viernes, marzo 25, 2016

Uno se muere cuando lo olvidan





Por María Teresa Ronderos



Cuatro madres perdieron a sus hijos sin saber bien quién se los llevó. María Teresa Ronderos les siguió la pista desde 2005, cuando publicó por primera vez su historia en la revista argentina Surcos y aún los buscaban. Ahora, cuatro años más tarde, cuenta cómo se han ido enterando del paradero de sus desaparecidos.

La familia de María Elena Toro tenía una ladrillera en Frontino, ella relata cómo ha sido la búsqueda de sus familiares desaparecidos y asesinados por paramilitares para apoderarse del negocio familiar.

“¡Los queremos vivos, libres y en paz!,” gritan María Elena Toro y las demás madres mientras caminan en círculos frente a la Iglesia de la Candelaria en el bullicioso centro de Medellín, la segunda ciudad de Colombia con más de dos millones de habitantes. Como todos los miércoles al mediodía, protestan por sus hijos desaparecidos, de los miles y miles que hay en Colombia, donde la sucesión de guerras civiles ha tornado a la gente temerosa y a las víctimas invisibles.

“¡Basta ya de secuestros y desapariciones! ¡Ven, haz algo, di algo, para que no te toque a ti!”, repiten las madres a coro. Con sus camisetas blancas y sus consignas sentimentales, ellas se han hecho oír: “¡Nos duele la maldad de los malos, pero más nos duele la indiferencia de los buenos!”.

Las primeras madres que salieron a marchar, hacia fines de 1998, fueron las de soldados y policías secuestrados por las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FARC). Luego se les unieron algunas madres de desaparecidos secuestrados por los paramilitares. Al principio, salían de noche vestidas de negro y caminaban alrededor de un gran edificio del centro de Medellín. Al poco tiempo les sonó la idea de seguir el ejemplo de las Madres de Plaza de Mayo, y escogieron el atrio de la Iglesia de la Candelaria, una joya arquitectónica -había sido originalmente la catedral de la ciudad-, para hacer sus marchas. Entonces salieron a pedir para que les devolvieran a sus secuestrados y a sus desaparecidos, al igual que las madres argentinas, a mediodía, todos los miércoles. Así, el 17 de marzo de 1999, nacieron las Madres de la Candelaria.

Son madres de víctimas de todos los actores armados colombianos. De las guerrillas de las FARC y del Ejército de Liberación Nacional. De los paramilitares, agrupados desde 1997 como Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), y de la Fuerza Pública. Para ellas no hay diferencias.

María Elena Toro descubrió a las Madres de la Candelaria casi desde un principio. No ha fallado un solo miércoles en estos ocho años. Ni tampoco su papá, Francisco Antonio Toro, hoy con 88 años, una hija, un yerno y dos nietos desaparecidos.

-Me voy a Frontino a ver si el alcalde nos presta la plata para pagar las deudas de la ladrillera -le dijo María Elena Toro a su hijo el 21 de febrero de 1997.

La pequeña planta de fabricación de ladrillos era el negocio de su familia. Había que salvarla como fuera.

-Me avisa cuando llegue, mamá -respondió cariñoso Franklyn, su hijo menor de 22 años. Fue la última vez que se vieron. Franklyn acababa de terminar el tercer año de ingeniería civil.

Ese día, María Elena no intuyó nada raro. Sentía sólo el mismo miedo que se le había quedado puesto desde que empezaron a suceder las tragedias. Subió al bus. Le esperaban cuatro horas de carretera desde Medellín hacia el occidente para llegar a Frontino, aquel pueblo rudo de mineros de oro, y luego otra media hora hasta la ladrillera. Cuando llegó allá, ya les habían cortado la luz, pues debían 600 mil pesos. Sin electricidad, el secado de los ladrillos se demoraba. El negocio peligraba.

Al otro día, Franklyn partió al rescate en moto, con su amigo Guillermo y la plata para la cuenta de luz en el bolsillo. A las cuatro de la tarde, cuando pusieron pie en Frontino, telefonearon a una tía para avisarle que iban para la ladrillera. Nunca llegaron.

Mientras María Elena estuvo en la ladrillera, nadie le contó de la desaparición de su hijo. Los hermanos de Franklyn temían la reacción de su madre. “Creyeron que yo le metía candela a todo”, dice ella hoy. Cuando regresó a Medellín, veinte días después, ya no pudieron ocultárselo más. Su hijo Francisco, amoroso, le ofreció “un tintico” y, apenas ella se sentó a tomarse el café, su hermana le soltó la noticia. Al recordarlo, a María Elena se le quiebra la voz, a pesar de las muchas veces que lo ha contado. “Me fui donde el sacerdote que siempre nos consoló”, me dice. “Me quedé unos días en Medellín, porque me rogaron que no fuera por allá. Ya iban cinco desaparecidos y nadie quería otro”.

Una de mis conversaciones con María Elena fue en el departamento de sus papás, en el centro de Bello. Amplio, lleno de luz, con una gran terraza. Su padre, Francisco, subió con nosotras los cuatro pisos de escaleras sin detenerse, a pesar de que está medio ciego. La mamá, María Mercedes, de 83 años, altiva, silenciosa, nos esperaba. Su marido la miró con ternura y, con palabras de trovador, dijo: “Esta niña ha soportado esas pesadillas. Debería haberse muerto, pero aquí está, haciendo el caldito”.

Alguien se ha ensañado con la familia Toro. Mercedes, una hermana menor de María Elena, emprendedora y con gran olfato para los negocios, había iniciado con su hija Claudia la construcción de este edificio donde ahora habitan los viejos. También echó a andar el negocio de la ladrillera, cerca de Frontino. Viajaba constantemente allá, a pesar de los peligros en la carretera. Quiso desarrollar una producción artesanal de cerámica, aprovechando las vetas blanquísimas de arcilla de los cerros de la finca que habían comprado.

Quiso ver terminado su edificio, blanco también. Quiso y no pudo. Desapareció con su marido cuando iba camino a Medellín, el 26 de agosto de 1996, seis meses antes de la desaparición de Franklyn. Los secuestradores le pidieron rescate a su hija Claudia. Cuando fue a pagarlo, el 4 de septiembre, se la llevaron también a ella, con todo y el dinero.

Después de la desaparición de Mercedes, la familia Toro decidió seguir adelante con la ladrillera.
-Dijimos ¡adelante! y seguimos con el negocio -dice Francisco.
-¿Quiénes se llevaron a Mercedes y a los otros? -le pregunto.

-Eran las autodefensas del pueblo, políticos, capataces. Tiraron al aire todo ese esfuerzo… -responde. Y María Elena complementa:

-Después de que desapareció mi hijo Franklyn, yo le pregunté a mi hermano Luis quién mandaba a los paras en el pueblo. Él me dijo que un tal Conrado, al que apodaban “el Tuerto”.

-¿Y nunca pudo ubicar al Tuerto para preguntarle por su hijo o su hermana? -le dije a María Elena.

-Una vez, en la carnicería, vi a un hombre corpulento con mala cara. Yo me quité las gafas y me le quedé viendo -dice María Elena mientras imita cómo hizo-. Cuando salía, me miró a los ojos y se turbó. Bajó la cabeza y salió deprisa. El carnicero me dijo que ése era el Tuerto. Yo ya lo sabía.

Otro domingo en que María Elena fue al pueblo, vio pasar a los paras, que siempre salían en un Toyota pintado de negro a brochazos. Detrás iba una camioneta con seis o siete muchachos. Uno iba agarrado de la varilla trasera de la camioneta, de espaldas.

-Yo vi a mi Franklyn. Tenía su físico -exclama con los ojos aguados-. Salí corriendo detrás del carro andando. Paró en una bodega de materiales. El muchacho se dio vuelta. No era Franklyn. Yo sentí que me dolía todo.

Desesperada, la madre entró a la bodega, miró de reojo al Tuerto y, de nuevo, éste le evitó la mirada.

-¿Le cuento el milagro del Cura? -interrumpe don Francisco, como queriendo romper la tensión. Se refería a un hermano de Maria Elena, Luis, al que le decían “el Cura” porque de niño le gustaba jugar disfrazado de sacerdote.
-Déle, papá -dice María Elena, con voz paciente.

-Voy a tratar de ser corto y preciso. Un atardecer, entre las cinco y las seis, llegó un carro destartalado a la ladrillera. Traía unos hombres, unos particulares que venían de civil, pero también tengo que decir, porque así ocurrió, que venían unos soldados y policías. Nos llamaron al Cura y a mí, que estábamos fuera del campamento. Al Cura lo encerraron en la pieza con el capataz de esos hombres. Yo me quedé en mi silla. En mi devocionario católico me encontré el Salmo 141 y me puse a rezar. Tenía miedo. Mientras eso sucedía, sonó el teléfono. El capataz contestó: “¡A la orden!” Al otro lado le preguntan: “¿El Cura está?” El hombre cambió de expresión y le preguntó a mi hijo: “Oiga, ¿usted es cura?” “Sí”, contestó Luis, mirándolo a los ojos, “yo soy el Cura.” Entonces el hombre salió y habló con los otros. Cambiaron de actitud. Pensaron que el Cura era sacerdote. El capataz llamó por celular y dijo: “No está el hombre que nos ordenaron buscar”. Se obró el milagro del Salmo 141. Quedamos fresquitos. Ya había un Dios presente.

No ocurrieron tantos milagros en Frontino. Campesinos, comerciantes, indígenas, líderes sindicales de la Frontino Gold Company, fueron acribillados por esos meses, quizás los peores del municipio en su historia reciente. Así quedó consignado en “Noche y Niebla”, un completo banco de datos de víctimas elaborado por un centro de investigaciones de los jesuitas.

Precisamente en 1997, el año en que María Elena se mudó a la ladrillera, confluyeron en esa zona varios frentes de guerra. Las FARC defendían su territorio de una ofensiva paramilitar que empezó a disputarles el control. “Disputar el control”, en el conflicto colombiano, quiere decir aterrorizar a la gente, forzarla a huir de sus tierras, a dejar sus comercios. Quienes no cedan a la presión aparecen muertos o, directamente, no aparecen. Justificaron los paramilitares esta macabra estrategia alegando que así rompían los tejidos de la guerrilla con los pobladores, pero, por debajo de la cuerda, se apropiaron convenientemente de tierras y negocios ajenos.

Además, por esa región de Frontino vinieron a parar, ese 1997, algunos hombres que habían sido miembros de otra guerrilla, el Ejército Popular de Liberación, ya desmovilizada. Uno de ellos fue Conrado Pérez, quien se volvió jefe paramilitar al mando de Frontino. Ése es el Tuerto al que María Elena encaró, pero no se atrevió a preguntarle por sus desaparecidos.

Tratando de salvar su negocio, María Elena fue a hablar con el alcalde de Frontino, de apellido Oquendo, para que le prestara los 600 mil pesos -unos 550 dólares de la época- para la empresa de electricidad. Éste se negó y le dijo que, más bien, por qué no vendían sus tierras. Ella se enojó y salió dando un portazo.

El 17 de septiembre unos tipos fueron a la ladrillera en una camioneta y gritaron que los Toro tenían 24 horas para salir. María Elena y el Cura empacaron a la carrera y abandonaron Frontino para siempre. Al poco tiempo, le vendieron la ladrillera al alcalde por lo que éste les quiso dar.

Pasaron casi diez años, hasta que María Elena Toro pudo volver a mirar a los ojos a otro paramilitar, y tener la fuerza para preguntarle qué había hecho con sus desaparecidos.

Nadie sabe exactamente cuántos desaparecidos hay en Colombia. La organización que agrupa a sus familiares, Asfaddes, habla de 7.800 víctimas de este delito, aunque en realidad su dimensión puede ser aún más cruel. Un estudio de la Fiscalía Nacional encontró que entre 1995 y 2006 desaparecieron 2.595 personas sólo en Antioquia, el departamento más poblado del país y uno de los más golpeados por la violencia. Según el secretario de gobierno de Antioquia, Jorge Mejía, hoy se ignora el paradero de 3.540 personas en su departamento. La mayoría de los antioqueños no desapareció en el campo, ni en los municipios remotos. En la propia Medellín, que en los noventa fue cruento escenario de batallas entre narcotraficantes, paramilitares, milicianos de las guerrillas y delincuencia común, se han registrado oficialmente 1.436 desaparecidos. Y hubo muchos más que nadie denunció.

Irene Valencia, otra madre de La Candelaria, fue una de las que no se atrevieron a hablarle a la policía del secuestro de su hijo. Le advirtieron que era peligroso. No es que ella fuera de temperamento temeroso. Al contrario, la vida la había hecho recia. Abandonó la escuela en quinto de primaria para vender bananos en la plaza de mercado. A los 16 años tuvo su primer hijo, Carlos Mario, a los 19 su segundo, Oswar Alexis, y a los 24 tuvo a Sandra Milena.

Por allá en los ochenta, Moravia, el miserable barrio de Medellín donde vivía, se incendió. El narcotraficante Pablo Escobar construyó un barrio de unas 400 casas para los damnificados. En 1984, Irene se mudó a una de esas casas con su familia. Allí crió a los hijos. Carlos se metió a soldado profesional, y Oswar, que trabajaba en una empresa, se casó jovencito y tenía sus chicos.

A fines de 1999, Irene recibió el primer golpe. Su hijo Carlos vino a visitarla. Caminaba vestido de civil, a una cuadra de la casa, cuando lo mataron. Según le dijeron después, lo asesinaron milicianos porque era del Ejército. Irene no sabe de qué grupo. Otros del barrio sospechan que eran del ELN.

El 28 de marzo de 2000, su hijo Oswar, que tenía 22 años, salió a jugar fútbol con amigos del barrio. Con Alberto Guisado, de 33 años, también padre de dos hijos y empleado de una empresa de aseo, hijo de Aura. Y con Álvaro de Jesús Gómez, de 32, vendedor ambulante soltero, que sostenía a su madre María Lilia. Eran amigos desde niños, pues se habían criado en el Escobar. No regresaron.

Ya de noche, Irene salió a buscar a Oswar. Le contaron que un señor en una camioneta blanca había venido y se había llevado a los diez jóvenes que jugaban fútbol. Uno de ellos, César, volvió después al barrio. Contó que se escapó y que ese Samuel que conducía la camioneta les dijo que los llevaría a hacer un trabajo corto de dos meses con los paramilitares, y que los llevaron hacia Caucasia, por el río Cauca, y luego hacia la selva. Irene trató de hablar con César personalmente, pero no alcanzó. Lo mataron antes.

El taxi en el que íbamos el fotógrafo Luis Benavides y yo trepó uno de los cerros por donde ascienden, como en pesebre, los barrios de Medellín. Se detuvo en una plazoleta de asfalto, a la entrada del barrio Pablo Escobar. Detrás, la panorámica del imponente Valle de Aburrá con las espigadas torres del centro de la ciudad, en medio de las montañas tapizadas de casas de ladrillo. Allí nos esperaban Irene, María Lilia y Aura. Nos guiaron por un sendero de piedra que conducía hasta la modesta casa de Irene. En su pequeño y pulcro comedor, nos sentamos a conversar.

Lilia Alzate, de 69 años, una mujer alta que debió ser bella de joven, parece envejecida prematuramente. Aura, de 65, más parca, acuna un nieto en su regazo. Ella e Irene, que hoy tiene 49 años, han criado a los nietos, hijos de sus desaparecidos. Al lado nuestro juega Mario Andrés, de siete años, el hijo menor de Oswar.

-Era un bebé de días cuando se llevaron a su papá -cuenta Irene-. Dice que se va a ir pal’ monte donde está su papá.

Cuando le pregunto por el año en que nació Oswar Alexis, Irene saca de un sobre la cédula de Oswar, la libreta militar de Carlos…

-Es lo único que me quedó de mis hijos -susurra, y su sonrisa ancha se apaga.
-Al otro día que se los llevaron, Álvaro me llamó porque era mi cumpleaños y me dijo que estaba en Caucasia -cuenta Lilia-. Yo no sospeché, porque él vendía su mercancía por los pueblos. Pero después no supe más de él. Creo que me hubiera llamado otra vez si estuviera vivo.

-Yo me sueño con Oswar vivo -dice Irene-. No se me pasa por la cabeza que esté muerto.

-Yo no creo que Alberto esté vivo -se lamenta Aura-. Se hubiera comunicado conmigo. ¿Cómo se iba a desprender de los hijos, que los quería tanto, y no volver a preguntar por ellos- . La región adonde se llevaron a sus hijos, a unos 240 kilómetros al norte de Medellín, fue otra zona de arremetida paramilitar. En el 2000, cuando los secuestraron, comandaba esos territorios del Bajo Río Cauca un grupo paramilitar llamado Bloque Mineros, al mando de Cuco Vanoy. Este frente desalojó al ELN, que lucraba con la extorsión a los mineros que explotaban los yacimientos de oro en el río.

Por unas amigas, Irene y María Lilia se enteraron de que las Madres de la Candelaria les ayudarían a buscar a sus hijos. Se fueron a la iglesia y se metieron en el movimiento. Irene trata de no faltar a las marchas de los miércoles. Y si va Irene, va María Lilia. Aura, atormentada por la artritis, casi nunca puede ir.

-Un día que no tenía para pagar el pasaje del bus, me bajé caminando desde esta loma hasta la iglesia, en el centro -confiesa Irene, como si se tratara de una travesura.

El esfuerzo ha valido la pena. Gracias a las madres, pudo al menos preguntarles, por fin, en persona, a los paramilitares por su hijo Oswar.

En el atrio de La Candelaria no marchan todas las madres juntas. En el frente se congrega el grupo de María Elena Toro y de la otra fundadora del movimiento, Amparo Mejía, una morena exuberante y acelerada de 34 años. Un amigo de infancia de amapro era uno de los soldados secuestrados. En junio de 2001, el gobierno de Andrés Pastrana autorizó que salieran de las cárceles 15 guerrilleros, a cambio de 42 policías y soldados que tenían secuestrados, entre ellos el amigo de Amparo Mejía. No obstante, ella ya no se pudo desprender de las madres que continuaron sus marchas.

A un costado de este grupo de madres fundadoras, separadas por una pancarta, está otro grupo de madres que lidera Teresita Gaviria. Detrás de la división hay una historia.

Las Madres habían crecido con el respaldo del gobernador Guillermo Gaviria (luego secuestrado y asesinado por las FARC), y de la organización no gubernamental Red de Iniciativas por la Paz (Redepaz), que les dio espacio en su oficina. Teresita Gaviria, quien había participado en las marchas de Redepaz de fines de los noventa, con su propia tragedia encima, había llegado también a las Madres de la Candelaria. Su hijo Cristián Camilo, de apenas 15 años, había sido secuestrado por paramilitares en 1998, cuando iba rumbo a Bogotá de vacaciones.

Los liderazgos de Amparo y María Elena, por un lado, y de Teresita, por el otro, se hicieron fuertes, y el movimiento se rompió. Las madres originales se llamaron Movimiento Corporación Madres de la Candelaria, Línea Fundadora, y en su presidencia se han alternado María Elena y Amparo. Un tiempo después, las segundas fundaron la Asociación Caminos de Esperanza, Madres de la Candelaria, bajo la conducción de Teresita. Unas 400 familias que buscan a sus desaparecidos se reparten por mitades entre los dos grupos.

A pesar de lo polémico, el proceso de paz con los paramilitares que inició el gobierno de Álvaro Uribe en 2002 despertó cierta ilusión en las víctimas, especialmente en las familias de los desaparecidos. Según la Ley de Justicia y Paz, que estableció las reglas de juego de la desmovilización paramilitar, aquellos miembros de estas organizaciones procesados por delitos de lesa humanidad que confiesen sus crímenes, que ayuden a esclarecer la verdad para ubicar a los desaparecidos, y que entreguen sus bienes para reparar a las víctimas, pueden beneficiarse con condenas de un máximo de ocho años de prisión. De los 30 mil paramilitares que dejaron sus armas y anunciaron su reincorporación a la vida civil, unos dos mil tienen procesos con la justicia por delitos gravísimos. Entre ellos está el medio centenar de temibles jefes paramilitares, hoy recluidos en la cárcel de Itagüí, vecina a Medellín. Los demás quedaron en libertad.

Buscando rebaja de penas, muchos de los desmovilizados han contribuido a informar sobre las fosas comunes donde pueden estar enterrados los desparecidos. La justicia ya sabe dónde están unas 2.500 fosas clandestinas. Solamente en Antioquia ya se conoce la existencia de 131 fosas, y se han identificado 1.219 tumbas recientes de NN en casi todos los municipios del departamento. Muchas de ellas pueden corresponder a hijos desaparecidos de las Madres de la Candelaria.

La Ley, además, creó la Comisión Nacional de Reparación y Conciliación, integrada por líderes sociales y académicos. Entre sus tareas está reconstruir la verdad y velar por los derechos de las víctimas. Envalentonadas por este proceso, miles de víctimas que no se habían atrevido a hablar hasta ahora, están contando sus historias. En Medellín, sólo en los dos días de febrero en que la Comisión habilitó un espacio, 1.600 víctimas que nunca se habían acercado a la justicia vinieron a relatar lo sufrido.

De acuerdo a la ley, las organizaciones de víctimas han presenciado las confesiones de los comandantes de las AUC ante la justicia. El jefe paramilitar Salvatore Macuso ha comenzado su confesión ante la Fiscalía de Medellín, y en cada sesión las Madres de Caminos de la Esperanza, junto con muchas otras víctimas que van a las audiencias, se plantan para demandar la verdad al frente del edificio de la Justicia, en una plazoleta que han bautizado “De la Dignidad”.

Las Madres de la Línea Fundadora han buscado otra manera de conseguir la verdad sobre sus desaparecidos, María Elena Toro se armó de valor y le envió una carta pública a Don Berna, el jefe paramilitar que rigió el bajo mundo de Medellín hasta su desmovilización en 2005. Le pidió que le dijera dónde estaban sus cinco desaparecidos de Frontino.

A los pocos meses, la otra dirigente de la Línea Fundadora, Amparo Mejía, fue a una reunión organizada por la Gobernación de Antioquia, en su campaña para librar de minas antipersonales el territorio del Departamento. Allí se encontró con Don Berna, entre otros jefes paramilitares y guerrilleros. Cuando la vio, el jefe paramilitar la abordó:
-Necesito contestarle la carta que me envió María Elena Toro -le dijo Don Berna, al reconocerla-. Venga a verme con ella y conversamos.

-No nos vamos a reunir a solas con usted, después dirán que somos de su base socia -le reviró Amparo-. Más bien le propongo que hagamos un encuentro por la verdad con las Madres de la Candelaria, al estilo de los de Sudáfrica.

Amparo conoció esa experiencia cuando hizo un curso de Negociadora en No-Violencia, que le dictaron maestros de la Universidad de Rhode Island, por un convenio con la Gobernación.
-Hagámosle -dijo don Berna, como sorprendido por la audacia de su interlocutora.

Amparo consiguió el permiso de la dirección de cárceles y el 23 de enero pasado entró con familiares de 40 desaparecidos a la prisión de Itagüí. Ensayaron cómo se presentarían allí, y se repitieron una y otra vez que no podían llorar ni mostrarse débiles. La misma María Elena Toro, que tenía que preguntar por sus cinco desparecidos, no sabía cómo iba a reaccionar en el encuentro. Por eso decidió entrar última y situarse lo más lejos posible de los jefes paras.

Cuando las madres llegaron, les dijeron que en el patio principal las esperaban los jefes paramilitares. Con las piernas temblando, Amparo les dijo a las madres:
-Llevan años esperando encontrar a estos tipos en una carretera para que les digan dónde están sus hijos. Ahora que los tendrán enfrente, no pueden echarse atrás.

Cuando las madres entraron, los toscos hombres de las AUC se pusieron de pie. Uno de ellos, a nombre de todos, les pidió perdón por el sufrimiento causado. Luego rezaron el Padrenuestro. El jefe paramilitar Mancuso les preguntó:

-¿Dónde está la lista de sus desaparecidos?

-¿Acaso usted cree que venimos a mercar? -le respondió Amparo Mejía, con su forma criolla de decir que sus desaparecidos no eran una lista de compras-. Ésta es una reunión para construir una verdad histórica. Y ustedes van a escuchar a cada madre preguntarles por sus hijos.

-Yo soy Francisco Antonio Toro -dijo el bello viejo, padre de María Elena, que de tanto acompañarlas ya se ha convertido en otra madre de la Candelaria más.

Una por una, las mamás les mostraron sus fotos y pidieron por sus familiares. María Elena Toro fue la última en hablar. Se acercó a Don Berna y firme, sosteniéndole la mirada, como jugando sus restos en un póquer, le puso las fotos de sus familiares encima de la mesa:

-Ésta es mi familia -le dijo-. Necesito saber de ella.

Sin responder, Don Berna metió las fotos en un cuaderno y salió de la reunión. Los otros jefes paras también abandonaron el patio. Todos, menos el Alemán, un hombre fornido y rubio que había aterrorizado el noroccidente colombiano. Él se quedó a almorzar con los familiares de los desaparecidos.

-Me alegra haberlo conocido -le dijo el Alemán a Francisco Toro, mientras le extendía la mano.

El viejo Francisco le estrechó la mano y, en su modo poético, expresó la ironía del momento:

-Mi muchacho, el león comiendo con el cordero.

-Gracias por lo de muchacho -dijo el Alemán, intentando sonreír.

Irene Valencia y María Lilia Alzate, las madres de los jóvenes secuestrados mientras jugaban fútbol en la cancha de su barrio, no fueron a esa primera reunión. Pero sí a la segunda, porque les dijeron que a ésa iría Ramón Isaza, otro jefe paramilitar, fundador de las primeras autodefensas colombianas de los ochenta. A ellas les habían dicho que a sus hijos se los habían llevado a territorios de Isaza, por Caucasia, al norte de Antioquia. Cuando lo tuvieron enfrente le mostraron las fotos. No dijo mucho. Otra mamá insistió en que le informara dónde podría estar el cuerpo de su muchacho. Isaza respondió, brutal:

-A la gente que capturé y di de baja no la enterré. Los tiré al río.
Irene no se dio por vencida.

-Usted con su mirada me dice que sabe de mi hijo.

Isaza se quedó observando la foto, como si reconociera, y le dijo:

-No. No tenía hombres por Caucasia -la cortó en seco-. Ésos eran terrenos de Cuco Vanoy.

Al rato se acercaron a Irene y a María Lilia dos hombres -quizás del otro jefe para, Vanoy- que les preguntaron los nombres y las cédulas de los hijos. Dijeron que iban a averiguar. Ese día Irene sintió rabia.

-¡Sin saber qué pasó con ellos! -exclamó después, descorazonada.

El proceso con los paramilitares ha sido tortuoso. Muchos nuevos paramilitares han empezado a delinquir, y no se sabe hasta qué punto los jefes presos en Itagüí están comprometidos con estos nuevos grupos. Quienes se animan a hablar, a exigir verdades, a preguntar, no están libres de riesgo.

Las madres no han podido regresar a la cárcel. El gobierno les prohibió la entrada, por seguridad, después del asesinato de Yolanda Izquierdo, una líder social vinculada a las madres que luchaba para que los paramilitares devolvieran las tierras que les habían arrebatado a los campesinos de Córdoba, un departamento en el Caribe colombiano.

Ahora sólo les queda a las Madres de la Candelaria seguir marchando todos los miércoles. Mostrar sus pancartas, con la esperanza de que alguien les dé información. Quizás sus hijos sigan vivos, como aún espera Irene. Quizás algún día, por lo menos, les puedan dar cristiana sepultura. Pero no guardarán sus fotos ni sus pancartas mientras no aparezcan. Ellas saben, como dijo el poeta antioqueño Manuel Mejía Vallejo, que “uno se muere cuando lo olvidan”.

La familia Toro siguió buscando a sus muertos. Insistió, fue a las audiencias del proceso de justicia y paz, donde los paramilitares desmovilizados debían contar la verdad de sus atrocidades, a ver si alguno les daba pistas de su paradero.



Esta historia fue publicada originariamente en la revista Surcos



Epílogo de 2009: Cómo supieron estas madres de lo que fue de sus hijos…

Al parecer fue ‘Don Berna’, quien después de averiguar con sus hombres, dijo que quizás estaban enterrados en una finca a más de 100 kilómetros de dónde los habían desaparecido. El 3 de agosto de 2007 encontraron los cuerpos de Mercedes Toro, la hermana de María Elena y de ‘El Cura’, la hija de don Francisco. También el de su hija Claudia Orrego. Un mes después, el 13 de septiembre, encontraron, como a cinco metros, al del esposo de Mercedes y padrastro de Claudia. Quedó comprobado que alguien conspiró contra esa familia. ¿Si no, cómo se explica que habiendo desaparecido con años de diferencia aparecieran enterrados en un mismo lugar?

Jacqueline, la hija de Mercedes, la hermana de Claudia fue a la exhumación. “A mi mamá la reconocí por los tenis que llevaba puestos porque eran míos y por la marquilla de su camisa, pero sobre todo porque le encontraron un cuarzo en los interiores y ella pegaba cuarzos por todos lados para la buena suerte”. En su casa larga de baldosas grandes, Jaqueline especula que quizás llevaba la piedra en el bolso y cuando la secuestraron se la guardó.

En el caso de Mercedes, la Fiscalía se movió rápido y al poco tiempo las pruebas de ADN confirmaron lo que Jaqueline ya sabía, que era su mamá. Para confirmar que el otro cuerpo hallado era el de su hermana, el trámite fue más lento y engorroso. El número de desaparecidos que fueron apareciendo por las confesiones de los paramilitares sobrepasó las cuentas más optimistas (si a eso se le puede llamar optimismo). Más de 1752 cadáveres encontrados en dos años y medio desde que comenzaron las exhumaciones en marzo de 2006. No había suficiente personal idóneo, ni equipos, ni protocolos para verificar la identidad de las personas por la prueba irrefutable del ADN.
Cuando hablé con Jaqueline en su casa, nadie le daba respuesta de los huesos de su hermana. Primero que se habían refundido, luego que no había reactivo, y después, que identificación estaba complicada porque los cuerpos estaban muy deteriorados. Después me llamó a darme la buena noticia: confirmado, era su hermana.

¿Por qué los desaparecieron? Nadie sabe aún a ciencia cierta. Conrado ‘El Tuerto’ no sobrevivió el odio que sembró en Frontino. En un descuido, la guerrilla lo capturó y lo asesinó. Dicen que lo echaron en una paila de melaza hirviendo. Decían que eran porque Juan Carlos, el esposo de Mercedes había sido de las guerrillas del EPL. Es una excusa pobre. Quienes persiguieron a la familia querían la mina con sus ricas calizas. La única pista que tienen es que los cadáveres aparecieron en la finca ‘La Gavina’ de Guillermo Gaviria, el propietario del segundo periódico de Medellín y el papá de dos ex gobernadores, unos de los cuales murió en cautiverio, secuestrado por las Farc. Él dijo a los medios que nada sabía del caso. No contó que sí conocía a los Toro pues eran del mismo pueblo, ni tampoco que alguna vez le ofreció a Mercedes, con vehemencia, hacerse socio de la mina. Por ahora el fiscal que investiga trasladó el caso a la fiscalía local. Es probable que allí muera.

Al hijo de María Elena Toro y a su amigo, aún no lo encuentran. Por indicaciones de ‘Don Berna’ que dio en una audiencia de confesión el 20 de febrero de 2008, se hizo una exhumación de un cadáver que se sospechaba podrían ser de Franklin en la finca Lago grande del ex senador César Pérez, vecina de La Gavina. El 6 de marzo se hizo una y poco después se hizo otra cerca. Y después de otros tres. María Elena no reconoció a ninguno, pero aun así espera las pruebas de ADN. ‘Don Berna’ ya no va a dar más pistas. El 13 de mayo de 2008 fue extraditado a Estados Unidos con cargos de narcotráfico, y su colaboración con la justicia y la verdad será ya mucho más difícil.
En su casa larga Jaqueline llora a mares. Tiene dos hijas pequeñas y mucho miedo. Intentó recuperar unos lotes que le dejó su mamá, pero un paramilitar los tiene y ya la amenazó. La última vez que hablé con ella estaba intentando que le dieran refugio en Canadá.

Cuando esta historia fue publicada en Surcos, yo le llevé una copia a la fiscal que llevaba el caso de Cuco Vanoy, el paramilitar que Irene, María Lilia y Aura creían que había desaparecido a sus hijos. Ella no conocía su historia y se interesó mucho. En la siguiente oportunidad que tuvo, durante una audiencia de confesión de Vanoy, le preguntó. Él dijo no saber nada, pero que averiguaría con sus hombres, pero a la siguiente audiencia insistió en que nada tenía que ver.

Después supe por la fiscal y por otro temible paramilitar a quién entrevisté en la cárcel, apodado ‘HH’ que en un receso de esa segunda audiencia, Vanoy se vio con él y le comentó de estas madres que insistían en que sus hombres se habían llevado a sus hijos de una cancha de fútbol del barrio Pablo Escobar de Medellín.

“Le dije a Vanoy, que ese había sido yo”, me dijo HH. Explicó que fue una orden del propio jefe de las Auc, Carlos Castaño. Que esos jóvenes estaban secuestrando gente en Medellín sin darle tajada a las Auc, y eso no era tolerable para el máximo jefe paramilitar. El mismo Castaño los mandó a recoger- como se dice en la jerga del hampa- y después de asesinarlos echaron al río Cauca, para no dejar rastro de ellos.

Las madres no pueden constatar la historia de HH, ni siquiera para reivindicar a sus hijos, que según ellas, no eran delincuentes. Pero esta es la única versión que tienen para saber por fin qué les pasó a sus muchachos.

Esta historia fue publicada originariamente en la revista Surcos

https://surcos.wordpress.com/2007/07/31/uno-se-muere-cuando-lo-olvidan/















El Fin     
          Jorge Luis Borges


Recabarren, tendido, entreabrió los ojos y vio el oblicuo cielo raso de junco. De la otra pieza le llegaba un rasgueo de guitarra, una suerte de pobrísimo laberinto que se enredaba y desataba infinitamente... Recobró poco a poco la realidad, las cosas cotidianas que ya no cambiaría nunca por otras. Miró sin lástima su gran cuerpo inútil, el poncho de lana ordinaria que le envolvía las piernas. Afuera, más allá de los barrotes de la ventana, se dilataban la llanura y la tarde; había dormido, pero aún quedaba mucha luz en el cielo. Con el brazo izquierdo tanteó, hasta dar con un cencerro de bronce que había al pie del catre.

Una o dos veces lo agitó; del otro lado de la puerta seguían llegándole los modestos acordes. El ejecutor era un negro que había aparecido una noche con pretensiones de cantor y que había desafiado a otro forastero a una larga payada de contrapunto. Vencido, seguía frecuentando la pulpería, como a la espera de alguien. Se pasaba las horas con la guitarra, pero no había vuelto a cantar; acaso la derrota lo había amargado. La gente ya se había acostumbrado a ese hombre inofensivo.

Recabarren, patrón de la pulpería, no olvidaría ese contrapunto; al día siguiente, al acomodar unos tercios de yerba, -se le había muerto bruscamente el lado derecho y había perdido el habla. A fuerza de apiadamos de las dichas de los héroes de las novelas concluimos apiadándonos con exceso de las desdichas propias; no así el sufrido Recabarren, que aceptó la parálisis como antes había aceptado el rigor y las soledades de América. Habituado a vivir en presente, como los animales, ahora miraba el cielo y pensaba que el cerco rojo de la luna era señal de lluvia.

Un chico de rasgos aindiados (hijo suyo, tal vez) entreabrió la puerta.  Recabarren le preguntó con los ojos si había algún parroquiano. El chico, taciturno, le dijo por señas que no, el negro no contaba. El hombre postrado se quedó sólo; su mano izquierda jugó un rato con el cencerro, como si ejerciera un poder.

La llanura, bajo el último sol, era casi abstracta, como vista en un sueño. Un punto se agitó en el horizonte y creció hasta ser un jinete, que venía, o parecía venir, a la casa. Recabarren vio el chambergo, el largo poncho oscuro, el caballo moro, pero no la cara hombre, que, por fin, sujetó el galope y vi acercándose al trotecito. A unas doscientas varas dobló. Recabarren no lo vio más, pero lo oyó chistar, apearse, atar el caballo al palenque y entrar con paso firme en la pulpería.

Sin alzar los ojos del instrumento, donde parecía buscar algo, el negro dijo con dulzura: -Ya sabía yo, señor, que podía contar con, usted.

El otro, con voz áspera, le replicó: -Y yo con vos, moreno. Una porción dé días te hice esperar, pero aquí he venido.

Hubo un silencio. Al fin, el negro respondió: -Me estoy acostumbrando a esperar. He esperado siete años.

El otro explicó sin apuro: -Más de siete años pasé yo sin ver a mis hijos. Los encontré ese día y no quise mostrarme como un hombre que anda a las puñaladas.

-Ya me hice cargo -dijo el negro-. Espero que los dejo con salud.

El forastero, que se había sentado en el mostrador, se rió de ‘buena gana’. Pidió una caña y la paladeó sin concluirla.

-Les di buenos consejos -declaró-, que nunca están de más y no cuestan nada.

Les dije, entre otras cosas, que el hombre no debe derramar la sangre del hombre. 

Un lento acorde precedió la respuesta del negro: -Hizo bien. Así no se parecerán a nosotros.

-Por lo menos a mí, dijo el forastero y añadió, como si pensara en, voz alta:
-Mi destino ha querido que yo matara y ahora, otra vez, me pone el cuchillo en la mano.

El negro, como si no lo oyera, observó: -Con el otoño se van acortando los días

- Con la luz que queda me basta replicó el otro, poniéndose de pie.

Se cuadró ante el negro y le dijo como cansado: -Dejá en paz la guitarra, que hoy te espera otra clase de contrapunto.

Los dos se encaminaron a la puerta. El negro, al salir, murmuró: -Tal vez en éste me vaya tan mal como en el primero.

El otro contestó con seriedad: -En el primero no te fue mal. Lo que pasó es que andas ganoso de llegar al segundo.

Se alejaron un trecho de las casas, caminando a la par. Un lugar de la llanura era igual a otro y la luna resplandecía. De pronto se miraron, se detuvieron y el forastero se quitó las espuelas.

Ya estaban con el poncho en el antebrazo, cuando el negro dijo: -Una cosa quiero pedirle antes que nos trabemos. Que en este encuentro ponga todo su coraje y toda su maña, como en aquel otro de hace siete años, cuando mató a mi hermano.

Acaso por primera vez en su diálogo, Martín Fierro oyó el odio; su sangre lo sintió como un acicate. Se entreveraron y el acero filoso rayó y marcó la cara del negro.

Hay una hora de la tarde en que la llanura está por decir algo; nunca lo dice o tal vez lo dice infinitamente y no lo entendemos, o lo entendemos pero es intraducible como una música... Desde su catre, Recabarren vio el fin.

Una embestida y el negro retrocedió, perdió pie, amagó un hachazo a la cara y se tendió en una puñalada profunda, que penetró en el vientre. Después vino otra que el pulpero no alcanzó a precisar y Fierro no se levantó. Inmóvil, el negro parecía vigilar su agonía laboriosa. Limpió el facón ensangrentado en el pasto y volvió a las casas con lentitud, sin mirar para atrás. Cumplida su tarea de justiciero, ahora era nadie. Mejor dicho, era el otro: no tenía  destino sobre la tierra y había matado a un hombre




Contra los excesos                                                                               


 Por Myriam Bautista       El Tiempo.com

El filósofo Jordi Pigem propone cambiar la perspectiva existencial.

Doctor en filosofía, el catalán Jordi Pigem fue profesor 5 años en Ciencias Holísticas del Colegio Schumacher en Inglaterra. La Editorial Kairós le ha publicado: La Odisea de Occidente, El pensamiento de Raimon Pannikkar, Buena crisis y Valores para un mundo en transformación, este distribuido por Ediciones Urano en el país. Invitado por la U. Católica de Oriente (Rionegro, Ant.), para participar en el coloquio ‘Ciencia y espiritualidad en el siglo XXI’, explica ese último libro, que se conoce como Global Personal Social, GPS, para que se cambie el paradigma economicista que reina en el mundo y la población se oriente por un camino diferente donde no haya un solo ser que se sienta solo “porque vino a este mundo para cooperar, compartir y crear conjuntamente con otros. Que tenga claro que no está aquí solo para consumir sino para algo mucho más profundo. La gente antes de morir nunca se arrepiente de no haber ganado más dinero, se arrepiente de no haber sido más auténtico, más feliz”.




Doctor en filosofía, el catalán Jordi Pigem fue profesor 5 años en Ciencias Holísticas del Colegio Schumacher en Inglaterra. La Editorial Kairós le ha publicado: La Odisea de Occidente, El pensamiento de Raimon Pannikkar, Buena crisis y Valores para un mundo en transformación, este distribuido por Ediciones Urano en el país. Invitado por la U. Católica de Oriente (Rionegro, Ant.), para participar en el coloquio ‘Ciencia y espiritualidad en el siglo XXI’, explica ese último libro, que se conoce como Global Personal Social, GPS, para que se cambie el paradigma economicista que reina en el mundo y la población se oriente por un camino diferente donde no haya un solo ser que se sienta solo porque vino a este mundo para cooperar, compartir y crear conjuntamente con otros. Que tenga claro que no está aquí solo para consumir sino para algo mucho más profundo. La gente antes de morir nunca se arrepiente de no haber ganado más dinero, se arrepiente de no haber sido más auténtico, más feliz.

Pigem vive en L’escala, antiguo pueblo catalán al lado del mar y de las montañas, a dos horas de Barcelona, donde nació su padre, que no tiene más de 15 mil habitantes. Un lugar en donde piensa, lee y escribe como no lo podría hacer en ninguna otra parte.

¿Qué es la teoría del GPS?

Parte de que nos damos cuenta es que el horizonte, que nos ha guiado hasta ahora, es insostenible en lo ecológico, pero también, cada vez más en lo social, en lo económico. Consumimos más recursos que nunca y a la vez muchos no encuentran sentido a sus vidas, se sienten solos, desbordados por un mundo que ofrece adelantos tecnológicos, pero no les da salidas. Durante muchos siglos hemos creído que el progreso se basa en tener cada día más riquezas y en separarnos de la Tierra. Mi teoría, es lo contrario. Los estudios psicológicos y sociológicos, en los que me baso, muestran que una vez las personas tiene cubiertas sus necesidades básicas: alimentación, techo, educación, salud, seguir consumiendo no solo no les genera más satisfacción sino una vida estresada, más llena de conflictos.

Adam Smith, que citas, decía que: “ninguna sociedad puede prosperar y ser feliz si la mayoría de sus miembros son pobres y desdichados”.

 Muy de acuerdo. Vivimos un mundo muy desigual. El 1 % de la población mundial posee el 40 de la riqueza. A Smith se le ha malinterpretado. Se ha hecho creer que predicaba el individualismo, pero era un filósofo moral, llamaba la atención sobre compasión y solidaridad como cualidades indispensables en cualquier grupo. Sostenía que estaba bien que cada uno desarrolle sus iniciativas, pero en un marco siempre de cohesión, de solidaridad, de igualdad.

¿Es muy grave el fenómeno de la desigualdad?

Colombia, tengo entendido, es uno de los países más desiguales del mundo y la evidencia sociológica muestra que en estos lugares la vida es peor en todos los ámbitos, incluso para personas privilegiadas. En cuanto más desigualdad más se rompe la cohesión, la confianza, toda esa serie de engranajes intangibles que hacen que la vida colectiva sea mejor. La estadística muestra que en países con fuerte desigualdad hay mayores enfermedad mental y física; cuestiones sociales como criminalidad, embarazos de adolescentes, suicidios son más graves. En sociedades igualitarias educación, salud, funcionan de mejor manera.

En ese orden, un país como India sería inviable?

India es un país con mucha pobreza pero no presenta tanta desigualdad. A la India además la ayuda que posee una estructura de creencias, de espiritualidad, que hace que mucha gente se sienta unida a la naturaleza, que haya rituales y respeto continuo. Un sistema donde la vida es sagrada. En cambio, en la mayoría de los países de Europa y de América, este concepto se ha perdido. Cuando dejamos de creer que la vida es sagrada, lo que queda es la competencia.

¿Sus libros se dirigen a ese sector minoritario, que posee mayores recursos?

Escribo para esas capas que tienen la posibilidad de comprar, para una élite. Les digo que la búsqueda de mayores privilegios no solo va contra la sociedad sino incluso contra su satisfacción personal porque el bien común y el personal van juntos.

Todas las instituciones tienen la responsabilidad de crear estructuras, circunstancias, que permitan que todos accedan a un mínimo para vivir de forma digna, sus necesidades básicas cubiertas, sin lujos. El propósito de la economía no tendría que ser el aumento del dinero sino de la autorrealización, contribuir a que todos puedan desarrollar sus cualidades, su creatividad.

¿Qué sería lo más importante para un país como Colombia?

Me siento incapaz ahora mismo de dar una receta. Así lo supiera solo me atrevería a decirlo si viviera aquí y participara hombro a hombro con la gente en su proceso de reconstrucción. De todos modos creo que las sociedades que han tocado fondo deben encontrar maneras de despertar el respeto a la vida, hacia las personas, hacia ese carácter único de cada quien. La situación de deterioro social conduce a que se pierdan parte de los valores humanos esenciales y es lo que hay que recuperar.

¿Qué opina del narcotráfico?

Que un fenómeno tan terrible no ocurriría de no darse dos situaciones: las grandes desigualdades, que hacen que un sector de la población no encuentre salida distinta que la de irse por el camino de la delincuencia: que mate, robe, como única alternativa para salir de su precariedad; no se justifica pero esas razones de pobreza alimentan esas conductas. Lo otro es que una sociedad que cree que lo más importante es ganar dinero es una en la que el respeto por la vida, el arraigo de la persona con su comunidad y su cosmos no son prioritarios.

La publicidad, los medios, están transmitiendo todo el tiempo que no eres nadie si no tienes más cosas, si no accedes al consumo, es un mensaje que se repite continuamente desde que somos pequeños. Un artesano, un carpintero, un economista, un filósofo, buenos en su profesión, hacen su trabajo bien, satisfacen sus necesidades básicas y las de su familia, tienen una vida cordial y buena, pero se les hace creer que no son buenos porque no tienen lujos. Eso hace parte de la patología del mundo contemporáneo, creer que la vida solo tiene sentido por cuanto se posee.

“La búsqueda de mayores privilegios no solo va contra la sociedad sino incluso contra su satisfacción personal porque el bien común y el personal van juntos”.

¿Has trabajado en algún gobierno?

El gobierno catalán me invitó a participar en un grupo interdisciplinario para cambiar los valores sociales y participé un tiempo hasta que me di cuenta de que había elementos de principios que no estaban dispuestos a transformar y entonces lo dejé.

¿Qué opina sobre la independencia de Cataluña?

Si buscamos la independencia para cambiar la bandera y los sellos de correo pues eso no sirve para nada, pero si la buscamos porque queremos reinventar el país y tener una nueva Constitución basada en valores ecológicos y sociales, para crear una sociedad más solidaria y en la que la vida tenga más sentido, entonces claro que sí estoy con la independencia.

En Cataluña hay gente importante que quisiera mantener el sistema capitalista individualista, pero hay otra porción muy grande que quiere un cambio mucho más profundo: hacer un país más ecológico y solidario. En las últimas décadas hemos apostado por la globalización, uniformado el mundo, los aeropuertos son iguales, los almacenes son los mismos en las grandes ciudades, se ha ido erosionando el carácter único que tiene cada lugar, estamos extinguiendo las culturas, se pierde un idioma cada dos semanas, etc.

El sistema educativo en Cataluña, un ejemplo, con el que el 99 % de la población está contenta, un ministro de Educación, desde Madrid, quiere reventarlo, entonces, le decimos que nos deje tranquilos. Ha sido uno de los motivos por los que se revivió este tema de la independencia porque hace 20, 30 años a muy pocos les interesaba la cuestión independentista.

Ahora parece que todo el mundo, empresarios, obispos, trabajadores están de acuerdo. Incluso en Cataluña existen colectivos como ‘argentinos por la independencia’, emigrantes, que no hablan catalán pero que consideran que sería más fácil organizarse con las autoridades catalanas que con las de Madrid, que en muchos aspectos está más anclado en valores premodernos.  

El papel que, en la meseta en el centro de España, tienen todavía obispos, militares, las personas con ‘prestigio’, así sea producto de la corrupción, es enorme. Veo una tendencia en Cataluña para cambiar los valores sin ningún rencor por el resto de España, con el mayor respeto y cariño. No hay catalán que no tenga familiares o amigos en otra parte de España. Esta lucha podría ser un revulsivo para que el resto de España quiera el cambio, por un país más moderno, con valores del siglo XXI.



http://www.eltiempo.com/lecturas-dominicales/jordi-pidem/14757556
Fascismo y Estado totalitario


En 1925, Mussolini y Giovanni Gentile, filósofo, académico e importante teórico  del fascismo, empezaron a usar el término totalitario para aludir a la estructura y objetivos del nuevo Estado. A la unidad orgánica de la sociedad italiana, la actividad económica y el gobierno, debía lograr la representación total de la nación, pero también ejercería la orientación total de los objetivos nacionales.

Analistas del gobierno totalitario reconocen hoy día que la Italia fascista nunca llegó a ser totalitaria. En la década siguiente al establecimiento del sistema de Mussolini, la dictadura leninista en la Unión Soviética se vio transformada implacablemente por Stalin en un sistema completo de socialismo de estado con un control dictatorial de facto casi total de la economía y de todas las instituciones oficiales. Años después, la dinámica ambición de poder del régimen de Hitler en Alemania, con su eficacia policíaca, su poderío militarista, su sistema de campos de concentración y, con el tiempo, sus políticas de exterminio en los territorios conquistados, pareció crear un equivalente nacionalsocialista no comunista del sistema estalinista de control. Estos dos han aportado los modelos dominantes de lo que los analistas políticos, tendían a calificar como totalitarismo. La Italia de Mussolini se parecía muy poco a estos dos.

Es importante comprender, lo que se implicaba verdaderamente con el concepto de Estado Totalitario utilizado por Mussolini, Gentile y Rocco. Esta terminología se derivaba en parte de la teoría del “Estado ético” elaborada por Gentile, y también por el ideólogo nacional sindicalista Panunzio.

Ninguno de estos teóricos propuso el pleno control estatal de todas las instituciones italianas en la práctica. Rocco (ministro de Justicia), sí que habló de la autoridad suprema del nuevo estado sobre otras instituciones, pero parecía aludir sobre todo a esferas conflictivas, y no a una estructura burocrática práctica para aplicar la intervención gubernamental a todas las vías de la vida italiana a escala cotidiana. En la práctica, el “totalitarismo” del Partido Fascista se refería a la autoridad preeminente del Estado en las esferas conflictivas, y no a un control institucional total y cotidiano, y en la mayoría de los casos ni siquiera a algo aproximado a eso. Sin embargo, aunque no cabe mucha duda de que éste era el carácter verdadero del estado mussoliniano, también es cierto que la teoría “totalitaria” del estado preeminente y sus exigencias “éticas” brindaban efectivamente un concepto de un poder estatal más general y que podía ampliarse enormemente en la práctica.

Siempre persistió la posibilidad hipotética - que preocupaba por igual a los izquierdistas y los conservadores- de que la dictadura de Mussolini pudiera, con el tiempo, hacerse más radical y más expansiva.

En la práctica, cabría calificarla de dictadura primordialmente política que dominaba un sistema institucional pluralista o semipluralista. Víctor Manuel III, y no el Duce, siguió siendo el jefe constitucional del Estado. El mismo PNF se había convertido casi concretamente en una burocracia, sometida al propio Estado. Aunque los intereses de los trabajadores estaban eficazmente regimentados, la gran empresa, la industria y las finanzas, mantuvieron una gran autonomía, sobre todo en los primeros años. Las fuerzas armadas gozaron de una autonomía por lo menos igual, y en gran parte, aunque no del todo, se las dejó que hicieran lo que quisieran. Se situó a la milicia del Partido Fascista bajo el control general del ejército, aunque a su vez gozó de una existencia semi-autónoma cuando pasó a ser parte de las instituciones militares regulares.

El sistema judicial premussoliniano quedó en gran parte intacto, y además con una autonomía parcial. La policía siguió estando dirigida por funcionarios del estado, y no se hicieron con ella los jefes del partido, como en la Alemania nazi, ni se creó una importante élite policíaca, como ocurrió en Alemania y en la Rusia Soviética. Aunque en 1932, se formó una nueva policía política (la OVRA), en la Italia de Mussolini los presos políticos se contaban por centenares -nunca llegaron a ser más de unos miles-, y no por decenas ni centenares de miles, como en la Alemania nazi, o por millones, como en la Rusia de Stalin. El Tratado de Letrán de 1929 estableció un modus vivendi con la Iglesia Católica que siguió vigente pese a los conflictos entre la Iglesia y el Estado de los primeros del decenio de 1930. Nunca se trató de imponer a la Iglesia la sumisión total al régimen, como en Alemania, ni mucho menos el control casi total que ha solido darse en Rusia. Dentro de lo que han sido las dictaduras del siglo XX, el régimen de Mussolini no fue sanguinario ni particularmente represivo.

El fascismo llegó al poder en virtud de una especia de transacción tácita con las instituciones establecidas, y Mussolini nunca llegó a escapar del todo a las limitaciones de aquella transacción. El “totalitarismo” se quedó en  amenaza posible para el futuro, en todo el régimen fascista fue una mera palabra.

Si el régimen de Mussolini logró alcanzar importancia histórica a cierto nivel, fue por ser el primer régimen autoritario efectivamente institucionalizado no marxista que alcanzó suficiente coherencia estructural, cualesquiera fuesen sus limitaciones, para durar toda una generación a algo más. En la década de 1930, se había convertido en una especie de modelo de un nuevo tipo de dictadura sincrética, semipluralista, basada, teóricamente, en un partido estatal único, el primero de más de una veintena de regímenes de ese tipo que se establecieron sobre una base segura.
Para el momento en que llegó la Depresión de 1929, el régimen estaba firmemente establecido y hasta cierto punto había logrado incluso codificar una ideología fascista formal. Pero persistía un malestar subyacente, y sobre todo los fascistas jóvenes lamentaban las limitaciones de la “revolución fascista” y el que no se hubiera logrado una nueva cultura fascista.

Estas quejas persistentes se debían al contraste entre las doctrinas oficiales de vitalismo, jefatura de la élite y corporativismo orgánico oficial y a la no realización por el régimen de una transformación a fondo de la vida italiana ni de nada parecido a una revolución total de las instituciones.

El dilema era igual de grave para el propio Mussolini, dado que éste carecía tanto de una política clara como de la autoconfianza política necesaria para hacer nada parecido a una “revolución fascista”. El debilitamiento del partido en Italia fue consecuencia directa de su propia política. Entre 1929 y 1933, Mussolini cesó a la mayor parte de sus ministros más capaces y a algunos de los mejores administradores del Partido Fascista.

El segundo factor nuevo, fue la perturbación del equilibrio del poder en Europa por la aparición del régimen de Hitler en Alemania. Pese al aplauso inicial de Mussolini a la victoria del “fascismo alemán”, llegó a advertirse que el régimen nacional socialista era un nuevo rival, peligroso y quizá fatal, para la política de la Europa nacionalista/imperialista. En los primeros años del gobierno de Hitler, las relaciones se enfriaron considerablemente, y a mediados de 1934, con el asesinato por los nazis del Primer Ministro de Austria y la aparente amenaza de expansión alemana hacia el sur, se llegó a un punto de gran tensión y de intercambio de insultos. Parece que los fascistas pasaron al ataque con especial frecuencia y vigor.

Se formularon denuncias diversas y simultáneas del Nacionalsocialismo por racista, militarista, imperialista, pagano, implacablemente autoritario, anticristiano, antieuropeo y opuesto al espíritu individual y a la cultura occidental. Entre los epítetos utilizados por los liberales occidentales contra los nazis, hubo pocos que no les aplicaran también los fascistas, quienes acuñaron, además, insultos especiales propios, pues por ejemplo denunciaron a los nazis como “movimiento político de pederastas”. Por el contrario, los fascistas distinguían su sistema y su doctrina de los planteamientos de los nazis al señalar su carencia de racismo y de antisemitismo, su (supuesta) reconciliación de lo individual y lo colectivo, su relación intima con la cultura europea, y su simbiosis con el catolicismo.      

El fascismo. Payne, Stanley G. Alianza Editorial, 2001.