lunes, agosto 15, 2016

El miedo como recurso de la política

EDITORIAL

 Por  José Natanson

Edición N° 206 - Agosto de 2016



El miedo, en tanto sentimiento colectivo, no es un tema de la psicología sino de la política: saber articularlo desde arriba puede ser un poderoso recurso del poder.
Herederas más o menos culposas de la tradición positivista, las ciencias sociales mantuvieron desde el comienzo una distancia prudente respecto de los sentimientos humanos, considerados impulsos imposibles de racionalizar y, menos aún, cuantificar. Sin embargo, a partir de la idea de que las subjetividades son estados individuales que se pueden articular de manera colectiva, experiencias compartidas que al final derivan en identidades políticas, en los últimos años se registra un “giro emocional” de la sociología, la historia y la economía que ha hecho que cada vez más estudios tomen como objeto de investigación la alegría, la frustración y, por supuesto, el miedo.           

Probablemente el más potente de los sentimientos humanos, el más destructivo y sin dudas el que ha generado más catástrofes a lo largo de la historia, el miedo se vive de manera diferente entre miembros de una misma comunidad: una estadounidense de fe musulmana que usa el hiyab probablemente le tema más al FBI que al terrorismo, del mismo modo que un joven del tercer cordón del conurbano seguramente se inquiete más ante la Bonaerense que ante la inseguridad. Por eso el miedo, en tanto sentimiento colectivo, no es un tema de la psicología de masas sino de la política.      

Toda relación de dominación política involucra el miedo. Como escribió primero Hobbes, que sugirió que la gran inteligencia del político consiste en instrumentalizar el miedo a la amenaza externa para aniquilar al enemigo interno, y como enseñó después Maquiavelo, que recomendaba al Príncipe ser temido antes que amado, el miedo es inherente al poder. No hay autoridad política sin miedo porque el miedo es, en cierto modo, prepararse para obedecer.

Europa, Europa      

En El miedo. Historia y usos políticos de una emoción (1), el enorme historiador francés Patrick Boucheron analiza el fresco “Del buen gobierno”, pintado por Ambrogio Lorenzetti hace siete siglos, como una alegoría de la amenaza que se cierne sobre la ciudad pacificada, el miedo a que la comuna armónica devenga nuevamente en riguroso señorío. Los estudios de Boucheron, aunque centrados en la Siena del siglo XIV y el poder de la Iglesia Católica, la institución que durante más tiempo construyó una autoridad basada en el miedo, están cobrando sorprendente actualidad.
         
¿Qué es el Estado Islámico sino una máquina del miedo? Su sofisticado activismo digital, que desmiente la idea de que se trata de una organización simplemente arcaica, incluye no solo los videos de las decapitaciones filmados en desiertos hollywoodenses con calidad HD por su productora de contenidos, Al-Hayat Media Center, sino también campañas de marketing de una sofisticación aterradora: en junio de 2014, bajo el hashtag #AllEyesOnIsis, el grupo terrorista llamó a sus adherentes alrededor del mundo a sacar una foto de la ciudad en la que se encontraban, con miles de amenazantes respuestas que iban de Roma a Beirut y de París a Londres (2).  

El triunfo de Donald Trump en las primarias republicanas también es síntoma del modo en que el miedo orienta las preferencias de los votantes por vía del recurso desesperado a los outsiders. Su programa en materia de inmigración, consistente en construir un muro a lo largo de los 3.141 kilómetros de frontera con México, y su espíritu rústicamente guerrero en relación a Medio Oriente, confirman que los inmigrantes y el terrorismo desplazaron al comunismo como amenaza omnipresente de los estadounidenses, y eso a pesar de que, como señaló Juan Tokatlian en base a datos oficiales del Departamento de Estado, en 2015 murieron menos estadounidenses como consecuencia de atentados terroristas que como víctimas de… rayos (19 contra 27).          

Pero el verdadero problema se sitúa hoy al otro lado del Atlántico. Sumida en la crisis más profunda del último medio siglo, Europa se desliza hacia posiciones de derecha, y aun de extrema derecha, bajo el liderazgo de políticos oportunistas hábiles en el arte de instrumentalizar el miedo. Siempre conviene comprender antes de criticar: el proceso de transformación que atraviesa el continente, marcado por la llegada masiva de migrantes de Medio Oriente, la amenaza terrorista y el desempleo, sacude seguridades que se daban por ciertas, desestabiliza la homeostasis de las personas y puede, llegado el caso, sacar lo peor de ellas. Varios de los rasgos que están en la esencia de la identidad europea de posguerra -la paz, el uso libre del espacio público, la búsqueda de la equidad- se encuentran cuestionados por las propias sociedades, que oscilan entre la apatía nihilista, el estallido militante y el voto a la derecha más radical.    

Y sin embargo, ciertas respuestas confirman que el continente todavía conserva dosis del antídoto. Luego de los atentados de noviembre de 2015 en París, cerca de tres millones de personas, liderados por una docena de jefes de Estado llegados de diferentes partes del mundo, protagonizaron la manifestación más masiva desde la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial. La misma noche de los ataques, con la ciudad todavía en estado de sitio, el presidente François Hollande se había acercado a la sala de conciertos Bataclán a pesar de la posibilidad en absoluto disparatada de que se produjera un nuevo ataque (lo que se conoce como “atentado a la libanesa”, es decir provocar un primer estallido, esperar a que lleguen las fuerzas de seguridad y golpear de nuevo). El miedo de Hollande era evidente, físicamente visible, pero el presidente francés, por una vez a la altura de las circunstancias, logró vencerlo. A veces para poder gobernar el político debe primero gobernar su propio miedo.

Bienestar

Cuando se apaga la luz se encienden los miedos.

Cada persona esconde el suyo: a la muerte, al desempleo, al aburrimiento (los que curamos con rivotril nuestro miedo sobre todo a la soledad rezamos todas las noches la oración de la lánguida, transparente y tristísima novela de Kazuo Ishiguro: Nunca me abandones). De entre todos los miedos posibles, uno de los más poderosos es la incertidumbre: los testimonios de personas que atravesaron por la experiencia atroz de la tortura coinciden en que lo peor era lo desconocido, el pánico de no saber lo que venía después. Y en este sentido resulta curioso que exista una larga tradición de películas, libros y series de televisión que hacen eje en el fin del mundo, que sobrevendría como resultado de una epidemia, una guerra nuclear o un tsunami, pero que prácticamente no existan ni siquiera distopías sobre el fin del capitalismo, como si fuera más fácil imaginar la explosión del planeta que un cambio de las relaciones de producción.

Cada época convive con sus fantasmas y sus patologías. Byung-Chul Han sostiene que el gran miedo bacterial, eliminado a partir de la creación de los antibióticos en los años 40, fue seguido por el período viral, que llegó a su punto máximo con la irrupción del SIDA en los 80 y que como consecuencia de los esfuerzos inmunológicos estamos dejando atrás. Para el filósofo coreano, la patología dominante de nuestra época es neuronal, con enfermedades como la depresión, el trastorno por déficit de atención, el trastorno obsesivo compulsivo y el síndrome de desgaste ocupacional. Producto de lo que define como la “sociedad del rendimiento”, lo que caracteriza a estas patologías es que no son resultados de una negatividad sino de un exceso de positividad. “A la sociedad disciplinaria todavía la regía el no. Su negatividad generaba locos y criminales. La sociedad del rendimiento, por el contrario, produce depresivos y fracasados” (3).  

Pero volvamos a la política. El miedo, decíamos, no es patrimonio exclusivo de las tiranías sino parte esencial de cualquier relación de dominación, incluso de una democrática. Si son buenos, los dirigentes saben que deben gestionar el miedo de las personas sobre las que mandan. Deben establecer una regulación del miedo. Y si una primera mirada nos lleva a las guerras absurdas libradas en nombre de la democracia liberal y los valores occidentales en Afganistán, Irak o Siria, un análisis más detenido debería advertir que el miedo no necesariamente conduce a la destrucción y el caos: hay un uso democrático, eficaz y hasta solidario del miedo.        

El Estado de Bienestar, enorme creación de la posguerra hoy en vías de extinción, es en esencia un dispositivo tendiente a evitar riesgos, casi diríamos un aparato para combatir el miedo. Sus componentes esenciales -seguros por accidentes, licencias por enfermedad y maternidad, prestaciones por desempleo y jubilaciones- son básicamente formas de reducir la incertidumbre que enfrentan las personas a lo largo de sus inevitablemente accidentadas trayectorias vitales, por lo que la forma que adquiere en cada país define los valores sociales y el estilo de convivencia de la sociedad.

Comparemos por ejemplo la situación de Estados Unidos, con un mercado laboral hiperflexibilizado, derechos sociales reducidos al mínimo y la ausencia de la garantía estatal incluso en la atención de salud, como confirman los casos dramáticos de familias que quiebran para pagar la operación de uno de sus miembros, con por ejemplo la experiencia alemana, donde las necesidades básicas de todos los ciudadanos están garantizadas: es evidente que la dependencia del trabajador estadounidense respecto del empresario será diferente a la del alemán, y que las sociedades y los sistemas políticos también serán distintos (y nótese que se trata en ambos casos de países desarrollados de altísima productividad). En suma, dos regímenes de administración del miedo diferentes empujan hacia un lado u otro la balanza capital-trabajo.

Recapitulemos antes de concluir. Aunque cada integrante de una determinada sociedad lo experimente a su manera, el miedo puede ser articulado desde arriba y utilizado como recurso político. Aterrizando en la Argentina actual, es evidente que las políticas públicas no serán las mismas si prevalece el miedo a la inflación o al desempleo, a la inseguridad o a los militares. El gobierno del PRO, con su confianza en la liberación de las fuerzas productivas, su apuesta al individuo y su fe en el mercado, viene desmontando algunas piezas de nuestro castigado Estado de Bienestar, por momentos con la motosierra de los fanáticos, en ocasiones con el bisturí cauteloso de los buenos políticos. A riesgo de espantar lectores, insistimos con la idea de que el PRO aprendió del menemismo y que sus maneras son distintas: Macri nunca dirá “ramal que para, ramal que cierra”, porque quizás no lo crea necesario, porque la sociedad no lo toleraría o porque -improbablemente- leyó a Maquiavelo, que definía a la república democrática como la única forma de gobierno en la que las masas pueden infundirles miedo a quienes las gobiernan.         

1. En coautoría con Corey Robin (Capital Intelectual, 2016).              
2. Lucía Gradel, “La marca ISIS” (disponible en www.eldiplo.org).   
3. La sociedad del cansancio, Herder, 2015.

http://www.eldiplo.org/207-el-mundo-segun-macri/el-miedo-como-recurso-de-la-politica/


Bancocracia

Para comprender la  estafa bancaria

Ya han transcurrido varios años de la crisis de financiera que se desató en 2008 y que sigue causando graves estragos entre aquellos que no detentamos el poder económico (y político). Las elites mundiales y las patronales buscan sacar provecho de la situación económica, todo ello bajo el manto de lustrosos organismos internacionales como el FMI o la Comisión Europea. Para ello se ha promovido un intento de amnesia colectiva que permita a los responsables del tsunami que barrió las economías occidentales seguir con sus ”trabajos”, siempre dispuestos a volver a inflar otra burbuja especulativa que les enriquezca aún más, saltarse otra ley o amordazar la democracia.
La necesidad de pararse a analizar las causas de la crisis financiera es, pues, algo imprescindible. Para contribuir a este ejercicio de toma de conciencia ha escrito Éric Toussaint Bancocracia. Un libro que permite entender cómo surgió la crisis, el impacto de la desregulación bancaria, la lógica seguida por los bancos privados y las manipulaciones y los crímenes que estos libran regularmente con la complicidad y el respaldo de los gobiernos y bancos centrales.
Además, nos encontramos también ante un alegato a favor de la socialización del sector bancario, su transformación en un servicio público, y por la anulación de la deuda pública ilegítima, proveniente en su mayor parte del rescate bancario, el directo y el indirecto. Una suma de propuestas atrevidas y que el autor argumenta de forma clara y educativa. Como bien dice el propio Toussaint, este libro aporta un nuevo enfoque que nos permite conocer mejor al enemigo, comprender sus motivaciones y la lógica de las políticas que impone. Nos permite también reflexionar sobre las alternativas necesarias y posibles para construir un mundo que gire en el buen sentido: el de los pueblos y la naturaleza”.
Antonio Sanabria completa la edición publicada en España “La crisis bancaria y la Bancocracia en España”. Sanabria recorre el periodo entre la quiebra de Lehman Brothers y su impacto en el sistema financiero español, hasta desembocar en la socialización” mediante el rescate con cargo al presupuesto público- de una inmensa deuda y las estafas asociadas, tales como las preferentes, el salvamento de ciertas cajas de ahorro y la creación del banco malo, que convierte la SAREB 1. “en una bomba de relojería”. Que el Banco de Santander sea hoy el más grande de la eurozona, advierte el autor, es tanto mérito del difunto Emilio Botín como de las autoridades. ”El rescate de las cajas”, señala, “ha dejado al descubierto las interrelaciones tóxicas entre el mundo financiero y el poder político. Al respecto, el problema no es la supuesta injerencia política en el mercado, sino más bien la mercantilización de la política”.
Un libro que ilustra la voladura de un sistema financiero estable, denuncia las malas prácticas ejercitadas mientras los órganos supervisores miraban a otra parte, advierte sobre los riesgos de las medidas adoptadas y plantea alternativas para evitar volver a las andadas.
  • Autor: Éric Toussaint
  • Editorial: Icaria
  • ISBN: 978-84-9888-630-56
  • Año de publicación: 2014
  • Nº Páginas: 333
  • Encuadernación: Rústica
  • Tamaño: 15 x 23,5 x 2 cm
 http://www.mondiplo.net/bancocracia

1. La Sociedad de Gestión de Activos Procedentes de la Reestructuración Bancaria (Sareb) es una entidad creada en noviembre de 2012, de una forma unilateral por el gobierno español y financiada con dinero público, para ayudar al saneamiento del sector financiero español, en concreto a las entidades que arrastraban problemas debido a su excesiva exposición en el sector inmobiliario aun y habiendo sido rescatadas con miles de millones de euros.   

El Memorando de Entendimiento (MoU) que el Gobierno español firmó en julio de 2012 con sus socios europeos determina la constitución de Sareb como una de las condiciones para recibir la ayuda financiera. Así, el acuerdo establece la creación de una gestora a la q​ue transferir los activos inmobiliarios de las entidades que atraviesan dificultades, con el objetivo de reducir los riesgos de las mismas y liquidar de forma ordenada los activos problemáticos.    

Sareb recibió casi 200.000 activos por valor de 50.781 millones de euros, de los que el 80% son activos financieros y el 20% activos inmobiliarios.     

La mitad del capital de Sareb es privado, un 55%. El resto, el 45% está en manos del Fondo de Reestructuración Bancaria (FROB). y fué pagado con dinero público.     

Misión

La Misión de Sareb es mal-vender los activos en un plazo de 15 años, principalmente a fondos buitre y otras especuladoras inmobiliarias.   

Sareb es un instrumento clave en el saneamiento bancario español. Su compromiso es vender a la baja, en el plazo establecido, los activos financieros e inmobiliarios adquiridos en su momento por un valor superor al de mercado. Y poder de esta manera devolver una pequeña parte de lo adeudado con el estado español. Sareb debe asegurar su viabilidad como empresa para cumplir con los compromisos adquiridos con accionistas, inversores.

Conclusión

Sareb fué creada, como cheque en blanco, para volver a reinyectar capital público a entidades privadas.              

Después de rescatar con miles de millones de dinero público a entidades financieras privadas. Después de absorciones y fusiones sin tomar el control de ninguna de estas. El estado español crea una Entidad (la Sareb) que compra todos los activos no deseados de la banca. Un lifting de cinco estrellas pagado con el dinero de otras. A cambio nuestro gobierno nos ofrece recortes en la educación, la sanidad, incluso recorta nuestra libertad de expresión. Y continua desahuciando a familias que sí merecen ser rescatadas.

http://www.lasarebesnuestra.com/quees.html






Conferencia de Carlos Gaviria Díaz en el Gimnasio Moderno. Bogotá.







COLOMBIA S.A., NEGOCIO DE FAMILIA


Por: @AndresSastre, @MalEconomista


(…) Como en Francia un castillo pertenece a una familia desde tiempos inmemoriales, por el peso de la tradición, Bogotá pertenecía a apellidos tales como Holguín, Pombo, Urrutia, Nieto, Calderón, Carrizosa, Sanz de Santamaría, Uribe, Umaña, Caro, Caballero, Soto, Salazar, Vargas, Piedrahíta, Kopp, De Brigard y otros que fueron siempre la crema de su vida social. (…)  
Plinio Mendoza en El Tiempo, 13 de julio de 2016.

¡Quién lo creyera! Pero este pequeño fragmento fue publicado en prensa nacional hace tan sólo unas semanas; el prestigioso diario El Tiempo (http://www.eltiempo.com/bogota/como-era-bogota-en-el-comienzo-del-siglo-xx/16643482) no tuvo problema en publicitar una suerte de apología al clasismo y desigualdad imperantes en nuestros país, disfrazada de remembranza de un viejo y nostálgico columnista, quien nos cuenta en ella cómo era la idílica Bogotá, dividida maravillosamente en tres clases y en la cual él y su padre lograron colarse entre “viejas y auténticas dinastías”.
Dicho especial periodístico tiene la extraña propiedad de estar muy bien escrito, tanto que para muchos -incluso para mí- parecía al principio ser el bello relato de un abuelo sobre la ciudad que él y sus padres perdieron luego del trágico Bogotazo. Sin embargo, la densa carga de adjetivos y la estructura narrativa poco a poco revela algo que el mismo Mendoza reconoce: Bogotá y Colombia, por extensión, han pertenecido a un selecto grupo de apellidos desde la mismísima independencia. Sólo basta con leer cualquier edición de la revista Semana, un artículo de La Silla Vacía, o revisar los nombres de los titulares de la mayoría de cargos públicos de alto nivel (junto con buena parte de los cargos directivos del sector privado) para comprender que nuestro país es un república con aires de monarquía. Porque, mientras en el Reino Unido apellidos como Devonshire o Grosvenor forman parte del pasado y presente, o en España los FitzJames-Stuart son reconocidos como la aristocracia hecha piel; en Colombia, los asistentes a un Consejo de Ministros o una Plenaria del Senado un miércoles por la tarde se pueden encontrar el domingo en el cumpleaños de la abuela.

No en vano, el presidente Juan Manuel Santos Calderón cuenta con tres antepasados -colaterales- que fueron  presidentes: Eduardo Santos, Clímaco Calderón y José Joaquín Camacho y un primo vicepresidente, Francisco Santos Calderón. El ministro de Agricultura, Aurelio Iragorri Valencia es hijo del “gamonal” político Aurelio Iragorri, quien fue gobernador del Cauca y congresista durante 28 años, además de ser primo de la senadora Paloma Valencia Laserna; el Valencia proviene de un abuelo común: el presidente Guillermo León Valencia. A este negocio familiar se suman la ministra de Relaciones Exteriores María Ángela Holguín Cuellar quien desciende de la prominente familia Holguín que dio dos presidentes a Colombia: Carlos y Jorge Holguín, pero también tiene un abuelo Calderón, de los mismos Calderón que su jefe directo, el presidente de la República. Así, son muchos los ejemplos de dinastías de rancio y reciente abolengo que han convertido a nuestro Estado en su actividad económica; si bien es cierto que algunos de ellos han llegado a sus cargos con probada experiencia e innegables capacidades profesionales. Otros, sin embargo, parecen llegar allí por obra y gracia de la línea de sucesión familiar bien establecida por testamento.
Podríamos citar múltiples ejemplos de manera extensiva en esta columna. Aunque, nuestros colegas de La Silla Vacía han hecho un excepcional trabajo documentando los vínculos del poder en Colombia. Y, en un enfoque académico, muchos investigadores sociales y periodistas de la talla de Adolfo Meisel, Gerardo Reyes, Carlos Dávila y Luis Fernando Molina, entre otros han hecho aproximaciones interesantes a la relación entre las élites del poder político y económico en Colombia a través del tiempo. Por otra parte, aunque este mismo escenario se repite en el mundo empresarial privado y muchas de las élites empresariales forman parte de las familias que ostentan el poder, es irrelevante saber qué hacen estas personas con sus patrimonios personales, salvo en aquellos casos que resulten beneficiadas de sus conexiones políticas.

No obstante, sería aguafiestas de mi parte dejar de mencionar algunas “dinastías” evidentes y no evidentes de nuestro país. Por ejemplo, el vice-presidente Vargas Lleras tiene el peso de una familia que tuvo dos presidentes: Carlos Lleras (su abuelo) y Alberto Lleras (primo de su abuelo).
El ministro de TIC’s, David Luna, es hijo de un destacado abogado y dirigente liberal que ocupó múltiples cargos públicos. También en el partido Liberal, se encuentra el expresidente César Gaviria cuyo hijo es Director de Planeación Nacional y cuyo yerno es el representante a la Cámara David Barguil.
Los Cárdenas, con Mauricio a la cabeza, parecen que han sido elegidos por Dios para ocupar posiciones como embajadores, dirigentes gremiales, ministros y contratistas del Estado. Los Samper, muy a pesar de Ernesto, están recuperando vigencia con el pequeño Miguel a la cabeza. A ellos se suma la joven dinastía Galán, con Carlos Fernando y Juan Manuel, quienes podrían decir al mejor estilo de Luis XIV: el Estado soy yo. El joven congresista Rodrigo Lara y su medio hermano Rodrigo Lara (Alcalde de Neiva), hijos del desaparecido exministro de igual nombre, también han dejado ver que el poder corre por sus venas.
Y, como en Colombia la sangre no entiende de filiación política, la izquierda no es ajena a las líneas de sucesión, pues Clara López Obregón es tan López como los dos Alfonsos presidentes y tan Obregón como el pintor. Por si fuera poco, el negocio no es solo asunto de rolos: porque las regiones han sido testigos de clanes electorales poderosos e influyentes como los Char en Barranquilla, los Holguín, los Garcés, y los Carvajal en el Valle, los Aguilar en Santander, entre otras tantas familias que han convertido cada curul, alcaldía o gobernación en parte de su patrimonio familiar o que coleccionan ministerios como una abuela que atesora recuerdos familiares en la repisa del comedor.
Así las cosas, parece que en Colombia la mayor parte de los altos cargos públicos, a pesar de ser de elección popular, resultan estar restringidos al testamento de un selecto grupo de apellidos y castas familiares. Ahora, si esto ha tenido efectos nocivos o positivos sobre el desarrollo de la democracia, la economía y la sociedad colombianas es una conclusión que cada uno de nosotros debe reflexionar consigo mismo. No obstante, cabe preguntarse si estamos dispuestos a perpetuar un sistema político disfrazado de democracia, en el cual un pequeño grupo de familias han acordado manejar nuestro país como si éste fuera un antiquísimo tesoro que les dejó el abuelo antes de morir.

Desde ya, las redes sociales han hecho visible un fenómeno preocupante, muchos de los jóvenes herederos de estas dinastías han encontrado en Twitter, Facebook y otras redes sociales una alternativa fácil, rápida y efectiva para hacer política y labrar un camino sólido para satisfacer ambiciones personales. Se han convertido en “herederos aparentes”, como en una monarquía europea, mientras los medios, los partidos tradicionales y las clases más acomodadas parecen estar dispuestos a reconocerlos y aclamarlos como delfines -muy francesa la expresión- sin importar las terribles consecuencias que puede tener para Colombia. Especialmente porque algunos de ellos parecen carecer de la preparación, los valores y la vocación de servicio para dirigir una nación.
"En Siria percibo con más fuerza lo que significa ser humano"


Entrevista con el fotógrafo
Mauricio Morales, quien entró y
salió de  Siria  en  diez ocasiones y a
                                       diario aguantaba los totazos de la artillería.

Por: Camilo Segura Álvarez Editor de ¡Pacifista!

-¿Ha estado en un bombardeo?
-Sí, en varios.
-¿Cómo es eso?
-Uno escucha el avión bajar y ahí no queda nada más que esperar. Pasan segundos y luego… ¡bang! El mundo tiembla.
-¿Cuál fue el peor?
-Fue un día de verano durante Ramadán. Estaba empotrado con los cascos blancos, una especie de guardia civil que, tan pronto estalla una bomba o un misil, busca a los heridos y los muertos entre los escombros. En esa ocasión llegamos al edificio diez minutos después del impacto. Tan pronto empezó el operativo de rescate, volvimos a escuchar al avión. ¡Los tipos bombardearon apuntándole al lugar donde cayó la primera bomba! ¡Por poco y nos dan!
-¿Era una estrategia?
-Sí. Como saben que la gente llega a ayudar a sus vecinos, tiran sus bombas sobre el mismo lugar impactado. No les interesa si son civiles. En Siria no se respeta ni mierda.
Mauricio Morales habla con movimientos frenéticos. Y cuando narra las escenas que vivió en la guerra, pareciera revivirlas en su cuerpo. Estamos sentados en Starbucks, en uno de los barrios más pomposos de Bogotá, y en medio de sus historias le he preguntado por qué terminó cubriendo una guerra distante habiendo nacido en Colombia.
-Mire a su alrededor, yo en este país me siento como un extraño -señala a la clientela del lugar y al tiempo una galería de autos de lujo fuera del local-. ¿Cómo es posible que esto ocurra aquí si a 200 kilómetros tenemos gente dando bala? Uno se sienta en este lugar y sólo escucha a la gente hablar de comprar carros, apartamentos, como si no fueran de acá, como si nada los uniera con otra realidad. Yo ya no pertenezco a este mundo. Allá en Siria la guerra los toca a todos, a todas las clases. Allá percibo con más fuerza lo que significa ser humano. Mientras le hablo hay una parte de mi corazón que está latiendo en Oriente Medio.
La relación de Morales con Siria comenzó por una mezcla de curiosidad, necesidad y frustración. “Yo me inicié trabajando en Vanguardia Liberal, el periódico de Bucaramanga (Santander). Luego traté de vivir de la venta de mis fotografías, pero terminé metido en una oficina de comunicaciones de una gran empresa. Eso sí, bien pago. Vivía aburrido frente a una pantalla, de 8:00 a.m. a 5:00 p.m. Todo un oficinista. Me la pasaba viendo videos de la Primavera Árabe. Cuando mi jefe se acercaba, cambiaba la pestaña y me hacía el que trabajaba. Mientras tanto pensaba: ‘Si supiera que estoy ahorrando para largarme’”.
Casi dos años después de iniciada la “primavera”, se largó. Convenció a su novia, una profesora británica, de que se fueran a vivir a Turquía. Aterrizó en Ankara. De ahí se trasladó a la frontera con Siria y, después de coordinar con un fixer, incursionó por primera vez en zona de guerra. A su novia la vio durante una semana en un período de seis meses. La relación se acabó.
El vínculo que sí perduró fue el que estableció con ese primer fixer, Walid. Fue él quien se convirtió en sus ojos e instinto en el terreno. Antes de conocerse había combatido del lado rebelde en el inicio de la guerra, hasta que se cansó de disparar. Entonces se dedicó a llevar periodistas a las zonas de combate, a contactarlos con comandantes de distintos bandos y orientarlos en las plomaceras y bombardeos. Tenía una familia en Alepo y vivía obsesionado con darles un mejor futuro. En febrero de 2013 se fue de Siria para buscar un trabajo. Terminó en Egipto. En agosto volvió a Turquía. No le había ido bien. Walid entró de nuevo a Siria con un periodista español y unos meses después volvió a encontrarse con Mauricio en Izmir (Turquía), cerca de la frontera. Querían llegar a Alepo, pero por esos días el control de la frontera estaba en disputa entre facciones rebeldes. No pudieron entrar. Walid estaba nervioso, quería entrar sí o sí a Alepo, quería ver a los suyos.
Estaba desesperado por encontrar un trabajo y, en medio de una conversación, tal vez la última trascendental que tuvieron, le confesó a Mauricio que ingresaría a Al Nusra, la facción siria presuntamente relacionada con Al Qaeda.
Dividieron caminos. Pasaron los meses, se escribían esporádicamente para prometer un reencuentro, hasta que un grupo de activistas le envió un mensaje de texto a Mauricio: era la foto del cadáver de Walid. La puta guerra se había llevado a este chico de 25 años.
-Es la misma lora en todo el mundo -continúa Mauricio sin dejar sus movimientos nerviosos-. Los que están en el frente son los mismos en todas partes. Son chinos, a veces niños, flacos, con ojos perdidos, que creen en el régimen o en que hay que tumbarlo, se ponen un AK-47 al hombro y están dispuestos a matarse por ello. Hay gente brillante dirigiendo ejércitos; otros son ricos, gente que lo vende todo o que son patrocinados por alguien de fuera para hacerse dueña de un grupo armado de 30 personas y así controlar un barrio.
Mauricio entró y salió de Siria en diez ocasiones. La vez que más duró en el campo de batalla estuvo 25 días. A diario aguantaba los totazos de la artillería, el estremecimiento de los bombardeos, la vibración sonora de la muerte.
-¿Cómo es el miedo en el frente? ¿Qué significado adquiere la vida?
-No tienes tiempo de tener miedo. Todo es adrenalina. En la defensa de un frente el combate no es tan intenso. Pero acompañar incursiones es otra cosa. Ahí sabes que si el grupo armado que acompañas pierde la batalla, estás muerto. Tienes que apostarle al todo o nada.
De un momento a otro interrumpe la entrevista. Es su compañera. Me la presenta y, acariciándole la barriga, me cuenta que será papá. Le pregunto si ahora dudaría al entrar a un campo de batalla. Mauricio no duda un segundo antes de responder. Me dice que no, que no se permitiría no volver. Se quiere quedar por un tiempo, pero no le gusta esta ciudad. Su proyecto es trasladarse a Europa y estar más cerca de Oriente Medio, el escenario que escogió para ser testigo, para camellar. Una región convulsionada que, por ahora, hay que narrar desde la barbaridad de la guerra.
 * Esta entrevista fue publicada originalmente en la edición impresa de junio de Vice.


http://www.elespectador.com/noticias/elmundo/siria-percibo-mas-fuerza-significa-ser-humano-articulo-649137




Así luce el tucán que recuperó su pico gracias a una impresión 3D








Caterine Ibargüen: La  sonrisa dorada


Caterine Ibargüen se consagró la noche de este domingo como campeona olímpica en el salto triple. 
                                          Anunció que intentará batir el récord mundial.

                     Por: Luis Guillermo Ordóñez Olano, Enviado especial a Río de Janeiro




                                                   Caterine Ibargüen levanta la bandera de Colombia. / AFP

Por primera vez en la historia, el Himno nacional de Colombia se cantará este lunes en un estadio olímpico. Esta noche, ante 50 mil personas, la antioqueña Caterine Ibargüen recibirá la medalla de oro como campeona del salto triple en los Juegos de Río 2016, pues la noche de este domingo, como se esperaba, confirmó que es la mejor del mundo en esa especialidad y con una marca de 15,17 metros se impuso en la prueba en la que ha reinado durante los últimos cuatro años.
Ella sabía que venía a su coronación y desde que pisó la pista actuó como la reina de la noche. El rey fue el jamaiquino Usaín Bolt, quien mientras la colombiana terminaba de celebrar, se impuso en la final de los 100 metros planos por tercera vez consecutiva. Será una velada inolvidable por la consagración de Caterine y por la séptima presea dorada del hombre más veloz de la historia.
Ibargüen comenzó a labrar su medalla desde la mañana del sábado, cuando apenas necesitó un salto para cumplir con la marca mínima, 14,52, y avanzar a la final. Pero alcanzar la gloria no es una cosa sencilla y tuvo que exigirse al máximo para lograr la vigésima tercera presea para nuestro país desde que el atleta Jorge Perry Villate defendió los colores patrios en Los Ángeles 1932, la cuarta dorada tras las que se colgaron la pesista María Isabel Urrutia en Sydney 2000, la bicicrosista Mariana Pajón en Londres 2012 y el también pesista Óscar Figueroa hace un par de días aquí en Río.
Aunque, a diferencia de esos otros tres campeones, Caterine sí dio la vuelta olímpica. Ellos se coronaron en coliseos pequeños, ante asistencias escasas, pero la antioqueña, de 32 años, lo hizo en el mejor escenario posible, en el que se disputa el deporte más importante de las justas.
Fue exactamente a las 8:08 p.m. hora colombiana, 10:08 p.m. en Brasil, cuando Caterine se convirtió oficialmente en campeona olímpica. La venezolana Yulimar Rojas, quien con apenas 20 años seguro heredará próximamente el trono de Ibargüen, saltó 14,95 metros en su sexto y último intento, con lo que consagró a la antioqueña. Tercera finalizó la kazaja Olga Rypakova, con 14,74.
Cinco de las ocho finalistas, entre ellas Caterine, hicieron sus mejores registros de la temporada, lo que demuestra que fue una final de alto nivel, nada que ver con la eliminatoria, en la que apenas tres atletas, de las 37 que se presentaron, lograron la marca mínima, por lo que nueve más avanzaron por arrastre.
Una vez se supo ganadora, Caterine cumplió con su salto final, de 14,80 metros, la misma distancia que hace cuatro años apenas le alcanzó para lograr la plata.
Después fue por una bandera tricolor que tenía lista en su maletín y comenzó la celebración. Primero abrazó a su técnico, el cubano Ubaldo Duany, quien perfeccionó su técnica y la puso a otro nivel. Luego se arrimó a la tribuna de los atletas y saludó a sus compañeros de equipo antes de iniciar, sombrero en mano, su paseo triunfal por el estadio.
Mandó besos a diestra y siniestra, repartió abrazos. Posó para las cámaras con esa sonrisa dorada que enamora y se despidió finalmente de la afición, que no paraba de aplaudirla.
“Es un sueño hecho realidad, el resultado de muchos años de esfuerzos y sacrificios. Esto no se logra de la noche a la mañana”, dijo Caterine apenas llegó a la zona mixta, llena de periodistas de todo el mundo que querían abordarla.
Luego agregó: “Estoy muy orgullosa de darle, aunque sea por un día, una alegría a mi país. Espero que este sea un granito de arena para que tengamos la mejor participación de nuestra historia”.
Les dedicó el triunfo a su madre y su abuela, pero también a su sobrina Angie, quien cumple años este lunes: “A Dios, que me ha iluminado siempre; a toda mi familia y a la gente del Urabá. A Colombia. Mi intención siempre ha sido mostrarle al mundo que en mi país hay mucho talento y con triunfos como este lo estamos logrando”.
Recordó sus dos títulos mundiales, en Moscú 2013 y Pekín 2015, así como la plata olímpica de Londres 2012, pero aseguró que “nada se compara con esto”.
Y eso que apenas este domingo escuchará el Himno en el estadio olímpico, ese que la ovacionó este domingo cuando el locutor oficial la presentó y que la aplaudía cada vez que iba a saltar o aparecía en las pantallas gigantes, que la siguieron para registrar cada detalle de su actuación.
Mostraron su figura estilizada y coqueta. Era la única competidora con maquillaje y que usaba cadena, pulsera y aretes. Y la que más rituales realizaba. Se ponía una licra roja luego de cada salto (los seis fueron válidos) con camiseta amarilla, azul o roja, prendas que se quitaba minutos después para estirar o preparar su siguiente intento.
Realmente fue una de las estrellas que más brillaron en la noche. De hecho, en el folleto que les entregan a los aficionados al ingresar al escenario, en el que está el programa de cada velada, aparece la imagen de la colombiana al lado de la de Bolt y Mo Farah, las grandes figuras del atletismo en el momento.
Cuando tuvo un respiro acudió a un salón privado y se encontró con algunos dirigentes amigos, que no se cansaban de destacar que el domingo 14 de agosto, fue el día más exitoso de nuestra historia olímpica, pues Yuberjen Martínez consiguió una plata y Caterine el oro.
Colombia llegó así a 23 medallas en las justas de verano, cuatro de oro, ocho de plata y 11 de bronce, en 21 participaciones.
En esta versión, la trigésima primera, nuestro país aparece en el puesto 17, con dos oros y dos platas, por encima incluso del país organizador, Brasil.
Este domingo podría haber una nueva alegría, con el ciclista Fernando Gaviria en el ómnium. Quedan, además, las participaciones de la luchadora Jackeline Rentería, doble medallista olímpica de bronce, y la campeonísima Mariana Pajón, con quienes Colombia podría redondear una participación brillante, aparte de que clasificó a 148 atletas, casi el 50 % más que a Londres 2012, otro indicador claro del progreso de nuestro deporte.
Esta noche se entonará el Himno de Colombia en los Juegos Olímpicos y Caterine volverá a brillar. Recibirá un justo premio a tantos años de lucha, pero aunque había dicho que el oro sería “la cereza en el pastel” para una exitosa carrera, ya anunció que seguirá buscando nuevos retos: “Hay Caterine para rato. Ahora viene el récord mundial. No sé si me alcance para ir a Tokio 2020, pero ahora mismo no es algo que me preocupe. Quiero disfrutar de este momento, compartir mi alegría con mi gente y descansar un poco, porque llevo mucho tiempo trabajando duro para llegar a Río en la mejor condición posible y darle a mi país un nuevo oro. Lo logré, me puedo ir tranquila, pero no del atletismo, sino a descansar”.

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