Ian Buruma
Revista El malpensante N° 64
En la
actualidad, el autoritarismo está cambiando de piel. Quizás no sea ya posible
un dictador por el estilo de Stalin, Mao o Hitler. Pero no por eso deja de
existir la tentación del poder sin límites. Sobra decir que, por lo visto en
tiempos recientes, la cordillera de los Andes no está exenta de semejante
tentación.
El ataque militar a Iraq no fue quizá la más sabia de las decisiones.
Pero muy pocas personas, incluso aquellas que de manera más resuelta se
opusieron a los designios de la administración Bush, pudieron sentir algo
distinto a la alegría al ver a Saddam Hussein sacado a rastras de su sórdida
guarida bajo tierra. Es dulce ver a un tirano que recibe su merecido, sobre
todo porque no ocurre con frecuencia. Muchos tiranos han vivido hasta avanzada
edad; otros más siguen viviendo y exhiben, en calidad de momias, sus cadáveres
de cera ante el público. Pero antes que detenerme sobre la que bien pudo ser
una victoria pírrica en Iraq, quisiera formular una pregunta distinta: ¿fue
Saddam el último de su especie?, ¿los grandes dictadores por fin cayeron en
desuso?
Quizá, de nuevo, ésta pueda parecer una pregunta absurda, porque
son muchos los que todavía merodean por ahí: Robert Mugabe continúa bastante
ocupado en acabar con su país; el bien amado Kim Jong II preside el
suyo como si se tratara de un campo de concentración a escala nacional; a
Uzbeskistán lo gobierna Islam Karimov, un déspota asesino que, dicho sea de
paso, es aliado de Estados Unidos. Se habla de la popularidad de Fidel Castro,
pero él jamás ha permitido realizar elección alguna, y su policía no deja de
arrestar disidentes. Con todo, el péndulo de la historia últimamente se ha
inclinado en contra de los Grandes Líderes. Si pensamos por ahí en los últimos
treinta años, muy particularmente en ese annus mirabilis que fue 1989, la
lista de los dictadores derrocados es más larga que la de los nuevos: Nicolae
Ceauçescu, Teodor Zhivkov, Gustav Husák, Ferdinand Marcos, “Baby” Doc Duvalier,
Idi Amín, Mariam Mengistu, el sha de Irán y el emperador Bokassa, por sólo
nombrar unos pocos. Y, aunque ciertamente espantosos, la verdad es que éstos
eran apenas tiranuelos parroquiales, peces de poca monta en el océano de
asesinos en masa. En lo que a los postreros líderes comunistas concierne, no se
puede decir que fueran grandes dictadores; más bien se trató de burócratas
autocráticos. Ya no queda ninguno de la talla de Hitler, Stalin o Mao. Ni
siquiera Saddam les llega remotamente a los tobillos. Sólo por eso, bien vale
la pena celebrar.
Ahora bien, con ello no quiero decir, al modo del neoconservador
Pollyanna, que la democracia va a arrasar en el mundo detrás de la estela de
los ejércitos libertadores de EU. Puede incluso ocurrir que algunos estados
democráticos se tornen más y más autoritarios.
Vladimir Putin, aunque no todavía un dictador a ultranza, ya da señales
de intolerancia respecto de cualquier oposición. Sin embargo, los Reyes-Dioses,
los Führers, los Grandes Timoneles, los Todopoderosos Padrecitos, los Grandes
Hermanos y Caudillos están despareciendo. Tal vez algún día regresen a guisa de
una reencarnación distinta, y yo sospecho que lo harán. Pero igual, los
dictadores no pueden gobernar a punta exclusiva de terror. Cierto, el terror
hace parte de su monopolio del poder, pero por sí mismo no basta.
Los dictadores sólo desaparecerán para siempre si la gente está
dispuesta a renunciar a la disposición, cuando no al deseo, de ser gobernada
por ellos. Pero, ¡oh infortunio!, el hombre es débil, de manera muy particular
cuando surge una crisis, y entonces sus ansias son fáciles de manipular.
Antes de especular sobre las formas futuras que podrían adoptar las
dictaduras, quisiera volver sobre el pasado, no sólo para reflexionar sobre la
naturaleza de los grandes dictadores sino sobre algo que a mí en principio me
parece más interesante: la fatal admiración que ejercen sobre nosotros. ¿Qué es
lo que tienen que encontramos tan seductor y que les permite destruir la vida
de millones de seres humanos? ¿Por qué, para ser más específicos, fueron tantos
los polacos que lloraban en las calles la muerte de Stalin a pesar de que éste
no le había hecho a Polonia más que daño? ¿Por qué hay todavía taxistas chinos
que cuelgan imágenes del camarada Mao en sus autos a pesar de que éste asesinó
a decenas de millones? Si sólo supiéramos eso, tal vez mejorarían nuestras
posibilidades de entrever lo que aún nos puede deparar el futuro, antes de que
sea demasiado tarde.
Jacques Vergès, el radical abogado francés que alguna vez defendió a
Klaus Barbie y que ahora espera defender a Saddam Hussein, expuso sus razones
en muy pocas palabras. Dicho señor admiraba a Stalin y a Mao porque, según su
parecer, tenían “grandeza”, a diferencia de los políticos democráticos que por
naturaleza le parecían mediocres.
Los grandes dictadores, observó, otorgan a los pueblos un destino,
mientras que los demócratas apenas si les pueden prometer felicidad. Los
dictadores emprenden grandes misiones, al tiempo que los planes de los
políticos convencionales se ven inexorablemente mutilados por mezquinas
concesiones. Éste es un punto de vista que han compartido muchos intelectuales
en el pasado, seducidos por el embrujo del poder absoluto. Se trata de un
romanticismo fatídico que justifica asesinatos sin límites.
No sé quién pueda calificar como el primer gran dictador en la historia
de la humanidad, pero el emperador Qin, que unificó China en 221 a. C.,
ciertamente fue un hombre predestinado y de inconfundible grandeza. Un mero rey
cuando conquistó los estados de otros reyes, con el tiempo se convirtió en el
primer emperador chino y se hizo conocer como Qin Shi Huang Di, un título de
connotaciones divinas. A pesar de que su nombre ha producido escalofríos entre
los chinos durante más de dos mil años, el ascendente de su reino sigue siendo
profundo. Qin fue el arquetipo del déspota, y sorprende lo poco que dicho
arquetipo ha cambiado. El emperador Qin era un guerrero incansable, un gran
unificador, un constructor de proyectos grandiosos, un censor del pensamiento y
un paranoico obseso con su propia mortalidad.
Fue precisamente el emperador Qin quien unificó la escritura china,
estableció un código legal estándar, un sistema común de pesos y medidas y una
burocracia centralizada. Su más célebre proyecto grandioso fue la Gran Muralla,
levantada para separar a China de los bárbaros. Como la tal invasión bárbara
nunca se dio, uno sospecha que la intención era más que todo simbólica. La
muralla otorgó al pueblo chino una sensación de unidad al definir un enemigo
común, un enemigo al que se debía temer en todo momento. En vez de mantener a
los bárbaros afuera, cercó a los chinos por dentro.
La razón por la cual la reputación del emperador Qin como brutal tirano
no descansa de manera exclusiva en la enorme cuota de muertes entre los esclavos
que levantaron su Gran Muralla, ni en la naturaleza draconiana de su código
legal, se debe sobre todo a la manera como monopolizó la verdad. Igual que
todos los tiranos, quería controlar no sólo el presente sino el pasado; la
historia le pertenecía. Fue el primer gran incinerador de libros. La tarea tradicional
de eruditos y estudiosos había consistido en ponderar la virtud de los reyes, cotejándolos
contra los clásicos confucianos y criticando a los gobernantes si no daban la
talla. Un pasado idealizado de gobernantes virtuosos se utilizaba como rasero
para juzgar a los presentes. Pero el emperador Qin no quería ser juzgado ni
criticado; su mandato era el comienzo de todas las cosas, y la historia no era
más que una babosada. De manera que las obras clásicas se echaron a la pira y
los estudiosos fueron enterrados vivos.
Y no sólo los seres humanos tuvieron que ajustarse a la peculiar visión
que el tirano tenía de la realidad, los objetos inanimados también. Enfurecido
con una tormenta pertinaz que le impedía avanzar mientras ascendía a una
montaña, Qin mandó esclavos a talar todos los árboles que allí crecían y luego
a pintar la cumbre de rojo, el mismo color que se asignaba a los criminales
condenados. Cuando se llegó a pensar que la caída de un meteorito auguraba la
muerte del Emperador, ordenó que la pobre piedra infractora fuera fundida y
luego ejecutó a quienes vivían en el vecindario donde cayó. Apenas pensar en la
posibilidad de su deceso le resultaba tan intolerable, que cualquier persona o
cosa que le recordara su mortalidad tenía que ser erradicada.
En realidad no sabemos a ciencia cierta en qué opinión lo tenían sus
súbditos mientras vivió. Pero como dice genialmente Kafka en su relato La
Gran Muralla china, entre más lejos de la muralla habitara la gente, más
lejos estaba del centro del poder. De hecho, apenas si tenemos un escaso
conocimiento del hombre mismo. Su notoriedad se debe en buena parte a la mala
prensa de posteriores escribas confucianos cuya buena fortuna revivió bajo sus
sucesores al trono del dragón. El hecho es que, durante siglos, la Gran Muralla
del emperador Qin se asoció con tiranía y derramamiento de sangre. Sin embargo,
en tiempos modernos ocurrió algo muy interesante. El símbolo de la opresión se
transformó en símbolo del nacionalismo moderno, universalmente admirado por su
grandiosidad. Incluso la reputación del mismísimo emperador Qin fue
rehabilitada a comienzos de la década del setenta por Mao Tse-tung, quien se
consideró su legítimo heredero contemporáneo. La violencia del reino del
Emperador se elogió por su espíritu revolucionario. Y la quema de libros y eso
de enterrar estudiosos vivos se vio bajo una luz en extremo favorable, como un
caso en el que se “enfatiza el presente al tiempo que se rechaza el pasado”. Éste
es un rasgo común de todos los dictadores radicales: intentan crear una tábula
rasa que no puede ser puesta en entredicho por curas o académicos entrometidos.
El pasado inmediato es, por definición, inferior, incluso maligno. Aun
hoy escuchamos personas que responden a cualquier crítica que se haga de la
China de Mao alegando que la China bajo Chang Kai-shek era infinitamente peor.
Del mismo modo, la píldora de la tiranía leninista-stalinista algunas veces se
dora señalando los horrores cometidos bajo los zares. En la propaganda de los dictadores
postcoloniales, los males del colonialismo justifican la violencia de los
regímenes.
Las matanzas indiscriminadas limpian, purifican, dejan como nueva la
pizarra. Aquellos que hacen énfasis en el pasado para advertir de los peligros
del presente son conservadores, y los tiranos revolucionarios nunca lo son.
El rompimiento violento con la historia y la ilusión de una tábula
rasa3 son asuntos que un cierto tipo de idealismo juvenil
encuentra seductores. Hay belleza en la destrucción. Piénsese en la fruición
con la que miles de estudiantes chinos se hicieron de mazos y hachas para
emprenderla contra los tesoros invaluables de templos budistas y confucianos.
La idea de que se puede fraguar una sociedad completamente nueva gracias a la
mera volición humana resulta muy atractiva a quienes cobijan sueños de
grandeza. Durante la Revolución Cultural, hordas de Guardias Rojos estaban
convencidos de que ejercían su propia voluntad. De hecho, lo que hacían era
encarnar y representar la voluntad de su opresor. Lograr que un número
suficiente de gente crea que el gran líder representa la voluntad colectiva de
su pueblo es una habilidad indispensable para cualquier tirano.
Claro, también existen déspotas conservadores, como Felipe II de
España, quien recurrió al uso de instituciones tradicionales para justificar la
opresión. Este tipo de tirano ha sido un rasgo común en el mundo católico
hispanoparlante. Y el principal instrumento de represión de Felipe II era
la Inquisición. El general Franco, quien gobernó España cuatrocientos años
después, fue heredero de esa tradición, lo mismo que el portugués Antonio
Salazar. Pero no Mussolini, que era un radical. Las remilgadas democracias
liberales, se jactaba el Duce, serían aplastadas porque estaban embrolladas en
el pasado, mientras que él, el nuevo emperador romano, tenía los ojos puestos
en el glorioso futuro. Sus frecuentes alusiones al Imperio romano parecerían
contradecir esta aseveración, pero recordemos que las contradicciones nunca han
obstaculizado el camino hacia el poder absoluto.
Las dictaduras conservadoras pueden ser brutales y tan funestas para el
espíritu humano como las dictaduras revolucionarias, pero por lo general son
menos destructivas. Bajo un dictador conservador el pasado se congela; bajo uno
revolucionario, arde en llamas. En ambos casos la libertad se ve aplastada y
por tanto también la capacidad, en palabras de Václav Havel, “para vivir en la
verdad”. Si bien ajustarse a una tradición osificada es paralizante, la
compulsión por ajustarse a una fantasía utópica casi siempre resulta mortífera.
Hitler tenía los valores y gustos acartonados y retrógrados de un
pequeñoburgués decimonónico, pero su instinto radical y la pureza de sus
fantasías asesinas estaban en línea con las inclinaciones de los dictadores
revolucionarios, es decir, más con el emperador Qin que con Felipe II.
Por supuesto que ningún dictador es ciento por ciento lo uno o lo otro.
De hecho, no existe la tal pizarra virgen. Incluso los dictadores más
revolucionarios utilizan el pasado, generalmente un pasado remoto y mítico,
como mascarada para legitimar sus propósitos destructivos. Del mismo modo que a
Mao lo obsesionaba Qin, a Stalin le gustaba compararse con Iván el Terrible.
Pol Pot peroraba acerca de revivir la antigua gloria de Ankor. Saddam Hussein,
un aplicado pupilo de Stalin, anhelaba ser comparado con Saladino, quien en el
siglo XII reconquistó Jerusalén de manos de los infieles.
Aunque obsesionado con su imagen a ojos de Occidente, el sha Mohammad
Reza Pahlavi gobernó Irán en calidad de heredero de Ciro el Grande. La célebre
Gran Civilización del Sha fue una mezcla de una rápida y con frecuencia fallida
modernización con la fantasía de un pasado preislámico. En 1971, las ruinas de la
antigua capital de Ciro, Persépolis, sirvieron de escenario para la coronación
del Sha. Las celebraciones se prolongaron durante varios días. Cientos de chefs
franceses fueron traídos. La Reina de Inglaterra fue obsequiada con unos
singulares caballos del Caspio. Se irguió una ciudadela entera de carpas y tiendas
palatinas. Los monarcas y dignatarios del mundo entero invitados a esta
magnificente recepción consumieron una tonelada de caviar. Cientos de miles de
hombres del ejército marcharon disfrazados de soldados de Ciro y Darío, al
tiempo que el Sha era coronado como hijo de Arios, el rey de reyes de Irán.
Toda esta farsa pseudohistórica, todas estas costumbres prestadas
pretendían transmitir una sensación de grandiosidad, de grandeza. Pero no le funcionó
muy bien al Sha, cuyo derroche enfureció a muchos de sus súbditos. Quizá su
error consistió en dirigir sus grandiosos espectáculos antes a dignatarios
extranjeros que a su propio pueblo. Otros dictadores han hecho este tipo de
montajes y arreglos de mejor manera. A pesar de todas las maldades que Nerón haya
podido cometer, sus juegos eran popularísimos en Roma. Y Joachim Fest, uno de
los más conocidos biógrafos de Hitler, atribuye buena parte del éxito de Hitler
al amor de los alemanes por el espectáculo operístico: el Tercer Reich a modo
de Gesamtkunstwerk asesino. Un amor colectivo por el espectáculo puede
parecer una rara excusa, si es que de una excusa se trata, pero no podemos
subestimar el aspecto estético de las dictaduras, donde el circo sustituye a la
política.
Uno de los más grandes directores de escena de la política moderna fue
Napoleón. Su imperio, a semejanza del Reich de Hitler, se montó como un gran
espectáculo, tomando prestada buena parte de su pompa de un pasado mítico.
Al igual que el abogado Jacques Vergès, Napoleón encontraba deplorable
lo que a sus ojos era la mediocridad de la política burguesa y anhelaba
grandeza: “He llegado demasiado tarde”, le suspiraba a su secretario el día
siguiente a su coronación, “los hombres de hoy son demasiado ilustrados; no
quedan cosas grandes por hacer”1. Así y todo, le daba un toque de
grandiosidad a todo lo que hacía. Se autocoronó en Notre-Dame, cubierto de
armiño y de diamantes, mitad Julio César y mitad Francisco I. Beethoven, tras
un arrebato inicial de entusiasmo, encontró vulgar la coronación, lo mismo que
Stendhal. Pero la mayoría de los franceses se regocijaron con el esplendor
imperial de Napoleón, y los parisinos bailaron toda la noche.
A semejanza del primer emperador chino, Napoleón fue un destructor, un
unificador, un estandarizador y un constructor de grandes proyectos. No sólo
levantó un imperio en Europa, unificado bajo una única administración y ley
francesas, sino que quiso reconstruir París de manera que fuera la ciudad más
bella jamás habida. Dijo: “Si los cielos me hubieran concedido otros veinte
años y algo más de tiempo para el ocio, en vano habríais buscado al viejo París
porque no habríais encontrado ni rastros de él...”2.
La destrucción de vida y propiedad humanas ejecutada por Napoleón fue
comparativamente menor que las de Hitler, Stalin o Mao, pero su búsqueda de la
gloire igual dejó un sinnúmero de víctimas arrumadas en los campos de
batalla de Europa. Con todo, su aura jamás se desvaneció por completo. Los
románticos siempre lo han admirado. Aun aquellos con disposición más moderada
pueden ser presa de la fascinación por su aire de grandeza. El liberal ruso
Alexander Herzen no era precisamente un adorador de Napoleón, pero cuando vio
una pintura de la victoria de Wellington en Waterloo no pudo menos que
escalofriarse ante aquella “pausada figura inglesa, que no promete nada
brillante”.
Pocos dictadores posteriores a Napoleón han escapado de su influencia.
El pintor de su corte, Jacques-Louis David, impuso el tono para las imágenes de
grandiosidad, tanto en las cortes comunistas como fascistas. La estética del
imperio de Stalin en muchos aspectos no era más que una burda copia del
clasicismo napoleónico: toda aquella fruslería decimonónica, pero a escala
monumental. Los planes de Hitler para convertir a Berlín en una monstruosa
capital imperial le debían mucho al orgullo desmedido de la arquitectura
napoleónica. Fue Napoleón también el primer dictador que estableció una
autoridad absoluta en nombre de la democracia. Después de él, hasta los más
avezados asesinos entre los déspotas con frecuencia se ven en la necesidad de
decir que prestan sus servicios a la libertad, la igualdad y la fraternidad,
aunque sea de dientes para afuera.
De hecho, es sobre la faz del mundo postcolonial donde la historia ha
proyectado sus más extrañas sombras. La mayoría de los dictadores
postcoloniales han reclamado su legitimidad como parte integral de su lucha
contra un imperialismo extranjero. Para purificar el aire de la opresión
foránea, todo vestigio del pasado colonial -nombres de calles y lugares,
estatuas y tumbas, el idioma de los antiguos gobernantes- debía desaparecer.
Una identidad nativa sería impresa sobre la tábula rasa a través de la voluntad
del gran líder. Sin embargo, a pesar de los sombreros de piel de leopardo, los
bastones de mando de los caciques y las coronas engastadas con piedras
preciosas, es curioso ver con cuánta frecuencia estos déspotas postcoloniales
se parecen a sus antiguos amos. Robert Mugabe remeda las actitudes racistas,
los trajes almidonados y el moralismo de los hombres blancos a los que
reemplazó. Lee Kuan Yew y Mohammed Mahathir, no obstante toda su verborrea
sobre los valores asiáticos, de manera consciente adoptaron los relamidos
lugares comunes autoritarios (e instituciones) de los forjadores del Imperio británico,
bajo cuya tutela se criaron.
Algunas veces la parodia es una suerte de sátira: Idi Amín haciendo de
último Rey de Escocia, medio esperando que alguien se lo tomara en serio. El
más peculiar, horripilante y patético de los casos ciertamente fue el del
emperador Bokassa, o Papá Bok, quien se jactaba de devorar a sus víctimas.
Quizá también esto fuera una parodia, un remedo de los prejuicios europeos
sobre África. Pero su coronación como soberano de la República de África
Central fue tan solemne como la del Sha. Allí estaba él, Jean-Bedel Bokassa, el
antiguo sargento del ejército colonial francés, vestido de terciopelo y
armiños, poniéndose él mismo la corona. Y allí permaneció una eternidad torturando
y asesinando a sus súbditos, sentado sobre su trono de oro mandado a hacer en
Francia, copia exacta del de Napoleón Bonaparte.
Al preguntársele sobre la falta de grandes líderes en nuestro necio
mundo, Gore Vidal comentó que los grandes líderes hacen grandes guerras.
Shakespeare escribió bastante sobre tales hombres: Coriolano, por ejemplo, el
niño de mamá escondido tras una armadura reluciente. En palabras de su amigo
Menenio, sus “heridas le van de maravilla”. Hacer la guerra es su manera de gobernar.
La belleza del retrato que Shakespeare hace del déspota, en tanto
guerrerista a ultranza, reside en la combinación de la psicología personal y la
política. Coriolano tiene que ser un héroe de la guerra porque su mama así se
lo exige: “A una cruel guerra lo envié, de donde regresó, sus sienes ceñidas en
roble”. Pero la política es igualmente interesante. La guerra no es más que la
distracción para eludir otros problemas, que bien pueden desatar una rebelión.
La promesa de Napoleón de que “sorprenderé al mundo con la grandeza y
rapidez de mis golpes” se basaba en el mismo principio. La economía francesa
aún sufría los saqueos y devastaciones de la revolución, pero el descontento
popular fue desviado gracias a las victorias de la Grande Armée. Cierto, se
restringieron las libertades civiles, pero la gloria, el pan y el circo se
encargaron de paliar las privaciones. La gente se vio embelesada por el
patriotismo y por las diversiones que prodigaba la nueva realeza. El problema
reside en que una vez el dictador ha escogido su plan de ruta, tiene que, como
dicen, aguantar la caña hasta el final.
Vale la pena señalar también que estas guerras arrogantes con frecuencia
se las empacan al público como guerras de liberación. Si bien se mira, la
declaración de guerra contra Estados Unidos por parte de Mussolini era una
locura. Pero dicha guerra para liberar los civilizados valores europeos de un
americanismo desarraigado duraría muy poco, ya que -como el Duce había
prometido- bastaba un único bombardeo sobre la ciudad de Nueva York para rendir
a los americanos.
Sin embargo, una sola victoria jamás es suficiente. Igual que el jugador
empedernido, el guerrero compulsivo necesita ir subiendo el monto de la
apuesta. Wellington alguna vez comparó a Napoleón con una bala de cañón: tenía
que seguir en movimiento, so riesgo de perder el impulso. Hitler operaba bajo
el mismo criterio, haciendo apuestas cada vez más altas. Para cuando sus tropas
empezaron a ser diezmadas en las heladas estepas rusas, ya era demasiado tarde.
Los alemanes empezaban a perder sus ilusiones. Con todo, las órdenes del
mismísimo Führer seguían siendo acatadas. Su poder se impuso hasta el último
momento. Aun en medio de las ruinas, pareciera que a la gente le cuesta trabajo
dejar de creer en un líder que alguna vez veneró.
1. Alistair Horne,
The Age of Napoleon (Modern Library, 2004), p. 40.
2. Ibid., p.62.
3. Tabula
rasa. Borrón y cuenta nueva. Viene del latín: tabla borrada o alisada, este
tipo de tablas existían en el imperio romano, su función era estar alisada con el
lado romo de un cuchillo para borrar lo escrito.
Anexo como complemento analítico y de profundización
No incluido en el artículo de la revista
Algunos dictadores
Robert
Gabriel Mugabe.
Político
y militar que ejerció como presidente de Zimbabue entre 1980 a 2017. La
legitimidad de su gobierno ha sido objeto de discusión, muchos sectores lo
consideran una dictadura. Se le acusa de mantenerse en el poder recurriendo con
frecuencia al fraude electoral y ejerciendo una violenta represión contra sus opositores
y de haber instigado la masacre étnica que tuvo lugar entre 1980 y 1987,
conocida como Gukurahundi, la cual dejó un saldo de más de 20.000 ciudadanos de
la etnia Ndebele o Matabele asesinados.
Kim
Jong II.
Presidente
de la República Popular Democrática de Corea del Norte desde 1994 hasta 2011. A
la muerte de su progenitor asumió la presidencia de Corea del Norte, Kim Il -
Sung, que gobernó el país desde 1948.
Islam
Karímov.
Presidente
de Uzbekistán de 1990 a 2016. En 1983 alcanza la posición de Ministro de
Finanzas, en 1986 es nombrado Vicepresidente del Consejo de Ministros y
Diputado General de Gobierno, se convierte en
líder indiscutido de la república, logrando ser nombrado Primer
Secretario del Partido Comunista local para 1989. El 24 de marzo de 1990 se convierte en
Presidente de la RSS de Uzbekistán.
Nicolae
Ceauçescu.
Presidente
de Rumania de 1965 hasta su ejecución en 1989. Ejerció una dictadura implacable
que fue una de las más crueles de todo el eje soviético. Mantuvo un Estado
policial de corte estalinista (basado en una eficaz policía política, la
Securitate), al que añadió un toque autóctono de corrupción y nepotismo. El
clan de los Ceaucescu monopolizó los más importantes cargos del país y acumuló
una enorme fortuna. No tenían ningún reparo en vivir en la más absoluta
opulencia mientras todo el país se moría literalmente de hambre.
Tras
las revueltas de diciembre de 1989 decidió organizar una manifestación
multitudinaria de adhesión al régimen que habría de celebrarse en la Gran Plaza
de Bucarest y que culminaría con un discurso público retransmitido en directo a
todo el país. Los asistentes comenzaron a abuchearle de manera espontánea, lo
que le obligó a detenerse y a retirarse del balcón del edificio del Comité
Central. Desde allí trató de huir con su mujer, en helicóptero, pero fueron
capturados. Ese mismo día fueron detenidos en Tirgoviste y tras un juicio de
dos horas sin valor legal formado por un tribunal del nuevo gobierno fueron
fusilados.
Teodor
Zhivkov.
Político
búlgaro, fue escalando puestos dentro del Partido, ingresa en el Politburó en
1951, elegido Secretario General del PCB en 1954 convirtiéndose en el líder más
joven de los países de Europa Oriental. En 1962 fue nombrado Presidente del
Gobierno de Bulgaria y en 1971 pasó a ocupar la Jefatura del Estado. En 1965
resistió una intentona golpista perpetrada por oficiales del ejército y
opositores de su gobierno de la cual salió victorioso; esto lo convirtió en el
dirigente de los países de Europa Oriental que más años duró en su cargo. En
noviembre 10 de 1989, en tiempos de agitación política en toda la Europa
socialista tras un golpe de Estado, es destituido y expulsado del PCB. Al año
siguiente es detenido y procesado por abuso de poder y malversación de fondos
públicos, pero debido a la falta de contundencia de las pruebas en su contra el
Tribunal Supremo lo absolvió de los cargos en febrero de 1996.
Gustáv
Husák.
Político
comunista checoslovaco, Secretario General del Partido Comunista de
Checoslovaquia (1969-1987) y Presidente de la República (1975-1989). Su etapa
de gobierno es conocida como la Normalización.
En
1950 cayó víctima de las purgas estalinistas dentro de la dirección del
Partido, y fue sentenciado a cadena perpetua, ( preso entre 1954 y 1960).
Convencido comunista, entendió su encarcelamiento como una gran equivocación
que periódicamente enfatizaba en cartas de apelación al Comité Central del KSČ.
Antonín Novotný, entonces Sec. Gral y
Presidente de la Rep., declinó indultar a Husák asegurando a sus camaradas que
no sabéis lo que es capaz de hacer si llega al poder. La razón, quizá fuera
producto de su política nacionalista contra los eslovacos. Como resultado de la
desestalinización, Husák fue indultado y rehabilitado en 1963.
En 1967 atacó a
la dirección neoestalinista del KSČ, ascendiendo a Vice-Primer Ministro en 1968
tras el ascenso al poder de los reformistas encabezados por Alexander Dubček..
Mientras la URSS se alarmaba crecientemente por las reformas propuestas por
Dubček durante la Primavera de Praga, Husák comenzó a pedir precaución. Tras la
invasión del Pacto de Varsovia en agosto de 1968 participó en las negociaciones
entre Dubček y el dirigente soviético Leonid Brézhnev en Moscú, encabezando la
fracción del Partido que pedía la retirada de las reformas. Un ejemplo de su
pragmatismo fue uno de sus discursos oficiales en Eslovaquia tras los
acontecimientos de 1968, durante el cual planteó en forma de pregunta retórica
si sus oponentes (los partidarios de la oposición contra la Unión Soviética)
quería encontrar a aquellos aliados de Checoslovaquia (los países de Europa
Occidental) que acudieran a apoyar al país (contra las tropas soviéticas).
Apoyado
por Moscú, fue nombrado Secretario Gral. del PC de Eslovaquia (1968), sucedió a
Dubček como Secretario General del KSČ. Suprimió las reformas de este y purgó
el KSČ de sus partidarios entre ese año y 1971. En 1975 fue nombrado Presidente
de la República. Durante las dos décadas de su mandato Checoslovaquia se
convirtió en uno de los países del Pacto de Varsovia más leales hacia la URSS.
En 1983 le fue otorgada la Estrella Dorada de Héroe de la Unión Soviética.
En
los primeros años posteriores a la invasión, Husák consiguió encarrilar con
éxito la Normalización elevando los niveles de vida y evitando cualquier
espiral represiva similar a la de los años 50. Sin embargo, sí reprimió con
dureza a través de la StB a los disidentes de Carta 77, entre otros. Husák
cedió su puesto de Secretario General en 1987, cuando dirigentes más jóvenes
del Partido Comunista que presionaban para participar en el poder.
El
régimen colapsó frente a la Revolución de Terciopelo a finales de 1989, Husák dimitió como Presidente.
En
febrero de 1990 fue expulsado del KSČ. Falleció olvidado en 1991.