domingo, abril 09, 2023

Günter Wallraff

 


Entre las investigaciones de Wallraff están: su conversión en un inmigrante turco para experimentar la cruel realidad de los extranjeros de su país; su infiltración en el diario sensacionalista Bild, para producir una radiografía de la prensa roja; entre otros reportajes encubiertos en otras empresas.

   por Diana Cristina Sánchez  

Revista SEMANA.com     

Con sus denuncias ha hecho temblar a Europa.

Durante su historia como periodista de investigación, ha revelado los abusos de poder, la xenofobia y las condiciones de explotación laboral.

SEMANA: Usted se ha disfrazado de negro para desenmascarar el racismo, se ha infiltrado en importantes empresas para denunciar violaciones a las leyes laborales. Con sus infiltraciones, ha destapado la doble moral europea. ¿Qué lo motiva?


Günter Wallraff: Yo viví un episodio traumático temprano en mi vida, que me marcó. Cuando era adolescente yo ya era un pacifista, y entrar al ejército, que por esa época aún estaba repleto de viejos nazis, era para mí un imposible. 

Aunque me enlistaron, me opuse a ir y, por supuesto, sufrí las consecuencias. Me sometieron durante meses a los más terribles métodos para quebrar mi voluntad. 

Me matonearon, me acosaron, me golpearon. Ahí comencé a documentar mis experiencias en un diario. En 1962, las publiqué con un prólogo de Heinrich Böll. Terminé en un centro psiquiátrico, en el que me trataron bajo el rótulo de “personalidad anormal”.

SEMANA: ¿Viene de ahí su afinidad por los desfavorecidos?


Günter Wallraff: Siempre me he sentido mejor con ellos. Yo evito la alta sociedad porque me ahoga. En cambio, me gusta estar con gente auténtica, que está verdaderamente viva, que no se disfraza y no ha aprendido a actuar. Siento además que mi cercanía a los desfavorecidos me permite alcanzar cosas. 

SEMANA: ¿Por ejemplo?

Günter Wallraff: Sé que he cambiado a muchas personas. La gente se me acerca para decirme que mis libros les han enseñado a tener coraje. También he podido transformar la realidad. Una vez me infiltré en un call-center y trabajé ahí durante meses bajo condiciones laborales infrahumanas y con la instrucción de engañar al consumidor al otro lado de la línea. 

Cuando denuncié lo que viví, las asociaciones de protección al consumidor me convocaron para hacer campañas contra la explotación, y los efectos fueron enormes pues al final condujo a una reforma de ley. Logré que en Alemania ya no fuera tan fácil usurparles sus derechos a las personas. Les mostré la ilegalidad a los políticos y a los jueces con tanta claridad que no tuvieron otro remedio que reaccionar.

SEMANA: Usted acaba de pedirle a su editor que retire sus libros de Amazon. ¿Por qué?


Günter Wallraff: Debo ser consecuente. En las bodegas de distribución de Amazon la gente trabaja bajo condiciones muy malas y la los tratan con crueldad. Amazon es una organización tan perniciosa como la iglesia de la Cienciología, donde predomina una vigilancia total. 

Me pregunté: ¿Cómo puedo dejar que esa empresa distribuya y venda mis libros? Mi editorial aceptó la decisión bajo la condición de que yo prescindía de parte de mis ingresos. 


SEMANA: ¿Dónde traza la raya para actuar dentro de la ética? 


Günter Wallraff: Para mí el límite es bastante claro: la vida privada. Ni siquiera en el caso de mi enemigo más enconado me atrevería a inmiscuirme en una esfera íntima. Y hay otra frontera inquebrantable que consiste en el respeto de los más débiles. Uno no puede abusar del poder que tiene y dejarlo caer sobre ellos. Hay que disparar hacia arriba. 



SEMANA: Pero para investigar usted debe primero engañar. Sus mismos colegas en Europa lo critican por eso… 




Günter Wallraff: Cuando comencé mi carrera, sentía que tenía que justificarme. Me ponían contra la pared y me decían que lo que hacía era ilegal, injusto, tramposo… Pero había muchos otros periodistas que, a la vez, me veían como una suerte de libertador al atreverme a mostrar realidades ocultas que nadie más denunciaba. 

A mí me han llevado a los tribunales, pero siempre he salido ileso. No sólo eso. La Corte Federal Alemana declaró a mis métodos de montaje e infiltración como legítimos cuando los objetos de la denuncia son de gravedad. 

SEMANA: Usted tiene enemigos. ¿Cómo se cuida? 


Günter Wallraff: Guardando la calma y confiando en la gente. Muchas veces me ha sucedido que las personas que contratan para espiarme terminan destapándose conmigo. La confianza también me ayuda a protegerme de mí mismo. A veces duermo mal y tengo pesadillas, pero no quisiera volverme un paranoico. 

SEMANA: ¿Tiene una vida privada? 

Günter Wallraff: Si yo fuera consecuente, no podría tenerla, tendría que tener una vida monástica. He sido más bien ambiguo: me he casado tres veces y tengo tres hijas fantásticas, pero no convivo con ellas. Mi vida familiar y mi relación con mis amigos consisten en encuentros, contactos que van y vienen. En todo caso, un matrimonio como quizás usted se lo imagina, es incompatible con esta profesión. 

SEMANA: ¿Qué investigación le gustaría hacer antes del retiro? 

Günter Wallraff: Soy impetuoso y aún tengo fuerzas. En la botánica hablan del ‘florecer de la angustia’ para describir las flores que da un árbol antes de morir. Así me siento. Hago maratón, alzo pesas y me mantengo saludable. Y mientras siga así, continuaré. 

Para mi más reciente investigación me hice pasar por un traficante de personas. Hay temas que me apasionan como el mundo de las prácticas profesionales, que se han convertido en un foco de la explotación. 

Hay miles de jóvenes a quienes llaman los “practicantes permanentes” porque al no conseguir trabajo están dispuestos a laborar en pésimas condiciones para no caer en el desempleo. Yo quiero conocer ese mundo. También quiero escribir mi autobiografía. Y tengo más ideas, pero si se las contara afectaría mis planes. 

SEMANA: ¿Cuál es la investigación que más lo ha afectado? 

Günter Wallraff: Sin duda la vez que viajé encubierto a Grecia durante el fascismo de la Dictadura de los Coroneles. Me hice pasar por un miembro del Comité de Solidaridad, me dediqué a defender a los presos políticos y, claro, rápidamente terminé como uno. 

Entré 14 veces a la cárcel y fui interrogado repetidamente. Me habría podido pasar lo peor. Posteriormente, sufrí de problemas nerviosos y de concentración. Hasta hoy he sobrevivido, aunque soy consciente de los riesgos. Es más, desde esa investigación en Grecia tengo listo mi testamento.

   

La espera

 

El coche lo dejó en el cuatro mil cuatro de esa calle del Noroeste. No habían dado las nueve de la mañana; el hombre notó con aprobación los manchados plátanos, el cuadrado de tierra al pie de cada uno, las decentes casas de balconcito, la farmacia contigua, los desvaídos rombos de la pinturería y ferretería. Un largo y ciego paredón de hospital cerraba la acera de enfrente; el sol reverberaba, más lejos, en unos invernáculos. El hombre pensó que esas cosas (ahora arbitrarias y casuales y en cualquier orden, como las que se ven en los sueños) serían con el tiempo, si Dios quisiera, invariables, necesarias y familiares. En la vidriera de la farmacia se leía en letras de loza: Breslauer; los judíos estaban desplazando a los italianos, que habían desplazado a los criollos. Mejor así; el hombre prefería no alternar con gente de su sangre.

El cochero le ayudó a bajar el baúl; una mujer de aire distraído o cansado abrió por fin la puerta. Desde el pescante el cochero le devolvió una de las monedas, un vintén oriental que estaba en su bolsillo desde esa noche en el hotel de Melo. El hombre le entregó cuarenta centavos, y en el acto sintió: "Tengo la obligación de obrar de manera que todos se olviden de mí. He cometido dos errores: he dado una moneda de otro país y he dejado ver que me importa esa equivocación."

Precedido por la mujer, atravesó el zaguán y el primer patio. La pieza que le habían reservado daba, felizmente, al segundo. La cama era de hierro, que el artífice había deformado en curvas fantásticas, figurando ramas y pámpanos; había, asimismo, un alto ropero de pino, una mesa de luz, un estante con libros a ras del suelo, dos sillas desparejas y un lavatorio con su palangana, su jarra, su jabonera y un botellón de vidrio turbio. Un mapa de la provincia de Buenos Aires y un crucifijo adornaban las paredes; el papel era carmesí, con grandes pavos reales repetidos, de cola desplegada. La única puerta daba al patio. Fue necesario variar la colocación de las sillas para dar cabida al baúl. Todo lo aprobó el inquilino; cuando la mujer le preguntó cómo se llamaba, dijo Villari, no como un desafío secreto, no para mitigar una humillación que, en verdad, no sentía, sino porque ese nombre lo trabajaba, porque le fue imposible pensar en otro. No lo sedujo, ciertamente, el error literario de imaginar que asumir el nombre del enemigo podía ser una astucia.

El señor Villari, al principio, no dejaba la casa; cumplidas unas cuantas semanas, dio en salir, un rato, al oscurecer. Alguna noche entró en el cinematógrafo que había a las tres cuadras. No pasó nunca de la última fila; siempre se levantaba un poco antes del fin de la función. Vio trágicas historias del hampa; éstas, sin duda, incluían errores, éstas, sin duda, incluían imágenes que también lo eran de su vida anterior; Villari no los advirtió porque la idea de una coincidencia entre el arte y la realidad era ajena a él. Dócilmente trataba de que le gustaran las cosas; quería adelantarse a la intención con que se las mostraban. A diferencia de quienes han leído novelas, no se veía nunca a sí mismo como un personaje del arte.

No le llegó jamás una carta, ni siquiera una circular, pero leía con borrosa esperanza una de las secciones del diario. De tarde, arrimaba a la puerta una de las sillas y mateaba con seriedad, puestos los ojos en la enredadera del muro de la inmediata casa de altos. Años de soledad le habían enseñado que los días, en la memoria, tienden a ser iguales, pero que no hay un día, ni siquiera de cárcel o de hospital, que no traiga sorpresas. En otras reclusiones había cedido a la tentación de contar los días y las horas, pero esta reclusión era distinta, porque no tenía término —salvo que el diario, una mañana trajera la noticia de la muerte de Alejandro Villari. También era posible que Villari ya hubiera muerto y entonces esta vida era un sueño. Esa posibilidad lo inquietaba, porque no acabó de entender si se parecía al alivio o a la desdicha; se dijo que era absurda y la rechazó. En días lejanos, menos lejanos por el curso del tiempo que por dos o tres hechos irrevocables, había deseado muchas cosas, con amor sin escrúpulo; esa voluntad poderosa, que había movido el odio de los hombres y el amor de alguna mujer, ya no quería cosas particulares: sólo quería perdurar, no concluir. El sabor de la yerba, el sabor del tabaco negro, el creciente filo de sombra que iba ganando el patio.

Había en la casa un perro lobo, ya viejo. Villari se amistó con él. Le hablaba en español, en italiano y en las pocas palabras que le quedaban del rústico dialecto de su niñez. Villari trataba de vivir en el mero presente, sin recuerdos ni previsiones; los primeros le importaban menos que las últimas. Oscuramente creyó intuir que el pasado es la sustancia de que el tiempo está hecho; por ello es que éste se vuelve pasado en seguida. Su fatiga, algún día, se pareció a la felicidad; en momentos así, no era mucho más complejo que el perro.

Una noche lo dejó asombrado y temblando una íntima descarga de dolor en el fondo de la boca. Ese horrible milagro recurrió a los pocos minutos y otra vez hacia el alba.

Villari, al día siguiente, mandó buscar un coche que lo dejó en un consultorio dental del barrio del Once. Ahí le arrancaron la muela. En ese trance no estuvo más cobarde ni más tranquilo que otras personas.

Otra noche, al volver del cinematógrafo, sintió que lo empujaban. Con ira, con indignación, con secreto alivio, se encaró con el insolente. Le escupió una injuria soez; el otro, atónito, balbuceó una disculpa. Era un hombre alto, joven, de pelo oscuro, y lo acompañaba una mujer de tipo alemán; Villari, esa noche, se repitió que no los conocía. Sin embargo, cuatro o cinco días pasaron antes que saliera a la calle.

Entre los libros del estante había una Divina Comedia, con el viejo comentario de Andreoli. Menos urgido por la curiosidad que por un sentimiento de deber, Villari acometió la lectura de esa obra capital; antes de comer, leía un canto, y luego, en orden riguroso, las notas. No juzgó inverosímiles o excesivas las penas infernales y no pensó que Dante lo hubiera condenado al último círculo, donde los dientes de Ugolino roen sin fin la nuca de Ruggieri.

Los pavos reales del papel carmesí parecían destinados a alimentar pesadillas tenaces, pero el señor Villari no soñó nunca con una glorieta monstruosa hecha de inextricables pájaros vivos. En los amaneceres soñaba un sueño de fondo igual y de circunstancias variables. Dos hombres y Villari entraban con revólveres en la pieza o lo agredían al salir del cinematógrafo o eran, los tres a un tiempo, el desconocido que lo había empujado, o lo esperaban tristemente en el patio y parecían no conocerlo. Al fin del sueño, él sacaba el revólver del cajón de la inmediata mesa de luz (y es verdad que en ese cajón guardaba un revólver) y lo descargaba contra los hombres. El estruendo del arma lo despertaba, pero siempre era un sueño y en otro sueño el ataque se repetía y en otro sueño tenía que volver a matarlos.

Una turbia mañana del mes de julio, la presencia de gente desconocida (no el ruido de la puerta cuando la abrieron) lo despertó. Altos en la penumbra del cuarto, curiosamente simplificados por la penumbra (siempre en los sueños del temor habían sido más claros), vigilantes, inmóviles y pacientes, bajos los ojos como si el peso de las armas los encorvara, Alejandro Villari y un desconocido lo habían alcanzado, por fin. Con una seña les pidió que esperaran y se dio vuelta contra la pared, como si retomara el sueño. ¿Lo hizo para despertar la misericordia de quienes lo mataron, o porque es menos duro sobrellevar un acontecimiento espantoso que imaginarlo y aguardarlo sin fin, o —y esto es quizá lo más verosímil— para que los asesinos fueran un sueño, como ya lo habían sido tantas veces, en el mismo lugar, a la misma hora?

En esa magia estaba cuando lo borró la descarga.

Jorge Luis Borges

Tomado de El Aleph

 

 

 

 

 

 

 

La herencia de los 35 camellos

 Esta es la breve y singular historia acerca de 35 camellos que debían ser repartidos entre tres hermanos árabes. Beremís Samir efectúa una división que parecía imposible, conformando plenamente a los tres querellantes. Obteniendo una  inesperada ganancia con la transacción. 

Hacía pocas horas que viajábamos sin interrupción, cuando nos ocurrió una aventura digna de ser referida, en la cual mi compañero Beremís puso en práctica, con gran talento, sus habilidades de eximio algebrista. 

Encontramos, cerca de una antigua posada medio abandonada, tres hombres que discutían acaloradamente al lado de un lote de camellos.

Furiosos se gritaban improperios y deseaban plagas: 

- ¡No puede ser! 

- ¡Esto es un robo! 

- ¡No acepto! 

El inteligente Beremís trató de informarse de que se trataba. 

- Somos hermanos –dijo el más viejo- y recibimos, como herencia, esos 35 camellos. Según la expresa voluntad de nuestro padre, debo yo recibir la mitad, mi hermano Hamed Namir una tercera parte, y Harim, el más joven, una novena parte. No sabemos sin embargo, como dividir de esa manera 35 camellos, y a cada división que uno propone protestan los otros dos, pues la mitad de 35 es 17 y medio. ¿Cómo hallar la tercera parte y la novena parte de 35, si tampoco son exactas las divisiones? 

- Es muy simple –respondió Beremís, el inteligente “Hombre que calculaba”-. Me encargaré de hacer con justicia esa división si me permitís que junte a los 35 camellos de la herencia, este hermoso animal que hasta aquí nos trajo en buena hora. Lo donaré con gusto al lote de los 35 camellos que os dejó su padre.

De inmediato intervine en ese momento en la conversación, y expresé: 

- ¡No puedo consentir semejante locura! ¿Cómo podríamos dar término a nuestro viaje si nos quedáramos sin nuestro camello? 

- No te preocupes del resultado “bagdalí” –replicó en voz baja Beremís-. Sé muy bien lo que estoy haciendo. Dame tu camello y verás, al fin, a que conclusión quiero llegar.

Fue tal la fe y la seguridad con que me habló, que no dudé más y le entregué mi hermoso “jamal”[1], que inmediatamente juntó con los 35 camellos que allí estaban para ser repartidos entre los tres herederos. 

- Voy, amigos míos –dijo dirigiéndose a los tres hermanos- a hacer una división exacta de los camellos, que ahora son 36.

Y volviéndose al más viejo de los hermanos, así le habló: 

- Debías recibir, amigo mío, la mitad de 35, o sea 17 y medio. Ahora recibirás en cambio la mitad de 36, o sea, 18. Nada tienes que reclamar, pues es bien claro que sales ganando con esta división. Luego, dirigiéndose al segundo heredero continuó: 

- Tú, Hamed Namir, debías recibir un tercio de 35, o sea, 11 camellos y pico. Vas a recibir un tercio de 36, o sea 12. No podrás protestar, porque también es evidente que ganas en el cambio.

Y dijo, por fin, al más joven: 

- A ti, joven Harim Namir, que según voluntad de tu padre debías recibir una novena parte de 35, o sea, 3 camellos y parte de otro, te daré una novena parte de 36, es decir, 4, y tu ganancia será también evidente, por lo cual sólo te resta agradecerme el resultado.

Luego continuó diciendo: 

- Por esta ventajosa división que ha favorecido a todos vosotros, tocarán 18 camellos al primero, 12 al segundo y 4 al tercero, lo que da un resultado (18 + 12 + 4) de 34 camellos. De los 36 camellos sobran, por lo tanto, dos. Uno pertenece, como saben, a mi amigo el “bagdalí” y el otro me toca a mí, por derecho, y por haber resuelto a satisfacción de todos, el difícil problema de la herencia[2]. 

- ¡Sois inteligente, extranjero! – Exclamó el más viejo de los tres hermanos-. Aceptamos vuestro reparto en la seguridad de que fue hecho con justicia y equidad.

El astuto Beremís – el “Hombre que calculaba”- tomó luego posesión de uno de los más hermosos “jamales” del grupo y me dijo, entregándome por la rienda el animal que me pertenecía: 

- Podrás ahora, amigo, continuar tu viaje en tu manso y seguro camello. Tengo ahora yo, uno solamente para mí. Y continuamos nuestra jornada hacia Bagdad.

 


1 Jamal – una de las muchas denominaciones que los árabes dan a los camellos.

2 Este curioso resultado proviene de ser la suma  1/2 + 1/3 + 1/9 = 17/18 menor que la unidad. De modo que el reparto de los 35 camellos entre los tres herederos no se habría hecho por completo; hubiera sobrado 1/18 de 35 camellos. Habiendo aumentado el dividendo a 36, el sobrante resultó entonces 1/18 de 36, o sea los dos camellos referidos en el reparto hecho por el “Hombre que calculaba”.

 Tomado de: Beremís, Hombre que calculaba.

  

Análisis y Comprensión Lectora 

1. ¿Qué le pareció esta historia?

2. ¿Qué enseñanza nos deja esta historia?

3. ¿Por qué son importantes las matemáticas en la vida cotidiana?

4. Escriba las palabras o términos específicos cuyo significado aprendió hoy.

5. ¿Cuándo se tiene una discusión con otra persona, por qué es necesario guardar la calma?

6. Al principio de la historia, cuando Beremís interviene y dice que se encargará de hacer justicia en esa repartición hereditaria, ¿Qué se imaginó que haría Beremís? 

7. ¿Usted de qué manera, cómo hubiese  tratado de solucionar este conflicto entre estos hermanos?  

 

Los Tres consejos

 Una pareja de recién casados era muy pobre y vivía de los favores de  un pueblito del interior,  un día el marido le hizo la siguiente propuesta a su  esposa: “querida yo voy a salir de la casa, voy a viajar bien lejos, buscar un  empleo y trabajar hasta tener condiciones para regresar y darte una  vida más cómoda y digna. No sé cuánto tiempo voy a estar lejos, solo  te pido una cosa, que me esperes y mientras yo esté lejos, seas fiel a mí, pues yo te seré fiel a ti”.

 Así, siendo joven aún, caminó muchos días, hasta encontrar un hacendado que estaba necesitando de alguien para ayudarlo en su hacienda. El joven llegó y se ofreció para trabajar y fue aceptado,  pidió hacer un trato, el cual fue aceptado por su jefe. El pacto fue el siguiente: “déjeme trabajar por el tiempo que yo quiera y cuando yo sienta que  debo irme, el señor me libera de mis obligaciones, así que no quiero recibir mi salario, le pido que lo guarde en una cuenta de ahorros hasta el día en que me vaya; el día que yo salga,  usted me dará mi dinero”. 

Estando ambos de acuerdo, se dedicó a trabajar durante veinte años, sin vacaciones y sin descanso, después de veinte años, se acercó a su patrón y le dijo: “quiero regresar a mi casa patrón, así que quisiera mi dinero, pues”. El patrón le respondió: "muy bien, hicimos un pacto y voy  a  cumplirlo, solo que antes quiero hacerte una propuesta, ¿está bien?

Te doy tu dinero y tú te vas, o te doy tres consejos y no te doy el  dinero y te vas, si yo te doy el dinero, no te doy los consejos y viceversa. Vete a tu cuarto, piénsalo y después me das la respuesta". Él pensó  durante dos días, tras lo cual buscó a su patrón y le dijo: “quiero los tres consejos”. 

El patrón le recordó: "¿estás seguro de tu decisión?, porque si te doy los consejos, no te doy el dinero", y es un acuerdo que debemos respetar, y el empleado respondió: “sí señor, de todas maneras, quiero los consejos”. 

Bien, respondió el patrón, ten en cuenta entonces:                          

Primero, nunca en tu existencia, tomes atajos en tu vida,  caminos más cortos y desconocidos pueden ser azarosos y te pueden costar la vida o llevarte a situaciones donde tengas que arriesgar tu libertad y desechar lo que realmente vale la pena en la vida, hay riesgos innecesarios. En segundo lugar, jamás, seas curioso de aquello que represente el mal, pues la  curiosidad por el mal puede ser fatal. Y tercero, jamás, tomes decisiones en momentos que sientas odio y dolor, no es un momento indicado para tomar decisiones delicadas, pues  en medio de la desesperación, las decisiones apresuradas te pueden conducir a graves errores de los cuales te puedes arrepentir cuando sea demasiado tarde.

Después de darle los consejos, el patrón le dijo al joven, que ya no  era tan joven, así: "aquí tienes tres panes, dos para comer durante el viaje y el tercero  es para compartir  con tu esposa cuando llegues a tu casa". 

El hombre entonces, conforme a lo pactado, agradeció y se despidió de su expatrón, y emprendió su camino de regreso, después de veinte años de estar lejos  de ella y de su esposa, que él tanto amaba. 

Después del primer día  de viaje, encontró una persona que lo saludó y le preguntó: “¿para  dónde vas?”  Él le respondió: "voy para un camino muy distante que queda a más de  veinte días de caminata por esta carretera", la persona le dijo entonces: "joven, este camino es muy largo, yo  conozco un atajo con el cual llegarás en pocos días". El joven contento,  comenzó a caminar por el atajo,   cuando  se  acordó  del  primer  consejo, entonces se alejó de aquel atajo y volvió a  seguir por el camino normal. Dos días después se enteró,  de otro  viajero que había tomado el atajo, y lo asaltaron, lo golpearon, y le  robaron toda su ropa. Ese atajo llevaba a una emboscada.

Después de algunos días de viaje, y cansado al extremo, encontró una  pensión a la vera de la carretera.                             

Muy de madrugada se levantó asustado al escuchar un grito aterrador. Se  puso de pie de un salto y se dirigió hasta la puerta para ir hacia  donde escuchó el grito. 

Cuando estaba abriendo la puerta, se acordó  del segundo consejo. 

Regresó y se acostó a dormir. Al amanecer, después de tomar café, el  dueño de la posada le preguntó si no había escuchado un grito y él le  contestó que sí lo había escuchado. El dueño de la posada le  preguntó: ¿y no sintió curiosidad?

 Él le contestó que no,  ante  lo que el dueño les respondió: “usted ha tenido  suerte en salir vivo de aquí, pues en las noches nos acecha una mujer maleante con crisis de locura, que grita horriblemente y cuando el  huésped sale a enterarse de qué está pasando, lo mata, lo entierra en el quintal, y luego se esfuma. El hombre siguió su larga jornada, ansioso por llegar a su casa. 

Después de muchos días y  noches de caminata, ya al atardecer, vio entre los árboles humo  saliendo de la chimenea de su pequeña casa, caminó y vio entre los  arbustos la silueta  de su esposa. Estaba   anocheciendo, pero alcanzó a ver que ella no estaba  sola. 

Anduvo un poco más y vio que ella tenía en sus piernas a un hombre al  que estaba acariciando los cabellos, cuando vio aquella escena, su  corazón se llenó de odio y amargura y decidió correr al encuentro de  los dos y matarlos sin piedad.                

Respiró profundo, apresuró sus pasos, cuando recordó el tercer  consejo; “nunca tomes decisiones en momentos de odio y dolor, puedes arrepentirte demasiado tarde"  entonces se paró y reflexionó, decidió dormir ahí mismo aquella noche  y al día siguiente tomar una decisión. 

Al amanecer, ya con la cabeza  fría, él  pensó: “no voy a matar a mi esposa”, voy a volver con mi patrón y a pedirle que me acepte de vuelta. Sólo que antes, quiero decirle a mi esposa que siempre le fui fiel a  ella.  Se dirigió a la puerta de la casa y tocó. Cuando la esposa le abre la puerta y lo reconoce, se cuelga de su cuello y lo abraza  afectuosamente. 

Él trata de quitársela de encima, pero no lo consigue, entonces con lágrimas en los ojos le dice: "yo te fui fiel y tú me traicionaste...ella espantada le responde: ¿cómo?  Yo nunca te traicioné, te esperé  durante veinte años.  

Él entonces le preguntó: ¿y quién era ese hombre que acariciabas ayer  por la tarde?; y ella le contestó: “aquel hombre es nuestro hijo;  cuando te fuiste,  descubrí que estaba embarazada, hoy él tiene veinte años de edad”. 

Entonces el marido entró,  conoció y abrazó a su hijo y les contó toda  su historia, en cuanto su esposa preparaba la cena,  se sentaron a  comer el último pan junto. Después de la oración de agradecimiento,  con lágrimas de emoción, él partió el pan y al abrirlo, se encontró  todo su dinero, el pago de sus veinte años de dedicación. 


Análisis y Comprensión Lectora 

1. ¿Cree qué el fin justifica los medios?

Es decir, conseguir lo que queremos como sea, aun pasando por encima de los demás, vulnerando derechos de las personas, trabajadores y quebrantando la ley. 

2. ¿Qué atajos no tomaría usted en su vida? 

3. ¿Qué impresión le dejó esta reflexión? 

4. ¿Por qué es conveniente ser prudentes en nuestras decisiones y acciones?      

5. ¿Piensa que recibir un consejo es para otras personas pero no para usted?

El misterio del ser

 El Gran Diseño

Capítulo 1

El misterio del ser 

Cada uno de nosotros existe durante un tiempo muy breve, y en dicho intervalo tan sólo explora una parte diminuta del conjunto del universo. Pero los humanos somos una especie marcada por la curiosidad. Nos preguntamos, buscamos respuestas. Viviendo en este vasto mundo, que a veces es amable y a veces cruel, y contemplando la inmensidad del firmamento encima de nosotros, nos hemos hecho siempre una multitud de preguntas. ¿Cómo podemos comprender el mundo en que nos hallamos? ¿Cómo se comporta el universo? ¿Cuál es la naturaleza de la realidad? ¿De dónde viene todo lo que nos rodea? ¿Necesitó el universo un Creador? La mayoría de nosotros no pasa la mayor parte de su tiempo preocupándose por esas cuestiones, pero casi todos nos preocupamos por ellas en algún instante. 

 Tradicionalmente, ésas son cuestiones para la filosofía, pero la filosofía ha muerto. La filosofía no se ha mantenido al corriente de los desarrollos modernos de la ciencia, en particular de la física. Los científicos se han convertido en los portadores de la antorcha del descubrimiento en nuestra búsqueda de conocimiento. Nuestro objetivo es proporcionar las respuestas sugeridas por los descubrimientos y los progresos teóricos recientes, que nos conducen a una nueva imagen del universo y de nuestro lugar en él, muy diferente de la tradicional, e incluso de la imagen que nos habíamos formado hace tan sólo una o dos décadas. Aun así, los primeros bosquejos de esos nuevos conceptos se remontan a hace casi un siglo. 

Según la concepción tradicional del universo, los objetos se mueven a lo largo de caminos bien definidos y tienen historias bien definidas. Podemos especificar sus posiciones precisas en cada instante. Aunque esa descripción es suficientemente satisfactoria para los propósitos cotidianos, se descubrió en la década de 1920 que esta imagen clásica no podía describir el comportamiento aparentemente extraño observado a escalas atómica y subatómica de la existencia. Fue necesario adoptar, en su lugar, un marco bien diferente, denominado física cuántica. 

Las teorías cuánticas han resultado ser notablemente precisas en la predicción de acontecimientos a dichas escalas, y también reproducen las predicciones de las viejas teorías clásicas cuando son aplicadas al mundo macroscópico de la vida corriente. Pero la física clásica y la cuántica están basadas en concepciones de la realidad física muy diferentes. 

Las teorías cuánticas pueden ser formuladas de muchas maneras diferentes, pero la descripción probablemente más intuitiva fue elaborada por Richard (Dick) Feynman (1918-1988), todo un personaje, que trabajó en el Instituto Tecnológico de California y que tocaba los bongos en una sala de fiestas de carretera. Según Feynman, un sistema no tiene una sola historia, sino todas las historias posibles. Cuando profundicemos en las respuestas, explicaremos la formulación de Feynman con detalle y la utilizaremos para explorar la idea de que el propio universo no tiene una sola historia, ni tan siquiera una existencia independiente. Eso parece una idea radical, incluso a muchos físicos. 

En efecto, como muchas otras nociones de la ciencia actual, parece violar el sentido común. Pero el sentido común está basado en la experiencia cotidiana y no en el universo tal como nos lo revelan las maravillas tecnológicas que nos permiten observar la profundidad de los átomos o el universo primitivo. Hasta la llegada de la física moderna se acostumbraba a pensar que todo el conocimiento sobre el mundo podría ser obtenido mediante observación directa, y que las cosas son lo que parecen, tal como las percibimos a través de los sentidos. Pero los éxitos espectaculares de la física moderna, que está basada en conceptos, como por ejemplo los de Feynman, que chocan con la experiencia cotidiana, han demostrado que no es así. Por lo tanto, la visión ingenua de la realidad no es compatible con la física moderna. Para tratar con esas paradojas, adoptaremos una posición que denominamos «realismo dependiente del modelo», basada en la idea de que nuestros cerebros interpretan los datos de los órganos sensoriales elaborando un modelo del mundo.

Cuando el modelo explica satisfactoriamente los acontecimientos tendemos a atribuirle, a él y a los elementos y conceptos que lo integran, la calidad de realidad o verdad absoluta. Pero podría haber otras maneras de construir un modelo de la misma situación física, empleando en cada una de ellas conceptos y elementos fundamentales diferentes. Si dos de esas teorías o modelos predicen con exactitud los mismos acontecimientos, no podemos decir que uno sea más real que el otro, y somos libres para utilizar el modelo que nos resulte más conveniente. En la historia de la ciencia hemos ido descubriendo una serie de teorías o modelos cada vez mejores, desde Platón a la teoría clásica de Newton y a las modernas teorías cuánticas. Resulta natural preguntarse si esta serie llegará finalmente a un punto definitivo, una teoría última del universo que incluya todas las fuerzas y prediga cada una de las observaciones que podamos hacer o si, por el contrario, continuaremos descubriendo teorías cada vez mejores, pero nunca una teoría definitiva que ya no pueda ser mejorada. Por el momento, carecemos de respuesta a esta pregunta, pero conocemos una candidata a teoría última de todo, si realmente existe tal teoría, denominada teoría M.

La teoría M es el único modelo que posee todas las propiedades que creemos debería poseer la teoría final, y es la teoría sobre la cual basaremos la mayor parte de las reflexiones ulteriores. La teoría M no es una teoría en el sentido habitual del término, sino toda una familia de teorías distintas, cada una de las cuales proporciona una buena descripción de las observaciones pero sólo en un cierto dominio de situaciones físicas. Viene a ser como un mapamundi: como es bien sabido, no podemos representar la superficie de toda la Tierra en un solo mapa. La proyección Mercator utilizada habitualmente en los mapamundis hace que las regiones del mundo parezcan tener áreas cada vez mayores a medida que se aproximan al norte y al sur, y no cubre los polos Norte o Sur. Para representar fielmente toda la Tierra se debe utilizar una colección de mapas, cada uno de los cuales cubre una región limitada. Los mapas se solapan entre sí y, donde lo hacen, muestran el mismo paisaje. La teoría M es parecida a eso. Las diferentes teorías que constituyen la familia de la teoría M pueden parecer muy diferentes, pero todas ellas pueden ser consideradas como aspectos de la misma teoría subyacente.

Puede que para representar el universo necesitemos una serie de teorías que se solapen entre sí, tal como necesitamos mapas que se solapen para representar la Tierra.

Son versiones de la teoría aplicables tan sólo en dominios limitados, por ejemplo cuantío ciertas magnitudes como la energía son pequeñas. Tal como ocurre con los mapas que se solapan en una proyección Mercator, allí donde los dominios de validez de las diferentes teorías se solapan, éstas predicen los mismos fenómenos. Pero así como no hay ningún mapa plano que represente bien el conjunto de la superficie terrestre, tampoco hay una teoría que proporcione por sí sola una buena representación de las observaciones físicas en todas las situaciones. Describiremos cómo la teoría M puede ofrecer respuestas a la pregunta de la creación. Según las predicciones de la teoría M, nuestro universo no es el único, sino que muchísimos otros universos fueron creados de la nada. Su creación, sin embargo, no requiere la intervención de ningún Dios o Ser Sobrenatural, sino que dicha multitud de universos surge naturalmente de la ley física: son una predicción científica.

 

Cada universo tiene muchas historias posibles y muchos estados posibles en instantes posteriores, es decir, en instantes como el actual, transcurrido mucho tiempo desde su creación. La mayoría de tales estados será muy diferente del universo que observamos y resultará inadecuada para la existencia de cualquier forma de vida. Sólo unos pocos de ellos permitirían la existencia de criaturas como nosotros. Así pues, nuestra presencia selecciona de este vasto conjunto sólo aquellos universos que son compatibles con nuestra existencia. Aunque somos pequeños e insignificantes a escala cósmica, ello nos hace en un cierto sentido señores de la creación. Para comprender el universo al nivel más profundo, necesitamos saber no tan sólo cómo se comporta el universo, sino también por qué. ¿Por qué hay algo en lugar de no haber nada? ¿Por qué existimos? ¿Por qué este conjunto particular de leyes y no otro? Esta es la cuestión última de la vida, el universo y el Todo. Intentaremos responderla en este libro. A diferencia de la respuesta ofrecida en la Guía de la galaxia, de Hitchhiker, nuestra respuesta no será, simplemente, «42». 

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