viernes, marzo 25, 2016

¿Para  qué sirven los principios?
 Una  mirada desde la filosofía  
                                                                    
                                                     
                         Por: Vicente Durán Casas S. J.      El Tiempo.com

Análisis sobre por qué los principios deben implicar compromiso de personas y grupos con sus actos.

Al apelar a principios, hay que hacerlo sobre la base de que son correctos para todos.


¿Cómo hacer cosas con palabras? Tal es el título de la obra más conocida del filósofo inglés J. L. Austin, y es también la formulación de una pregunta filosófica de gran impacto en el siglo XX. Para Austin, el lenguaje no solo sirve para comunicar algo. Una de sus principales funciones, a la que no se le había prestado suficiente atención, es precisamente hacer cosas con palabras, como dar órdenes, insultar, prometer, etc.

Años después, Robert Nozick, otro filósofo de lengua inglesa, pero nacido en EE. UU., se preguntaba “cómo hacer cosas con principios”, y lo hacía en su libro 'La naturaleza de la racionalidad', publicado en 1993. Si las palabras no solo han de servir para comunicar, sino también para hacer cosas, ¿para qué han de servir los principios?

La pregunta no es una de extravagancia filosófica. Recibimos los principios morales ya elaborados por nuestras comunidades de referencia, sean religiosas o no; los comprendemos y asimilamos lentamente; posteriormente, los defendemos o los criticamos, los modificamos, los precisamos, o simplemente los abandonamos para asumir otros.

Cuando abandonamos principios que por alguna razón ya no nos convencen, no siempre nos preocupamos por reemplazarlos, y bien puede ocurrir que renunciamos a un conjunto más o menos explícito de principios y eso, aparentemente, no causa mayores dificultades. En ocasiones adherimos a algunos principios de un modo irreflexivo, radical y dogmático, como si ellos nos poseyeran a nosotros. El hecho es que los principios acaban siendo incorporados en nuestra racionalidad y los utilizamos de diversas formas y para fines muy distintos.

Los principios -sean prácticos o teóricos- son esquemas, reglas de referencia, necesarios para el ejercicio compartido de la racionalidad humana. Sin ellos el ser humano se siente perdido y desorientado, ya que el ejercicio de la racionalidad exige criterios de referencia que nos permitan saber si estamos pensando o actuando correctamente. La racionalidad es un bien compartido, y los principios que ella establece también; nadie actúa ni piensa correctamente de manera aislada, nuestras formas de pensar y de actuar suponen algún tipo de relación con algún tipo de principio, sea consciente o inconscientemente.

Para la filosofía no solo resulta interesante saber qué son los principios. Ella también se pregunta para qué sirven. Lo cierto es que los principios sirven para muchas cosas. Nozick, por ejemplo, piensa que “los principios o las teorías generales tienen una función intelectual general: la justificación ante otros”. A todos nos interesa que los demás confíen en nosotros, y ¿qué mejor, para lograr eso, que sepan que nosotros nos comportamos de acuerdo con algunos principios? No tendría sentido preguntar la hora a alguien si a su vez no suponemos que esa persona tiene como principio decir la verdad -por lo menos cuando le preguntan por la hora-.

Conocer los principios de una persona sirve para predecir -hasta cierto punto- su comportamiento. Si de ciertas personas o instituciones sabemos que valoran sus principios de rentabilidad económica sobre el conjunto de sus principios morales, resultará muy difícil que sinceramente queramos hacer negocios con ellas.

Nozick destaca lo que él llama funciones interpersonales de los principios. No siempre somos conscientes de ello, pero por lo general confiamos en que los principios juegan algún tipo de papel en la conducta de los demás, y ello porque, como él mismo dice, “los principios constituyen una forma de atadura: nos atamos a nosotros mismos para actuar según manden los principios”. Nadie quisiera interactuar con personas cuya conducta no está atada a ningún principio. De allí la importancia que las personas y las instituciones suelen darle a que los demás sepan cuáles son sus principios.

Tener una buena reputación significa algo así como “actúa de acuerdo con principios”, y saber que las personas e instituciones actúan “atados” a principios para algunos es más importante que saber si esa persona posee los principios correctos. Uno prefiere interactuar con personas que se guían por principios -¿así sean principios equivocados?- que con personas que no se guían por principios, o que, teniendo principios correctos, su conducta no suele estar atada o limitada por ellos.

Por eso puede decirse que las funciones interpersonales de los principios suponen, desde el punto de vista lógico, las funciones personales de los principios. Dichas funciones interpersonales perderían todo significado e importancia social si dichos principios no jugaran un papel en el interior de cada persona.

¿Quién confiaría en alguien que dijera, a la manera de Groucho Marx: “Estos son mis principios; pero si no le gustan, ¡tengo otros!”? Una función importante de los principios es evitar que las personas fácilmente “caigan en la tentación”, como dice Nozick.

Que alguien caiga en la tentación y traicione sus principios no necesariamente implica que deje de creer en ellos, pero cuando esto ocurre con mucha frecuencia y de manera constante y repetitiva, vale la pena preguntarse si dicha persona no estará simulando principios o asumiendo principios que en realidad no le resultan muy creíbles.

Los principios pueden llegar a ser parte de la identidad de una persona. De hecho, hay gente que construye su identidad personal alrededor de ciertos principios que, se supone, son los que considera correctos. Las crisis morales, que por lo general son inconscientes, se presentan cuando la gente alberga muchas dudas acerca de si los principios sobre los cuales han construido su identidad son o no son los principios correctos.

John Rawls, norteamericano como Nozick, tiene otras ideas acerca de para qué sirven los principios. Para el autor de 'Una teoría de la justicia' (1971), los principios no solo sirven para justificar nuestro comportamiento. Su principal función es hacer posible la definición de criterios morales de justicia desde una perspectiva que vincule a todos los miembros de la sociedad.

Para él, no es suficiente que alguien actúe de acuerdo con algún tipo de principios, es razonable exigirle que lo haga de acuerdo con principios justos, que sean aceptables por la sociedad en su conjunto y con independencia de cuál sea su credo religioso o de cuáles sean sus objetivos en la vida. Mientras que los principios éticos religiosos solo logran ‘atar’ a un grupo de creyentes, hay principios de justicia de carácter universal que, al menos en una sociedad bien ordenada, todos podrían estar en disposición de asumir como suyos.

Por eso Rawls se propone criticar radicalmente el utilitarismo. Dicha doctrina, en su opinión, no logra deshacerse de una postura según la cual el sacrificio de una minoría se justifica por el bienestar que dicho sacrificio pueda reportar para incrementar el bienestar de la mayoría. El utilitarismo, en efecto, declara que hay un principio único y universal, el principio de bienestar, que es entronizado como principio supremo de la ética. Para los utilitaristas, lo más importante en cualquier sociedad es maximizar el bienestar de la mayoría -incluso si ello exige el sacrificio de algunos-. Todos los demás principios morales han de organizarse alrededor de este principio supremo.

En ese mismo sentido, Rawls critica lo que él llama las teorías intuicionistas. Si bien estas reconocen una variedad de principios éticos, a la hora de ordenar prioridades entre dichos principios, carecen de un criterio explícito y aceptable por todos, es decir, que sea justo, para lograr ese ordenamiento. Es apenas lógico que, habiendo diversidad de principios éticos, estos entren en conflicto entre sí. Piénsese, por ejemplo, en el conflicto que suele presentarse entre principios que buscan defender el derecho a la vida y principios que buscan defender otros derechos.

La defensa de cualquier derecho genera conflictos que, según Rawls, no deberían ser resueltos de manera intuicionista, esto es, admitiendo un conjunto indeterminado de primeros principios. Superar el intuicionismo -según el cual cualquier principio puede llegar a ser primer principio y cualquier derecho puede tener prioridad sobre otros derechos- equivale a ordenar los principios de acuerdo con lo que Rawls llama un “orden lexicográfico”: hay principios cuya obligatoriedad supone el cumplimiento estricto de otros principios, lo que a nivel de los derechos significa que hay derechos que solo pueden ser garantizados si previamente han sido garantizados otros derechos.

Si bien los principios morales pueden ser utilizados para justificarnos ante otros, también es cierto que otros principios pueden cuestionar dicha pretensión de justificación. Para argumentar en filosofía moral no es suficiente apelar a principios; hay que hacerlo sobre la base de que son los principios correctos para la comunidad humana, en la mayor extensión de la palabra.

Vicente Durán Casas S. J.
* Departamento de Filosofía, Pontificia Universidad Javeriana.
Especial para EL TIEMPO  


http://www.eltiempo.com/estilo-de-vida/gente/analisis-de-la-filosofia-sobre-la-utilidad-de-los-principios-en-la-etica/16468912





Colombia empobrecida                                                              

Semana.com

La caída de la bolsa más la devaluación del peso están haciendo trizas el patrimonio de los colombianos.


Las acciones en Colombia han caído tanto que están a precio de ganga. Varias compañías se cotizan por debajo del valor en libros, lo que significa que el mercado no reconoce lo que verdaderamente valen las empresas. Ha sido tan vertiginoso el descenso, que hoy las compañías que transan sus títulos en la Bolsa de Valores de Colombia (BVC) valen en el mercado un 25 por ciento menos que hace un año. En plata blanca eso significa que mientras en enero de 2015 las empresas valían alrededor de 350 billones de pesos (capitalización bursátil), hoy no pasan de 266 billones de pesos.        

La diferencia, 84 billones de pesos, sencillamente se esfumó, o como dicen los expertos es valor destruido. Casi la mitad de esa pérdida de riqueza corresponde a Ecopetrol, que hoy vale 40 billones de pesos menos que hace un año.       

Si las cifras se llevan a dólares, la situación de los colombianos es aún peor por la devaluación del peso. Un año atrás, la capitalización bursátil de las empresas colombianas, calculada en la divisa estadounidense, ascendía a 143.000 millones de dólares, cifra que se ha reducido a 82.000 millones. Es decir, en este caso, la destrucción de valor equivale a 61.000 millones de dólares.

Esto, en otras palabras, significa que los colombianos se han empobrecido. Su patrimonio ha ido disminuyendo conforme cae la bolsa y se deprecia la moneda. El índice Colcap -que refleja las variaciones de los precios de las 20 acciones más líquidas del mercado- ha caído 25 por ciento en el último año, pero llevado a dólares, el descenso es del 43 por ciento. Según un ranking publicado por la agencia Bloomberg, el año pasado la bolsa colombiana fue la cuarta de peor desempeño del mundo. Solo le ganó a las bolsas de Lusaka (Zambia), Ucrania y Kazajistán.  

Los colombianos de a pie, que no entienden cómo funciona el mercado, están atónitos al ver lo que está pasando con sus inversiones, mientras que los expertos tratan de buscar la forma de minimizar el impacto, aunque hay poco que hacer. 

Esta caída de la bolsa afecta a todos, directa o indirectamente y tanto a grandes como a pequeños accionistas. Por la vía de los fondos de pensiones, millones de colombianos sufren con el desplome bursátil. También muchas empresas, constituidas como portafolios de inversión, sienten el totazo.  

Ni los billonarios se escapan. Luis Carlos Sarmiento Angulo ha bajado del puesto 40 al 100 en el ranking de Bloomberg de los hombres más ricos del mundo. Según esta clasificación, su fortuna hoy asciende a 9.800 millones de dólares, frente a los 18.000 millones de cuando el dólar estaba en 1.800 pesos. Esto, a pesar del buen desempeño de sus empresas. Para el mayor accionista del Grupo Aval, el impacto negativo ataca por partido doble, pues su riqueza está en pesos.        

Entre la caída de la bolsa y la devaluación, una inversión puede haber perdido 90 por ciento del valor en dólares año y medio. Aunque la turbulencia en que ha vivido el mundo en los últimos años ha afectado por parejo al mercado bursátil internacional, la Bolsa de Valores de Colombia es una de las más castigadas. Hasta las compañías más grandes y rentables del país, que invierten en el exterior y tienen un gran futuro, están atrapadas en este torbellino.       

No es fácil explicar por qué la bolsa colombiana ha resultado más golpeada que otras. Se suele explicar que se trata de un mercado pequeño y poco profundo y que la correlación entre el desempeño de las empresas y el precio de la acción no es completamente directa. Todo eso es cierto, pero hay algo más.  Detrás de esta situación está el dólar. Analistas creen que la devaluación es el factor que está exacerbando el malestar económico en el país, entre ellos la bolsa.          

El presidente de la Bolsa de Valores de Colombia, Juan Pablo Córdoba, dice que la expectativa de mayor devaluación de los inversionistas está afectando al mercado accionario. Si la gente cree que el dólar va a subir más -como efectivamente está pasando- se queda esperando otro momento para comprar acciones, y mientras tanto los pocos que necesitan vender sus títulos, porque requieren liquidez, tienen que salir de ellos a precio de ganga.    

Es decir, en este momento hay más oferta que demanda en la bolsa y eso presiona los precios a la baja. El presidente de Asobolsa, Jaime Humberto López, afirma que los inversionistas institucionales están ganando más afuera en dólares y prefieren no exponerse en el mercado accionario local. Esto es entendible porque su obligación es maximizar el dinero de sus afiliados o futuros pensionados.          

Con el dólar por encima de los 3.200 pesos y con tendencia a subir más, los inversionistas internacionales, que han sido compradores en Colombia, son cautelosos. Aunque al precio actual de la divisa pueden adquirir más acciones no tienen la seguridad de que cuando conviertan los pesos a dólares esas ganancias se mantendrán. Esa duda le ha quitado el atractivo a las empresas colombianas. Esta no es una realidad exclusiva de las empresas que están en la bolsa. En últimas, es un asunto de confianza que por ahora está muy baja, lo que termina por afectar a todas las empresas.     

El lado bueno es que las acciones están tan baratas, que por ley natural en cualquier momento llegará el rebote. Las empresas están sólidas, y a estos precios quien compre lo estará haciendo en el piso. Eso, por lo general, no es mal negocio.  

Un paso atrás     

Si la bolsa es el termómetro de la economía, en el fondo este alicaído mercado bursátil local está reflejando la realidad del país. Un desánimo general. Y la percepción de pérdida de riqueza, por efecto de la devaluación, explica en gran parte el bajón en el estado de ánimo con que arrancó este año. Aunque una devaluación tiene mucho de favorable, pues hace al país más competitivo, la verdad es que cuando se exagera, como ahora, se vuelve un problema.       

La cruda realidad es que con el actual nivel del dólar, Colombia es más pobre. Basta con decir que con toda la producción nacional -es decir el PIB producto interno bruto- hoy se compra mucho menos en el exterior que hace 18 meses. Desde agosto de 2014, el peso se ha devaluado un 75 por ciento. Colombia hace parte del grupo de países con las monedas que más han perdido valor en el planeta. Compite con el rublo ruso y el real brasileño.  

A pesar de que los colombianos no consumen en dólares, el efecto neto de la devaluación es una merma de su capacidad adquisitiva. Más allá de la restricción a viajar al exterior, por el mayor costo de los tiquetes internacionales, se afecta la calidad de vida de todos, por diferentes vías.         

Por ejemplo, la oferta de bienes y  servicios ha disminuido para los consumidores  colombianos. No solo se volvieron más costosos los productos importados, sino que algunos almacenes de cadena los han limitado. Aunque el lado bueno es que los fabricantes nacionales tienen mayor opción de vender sus productos, para el consumidor final significa un abanico más reducido de opciones y, algunas veces, de calidad.      

Algo similar se observa en los restaurantes. Se sabe que algunos que ofrecen comida internacional han tenido que ajustar el menú para evitar que por la vía de los ingredientes importados se dispare el valor de los platos.       

Esto no solo impacta a las familias más pudientes. Un hogar con ingresos medios o bajos, que antes podía acceder a artículos electrónicos en busca de mejor calidad de vida, ahora deberá restringir estas compras, pues el precio de esos productos ha aumentado un 40 por ciento. 

Hay que decir que hace tres años, por efecto de la revaluación del peso, las cifras macro mostraban una realidad muy optimista para Colombia. En 2013, el ingreso por habitante (PIB per cápita), usado para estimar la riqueza de un país y su capacidad de consumo, llegaba a los 8.000 dólares. Con esa cifra Colombia se mantenía entre las naciones de ingresos medianos altos, según el Banco Mundial. Aunque todavía no hay revisión a estas cifras se da por descontado que esto cambiará. Algunos han calculado que el PIB per cápita de los colombianos bajó a menos de 6.000 dólares.       

Que lleguen dólares
         
Si bien la fuente de todos los males está en la caída del precio del petróleo, el problema real para Colombia es la concentración del riesgo por la alta dependencia que ha tenido en la renta petrolera. Eso hizo al país más vulnerable, y es lo que se refleja en la alta devaluación. Si el país tuviera una oferta exportable mucho más amplia, hubiera podido minimizar los efectos del desplome del petróleo. Pero no sucedió así. 

Aunque el gobierno destaca que ante la magnitud del choque externo la economía salió bien librada, no menos cierto es que la devaluación está pasando factura, y muy fuerte. El déficit en la cuenta corriente de la balanza de pagos llega al 7 por ciento del PIB, uno de los más altos de la historia de Colombia y uno de los peores del mundo. La forma de ajustar ese desequilibrio normalmente es a través de la devaluación del peso, pero en el país, a pesar de que los productos colombianos son cada vez más baratos en el exterior, las exportaciones no solo no han aumentado sino que han disminuido.     

Lo crítico es que no se ve pronto una moderación de la tasa de cambio. En primer lugar, porque el dólar es una variable atada a lo que suceda con el petróleo y ya se sabe que los pronósticos son a la baja. En segundo lugar, hay que reemplazar la fuente de ingresos fiscales y de exportaciones que proveía el petróleo, y eso no es tan sencillo y el país tampoco está preparado para ello. Se necesita más inversión y exportaciones. Lo primero es difícil en esta coyuntura. Y en lo segundo, ni hay encadenamientos productivos estratégicos ni parece haber suficiente vocación exportadora.   

A lo anterior hay que sumar otros factores. Entre ellos una tributación que recarga el mayor peso de los impuestos sobre las empresas. En la medida en que esto se alivie, habrá más inversión en la industria y agroindustria, donde  está el potencial exportador.  

Los entendidos dicen que no se puede esperar que exclusivamente la tasa de cambio haga el ajuste, es decir, que solo la mayor devaluación impulse las exportaciones. Esto puede funcionar pero tomará años. Mientras tanto, al ritmo del dólar, los colombianos sentirán que dan un paso adelante y dos atrás.    

Totazo petrolero       

Las acciones de Pacific Rubiales y Ecopetrol se han desplomado como ningún otro título.       

Hace 3 años por esta época, el prestigioso diario británico Financial Times publicó una noticia sobre Colombia como para sacar pecho. La información decía que el Grupo Ecopetrol había crecido hasta convertirse en la más grande compañía de América Latina, listada en bolsa por delante incluso de la gigante brasileña Petrobras.    

Las cifras del momento validaban esa noticia. El 28 de enero de 2013 la acción ADR de Ecopetrol alcanzó un máximo histórico de 63,59 dólares por acción, lo que significaba que la petrolera colombiana tenía una capitalización bursátil (valor de mercado) de 130.900 millones de dólares. Ese mismo día, el ADR de Petrobras cerró en 18,67 dólares por acción, equivalente a una capitalización bursátil de 126.700 millones. Es decir, Ecopetrol en ese momento era más valiosa que Petrobras aunque tenía casi ocho veces menos reservas probadas.
             
Eran las épocas de las vacas gordas. En el mercado local, la acción de Ecopetrol se cotizaba a 5.700 pesos, equivalente a una capitalización bursátil en pesos de 234 billones. Aunque algunos pensaban que la acción estaba sobrevalorada, con petróleo por encima de los 100 dólares el barril todo era alegría en el mercado. 

Pero la fiesta pronto se acabó. La acción de Ecopetrol se ha ido desplomando a niveles increíbles. Al cierre de la semana pasada, el ADR se transó en 6 dólares por acción, un desplome del 90,56% en solo tres años. El actual valor de mercado de Ecopetrol es de 12.400 millones de dólares, es decir, se ha producido una destrucción de valor de 118.500 millones de dólares. En ese mismo lapso, las acciones de Petrobras han bajado de 18,67 dólares a 3,60, una caída del 80,72 por ciento y su capitalización bursátil actualmente está en 23.500 millones de dólares, es decir, una destrucción de valor de 98.200 millones, aunque hoy vale casi dos veces más que Ecopetrol.    

La destrucción de valor de Ecopetrol en los últimos tres años ha sido estrepitosa y mayor que la de su similar brasileña, a pesar de que esta última ha estado envuelta en unos sonados y escandalosos episodios de corrupción y malversación de recursos.  

En la bolsa local la acción de Ecopetrol ha caído a un nivel que ni el más pesimista se atrevía a pronosticar. La semana pasada se situó por debajo de los 1.000 pesos, es decir, la empresa insignia de los colombianos vale, en pesos, 40 billones. Eso significa que se han perdido 45 billones en 12 meses, y es casi seis veces menos que la capitalización bursátil de hace tres años. Cada vez que el petróleo cae (ya llegó a 30 dólares el barril) se hunde la acción de Ecopetrol.

La historia de la acción de Pacific Rubiales es aún peor. Llegó a ser la compañía estrella del mercado gracias a su vertiginoso crecimiento, pero su descenso ha sido igualmente sorprendente. El máximo histórico de la acción de la petrolera canadiense se alcanzó en marzo 3 de 2011, cuando se cotizaba en la bolsa colombiana a 67.260 pesos. Al año siguiente, el título ya había descendido a 54.000 pesos y desde allí su caída ha sido imparable.

La semana pasada, las acciones de Pacific cayeron 37,3 por ciento y 26,4 por ciento en Canadá y Colombia respectivamente. En la Bolsa de Valores de Colombia se cotizó a 1.990 pesos. Es decir, en cinco años, esta petrolera ha perdido el 97 por ciento de su valor.


http://www.semana.com/nacion/galeria/bolsa-devaluacion-hara-mas-pobres-colombianos/457036-3
Neoliberalismo      


Controles, regulaciones, no. Este país es el paraíso del mercado que soñaron Thatcher y Reagan. ¿Supervisión? Aquí no hay nada de eso.

por Antonio Caballero         
                                                           
SEMANA.COM

Ahora salen los de las Farc con que la venta de Isagén que acaba de hacer el gobierno va en contra del espíritu de reconciliación que se busca, o se dice que se busca, en las conversaciones de La Habana. ¿De qué se sorprenden? De entrada estaba claro que Juan Manuel Santos con toda su retórica (“traidor de clase”, “que lloren los ricos”, etcétera) no pretendía cambiar el sistema, sino simplemente hacer la paz.

Eso era lo sorprendente. Y solo por eso lo hemos apoyado muchos, que discrepamos de él en todo lo demás y de él esperábamos -o temíamos- todas las demás cosas que está haciendo, aunque sean contrarias al espíritu de la paz: la venta de Isagén, las Zidres, etcétera. Muy cerrados de mollera tienen que ser los de las Farc si les ha tomado cinco años de charla descubrir que Santos es neoliberal desde su niñez.

Santos es neoliberal, como lo han sido todos sus predecesores en los gobiernos de Colombia desde César Gaviria: aquel del sarcástico “bienvenidos al futuro”. Y aún desde antes de que se inventara la palabra: neoliberalismo era el “desarrollismo” que predicaba Álvaro Gómez y aplicó López Michelsen.

Tal vez solo Lleras Restrepo no haya sido neoliberal ferviente, sino partidario del intervencionismo del Estado para estructurar la economía nacional; pero su sucesor Misael Pastrana borró con el codo lo que Lleras firmó con la mano, empezando por la incipiente y frustrada Reforma Agraria que nos hubiera librado de tantos males. Porque el principio cardinal del neoliberalismo, su fundamental artículo de fe, es la no intervención del poder público en los terrenos propios del mercado. Y su corolario: la consiguiente privatización de todos los bienes públicos (pronto llegaremos a la privatización del aire de respirar, como estamos ya en la del agua de beber). Lo que hace 40 años López Michelsen llamaba con un dejo de envidia “la sabiduría económica de las dictaduras del Cono Sur”. Una sabiduría que, paradójicamente, requiere para imponerse una mano dura en el intervencionismo político: una mano antiliberal.

Esa es la mano dura que Santos no tiene, ni tampoco usó López Michelsen en exceso en sus tiempos, a diferencia, digamos, de la férrea conser-vadora señora Thatcher o del sanguinario fascista general Pinochet. Así sea a regañadientes, Santos es, como lo era a regañadientes López, liberal en lo político.
Mezclando una cosa y otra sigue Santos la incoherente y contradictoria Tercera Vía de su amigo Tony Blair (asesor, dicho sea de pasada, de la empresa canadiense de intereses varios que acaba de comprar Isagén en una subasta sin concurrentes: bello ejemplo tercerviesco de competencia entre privados). Así que no impone su voluntad por la fuerza, sino que compra el consenso a precios de mercado. Eso es lo que sus críticos llaman la mermelada, o (en el caso del resbaloso procurador Ordóñez) la vaselina.

Por eso, enredados como están en las contradicciones de la Tercera Vía, el presidente Santos y su ministro Mauricio Cárdenas dejan de lado la pura doctrina del neoliberalismo para prometernos que, al lado de la libertad de mercado “hasta donde sea posible” habrá también regulación severa del Estado “hasta donde sea necesario”. Regulación. La prometen a sabiendas de que aquí nunca ha existido semejante entelequia, ni existirá con ellos. ¿Ha sido regulada acaso, por ejemplo, la salud privatizada de las EPS? ¿Alguien reguló o controló los abusos de las multinacionales de la minería o del petróleo? ¿Qué control estatal evitó que las eléctricas se quedaran con el llamado “cargo por confiabilidad” que les pagaron los usuarios durante 20 años, sin responder con él cuando llegó la crisis? ¿Alguna vez se ha castigado por sus excesos a los grandes grupos económicos, a Ardila, a Santo Domingo, a Sarmiento? Ahora se ha descubierto, como de la nada, que los grandes ingenios azucareros se conchaban para hacer trampa con los precios. ¿Nadie se había dado cuenta nunca de que en Colombia los privados no compiten entre sí, como manda (¿manda?) la teoría neoliberal, sino que se compinchan y se cartelizan? ¿Cuántas veces han sido rescatados con dinero público los bancos de sus quiebras fraudulentas?

Controles, regulaciones, no. Este país es el paraíso del mercado que soñaron Margaret Thatcher y Ronald Reagan. ¿Supervisión? Aquí no hay de eso. Y cuando alguna vez algún funcionario impertinente ha pretendido investigar algún latrocinio especial-mente escandaloso, ha sido prontamente destituido, y el investigado ha entablado un pleito millonario que ha perdido el Estado.

Dice el ministro Cárdenas que lo de Isagén es insignificante, porque la empresa “no representaba ni el 1 por ciento de los ingresos de la Nación”. Lo veo venir: va a vender mañana mismo, por insignificantes para la Nación pero lucrativos para los inversionistas privados, el Museo del Oro, el Trapecio Amazónico, la Virgen de Chiquinquirá, las murallas de Cartagena, el Consejo de Estado ( si es que no está vendido y comprado ya). Y va a lanzar en serio su candidatura a la Presidencia de la República.


http://www.semana.com/opinion/articulo/antonio-caballero-neoliberalismo/456766-3


Colombia: una dictadura mal  disfrazada de democracia

“¿Sera que la única opción que se tiene es emigrar del país?”

Por: Juan Camilo Estrada

Es necesario hacer claridad sobre lo que es un estado democrático. Bueno, la RAE nos da estos significados de democracia:

f. Doctrina política favorable a la intervención del pueblo en el gobierno.
f. Predominio del pueblo en el gobierno político de un Estado.

Es decir que para que un Estado pueda considerarse democrático, el pueblo debe tener un amplio control sobre las acciones del mismo. En otras palabras, en una democracia se eligen gobernantes como representantes de los deseos de la mayoría y no para que hagan lo que quieran con el poder otorgado.

Ahora veamos las definiciones de dictadura:

f. Gobierno que, bajo condiciones excepcionales, prescinde de una parte, mayor o menor, del ordenamiento jurídico para ejercer la autoridad en un país.

f. Gobierno que en un país impone su autoridad violando la legislación anteriormente vigente.

En otras palabras un Estado dictatorial es aquel en el que el pueblo no tiene voz ni voto reales en las decisiones que los gobernantes toman, se imponen medidas excepcionales de control de la población y se viola la constitución una y otra vez. Pero si somos el segundo país más feliz del mundo, ¿Cómo podríamos siquiera imaginarnos bajo una dictadura?

Bueno, la razón para que una buena parte de los colombianos viva en un estado delirante de felicidad democrática se debe a la tremenda ignorancia del colombiano promedio. No por nada estamos clasificados como el cuarto país más ignorante del mundo y una población ignorante se traduce en un Gobierno corrupto, porque la masa ignorante es fácilmente manipulable.

Entonces para implantar una dictadura de ultraderecha como la que tenemos hoy en día no fue necesaria la fuerza, sino la seducción y el engaño traducidos en novelas, fútbol, religión, alcohol barato, farandulerismo y noticieros prepago; el colombiano vive entonces borracho, ignorante, preocupado por banalidades, esclavo de salarios miserables, enfermo, hambriento y lleno de hijos pero agradecido con los ‘dotores’ y con la ilusión del control, que no es otra cosa que la creencia estúpida de que elegimos a quienes nos gobiernan.

Carlos Lleras, Misael Pastrana, López Michelsen, Belisario Betancourt, Virgilio Barco, César Gaviria, Andrés Pastrana, Álvaro Uribe Vélez, Juan Manuel Santos y en el futuro nefasto que nos espera German Vargas Lleras, no fueron elegidos ni será elegido el ultimo por los deseos del pueblo. Ningún pueblo en el mundo puede ser tan estúpido como para hacer una pésima elección, sufrir y luego elegir la continuidad del sufrimiento. Todos esos nombres arriba mencionados se podrían unir en uno solo y no habría diferencia, todos han sido representantes de lo peor que puede dar la sociedad colombiana. Es por esto que antes de las elecciones se ven desfilar por los barrios populares: lechonas, tamales, aguardiente, perros calientes, camisetas, billeticos de 20.000, etc., así, no es el colombiano el que elige, sino el hambre, el vicio y el efímero agradecimiento por dar una prenda barata de vestir o 20.000 pesos que son un tesoro a los ojos del miserable. No obstante, esta estrategia solo funciona hasta la clase media baja.

Entonces es necesario para el corrupto y aspirante a dictador colombiano usar los medios de comunicación para comprar a la clase media y media alta, que en Colombia se caracteriza por ‘querer ser’, ser como el actor de turno, como el compañero adinerado de la universidad, como esta o aquella figura pública, quiere emerger, ser como lo que considera mejor que sí mismo y su familia; quisiera ser europeo pues considera que el primer mundo es superior hasta en términos genéticos, entonces el papel de los medios será encasillar a quien ofrece algún tipo de cambio positivo como populista e ignorante y hacer lo contrario con el aspirante a dictador.

Pongo como ejemplo de esto la campaña de Peñalosa a la alcaldía de Bogotá en el 2015; si ignoramos el obvio trasteo de votos que presuntamente (qué bella palabra) cometió este candidato de ultraderecha, nos queda analizar cómo compraron los votos de la clase media, y la respuesta es simple, vendiendo ideas demagógicas de una transformación de la ciudad a un modelo europeo, en campaña prometiendo una ciudad alrededor del río como en Inglaterra o “un sendero por los cerros orientales absolutamente maravilloso, vamos a ver venados… “Mientras tanto salían figuras públicas como Paola Turbay con letreros que decían “#Recuperemos Bogotá” y la recuperaron, pero ¿Para quién?, entonces quien quisiera ser como Paola Turbay o cualquier otro representante de la farándula nacional, vota por Peñalosa. Este es uno de los casos de la ignorancia y el clasismo recalcitrante el que vota no el colombiano.

Todos estos son dictadores por seducción, con diferentes recursos ocultaron frente al ignorante su verdadera cara; le mostraron las tonterías que quería ver y este votó sin pensarlo dos veces por la peor opción.

Si aún no me creen que estamos en una dictadura, bien cabe analizar ¿Qué tanto poder tenemos sobre nuestros gobernantes?

Ya se vendió casi el 58% de ISAGEN a un consorcio canadiense a pesar de que esta venta contaba con un amplio rechazo a nivel nacional, cabría entonces preguntarnos ¿son nuestros recursos?, si son los recursos de 47 millones de personas y solo un grupo de menos de 10 corruptos trajeados que se beneficiaran ampliamente de esta venta son los que deciden. ¿No es esto una decisión propia de una dictadura en la que no importa la opinión del pueblo?

Lo invito a preguntarse lo siguiente:

¿Le preguntaron antes de firmar tratados de libre comercio TLC con otros países o al menos le informaron abiertamente de que se tratan?

¿Le preguntaron antes de vender Isagen si estaba de acuerdo con ello?

¿Le preguntaron si estaba de acuerdo con la introducción del Fracking a Colombia?

¿Le preguntaron antes de vender los recursos minerales del país a multinacionales extranjeras?

¿Le preguntaron si daba su autorización para contaminar fuentes hídricas del país de forma permanente para sacar recursos minerales que prácticamente se le regalan a firmas extranjeras?

¿Le preguntaron si está de acuerdo con la venta de ETB o AGUAS de BOGOTÁ?

¿Le preguntaron si quiere un metro más barato y elevado por la Caracas aunque eso tire a la basura cientos de millones en estudios técnicos muy serios y dañe para siempre el patrimonio de los Bogotanos?

¿Le preguntaron si quería que se implementara la Ley 100 de salud en 1993 y le informaron que gracias a ella miles morirían en las puertas de los hospitales sin ser atendidos?

¿Le preguntaron si quiere que se urbanice la reserva Van der Hammen, a pesar de que la alcaldía de Gustavo Petro dejó listos los recursos para su reforestación?

Si a usted no le han preguntado por ninguna de estas cosas que afectan directamente su patrimonio social, cultural y ecológico, le informo que como colombiano usted vive en una dictadura donde su opinión no tiene valor alguno y otros deciden no solo por usted sino contra usted, y esto no cambiará mientras se mantenga ese velo de ignorancia que hay sobre nuestras cabezas.


http://www.las2orillas.co/colombia-una-dictadura-mal-disfrazada-democracia/
Peter  Sloterdijk


Filósofo y catedrático alemán nacido en 1947 en Karlsruhe. Cursó estudios de Filosofía, Germanística e Historia, en las universidades de Munich y Hamburgo. Doctorado con una tesis sobre literatura y organización de las experiencias vitales. Formado bajo las directrices de la 'Escuela de Frankfurt', critica que las obras de Theodor Adorno y otros se encuadraban en lo que denominó "ciencia melancólica".

Su viaje a la India para estudiar con un famoso gurú, Rajneesh (luego llamado Osho), cambió su actitud ante la filosofía. Si Crítica de la razón cínica, de 1983, estaba aún en ese estilo de crítica de la razón instrumental analizada por sus maestros, las obras que siguieron están imbuidas ya del nuevo espíritu transgresor.   

Desde sus primeros trabajos académicos se aprecia una tendencia hacia la hermenéutica poética. Catedrático de Filosofía en la Hochschule für Gestaltung de Karlsruhe. Doscientos años después de la aparición de la Crítica de la razón pura de Kant, su ensayo Crítica de la razón cínica se convirtió en el libro de filosofía más leído y debatido en Alemania.

De su extensa obra pueden destacarse, entre otros, su novela El árbol mágico y sus libros ensayísticos El pensador en escena, Eurotaoísmo, Extrañamiento del mundo (Premio Ernst Robert Curtius 1993), El desprecio de las masas, En el mismo barco (1994) y su polémico ensayo Normas para el parque humano (2000).

No obstante, hay que señalar en Sloterdijk dos tendencias: la ya mencionada rupturista con el pensamiento académico, y otra que se inserta en su labor como profesor universitario, y que lo lleva a cierto didactismo, por no decir enciclopedismo.

Mantuvo un célebre debate con  Habermas sobre el concepto y contenido del Humanismo con motivo de las ideas expuestas en su obra Normas para el parque humano. Sloterdijk, entonces, acusó al académico Jürgen Habermas, de haber intervenido y alentado estas malas lecturas.

En carta abierta al filósofo de Frankfurt Sloterdijk se quejaba de que Habermas le negara la posibilidad de discutir, desde una posición simétrica -algo que su teoría de la acción comunicativa afirmaba como un principio fundamental. Acusaciones que encontraron su punto más álgido cuando el semanario alemán Die Zeit tituló a una nota "El proyecto Zaratustra".
   
Esta polémica supuso su entrada en el universo mediático, con consecuencias que no había previsto. Sus finos análisis de Nietzsche y del legado de Heidegger se alternaron con otros libros más personales, en donde desarrolla una fenomenología del espacio que ha denominado esferología.

Este, su trabajo más ambicioso hasta la fecha: Esferas, que una trilogía compuesta por 'Burbujas, Globos y Espumas'. La primera parte se titula Burbujas, en lo denomina microsferología; y cuya segunda parte, Globos, desarrolla una macrosferología. Sus lecturas de lo político, de los medios, la filosofía y la vida, intentan escapar de una lógica maniquea, de dos elementos, y de lo que él llama una visión paranoica.

El trabajo de Sloterdijk se vincula con la crítica que hace del humanismo como una utopía ingenua, de domesticación humana mediante la lectura, dice Sloterdijk, que fracasa ante las nuevas técnicas de desinhibición de las masas. La ideología ya no funciona, según él, como una "falsa conciencia", como un enmascaramiento de la realidad, sino de un modo cínico.

Tras la publicación del libro Normas para el parque humano, varios suplementos literarios de Alemania interpretaron que, en ese ensayo, Sloterdijk elevaba a la tecnología genética a una dominante cultural de nuestro tiempo, y denunciaron a esta lectura por fascista, nada casualmente el subtítulo del famoso libro era Una respuesta a la carta sobre el humanismo de Heidegger.

Los intereses de Sloterdijk son tan amplios y variados, que superan a muchos de los de sus colegas: la música, el psicoanálisis, la poesía (sobre todo la francesa), la obra de ciertos autores olvidados como Gabriel Tarde, Gaston  Bachelard o poco conocidos como Thomas Macho; el arte contemporáneo, la antropología, y un largo etcétera. También se ha preocupado por asuntos políticos, que ha desarrollado tanto en obras de hace tiempo (En el mismo barco) como más recientes (Si Europa despierta), en donde se muestra partidario de una Europa sólida y no sometida a las derivas de las potencias exteriores. Frente al academicismo de otros pensadores, su apuesta por los medios de comunicación, que estudia hace tiempo y sobre los que escribe también, le ha supuesto numerosas críticas. También se distingue del resto por su escritura muy estilizada, literaria incluso, que debe algunos rasgos al impulso de Ernst Bloch o a ciertos franceses virtuosos como Deleuze, pero adoptando su propia terminología y creación de neologismos arriesgados.

Obras publicadas:

§  Normas para el parque humano. Ed. Siruela
§  El árbol mágico: el nacimiento del psicoanálisis en el año 1785
§  Crítica de la razón cínica. Ed. Siruela, Madrid, 2003.
§  En el mismo barco: ensayo sobre la hiperpolítica.  Ed. Siruela
§  Extrañamiento del mundo
§  El pensador en escena
§  Eurotaoismo
§  Esferas I: Burbujas Ed. Siruela
§  Esferas II: Globos Ed. Siruela
§  Esferas III: Espumas Ed. Siruela
§  El Sol y La Muerte. Ed. Siruela, 2004.
§  Experimentos Con Uno Mismo. Ed. Pre-Textos, 2003.
§  El Desprecio De Las Masas. Ed. Pre-Textos, 2002.
§  Los Latidos del Mundo
§  Ira y Tiempo
§  Temblores De Aire. En Las Fuentes Del Terror. Ed. Pre-Textos, 2003.
§  Sobre La Mejora De La Buena Nueva. Ed. Siruela, 2005.
§  Si Europa Despierta. Ed. Pre-Textos, 2004.
§  Venir Al Mundo, Venir Al Lenguaje. Ed. Pre-Textos, 2006.
§  Derrida, Un Egipcio. Ed. Amorrortu, 2007.
§  En El Mundo Interior del Capital. Ed. Siruela, 2007.


https://es.wikipedia.org/wiki/Peter_Sloterdijk

http://www.buscabiografias.com/biografia/verDetalle/9500/Peter%20Sloterdijk