las únicas marcas permitidas son las que remiten a la maternidad, a una decrepitud bien llevada o a alguna que otra “pavadita” quirúrgica. Ya lo dejó en claro una publicidad de crema humectante: no importa qué cicatrices tengas, siempre y cuando te las untes con Dove. En la propaganda muestran una sutura de cesárea, una vieja reluciente, una pigmentación oscura atravesando una panza embarazada, una cicatriz menor en la rodilla. Pero Dove jamás mostraría, por ejemplo, a Gabriela Liffschitz: la fotógrafa que vivió sus últimos años con una teta menos, producto del cáncer que finalmente la mató. 

Si Gabriela viviera podría zambullirse en una bañadera con Dove y, aun así, su imagen sería tan perturbadora como la muerte misma. Gabriela lo sabía. Por eso se encargó de triplicar la apuesta, y entonces fotografió sus marcas -su cuerpo lampiño, su teta ausente-, las publicó en dos volúmenes de libros (Recursos humanos y Efectos colaterales) y nos recordó de un cachetazo que las cicatrices pueden producir erotismo y poesía. “Por suerte siempre están las palabras, me digo, cuyo cuerpo, como el mío, nunca puede ser realmente devastado -dice Liffschitz hacia el final de Efectos colaterales-. Mal interpretado sí, citado erróneamente, también, pero para la devastación no hay aquí un cuerpo que se ofrezca”. Gabriela murió, pero dejó sus fotos furiosas. 

Las cicatrices intolerables son las que recuerdan que el cuerpo no siempre se disciplina. Que algún día, sin previo aviso, puede terminar hecho tiritas. 

Hace poco más de un año, hacia el final de una nota, Juana Viale -la nieta de Mirtha- me dio una sorpresa. Habíamos estado hablando de la maternidad y en algún momento, por razones más o menos obvias, terminamos hablando de la degradación del cuerpo y la obsesión por las formas y las texturas perfectas. Fue entonces que se abrió el escote. 

-Mirá -dijo, y me mostró una teta. Era una teta normal, cruzada por un ramillete de estrías anchas y pálidas, el recuerdo que le había dejado su hija Ámbar después de amamantar. 

-Me encantan. Son marcas de que soy mujer -agregó y sonrió. Por algún motivo le creí. Miro las marcas del cuerpo durante el embarazo. Las veo en las otras y también en mí, frente al espejo. 

Estoy esperando a mi primer hijo. Tengo las tetas más grandes, los pezones oscuros y, desde hace un mes, una línea trigueña empezó a marcar su curso vertical entre el ombligo y el pubis. Falta menos de un mes para parir, y nada del parto me da miedo. Sólo las cicatrices.

 -Sólo las cicatrices. Le dije hace poco al obstetra. Él quiso tranquilizarme y respondió que nunca nada es demasiado grave. 

Días más tarde, en un curso utilísimo, una embarazada preguntó si en el parto podía haber velas aromáticas, música y luces cálidas. Por afuera me reí y hasta creo que me burlé un poco. Por adentro, yo también armé mi propia lista de pedidos (la que nunca voy a hacer en público). Quisiera que ese día nadie use barbijos y que no haya azulejos, ni olor a lavandina, ni máscaras de gas, ni sábanas blancas, ni gritos enfermos, ni tajos al pedo, ni mujeres buenas que curan y duelen, ni noches con ruiditos, ni silencio, ni hospital. 

Yo hice mi lista como si rezara y, mientras tanto, el obstetra se dedicó a hablar de episiotomías y cesáreas: dos marcas que, como todas las otras, terminan desapareciendo en la majestuosa geografía del cuerpo. “Se pierden y se van”, dijo el obstetra, para tranquilizarnos a todas. “Se pierden y se van”, repetimos todas, para tranquilizar al obstetra. Pero lo demás queda. 


[1] Periodista argentina, en 2004 ganó el premio de periodismo escrito de la Fundación para un  Nuevo Periodismo Hispanoamericano con la crónica "Pollita en fuga" que publicó Rolling Stone Argentina.

 

Las dos caras de un problema

Miremos las Soluciones

En la Administración Nacional de Aeronáutica y del Espacio - NASA

Cuando la NASA comenzó con el lanzamiento de astronautas al espacio, descubrieron que los bolígrafos no funcionarían sin gravedad (o con gravedad cero), pues la tinta no bajaría hasta la superficie en que se deseara escribir.

Solución 1

Resolver este problema, les llevó 6 años y 12 millones de dólares. Desarrollaron un bolígrafo que funcionaba: bajo gravedad cero, al revés, debajo del agua, prácticamente en cualquier superficie incluyendo cristal y en un rango de temperaturas que iban desde abajo del punto de congelación hasta superar los 300 grados centígrados. 

Solución 2                                                                                                 

¿Y qué hicieron los rusos? 

¡Utilizaron un lápiz! 

En el Japón

Uno de los más memorables casos de estudio de la gestión japonesa fue el caso de la caja de jabón vacía, que ocurrió en una de las más grandes empresas de cosmética de Japón. La compañía recibió la queja de un consumidor que compró una caja de jabón y estaba vacía. Inmediatamente las autoridades aislaron el problema a la cadena de montaje, que transportaba todas las cajas empaquetadas de jabón al departamento de reparto. Por alguna razón, una caja de jabón pasó vacía por la cadena de montaje. Los altos cargos pidieron a sus ingenieros que encontraran una buena y rápida solución del problema.

Solución 1

De inmediato, los ingenieros se lanzaron a su labor para idear una máquina de rayos X con monitores de alta resolución manejados por dos personas y así vigilar todas las cajas de jabón que pasaran por la línea para asegurarse de que no fueran vacías. Sin duda, trabajaron duro y rápido.

 

Solución 2

Cuando a un empleado común en una empresa pequeña se le planteó el mismo problema, no entró en complicaciones de rayos X, robots, equipos informáticos o complicados; en lugar de eso planteó otra solución: Compró un potente ventilador industrial y lo apuntó hacia la cadena de montaje. Encendió el ventilador, y mientras cada caja pasaba por el ventilador, las que estaban vacías simplemente salían volando de la línea de producción.

Problema 3.

Un magnate hotelero viajo a una ciudad Hindú por segunda vez a un año de distancia de su primer viaje, al llegar al mostrador de un hotel inferior en estrellas a los de su cadena, el empleado le sonríe y lo saluda diciéndole: Bienvenido nuevamente señor, que bueno verlo de vuelta en nuestro hotel; sorprendido en gran manera ya que a pesar de ser una persona tan importante, le gusta el anonimato y difícilmente el empleado tendría tan buena memoria para saber que estuvo allí un año antes, quiso imponer el mismo sistema en su cadena de hoteles ya que ese simple gesto lo hizo sentir muy bien. A su regreso inmediatamente puso a trabajar en este asunto a sus empleados para encontrar una solución a su petición.

Solución 1

La solución fue buscar el mejor software con reconocimiento de rostros, base de datos, cámaras especiales, tiempo de respuesta en micro segundos, capacitación a empleados, etc. Con un costo aproximado de 2.5 millones de dólares. 

Solución 2

El magnate prefirió viajar nuevamente y sobornar al empleado de aquel hotel para que revelara la tecnología que aplican. El empleado no acepto soborno alguno, sino que humildemente comento al magnate como lo hacían, el dijo: "Mire señor, tenemos un arreglo con los taxistas que lo trajeron hasta acá, ellos le preguntan si ya se ha hospedado en el hotel al cual lo está trayendo, y si es afirmativo, entonces cuando el deja su equipaje aquí en el mostrador, nos hace una señal, y así se gana un dólar".

 ¿Qué le parece todo?

No cambies tu esencia

En una ocasión un vendedor y un profesor se encontraron camino a sus casas, como eran vecinos, se fueron charlando animadamente. 

Al doblar una esquina, justo en la puerta de un enorme garaje que era la entrada a un parqueadero, se encontraron un perro, que amarrado de un lazo, luchaba desesperadamente por zafarse, tratando de alcanzar un recipiente para beber agua. El perro ladró agresivo cuando vio a los desconocidos.   

El vendedor esquivó al animal, temeroso de que lo alcanzara a morder. El profesor, en cambio, se detuvo y observó la actitud del can, luego, con calma, se acercó con cuidado, pero resuelto, con la firme intención de acercarle el recipiente con agua al perro, para que este pudiera beber.  

En efecto, así lo hizo. El perro, con actitud sumisa se acercó y bebió con ansías de la vasija que el profesor le arrimó. Con cuidado, sin brusquedad, se levantó y siguió su camino con su vecino, el vendedor. 

Observaron que el perro, después de beber, se calmó y se echó en un rincón. 

El vendedor, que había observado todo, increpó al profesor: ¡usted sí que es arriesgado! ¡Cómo se le ocurre acercarse a ese fiero animal! ¿No entiende que casi nos muerde?, afortunadamente estaba bien amarrado, sino, otro cuento estaríamos contando. 

El profesor, lo miró y sonrió, y con calma y serenidad le respondió: la naturaleza del perro es ladrar, no necesariamente morder, y eso siempre va a ser así,  no va a cambiar; por lo tanto, tampoco tiene que supeditar la mía, que es ayudar en la medida de mis posibilidades. Y agregó: cuando pasé en la mañana, observé que igual intentaba beber agua, pero como iba de afán y además ahí estaba el vigilante del parqueadero, supuse que él le permitiría beber, como ve, no fue así, de ahí la disposición del perro. Y de ahí la actitud mía.


Responder lo Siguiente:

1.  ¿Respeta usted a todo ser vivo?

2.  ¿Cómo valora a sus semejantes?

3.  ¿Qué piensa del escepticismo del vendedor?

4.  ¿Esta historia le dice algo?                                          ¿Le hace algún llamado en particular?

5.  Relate, escriba una intervención suya que haya mejorado la situación

de un ser vivo