domingo, febrero 21, 2016

Distribución de la riqueza en Colombia


Dos Artículos.


Los índices de distribución de la riqueza
en Colombia                                  
                                                                                                                                                                                                                                                                                                       Semana.com

Los índices de distribución de la riqueza en Colombia son cada vez más preocupantes. Las últimas cifras son las siguientes: en relación con la propiedad de la tierra, 2.300 personas tienen el 53,5 por ciento (43.928.305 hectáreas) de la tierra aprovechable del país.

En el sector financiero, la concentración de la riqueza es igual, pues 2.681 clientes tienen el 58,6 por ciento (185 billones de pesos) de todos los depósitos bancarios del país. Los otros 44,6 millones de cuentahabientes tienen solo el 2,4 por ciento de todos los depósitos (7,6 billones de pesos).






A propósito Thomas Piketty y las verdades de la economía colombiana

                                     las2orillas    Por: Sebastián De Los Ríos. febrero 18, 2016

Hace unas semanas el economista francés Thomas Piketty autor de “El Capital en el siglo XXI” visitó nuestro país. Nos vino a decir lo que es evidente: Colombia es uno de los países con mayor concentración de la riqueza del hemisferio (si no el más desigual del mundo) y su sistema tributario es regresivo [1] e inequitativo. Al respecto, afirma: “El país necesita más transparencia. Eso quiere decir acceso a los datos para que la gente los conozca. El sistema tributario de Colombia no es muy progresivo según los estándares internacionales”
Independientemente del lugar que ocupemos en el ranking de países más desiguales del mundo y de la dimensión del problema, el asunto es que el escenario antes descrito no es ajeno a Colombia sino que es una manifestación de la mecánica estructural de una economía de mercado globalizada que se presenta en mayor o menor medida en todos los países del mundo.
Es precisamente esa mecánica estructural detrás del mismo funcionamiento del capitalismo la que se aventura Piketty a explicar en su ópera prima. Su argumento en términos estrictamente económicos y el que constituye su gran aporte al debate teórico es: la tasa de rendimiento del capital (r) es mayor que la tasa de crecimiento económico (g) en el largo plazo.
El rendimiento del capital son los intereses y los dividendos que derivan su valor a partir de la dinámica especulativa inherente a los mercados financieros, por el contrario el crecimiento económico es el valor de mercado de los bienes y servicios en el sector real de la economía.
En ese sentido, el rendimiento financiero de los grandes capitales (muchos de ellos “improductivos” como las grandes herencias) estaría creciendo a una mayor velocidad de lo que actualmente se fabrica (literalmente) o en su defecto se presta como un servicio por parte de un ser humano (dejando de lado el debate sobre la inteligencia artificial.)
Nadie puede negar la existencia de un bien tangible de un servicio prestado. Ya el valor monetario propiamente, lo “pone” el mercado con su mano invisible. Contrario a un valor que es “virtual” y se construye en un sistema financiero que se sostiene de nuestra fe ciega en el dinero.
“En el largo plazo, todos estaremos muertos” dijo el mítico economista Keynes (o al menos así dice la leyenda). Plantear que este fenómeno se da en el “largo plazo” implicaría afirmar que se constituye en un atributo inherente al funcionamiento del capitalismo y la economía de mercado, como si fuera parte del diseño mismo del sistema.
El problema es que como resultado del hecho que una tasa crezca más rápido que la otra, en términos prácticos quiere decir que la riqueza se está concentrando progresiva e inevitablemente en cada vez menos manos agravando la ya profunda crisis económica, social y ambiental a la que nos enfrentamos.
Piketty plantea que esta dinámica de concentración de la riqueza se acentúa con la aplicación de esquemas impositivos de naturaleza regresiva por parte del Estado facilitando los procesos de acumulación de los más acaudalados mediante reducciones de impuestos y diversas gabelas tributarias.
Precisamente, lo que hizo Piketty con su obra fue descifrar la mecánica (al menos la económica) detrás de su argumento. Haciendo gala de una rigurosidad analítica impecable y un uso magistral de la economía matemática, describe el funcionamiento basado en complejos tratamientos de datos históricos que se convierten en el arsenal de evidencia para a la postre, concluir con una verdad de Perogrullo: la distribución de la riqueza en el mundo es inequitativa y a no ser que se reforme el capitalismo, las bases mismas de la democracia se verán amenazadas.
Más allá de la elocuencia o no que pueda tener mí interpretación del argumento de Piketty, lo interesante fue la naturaleza de las reacciones tanto a favor como en contra de lo que plantea en su libro, pues en ambos casos se centran sobre la forma.
En el primer caso, este autor ya tiene un nivel de “rockstar”. Desde la academia se han dedicado a analizar, interpretar, reconceptualizar, emular y adular su trabajo. Ríos de tinta han corrido abordando las cuestiones de su libro, descifrando e interpretando la lógica argumentativa así como el enfoque metodológico utilizado por el autor para llegar a sus conclusiones. Asimismo, se han celebrado innumerables homenajes, se han entregado premios y llevado a cabo celebraciones para exaltar los “hallazgos” de Piketty.
En el segundo caso, sus detractores generalmente enfocan sus esfuerzos para desestimar sus conclusiones partiendo de argumentos como que los datos no son fiables, que su tratamiento no fue el adecuado. Es decir que se centran sobre el cómo y no tanto sobre el qué en términos de la inminencia de la inequidad como atributo de nuestro sistema económico.
Independientemente de la validez de los argumentos tanto a favor como en contra, sus admiradores persisten en la reinterpretación del trabajo de Piketty,  sumando al conocimiento sobre las teorías plasmadas en su obra.
Sus detractores si bien se centran en lo procedimental y su proceso epistemológico para esgrimir sus críticas, es claro que nunca se atreverían a negar la concentración de la riqueza.
En ese sentido, considero que el valor de su obra no solo reside en la maestría con la que “descifra” la mecánica de la concentración de la riqueza sino el haber trasladado el debate sobre la inequidad, desde las conferencias de Naciones Unidas, las percepciones de los ciudadanos de a pie, los reclamos de los economistas “heterodoxos”, las campañas de sensibilización de las ONG´s así como de las guaridas de los mamertos antiglobalistas y teóricos de la conspiración, a las mesas del mismo establishment académico y político neoliberal en los países desarrollados.
Esto fue posible en la medida en que Piketty logra construir una propuesta teórica para demostrar “científicamente” la existencia de la inequidad y la mecánica detrás de su funcionamiento interno. ¿Será que hasta que no se demuestre lo más “científicamente” posible la existencia de una cuestión tan evidente y vergonzosa como la inequidad no vamos a hacer nada al respecto? Y eso que obviando los miles de trabajos académicos que  se han publicado sobre el tema.
Para ilustrar este punto es útil mencionar lo que ocurre con el cambio climático. Están los que afirman su existencia amparados en vastos arsenales de investigaciones y están los que lo niegan acogiéndose a las conclusiones de diversos estudios igualmente válidos.
Lo interesante es que aún persiste el debate sobre estas cuestiones, cuando (independientemente de cómo se quiera denominar el fenómeno) el clima global muestra contundentes señales de su afectación por el obrar del hombre. Cuando se siguen dando estos debates bizantinos y casi que tautológicos, si se quiere salir del impasse, necesariamente se debe apelar a una ambigua y mancillada formula que no obstante,  sigue siendo la clave de todo avance trascendental que haya podido tener nuestra humanidad agobiada y doliente: la Voluntad Política (no científica).
Pareciese como si el problema fuese que aun los “policymakers” y las élites, a pesar de la abrumadora presencia de la concentración de la riqueza, tienen la esperanza que aparezca un mesías economista que produzca el mecanismo revolucionario, la tasa mágica, la ecuación milagrosa, el modelo institucional redentor, de manera que podamos seguir manejando la economía de la misma forma y poder barrer bajo la alfombra algunos pequeños detalles como la pobreza, el hambre, la enfermedad, la violencia, la destrucción ambiental que son en realidad los que no dejan que el capitalismo cumpla con su promesa de bienestar para todos. Es decir, seguir haciendo exactamente lo mismo, pero sin los incomodos efectos secundarios.
De resultar aquel genio que proponga la fórmula mágica (usualmente a esos les dan el Nobel de Economía) que permita evadir la responsabilidad de cambiar y ocultar el evidente colapso social, vamos a estar más cerca de la distopía que nosotros mismos hemos creado con la intención y el pensamiento. En todo caso, la evasión como la negación están al orden del día en nuestra sociedad y parece que al hecho de poder ejercerlas le damos un valor casi sagrado. Esta titánica tarea (la de ocultar el sol con un dedo), me hace recordar la misión que aún tiene el mitológico personaje Sísifo [2].
Lo anterior implicaría entonces que esta inequidad característica de nuestro sistema económico y social no es “accidental”, no es una “falla” natural del sistema, de alguna u otra manera existe una intención ejercida por ciertos actores de la sociedad para mantener el statu quo.
Tal como lo afirma Piketty en la entrevista ofrecida al diario Portafolio “si hay un grupo en la cima de la pirámide que está escapándose de la regla común, entonces creo que nuestro sistema político y nuestro contrato social están en riesgo.” e insinúa frente a la adopción de sistemas tributarios más progresivos “que las élites no quieren que esto pase y algunas veces tratan de vender la idea de que eso sería malo para los pobres, pero la propuesta se debe poner a escrutinio público al menos.”
Pensaría entonces que el “debate” debe también abordar las cuestiones de fondo y que de alguna forma el trabajo de Piketty más que una contribución a la teoría económica es un llamado a la acción.
Me permito hacer está afirmación basado en esta declaración del autor frente a lo que el opina podría hacerse para reducir la inequidad: “la manera más importante para reducir la inequidad no es un sistema tributario sino la educación”…“Esto es lo que hago en el libro: proveer información histórica para que la gente sepa de estos asuntos que nos han acompañado de muchos años atrás.”
¿Acaso necesitamos más “evidencia” (producto del método experimental positivista) y rigor científico para reconocer y actuar sobre la existencia de la concentración de la riqueza y la inequidad? A mí al menos, me basta con salir a la calle y mirar alrededor….

[1] Esto implica en el primer caso que una mayor proporción de la riqueza está en manos de unos pocos y en el segundo, que a medida que se van teniendo mayores ingresos se van captando menos impuestos, (por ejemplo un aumento del IVA es un claro ejemplo de esta lógica regresiva pues afecta a las personas de menores ingresos), contrario a lo que se denomina un sistema tributario progresivo en donde las tasas impositivas aumentan en la medida que aumenta el ingreso. (Pensaría que esta última modalidad tiene más sentido en estos tiempos.)

[2] Sísifo es uno de los personajes más interesantes de la mitología griega. Vencedor de la Muerte, amante incondicional de la vida, Sísifo engañó a los dioses para escapar de los Infiernos y por ello fue condenado por Zeus a un castigo cruel por toda la eternidad: debía subir a fuerza de brazos una gran piedra hasta una cumbre del inframundo. Pero cada vez que el desdichado llegaba a la cima, la roca se le escapaba de las manos y rodaba por la ladera hasta abajo. No le quedaba otro remedio que descender y recomenzar su esfuerzo, sabiendo que nunca sería coronado por el éxito. http://www.fluvium.org/textos/etica/eti777.htm


http://www.las2orillas.co/a-proposito-thomas-piketty-y-las-verdades-de-la-economia-colombiana/




Cesare  Pavese
                                                                          Por  Alejandro Zambra

Poco a poco se ha impuesto la imagen de un Cesare Pavese doliente, atormentado, un poco melodramático. Alejandro Zambra vuelve a la vida y obra de este autor para desmontar ese mito y revalorar sus libros, todo en el centenario de Pavese y en el marco de una FIL de Guadalajara que tiene a Italia como país invitado.

En el poema “La habitación del suicida”, Wislawa Szymborska recrea la perplejidad de los amigos ante el suicidio de alguien que solamente deja, a manera de explicación, un sobre vacío apoyado en un vaso. Cesare Pavese, en cambio, escribió durante quince años una larguísima carta de despedida que hasta aquí hemos leído en calidad de obra maestra.

En las cuatrocientas páginas de El oficio de vivir, Pavese cultiva la idea del suicidio como si se tratara de una meta o de un requisito o de un sacramento, al punto que, finalmente, se hace difícil moderar la caricatura: no es el enigmático amigo de Wislawa Szymborska o el suicida que en un poema de Borges dice “Lego la nada a nadie”. Por el contrario, Pavese es consciente de su legado: sabe que deja una obra importante, cumplida, sabe que ha escrito alta poesía, sabe que sus novelas soportarán con decoro el paso del tiempo.

No tenía motivos para quitarse la vida, pero se encargó de inventarlos, de darles realidad. El oficio de vivir es un registro de teorías y de planes, de diatribas y digresiones, pero sin duda en la lectura prevalece el recuento de pensamientos fúnebres, casi siempre extremos y a veces más bien peregrinos, propios de un joven envejecido que de a poco va convirtiéndose en un viejo adolescente. Tal vez hay que ser como ese joven o como ese viejo para valorar, en plenitud, el diario de Pavese. Tal vez hay que querer suicidarse para leer El oficio de vivir.

Pero no es necesario querer suicidarse para disfrutar de libros perfectos como La luna y las fogatas, La playa, Trabajar cansa o Vendrá la muerte y tendrá tus ojos. La mayor virtud de El oficio de vivir es que da pistas sobre la obra de Pavese: si quitamos las referencias a su vida amorosa quedaría un libro delgado y excelente. Ahora me parece que al diario le sobran muchas páginas: sus impresiones sobre las mujeres, por ejemplo, no se compadecen con la comprensión verdadera o al menos verosímil de lo femenino que uno cree leer en La luna y las fogatas, Entre mujeres solas o en algunos de sus poemas. 

Por momentos Pavese es solamente ingenioso y más bien vulgar: “Ninguna mujer contrae matrimonio por conveniencia: todas tienen la sagacidad, antes de casarse con un millonario, de enamorarse de él.” Su misoginia es, con frecuencia, rudimentaria: “En la vida, les sucede a todos que se encuentran con una puerca. A poquísimos, que conozcan a una mujer amante y decente. De cada cien, noventa y nueve son puercas.” Más divertido y negrísimo es el humor de un pasaje en que comenta aquello de que un clavo saca a otro clavo: para las mujeres el asunto es muy simple, dice, pues les basta con cambiarse de clavo, pero los hombres están condenados a tener un solo clavo. No sé si hay humor, en cambio, en estas frases: “Las putas trabajan a sueldo. ¿Pero qué mujer se entrega sin haberlo calculado?” El siguiente chiste, en todo caso, me parece muy bueno: “Las mujeres son un pueblo enemigo, como el pueblo alemán.”

Es cierto que cometo una injusticia al presentar a Pavese como un precursor de la stand up comedy, pero denigrarlo es seguir el juego que él mismo propuso. Otro libro breve o no tan breve que podría extraerse de El oficio de vivir es el de la ya mencionada autoflagelación literaria.

Al comienzo duda, razonablemente, de su escritura: se queja de su idioma, de su mundo, de su lugar en la sociedad, se retracta de sus poemas, quiere escribirlos de nuevo o no haberlos escrito. Desea experimentar el placer de negarse, de partir, siempre, desde cero: “He simplificado el mundo en una trivial galería de gestos de fuerza y de placer. En esas páginas está el espectáculo de la vida, no la vida. Hay que empezarlo todo de nuevo.”

La observación no es casual, porque contiene una ética: el artista es siempre un eterno amateur, sus triunfos amenazan el progreso de la obra. Pero se queja tanto que escucharlo a veces se vuelve insoportable. Poco después de los lamentos iniciales, Pavese ha construido una obra inmensa que le da satisfacciones reales, que le permite ser alguien muy parecido a quien siempre quiso ser. Pero ahora se queja lo mismo y un poco más: “Estás consagrado por los grandes maestros de ceremonias. Te dicen: tienes cuarenta años y ya lo has logrado, eres el mejor de tu generación, pasarás a la historia, eres extraño y auténtico... ¿Soñabas otra cosa a los veinte años?” La respuesta es, en cierto modo, conmovedora: “No quería sólo esto.

Quería continuar, ir más allá, comerme a otra generación, volverme perenne como una colina.”

Pavese era un buen amigo, dice Natalia Ginzburg, pues la amistad se le daba sin complicaciones, naturalmente: “Tenía un modo avaro y cauto de estrechar la mano al saludar: daba pocos dedos y los retiraba enseguida; tenía un modo arisco y parsimonioso de sacar el tabaco de la bolsa y llenar la pipa; y tenía un modo brusco y repentino de regalarnos dinero, si sabía que nos hacía falta, un modo tan brusco y repentino que nos dejaba boquiabiertos.”

En un fragmento de Léxico familiar y en un breve y bellísimo ensayo de ese libro breve y bellísimo que se llama Las pequeñas virtudes, Natalia Ginzburg evoca los años en que ella y su primer marido trabajaron con Pavese en Einaudi, tiempos difíciles a los que el poeta se integra trabajosamente: “Algunas veces estaba muy triste, pero durante mucho tiempo nosotros pensamos que se curaría de esa tristeza cuando se decidiera a hacerse adulto, porque la suya nos parecía una tristeza como de muchacho, la melancolía voluptuosa y despistada del muchacho que todavía no tiene los pies sobre la tierra y se mueve en el mundo árido y solitario de los sueños.”

“Pavese cometía errores más graves que los nuestros, porque los nuestros se debían a la impulsividad, a la imprudencia, a la estupidez y al candor, en cambio los suyos nacían de la prudencia, de la sagacidad, del cálculo y de la inteligencia”, agrega Natalia Ginzburg, y luego señala que la virtud principal de Pavese como amigo era la ironía, pero que a la hora de escribir y a la hora de amar enfermaba, súbitamente, de seriedad. La observación es decisiva y, a decir verdad, ha sobrevolado con persistencia mi relectura de Pavese: “A veces, cuando ahora pienso en él, su ironía es lo que más recuerdo y lloro, porque ya no existe: de ella no queda ningún rastro en sus libros, y sólo es posible hallarla en el relámpago de aquella maligna sonrisa suya.” Decir de un amigo que en sus libros no hay ironía es decir bastante. En las páginas de El oficio de vivir, en efecto, por largos pasajes el humor se limita a inyecciones de sarcasmo o a meros manotazos de inocencia.

Mi creciente antipatía por Natalia Ginzburg”, anota Pavese en 1946, “se debe al hecho de que toma por granted, con una espontaneidad también granted, demasiadas cosas de la naturaleza y de la vida. Tiene siempre el corazón en la mano -el parto, el monstruo, las viejecitas. Desde que Benedetto Rognetta ha descubierto que es sincera y primitiva, ya no hay manera de vivir.” La amistad admite estos matices, y a su manera tajante y delicada la escritora responde: “Nos dábamos perfecta cuenta de las absurdas y tortuosas complicaciones de pensamiento en que aprisionaba su alma sencilla, y habríamos querido enseñarle algunas cosas, enseñarle a vivir de un modo más elemental y respirable; pero nunca hubo manera de enseñarle nada, porque cuando intentábamos exponerle nuestras razones, levantaba una mano y decía que él ya lo sabía todo.” 

Debo decir que me quedo con la sincera y primitiva y no con el sabelotodo. Porque sin duda Pavese era un sabelotodo. Por eso mismo su soliloquio se vuelve enojoso. Lo que mejor sabía era, en todo caso, que sufría inmensamente: “Es quizás ésta mi verdadera cualidad (no el ingenio, no la bondad, no nada): estar encenagado por un sentimiento que no me deja célula del cuerpo sana.” Acaso estaba secretamente de acuerdo con su amiga Natalia. Pienso en este fragmento del diario, que tal vez da la clave del sufrimiento de Pavese: “Quien no sabe vivir con caridad y abrazar el dolor de los demás, es castigado sintiendo con violencia intolerable el propio. El dolor sólo puede ser acogido elevándolo a suerte común y compadeciendo a los otros que sufren.”




sábado, febrero 20, 2016

NO al maltrato
de los animales



Ante los Atentados de París

Por La redacción de Le Monde  diplomatique París
                       Edición Nro. 197 - Noviembre de 2015


Francia ha respondido a los atentados del viernes pasado con nuevos bombardeos en los territorios ocupados por el Estado Islámico en Siria y con el refuerzo del sistema securitario. Sin embargo, las recientes intervenciones de Occidente en Medio Oriente obligan a reflexionar acerca de esta estrategia.  

El 13 de noviembre de 2015, una serie de fusilamientos y explosiones enlutaron París y Saint-Denis, provocando la muerte de al menos 130 personas. Los autores de estos atentados, con frecuencia jóvenes franceses musulmanes, invocaron la intervención francesa en Siria contra el Estado Islámico (EI) como la motivación de sus actos. Dos días más tarde, París procedió a nuevos bombardeos contra las posiciones de EI en Siria, principalmente en la “capital” de la organización en Raqqa. Desde entonces, tanto el gobierno francés como la oposición de derecha coinciden en la necesidad de multiplicar los “golpes” en Siria. La urgencia de llevar una guerra implacable en el frente interno tampoco los distingue demasiado.

Lo único que pareciera diferenciarlos tiene que ver con la composición de la coalición internacional que debe combatir al EI. ¿Con o sin Rusia? ¿Con o sin Irán? ¿Con o sin el gobierno sirio? La política extranjera francesa, cuyo crédito se ha visto bastante afectado por una sucesión de hipocresías e impericias, parece en la actualidad coincidir en la idea de una alianza lo más amplia posible. Esta posición es la que defienden el ex presidente de la República, Nicolás Sarkozy, el ex Primer Ministro, François Fillon, y el ex ministro de Asuntos Exteriores, Alain Juppé. Todos exigían hasta hace pocos meses, o incluso semanas, la salida anticipada del presidente sirio Bashar al Assad; ahora todos han renunciado a la idea.

Decidida de manera solitaria, sin debate público, sin otra participación que la puramente decorativa del Parlamento, con un alineamiento mediático acorde a las reglas del periodismo de guerra, la intervención militar francesa abre, sin embargo, múltiples interrogantes de fondo.

En principio, la existencia de una “coalición”: ésta es tan amplia que los objetivos de guerra de sus principales miembros difieren, en ocasiones muchísimo.

Algunos participantes (Rusia, Irán, Hezbollah libanés, etc.) quieren, ante todo, mantener en el poder al régimen de Al-Assad, aunque éste sea detestado por una gran parte de la sociedad. Otros (Turquía y Arabia Saudita en particular), que mostraron complacencia hacia el EI hasta que se volvió contra ellos, quisieran asegurarse de la caída de Al-Assad.

¿Cómo no imaginar que este malentendido fundamental pueda desembocar en nuevas convulsiones, suponiendo una victoria de los aliados circunstanciales contra el EI? ¿Será necesario pensar en una nueva intervención para separar (o para destruir) a alguno de los ex aliados? Las atrocidades del EI están ampliamente documentadas, incluso por la propia organización. Sin embargo, fue bien recibido en regiones sunitas de Irak y de Siria donde los habitantes habían sido explotados o tiranizados por milicias chiitas. Estos habitantes están tan golpeados por la férula que sufrieron entonces, que difícilmente se sientan liberados por sus viejos perseguidores.

La otra cuestión fundamental tiene que ver con la legitimidad y la eficacia de las intervenciones militares occidentales en relación a los objetivos que se proponen. El EI no es más que el avatar, un poco más sangriento, de un salafismo yihadista alentado por el wahabismo de Arabia Saudita, una monarquía oscurantista que las capitales occidentales no dejaron de apañar. En cualquier caso, salvo que el objetivo actual de Estados Unidos, Francia, el Reino Unido, etc. sea simplemente asegurarse de que Medio Oriente y las monarquías oscurantistas del Golfo sigan siendo un mercado dinámico para sus industrias armamentísticas, ¿cómo no recordar el balance realmente calamitoso de las últimas expediciones militares que apoyaron o emprendieron Washington, París, Londres, etc.?

Entre 1980 y 1988, durante la guerra entre Irán e Irak, los países del Golfo y las potencias occidentales ayudaron al régimen de Saddam Hussein con el fin de debilitar a Irán. Objetivo alcanzado al precio de un millón de víctimas.

Quince años más tarde, en 2003, una coalición conducida por Estados Unidos y el Reino Unido (pero sin Francia) destruía el Irak de Saddam Hussein.

Como resultado, ese país, o lo que queda de él, se convirtió en un aliado muy cercano de Irán. Y cientos de miles de sus habitantes murieron, principalmente como consecuencia de enfrentamientos confesionales entre sunitas y chiitas. Para completar el desastre, el EI controla una parte del territorio iraquí.

El mismo escenario se dio en 2011 cuando, violando el mandato de una resolución de la Organización de las Naciones Unidas, los occidentales provocaron la caída de Muammar Gadafi. Pretendían así restablecer la democracia en Libia, como si esa preocupación alguna vez hubiera conducido su política extranjera en la región. Hoy Libia no es más un país, sino un territorio donde se enfrentan militarmente dos gobiernos. Sirve de arsenal, de refugio a los más diversos grupos terroristas, entre ellos el EI, y de factor de desestabilización regional.

¿Sería insolente reflexionar algunos segundos, o un poco más, sobre el balance de estas últimas intervenciones occidentales antes de emprender una nueva con un entusiasmo general evidente? El año pasado, en West Point, el presidente estadounidense Barack Obama admitía: “Desde la Segunda Guerra Mundial, algunos de nuestros errores más costosos vinieron, no de nuestra moderación, sino de nuestra tendencia a precipitarnos en aventuras militares sin reflexionar sobre sus consecuencias”.

Como siempre, el discurso de “guerra” se fortalece con un dispositivo securitario y policial reforzado. Sabemos a qué tipo de excesos ha dado lugar esto en Estados Unidos. En Francia, ya se tradujo en el restablecimiento de los controles fronterizos, los deterioros de la nacionalidad y la modificación de la Constitución con el fin, como lo acaba de explicar el Presidente de la República, de “permitir a los poderes públicos actuar contra el terrorismo de guerra”.

Evidentemente nadie puede negar la necesidad de protección de los lugares públicos contra los actos de terrorismo, más aún cuando los atentados coordinados del 13 de noviembre evidencian una falla grave de los servicios de seguridad. 

¿Debemos, por lo tanto, improvisar un nuevo arsenal de restricciones a las libertades individuales cuando gran cantidad de leyes “antiterroristas” no cesaron de sucederse y fueron a menudo endurecidas incluso antes de aplicarse? El actual clima de pánico y de escalada securitaria favorece, por otra parte, posturas muy inquietantes. Tal como la de encarcelar a los “sospechosos” de yihadismo o de radicalización, lo que equivaldría a confiarle a la policía y a la administración el derecho de impartir justicia, incluyendo la capacidad de decidir unilateralmente medidas privativas de la libertad.


Luego de una serie de crímenes premeditados que tuvieron como blanco lugares de esparcimiento y sociabilización un viernes por la noche, la emoción de la población francesa es comprensible.

Pero los políticos tienen la responsabilidad de reflexionar acerca de las motivaciones de sus adversarios y de las dinámicas que llevan a cabo antes de alardear con la esperanza efímera de fortalecer su popularidad flaqueante.
Estamos lejos de ello.

Traducción: Luciana Garbarino


Modelos de desarrollo en debate

Por Alejandro Grimson y Otros



El Dipló junto; junto con el Instituto de Altos Estudios Sociales, con el apoyo de la Fundación Heinrich Böll de
 Alemania, ha publicado una serie de artículos con el fin
de debatir el desarrollo del país.


Las notas que formaron parte de "Modelos de desarrollo en debate" son:
Obstáculos para el cambio estructural, por Martín Abeles.
Precarización: el otro movimiento obrero, por Paula Abal Medina
Los límites externos, por Martín Schorr
Un problema invisible, por Eleonor Faur
Leyes que tambalean, por Gabriela Delamata
¿Cómo construir una agenda de seguridad?, por Gabriel Kessler y Paula Santamaría
¿Batalla cultural?, por Alejandro Grimson