sábado, octubre 05, 2019


La peste o la muerte negra                                                                                                                                 José López Jara

En el año 1348 empezó una epidemia de peste en Europa que se cobró una tercera parte de la población total de entonces. Aunque el número de víctimas varió desde un quinto de la población en algunos lugares hasta la casi total exterminación en otros, los investigadores modernos han llegado a aceptar como estimación más aproximada la cifra que nos da Froissart en su crónica, es decir, un tercio de la población, aproximadamente, desde la India hasta Islandia. En realidad Froissart tomó esta cifra del Apocalipsis de San Juan, la lectura preferida en aquellos duros tiempos.
Un tercio de la población de Europa en aquella época equivaldría a unos veinte millones de personas. En realidad es imposible saber el número de víctimas con exactitud, porque en este tema los cronistas de la época no son de fiar y hay que recurrir a otras fuentes, como recaudaciones de impuestos, censos o los escasos documentos que se conservan de las iglesias en los que se recogen nacimientos y defunciones.
En el año 1346 llegaron a Europa rumores de una terrible epidemia, supuestamente surgida en China, que a través del Asia Central se había extendido a la India, Persia, Mesopotamia, Siria, Egipto y Asia Menor. Se habla de regiones enteras que habían quedado despobladas, de forma que hasta el Papa Clemente VI en Avignon se muestra interesado por el tema, y reuniendo los informes que van llegando, calcula que el número de victimas de be ascender a casi veinticuatro millones de personas. Sin embargo, como en aquel entonces se desconocía el concepto de contagio, no hubo ninguna alarma en Europa hasta que la peste fue introducida en Italia por los barcos genoveses y venecianos que venían del mar Negro; La peste aparece en Italia en octubre de 1347, Y para enero del año siguiente ya ha penetrado en Francia, vía Marsella, y ha llegado hasta el Norte de Africa. La rata negra, buena pasajera de los barcos, la va extendiendo a lo largo de las costas y ríos navegables. Al mismo tiempo que penetra en España, en Italia alcanza Roma y Florencia, y llega a Paris en junio de 1348, pasando poco más tarde a Inglaterra a través del Canal de la Mancha. Ese mismo verano llega a Suiza y por el Este se extiende hasta Hungría.
En 1349 la peste reaparece en Paris, se extiende por Picardia, Flandes y los Países Bajos; de Inglaterra pisa a Escocia e Irlanda, asi como Noruega donde, procedente de Inglaterra, llega un barco fantasma con un cargamento de lana y toda la tripulación muerta, que embarranca cerca de Bergen. Desde Noruega se extiende la epidemia a Suecia, Dinamarca, Prusia e Islandia, llegando incluso hasta Groenlandia. Deja una extraña bolsa de inmunidad en Bohemia y alcanza Rusia en 1351, aunque el primer brote ya había remitido en casi toda Europa a mediados de 1350.


La gran mortandad
Aunque el número de víctimas varió desde un quinto de la población en algunos lugares hasta la casi total exterminación en otros, los investigadores modernos han llegado a aceptar como estimación más aproximada la cifra que nos da Froissart en su crónica, es decir, un tercio de la población, aproximadamente, desde la India hasta Islandia. En realidad Froissart tomó esta cifra del Apocalipsis de San Juan, la lectura preferida en aquellos duros tiempos.
Un tercio de la población de Europa en aquella época equivaldría a unos veinte millones de personas. En realidad es imposible saber el número de víctimas con exactitud, porque en este tema los cronistas de la época no son de fiar y hay que recurrir a otras fuentes, como recaudaciones de impuestos, censos o los escasos documentos que se conservan de las iglesias en los que se recogen nacimientos y defunciones. Tomemos como ejemplo Avignon, sede de la corte papal; se calcula que morían diariamente unas cuatrocientas personas y que unas síete mil casas quedaron deshabitadas. Los cronistas, impresionados sin duda por la acumulación de cadáveres, dan cifras exorbitantes al elevar el número total de muertos a sesenta y dos mil o incluso a ciento veinte mil, cuando la población total de la ciudad no pasaba seguramente de cincuenta mil habitantes.
Conviene recordar que las mayores ciudades de Europa, con una población de unos cien mil habitantes, eran París, Florencia, Venecia y Génova. Después venían Gante, Brujas, Milán, Palermo, Bolonia, Roma. Nápoles y Colonia, con más de cincuenta mil. Londres se acercaba a esta cifra junto con Burdeos, Tolousse, Montpellier, Lyon, Barcelona, Sevilla, Toledo, Siena y Pisa. Por todas estas ciudades la peste pasó matando de un tercio a dos tercios de los habitantes.
Italia, con una población de diez u once millones de personas, fue la que padeció más duramente sus efectos. En Florencia podemos decir que «llovía sobre mojado»; como consecuencia del inicio de lo que sería la Guerra de los Cien Años, las principales casas bancarias florentinas, los Bardi y Peruzzi, fueron a la bancarrota cuando Eduardo III de Inglaterra no pudo devolver los empréstitos que le habían concedido para la primera campaña (años 1343-44). Siguieron años de malas cosechas y con ellos apareció el hambre y se produjeron revueltas de campesinos y trabajadores; después la peste mató de tres a cuatro quintos de la población de esta ciudad, una de las más importantes de Italia. Venecia perdió dos tercios de sus habitantes y en Pisa morían quinientas personas al día.
Además, la primera aparición de la peste coincidió con un terrible terremoto que asoló Italia desde Nápoles a Venecia, dejando un rastro de destrucción que colaboró a aumentar la psicosis de fin del mundo.
En general la mortandad fue enorme en toda Europa; las ciudades estaban más expuestas a la epidemia, por ser centros de comunicación y dado el hacinamiento en que se vivía, sobre todo en los barrios pobres. París, por ejemplo, perdió a la mitad de sus habitantes.
De todas maneras, se ha comprobado que el índice de mortandad en las aldeas, una vez que aparecía en ellas la peste, era igualmente alto.
En los sitios cerrados, tales como los monasterios o las prisiones, la infección de una persona normalmente significaba la de todos, como ocurrió en los conventos franciscanos de Carcasona y Marsella, en los cuales toda la comunidad murió. De los 140 frailes dominicos que había en Montpellier sólo sobrevivieron siete. El hermano de Petrarca, Gerardo, miembro de un monasterio de cartujos, enterró a su prior y a treinta y cuatro compañeros, uno por uno, hasta que se quedó solo con su perro y huyó a buscar refugio en otra parte. En Kilkenny, Irlanda, el hermano John Clyn de los frailes Menores también se encontró solo, rodeado de compañeros muertos, pero escribió una crónica de lo que había sucedido para que no ocurriera que «...las cosas que deben ser recordadas parezcan con el tiempo y sean borradas del recuerdo de quienes vendrán tras nosotros». Creía que el mundo entero estaba en poder del demonio y, esperando morir a su vez, escribió: «Dejo pergamino para continuar este trabajo, por si alguien sobrevive y cualquiera de la raza de Adán escapa a la peste y continúa la labor que yo he comenzado». El hermano John, tal como escribió otra mano, murió de la peste, pero escapó al olvido.
La peste y la escala social
En todas partes se observó que la peste afectaba más a los pobres que a los ricos. El cronista escocés John de Fordun afirma llanamente que la peste «atacaba especialmente a las clases humildes y raramente a los magnates». La misma observación hace Simón de Covino en Montpellier. Este aumento de la mortandad se debia, además de la penuria de medios de subsistencia, al hacinamiento y a la completa ausencia de medidas sanitarias en las viviendas de las clases más humildes.
Aunque la tasa de mortandad fuese mayor entre los pobres, los grandes también sufrieron el azote de la peste. El rey Alfonso XI de Castilla, el vencedor de Salado, fue el único monarca reinante que murió de la peste, pero su vecino Pedro de Aragón perdió a su mujer Leonora, a su hija y a una sobrina, en el espacio de seis meses. El emperador de Bizancio, Juan Cantacuzeno, perdió a su hijo. En Francia murieron la reina coja Juana y su nuera, la esposa del Delfin, ambas en 1349.
También murió la reina de Navarra. La segunda hija de Eduardo III de Inglaterra, que iba a casarse con el heredero de Castilla -el futuro Pedro el Cruel-, murió en Burdeos cuando se dirigía hacia su boda. Las mujeres parecen haber sido más vulnerables que los hombres, quizá porque al estar más recluidas en el hogar estaban más expuestas a las pulgas. Así murió la amante de Boccaccio, hija ilegítima del rey de Nápoles; y también Laura, la amada real o imaginaria de Petrarca.
En Florencia, el gran historiador Giovanni Villani murió a los sesenta y ocho años en medio de una frase inacabada mientras escribía: « ... en el curso de esta peste fallecieron ... » También desaparecen de las crónicas, a partir de 1348, Ambrosio y Pietro Lorenzetti, maestros pintores de Siena, así, como Andrea Pisano, arquitecto y escultor de Florencia, por lo que es de suponer que también ellos fueron víctimas de la peste.
Entre los médicos la mortaridad fue naturalmente más alta: de veinticuatro médicos que había en Venecia, veinte fueron víctImas de la epidemia, aunque las malas lenguas murmuraron que algunos de estos supuestos mártires de su deber habían huido de la ciudad o se habían escondido en sus casas. En Montpellier, sede de la principal escuela médica de la época, Simón de Cavino testifica que a pesar del gran número de médicos y estudiantes que allí había, muy pocos sobrevivieron al azote de la peste.
En cuanto al clero, la mortandad varió según el rango. La única excepción a esta regla fue la muerte de un tercio de los cardenales, pero ello se debió más bien a que se encontraban concentrados en la corte papal en Avignon. Entre los obispos se calcula que murió uno de cada veinte; en cambio los sacerdotes sufrieron igual que el pueblo llano, aunque en muchos lugares abandonaron sus deberes y huyeron por miedo al contagio. Por una extraña y siniestra coincidencia, en Inglaterra murieron sucesivamente el arzobispo de Canterbury, en agosto de 1348, su sucesor en mayo de 1349, y el siguiente candidato tres meses más tarde. Suponemos que pocos estarían dispuestos a ocupar el más alto cargo eclesiástico de Inglaterra después de esta cadena de muertes.
Los funcionarios públicos y las personas con cargos en el gobierno tampoco se vieron perdonados por la peste y su pérdida contribuyó a generalizar el caos. En Siena murieron cuatro de los nueve miembros de la oligarquía gobernante. En Francia murieron un tercio de los notarios reales y como resultado la recogida de impuestos se vio afectada de tal manera que Felipe VI sólo pudo recaudar una parte del subsidio que le habían concedido los Estados Generales en el invierno de 1347-48.
Los campesinos caían muertos en los campos, en los caminos o en sus casas, y los que sobrevivían se hallaban presos de una apatía total, dejando el trigo maduro sin segar y el ganado desatendido. Esto ponía en peligro la economia del siglo, que dependía de la cosecha de cada año para comer y para hacer la siembra del año siguiente. La disminución alarmante de la mano de obra bien pronto se hizo patente y acarrearía graves problemas que examinaremos más adelante. «Quedaron tan pocos siervos y trabajadores que nadie sabía a quien pedir ayuda» escribió Knigbton. La idea de un futuro sin futuro -valga la redun- redun- dancia- creó un sentimiento de demencia y desesperación. Un cronista bávaro cuenta que «los hombres y las mujeres deambulaban como si estuvie-sen locos y dejaban que su ganado se perdiese porque ya nadie quería preocuparse por el futuro».
En cierto modo la respuesta emocional de la gente se vio embotada ante tanto horror y, tal como escribió otro testigo de la catástrofe: «En aquellos días había entierros sin pena y matrimonios sin amor».

Intentos de explicación de la peste
Se desconoce qué fue lo que causó esta epidemia, la más terrible de la historia, pero ahora se cree que su origen geográfico no estuvo en China, sino en algún lugar de Asia Central y que desde allí se extendió por la ruta de las caravanas hasta llegar al mar Negro y luego a Europa. El origen chino fue una noción equivocada del siglo XIV, basada en informes verdaderos pero retrasados que se referían a las grandes calamidades ocurridas en China -peste, hambre e inundaciones- a principios de la década de 1330, demasiado pronto por tanto para estar relacionadas con la peste que aparece en la India en 1346. El enemigo fantasma no tenía nombre y sólo empezó a conocérsele como la peste negra en citas posteriores. Durante la primera eclosión de la epidemia se le nombra como la gran mortandad o la peste a secas. Para empeorar las cosas llegaban a los oídos de los atemorizados europeos relatos desde Oriente en los que se hablaba de furiosas tempestades de fuego que arrasaban todo lo que encontraban a su paso, y se decía que los vientos provocados por estas lluvias de fuego eran los que habían traído la peste a Europa. También se culpó al terremoto antes mencionado de liberar gases pestilentes y sulfurosos del interior de la tierra; o bien se decía que la epidemia era la evidencia de una lucha titánica entre los planetas y los océanos, cuyo resultado había sido la evaporación de grandes masas de agua, lo que había hecho morir millones de peces que con su olor putrefacto habían corrompido el aire. Como se ve, todas estas explicaciones tenían en común el factor del aire envenenado, de las espesas nieblas y de las malignas influencias de los planetas.
El misterio del contagio era el más temible de los terrores. La gente se dio cuenta rápidamente de que la enfermedad se propagaba por el contacto con los enfermos, con sus ropas o sus cadáveres y también con sus casas. ¿Cómo? y ¿por qué? eran las preguntas claves que nadie acertaba a responder.
Gentile da Foligno, doctor en Medicina por la Universidades de Bolonia y Padua, se aproximó al concepto de infección respiratoria cuando afirmó que mediante la respiración se introducía materia venenosa en la persona. Pero al desconocer la existencia de los microbios, dedujo que el aire estaba envenenado por influencias planetarias. La desesperada búsqueda de explicaciones dio lugar a teorías tan peregrinas como la del contagio por la vista; pero tampoco debemos reír demasiado si pensamos solamente en los intentos que recientemente se han llevado a cabo para explicar el envenena- miento del aceite de colza. Los médicos medievales, luchando con la evidencia, no podían desdeñar los términos y límites de la astrología, a la que creían estaba sujeto todo ser humano. La medicina era quizás el único aspecto de la vida medieval que escapaba al dominio de la doctrina cristiana, en parte debido a la gran influencia a que sobre ella tenía el mundo árabe. Guy de Chauliac, que fue médico de tres papas, practicaba de acuerdo con el Zodíaco.
En octubre de 1348, Felipe VI pidió a la Facultad de Medicina de París que se definiese sobre las causas que habían provocado la temible epidemia de la peste, que parecía amenazar con el exterminio de la Humanidad. Con cuidadosas tesis, antítesis y pruebas, los doctores dictaminaron que su origen se debía a una triple conjunción de Saturno, Júpiter y Marte en el grado cuarenta de Acuario, ocurrida el veinte de marzo de 1345. Este veredicto se convirtió en la versión oficial y fue reproducido y traducido a diversos idiomas, llegando a ser aceptado incluso por los médicos árabes de Córdoba y Granada.
Naturalmente se intentaron llevar a cabo algunas medidas destinadas a la curación de los enfermos, pero casi todas ellas iban muy mal encaminadas. Los médicos efectuaban tratamientos destinados a sacar veneno e infección del cuerpo, sangrando, purgando con lavativas, cortando o cauterizando los bubones o aplicando compresas calientes. Se recetaban también pócimas que contenían especias raras y polvo de esmeraldas o perlas, siguiendo la teoría, no desconocida en la medicina moderna, de que la sensación de curación de un paciente es directamente proporcional al coste del tratamiento. El único caso de medicina preventiva lo tenemos en la manera en que Guy de Chauliac, médico de Clemente VI, aisló al supremo pontifice en sus apartamentos del palacio papal de Avignon, prohibiéndole terminantemente que recibiera visitas y haciéndole sentar en medio de dos grandes fuegos durante' todo el caluroso verano provenzal. El aislamiento y el calor infernal que reinaba en las habitaciones papales contribuyeron sin duda a. espantar las pulgas.
A nivel popular se aconsejaba a diestro y siniestro, desde lavarse la boca y nariz con vinagre y agua de rosas, hasta frecuentar las letrinas, siguiendo la teoría de que los malos olores eran eficaces contra la peste. En una aldea se podia ver a sus habitantes danzando y cantando continuamente al son de flautas y tambores. Si se les preguntaba que por qué lo hacían, respondían que confiaban en mantenerse inmunes a la peste mediante la alegría que demostraban con el baile. No sabemos si realmente lo consiguieron.
La psicosis del «Castigo de Dios» y sus consecuencias
Para la gente en general sólo podía haber una explicación para la peste: la ira de Dios. Los planetas podían satisfacer a los doctores cultos, pero Dios estaba más cerca de la mente del hombre normal. Marco Villani comparó la peste con el Diluvio, y en realidad estaba convencido de que se trataba del fin del mundo. El mismo Papa contribuyó a fomentar esta creencia del castigo divino cuando en una bula de septiembre habló de la «Pestilencia con la que Dios está castigando a sus gentes». Era lógico que la ausencia aparente de una causa material diese a la epidemia una cualidad siniestra y sobrenatural, de modo que por toda Europa surgieron leyendas que simbolizaban a la peste en la forma de una doncella que entraba en las casas para llevarse a sus habitantes.
Por otro lado, la aceptación general de que se trataba de un castigo divino creó un extenso sentido de culpabilidad, porque para recibir tamaño castigo se tenía que haber cometido un crimen horrible. ¿Qué pecados había en la conciencia del hombre del siglo XIV? En realidad, todos -codicia, avaricia, usura, materialismo, adulterio, blasfemia, falsedad, lujuria, etc.- porque cuando más se acercaba el final de la Edad Media, anunciándose el hombre moderno, más se alejaban las personas de las doctrinas cristianas.
Los esfuerzos para apaciguar la ira divina tomaron muchas formas, como cuando la ciudad de Ruan decidió prohibir todo aquello que pudiese ofender al Señor, como el juego, la bebida y las blasfemias. En todas partes se organizaron procesiones de penitencia, algunas de las cuales reunían a miles de personas y duraban hasta tres días. Estas procesiones acompañaron el avance de la peste, al tiempo que servían para aumentar el contagio. Cuando se hizo evidente esto último, fueron prohibidas por el Papa.
Algunos cronistas de la época se vieron desilusionados, pues creían que con el castigo divino de la peste mejoraría el comportamiento moral de las gentes. En general ocurrió todo lo contrario. Tal y como había ocurrido en la epidemia que asoló Atenas en el 430 a. C., según la narración de Tucídides, la gente se volvió más amoral como consecuencia del sufrimiento, y el comportamiento más licencioso. La anécdota de los fabricantes de dados para el juego, que a raíz de la peste se dedicaron a fabricar cuentas para rosarios, fue sólo eso, una anécdota.
El miedo al contagio
Existen cierto tipo de calamidades -terremotos, incendios- que parecen sacar a flor de piel los mejores sentimientos de las personas hacia sus semejantes. No es éste el caso de una enfermedad contagiosa como la peste, que no favorece en modo alguno la solidaridad. La gente tendía a evitar el contacto con sus semejantes.
Agnolo di Tura, un cronista de Siena, recoge magistralmente este miedo que se apoderó de todos anulando cualquier otro instinto; «El padre abandona al hijo» -nos cuenta-, «la mujer al marido, un hermano a otro, porque esta plaga parecía comunicarse con el aliento y la vista. Y así morían. Y no se podía encontrar a nadie que enterrase a los muertos ni por amistad ni por dinero ... Y yo, Agnolo di Tura, llamado el Gordo, enterré a mis cinco hijos con mis propias manos, como tuvieron que hacer muchos otros al igual que yo».
Citemos también el testimonio de un monje franciscano en Sicilia quien dice: «Los magistrados y notarios se niegan a venir a hacer el testamento de los agonizantes, y ni siquiera los sacerdotes quieren acudir a escuchar confesión», También encontramos parecidos testimonios en Inglaterra, donde para aliviar las perspectivas de una muerte sin los últimos ritos -no sólo por causa de negligencia del sacerdote, sino porque muchas muertes eran repentinas- un obispo dio permiso a los laicos para que se confesasen entre si, «como hacían los apóstoles», y si ningún hombre estaba presente, incluso podía efectuar la confesión una mujer, y si no encontraba a ningún sacerdote para administrar la Extremaunción, «entonces la fe debe bastar», El mismo Papa Clemente VI se vio obligado a garantizar el perdón de los pecados a los que morían de peste, dado que tantos fueron desatendidos por los sacerdotes, «Y no doblaban las campanas» cuenta un cronista de Siena, «y nadie lloraba, no importa cuán grande su perdida, pues todos esperaban la muerte». Guy de Chauliac, observador serio y meticuloso, nos confirma la misma opinión: «El padre no visitaba al hijo, ni el hijo al padre. La caridad había muerto».
Pero también hubo excepciones. En Paris, según Jean de Venette, las monjas del Hotel Dieu, «no teniendo miedo a la muerte, atendían a los enfermos con toda dulzura y humildad». Las que morían eran sustituidas por otras, hasta que la mayoría «descansaron en paz con Cristo».
Las manifestaciones de insolidaridad se produjeron no solamente entre las personas sino entre regiones y países. Así cuando la plaga entró en el norte de Francia, asentándose en Normandía, y, frenada por el invierno, concedió una falsa tregua a Picardía. Un monje de la abadía de Fourcament cuenta que «entonces la mortandad era tan grande entre las gentes de Normandía que los de Picardía se burlaban de ellos». Fue por poco tiempo, desde luego. La misma reacción la encontramos en los escoceses, que también gracias al invierno gozaban de una tregua frente a la peste que provenía de Inglaterra. Encantados de saber que una enfermedad misteriosa estaba diezmando a las gentes del sur, reunieron un ejército para invadirles. Pero antes de que se pusiesen en movimiento la peste cayó sobre ellos, matando a la mayoría mientras que los supervivientes huían del pánico, diseminando la enfermedad por toda Escocia.
En muchas ciudades se ordenaron estrictas medidas de cuarentena para evitar el contagio. Tan pronto como Pisa y Lucca fueron infectadas, la vecina ciudad de Pistoia prohibió que ninguno de sus ciudadanos que estuviese de viaje en las ciudades afectadas volviese a casa, y asimismo prohibió la importación de lino y de lana. El Dux y el consejo de Venecia ordenaron que se enterrase a los muertos en las islas y a una profundidad mínima de cinco pies, y organizaron un servicio de barcazas para transportar los cadáveres. Polonia estableció la cuarentena en sus fronteras, lo que proporcionó una relativa inmunidad. En Milán el arzobispo Giovanni Visconti tomó medidas draconianas de acuerdo con el estilo de su familia; ordenó que las tres primeras casas en las que apareció la peste fueran tapiadas con sus ocupantes dentro, quedando sanos, enfermos y muertos encerrados en una misma tumba común. No se sabe si por la prontitud de sus medidas o por fortuna, Milán escapó con pocas muertes a la plaga.
Por otra parte se tuvieron que tomar medidas para paliar en lo posible la desmoralización de la gente, de manera que muchas ciudades prohibieron que tocasen las campanas en señal de duelo o que se pregonasen los fallecimientos como era costumbre. La ciudad de Siena impuso multas a todo aquel que llevase luto, con la única excepción de las viudas.
La persecución de los judíos
Es una gran verdad en la Historia que las desgracias nunca vienen solas. Bien pronto la hostilidad del hombre presionado por la peste se volvió contra los judíos.
Los primeros linchamientos comenzaron en la prima vera de 1348, justo después de las primeras muertes producidas por la peste. El cargo contra ellos era que estaban envenenando los pozos. Estos ataques tuvieron lugar en Narbona y Carcasona, donde los judíos fueron sacados de sus hogares y arrojados a enormes hogueras. El judío como eterno extranjero era el blanco más obvio.
Era el fuera de la ley que se había separado voluntariamente del mundo cristiano, y a quien durante siglos se había hecho objeto de odio. . En cuanto a la acusación de envenenamiento de los pozos, también era antigua; aparece en la plaga de Atenas, mencionada más arriba,  cuando se dijo que el envenenamiento era obra de los espartanos. También se contaba con el ejemplo más reciente de la plaga de 1320-21, en la que se culpó a los leprosos, creyéndose que actuaban instigados por los judíos y el Rey de Granada en una gran conspiración para destruir a los cristianos. Cientos de leprosos fueron atrapados y quemados en Francia durante 1322, y los judíos fueron también duramente multados.
De manera que con la Peste Negra, los judíos fueron de nuevo la cabeza de turco. En 1348 el Papa, viendo el sesgo que tomaba la situación, publicó una bula prohibiendo la matanza, el saqueo o la conversión forzosa de los judíos sin juicio previo, lo cual frenó los ataques en Avignon y en los estados papales, pero no en el norte. Las autoridades, en la mayoría de los casos, intentaron proteger a los judíos al principio, pero acabaron sucumbiendo a la presión popular.
En Saboya, donde se celebraron los primeros juicios formales en septiembre de 1348, se confiscó la propiedad de los judíos mientras estos permanecían en prisión esperando que se probasen las acusaciones que contra ellos se levantaron. Naturalmente las acusaciones fueron comprobadas mediante el método medieval a base de confesiones obtenidas mediante tortura. Existía una conspiración judía internacional con base en Toledo, de donde partían emisarios que llevaban el veneno escondido en pequeñas bolsas, así como instrucciones rabínicas sobre la forma de envenenar pozos y manantiales. Los judíos fueron encontrados culpables; once de ellos fueron quemados vivos y el resto de la comunidad judía tuvo que pagar un impuesto de ciento sesenta florines al mes durante seis años para seguir residiendo en la ciudad.
Las confesiones obtenidas en Saboya, distribuidas por carta de ciudad en ciudad, formaron la base para una serie de ataques a lo largo y ancho de Suiza, Alsacia y Alemania. De nuevo el Papa intentó frenar la histeria con otra bula en la que decía que aquellos cristianos que inculpaban a los judíos de la peste habían sido seducidos y engañados por el diablo. Señalaba que la peste afectaba por igual a todo el mundo, incluidos los judíos, y que lugares donde no vivía ninguna comunidad judía la plaga era tan terrible como en el resto del mundo. Animó además al clero a acoger a los judíos bajo su protección, pero desgraciadamente su voz no fue oída. En Balisea, el nueve de enero de 1349, toda la comunidad judía, de varios cientos de personas, fue quemada en una casa de madera construida especialmente al efecto en una isla del Rin, y se emitió un decreto por el cual ningún judío podía volver a la ciudad en doscientos años. En Estrasburgo, el consejo municipal, que se oponía a la persecución, fue depuesto por el voto de los gremios y se eligió otro dispuesto a cumplir la voluntad popular. En febrero de 1349, antes de, que la peste alcanzase la ciudad, los judíos de Estrasburgo, en número de dos mil, fueron conducidos a un camposanto donde todos aquellos que no aceptaron la conversión fueron quemados en hogueras.
Las sectas flagelantes
Para entonces otra voz se estaba alzando contra los judíos. Los flagelantes habían hecho acto de aparición. Como súplica desesperada a la piedad de Dios, su movimiento surgió en un espasmo repentino que recorrió Europa con la misma rapidez que la peste.
La autoflagelación pretendía expresar remordimiento y expiar los pecados de la comunidad. Como forma de penitencia era muy anterior a la peste, pero nunca había tenido el auge que consiguió gracias a la plaga.
Organizados en grupos de doscientos o trescientos y a veces más -los cronistas mencionan hasta mil- iban de ciudad en ciudad, desnudos hasta la cintura, azotándose con látigos de cuero que acababan en púas de hierro. Mientras gritaban pidiendo perdón a Dios y piedad a Cristo y a la Virgen, las gentes de la ciudad en cuestión lloraban y se lamentaban con ellos. Estas bandas hacían funciones regulares tres veces al día, dos en público en la plaza de la iglesia y otra en privado. Organizados bajo el mando de un maestro laico durante un período de tiempo prefijado, que normalmente era de 33 días y medio para representar los años de Cristo en la Tierra, a los participantes se les exigía obediencia al maestro y mantenerse a sí mismos mediante el pago de una cantidad de dinero fijada de antemano.
Tenían prohibido bañarse, afeitarse, cambiarse de ropa, dormir en camas y hablar o tener relaciones sexuales con mujeres sin el permiso del maestro. Evidentemente esto último no se cumplía ya que los flagelantes fueron acusados más tarde de celebrar orgías en las que se mezclaban los azotes con el sexo; un buen caldo de cultivo para sadomasoquistas. Las mujeres acompañaban a los grupos en secciones separadas, a la retaguardia. Si una mujer o un sacerdote entraban en el círculo donde se estaba celebrando la ceremonia de la flagelación, el acto de penitencia se consideraba nulo y debía comenzar de nuevo.
El movimiento era básicamente anticlerical, porque los flagelantes estaban usurpando el papel de los sacerdotes como intermediarios ante la justicia divina. Extendiéndose a través de los estados alemanes, esta nueva plaga avanzó hacia Flandes, los Países Bajos y Picardía, llegando hasta Reims. Centenares de bandas vagaban por estas tierras, entrando en nuevas ciudades cada semana. Los habitantes les recibían con reverencia, doblando las campanas de las iglesias y les ofrecían alojamiento en sus casas. Les llevaban a los niños enfermos para que los curasen y empapaban paños en la sangre de los flagelantes que después se aplicaban en los ojos y que conservaban como reliquias. Muy pronto los flagelantes marcharon tras magníficas enseñas bordadas en terciopelo y oro por mujeres entusiastas.
Creciendo en arrogancia, se mostraron en abierto antagonismo con la Iglesia. Los maestros asumieron el derecho de oír confesión y a conceder la absolución e imponer penitencia, lo cual amenazaba la autoridad eclesiástica. Los sacerdotes que intervenían oponiéndose a ellos eran lapidados y se incitaba al populacho a que tomase parte en estas lapidaciones. Empezaron a ser temidos como una fuente de fermento revolucionario y una amenaza a la clase propietaria, tanto laica como religiosa.
El emperador Carlos IV pidió al Papa que suprimiese a los flagelantes y a ello se sumó la petición de la Universidad de París. Sin embargo, incluso en Avignon, varios cardenales se oponían a que se tomasen medidas contra ellos, quizá porque no estaban completamente seguros de si el movimiento recién surgido tenía el respaldo divino o no. Mientras tanto los flagelantes habían encontrado una nueva víctima. En cada ciudad donde entraban se dirigían al barrio judío seguidos por el populacho, aullando venganza contra los «envenenadores de pozos». En Friburgo, Augsburgo, Nüremberg, Munich, Könisberg, en otros centros los judíos fueron masacrados con una meticulosidad que parecía buscar el total exterminio de la raza. En Worms, en marzo de 1349, la comunidad judía, compuesta por unas cuatrocientas personas, volvió a una antigua tradición quemándose dentro de sus hogares, antes que ser muertos por sus enemigos. La comunidad más numerosa de Frankfurt am Maine siguió el mismo ejemplo, propagándose el incendio a gran parte de la ciudad. En Colonia, el consejo de la ciudad repitió el argumento del Papa de que los judíos eran víctimas de la peste como todo el mundo, pero los flagelantes reunieron una muchedumbre «de esos que no tienen nada que perder» y se entregaron a su labor de matanzas y saqueos. En Maínz, que contaba con la comunidad judía más importante de Europa, sus miembros se decidieron por fin a defenderse. Con armas recogidas de antemano mataron a doscientas personas del populacho, un acto que sólo sirvió para aumentar la matanza por parte de los ciudadanos, enfurecidos por la muerte de cristianos. Los judíos lucharon hasta que se vieron perdidos. Entonces se encerraron en sus casas y les prendieron fuego. Se dijo que seis mil perecieron en Mainz aquel 24 de agosto de 1349. Pero el exterminio total es raro en la Historia. Algunos grupos se salvaron mediante la conversión y el principe Ruperto del Palatinado, junto con otros príncipes, protegió a grupos de refugiados. El duque Alberto II de Austria fue uno de los pocos gobernantes que tomó medidas eficaces para proteger a los judíos en su territorio. Los últimos progroms tuvieron lugar en Antwerp y en Bruselas, donde toda la comunidad judía fue exterminada en diciembre de 1349. Cuando acabó la peste quedaban muy pocos judíos en Alemania y los Países Bajos.
Por esas fechas la Iglesia ya estaba decidida a asumir el riesgo de actuar contra los flagelantes. Los magistrados ordenaron que se les cerrasen las puertas de las ciudades. Clemente VI, en una bula de octubre de 1349, pedía que se les dispersase o detuviese; la Universidad de París negó su pretensión de inspiración divina y Felipe VI rápidamente prohibió la flagelación en público bajo pena de muerte. Las autoridades locales persiguieron a los «maestros del error» atrapándolos, colgándolos y decapitándolos .. Los flagelantes se desbandaron y huyeron «desapareciendo tan rápidamente como habían surgido», escribió Enrique de Hereford, «como fantasmas nocturnos o espíritus burlones». En algunas partes quedaron algunas bandas, no siendo suprimidas totalmente hasta 1357.
Como espíritus sin hogar los judíos fueron regresando lentamente desde el Este de Europa donde se habían refugiado, volvieron en peores condiciones y más segregados que antes.
El mito del envenenamiento y sus masacres habían convertido la imagen del judío malvado en un estereotipo. El período de florecimiento medieval de los judíos había acabado y las murallas del «ghetto» aunque no físicas, ya se habían levantado.
Repercusiones sociales y económicas de la peste
¿Cuál era la condición humana después de la peste? Simón de Covino creía que la peste había tenido un efecto lamentable sobre la moral, «disminuyendo la virtud en todo el mundo». Gilles li Muisis por el contrario, pensaba que se había mejorado la moral pública porque muchas parejas que antes vivían en concubinato ahora estaban casadas, aunque esto se debió en realidad a las nuevas ordenanzas municipales. La tasa de matrimonios creció indudablemente, aunque no por amor. Muchos aventureros se aprovecharon de las huérfanas para ganar inmensas fortunas en forma de dotes, de tal manera que la oligarquía de Siena prohibió el matrimonio de las huérfanas sin el consentimiento de la familia. En Inglaterra Piers Plowman se lamentaba de la gran cantidad de parejas que se habían casado desde la peste «por ansias de riquezas y contra los sentimientos naturales» uno de cuyos resultados, según él, fue el gran número de matrimonios estériles. Quizá esta conclusión de Plowman es la moraleja de un moralista más que la realidad, puesto que otro cronista, Jean de Venette, afirma exactamente lo contrario, que los matrimonios que siguieron a la plaga tuvieron descendencia muy numerosa. Esto también puede ser un intento de buscar un alivio a la merma de población tras la peste.
La gente no mejoró a consecuencia de la epidemia. tal como hubiese esperado Matteo Villani, quien decía que la ira de Dios debía convertirles en «mejores hombres, humildes, virtuosos y católicos». En lugar de ello «olvidaron el pasado como si nunca hubiese existido y se entregaron a una vida más desvergonzada y desordenada que la que llevaban antes».
Debido a la abundancia de bienes y alimentos y a la escasez de consumidores los precios se hundieron y los supervivientes de la peste se entregaron a una orgía salvaje de despilfarro. Los pobres se mudaron a casas abandonadas, dormían en camas y comían en servicio de plata; los campesinos se apoderaban de las tierras que nadie reclamaba, así como del ganado, incluso de lagares, forjas o molinos que habían quedado sin dueño y de muchas otras cosas que nunca antes habían poseído. El comercio se había reducido pero había aumentado el nivel de líquido dado que había menos personas para repartirlo.
El comportamiento de las personas se volvió más despiadado y cruel, como ocurre a menudo tras un período de violencia y sufrimiento. Se culpó de ello a los advenedizos y nuevos ricos que presionaban desde abajo. Siena renovó sus leyes suntuarias en 1349 porque muchas personas aparentaban mayor rango del que les correspondía por nacimiento u ocupación. Un estudio de las recaudaciones de impuestos después de la peste nos indica que aunque la población estaba diezmada, las proporciones sociales seguían siendo las mismas.
Debido a los intestatos, las propiedades sin herederos, y las disputas en torno a tierras y edificios, se levantó una furiosa tormenta de litigios, agravada por la escasez de notarios.
Los colonos o la Iglesia se apoderaron de los terrenos y propiedades abandonadas. El fraude y la extorsión practicada por los tutores sobre los huérfanos se convirtieron en un escándalo generalizado.
El resultado más obvio e inmediato de la peste negra fue naturalmente la disminución de la población, que debido a las guerras, el bandolerismo y nuevos brotes de la plaga, declinó todavía más hacia finales del siglo XIV. La peste en sí fue una maldición para el siglo, que bajo la forma de su bacilo almacenado en los transmisores -ratas y pulgas- surgió seis veces más en los siguientes sesenta años. Después de matar a los más susceptibles de contagio, con un considerable aumento de la mortandad infantil en las últimas fases, remitió por fin, dejando a Europa con una población reducida en casi un cincuenta por ciento para finales del siglo. Baste decir, como ejemplo, que la ciudad de Beziers, en el sur de Francia, contaba con catorce mil habitantes en 1304 mientras que un siglo más tarde sólo tenía cuatro mil. Las florecientes ciudades de Carcasona y Montpellier quedaron reducidas a sombras de su prosperidad pasada, al igual que Ruan, Arrás, Laon y Reims en el norte. Al disminuir el número de personas que podían pagar impuestos, los gobernantes aumentaron su cuantía, lo que provocó el resentimento popular, que iba a estallar repetidas veces en las décadas posteriores a la peste.
Los valores relativos de tierra y trabajo se vieron completamente alterados. Los terratenientes, en un intento desesperado de mantener sus tierras cultivadas, reducían las rentas que debían pagar los campesinos o incluso llegaban a anularlas totalmente. Más valía no tener beneficios que no ceder de nuevo los terrenos a la Naturaleza. Pero a pesar de todo, dada la gran mortandad, las tierras cultivadas disminuyeron forzosamente, y los terratenientes empobrecidos desaparecieron abandonando sus mansiones y castillos para unirse a las bandas de mercenarios que iban a ser la maldición de los años siguientes.
Cuando debido a la disminución en la población activa, disminuyó también la producción, los bienes y alimentos de todo tipo comenzaron a escasear y los precios se dispararon. En Francia se cuadruplicó el precio del trigo en 1350. Al mismo tiempo, con la escasez de la mano de obra vino el mayor malestar social bajo la forma de demandas concertadas de aumentos salariales. Tanto los campesinos como los obreros, artesanos, escribas y sacerdotes descubrieron el valor de ser pocos. En el curso del año que siguió al primer gran brote de la peste, los trabajadores textiles de St. Omer habían conseguido tres aumentos de sueldo seguidos, y los alfareros de Amiens reclamaban subidas por el estilo. En muchos gremios los artesanos se declararon en huelga pidiendo más dinero y menos horas de trabajo.
En una época en la que el orden social se consideraba inamovible, acciones de ese tipo eran revolucionarias. La respuesta de los gobernantes fue la represión instantánea. En un esfuerzo por mantener los salarios al mismo nivel que antes de la peste, los ingleses promulgaron una ley en 1349 ordenando a todo el mundo trabajar por los mismos salarios que regían en 1347.
Un estatuto francés de 1351, más realista, y aplicado a la región de Paris, permitía una subida de los salarios que no excediese en más de un tercio al nivel anterior; se fijaron además los precios y se regularon los beneficios de los intermediarios, y para aumentar la producción se ordenó que los gremios no fuesen tan estrictos en las restricciones acerca del número de aprendices y que se acortase el período de tiempo necesario para llegar a ser maestro artesano. Pero aun así, los conflictos laborales habían comenzado y los viejos lazos de unión medievales entre señor y campesino, noble. y artesano, se empezaban a aflojar y se irían repitiendo las luchas a lo largo de lo que quedaba del malhadado siglo XIV. Por un lado la educación sufrió seriamente debido a las pérdidas que la peste produjo en el clero, que como se recordará, constituía la casi totalidad de la clase docente en la Edad Media. En Francia, de acuerdo con Jean de Venette, «pocos se encontraban en las casas, villas o castillos que pudiesen enseñar gramática a los niños». Para ocupar los puestos vacantes la Iglesia ordenaba sacerdotes a mansalva; muchos de ellos, hombres que habían perdido a sus familias en la epidemia y que buscaban en los hábitos un refugio y que apenas sabían leer y escribir.
Por un impulso contrario, se estimuló la creación de universidades como medio para conservar los conocimientos y la cultura, gravemente amenazados por la peste. Especialmente el emperador Carlos IV, un intelectual, se preocupó de la posible desaparición .del saber debido a la «loca rabia de la muerte pestilente» -según sus palabras- que había asolado al mundo. Fundó la Universidad de Praga en el año 1348, el mismo de la peste, y en los cinco años siguientes dio el respaldo imperial a las universidades de Orange, Perugia, Siena, Pavía y Lucca. En estos mismos años tres nuevos colegios universitarios fueron creados en Cambridge -Gonville Hall, Trinity Hall y Corpus Christi- aunque la causa de estas fundaciones no siempre fuese el amor a la cultura. El Corpus Christi fue creado en 1352 porque las tarifas de las misas de difuntos habían subido de tal modo después de la peste que dos gremios de Cambridge decidieron establecer un colegio universitario cuyos doctores se encargasen, en su calidad de sacerdotes, de orar por los difuntos de ambas corporaciones.
De todas maneras, las universidades también sufrieron el peso de la epidemia y en Oxford se escuchaban lamentaciones en los sermones por la falta de alumnos, mientras que en Bolonia, veinte años después de la plaga, el gran Petrarca se dolía en una serie de cartas tituladas «Sobre cosas viejas»: donde antes no había «nada más alegre en el mundo ni más libre», ahora casi ninguno de los antiguos grandes maestros quedaba con vida, y en lugar de tan grandes genios «una ignorancia universal se había apoderado de la ciudad». Aunque hay que reconocer que de esto no sólo era culpable la peste, sino también la guerra y otros problemas.
El jubileo de 1350 y la Iglesia tras la peste
El sentimiento de pecado producido por la peste encontró alivio en la indulgencia plenaria ofrecida en el año del Jubileo de 1350 para todos aquellos que emprendiesen la peregrinación a Roma. El Jubileo, establecido por Bonifacio VIII en 1300, en principio estaba destinado a tener lugar cada cien años, pero el primero constituyó un éxito. Tan grande -visitaron, según las crónicas, dos millones de peregrinos la Ciudad Santa- que Roma, empobrecida por la marcha de la corte papal a Avignon, rogó a Clemente VI que acortase el intervalo a cincuenta años. El Papa era de la opinión de que «un pontífice debe hacer feliz a sus súbditos» y les concedió lo que pedían. Así en 1350 los peregrinos se agolparon en los caminos que llevaban a Roma y se dijo que cada día entraron o salieron de la ciudad cinco mil personas. En cuanto a la Iglesia, emergió de la peste más rica y mas impopular que antes. Cuando todos estaban amenazados por la muerte repentina y con la perspectiva de irse al otro mundo en estado de pecado, el resultado fue un flujo de donaciones a instituciones religiosas tal y como no se había conocido hasta entonces. El convento de St. Germain L'Auxerrois, por ejemplo, recibió cuarenta y nueve herencias en seis meses, comparadas con las setenta y ocho de los ocho años anteriores. En Florencia la Compagnia de San Michele recibió trescientos cincuenta mil florines en concepto de limosnas para los pobres, aunque en este caso se acusó a los dirigentes de la compañía de usar el dinero para sus propios fines, a lo que ellos alegaron que los pobres y necesitados ya no necesitaban el dinero porque estaban muertos.
Enriquecidas por los donativos, las órdenes religiosas levantaron más animadversión de la que ya había contra ellas. Cuando Knighton se hace eco del fallecimiento de ciento cincuenta franciscanos, víctimas de la peste, en Marsella, añade «bene quidem» (buena cosa); y de los siete frailes que sobrevivieron de ciento sesenta que había en Maguelonne escribió «y con esos hubo bastante». Las órdenes mendicantes no podían ser perdonadas por abrazar el culto al dinero. Así la peste aceleró el descontento con la Iglesia, en el momento en que la gente necesitaba más apoyo espiritual. Clemente VI, al que no podemos llamar un hombre espiritual, se impresionó lo bastante con el mal comportamiento del clero durante la peste como para estallar furioso contra sus prelados. que le pedían en 1351 que aboliese las órdenes mendicantes. «Si lo hiciese» -replicó el Papa- «¿Qué podríais predicar a la gente? Si es sobre humildad, vosotros sois los más orgullosos del mundo, creídos y pomposos. Si es sobre pobreza, sois tan codiciosos que todos los beneficios os parecen poco. Si es sobre la castidad -pero no hablaremos de esto, porque Dios sabe lo que hace cada hombre y cómo algunos de vosotros satisfacéis vuestros deseos.» Con esta triste opinión de sus clérigos falleció el Papa un año después. «Cuando los que tienen el título de pastores hacen el papel de lobos, la herejía crece en el jardín de la Iglesia», escribió Lothar de Sajonia.
Tras la peste
Los supervivientes de la peste negra se encontraron con que no habían sido exterminados, pero tampoco habían mejorado, y por ello no podían encontrar un propósito divino en todo lo que habían sufrido. Si un desastre de esa magnitud era un pacto caprichoso de Dios o sencillamente no era obra divina, entonces todos los valores absolutos del hombre medieval se tambaleaban. Las mentes que se atrevían a hacerse estas reflexiones no podían volver atrás. El giro hacia la conciencia individual. Quedaba en el horizonte. En este punto la peste puede haber sido uno de los precipitantes del nacimiento del hombre moderno.
Pero entonces sólo dejó miedo, tensión y tristeza. Aceleró la conmutación de los servicios laborales en las tierras y profundizó el antagonismo entre ricos y pobres. Aumentó la hostilidad humana.
El estado de la Europa medieval después de la peste queda reflejado en el caso particular de Siena, que perdió la mitad de su población y donde se abandonaron las obras de la Gran Catedral -que iba a ser la mayor del mundo- para no reanudarse nunca más debido a la falta de mano de obra, de maestros masones y a la melancolía y pena de los supervivientes.
http://www.vallenajerilla.com/berceo/lopezjara/muertenegra.htm


“Es culpa de  la religión que la gente buena haga cosas malas”

Rodrigo Restrepo confronta a A.C. Grayling sobre su excesiva beligerancia en contra de las religiones.  Una conversación desafiante.
                                                                                
                       Por: Rodrigo Restrepo* Bogotá     Revista Arcadia.com

Grayling no es un filósofo en el sentido clásico del término. No aventura originales hipótesis metafísicas ni escudriña en las profundidades del alma humana. Es más bien un filósofo en el sentido contemporáneo: un técnico de las ideas, una hormiga de los conceptos, un típico ejemplar del homo academicus. En el lado “duro” de su pensamiento se dedica a indagar en las relaciones entre la mente y el mundo. Usa la lógica para inquirir en la pregunta de si podemos conocer el mundo, y para contrargumentar las tesis del escepticismo. En su lado “blando” es un pensador de la ética, de la filosofía de la vida cotidiana, un contribuyente de la gran pregunta socrática: ¿cómo debemos vivir?

Este es, sin duda, el aspecto más popular y atractivo de su prolífica obra, que se extiende a treinta libros. Como intelectual comprometido y filósofo público, Grayling escribe sobre crímenes de guerra, legalización de la droga, eutanasia o derechos humanos. Es un colaborador frecuente del Literary Review, del Times Literary Supplement, de la revista científica New Scientist o de la radio BBC, entre otras. Durante tres años mantuvo una columna en el diario The Guardian llamada “The Last Word” (La última palabra), de la que surgió su libro El sentido de las cosas, una colección de pequeños ensayos sobre las virtudes, las falacias y los bienes del hombre contemporáneo. Allí explora ideas como la tolerancia y el racismo, la fe y la razón, la pobreza, el capitalismo, el arte o la salud. En ese mismo espíritu de divulgación filosófica escribió El poder de las ideas, una especie de enciclopedia de bolsillo para el hombre del siglo XXI, en donde actualiza conceptos como la bioética, el multiculturalismo, el psicoanálisis, la mecánica cuántica, Internet, la inteligencia artificial y hasta el budismo y el vegetarianismo.      

Miembro de la Real Sociedad de Literatura, de la Real Sociedad de Artes, del Saint Anne’s College de Oxford, representante del Consejo para los Derechos Humanos de la ONU y de un larguísimo etcétera de sociedades y agrupaciones civiles, se yergue como un eminente miembro del establishment intelectual inglés: todo un candidato a Sir. Como filósofo, nada de tesis atrevidas, nada de posmodernismo ni de poshumanismo, nada de franceses y poco de alemanes. Ceñido con celo a la tradición inglesa y muy ajustado al common sense, Grayling es un organizador de conceptos, mesurado, frío y sobrio.    

Excepto quizá cuando habla de religión. Se le incluye en la corriente del Nuevo Ateísmo, junto a Richard Dawkins (El gen egoísta y El espejismo de Dios) o Daniel Dennett (Romper el hechizo: la religión como fenómeno natural). Y, todo hay que decirlo, cada vez que tiene la posibilidad despotrica con todo su arsenal contra las creencias religiosas.  

Usted es un intelectual que ha decidido entrar de lleno en el debate público. Escribe columnas en periódicos, colabora con suplementos culturales, es frecuentemente entrevistado en radio y televisión. Desde su punto de vista, ¿por qué es importante el filósofo en la arena pública? ¿Qué puede y debe aportarle al debate en los medios masivos?

La filosofía trata de las ideas, los debates, las perspectivas. En cuestiones morales y políticas existe una gran tradición de pensamiento sobre estos temas. Los filósofos pueden contribuir en algo a la conversación social acerca de estas cuestiones, no decirle a la gente qué pensar, sino alertarlos sobre las ideas y las posibilidades.

Uno de sus temas como filósofo público es la ética. ¿Por qué la importancia de la ética en este momento?    

La ética es la indagación en las cuestiones del valor, en el pensamiento acerca de cómo debemos vivir nuestras vidas, qué clase de personas debemos ser, cuáles son nuestras responsabilidades con los otros. Trata de la buena vida, la vida floreciente. Y se relaciona con cuestiones políticas sobre la buena sociedad, el mejor tipo de sociedad en la cual pueden florecer buenas vidas individuales. 

En su libro La elección de Hércules usted plantea nuevamente las preguntas socráticas: ¿cómo debo vivir? y ¿cuál es la buena vida? Dice incluso que el filósofo debería ofrecer indicaciones prácticas respecto a la ética. ¿Debería el filósofo ser una especie de guía para la buena vida, como creían los griegos? ¿Por qué parece ser tan relevante hoy en día “devolver la discusión ética a los detalles prácticos de la vida"?        

La filosofía académica se ha vuelto demasiado técnica y estrecha, demasiado oscura. Sin embargo la filosofía pertenece a todo el mundo. Pensar en cuestiones morales y políticas debería ser la responsabilidad de toda persona atenta. Los filósofos no deberían ser los profesores o legisladores de la humanidad, sino los facilitadores, para contribuir a la conversación de la humanidad, para recordarle a la gente de las ideas, discusiones y debates de la filosofía a través del tiempo, de manera que la gente tenga material para reflexionar, y para formar sus propios juicios sobre la base de la información, la razón y el debate. 
 

Como intelectual público, usted establece una descarnada disputa contra la religión, contra todo fundamentalismo y toda actitud moralizadora. Llega usted a decir que la religión es una “estrecha prisión”, que las creencias religiosas, “siempre y en todo lugar han sido causa de guerras, intolerancia y persecución, y han distorsionado la naturaleza humana con posturas falsas y artificiales”. ¿Por qué tanta crítica a la religión en sí misma, al punto de considerarla una fuerza en contra del desarrollo de la humanidad? ¿Por qué rechazarla de tajo como una opción ética y vital válida para el hombre contemporáneo? Me parece una actitud demasiado radical e incluso peligrosa. 

Estoy pensando en la actitud pragmática del filósofo William James, quien argumentaba que es perfectamente válido asumir la creencia en Dios y probar su existencia si aquella creencia mejora la propia vida, la convierte en una buena vida. O en Carl Jung, cuando afirma que las experiencias de lo numinoso (esto es, lo sagrado), son no solo importantes sino fundamentales en el proceso de individuación, es decir, en el saludable desarrollo de la psique humana individual. O también en el filósofo Peter Sloterdijk, quien postula que estamos asistiendo al retorno, no de la religión, sino de ciertas “prácticas espirituales”, o procedimientos y sistemas de ejercitación mediante los cuales los hombres de todas las épocas y culturas han optimizado su estado inmunológico frente a los riesgos de la vida y de la muerte. ¿Por qué establecer semejante disputa contra la religión?  

Por las razones dadas en los escritos que usted cita. La religión es una sobreviviente de los tiempos de ignorancia de la humanidad. La Ilustración nos enseñó que hay muchas posibilidades para unas buenas y florecientes vidas humanas, y que declarar que solo hay una gran verdad, una respuesta correcta que todos debemos aceptar, una autoridad que debemos obedecer y adorar, ya no es aceptable.    

Pero la Ilustración también llevó a buena parte del mundo occidental a los campos de exterminio, así como a nuevas formas de esclavitud, como bien lo ha mostrado Adorno…

Adorno habla basura. La Ilustración promovió el pluralismo, la libertad individual, la racionalidad, la democracia y los derechos humanos. Todo movimiento totalitario –el estalinismo, el nazismo, la religión– sostiene lo opuesto a estos valores: estos movimientos afirman que hay una verdad, un camino correcto, que todos deben ajustarse a él, todos deben obedecer. De allí es de donde vienen los campos de exterminio –de la contra-Ilustración– no de la Ilustración. Me sorprende que la gente no vea esto. 

Usted es frecuentemente incluido en la corriente de los Nuevos Ateístas. Uno de los propósitos de este movimiento es contrargumentar públicamente contra la religión, criticarla y exponerla mediante argumentos racionales en cualquier lugar en que sus influencias surjan. Aparte de que esta misión no deja de tener algo de evangelizador, muchos han calificado al Nuevo Ateísmo como agresivo y discriminatorio del cristianismo.

¿No es el Nuevo Ateísmo una nueva forma de fundamentalismo? Quizás no un fundamentalismo en el sentido clásico del término, entendido como “obediencia ciega a la escritura y aliada al extremismo”, sino un fundamentalismo más sutil y académico, en el que todo aspecto o rasgo religioso es descartado de entrada –no sin cierta actitud irónica– o aparentemente superado con “contundentes” argumentos científicos. ¿No sería juego sucio atacar todo elemento religioso desde la lógica científica de datos y evidencias, cuando la misma experiencia religiosa escapa a dicha lógica?


Hay una confusión aquí entre ateísmo y secularismo. El secularismo señala que la religión es un movimiento con intereses propios y con muchas ganas de persuadir a otros de su punto de vista. Esto también lo hacen otros puntos de vista. Pero por razones históricas la religión ha ocupado un vasto e inflado espacio en la plaza pública. El secularismo argumenta que la religión debería tomar su turno en la fila con todos los otros grupos de interés.       

Entonces usted es un secularista, no un ateo…    

Yo soy un ateo y un secularista. Y un humanista: las tres posiciones van juntas de manera muy natural, aunque desde luego puede haber también secularistas religiosos, pues un secularista es simplemente alguien que piensa que la religión y los asuntos públicos deben mantenerse aparte: la separación de la Iglesia y el Estado.      

¿Pero y entonces por qué tanta guerra intelectual contra la religión?          

La religión incide más como fuerza para el mal que para el bien en el mundo, es corrosiva para la vida intelectual y moral de los individuos y las naciones (es culpa de la religión que la gente buena haga cosas malas) y obstruye el camino del progreso científico y social. 

Dice usted que “la razón es un absoluto que, usado correctamente, puede dirimir disputas y guiarnos a la verdad” y que a pesar de sus fracasos y limitaciones debemos aferrarnos a ella. Suele usted oponer la razón a la fe, y dice incluso que la fe es la negación de la razón. ¿No estaría esta postura elevando la razón al nivel de un ídolo, un dios, o en sus palabras, un “absoluto”? Si el universo carece de una estructura racional y la razón, como decía Nietzsche, resulta incapaz de conocer el universo sin distorsionarlo; si incluso la naturaleza humana, como sabemos desde Freud, es gobernada por su dimensión irracional, ¿por qué seguir a estas alturas de la historia de las ideas elevando la razón al nivel de un “absoluto”?      

La razón es la aplicación de la racionalidad. Racionalidad = ratio = dar proporción a nuestras conclusiones y acciones según la evidencia y las razones que uno tiene.
La razón es nuestra mejor guía y ayuda para vivir acorde con nuestras mejores evidencias y pensamientos.
Usar el lenguaje de la religión -”ídolos”, etc., etc.- para describir el responsable compromiso de vivir según la razón y la evidencia es tergiversar el asunto. La gente quiere que los constructores del avión en el que viajan sean tan cuidadosos y racionales como sea posible. Y después van a la iglesia el domingo. ¡Eso es una inconsistencia!

Claro, pero la vida no es un asunto de consistencia, precisamente porque no es ni lógica ni siempre racional. La razón, sin duda, es una herramienta muy poderosa y útil, pero mucha gente querrá y necesitará ir a la iglesia para vivir una buena vida. ¿No es un poco unilateral argumentar que solo la razón y la evidencia pueden conducirnos a la buena vida?    

Repito mi punto sobre el avión en el que usted está volando. Si sus ingenieros dijeran: “Muy bien, no tenemos que ser racionales –o tratar de ser racionales–”, el avión de alguna manera aún volaría, pero usted no querría montarse en ese avión. Usted no debería querer “volar” en una vida que está perezosamente gobernada por supersticiones antiguas, impulsos no racionales y hábitos ajenos.    

Usted “cree apasionadamente en el valor de todo lo espiritual” y sin embargo es ateo. ¿Es posible creer en el espíritu dejando a Dios –o cualquier imagen o idea que de este se tenga– fuera del escenario? ¿Qué significa esta postura?

Por “espiritual” entiendo algo totalmente secular y natural: el complejo de nuestras emociones y actitudes intelectuales, que constituyen una repuesta al mundo y a los otros. Los seres humanos tenemos una capacidad para el amor, para el gozo estético, para la conexión con los otros y con el mundo: el disfrute del arte, de la naturaleza, de la música y de la amistad son, a mi juicio, ejercicios “espirituales”.
                                                                                                                                   *Filósofo y periodista.




jueves, octubre 03, 2019

Epidemias: la mayor catástrofe demográfica en  América     

Casi inmediatamente después del descubrimiento de América, aparecen las primeras epidemias de viruela y sarampión entre las poblaciones de las islas caribeñas: Una tras otra sufrían las consecuencias de las devastadoras enfermedades.

La isla de La Española prácticamente perdió a toda su población nativa. Otras, como Cuba, Jamaica y Puerto Rico, también fueron terriblemente diezmadas.

Aunque en la hecatombe caribeña el principal papel lo jugaron las epidemias, el inhumano trato que sufrían los explotados aborígenes contribuyó en buena medida a su desaparición. De hecho el debilitamiento y la desnutrición resultantes del maltrato fueron factores que abonaron aún más el campo de las epidemias. Los nativos habían resultado sumamente susceptibles a las enfermedades transmitidas por vía respiratoria (incluidas, desde luego, el sarampión, la viruela y la influenza). Por esa razón se decía que el hálito de los españoles mataba al indio. El despoblamiento de las islas antillanas fue tan enorme, que los españoles se vieron forzados a importar mano de obra de otras regiones. Primero de la región del Darién (en Panamá) y después directamente del África. Esa necesidad fue precisamente lo que guiaría a las primeras exploraciones españolas hacia la masa continental. Para 1517 los estragos de las epidemias en las islas caribeñas habían hecho sucumbir casi totalmente a la población lugareña. Así, ante la amenaza de quedarse sin su esclavizada mano de obra, los emprendedores colonos constantemente organizaban expediciones para reclutar nuevos trabajadores para su empresa esclavista. Fue en ese año cuando el conquistador y gobernador de Cuba, Diego Velázquez de Cuéllar, organizó una expedición que sería guiada por Francisco Hernández de Córdoba.

El rumbo de este periplo llevaría directamente a este español a descubrir las costas de México. Un año después, el 18 de noviembre, otra histórica expedición partía de la isla de Cuba rumbo a los nuevos territorios recién descubiertos. Ésta era comandada por Hernán Cortés. Tres años después, el 13 de agosto de 1521, consumaba la enorme epopeya de conquistar al gran imperio mexica, el mayor y más poderoso estado de Mesoamérica. “Ahí radica otro de nuestros graves problemas, la falta de capacidad suficiente para hacer diagnósticos más precisos.

Indiscutiblemente esa hazaña fue posible gracias al genio militar desplegado por el conquistador de México. También, desde luego, porque a sus escasas huestes se sumaron como aliados miles de nativos que sufrían la opresión de los mexicas. Sus filas fueron nutridas especialmente por los habitantes del señorío de Tlaxcala. En la guerra contra Tenochtitlán, no sólo contó con el apoyo de los tlaxcaltecas. No, a la empresa bélica de Cortés se agregó un inesperado y temible protagonista: la viruela. Durante los 18 meses que precedieron a la caída de la ciudad de Tenochtitlán sucumbieron más de 250 mil mexicas.

La gran mayoría como resultado del hambre y la epidemia que cundió durante el sitio de la capital del imperio. El mismo Cuitláhuac, el emperador que sucedió a Moctezuma II, sucumbió del mal durante el asedio. Una vez consumada la conquista, Hernán Cortés dispuso medidas para crear un comercio tipo europeo.

Impulsó las actividades de la agricultura y la ganadería. Con ello trataba de sentar las bases que hicieran atractiva la inmigración de las tierras recién conquistadas, que ahora eran conocidas como la Nueva España. Pronto, desde luego, llegaron inmigrantes ibéricos que, más que colonizar, buscaban conseguir gloria y fortuna.

Con los nuevos colonos llegarían también enormes tribulaciones para la población aborigen. Es común suponer que la crueldad y la opresión de los españoles sobre los indios fue la causa principal de la casi desaparición de las culturas de la América precolombina. Sin embargo, en bien de la simetría histórica y en honor de la verdad, debemos señalar que sólo es cierto en parte. En la historia del mundo muchos pueblos han sido sometidos con muchísima más crueldad; y la violencia extrema, aunque ha sido causa de holocaustos, nunca lo ha sido de debacles demográficas y culturales.

Las fechorías de los conquistadores ibéricos no hubieran sido un mal suficiente para llevar a las poblaciones al grado de exterminio que alcanzaron. Además, sólo algunos españoles fueron espectacular-mente crueles en su opresión hacia los aborígenes. Y, por otra parte, lo que menos hubieran deseado los conquistadores habría sido quedarse sin la fuente de mano de obra que manaba de los pueblos sometidos. No, en la colosal hecatombe de las poblaciones nativas de América, los mayores hados funestos estuvieron personificados por un flagelo distinto: las pandemias.

La gran hecatombe

La dispersión de la primera gran enfermedad por la masa continental de América se inicia precisamente con el arribo de Narváez a México, cuando uno de sus soldados afectado de viruela inicia (sin saberlo ni proponérselo) el contagio y la propagación entre la población aborigen. En 1531 desembarca en Veracruz un marino español que viene acompañado no sólo de sueños de riqueza y poder, sino de un mal que resultará catastrófico para los indios: el sarampión. Esta enfermedad rápidamente se extiende por la costa oriental de México, de ahí a la cuenca del Anáhuac y finalmente a la costa pacífica. En un abrir y cerrar de ojos se desata la pesadilla. Los horrores de la viruela y del sarampión cobran millones de víctimas en unos cuantos años.

Aunque no existen registros exactos, se ha estimado que antes de la conquista la población aborigen de la Nueva España quizá haya llegado a unos 25 millones. Pero el efecto acumulativo de las epidemias hizo que descendiera a unos 17 millones en 1532. Para 1548 apenas llegaba a unos seis millones.
Y para 1579 la cifra había disminuido a la increíble cantidad de dos millones. ¡El 92% del total de la población india había sucumbido! Las regiones costeras de México, tanto del Pacífico como del Golfo, quedaron prácticamente deshabitadas. El Valle de México perdió más del 80% de sus nativos. Mientras tanto, en el Perú se vivían horrores similares o, si cabe imaginarlo, aún peores.

Como consecuencia de las epidemias, en el valle de Rimac (donde se encuentra la actual ciudad de Lima) la mortandad alcanzó la terrorífica cifra de 95%. En la región costera del antiguo imperio inca la situación fue mucho más trágica, al grado que desaparecieron poblaciones enteras. Unos cien años después aún había pruebas que testificaban aquel pavoroso desastre. En 1685, mientras efectuaba un viaje de la ciudad de Lima a la de Paita, el marqués de Varinas describió: Observa uno a breves intervalos montones de calaveras y huesos de estos desdichados, que horrorizan a quienes viajan por el camino.

El  mismo marqués de Varinas estimó que, de los dos millones de indios que en otro tiempo habitaban la región costera de Paita, apenas sobrevivían unos 20 mil. La mortandad, pues, había llegado a la sobrecogedora cifra de 99% del total de la población. Lo mismo en México que en Perú la tremenda catástrofe sólo requirió de un poco más de 50 años para consumarse. Durante el curso de las terribles pandemias de viruela y sarampión, y de otras enfermedades que se sumarían a éstas, América perdió no menos de 50 millones de habitantes. En comparación, la peste bubónica que asoló a Europa durante el siglo XIV cobró unos 25 millones de vidas, lo cual tampoco deja de ser aterrador.

En términos proporcionales también podemos evaluar la magnitud de una y otra debacles: la peste alcanzó una mortandad de 33% entre las poblaciones europeas, mientras que las pandemias sufridas en los territorios conquistados por los españoles en el Nuevo Mundo costaron la vida a más del 90% de los habitantes nativos. Nunca antes ni después la historia del mundo ha registrado una catástrofe demográfica de tan descomunal magnitud. Otros parásitos se agregan al festín Pero por increíble que parezca lo anterior, las cosas no terminaron ahí. Aún habían de llegar nuevos flagelos de una letalidad extrema al continente americano: lepra, difteria, peste bubónica y tifus, las cuales provenían directamente del congestionado mundo Mediterráneo. También arribaron la fiebre amarilla y la malaria, pero éstas venían con el inhumano cargamento de las bodegas de los buques negreros provenientes de África. Pero estas enfermedades por lo menos parecían no tener prejuicios raciales. Lo mismo afectaba a españoles, que a indios, mestizos o negros. Respecto a estos males, sin embargo, se ha discutido mucho sobre si ya existían o no en América a la llegada de los europeos. No es fácil dilucidar la cuestión, pero en general se acepta que son enfermedades importadas al Nuevo Mundo.

De cualquier manera también participaron del macabro festín que diezmó a las poblaciones autóctonas de América.

La viruela, el sarampión y las condiciones en que eran mantenidos habían sangrado y debilitado tanto a los nativos, que ya prácticamente era un terreno fértil para cualquier infección. Todas adquirieron características endémico-epidémicas y su conjunción fue la causa de la enorme tragedia demográfica. Nunca antes ni después una población había enfrentado al mismo tiempo tantas epidemias de enfermedades tan letales. Cada nombre de ellas, viruela, peste, influenza, sarampión, malaria, etcétera, evoca por sí mismo una tragedia en la historia humana. Y ahora las poblaciones nativas de los territorios conquistados por los europeos en América debían enfrentarlas a todas en condiciones totalmente desventajosas: sin contar con ninguna defensa inmunológica; vírgenes de contactos previos; sufriendo guerras, asedio y opresión; y con una calidad de vida disminuida. Pero lo más pasmoso de todo no es la exorbitante magnitud que esas terribles pandemias alcanzaron ni la espeluznante mortandad que ocasionaron. 

No, lo verdaderamente increíble es que hubieran quedado sobrevivientes. De hecho, en algunos sitios, no quedó ninguno. Tal fue el caso de los habitantes originales de las islas del Caribe. La extinción de la población nativa de las Antillas fue total: en 1540 no quedaba ni un solo sobreviviente. Los cuatro apocalípticos jinetes: guerra, hambre, peste y muerte, sometieron a América a la más dura prueba concebible. Después de enfrentarlos y del enorme tributo pagado, resulta casi milagroso ya no sólo el que quedaran sobrevivientes, sino el que las poblaciones nativas que no desaparecieron se recuperaran al grado de manifestar la suficiente fuerza para crear nuevas naciones.

La ruta de los colonizadores. La aparición de la lepra en América ha sido muy polemizado. Los que sostienen que ya prevalecía en el Nuevo Mundo antes de la llegada de los europeos apoyan su tesis en el hecho de que Moctezuma, al lado de su palacio, tenía un hospital llamado Netlatiloyan, donde, suponen, alojaba a enfermos de lepra. Pero la afirmación parece no tener validez. En las Cartas de Relación que el conquistador Cortés envió al emperador Carlos V se expone una serie de pormenores sobre los indígenas de la Nueva España, pero ninguno sobre la descripción de las deformaciones que suelen tener algunos enfermos de lepra. A su vez, en su obra Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España, Bernal Díaz del Castillo detalla ampliamente el aspecto físico de quienes eran aquejados por el vitíligo (o mal del pinto); sin embargo, en ninguna parte hace referencia a las contracturas de los dedos, las deformaciones de las manos, la facies con nódulos o a otros síntomas clásicos que afectan a los enfermos de lepra. Por otra parte, en el caso de México, hasta hace algún tiempo se podían distinguir claramente tres focos de incidencia de lepra. El primero, el más antiguo, corresponde al peninsular (ubicado en los actuales estados de Campeche y Yucatán). El segundo es el noroccidental, el cual abarca todos los estados costeros desde Sonora hasta Oaxaca y una buena parte de los del centro (Guanajuato, Querétaro, Michoacán, Morelos, parte de Puebla y el Distrito Federal).

El tercero incluye el sur de los estados de Tamaulipas, Nuevo León y Coahuila. El segundo foco de lepra es el más importante. Su alta incidencia parece obedecer a razones históricas. Cuando los españoles iniciaron la conquista y colonización de las regiones del norte de la Nueva España se desplazaron exactamente por los territorios de los estados antes mencionados. Por la misma ruta avanzaron también los misioneros cristianos. Así, siguiendo la costa del Pacífico, al tiempo que fundaban misiones en cada uno de aquellos estados, diseminaban la cruel enfermedad. El que el foco peninsular sea el más antiguo parece deberse a que fue esa zona a la que primero arribaron los ibéricos.

Aparentemente la lepra fue uno más de los terribles males surgidos de la caja de Pandora que los europeos abrieron en el continente americano.

De América para el mundo

Pero no todo fue recibir. América también contribuyó a la nueva distribución cosmopolita de las patologías. Y si bien las que aportó no fueron causa de desastres demográficos, tampoco fueron peritas en dulce. El caso más destacado fue la sífilis. Esta enfermedad venérea al parecer tuvo su origen en la Meseta andina y de ahí se había extendido a todos los sitios de avanzada a los que los incas se habían extendido y aun a sitios todavía más lejanos, como las islas del Caribe. Es casi seguro que en esa zona fue donde los españoles la adquirieron. De hecho se dice que el primer europeo que la padeció y murió de ella (en 1493) fue Martín Alonso Pinzón, comandante de la carabela «La Pinta», una de las tres naves del histórico viaje efectuado por Colón.

Su difusión por el Viejo Mundo al parecer se inició en París en 1495, sugiriéndose que fue propagada por Francia y otros países como resultado de la intensa vida (sexual, desde luego) de los mercenarios del ejército de Carlos III de Francia. Con una extraordinaria velocidad, rápidamente adoptó un curso endémico-epidémico.
En aquel mismo año de 1495 se encontraba ya en Alemania y Suiza. Al año siguiente en Holanda y Grecia. En 1497 arriba a las Islas Británicas y dos años después a Hungría y Rusia. En 1503 se le registra en China y en 1569 en el archipiélago japonés. En apenas 70 años había sido cubierto todo el Viejo Continente.

En esa fantástica diseminación todos intervinieron, pobres y ricos, nobles y plebeyos, laicos y religiosos. Algunos personajes célebres que la padecieron fueron el emperador Carlos V, los reyes Francisco I y Carlos IX de Francia, Benvenuto Cellini Carlos de Lorraine, y muchos otros más, incluyendo príncipes y magnates de la Iglesia Católica. Por paradójico que pueda parecernos, en un inicio se consideró como signo de distinción padecer la enfermedad. Sin duda porque resaltaba credibilidad a las escaramuzas sexuales de los varones que la padecían. También en parte, debió deberse a que las manifestaciones de las etapas primaria y secundaria son relativamente benignas y a que aparentemente «sanaban espontáneamente». Sin embargo, la enfermedad en realidad entraba en una fase de latencia (de 2 a 20 años), después de la cual por lo menos 40 de cada 100 infectados desarrollarían las severas lesiones de la sífilis tardía, que lo mismo podían afectar el sistema cardiovascular que el nervioso. Así, cuando los europeos empezaron a visualizar lo que habían adquirido nadie quiso ya jactarse de portar tan exquisita enfermedad. 

Además, también resultó evidente que las mujeres que padecían sífilis la transmitían a sus hijos. Con esta enfermedad venérea no había nada de qué presumir y sí mucho de lo cual avergonzarse. De hecho, las naciones de Europa trataron de achacar la paternidad de la terrible sífilis al correspondiente país enemigo. Los franceses, por ejemplo le llamaron «mal español». Y, en pago a sus atenciones, los hispanos la denominaron «mal de las galias» o «mal francés». La verdad es que los europeos la adquirieron en América y ya en el viejo continente se propagó por el resto del mundo, lo cual indica que la libertad sexual y la promiscuidad no son fenómenos exclusivos de nuestra época. Durante más de 400 años este mal venéreo surgido en América hizo estragos en las poblaciones del mundo. Por sus alcances, además de la sífilis, sólo otro mal nacido en América y llevado a todo el mundo podría compararse con los que llegaron a ella. Se trata nada menos que del tabaquismo. Inocentemente fue introducido en Europa y de ahí llevado a todos los rincones del planeta. Pasado el tiempo, ya con un impresionante respaldo de intereses económicos, tal vez llegue (si no es que ya lo hizo) a cobrar tantas víctimas en el mundo como lo hicieran el sarampión y la viruela en América. Por último destaquemos que nadie, que sea medianamente inteligente y que esté libre de pasiones raciales, puede imputar a un pueblo, a una nación o a un continente, los estragos causados por enfermedades que han existido en forma natural en el mundo.

Las enfermedades de la humanidad nacieron con la especie misma y le han acompañado y flagelado desde la noche de los tiempos. Por milenios las poblaciones aisladas del mundo habían mantenido un delicado equilibrio con las enfermedades parasitarias locales, pero más tarde o más temprano había de ser roto. Así, el que los pueblos de la América precolombina sufrieran la mayor catástrofe demográfica de todas las épocas, era sólo cuestión de tiempo. Y esa espeluznante historia se fraguó no en el siglo XVI con la expansión europea en América, sino hace 40 mil años cuando una eventualidad biológica marcó el destino sanitario de los descendientes de aquellos grupos nómadas que cruzaron de Asia a tierras americanas.


Rosales-Jiménez, José.  La mayor catástrofe demográfica de la historia. Anales Médicos, México, Volumen 55, Número 4, octubre - diciembre, 2010.






miércoles, septiembre 18, 2019


Banco  central de Estados Unidos recorta tasas por segunda vez en serie

La tasa de referencia se redujo en un cuarto de punto porcentual a un rango de entre 1,75 y 2 %.


Jerome Powell, presidente de la Fed, ha estado bajo una presión publica para reducir las tasas por parte del presidente Donald Trump, quien esperaba un mayor recorte.  

                                                                                     Por: Bloomberg

Los formuladores de políticas de la Reserva Federal, el banco central de Estados Unidos, recortaron su tasa de interés principal por segunda vez este año, mientras estuvieron divididos sobre la necesidad de una mayor relajación, atrapados entre la incertidumbre sobre el comercio y el crecimiento global y una economía nacional que se mantiene en forma.

La tasa de referencia se redujo en un cuarto de punto porcentual a un rango de entre 1,75 y 2 por ciento, "a la luz de las implicaciones de los desarrollos globales para el panorama económico, así como las presiones inflacionarias apagadas", dijo el Comité Federal de Mercado Abierto (Fomc, por sus siglas en inglés) en su declaración de este miércoles en Washington.

Continuó caracterizando el mercado laboral de Estados Unidos como "fuerte", con ganancias laborales "sólidas". Los bonos del Tesoro mantuvieron las ganancias, el dólar se recuperó y las acciones estadounidenses extendieron sus pérdidas después del anuncio de la Fed.

La decisión no alteró las expectativas entre los operadores de futuros de otro recorte de 25 puntos básicos este año. El presidente Jerome Powell ha estado bajo una presión publica implacable para reducir las tasas por parte del presidente Donald Trump, quien regresé a Twitter minutos después de la decisión del miércoles para decir que los formuladores de política habían fallado nuevamente al no recortar más.

Los funcionarios de la Fed mantuvieron su promesa de "actuar según corresponda para sostener la expansión". "Aunque el gasto de los hogares ha aumentado a un ritmo fuerte, las inversiones y las exportaciones fijas de negocios se han debilitado", dijo el Fomc.

Cinco funcionarios querían mantener las tasas sin cambios, mientras que cinco vieron un cuarto de punto como apropiado para este año y siete querían medio punto.

La Junta de la Fed también dio un paso por separado para calmar las tensiones de esta semana en los mercados monetarios y evitar daños a la economía, bajando la tasa de interés sobre el exceso de reservas a 1,8 por ciento.

El miércoles temprano, la Fed inyecto 75.000 millones de dólares de liquidez para aliviar la crisis, y las tasas clave retrocedieron de los niveles elevados.

Riesgo global

Powell está tratando de mantener la expansión a pesar de la desaceleración del crecimiento global, el cual se ha enfriado por la incertidumbre sobre la política comercial de Estados Unidos, lo que aviva los temores de recesión.

La fabricación se ha visto muy afectada, especialmente en Alemania, lo que llevó al Banco Central Europeo a flexibilizar su política la semana pasada. El comité de Powell se divide entre aquellos que no creen que se necesiten recortes porque el gasto interno es sólido y aquellos preocupados por la debilidad global y la inflación, la cual persiste por debajo de su objetivo de 2 por ciento.

"Esta declaración parece cuidadosamente elaborada para guardar silencio sobre esa pregunta", asegura David Wilcox, execonomista senior de la Fed y ahora en el Instituto Peterson de Economía Internacional en Washington.

"No hay ninguna pista aquí sobre si este es el final de la carrera". Los recortes de tasas consecutivos de la Reserva Federal revierten el endurecimiento del año pasado y siguen una ola de flexibilización este año por parte de otros bancos centrales.

Además del BCE, algunos analistas esperan que el Banco de Japón actúe en su reunión del jueves. Los banqueros centrales de Estados Unidos., que agregaron la referencia a las exportaciones, temen que la incertidumbre sobre el comercio perjudique la inversión y pueda retrasar la contratación.

El crecimiento del empleo en el sector privado se ha ralentizado desde el año pasado. Al mismo tiempo, el consumo, que representa la mayor parte de la economía, parece fuerte, con un aumento de las ventas minoristas de 0,4 por ciento en agosto e indicadores de confianza relativamente sólidos.

Las condiciones financieras se han mantenido relajadas desde la reunión de julio, aunque el dólar ha reanudado las ganancias contra las principales monedas.

https://www.eltiempo.com/economia/sector-financiero/tasas-de-interes-de-la-fed-bajan-0-25-puntos-413854







Adolescentes  se preparan para una gran protesta por el clima

Este viernes miles de niños y jóvenes alrededor del mundo se tomarán las calles para pedir acciones reales frente a la emergencia climática que vive el planeta. Bajo el liderazgo de Greta Thunberg, en Nueva York, muchos harán sentir su voz.


Greta lleva ya varias semanas en Estados Unidos, y cada viernes sale a manifestarse junto a cientos de jóvenes. Foto: AFP

Durante años, Nora Gell escuchó hablar de proteger el medio ambiente y de reciclaje en la escuela, sin que le importase demasiado.

"Cuando regresaba a casa, ya no tenía importancia. Era un pequeño problema que entonces podíamos permitirnos ignorar", dice esta joven neoyorquina de 14 años.

Pero la era de la indiferencia ha llegado a su fin. Nora, de 1,50 metros de altura, siente "una obligación de hacer algo", y el viernes participará en Nueva York en su primera protesta por el clima, junto a decenas de miles de personas, incluida la activista ambiental sueca Greta Thunberg, de 16 años.

Esta es la primera gran causa que defiende la adolescente que acaba de entrar a tercer año de escuela secundaria en Brooklyn, flamante miembro del movimiento Sunrise, que reúne a jóvenes estadounidenses comprometidos con el clima.

De bermuda negra y con una vieja camiseta, el domingo participó en Brooklyn en un multitudinario taller para confeccionar las pancartas que simbolizarán el alza de los océanos durante la marcha del viernes, y la voluntad de los jóvenes de "hacer olas".

Nora no cree que las manifestaciones del viernes -que son mundiales y preceden a la cumbre del clima de la ONU el lunes 23- bastarán para convencer de golpe a los líderes políticos para que adopten medidas radicales contra el calentamiento climático.

Pero cree que a fuerza de manifestaciones, habrá una toma de conciencia "progresiva".

Elijah Gutierrez, otro neoyorquino de 17 años que manifestará el viernes, concuerda.

Un "tema enorme" para 2020

El movimiento solo puede crecer, predice este estudiante del Bronx, que también se ha manchado con pintura azul mientras fabrica las olas para la manifestación.

"Las protestas previstas para el Día de la Tierra (en abril de 2020) se anuncian enormes. Crecerán más y más hasta que los líderes ya no podrán seguir sin cambiar" su manera de gobernar, predice.

Fue en parte observando el movimiento lanzado por Greta Thunberg en Europa que el joven, que ya se interesaba por la ecología, decidió comprometerse estos últimos meses con la batalla por el clima.

Para la marcha del viernes, que se anuncia como la mayor manifestación por el clima en la historia de Nueva York, los alumnos ya recibieron permiso de la alcaldía para faltar a clase.

Elijah es el organizador de la marcha de su escuela secundaria. Por ahora solo logró convencer a 10 compañeros de participar, pero espera que otros 20 se sumen para el viernes.

"Es el Bronx, hay muchos alumnos que pertenecen a minorías", explica.
Aunque estas minorías están muchas veces en la primera línea de las consecuencias del cambio climático, "tienen otras inquietudes más allá del medio ambiente, se preocupan también de su situación en casa", dice.

Elijah sigue de cerca la campaña para las elecciones presidenciales en Estados Unidos en noviembre de 2020, donde votará por primera vez. Y está feliz de ver que el clima se ha convertido "en un tema enorme" para los candidatos demócratas.

Todavía no sabe a quién votará, pero ya sabe que las posiciones sobre el medio ambiente afectarán su voto. Y sabe también que "muy probablemente" no votará por Donald Trump, cuyo gobierno "va en la dirección opuesta a la que queremos ir.

sostenibilidad.semana.com/medio-ambiente/articulo/adolescentes-se-preparan-para-una-gran-protesta-por-el-clima/46755