domingo, abril 09, 2023

Los valientes sastres de la mafia

       

Gay Talese 

Revista El Malpensante

 

Autor de un libro clásico sobre la mafia, Honrarás a tu padre, e hijo él mismo de un sastre, Talese zurce en las páginas que siguen una crónica tan perfecta como los bordados de un chaleco de seda. Hoy en día tal vez no, pero hubo un tiempo en que un triste corte en la rodilla podía ser asunto de vida o muerte.

 

Existe un leve desorden mental, endémico en el negocio de la sastrería, que comenzó a tender sus hilos en la psique de mi padre durante sus días de aprendiz en Italia. Por entonces él trabajaba en el taller de un artesano llamado Francesco Cristiani, cuyos antepasados varones habían sido sastres durante cuatro generaciones sucesivas y, sin excepción, habían exhibido síntomas de esta enfermedad ocupacional. Aunque nunca ha atraído la curiosidad científica -y por lo tanto no puede clasificarse con un nombre oficial-, mi padre describió una vez esta enfermedad como una suerte de prolongada melancolía que a veces estalla en arrebatos de mal humor. 

Es el resultado, sugería mi padre, de excesivas horas de una lenta, laboriosa y microscópica labor que puntada a puntada -centímetro a centímetro- va abstrayendo al sastre en la luz que se refleja sobre la aguja que destella dentro y fuera de la tela. El ojo de un sastre debe seguir la costura con precisión, pero su pensamiento está libre para desviarse en diferentes  direcciones: examinar su vida, reflexionar sobre su pasado, lamentar sus oportunidades perdidas, crear dramas, imaginar banalidades, cavilar, exagerar. En términos simples, el hombre, al coser, tiene demasiado tiempo para pensar. 

Mi padre servía como aprendiz todos los días, antes y después de sus clases en el pueblo de Maida, en el sur italiano. Él sabía que algunos sastres podían quedarse sentados durante horas, acunando una prenda entre sus cabezas gachas y sus rodillas cruzadas, cosiendo sin esforzarse ni moverse excesiva-mente, sin un soplo de oxígeno fresco con qué aclarar sus mentes. 

Y luego, con inexplicable inmediatez, podían ponerse en pie de un salto y estallar en furia ante cualquier comentario casual de un colega, así fuese sólo una frase trivial sin intención de ofender a nadie. Cuando esto ocurría, mi padre solía refugiarse en una esquina mientras los carretes y los dedales de acero volaban por la habitación.

En el caso de que el airado sastre fuera acicateado por sus insensibles colegas, hasta podía buscar el instrumento más terrorífico dentro del taller: las tijeras, largas como un par de espadas. 

También había ocasionales disputas entre los clientes y el propietario, el ufano y diminuto Cristiani, quien se enorgullecía enormemente de su ocupación y creía de sí mismo y de los sastres bajo su supervisión, que eran incapaces de cometer un error. Y si así fuese, él no estaba dispuesto a aceptarlo. Una vez un cliente entró a probarse un traje nuevo, pero no pudo ponerse el saco porque las mangas eran muy angostas. 

Francesco Cristiani no sólo descartó disculparse con él. Peor aún, se comportó como insultado por la ignorancia del cliente sobre el exclusivo estilo de la casa Cristiani en moda masculina. 

-¡No se supone que deba pasar sus brazos por las mangas del saco! (le dijo en tono autoritario). Este saco está diseñado para ser usado sobre los hombros. 

En otra ocasión Cristiani se detuvo en la plaza de Maida después del almuerzo, dispuesto a escuchar una banda durante su concierto de mediodía. De pronto se percató de que el nuevo uniforme entregado por él al tercer trompetero mostraba un pliegue detrás del cuello cada vez que el músico se llevaba el instru-mento a los labios. Preocupado porque alguien pudiera darse cuenta y fuese a criticar su calidad como sastre, Cristiani ordenó a mi padre -por entonces un flacucho muchachito de ocho años- deslizarse detrás del estrado y, con furtiva fineza, jalar el borde inferior de la chaqueta cada vez que el bulto apareciera. Una vez terminado el concierto, Cristiani ideó un medio sutil por el que al fin pudo recuperar y reparar la chaqueta. 

Por aquel entonces, primavera de 1911, ocurrió una catástrofe en la tienda para la que parecía no haber solución. El problema era tan serio que la primera idea que se cruzó por la cabeza de Cristiani fue dejar el pueblo por un tiempo en vez de quedarse en Maida y enfrentar las consecuencias. El incidente que provocó tal pánico había sucedido en el taller de Cristiani el sábado anterior a la Pascua, y se resumía en el daño accidental pero irreparable causado por un aprendiz a un traje nuevo confeccionado para uno de los más exigentes clientes de Cristiani. Era alguien que estaba entre los más renombrados uomini rispettati de la región, hombres popularmente conocidos como la Mafia. 

Antes de percatarse del accidente, Cristiani disfrutaba de una próspera mañana en su tienda recibiendo el pago de varios clientes satisfechos que habían ido llegando para la prueba final de sus trajes. Eran los trajes que vestirían al día siguiente en la passeggiata de la Pascua: el evento de exhibición más esperado del año por los hombres del sur de Italia. 

Mientras las modestas mujeres del pueblo pasarían el día después de misa colgadas de sus balcones -a excepción de las más atrevidas mujeres de inmigrantes norteamericanos-, los hombres pasearían por la plaza, conversando tomados del brazo, fumando y examinando meticulosamente el corte de los demás trajes. A pesar de la pobreza del sur de Italia, o quizás a causa de ella, había un excesivo énfasis en la apariencia -parte del síndrome fare bella figura de la región-, y muchos de los hombres que se congregaban en la plaza de Maida, como en docenas de lugares similares por todo el sur de Italia, eran insólitamente versados en el arte de la sastrería fina. 

Todos podían evaluar la hechura de un traje ajeno en segundos, apreciar cada diestra puntada o elogiar el dominio de la tarea más difícil para un sastre: el hombro, del que más de veinte partes del traje debían colgar en armonía y permitir fluidez de movimiento. 

Casi todo hombre de respeto, al entrar en un taller para elegir la tela de su nuevo traje, sabía de antemano las doce medidas principales de su cuerpo, empezando con la distancia entre el cuello y la cintura de la chaqueta, y terminando con el ancho exacto de las perneras, por encima de los zapatos. Entre estos hombres había muchos clientes que habían tratado con la empresa familiar de los Cristiani durante toda la vida, como antes lo habían hecho sus padres y abuelos. En efecto, los Cristiani habían estado haciendo ropa para hombres desde 1806, cuando la región estaba bajo el control de Napoleón Bonaparte. 

El día en que el cuñado de Napoleón, Joaquín Murat, instalado en el trono de Nápoles, fue asesinado en 1815 por un escuadrón de tiradores españoles borbones en la villa de Pizzo -unas millas al sur de Maida-, el guardarropa que Murat dejó tras de sí incluía un traje hecho por el abuelo de Francesco Cristiani. Pero ese Sábado Santo de 1911, Francesco Cristiani afrontaba una situación en la que de nada valía esa larga tradición familiar en el negocio. En sus manos sostenía un pantalón nuevo, con un corte de dos centímetros y medio en la rodilla izquierda. Era un corte hecho por un aprendiz que había estado manipulando descuidadamente unas tijeras sobre la mesa en la que habían colocado el pantalón para la inspección final de Cristiani. Aunque a los aprendices se les recordaba repetidamente que no debían manipular las pesadas tijeras -su principal misión era pegar botones y coser bastas-, algunos jóvenes violaban inconscientemente la regla en su afán por adquirir experiencia como sastres. Pero lo que magnificaba el delito del joven en esta ocasión era que el pantalón dañado había sido hecho para alguien a quien todos llamaban el mafioso, cuyo nombre era Vincenzo Castiglia. 

Castiglia era un cliente primerizo proveniente de la cercana Cosenza. Y era tan desfachatado sobre su profesión criminal que mientras le tomaban las medidas para el traje, un mes atrás, le había pedido a Cristiani un espacio amplio dentro del saco para llevar la pistola en su sobaquera. 

Aquella vez el señor Castiglia había hecho también otros requerimientos que ante los ojos del sastre lo elevaron a la categoría de un hombre con un alto sentido de la moda: alguien que sabía exactamente lo que podría favorecer su corpulenta figura. 

Castiglia había pedido que las hombreras del traje fueran extra anchas para dar a sus caderas una apariencia más estrecha. Además había procurado distraer la atención de su protuberante barriga ordenando un chaleco plisado con anchas solapas en punta, y un agujero en el centro para que él pudiera pasar una cadena de oro unida a su reloj de bolsillo adornado con diamantes. 

El señor Castiglia también especificó que las bastas de su pantalón fueran volteadas hacia arriba, de acuerdo con la última moda del continente. Y al asomarse al taller de Cristiani, había expresado su satisfacción al observar que todos los sastres estaban cosiendo a mano y no empleando la ya por entonces difundida máquina de coser que, a pesar de su velocidad, carecía de la capacidad para moldear las costuras y los ángulos de la tela. Según Castiglia, esto sólo era posible en las manos de un sastre talentoso. 

Inclinándose con respeto, Cristiani le aseguró que su casa de moda jamás sucumbiría a la desgraciada invención mecánica, aunque las máquinas de coser ya fueran ampliamente usadas en Europa y América. A la mención de América, Castiglia sonrió y dijo que había visitado una vez el Nuevo Mundo y que tenía varios parientes establecidos allí (entre ellos estaba un primo, Francesco Castiglia, que años después, al empezar la era de la prohibición, lograría gran notoriedad y riqueza bajo el nombre de Frank Costello). 

En las semanas siguientes, Cristiani dedicó casi toda su atención a satisfacer las especificaciones del mafioso, y dijo que se sentía muy orgulloso de los resultados. Hasta el Sábado de Gloria, cuando descubrió el corte de dos centímetros y medio que atravesaba la rodilla izquierda del nuevo pantalón del señor Castiglia. 

Vociferando angustiosa y furiosamente, Cristiani muy pronto obtuvo la confesión del aprendiz, que admitió haber estado cortando retazos de tela en el borde del molde donde se encontraba el pantalón de Castiglia. Cristiani se detuvo en silencio, aturdido durante varios minutos, rodeado por sus igualmente preocupados y mudos asociados. Él podía, por supuesto, huir y esconderse en las colinas. Tal vez ésa fuese su primera reacción. Pero también podía devolverle el dinero al mafioso, explicarle lo sucedido y ofrecerle al culpable aprendiz en sacrificio para que sus hombres diesen cuenta de él. 

En este caso, sin embargo, existían circunstancias especialmente disuasivas. El culpable aprendiz era el sobrino de María Talese, la esposa de Francesco Cristiani. Ella era la única hermana del mejor amigo de Cristiani, Gaetano Talese, quien por entonces trabajaba en América. Y el hijo de Gaetano, ese aprendiz de ocho años llamado José Talese -quien habría de convertirse en mi padre-, estaba llorando convulsiva-mente. Mientras Cristiani trataba de consolar a su arrepentido sobrino, su mente seguía buscando una solución. No había manera. 

En las cuatro horas que quedaban antes de la visita de Castiglia era imposible hacer un segundo pantalón aunque tuvieran todo el material del mundo para hacerlo. 

Tampoco había modo de disimular el corte en la tela, aun con una maravillosa labor de zurcido. Sus compañeros insistían en que lo más sabio era cerrar la tienda y dejar una nota para el señor Castiglia alegando enfermedad o alguna otra excusa que demorase la confrontación. Cristiani les recordó que nada ni nadie podría absolverlo si dejaba de entregar el traje del mafioso a tiempo para la Pascua. Estaban obligados a encontrar una solución al instante, o al menos en las cuatro horas que quedaban antes de que Castiglia arribase. Mientras el campanazo del mediodía tañía desde la iglesia en la plaza principal, Cristiani anunció con su voz más lúgubre: - No habrá siesta para ninguno de nosotros. Éste no es momento para comer ni para tomar un descanso: es momento de sacrificio y meditación. Así que quiero a todos donde están, pensando en algo que pueda salvarnos del desastre. Fue interrumpido por los gruñidos de los demás sastres, que se resistían a tener que perder su almuerzo y su descanso vespertino. Pero Cristiani se impuso y envió de inmediato a uno de sus hijos al pueblo para avisar a las esposas de los sastres que no esperasen el retorno de sus maridos hasta que cayera la noche. Después indicó a los otros aprendices, incluido mi padre, que corrieran las cortinas y cerrasen las puertas frontal y trasera de la tienda. 

Durante los siguientes minutos, el equipo entero de doce hombres y niños se congregó calladamente tras los muros del oscurecido taller, como si participasen de una vigilia. 

Mi padre se sentó en una esquina, aún estremecido por la magnitud de su falta. Cerca de él se sentaron los demás aprendices, irritados con él, pero obedientes a la orden de su maestro de permanecer en confinamiento. En el centro del taller, sentado entre sus sastres, se hallaba Cristiani, un pequeño y huesudo hombre de diminuto bigote, sosteniendo su cabeza entre sus manos y levantando la mirada cada pocos segundos para dar un vistazo al pantalón que yacía frente a él. 

 Varios minutos más tarde Cristiani se puso de pie chasqueando los dedos. Medía apenas un metro sesenta y siete, pero su porte erguido, su fina elegancia y su penacho añadían fuerza a su presencia. Había además un destello de luz en sus ojos. 

-Creo que se me ha ocurrido algo -anunció lenta-mente, haciendo una pausa para dejar que el suspenso creciera hasta captar la atención de todos-. Lo que puedo hacer es un corte en la rodilla derecha que coincida exactamente con el de la rodilla izquierda dañada y... 

-¿Te has vuelto loco? -interrumpió el sastre mayor. 

-¡Déjame terminar, imbécil! gritó Cristiani, azotando su puño contra la mesa. 

Luego continuó: -Después puedo coser ambas rodillas con bordados decorados que coincidan exactamente, para luego explicarle al señor Castiglia que será el primer hombre en esta parte de Italia en vestir pantalones diseñados a la última moda, con las rodillas bordadas. 

Los demás escuchaban asombrados.

-Pero, maestro, le dijo uno de los sastres más jóvenes en tono cauto y respetuoso, ¿no se dará cuenta el señor Castiglia, cuando usted le presente esta nueva moda, de que nosotros mismos no estamos vistiendo pantalones que sigan esta usanza? Cristiani levantó las cejas levemente. 

-Buen punto, admitió, y una ola de pesimismo retornó a la habitación. 

Pero segundos después sus ojos destellaron de nuevo, y exclamó: -¡Pero sí estaremos siguiendo esta moda! Haremos cortes en nuestras rodillas y los coseremos con bordados similares a los del señor Castiglia. 

Y antes de que los hombres pudieran protestar, añadió: -Pero no cortaremos nuestros propios pantalones. ¡Cortaremos los pantalones que guardamos en el armario de las viudas! 

Inmediatamente todos voltearon hacia el armario cerrado en la parte trasera del taller dentro del que colgaban docenas de trajes usados anteriormente por hombres ya muertos. Esos trajes que las acongojadas viudas habían entregado a Cristiani para que no les recordaran a sus difuntos esposos, con la esperanza de que fueran donados a desconocidos que anduviesen de paso y se llevaran los trajes a pueblos lejanos. Cristiani abrió la puerta del armario, tomó varios pantalones de los ganchos y los arrojó hacia sus sastres, urgiéndolos a probárselos. Él mismo se hallaba ya de pie, con su ropa interior de algodón blanco y ligas negras, buscando un pantalón que pudiera acomodarse a su menuda estatura. Cuando lo consiguió, se deslizó adentro, trepó a la mesa y se paró como un orgulloso modelo frente a sus hombres. 

-Vean, dijo señalando el largo y el ancho-: un entalle perfecto. 

Los otros sastres también empezaron a hacer lo mismo. Pero ya para entonces Cristiani estaba parado en el piso, con el pantalón afuera, cortando la rodilla derecha del pantalón del mafioso para reproducir el daño hecho a la izquierda. Luego aplicó incisiones similares a las rodillas del pantalón que él había elegido para sí. 

-Ahora presten mucha atención, llamó a sus hombres. 

Con un movimiento de la aguja enhebrada con un hilo de seda aplicó la primera puntada al pantalón del difunto, atravesando el borde inferior de la rodilla con una pasada que hábilmente unió al borde superior. Era un movimiento circular que él repitió varias veces hasta que logró unir firmemente el centro de la rodilla con un diseño bordado, pequeño y curvado, como una corona de la mitad del tamaño de una moneda de diez centavos. Luego procedió a coser el lado derecho de la corona: una costura de menos de un centímetro, ligeramente decreciente e inclinada hacia arriba sobre el final. Tras reproducirla en el lado izquierdo del zurcido, erigió la minúscula imagen de un ave con las alas extendidas, volando directamente hacia quien la viera. Era un ave semejante a un halcón peregrino. Cristiani había creado así un modelo de pantalón con un diseño alado en las rodillas. 

-Bueno, ¿qué piensan? -preguntó a sus hombres, dando a entender que no le interesaba realmente lo que estuvieran pensando. 

Mientras ellos se encogían de hombros y murmuraban algo por lo bajo, él continuó perentoriamente: De acuerdo, rápido. Corten las rodillas de los pantalones que están vistiendo y cósanlas con el diseño bordado que acaban de ver. 

Sin esperar oposición -y sin recibirla- Cristiani se inclinó para concentrarse en su propia tarea: terminar la segunda rodilla del pantalón que él mismo habría de vestir y empezar luego con el pantalón del señor Castiglia. En este caso, Cristiani planeaba no sólo bordar un diseño de alas con un hilo de seda que coincidiese exactamente con el color usado en los ojales del saco, sino insertar un trozo de seda en el interior de la parte frontal del pantalón. Quería extenderse desde los muslos hasta las pantorrillas, para proteger así las rodillas del señor Castiglia del roce y disminuir la fricción contra los zurcidos mientras Castiglia desfilara en la passeggiata. 

Las dos horas siguientes todos trabajaron en enfebrecido silencio. Mientras Cristiani y sus sastres aplicaban el diseño alado a las rodillas de todos los pantalones, los aprendices ayudaban con las alteraciones menores: cosían botones, planchaban puños y se entregaban a otros menudos detalles que al final dejaran los pantalones de los difuntos tan presentables como fuera posible. Cristiani, por supuesto, no permitía que nadie además de él mani-pulara la vestimenta del mafioso. Cuando doblaron las campanas de la iglesia marcando el final de la siesta, Francesco Cristiani escudriñaba con admiración la costura que había hecho y agradecía en silencio a su tocayo en el cielo, san Francisco de Paula, por su inspirada guía con la aguja. 

Ya se sentían los ruidos de actividad en la plaza. Los campaneos de los carros jalados por caballos, los gritos de los vendedores de comida, las voces de los compradores que iban pasando por el camino empedrado frente al pórtico de Cristiani. 

Las cortinas de la tienda del sastre acababan de abrirse, y mi padre junto con otro aprendiz fueron destacados en la puerta con instrucciones de avisar tan pronto tuvieran a la vista el carruaje del señor Castiglia.

 Adentro, los sastres estaban en fila detrás de Cristiani. Se sentían hambrientos, fatigados y nada cómodos dentro de sus pantalones de muertos con rodillas aladas. Pero la ansiedad y el temor que inspiraba la reacción de Castiglia a su nuevo traje de Pascua dominaban sus emociones. Y sin embargo Francesco Cristiani parecía inusualmente calmado. Además de su pantalón marrón recientemente adquirido, cuyas piernas tocaban sus zapatos abotonados con bordes de tela, el sastre vestía un plisado chaleco gris sobre una camisa a rayas de cuello blanco, adornado por una bufanda borgoña con broche de perla. En su mano, sobre un gancho de madera, sostenía el traje de tres piezas del señor Castiglia que momentos antes había cepillado suavemente y planchado por última vez. El traje aún estaba tibio. 

Veinte minutos después de las cuatro de la tarde, mi padre entró corriendo y, con un chillido que no podía ocultar su pánico, anunció: “¡Sta arrivando!”. Un carruaje negro tirado por dos caballos se detuvo repiqueteando frente a la tienda. El cochero, armado con un rifle, descendió de un salto para abrir la puerta. De allí apareció la oscura silueta de Vincenzo Castiglia, quien rápidamente dio los dos pasos que lo separaban de la acera. Lo seguía un hombre, su guardaespaldas, con un sombrero negro de ala ancha, una capa larga y botas abrochadas. El señor Castiglia se quitó su fedora gris y con un pañuelo limpió el polvo del camino de su frente. Estaba entrando en la tienda cuando Cristiani salió a toda prisa para saludarlo. 

-¡Su maravilloso traje de Pascua lo espera! -proclamó Cristiani sosteniendo el gancho en lo alto. 

Castiglia examinó el traje sin pronunciar comentario alguno. Luego, después de rechazar cortésmente el ofrecimiento de whisky y vino de parte de Cristiani, indicó a su guardaespaldas que lo ayudara a quitarse el saco para probarse su indumentaria de Pascua. Cristiani y los demás sastres aguardaban muy quietos, observando cómo la pistola en la sobaquera de Castiglia se balanceaba al extender sus brazos y recibir el chaleco plisado gris, seguido del saco de hombros anchos. Conteniendo el aliento en el momento de abotonar el chaleco y el saco, Castiglia giró hasta ubicarse al frente del espejo de tres cuerpos que había al lado del probador. Admiró su reflejo desde cada ángulo y volteó hacia su guardaespaldas, quien asintió con un gesto. Por fin el señor Castiglia comentó con voz de mando: Perfetto! 

-Mille grazie -respondió Cristiani inclinándose ligera-mente mientras retiraba el pantalón del gancho y se lo entregaba Castiglia pidió permiso para ingresar en el probador y cerró la puerta. Algunos sastres empezaron a dar vueltas por el cuarto, pero Cristiani se mantuvo firme, silbando suavemente para sí. El guardaespaldas, todavía con su capa y su sombrero puestos, se había sentado cómodamente en una silla con las piernas cruzadas. Fumaba un cigarrillo. Los aprendices se reunieron en la trastienda, a excepción de mi nervioso padre, quien permaneció en el salón, ordenando y reordenando pilas de materiales en un mostrador mientras mantenía un ojo pegado al probador. 

Nadie dijo ni una palabra durante más de un minuto. Los únicos sonidos que se escuchaban eran los que hacía el señor Castiglia al cambiarse de pantalón. 

Primero se oyó el golpe seco de sus zapatos cayendo al piso, y luego la leve fricción de la fina tela elegida para su traje. Segundos después un fuerte estruendo hizo estremecer la división de madera: presumiblemen-te Castiglia había perdido el equilibrio cuando se paraba en una sola pierna. Tras un suspiro, una tos y el rechinar de sus zapatos de cuero, volvió el silencio. Pero entonces, de repente, una grave voz detrás de la puerta bramó: ¡Maestro! Y luego más fuerte: ¡Maestro!!! 

La puerta se abrió de golpe, revelando el airado rostro y la encorvada figura del señor Castiglia. Con sus dedos señalaba sus rodillas dobladas y el diseño de alas en el pantalón. Luego, balanceándose hacia Cristiani, volvió a gritar: -Maestro, ¿che avete fatto qui? 

El guardaespaldas se levantó de un salto, con la mirada puesta en Cristiani. Mi padre cerró los ojos. Los otros sastres dieron un paso atrás. Pero Francesco Cristiani siguió de pie, impasible a pesar de que el guarda-espaldas se había llevado la mano dentro de la capa. 

-¿Qué ha hecho? -repitió Castiglia aún con las rodillas arqueadas, como si sufriera de parálisis. 

Cristiani lo observó un par de segundos y finalmente, con el tono autoritario de un maestro enseñándole a un alumno, le respondió: ¡Oh, qué decepcionado estoy! Qué triste e insultado me siento que usted no sepa apreciar el honor que estaba tratando de brindarle porque pensé que lo merecía. Pero lamentablemente estaba equivocado. 

Y antes de que el confundido Vincenzo Castiglia abriera la boca, continuó: Usted me exige saber lo que hice con su pantalón sin darse cuenta de que yo he querido presentarle el Nuevo Mundo, que es adonde pensé que usted pertenecía. 

Cuando entró en la tienda para su primera prueba el mes pasado, usted parecía muy diferente de la gente retrógrada de esta región. Tan sofisticado. Tan individualista. 

Usted había viajado a América, me dijo, había visto el Nuevo Mundo, y yo asumí que estaba en contacto con el espíritu contemporáneo de la libertad. Pero me equivoqué. Nuevas ropas, en realidad, no rehacen al hombre en su interior. 

Dejándose llevar por su propia grandilocuencia, Cristiani volteó hacia su sastre mayor, que se hallaba más cerca de él. Impulsivamente repitió un viejo proverbio del sur de Italia que lamentó haber dicho en cuanto las palabras salieron de su boca. 

-Lavar la testa al’asino è acqua persa (Lavar la cabeza a un asno es un desperdicio de agua) -entonó Cristiani. 

El pasmo se esparció por toda la tienda. Mi padre se escabulló detrás del mostrador. Los sastres de Cristiani, horrorizados ante tal provocación, temblaron al ver que su rostro enrojecía y sus ojos se entrece-rraban. Nadie se habría sorprendido si el siguiente sonido hubiera sido el disparo de una pistola. En efecto, hasta el mismo Cristiani bajó la cabeza y pareció resignado a su suerte. Pero extrañamente, habiendo ido demasiado lejos como para regresar, Cristiani repitió sus palabras sin considerar las consecuencias: Lavar la testa al’asino è acqua persa. 

El señor Castiglia no respondió. Resopló, se mordió los labios, pero no dijo ni una palabra. Quizá nunca había sentido semejante insolencia de nadie, y menos aún de un pequeño sastre. Castiglia estaba demasiado sorprendido como para actuar. 

Incluso su guardaespaldas parecía paralizado, con una mano todavía oculta bajo su capa. Tras unos pocos segundos de silencio, los ojos de la cabizbaja tez de Cristiani se levantaron tímidamente, y vio al señor Castiglia de pie con los hombros caídos, la cabeza ligeramente inclinada y la mirada perdida y llena de remordimientos. Castiglia miró a Cristiani y pestañeó. Finalmente dijo: Mi difunta madre usaba esa expresión cuando yo la hacía enojar, les confió a todos. 

Tras una pausa, añadió: -Ella murió cuando yo era muy joven. 

-¡Oh, cuánto lo siento! -dijo Cristiani al notar que la tensión se disipaba en el ambiente-. Espero, sin embargo, que acepte mi palabra de que nosotros sí tratamos de hacerle un bello traje para la Pascua.

Sólo estaba muy decepcionado de que no le gustase su pantalón diseñado a la última moda. 

Mirando otra vez sus rodillas, Castiglia preguntó: ¿Esto es la última moda? 

-Sí, así es -reafirmó Cristiani. 

-¿Dónde? 

-En las grandes capitales del mundo. 

-¿Pero no aquí? 

-No aún, dijo Cristiani. Usted es el primero entre los hombres de esta región. 

-¿Pero por qué tengo que empezar yo la última moda en la región? -preguntó Castiglia con una voz que ahora sonaba inse­gura. 

-Oh, no. Realmente no ha empezado con usted -lo corrigió Cristiani-. Los sastres ya hemos adoptado esta moda. 

Y levantando una de sus rodillas, dijo: -Véalo usted mismo. 

El señor Castiglia bajó la mirada para examinar las rodillas de Cristiani y luego giró para inspeccionar la habitación entera. Al chocarse con la mirada de los demás sastres, éstos fueron levantando sus rodillas y asintiendo uno tras otro, señalando el ya familiar diseño alado del ave infinitesimal. 

-Ya veo, dijo Castiglia. Y veo también que le debo una disculpa, maestro. A veces le toma tiempo a uno darse cuenta de lo que está a la moda. 

Estrechó la mano de Cristiani y le pagó. Pero como al parecer no quería quedarse un minuto más en ese lugar donde su ignorancia había sido expuesta, el señor Castiglia llamó a su obediente y mudo guarda-espaldas y le lanzó su traje viejo.

 Vistiendo el nuevo, con el diseño alado en ambas rodillas, e inclinando el sombrero en señal de despedida, el señor Castiglia se dirigió a su carruaje. Mi padre ya le había abierto la puerta de la tienda de par en par. 

Escrito en el cuerpo

                            

Josefina Licitra 1     

Revista el malpensante

 El paraíso de los cirujanos plásticos no siempre es tan color de rosa como lo pintan. A veces puede ser un lugar de tormento, un limbo en el que se infligen cicatrices que, además del cuerpo, marcan el carácter. 

Estoy parada, desnuda, frente al espejo del baño. Miro mis marcas. La primera operación fue a mis cuatro años, en el Hospital de Niños. Yo había nacido con una malformación -“el problemita”, le decían en mi familia- y tenía, entre otras cosas, una oreja sin terminar. El plan médico buscaba reconstruir el pabellón auditivo, quitar cartílago de una costilla, darle forma, envolverlo en piel -mi propia piel, quitada del lado interno de un brazo- y transformar semejante manualidad en una oreja que nos dejara a todos contentos. Fueron días largos.

Habíamos esperado meses por el turno y, cuando al fin se nos dio, hubo paro de anestesistas. Mi mamá, en ese entonces, tenía veinticuatro años, un pasado militante, un marido exiliado y toda la soledad del mundo. No sé si fue inconsciencia o desesperación: decidió que nos quedáramos ahí, sobre la cama de hospital, hasta que la huelga terminara. Pasaron quince días; poco más de dos semanas imborrables, en las que supe que la vida no deja su huella sólo en el cuerpo. 

La habitación del hospital, vista desde la infancia, era de un tamaño fabuloso. Estaba cruzada por dos hileras de camas de hierro y rodeada de ventanales inmensos por los que entraba una luz muy blanca y muy triste. A la noche, el aire se llenaba de llantos, toses y quejiditos, y el rumor de enfermeras sobrevolaba los colchones como si fuera una suave horda de pájaros nocturnos. Ya en la mañana, una mujer -¿gorda?, ¿buena?- pasaba con una bolsa y repartía juguetes y nos hacía creer que ahí adentro, en ese lugar inmundo, uno podía ser feliz. También había una maestra que nos esperaba en el centro de la sala. Allí iba yo con Isabel, mi amiga pelada. 

-Isabel usa pañuelo porque es coqueta. 

Me explicaba mi mamá. Yo no entendía qué tenían que ver los pañuelos con la coquetería. Sólo sabía que Isabel era linda y que estaba enferma. 

No sé bien qué pasó después. Ni con ella, ni conmigo. Sólo recuerdo que, llegado el momento, me pusieron una mascarilla de gas apestosa y después desperté y la cabeza me pesaba horrores. Sentía también una presión insoportable sobre la costilla y un ardor pegajoso bajo el brazo. Estiré una mano. Toqué el pelo de mi mamá; me sentí tranquila. 

Ahora tengo una cicatriz pálida sobre la costilla derecha. Tengo también un parche de piel ausente, una oreja que no muestro demasiado. 

La primera operación no funcionó. Tampoco la segunda, que llegó un año después. Esta vez la internación fue rápida. No había paro, pero me tocó un cirujano que, intuyo, no sabía distinguir una oreja de una medialuna de grasa. De esos días conservo una buena dosis de bronca y una nueva marca: un rectángulo de piel ausente en el lado interno de un muslo. Siempre dijeron que esas marcas se iban. Mentira. 

La tercera operación fue a los 17 años. “El problemita” también consistía en una asimetría en la cara, y alguien evaluó que la solución era fracturarme un par de huesos. No es muy lindo cuando te lo cuentan. 

-Vamos a bajarte el maxilar derecho, lo emparejamos con el izquierdo, te metemos un hueso de la cresta ilíaca y te quedás cuarenta y cinco días con la boca inmovilizada y cerrada con alambres. 

- ¿Y la comida? 

-Con pajita. 

Imagínate a Mike Tyson explicándole a su contrincante, detalladamente, cómo le va a romper la cara sobre el ring. No. No es muy lindo que te lo cuenten. 

Mi postoperatorio empezó el mismo día en el que Boca salió campeón de una Copa Sudamericana. En la tele mostraban gente festejando; mis amigos estaban festejando. Yo tenía náuseas. En mi casa, mi abuela se mudó temporariamente con nosotros y, junto con mi mamá, se perfeccionó en el arte de transformar cualquier cosa en sopa. Al día quince, tiré un plato de sopa por el aire y le grité a mi mamá algo así como “metételo en el trasero”, aunque -claro- como yo no podía abrir la boca no sé si se habrá entendido. Empecé a soñar con ravioles. Era una imagen recurrente: yo, comiendo ravioles. 

De esos tiempos me quedó cierta repulsión por la sopa, una costura en la cadera y una breve marca bajo una teta, que ya ni me acuerdo para qué la hicieron. Miro mis cicatrices desnudas. Nunca dejé de mostrarlas, aunque no me encantan. Hay un tatuador de la galería Bond Street que tiene bajo la camisa dos cicatrices hechas a medida: una es una especie de garra en el pecho, la otra no la entiendo. 

-¿La garra por qué? -pregunto. Me mira con asco y pena. 

-Porque me gusta. 

Resulta que la última moda son las escarificaciones (cicatrices) y el branding (marcas selladas a fuego). Por las dudas le digo a Juan que todo me parece bárbaro. Le muestro mi marca en la costilla. 

-Guau. Es... bíblica. 

Creo que gané su respeto. Nunca pensé que me sentiría tan cómoda en la Bond Street. Acá las cicatrices no tienen historia; empiezan y terminan en un salón de tatoo, con un tipo que -si es considerado- recomienda que no te metas en la piel el nombre de ningún ser querido. “Puede que dejes de quererlo” te aconseja: siempre es probable que tu marca deba enfrentarse al paso del tiempo. 

De las marcas con historia, sólo algunas son tolerables. En los hombres, son las cicatrices con cierto anecdotario épico: algún balazo, la mordida de un tiburón blanco, el cuchillazo de una mujer furiosa (hasta John Bobbit hizo fortunas con su pija remendada). Pero aparte de eso, ya se encargó Chiche Gelblung de dejar en claro qué pensamos todos de las otras marcas. 

- ¿Y vos cómo hiciste para levantarte a esa mina? - le preguntó a Carlitos Tévez, el de las cicatrices en el cuello, cuando estaba a los besos en Brasil junto a la Natalia Fassi. Tévez miró a cámara con un gesto duro y bovino, como si el aire lo hubiese congelado en un momento subnormal. 

- ¿Eh? -dijo. Se sorbió los mocos con un respirón seco. Pero... Lo que importa es lo de adentro, papá -contestó finalmente, ofuscado, haciendo gala del razonamiento más verdadero que arrojó el fútbol en los últimos tiempos. 

En las mujeres, las únicas marcas permitidas son las que remiten a la maternidad, a una decrepitud bien llevada o a alguna que otra “pavadita” quirúrgica. Ya lo dejó en claro una publicidad de crema humectante: no importa qué cicatrices tengas, siempre y cuando te las untes con Dove. En la propaganda muestran una sutura de cesárea, una vieja reluciente, una pigmentación oscura atravesando una panza embarazada, una cicatriz menor en la rodilla. Pero Dove jamás mostraría, por ejemplo, a Gabriela Liffschitz: la fotógrafa que vivió sus últimos años con una teta menos, producto del cáncer que finalmente la mató. 

Si Gabriela viviera podría zambullirse en una bañadera con Dove y, aun así, su imagen sería tan perturbadora como la muerte misma. Gabriela lo sabía. Por eso se encargó de triplicar la apuesta, y entonces fotografió sus marcas -su cuerpo lampiño, su teta ausente-, las publicó en dos volúmenes de libros (Recursos humanos y Efectos colaterales) y nos recordó de un cachetazo que las cicatrices pueden producir erotismo y poesía. “Por suerte siempre están las palabras, me digo, cuyo cuerpo, como el mío, nunca puede ser realmente devastado -dice Liffschitz hacia el final de Efectos colaterales-. Mal interpretado sí, citado erróneamente, también, pero para la devastación no hay aquí un cuerpo que se ofrezca”. Gabriela murió, pero dejó sus fotos furiosas. 

Las cicatrices intolerables son las que recuerdan que el cuerpo no siempre se disciplina. Que algún día, sin previo aviso, puede terminar hecho tiritas. 

Hace poco más de un año, hacia el final de una nota, Juana Viale -la nieta de Mirtha- me dio una sorpresa. Habíamos estado hablando de la maternidad y en algún momento, por razones más o menos obvias, terminamos hablando de la degradación del cuerpo y la obsesión por las formas y las texturas perfectas. Fue entonces que se abrió el escote. 

-Mirá -dijo, y me mostró una teta. Era una teta normal, cruzada por un ramillete de estrías anchas y pálidas, el recuerdo que le había dejado su hija Ámbar después de amamantar. 

-Me encantan. Son marcas de que soy mujer -agregó y sonrió. Por algún motivo le creí. Miro las marcas del cuerpo durante el embarazo. Las veo en las otras y también en mí, frente al espejo. 

Estoy esperando a mi primer hijo. Tengo las tetas más grandes, los pezones oscuros y, desde hace un mes, una línea trigueña empezó a marcar su curso vertical entre el ombligo y el pubis. Falta menos de un mes para parir, y nada del parto me da miedo. Sólo las cicatrices.

 -Sólo las cicatrices. Le dije hace poco al obstetra. Él quiso tranquilizarme y respondió que nunca nada es demasiado grave. 

Días más tarde, en un curso utilísimo, una embarazada preguntó si en el parto podía haber velas aromáticas, música y luces cálidas. Por afuera me reí y hasta creo que me burlé un poco. Por adentro, yo también armé mi propia lista de pedidos (la que nunca voy a hacer en público). Quisiera que ese día nadie use barbijos y que no haya azulejos, ni olor a lavandina, ni máscaras de gas, ni sábanas blancas, ni gritos enfermos, ni tajos al pedo, ni mujeres buenas que curan y duelen, ni noches con ruiditos, ni silencio, ni hospital. 

Yo hice mi lista como si rezara y, mientras tanto, el obstetra se dedicó a hablar de episiotomías y cesáreas: dos marcas que, como todas las otras, terminan desapareciendo en la majestuosa geografía del cuerpo. “Se pierden y se van”, dijo el obstetra, para tranquilizarnos a todas. “Se pierden y se van”, repetimos todas, para tranquilizar al obstetra. Pero lo demás queda. 


[1] Periodista argentina, en 2004 ganó el premio de periodismo escrito de la Fundación para un  Nuevo Periodismo Hispanoamericano con la crónica "Pollita en fuga" que publicó Rolling Stone Argentina.

 

Las dos caras de un problema

Miremos las Soluciones

En la Administración Nacional de Aeronáutica y del Espacio - NASA

Cuando la NASA comenzó con el lanzamiento de astronautas al espacio, descubrieron que los bolígrafos no funcionarían sin gravedad (o con gravedad cero), pues la tinta no bajaría hasta la superficie en que se deseara escribir.

Solución 1

Resolver este problema, les llevó 6 años y 12 millones de dólares. Desarrollaron un bolígrafo que funcionaba: bajo gravedad cero, al revés, debajo del agua, prácticamente en cualquier superficie incluyendo cristal y en un rango de temperaturas que iban desde abajo del punto de congelación hasta superar los 300 grados centígrados. 

Solución 2                                                                                                 

¿Y qué hicieron los rusos? 

¡Utilizaron un lápiz! 

En el Japón

Uno de los más memorables casos de estudio de la gestión japonesa fue el caso de la caja de jabón vacía, que ocurrió en una de las más grandes empresas de cosmética de Japón. La compañía recibió la queja de un consumidor que compró una caja de jabón y estaba vacía. Inmediatamente las autoridades aislaron el problema a la cadena de montaje, que transportaba todas las cajas empaquetadas de jabón al departamento de reparto. Por alguna razón, una caja de jabón pasó vacía por la cadena de montaje. Los altos cargos pidieron a sus ingenieros que encontraran una buena y rápida solución del problema.

Solución 1

De inmediato, los ingenieros se lanzaron a su labor para idear una máquina de rayos X con monitores de alta resolución manejados por dos personas y así vigilar todas las cajas de jabón que pasaran por la línea para asegurarse de que no fueran vacías. Sin duda, trabajaron duro y rápido.

 

Solución 2

Cuando a un empleado común en una empresa pequeña se le planteó el mismo problema, no entró en complicaciones de rayos X, robots, equipos informáticos o complicados; en lugar de eso planteó otra solución: Compró un potente ventilador industrial y lo apuntó hacia la cadena de montaje. Encendió el ventilador, y mientras cada caja pasaba por el ventilador, las que estaban vacías simplemente salían volando de la línea de producción.

Problema 3.

Un magnate hotelero viajo a una ciudad Hindú por segunda vez a un año de distancia de su primer viaje, al llegar al mostrador de un hotel inferior en estrellas a los de su cadena, el empleado le sonríe y lo saluda diciéndole: Bienvenido nuevamente señor, que bueno verlo de vuelta en nuestro hotel; sorprendido en gran manera ya que a pesar de ser una persona tan importante, le gusta el anonimato y difícilmente el empleado tendría tan buena memoria para saber que estuvo allí un año antes, quiso imponer el mismo sistema en su cadena de hoteles ya que ese simple gesto lo hizo sentir muy bien. A su regreso inmediatamente puso a trabajar en este asunto a sus empleados para encontrar una solución a su petición.

Solución 1

La solución fue buscar el mejor software con reconocimiento de rostros, base de datos, cámaras especiales, tiempo de respuesta en micro segundos, capacitación a empleados, etc. Con un costo aproximado de 2.5 millones de dólares. 

Solución 2

El magnate prefirió viajar nuevamente y sobornar al empleado de aquel hotel para que revelara la tecnología que aplican. El empleado no acepto soborno alguno, sino que humildemente comento al magnate como lo hacían, el dijo: "Mire señor, tenemos un arreglo con los taxistas que lo trajeron hasta acá, ellos le preguntan si ya se ha hospedado en el hotel al cual lo está trayendo, y si es afirmativo, entonces cuando el deja su equipaje aquí en el mostrador, nos hace una señal, y así se gana un dólar".

 ¿Qué le parece todo?

No cambies tu esencia

En una ocasión un vendedor y un profesor se encontraron camino a sus casas, como eran vecinos, se fueron charlando animadamente. 

Al doblar una esquina, justo en la puerta de un enorme garaje que era la entrada a un parqueadero, se encontraron un perro, que amarrado de un lazo, luchaba desesperadamente por zafarse, tratando de alcanzar un recipiente para beber agua. El perro ladró agresivo cuando vio a los desconocidos.   

El vendedor esquivó al animal, temeroso de que lo alcanzara a morder. El profesor, en cambio, se detuvo y observó la actitud del can, luego, con calma, se acercó con cuidado, pero resuelto, con la firme intención de acercarle el recipiente con agua al perro, para que este pudiera beber.  

En efecto, así lo hizo. El perro, con actitud sumisa se acercó y bebió con ansías de la vasija que el profesor le arrimó. Con cuidado, sin brusquedad, se levantó y siguió su camino con su vecino, el vendedor. 

Observaron que el perro, después de beber, se calmó y se echó en un rincón. 

El vendedor, que había observado todo, increpó al profesor: ¡usted sí que es arriesgado! ¡Cómo se le ocurre acercarse a ese fiero animal! ¿No entiende que casi nos muerde?, afortunadamente estaba bien amarrado, sino, otro cuento estaríamos contando. 

El profesor, lo miró y sonrió, y con calma y serenidad le respondió: la naturaleza del perro es ladrar, no necesariamente morder, y eso siempre va a ser así,  no va a cambiar; por lo tanto, tampoco tiene que supeditar la mía, que es ayudar en la medida de mis posibilidades. Y agregó: cuando pasé en la mañana, observé que igual intentaba beber agua, pero como iba de afán y además ahí estaba el vigilante del parqueadero, supuse que él le permitiría beber, como ve, no fue así, de ahí la disposición del perro. Y de ahí la actitud mía.


Responder lo Siguiente:

1.  ¿Respeta usted a todo ser vivo?

2.  ¿Cómo valora a sus semejantes?

3.  ¿Qué piensa del escepticismo del vendedor?

4.  ¿Esta historia le dice algo?                                          ¿Le hace algún llamado en particular?

5.  Relate, escriba una intervención suya que haya mejorado la situación

de un ser vivo  

 

 

Las tres divisiones de Beremís: la simple, la exacta y la perfecta

Nos aproximábamos a una pequeña aldea -llamada Lazakka- cuando encontramos, caído en el camino, a un pobre viajero herido. Socorrímosle y de sus labios oímos el relato de su aventura. 

Llamábase Salem Nasair, y era uno de los más ricos negociantes de Bagdad. Al regresar, pocos días antes, de Basora, con una gran caravana, fue atacado por una turba de persas, nómadas del desierto. La caravana fue saqueada, pereciendo casi todos sus componentes a manos de los beduinos. Sólo se había salvado él, que era el jefe, ocultándose en la arena, entre los cadáveres de sus esclavos. 

Al terminar el relato de sus desgracias, nos preguntó con voz angustiosa: 

- ¿Tenéis, por casualidad, alguna cosa para comer? ¡Estoy casi muriéndome de hambre! 

- Tengo solamente tres panes –respondí. 

- Yo traigo cinco –afirmó a mi lado el “Hombre que calculaba”. 

- Pues bien -sugirió el sheik-; juntemos esos panes y hagamos una sociedad única. 

Cuando lleguemos a Bagdad os prometo pagar con 8 monedas de oro el pan que coma. 

Así hicimos, y al día siguiente, al caer la tarde, entramos en la ciudad de Bagdad, la perla de Oriente. Al atravesar una hermosa plaza, nos encontramos con un gran cortejo. Al frente marchaba, en brioso alazán, el poderoso Ibraim Maluf, uno de los visires del califa en Bagdad. 

Al ver el visir a sheik Salem Nasair en nuestra compañía, gritó, haciendo parar su poderosa escolta, y le preguntó: 

- ¿Qué te ha pasado, amigo mío? 

-¿Por qué te veo llegar a Bagdad sucio y harapiento, en compañía de dos hombres que no conozco? 

El desventurado sheik narró, minuciosamente, al poderoso ministro todo lo ocurrido. 

-En el camino, haciendo los mayores elogios respecto de nosotros.

- Paga sin pérdida de tiempo a esos dos forasteros, ordenó el visir. 

Y sacando de su bolsa 8 monedas de oro las entregó a Salem Nasair, insistiendo: 

- Quiero llevarte ahora mismo al palacio, pues el Comendador de los Creyentes desea, con seguridad, ser informado de esta nueva afrenta que lo beduinos practicaran, al matar a nuestros amigos saqueando caravanas dentro de nuestras fronteras. 

- Voy a dejaros, amigos míos -; dijo Nasair- mas, antes deseo agradeceros el gran servicio que me habéis prestado. Y para cumplir la palabra, os pagaré el pan que tan generosamente me dierais. 

Y dirigiéndose a Beremís le dijo: Por tus cinco panes te daré 5  monedas. Y volviéndose hacia mí, concluyó: Y a ti, “bagdalí”, te daré por los tres panes 3 monedas. 

Con gran sorpresa nuestra, el “Calculista” objetó, respetuosamente: ¡Perdón, oh sheik! La división hecha de ese modo será muy sencilla, mas no es matemáticamente exacta. Si yo di 5 panes, debo recibir 7 monedas; y mi compañero, “el Bagdad” que dio tres panes, solamente debe recibir una moneda. 

- ¡Por el nombre de Mahoma! -dijo el visir Ibraim, interesado vivamente por el caso-. 

¿Cómo justificas, extranjero, tan disparatada forma de pagar 8 panes con 8 monedas? 

Si contribuiste con 5 panes, ¿por qué exiges 7 monedas?

Y si tu amigo contribuyó con 3 panes, ¿por qué afirmas que debe recibir únicamente una moneda? 

El “Hombre que calculaba” se aproximó al poderoso ministro y así le habló: 

- Voy a probaros que la división de las monedas hecha en la forma propuesta por mí, es más justa y más exacta. Cuando, durante el viaje, teníamos hambre, sacaba un pan de la caja y lo partía en tres trozos, uno para cada uno de nosotros. Todos los panes que eran 8, fueron divididos, pues, en la misma forma. Es evidente, por lo tanto, que si yo tenía 5 panes, di 15 pedazos; si mi compañero tenía 3 panes, dio 9 pedazos. Hubo, así, un total de 24 pedazos, de los cuales cada uno de nosotros comió 8. 

De los panes que di yo, más el que suministró el bagdalí, formaron los 8 que comiera el sheik Salem Nasair. Por consiguiente, es justo que yo reciba 7 monedas y mi compañero solo 1. 

¿No le parece gran visir? 

El gran visir, después de hacer los mayores elogios al “Hombre que calculaba”, ordenó que le fueran entregadas las 7 monedas, pues a mí sólo me tocaba, por derecho, 1. 

La demostración lógica y perfecta presentada por el matemático no admitía duda. 

- Esa división -replicó entonces el “Calculista”- es matemáticamente exacta, pero a los ojos de Dios no es perfecta. 

Y tomando las ocho monedas en la mano las dividió en dos partes iguales. Dióme una de ellas y se guardó la otra. 

- Ese hombre es extraordinario –exclamó el visir-. No aceptó la división propuesta de las ocho monedas en dos partes de 5 y 3, en la que salía favorecido; demostró tener derecho a 7 y su compañero a 1, acabando por dividir las 8 monedas en dos partes iguales, que repartió con su amigo. Y añadió con entusiasmo: 

- ¡Mac Alah! Ese joven, además de parecerme un sabio habilísimo en los cálculos de Aritmética, es bueno como amigo y generoso como compañero. Te nombro ahora mismo como secretario mío. 

Ejercicio: 

1. Realice una operación matemática que explique la deducción que plantea Beremís, sobre la distribución, aporte o repartición de los panes que compartieron con el rico negociante de Bagdad, cuando lo socorrieron en el desierto.   

La prudencia y el filtro de las tres rejas

 

El joven discípulo de un filósofo sabio llegó a casa de este y le dijo:

-Maestro, un amigo suyo estuvo hablando de usted con malevolencia.

-¡Espera!  -lo interrumpió el  filósofo-.  ¿Ya hiciste pasar  por las  tres  rejas  lo que vas  a contarme?

-¿Las tres rejas?

-Si.  La primera es la reja de la verdad. ¿Estás seguro de que lo que quieres decirme es absolutamente cierto?

-No; lo oí comentar a unos vecinos.

-Entonces al menos lo habrás hecho pasar por la segunda reja, que es la bondad. Esto que deseas decirme, ¿es bueno para alguien?

-No, en realidad no. Al contrario...

-¡Vaya!  La  última  reja  es  la  necesidad.  ¿Es  necesario hacerme  saber  eso que tanto  te inquieta?

-A decir verdad, no.

-Entonces -dijo el sabio sonriendo-, si no es verdadero, ni bueno, ni necesario, sepultémoslo en el olvido.

Cuántos  malos  ratos  podríamos  evitar  si  sometiéramos  a  esas  tres  rejas  todo  lo  que decimos…

Tomado de La Culpa Es De La Vaca.   


Responder lo siguiente:                                                                                                    

1. ¿Evitaríamos inconvenientes mayores si sometiéramos los comentarios malintencionados al filtro de las tres rejas?

2. ¿Por qué la prudencia es conveniente para la convivencia pacífica?

3. Lo que escuche, vea y oiga aquí, déjelo aquí, que es de aquí y pertenece aquí. ¿Qué piensa de esta frase o sentencia?                                        

Inteligencia Emocional

 

Había un profesor comprometido y estricto, pero muy reconocido también por sus alumnos como un hombre justo y comprensivo. Un cierto día, al terminar las clases, y mientras organizaba unos documentos encima de su escritorio, uno de sus alumnos se le acercó y en forma desafiante le dijo: 

—Profesor, lo que más me alegra de haber terminado las clases es que no tendré que escuchar más sus tonterías y podré dejar de ver su fastidiosa cara. 

El alumno estaba erguido y arrogante, esperando que el maestro reaccionara ofendido y descontrolado. El profesor miró de frente al alumno por un instante y en forma muy tranquila le preguntó: 

—Cuando alguien te ofrece algo que no quieres, ¿lo recibes?

El alumno quedó desconcertado por la inesperada pregunta y no pudo más que contestar: 

—Por supuesto que no, repuso en forma aprensiva y fría. 

—Bueno, prosiguió el profesor, cuando alguien intenta ofenderme, o me dice algo desagradable, me está ofreciendo algo (en este caso una emoción de rabia y rencor) que yo puedo decidir aceptar o no aceptar. 

—No entiendo a qué se refiere, replicó el alumno confundido. 

—Muy sencillo, dijo el profesor; tú me estás ofreciendo ira, rabia y desprecio; y si yo me siento ofendido, o me pongo furioso, estaré aceptando tus emociones como un regalo. Y yo, mi amigo, en verdad prefiero obsequiarme mi propia serenidad. 

Enseguida añadió: Muchacho, tu rabia pasará; pero no trates de dejarla conmigo como si fuera un regalo porque no me interesa guardarla. Yo no puedo controlar lo que tú llevas en tu corazón, pero de mí depende lo que yo cargo en el mío. 

¿Somos dueños o esclavos de nuestras emociones? 

Cada día, en todo momento, usted puede escoger qué clase de emociones o sentimientos quiere poner en tu corazón; y lo que elija lo tendrá, hasta que decida cambiarlo usted mismo con su actitud. 


  Análisis y Comprensión Lectora 

1. ¿Culpa a los demás por sus errores?

2. ¿Qué le llama la atención de esta Reflexión?

3. ¿Brinda emociones negativas cuando tiene ira?

4. ¿Cree que usted refleja de inmediato sus emociones?

5. ¿Estaría dispuesto a controlar de manera positiva sus emociones?