domingo, septiembre 18, 2016

BETO
   R.  Fontanarrosa 

Roque llegó más temprano que de costumbre. Incluso le mangueó el diario a Sandro antes de entrar, para darle una ojeada a las noticias, de las cuales solo había leído los titulares, por la mañana. Sin embargo, cuando se encaminó hacia la mesa ya lo vio, allí, a Beto solo, cabizbajo quizás, reconcen­trado, con un pocillo de café vacío, frente suyo.

-¿Qué hacés? -dijo Roque, sentándose en la cabecera y abandonando el diario para mejor oca­sión, sobre una silla vacía.

-Bien... -contestó, mustio, Beto- bah...! Qué sé yo.

Roque dejó pasar esta última consideración, aunque creyó percibir que la voz de su amigo estaba uno o dos tonos por debajo de lo normal. Optó por verificar -las manos en los bolsillos, levemente recostado sobre el respaldo de la silla- quiénes estaban y quiénes no estaban a esa hora relativa­mente temprana en el boliche.

-¿Bien? -reiteró la pregunta, como para decir algo, como para anunciar que, ahora sí, se hallaba presto para el diálogo. O quizás para chequear el estado de ánimo del Betito, sobre el cual le había quedado esa sombra de sospecha.

-Bien -suspiró Beto- Bah... -agregó luego- Bien para la mierda.

-¿Qué pasó?

Beto miró un momento hacia el techo y frunció la cara. Pareció animarse.

-Nada... Problemas... Algún quilombo que uno tiene...

-Pero... ¿qué?... -arriesgó Roque, temeroso de invadir propiedades ajenas-

¿Te pasó algo?... ¿O algo que se pueda contar, al menos?

Beto se rió, o bien dejó escapar aire, dando la idea de que se había reído.

-Deja -dijo- Qué sé yo... Vos viste como son las cosas...

Roque entendió que, pese al "dejá" un tanto imperativo, el resto de la frase mantenía abierta una puerta como para ingresar a la requisitoria.

-¿Tu viejo? ¿Seguís con el problema de tu viejo?

-¿Mi viejo? ¡No! Mi viejo está fenómeno.

-Pero... Había tenido algún problema, me habí­as dicho que estuvo jodido en un momento...

Tan concentrados estaban ambos en el escarceo previo a la conversación, que no advirtieron, hasta que prácticamente estuvo junto a ellos, la llegada de Aldo.

i¿Que talco? -inquirió Aldo, sentándose, y con una entonación cantarina. Sin duda, no había detecta­do el clima un tanto severo que campeaba en la mesa, lo meduloso y ligeramente tenso de la charla entre Roque y Beto. Pero, sin embargo, estaba en su derecho. Nunca, en ''La mesa de los galanes", se trataban temas importantes o personales. Para eso estaban las otras mesas, periféricas, para que las dos o más personas que quisieran dirimir conflictos o negocios de orden privado se trasladaran a ellas, sin alterar la grata vaguedad de la tertulia, ni introducir un motivo de ten­sión o profundidad metafísica en la sabia pelotudez de las discusiones cotidianas. De todos modos, Aldo, pese a la mínima seriedad de su saludo, se abismó de inme­diato en sus cavilaciones y, toqueteándose obsesiva­mente el bigote, se quedó mirando hacia el ventanal que da a calle Santa Fe. Roque y el Beto apenas si lo saludaron. El Beto explicaba, ya, el asunto de su viejo.

-Estuvo jodido -había dicho- Casi parte el Mario. Venía pidiendo pista. Pero ahora anda fenó­meno. -El otro día fue a ver a Córdoba y todo. No...El viejo, diez puntos.

-Ah...

Roque se quedó en silencio. Ahora sí, parecía que Beto había dado por cerrado el diálogo, casi antes de comenzarlo. Estuvo a punto de dirigirse a Aldo, pre­guntarle algo, como para arrancarlo de su ensoña­ción de mirada perdida y del continuo alisarse del bigote, bajo la nariz. Entonces el Betito habló.

-Marta -dijo- El quilombo es con Marta.

-¿Qué pasó? -exageró alarmarse Roque. Incluso Aldo abandonó su actitud contemplativa, girando la cabeza hacia Beto, estudiándolo.

-Roja -sintetizó Beto.

-¿Tarjeta roja?
Beto asintió con la cabeza. -Me sacó la roja.

-¿Y había habido amarillas antes?

-¡Uh! -Beto gesticuló sin alegría-. ¡Sabes cuántas había habido!
Roque se mantuvo un instante callado. Era noto­rio que su amigo estaba jodido de veras. Incluso Aldo miraba, ahora, fijamente el cuello de la camisa de Beto, como si hubiese descubierto allí un mensaje-indescifrable.

-Bueno... -tanteó Roque- Pero... Vos viste como son las mujeres. Estos quilombos, en las pare­jas, son comunes. Vos me dijiste que dos por tres tenían un bolonqui parecido...

-Sí. Pero éste no. Éste es definitivo. Terminal... En fin... -se reincorporó de golpe Beto, pegando una palmada en la mesa como tratando de darse ánimo-. Ya está... Qué se le va a hacer... Desde ano­che soy un desocupado más... Habrá que empezar una vida nueva...

Roque se encogió de hombros. Esta vez, sí, la cosa parecía cerrarse por voluntad del propio intere­sado.

-Es así -dijo- Estas cosas son así...

-Es que yo venía haciendo muchas cagadas, Roque -Beto retomó, de repente, el tono austero y coloquial, cruzándose de brazos sobre la mesa- Muchas cagadas...

-¿Cómo qué... por ejemplo?

-Borrarme, desaparecer, no pintar ni ahí por varios días... Boludeces ¿viste?

-Pero... ¿ustedes estaban viviendo juntos?

-Y... -calculó Beto- Digamos que sí. Prácticamente sí. Hace ya casi siete meses que yo me había instalado en la casa de Marta.

-¡Siete meses! -se asombró Roque.

-Si no más, si no más...

-Ahí la cosa cambia...

-Ahí la cosa cambia porque, cuando vos empezás a salir y, por ahí, cada tanto, te quedás a apoliyar en lo de la mina, bueno, más o menos, uno no entabla un compromiso de verse siempre. O de que­darse a apoliyar todas las noches...

-Ahí la cagaste, Burt Lancaster.

-Porque uno es un boludo, un boludo de cuarta. Y comete ese error. Primero te quedás a apoliyar una noche y después te pirás. Vos mismo te ponés el límite. "Bueno, me quedo esta noche, pero después me piro, cosa de que esta mina no se piense de que uno viene al pie todos los días". Pero...

-Pero.

-La de siempre. Vos decís "Me voy a quedar una noche por semana", pongamos. O dos, siendo gene­rosos. Pero... ¿qué pasa? Vos te dejás las otras fechas libres con toda la mala intención de engancharte una minita de vez en cuando. Y alternar.

-Y alternar.
-Pero la única verdad es la realidad, decía el General. Y la realidad es que, la mayoría de las veces, la mayoría de los días, no hay minita, ni enganche, ni las pelotas. Y terminás a la noche vol­viendo solo a tu departamento -que para colmo es una cagada de departamento- comprándote un cuarto de pollo en la rotisería...

-Si no te salvan las salchichas de Viena... - acotó Roque.

-Si no te salvan las salchichas de Viena, viendo televisión blanco y negro solo como un boludo... Y entonces te vas a lo de tu mina. Vas una noche, vas a la noche siguiente...

-Y ya se crea el compromiso...

-Tácito. No hablado. Pero compromiso al fin. Lo que pasa es que uno se hace el boludo y cree, por ahí, que zafa. Y desaparece. Te haces el gil, no decís nada, y no aportas por dos o tres días...

-Que fue lo que hiciste vos.

-Aunque en este caso sí, hubo una mina. Una loca, una reventada, pero, ¿viste?... Uno se enfiesta y... La cuestión que aterricé anoche, ya viéndome venir la maroma y... ¡La cara que tenía la Marta! ....

El discurso de Betito se ensombreció. Por un momento pareció que no iba a seguir. Luego conti­nuó, en un tono aun más bajo y pausado.

-Se ve que me había estado esperando, pobre, levantada... Eran como las tres de la matina... Se había tomado un par de Lexotanil... Le quise explicar...

Le quise armar un verso... Pero... ¿sabes qué? Me mandó a la recalcada concha de mi madre.

Se hizo un silencio. Ahí irrumpió Aldo, muy serio, casi respetuoso.

-¿No será que te ama y no sabe expresarlo?
Roque lo miró fijo, crucificándolo. No eran momentos para jodas.

-Y bueno -volvió a suspirar Beto, como si no hubiese escuchado a Aldo-. Así es la cosa...

-Por ahí se recompone Beto -procuró alentar­lo Roque-. Deja pasar unos días y...

-No, no... Esta vez va en serio... Vos te das cuenta cuando la cosa va en serio...

El Negro Moreyra pasó junto a la mesa v dejó un par de cortados. Aldo le pidió un mate. Había vuelto a desentenderse del asunto.

-Y bueno, viejo... -se animo Roque-. Enfocale; desde otro punto de vista. Borrón y cuenta nueva. Ahora vas a tener todo el tiempo del mundo para las otras minas ¿No hacía tiempo que vos andabas dán­dole vueltas a osa otra, la flaca... Ésa que...

-¿Cuál?-se interesó Beto.

-Esa que me decías que estaba buenísima... la amiga de Lucy... la que enseña pintura...

-Ah... La Sonia. Pero no es amiga de Lucy. Es amiga de Malena.

-Esa ¿No era que querías salir con esa? Bueno, ahí tenés...

Beto inclinó la cabeza, compungido.

-¿No me decías que no tenías tiempo para hacer una mano con ella? -insistió Roque- ¿Qué era una mina con la que había quo ponerse de novio y esas cosas?

-Sí -acordó Beto, su tono de voz cada vez más inaudible-. No es de las que te vas a encamar un par de horas al mediodía, o a hacerte un siestero. A ésa la tenés que llevar a cenar. Y a algún lugar no demasiado escondido. Y algún regalito también... En fin, todos los chiches. No es la Chunchuna.

-Pero está buenísima, me decías.

Beto torció la cabeza, mordiéndose una uña, sí. Musitó.

-Y bueno -reafirmó Roque, contento de haber­le encontrado a su amigo una hipótesis de conflicto.

Se quedaron en silencio, revolviendo morosamen­te los cortados Moreyra llegó con el mate para Aldo.

-Acá, al amigo -le encomendó Aldo, serio-. Después traele una "lágrima".

Roque volvió a mirarlo, admonitorio. Pero Aldo le esquivó la mirada y tornó a su ensimismamiento contemplativo

-¿Por qué no te abocás a eso? -la siguió Roque, para agregar, poco original- A rey muerto, rey puesto.

Beto pegaba con la cucharita en el fondo del pocillo como si fuese un pequeño mortero.

-¿Sabes qué pasa? ¿Sabes qué pasa? -dijo des­pués- Parece mentira, pero... Estoy hecho mierda. Hecho mierda estoy.

Y era cierto. Roque nunca lo había visto así. Debía estar muy seriamente hecho mierda para verse movido a reconocerlo, él, tan orgulloso. Y, ade­más, decirlo frente al Aldo, con quien, si bien había cierto conocimiento, no había una amistad ni una confianza profunda.
-Pasa eso... -articuló Roque, solemne- Uno nunca sabe cuánto puede llegar a dolerle...

-Es lo que siempre decía la gata Flora- terció, de nuevo, escueto. Aldo, ajeno a la densidad del momento. Roque sintió una sofocación a la altura del cuello. Beto, no obstante, parecía no haber registra­do la desafortunada intervención.

-Cuánto puede llegar a dolerte -ayudó Roque, intentando demostrarle al Aldo con su reiteración que había estado mal-. Antes de la separación, de­cís vos... Antes de cualquier separación...

-Es un desgarramiento... -acordó Beto.

-Mira Checoeslovaquia -apuntó Aldo.

-Yo pensaba... -dada su situación extrema Beto no temía al ridículo- Mirá las cosas que a uno se le ocurren. O las comparaciones boludas que ha­ce. Yo me acordaba que, una vez, en la casa de mi vieja, en el fondo, había una planta, un... qué sé yo... un arbusto. Grande, es una planta que da una florcita blanca, muy linda... pero que se había hecho enorme... Y, la verdad, es que daba esas florcitas...

-Corona de novia... -dijo Roque.

-No le hables de novia... -masculló Aldo, mi­rando hacía otra parte.

-Sería eso. Pero daba esas florcitas solamente durante una semana al año.

Ahí sí, ahí se ponía lin­dísima, quedaba blanca, blanca. Pero, el resto del tiempo, no servía para una mierda, era una cagada. Y estaba justo justo en medio del jardín. Y un día mi vieja dijo "Saquémosla, saquemos esta porquería porque nos quita mucho espacio". Sinceramente, cuando la plantaron nadie se imaginó que iba a cre­cer tanto. La cuestión es que la sacamos. Vino un ve­cino amigo que era medio jardinero y la sacó a la mierda ¡Y no sabés el espacio enorme que quedó va­cío! Fue increíble. Yo nunca hubiese podido imagi­nar, o calcular, que iba a quedar tanto espacio vacío. El jardincito parecía enorme...

Roque lo miró con atención, esperando la metá­fora.

-Y eso es lo que pasa con estas relaciones, es­tas relaciones afectivas -cumplimentó Beto- Vos, por ahí, en algún momento, considerando que hacés algunas travesuras, tenés en claro que puede llegar el momento en que te peguen un voleo en el culo. Y tratás de adivinar cómo te vas a sentir cuando eso ocurra...

-Cómo te vas a sentar. Cómo te vas a sentar - dijo Aldo. Roque se echó hacia atrás, como si le hu­biesen palmeado la frente. Y aprovechó que Beto es­taba aún con la cabeza gacha, para hacerle un gesto al Aldo, solicitándole -con las palmas de las manos hacia arriba- comprensión, y quizás piedad, para el amigo vencido Aldo, esta vez sí, aprobó un par de veces, veloz, con la cabeza, admitiendo que se había extralimitado. Roque sabía que Aldo era un humo­rista compulsivo, que muy difícilmente lograba re­primirse.

-...pero es imposible dimensionarlo -Beto me­neaba  sin embargo su cabeza, como si no hubiese oí­do la acotación extemporánea-. Imposible. Te que­dás sin un punto de referencia importante.

-Totalmente -asintió Roque-. Son experien­cias intransferibles. Como si uno quisiera llegar a calcular cuánto puede llegar a dolerle pegarse un martillazo en los dedos... -advirtió en un pantallazo que Aldo estaba por decir algo. Pero lo vio contener­se, tal vez, ante su mirada-. Alguien puede venir y decirte "Te voy a pegar un martillazo en los dedos" pero nadie puede transmitirte cuánto puede llegar a dolerte...

-No... No... -pareció decir para sí mismo Be­to-. Por ahora me voy a olvidar lo de Sonia o cual­quier cosa de ese tipo...

-Ah, si es un tipo ya es más grave... -tiró co­mo un flechazo el Aldo.

-Me parece que lo que voy a hacer... -siguió Beto-  ... es tomármelas unos días a otra parte. Hoy a la mañana me encontré con el Belga y me dijo que se iba para General Roca. Es menos de una semana. Me voy a la mierda y me limpio el bocho. Me alejo un poco... ¿viste?
Roque dudó.

-Va en el auto. Allá tiene donde parar -siguió Beto.

-Sí -intercaló Aldo-. Más vale que pare por­que después ya está el Estrecho de Magallanes.

-Es un viaje de la gran puta- marcó Roque. Beto se encogió de hombros-. Y mira... yo no sé... Es tu decisión, después de todo... Pero, uno se va con el problema. No lo dejas acá. Uno va con uno y no hay remedio. Te digo porque acá, bueno, al menos tenés los amigos, una oreja para que te escuche...

-Háblele más fuerte que es sordo -recreó Aldo el final del viejo chiste.

-No sé, Beto, siempre la ciudad un poco te defiende.

-Ya sé, Roque, ya sé. No te creas que es la pri­mera vez que me pasa un quilombo como éste...

-Te digo, porque yo me rajé a Porto Alegre cuando aquel despelote con Georgina, y a los dos días ya me quería volver. Andaba llorando por los rincones.

Mira si ibas a Porto Triste -otra vez Aldo.
-Ya sé, Roque, ya sé. Pero acordate que yo voy con el Belga. No voy solo. Por lo menos cambio de aire. Y no es tan fácil que me agarre la tentación de cazar el teléfono y....

-Claro, llamarla a Marta...

-Claro. Al menos dejar por ahora que las cosas se enfríen...
Beto se puso de pie imprevistamente y se alejó hacia el baño. Roque aprovechó la volada, en alas de la sofocación que todavía sentía.

-Aldo - le dijo-. No seas hijo de puta. Date cuenta que este tipo está hecho mierda. La mina acaba de pegarle una patada en el orto y a vos lo único que se te ocurre es hacer chistes. Chistes pelo­tudos para colmo.

-Sí. Sí, perdona -admitió el Aldo-. Pero, me la dejan picando. Y además, cuando lo vi tan caído quise levantarle el ánimo...

-¿Qué "levantarle el ánimo", querido? Tenés que tener más sentido de la oportunidad...

-¿No leíste...?

-El otro está hecho percha y vos jodiendo.

-¿No leíste "La risa remedio infalible"? ¿Te acordás, en el "Selecciones"?

-Cortala, viejo.

Betito había vuelto a sentarse. Al parecer se había lavado la cara.

-Esta noche me voy a ir al boliche del Pitu - anunció.

-Ojo con los copetines, Beto -Roque le puso una mano sobre el brazo, procurando no resaltar demasiado paternal.

-Dejá. Dejá -desestimó Beto-. Me coloco con un par de whiskis, algún champú. Así por lo menos esta noche me puedo dormir. Anoche no pegué un ojo.

-¿Seguís con el negocio de las muñecas? -pre­gunto, críptico, Aldo. Roque lo miró para fulminar­lo- Perdón, perdón... -se excusó Aldo.

-No. Si yo no soy de chuparme... -calmó Beto.

-Si pega ojos... -Aldo procuró explicar ante la mirada llameante de Roque- hará muñecas... digo yo. Está bien. Ya pasó. Ya paso.

-Mira que si tenés que manejar -optó por continuar Roque-. ¿Cuándo se van con el Belga?

-Mañana. Mañana temprano. Pero que maneje él. Yo apoliyo. Además, el Belga no te da el volante ni que se cague...

Roque advirtió que Aldo estaba tentado de decir algo. Pero luego juzgó prudente callar.

A la mañana siguiente, sábado, Roque aterrizó casi cerca del mediodía en El Cairo. Otra vez, antes de entrar, le mangueó el diario a Sandro, dispuesto a leerlo mientras tomaba el desayuno. Fue cuando lo encontró a Willy que pasaba, con su pibe, rumbo a calle Córdoba. Willi le contó que, la noche anterior, en lo del Pitu, el Beto se había levantado un pedo descomunal, como para quince personas. Que se lo habían tenido que llevar entre cuatro.

Que había bailado hasta la madrugada. Que había reído e incluso llorado, en algunas de las cimas de su extra­vío. Que cuando él, Willi, se fue, Beto estaba parado arriba de una mesa, cantando una canción melancó­lica en francés.

Roque dijo "Mirá vos'", meneó la cabeza, despidió a Willi que continuaba su camino y se metió en el boliche. Y allí, en la Mesa de los Galanes, sentado a la cabecera, igual que la tarde anterior, estaba el Beto. No bien lo vio entrar, levan­tó un brazo en alto en un saludo triunfal. Roque temió que siguiera en pedo. Pero se lo veía impeca­ble, como siempre. Como recién bañado. Algo pálido tal vez, pero hasta perfumado. Cuando Roque se sentó a su lado, Beto le pegó una palmada ampulosa en el hombro y no quitó la mano de allí.

-¿Qué hacés Beto? -se rió Roque- ¿No te ibas a Roca con el Belga?

-Roque... -anunció Beto-. Triunfo. Triunfo total...

-¿Qué es eso? ¿De qué carajo me hablás?

-Anoche...

-Ya me dijeron. Te agarraste un pedo de nove­la. Ya sé todo ¿Qué pasó? ¿Te enganchaste a la Sonia en lo del Pitu? ¿O estaba la otra, la grandota?

Beto negó con la cabeza, los ojos cerrados, la son­risa ancha.

-Nada de eso. Nada de eso, mi viejo, ahora estoy en otra...

-¿Que pasó?

-Me arreglé con Martita.

Roque se quedó mudo mirándolo:
-No jodas -dijo al fin

Recién entonces Beto quitó su mano del hombro del amigo

-Así es, mi viejo. La Marta me perdonó. Creo que el pedo que me alcé en lo del Pitu me animó a ir a hablarle. Fui, puse la cara, traté de recomponer más o menos el asunto. Explicarle no, porque... ¿qué mierda le iba a explicar? Perú le dije lo que yo sen­tía por ella, como me había sentido después de que ella me largó de culo.   En fin. Todo eso...

-Arriaste alguna bandera, supongo. Alguna concesión hiciste…

-Todas Roque. Si es por amar, arrié todas las banderas. Negocié algo. Con lo poco que tenia para negociar, negocié...

-Dormir todas las noches ahí -enumeró Roque-. No desaparecer a la primera de cambio...

-Usted lo ha dicho. Usted lo ha dicho..

-Pero... bien, Beto. Bien, no se puede tener todo.

-Bien... La verdad, estoy contento. Me había golpeado mucho el asunto...
Como obedeciendo a un conjuro ineludible, no llegó a la mesa en ese momento ni Ricardo, ni el Sobo, ni el Turco, sino, una vez más, el Aldo

-¿Puedo? -consultó, cauto, antes de sentarse. Roque le señaló la silla con el mentón, permitiendo.

-¿Qué hacés Aldo? -le dijo Beto. Luego, sin esperar respuesta, siguió con Roque.

- ¿Tenés una tarjeta?

- ¿Una tarjeta?

-Para el teléfono.

Roque empezó a buscar en los bolsillos internos del saco.

- ¿Qué hacés, boludo?-preguntó en tanto, risueño, Beto al Aldo-. Hace mucho que no aportás por acá. Ya te estaba extrañando.

- ¿Mucho...? --atinó a decir el  Aldo, pero ya Roque le extendía una tarjeta al Beto.

-¿La vas, a llamar a Marta? -preguntó Roque mientras Beto se paraba.

- Eso se llama marcar tarjeta   -se atrevió Aldo, en un hilo de voz

- No, querido-- contestó Beto a Roque-  La voy a llamar a esta minade la que hablábamos anoche. A la Sonia.

Roque lo miró, un tanto desconcertado.

-Ahora estoy bien-- agregó Beto-. Estoy tran­quilo. Estoy de ánimo. No iba a salir con la Sonia si me da pelota, estando destrozado.
Se fue hacia el teléfono. Antes de llegar giró y le gritó al Aldo. Señalándole a Roque.

- Contale un chiste, Aldo. Entretenelo mientras yo vuelvo.

Roque extendió los dos brazos sobre la mesa.

- Contame un chiste, Aldo -- pidió al fin.


Diario de Ana  Frank

fragmento

2 de junio de 1942

Espero poder confiártelo todo como aún no lo he podido hacer con nadie, y espero que seas para mí un gran apoyo.

28 de setiembre de 1942 (Añadido)

Hasta ahora has sido para mí un gran apoyo, y también Kitty, a quien escribo regularmente. Esta manera de escribir en mi diario me agrada mucho más y ahora me cuesta esperar cada vez a que llegue el momento para sentarme a escribir en ti.

¡Estoy tan contenta de haberte traído conmigo!

Domingo, 14 de junio de 1942

Lo mejor será que empiece desde el momento en que te recibí, o sea, cuando te vi en la mesa de los regalos de cumpleaños (porque también presencié el momento de la compra, pero eso no cuenta).

El viernes 12 de junio, a las seis de la mañana ya me había des­pertado, lo que se entiende, ya que era mi cumpleaños. Pero a las seis todavía no me dejan levantarme, de modo que tuve que conte­ner mi curiosidad hasta las siete menos cuarto.

Entonces ya no pude más: me levanté y me fui al comedor, donde Moortje[1], el gato, me recibió haciéndome carantoñas.

Poco después de las siete fui a saludar a papá y mamá y luego al salón, a desenvolver los regalos, lo primero que vi fuiste tú, y quizá hayas sido uno de mis regalos más bonitos. Luego un ramo de rosas y dos ramas de peonías. Papá y mamá me regalaron una blusa azul, un juego de mesa, una botella de zumo de uva que a mi entender sabe un poco a vino (¿acaso el vino no se hace con uvas?), un rompecabezas, un tarro de crema, un billete de 2,50 florines y un vale para comprarme dos libros.

Luego me regalaron otro libro, La cámara oscura, de Hildebrand (pero como Margot ya lo tiene he ido a cambiarlo), una bandeja de galletas caseras (hechas por mí misma, porque últimamente se me da muy bien eso de hacer galletas), muchos dulces y una tarta de fresas hecha por mamá. También una carta de la abuela, que ha llegado justo a tiempo; pero eso, naturalmente, ha sido casualidad.

Entonces pasó a buscarme Hanneli y nos fuimos al colegio. En el recreo convidé a galletas a los profesores y a los alumnos, y luego tuvimos que volver a clase. Llegué a casa a las cinco, pues había ido a gimnasia (aunque no me dejan participar porque se me dislocan fácilmente los brazos y las piernas) y como juego de cumpleaños elegí el voleibol para que jugaran mis compañeras. Al llegar a casa ya me estaba esperando Sanne Lederman. A Ilse Wagner, Hanneli Goslar y Jacqueline van Maarsen las traje conmigo de la clase de gimnasia, porque son compañeras mías del colegio. Hanneli y Sanne eran antes mis mejores amigas, y cuando nos veían juntas, siempre nos decían: «Ahí van Anne, Hanne y Sanne.» A Jacqueline van Maarsen la conocí hace poco en el liceo judío y es ahora mi mejor amiga. use es la mejor amiga de Hanneli, y Sanne va a otro colegio, donde tiene sus amigas.

El club me ha regalado un libro precioso, Sagas y leyendas neer­landesas, pero por equivocación me han regalado el segundo tomo, y por eso he cambiado otros dos libros por el primer tomo. La tía Helene me ha traído otro rompecabezas, la tía Stephanie un broche muy mono y la tía Leny un libro muy divertido, Las vacaciones de Daisy en la montaña. Esta mañana, cuando me estaba ba­ñando, pensé en lo bonito que sería tener un perro como Rin-tin­tín. Yo también lo llamaría Rin-tin-tín, y en el colegio siempre lo dejaría con el conserje, o cuando hiciera buen tiempo, en el garaje para las bicicletas.

Lunes, 15 de junio de 1942

El domingo por la tarde festejamos mi cumpleaños. Rin-tin-tín gustó mucho a mis compañeros. Me regalaron dos broches, una señal para libros y dos libros. Ahora quisiera contar algunas co­sas sobre las clases y el colegio, comenzando por los alumnos.

Betty Bloemendaal tiene aspecto de pobretona, y creo que de veras lo es, vive en la Jan Klasenstraat, una calle al oeste de la ciudad, que ninguno de nosotros sabe dónde queda. En el cole­gio es muy buena alumna, pero sólo porque es muy aplicada, pues su inteligencia va dejando que desear. Es una chica bastante tranquila.

A Jacqueline van Maarsen la consideran mi mejor amiga, pero nunca he tenido una verdadera amiga. Al principio pensé que Jacque lo sería, pero me ha decepcionado bastante.

D. Q.[2] es una chica muy nerviosa que siempre se olvida de las cosas y a la que en el colegio dan un castigo tras otro. Es muy buena chica, sobre todo con G. Z.

E. S. es una chica que habla tanto que termina por cansarte. Cuando te pregunta algo, siempre se pone a tocarte el pelo o los botones. Dicen que no le caigo nada bien, pero mucho no me importa, ya que ella a mí tampoco me parece demasiado sim­pática.

Henny Mets es una chica alegre y divertida, pero habla muy alto y cuando juega en la calle se nota que todavía es una niña. Es una lástima que tenga una amiga, llamada Beppy, que influye negativamente en ella, ya que ésta es una marrana y una grosera.

J. R., a quien podríamos dedicar capítulos enteros, es una chica presumida, cuchicheadora, desagradable, que le gusta ha­cerse la mayor; siempre anda con tapujos y es una hipócrita. Se ha ganado a Jacqueline, lo que es una lástima. Llora por cual­quier cosa, es quisquillosa y sobre todo muy melindrosa. Siem­pre quiere que le den la razón. Es muy rica y tiene el armario lleno de vestidos preciosos, pero que la hacen muy mayor. La tonta se cree que es muy guapa, pero es todo lo contrario. Ella y yo no nos soportamos para nada.

Ilse Wagner es una niña alegre y divertida, pero es una quis­quilla y por eso a veces un poco latosa. use me aprecia mucho. Es muy guapa, pero holgazana.

Hanneli Goslar o Lies, como la llamamos en el colegio, es una chica un poco curiosa. Por lo general es tímida, pero en su casa es de lo más fresca. Todo lo que le cuentas se lo cuenta a su madre. Pero tiene opiniones muy definidas y sobre todo últimamente le tengo mucho aprecio.

Nannie van Praag-Sigaar es una niña graciosa, bajita e inteli­gente. Me cae simpática. Es bastante guapa. No hay mucho que comentar sobre ella.

Eefje de Jong es muy maja. Sólo tiene doce años, pero ya es toda una damisela. Me trata siempre como a un bebé. También es muy servicial, y por eso me cae muy bien.

G. Z. es la más guapa del curso. Tiene una cara preciosa, pero para las cosas del colegio es bastante cortita. Creo que tendrá que repetir curso, pero eso, naturalmente, nunca se lo he dicho.

Para gran sorpresa mía, G. Z. no ha tenido que repetir curso. Y la última de las doce chicas de la clase soy yo, que soy compa­ñera de pupitre de G. Z.

Sobre los chicos hay mucho, aunque a la vez poco que contar. Maurice Coster es uno de mis muchos admiradores, pero es un chico bastante pesado.
Sallie Springer es un chico terriblemente grosero y corre el ru­mor de que ha copulado. Sin embargo me cae simpático, porque es muy divertido.

Emiel Bonewit es el admirador de G. Z., pero ella a él no le hace demasiado caso. Es un chico bastante aburrido.

Rob Cohen también ha estado enamorado de mí, pero ahora ya no lo soporto. Es hipócrita, mentiroso, llorón, latoso, está loco y se da unos humos tremendos.

Max van der Velde es hijo de unos granjeros de Medemblik, pero es un buen tipo, como diría Margot.

Herman Koopman también es un grosero, igual que Jopie de Beer, que es un donjuán y un mujeriego.

Leo Blom es el amigo del alma de Jopie de Beer pero se le con­tagia su grosería.

Albert de Mesquita es un chico que ha venido del colegio Montessori y que se ha saltado un curso. Es muy inteligente.

Leo Slager ha venido del mismo colegio pero no es tan inteligente.

Ru Stoppelmon es un chico bajito y gracioso de Almelo, que ha comenzado el curso más tarde.

C. N. hace todo lo que está prohibido.

Jacques Kocernoot está sentado detrás de nosotras con Pam y nos hace morir de risa (a G. y a mí).

Harry Schaap es el chico más decente de la clase, y es bastante simpático.
Werner Joseph ídem de ídem, pero por culpa de los tiempos que corren es algo callado, por lo que parece un chico un tanto aburrido.

Sam Salomon parece uno de esos pillos arrabaleros, un granuja. (¡Otro admirador!)

Appie Riem es bastante ortodoxo, pero otro mequetrefe.
Ahora debo terminar. La próxima vez tendré muchas cosas que escribir en ti, es decir, que contarte. ¡Adiós! ¡Estoy contenta de tenerte!

Sábado, 20 de junio de 1942

Para alguien como yo es una sensación muy extraña escribir un diario. No sólo porque nunca he escrito, sino porque me da la impresión de que más tarde ni a mí ni a ninguna otra persona le interesarán las confidencias de una colegiala de trece años. Pero eso en realidad da igual, tengo ganas de escribir y mucho más aún de desahogarme y sacarme de una vez unas cuantas espinas. «El papel es más paciente que los hombres.» Me acordé de esta frase uno de esos días medio melancólicos en que estaba sentada con la cabeza apoyada entre las manos, aburrida y desganada, sin saber si salir o quedarme en casa, y finalmente me puse a cavilar sin moverme de donde estaba. Sí, es cierto, el papel es paciente, pero como no tengo intención de enseñarle nunca a nadie este cuaderno de tapas duras llamado pomposamente «diario», a no ser que alguna vez en mi vida tenga un amigo o una amiga que se convierta en el amigo o la amiga «del alma», lo más probable es que a nadie le interese.

He llegado al punto donde nace toda esta idea de escribir un diario: no tengo ninguna amiga.

Para ser más clara tendré que añadir una explicación, porque nadie entenderá cómo una chica de trece años puede estar sola en el mundo. Es que tampoco es tan así: tengo unos padres muy bue­nos y una hermana de dieciséis, y tengo como treinta amigas en total, entre buenas y menos buenas. Tengo un montón de admira­dores que tratan de que nuestras miradas se crucen o que, cuando no hay otra posibilidad, intentan mirarme durante la clase a través de un espejito roto. Tengo a mis parientes, a mis tías, que son muy buenas, y un buen hogar. Al parecer no me falta nada, salvo la amiga del alma. Con las chicas que conozco lo único que puedo hacer es divertirme y pasarlo bien. Nunca hablamos de otras cosas que no sean las cotidianas, nunca llegamos a hablar de cosas ínti­mas. Y ahí está justamente el quid de la cuestión. Tal vez la falta de confidencialidad sea culpa mía, el asunto es que las cosas son como son y lamentablemente no se pueden cambiar. De ahí este diario.

Para realzar todavía más en mi fantasía la idea de la amiga tan anhelada, no quisiera apuntar en este diario los hechos sin más, como hace todo el mundo, sino que haré que el propio diario sea esa amiga, y esa amiga se llamará Kitty.

¡Mi historia! (¡Cómo podría ser tan tonta de olvidármela!)

Como nadie entendería nada de lo que fuera a contarle a Kitty si lo hiciera así, sin ninguna introducción, tendré que relatar bre­vemente la historia de mi vida, por poco que me plazca hacerlo.

Mi padre, el más bueno de todos los padres que he conocido en mi vida, no se casó hasta los treinta y seis años con mi madre, que tenía veinticinco. Mi hermana Margot nació en 1926 en Alemania, en Francfort del Meno. El 1 z de junio de 1929 le seguí yo. Viví en Francfort hasta los cuatro años. Como somos judíos «de pura cepa», mi padre se vino a Holanda en 1933, donde fue nombrado director de Opekta, una compañía holandesa de preparación de mermeladas. Mi madre, Edith Holländer, también vino a Holanda en septiembre, y Margot y yo fuimos a Aquisgrán, donde vivía mi abuela. Margot vino a Holanda en diciembre y yo en febrero, cuando me pusieron encima de la mesa como regalo de cumplea­ños para Margot.

Pronto empecé a ir al jardín de infancia del colegio Montessori, y allí estuve hasta cumplir los seis años. Luego pasé al primer curso de la escuela primaria. En sexto tuve a la señora Kuperus, la directora. Nos emocionamos mucho al despedirnos a fin de curso y lloramos las dos, porque yo había sido admitida en el liceo judío, al que también iba Margot.

Nuestras vidas transcurrían con cierta agitación, ya que el resto de la familia que se había quedado en Alemania seguía siendo víc­tima de las medidas antijudías decretadas por Hitler. Tras los po­gromos de 1938, mis dos tíos maternos huyeron y llegaron sanos y salvos a Norteamérica; mi pobre abuela, que ya tenía setenta y tres años, se vino a vivir con nosotros.

Después de mayo de 1940, los buenos tiempos quedaron defini­tivamente atrás: primero la guerra, luego la capitulación, la inva­sión alemana, y así comenzaron las desgracias para nosotros los ju­díos.

Las medidas antijudías se sucedieron rápidamente y se nos privó de muchas libertades. Los judíos deben llevar una estrella de David; deben entregar sus bicicletas; no les está permitido viajar en tranvía; no les está permitido viajar en coche, tampoco en coches particulares; los judíos sólo pueden hacer la compra desde las tres hasta las cinco de la tarde; sólo pueden ir a una peluquería judía; no pueden salir a la calle desde las ocho de la noche hasta las seis de la madrugada; no les está permitida la entrada en los teatros, cines y otros lugares de esparcimiento público; no les está permitida la en­trada en las piscinas ni en las pistas de tenis, de hockey ni de ningún otro deporte; no les está permitido practicar remo; no les está per­mitido practicar ningún deporte en público; no les está permitido estar sentados en sus jardines después de las ocho de la noche, tam­poco en los jardines de sus amigos; los judíos no pueden entrar en casa de cristianos; tienen que ir a colegios judíos, y otras cosas por el estilo. Así transcurrían nuestros días: que si esto no lo podíamos hacer, que si lo otro tampoco. Jacques siempre me dice: «Ya no me atrevo a hacer nada, porque tengo miedo de que esté prohibido.»

En el verano de 1941, la abuela enfermó gravemente. Hubo que operarla y mi cumpleaños apenas lo festejamos. El del verano de 1940 tampoco, porque hacía poco que había acabado la guerra en Holanda. La abuela murió en enero de 1942. Nadie sabe lo mucho que pienso en ella, y cuánto la sigo queriendo. Este cumpleaños de 1942 lo hemos festejado para compensar los anteriores, y tam­bién tuvimos encendida la vela de la abuela.

Nosotros cuatro todavía estamos bien, y así hemos llegado al día de hoy, 20 de junio de 1942, fecha en que estreno mi diario con toda solemnidad.


Sábado, 20 de junio de 1942
¡Querida Kitty!
Empiezo ya mismo. En casa está todo tranquilo. Papá y mamá han salido y Margot ha ido a jugar al ping-pong con unos chicos en casa de su amiga Trees. Yo también juego mucho al ping­pong últimamente, tanto que incluso hemos fundado un club con otras cuatro chicas, llamado «La Osa Menor menos dos». Un nombre algo curioso, que se basa en una equivocación.

Bus­cábamos un nombre original, y como las socias somos cinco pensamos en las estrellas, en la Osa Menor. Creíamos que estaba formada por cinco estrellas, pero nos equivocamos: tiene siete, al igual que la Osa Mayor. De ahí lo de «menos dos». En casa de use Wagner tienen un juego de ping-pong, y la gran mesa del comedor de los Wagner está siempre a nuestra disposición. Como a las cinco jugadoras de ping-pong nos gusta mucho el helado, sobre todo en verano, y jugando al ping-pong nos acalo­ramos mucho, nuestras partidas suelen terminar en una visita a alguna de las heladerías más próximas abiertas a los judíos, como Oase o Delphi. No nos molestamos en llevar nuestros monede­ros, porque Oase está generalmente tan concurrido que entre los presentes siempre hay algún señor dadivoso perteneciente a nuestro amplio círculo de amistades, o algún admirador, que nos ofrece más helado del que podríamos tomar en toda una semana.

Supongo que te extrañará un poco que a mi edad te esté ha­blando de admiradores. Lamentablemente, aunque en algunos casos no tanto, en nuestro colegio parece ser un mal ineludible. Tan pronto como un chico me pregunta si me puede acompañar a casa en bicicleta y entablamos una conversación, nueve de cada diez veces puedes estar segura de que el muchacho en cuestión tiene la maldita costumbre de apasionarse y no quitarme los ojos de encima. Después de algún tiempo, el enamoramiento se les va pasando, sobre todo porque yo no hago mucho caso de sus mi­radas fogosas y sigo pedaleando alegremente. Cuando a veces la cosa se pasa de castaño oscuro, sacudo un poco la bici, se me cae la cartera, el joven se siente obligado a detenerse para recogerla, y cuando me la entrega yo ya he cambiado completamente de tema. Éstos no son sino los más inofensivos; también los hay que te tiran besos o que intentan cogerte del brazo, pero con­migo lo tienen difícil: freno y me niego a seguir aceptando su compañía, o me hago la ofendida y les digo sin rodeos que se vayan a su casa.

Basta por hoy. Ya hemos sentado las bases de nuestra amistad. ¡Hasta mañana!

Tu Ana
Domingo, 21 de junio de 1942
Querida Kitty:
Toda la clase tiembla. El motivo, claro, es la reunión de profe­sores que se avecina. Media clase se pasa el día apostando a que si aprueban o no el curso. G. Z. y yo nos morimos de risa por culpa de nuestros compañeros de atrás, C. N. y Jacques Kocernoot, que ya han puesto en juego todo el capital que tenían para las vacacio­nes. «¡Que tú apruebas!», «¡que no!», «¡que sí!», y así todo el santo día, pero ni las miradas suplicantes de G. pidiendo silencio, ni las broncas que yo les suelto, logran que aquellos dos se calmen.

Calculo que la cuarta parte de mis compañeros de clase deberán repetir curso, por lo zoquetes que son, pero como los profesores son gente muy caprichosa, quién sabe si ahora, a modo de excep­ción, no les da por repartir buenas notas.

En cuanto a mis amigas y a mí misma no me hago problemas, creo que todo saldrá bien. Sólo las matemáticas me preocupan un poco. En fin, habrá que esperar. Mientras tanto, nos damos áni­mos mutuamente.

Con todos mis profesores y profesoras me entiendo bastante bien. Son nueve en total: siete hombres y dos mujeres. El profesor Keesing, el viejo de matemáticas, estuvo un tiempo muy enfadado conmigo porque hablaba demasiado. Me previno y me previno, hasta que un día me castigó. Me mandó hacer una redacción; tema: «La parlanchina». ¡La parlanchina! ¿Qué se podría escribir sobre ese tema? Ya lo vería más adelante. Lo apunté en mi agenda, guardé la agenda en la cartera y traté de tranquilizarme.

Por la noche, cuando ya había acabado con todas las demás ta­reas, descubrí que todavía me quedaba la redacción. Con la pluma en la boca, me puse a pensar en lo que podía escribir.




[1] En neerlandés, literalmente, «Moritso» o «Morenito».
[2] A petición de algunos interesados, sus nombres se han sustituido por ini­ciales escogidas al azar.