viernes, marzo 25, 2016

El cataclismo de Damocles
                              
Gabriel García Márquez 
 “No sé cómo será la III Guerra Mundial, pero sí la IV… con piedras y palos”.
 A. Einstein
Los pocos seres humanos que sobrevivan al primer espanto, y que hubieran tenido la oportunidad de un refugio seguro después del aciago día de la catástrofe magna, sólo habrán salvado la vida para morir después por el horror de sus recuerdos. La Creación habrá terminado. En el caos final donde las noches son eternas y el único vestigio de lo que fue la vida serán las cucarachas.
Un minuto después de la última explosión, más de la mitad de los seres humanos habrá muerto, el polvo y el humo de los continentes en llamas derrotarán a la luz solar, y las tinieblas absolutas volverán a reinar en el mundo. Un invierno de lluvias anaranjadas y huracanes helados invertirá el tiempo de los océanos y volteará el curso de los ríos, cuyos peces habrán muerto de sed en las aguas ardientes, y cuyos pájaros no encontrarán el cielo. 

Las nieves perpetuas cubrirán el desierto del Sahara, la vasta Amazonía desaparecerá de la faz del planeta destruido por el granizo, y la era del rock y de los corazones transplantados estará de regreso a su infancia glacial. Esto no es un mal plagio del delirio de Juan en su destierro de Patmos, sino la visión anticipada de un desastre cósmico que puede suceder en este mismo instante: la explosión -dirigida o accidental- de sólo una parte mínima del arsenal nuclear que duerme con un ojo y vela con el otro en las santabárbaras de las grandes potencias.
En 1986, existían en el mundo más de 50.000 ojivas nucleares emplazadas. En términos caseros, esto quiere decir que cada ser humano, sin excluir a los niños, está sentado en un barril con unas cuatro toneladas de dinamita, cuya explosión total puede eliminar 12 veces todo rastro de vida en la Tierra. La potencia de aniquilación de esta amenaza colosal, que pende sobre nuestras cabezas como un cataclismo de Damocles, plantea la posibilidad teórica de inutilizar cuatro planetas más que los que giran alrededor del Sol, y de influir en el equilibrio del Sistema Solar. Ninguna ciencia, ningún arte, ninguna industria se ha doblado a sí misma tantas veces como la industria nuclear desde su origen, ni ninguna otra creación del ingenio humano ha tenido nunca tanto poder de determinación sobre el destino del mundo.
El único consuelo de estas simplificaciones terroríficas -si de algo nos sirven-, es comprobar que la preservación de la vida humana en la Tierra sigue siendo todavía más barata que la peste nuclear. Pues con el sólo hecho de existir, el tremendo Apocalipsis cautivo en los silos de muerte de los países más ricos está malbaratando las posibilidades de una vida mejor para todos.
En la asistencia infantil, por ejemplo, la UNICEF calculó en 1981 un programa para resolver los problemas esenciales de los 500 millones de niños más pobres del mundo, incluidas sus madres. Comprendía la asistencia sanitaria de base, la educación elemental, la mejora de las condiciones higiénicas, del abastecimiento de agua potable y de la alimentación. Todo esto parecía un sueño imposible de 100.000 millones de dólares. Sin embargo, ese es apenas el costo de 100 bombarderos estratégicos B-1B, y de menos de 7.000 cohetes Crucero, en cuya producción ha de invertir el gobierno de los Estados Unidos 21.200 millones de dólares.
En la salud, por ejemplo: con el costo de 10 portaviones nucleares Nimitz, de los 15 que  fabricó EU antes del año 2000, podría realizarse un programa preventivo que protegiera en esos mismos 14 años a más de 1.000 millones de personas contra el paludismo, y evitara la muerte -sólo en África- de más de 14 millones de niños. En la alimentación, por ejemplo: según cálculos de la FAO, unos 565 millones de personas con hambre. Su promedio calórico indispensable habría costado menos de 149 cohetes MX, de los 223 que serán emplazados en Europa Occidental. Con 27 de ellos podría comprarse los equipos agrícolas necesarios para que los países pobres adquieran la suficiencia alimentaría en los próximos cuatro años. Ese programa, además, no alcanzaría a costar ni la novena parte del presupuesto militar soviético de 1982.
En la educación, por ejemplo: con sólo dos submarinos atómicos tridente, de los 25 que planea fabricar el gobierno de los Estados Unidos, o con una cantidad similar de los submarinos Typhoon (construidos en la antigua Unión Soviética), podría intentarse por fin la fantasía de la alfabetización mundial. Por otra parte, la construcción de las escuelas y la calificación de los maestros que harán falta al Tercer Mundo para atender las demandas adicionales de la educación en los 10 años por venir, podrían pagarse con el costo de 245 cohetes Tridente II, y aún quedarían sobrando 419 cohetes para el mismo incremento de la educación en los 15 años siguientes.
Puede decirse, por último, que la cancelación de la deuda externa de todo el Tercer Mundo, y su recuperación económica durante 10 años, costaría poco más de la sexta parte de los gastos militares del mundo en ese mismo tiempo. Con todo, frente a este despilfarro económico descomunal, es todavía más inquietante y doloroso el despilfarro humano: la industria de la guerra mantiene en cautiverio al más grande contingente de sabios jamás reunido para empresa alguna en la historia de la humanidad. Gente nuestra, cuyo sitio natural no es allá sino aquí, en esta mesa, y cuya liberación es indispensable para que nos ayuden a crear, en el ámbito de la educación y la justicia, lo único que puede salvarnos de la barbarie: una cultura de la paz.
A pesar de estas certidumbres dramáticas, la carrera de las armas no se concede un instante de tregua. Ahora, mientras almorzamos, se construyó una nueva ojiva nuclear. Mañana, cuando despertemos, habrá nueve más en los guadarneses de muerte del hemisferio de los ricos. Con lo que costará una sola alcanzaría -aunque sólo fuera por un domingo de otoño- para perfumar de sándalo las cataratas del Niágara.
Un gran novelista de nuestro tiempo se preguntó alguna vez si la Tierra no será el infierno de otros planetas. Tal vez sea mucho menos: una aldea sin memoria, dejada de la mano de sus dioses en el último suburbio de la gran patria universal. Pero la sospecha creciente de que es el único sitio del Sistema Solar donde se ha dado la prodigiosa aventura de la vida, nos arrastra sin piedad a una conclusión descorazonadora: la carrera de las armas va en sentido contrario de la inteligencia.
Y no sólo de la inteligencia humana, sino de la inteligencia misma de la naturaleza, cuya finalidad escapa inclusive a la clarividencia de la poesía. Desde la aparición de la vida visible en la Tierra debieron transcurrir 380 millones de años para que una mariposa aprendiera a volar, otros 180 millones de años para fabricar una rosa sin otro compromiso que el de ser hermosa, y cuatro eras geológicas para que los seres humanos a diferencia del bisabuelo pitecántropo, fueran capaces de cantar mejor que los pájaros y de morirse de amor. No es nada honroso para el talento humano, en la edad de oro de la ciencia, haber concebido el modo de que un proceso milenario tan dispendioso y colosal, pueda regresar a la nada de donde vino por el arte simple de oprimir un botón. Para tratar de impedir que eso ocurra estamos aquí, sumando nuestras voces a las innumerables que claman por un mundo sin armas y una paz con justicia. Pero aún si ocurre -y más aún si ocurre-, no será del todo inútil que estemos aquí.
Dentro de millones de millones de milenios después de la explosión, una salamandra triunfal que habrá vuelto a recorrer la escala completa de las especies, será quizás coronada como la mujer más hermosa de la nueva creación.
De nosotros depende, hombres y mujeres de ciencia, de las artes y las letras, de la inteligencia y la paz, de todos nosotros depende que los invitados a esa coronación quimérica no vayan a su fiesta con nuestros mismos terrores de hoy. Con toda modestia, pero también con toda la determinación del espíritu, propongo que hagamos ahora y aquí el compromiso de concebir y fabricar un arca de la memoria, capaz de sobrevivir al diluvio atómico.
Una botella de náufragos siderales arrojada a los océanos del tiempo para que la nueva humanidad de entonces sepa por nosotros lo que no han de contarle las cucarachas: que aquí existió la vida que en ella prevaleció el sufrimiento y predominó la injusticia pero que también conocimos el amor y hasta fuimos capaces de imaginarnos la felicidad. Y que sepa y haga saber para todos los tiempos quiénes fueron los culpables de nuestro desastre y cuán sordos se hicieron a nuestros clamores de paz para que esta fuera la mejor de las vidas posibles y con qué inventos tan bárbaros y por qué intereses tan mezquinos la borraron del Universo.                      
                                               
“El cataclismo de Damocles”: Conferencia ofrecida por el Nobel de Literatura Gabriel García Márquez sobre Hiroshima, en Ixtapa, México, 1986.

 Luego de la lectura responder  con argumentos:            
1.     ¿De qué trata el escrito?
2.     ¿Qué le llamó la atención del texto?     
3.     ¿Cuál es la tesis o idea central planteada por el autor?                          
4.     ¿Cuál es la importancia del escrito de García Márquez?
5.     ¿De qué manera se manifestaría usted en contra de la guerra?             
6.     Consulte el significado de los Términos seleccionados en el texto.
7.     Consulte que ocurrió en A) Nagasaki   B) Hiroshima   C) Chernobyl
8.     ¿Cuáles consecuencias traería una hecatombe nuclear en la Tierra?
9.     Seleccione y copie los Términos Específicos 1 que encuentre en el texto.
   10.   Consulte los programas nucleares que llevan a cabo Irán y Corea del Norte.         
   11.   ¿Quiénes se benefician con los contratos de fabricación y venta de armas?
   12.   Explique: la carrera de las armas va en sentido contrario de la inteligencia.
   13.   ¿Cómo justificar los altísimos costos y presupuestos dirigidos a las armas y
          a la guerra, qué sólo significan: pobreza, dependencia y destrucción?

1. Los Términos Específicos son aquellos que le dan una connotación, un sentido y una especificidad directa al texto o escrito; de acuerdo a la intencionalidad del autor. Su importancia radica en que su significado es  esencial en el texto.



Los hijos de las ranas


                                                                       
Héctor  Darío Gómez Ahumada

La teoría muisca dice que somos descendientes de las ranas

Los bogotanos provenimos de la rana, así como el resto de los mortales descienden del mono. Eso  creían nuestros ancestros muiscas, cuya lírica genealógica, atribuía el origen de la especie humana a las lagunas de donde ellos veían emerger las ranas que se escabullían saltando entre los juncos. La ciencia vino a confirmar después su observación intuitiva y alucinada: la vida se gestó en el agua.

Me dirijo hacia el humedal1 de La Conejera, ubicado en la localidad de Suba, en busca de la humedad ancestral. El paisaje que encontró don Gonzalo Jiménez de Quesada a su llegada a Bogotá estaba cundido de lagunas. Fray Pedro Simón, decano de los cronistas de Indias, consignó en sus memorias que el general Quesada entró a la sabana por el pueblo muisca de Suba un “domingo de Cuasimodo” del año del señor de 1538, donde fue recibido por los naturales con hospitalidad inusitada. Si nos atenemos al santoral católico, eso vendría a ser el segundo domingo de Pascua, es decir, finalizando el mes de marzo.

El fundador de la capital permaneció allí con sus huestes durante ocho días, tiempo suficiente para catequizar al cacique del lugar, quien, abrazó la fe del Dios trinitario de los invasores, ganando así el dudoso mérito de ser el primer converso del Nuevo Reino de Granada.

Vale mencionar que a su salida de Suba, don Gonzalo tuvo que salvar, entre otras, la laguna de Tibabuyes y la quebrada de Juan Amarillo, crecidas por las lluvias del invierno que se inicia en “la menguante de marzo”, de modo que el agua se convirtió en el último reducto de la resistencia de nuestros aborígenes al invasor. Por cuenta de la sustancia vital, los españoles se demoraron varias semanas en llegar hasta el centro fundacional de Bogotá, distancia de quince kilómetros.

Inicio mi romería hacia el humedal de La Conejera, en busca del origen. Siguiendo las instrucciones de un amigo baquiano. Una vez coronado el cerro de Suba, nos perdemos hacia el occidente,  seguimos al norte, luego al occidente y vuelta al norte… Hace falta una brújula.

- ¡Ya  llegamos al humedal! -         

El pueblo de Suba se extiende hacia el poniente por las laderas de los cerros, como una cobija cuadriculada puesta a secar al sol. Suba fue un resguardo indígena. Según afirma el historiador Roberto Velandia, el pueblo fue erigido como municipio de Cundinamarca en 1875, y sólo tuvo tal condición en 1954, cuando fue anexado al Distrito Especial de Bogotá; eso, hasta 1977, año en que fue designado Alcaldía Menor. Desde 1991 es conocido como la localidad número once de la capital. Pero este pueblo, cuyo nombre proviene, a juicio de los investigadores del lenguaje chibcha -los muiscas pertenecen a la gran familia lingüística chibcha-, de los vocablos “Sua” (sol) y “Sia” (agua), siempre ha tenido vocación acuática. No en vano brotó en sus ejidos el lago de Tibabuyes, donde nuestros ancestros realizaban abluciones sagradas con ofrendas doradas a la diosa del agua, Sia (o Sie). En la actualidad se lo conoce como el humedal de Juan Amarillo. Los niños que hoy habitan las orillas de la laguna (y que soportan su olor ofensivo), nunca se imaginarían que alguna vez hubo allí un espejo de agua cristalino y mágico.

Paraísos perdidos en las guías turísticas.

El humedal queda cerca del sitio donde me dejó el colectivo, cruzando la vía peatonal. Nadie espera encontrarse un bosque que nace de manera abrupta. Además del humedal de La Conejera, la ciudad aloja doce humedales más.
Son en total trece ecosistemas intermedios entre el ambiente acuático y el terrestre, donde aun se crían diferentes especies de plantas, pequeños mamíferos, aves, reptiles y anfibios; donde todavía circulan los sueños sin restricción de placa. Estos humedales han sobrevivido al crecimiento desordenado de la ciudad, y subsisten con precariedad gracias al esfuerzo, en muchos casos heroico, de la sociedad civil organizada que, como es el caso de la Fundación Humedal La Conejera, recuperó en beneficio de la vida silvestre cerca de 65 hectáreas, incluidas 35 del cuerpo de agua.

Los humedales de Bogotá, como otros tesoros ocultos de la ciudad, no aparecen en las guías turísticas, se encuentran en otra dimensión, lejos de las tiendas de marca, del esnob y del esmog.

Regresemos, entonces, al periplo por La Conejera en busca de los lazos atávicos que nos unen al agua, y que compartimos en común y pro indiviso con las ranas bogotanas. “Hyla labialis es el nombre científico de la rana sabanera”, me dice el guía del humedal, perteneciente a la fundación que lo administra. Es de color verde y relativamente grande -de 4 a 7 centímetros de longitud- Pero ya no se dejan ver, “estos animalitos son vulnerables a los más sutiles cambios climáticos”, sentencia el guía. Aún así no pierdo la esperanza de encontrar una rana en el humedal. Continúo el recorrido por la orilla del cuerpo de agua y me siento en un tronco a contemplar el paisaje.

-“¿Habéis adorado en las lagunas?” Tal es la pregunta del catecismo para la confesión de indios chibchas que, según refiere el padre Fray Pedro Simón, hacían los curas doctrineros a los aborígenes que se bañaban en las lagunas del altiplano, para obligarlos al arrepentimiento por sus ofrendas impías a la diosa Sia.

Nuestra relación con el agua está signada por el utilitarismo brutal. Los muiscas que adoraban a esta diosa, matriz de la vida, no podrían comprender nuestros actos hostiles en su contra: ante sus ojos seríamos pecadores, habríamos cometido las faltas imperdonables de envilecer, contaminar, embotellar, comprar y vender la sustancia vital.

En la mitad del lago cundido de vegetación flotante, se oye un ruido como de piedra que cae al agua rasgando el velo vegetal: es una tingua (garza) de pico verde que arremete contra los buchones.

Después de dos horas de peregrinación por La Conejera, “parece que los cría la naturaleza para castigo y tormento de los hombres” -al decir de Fray Pedro Simón-, inicio el regreso.

Basta contemplar con capacidad de asombro la quietud del humedal para entender que, al igual que los muiscas, somos gente de agua. Que el agua es la fuente de la vida, y como tal, debemos defenderla. Quizá sólo así podamos recuperar algo del paraíso extraviado.

http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/memorias-del-agua/los-hijos-de-las-ranas


Análisis y Comprensión Lectora

. Destaque lo que usted cree más importante de esta narración.
2°. Literatura- historia y naturaleza
3°. Proponga alguna explicación sobre la intención del autor al escribir este texto.



1. Un humedal es una zona de tierras, generalmente planas, allí la superficie se inunda permanente o intermitentemente, y al cubrirse regularmente de agua, el suelo se satura, quedando desprovisto de oxígeno y dando lugar a un ecosistema híbrido entre los puramente acuáticos y los terrestres. La categoría biológica de humedal comprende zonas geológicas diversas: ciénagasmarismas, pantanos, turberas, así como las zonas de costa marítima que presentan anegación periódica por el régimen de mareas (manglares).



El rey Midas 


Cuando Midas aún era un niño, una adivina le había predicho que conseguiría poseer una gran riqueza. Con ello en mente a lo largo de toda su madurez, consiguió convertirse en un rico y poderoso rey, pero nunca se conformaba con la riqueza y poder que ostentaba, si no que siempre deseaba más, queriendo poseer y disfrutar de todo aquello que fuera posible.

Un día Sileno, un amigo del dios Dionisio, fuertemente afectado por los efectos del vino, terminó quedándose dormido en el impresionante jardín de rosas propiedad del rey Midas. Cuando a la mañana siguiente los jardineros lo descubrieron, fue inmediatamente enviado ante la presencia del rey, quien lo reconoció y trató con hospitalidad.

Durante diez días y diez noches, Sileno le entretuvo con una incesante serie de relatos y diversiones, al cabo de los cuales como huésped del rey Midas, Sileno regresó sano y salvo junto a Dionisio, el cual estaba preocupado por la larga ausencia de su amigo.

Ante la alegría por el regreso de su amigo, Dionisio, en recompensa, le ofreció a Midas el cumplimiento de cualquier deseo que quisiera por cuidar de Sileno durante esos días.  

La codicia de Midas le poseyó entonces por completo, confesando a Dionisio su deseo: “Que todo lo que toque se convierta en oro”. Dionisio se lo concedió, pero le entristeció que la elección no hubiese sido mejor. Simplemente con esa petición, el deseo se convirtió instantáneamente en realidad. Midas hizo el camino de regreso regocijándose con su recién adquirido poder, el cual se apresuró en comprobar; tocó una rama partida en el suelo, y esta se convirtió en oro; cogió una piedra con su mano y esta se convirtió en oro, tomó una manzana del árbol, y esta se convirtió en oro.

Pero la felicidad del rey no duró mucho tiempo. En cuanto llegó el momento de celebrar con un manjar el deseo concedido por Dionisio, tomó pan, y este se transformó en forma de oro en su boca, intentó entonces beber un poco de vino, pero éste fluía por su garganta como oro derretido. Todo aquello que tocaba con sus manos o se llevaba a la boca se convertía en oro.

Consternado y desesperado ante esta desgracia sin precedentes, odió el don que antes codiciara, esto le llevó a pedir al dios Dionisio que lo liberase  de su poder, que se había transformado en maldición. Éste no tardó en compadecerse de él, y le contestó: “Ve a la montaña en busca del río Pactoló, sigue su corriente hasta su nacimiento y sumerge en el agua tu cabeza y cuerpo. Lava allí tu falta y tu castigo”. Midas inmediatamente obedeció la orden divina, y salió en busca del río. En el momento que lo encontró en lo alto de la montaña, se sumergió bajo sus aguas, y la maldición lo abandonó instantáneamente.

   Análisis y Comprensión Lectora

“La Espada de Damocles - El rey Midas”

1. ¿Cuál de estos dos relatos le gustó más y porqué?
2. ¿Qué enseñanzas reflejan cada uno de estos relatos?
3. ¿Cuál deseo pediría ser concedido si tuviese esa posibilidad?
4. ¿Por qué antes de criticar las actuaciones ajenas no pensamos en las nuestras?
5. Envidia, avaricia, gula, pereza, ira, soberbia y lujuria son considerados pecados capitales.

Sinceramente: ¿Algunas actitudes que asume usted lo llevan a cometer algunos de ellos?  


                                                                                                                      

La Espada de Damocles


Damocles era un cortesano en el palacio de Dionisio II, el rey que gobernaba Siracusa en el siglo IV a.C. Como muchos otros miembros de la corte, Damocles halagaba constante-mente al rey, con la esperanza de que éste le diera una posición de más poder en la corte.

Un día Damocles hablaba con el rey, y le dijo lo que envidiaba su posición: Como hombre de poder y autoridad, rodeado de magnificencia, eres un hombre verdaderamente afortunado.

Al escuchar estas palabras, Dionisio no dudó en ofrecerle un trato: “Damocles, dado que esta vida te deslumbra, ¿querrías saborearla por ti mismo durante un día para así juzgar la realidad de tus palabras?”

Sin dudarlo un instante, Damocles aceptó el trato.

Al día siguiente, Damocles desde primera hora ocupó la posición del rey, mientras Dionisio y el resto de cortesanos lo atendían como si de cualquier otro día se tratase. Llegando el día a su fin, mientras estaba tomando la cena, Damocles alzó la vista para observar la pesada espada desnuda que tenía sobre la cabeza, cuando se percató de que pendía de una crin de caballo. En ese momento Damocles sufrió un ataque de pánico, ante el cual, Dionisio reaccionó calmándolo.

Damocles preguntó a Dionisio por la razón por la cual una espada tan pesada colgaba de algo tan frágil. El rey le explicó que la espada sobre su cabeza representaba lo que realmente es el poder. Desde la distancia, el poder es una cosa deseada por muchos por ser una situación de privilegio, en la que al estar por encima de los demás te sientes único. Pero cuando uno se acerca a esa situación de poder, puede observar sin problemas el peligro que ostenta esa posición.



Diálogo Slavoj  Zizek - Peter Sloterdijk:     

La quiebra de la civilización occidental


Nicolás Truong 

Desde la crisis económica y el rol de las religiones hasta el caso Strauss-Kahn, dos filósofos de la actualidad analizan presente y
futuro de Occidente.  “Hemos acumulado  tantas  deudas  que la promesa de reembolso en la cual se funda la seriedad de nuestra construcción del mundo ya no puede sostenerse”.

Occidente vive una crisis del porvenir: las nuevas generaciones ya no creen que vivirán mejor que las anteriores. Una crisis de sentido, de orientación y de significación. Occidente sabe más o menos de dónde viene pero le da trabajo saber adónde va. Ciertamente, como decía el poeta francés René Char, “nuestra herencia no es precedida por ningún testamento” y a cada generación le corresponde dibujar su horizonte. Nuestros tormentos, sin embargo, no son infundados. El sentido de lo común se fragmentó. Con el “cada uno en lo suyo”, el sentimiento de pertenencia a un proyecto que trascienda las individualidades se evaporó. El derrumbe del colectivismo -tanto nacionalista como comunista- y del progresismo económico dio lugar al imperio del “yo”. El sentido del “nosotros” se dispersó.
La idea de partición, de bien común y de comunidad parece volar en pedazos. Sin embargo, son muchos todavía los que no desean confiar la idea de comunidad a los comunitarismos que acosan a un planeta desgarrado. Entre ellos se cuentan Sloterdijk y Zizek, filósofos europeos, que aceptaron debatir públicamente por primera vez sobre estos temas.
Todo los separa en apariencia. El primero es un seguidor de la filosofía individualista de Nietzsche; el otro, un marxista allegado a los movimientos  alternativos. El primero es más bien liberal, el segundo, calificado como radical. Gracias a la fuerza metafórica puesta al servicio de sus audacias teóricas, Sloterdijk (se pronuncia Sloterdeik) se dedica a captar la época sobre todo gracias a una morfología general del espacio humano, su famosa trilogía de las “esferas”, que se presenta como un análisis de las condiciones por las cuales el hombre puede volver habitable su mundo.
Aliando a Marx con y la trilogía de ciencia ficción Matrix, haciendo malabarismos entre Hegel y Hitchcock, el pensador esloveno Zizek (se pronuncia Yiyek) es una figura notoria de la “filosofía pop”, tan severo con el capitalismo global como con cierta franja de la izquierda radical, que articula sin cesar las referencias de la cultura elitista (ópera) y popular (cine) a las grandes deflagraciones planetarias.
Este encuentro inédito está relacionado con la publicación concomitante de dos trabajos destinados a pensar la crisis que atravesamos. Con Vivre la fin des temps (Flammarion), Zizek analiza las diferentes formas de aprehender la crisis del capitalismo. Para él, los cuatro jinetes del Apocalipsis (desastre ecológico, revolución bioenergética, mercantilización desmesurada y tensiones sociales) están, diezmándolo: la negación (la idea de que la miseria o los cataclismos “no pueden pasarme a mí”), el regateo (“que me dejen el tiempo de ver a mis hijos recibidos”), la depresión (“voy a morir, para qué preocuparme por algo”) y la aceptación (“no puedo hacer nada, mejor que me prepare”). Y propone alternativas e iniciativas colectivas para recobrar el sentido de un comunismo despojado de su gregariedad aliado a un cristianismo liberado de su creencia en la divinidad.
Con Tu dois changer ta vie (Libella/Maren Sell), Sloterdijk esboza otras soluciones, más individuales y espirituales. Inspirado por el poema de Rainer Maria Rilke consagrado a un torso antiguo del Louvre, trata de inventar en los ejercicios espirituales de los religiosos un nuevo cuidado de sí mismo, una nueva relación con el mundo. Desde el quebranto del crédito hasta el caso que derivó en la renuncia del director gerente del FMI, Dominique Strauss-Kahn, un diálogo inédito para cambiar de rumbo. Colectivas o individuales, políticas o espirituales, las ideas-fuerza de dos pensadores iconoclastas para evitar los callejones sin salida de la globalización.
Por primera vez desde 1945, la idea de porvenir está en crisis en Europa.
Y a Occidente le cuesta  creer en el  progreso, como lo  muestran estas
nuevas  generaciones que  ya  no  imaginan que vivirán  mejor que  sus
mayores. Desafección política, crisis económica o crispación identitaria: ¿podemos hablar, para ustedes, de una crisis de civilización?

Peter Sloterdijk: ¿Qué queremos decir cuando empleamos el término “civilización occidental”, en la cual vivimos desde el siglo XVII? En mi opinión, hablamos de una forma de mundo creada en base a la idea de una salida de la era del apego al pasado. La primacía del pasado se rompió: la humanidad occidental inventó una forma de vida inaudita fundada en la anticipación del porvenir. Esto significa que vivimos en un mundo que se “futuriza” cada vez más. Creo, por ende, que el sentido profundo de nuestro “ser en el mundo” reside en el futurismo, que es el rasgo fundamental de nuestra forma de existir.
La primacía del porvenir data de la época en que Occidente inventó este nuevo arte de hacer promesas, a partir del Renacimiento, cuando el crédito ingresó en las vidas de los europeos. Durante la Antigüedad y la Edad Media el crédito no desempeñaba prácticamente ningún papel porque estaba en manos de los usureros, condenados por la Iglesia. El crédito moderno, en cambio, abre un porvenir. Por primera vez, las promesas de reembolsos pueden ser cumplidas o mantenidas. La crisis de civilización radica en lo siguiente: entramos en una época en la cual la capacidad del crédito de inaugurar un porvenir sostenible está cada vez más bloqueada porque hoy se toman créditos para reembolsar otros créditos. En otras palabras, el “creditismo” ingresó en una crisis final. Hemos acumulado tantas deudas que la promesa del reembolso en la cual se funda la seriedad de nuestra construcción del mundo ya no puede sostenerse. Pregúntenle a un estadounidense cómo imagina el pago de las deudas acumuladas por el gobierno federal. Su respuesta seguramente será: “Nadie lo sabe” y creo que ese no saber es el núcleo duro de nuestra crisis. Nadie en esta Tierra sabe cómo pagar la deuda colectiva. El porvenir de nuestra civilización choca contra un muro de deudas.
Zlavoj Zizek: adhiero totalmente a esa idea de una crisis del “futurismo” y de la lógica de crédito. Pero tomemos la crisis económica llamada de las subprimes de 2008. Todo el mundo sabe que es imposible pagar créditos hipotecarios, pero cada uno se comporta como si fuera capaz de hacerlo. Yo a eso lo llamo en mi jerga psicoanalítica, una denegación fetichista: “Sé perfectamente que es imposible, pero de todos modos voy a tratar...” Sabemos muy bien que no podemos hacerlo, pero actuamos en la práctica como si pudiéramos hacerlo. Sin embargo, emplearía el término “futuro” para designar lo que Sloterdijk llama el “creditismo”.
El término “porvenir”, por otra parte, me parece más abierto. La fórmula no future es pesimista pero la palabra “porvenir” es más optimista. Y aquí no estoy tratando de dar un nuevo impulso al comunismo de Marx que está emparentado, efectivamente con un creditismo desmesurado. Para caracterizar
nuestra situación, económica y política, ideológica y espiritual, no puedo dejar de recordar una historia probablemente apócrifa. Se trata de un intercambio de telegramas entre los estados mayores alemán y austríaco durante la Gran Guerra. Los alemanes habían enviado un telegrama a los austríacos diciéndoles: “Aquí, la situación en el frente es seria pero no catastrófica” y los austríacos respondieron: “Aquí, la situación es catastrófica pero no seria”. Y eso es lo catastrófico: no podemos pagar las deudas pero, en cierta forma, no lo tomamos en serio. Además de ese muro de deudas, la época actual se acerca a una suerte de “grado cero”. En primer lugar, la enorme crisis ecológica nos impone no continuar en esta vía político-económica. Segundo, el capitalismo, como sucede en China, ya no está naturalmente asociado a la democracia parlamentaria.

Tercero, la revolución biogenética nos impone inventar otra biopolítica. En cuanto a las divisiones sociales mundiales, crean las condiciones de explotaciones y alzamientos populares sin precedente. La idea de lo colectivo también se ve afectada por la crisis.
¿Cómo volver a dar sentido a lo “común” en la hora del individualismo desenfrenado?
S.Z.: Aunque debemos rechazar el comunitarismo ingenuo, la homogeneización de las culturas, igual que ese multiculturalismo en que se ha convertido la ideología del nuevo espíritu del capitalismo, debemos hacer dialogar las civilizaciones y los individuos singulares. A nivel de los particulares, hace falta una nueva lógica de la discreción, de la distancia, de la ignorancia incluso. En la medida en que la promiscuidad se ha vuelto total, es una necesidad vital, un punto crucial.
A nivel colectivo, es necesario, efectivamente inventar otra forma de articular lo común. Ahora bien, el multiculturalismo es una falsa respuesta al problema, por un lado porque es una suerte de racismo denegado, que respeta la identidad del otro pero lo encierra en su particularismo. Es una suerte de neocolonialismo que, a la inversa del colonialismo clásico, “respeta” las comunidades, pero desde el punto de vista de su postura de universalidad.
Por otra parte, la tolerancia multicultural es una engañifa que despolitiza el debate público, remitiendo las cuestiones sociales a las cuestiones raciales, las cuestiones económicas a las consideraciones étnicas. Hay también mucho angelismo en esta postura de la izquierda posmoderna. Es así como el budismo puede servir para legitimar un militarismo extremo: en los años 1930-1940, el establecimiento del budismo zen no sólo apoyó la dominación del imperialismo japonés sino que incluso lo legitimó. Utilizo deliberadamente el término “comunismo”, pues mis problemas en realidad son los bienes “comunes” como la biogenética y la ecología.
P.S.: Es necesario encontrar la verdadera problemática de nuestra era. El recuerdo del comunismo y de esa gran experiencia trágica de la política del siglo XX nos recuerda que no hay una solución ideológica dogmática y automática. El problema del siglo XXI es la coexistencia en el seno de una “humanidad” convertida en una realidad, físicamente.
Ya no se trata del “universalismo” abstracto de la Ilustración, sino de la universalidad real de un colectivo monstruoso que comienza a ser una comunidad de circulación real con probabilidades de encuentros permanentes y probabilidades ampliadas de colisiones.
Nos hemos convertido como partículas en un gas, bajo presión. La cuestión es de aquí en más el vínculo social dentro de una sociedad demasiado grande; y creo que la herencia de las presuntas religiones es importante, porque son las primeras tentativas de síntesis meta-nacionales y meta-étnicas.
La sangha budista era una nave espacial donde todos los desertores de todas las etnias podían refugiarse. Del mismo modo, podríamos describir la cristiandad, suerte de síntesis social que trasciende la dinámica de las etnias cerradas y las divisiones de las sociedades de clases. El diálogo de las religiones en nuestra época no es otro que el reformateo del problema del “comunismo”.
La reunión que tuvo lugar en Chicago en 1900, el congreso de las religiones mundiales, fue una forma de plantear la cuestión de nuestra actualidad a través de esos fragmentos, esos representantes de cualquier procedencia, los miembros de la familia humana que se habían perdido de vista después del éxodo africano... En la era de la concentración, hay que plantear y reformatear todo lo que se pensó hasta ahora sobre el vínculo de coexistencia de una humanidad desbordante. Por eso empleo el término “co-inmunismo”. Todas las asociaciones sociales de la historia son, efectivamente, estructuras de co-inmunidad. La elección de este concepto recuerda la herencia comunista. En mi análisis, el comunismo se remonta a Rousseau y a su idea de “religión del hombre”. Es un concepto inmanente, es un comunitarismo a escala global. Es imposible escapar a la nueva situación mundial. En mi libro, la diosa o entidad divina que aparece en las últimas páginas, es la crisis: es la única instancia que posee suficiente autoridad como para impulsarnos a cambiar nuestra vida. Nuestro punto de partida es una evidencia aplastante: no podemos continuar así.
S.Z.: Mi idea no consiste tanto en buscar un “co-inmunismo” como en revitalizar la idea de un verdadero comunismo. Pero, tranquilícense, se trata más del de Kafka que el de Stalin, más el de Erik Satie que el de Lenin.
Efectivamente, en su último relato Joséphine la cantante o el pueblo de las ratas, traza la utopía de una sociedad igualitaria, un mundo con artistas, como esta cantante Joséphine, cuyo canto reúne, subyuga y deja pasmadas a las multitudes, y que es celebrada sin por ello obtener ventajas materiales.
Una sociedad de reconocimiento que mantiene lo ritual, revitaliza las fiestas de la comunidad, pero sin jerarquía ni gregariedad. Idem para Erik Satie. Sin embargo, todo parece alejar de la política al famoso autor de las Gymnopédies . El mismo declaraba componer una “música de amueblamiento”, una música ambiental o de fondo. Y no obstante fue miembro del Partido Comunista. De todos modos, lejos de escribir cantos de propaganda, él daba a escuchar una suerte de intimidad colectiva, justo lo opuesto a la música de ascensor. Y es esa mi idea del comunismo.
Para salir de la crisis, usted, Sloterdijk, opta por la reactivación de los ejercicios espirituales individuales, en tanto que usted, Zizek, insiste en las movilizaciones políticas colectivas y en la reactivación de la fuerza emancipadora del cristianismo. ¿Por qué tales divergencias?
P.S.: Yo propongo introducir el pragmatismo en el estudio de las presuntas religiones: esa dimensión pragmática obliga a mirar más de cerca qué hacen los religiosos, a conocer las prácticas interiores y exteriores, que se pueden describir como ejercicios que forman una estructura de personalidad. Lo que yo llamo el sujeto principal de la filosofía y la psicología es el portador de las series de ejercicios que componen la personalidad. Y algunas de las series de ejercicios que constituyen la personalidad pueden describirse como religiosas.
¿Pero qué significa esto? Se hacen ejercicios mentales para comunicarse con un partenaire invisible, son cosas absolutamente concretas que es posible describir, no hay nada de misterioso en eso. Creo que hasta nueva orden, el término “sistema de ejercicios” es mil veces más operativo que el término “religión” que remite a la santurronería estatal de los romanos. No debemos olvidar que la utilización de los términos “religión” “piedad” o “fidelidad” estaba reservada en tiempos de los romanos a los epítetos que llevaban las legiones romanas estacionadas en el valle del Rin y en todas partes. El privilegio más elevado de una legión era portar los epítetospia fedelis, porque eso expresaba una lealtad particular al emperador en Roma.
Creo que los europeos simplemente olvidaron lo que quiere decir religio. La palabra significa literalmente “diligencia”. Cicerón dio la etimología correcta: leer, legere, religere, es decir, estudiar atentamente el protocolo para organizar la comunicación con los seres superiores. Es, por ende, una suerte de diligencia o en mi terminología, un código de entrenamiento. Por esa razón creo que “la vuelta de lo religioso” sólo sería eficaz si pudiera llevar a prácticas de ejercicios intensificados. Por el contrario, nuestros “nuevos religiosos” no son, la mayoría de las veces, más que soñadores perezosos. Pero en el siglo XX, el deporte se impuso en la civilización occidental. No volvió la religión, reapareció el deporte, después de haber sido olvidado durante casi 1500 años. No fue el fideísmo sino el atletismo el que ocupó el primer plano. Pierre de Coubertin quiso crear una religión del músculo en los primeros años del siglo XX. Fracasó como fundador de una religión, pero triunfó como creador de un nuevo sistema de ejercicios.
S.Z.Considerar la religión como un conjunto de prácticas corporales ya existía en las vanguardias rusas. El realizador soviético Serguei Eisenstein (1898-1948) escribió un texto muy bello sobre el jesuita Ignacio de Loyola (1491-1556) como alguien que sistematizó algunos ejercicios espirituales. Mi tesis sobre la vuelta al cristianismo es muy paradójica: creo que solamente a través del cristianismo uno puede sentirse verdaderamente ateo.
Si consideramos los grandes ateísmos del siglo XX, se trata en realidad de una lógica totalmente distinta, la de un “creditismo” teológico. El físico danés Niels Bohr (1885-1962) uno de los fundadores de la física cuántica, recibió la visita de un amigo en sudacha. Este sin embargo se resistía a pasar la puerta de su casa por una herradura que estaba clavada –una superstición para impedir que entraran malos espíritus. Y el amigo le dijo a Bohr: “Eres un científico de primer nivel, ¿cómo puedes creer en esas supersticiones populares?” “¡No las creo!” respondió Bohr. “¿Pero entonces por qué dejas esa herradura?”, insistió el amigo. Y Bohr tuvo esta respuesta excelente: “Alguien me dijo que da resultado aunque uno no crea”. Sería una imagen bastante buena de nuestra ideología actual. Creo que la muerte de Cristo en la cruz significa la muerte de Dios y que ya no es más el Gran Otro que mueve los hilos.
La única forma de ser creyente, después de la muerte de Cristo, es participar en vínculos colectivos igualitarios. El cristianismo puede ser entendido como una religión de acompañamiento del orden de lo existente o una religión que dice “no” y ayuda a resistir. Creo que el cristianismo y el marxismo deben combatir juntos la marejada de nuevas espiritualidades así como la gregariedad capitalista. Yo defiendo una religión sin Dios, un comunismo sin amo.

El  momento histórico  que  atravesamos parece estar  signado por
la ira. Una indignación que culmina en la consigna “¡Fuera!” de las revoluciones árabes o las protestas democráticas españolas. Ahora
bien,  según  Zizek,  usted Sloterdijk  es  demasiado severo  con los movimientos sociales que a su criterio  provienen del resentimiento.

P.S.: Hay que distinguir la ira del resentimiento. Hay toda una gama de emociones que pertenecen al régimen del thymos, o sea, al régimen del orgullo. Existe una suerte de orgullo primordial, irreductible, que está en lo más profundo de nuestro ser. En esa gama del thymos se expresa la jovialidad, contemplación benévola de todo lo que existe. Aquí, el campo psíquico no conoce trastorno. Si bajamos en la escala de los valores, es el orgullo de sí mismo.
Bajamos un poco más y es la vejación de ese orgullo lo que provoca la ira. Si la ira no puede expresarse, está condenada a esperar para expresarse más tarde y en otra parte, eso lleva al resentimiento, y así hasta el odio destructivo que quiere aniquilar el objeto del cual salió la humillación. No olvidemos que la buena ira, según Aristóteles, es el sentimiento que acompaña al deseo de justicia. Una justicia que no conoce la ira es una veleidad impotente. Las corrientes socialistas del siglo XIX y XX crearon puntos de recolección de la ira colectiva, algo justo e importante. Pero demasiados individuos y demasiadas organizaciones de la izquierda tradicional se deslizaron hacia el resentimiento. De ahí la urgencia de pensar e imaginar una nueva izquierda más allá del resentimiento.
S.Z.: Lo que satisface a la conciencia en el resentimiento es más perjudicar al otro y destruir el obstáculo que beneficiarme yo mismo. Nosotros los eslovenos somos así por naturaleza. Conocerán la leyenda en la que a un campesino se le aparece un ángel y le pregunta: “¿Quieres que te dé una vaca? ¡Pero cuidado, también le daré dos vacas a tu vecino!” Y el campesino esloveno dice: “¡Por supuesto que no!” Pero para mí, el resentimiento, no es nunca la actitud de los pobres. Más bien la actitud del pobre amo, como Nietzsche lo analizó tan bien. Es la moral de los “esclavos”.
Sólo que se equivocó un poco desde el punto de vista social: no es el verdadero esclavo, es el esclavo que, como el Fígaro de Beaumarchais, quiere reemplazar al amo. En el capitalismo, creo que hay una combinación muy específica entre el aspecto timótico y el aspecto erótico. Es decir, que el erotismo capitalista es mediatizado en relación a un mal timotismo, que engendra el resentimiento. Estoy de acuerdo con Sloterdijk: en el fondo, lo más complicado es cómo pensar el acto de dar, más allá del intercambio, más allá del resentimiento. No creo realmente en la eficacia de esos ejercicios espirituales que propone Sloterdijk. Soy demasiado pesimista para eso.
A esas prácticas auto-disciplinarias, como en los deportistas, quiero agregar la heterotopía social. Por eso escribí el capítulo final de Vivre la fin des temps, donde vislumbro un espacio utópico comunista, refiriéndome a las obras que dan a ver y oír lo que podríamos llamar una intimidad colectiva. Me inspiro también en esas películas de ciencia ficción utópicas, donde hay héroes errantes y tipos neuróticos rechazados que forman verdaderas colectividades. Los recorridos individuales también pueden guiarnos. Suele olvidarse que Victor Kravtchenko (1905-1966), el dignatario soviético que denunció muy temprano los horrores del estalinismo en J’ai choisi la liberté y que fue ignominiosamente atacado por los intelectuales pro-soviéticos, escribió una continuación, J’ai choisi la justice, mientras luchaba en Bolivia y organizaba un sistema de producción agraria más equitativo. Hay que alentar a los Kravtchenko que emergen en todas partes, desde América del Sur hasta las orillas del Mediterráneo.
P.S.Considero que usted es víctima de la evolución psico-política de los países del Este. En Rusia, por ejemplo, cada uno carga sobre sus hombros con un siglo entero de catástrofe política y personal. Los pueblos del Este expresan esa tragedia del comunismo y no salen de ella. Todo eso forma una especie de vínculo de desesperación autógena. Yo soy pesimista por naturaleza, pero la vida refutó mi pesimismo original. Soy, por así decirlo, un aprendiz de optimista. Y en eso pienso que estamos bastante cerca uno del otro porque en cierto sentido recorrimos biografías paralelas desde puntos de partida radicalmente diferentes, leyendo los mismos libros.

El caso Dominique Strauss-Kahn: ¿es un simple caso de
moralidad o un síntoma de un malestar más importante?

P.S.: Se trata de un caso planetario que supera el hecho policial. Strauss-Kahn tal vez sea inocente. Pero esa historia revela que el poder exorbitante que ostenta un individuo puede crear una suerte de religión de los poderosos que yo calificaría de panteísmo sexual. Creíamos haber terminado con los reyes sol. Curiosamente, el siglo XXI multiplica por diez mil a esos hombres de poder que piensan que todos los objetos de su deseo pueden ser penetrados por su irradiación.
                                                                                                            S.Z.: El único aspecto interesante del caso DSK es el rumor que circuló de que sus amigos se habrían acercado a la familia de la supuesta víctima en Guinea para ofrecerle una suma exorbitante de dinero si Nafissatou Diallo retiraba su denuncia. Si eso es verdad, ¡qué dilema! ¿Qué elegir, la dignidad o el dinero que puede salvar la vida de una familia, dándole la posibilidad de vivir en la prosperidad? Eso es lo que resumiría la verdadera perversión moral de nuestro tiempo.
(c) Le Monde, 2011. Traducción de Cristina Sardoy.

http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/politica-economia/La_quiebra_de_la_civilizacion_occidental_0_539346069.html