miércoles, febrero 01, 2023
¿Qué sentido tiene aprender filosofía?
'Ser filósofo consiste en resolver algunos de los problemas de la vida, no en el ámbito teórico, sino en el práctico'. Henry David Thoreau
Para quienes siempre supieron que la filosofía era buena
para algo, pero nunca supieron decir exactamente para qué, es la razón
por sí misma lo que hace la vida feliz y agradable, al expulsar todas las ideas
y opiniones falsas, y evitar así toda perturbación de la mente. Epicuro
Cada que se inicia un curso de
filosofía los estudiantes algo inquietos cuestionan: ¿Qué sentido tiene
estudiar filosofía y para qué sirve? No sin cierto desdén. Cabe aquí la
sentencia de Fichte: “La filosofía que se profesa revela el hombre que se es”.
Russell habla sobre que el valor de la filosofía debe ser buscado en una larga
medida en su real incertidumbre y Hume afirma que hay una especie de
escepticismo que precede a todo estudio inclusive.
Siempre me sorprendo de tales
inquietudes estudiantiles, así que se me ocurren multiplicidad de argumentos y
explicaciones. Tal parece que tienen una imagen desdibujada y muy elevada,
sobre la reflexión filosófica y la filosofía en sí. Una especie de concepto
nebuloso y bastante alejado de la realidad. Luego, entro a tratar de explicar
lo más claro, nítido e inteligiblemente posible el concepto de filosofía, su importancia
y utilidad en la dinámica de la cotidianidad contemporánea, dentro de esta
burbuja de sociedad globalizada.
Intento entonces, filosofar, en
parte, diríase aterrizarlos, abordarlos de la mejor manera posible, así como el
alfarero va moldeando su arcilla... Mi misión es mostrar que la filosofía es
aplicable a la vida, que la filosofía está relacionada con la vida real y la
forma de vivirla, obviamente dentro de las particularidades, expectativas e
intereses divergentes que tienen como personas.
Ese es el reto, romper el
escepticismo que se respira en el ambiente del aula, en este primer encuentro, que
no deja de ser interesante.
Continúo con una serie de
consideraciones iniciales, donde planteo el desarrollo de potencialidades de
algunas competencias básicas como de otras mucho más específicas y complejas,
de desempeños y acciones esperadas en el transcurso de las actividades trazadas
y los objetivos del curso.
Agrego, que en la filosofía no hay
lugar para la especulación ni la esquematización, ni el determinismo, menos aún
un absolutismo, gracias a la pluralidad y diversidad conceptual; pues las
mismas oposiciones teóricas con sus matices lo impiden. La pretensión es
acercarlos a la filosofía mediante una delicada labor de alta cirugía de
inteligencia consciente, lo que implica un proceso de lectura, análisis,
comprensión y crítica, sobre la problemática filosófica, la confrontación de
ideas, el debate y el diálogo, las disertaciones, el libre pensar, la
responsabilidad, así como cualquier problemática o situación, como por ejemplo:
el fantasma terrorífico de Al Qaeda, la naturaleza de la realidad desde la
física cuántica, la teoría de cuerdas, el uso del neuromarketing, la
neuroética, la tecnología como arma de dominio ideológico, los usos de la
nanotecnología (transgénicos, micromanipulación y modificación genética), la
fusión nuclear (el reactor construido por la China), los experimentos del
Laboratorio Europeo de Física de Partículas (CERN), el proyecto Haarp, hasta la
red de espionaje Echelon.
Incluyendo, la significación del
arte (en este caso por ejemplo en la concepción de un artista como Gottfried
Helnwein), la erudición de un Zygmunt Bauman, la complejidad de Michel
Foucault, los planteamientos apocalípticos de Varda Burstyn, las denuncias de
un Daniel Estulin, la radicalidad extrema de un Cioran, las metáforas de Peter
Sloterdijk o los desplantes de Diógenes el cínico, entre muchos otros, obviamente.
Igualmente, abordar el análisis de
otros cuestionamientos: la gula consumista, la apatía cultural, así como la
manera correcta de actuar, dentro de la norma, sin dejar de desconocer que la
incertidumbre ronda y acecha a nuestro alrededor, tal como lo plantea Nassim
Taleb, en “Los cisnes negros”.
Lo anterior tiene connotables
implicaciones filosóficas, veamos algunas:
¿Cómo intentar entender la
realidad desde la perspectiva de la física cuántica? (Bohn, Heisenberg,
Feynman, F. A. Wolf),
¿De qué manera el neuromarketing
está siendo utilizado para manipular mis inclinaciones y gustos para inducirme
a consumir determinado producto?
¿Influye esta técnica en
desórdenes del aprendizaje, falta de atención y alteración del comportamiento?
¿En la anorexia y la bulimia?,
por ejemplo (BrighHouse, Instituto de Ciencias del Pensamiento)
¿Por qué la tecnología se
convirtió en un arma de dominio ideológico?
Tecnoindustria - simuladores -hiperrealidades
/Baudrillard.
¿El consumo de productos
transgénicos afectan o alteran a largo plazo mi organismo?
Monsanto,
GenLife, DuPont, Novartis, Dow Chemical
¿Cuáles son los peligros reales
para la humanidad de las manipulaciones inducidas a la ionosfera en las
investigaciones del Proyecto HAARP?
G.
Mac Donald, E. Rauscher, B. Zickhur, P. Schaefer.
¿Nada se opone al agujero negro
de la globalización?
¿Qué sensaciones e impresiones
provoca la obra artística de Helnwein?
¿Cómo hemos llegado y permitido
esto?
Además, asumir los problemas que
atañen nuestra propia y singular existencia, plena, con todas las implicaciones
que esto conlleva; la soledad del espíritu, el tormento del alma y el sarcasmo
de la vida. Filosofía asumida también como una especie de ascesis (transformación
de sí mismo).
Como vemos, la perspectiva
filosófica es amplia y muy compleja.
Una lluvia de inquietudes, la
duda universal, cae de todos los rincones del aula. Nada inmutable, prosigo.
Sin embargo... pienso que antes de adentrarse en el terreno del estudio y
aprendizaje de la filosofía, primero es necesario aprender a pensar, paso
fundamental en el desarrollo del pensamiento crítico mediante el ejercicio y
praxis filosófica.
Pero, para poder pensar, primero
es necesario existir, lo que implica sentir a plenitud la existencia, por lo que
los zombis filosóficos, como instintivos autómatas (apáticos, indiferentes,
renegados, punks, emos, flogers, pupies ¿cuántos más?) a pesar de su condición
de auto marginados, corren el peligro de ser seducidos, igualmente, por la
filosofía.
Aparte de esta digna labor, el
maestro cumple varias misiones, digamos, una de ellas es una especie de
dirección artística, donde evoca la experiencia de la sorpresiva revelación del
otro como protagonista, ya no como un simple, pasivo e indiferente espectador,
solo esperando consumir un supuesto conocimiento transmitido en una invariable
y eterna clase magistral; ahora es un sujeto activo, reflexivo, analítico, que
tiene muchísimos más espacios de interacción que le permiten participar,
interpretar, hacer parte de la clase y del contenido de esta.
El comportamiento ejemplar del
maestro, su transparencia, honestidad, entrega, profesionalidad, sinceridad y
respeto, también son esenciales; esto nos permite poder mirarlos directamente a
los ojos, en cualquier circunstancia o sitio oscuro, lánguido y solitario,
donde nos topemos, aún después de algún tiempo de haber sido nuestros
alumnos.
Soy un convencido de que enseñar
a través de la filosofía, es aportar a la promoción y revaloración del ser
humano, a la redención y preponderancia de la escala de valores sociales, a la
reconfiguración del deteriorado tejido social, a crear un criterio auténtico y
crítico en los estudiantes.
Por esto, un aula debe ser, tiene
que serlo, un espacio ideológicamente abierto y ecléctico, libre de prejuicios,
extremismos y radicalidades, donde se respire aire puro de academia, lugar de
creación y construcción, de encuentros, convergencias, diálogos, acuerdos, de
intereses comunes en la diversidad, pluralidad e interculturalidad".
Eduardo Adrián Pulgarín U.
publicado en: Filosofía CLEI 5. Un mundo de preguntas y respuestas. Medellín:
Editorial Sagitario, 2012. Págs. 138-140
Debate sobre la naturaleza de la realidad
What The Bleep Do We Know?
Plantea un interesante debate filosófico y científico.
Constituye un nuevo intento por acercar al gran público las cuestiones
sobre las que se está planteando una profunda revolución cultural, surgida de
los conocimientos sobre las partículas elementales, englobados en lo que ha
dado en llamarse la Física Cuántica.
La Física Cuántica, tal como explicamos en otro artículo, es una manera de describir el
mundo. Su campo de actuación es el de las partículas elementales, que se
desenvuelven de manera misteriosa para la percepción ordinaria, ajenas a las
leyes de los objetos físicos, dando lugar a diferentes interpretaciones.
Dudas de realidad
La revolución cultural que se deriva de estos conocimientos tiene que ver,
sobre todo, con la naturaleza de la realidad. La tesis de la película es que la
realidad se reduce a la percepción y que la percepción (a la que llamamos
realidad) se forma por el efecto combinado de creencias, pensamientos y
emociones.
La consecuencia de esta tesis es que el sujeto es el artífice último de lo real
y que, cuando descubrimos la estrecha relación entre el mundo interno de las
personas y lo que acontece en su entorno, alcanzamos la capacidad de alterar la
realidad, una de las más antiguas aspiraciones humanas.
El argumento sobre la estructura cuántica de la realidad se completa en la
película con recientes descubrimientos sobre el funcionamiento del cerebro,
capaz de reaccionar de la misma forma tanto respecto a un objeto real como a
otro imaginario, siempre que una emoción esté asociada a estos procesos.
Este descubrimiento lleva a los protagonistas a proponer una mayor atención a
los procesos de pensamiento y a la profundización en las emociones, al
considerar que una revisión profunda del interior humano puede ayudar a
comprender mejor el mundo que nos rodea y a hacerlo más habitable y
confortable. Y, sobre todo, mucho más feliz.
La película está articulada en torno a una protagonista que busca sentido a su
vida, a la que acompañan en su experiencia una serie de expertos de diferentes
disciplinas: física, neurología, psiquiatría, filosofía, medicina, biología,
teología, explicando conocimientos relativos a la experiencia de la
protagonista, Amanda (Marlee Matlin).
Los argumentos que los diferentes expertos exponen en la película están
documentados en muchos casos, pero en otros aspectos son más débiles. La
fragilidad de algunas de las exposiciones de la película está bien recogida en
un artículo de Wikipedia. Además, según Popular Science, uno de los expertos
entrevistados, David Albert, profesor en la U. de Columbia, considera que las
declaraciones suyas que aparecen en la película son incompletas y que están
distorsionadas.
La prueba del acierto se observa en el inesperado éxito obtenido en las salas
comerciales de Estados Unidos y en el hecho de que, antes de llegar a las
grandes pantallas de España, ha estado circulando casi clandestinamente por
países latinoamericanos y regiones españolas, aglutinando foros de reflexión
“sobre física cuántica” a partir de esta película.
La Física Cuántica, de esta forma, se está poniendo de moda, con todo lo bueno y lo malo que eso supone: despertar el interés por una disciplina científica es positivo, pero reducirla a una tertulia de salón y convertirla casi en una religión capaz de resolverlo prácticamente todo, es algo que no tiene nada que ver con la ciencia.
Telón
de fondo
En cualquier caso,
lo cierto es que la película evoca un importante debate filosófico y científico
que se remonta al Siglo IV antes de Cristo, cuando Platón señaló con el mito de la caverna que no conocemos la realidad,
sino las sombras que el mundo refleja en las paredes de la caverna en la que
estamos encerrados.
En 1781 Kant especula con que sólo podemos conocer a través de modelos de
realidad, innatos en nosotros, que son sólo una tenue representación del mundo
real, por lo demás inaccesible al conocimiento.
A su vez, el filósofo alemán Arthur Schopenhauer llegó a la conclusión de que la realidad innata de todas las apariencias materiales es la voluntad y que la realidad última es una voluntad universal.
Más de cien años después, Einstein descubre, ya sobre bases científicas, que el
mundo real no coincide siempre con nuestras estructuras mentales, ya que, a
partir del conocimiento de las partículas elementales, hemos descubierto que lo
que sabemos del mundo objetivo es muy diferente de las ideas que tenemos sobre
ese mismo mundo.
En realidad este es el punto de partida de la película, que recupera el papel del sujeto (observador en el lenguaje de la Física) en la construcción de la realidad planteado por la teoría cuántica: en 1984, John Wheeler y Wojcieck Zurek, en su obra Quantum Theory and Measurement, señalaron que son necesarios los observadores para dar existencia al mundo.
Aunque más tarde el físico alemán Dieter Zeh cuestionara esta hipótesis con su
propuesta de los procesos de decoherencia para explicar los mecanismos de
formación de la realidad, el debate sobre el papel del observador en el mundo
no ha concluido.
La neurología ha venido a arrojar nueva luz al señalar que el cerebro nos
ofrece, no un reflejo de la realidad, sino una interpretación de señales,
símbolos y signos a través de un complicado ejercicio vertiginoso de
matemáticas complejas, lo que aparentemente reduce la naturaleza de la realidad
a un conjunto de ondas electromagnéticas que se concretan en objetos por
mediación del cerebro.
Edgar Moria, entre otros, explica muy bien estos procesos en su obra El Conocimiento del Conocimiento y concluye: el cerebro se ha construido en el mundo y ha reconstruido el mundo a su manera dentro de sí, por lo que el mundo está en nuestro espíritu, que a su vez está en el mundo.
Aunque no es la
única lectura posible, lo que explica Morin es un buen resumen del argumento
básico de la película y una posible explicación de su mensaje porque, si damos
por ciertos estos supuestos, realmente estamos adentrándonos en la próxima
evolución de nuestra especie.
Física Cuántica y Filosofía
I. Filosofía de la ciencia
La filosofía de la ciencia constituye un campo de investigación relativamente joven y en constante expansión, un campo cuya fecundidad y relevancia responden a la naturaleza misma de su objeto de estudio. La reflexión crítica sobre la ciencia, así como una adecuada valoración de su impacto social y ambiental, exigen considerar el fenómeno científico en toda su complejidad, analizando sus diversas dimensiones y contextos.
Durante la primera mitad del siglo XX, los filósofos clásicos de la ciencia se enfocaron en los productos o resultados científicos, concentrando el análisis en cuestiones que atañen a las hipótesis y teorías que constituyen “conocimiento”: los métodos de prueba, los estándares de evaluación, la relación entre teoría y experiencia, la estructura lógica de las leyes y teorías, los modelos de explicación y predicción, la naturaleza del lenguaje de la ciencia, etc.
Este conjunto de cuestiones, que caen bajo el “contexto de
justificación”, nos remite a las dimensiones lógica, metodológica, epistemológica,
ontológica y semántica de la ciencia, dimensiones que además de constituir el
núcleo duro del análisis filosófico, desembocan en problemas de calado profundo
como, por ejemplo, el problema de la racionalidad científica o el problema de
la relación entre nuestro conocimiento y el mundo.
En los años sesenta, la filosofía de la ciencia amplía su horizonte de
reflexión al considerar el proceso de producción de conocimiento en sus
diversos aspectos. Este interés por los modos de hacer ciencia -por la
actividad científica- surge con el reconocimiento de los cambios profundos que
han marcado su desarrollo histórico, no sólo en el nivel de las teorías sino
también en el de los métodos y los objetivos de la investigación.
De aquí que la tarea de construir modelos de la dinámica científica haya adquirido un lugar central. Desde luego, a esta ampliación de la agenda filosófica contribuyeron tanto la consolidación de los estudios historiográficos como el desarrollo de otros estudios empíricos sobre la ciencia (sociológicos, psicológicos, antropológicos, evolutivos), con lo cual se abrió el camino hacia la “naturalización” de la filosofía de la ciencia.
Finalmente, la creciente vinculación entre ciencia y tecnología, además de estar generando un nuevo modo de investigar, ha permitido destacar el papel que cumplen los procesos de comunicación no sólo en el desarrollo mismo del conocimiento, sino también en la conformación del tipo de sociedad en que vivimos. Paralelamente, el impacto de largo y variado alcance de las aplicaciones tecno-científicas nos ha obligado a repensar la dimensión axiológica de esta actividad, sobre todo en su sentido moral y político, así como a rastrear en el tipo de valores que promueve en la esfera pública.
En suma, el universo en expansión de la filosofía de la ciencia, junto con la batería de herramientas conceptuales que en él se han ido forjando, hacen de este campo de investigación una plataforma muy adecuada para abordar las diversas facetas de “esa cosa llamada ciencia”. De aquí que la filosofía de la ciencia, además de columna vertebral de este posgrado, constituya ella misma una línea de especialización.
II. Filosofía de la ciencia
La filosofía de la ciencia investiga el conocimiento científico y la práctica científica. Se ocupa de saber, entre otras cosas, cómo se desarrollan, evalúan y cambian las teorías científicas, y de saber si la ciencia es capaz de revelar la verdad de las «entidades ocultas» (o sea, no observables) y los procesos de la naturaleza. Son filosóficas las diversas proposiciones básicas que permiten construir la ciencia.
Ejemplos:
§ La realidad existe de manera independiente de la mente humana.
§ La naturaleza es regular, al menos en alguna medida (tesis ontológica de legalidad).
§ El ser humano es capaz de comprender la naturaleza (tesis gnoseológica de inteligibilidad).
Si bien estos supuestos metafísicos no son cuestionados por el realismo científico, muchos han planteado serias sospechas respecto del segundo de ellos1 y numerosos filósofos han puesto en tela de juicio alguno de ellos o los tres. De hecho, las principales sospechas con respecto a la validez de estos supuestos metafísicos son parte de la base para distinguir las diferentes corrientes epistemológicas históricas y actuales. De tal modo, aunque en términos generales el empirismo lógico defiende el segundo principio, opone reparos al tercero y asume una posición fenomenista, es decir, admite que el hombre puede comprender la naturaleza siempre que por naturaleza se entienda "los fenómenos" (el producto de la experiencia humana) y no la propia realidad.
En pocas palabras, lo que intenta la filosofía de la ciencia es explicar problemas tales como:
la naturaleza y la obtención de las ideas científicas (conceptos, hipótesis, modelos, teorías, paradigma, etc.);
la relación de cada una de ellas con la realidad;
cómo la ciencia describe, explica, predice y contribuye al control de la naturaleza (esto último en conjunto con la filosofía de la tecnología);
la formulación y uso del método científico;
los tipos de razonamiento utilizados para llegar a conclusiones;
las implicaciones de los diferentes métodos y modelos de ciencia.
La filosofía de la ciencia comparte algunos problemas con la gnoseología -la teoría del conocimiento- que se ocupa de los límites y condiciones de posibilidad de todo conocimiento. Pero, a diferencia de ésta, la filosofía de la ciencia restringe su campo de investigación a los problemas que plantea el conocimiento científico; el cual, tradicionalmente, se distingue de otros tipos de conocimiento, como el ético o estético, o las tradiciones culturales.
Algunos científicos han mostrado un vivo interés por la filosofía de la ciencia y algunos como Galileo Galilei, Isaac Newton y Albert Einstein, han hecho importantes contribuciones. Numerosos científicos, sin embargo, se han dado por satisfechos dejando la filosofía de la ciencia a los filósofos y han preferido seguir haciendo ciencia en vez de dedicar más tiempo a considerar cómo se hace la ciencia. Dentro de la tradición occidental, entre las figuras más importantes anteriores al siglo XX destacan entre muchos otros Platón, Aristóteles, Epicuro, Arquímedes, Boecio, Alcuino, Averroes, Nicolás de Oresme, Santo Tomas de Aquino, Jean Buridan, Leonardo da Vinci, Raimundo Lulio, Francis Bacon, René Descartes, John Locke, David Hume, Emmanuel Kant y John Stuart Mill.
La filosofía de la ciencia no se denominó así hasta la formación del Círculo de Viena, a principios del siglo XX. En la misma época, la ciencia vivió una gran transformación a raíz de la teoría de la relatividad y de la mecánica cuántica.
Entre los filósofos de la ciencia más conocidos del siglo XX figuran
Karl R. Popper y Thomas Kuhn, Mario Bunge, Paul Feyerabend, Imre Lakatos, Ilya
Prigogine, etc.
Ciencia y Filosofía El Porqué de la filosofía
En el fondo los filósofos, se empeñan en hablar de lo que no saben: el propio Sócrates lo reconocía así, cuando dijo «sólo sé que no sé nada», Si no sabe nada, ¿para qué vamos a escucharlo? Lo que tenemos que hacer es aprender de los que saben, no de los que no saben; sobre todo hoy en día, cuando las ciencias han adelantado tanto y sabemos cómo funcionan la mayoría de las cosas. Así pues, en la época actual, la del microchip, del acelerador de partículas, el reino de Internet, la televisión digital... ¿qué información podemos recibir de la filosofía? La única respuesta que nos resignaremos a dar es la que hubiera probablemente ofrecido el propio Sócrates: ninguna. Nos informan las ciencias de la naturaleza, los técnicos, los periódicos, algunos programas de televisión…, pero no hay información «filosófica», y la filosofía es incompatible con las noticias y la información está hecha de noticias. Pero ¿es información lo único que buscamos para entendemos mejor a nosotros mismos y lo que nos rodea? Supongamos que recibimos una noticia cualquiera, por ejemplo: x número de personas muere diariamente de hambre en el mundo; nosotros, recibida la información, nos preguntamos ¿qué está ocurriendo? Recabaremos opiniones, algunas nos dirán que tales muertes se deben a desajustes en el ciclo macroeconómico global, otras de la superpoblación del planeta, algunos clamarán contra el injusto reparto de los bienes entre posesores y desposeídos, o invocarán la voluntad de Dios, o la fatalidad del destino... Y no faltará quien cándidamente, comente: «¡En qué mundo vivimos!» Entonces, como un eco, nos preguntamos: ¿en qué mundo vivimos?»
No nos conformaremos con respuestas como «vivimos en el planeta Tierra», «vivimos precisamente en un mundo en el que x personas mueren diariamente de hambre», «vivimos en un mundo muy injusto» o «un mundo maldito por Dios a causa de los pecados humanos». No queremos más información sobre lo que pasa sino saber qué significa la información que tenemos, cómo debemos interpretada y relacionarla con otras informaciones anteriores o simultáneas, qué supone toda ella en la consideración general de la realidad en que vivimos, cómo podemos o debemos comportarnos en la situación así establecida. Estas son, precisamente preguntas a las que atiende la filosofía. Digamos:
a) la información, que nos presenta los hechos y los mecanismos primarios de lo que sucede,
b) el conocimiento, que reflexiona sobre la información recibida, jerarquiza su importancia significativa y busca principios generales para ordenarla
c) la sabiduría, que vincula el conocimiento con las opciones vitales o valores que podemos elegir, intentando establecer cómo vivir mejor de acuerdo con lo que sabemos. Creo que la ciencia se mueve entre el nivel a y el b de conocimiento, mientras la filosofía opera entre el b y el c.
Así que no hay información propiamente filosófica, pero sí conocimiento filosófico, lo ideal sería llegar a la sabiduría filosófica ¿Es posible lograr y enseñar tal cosa?
Intentemos precisar la diferencia entre ciencia y filosofía. Lo primero que salta a la vista no es lo que las distingue sino lo que las asemeja: tanto la ciencia como la filosofía intentan contestar preguntas suscitadas por la realidad. De hecho, en sus orígenes, ciencia y filosofía estuvieron unidas y sólo a lo largo de los siglos la física, la química, la astronomía o la psicología se fueron independizando de su común matriz filosófica. En la actualidad, las ciencias pretenden explicar cómo están hechas las cosas y cómo funcionan, mientras que la filosofía se centra más bien en lo que significan para nosotros; la ciencia debe adoptar el punto de vista impersonal para hablar sobre todos los temas (incluso cuando estudia a las personas mismas), mientras que la filosofía siempre permanece consciente de que el conocimiento tiene necesariamente un sujeto, un protagonista humano.
La ciencia aspira a conocer lo que hay y lo que sucede; la filosofía se pone a reflexionar sobre cómo cuenta para nosotros lo que sabemos que sucede y lo que hay. La ciencia multiplica las perspectivas y las áreas de conocimiento, es decir, fragmenta y especializa el saber; la filosofía se empeña en relacionarlo todo, con todo lo demás, intentando enmarcar los saberes en un panorama teórico que sobrevuele la diversidad desde esa aventura unitaria que es pensar, o sea, ser humanos.
La ciencia desmonta las apariencias de lo real en elementos teóricos invisibles, ondulatorios o corpusculares, matematizables, en elementos abstractos inadvertidos; sin ignorar ni desdeñar ese análisis, la filosofía rescata la realidad humanamente vital de lo aparente, en la que transcurre la peripecia de nuestra existencia concreta (v. gr. la ciencia nos revela que los árboles y las mesas están compuestos de electrones, neutrones, etc., pero la filosofía, sin minimizar esa revelación, nos devuelve a una realidad humana entre árboles y mesas). La ciencia busca saberes y no meras suposiciones; la filosofía quiere saber lo que supone para nosotros el conjunto de nuestros saberes... y si son verdaderos saberes o ignorancias disfrazadas. Porque la filosofía suele preguntarse principalmente sobre cuestiones que los científicos (y por supuesto la gente corriente) dan ya por supuestas o evidentes.
Un historiador se
preguntará qué sucedió en tal momento del pasado, un filósofo preguntará: ¿qué
es el tiempo? Un matemático investiga las relaciones entre los números pero un
filósofo indagará: ¿qué es un número? Un físico se preguntará de qué están
hechos los átomos o qué explica la gravedad, pero un filósofo preguntará: ¿Cómo
podemos saber que hay algo fuera de nuestras mentes? Un psicólogo puede
investigar cómo los niños aprenden un lenguaje, pero un filósofo preguntará: ¿por
qué una palabra significa algo? Cualquiera puede preguntarse si está mal
colarse en el cine sin pagar, pero un filósofo preguntará: ¿por qué una acción
es buena o mala?
En cualquier caso, tanto las ciencias como la filosofía contestan a preguntas suscitadas por lo real. A tales preguntas las ciencias brindan soluciones, es decir, contestaciones que satisfacen de tal modo la cuestión planteada que la anulan y disuelven. Si una contestación científica funciona como tal ya no tiene sentido insistir en la pregunta, deja de ser interesante.
En cambio, la filosofía no brinda ‘soluciones’ sólo respuestas, que no anulan las preguntas, y nos permiten convivir racionalmente con ellas aunque sigamos planteándolas una y otra vez; por muchas respuestas filosóficas que conozcamos a la pregunta que inquiere sobre qué es la justicia o qué es tiempo, nunca dejaremos de preguntamos por el tiempo y la justicia.
Las respuestas filosóficas cultivan la pregunta, resaltan lo esencial de ese preguntar y nos ayudan a seguir preguntándonos, a preguntar cada vez mejor, humanizamos en la convivencia perpetua con la interrogación. Porque, ¿qué es el hombre sino el animal que pregunta y que seguirá preguntando más allá de cualquier respuesta imaginable?
Hay preguntas que admiten solución satisfactoria y tales preguntas son las que se hace la ciencia; otras creemos imposible que lleguen a ser nunca totalmente solucionadas y responderlas -siempre insatisfactoriamente- es el empeño de la filosofía. Históricamente ha sucedido que algunas preguntas empezaron siendo competencia de la filosofía -la naturaleza, el movimiento de los astros, y luego pasaron a recibir solución científica, tratadas desde nuevas perspectivas científicas, estimuladas por dudas filosóficas (el paso de la geometría euclidiana a las geometrías no euclidianas, por ejemplo).
Deslindar qué preguntas parecen hoy pertenecer al primero y cuáles al segundo grupo es una de las tareas críticas más importantes de los filósofos... y de los científicos. De lo único que podemos estar ciertos es que jamás ni la ciencia ni la filosofía carecerán de preguntas a las que intentar responder...
Pero hay otra diferencia importante entre ciencia y filosofía. Un
científico puede utilizar las soluciones halladas por científicos anteriores
sin necesidad de recorrer por sí mismo todos los razonamientos, cálculos y
experimentos que llevaron a descubrirlas; pero cuando alguien quiere filosofar
no puede contentarse con aceptar las respuestas de otros filósofos o citar su
autoridad como argumento incontrovertible: ninguna respuesta filosófica será
válida para él si no vuelve a recorrer por sí mismo el camino trazado por sus
antecesores o intenta otro nuevo apoyado en esas perspectivas ajenas que habrá
debido considerar personalmente.
En una palabra el itinerario filosófico tiene que ser pensado individualmente por cada cual, aunque parta de una muy rica tradición intelectual. Los logros de la ciencia están a disposición de quien quiera consultarlos, leerlos de la filosofía sólo sirven a quien se decide a meditarlos por sí mismo.
Una vida sin examen, es decir la vida de quien no sopesa las respuestas que se le ofrecen para las preguntas esenciales ni trata de responderlas personalmente, no merece la pena de vivirse. O sea que la filosofía, antes de proponer teorías que resuelvan nuestras perplejidades, debe quedarse perpleja. Antes de ofrecer las respuestas verdaderas, debe dejar claro por qué no le convencen las respuestas falsas. Una cosa es saber después de haber pensado y discutido, otra muy distinta es adoptar los saberes que nadie discute para no tener que pensar. Aún más importante que establecer conocimientos es ser capaz de criticar con argumentos, antes de saber por qué afirma lo que afirma, el filósofo debe saber al menos por qué duda de lo que afirman los demás o por qué no se decide a afirmar a su vez. Y esta función negativa, defensiva, crítica, ya tiene un valor en sí misma, aunque no vayamos más allá y aunque en el mundo de los que creen que saben el filósofo sea el único que acepte no saber pero conoce al menos su ignorancia.
¿Enseñar a filosofar aún cuando todo el mundo parece que no quiere más que soluciones inmediatas y prefabricadas, cuando las preguntas que se aventuran hacia lo insoluble resultan tan incómodas? Planteemos de otro modo la cuestión: ¿acaso no es humanizar de forma plena la principal tarea de la educación?, ¿hay otra dimensión más propiamente humana, más necesariamente humana que la inquietud que desde hace siglos lleva a filosofar?, ¿puede la educación prescindir de ella y seguir siendo humanizadora en el sentido libre y antidogmático que necesita la sociedad democrática en la que queremos vivir?
Aceptemos que hay que intentar enseñar filosofía o, mejor, a filosofar. ¿Cómo hacerlo? No puede ser sino una invitación a que cada cual filosofe por sí mismo».
Texto fundamentado en: “Las preguntas de la vida”, Fernando
Savater. Editorial Ariel. 1999. págs. 15 – 26.
martes, enero 31, 2023
Criterios Generales de Evaluación 2023
1. Evaluaciones.
2. Apuntes
en Clase.
3. Informes
y Análisis de Lectura.
4. Sinopsis de Videos y Películas.
5. Realización de escritos y análisis.
8. Asistencia a
las clases puntualmente.
6. Realización
y entrega de Tareas y Talleres.
7. Trabajo en equipo y actividades colaborativas.
9. Evaluación de Temáticas del respectivo Periodo.
10. Organización,
dedicación y disciplina de estudio.
11. Contextualización y sustentación de Tareas y Talleres
12. Socialización de Temáticas, Lecturas, Videos y Películas
13. Elaboración
y Análisis de Mapas Conceptuales, Cuadros, Gráficos, Tablas y Textos
14. Responsabilidad
en la entrega de Talleres, Lecturas, Tareas, Consultas, Videos y
Películas.
Indicadores de Logro Generales 2023
1. Cumplir con responsabilidad las actividades propuestas en el área durante el respectivo Periodo Académico.
2. El
desempeño académico en el área le permite alcanzar los Logros, Objetivos y
Propósitos propuestos para el Periodo.
3. Desarrollo
de Lectura Crítica en la dimensión intertextual.
4. Términos
Específicos como estructuración conceptual del aprendizaje.
5. Informes,
sinopsis y realización de talleres de películas y videos.
6. Realización
de análisis, comprensión, profundización y contextualización de Lecturas
contenidas en el Plan Lector del Área.
7. Cumplir
oportunamente con la realización y entrega de consultas, talleres y tareas
asignadas.
8. Desarrollo
de Temáticas analizadas y contextualizadas durante el respectivo Periodo
Académico.






