lunes, agosto 15, 2016


La importancia de  "Rodrigo D. No futuro"

"Ya no consigo más satisfacción. Ya ni con drogas, ni con alcohol. Ya no consigo ninguna reacción". La línea de la célebre canción que interpreta Mutantex en Rodrigo D. No futuro podría compendiar lo que era ser joven y pobre en Medellín a mediados de los años ochenta.

Por: Jaír Villano

Ilustración: Gova

Mientras el país ardía en llamas por cuenta de los conflictos entre guerrillas, narcotraficantes, paramilita-res y el rugido de sables de las Fuerzas Armadas, la muchachada popular se perdía en sus veleidades; el futuro parecía no deparar nada bueno.
La música, no obstante, se vuelve un instrumento de salvaguardia. La eclosión cultural de los setenta puso en la órbita el rock, el jazz y otros sonidos, el punk y el metal vendrían a ser uno de ellos. En ciudades como Bogotá y Medellín este género atrapó la atención de la juventud. Su contenido antisistema y su decadente luminiscencia hicieron de esta manifestación musical un estilo de vida.
En acetatos y casetes se escuchaban bandas como The Damned, The Exploited, 4 Skins, Sex Pistols o Dead Kennedys, en fanzines como Piraña Zine, Diabolic Force, Necrometal, Nueva Fuerza, Visión Rockera, Hellzine, Black Zine y Medellín Subterráneo, se divulgaba el sonido que devoraba a la juventud. Ello en el marco de una ciudad que era víctima y verdugo de los excesos y las bondades de Pablo Escobar.
Las apuestas literarias del momento venían acercándose a estas realidades. Novelas como Aire de tango (1973), de Manuel Mejía Vallejo; Crónica de tiempo muerto (1975), Óscar Collazos; Que viva la música (1977), Andrés Caicedo; Los parientes de Ester (1978), Luis Fayad; Sin remedio (1984), Antonio Caballero; El cielo que perdimos (1990), Juan José Hoyos, entre otras apuestas estéticas, desmontaron el anquilosado estilo de los escritores costumbristas y pusieron como protagonistas las urbes y, con estas, los fantasmas, los conflictos y los desvaríos de los individuos que las habitaban.

El cine, como arte que congrega sus expresiones hermanas, no se podía quedar atrás. Víctor Gaviria lo entendió así y, haciendo uso de su acervo literario y un gran capital cultural, utilizó la técnica del neorrealismo italiano para poner en la pantalla un desnudo de la vida de un joven de las comunas de Medellín.
El sinsentido de la vida

En efecto, con Rodrigo D. No futuro se enseña que la pobreza y la juventud son potentes condicionantes en la anulación de las proyecciones humanas.

El protagonista Rodrigo es un muchacho que busca suplir su vacío maternal y existencial con el punk. Esta intención, sin embargo, no es permitida porque no tiene el instrumento para conseguir su instrumento, esto es, la batería.
Es así, con algo tan simple como real, la manera en que Gaviria explota una poética y una estética que condensan la sagacidad de la muchachada, la contramarea del entorno, la explosión de la música.
Con pasajes revestidos de una oscura inocencia, como Rodrigo y sus baquetas, el realizador antioqueño encierra lo que Pedro Adrián Zuluaga denominaría como “los resortes de los personajes”.
De ahí se desprende otra cualidad de la película y el realizador, que es capaz de sacar de los recovecos de sus personajes una meditada sensibilidad, entonces hace del mismo muchacho que le grita a su hermana y no oculta su machismo, un ser que suscita simpatía y ahogo por la imposibilidad de conseguir su batería.
Desde luego, hay otros elementos que hacen de esta película un hito en la historia del cine colombiano, el lenguaje en su expresión más cruda y el uso de actores naturales (su virtud radica en que no actúan; viven), son dos factores que contribuyen en el triunfo de una apuesta que sería reconocida en Cannes con su exhibición ante un público mundial y exquisito (huelga recordar que fue la primera película colombiana exhibida en la selección competencia).
De hecho, si hay que hablar de personajes es indudable que los de Víctor se circunscriben a esa línea inextinguible: Rodrigo (interpretado por Ramiro Meneses) y su desasosiego, el Zarco (hoy fallecido) y su visaje, y la misma Lady Tabares son figuras que permanecerán en la memoria colombiana. Todo lo cual devela otra virtud del realizador, virtud que, por lo demás, se ajusta más a la expresión literaria.
La inmersión en el entorno

A todo lo anterior hay que agregar el trabajo de investigación que el realizador antioqueño hizo para poder desarrollar con suficiencia y verosimilitud la película.
Gaviria se sumergió en esas calles empinadas y laberínticas y además dejó que los actores participaran en la creación del guion. Pues bien, dicho método resulta clave para el entramado discursivo y espacial de lo expuesto en Rodrigo D y podríamos incluir, cómo no, a La vendedora de rosas.

Por supuesto, no es un imperativo (nada lo es en la creación), pero el trabajo in situ le incorpora al largometraje otra importante característica: la de retratar el infortunio sin caer en la pornomiseria.

No. Nada de eso. Rodrigo D. No futuro es una producción que se presenta en el marco sociopolítico de un país en crisis (siempre lo ha estado), que abre las ventanas a otra narrativa y estética, que sabe hibridar lo testimonial con lo ficcional.

Otra cosa no menos importante es que el largometraje sabe expresar su descontento ante la realidad sin caer en la disputa desgastada del arte militante. Si un escritor no lo es por lo revolucionario, sino por lo creador, que fue como escribió Julio Cortázar en la conocida querella con Óscar Collazos, un cineasta no es ajeno a dicha condición.
Víctor Gaviria logró lo de pocos: retratar la pobreza sin caer en el canibalismo; manifestar la indignación sin caer en el obnubilado visceralismo. Parafraseando a Baudelaire: con Rodrigo D se hace de lo ordinario algo extraordinario.

Mirándolo en retrospectiva, 25 años después, se aprecia mejor su valor. Gaviria, el poeta, hizo del verso de Keats su línea de trabajo: la verdad es belleza, la belleza es verdad. Esto es todo.
 http://www.elespectador.com/entretenimiento/agenda/cine/importancia-de-rodrigo-d-no-futuro-articulo-649101
VÍCTOR GAVIRIA ESPÍRITU LIBERTARIO EN BUSCA DE UNA CULTURA AL FILO DEL ABISMO

Para Víctor Gaviria
Que me enseñó a ver lo
Que no dejan ver las palabras

Augusto Escobar Mesa
Universidad de Antioquia

De Víctor Gaviria podría decirse muchas cosas: quiso ser psicólogo, poeta, ensayista, cronista, guionista, cineasta, bohemio, amigo, y a gusto y con empeño lo ha ido logrando pero no como disciplinas, como entidades independientes o consecutivas, unas detrás de otras, no. Quería que todo ello confluyera en una unidad múltiple y en verdad que lo logró. No sabemos cómo, pero sólo un espíritu abierto al mundo como el de él hizo posible tal unidad y eso brota como germen vivo en sus películas Buscando tréboles (1979), Los habitantes de la noche (Premio Focine 1983, 1985), Simón, el mago (1992) y, a borbotones, en los largos metrajes Rodrigo D. No futuro (1990), La vendedora de rosas (1998), Sumas y restas (2004) Gaviria estudió psicología en la Universidad de Antioquia porque quería palpar el alma a las palabras, a los seres y a las cosas, y con eso y a pesar de eso hizo poemas a la manera nueva como corresponde a los jóvenes ávidos, curiosos de realidad, y publicó Con los que viajo sueño (1978).

Apenas había sobrepasado dos décadas de vida y era ganador del Concurso Nacional de poesía Eduardo Cote Lamus (1978) con Alguien en la ciudad también perplejo. Pero ya estaba obsesionado con otros textos poéticos que venía gestándose en la Revista Acuarimántima -que marcó una época en la poesía antioqueña- y es así como a los 25 años gana el Premio Nacional de Poesía de la Universidad de Antioquia con La luna y la ducha fría (1979). Cada día era un reto a vencer y la película y el poema realizado en el presente, eran simples cosas del pasado. Una puerta abría otra, una ventana la de más allá; un amigo venía con su combo y detrás de él la sombra de otros cargados de historias, cuál de todas más dura, como diría Mónica, su primera “Vendedora de rosas”, y con ella, se inauguraba la verdadera Historia, a contrapelo de la historias oficiales que nos han tenido por siglos en este limbo mental y moral.
Gracias o a pesar de la psicología, el verso libre no bastaba en Víctor Gaviria para saciar esa avidez de lo distinto; busca entonces otros géneros para plantearse los mismos interrogantes sobre la metafísica cotidianidad, y acude para ello a la crónica, al relato poético y escribe El campo al fin de cuentas no es tan verde (1983). Y en 1986 reúne parte de su poesía, ensayos y guiones en el libro antológico El pulso del cartógrafo, en el que se percibe la intensidad y dimensión de su sensibilidad en busca desesperada de algo que, teniendo la herramienta de las palabras, apenas comenzaba a hallar: el espíritu de seres cuya fragilidad pendía precisamente de palabras, las que nunca tuvieron o con las que les rompieron el alma primera. Luego vendría El rey de los espantos (1993) y otros libros de poesía combinados con guiones y películas. Muy temprano, como cuenta el mismo Gaviria, llegó a la literatura y al deseo de escribir, que lo ha acompañado siempre:

De toda esa etapa de mi vida -infancia-, el momento más importante fue cuando me regalaron los libros de Andersen, porque en ese momento decidí escribir. Parece una bobada, pero eso le cambia la vida a uno. Yo, que nunca había escrito nada, dije: “me voy a poner a escribir»”. Me situé en una pieza de la casa, que era calorosita, mantenía las persianas cerradas, prendía una lamparita y ahí estudiaba, leía y escribía. Entonces empecé a hacer cuadernos, tenía un diccionario de sinónimos y me ponía a hacer descripciones de las cosas y a darme cuenta, por ejemplo, de que no conocía muchas palabras, que cómo se llama esto, que cómo se llama aquello, y me las aprendía, pero después se me olvidaban. Todavía se me olvidan. Las aprendo, las anoto y después de un tiempo se me olvidan. Yo decidí dizque escribir, practicar y aprender. Leí muchas cosas en esa época, pero no estaba preparado para escribir. Me tocó así, de un momento a otro, pero yo qué iba a escribir. Obviamente hice muchos intentos. Escribí muchos poemas y prosas, pero todos superpalos, porque ese es un aprendizaje muy largo y muy difícil. Pero yo estaba muy animado, claro, de haber encontrado algo que me gustaba. Vivía más contento que el putas (Entrevista de Fernando Cortés a Gaviria, publicada en la revista Número Nº 17).

Con el mismo rigor, con la misma pasión, con la misma curiosidad con que enfrenta el poema o se inicia en la pesquisa de un tema o personaje, se enfrenta al ensayo para reflexionar sobre la razón de ser del oficio poético y literario de los escritores antioqueños José Manuel Arango, William Agudelo, Helí Ramírez. También se mete en el mundo de los niños y jóvenes sicarios, en los barrios donde no hay futuro para las nuevas generaciones y escribe El pelaíto que no duró nada (1992). Más bien diría, nos descubre aquellos inmensos y sesudos poetizadores de nuestra equívoca y bella realidad. Pero también rescata la voz de los que nunca han tenido voz. Precisamente en una lúcida reflexión sobre el libro Nuestro lecho es de flores de William Agudelo, Víctor Gaviria precisa la vocación del aquel poeta y soñador, pero a su vez, se define a sí mismo en su quehacer del momento, es decir, de poeta, de iniciado cineasta, de pensador de lo cotidiano. Esto afirma:

Poeta y escritor no es la misma cosa. Un poeta es dueño de textos fragmentados, y en los intersticios no ejerce oficio alguno. Su sueño es quizá ser la Escritura, en caso de que el acontecer del mundo fuera al mismo tiempo escritura. Por ello está más cerca del silencio, o por decirlo en términos menos solemnes, de la ausencia de obra, lo que comparte con la gran mayoría de hombres. El poeta pareciera ejercitarse en el vacío de la obra de todos (largos períodos escribiendo breves trozos), como si quisiera hacer de esa ausencia una conquista y un logro, no un dato primero. Como si quisiera conquistar el puesto y la visión en una Obra que no está hecha por un solo hombre.

"Un poeta es dueño de textos fragmentados" sostiene, y en los intersticios: vacío, silencio, ausencia de obra habrá que construir colectivamente. Este se convierte en el principio regulador de su oficio de cineasta, es decir, de anudador de esos múltiples fragmentos (tomas, fotogramas, imágenes, sonidos, música, casas, calles, barrios, historias, ideas, personajes) para darle el tono poético a ese vacío, para alentar el espíritu que se fuga o se hace presente en la madeja infinita de los actos cotidianos. Así pues se inicia en el arte de la palabra hecha imagen.

En 1979, con el corto metraje Buscando tréboles gana el concurso de cine super 8 del Subterráneo y el Premio Búho de Colcultura. Al siguiente año vuelve y gana el premio de cine de Colcutura con La lupa del fin del mundo. En adelante y cada año, desde 1979 hasta 1985, dará a conocer al público un corto, medio o largo metraje. Es así como veremos La lupa del fin del mundo (1980), Sueño sobre un mantel vacío (1981), El vagón rojo (1982), Los habitantes de la noche (1983), Premio India Catalina de XXV Festival de Cine de Cartagena; La vieja guardia (1984), Que pase el aserrador (1985), Los músicos (1986). 1986 es el año del primer gran reconocimiento con Rodrigo D ó No futuro (1990), que fue premio Guión de Focine y con el cual fue invitado a la Sesión Oficial del Festival de Cine de Cannes; pero antes había ganado otros premios de guiones de Focine con Primavera sobre José Asunción Silva (1983) y El tren de las niñas (1985). Después de la película Rodrigo D, Gaviria escribe un documental, Historias de Aranjuez, de una fuerza visual y temática que impresiona al espectador, pero por lo contrario de lo que impresiona Rodrigo D. Es la historia de niños y niñas ciegas que viven en un internado en Aranjuez (barrio de Medellín). Aquí logra Gaviria inmiscuirse (de manera imperceptible) con su cámara -que además maneja él mismo-captura algunas situaciones que son completamente naturales. Es como si tuviera la necesidad de exorcizar, de desintoxicarse de tanto desgarro y violencia y tomar un respiro con estas historias tan poéticas de los niños ciegos (Entrevista con la guionista y escritora Diana Ospina, 2004). Luego vendrían otras versiones cinematográficas, entre ellas, Simón el mago (1992) y la de la consagración, La vendedora de rosas (1996-1998), una de las películas más premiadas del cine colombiano y con la que participó de nuevo en la Sesión Oficial del Festival de Cine de Cannes. Nominada igualmente al Premio Óscar como mejor película extranjera en 1999.

Obtuvo también reconocimientos como mejor película en los festivales de cine de San Juan de Puerto Rico, Denver, Santa Cruz, Eslovaquia y Bogotá. Con el documental Polizones en Nueva Colonia (1991) obtuvo el Premio Simón Bolívar de Periodismo, en la categoría de televisión. Ese gusto por el cine tiene un origen bien fundado y también data de tiempos primeros. Así lo cuenta Gaviria:

Lo que sí no sé es de dónde me vino la goma por el cine. De pronto por mi papá, que en ese entonces filmaba con un grupo de amigos. Mi papá no era muy creativo: solamente filmaba la casa, por dentro y por fuera, las primeras comuniones, los aniversarios y a nosotros; cuando niños siempre veíamos eso: mi papá apagaba las luces de la sala de la casa y veíamos esas películas; imagínate, para uno eso era divino, era una cosa muy fuerte. Son cosas que uno no está esperando, que aparecen sin uno darse cuenta, muy inconscientes, que uno no prevé para nada. ¿Por qué el cine? Seguramente por eso de mi papá. Yo la verdad llegué al cine por casualidad. El destino de las cosas es tan raro, que se impone y llega como por coincidencia. Yo entré a estudiar psicología a la Universidad de Antioquia, pero quería ser escritor, y de un momento a otro se me apareció el cine sin quererlo ni nada.

Empecé a hacer unas historiecitas con actores de un grupito de teatro infantil, pero no me gustaron; entonces me fui a un colegio y casualmente encontré a unos niños, con quienes hice unas peliculitas: El vagón rojo y La lupa del fin del mundo. Me encantaron la naturalidad, la espontaneidad, la frescura de estos muchachitos. Se supone que en ese entonces yo escribía poesía en Acuarimántima, con José Manuel Arango, una revista a la que me habían invitado a escribir, pero entonces por esas casualidades de la vida seguí haciendo cine. Afortunadamente, porque escribir es muy difícil. No sé. Esta era otra forma de comunicación donde yo podía preguntar, hablar de las experiencias de los mismos actores. Me gustaba que hablaran de una manera coloquial, que no fueran diálogos teatrales ni de cine, sino frescos, que dijeran las güevonadas así, normal. Entonces hice ese par de peliculitas en superocho. La lupa del fin del mundo era un recuerdo de colegio, de cuando ocurrió la vaina de Cuba, la vaina entre Kennedy y Kruzhchev que suscitó un amago de guerra mundial.

Era lo que vivían los niños ese día, con todos los rumores de que iba a llegar el fin del mundo. Son unas peliculitas que yo tengo todavía, unas cosas muy rudimentarias, en las que nos acompañaba Luis Alberto Álvarez durante el rodaje y en las que se ven los pelaos y los recreos. Hacer cine en esa época era muy barato. Sinceramente, hacer una película valía como 25 mil pesos. Era como quien dice gastarse ahora unos 300 mil pesos o más; era plata en esa época. Las hacíamos los fines de semana. Durante la semana yo estaba en la Universidad, pero todas las tardes ensayaba con los pelaos, me reunía con el camarógrafo y hacíamos el guión y rodábamos los fines de semana; además nos tocaba conseguir la plata para darles el almuerzo a los pelaos, para los sánduches y el fiambre, para comprar los rollos, para el revelado y para las ediciones, que se hacían en unas moviolitas manuales que estaban de moda. Todos mis amigos estaban muy interesados en lo que hacíamos, porque a todos les gustaba el cine, aunque éramos más bien curiosos que cineastas de verdad (Entrevista de Fernando Cortés a Gaviria, publicada en la revista Número Nº 17).

Ahora, después de tanto trasegar por la poesía, el cine y sobre todo la vida, Víctor Gaviria -y sus amigos- asume un nuevo reto sobre los tiempos del ruido y de la muerte del narcotráfico llamada Sumas y restas (2001-2004). Un nuevo héroe se entroniza con el beneplácito de una sociedad pacata, de doble moral y profundamente desigual y discriminativa, el narcotraficante. Bajo un estado de bonanza todo se suma y se multiplica, los sentidos se embotan, nada se escucha, nada se ve, sólo la satisfacción del dinero fácil, y ahí se rompe la moral, flaquean las instituciones, se desmorona el estado de derecho y se inicia el camino de las restas, de la división, y nuevos actores protagonistas entran a escena: el narcoterrorista, el sicario. Es la debacle.

Un nuevo orden social comienza a hacer carrera en el que el hilo más frágil es el de la vida. Se inaugura el imperio del miedo y de la muerte. Todo acecha. Nada detiene la bala enajenadora, así interpongamos mil rejas. Hasta estas se volvieron decoración, pura retórica ante el pujante terror. Gaviria, como una nueva Ariadna, recoge los hijos para llevarnos ante el espejo de ese minotauro que construimos cómplicemente y hoy nos obliga a rasgarnos las vestiduras, pero cuya alma sigue como rémora. Con la nueva puesta en escena de ese Minotauro que somos, de nuevo Gaviria nos hará sentir la espada de Damocles sobre nuestras cabezas. ¿Despertaremos por fin del letargo de siglos?

El Víctor Gaviria de hoy es parte de un ovillo que comenzó a hacerse tejido, texto, escritura, imagen, silencio cuando aún no llegaba a los veinte años. Poco después, en 1979, con la previsión necesaria del que avizora tempranamente futuro y forjará la historia de una de nuestras artes, sostenía:

El joven que por azar solitariamente empieza a escribir, nunca se imagina que desde su limitado barrio contribuye a la formación de un mapa sobre el cual muchos hombres podrían vivir a plenitud. Ese joven es en verdad un joven cartógrafo.

Cierto. Joven cartógrafo con su:
Primer libro de poemas: Con los que viajo sueño,
Primer libro de crónicas: El campo al fin de cuentas no es tan verde Primer libro de ensayos: El pulso del cartógrafo
Primer cortometraje: Buscando tréboles
Primer guión cinematográfico: Primavera
Primera película: Rodrigo D

Víctor Gaviria ha contribuido a la formación de un mapa, el de nuestra identidad, hoy cercenada, acechada por sombras enajenantes; mapa, como nos decía a los 24 años: "sobre el cual muchos hombres podrán vivir a plenitud".

Él es el guía, el diseñador, el cartógrafo, que con otro grupo de iluminados o desterrados, está forjando un sentido profundo de identidad cultural. No la hace solo, no construye solo la Gran Obra, porque ella, bien lo dice, no está hecha por un solo hombre; es labor mancomunada como están hechas sus películas. Él es el faro que ilumina a tanto náufrago en busca de asilo, porque también es un autoexiliado que no se halla en su propia piel y la de los otros apenas si da cobijo. Su medida desborda hasta la propia. De ahí el vacío y el afán de la próxima aventura que no termina porque ya se anuncia para la otra.

Cuando muchos se fueron o se están yendo a pensar nuestro o su futuro allende el mar, Víctor Gaviria se ha quedado para unir los despojos y hacer de ellos el paraíso de realidades que nos merecemos y así lo sentenció a los 25 años en el primer poema del libro La luna y la ducha fría (1980):

Muchos de mis amigos han viajado ya
Preferentemente a París
Y van de incipientes directores
De Cine [así se quedaron]
Y sé que hacen bien
Pero en cambio permanezco
Y me demoro más de los días necesarios
Para aprender Una mínima cosa
Que aquellos aprenden en segundos en el Metro
En virtud a la lejanía
Y yo hago una cosa u otra rutinaria
Consigo fácilmente enemigos
Y escasos son los instantes en que veo
Claramente las cosas (con una nitidez que da envidia impensadamente cercanas y bellas
Entonces no quiero pasar un día
Lejos de aquí
Ni mucho menos perderme cerca a mi casa
El muro que miro oblicuamente
Una negra hoja de palma…

Ahora sólo quiero pasearme de un barrio a otro …
visitar las 7 casa en las que he vivido
mirar mapas de regiones cercanas
escuchar los sueños de mis amigas un poco locas
con esa bella extravagancia de quien
ha conocido drogas durante meses
voy a visitar mis 7 casas
de mis 24 años
y a cada una le diré
aún permanezco
aún continúo aquí
Pero pronto me iré.

Víctor Gaviria es un niño grande que sueña con restablecer la unidad de un mundo que perdió sus padres y paraíso hace ya mucho tiempo. Víctor Gaviria es nuestro Ulises desterrado de su Ítaca.


http://www.colombiaaprende.edu.co/recursos/superior/handle/literaturacolombiana/pdf_files/perfil10.pdf

Detectan  partículas capaces de escapar de un agujero negro

La investigación, realizada por científicos israelíes, prueba un fenómeno descrito hace más de 40 años por el físico británico Stephen Hawking.

Por: Agencia EFE                                                                       CIENCIA 15 AGO 2016 - 10:21 AM


Científicos israelíes publican este lunes en la revista "Nature"   la evidencia más precisa hasta ahora de partículas capaces de escapar del enorme campo gravitatorio de un agujero negro, un fenómeno predicho en 1974 por el físico británico Stephen Hawking.
Los agujeros negros son regiones del espacio con tanta masa que incluso la luz queda atrapada en su interior, aunque un efecto cuántico descubierto por el célebre astrofísico hace que no sean completamente negros, sino que emiten una débil radiación.
Esa emisión es tan leve que nunca ha sido observada en objetos espaciales, pero sí se ha detectado su rastro en modelos de laboratorio.
"A pesar de la importancia de la termodinámica de los agujeros negros, no existían resultados experimentales que sirvieran de guía (en ese campo). El problema es que la radiación de Hawking que emana de un agujero negro real debe de ser increíblemente débil", señala el estudio publicado en "Nature".
Para superar esa barrera, Jeff Steinhauer y su grupo han simulado en el Instituto Tecnológico Israelí, en Haifa, un agujero negro "acústico", en el que son las ondas de sonido, en lugar de las de la luz, las que no pueden escapar.
Ese modelo les ha permitido observar un fenómeno análogo a la radiación de Hawking en su laboratorio, la prueba más sólida hasta la fecha para respaldar la teoría del científico británico.
Por primera vez se ha podido detectar cómo cada una de las partículas que consiguen escapar mantienen un entrelazamiento cuántico con otra partícula, empujada hacia el centro del agujero negro.
Ese es uno de los puntos clave del entramado teórico de Hawking, que hasta ahora no se había podido demostrar de forma empírica. 

http://www.elespectador.com/noticias/ciencia/detectan-particulas-capaces-de-escapar-de-un-agujero-ne-articulo-649203

domingo, agosto 14, 2016

Día Mundial de la Pereza en Itagüí                                                                   
Hoy domingo 14 de agosto

























































Conozca cuándo un menor sí puede trabajar en el  país

Adolescentes entre los 15 y 17 años requieren una
 autorización  expedida por el Inspector de Trabajo.

Por: ECONOMÍA Y NEGOCIOS |  8:20 p.m. | 12 de agosto de 2016

Miles son explotados en el campo y en las calles, pero más allá de esta problemática existen condiciones legales para que los menores trabajen bajo reglas explícitas. Elempleo.com las presenta.
Aproximadamente, 168 millones de niños y niñas entre 5 y 14 años de edad trabajan en el mundo, según la OIT. Para el año 2015, había en Colombia 1’018.000, según el Dane, la mayoría sin los requisitos legales.
La edad mínima de admisión es 15 años. Para trabajar, los adolescentes entre los 15 y 17 años requieren la respectiva autorización expedida por el Inspector de Trabajo o, en su defecto, por el ente territorial local.
“Hay que saber identificar qué es y qué no es trabajo infantil. Todo lo que no atente contra la salud, el desarrollo personal ni interfiera en la escolarización del menor, se ve positivo”, aclaró Alejandra León, profesional especializada de la Dirección de Derechos Fundamentales del Trabajo.
¿Y si un menor quiere trabajar?
Para obtener el permiso de trabajo, el menor debe presentarse junto a sus padres o acudientes a la Dirección Territorial del Ministerio del Trabajo más cercana. Debe estar matriculado en el colegio o en algún proceso académico. El trámite no tiene costo.
Trabajo para adolescentes de 15 a 17 años
Los menores que tengan 15 o 16 años solo pueden trabajar seis horas al día (máximo hasta las 6 p. m.) y máximo 30 horas semanales. Los de 17 años pueden trabajar ocho horas diarias (máximo hasta las 8 p. m.) y con un límite de 40 horas semanales. Gozarán de las protecciones laborales consagradas en el régimen laboral colombiano, explicó Sonia Guarín Pulecio, subdirectora de Protección Laboral del Ministerio del Trabajo.
En el caso de que sean adolescentes embarazadas, estas mismas condiciones las cobijan, y tienen el derecho de acogerse a la ley del Código Sustantivo del Trabajo que aplica para todas las mujeres en estado de gestación.
Niños de 5 a 14 años
Solo se otorga el permiso si las actividades son culturales, artísticas, recreativas o deportivas. Solo pueden trabajar 14 horas semanales. Cuentan con los mismos requisitos de los adolescentes entre 15 y 17 años, pero si la niña está embarazada debe entrar en un proceso de restablecimiento de derechos, porque sería considerada víctima de abuso sexual, explica Diana María Sáenz, del ICBF.
Menores de 5 años
Para el Ministerio de Trabajo no es viable que haya un niño menor de cinco años trabajando, dice Guarín. No hay normativa para ese rango de edad, dice Sáenz, pero puede haber casos muy específicos en los que el ICBF acompaña y se percata de que la actividad sirva para el desarrollo físico y psicológico, lo cual no es considerado como trabajo.         
Casos concretos
Para niños de hasta 14 años, si quiere actuar en televisión, puede ir con su acudiente a las diferentes agencias de casting, publicidad y televisión legalmente constituidas.
El acudiente o padre debe llenar un formato para autorizar al menor. Tiene que tener el permiso de trabajo otorgado por el Ministerio y sacar el RUT del niño, para efectos de pagos.
El ideal, según el ICBF, es que la contraprestación para menores no sea con dinero sino por medio de prebendas como bicicletas o becas.
Si quiere denunciar un caso de trabajo infantil, puede hacerlo con inspectores de policía, alcaldías, secretarías de Salud y Educación, comisarías de familia o personerías. O a las líneas 018000918080 - 018000112440 del ICBF. 
ECONOMÍA Y NEGOCIOS
http://www.eltiempo.com/economia/finanzas-personales/cuando-un-menor-si-puede-trabajar-en-el-pais/16672406