sábado, septiembre 25, 2021

La era del vacío


Ensayo sobre el individualismo contemporáneo

                                                                                             Gilles Lipovetsky 

Los presentes artículos y estudios no tienen otro nexo de unión que el de plantear todos ellos, aunque a niveles diferentes, el mismo problema general: la conmoción de la sociedad, de las costumbres, del individuo contemporáneo de la era del consumo masificado, la emergencia de un modo de socialización y de individualización inédito, que rompe con el instituido desde los siglos XVII y XVIII. Desvelar esa mutación histórica aún en curso es el objeto de estos textos, considerando que el universo de los objetos, de las imágenes, de la información y de los valores hedonistas, permisivos y psicologistas que se le asocian, han generado una nueva forma de control de los comportamientos, a la vez que una diversificación incomparable de los modos de vida, una imprecisión sistemática de la esfera privada, de las creencias y los roles, dicho de otro modo, una nueva fase en la historia del individualismo occidental. 

Nuestro tiempo sólo consiguió evacuar la escatología revolucionaria, base de una revolución permanente de lo cotidiano y del propio individuo: privatización ampliada, erosión de las identidades sociales, abandono ideológico y político, desestabilización acelerada de las personalidades; vivimos una segunda revolución individualista.

 Una idea central ordena los análisis que a continuación se ofrecen: a medida que se desarrollan las sociedades democráticas avanzadas, éstas encuentran su inteligibilidad a la luz de una lógica nueva que llamamos aquí el proceso de personalización, que no cesa de remodelar en profundidad el conjunto de los sectores de la vida social. Evidentemente no todas las esferas se han reestructurado en el mismo grado ni de la misma forma por el proceso en curso, y tampoco ignoramos los límites de las teorías que se esfuerzan en unificar el todo social bajo un principio simple, cuando es manifiesto que nuestras sociedades emplean una pluralidad de criterios específicos. Si, a pesar de ello, hemos mantenido la idea de un esquema homogéneo, se debe al hecho de que ante todo se intentó no tanto establecer una reseña instantánea del momento actual como tratar las líneas de transformación, la tendencia primordial que dispone a la escala de la historia las instituciones, los modos de vida, las aspiraciones y finalmente las personalidades.

 El proceso de personalización procede de una perspectiva comparativa e histórica, designa la línea directriz, el sentido de lo nuevo, el tipo de organización y de control social que nos arranca del orden disciplinario-revolucionario - convencional que prevaleció hasta los años cincuenta. Ruptura con la fase inaugural de las sociedades modernas, democráticas - disciplinarias, universalistas-rigoristas, ideológicas-coercitivas, tal es el sentido del proceso de personalización cuya asimilación a una estrategia de recambio del capital, aunque tenga aspecto humano, resulta absolutamente limitada.

 Cuando un mismo proceso anexiona en movimiento sincrónico el conjunto de un sistema, es ilusorio querer reducirlo a una función local instrumental, aunque sea cierto que puede contribuir con eficacia a la reproducción o al aumento de la plusvalía. 

La hipótesis que se propone es otra: se trata de una mutación sociológica global que está en curso, una creación histórica próxima a lo que Castoriadis denomina «significación imaginaria central», combinación sinérgica de organizaciones y de significaciones, de acciones y valores, iniciada a partir de los años veinte -sólo las esferas artísticas y psicoanalíticas la anticiparon en algunos decenios-, y que no cesa de ampliar sus efectos desde la Segunda Guerra Mundial.

Negativamente, el proceso de personalización remite a la fractura de la socialización disciplinaria; positivamente, corresponde a la elaboración de una sociedad flexible basada en la información y en la estimulación de las necesidades, el sexo y la asunción de los «factores humanos», en el culto a lo natural, a la cordialidad y al sentido del humor. Así opera el proceso de personalización, nueva manera para la sociedad de organizarse y orientarse, nuevo modo de gestionar los comportamientos, no ya por la tiranía de los detalles sino por el mínimo de coacciones y el máximo de elecciones privadas posible, con el mínimo de austeridad y el máximo de deseo, con la menor represión y la mayor comprensión posible. 

Proceso de personalización en la medida en que las instituciones desde este momento se adaptan a las motivaciones y deseos, incitan a la participación, habilitan el tiempo libre y el ocio, manifiestan una misma tendencia a la humanización, a la diversificación, a la psicologización de las modalidades de la socialización: después de la educación autoritaria y mecánica, el régimen homeopático y cibernético; después de la administración imperativa, la programación opcional, a la carta. Nuevos procedimientos inseparables de nuevos fines y legitimidades sociales: valores hedonistas, respeto por las diferencias, culto a la liberación personal, al relajamiento, al humor y a la sinceridad, al psicologismo, a la expresión libre: es decir, que priva una nueva significación de la autonomía dejando muy atrás el ideal que se fijó la edad democrática autoritaria. 

Hasta fecha en realidad reciente, la lógica de la vida política, productiva, moral, escolar, asilar, consistía en sumergir al individuo en reglas uniformes, eliminar en lo posible las formas de preferencias y expresiones singulares, ahogar las particularidades idiosincrásicas en una ley homogénea y universal, ya sea la «voluntad general», las convenciones sociales, el imperativo moral, las reglas fijas y estandarizadas, la sumisión y abnegación exigidas por el partido revolucionario: todo ocurrió como si los valores individualistas en el momento de su aparición debieran ser enmarcados por sistemas de organización y sentido que conjurasen de manera implacable su indeterminación constructiva. Lo que desaparece es esa imagen rigorista de la libertad, dando paso a nuevos valores que apuntan al libre despliegue de la personalidad íntima, la legitimación del placer, el reconocimiento de las peticiones singulares, la modelación de las instituciones en base a las aspiraciones de los individuos.

El ideal moderno de subordinación de lo individual a las reglas racionales colectivas ha sido pulverizado, el proceso de personalización ha promovido y encarnado masivamente un valor fundamental, el de la realización personal, el respeto a la singularidad subjetiva, a la personalidad incomparable sean cuales sean por lo demás las nuevas formas de control y de homogeneización que se realizan simultáneamente. Por supuesto que el derecho a ser íntegramente uno mismo, a disfrutar al máximo de la vida, es inseparable de una sociedad que ha erigido al individuo libre como valor cardinal-, y no es más que la manifestación última de la ideología individualista; pero es la transformación de los estilos

de vida unida a la revolución del consumo lo que ha permitido ese desarrollo de los derechos y deseos del individuo, esa mutación en el orden de los valores individualistas. 

Salto adelante de la lógica individualista: el derecho a la libertad, en teoría ilimitado pero hasta entonces circunscrito a lo económico, a lo político, al saber, se instala en las costumbres y en lo cotidiano. Vivir libremente sin represiones, escoger íntegramente el modo de existencia de cada uno: he aquí el hecho social y cultural más significativo de nuestro tiempo, la aspiración y el derecho más legítimos a los ojos de nuestros contemporáneos. 

El proceso de personalización: estrategia global, mutación general en el hacer y querer de nuestras sociedades. Sin embargo, convendría distinguir en él dos caras. La primera, «limpia» u operativa, designa el conjunto de los dispositivos fluidos y desestandarizados,

las formas de solicitación programada elaborada por los aparatos de poder y gestión que provoca regularmente que los detractores de derechas y sobre todo de izquierdas denuncien, de forma un tanto caricaturesca y grotesca, el condicionamiento generalizado, el infierno refrigerado y «totalitario» de la affluent society. La segunda, a la que podríamos llamar «salvaje» o «paralela », proviene de la voluntad de autonomía y de particularización

de los grupos e individuos: neofeminismo, liberación de costumbres y sexualidades, reivindicaciones de las minorías regionales y lingüísticas, tecnologías psicológicas, deseo de expresión y de expansión del yo, movimientos «alternativos», por todas partes asistimos a la búsqueda de la propia identidad, y no ya de la universalidad que motiva las acciones sociales e individuales. Dos polos que poseen sin duda sus especificidades pero que no por ello dejan de esforzarse en salir de una sociedad disciplinaria, lo que hacen en función de la afirmación aunque también de la explotación del principio de las singularidades individuales.

El proceso de personalización surgió en el seno del universo disciplinario, de modo que el fin de la edad moderna se caracterizó por la alianza de dos lógicas antinómicas. La anexión cada vez más ostensible de las esferas de la vida social por el proceso de personalización y el retroceso concomitante del proceso disciplinario es lo que nos ha llevado a hablar de sociedad posmoderna, una sociedad que generaliza una de las tendencias de la modernidad inicialmente minoritaria. Sociedad posmoderna: dicho de otro modo, cambio de rumbo histórico de los objetivos y modalidades de la socialización, actualmente bajo la égida de dispositivos abiertos y plurales; dicho de otro modo, el individualismo hedonista y personalizado se ha vuelto legítimo y ya no encuentra oposición; dicho de otro modo, la era de la revolución, del escándalo, de la esperanza futurista, inseparable del modernismo, ha concluido. La sociedad posmoderna es aquella en que reina la indiferencia de masa, donde domina el sentimiento de reiteración y estancamiento, en que la autonomía privada no se discute, donde lo nuevo se acoge como lo antiguo, donde se banaliza la innovación, en la que el futuro no se asimila ya a un progreso ineluctable. 

La sociedad moderna era conquistadora, creía en el futuro, en la ciencia y en la técnica, se instituyó como ruptura con las jerarquías de sangre y la soberanía sagrada, con las tradiciones y los particularismos en nombre de lo universal, de la razón, de la revolución. 

Esa época se está disipando a ojos vistas; en parte es contra esos principios futuristas que se establecen nuestras sociedades, por este hecho posmodernas, ávidas de identidad, de diferencia, de conservación, de tranquilidad, de realización personal inmediata; se disuelven la confianza y la fe en el futuro, ya nadie cree en el porvenir radiante de la revolución y el progreso, la gente quiere vivir en seguida, aquí y ahora, conservarse joven y no ya forjar el hombre nuevo. Sociedad posmoderna significa en este sentido retracción del tiempo social e individual, al mismo tiempo, que se impone más que nunca la necesidad de prever y organizar el tiempo colectivo, agotamiento del impulso modernista hacia el futuro, desencanto y monotonía de lo nuevo, cansancio de una sociedad que consiguió neutralizar en la apatía aquello en que se funda: el cambio. Los grandes ejes modernos, la revolución, las disciplinas, el laicismo, la vanguardia han sido abandonados a fuerza de personalización hedonista; murió el optimismo tecnológico y científico al ir acompañados los innumerables descubrimientos por el sobre-armamento de los bloques, la degradación del medio ambiente, el abandono acrecentado de los individuos; ya ninguna ideología política es capaz de entusiasmar a las masas, la sociedad posmoderna no tiene ni ídolo ni tabú, ni tan sólo imagen gloriosa de sí misma, ningún proyecto histórico movilizador, estamos ya regidos por el vacío, un vacío que no comporta, sin embargo, ni tragedia ni apocalipsis.

 

Qué error el haber pregonado precipitadamente el fin de la sociedad de consumo, cuando está claro que el proceso de personalización no cesa de ensanchar sus fronteras. La recesión presente, la crisis energética, la conciencia ecológica, no anuncian el entierro de la era del consumo: estamos destinados a consumir, aunque sea de manera distinta, cada vez más objetos e informaciones, deportes y viajes, formación y relaciones, música y cuidados médicos. Eso es la sociedad posmoderna; no el más allá del consumo, sino su apoteosis, su extensión hasta la esfera privada, hasta en la imagen y el devenir del ego llamado a conocer el destino de la obsolescencia acelerada, de la movilidad, de la desestabilización.

Consumo de la propia existencia a través de la proliferación de los mass media, del ocio, de las técnicas relaciónales, el proceso de personalización genera el vacío en tecnicolor, la imprecisión existencial en y por la abundancia de modelos, por más que estén amenizados a base de convivencialidad, de ecologismo, de psicologismo. Más exactamente estamos en la segunda fase de la sociedad de consumo, cool y ya no hot, consumo que ha digerido la crítica de la opulencia. Se acabó la idolatría del american way of life, de los coches triunfalmente cromados, de grandes estrellas y sueños de Hollywood; concluida la revolución beatnik y el escándalo de las vanguardias, todo eso ha dejado paso, dicen, a una cultura posmoderna detectable por varios signos: búsqueda de calidad de vida, pasión por la personalidad, sensibilidad ecologista, abandono de los grandes sistemas de sentido, culto de la participación y la expresión, moda retro, rehabilitación de lo local, de lo regional, de determinadas creencias y prácticas tradicionales. 

¿Será el eclipse de la bulimia cuantitativa anterior? Sí, pero a condición de no perder de vista que estos fenómenos son también manifestaciones del proceso de personalización, estrategias que trabajan para destruir los efectos del modernismo monolítico, el gigantismo, el centralismo, las ideologías duras, la vanguardia. No se trata de oponer la era del consumo «pasivo» a las corrientes llamadas posmodernas, creativas, ecologistas, revivalistas; una y otras rematan el hundimiento de la rígida era moderna en vistas a una mayor flexibilidad, diversificación, elecciones privadas, en vistas a la reproducción aumentada del principio de las singularidades individuales. La discontinuidad posmoderna

no empieza con tal o cual efecto particular, cultural o artístico, sino con la preponderancia histórica del proceso de personalización, con la reestructuración del todo social bajo su propia ley. 

La cultura posmoderna representa el polo «superestructural» de una sociedad que emerge de un tipo de organización uniforme, dirigista y que, para ello, mezcla los últimos valores modernos, realza el pasado y la tradición, revaloriza lo local y la vida simple, disuelve la preeminencia de la centralidad, disemina los criterios de lo verdadero y del arte, legitima la afirmación de la identidad personal conforme a los valores de una sociedad personalizada en la que lo importante es ser uno mismo, en la que por lo tanto

cualquiera tiene derecho a la ciudadanía y al reconocimiento social, en la que ya nada debe imponerse de un modo imperativo y duradero, en la que todas las opciones, todos los niveles pueden cohabitar sin contradicción ni postergación. 

La cultura posmoderna es descentrada y heteróclita, materialista y psi, porno y discreta, renovadora y retro, consumista y ecologista, sofisticada y espontánea, espectacular y creativa; el futuro no tendrá que escoger una de esas tendencias sino que, por el contrario, desarrollará las lógicas duales, la correspondencia flexible de las antinomias. 

La función de semejante estallido no ofrece duda: paralelamente a los otros dispositivos personalizados, la cultura posmoderna es un vector de ampliación del individualismo; al

diversificar las posibilidades de elección, al anular los puntos de referencia, al destruir los sentidos únicos y los valores superiores de la modernidad, pone en marcha una cultura personalizada o hecha a medida, que permite al átomo social emanciparse del balizaje disciplinario-revolucionario.

Sin embargo no es cierto que estemos sometidos a una carencia de sentido, a una deslegitimación total; en la era posmoderna perdura un valor cardinal, intangible, indiscutido a través de sus manifestaciones múltiples: el individuo y su cada vez más proclamado derecho de realizarse, de ser libre en la medida en que las técnicas de control social despliegan dispositivos cada vez más sofisticados y «humanos». De modo que si el proceso e Personalización introduce efectivamente una discontinuidad en la trama histórica, también es cierto que persigue, por otros caminos, una obra secular, la de la modernidad democrática-individualista. 

Ruptura aquí, continuidad allá, la noción de sociedad posmoderna no expresa otra cosa: concluida una fase, aparece otra nueva, unida, por lazos más complejos de lo que parecen a primera vista, a nuestros orígenes políticos e ideológicos. 

Si es necesario recurrir al esquema del proceso de personalización, no se debe únicamente a las nuevas tecnologías blandas de control sino a los efectos de ese proceso sobre el propio individuo. Con el proceso de personalización el individualismo sufre un aggiornamento que llamamos aquí, siguiendo a los sociólogos americanos, narcisista: el narcisismo, consecuencia y manifestación miniaturizada del proceso de personalización, símbolo del paso del individualismo «limitado» al individualismo «total», símbolo de la segunda revolución individualista. 

¿Qué otra imagen podría retratar mejor la emergencia de esa forma de individualidad dotada de una sensibilidad psicológica, desestabilizada y tolerante, centrada en la realización emocional de uno mismo, ávida de juventud, de deporte, de ritmo, menos atada a triunfar en la vida que a realizarse continuamente en la esfera íntima? 

¿Qué otra imagen podría sugerir con más fuerza el formidable empuje individualista inducido por el proceso de personalización? ¿Qué otra imagen podría ilustrar mejor nuestra situación presente en la que el fenómeno social crucial ya no es la pertenencia y antagonismo de clases sino la diseminación de lo social? En la actualidad son más esclarecedores los deseos individualistas que los intereses de clase, la privatización es más reveladora que las relaciones de producción, el hedonismo y psicologismo se imponen más que los programas y formas de acciones colectivas por nuevas que resulten (lucha antinuclear, movimientos regionales, etcétera), el concepto de narcisismo tiene por objeto hacer de eco a esa culminación de la esfera privada. 

Permítasenos hacer algunas precisiones y prolongaciones respecto de un asunto que ha suscitado malentendidos. Contrariamente a lo que se haya escrito aquí o allá, el narcisismo no se identifica con la falta de compromiso político del momento; más ampliamente corresponde a la descrispación de las posturas políticas e ideológicas y a la sobrevaloración concomitante de las cuestiones subjetivas. Windsurf, skate, Ala Delta, la sociedad posmoderna es la edad del deslizamiento, imagen deportiva que ilustra con exactitud un tiempo en que la res publica ya no tiene una base sólida, un anclaje emocional estable.

En la actualidad las cuestiones cruciales que conciernen a la vida colectiva conocen el mismo destino que los discos más vendidos de los hit-parades, todas las alturas se doblegan, todo se desliza en una indiferencia relajada.

Es esa destitución y trivialización de lo que antaño fue superior lo que caracteriza el narcisismo, no la pretendida situación de un individuo totalmente desconectado de lo social y replegado en su intimidad solipsista. El narcisismo sólo encuentra su verdadero

sentido a escala histórica; en lo esencial coincide con el proceso tendencial que conduce a los individuos a reducir la carga emocional invertida en el espacio público o en las esferas trascendentales y correlativamente a aumentar las prioridades de la esfera privada. El narcisismo es indisociable de esa tendencia histórica a la transferencia emocional: igualación-declinación de las jerarquías supremas, hipertrofia del ego, todo eso por descontado puede ser más o menos pronunciado según las circunstancias pero,

a la larga, el movimiento parece del todo irreversible porque corona el objetivo secular de las sociedades democráticas. Poderes cada vez más penetrantes, benévolos, invisibles, individuos cada vez más atentos a ellos mismos, «débiles», dicho de otro modo lábiles y sin convicción: la profecía de Tocqueville se cumple en el narcisismo posmoderno.

Así como el narcisismo no puede asimilarse a una estricta despolitización, también es inseparable de un entusiasmo relacional particular, como lo demuestra la proliferación de asociaciones, grupos de asistencia y ayuda mutua. La última figura del individualismo no reside en una independencia soberana asocial sino en ramificaciones y conexiones en colectivos con intereses miniaturizados, hiperespecializados: agrupaciones de viudos, de padres de hijos homosexuales, de alcohólicos, de tartamudos, de madres lesbianas, bolínicos. Debemos devolver a Narciso al orden de los circuitos y redes integradas: solidaridad de microgrupo, participación y animación benévolas, «redes situacionales», todo eso no se contradice con la hipótesis del narcisismo sino que confirma su tendencia.

Ya que lo más notable del fenómeno es, por una parte, la retracción de los objetivos universales si lo comparamos con la militancia ideológica y política de antaño, y por otra, el deseo de encontrarse en confianza, con seres que compartan las mismas preocupaciones inmediatas y circunscritas. Narcisismo colectivo: nos juntamos porque nos parecemos, porque estamos directamente sensibilizados por los mismos objetivos existenciales. El narcisismo no sólo se caracteriza por la autoabsorción hedonista sino también por la necesidad de reagruparse con seres «idénticos», sin duda para ser útiles y exigir nuevos derechos, pero también para liberarse, para solucionar los problemas íntimos por el «contacto», lo «vivido», el discurso en primera persona: la vida asociativa,

instrumento psi. El narcisismo encuentra su modelo en la psicologización de lo social, de lo político, de la escena pública en general, en la subjetivización de todas las actividades antaño impersonales u objetivas. La familia y múltiples organizaciones son ya medios de expresión, tecnologías analíticas y terapéuticas, estamos lejos de la estética monadológica, el neonarcisismo es pop psi. 

La edad moderna estaba obsesionada por la producción y la revolución, la edad posmoderna lo está por la información y la expresión. Nos expresamos, se dice, en el trabajo, por los «contactos », el deporte, el ocio, de tal modo que pronto no habrá ni una sola actividad que no esté marcada con la etiqueta «cultural ». Ni tan sólo se trata de un 'discurso ideológico, es una aspiración de masa cuya última manifestación es la extraordinaria proliferación de las radios libres. Todos somos disc-jockeys, presentadores

y animadores; ponga la FM, de inmediato le asalta una nube de música, de frases entrecortadas, entrevistas, confidencias, «afirmaciones» culturales, regionales, locales,/ de barrio, de escuela, de grupos restringidos. 

Democratización sin precedentes de la palabra: cada uno es incitado a telefonear a la centralita, cada uno quiere decir algo a partir de su experiencia íntima, todos podemos hacer de locutor y ser oídos. Pero es lo mismo que las pintadas en las paredes de la escuela o los innumerables grupos artísticos; cuanto mayores son los medios de expresión, menos cosas se tienen por decir, cuanto más se solicita la subjetividad, más anónimo y vacío es el efecto. Paradoja reforzada aún más por el hecho de que nadie en el fondo está interesado por esa profusión de expresión, con una excepción importante: el emisor o el propio creador. Eso es precisamente el narcisismo, la expresión gratuita, la primacía del acto de comunicación sobre la naturaleza de lo comunicado, la indiferencia por los contenidos, la reabsorción lúdica del sentido, la comunicación sin objetivo ni público, el emisor convertido en el principal receptor.

De ahí esa plétora de espectáculos, exposiciones, entrevistas, propuestas totalmente insignificantes para cualquiera y que ni siquiera crean ambiente: hay otra cosa en juego, la posibilidad y el deseo de expresarse sea cual fuere la naturaleza del «mensaje», el derecho y el placer narcisista a expresarse para nada, para sí mismo, pero con un registrado amplificado por un «médium».

 Comunicar por comunicar, expresarse sin otro objetivo que el mero expresar y ser grabado por un micropúblico, el narcisismo descubre aquí como en otras partes su convivencia con la desubstandalización posmoderna, con la lógica del vacío.

 Capítulo Primero

 Seducción Continua

¿Cómo llamar a esa mar de fondo característica de nuestro tiempo, que en todas partes substituye la coerción por la comunicación, la prohibición por el placer, lo anónimo por lo personalizado, la reificación por la responsabilización y que en todas partes tiende a instituir un ambiente de proximidad, de ritmo y solicitud liberada del registro de la Ley?

 Música, información durante las veinticuatro horas del día, dinámicos animadores, SOS

de amistad. Incluso la policía mira de humanizar su imagen, abre las puertas de las comisarías, se explica con la población, mientras el ejército se dedica a tareas de servicios civiles. «Los camioneros son simpáticos», ¿por qué no el ejército? Se ha definido la sociedad posindustrial como una sociedad de servicios, pero de manera todavía más directa, es el ¡auto-servicio) lo que pulveriza radicalmente la antigua presión disciplinaria y no mediante las fuerzas de la Revolución sino por las olas radiantes de la seducción.

 Lejos de circunscribirse a las relaciones interpersonales, la seducción se ha convertido en el proceso general que tiende a regular el consumo, las organizaciones, la información, la educación, las costumbres. La vida de las sociedades contemporáneas está dirigida desde ahora por una nueva estrategia que desbanca la primacía de las relaciones de producción en beneficio de una apoteosis de las relaciones de seducción.

 Seducción a la carta

Con la categoría de espectáculo los situacionistas anunciaban de algún modo esa generalización de la seducción, si bien con una restricción: el espectáculo designaba la «ocupación de parte principal del tiempo vivido fuera de la producción moderna» (G. Debord).

Liberada del ghetto de la superestructura y de la ideología, la seducción se convertía en relación social dominante, principio de organización global de las sociedades de la abundancia. Sin embargo, esa promoción de la seducción, asimilada a la edad del consumo, pronto revelaba sus límites; la obra del espectáculo consistía en transformar lo real en representarán falsa, en extender la esfera de la alienación y de la desposesión.

 «Nuevo poder de engaño», «ideología materializada», «impostura de la satisfacción», el espectáculo, a pesar o por el hecho de su radicalidad no se libraba de las categorías de la era revolucionaria (la alienación y su otro, el hombre total, «amo sin esclavo») precisamente en vías de desaparecer en sordina bajo el efecto del reino de la mercancía ampliada. Seducir, abusar por el juego de las apariencias: el pensamiento revolucionario, incluso atento a lo nuevo necesitaba siempre localizar una seducción negativa para lograr su caída: la teoría del espectáculo, tributaria del tiempo revolucionario- disciplinario, prorrogaba la versión eterna de la seducción, la trama, la mistificación y la alienación de las conciencias.

 Indiscutiblemente debemos partir del mundo del consumo.

Con la profusión lujuriosa de sus productos, imágenes y servicios, con el hedonismo que induce, con su ambiente eufórico de tentación y proximidad, la sociedad de consumo explícita sin ambages la amplitud de la estrategia de la seducción. Sin embargo ésta no

se reduce al espectáculo de la acumulación; más exactamente se identifica con la sobremultiplicación de elecciones que la abundancia hace posible con la latitud de los individuos sumergidos en un universo transparente, abierto, que ofrece cada vez más opciones y combinaciones a medida, y que permite una circulación y selección libres. Y esto no es más que el principio. Esa lógica se desplegará ineluctablemente a medida que las tecnologías y el mercado vayan poniendo a disposición del público una diversificación cada vez mayor de bienes y servicios.

Actualmente la T.V. por cable ofrece, en algunos lugares de los USA, la posibilidad de elegir entre ochenta cadenas especializadas, sin contar los programas «a petición»; se

calcula en unas ciento cincuenta el número de cadenas por cable necesarias para satisfacer las exigencias del público a seis o siete años vista. Desde ahora el autoservicio,

la existencia a la carta, designan el modelo general de la vida en las sociedades contemporáneas que ven proliferar de forma vertiginosa las fuentes de información, la gama de productos expuestos en los centros comerciales e hipermercados tentaculares, en los almacenes o restaurantes especializados. 

Esa es la sociedad posmoderna, caracterizada por una tendencia global a reducir las relaciones autoritarias y dirigistas y, simultáneamente, a acrecentar las opciones privadas, a privilegiar la diversidad, a ofrecer fórmula? de «programas independientes», como en los deportes, las tecnologías psi ¿el turismo, la moda informal, las relaciones humanas y sexuales. La seducción nada tiene que ver con la representación falsa y la alienación de las conciencias; es ella la que construye nuestro mundo y lo remodela según un proceso

sistemático de personalización que consiste esencialmente en multiplicar y diversificar la oferta, en proponer más para que uno decida más, en substituir la sujeción uniforme por la libre elección, la homogeneidad por la pluralidad, la austeridad por la realización de los deseos. La seducción remite a nuestro universo de gamas opcionales, de rayos exóticos, de entornos psi, musical e informacional en que cada cual puede componer a la carta los elementos de su existencia. «La independencia es un rasgo de carácter y también una manera de viajar al propio ritmo, según las preferencias de cada uno; construid "vuestro" viaje. Los itinerarios propuestos en nuestros Globe-Trotters son sólo sugerencias que pueden combinarse, pero también modificarse según vuestros deseos.»

 Este anuncio dice la verdad de la sociedad posmoderna, sociedad abierta, plural, que tiene en cuenta los deseos de los individuos y aumenta su libertad combinatoria. La vida sin imperativo categórico, la vida kit modulada en función de las motivaciones individuales,

la vida flexible en la era de las combinaciones, de las opciones, de las fórmulas independientes que una oferta infinita *"c e posibles, así opera la seducción. Seducción en el sentido de proceso de personalización reduce los marcos rígidos y coercitivos, funciona sibilinamente jugando la carta de la persona ««vidual, de su bienestar, de su libertad, de su interés propio.

El proceso de personalización empieza incluso a recomponer el orden de la producción, muy tímidamente aún, debemos añadir. 

Indiscutiblemente el mundo del trabajo es el que ofrece la mayor resistencia a la lógica de la seducción, a pesar de las revoluciones tecnológicas en curso. Sin embargo la tendencia a la personalización se manifiesta en él. Ya en La Foule Solitaire Riesman lo observaba señalando cómo la cordialidad impuesta, la personalización de las relaciones de trabajo y de servicio sustituían poco a poco el encuadre funcional y mecánico de la disciplina.

 Más aún, asistimos a la multiplicación de los técnicos de la comunicación y de los psicoterapeutas de empresa. Se derriban los tabiques que separan despachos, se trabaja en espacios abiertos; en todas partes se solícita el concierto y la participación.Aquí y allá se intenta, a veces únicamente a título experimental, humanizar y reorganizar el trabajo manual: ampliación de las tareas, job enrichment, grupos autónomos de trabajo. 

La futura tecnología electrónica, los crecientes empleos informativos permiten imaginar algunos escenarios futuros: desconcentración de las empresas, expansión del trabajo a domicilio, «casa electrónica». Estamos asistiendo ya a la flexibilización del tiempo de trabajo-, horarios móviles o a la carta, trabajo intermitente. Más allá de la especificidad de esos dispositivos, se dibuja una misma tendencia que define los procesos de personalización: reducir la rigidez de las organizaciones, cambiar por dispositivos flexibles los modelos uniformes y pesados, privilegiar la comunicación respecto a la coerción. 

El proceso alcanza nuevos sectores y conocerá una extensión que cuesta todavía imaginar con las nuevas tecnologías a base de microprocesador y circuitos integrados. Ya en la enseñanza: trabajo independiente, sistemas opcionales, programas individuales

de trabajo y apoyo por microordenador; tarde o temprano diálogo con el teclado, autoevaluación, manipulación personal de la información. Los mass media están sufriendo una reorganización que va en el mismo sentido; aparte de las redes por cable, las radios libres, los sistemas «interactivos»: la explosión vídeo, el magnetoscopio, los videocassetes, personalizándose el acceso a la información, a las imágenes. Los videojuegos y las mil fórmulas que ofrecen aumentan y privatizan a gran escala las posibilidades lúdicas e interactivas (está previsto que dentro de poco uno de cada cuatro hogares americanos estará equipado con videojuegos). 

La micro-informática y la galaxia vídeo designan la nueva ola de la seducción, el nuevo vector de aceleración de la individualización de los seres, después de la edad heroica del automóvil, del cine, del electrodoméstico. «My computer likes me»: no nos engañemos, la seducción videomática no se debe únicamente a la magia de las nuevas tecnologías, sino que está profundamente arraigada en esa ganancia de autonomía individual, en su

posibilidad para cada cual de ser un agente libre de su tiempo, menos sujeto a las normas de las organizaciones rígidas. La seducción en curso es privática. Ahora ya todas las esferas están progresivamente anexionadas por un proceso de personalización multiforme. En el orden psicoterapéutico, han aparecido nuevas técnicas (análisis transaccional, grito primal, bioenergía) que aumentan aún más la personalización psicoanalítica considerada demasiado «intelectualista»; se da prioridad a los tratamientos rápidos, a las terapias «humanistas» de grupo, a la liberación directa del sentimiento de las emociones, de las energías corporales: la seducción impregna todos los polos, del software al desahogo «primitivo». 

La medicina sufre una evolución paralela: acupuntura, visualización del interior del cuerpo, tratamiento natural por hierbas, biofeedback, homeopatía, las terapias «suaves» ganan terreno enfatizando la subjetivación de la enfermedad, la asunción «holística» de la salud por el propio sujeto, exploración mental del cuerpo, en ruptura con el dirigismo hospitalario; el enfermo no debe sufrir su estado de manera pasiva, él es el responsable de su salud, de sus sistemas de defensa gracias a las potencialidades de la autonomía psíquica. 

Simultáneamente, el deporte despliega prácticas liberadas del cronómetro, del enfrentamiento, de la competición y privilegia el entrenamiento a la carta, la sensación relajada, escuchar el cuerpo (jogging, windsurf, aerobic, etc.); el deporte se ha reciclado psicologizando el cuerpo, teniendo en cuenta la conciencia total de uno mismo, dando libre curso a la pasión de los ritmos individuales. 

Las costumbres han caído también en la lógica de la personalización.

La última moda es la diferencia, la fantasía, el relajamiento; lo estándar, la rigidez, ya no tienen buena prensa. El culto a la espontaneidad y la cultura psi estimula a ser «más» uno mismo, a «sentir», a analizarse, a liberarse de roles y «complejos».

 La cultura posmoderna es la del feeling y de la emancipación individual extensiva a todas las categorías de edad y sexo. La educación, antes autoritaria, se ha vuelto enormemente permisiva, atenta a los deseos de los niños y adolescentes mientras que, por todas partes, la ola hedonista desculpabiliza el tiempo libre, anima a realizarse sin obstáculos y a aumentar el ocio. 

La seducción: una lógica que sigue su camino, que lo impregna todo y que al hacerlo, realiza una socialización suave, tolerante, dirigida a personalizar- psicologizar al individuo. 

El lenguaje se hace eco de la seducción. Desaparecidos los sordos, los ciegos, los lisiados, surge la edad de los que oyen mal, de los no-videntes, de los minusválidos; los viejos se han convertido en personas de la tercera o cuarta edad, las chachas en empleadas del hogar, los proletarios en interlocutores sociales. 

Los malos alumnos son niños con problemas o casos sociales, el aborto es una interrupción voluntaria del embarazo. Incluso los analizados son analizantes. El proceso de personalización aseptiza el vocabulario. como lo hace con el corazón de las ciudades,

los centros comerciales y la muerte. Todo lo que presenta una connotación de inferioridad, de deformidad, de pasividad, de agresividad debe desaparecer en favor de un lenguaje diáfano, neutro y objetivo, tal es el último estadio de las sociedades individualistas. 

Paralelamente a las organizaciones flexibles y abiertas se establece un lenguaje eufemístico y tranquilizante, un lifting semántico conforme al proceso de personalización centrado en el desarrollo, el respeto y la armonización de las diferencias -individuales: «Soy un ser humano. No doblar, romper o torcer.» 

La seducción elimina las reglas disciplinarias y las últimas reminiscencias del mundo de la sangre y de la crueldad, todo en el mismo saco. Todo debe comunicar sin resistencia, sin relegación, en un hiper-espacio fluido y acósmico a la manera de los cuadros y letreros de Folon. 

Si el proceso de personalización es inseparable de una esterilización silenciosa del espacio público y del lenguaje, de una seducción irreal a la manera de las voces aterciopeladas de las azafatas de los aeropuertos, es asimismo inseparable de una animación rítmica de la vida privada. Estamos viviendo una formidable explosión musical: música continua, hit-parade, la seducción posmoderna es hi-fi. 

El canal se ha convertido en un bien de primera necesidad, hacemos deporte, deambulamos, trabajamos con música, conducimos en estéreos la música y el ritmo se han convertido en algunos decenios en un entorno permanente, en una pasión de masas. Para el hombre disciplinario-autoritario, la música se circunscribía a sitios o momentos precisos, concierto, baile, music-hall, radio; el individuo posmoderno, al contrario, oye música de la mañana a la noche, como si tuviese necesidad de permanecer fuera, de ser transportado y envuelto en un ambiente sincopado, como si necesitara una desrealización estimulante, eufórica o embriagante del mundo. 

Revolución musical unida evidentemente a las innovaciones tecnológicas, al imperio del orden comercial, al show-biz, pero que no obstante es también una manifestación del proceso de personalización, un aspecto de la transformación posmoderna del individuo. 

Del mismo modo que las instituciones se vuelven flexibles y móviles, el individuo se vuelve

cinético, aspira al ritmo, a una participación de todo el cuerpo y los sentidos, participación posible hoy gracias a la estereofonía, el walkman, los sonidos cósmicos o paroxísticos de las músicas de la edad electrónica. A la personalización a medida de la sociedad corresponde una personalización del individuo que se traduce por el deseo de sentir «más», de volar, de vibrar en directo, de sentir sensaciones inmediatas, de sumergirse en un movimiento integral, en una especie de trip sensorial y pulsional. 

Las hazañas técnicas de la estereofonía, los sonidos eléctricos, la cultura del ritmo inaugurada por el jazz y prolongada por el rock han permitido que la música se convirtiera en un médium privilegiado de nuestra época, por su estrecha consonancia con el nuevo perfil del individuo personalizado, narcisista, sediento de inmersión instantánea, de «hundirse» no sólo en los ritmos de los últimos discos de moda sino en las músicas más diversas, las más sofisticadas que, ahora, están constantemente a disposición. 

La seducción posmoderna no es ni un sucedáneo de comunicación ausente ni un escenario destinado a ocultar la abyección de las relaciones comerciales. Sería remitirla de nuevo a un consumo de objetos y de signos artificiales, reinyectar engaño allí donde existe ante todo una operación sistemática de personalización, dicho de otro modo, de atomización de lo social o de expansión en abismo de la lógica individualista. 

Hacer de la seducción una «representación ilusoria de lo no-vivido» (Debord), es reconducir el imaginario de las pseudonecesidades, la oposición moral entre real y aparente, un real objetivo al abrigo de la seducción, cuando ésta se define ante todo como proceso de transformación de lo real y del individuo. Lejos de ser un agente de mistificación y de pasividad, la seducción es destrucción cool de lo social por un proceso de aislamiento que se administra ya no por la fuerza bruta o la cuadrícula reglamentaria sino por el hedonismo, la información y la responsabilización. 

Con el reino de los mass media, de los objetos y del sexo, cada cual se observa, se comprueba, se vuelca sobre sí mismo en busca de la verdad y de su bienestar, cada uno se hace responsable de su propia vida, debe gestionar de la mejor manera su capital estético, afectivo, psíquico, libidinal, etc. Aquí socialización y desocialización se identifican, al final del desierto social se levanta el individuo soberano, informado, libre, prudente administrador de su vida: al volante, cada uno abrocha su propio cinturón de seguridad. 

Fase posmoderna de la socialización, el proceso de personalización es un nuevo tipo de control social liberado de los procesos de masificación-reificación-represión. La integración se realiza por persuasión invocando salud, seguridad y racionalidad: publicidades y sensibilizaciones médicas pero también consejos de las asociaciones de consumidores. 

Pronto el viedotexto presentará «árboles de decisión», sistemas pregunta-respuesta que permitirán al consumidor dar a conocer al ordenador sus propios criterios a fin de efectuar una selección racional y personalizada. La seducción ya no es libertina. 

Por supuesto que todo eso no es nuevo. Desde hace siglos las sociedades modernas han inventado la ideología del individuo libre, autónomo y semejante a los demás. 

Paralelamente, o con inevitables desfases históricos, se ha instaurado una economía libre

fundada en el empresario independiente y el mercado, al igual que los regímenes políticos democráticos. Ahora bien en la vida cotidiana, el modo de vida, la sexualidad, el individualismo' se ha visto cerrado en su expansión, hasta hace muy poco, por armaduras

ideológicas, instituciones, costumbres aún tradicionales o disciplinarias - autoritarias. Esta última frontera es la que se hunde ante nuestros ojos a una velocidad prodigiosa. El proceso de personalización impulsado por la aceleración de las técnicas, por la gestión de empresas, por el consumo de masas, por los mass media, por los desarrollos de la ideología individualista, por el psicologismo, lleva a su punto culminante el reino del individuo, pulveriza las últimas barreras. La sociedad posmoderna. es decir la sociedad que generaliza el proceso de personalización en ruptura con la organización moderna disciplinaria - coercitiva, realiza en cierto modo, en lo cotidiano y por medio de nuevas estrategias, el ideal moderno de la autonomía individual, por mucho que le dé, evidentemente, un contenido inédito. 

Los discretos encantos de lo político

La política no se mantiene apartada de la seducción. Empezando por la personalización impuesta de la imagen de los líderes occidentales: con simplicidad ostentosa, el hombre político se presenta en téjanos o jersei, reconoce humildemente sus límites o debilidades, exhibe su familia, sus partes médicos, su juventud.

 

En Francia, Giscard, después de Kennedy o P. E. Trudeau, ha sido el símbolo de esa humanización-psicologización del poder: un presidente a «escala humana» que declara no querer sacrificar su vida privada, desayuna con los basureros, y va a cenar a casa

de familias anónimas. No nos engañemos, el florecimiento de los nuevos mass media, la tele en particular, por importante que sea, no puede explicar fundamentalmente esa promoción de la personalidad, esa necesidad de confeccionarse semejante imagen de marca. La política personalizada corresponde a la emergencia de esos nuevos valores que son la cordialidad, las confidencias íntimas, la proximidad, la autenticidad, la personalidad, valores individualistas - democráticos por excelencia, desplegados a gran escala por el consumo de masas. La seducción: hija del individualismo hedonista y psi, mucho más que del maquiavelismo político. 

¿Perversión de las democracias, intoxicación, manipulación del electorado por un espectáculo de ilusiones? Sí y no, ya que si bien es cierto que existe un marketing político programado y cínico, también lo es decir que las estrellas políticas no hacen más que conectar con el hábitat posmoderno del homo democraticus, con una sociedad ya personalizada deseosa de contacto humano, refractaria al anonimato, a las lecciones pedagógicas abstractas, al lenguaje tópico de la política, a los roles distantes y convencionales. 

En cuanto el impacto real de la personalización programada, podemos preguntarnos si no ha sido sobrevalorado considerablemente por los publicistas y los políticos, ampliamente seducidos a su vez por los mecanismos de la seducción del star system: en la medida en que todos los líderes se someten a ella en mayor o menor grado, el efecto se anula por difusión y saturación mediática, la seducción se presenta como un ambiente soft, imperativo y sin sorpresas, que distrae epidérmicamente a un público que dista de ser tan ingenuo y pasivo como imaginan nuestros actuales detractores del «espectáculo». 

Aún más significativamente seductora es la presente tendencia de las democracias a jugar la carta de la descentralización: después de la unificación nacional y la supremacía de las administraciones centrales, el reciente poder de los consejos regionales y electos locales, las políticas culturales regionales. Es la moda del descompromiso del Estado/de las iniciativas locales o regionales, del reconocimiento de los particularismos e identidades territoriales; la ola de seducción democrática humaniza la nación, ventila los poderes, acerca las instancias de decisión de los ciudadanos, redistribuye una dignidad en las periferias. 

El Estado nacional-jacobino inicia una reconversión centrífuga destinada a reducir las rigideces burocráticas, reevalúa a la «patria chica», promueve de algún modo una democracia del contacto, de la proximidad a través de una reterritorialización-personalización regionalista. Simultáneamente se establece una política del patrimonio que se inscribe en la misma línea que la de la descentralización o de la ecología: no destrozar más, desraizar o inferiorizar, sino proteger y valorizar las riquezas regionales, memoriales, naturales. 

La nueva política museográfica se corresponde con la política de regionalismo administrativo y cultural poniendo en práctica un mismo desarrollo de las fuerzas y entidades descentralizadas, un mismo dispositivo de diálogo entre presente y pasado, entre población y terruño. No se trata de un efecto de nostalgia de una sociedad destrozada por la conquista del futuro, y menos aún de un show mediapolítico; más oscura pero más profundamente se trata de una personalización del presente mediante la salvaguarda del pasado, de una humanización de los objetos y monumentos antiguos análoga a la de las instituciones públicas y relaciones interindividuales. 

En absoluto impuesto desde fuera, ni coyuntural, ese interés museográfico está en consonancia con la sensibilidad posmoderna en busca de identidad y comunicación, poco apasionada por el futuro histórico, agobiada por la idea de las destrucciones irreversibles. 

Aniquilar los vestigios es como asolar la naturaleza; una misma repulsión se apodera de nuestros espíritus, curiosamente aptos hoy a dotar de un alma y psicologizar cualquier realidad, hombres, piedras, plantas, entorno. El efecto patrimonio es indisociable de la suavización de las costumbres, del sentimiento creciente de respeto y tolerancia, de una psicologizadón sin límites. 

La autogestión, que consiste en suprimir las relaciones burocráticas del poder, en hacer de cada uno un sujeto político autónomo, representa otra vertiente de la seducción. 

Abolición de la separación dirigente - ejecutante, descentralización y diseminación del poder; la liquidación de la mecánica del poder clásico y de su orden lineal es el objetivo de la autogestión, sistema cibernético de distribución y de circulación de la información. 

La autogestión es la movilización y el tratamiento óptimo de todas las fuentes de información, la institución de un banco de datos universal en el que cada uno está permanentemente emitiendo y recibiendo, es la informatización política de la sociedad. Desde este momento

se trata de vencer la entropía constitutiva de las organizaciones burocráticas, reducir los bloqueos de información, los secretos y la insuficiencias. La seducción no funciona con el misterio, funciona con la información, con el feed-back, con la iluminación de lo social a la manera de un strip-tease integral y generalizado. 

En esas condiciones no sorprende que varias corrientes ecologistas se sumen a la autogestión. Rechazando el predominio de la especie humana y la uniteralidad de las relaciones entre el hombre y la naturaleza que llevan a la contaminación y a la expansión

ciega, la ecología substituye la mecánica del crecimiento por la regulación cibernética, la comunicación, el feed-back en el que la naturaleza ya no es un tesoro a saquear, una fuerza a explotar sino un interlocutor digno de ser escuchado y respetado. 

Solidaridad de las especies vivas, protección y salud del entorno, toda la ecología se basa en un proceso de personalización de la naturaleza, en la conciencia de esa unidad irremplazable, no intercambiable, finita por más que sea planetaria, que es la naturaleza. 

Correlativamente la ecología trabaja para responsabilizar al hombre "ampliando el campo de deberes, de lo social a lo planetario: aunque la ecología se dedica efectivamente a frenar y detener el proceso ilimitado de la expansión económica, contribuye por otra parte

a una expansión del sujeto. Rechazando el modelo productivista, la ecología reclama una mutación tecnológica, el empleo de técnicas suaves, no polucionantes y, en los más radicales, una reconversión total de los métodos y unidades de trabajo: reimplantación y rediseminación de las unidades industriales y de la población, pequeños talleres autogestionados, integrados en comunidades a escala humana, de tamaño reducido. 

La cosmogonía ecológica no ha conseguido escapar a los encantos del humanismo. Reducción de las relaciones jerárquicas y de la temperatura histórica, personalización, crecimiento del sujeto: la seducción ha desplegado su panoplia hasta en los espacios verdes de la naturaleza. 

El mismo PCF no se ha quedado atrás y se sube al tren abandonando la dictadura del proletariado, último dispositivo sangriento de la era revolucionaría y de la teleología de la historia. La seducción suprime la Revolución y el uso de la fuerza, destruye las grandes finalidades históricas pero también emancipa al Partido del autoritarismo estalinista y de su sujeción al gran Centro; desde ese momento el PCF puede empezar a amonestar tímidamente a Moscú, y «tolerar» las críticas de sus intelectuales sin practicar purgas ni exclusiones. La lucha final no se producirá: gran constructora de síntesis, de uniones, la seducción, como Eros, opera por relación, cohesión y acercamiento. La lucha de clases queda substituida por el «ligue», a través de estadísticas, del compromiso histórico, de la unión del pueblo francés. 

¿Quieres flirtear conmigo? La Revolución fascina únicamente porque está del lado de Thanatos, de la discontinuidad, de la ruptura. La seducción ha roto todos los lazos que la unían todavía, el dispositivo donjuanesco, con la muerte, con la subversión. Sin duda alguna el PCF sigue siendo en su organización y su ideología el partido menos dispuesto a sucumbir a los guiños de la seducción, el partido más retro, el más atado al moralismo, al centralismo, al burocratismo, e incluso es esa rigidez congénita la que, en parte, es la causa de sus estrepitosos fracasos electorales. Pero por otro lado el PCF se presenta como un partido dinámico y responsable, identificándose cada vez más con un organismo de gestión sin misión histórica, que ha asumido por su cuenta, después de largas vacilaciones, los vectores claves de la seducción, management, encuestas por sondeos, reciclajes constantes, etc., hasta la arquitectura de su sede, inmueble de cristal sin secretos, vitrina iluminada por las luces de las metamorfosis «in» del aparato. Como resultado de una negociación entre la seducción y la era pasada de la revolución, el PC juega simultáneamente las dos cartas condenándose con obstinación al papel de seductor avergonzado e infeliz. El mismo perfil se aplica a su marxismo, utilizando palabras de Lenin. Cuando la voga del althuserismo: rigor y austeridad del concepto, antihumanismo teórico, el marxismo presenta una imagen de marca dura, sin concesión, en las antípodas

de la seducción. Pero al adentrarse en la vía de la articulación de los conceptos, el marxismo entra simultáneamente en su fase de !desarme: su objetivo ya no es la formación revolucionaria de una conciencia de clase unificada y disciplinada, sino la formación de una conciencia epistemológica. 

La seducción triste del marxismo ha revestido el traje ceñido de los hombres de «ciencia». 

Sexducción

Alrededor de la inflación erótica actual y de lo pomo, una :especie de denuncia unánime reconcilia a las feministas, los moralistas, los estetas, escandalizados por el envilecimiento del ser humano rebajado a la categoría de objeto y por el sexo-máquina que disuelve las relaciones de seducción en una orgía repetitiva y sin misterio. Pero ¿y si lo esencial no estuviera ahí, y si lo porno Impropiamente fuera una figura de seducción? ¿Pues qué otra cosa hace, sino destruir el orden arcaico de la Ley y de la Prohibición, abolir el orden coercitivo de la Censura y de la represión en beneficio de un verlo-todo, hacerlo-todo, decirlo-todo, que define m trabajo mismo de la seducción? Una vez más es el punto de vista moral el que reduce lo porno a la reificación y el orden industrial o serial del sexo: aquí todo está permitido, hay que ir siempre más lejos, buscar dispositivos inauditos, nuevas combinaciones en una libre disposición del cuerpo, una libre empresa "En el sexo que convierte lo pomo, continuamente a lo que dicen sus detractores, en un agente de desestandarización y de subjetivización del sexo y por el sexo, al igual que todos los movimientos de liberación sexual. Diversificación libidinal, constelación de «pequeños anuncios» singulares: después de la economía, la educación, la política, la seducción anexiona el sexo y el cuerpo según el mismo imperativo de personalización del individuo. En el momento del autoservicio libidinal, el cuerpo y el sexo se vuelven instrumentos de subjetivización - responsabilización, hay que acumular las experiencias, explotar el capital libidinal de cada uno, innovar en las combinaciones. 

Todo lo que recuerda la inmovilidad, la estabilidad debe desaparecer en provecho de la experimentación y de la iniciativa. De este modo se produce un sujeto, ya no por disciplina sino por personalización del cuerpo bajo la égida del sexo. Su cuerpo es usted, existe para cuidarlo, amarlo, exhibirlo, nada que ver con la máquina. La seducción amplía el ser-sujeto dando una dignidad y una integridad al cuerpo antes ocultado: nudismo, senos desnudos son los síntomas espectaculares de esa mutación por la que el cuerpo se convierte en persona a respetar, a mimar al sol. 

El jerk es otro síntoma de esa emancipación: si, con el rock o el twist, el cuerpo estaba aún sometido a ciertas reglas, con el jerk caen todas las imposiciones de pasos codificados, el cuerpo no tiene más que expresarse y convertirse, al igual que el Inconsciente, en lenguaje singular. Bajo los spots de los night-clubs, gravitan sujetos autónomos, seres activos, ya nadie invita a nadie, las chicas ya no «calientan sillas» y los «tipos » ya no monopolizan la iniciativa. Sólo quedan mónadas silenciosas cuyas trayectorias aleatorias se cruzan en una dinámica de grupo amordazada por el hechizo de la sonorización. 

¿Qué ocurre cuando el sexo se hace político, cuando las relaciones sexuales se traducen en relación de fuerzas, de poder? 

AI denunciar la mujer-mercancía, al llamar a la movilización de las masas en torno a un «programa común», al constituirse en movimiento específico que excluye a los hombres, ¿no introduce el no feminismo una línea dura, maniquea, irreductible por ello al proceso de seducción? Además, ¿no es así como quieren aparecer los grupos feministas? Pero algo más fundamental está en juego: a través la lucha por el aborto libre y gratuito, se apunta al derecho de autonomía y de responsabilidad en materia de procreación; se trata de sacar a la mujer de su estatuto de pasividad y resignación ante los azares de la procreación. 

Disponer de sí misma, escoger, no ceñirse a la máquina reproductora, al destino biológico

y social, el neofeminismo es una figura del proceso de personalización. Con las recientes campañas contra la violación, ha parecido una publicidad inédita alrededor de un fenómeno antaño secreto y vergonzante, como si ya nada debiera permanecer oculto, conforme al imperativo de transparencia e iluminación sistemática del presente que rige nuestras sociedades. Por esa reducción de las sombras y oscuridades, el movimiento de liberación de ]as mujeres, sea cual sea su radicalidad, forma parte integrante del strip-tease generalizado de los tiempos modernos. Información, comunicación, así va la seducción. Preocupado, por otra parte, de no disociar la política de lo analítico, el neofeminismo se mueve por una voluntad deliberada de psicologización como manifiestan sus pequeños grupos llamados de self-help o de autoconciencia en que las mujeres se auscultan, se analizan, se hablan en busca de sus deseos y de sus cuerpos. 

Ahora lo primero es lo «vivido»: cuidado con lo teórico, lo conceptual, son el poder, la máquina masculina e imperial. «Comisiones de experiencias personales»: la emancipación, la búsqueda de una identidad propia pasa por la expresión y la confrontación de las experiencias existenciales. 

Igualmente característica es la cuestión del «discurso femenino» en busca de una diferencia, de una afirmación desprovista del referente masculino. En sus versiones más radicales, se trata de salir de la economía del logos, de la coherencia discursiva, situando

lo femenino en una autodeterminación, una «autoafección» (Luce Irigaray) desprovista de cualquier centrismo, de cualquier falocentrismo como última posición panóptica de poder. 

Más ¿Soportante que la reinscripción de un territorio marcado es la fluctuación de ese mismo lugar, la imposibilidad de circunscribirlo e identificarlo: jamás idéntico a sí mismo, a nada, «especie ¿ t universo en expansión al que no se le pueden fijar límites y que no por ello es incoherente», lo femenino es plural, fluido contiguo y próximo, ignora lo «propio» y en consecuencia la posición del sujeto. 

Ni tan sólo hay que elaborar otro concepto de feminidad, que reincorporaría la máquina teórico-fálica y reconduciría a la economía del Mismo y del Uno. Para definirse el hiperfeminismo reivindica el estilo, la sintaxis Otra, «táctil» y fluida, sin sujeto ni objeto. ¿Cómo no reconocer en esa economía de fluidos, en esa multiplicidad conductible, el propio trabajo de la seducción que en todas partes suprime el Mismo, el Centro, la linearidad y procede a la disolución de las rigideces y de los «sólidos»? Lejos de representar una involución, la suspensión de la voluntad teórica no es más que un estadio último de la racionalidad psicológica; lejos de identificarse con lo rechazado de la historia,

lo femenino se define así como un producto y una manifestación de la seducción posmoderna liberando y desestandarizando en el mismo movimiento la identidad personal y el sexo: «La mujer tiene sexo por todas partes. Goza por todas partes.» 

Entonces nada más falso que luchar contra esa mecánica de los fluidos acusada de restablecer la imagen arcaica y falocrática de la mujer. Lo cierto es lo contrario: sexducción generalizada, el neofeminismo no hace más que exacerbar el proceso de personalización, dispone una figura inédita de lo femenino, polimorfa y sexuada, emancipada de los papeles e identidades de grupos, en consonancia con la institución de la sociedad abierta. Tanto a nivel teórico como militante, el neofeminismo contribuye al reciclaje del ser-femenino por la valoración que hace de él en todos los aspectos, psicológico, sexual, político, lingüístico. Se trata ante todo de responsabilizar y psicologizar a la mujer liquidando una última «parte maldita», dicho de otro modo, promover a la mujer al rango de individualidad completa, adaptada a los sistemas democráticos hedonistas, incompatibles con unos seres atados a códigos de socialización arcaica hechos de silencio, sumisión solapada, histerias misteriosas.  

No nos engañemos, esa inflación de análisis y de comunicaciones, esa proliferación de grupos de discusiones no acabarán con el aislamiento de la seducción. Lo mismo se aplica al feminismo y al psicoanalismo cuanto más interpreta, más las energías refluyen

hacia el Yo, lo inspeccionan y le llenan por todas partes; cuando más analiza, mayor es la interiorización y la subjetivización del individuo; a más Inconsciente e interpretación, mayor autoseducción. Máquina narcisista incomparable, la interpretación analítica es un agente de personalización por el deseo a la vez que un agente de disocialización, de atomización sistemática e interminable como todos los dispositivos de la seducción. Bajo la égida del Inconsciente y de la Represión, cada uno es remitido así mismo en su reducto libidinal, en busca de su propia imagen desmitificada, privado incluso en los últimos avatares lacanianos de autoridad y de la verdad del analista. Silencio, muerte del analista,

todos somos analizantes, simultáneamente interpretados e interpretantes en una circularidad sin puerta ni ventana. Don Juan ha muerto; una nueva figura, mucho más inquietante, se yergue, Narciso, subyugado por sí mismo en su cápsula de cristal.

Capítulo II

La indiferencia pura

La deserción de las masas

Si nos limitamos a los siglos XIX y XX, deberíamos evocar, citar en desorden, el desarraigo sistemático de las poblaciones rurales y luego urbanas, las languideces románticas, el spleen dandy, Oradour, los genocidios y etnocidios, Hiroshima devastada en 10 Km2 con 75.000 muertos y 62.000 casas destruidas, los millones de toneladas de bombas lanzadas sobre Vietnam y la guerra ecológica a golpes de herbicida, la escalada del stock mundial de armas nucleares, Phnom Penh limpiada por los Khmers rojos, las figuras del nihilismo europeo, los personajes muertos-vivos de Beckett, la angustia, la desolación interior de Antonioni, Messidor de A. Tanner, el accidente de Harrisburg, seguramente la lista se alargaría desmesuradamente si quisiéramos inventariar todos los nombres del desierto. ¿Alguna vez se organizó tanto, se edificó, se acumuló tanto y, simultáneamente, se estuvo alguna vez tan atormentado por la pasión de la nada, de la tabla rasa, de la exterminación total? En este tiempo en que las formas de aniquilación adquieren dimensiones planetarias, el desierto, fin y medio de la civilización, designa esa figura trágica que la modernidad prefiere la reflexión metafísica sobre la nada. El desierto gana, en él leemos la amenaza absoluta, el poder de lo negativo, el símbolo del trabajo mortífero de los tiempos modernos hasta su término apocalíptico. 

Esas formas de aniquilación, llamadas a reproducirse durante un tiempo aún indeterminado, no deben ocultar la presencia de otro desierto, de tipo inédito, que escapa a las categorías nihilistas o apocalípticas y es tanto más extraño por cuanto ocupa en silencio la existencia cotidiana, la vuestra, la mía, en el corazón de las metrópolis contemporáneas. Un desierto paradójico, sin catástrofe, sin tragedia ni vértigo, que ya no se identifica con la nada o con la muerte: no es cierto que el desierto obligue a la contemplación de crepúsculos mórbidos.

 

Consideremos esa inmensa ola de desinversión por la que todas las instituciones, todos los grandes valores y finalidades que organizaron las épocas pasadas se encuentran progresivamente vaciados de su sustancia, ¿qué es sino una deserción de las masas que transforma el cuerpo social en cuerpo exangüe, en organismo abandonado? Es inútil querer reducir la cuestión a las dimensiones de los «jóvenes»: no intentemos liberarnos de un asunto de civilización recurriendo a las generaciones. 

¿Quién se ha salvado de ese maremoto? Aquí como en otras partes el desierto crece: el saber, el poder, el trabajo, el ejército, la familia, la Iglesia, los partidos, etc., ya han dejado globalmente de funcionar como principios absolutos e intangibles y en distintos grados ya nadie cree en ellos, en ellos ya nadie invierte nada.  

¿Quién cree aún en el trabajo cuando conocemos las tasas de absentismo y de turn over, cuando el frenesí de las vacaciones, de los week-ends, del ocio no cesa de desarrollarse, cuando la jubilación se convierte en una aspiración de masa, o incluso en un ideal?; ¿quién cree aún en la familia cuando los índices de divorcios no paran de aumentar, cuando los viejos son expulsados a los asilos, cuando los padres quieren permanecer «jóvenes» y reclaman la ayuda de los «psi», cuando las parejas se vuelven «libres», cuando el aborto, la contracepción, la esterilización son legalizadas?; ¿quién cree aún en el ejército cuando por todos los medios se intenta ser declarado inútil, cuando escapar del servicio militar ya no es un deshonor?; ¿quién cree aún en las virtudes del esfuerzo, del ahorro, de la conciencia profesional, de la autoridad, de las sanciones? Después de la Iglesia, que ni tan sólo consigue reclutar a sus oficiantes, es el sindicalismo quien pierde igualmente su influencia: en Francia, en treinta años, se pasa del 50 % de trabajadores sindicados a un 25 % en la actualidad. Por todas partes se propaga la ola de deserción, despojando a las instituciones de su grandeza anterior y simultáneamente de su poder de

movilización emocional. Y sin embargo el sistema funciona, las instituciones se reproducen y desarrollan, pero por inercia, en el vacío, sin adherencia ni sentido, cada vez más controladas por los «especialistas», los últimos curas, como diría Nietzsche, los únicos que todavía quieren inyectar sentido, valor, allí donde ya no hay otra cosa que un desierto apático. Por ello, si el sistema en el que vivimos se parece a esas cápsulas de astronauta  de las que habla Roszak, no es tanto por la racionalidad y la previsibilidad que inspiran como por el vacío emocional, la ingravidez indiferente en la que se despliegan las operaciones sociales. Y el loft, antes de convertirse en la moda de habitación de almacenes, podría ser la ley general que rige nuestra cotidianidad, a saber la vida en los spacios abandonados.

 

Apatía new-look

Todo eso no debe considerarse como una más de las eternas lamentaciones sobre la decadencia occidental, muerte de las ideologías y «muerte de Dios». El nihilismo europeo tal como lo analizó Nietzsche, en tanto que depreciación mórbida de todos los valores superiores y desierto de sentido, ya no corresponde a esa desmovilización de las masas que no se acompaña ni de desesperación ni de sentimiento de absurdidad. Todo él indiferencia, el desierto posmoderno está tan alejado del nihilismo «pasivo» y de su triste delectación en la inanidad universal, como del nihilismo «activo » y de su autodestrucción. 

Dios ha muerto, las grandes finalidades se apagan, pero a nadie le importa un bledo, ésta es la alegre novedad, ése es el límite del diagnóstico de Nietzsche respecto del oscurecimiento europeo. El vacío del sentido, el hundimiento de los ideales no han llevado, como cabía esperar, a más angustia, más absurdo, más pesimismo.

 

Esa visión todavía religiosa y trágica se contradice con el aumento de la apatía de las masas, la cual no puede analizarse con las categorías de esplendor y decadencia, de afirmación y negación, de salud y enfermedad.

 

Incluso el nihilismo «incompleto» con sus sucedáneos de ideales laicos ha llegado a su fin y nuestra bulimia de sensaciones, de sexo, de placer, no esconde nada, no compensa nada, y aún menos el abismo de sentido abierto por la muerte de Dios. La indiferencia, pero no la angustia metafísica.

El ideal ascético ya no es la figura dominante del capitalismo moderno; el consumo, los placeres, la permisividad, ya no tienen nada que ver con las grandes operaciones de la medicación sacerdotal: hipnotización - estivación de la vida, crispación de las sensibilidades por medio de actividades maquinales y obediencias estrictas, intensificación de las emociones aguijoneadas por las nociones de pecado y de culpabilidad. 1 

¿Qué queda de ello cuando el capitalismo funciona a base de libido, de creatividad, de personalización? 2 

El relajamiento posmoderno liquida la desidia, el enmarcamiento o desbordamiento nihilista, la relajación elimina la fijación ascética. Desconectando los deseos de los dispositivos colectivos, movilizando las energías, temperando los entusiasmos e indagaciones relacionadas con lo social, el sistema invita al descanso, al descompromiso emocional.

Algunas grandes obras contemporáneas, citemos entre ellas, La mujer zurda de P. Handke, Palazzo mentale de G. Lavaudant, India song de M. Duras, Edison de B. Wilson, el hiperrealismo americano, son ya, en mayor o menor grado, reveladoras de ese espíritu de la época, que deja muy atrás la angustia y la nostalgia del sentido, propias del existencialismo o del teatro del absurdo. 

El desierto ya no se traduce por la rebelión, el grito o el desafío a la comunicación; sólo supone una indiferencia ante el sentido, una ausencia ineluctable, una estética fría de la exterioridad y la distancia, pero de ningún modo de la distanciación. 

Los cuadros hiperrealistas no llevan ningún mensaje, no quieren decir nada, aunque su vacío está en las antípodas del déficit de sentido trágico a los ojos de las obras anteriores. No hay nada que decir, qué más da, en consecuencia todo puede .pintarse con el mismo esmero, la misma objetividad fría, carrocerías brillantes, reflejos de vitrinas, retratos gigantes, pliegues de telas, caballos y vacas, motores niquelados, casas panorámicas, sin inquietud ni denuncia.

Gracias a su indiferencia por el tema, el sentido, el fantasma singular, el hiperrealismo se convierte en juego puro ofrecido al único placer de la apariencia y del espectáculo. Sólo queda el trabajo pictórico, el juego de la representación vaciado de su contenido clásico, ya que lo real se encuentra fuera de circuito por el uso de modelos representativos de por sí, esencialmente fotográficos. Abandono de lo real y circularidad hiperrealista, en el colmo de su realización, la representación, instituida históricamente como espacio humanista, se metamorfosea in situ en un dispositivo helado, maquinal, desprovisto de la escala humana por las ampliaciones y acentuaciones de las formas y los colores: ni transgredido ni «sobrepasado », el orden de la representación está de algún modo abandonado por la perfección misma de su ejecución.

 

1. Nietzsche, La Genealogía de la moral, tercera disertación.

2. En cambio, ciertos fragmentos, póstumos de Nietzsche describen con gran lucidez los signos característicos del «espíritu moderno»; «la tolerancia» (por «inaptitud al no o al sí»); la amplitud de simpatía (un tercio de indiferencia, un tercio de curiosidad, un tercio de excitabilidad mórbida); la «objetividad» (falta de personalidad, falta de voluntad, inaptitud para el «amor»); la «libertad» contra la regla (romanticismo); la «verdad» contra falsificación y la mentira (naturalismo); el «cientifismo» (el «documento humano»: en alemán la novela por entregas y la acumulación que substituye la composición)... (primavera-otoño 1887) en Fr. Nietzsche, El nihilismo europeo; frad. fran., A. Kremer-Marietti, UGE, col. «10/18», p. 242.

 


9° Guía 7 Ciencias Sociales 2021

 


Cioran

                                                               

                                                                                                                                               fragmentos 1 

Cuando pienso en mis noches, en tantas soledades y tantos suplicios en esas soledades, sueño con partir, abandonando los caminos trillados. Pero, ¿a dónde ir? Hay fuera de nosotros abismos comparables a los del alma.

El escepticismo es la estupefacción ante el vacío de los problemas y de las cosas. Sólo los antiguos han sido verdaderos escépticos. Sus dudas, impregnadas de una indulgencia otoñal y de una felicidad desengañada, tenían estilo, como todas las cosas delicadas en su ocaso.

Un filósofo sólo puede evitar la mediocridad mediante el escepticismo o la mística, esas dos formas de la desesperación frente al conocimiento. La mística es una evasión fuera del conocimiento, el escepticismo un conocimiento sin esperanza. Dos maneras de decir que el mundo no es una solución.

Yo he debido vivir otras vidas. ¿Cómo si no explicar tanto espanto? Las existencias anteriores son la única justificación del terror. Sólo los orientales han comprendido algo sobre el alma. Ellos nos han precedido y nos sobrevivirán. ¿Por qué nosotros, modernos, hemos suprimido nuestras peregrinaciones? Expiamos en una sola vida el devenir infinito.

Nada más fácil que desembarazarse de la herencia filosófica, pues las raíces de la filosofía se detienen en nuestras incertidumbres. El coraje supremo de la filosofía es el escepticismo. Más allá de él, no reconoce más que el caos.


Prefacio a ‘De lágrimas y santos’ 

[…] Cioran ha repudiado siempre el pensamiento teórico como tal: «Yo no he inventado nada, no he sido más que el secretario de mis sensaciones». Sus lecturas le han hecho regresar constantemente a sí mismo, sus congojas de siempre, que ha convertido en una de las materias de su obra. Su escepticismo se halla injertado sobre un temperamento constantemente al acecho. «Lo que queda de un filósofo es su temperamento... cuanto más impetuoso es, más arremeterá contra todo», escribe en El aciago demiurgo. Maestro de la paradoja, de la negación, de la denigración, «cortesano del vacío», según una expresión que podría ser suya, Cioran es una paradoja: un escéptico que no se ha desapegado de la vida y que ha sido siempre prisionero de su naturaleza. Esa dependencia es ya perceptible en sus primeros ensayos escritos en rumano. Resulta interesante hojear hoy, a la luz de su obra posterior el Cioran lejano…

Desde el comienzo volvió su lucidez casi monstruosa contra sí mismo: el «pensar contra uno mismo» y «el aficionado a los paroxismos» se hallan ya en ese primer libro. Sus primeros capítulos los titula de manera reveladora: «No poder ya vivir», «El sentimiento del final», «Lo grotesco y la desesperación», «Presentimiento de la locura», «Melancolía», «Extasis», «Apocalipsis», «Monopolio del sufrimiento», «Ironía y antiironía», «Trivialidad de la transfiguración», etc.

 Todo está ya ahí; desde el sentimiento de lo irreparable y de lo irremediable, la inquietud, la angustia, el sentimiento de la nada, el elogio del silencio, hasta sus manías personales, sus insomnios, sus paseos nocturnos, su pereza, su pasión por la música, la obsesión del suicidio.

El día que cumplió veintidós años escribió al final de uno de los capítulos de su primer libro: «Experimento una extraña sensación al pensar que a esta edad soy un especialista del problema de la muerte».

Sobre las cimas de la desesperación trata el tema del exilio metafísico: «¿Sería para nosotros la existencia un exilio?».

«Toda mi vida he vivido con el sentimiento de haber sido alejado de mi verdadero lugar. Si la expresión "exilio metafísico" no tuviera ningún sentido, mi existencia hubiera bastado para darle uno».

Continuará obsesionado por la degradación del cuerpo, por la enfermedad y el sufrimiento que le hacían escribir «el problema del sufrimiento es infinitamente más importante que el del silogismo... una lágrima tiene siempre raíces más profundas que una sonrisa». Y en el capítulo «Nada es importante», estas líneas, tan suyas: «nunca he llorado, pues mis lágrimas se han transformado en pensamientos. Y esos pensamientos, ¿no son acaso tan amargos como las lágrimas?».

De lágrimas y de santos (Lacrimi si Sfinti) estaba aún impregnado de ese «filosofar poéticamente» que propugnaba en Sobre las cimas de la desesperación.

Cioran ha optado por la lucidez feroz, repudiando lo absoluto, no sus caprichos ni sus obsesiones, merodeando alrededor de sí mismo, de sus abismos y de sus ansiedades que oculta con una mezcla muy propia de humor, rabia y resignación, volviendo siempre a sus estados de ánimo personales.

Un delirante loco de objetividad...

Cioran un fatalismo erigido en camino: «he mimado tanto la idea de fatalidad...» y por el tedio, un hombre que ha «heredado del patrimonio de su tribu...

Un «especialista del estragamiento», atraído por los abúlicos, los veleidosos, obsesionado por «tarados», «fracasados», «aterrados», «inauditos». Expresiones como «nuestros estupores cotidianos».

El sarcasmo cioranesco, con frecuencia dirigido contra sus propias tentaciones, esconde una forma de irrisión sutil, donde sus rabias y resignaciones son el eco de un espíritu de polémica y de renunciación.

Cuando Cioran escribe: «habría que volver a encontrar el sentido del destino, el gusto por la lamentación, restablecer las plañideras en los funerales, o cuando dice «no tener gusto más que por el himno, la blasfemia y la epilepsia».

De lágrimas y de santos

No es el conocimiento lo que nos acerca a los santos, sino el despertar de las lágrimas que duermen en lo más profundo de nosotros mismos.

Cuando el comienzo de una vida ha estado dominado por el sentimiento de la muerte, el paso del tiempo acaba pareciéndose a un retroceso hacia el nacimiento, a una reconquista de las etapas de la existencia.

Morir, vivir, sufrir y nacer serían los momentos de esa involución. ¿O es otra vida lo que nace de las ruinas de la muerte? Una necesidad de amar, de sufrir y de resucitar sucede así al óbito. Para que exista otra vida, se necesita morir antes. Se comprende por qué las transfiguraciones son tan raras.

Cada uno de nosotros se hubiera dedicado a sus ocupaciones, soportando alegremente sus imperfecciones.

La muerte sólo tiene sentido para quienes han amado apasionadamente la vida. ¡Morir sin dejar aquí nada...! El desapego es una negación tanto de la vida como de la muerte. Quien ha superado el miedo de morir, ha triunfado también sobre la vida, la cual no es más que el otro nombre de ese miedo.

No expirando en la cama, los mendigos no mueren, por así decirlo. Sólo se muere horizontalmente, durante esa preparación en la que el vivo supura la muerte.

Cuando nada nos une a un lugar, ¿qué nostalgias podríamos tener en los últimos instantes? ¿Habrán escogido los mendigos su destino para no tener nostalgias que les torturen en la agonía? Errantes en la vida, continúan siendo vagabundos en la muerte.

Toda forma de éxtasis suplanta a la sexualidad, la cual no tendría ningún sentido sin la mediocridad de las criaturas. Pero como éstas apenas poseen otro medio de evadirse de ellas mismas, la sexualidad las salva provisionalmente. Dicho acto excede a su significación elemental ‑es un triunfo sobre la animalidad, dado que la sexualidad, fisiológicamente hablando, es la única puerta que se abre sobre el cielo.

Únicamente el paraíso o el mar podrían dispensarme del recurso de la música.

Las tristezas producen en el alma una sombra de claustro. Comenzamos entonces a comprender a los santos... Por mucho que ellos quieran acompañarnos hasta el límite de nuestra pesadumbre, no lo logran, y nos abandonan en pleno camino, justo en medio de las amarguras y los arrepentimientos.

Los hombres sólo se reconciliaron con la muerte para evitar el miedo que ella les inspira; sin embargo, sin ese miedo morir no tiene el mínimo interés. Pues la muerte existe únicamente en él y a través de él. La sabiduría nacida del acuerdo con la muerte es, frente a las postrimerías, la actitud más superficial que existe. El propio Montaigne fue infectado por ella, sin lo cual sería incomprensible que haya podido vanagloriarse de aceptar lo inevitable.

Quien ha superado el miedo puede creerse inmortal; quien no lo conoce, lo es. Es probable que en el paraíso las criaturas desaparezcan también, pero no conociendo el miedo de morir, no morirían, en suma, nunca. El miedo es una muerte de cada instante.

Únicamente los éxtasis sonoros me producen una sensación de inmortalidad. Hay días intemporales en los que somos víctimas de reminiscencias de no se sabe qué más allá... Afligirse a causa del tiempo es entonces inconcebible.

Hay quien se pregunta aún si la vida tiene o no un sentido. Lo cual equivale a preguntarse si es o no soportable. Ahí acaban los problemas y comienzan las resoluciones.

 


jueves, septiembre 23, 2021

10° Guía 7 Integrada

 

 
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¿Por qué fracasa Colombia?

 


Delirios de una nación que se desconoce así misma                 

ENRIQUE SERRANO

                                                                fragmento

Prólogo

Largo tiempo llevamos esperando la aparición de este texto de Enrique Serrano, resultado de juiciosas reflexiones sobre el pasado y el devenir histórico de Colombia, de esa Colombia calificada por algunos como “país de los extremos y las contradicciones”, y por otros, en tono resignado y lacónico, como “un país incomprensible”, sin faltar aquel que, fuertemente influenciado por Cioran, ha llegado a afirmar que en Colombia “ya sucedió el juicio final”, o más contundentemente aún: que ya desde el génesis éramos los seres más caídos entre todos los caídos, destinados como colombianos a no aspirar de la tierra nada distinto a convivir a término indefinido con “espinas y cardos”.

Ese acento tan proclive a la tragedia o al conformismo, a la desconfianza, a postergar decisiones, a sentir en medio de un llanto incontrolable que llevamos sobre la espalda la carga más pesada de la historia universal, por injusta, por mezquina, por generarnos un síndrome de abandono, como si de un cuadro neurótico se tratara, no es propiamente el acento ni la razón de fondo que llevó a Enrique Serrano a escribir con disciplina y rigor, en soledad y en silencio, ¿Por qué fracasa Colombia?

De entrada, el texto, que por algún motivo hace pensar en otro título: “Las raíces secretas de nuestra nacionalidad”, riñe con el culto casi histérico por las efemérides, por los ritos de paso y el pensamiento mágico con que se enmarcan determinadas fechas del calendario nacional.

Riñe, a su vez, contra los historiadores (que en nuestro medio son “legión”) partidarios hasta la obsesión por la narración escueta y por el helado documentado, más gélido aún si se trata de comprobar la verdad histórica, haciendo acopio de cuanto diario y gaceta oficial existen. Riñe, va a reñir con la ya proverbial arrogancia de la academia en nuestro medio, buscando llenar, y no sin razón, serios y grandes vacíos historiográficos, pero blindados en esa apuesta por los modelos de la historia estructural, a través de “planos de larga duración, seculares o coyunturales”, de una insufrible pedantería, en esa “lectura y barridos transversales” haciendo sinónimo de esa presunta mirada de conjunto, la apología de la ambivalencia, de privilegiar o desprestigiar acontecimientos, improntas, imaginarios de acuerdo al marco teórico que se maneje, o a la escuela histórica a la cual pertenezca.

Por iguales o parecidas razones, muchos de estos carnetizados y etiquetadores de oficio van a sentir casi como una afrenta personal los amplios espacios que ¿Por qué fracasa Colombia? le concede a las diversas formas que la hispanidad asumió a lo largo de tres siglos del otro lado del Atlántico.

Hoy, cuando lo más importante es estar en el lugar políticamente correcto, hablar de Hispanoamérica parecería casi que un exabrupto. Un exabrupto que tercamente se niega a aceptar, así sea parcialmente, que no siempre Colombia fue una nación rota, desintegrada o hija de un fenómeno de madre-solterismo histórico. Todos, individual y colectivamente hablando, somos el resultado de un antes y un después. Unos son antes y después de una armónica, sosegada y constructiva relación de pareja, o bien antes y después de una verdadera hecatombe sentimental.

A otro nivel, algo similar ocurre con la historia. Recordando, eso sí, que también nuestras vidas están compuestas, como la armonía del mundo, como la historia del mundo, de cosas contrarias. Y esta reflexión no es por cuenta necesariamente del budismo tibetano, sino por sentido común. Desde esta perspectiva, mal podría pensarse que nuestro paisaje nacional solo comienza a cobrar brillo y verdor luego de 1810.

El libro de Enrique Serrano es, en ese sentido, una especie de puente recio y bien articulado invitando en gesto centrífugo a que las nuevas generaciones colombianas repasen con honradez e independencia mental la idea que se tiene de la cultura hispánica. O sea, de una cultura que le permite al observador inteligente encontrar en una misma cuadra una catedral romana o gótica, una mezquita y una sinagoga.

A ese efecto, una de las temáticas más valiosas del texto de Enrique Serrano es la que justamente recrea la contribución árabe y judía en la configuración de nuestro inconsciente colectivo y en esa configuración, un actor clave: el converso. El que funge de cristiano de dientes para afuera como estrategia de supervivencia frente a tribunales como el del Santo Oficio, pero que sigue permeado en su interior por casas con aleros, por salas con alfombras, por jardines con aljibes, por los remedios, por la aritmética, por sumar, por restar, por saber multiplicar, por regatear con éxito, por la improvisación, por la recursividad, por la lectura de libros prohibidos; por enfrentar -pensemos nosotros- la fatalidad con sentido del humor.

En todo colombiano, salvo que sea un fanático de extrema izquierda o de extrema derecha, o un imbécil, o un resentido social, o una víctima de una grave desviación neurótica, existe una formidable propensión a tomarse el mundo a risa. En cada colombiano habita en mayor o menor grado un Guzmán de Alfarache, un Mateo Alemán, un Lazarillo de Tormes…

El otro actor clave es la Iglesia. Gústenos o no, Colombia fue un país hecho por curas y religiosas. Antes que fundar una población, había que erigir una parroquia; “la parroquia era la medida de todas las cosas”. Lo era en su pretensión de entender la ciudad, el pueblo, la aldea, la villa, la Plaza Mayor, como una comunidad de hombres honorables.

La parroquia fijaba límites. Ella tenía la última palabra en los juicios sobre situaciones en las que estaban gravemente implicadas honra, hombría y vergüenza. Allí donde se ubicaron los párrocos -léase todo lo largo y ancho del territorio nacional-, aparte de alfabetizar, bendecir y sacralizar un espacio determinado, detentaron enormes dosis de poder, reflejadas en control y orden social. En otras palabras: era al párroco al que le correspondía establecer en primera instancia qué formas de conducta eran aprobables o reprobables.

Durante la larga vigencia de la sociedad monárquica las atribuciones de la Iglesia fueron aún más lejos, al punto de hacerle sentir a la población indígena, por ejemplo, que el rey español tenía y ostentaba una imagen de autoridad no muy distinta de la de Dios. Cuestionar al rey era cuestionar a Dios. Denigrar del rey era denigrar de Dios. Quizá sea esto último, unido a otros factores, lo que explique que al momento de las guerras civiles, mal llamadas de Independencia, el indígena colocara toda su lealtad, todo su coraje y toda su experticia en la guerra de guerrillas, a favor del Rey-Dios; del supremo articulador de la comunidad humana más grande de todos los tiempos en términos geográficos.

A nombre de ese Rey, en este caso, del “suspirado” Fernando, del “amado” Fernando, hubo levantamientos indígenas en Riohacha, Santa Marta, Valledupar, y en su expresión más radical y contundente en lo que hoy corresponde al departamento de Nariño. En personajes legendarios como Agustín Agualongo parecía asomarse una trágica intuición que la realidad posterior parecía confirmar: sin Rey, es decir sin Dios, abolidos los resguardos, la revolución se asemejaba más a una fosa común, que no a un nuevo orden.

Digan lo que digan los partidarios de las Venas abiertas de América Latina, la verdad soportable o insoportable es que el indígena no compartía el proyecto político del criollo -léase español americano, del que le recordaba en plural y por escrito al monarca: “Tan de don Pelayo como ustedes”-, consistente en subvertir el orden colonial.

En ¿Por qué fracasa Colombia?, su autor insiste en el formidable potencial humano que tienen los colombianos.

No obstante, y también lo subraya, hay factores que conspiran contra el legítimo derecho de aspirar a una mejor calidad de vida en todos los órdenes. Uno de ellos: nuestro aislamiento, y de la mano, nuestro “provincialismo mental”, nuestro uso y abuso de los diminutivos, en donde el “porfis, me regalas un…” parece estar a la orden del día; el desdén por la periferia, desdén suicida y arrogante que viene de muy atrás. Como si en verdad nos hubiéramos propuesto como perverso propósito nacional privilegiar y “europeizar” la cordillera de los Andes, en detrimento del resto, o sea de lo que aterra, de lo que conduce como en algunos cuadros psicóticos al agujero negro, a la sombra, al infierno, a la vorágine.

A lo anterior, yo agregaría algo más: nuestra total y casi total ausencia de vida interior, reforzada y estimulada desde una espiritualidad de supermercado.

No es, en efecto, la primera vez que sociólogos, docentes, psicólogos, psiquiatras, pastores y sacerdotes se preguntan a una sola voz:

¿por qué teme tanto el colombiano a la soledad (y soledad, no es lo mismo que desolación)?

¿De dónde proviene nuestra cordialidad excesiva, de dónde tanta dependencia de los demás, enmarcada por una necesidad compulsiva de aprobación y afecto, combinada como generalmente suele suceder, con actitudes de servilismo, transigencia y evasión por vía de la fuga ante una ley que no sea la del último esfuerzo?

¿Qué actores y factores nos han predispuesto, incluso a plegarnos a cualquier indignidad, con tal de no sentirnos solos?

¿Por qué pasamos en cuestión de minutos del “buen día”, del “Dios te bendiga”, del pretexto de la bondad, el consuelo, la compasión y la indulgencia, a la hostilidad más manifiesta y despiadada?

¿Por qué nuestras historias de vida como nación acusan tantas tendencias contradictorias?

¿Por qué le seguimos concediendo tanto espacio al qué dirán?

¿Por qué no hemos logrado todavía hacer de la expresión “unidad en la diversidad” algo más que una frase de cajón?

¿Por qué desde nuestra cotidianidad parecemos recordar a Arthur Rimbaud cuando dice: “El poeta hará suyo el sollozo de los infames, el odio de los forzados, el clamor de los malditos”, o a Jorge Luis Borges afirmando: “Me engañan y yo debo ser la mentira. Me incendian y yo debo ser el infierno”?

Algunos de estos interrogantes ya han sido respondidos, tal y como se demuestra en el presente libro, que sin abandonar los rigores de la investigación científica no olvida que el destino de su obra ¿Por qué fracasa Colombia? está en manos de sus lectores, que de seguro no serán pocos.

Este su libro, a diferencia de otros folios soporíferos de los historiadores que no saben escribir, atrapa y convoca, incluido, por supuesto, el derecho a disentir, desde la primera página. Otro de los méritos radica también en la expresión escrita de la larga periodización investigada.

Enrique Serrano no se detiene, en efecto, cada dos o tres líneas, como si se tratase de un expediente judicial, a señalarnos las fuentes primarias o secundarias de donde obtuvo la información. Tampoco incurre en la tentación de autocitarse. Tiene pudor intelectual. Escribe con fluidez y serenidad al mismo tiempo. Doble ganancia. No hay sobreactuación en lo escrito; hay una severa vigilancia lingüística.

Sabe que toda actividad creativa que se respete necesita la tríada soledad-silencio-meditación, como garantía de posteridad. He aquí el resultado.   Álvaro Pablo Ortiz *

 

Introducción

En este ensayo pretendo tratar una materia crucial de nuestra sociedad, como lo es el pasado de la nación colombiana. Para abordar el tema con cabal ánimo, lo primero que habría que decir es que hay una cierta voluntad de negación o de ocultamiento entre sus implicados, que no es deliberada ni malévola, sino dubitativa, inexperta y desconfiada, porque nuestro pasado se suele ver como algo remoto, arcaico e incluso intranscendente. En la mayoría de los casos, la gente es tan pragmática, o acaso tan desconfiada, que considera que el conocimiento del pasado le estorba o que es tan vergonzoso o insignificante que apenas si vale algo la pena hacerse una idea clara sobre él.

En este libro intentaré desterrar esa idea y, a cambio, preguntaré por qué al pueblo colombiano parece importarle tan poco su pasado, mientras que otras naciones, incluso algunas del Nuevo Mundo, hacen de su historia un solemne edificio -así su pasado sea espurio y esté edificado sobre algún mito- en el cual fundamentar el presente y sus aspiraciones, consolidar sus grandes proyectos o irlos realizando a partir de lo que creían ser, aquello que creían propio de sí mismos, ya sea que ello resulte muy glorioso o, por el contrario, sea producto exclusivo de la humillación y la derrota.

Como lo demuestran a un tiempo su tradición y su presente, el pueblo colombiano considera que su pasado como nación es casi irrelevante, o al menos poco digno de mayores estudios, y por eso predomina la confusión tan generalizada entre historia del Estado e historia de la nación, la última de las cuales, en la mayor parte de la historiografía existente, se confunde con la primera, se resuelve con prejuicios o se escamotea de un tajo. Esta falacia de que la historia de la nación se esconda o se obvie, en nombre de la historia del Estado, es un hito de la reflexión que este breve trabajo se propone analizar. Además, la sobrecarga de historia económica reciente ha contribuido a minimizar el peso de la historia cultural, es decir, sus imaginarios, sus costumbres, sus valores y sus símbolos.

Entonces, partiré de la afirmación de que las raíces de la Colombia de hoy no empezaron en 1810, ni en 1819, ni con Bolívar, Santander o Nariño. Los sujetos de la nación ya estaban conformados como indianos, existían desde hace tiempo y tenían su origen bien definido, hablaban claramente un español mozárabe de las provincias del sur, desprovisto del ceceo y la explosividad glotal castellanas; eran católicos, y aún tenían una organización social medieval andalusí -y, en otra medida, de Asturias y Extremadura- digna de ser estudiada a los ojos de una antropología histórica seria. Sin duda, y durante los primeros tres siglos, habían llevado a cabo un proceso racial de mestizaje, desigual en cuanto a las regiones, pero nunca tuvieron un verdadero mestizaje cultural.

Pero eso solo ha sido vislumbrado por parte de algunos pocos historiadores que se han ocupado de ese asunto, algunos de ellos llamados “colombianistas”, como Anthony McFarlane, David Bushnell, Javier Ocampo y unos cuantos más, quienes de modo somero han abordado esa caracterización de una nación que de todos modos es susceptible de ser estudiada como una nación inconsciente de sí, que se desperdigó a lo largo de Tierra Firme, llamada luego Nuevo Reino de Granada, y que se estableció en las orillas del río Magdalena, desde los días -hoy tan remotos- de Pedrarias Dávila, acaso con la fundación de la malhadada Santa María la Antigua de Darién, en 1510, hasta el día presente. Merecen crédito también en este trabajo los esfuerzos del médico genetista Emilio Yunis, en sus libros ¿Por qué somos así? y Somos así, y Daniel Mesa Bernal, autor del estudio De los judíos en la historia de Colombia.

Para el desarrollo de este tema, voy a prescindir tanto de la leyenda negra como de la leyenda rosa, que se han tejido sobre la materia. Quiero citar aquí la brillante hipótesis de Juan Esteban Constaín en la introducción de su ensayo Librorum, porque es pertinente para apuntalar en este texto toda reflexión posterior sobre la hispanidad en América: La idea malintencionada según la cual la Conquista y la posterior colonización de América por parte del Imperio Cristiano Español se hicieron como producto solo o ante todo de intereses económicos, resulta completamente inútil para la formación de una interpretación lúcida sobre nuestro destino y nuestra historia. Sin caer en la ingenuidad de la leyenda rosa -capitanes cristianos intachables que venían de Castilla o de Navarra a sembrar de bondad y mariposas la precariedad de los pueblos aborígenes; piadosos hombres del Renacimiento que dieron una civilización ilustrada a un universo casi animal-, no hay que desconocer el hondo sentido religioso y cultural de la empresa española en el Nuevo Continente. Intuir oscuros apetitos calvinistas en la gestión de España en América implica la construcción de un discurso no solamente engañoso, sino injusto y peligroso, un discurso que anula las categorías muy complejas por las que atravesaba la Península cuando acometió la empresa de llevar el Evangelio, entre otras cosas, a un dilatado territorio, por las más difíciles circunstancias. Detrás de todo el magma complejo de la presencia europea en nuestro continente, hay un verdadero sentido cultural, no exclusivamente económico, que se puede condenar o alabar, pero no ocultar. La Reconquista, independientemente de todos sus rasgos antipáticos cuya reseña minuciosa sería interminable, sembró en España un talante cristiano absolutamente militante y comprometido; muy sincero y profundo, además.

Se puede hablar de un proceso de profundas contradicciones económicas en Europa que obligó a los reinos atlánticos a emprender operaciones de expansión territorial que pronto se materializaron en esquemas colonialistas de expoliación y sometimiento de pueblos ajenos a la tradición occidental que eran dueños de una concepción del mundo en la que la naturaleza tenía otro lugar y el hombre no estaba sometido a las urgencias de un sistema de producción sin alma ni caridad. Se puede decir eso y mucho más, ciertamente. Pero falsear los móviles profundos del espíritu de una época determinada no es un dique suficiente para frenar el curso de la historia

Así, se hace justicia no solo a la paradójica nación de la que proviene nuestra lengua y cultura, sino a nosotros mismos, que no somos otra cosa que una versión actualizada de algunos de sus múltiples descendientes. No hay radicalidad ni ánimo de venganza en el planteamiento, ni aun pretensión de reivindicaciones de nobleza, puesto que esta fue extirpada casi del todo con la humillación en la Península y con la migración forzosa de miles de desposeídos y perseguidos. Otro equívoco más sería inferir que fuéramos españoles en ascuas y en pro del retorno, que buscaran recompensa o reparación por algún perdido tesoro en la Edad Media.

Además, son bastante discutibles las razones por las cuales se aduce que hemos vivido siempre en conflicto, y en este libro procuraré estar en contra de esa tesis, para recordar, en cambio, la idea de que la disputa por la tierra lo ha definido todo.

América fue, en efecto, fruto de una equivocación -o de muchas, como lo reseñara con lucidez Enrique Caballero Escobar- y su historia es producto del encuentro ente dos edades de la humanidad, el Renacimiento y el Neolítico, y el resultado de una sociedad dedicada no a la conquista, palabra mal vista en ese tiempo y propia de bárbaros, sino a la incorporación de territorios y poblaciones para la gloria de Cristo y de su hispánico rey.

Colombia es una nación grande, urbana e integrada al mundo, al menos hasta cierto punto. Hoy en día, es la segunda con mayor número de hablantes de español, después de México, y más grande que España y que Argentina, esto es, más nutrida en almas, con una población reunida en el trapecio central de las tres cordilleras, que definen de algún modo geopolítico y geoestratégico su dinámica social, y sobre las costas atlántica y pacífica, como lo habían investigado a mediados del siglo XX el general Julio Londoño y otros que ha indagado sobre una geopolítica nacional, más o menos demostrable.

Se trata de un país con dos grandes costas y que, sin embargo, ha vivido la mayor parte del tiempo de espaldas al mar, el cual no ha sido más que el instrumento de la migración -especialmente el mar Caribe, pues el Pacífico sigue en el más incomprensible olvido- y una ventana de escape cuando ha sido necesario. Pero la preocupación por lo marítimo es muy reciente y el desarrollo propiamente dicho de una Colombia internacional es del todo incipiente e insuficiente, al tal punto que es preciso presumir todavía cómo se manifestará en el futuro.

Además de eso, el poblamiento del país es parcial y timorato, lo cual a lo mejor se explica por la vocación de la nación, que además ha poblado muy mal su inmenso territorio de 1.141.000 kilómetros dejando por lo menos 650.000 deshabitados, quizá más por razones que fueran durante siglos perfectamente comprensibles: una llanura inmensa al este que parecía no conducir hacia ninguna parte, solo a tierra adentro, y una selva gigantesca al sureste y al occidente.

En general, las selvas han sido por excelencia los obstáculos naturales de la vida colombiana que le han impedido, o por lo menos limitado, sus contactos con Venezuela, Brasil, Ecuador, Perú y Panamá. Panamá se suponía parte del territorio -y lo fue hasta 1903-, pero estaba ubicada en la selva, es decir, pertenecía según nuestro imaginario a una periferia intratable, agresiva y amenazante. Basta citar esta vez a José Eustasio Rivera, para comprobar cómo esa vorágine ha sido considerada, desde el principio, límite natural y absoluto de la nación, aunque la mayor parte de la población negra se haya establecido en la selva del Pacífico, tras una corta jornada de esclavitud. La Orinoquía ha tenido un destino similar de tierra sin límites, y llanura hacia ninguna parte, que produjo una suerte de repliegue sobre las cordilleras, del que en verdad solo hasta ahora estaríamos saliendo.

Lo imaginario de la nación

En este ensayo me propongo rastrear la mentalidad colombiana desde el siglo xv, que puede que no sea una sola, es decir, indagar cómo se han criado a través de los siglos los que, a la sazón, serían colombianos un día, cómo han hablado, cómo han sobrevivido, cómo han enfrentado las dificultades de la vida y también sus placeres, qué aspiraciones han tenido, qué instrumentos han utilizado para hacer una interpretación de su mundo y del mundo en general, qué tan exitosos o fracasados han sido, de acuerdo con su origen y circunstancias, para alcanzar lo que se proponían, y qué queda por hacer en esta nación al correr el tiempo y avizorando con moderado optimismo el complicado siglo XXI.

Es cierto que tenemos la idea de que hemos sufrido mucho, y tal vez en este análisis dicha idea quede un poco matizada, pues quizá comparados con muchas otras sociedades no hayamos sufrido tanto. También se presume de que esta es una nación plagada por la violencia más artera, desde  sus inicios hasta el día presente. Sin embargo, aquí postulo que ha sido más pacífica que violenta, al menos durante la mayor parte de su lenta formación, y que a pesar de que no se puede negar la importancia de la violencia, se trata de algo episódico, reciente, similar a la de otros pueblos en transición hacia una caótica pero urbanizada modernidad, y no de algo constitutivo de la esencia de la nacionalidad.

Por eso los extranjeros, después de tener una imagen tan terrible de los colombianos, se sienten muy sorprendidos al encontrarse con unas gentes sencillas, amables, modestas y sin mayores pretensiones, sin horizontes de brutalidad o de violencia, la cual a pesar de que exista no hace de esta una nación fiera, intratable, brutal; se trata más bien de un grupo grande de personas desconfiadas e individualistas, con dificultades para hacer consensos, pero con las mismas aspiraciones de cualquier sociedad, gentes compatibles con las de otras naciones latinoamericanas, e incluso con el resto del mundo.

Sociológicamente, constituye un grupo disperso en un territorio amplio que, por tanto, se ha regionalizado, en buena forma federalizado, en sus formas de vida, su arquitectura, sus acentos, su comida, su clima, etc. A este respecto, por ejemplo, los diferentes climas -fríos, calientes o templados- han construido ciertos factores de idiosincrasia regional importantes en la vida colombiana, pero en realidad no somos tan diferentes entre nosotros como creemos ser.

Eso, a la postre, se ha ido confirmado en la formación de la nación en el siglo XX.

En este ensayo postulo que la esencia de la forja de la colombianidad -cualquiera que sea su naturaleza- ha sido la discreta marcha histórica, producto de la migración forzosa de cristianos nuevos y de una adaptación rápida y silenciosa a un nuevo entorno americano que no era radicalmente distinto del que tenían en España. Es una especie de trasplante de la vida del sur de España -esto es, de la idiosincrasia andalusí- a condiciones americanas. Este cambio se hizo cómodamente y se llevó de manera discreta, al abrigo de comentarios y de maledicencia durante los primeros tres siglos -XVI a XVIII-. El siglo XVI estuvo marcado por la Conquista y las expectativas propias de este proceso, pero cuando terminó ese periodo empezó a definirse un modelo de la Colonia y de los colonizadores que fundaron poblaciones a lo largo de este trapecio ya mencionado, y se establecieron en zonas medias, especialmente en climas cercanos a los 20 o 21 grados centígrados durante todo el año, con lluvias moderadas y donde la presencia de enfermedades endémicas infectocontagiosas graves no amenazaba la vida social.

Uno de los aspectos más problemáticos que trato en este libro es la distinción entre mestizaje racial y mestizaje cultural, cuyas categorías con frecuencia se mezclan. El mestizaje racial en América existió desde el comienzo -en algunas zonas fue más acentuado que en otras- y obedece a una realidad absolutamente innegable de la vida de las poblaciones en dicho continente. Tal vez en Colombia sea un poco menor que en otras sociedades americanas como la brasileña, donde este proceso fue muy intenso y generalizado.

Esas comunidades forjaron a Colombia, forjaron su mentalidad, su lengua, su religión, sus tradiciones, su estructura de la vida cotidiana que aún se puede ver en pueblos como Barichara, Mompox o Istmina, los cuales están un poco congelados en el tiempo, donde todavía puede apreciarse plenamente la vida aldeana; o por ejemplo, el pueblo de Monguí, en Boyacá, donde aún las mulas, los perros, los trajes de los campesinos, sus sombreros, sus ruanas, su habla y  su hábitat, más o menos nos recuerdan esa manera de ser y de actuar que ya no se ve sino en ciertas poblaciones, un poco separadas de las grandes carreteras, pero que continúan reflejando lo que fue una aldea colombiana hasta 1850.  

Elementos para comprender una nación no planeada ni deseada

El origen de las naciones casi siempre resulta misterioso, pero algunas huellas quedan relacionadas con la lengua, sus orígenes, su religión -aun en sus manifestaciones secretas- y las costumbres que un pueblo sigue.

A este respecto, una de las afirmaciones más radicales que hago en este libro es que ni la lengua, ni la religión, ni las tradiciones se originaron en América. Lo que hoy somos, y que nos compone de manera tan fundamental e irreversible, se originó en el sur de España, más o menos, en la región central y occidental de Andalucía, en Asturias, el País Vasco y Extremadura. Los dialectos y las formas de hablar que regían en aquellas regiones fueron en su mayoría los de los cristianos nuevos, es decir, conversos del islam o del judaísmo que ya tenían una, dos o tres generaciones cuando tuvo lugar el descubrimiento de América. Y esa circunstancia de su traslado forzoso es el origen de lo que yo llamo una nación no planeada ni deseada: no planeada porque, en el fondo, no creían que los fueran a expulsar en ningún momento, ni deseada porque lo que los unía era la fatalidad y no particularmente algún valor o alguna suerte. La circunstancia de ser los hijos de los conversos o sus descendientes, marcó su destino de modo irreversible, los unió fatalmente a pesar de que eran muy distintos y de estirpes y condiciones muchas veces enemigas entre sí.

En América, bien que mal, fueron recibidos, no digamos que con los brazos abiertos, pero venían dispuestos a quedarse debido a que no había ningún otro lugar donde pudiesen vivir en paz y en relativa prosperidad, y sobre todo al margen de las persecuciones, pero conservando los baluartes de su cultura, su lengua, ya no su religión, pero sí sus costumbres y sus modos de vida, su organización social y una serie de aspectos fundamentales de la vida que pudieron mantenerse en América relativamente intactos.

Esa es la base sobre la cual delineamos los elementos para la historia de una nación no planeada ni deseada y que ha sido objeto de tantos olvidos y tantas generalizaciones. Partir del hecho de que hay muchas Españas, y de que la España de la cual provenimos es esta particularmente, resulta por un lado descorazonador al ver los muchos sufrimientos de los cuales fueron objeto, pero también esperanzador, en la medida en que hubo efectivamente no solo una salvación colectiva, sino un resurgimiento de la energía de esa nación en una tierra nueva, salvaje y agreste pero de todas maneras llevadera, incluso menos ruda que la Andalucía y Extrema-

dura en la que ellos habían vivido durante siglos. También, entonces, valga aquí la pena decir que esa nación se formó en un entorno relativamente privilegiado, comparado con aquel con el que había crecido durante los siglos VIII a XVI. Las circunstancias que he mencionado hasta aquí, tan fuertes y determinantes, marcaron la pauta de una manera de pensar y de proceder fundamentalmente conservadora, es decir, cerrada sobre sí misma (con un minifundio pequeño tratando de ser autosuficiente y autónomo en todos los aspectos, donde se privilegiaban las profesiones de medicina y derecho, las cuales discutiré más adelante) y segura de que algún día, quizá no para ellos mismos ni para sus hijos, pero sí para sus nietos y bisnietos, habría alguna oportunidad de regreso o resurgimiento del Sefarad y del al-Ándalus perdido.

Álvaro Pablo Ortiz *

Profesor titular de las facultades de Ciencia política y Gobierno y de Relaciones Internacionales e investigador principal de la Unidad de Patrimonio Cultural e Histórico de la Universidad del Rosario, de la cual es egresado.


11° Guía 7 Integrada

 

 

miércoles, septiembre 08, 2021

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