domingo, septiembre 18, 2016

Por sus propios medios

Robert A. Heinlein

Bob Wilson  no vio crecer el círculo.

Y, en  realidad, tampoco vio al desconocido que salió de él y se quedó inmóvil, con los ojos  clavados en  la nuca  de Wilson, mirándolo y  respirando pesadamente, como si se encontrara bajo el peso de una impresión muy fuerte y fuera de lo normal.

Wilson no tenía razón alguna para sospechar  que hubiera nadie más en su habitación: de  hecho,   tenía  todas  las  razones   del  mundo  para  esperar justamente lo contrario. Se había encerrado en su habitación con el propósito de terminar su tesis de una sola sentada. Tenía que hacerlo: mañana era el último día del plazo y ayer la tesis no era todavía más que un título. «Una investigación sobre ciertos aspectos matemáticos del rigor metafísico».

Cincuenta y dos cigarrillos, cuatro cafeteras y trece horas de trabajo sin parar habían añadido siete mil palabras al título. En cuanto a la validez de su tesis, estaba demasiado aturdido por el cansancio como para que eso le importara lo más mínimo. Lo único que pensaba era: acaba con ella, escríbela, entrégala, tómate tres copas llenas hasta el borde y duerme durante una semana entera.

Alzó los ojos y los dejó vagar sobre la puerta de su armario tras la cual había escondido una botella de ginebra, casi llena. No, se amonestó en silencio, un trago más y nunca terminarás tu tesis, viejo amigo.

El desconocido que había a su espalda no dijo nada.

Wilson  siguió escribiendo  a máquina:  «...tampoco  es válido asumir  que una proposición concebible es, necesariamente, una proposición posible, incluso cuando  es posible  formular  matemáticamente  una  descripción  exacta  de tal proposición. Un caso al que se aplica esto es el concepto "Viaje en el tiempo". El viaje en el tiempo puede ser imaginado y se pueden llegar a formular sus exigencias  bajo  una  teoría  temporal  determinada  o  bajo  todas  ellas,  con fórmulas que resuelvan las paradojas de cada teoría. Sin embargo, sabemos ciertas   cosas   sobre  la  naturaleza   empírica   del  tiempo   que  excluyen   la posibilidad de la proposición concebible. La duración es un atributo de la conciencia y no del plenum. No posee Ding an Sicht. Por lo tanto...».

Se le atascó una tecla de la máquina y en seguida otras tres teclas golpearon sobre ella. Wilson lanzó una maldición con voz cansada y alargó la mano para entendérselas con el caprichoso artefacto.

–No hace falta que se moleste –oyó decir a una voz detrás suyo–. De todos modos, eso no es más que un montón de paparruchas.

Wilson se irguió en su asiento con una sacudida y luego volvió la cabeza muy lentamente. Tenía la fervorosa esperanza de que hubiera alguien a su espalda. De lo contrario...

Cuando vio al desconocido sintió un gran alivio.

«Gracias a Dios –pensó–, por un instante temí que se me hubieran aflojado los tornillos.» Un instante después su alivio se convirtió en una extrema irritación.

–¿Qué diablos está haciendo usted en mi habitación? –preguntó.
Echó hacia atrás su silla de un empujón, se puso en pie y fue hacia la única puerta que tenía el cuarto. Seguía estando cerrada, y desde el interior.

Las  ventanas  no  podían  servirle  de  ayuda:  se  encontraban  al  lado  de  su escritorio y tres pisos por encima de una calle con mucho tráfico.
–¿Cómo ha logrado entrar? –añadió.

–Por ahí –respondió el desconocido, señalando con un pulgar hacia el círculo. Wilson se dio cuenta de él por primera vez, parpadeó y volvió a mirarlo con mayor atención. El disco se hallaba suspendido entre ellos y la pared: una gran lámina de nada, con ese color que uno ve cuando cierra los ojos apretando con fuerza los párpados.

Wilson meneó la cabeza vigorosamente. El disco siguió ahí.

«Diablos –pensó–. Estaba en lo cierto la primera vez. Me pregunto qué habrá hecho descarrilar mi tranvía...» Avanzó hacia el disco y alargó una mano para tocarlo.

–¡No! –le dijo secamente el desconocido.

–¿Por qué no? –dijo Wilson con cierta irritación. Sin embargo, se detuvo.
–Ya se lo explicaré. Pero antes, tomemos un trago.

Fue directamente  hacia el armario,  lo abrió y sacó la botella de ginebra  sin apenas mirar en su interior.

–¡Eh! –chilló Wilson–. ¿Qué está haciendo? Ésa es mi botella.

–Su botella... –El desconocido  se quedó callado durante unos instantes–.  Lo siento. No le importará que me tome una copa, ¿verdad?

–Supongo  que no -acabó concediendo  Bob Wilson, algo
malhumorado-.  Ya que está en ello. Póngame una a mí también.

–De acuerdo –accedió el desconocido–, y luego se lo explicaré.

–Será mejor que la explicación  valga la pena –dijo Wilson con voz ominosa, pese a lo cual aceptó su copa y examinó al desconocido de la cabeza a los pies.

Vio a un tipo que tendría su misma talla y más o menos la misma edad..., quizá un poco más viejo, aunque era posible que tal impresión tuviera algo que ver con  su  barba  de  tres  días. El desconocido lucía  un ojo  amoratado  que  ya estaba volviéndose negro, así como una herida recién hecha en la cara y una buena hinchazón en el labio superior. Wilson pensó que no le gustaba la cara de ese tipo. Con todo, seguía habiendo en ella algo familiar y tuvo la sensación de que  debería ser capaz de reconocerla, de que la  había  visto  antes  un montón de veces en diferentes circunstancias.

–¿Quién es usted? –le preguntó de repente.
–¿Yo? –dijo su huésped–. ¿No me reconoce?
–No estoy seguro –admitió Wilson–. ¿Le he visto anteriormente?
–Bueno...  no exactamente  –dijo  al desconocido  con  voz conciliadora–.  Bah, olvídelo... no podría entenderlo.
–¿Cómo se llama?
–¿Mi nombre? Esto..., bastará con que me llame Joe. Wilson dejó su vaso sobre el escritorio.
–De acuerdo, Joe Sea–cual–sea–tu–apellido,  marchando esa explicación y que sea breve.
–Lo será–dijo Joe–. Ese trasto por el que vine –señaló hacía el círculo–, es una
Puerta del Tiempo.
–¿Una qué?
–Una Puerta  del Tiempo.  El tiempo  fluye a cada lado de la Puerta  pero se divide en dos corrientes cada una de las cuales está separada por varios miles de años..., no sé exactamente cuántos. Pero durante el siguiente par de horas esa Puerta seguirá abierta. Puede ir al futuro con solo entrar en ese círculo.

El  desconocido  hizo  una  pausa.  Bob  tamborileó  sobre  el  escritorio  con  los dedos.

–Adelante. Estoy escuchando. Es una historia estupenda.
–No me cree, ¿verdad? Se lo demostraré.

Joe se puso en pie, fue nuevamente hacia el armario y extrajo de su interior el sombrero de Bob, su apreciado y único sombrero, al cual había ido maltratando hasta reducirlo a su desastroso  estado actual después de seis años de vida estudiantil. Joe lo arrojó dentro del disco impalpable.
El sombrero golpeó la superficie, atravesándola sin que al parecer hallara resistencia alguna, y se esfumó.

Wilson se levantó, dio la vuelta cautelosamente alrededor del círculo y examinó el suelo.

–Buen truco –admitió–. Ahora, le agradecería mucho que me devolviera el sombrero.

El desconocido meneó la cabeza.

–Podrá recuperarlo usted mismo cuando lo haya cruzado.
–¿Cómo?
–Lo que le he dicho. Escuche...

Y, brevemente, el desconocido repitió su explicación sobre la Puerta  del Tiempo. Wilson, insistió, tenía ahora una ocasión de las que sólo se presentan una  vez  cada  milenio...,  si  se  daba  algo  de  prisa  y  cruzaba  ese  círculo. Además, aunque Joe no pudiera explicárselo detalladamente en ese momento, era muy importante que Wilson cruzara el círculo.

Bob Wilson se sirvió una segunda copa de ginebra y luego una tercera. Estaba empezando a encontrarse francamente a gusto y tenía ganas de discutir.

–¿Por qué? –se limitó a decir. Joe puso cara de exasperación.
–Maldita sea, con que las cruces una vez no harían falta tantas explicaciones. Bueno, de acuerdo... –Según Joe, al otro lado había un viejo que necesitaba la ayuda de Wilson. Con la ayuda de Wilson los tres podrían gobernar el país. Joe no podía o no quería ser más preciso en cuanto a la naturaleza exacta de su ayuda y prefería recalcar una y otra vez las incomparables posibilidades aventureras que el círculo le ofrecía–. No querrás pasarte la vida como un esclavo intentando enseñar a cabezas de chorlito en alguna universidad de tercera categoría –insistía–. Ésta es tu ocasión. ¡Aprovéchala!

Bob Wilson admitió para sí mismo que un doctorado en filosofía y un puesto de enseñanza no eran su ideal de existencia. De todos modos, eso era mejor que verse  obligado  a trabajar  para  ganarse  la vida.  Sus  ojos  se posaron  en  la botella de ginebra, cuyo nivel había bajado lamentablemente. Eso lo explicaba todo. Se puso en pie con cierta dificultad.

–No,  mi querido  amigo  –dijo  solemnemente–,  no pienso  subir  a ese  tiovivo tuyo. ¿Sabes por qué?
– ¿Por qué?
–Porque estoy borracho, ése es el porqué. No estás aquí. Eso es, no estás aquí. –Agitó vagamente la mano hacia el círculo–. Aquí no hay nadie más que yo y estoy borracho.  He estado demasiado  tiempo trabajando  –añadió como disculpándose–. Me voy a la cama.
–No estás borracho.
–Estoy borracho. Tres tristes tigres comían trigo de un trigal. Avanzó hacia su cama. Joe le cogió del brazo.
–No puedes hacer eso –dijo.
–¡Suéltale!

Los dos se volvieron  en  redondo.  Ante  ellos,  justo  delante  del  círculo,  se hallaba un tercer hombre. Bob miró al recién llegado, miró nueva-mente a Joe, parpadeó e intentó enfocar sus pupilas. Pensó que los dos se parecían mucho, lo bastante como para ser hermanos. O quizá estaba viendo doble. Mala cosa, la ginebra. Tendría que haber cambiado al ron hacía mucho tiempo. El ron era soberbio. Podías bebértelo o podías darte un baño con él. No, quizá fuera con la ginebra..., bueno, en el fondo se refería a Joe.

¡Claro, qué estúpido! Joe era el que tenía el ojo negro. Se preguntó cómo había podido confundirse.

Entonces,  ¿quién  era  ese  otro  tipo?  ¿Acaso  un  par  de  amigos  no  podían tomarse unos tragos en paz sin que la gente viniera a entrometerse?

–¿Quién eres? –dijo con tranquila dignidad.

El recién llegado volvió su cabeza hacia él y luego miró a Joe.

–El me conoce –dijo con una voz cargada de sobreentendidos. Joe le examinó lentamente.

–Sí –dijo–,  si, supongo  que te conozco.  Pero ¿a qué demonios  has venido aquí? ¿Y por qué estás intentando destrozar el plan?
–No hay tiempo para largas explicaciones. Sé más sobre ello que tú..., tendrás que admitirlo, ¿no? Y, por lo tanto, puedo juzgar el asunto mucho mejor que tú. No va a cruzar la Puerta.
–No pienso admitir nada semejante, y... Sonó el teléfono.
–¡Contesta! –dijo secamente el recién llegado.

Bob iba a protestar ante lo perentorio del tono pero acabó no haciéndolo. En su temperamento no había la flema suficiente como para hacer caso omiso de un teléfono que sonaba.

-¿Diga?
–Oiga, ¿es Bob Wilson? –le preguntaron.
–Sí. ¿Quién habla?
–No se preocupe por ello. Sólo quería estar seguro de que estaba usted ahí. Pensaba que estaría ahí. Va por buen camino, chico. va por buen camino.

Wilson oyó una risita y luego el chasquido del auricular al ser colgado.

–Oiga –dijo–, ¡oiga!
Apretó un par de veces la tecla y luego colgó.
–¿Quién era? –le preguntó Joe.
–Nadie. Algún chalado con un extraño sentido del humor. –El teléfono volvió a sonar y Wilson añadió–: Ahí está de nuevo. –Cogió el auricular–. ¡Oiga, sesos de mono chalado! Soy un hombre ocupado y esto no es un teléfono público.
–¡Pero, Bob! –dijo una dolida voz femenina en el auricular.
–¿Qué? Oh, Genevieve, eres tú. Mira... lo siento. Me disculpo...
–¡Bueno, desde luego creo que deberías hacerlo!
–No me entiendes, cariño. Hay un tipo que me ha estado molestando con sus llamadas  y  pensé  que  eras  él.  Cariño,  sabes  muy  bien  que  jamás  se  me ocurriría hablarte de ese modo...
–Bueno, más vale que no se te ocurra. En especial después de todo lo que me dijiste esta tarde y todo lo que significamos el uno para el otro.
–¿Cómo? ¿Esta tarde? ¿Has dicho esta tarde?
–Por supuesto. Pero te llamaba por otra cosa: te has dejado el sombrero en mi apartamento. Me di cuenta de que estaba ahí unos minutos después de que te fueras y se me ocurrió llamar para decirte  dónde  se encuentra.  Además  – añadió con una mezcla de timidez y coquetería –eso me da una excusa para oír de nuevo tu voz.
–Claro. Estupendo –dijo él mecánicamente–. Oye cariño. Estoy algo confuso. He tenido un día muy complicado y ahora se está complicando todavía más. Te veré  esta  noche  y  lo  aclararemos  todo.  Pero  sé  que  no  me  he  dejado  tu sombrero en mi apartamento...
–¡Tu sombrero, tonto!
–¿Eh? ¡Oh, claro! Bueno, de todos modos te veré esta noche. Hasta luego.
Colgó rápidamente el auricular. «Cielos –pensó–, esta mujer va a convertirse en   un   auténtico   problema.»   Alucinaciones.    Se   volvió   hacia   sus   dos compañeros.
–Muy bien, Joe. Estoy listo para ir si tú también lo estás.
No estaba demasiado seguro de cuándo o por qué había decidido cruzar por ese artefacto temporal, pero lo había decidido. Y, además, ¿quién creía ser ese otro tipo, intentando meterse con el libre albedrío de un hombre?
–¡Estupendo!  –dijo  Joe,  aliviado–.  Lo  único  que  debes  hacer  es  cruzar  el círculo, no hace falta nada más.
–¡No. nada de eso!
Era el desconocido,  siempre metiéndose en todo. Dio un paso adelante y se interpuso entre Wilson y la Puerta.
Bob Wilson se encaró con él.
–¡Oye, desde que has aparecido aquí te comportas como si yo fuera un don nadie! Si esto no te gusta, por mí te puedes tirar de cabeza al lago... Y si no quieres hacerlo, ¡soy perfectamente capaz de tirarte yo!. ¿A ver, quién me lo va a impedir, tú y cuántos más?

El desconocido alargó la mano e intentó cogerle por el cuello. Wilson lanzó un golpe pero no resultó demasiado  bueno. Su puñetazo fue tan lento como el correo repartido por un paralítico. El desconocido  lo esquivó sin problemas y luego  le  sirvió  una  buena  ración  de  nudillos,  unos  nudillos  muy  grandes  y duros. Joe vino rápidamente  en ayuda de Bob. Empezaron  a intercambiarse puñetazos con entusiasmo, tarea a la cual Bob se añadió con alegría pero sin demasiada  eficacia.  El único  golpe  que  logró  dar  tuvo  como  blanco  a Joe, teóricamente su aliado. De todos modos, él había tenido intención de darle al otro.

Este feux pas le dio al desconocido la oportunidad de conectar limpiamente su izquierda con la mandíbula de Wilson. El golpe dio un poco alto pero dado el estado de Bob fue suficiente como para hacer que dejara de tomar parte en la actividad.

Bob Wilson fue dándose cuenta paulatinamente de lo que le rodeaba. Estaba sentado sobre un suelo que parecía algo inestable. Alguien se inclinaba sobre él.

–¿Te encuentras bien? –preguntó la figura.
–Supongo que sí –respondió Bob con voz pastosa. Le dolía la boca; se llevó la mano a los labios y la retiró cubierta de sangre–. Me duele la cabeza.
–Ya me lo imaginaba. Cruzaste de forma algo confusa y creo que al aterrizar te diste un golpe en la cabeza.

Los pensamientos de Wilson, aunque confusos, estaban empezando a recobrar cierta   claridad.   ¿Cruzar?   Examinó   más   atentamente   a  quien   le  estaba ayudando.  Vio  a  un  hombre  de  mediana  edad  con  una  revuelta  cabellera grisácea y una barba perfectamente recortada. Iba vestido con lo que Wilson tomó por una especie de pijama color púrpura para fiestas.

Pero la habitación  en la cual se hallaba  le resultó  todavía  más inquietante. Tenía forma circular y el techo se curvaba con tal suavidad que resultaba difícil decir cuál era su altura. En la habitación reinaba una claridad sin sombras ni fuentes visibles de luz. No había en ella mueble alguno salvo una especie de estrado o púlpito situado junto a la pared que tenía delante.

–¿Cruzar? ¿Cruzar el qué?
–La Puerta, naturalmente.

En el acento de aquel hombre había algo extraño que Wilson no logró localizar con precisión, salvo por tener la impresión de que no estaba hablándole en el idioma que acostumbraba a utilizar. Wilson miró por encima de su hombro hacia donde estaba mirando el otro, y vio el círculo.

Eso hizo que la cabeza le doliera todavía más.

«Oh, Dios –pensó–, ahora sí que me he vuelto realmente loco. ¿Por qué no me despierto?» Meneó la cabeza, intentando aclararla.

Fue un error. No es que se le desprendiera la tapa de los sesos..., al menos, no del todo. Y el círculo siguió donde estaba, colgando sencillamente del aire, su pulida profundidad llena por los amorfos colores y siluetas de la no–visión.

–¿Aparecí a través de eso?
–Sí.
–¿Dónde estoy?
–En el Salón de la Puerta del Gran Palacio de Norkaal. Pero, más importante que eso, es cuándo estás. Has avanzado algo más de treinta mil años.

«Ahora sé que estoy loco», pensó Wilson. Se puso en pie con cierta dificultad y caminó hacia la Puerta.
Su interlocutor le puso la mano en el hombro.
–¿Adónde vas?

–¡Voy a regresar!
–No tan rápido. Regresarás, desde luego, te doy mi palabra. Pero antes, deja que cuide tus heridas. Y deberías descansar un poco. Tengo   ciertas explicaciones que darte y, cuando vuelvas, hay algo que podrías hacer, algo que redundaría en beneficio de los dos. Muchacho, nos aguarda un gran futuro a los dos..., ¡un gran futuro!

Wilson  se  detuvo,  sin  saber  qué  hacer.  La  insistencia  de  aquel  hombre  le resultaba vagamente preocupante.

–Esto no me gusta.
El otro le contempló entrecerrando los ojos.
–¿Te gustaría beber algo antes de irte?

Desde luego que le gustaría. En ese mismo instante un buen trago de licor le parecía lo más deseable que podía encontrar en toda la Tierra... o en todo el tiempo.

–De acuerdo.
–Ven conmigo.

Le condujo hasta el objeto que estaba junto a la pared y luego, a través de una puerta, a lo largo de un pasillo. Andaba con rapidez; Wilson tuvo que apretar el paso para mantenerse a su altura.

–Por cierto –le preguntó mientras recorrían el largo pasillo–, ¿cómo te llamas?
– ¿Mi nombre? Puedes llamarme Diktor, todos lo hacen.
–De acuerdo, Diktor. ¿Quieres saber cuál es mi nombre?
–¿Tu  nombre?  –Diktor  lanzó  una  breve  risita–.  Ya  conozco  tu  nombre:  te llamas Bob Wilson.
–¿Qué? Oh... supongo que Joe te lo dijo.
–¿Joe? No conozco a nadie que se llame así.
–¿No? Él parecía conocerte. Oye..., quizá no eres el tipo al que yo debía ver.
–Sí que lo soy. En cierto modo..., bueno, te estaba esperando. Joe... Joe... ¡Oh!
–Diktor volvió a reír–. Se me había ido de la cabeza por un segundo. Te dijo que le llamaras Joe, ¿verdad?
–¿No se llama así?
–Es un nombre tan bueno como cualquier otro. Ya hemos llegado.
–Hizo entrar a Wilson en una habitación pequeña pero clara y alegre. No tenía muebles  de  ninguna  clase  pero  el  suelo  era  blando  y  tan  cálido  como  si estuviera hecho de carne viva–. Siéntate. Volveré dentro de unos segundos.

Bob miró a su alrededor buscando algo para sentarse y luego se volvió hacia Diktor, para pedirle una silla. Pero Diktor se había ido. Peor aún, la puerta por la cual habían entrado ya no estaba. Bob se instaló en el cómodo suelo y trató de no preocuparse.

Diktor no tardó en regresar. Wilson vio cómo la puerta se dilataba para dejarle entrar pero no logró comprender cómo sucedía todo aquello. Diktor llevaba una botella de cristal tallado en cuyo interior había un líquido que se agitaba con un agradable gorgoteo, y un vaso.

–A  tu salud  –dijo  con  voz alegre,  sirviéndole cuatro dedos de líquido  en el vaso–. Bebe.

Bohío tomó.
–¿No vas a beber?
–Luego. Primero quiero ocuparme de tus heridas.
–De acuerdo.

Wilson engulló el líquido con una premura casi indecente (acabó decidiendo que no estaba mal, algo parecido al escocés, pero más suave y no tan seco como éste), mientras Diktor trabajaba diestramente sobre sus heridas con unos ungüentos  que primero le escocieron  bastante y luego calmaron casi todo el dolor–. ¿Te importa si me tomo otro?

–Sírvete tú mismo

Bob engulló su segundo vaso con más lentitud. No llegó a terminarlo: el vaso resbaló de entre sus fláccidos dedos, dejando en el suelo una mancha de un marrón rojizo. Se puso a roncar.

Bob Wilson despertó sintiéndose  estupendamente y sin  una pizca   de cansancio.  Se encontraba  bastante  alegre  aunque  no sabía  por qué.

Siguió tendido con los ojos cerrados durante unos segundos y dejó  que su alma volviera a instalarse dentro de su cuerpo. Tenía la sensación de que éste iba a ser un buen día. Oh, sí..., había terminado esa condenada tesis. ¡No, no la había terminado! Se irguió bruscamente.

Al ver los extraños muros que le rodeaban le hizo cobrar conciencia de lo ocurrido. Pero, antes de que tuviera tiempo de empezar a preocuparse  -de hecho, una fracción  de segundo después  de haberse erguido-,  la puerta se dilató dejando entrar a Diktor.

–¿Te encuentras mejor?
–Bueno, sí, estoy mejor. Dime ¿qué es todo esto?
–Ya llegaremos a eso. ¿Qué te parece desayunar algo?

En la escala de valores de Wilson el desayuno iba justo después de la vida y antes que la posibilidad de que existiera la inmortalidad. Diktor le llevó a otra habitación; la primera con ventanas de cuantas había visto. En realidad, media habitación terminaba en un balcón suspendido  a gran altura que daba a un panorama cubierto de verdor. Una suave y cálida brisa veraniega soplaba perezosamente  por la estancia.

Desayunaron abundantemente al estilo de los antiguos romanos. Mientras Diktor se explicaba.

Bob Wilson no siguió sus explicaciones tan atentamente como lo habría hecho en otras circunstancias pues le distrajeron bastante las sirvientas que trajeron el desayuno. La primera entró llevando una gran bandeja con frutas sobre su cabeza. Las frutas eran espléndidas y la chica también lo era. Por mucho que la examinó fue incapaz de hallar en su persona defecto alguno.

Y, desde luego, su atuendo facilitaba mucho tal inspección.

Fue primero hacia Diktor y con un gesto fluido y lleno de gracia puso una rodilla en tierra, quitándose la bandeja de la cabeza y ofreciéndosela.  

Diktor tomó solamente  una pequeña fruta de color rojo y le indicó que se fuera con una seña. Luego le ofreció la bandeja a Bob de igual forma.

–Como estaba diciendo –continuó Diktor–, no sabemos con seguridad de qué tiempo vinieron los Grandes o a qué tiempo se fueron tras abandonar la Tierra. Yo me inclino  a pensar  que se perdieron  en el Tiempo.  En cualquier  caso, gobernaron durante más de veinte mil años y borraron por completo la cultura humana, tal y como tú la conocías. Lo más importante para nosotros dos es el efecto que eso tuvo sobre el intelecto humano. Una persona acostumbrada al estilo de vida del siglo veinte puede hacer aquí cuanto le venga en gana... ¿Me estás escuchando?
–¿Eh? Oh, sí, claro. Oye, esa chica es francamente guapa.
Sus ojos seguían clavados en la puerta por la cual había desaparecido.
–¿Quién? Oh, sí. Supongo que sí. No es de una belleza excepcional teniendo en cuenta el promedio femenino de este lugar.
–Eso me resulta difícil de creer. No me costaría nada acostumbrarme  a una chica semejante.
–¿Te gusta? Muy bien, es tuya.
–¿Qué?
–Es una esclava. No te indignes. Son esclavos por naturaleza. Si te gusta, te la regalo. Eso la hará feliz. –La chica acababa de volver. Diktor se dirigió a ella en un lenguaje desconocido para Bob–. Se llama Arma –le dijo a él en un aparte y luego habló con ella durante unos instantes.
Arma  rió  suavemente.  Luego  volvió  a  ponerse  seria  y,  yendo  hacia  donde estaba reclinado Wilson, puso ambas rodillas en el suelo y bajó la cabeza con las dos manos juntas ante su pecho.
–Toca su frente –le indicó Diktor.

Bob así lo hizo. La muchacha se puso en pie y se quedó inmóvil, esperando plácidamente junto a él. Diktor le dijo algo. Ella pareció sorprendida pero salió de la habitación.

–Le he explicado que, pese a su nueva posición, es tu deseo que siga sirviéndonos el desayuno.

Diktor siguió con sus explicaciones mientras continuaba el desfile de platos. El siguiente fue traído por Arma y otra muchacha. Cuando Bob vio a la segunda joven se le escapó un leve silbido. Se dio cuenta de que había actuado con cierta  precipitación  al  dejar  que  Diktor  le  hiciera  regalo  de  Arma.  Acabó decidiendo que o el nivel medio de la belleza había subido de forma increíble, o Diktor se tomaba muchas molestias a la hora de seleccionar sus sirvientas.

–…por esa razón –estaba diciendo Diktor–, es necesario que vuelvas inmediatamente a través de la Puerta Temporal. Tu primer trabajo es traer de vuelta a ese otro tipo. Luego tengo otra cosa preparada para ti y, después de eso, podremos descansar. A partir de entonces iremos a partes iguales. Y hay mucho que repartir. Yo... ¡No me estás escuchando!
–Claro que sí, jefe. He oído cada una de las palabras que has pronunciado. – Se acarició el mentón–.  Oye, ¿podrías prestarme  una navaja de afeitar? Me gustaría arreglarme.

Diktor lanzó unas cuantas maldiciones en dos lenguas distintas.

–¡Mantén  tus ojos apartados  de esas chicas  y escúchame!  Hay trabajo  que hacer.
–Claro, claro. Ya lo he entendido... y soy tu hombre. ¿Cuándo empezamos?

Wilson había tomado su decisión hacía ya algún tiempo..., muy poco después de que Arma entrara con la bandeja de frutas, a  decir  verdad. 
Tenía  la sensación  de haberse metido en un sueño extremadamente  agradable.  Si el cooperar con Diktor servía para que ese sueño continuara, pues adelante. ¡Al diablo con su carrera académica!

De todos modos, cuanto quería Diktor de él era que volviera al sitio del que había salido y que convenciera a otro tipo para que cruzara la Puerta. Lo peor que podía ocurrirle era que se hallara de nuevo en el siglo veinte. ¿Qué podía perder?

Diktor se puso en pie.

–Vamos con ello antes de que te distraigas más –dijo secamente–. Sígueme. Y se puso en marcha andando rápidamente, con Wilson detrás de él.

Diktor le condujo hasta el Salón de la Puerta y se detuvo.

–Todo cuanto debes hacer es cruzar la Puerta –dijo–. Te encontrarás de vuelta en  tu  propia  habitación  y  en  tu  propia  época.  Convence  al  hombre  que encuentres allí para que cruce la Puerta. Le necesitamos. Luego puedes volver.

Bob levantó una mano formando un círculo con el dedo índice y el pulgar.
–Está en el saco, jefe. Considérelo hecho.

Avanzó hacia la Puerta, dispuesto a entrar por ella.

–¡Espera! –le ordenó Diktor–. No estás acostumbrado al viaje temporal. Querría advertirte de que cuando cruces sufrirás una considerable impresión. Ese otro tipo... le reconocerás.
–¿Quién es?
–No te lo diré porque no lo entenderías. Pero ya lo entenderás cuando le veas. Limítate a recordar esto... hay algunas paradojas  muy extrañas relacionadas con el viaje temporal. No permitas que nada de cuanto veas te haga perder el control. Haz lo que te digo y todo irá bien.
–Las paradojas no me preocupan –dijo Bob con voz confiada–. ¿Eso es todo? Estoy preparado.

–Un momento. –Diktor se colocó detrás del estrado y un instante después su cabeza  asomó  a  un  lado  de  éste–.  Ya  he  preparado  los  controles.  Bien, ¡adelante!

Bob Wilson cruzó el espacio conocido como Puerta Temporal.

El paso a través de ella no le proporcionó ningún tipo de sensación particular. Era como  atravesar  una cortina  y entrar  en una habitación  más oscura.  Se detuvo por un instante al otro lado y esperó a que sus ojos se acostumbraran a esa luz más tenue. Se dio cuenta de que, ciertamente, se hallaba en su propia habitación.

En ella había un hombre, sentado ante su escritorio. Diktor había estado en lo cierto. Por lo tanto, éste era el tipo que debía mandar a través de la Puerta. Diktor había dicho que le reconocería. Bueno, veamos quién es.

Sintió un cierto resentimiento al encontrar alguien sentado ante su escritorio en su habitación, pero no tardó en pasársele. Después de todo, no era más que un cuarto   alquilado;   cuando   desapareció   no   cabía   duda   de   que   habrían encontrado un nuevo inquilino. No tenía modo alguno de saber cuánto tiempo llevaba fuera...   ¡caramba,   quizá  hubiera  llegado  a  mitad  de  la  semana siguiente!


El tipo le parecía vagamente familiar aunque sólo podía ver su espalda. 
¿Quién era? ¿Debería hablar con él, hacer que se diera la vuelta? Sentía una vaga reluctancia  a obrar de ese modo basta no saber quién era.



Robbie
                                                                      Isaac  Asimov
 -Noventa  y ocho... noventa y nueve... ¡cien! -Gloria retiró su mórbido antebrazo de delante de los ojos y permaneció un momento parpadeando al sol. Después, tratando de mirar en todas direcciones a la vez, avanzó cautelosamente algunos pasos, apartándose del árbol contra el que se apoyaba.
  Estiró el cuello, estudiando las posibilidades de unos matorrales que había a la derecha y se alejó unos pasos para tener mejor punto de vista
La calma era absoluta, a excepción del zumbido de los insectos y el gorjear de algún p jaro que afrontaba el sol de mediodía.
  --Apostaría a que se ha metido en casa, y le he dicho mil veces que esto no es leal -se quejó.
  Avanzando los labios con un mohín y arrugando el entrecejo, se dirigió decididamente hacia el edificio de dos pisos del otro lado del camino.
  Demasiado tarde oyó un crujido detrás de ella, seguido del claro "clump-clump" de los pies metálicos de Robbie. Se volvió rápidamente para ver a su triunfante compañero salir de su escondrijo y echó a correr hacia el árbol a toda velocidad. Gloria chilló, desalentada.
--¡Espera, Robbie! ¡Esto no es leal, Robbie! ¡Prometiste no salir hasta que te hubiese encontrado! -Sus diminutos pies no podían seguir las gigantescas zancadas de Robbie. Entonces, a tres metros de la meta, el paso de Robbie se redujo a un mero arrastrarse y Gloria, haciendo un esfuerzo final por alcanzarlo, echó a correr jadeante y llegó a tocar la corteza del árbol la primera.
Orgullosa, se volvió hacia el leal Robbie y con la más baja ingratitud, le recompensó su sacrificio mofándose de su incapacidad para correr.
--¡Robbie no puede correr! -gritaba con toda la fuerza de su voz de ocho años-. ¡Lo gano cada día! ¡Lo gano cada día! -cantaban las palabras con un ritmo infantil.
Robbie no contestó, desde luego...con palabras. Echó a correr, esquivando a Gloria cuando la niña estaba a punto de alcanzarlo, obligándola a describir círculos que iban estrechándose, con los brazos extendidos azotando el aire.
--¡Robbie...estáte quieto! -gritaba. Y su risa salía estridente, acompañando las palabras.
  Hasta que Robbie se volvió súbitamente y la agarró, haciéndole dar vueltas en el aire, de manera que durante un momento para ella el universo fue un vacío azulado y los verdes árboles que se elevaban del suelo hacia la bóveda celeste. Y después se encontró de nuevo sobre la hierba, al lado de la pierna de Robbie y agarrada todavía a un duro dedo de metal.
  Al poco rato recobró la respiración. Trató inútilmente de arreglar su alborotado cabello con un gesto de vaga imitación de su madre y miró si su vestido se había desgarrado.
  Golpeó con la mano la espalda de Robbie.
  --¡Mal muchacho! ¡Malo, malo! ¡Te pegaré!
  Y Robbie se inclinaba, cubriéndose el rostro con las manos, de manera que ella tuvo que añadir: --¡No, no, Robbie! ¡No te pegaré!
Pero ahora me toca a mí esconderme, porque tienes las piernas más largas y me prometiste no correr hasta que te encontrase.
  Robbie asintió con la cabeza -pequeño paralelepípedo de bordes y ángulos redondeados, sujeto a otro paralelepípedo más grande, que servía de torso, por medio de un corto cuello flexible- y obedientemente se puso de cara al árbol. Una delgada película de metal bajó sobre sus ojos relucientes y del interior de su cuerpo salió un acompasado tic-tac.
  --Y ahora no mires, ni te saltes ningún número -le advirtió Gloria, mientras corría a esconderse.
  Con invariable regularidad fueron transcurriendo los segundos, y al llegar a cien se levantaron los párpados y los ojos colorados de Robbie inspeccionaron los alrededores. Al instante se fijaron en un trozo de tela de color que salía de detrás de una roca. Avanzó algunos pasos y se convenció de que era Gloria.
Lentamente, manteniéndose entre Gloria y el árbol-meta, avanzó hacia el escondrijo, y, cuando Gloria estuvo plenamente a la vista y no pudo dudar  de haber sido descubierta, tendió un brazo hacia ella, y se golpeó con el otro la pierna, produciendo un ruido metálico. Gloria salió, contrariada.
  --¡Has mirado! -exclamó con neta deslealtad-. Además, estoy cansada de jugar al escondite. Quiero que me lleves a paseo.
  Pero Robbie estaba ofendido de la injusta acusación, y, sentándose cautelosamente, movió la cabeza, contrariado de un lado a otro.
  Gloria cambió de tono, adoptando una gentil zalamería.
  --Vamos, Robbie, no lo he dicho en serio, que mirases. Llévame a paseo.
  Pero Robbie no era tan fácil de conquistar. Miró fijamente al cielo y siguió moviendo negativamente la cabeza, obstinado.
  --¡Por favor, Robbie, llévame a paseo! -Rodeó su cuello con sus rosados brazos y estrechó su presa. Después cambiando repentinamente de humor, se apartó de él-. Si no me das un paseo, voy a llorar. -Y su rostro hizo una mueca, dispuesta a cumplir su amenaza.
  El endurecido Robbie no hizo caso de la terrible posibilidad, y siguió moviendo la cabeza por tercera vez.
Gloria consideró necesario jugar su última carta.
--Si no me llevas -exclamó amenazadora- no te contaré más historias.
¡Ni una más!
Ante este ultimátum, Robbie se rindió sin condiciones y movió afirmativamente la cabeza, haciendo resonar su cuello de metal.
Levantó cuidadosamente a la chiquilla y la sentó en sus anchos hombros.
Las amenazadoras l grimas de Gloria se secaron en el acto y se echó a reír con deleite. La piel metálica de Robbie, mantenida a una temperatura constante gracias a las resistencias interiores, era suave y agradable, y el ruido metálico que ella producía al golpear el cuerpo con sus tacones daba mayor encanto a la situación.
  --Eres un caza del aire, Robbie, eres un gran caza de plata del aire.
Tiende los brazos. ¡Tienes que tenderlos, Robbie, si quieres ser un caza del aire!
  Ante aquella lógica irrefutable los brazos de Robbie se convirtieron en alas, que cogían las corrientes de aire, y fue un caza aéreo.
  Gloria se agarraba a la cabeza del robot, inclinándose hacia la derecha.
Entonces dotó a la nave de un motor que hacía "Brrrr", y de armas que producían sonidos onomatopéyicos de disparos. Daba caza a los piratas y las baterías de la nave entraban en acción.
  --¡Hemos matado a otro! ¡Dos más!... -gritaba-. ¡Más aprisa, hombre! ¡Nos quedamos sin municiones!
  Apuntaba por encima de su hombro con indomable valor, y Robbie era una achatada nave del espacio que zumbaba a través de la bóveda celeste con la máxima aceleración.
  Cruzó corriendo el campo hacia la alta hierba, y se detuvo con una rapidez que arrancó un grito a su sonrojada amazona y la dejó caer suavemente sobre la blanda alfombra verde. Gloria se reía y jadeaba, lanzando intermitentes exclamaciones.
  --¡Oh, qué bueno!...
  Robbie esperó a que recobrase la respiración y entonces le tiró suavemente de un mechón de pelo.
  --¿Quieres algo? -dijo Gloria con una expresión de inocencia en los ojos, que no consiguió engañar ni por un instante a su voluminosa "niñera".
Robbie le tiró del pelo con más fuerza.
  --¡Ah, ya sé!... Quieres una historia.
  Robbie asintió rápidamente.
  --¿Cu l? Robbie describió un semicírculo en el aire con un dedo.
  --¿"Otra vez"? -protestó la chiquilla-. Te he explicado la Cenicienta un millón de veces. ¿No estás cansado de ella? ¡Es para niños! Bien, bien -añadió, viendo a Robbie describir otro semicírculo.
  Gloria reflexionó, evocó en su memoria el recuerdo del cuento (con sus modificaciones propias, que eran varias) y empezó: --¿Estás a punto? Bien, pues había una vez una bella muchacha que se llamaba Ella. Y tenía una cruel madrastra y dos hermanastras muy feas y muy malas y...
  Gloria había llegado al momento crítico del cuento: "Daba medianoche en el reloj y sus andrajos se convertían..."; y Robbie escuchaba atentamente, con los ojos ardientes, cuando vino la interrupción.
  --¡Gloria!
  Era la voz aguda de una mujer que había llamado no una, sino varias veces; y tenía el tono nervioso de aquel a quien la ansiedad convierte en impaciencia.
  --Mamá me llama -dijo Gloria, contrariada-. Será mejor que me lle ves a casa, Robbie.
  Robbie obedeció apresuradamente, porque sabía que más valía cumplir las órdenes de Mrs. Weston sin la menor vacilación. El padre de Gloria estaba raramente en casa durante el día, a excepción de los domingos -hoy, por ejemplo-, y cuando esto ocurría, se mostraba el hombre más afable y comprensivo. La madre de Gloria, en cambio, era una fuente de sinsabores para Robbie, que sentía siempre el deseo de alejarse de su presencia.
Mrs. Weston los vio en el momento en que aparecían por encima de los altos tallos de la vegetación, y volvió a entrar en la casa a esperarlos.
  --Te he llamado hasta quedarme ronca, Gloria -dijo severamente-. ¿Dónde estabas? --Estaba con Robbie -balbució Gloria-. Le estaba contando la Cenicienta y he olvidado que era hora de comer.
  --Pues es una lástima que Robbie lo haya olvidado también. -Y como si de repente recordase la presencia del robot, se volvió rápidamente hacia él-. Puedes marcharte, Robbie. No te necesita ya. Y no vuelvas hasta que te llame -añadió secamente.
  Robbie dio la vuelta para marcharse, pero se detuvo al oír a Gloria salir en su defensa.
  --¡Espera, mamá! Tienes que dejar que se quede: No he acabado de contarle la Cenicienta. Le he prometido contarle la Cenicienta y no he terminado.
  --¡Gloria!
  --De verdad, mamá. Se estará tan quieto que no te dar s siquiera cuenta de que está aquí. Puede sentarse en la silla del rincón, y no dirá ni una palabra...; bueno, no hará nada, quiero decir. ¿Verdad, Robbie? Robbie, así interpelado, movió de arriba abajo su pesada cabeza.
  --Gloria, si no dejas esto inmediatamente, no ver s a Robbie en una semana.
  La chiquilla bajó los ojos.
  --Bueno..., pero la Cenicienta es su cuento favorito y no lo había terminado... ¡Y le gusta tanto!
  El robot salió de la habitación con paso vacilante y Gloria ahogó un sollozo.
  George Weston se encontraba a gusto... Tenía la inveterada costumbre de pasar las tardes de los domingos a gusto. Una buena digestión de la sabrosa comida; una vieja y muelle "chaise longue" para tumbarse; un número del "Times"; las zapatillas en los pies, el torso sin camisa...
¿Cómo podía uno no encontrarse a gusto? No experimentó ningún placer, por lo tanto, cuando vio entrar a su esposa. Después de diez años de matrimonio era todavía lo suficientemente estúpido para seguir enamorado de ella, y tenía siempre mucho gusto en verla; pero las tardes de los domingos eran sagradas y su concepto de la verdadera comodidad era poder pasar tres o cuatro horas solo. Por consiguiente, concentró su atención en las últimas noticias de la expedición Lefebre-Yoshida a Marte (tenía que salir de la Base Luna y podía incluso tener éxito) y fingió no verla.
  Mrs. Weston esperó pacientemente dos minutos, después, impaciente, dos más, y finalmente rompió el silencio.
  --George...
  --¿Ejem? --¡He dicho George! ¿Quieres dejar este periódico y mirarme? El periódico cayó al suelo, crujiendo, y George volvió el rostro contrariado hacia su mujer.
  --¿Qué ocurre, querida? --Ya sabes lo que ocurre. Es Gloria y esta terrible máquina.
  --¿Qué terrible máquina? --No finjas no saber de lo que hablo. El robot, al cual Gloria llama Robbie. No se aparta de ella ni un instante.
  --¿Y por qué quieres que se aparte?
Es su deber... Y en todo caso, no es ninguna terrible máquina. Es el mejor robot que se puede comprar con dinero y estoy seguro de que me hace economizar medio año de renta. Es más inteligente que muchos de mis empleados.
  Hizo ademán de volver a tomar el periódico, pero su mujer fue más r pida que él y se lo arrebató.
  --Vas a escucharme, George. No quiero ver a mi hija confiada a una máquina, por inteligente que sea. No tiene alma y nadie sabe lo que es capaz de pensar. Una chiquilla no está hecha para ser guardada por una "cosa" de metal.
  --¿Y cuándo has tomado esta decisión? -preguntó Mr. Weston frunciendo el ceño-. Ya lleva con Gloria dos años y no he visto que te preocupases hasta ahora.
  --Al principio era diferente. Era una novedad, me quitó un peso de encima y era una cosa elegante. Pero ahora, no sé... los vecinos...
  --¿Y qué tienen que ver los vecinos con esto? Mira, un robot es muchísimo más digno de confianza que una nodriza humana. Robbie fue construido en realidad con un solo propósito: ser el compañero de un chiquillo. Su "mentalidad" entera ha sido creada con este propósito. Tiene forzosamente que querer y ser fiel a esta criatura. Es una máquina, "hecha así". Es más de lo que puede decirse de los humanos.
  --Pero puede ocurrir algo.
Puede... puede -Mrs. Weston tenía unas ideas muy vagas del contenido interior de un robot-, no sé, si algo de dentro se estropease y...
  No podía decidirse a completar su claro y espantoso pensamiento.
  --Tonterías... -negó Weston con un involuntario estremecimiento nervioso-. Es completamente ridículo.
Cuando compré a Robbie tuvimos una larga discusión acerca de la Primera Regla Robótica. Ya sabes que un robot no puede dañar a un ser humano; que mucho antes de que algo pudiese alterar esta Primera Regla, el robot quedaría completamente inutilizado.
Es una imposibilidad matemática.
Además, dos veces al año viene un ingeniero de la U.S. Robots a hacer una revisión completa del mecanismo.
Hay menos probabilidades de que se estropee algo en Robbie, de que uno de nosotros se vuelva repentinamente loco; considerablemente menos. Además, ¿cómo se lo vas a quitar a Gloria? Hizo una nueva e infructuosa tentativa de tomar el periódico y su mujer lo arrojó con rabia a la habitación contigua.
  --Ahí está la cosa, George. No quiere jugar con nadie más. Hay por aquí docenas de niños y niñas con quienes podría trabar amistad, pero no quiere. No quiere ni acercarse a ellos, a menos que yo la obligue. Es imposible que se críe así. Querrás que sea una niña normal, ¿verdad? Querrás que sea capaz de ocupar su sitio en la sociedad... supongo.
  --Estás luchando contra las sombras, Grace. Imagínate que Robbie es un perro. He visto centenares de chiquillos que querían más a su perro que a su padre.
  --Un perro es diferente, George.
Tenemos que librarnos de este terrible instrumento. Puedes volverlo a vender a la compañía. Lo he preguntado y es posible.
  --¿Que lo has... "preguntado"? Mira, Grace, escucha, no nos apartemos de la cuestión. Vamos a conservar el robot hasta que Gloria sea mayor, y no se hable más de este enojoso asunto.
  Y con estas palabras, salió de la habitación dando un bufido.
  Dos días después, Mrs. Weston encontró a su marido en la puerta.
  --Tienes que escuchar una cosa, George. Hay mala voluntad por el pueblo.
  --¿Acerca de qué? -preguntó Mr.
Weston entrando en el cuarto de baño y ahogando la posible respuesta con el ruido del agua.
  Mrs. Weston esperó a que cesara.
Después dijo: --Acerca de Robbie.
  Weston avanzó un paso con la toalla en la mano, el rostro colorado y colérico.
  --¿Qué diablos estás diciendo? --La cosa se ha ido formando y formando... He tratado de cerrar los ojos y no verlo, pero no puedo más.
Todo el pueblo considera a Robbie peligroso. No dejan acercarse aquí a los chiquillos.
  --Nosotros le confiamos "nuestra" hija.
  --La gente no razona, ante estas cosas.
  --¡Pues que se vayan al diablo!
  --Decir esto no resuelve el problema. Yo tengo que comprar allí. Tengo que ver a los vecinos cada día. Y estos días es peor cuando se habla de robots. Nueva York acaba de dictar la orden prohibiendo que los robots salgan a la calle entre la puesta y la salida del sol.
  --Muy bien, pero no pueden impedirnos tener un robot en nuestra casa, Grace. Esto es una de tus campañas.
La conozco. Pero la respuesta es la misma. ¡No! Seguiremos teniendo a Robbie.
Y no obstante, quería a su mujer; y, lo que era peor aún, su mujer lo sabía. George Weston, al fin y al cabo, no era más que un hombre, ¡el pobre!, y su mujer echaba mano de todos los artilugios que el sexo más torpe y escrupuloso ha aprendido, con razón e inútilmente, a temer.
  Diez veces durante la semana que siguió, tuvo ocasión de gritar: "¡Robbie se queda... y se acabó!", y cada vez lo decía con menos fuerza y acompañado de un gruñido más plañidero.
  Llegó finalmente el día en que Weston se acercó tímidamente a su hija y le propuso una sesión de visivoz en el pueblo.
  --¿Puede venir Robbie? --No, querida -dijo él estremeciéndose al sonido de su voz-, no admiten robots en el visivoz, pero podrás contárselo todo cuando volvamos a casa.
-Dijo las últimas palabras balbuceando y miró a lo lejos.
  Gloria regresó del pueblo hirviendo de entusiasmo, porque el visivoz era realmente un espectáculo magnífico.
Esperó a que su padre metiese el coche a reacción en el garaje subterráneo y dijo: --Espera que se lo cuente a Robbie, papá. Le hubiera gustado mucho.
Especialmente cuando Francis Fran retrocedía tan sigilosamente y tropezó con uno de los Hombres-Leopardo y tuvo que huir. -Se rió de nuevo-.
Pap , ¿hay verdaderamente hombres-leopardo en la Luna? --Probablemente, no -dijo Weston distraído-. Es sólo fantasía.
  No podía entretenerse ya mucho con el coche. Tenía que afrontar la situación. Gloria echó a correr por el césped.
  --¡Robbie! ¡Robbie!
  De repente se detuvo al ver un magnífico perro de pastor que la miraba con ojos dulces, moviendo la cola.
  --¡Oh, que perro más bonito! -dijo Gloria subiendo los escalones del porche y acariciándolo cautelosamente-. ¿Es para mí, papá? --Sí, es para ti, Gloria -dijo su madre, que acababa de aparecer junto a ellos-. Es muy bonito, y muy bueno…
Le gustan las niñas.
  --¿Y sabe jugar? --¡Claro! Sabe hacer la mar de trucos. ¿Quieres ver algunos? --En seguida. Quiero que lo vea Robbie también. ¡"Robbie"!... -Se detuvo, vacilante, y frunció el ceño-
Apostaría a que se ha encerrado en su cuarto, enojado conmigo porque no le he llevado al visivoz. Tendrás que explicárselo, papá . A mí quizá no me creería, pero si se lo dices tú sabrá que es verdad.
  Weston se mordió los labios. Miró a su mujer, pero ella apartaba la vista.
  Gloria dio rápidamente la vuelta y bajó los escalones del sótano al tiempo que gritaba: --¡Robbie..., ven a ver lo que me han traído papá y mamá! ¡Me han comprado un perro, Robbie!
  Al cabo de un instante, había regresado asustada.
  --Mamá, Robbie no está en su habitación. ¿Dónde está? -No hubo respuesta; George Weston tosió y se sintió repentinamente interesado por una nube que iba avanzando perezosamente por el cielo. La voz de Gloria estaba preñada de l grimas-. ¿Dónde está Robbie, mamá? Mrs. Weston se sentó y atrajo suavemente a su hija hacia ella.
  --No te importe, Gloria. Robbie se ha marchado, me parece.
  --¿Marchado?... ¿Adónde? ¿Adónde se ha marchado, mamá? --Nadie lo sabe, hijita. Se ha marchado. Lo hemos buscado y buscado por todas partes, pero no lo encontramos.
  --¿Quieres decir que no va a volver nunca más? -sus ojos se redondeaban por el horror.
  --Quizá lo encontraremos pronto.
Seguiremos buscándolo. Y entretanto puedes jugar con el perrito. ¡Míralo!
Se llama "Relámpago" y sabe...
  Pero Gloria tenía los párpados bañados en l grimas.
  --¡No quiero el perro feo! ¡Quiero a Robbie! ¡Quiero que me encuentres a Robbie!
  Su desconsuelo era demasiado hondo para expresarlo con palabras, y prorrumpió en un ruidoso llanto.
  Mrs. Weston pidió auxilio a su marido con la mirada, pero él seguía balanceando rítmicamente los pies y no apartaba su ardiente mirada del cielo, de manera que tuvo que inclinarse para consolar a su hija.
  --¿Por qué lloras, Gloria? Robbie no era más que una máquina, una máquina fea... No tenía vida.
  --¡No era una máquina! -gritó Gloria con fuego-. Era una persona como tú y como yo y además era mi amigo.
¡Quiero que vuelva! ¡Oh, mamá, quiero que vuelva...!
  La madre gimió, sintiéndose vencida, y dejó a Gloria con su dolor.
  --Déjala que llore a su gusto -le dijo a su marido-; el dolor de los chiquillos no es nunca duradero.
Dentro de unos días habrá olvidado que aquel espantoso robot haya existido.
  Pero el tiempo demostró que Mrs.
Weston había sido demasiado optimista. Desde luego, Gloria dejó de llorar, pero dejó de sonreír y cada día se mostraba más triste y silenciosa.
Gradualmente, su actitud de pasiva infelicidad fue minando a Mrs. Weston y lo único que la retenía de ceder, era su incapacidad de confesar la derrota a su marido.
  Hasta que una noche, entró en el "living", se sentó y se cruzó de brazos, desalentada. Su marido estiró el cuello para verla por encima del periódico.
  --¿Qué te pasa, Grace? --Es esta chiquilla, George. He tenido que devolver el perro hoy.
  Gloria me dijo que no podía soportar verlo. Hará que tenga un ataque de nervios.
  Weston dejó el periódico a un lado y un destello de esperanza apareció en sus ojos.
  --Quizá..., quizá tendríamos que volver a pedir a Robbie. Es posible, sabes... Puedo hablar con...
  --¡No! -respondió ella secamente-.
No quiero oír hablar de él. No vamos a ceder tan fácilmente. Mi hija no tiene que ser criada por un robot, aunque necesite años para quitárselo de la cabeza.
  Weston volvió a tomar el periódico con aire decepcionado.
  --Un año así y tendré el cabello prematuramente gris.
  --No eres de gran ayuda, George -fue la glacial contestación-. Lo que Gloria necesita es un cambio de ambiente. Aquí no puede olvidar a Robbie, desde luego. ¿Cómo puede olvidarlo si cada árbol y cada roca se lo recuerda? Es realmente la situación más tonta de que he oído hablar. ¡Imagínate una criatura desfalleciendo por la pérdida de un robot!
  --Bien, vamos al grano. ¿Cuál es el cambio de ambiente que planeas? --Vamos a llevarla a Nueva York.
  --¡En agosto! Oye, ¿sabes lo que representa Nueva York en agosto? ¡Es insoportable!
  --Hay millones que lo soportan.
  --No tienen un sitio como éste donde estar. Si no tuviesen que quedarse en Nueva York, no se quedarían.
  --Pues nosotros tendremos que quedarnos también. Vamos a salir en seguida, en cuanto hayamos hecho los preparativos. En Nueva York, Gloria encontrará suficientes distracciones y suficientes amigos para hacerle olvidar esta máquina.
  --¡Oh, Dios mío!... -gruñó el infeliz marido-. ¡Aquellos pavimentos abrasadores!
  --Tenemos que ir -fue la implacable respuesta-. Gloria ha perdido dos kilos este mes y la salud de mi hijita es más importante para mí que tu comodidad.
  --Es una lástima que no hayas pen sado en la salud de tu hijita antes de privarla de su querido robot -murmuró él..., para sí mismo.
Gloria dio inmediatamente síntomas de mejoría en cuanto oyó hablar del inminente viaje a la ciudad. Hablaba poco de él, pero cuando lo hacía era siempre con vivo entusiasmo. Comenzó de nuevo a sonreír y a comer con su precedente apetito.
  Mrs. Weston no cabía en sí de júbilo y no perdía ocasión de demostrar su triunfo sobre su todavía escéptico marido.
  --¿Lo ves, George? Ayuda a hacer el equipaje como un angelito y charla como si no hubiese tenido un disgusto en su vida. Es lo que te dije, lo que necesitaba era fijar su interés en otra cosa.
  --¡Ejem!... -respondió el marido, escéptico-. Esperemos que así sea.
  Los preliminares se hicieron rápidamente. Se tomaron las disposiciones para el alojamiento en la ciudad y un matrimonio quedó encargado del cuidado de la casa de campo. Cuando finalmente llegó el día de la marcha, Gloria había vuelto a ser la misma de antes y ni la menor alusión de Robbie pasó por sus labios.
  Con el mejor humor, la familia tomó un taxigiro hasta el aeropuerto (Weston hubiera preferido ir en su autogiro, pero era sólo un dos plazas y no había sitio para el equipaje) y entraron en el avión que esperaba para salir.
  --Ven, Gloria, te he reservado un sitio al lado de la ventana para que veas el paisaje.
  Gloria ocupó el sitio indicado, aplastó su naricilla contra el grueso vidrio y miró con un interés que aumentó al comenzar a rugir los motores
Era demasiado pequeña para asustarse cuando la tierra empezó a alejarse a sus pies y sintió aumentar el doble de su peso. Sólo cuando la tierra hubo cambiado de aspecto y se convirtió en una vasta manta de cuadros de colores, apartó la nariz del vidrio y se volvió hacia su madre.
  --¿Llegaremos pronto a la ciudad, mamá? -preguntó rascándose la nariz helada y observando cómo se desvanecía la mancha opaca que su aliento había dejado en la ventana.
  --Dentro de media hora, hija mía.
¿No estás contenta de que vayamos? -añadió con sólo un leve tono de ansiedad en la voz-. ¿No vas a ser muy feliz en la ciudad, con los edificios y la gente y tantas cosas que ver? Iremos al visivoz cada día, y al teatro, y al circo y a la playa, y...
  --Sí, mamá -fue la respuesta sin entusiasmo de la chiquilla. La nave pasaba en aquel momento sobre un mar de nubes y Gloria quedó en el acto absorbida en la contemplación de aquella masa que tenía a sus pies. Después volvieron a encontrarse en medio de un cielo azul y se volvió hacia su madre con un súbito aire misterioso de secreto.
  --Ya sé por qué vamos a la ciudad, mamá.
  --¿Sí, hija mía? -dijo Mrs. Weston intrigada-. ¿Y por qué? --No me lo has dicho porque querías darme una sorpresa, pero lo sé.
-Quedó un momento sumida en la admiración de su aguda perspicacia y
después se echó a reír alegremente-.
Vamos a Nueva York porque allí podremos encontrar a Robbie, ¿no es verdad? Con detectives.
  La suposición pilló a George Weston en el momento de beber un vaso de agua, con desastrosos resultados.
Hubo una especie de ronquido, un géiser de agua y una tos de alguien que se ahoga. Cuando todo hubo terminado, ofreció el aspecto de una persona profundamente contrariada, tenía el rostro colorado y estaba mojado de pies a cabeza.
  Mrs. Weston mantuvo su compostura, pero cuando Gloria hubo repetido su pregunta con el ansia redoblada en la voz, su mal humor triunfó.

  --Quizá -repitió secamente-. Y ahora siéntate y estáte quieta, por el amor de Dios.