jueves, marzo 09, 2017

¿Qué puede hacer la sociedad civil para combatir la  corrupción?

Juan miguel Hernández Bonilla
Directivos de Transparencia por Colombia aseguran que la ciudadanía debe buscar los mecanismos para romper el círculo vicioso entre el acceso al poder, el uso de los recursos públicos y el ejercicio de la corrupción.
Según GALLUP, 85 % de los ciudadanos creen que este fenómeno está empeorando.
Los resultados de la última encuesta Gallup demuestran que la corrupción es el principal problema del país y que el 85 % de los ciudadanos creen que la situación cada vez es peor. El Espectador habló con Rosa Inés Ospina, presidenta de la junta directiva de Transparencia por Colombia, y con Andrés Hernández, director encargado de la entidad, para saber cuál es el aporte de la sociedad civil a la hora de combatir este fenómeno.
¿Qué es y qué hace Transparencia por Colombia?
Rosa Inés Ospina: Transparencia por Colombia es el capítulo local de Transparencia Internacional, un movimiento mundial de lucha contra la corrupción desde la sociedad civil, que agrupa organizaciones autónomas en más de 100 países del mundo. Desde 1998 nos hemos dedicado a entender cuáles son las características propias de la corrupción en el país, cómo se comporta, cómo evoluciona y cuáles son sus dinámicas principales. Además, hemos desarrollado una serie de herramientas para prevenir, visibilizar y combatir el fenómeno que tanto afecta a la sociedad.
¿Qué entienden ustedes por corrupción?
R.I.O: Entendemos corrupción como el abuso de una posición de poder para beneficio personal en detrimento del interés general.
¿Cuáles son las principales formas de corrupción en el país?
Andrés Hernández: La primera y quizá la más grave es la forma cómo se accede al poder en Colombia. Esto tiene que ver, por ejemplo, con la manera en la que se gestionan y se financian las campañas políticas y con el hecho de que aquellos que llegan a cargos de poder se dedican a devolverles el favor a quienes los financiaron. Acá encontramos el primer círculo vicioso entre el acceso al poder, la forma en la que se utilizan los recursos públicos y el ejercicio de la corrupción.
Juan Martín Caicedo, presidente de la Cámara Colombiana de la Infraestructura (CCI), dice que lo que Colombia ha ganado en democracia lo ha perdido en corrupción y que esto se agudiza en los municipios y en las regiones, ¿qué opinan?

R.I.O.: Desde Transparencia no aceptamos que se señale solo al nivel subnacional como involucrado en este proceso. Al contrario, el nivel central es más responsable que los niveles territoriales. De alguna manera los municipios reproducen lo que el Ejecutivo establece como modelo de gestión, de política y de gobierno. Desde la Constitución del 91 existen partidas presupuestales, auxilios parlamentarios y otros mecanismos que todos los presidentes han usado para comprar votos.
¿Qué está haciendo Transparencia para prevenir y combatir este fenómeno?

A.H.: Tenemos tres ejes de trabajo. El primero es entender cómo actúa la corrupción en el país. Para lograrlo generamos metodologías de medición del riesgo y herramientas para identificar dónde están las grietas institucionales que permiten el actuar de los corruptos. El segundo ámbito consiste en fortalecer coaliciones y alianzas con otras organizaciones para incidir en la creación de instrumentos de política pública normativos, legislativos e institucionales que enfrenten las nuevas dinámicas de corrupción que hemos encontrado. Lo tercero es hacer un trabajo con la opinión pública para generar sensibilización, hacer seguimiento y exigir rendición de cuentas.
¿Cuál es la consecuencia más grave de la corrupción?

El problema real de la corrupción es que, por ejemplo, en el caso de Odebrecht, la plata de los sobornos se la cobran a la obra y ese sobrecosto lo tenemos que pagar nosotros, con nuestros impuestos. Sin embargo, la gente cree que esto es un problema moral, que hay unos malos que incumplen con las reglas del juego, pero en realidad las víctimas no son los otros contratistas, sino la sociedad civil en su conjunto. Los recursos de todos los ciudadanos se pierden en la corrupción.
En el imaginario colectivo la corrupción es un buen negocio, ¿cómo hacer para combatirla?

R.I.O: Un famoso académico decía que la corrupción es una decisión gerencial y se rige bajo la siguiente fórmula: “qué tanto me voy a ganar en relación con qué tan fácil es que me cojan y, sobre todo, qué tipo de castigo voy a recibir”. Generalmente lo que los corruptos reciben en sus negocios es mucho mayor que lo que podrían perder en caso de que los cojan. Entonces, tenemos que tratar de revertir esa ecuación y ahí el rol de la sociedad civil es crucial. Además de alertar y prevenir, estamos tratando de fortalecer la denuncia, la voz del ciudadano, del funcionario, del empresario que se cansa de la corrupción y decide hacer público su descontento. Estamos trabajando en una estrategia de acompañamiento jurídico y legal para que las denuncias sean mucho más estructuradas y los órganos de control puedan llegar al fondo de cada caso.


http://www.elespectador.com/economia/que-puede-hacer-la-sociedad-civil-para-combatir-la-corrupcion-articulo-682884



Estos países podrían  ser las nuevas superpotencias en educación


Colombia podría superar a China, Sudáfrica y Brasil en materia educativa según un análisis del Times Higher Education. 

Sin embargo, los altos índices de corrupción podrían alejarla de la meta.

Varios expertos coinciden en apuntar lo siguiente: un país fuerte y reputado se apoya en un modelo educativo congruente y que de él deriva una economía sólida. Según un análisis del London School of Economics, el PIB podría crecer un 4,7% en solo cinco años si 15.000 universidades en 78 países del mundo duplicaran su cobertura.

De acuerdo a este análisis, surge entonces la pregunta: ¿cuáles son los países con mayor capacidad para explotar esta correlación entre la expansión de la educación superior y el crecimiento económico? Según Times Higher Education, Tailandia, Argentina, Chile, Turquía, Irán, Colombia y Serbia tienen el potencial de superar a países que han gozado durante los últimos años de gran reputación educativa a nivel mundial como Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica. Para emitir su veredicto, la publicación se basó en el estudio de diferentes indicadores académicos y económicos, como las tasas de publicación de investigaciones, el PIB y las tasas de participación en la educación superior.

En estos países el PIB per cápita es inferior a 15.000 dólares por cabeza (en Colombia, por ejemplo, se establece en 14.164,426), pero al menos la mitad de la población juvenil está matriculada en educación superior. La participación en promedio creció un 5% o más entre 2010 y 2014, su producción en investigación crece de media 30.000 papers al año, y tiene al menos una universidad dentro del ranking de las mejores del mundo que elabora la publicación.

De acuerdo con John Grill, editor del Times Higher Education, aunque estos países cuentan con las condiciones necesarias para llegar a ser los mejores en educación, están lejos de lograr su cometido. La principal barrera es lo que él denomina “un cóctel diferentes de fortalezas y debilidades”.

Gill señala a países como Irán y Turquía, que son ricos intelectualmente y cuentan con un crecimiento sostenido en participación e inscripción en educación superior. “Sin embargo, cada uno enfrenta enormes desafíos políticos. Irán es considerado como el país más corrupto del mundo por su cuestionable sector público, según el Índice de Percepción de Corrupción de la coalición global Transparency International”.

La relación de la calidad educativa con la corrupción es determinante. El análisis de la publicación revela que los niveles corrupción son inversamente proporcionales a la calidad educativa: cuanto más alta la primera, más baja la segunda. Por ejemplo, en Turquía, la represión del gobierno, después del intento de golpe de Estado a principios del 2016, obligó a más de 1.500 decanos universitarios a dimitir. Estas renuncias han dañado gravemente su capacidad para atraer a los mejores investigadores dentro de sus instituciones.

Y Colombia no podía quedarse atrás. Un gran ejemplo es la presencia de la corrupción en los recursos que destina el gobierno a la educación. Por mencionar un solo caso, en 2011 fueron matriculados 40.600 estudiantes inexistentes en Buenaventura, equivalentes al 36% de quienes recibían el apoyo del presupuesto público. Tan grave fue el asunto que tres alcaldes fueron a la cárcel. Lo más grave es que los alumnos fantasmas son apenas una de las modalidades con las que el erario educativo desaparece.

La situación podría describirse en palabras del académico y activista político Hernando Gómez Buendía que, en una columna de opinión para el diario El Espectador, titulada “El problema de Colombia”, escribió: “hay tensión entre productividad y medioambiente, entre justicia y paz, o entre equidad y eficiencia. [...] Detrás de las decisiones oficiales no hay ignorancia ni apenas hay dilemas de valor; hay intereses privados y concretos, personales y torcidos que se mueven detrás de bambalinas. Algunos son intereses criminales. Otros son intereses de la gente ‘muy bien’”.

Lo cierto es que Tailandia, Argentina, Chile, Turquía, Irán, Colombia y Serbia tienen sus propios problemas. Cada uno es diferente. Sin embargo, si se analiza de cerca el desempeño de cada uno desde la perspectiva de la educación superior, este podría ser un indicador decisivo en el desarrollo económico de estos países en la próxima década, señala Times Higher Education.

De hecho, su producción en investigación y desempeño en los rankings mundiales supera en muchas ocasiones a países referentes como Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica.


http://www.semana.com/educacion/articulo/corrupcion-en-colombia-mejores-paises-en-educacion-del-mundo/516320









La naturaleza vuelve a la vida. Biología


 A partir  del siglo XVII, la biología siguió el camino de la física newtoniana, viendo la reali­dad como una gran máquina que sólo podría compren­derse aislando sus partes más pequeñas y analizando sus engranajes.

Pero a princi­pios del siglo XX, la relatividad y la teoría cuántica desterraron el paradigma mecanicista de la física, que ahora avanza hacia una visión cada vez más orgánica. En cam­bio, la biología, la ciencia de lo orgánico, continúa aferrándose al modelo mecanicista.

La biología seguía a la física, pero la física cambió de rumbo y la biología no parece haberse dado cuenta. Su inercia la lleva a concentrarse en la bioquímica (código ge­nético, moléculas, células) y a dejar en se­gundo plano los ecosistemas, que es donde mejor se aprecia la belleza y sabiduría del mundo natural.

Esa belleza y sabiduría se vieron puestas en entredicho con las teorías de Darwin. Nadie duda hoy que las especies evolucio­nan, pero su idea de que sólo sobreviven las especies más aptas y los más aptos den­tro de cada especie, y que la vida es una lu­cha ciega contra el entorno y los demás, re­fleja demasiado la mentalidad competitiva de la Inglaterra industrialista de su tiempo y nada tiene que ver con lo que muestran las observaciones de animales en libertad.

Darwin escribía en 1858: «Toda la natu­raleza está en guerra, un organismo con otro, o con el medio externo». En cambio, como veremos, estudios más detallados re­velan que lo que guía la naturaleza es la coexistencia pacífica, la cooperación y no la competición. Las especies orientan su propia evolución buscando el máximo de eficiencia, y no se adaptan pasivamente a un entorno, sino que se integran armonio­samente en él y evolucionan conjunta-men­te con él. Como explican Augros y Stanciu en su obra The New Biology:

«La naturaleza... es un modelo tanto para el ingeniero como para el artista. Sus atributos de simplicidad, economía, belleza, propósito y armonía la convierten en un modelo para la ética y la política. El redes­cubrimiento de la sabiduría de la naturale­za pide una nueva biología».

Existen en la actualidad cuatro frentes que están liberando a la biología del lastre mecanicista, haciendo que la naturaleza de­je de verse como una máquina y vuelva a la vida, una vida auténtica y digna de ser vivi­da. Uno es este paulatino redescubrimiento de la sabiduría natural, la superación de la competitiva selección natural darwiniana. Los otros son la teoría general de siste­mas, la hipótesis Gaia, y la resonancia mórfica de Sheldrake.

De la teoría de la evolución darwiniana sólo queda en pie el hecho de la evolución, y esta evolución no es gradual como suponía Darwin, sino que ocurre a través de «saltos», como ha señalado el paleontólogo Stephen Jay Gould. Estos saltos evolutivos se produ­cirían cuando un grupo o especie se topa con un reto que interrumpe su equilibrio; esa perturbación sólo puede verse superada mediante un salto evolutivo que establece un nuevo equilibrio en un nivel más alto. (Dicha recuperación del equilibrio a un nivel más alto ocurre también en ciertas estructu­ras químicas llamadas «disipativas», en la frontera entre lo orgánico y lo inorgánico, por cuyo estudio Prigogine obtuvo el Pre­mio Nobel de Química en 1977). La humani­dad, por cierto, también vive hoy inmersa en una crisis global; un salto evolutivo la podría llevar a un nuevo y necesario equilibrio, y ese salto sólo puede ser una evolución de la conciencia.

La teoría general de sistemas na­ció en los años 30 de la ma­no de Ludwig von Bertalanffy y se desarrolló a partir de la década de los 60. Considera que moléculas, órganos, células, individuos, sociedades, ecosistemas,
son sistemas, com­puestos por subsistemas menores e inte­grados en sistemas más amplios

Dos alimentarios de los otros a la vez han ignorado y han dejado a la vista. Aunque estos y otros grandes animales de presa se mueven por los mismos lugares, claramen­te evitan la competición especializándose en la forma de energía alimentaria que in­gieren.»

A su vez, la cebra, el ñu y la gacela de Thompson tienen varios depredadores ha­bituales, que incluyen al león, el leopardo, el guepardo y la hiena, los cuales pueden convivir porque tienden a cazar con técni­cas diferentes, en distintos lugares y a dis­tintas horas.

Otra técnica que evita competir con otras especies por los mismos recursos es la migración periódica, empleada por angui­las, peces, tortugas, insectos, aves, murcié­lagos, caribúes, ballenas, etc. Por ejemplo, las cigüeñas blancas y negras que pasan el invierno en África viven el resto del año en Europa, evitando competir por la comida con sus parientes tropicales. Las plantas, a su vez, pueden repartirse el tiempo flore­ciendo de manera secuencial, cada especie en su momento.

La depredación puede verse como una forma de coexistencia equilibrada entre es­pecies. En circunstancias naturales, los predadores no exterminan a las presas; si éstas se hacen más escasas se concentran en es­pecies más abundantes. Ayudan a equili­brar la población de la presa, estimulan la reproducción y suelen respetar a los ani­males más sanos; así, un estudio de 51 alces americanos cazados por sus depredadores reveló que ninguno de ellos estaba en la Flor de la vida. Los depredadores buscan minimizar la lucha y no cometen matanzas desenfrenadas. Y el dolor suele ser el me­nor posible; por ejemplo, un ñu que se ve rodeado por varios leones se desmaya an­tes de ser alcanzado.

Existen miles de casos curiosos de cooperación entre especies. Cualquier animal marino con caparazón o con espacio dispo­nible de algún tipo sirve de hogar a otras especies. En una gran esponja de mar encontrada en los cayos de Florida habitaban 13.500 pequeños animales, incluyendo un pez. Un hipopótamo caminando bajo el agua puede ser limpiado a la vez por veinte peces a medida que con sus pasos le­vanta alimento para otros, y cuando emer­ge quizá una cigüeña se pose sobre él para comer los moluscos que han subido.

Muchos animales se alimentan de las so­bras de otros. Así, el león da de comer a la hiena y el oso polar al zorro ártico.

Hay también una especie de transporte colectivo, como en el caso de los percebes que se unen a las ballenas o de las anémo­nas que se enganchan a los cangrejos; a cambio, las anémonas los camuflan de po­sibles predadores. Incluso los parásitos só­lo resultan perjudiciales cuando se dan en número excesivo; en muchos casos apor­tan nutrientes o equilibran el metabolismo del anfitrión. Las vacas tienen ciertas bacte­rias sin las cuales no podrían digerir la celu­losa; a medida que estas bacterias mueren son digeridas por la vaca, aportándole pro­teínas. Del mismo modo, los humanos te­nemos en nuestra flora intestinal bacterias inocuas que nos proporcionan vitamina B12.

Otros animales se brindan protección. Por ejemplo, los babuinos se suelen asociar con las gacelas; éstas tienen un mejor senti­do del olfato y aquéllos una visión supe­rior, con lo que ambas especies se benefi­cian mutuamente. Algo parecido ocurre entre el avestruz y la cebra, y los casos de simbiosis en el mundo vegetal son de sobra conocidos. También la limpieza es un motivo habi­tual de colaboración entre especies, sobre todo en el mar. Los animales limpiadores establecen estaciones fijas que son visita­das por incontables especies de peces. El biólogo marino C. Limbaugh vio limpiar en una de dichas estaciones a trescientos pe­ces en seis horas. El pez cliente permite in­cluso que los pequeños peces limpiadores penetren dentro de su boca sin ningún peligro. Uno se libera de posibles infecciones bacterianas y los otros obtienen alimento.

Al igual que no hay competición entre especies, tampoco la hay entre una especie y su entorno. El oso polar no ha de hacer ningún esfuerzo para luchar contra el frío; todas las especies se hallan perfectamente integradas en su medio (o, al menos, así era hasta que empezamos a perturbar el clima, acidificar las lluvias, agujerear la capa de ozono y destrozar las selvas).


No es cierto, como pretendía Darwin, que todas las especies intenten producir el mayor número posible de crías y semillas -ninguna pretende transgredir ciertos límites, del mismo modo que ningún animal crece más allá de ciertoas proporciones-, Se ha observado, por ejemplo, que muchos animales ponen más huevos o tienen más crías cuando hay abundancia de comida, y menos cuando hay escasez. 

Deshilando la trama cósmica



                                    Física.


Einstein creía firmemente en la armonía de la naturaleza y durante toda su vida se esforzó, sin éxito, por encontrar una teoría unitaria de la física que reflejara dicha armonía. Tres cuartos de siglo después de que publicara su teoría general de la relatividad, la física contemporánea sigue sin poder ofrecer una visión unitaria del universo.
La física cuántica se ha convertido en una fuente de paradojas, ante las que Einstein -como los otros grandes físicos- tuvo que rendirse: como si la tierra se abriese debajo de uno, sin que haya por ninguna parte un cimiento firme sobre el que se pueda construir algo.

Sin embargo, hoy se está avanzando hacia una visión orgánica, en la que el cosmos aparece como una totalidad invisible y dinámica, interconectada en todas sus partes como una gigantesca tela sin costuras. Numerosas evidencias experimentales han llevado a abandonar el paradigma mecanicista newtoniano; hoy el modelo del universo físico ya no es la máquina, si no la mente. Como expreso sir James Hopwood Jeans, el físico inglés: “el universo empieza aparecerse más a un gran pensamiento que a una gran máquina”. 

La física newtoniana ya no es válida para explicar el mundo de lo muy pequeño (partículas subatómicas) ni de lo muy grande, pero su éxito en descubrir el ámbito de las cosas cotidianas llevo a que las demás ciencias la tomaran como modelo. La creencia en que la física tiene la última palabra sobre la realidad, y que por tanto todos los saberes humanos pueden reducirse a física, es tan fuerte que incluso muchos divulgadores de la nueva física han creído estar ante una demostración de la interdependencia de todo cuanto existe, cuanto la física nada puede decir sobre los procesos biológicos o los sentires humanos que de algún modo incluyen electrones, protones, pero no pueden reducirse a hechos-. Hecha esta salvedad, los descubrimientos de la física contemporánea son un desafío formidable a nuestra manera actual de ver las cosas.

Las sorpresas empezaron cuando se comprobó que los átomos no eran partículas sólidas y fijas, sino prácticamente vacías y en continua vibración, y que en los niveles íntimos de la materia se altera todo lo que se pretende observar. Si imaginamos que el minúsculo átomo fuera tan grande como la cúpula de San Pedro del Vaticano, su núcleo tendría el tamaño de un gramo de sal suspendido en su centro, y los electrones que danzan a su alrededor- a velocidades cercanas a la de la luz- serían menores que motas de polvo; todo el resto, vacío.

Además, estos electrones y los protones y los neutrones que componen el núcleo parecen ser a la vez partículas y ondas: si hacemos un experimento considerando que son ondas, actúan como ondas, si consideramos que son partículas, actúan como partículas. Las ondas son tan diferentes de las partículas como las piedras de las naranjas, pero ha habido que aceptar esta naturaleza doble.

Se vio también que todo intento de observar los niveles íntimos de la materia altera lo que se quería observar, con lo que se esfuma la supuesta objetividad de la ob­servación científica; como explica el prin­cipio de incertidumbre de Heisenberg, si queremos conocer la posición de una par­tícula, no podremos saber su velocidad, y si queremos conocer su velocidad habre­mos de ignorar su posición. Se derrumba el determinismo, y las leyes matemáticas, que pareció que habrían de explicarlo to­do, se quedan en meros cálculos de proba­bilidades.

La teoría cuántica se desarrolló en las tres primeras décadas de este siglo para intentar explicar estos paradójicos fe­nómenos, que sólo pueden entenderse viendo el mundo subatómico no como un conjunto de piezas sino como una red de relaciones. Como lo expresó uno de sus ar­tífices, Niels Bohr: «las partículas materia­les aisladas son abstracciones; sus propie­dades sólo se pueden definir y observar a través de su interacción con otros siste­mas».

La otra gran teoría de la física de este si­glo es la relatividad einsteniana. Así como la teoría cuántica penetró en las sorpresas del mundo subatómico, la relatividad en­contró paradojas en el mundo macroscó­pico. Descubrió que la masa -la materia-no es más que una forma de energía com­primida (como tristemente evidencian los usos bélicos y empresariales de la energía nuclear), y que el tiempo y el espacio son mutuamente interdependientes. Cuanto mayor es la velocidad, más lento transcu­rre el tiempo: si pudiéramos emprender un viaje de pocos días a una velocidad cer­cana a la de la luz, al regresar a la Tierra aquí habrían transcurrido años o siglos.

El espacio y el tiempo se veían como coorde­nadas separadas y absolutas; a partir de Einstein el absolutismo desaparece de la fí­sica: según cual sea nuestra posición y ve­locidad, nuestras mediciones darán resul­tados diferentes, y no existe en el universo ningún punto de referencia fijo. Todo se vuelve  (y del sentido común ordinario) era que una cosa no puede influir en otra si no hay algo que las una. Sin em­bargo, la interconexión descubierta por la física cuántica establecía la existencia de conexiones no-locales, es decir, que lo que le sucede a una partícula puede influir simultánea-mente en otras partículas, por muy alejadas que estén y sin que haya na­da que las una. Ni siquiera Einstein fue ca­paz de aceptar esta conclusión, y protago­nizó en los años veinte un histórico debate con Niels Bohr, en el que afirmó su convic­ción de que «Dios no juega a los dados».

Para demostrar que la teoría de Bohr era errónea, Einstein y otros dos físicos dise­ñaron en 1935 un experimento que se co­noce por sus iniciales: EPR. Tres décadas después, John Bell elaboró un teorema se­gún el cual el experimento de Einstein, Podolski y Rosen no habría de dar la razón a éstos, sino a Bohr. Y cuando finalmente se realizó el experimento, así ocurrió. En la versión del experimento que hizo David Bohm, consiste en separar dos partículas subatómicas y alterar el spin (o sentido de rotación) de una de ellas. Según la física cuántica, en un sistema de dos partículas su spin ha de ser opuesto: si una rota hacia la derecha, la otra rota hacia la izquierda. Si ahora llevamos a una de estas partículas a Nueva York y la otra a Madrid, y a la que rotaba a la derecha la hacemos rotar hacia la izquierda, instantáneamente la que rota­ba a la izquierda se pone a hacerlo hacia la derecha, por miles de kilómetros que las separen. El experimento se ha repetido va­rias veces, y siempre funciona: lo que le ocurre a una partícula afecta a la otra, y vi­ceversa.

Ello recuerda al concepto de sin-cronicidad postulado por Carl Gustav Jung y el físico Pauli, que trasciende las tra­dicionales relaciones de causa-efecto. El experimento EPR y el teorema de Bell sólo pueden explicarse aceptando, como Bohm, que todo sistema físico es una «tota­lidad indivisible».

La teoría del orden implicado de David Bohm es una forma de reconciliar la armonía de la naturaleza con los paradójicos descubrimientos de la física cuántica. Todos los fenómenos tendrían dos estados posibles: implicado (o plega­do) y explicado (o desplegado), que el pro­pio Bohm ilustra con un sencillo experi­mento:

«Consideremos 2 cilindros de cristal concéntricos, el interior fijo y el exterior capaz de girar lenta-mente. Llenamos el es­pacio entre los cilindros con un líquido viscoso, como la glicerina. Cuando se le da vueltas al cilindro exterior, éste arrastra consigo casi a la misma velocidad al fluido que tiene al lado, mientras que el fluido más próximo al cilindro interior permane­ce prácticamente en reposo. Así, el fluido de diferentes partes se mueve en propor­ciones diferentes, y de esta manera, cual­quier pequeño elemento de glicerina ter­mina finalmente alargándose en un hilo largo y fino. Si ponemos en el líquido una gota de tinta insoluble, podremos seguir el movimiento de algún pequeño elemento, obser-vando cómo la gota va siendo alarga­da en un hilillo que llega a hacerse tan fino que resulta invisible.

» A primera vista, uno tiende a pensar que la gota de tinta ha quedado totalmente mezclada en la glicerina, de modo que su orden inicial se ha perdido y es ahora alea­torio o caótico. Pero imaginemos que gira­mos ahora el cilindro exterior en la direc­ción contraria. Si el fluido es muy viscoso, como sucede con la glicerina, y no giramos el cilindro demasiado rápido, entonces el elemento del fluido volverá exactamente esencial es que el todo es más que la suma de sus partes; las propiedades de un siste­ma no pueden reducirse a las propiedades de los subsistemas que lo componen, al igual que un gato es algo más que la mera suma de los órganos que lo forman.

El paradigma mecanicista de Descartes y Newton se concentraba en las partes más pequeñas y a partir de ahí intentaba com­prender el todo; la visión sistémica recono­ce el absurdo de ese empeño y se concentra en las totalidades. Una persona es una per­sona, no la suma de los elementos químicos que la componen -los cuales, puestos en un saco, no valdrían más de cuarenta pesetas.

Todos los subsistemas que componen un sistema son interdependientes. Y todos los sistemas se integran en un orden «jerárqui­co»: las moléculas están compuestas de áto­mos y forman células, las células forman ór­ganos, los órganos individuos, y así hasta lle­gar al conjunto del universo, que sería el gran sistema que agrupa a todos los sistemas de sistemas. Y como lo que organiza a cada sistema puede ser llamado «mente» -más o menos rudimentaria según el nivel del siste­ma-, Jantsch concluyó que «Dios no es el creador, sino la mente del universo».

En todos los sistemas vivos existen dos tendencias complementarias: una los hace mantenerse - homeostasis, curación, rege­neración, adaptación-, y otra los impulsa más allá de sí mismos -crecimiento, apren­dizaje, evolución-. Por otro lado, todo sis­tema tiende a autoafirmarse, pero como parte de un sistema más amplio también tiende a colaborar en el equilibrio del conjunto.
La hipótesis Gaia nos muestra que so­mos subsistemas del sistema planetario, y que tenemos adormecida o subdesarrollada nuestra contribución al equilibrio global. Si, como pretendía Darwin, todos los organismos estuvieran en guerra unos contra otros, haría millones de años que alguna especie habría triunfado sobre las demás y sería la única superviviente. Y si así ocurriera, esa especie rápidamente se extinguiría, pues se quedaría pronto sin nutrientes y, rota la cadena alimenticia, no tendría forma de que sus productos de des­hecho se reconvirtieran en alimento. Pero la naturaleza no es un estruendo frenético, sino una orquesta bien afinada, una mara­villa de cooperación. Como escriben Augros y Stanciu:

«Las plantas usan el dióxido de carbono del aire y el agua del suelo para elaborar azúcares, liberando oxígeno como subpro­ducto. Los animales consumen los azúca­res de las plantas y los oxidan para produ­cir energía, devolviendo al aire dióxido de carbono mediante la respiración y retor­nando agua a la tierra en forma de orina. El ciclo es perfecto y nada se pierde.» Por otra parte, las plantas sirven de alimento a los herbívoros, que sirven de alimento a los carnívoros; los restos de todos ellos son descompuestos por bacterias y hongos, que enriquecen el suelo y devuelven así el alimento a las plantas. Sin estos ciclos per­fectamente coordinados la vida no podría existir.

La naturaleza recicla una y otra vez sus materiales sin generar ningún tipo de resi­duos. Dieter Teufel, del Umwelt und Prognoseinstitut de Heidelberg, ha calculado que «la totalidad del carbono que hay en nuestro cuerpo, en nuestros alimentos, en el dióxido de carbono del aire y en las rocas calizas, ya ha formado parte unas 600 veces de otros organismos en el proceso de pro­ducción de la vida». En el cuerpo de cada uno de nosotros hay alrededor de medio billón de átomos de carbono que formaron parte del organismo de cualquier persona que viviera hace 2.000 años, por ejemplo, Jesucristo. Del mismo modo, según los mo­delos de ordenador de Teufel, todo «el ni­trógeno que hay sobre la Tierra ya ha pasa­do a formar parte del organismo de los se­res vivos y ha sido eliminado de ellos unas 800 veces; el azufre 300 veces; el fósforo 8.000 veces; el potasio 2.000 veces», etc. Así, la naturaleza es la más limpia, eficaz, sor­prendente e instructiva de todas las fábri­cas imaginables, un ejemplo que el ser hu­mano ha de imitar si quiere sobrevivir.

Las especies que pudieran perjudicarse unas a otras suelen estar distribuidas en distintos continentes o diferentes hábitats (el hombre, al trasladarlas, a veces provoca desastres ecológicos, como cuando intro­dujo especies europeas en Australia). Y co­mo afirmaba Konrad Lorenz, cuando com­parten el mismo habitad no se estorban más de lo que «la práctica de un médico perjudica al negocio de un mecánico que viva en el mismo pueblo». El mismo Lorenz, después de varios años de estudiar los peces, seña­ló: «Nunca he visto atacarse a peces de dife­rentes especies, aunque ambos fueran muy agresivos por naturaleza».

Está muy extendida la idea de que los animales de una misma especie compiten entre sí. Pero una mirada más atenta revela que lo que parece competición es en reali­dad una forma cooperativa de repartirse los recursos. Por ejemplo, se ha visto que las hienas abandonan la persecución de una presa ya prácticamente atrapada cuan­do ésta penetra en el territorio de la hiena vecina, aunque no haya ningún otro predador a la vista. Tales territorios no se adjudi­can con arreglo a criterios latifundistas; los animales ocupan siempre una extensión li­mitada, aun cuando sobre espacio para re­partir. Y los territorios no se defienden en una lucha a muerte, sino en lo que es más una contienda ritual que un verdadero combate, de la que el animal vencido se re­tira ileso. Curiosamente, no suele vencer el animal más fuerte, más grande o más agre­sivo, sino el animal que se encuentra en su propio territorio.

A su vez, explican Augros y Stanciu: «las plantas evitan la competencia entre sus propias semillas a través de numerosas téc­nicas de dispersión. Un único cultivo a lo largo de hectáreas de tierra sólo se encuen­tra en la agricultura artificial humana, nun­ca en la naturaleza». Entre los miembros de diversas manadas de animales existe una jerarquía de dominio -o un reparto de papeles- que evita que malgasten tiempo y energías luchando por la misma comida o la misma pareja. Por otro lado, como ha señalado Sheldrake, en los re­baños, manadas, bancos de peces y banda­das de aves existe una conducta colectiva asombrosamente coordinada Pueden des­plazarse a grandes velocidades sin que nin­gún animal dirija el movimiento y sin estor­barse unos a otros. Las bandadas de aves, por ejemplo, son capaces de despegar, girar o invertir el sentido del vuelo simultáneamente, como si todos los individuos que las componen formaran un único organismo. Dentro de estos grupos se dan, como es lógi­co, muchas otras formas de cooperación. En contadas ocasiones, las luchas terri­toriales o entre animales rivales pueden producir daños, pero a diferencia del caso humano, el objetivo de la agresión nunca es acabar con el contrario. Las luchas a muerte sólo se dan en circunstancias anti­naturales, como entre pájaros enjaulados o peces encerrados en un acuario.

Para convivir en un mismo hábitat, diferentes especies se espe­cializan -valga la redundan­cia- en distintos nichos ecoló­gicos. El nicho ecológico es el espacio que usa el animal o planta y su ma­nera de utilizar ese espacio: cuáles son sus predadores y sus presas, cuál es su período de actividad, cómo modifica el entorno, etc. Aunque coexistan, dos especies nunca ocupan un mismo nicho, ya sea, por ejem­plo, porque ingieren diferentes alimentos o porque actúan en momentos diferentes. Colinvaux explica cómo conviven tres herbívoros en la sabana africana:

«Las cebras comen los tallos largos y se­cos de los pastos, para lo cual sus equinos dientes incisivos les van a la perfección. Los ñúes toman los retoños laterales, recogien­do con sus lenguas al modo bovino y cor­tando el pasto con su único juego de incisi­vos. Las gacelas de Thompson pastan don­de los otros han estado, cogiendo plantas a ras de suelo y otros bocados.


miércoles, marzo 08, 2017

Empresarismo 9°2 2017



E Medellín en el Mundial de  Emprendimiento en Milán

https://puntokritico.blogspot.com.co/2015/05/e-medellin-en-el-mundial.html


Emprendimiento paisa expone en Italia  su modelo de ecosistema

https://puntokritico.blogspot.com.co/2015/05/e-emprendimiento-paisa-expone-en.html



Inicia cuenta regresiva al Mundial del  emprendimiento

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Antioqueño participará en concurso  mundial de emprendimiento

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Invención, una prueba de acero

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En definitiva: El emprendimiento y la innovación van de la mano del conocimiento y las ofertas de trabajo.




Energía limpia, el reto mundial

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40 emprendimientos  sociales ganan valor con mentoría empresarial

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El modelo innovador paisa se expondrá esta semana en N.Y.

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Diez  historias de emprendedores colombianos

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jueves, marzo 02, 2017

¿Qué hacen los  japoneses para que sus hijos no

sean perezosos?


Los pequeños que desde temprana edad se acostumbran a evadir sus responsabilidades, en el futuro tendrán problemas para cumplir sus metas. Estos son los ocho consejos de los japoneses.


Son varios los padres a los que les cuesta mucho trabajo que sus hijos obedezcan y hagan sus deberes.  A veces, es imposible que se levanten temprano para ir al colegio, que recojan sus juguetes, que hagan sus tareas o que ayuden con algún oficio en la casa. Es tal el desespero que muchos padres terminan por hacer el trabajo ellos mismos o por pedir ayuda a los hermanos mayores. Pero es necesario que los padres perseveren y estimulen a sus hijos para asumir responsabilidades que irán aumentando a medida que crecen.

Varios expertos explican que cuando el niño se acostumbra a no cumplir con sus tareas desde una temprana edad, cuando crezca es probable que sea irresponsable. Su educación y comportamiento marcará su forma de ser en el futuro. Por eso, la disciplina de los japoneses es muy cuidadosa cuando se trata de la educación de sus hijos. Para ellos la forma como deben comportarse es más importante que la educación académica, y la disciplina que los caracteriza es a lo que ellos atribuyen su éxito en el mundo. Estos son sus consejos.

Asignar tareas

Para estimular la responsabilidad de los niños es necesario asignar tareas diarias de autocuidado, según su edad. Por ejemplo, deben aprender a lavarse los dientes, tender la cama, poner la ropa sucia en su lugar, levantar los juguetes, lavar su plato después de cenar, preparar la ropa del día siguiente y hacer las tareas del colegio.

Un tiempo determinado

Es importante crear rutinas. No basta con que el niño sepa tender la cama si lo hace en la noche o cada fin de semana. El método de educación de los japoneses consiste en realizar la misma tarea siempre a la misma hora. De esta forma el pequeño puede crear rutinas y con el tiempo realizará las actividades por sí solo ya que lo ha interiorizado como un hábito y dejará de costarle tanto trabajo. Para empezar, los japoneses hacen que los niños hagan esa tarea durante un minuto, todos los días a la misma hora. 

Pasada una o dos semanas, aumentan la actividad a cinco minutos y al mes el niño ya puede dedicarle diez minutos o más a la tarea. Con el tiempo al niño ya no le importarán los minutos que requiera terminar un oficio.

Constancia

Es necesario que los padres exijan a sus hijos que la tarea no sólo se haga a la misma hora, sino que además sea algo constante. Todos los días deben lavarse los dientes, todos los días deben tender la cama, todos los días deben levantar su plato de la mesa, para afianzar la rutina.

Reconocimiento

Es importante que los pequeños se den cuenta de que están haciendo las cosas bien y que han agradado a sus padres cuando cumplen con una tarea. No es necesario que siempre se les dé un premio porque entonces siempre buscarán hacer las cosas por una recompensa. Pero los papás pueden hablar y decir frases como “gracias”, “lo hiciste muy bien”, “Esta vez te quedó mejor que la vez pasada”, así también lo recomienda el psicólogo Andrés Lasso Báez.

Evite las frases negativas

Martha Cuadros, maestra de cursos profilácticos, asegura que las frases negativas pueden afectar el comportamiento de los niños y desmotivarlos. Evite al máximo frases como “no sirves para nada”, “no haces nada bien”, “eres tonto”. Con estas palabras muchos niños pueden quedar marcados y pensar que realmente no pueden realizar algo, cosa que afecta el desarrollo de su personalidad y el concepto que ellos tienen de sí mismos. 

Son muchos los casos de jóvenes y adolescentes que piensan que no son capaces de algo ya que desde pequeños sus padres, las personas que se supone que le brindan confianza, les han dicho que no pueden hacer algo.

Los japoneses no gritan o levantan la voz cuando se dirigen a sus hijos ni a otras personas. No suelen dar sermones o castigar físicamente. Muestran su inconformidad con la mirada y las entonaciones de la voz. Los hijos saben percibir cuando los padres no aprueban su conducta, e intentan corregir su comportamiento.

Explique por qué es importante que realicen esa tarea

Los expertos recomiendan que los padres hablen con los niños acerca de las razones por las que es importante que realicen sus tareas. Los menores pueden comprender por qué es importante el autocuidado y la ayuda al otro. De esta forma tendrán argumentos para hacer sus tareas, no solo por obediencia, sino porque existe una razón por la cual tienen que hacer una tarea, que a veces les aburre.

Dé ejemplo

Nada mejor para los niños que enseñarles a través del ejemplo. Hay padres que se quejan todo el tiempo de las tareas que se deben hacer y esto causa una enorme fatiga a los niños; ellos pensarán que los deberes son agobiantes. Por otro lado, hay padres que le piden a sus hijos que sean ordenados, pero ellos mismos no lo son. Para empezar, los padres pueden ayudar a sus hijos a hacer sus tareas y mostrarles también la importancia de trabajar en equipo.

Pasar tiempo con los hijos

Las madres japonesas acostumbran a estar con sus hijos hasta los tres años, los involucran en cada tarea que hacen y además les hablan de lo que hicieron en el día. Los padres también acompañan mucho a sus hijos y suelen conversar acerca con ellos de sus labores para que se sientan parte de una familia.


http://www.semana.com/vida-moderna/articulo/que-hacer-para-que-mis-hijos-no-sean-perezosos/517142