domingo, abril 09, 2023

Gino Bartali La épica historia del ciclista italiano que salvó judíos con su bicicleta

 

                                            por Peter Crutchley   

"Tenía todas las de perder, pero su historia es uno de los más dramáticos ejemplos de un italiano que arriesgó su vida durante la Segunda  Guerra Mundial para salvar la vida de extraños".

Las palabras del director de cine Oren Jacoby describen el legado de Gino Bartali, uno de los más grandes ciclistas de su época, tres veces ganador del Giro de Italia y dos veces vencedor del Tour de Francia. 

El Giro de Italia comienza este viernes y su primer recorrido tiene lugar muy lejos de Italia: en Belfast. Pero la nueva edición de esta carrera, por más que comience en Irlanda del Norte, sirve para recordar la historia de un italiano que nunca habló de lo que hizo en los tiempos de guerra. 

Los detalles de la etapa más heroica de su vida comenzaron a surgir tras su muerte en el año 2000, y la película Jacoby, que se estrenará este año, arroja un poco de luz sobre este hombre nacido en el seno de una familia toscana de bajos recursos en 1914. 

El "no" a Mussolini

La carrera de Bartali como ciclista estaba en lo más alto cuando la guerra se cernía sobre Europa. 

En 1936 triunfó en su primer Giro de Italia y retuvo el título un año después. Luego, para la alegría de toda Italia, ganó en 1938 el Tour de Francia.

Ése era el momento que el líder fascista italiano, Benito Mussolini, estaba esperando. 

"Mussolini creía que si un italiano terminaba triunfante el Tour, eso mostraría que los italianos también pertenecían a una raza superior". "La victoria se mi padre se convirtió en un asunto de orgullo nacional y de prestigio del fascismo, por eso estuvo bajo una enorme presión", explica el hijo de Bartali, Andrea, en la película de Jacoby.

Bartali fue invitado a dedicar su triunfo a Mussolini, pero declinó el ofrecimiento, lo que constituía un grave insulto a il duce y un riesgo mayúsculo. 

El hombre ideal para el trabajo

Mientras se corría la prueba ciclística en Francia, Mussolini había publicado su "Manifiesto sobre la Raza", que terminaría con los judíos perdiendo su ciudadanía italiana, profesiones y cualquier posición que ocuparan en el gobierno. 

Sin embargo, Italia seguiría siendo un refugio para los judíos hasta su rendición en septiembre de 1943. Desde ese momento, tropas alemanas ocuparían regiones del norte y del centro del país y comenzarían a capturar judíos y a enviarlos a campos de concentración. 

En ese momento Bartali, un católico devoto, recibió un ofrecimiento del cardenal de Florencia, Arzobispo Elia Dalla Costa: unirse a una red secreta para proteger a judíos y otras personas en peligro. 

Su papel dentro de esta red era perfecto para su talento: Bartali se volvió un correo.

Lo que parecían extensas jornadas de entrenamiento en su bicicleta eran en realidad viajes en los que transportaba fotografías y documentos falsos elaborados en imprentas clandestinas. 

"Hemos visto la documentación que él transportó miles de kilómetros a través de Italia, viajando por caminos que unían ciudades tan lejanas como Florencia, Lucca, Génova, Asis y el Vaticano en Roma", relata Jacoby. 

Todo lo llevaba escondido en el marco y en el manubrio de su bicicleta. En un momento el ciclista fue arrestado e interrogado por el jefe de la policía secreta fascista en Florencia, la ciudad donde había nacido y donde residía, y la historia dice que en esa situación solicitó específica-mente que su bicicleta no fuera tocada ya que todas sus partes estaba precisamente calibradas para alcanzar la máxima velocidad. 

Silencio

Por un tiempo Bartali tuvo que pasar a la clandestinidad, viviendo de incógnito en la localidad de Citta Di Castello, en Umbria. 

El ciclista tenía más de un motivo para temer: además de su función de correo, Bartali dio refugio a su amigo judío Giacomo Goldenber y a su familia.

"Nos acogió a pesar de que sabía que los alemanes mataban a cualquiera que escondiera a judíos".

"Él arriesgó no solo su vida sino la de su familia y nos salvó a todos, porque nosotros no teníamos ningún lugar a donde ir", recuerda el hijo de Giacomo, Giorgio, en la película de Jacoby. 

Aproximadamente el 80% de los judíos italianos y de los que habían encontrado refugio en este país antes de la Segunda Guerra Mundial sobrevivieron, en parte gracias a las acciones de otros italianos. 

Colocar las piezas de esta historia en su sitio ha tomado 14 años y un trabajo detectivesco de mucha gente. 

Andrea Bartali dijo que, eventualmente, su padre le contó por fragmentos sobre sus acciones durante la guerra, y le hizo prometer que no se las contaría a nadie. "Cuando le pregunté por qué no podía compartir su historia, me dijo: 'Debes hacer el bien pero no debes hablar de eso, si lo haces, estás tomando ventaja de las desgracias ajenas para tu propio beneficio'". 

Los "héroes reales"

Según Jacoby, el silencio de Bartali es una "característica propia" de muchos de los italianos que arriesgaron sus vidas para salvar otras durante la Segunda Guerra Mundial. 

"No quiso ser reconocido por lo que había hecho, pocos de los que se beneficiaron con su ayuda supieron su nombre o el papel que había jugado en su rescate". 

El pasado septiembre, Bartali recibió un homenaje póstumo por parte del Museo del Holocausto Yad Vashem en Jerusalén. 

Andra Bartali, quien visitó el museo, dice que su padre siempre se negó a ver sus acciones como heroicas. 

"Cuando la gente le decía, 'Gino, eres un héroe', él respondía: 'No, no, yo quiero que me recuerden por mis logros deportivos. Los héroes reales son otros, aquellos que sufrieron en su alma, su corazón, su espíritu, su mente, por sus seres queridos. Ellos son los héroes reales. Yo soy solo un ciclista'". 

www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2014/05/140509_ciclista_judios_segunda_guerra_italia_mz.shtml

Mentes creativas en todos los campos

                                                                                                        

Un libro cuenta cuáles son las características que llevaron                  a algunos colombianos a ser los más innovadores del país.


¿Qué tienen en común Rodolfo Llinás, Leonor Espinosa y Simón Vélez, aparte de ser colombianos exitosos y famosos? 

Según el economista Mauricio Reina, los tres son corrientes y a la vez excepcionales. 

Son lo primero porque cualquier paisano podría identificarse con su crianza. Pero son diferentes porque todos ellos han usado como materia prima la creatividad para desarrollar una vida sobresaliente y ante todo interesante.  

Reina es coautor del libro Vivir para crear, crear para vivir, que relata las historias de vida de estos personajes y otros cinco más, esta vez con la lupa en sus procesos de innovación y en los rasgos que los convierten en ejemplos de creatividad. La variedad en los oficios de cada uno de ellos fue premeditada.  

“Queríamos mostrar que la creatividad no es un patrimonio de los artistas sino que se puede ser creativo en cualquier campo, aun en la ciencia donde se exige exactitud”, dice la periodista Amira Abultaif, coautora del libro. 

Por eso también incluyeron personajes como el empresario Carlos Bernardo Padilla, el director de orquesta Andrés Orozco-Estrada, el caricaturista Vladimir Flórez, el bailarín Álvaro Restrepo y la epidemióloga Nubia Muñoz. Todos tienen grandes méritos para estar allí. Muñoz, por ejemplo, desplegó su ingenio para desarrollar la vacuna del VPH y fue intuitiva y visionaria al diseñar sus estudios epidemiológicos.  

Andrés Orozco, quien pronto asumirá la dirección titular de la Orquesta Radio Frankfurt, también lo es porque su trabajo no solo consiste en marcar el ritmo con la batuta sino en guiar el grupo en la ejecución de cada instrumento, para lo que se requiere conocer las partes de la obra y saber comunicarlas.  

Los autores explican que la razón no siempre es el motor de la creación. Es cierto que hay que saber para crear pero también se requiere convicción, fe e intuición, elementos que no hacen parte del intelecto sino de la emocionalidad.  

Otros rasgos que caracterizan las mentes creativas son la pasión por lo que hacen, una gran curiosidad, un gusto por lo lúdico y un desdén por el fracaso. El neurocientífico Rodolfo Llinás lo pone en estos términos: “Pobrecito el que no meta la pata”. 

Los entrevistados tienen uno o varios  de esos rasgos pero todos comparten ser interdisciplinarios, lo cual hace que algunos parezcan personajes renacentistas, al estilo de Leonardo da Vinci. Esto se sintoniza con teorías como la de Arthur Miller, profesor de Historia del University College London y autor del libro Einstein, Picasso: Space, Time and the Beauty that Causes Havoc. Miller encontró que si bien Einstein se movía en un ámbito científico también era un gran aficionado a la música, mientras que Picasso estaba obsesionado con las matemáticas. 

La capacidad de transitar entre los datos, los conceptos y las emociones hace que cada área se nutra para propiciar situaciones de creatividad. Eso explica cómo, por ejemplo Carlos Bernardo Padilla, fundador del centro de investigaciones Paleontológicas de Villa de Leyva sea también el presidente de la asociación gastronómica Chaîne des Rôtisseurs. O que la economista Leonor Espinosa sea hoy una chef cuyo restaurante es reconocido en el mundo.  

Sería un error decir que crear es algo que sucede de repente. La creatividad, una palabra que tienen muchas definiciones pero que podría resumirse en la capacidad para desarrollar ideas o soluciones a problemas, requiere de un proceso. Los autores señalan que frente a un problema o una pregunta el hemisferio izquierdo comienza a buscar respuestas racionales por medio de la concentración, el pensamiento lógico y analítico y los detalles.  

Cuando no hay resultados el cerebro  comienza una nueva exploración, esta vez en rincones inexplorados. “Y ahí es cuando el hemisferio derecho, con sus asociaciones aparentemente inconexas, lejanas y disparatadas entra en un ejercicio de divagación”.  

En esas circunstancias la mente queda en resonancia de búsqueda inconsciente. Por eso es que con frecuencia la mayoría encuentra la respuesta después de haber estado trabajando durante horas en el asunto y de haber pasado a otra actividad. “La creatividad es un juego entre la concentración y la divagación”, reiteran los autores. 

Eso explica por qué las personas creativas son perseverantes y no desisten ante un fracaso. Ese rasgo va ligado a la confianza y fe en sí mismos, que a menudo raya en la obstinación. Insistir en conseguir una respuesta y en desafiar los límites requiere no solo de testarudez sino que hace parte de su seguridad de que tarde o temprano se saldrán con la suya. No en vano, dicen los autores, creer está a una letra de crear.  

En ese sentido, uno de los mitos que se derrumba una vez más es que la creatividad consiste solo en tener una idea brillante. De hecho, las historias de estos personajes confirman que se requiere de trabajo y consagración para perfeccionar un oficio. Lo anterior recuerda la regla de las 10.000 horas, que Malcolm Gladwell dio a conocer en su libro Outliers y que constituye “el mínimo de trabajo para dominar una disciplina, requisito  para poder innovar en ella”. 

El mensaje central del libro es, pues, que todos tienen el potencial de la creatividad pero hay que cultivarlo. Y este es el momento. Según Reina, el país está en una encrucijada debido a que su capacidad de crecimiento se colmó y para sobresalir debe enfocarse en innovar.  

A pesar de la importancia del tema, dice Reina, “uno ve a su alrededor gente igualita, que parece como una gran masa gris, sin propósitos de vida y sin ideas para construir un mejor país”. De alguna manera, las estadísticas respaldan esta dura aseveración. Por el tamaño de su economía, Colombia ocupa el puesto 31 en el mundo pero por su potencial de innovación está en el puesto 60. 

Otro dato aún más inquietante es el que compara las economías de Colombia y Corea del sur, que en 1980 tenían el mismo ingreso per cápita pero hoy el país asiático registra el triple del nuestro. Cómo lograr incentivar el proceso creativo e innovador en los jóvenes de hoy es uno de los grandes retos de los líderes, los profesores y los padres.  

En los países donde se lo han propuesto, la enseñanza cada vez tiene menos que ver con dar información y memorizar y más con fomentar la curiosidad y el aprendizaje basado en la experiencia. Llinás sugiere no imponer moldes a los niños sino propiciar su libre desarrollo. Pero la familia también es crucial en este proceso. Los grandes maestros de Llinás no estuvieron en el colegio sino en su casa.  

Un día, cuando le dijo que no quería aprender a leer, su papá en lugar de regañarlo le explicó punto por punto las razones por las que debía hacerlo. “Debes aprender a leer como aprendiste a hablar pues si no, no puedes comunicarte”. Ese fue el comienzo de una conversación que terminó en la historia de los fenicios. “así adquirí toda una teoría del conocimiento y entonces aprendí a leer en dos minutos, porque ya sabía de qué se trataba”.

 

Ø  "Mis grandes maestros no estuvieron en el colegio sino en mi familia. Yo suspendía mi aprendizaje para ir al colegio", Rodolfo Llinás, neurocientífico.

 

Ø  "Cada director transmite las ideas musicales de una manera tan particular como su propia personalidad", Andrés Orozco-Estrada, director de orquesta.

 

Ø  "Estoy seguro de que si pierdo lo que tengo, salgo y monto un carrito de perros, y en cinco años tengo la cadena más grande del país", Carlos Bernardo Padilla, empresario, paleontólogo y gastrónomo.

 

Ø  "No es prepotencia, pero yo me imagino un plato, lo hago, no lo pruebo sino hasta el final y, no sé, pero me queda perfecto", Leonor Espinosa, chef.

 

Ø  "Si me quedo tranquila esperando a que lleguen las cosas, nunca llegarán. Hay que tener mucha iniciativa y curiosidad", Nubia Muñoz, epidemióloga nominada al Nobel de Medicina.

 

Ø  "Tuve una educación intimidadora y coercitiva, y no una reveladora y placentera que potenciara el talento", Álvaro Restrepo, bailarín y coreógrafo.

 

Ø  "El único método científico es el del ensayo y error: no hago otra cosa que hacer chambonadas para ir aprendiendo", Simón Vélez, arquitecto. 

 

Ø  "La creación es juntar elementos, personajes y situaciones que separados parecen absurdos y convertirlos en algo con sentido", Vladimir Flórez, caricaturista. 

www.semana.com  

El immortal

 

Solomon saith: There is no new thing upon the earth. So that as Plato had an imagination, that all knowledge was but remembrance; so Solomon given his sentence, that all novelty is but oblivion.

Francis Bacon, Essays, LVIII

 

En Londres, a principios del mes de junio de 1929, el anticuario Joseph Cartaphilus, de Esmirna, ofreció a la princesa de Lucinge los seis volúmenes en cuarto menor (1715-1720) de la Ilíada de Pope. La princesa los adquirió; al recibirlos, cambió unas palabras con él. Era, nos dice, un hombre consumido y terroso, de ojos grises y barba gris, de rasgos singularmente vagos. Se manejaba con fluidez e ignorancia en diversas lenguas; en muy pocos minutos pasó del francés al inglés y del inglés a una conjunción enigmática de español de Salónica y de portugués de Macao. En octubre, la princesa oyó por un pasajero del Zeus que Cartaphilus había muerto en el mar, al regresar a Esmirna, y que lo habían enterrado en la isla de Ios. En el último tomo de la Ilíada halló este manuscrito.

El original está redactado en inglés y abunda en latinismos. La versión que ofrecemos es literal.   

I

Que yo recuerde, mis trabajos empezaron en un jardín de Tebas Hekatómpylos, cuando Diocleciano era emperador. Yo había militado (sin gloria) en las recientes guerras egipcias, yo era tribuno de una legión que estuvo acuartelada en Berenice, frente al Mar Rojo: la fiebre y la magia consumieron a muchos hombres que codiciaban magnánimos el acero. Los mauritanos fueron vencidos; la tierra que antes ocuparon las ciudades rebeldes fue dedicada eternamente a los dioses plutónicos; Alejandría, debelada, imploró en vano la misericordia del César; antes de un año las legiones reportaron el triunfo, pero yo logré apenas divisar el rostro de Marte. Esa privación me dolió y fue tal vez la causa de que yo me arrojara a descubrir, por temerosos y difusos desiertos, la secreta Ciudad de los Inmortales.

Mis trabajos empezaron, he referido, en un jardín de Tebas. Toda esa noche no dormí, pues algo estaba combatiendo en mi corazón. Me levanté poco antes del alba; mis esclavos dormían, la luna tenía el mismo color de la infinita arena. Un jinete rendido y ensangrentado venía del oriente. A unos pasos de mí, rodó del caballo. Con una tenue voz insaciable me preguntó en latín el nombre del río que bañaba los muros de la ciudad. Le respondí que era el Egipto, que alimentan las lluvias. Otro es el río que persigo, replicó tristemente, el río secreto que purifica de la muerte a los hombres. Oscura sangre le manaba del pecho. Me dijo que su patria era una montaña que está al otro lado del Ganges y que en esa montaña era fama que si alguien caminara hasta el occidente, donde se acaba el mundo, llegaría al río cuyas aguas dan la inmortalidad. Agregó que en la margen ulterior se eleva la Ciudad de los Inmortales, rica en baluartes y anfiteatros y templos. Antes de la aurora murió, pero yo determiné descubrir la ciudad y su río. Interrogados por el verdugo, algunos prisioneros mauritanos confirmaron la relación del viajero; alguien recordó la llanura elísea, en el término de la tierra, donde la vida de los hombres es perdurable; alguien, las cumbres donde nace el Pactolo, cuyos moradores viven un siglo. En Roma, conversé con filósofos que sintieron que dilatar la vida de los hombres era dilatar su agonía y multiplicar el número de sus muertes. Ignoro si creí alguna vez en la Ciudad de los Inmortales: pienso que entonces me bastó la tarea de buscarla. Flavio, procónsul de Getulia, me entregó doscientos soldados para la empresa. También recluté mercenarios, que se dijeron conocedores de los caminos y que fueron los primeros en desertar.

Los hechos ulteriores han deformado hasta lo inextricable el recuerdo de nuestras primeras jornadas. Partimos de Arsinoe y entramos en el abrasado desierto. Atravesamos el país de los trogloditas, que devoran serpientes y carecen del comercio de la palabra; el de los garamantas, que tienen las mujeres en común y se nutren de leones; el de los augilas, que sólo veneran el Tártaro. Fatigamos otros desiertos, donde es negra la arena; donde el viajero debe usurpar las horas de la noche, pues el fervor del día es intolerable. De lejos divisé la montaña que dio nombre al Océano: en sus laderas crece el euforbio, que anula los venenos; en la cumbre habitan los sátiros, nación de hombres ferales y rústicos, inclinados a la lujuria. Que esas regiones bárbaras, donde la tierra es madre de monstruos, pudieran albergar en su seno una ciudad famosa, a todos nos pareció inconcebible. Proseguimos la marcha, pues hubiera sido una afrenta retroceder. Algunos temerarios durmieron con la cara expuesta a la luna; la fiebre los ardió; en el agua depravada de las cisternas otros bebieron la locura y la muerte. Entonces comenzaron las deserciones; muy poco después, los motines. Para reprimirlos, no vacilé ante el ejercicio de la severidad. Procedí rectamente, pero un centurión me advirtió que los sediciosos (ávidos de vengar la crucifixión de uno de ellos) maquinaban mi muerte. Huí del campamento, con los pocos soldados que me eran fieles. En el desierto los perdí, entre los remolinos de arena y la vasta noche. Una flecha cretense me laceró. Varios días erré sin encontrar agua, o un solo enorme día multiplicado por el sol, por la sed y por el temor de la sed. Dejé el camino al arbitrio de mi caballo. En el alba, la lejanía se erizó de pirámides y de torres. Insoportablemente soñé con un exiguo y nítido laberinto: en el centro había un cántaro; mis manos casi lo tocaban, mis ojos lo veían, pero tan intrincadas y perplejas eran las curvas que yo sabía que iba a morir antes de alcanzarlo.   

II

Al desenredarme por fin de esa pesadilla, me vi tirado y maniatado en un oblongo nicho de piedra, no mayor que una sepultura común, superficialmente excavado en el agrio declive de una montaña. Los lados eran húmedos, antes pulidos por el tiempo que por la industria. Sentí en el pecho un doloroso latido, sentí que me abrasaba la sed. Me asomé y grité débilmente. Al pie de la montaña se dilataba sin rumor un arroyo impuro, entorpecido por escombros y arena; en la opuesta margen resplandecía (bajo el último sol o bajo el primero) la evidente Ciudad de los Inmortales. Vi muros, arcos, frontispicios y foros: el fundamento era una meseta de piedra. Un centenar de nichos irregulares, análogos al mío, surcaban la montaña y el valle. En la arena había pozos de poca hondura; de esos mezquinos agujeros (y de los nichos) emergían hombres de piel gris, de barba negligente, desnudos. Creí reconocerlos: pertenecían a la estirpe bestial de los trogloditas, que infestan las riberas del Golfo Arábigo y las grutas etiópicas; no me maravillé de que no hablaran y de que devoraran serpientes.

La urgencia de la sed me hizo temerario. Consideré que estaba a unos treinta pies de la arena; me tiré, cerrados los ojos, atadas a la espalda las manos, montaña abajo. Hundí la cara ensangrentada en el agua oscura. Bebí como se abrevan los animales. Antes de perderme otra vez en el sueño y en los delirios, inexplicablemente repetí unas palabras griegas: los ricos teucros de Zelea que beben el agua negra del Esepo...

No sé cuántos días y noches rodaron sobre mí. Doloroso, incapaz de recuperar el abrigo de las cavernas, desnudo en la ignorada arena, dejé que la luna y el sol jugaran con mi aciago destino. Los trogloditas, infantiles en la barbarie, no me ayudaron a sobrevivir o a morir. En vano les rogué que me dieran muerte. Un día, con el filo de un pedernal rompí mis ligaduras. Otro, me levanté y pude mendigar o robar —yo, Marco Flaminio Rufo, tribuno militar de una de las legiones de Roma— mi primera detestada ración de carne de serpiente.

La codicia de ver a los Inmortales, de tocar la sobrehumana Ciudad, casi me vedaba dormir. Como si penetraran mi propósito, no dormían tampoco los trogloditas: al principio inferí que me vigilaban; luego, que se habían contagiado de mi inquietud, como podrían contagiarse los perros. Para alejarme de la bárbara aldea elegí la más pública de las horas, la declinación de la tarde, cuando casi todos los hombres emergen de las grietas y de los pozos y miran el poniente, sin verlo. Oré en voz alta, menos para suplicar el favor divino que para intimidar a la tribu con palabras articuladas. Atravesé el arroyo que los médanos entorpecen y me dirigí a la Ciudad. Confusamente me siguieron dos o tres hombres. Eran (como los otros de ese linaje) de menguada estatura; no inspiraban temor, sino repulsión. Debí rodear algunas hondonadas irregulares que me parecieron canteras; ofuscado por la grandeza de la Ciudad, yo la había creído cercana. Hacia la medianoche, pisé, erizada de formas idolátricas en la arena amarilla, la negra sombra de sus muros. Me detuvo una especie de horror sagrado. Tan abominadas del hombre son la novedad y el desierto que me alegré de que uno de los trogloditas me hubiera acompañado hasta el fin. Cerré los ojos y aguardé (sin dormir) que relumbrara el día.

He dicho que la Ciudad estaba fundada sobre una meseta de piedra. Esta meseta comparable a un acantilado no era menos ardua que los muros. En vano fatigué mis pasos: el negro basamento no descubría la menor irregularidad, los muros invariables no parecían consentir una sola puerta. La fuerza del día hizo que yo me refugiara en una caverna; en el fondo había un pozo, en el pozo una escalera que se abismaba hacia la tiniebla inferior. Bajé; por un caos de sórdidas galerías llegué a una vasta cámara circular, apenas visible. Había nueve puertas en aquel sótano; ocho daban a un laberinto que falazmente desembocaba en la misma cámara; la novena (a través de otro laberinto) daba a una segunda cámara circular, igual a la primera. Ignoro el número total de las cámaras; mi desventura y mi ansiedad las multiplicaron. El silencio era hostil y casi perfecto; otro rumor no había en esas profundas redes de piedra que un viento subterráneo, cuya causa no descubrí; sin ruido se perdían entre las grietas hilos de agua herrumbrada. Horriblemente me habitué a ese dudoso mundo; consideré increíble que pudiera existir otra cosa que sótanos provistos de nueve puertas y que sótanos largos que se bifurcan. Ignoro el tiempo que debí caminar bajo tierra; sé que alguna vez confundí, en la misma nostalgia, la atroz aldea de los bárbaros y mi ciudad natal, entre los racimos.

En el fondo de un corredor, un no previsto muro me cerró el paso, una remota luz cayó sobre mí. Alcé los ofuscados ojos: en lo vertiginoso, en lo altísimo, vi un círculo de cielo tan azul que pudo parecerme de púrpura. Unos peldaños de metal escalaban el muro. La fatiga me relajaba, pero subí, sólo deteniéndome a veces para torpemente sollozar de felicidad. Fui divisando capiteles y astrágalos, frontones triangulares y bóvedas, confusas pompas del granito y del mármol. Así me fue deparado ascender de la ciega región de negros laberintos entretejidos a la resplandeciente Ciudad.

Emergí a una suerte de plazoleta; mejor dicho, de patio. Lo rodeaba un solo edificio de forma irregular y altura variable; a ese edificio heterogéneo pertenecían las diversas cúpulas y columnas. Antes que ningún otro rasgo de ese monumento increíble, me suspendió lo antiquísimo de su fábrica. Sentí que era anterior a los hombres, anterior a la tierra. Esa notoria antigüedad (aunque terrible de algún modo para los ojos) me pareció adecuada al trabajo de obreros inmortales. Cautelosamente al principio, con indiferencia después, con desesperación al fin, erré por escaleras y pavimentos del inextricable palacio. (Después averigüé que eran inconstantes la extensión y la altura de los peldaños, hecho que me hizo comprender la singular fatiga que me infundieron.) Este palacio es fábrica de los dioses, pensé primeramente. Exploré los inhabitados recintos y corregí: Los dioses que lo edificaron han muerto. Noté sus peculiaridades y dije: Los dioses que lo edificaron estaban locos. Lo dije, bien lo sé, con una incomprensible reprobación que era casi un remordimiento, con más horror intelectual que miedo sensible. A la impresión de enorme antigüedad se agregaron otras: la de lo interminable, la de lo atroz, la de lo complejamente insensato. Yo había cruzado un laberinto, pero la nítida Ciudad de los Inmortales me atemorizó y repugnó. Un laberinto es una casa labrada para confundir a los hombres; su arquitectura, pródiga en simetrías, está subordinada a ese fin. En el palacio que imperfectamente exploré, la arquitectura carecía de fin. Abundaban el corredor sin salida, la alta ventana inalcanzable, la aparatosa puerta que daba a una celda o a un pozo, las increíbles escaleras inversas, con los peldaños y la balaustrada hacia abajo. Otras, adheridas aéreamente al costado de un muro monumental, morían sin llegar a ninguna parte, al cabo de dos o tres giros, en la tiniebla superior de las cúpulas. Ignoro si todos los ejemplos que he enumerado son literales; sé que durante muchos años infestaron mis pesadillas; no puedo ya saber si tal o cual rasgo es una transcripción de la realidad o de las formas que desatinaron mis noches. Esta Ciudad (pensé) es tan horrible que su mera existencia y perduración, aunque en el centro de un desierto secreto, contamina el pasado y el porvenir y de algún modo compromete a los astros. Mientras perdure, nadie en el mundo podrá ser valeroso o feliz. No quiero describirla; un caos de palabras heterogéneas, un cuerpo de tigre o de toro, en el que pulularan monstruosamente, conjugados y odiándose, dientes, órganos y cabezas, pueden (tal vez) ser imágenes aproximativas.

No recuerdo las etapas de mi regreso, entre los polvorientos y húmedos hipogeos. Únicamente sé que no me abandonaba el temor de que, al salir del último laberinto, me rodeara otra vez la nefanda Ciudad de los Inmortales. Nada más puedo recordar. Ese olvido, ahora insuperable, fue quizá voluntario; quizá las circunstancias de mi evasión fueron tan ingratas que, en algún día no menos olvidado también, he jurado olvidarlas.   

III

Quienes hayan leído con atención el relato de mis trabajos recordarán que un hombre de la tribu me siguió como un perro podría seguirme, hasta la sombra irregular de los muros. Cuando salí del último sótano, lo encontré en la boca de la caverna. Estaba tirado en la arena, donde trazaba torpemente y borraba una hilera de signos, que eran como las letras de los sueños, que uno está a punto de entender y luego se juntan. Al principio, creí que se trataba de una escritura bárbara; después vi que es absurdo imaginar que hombres que no llegaron a la palabra lleguen a la escritura. Además, ninguna de las formas era igual a otra, lo cual excluía o alejaba la posibilidad de que fueran simbólicas. El hombre las trazaba, las miraba y las corregía. De golpe, como si le fastidiara ese juego, las borró con la palma y el antebrazo. Me miró, no pareció reconocerme. Sin embargo, tan grande era el alivio que me inundaba (o tan grande y medrosa mi soledad) que di en pensar que ese rudimental troglodita, que me miraba desde el suelo de la caverna, había estado esperándome. El sol caldeaba la llanura; cuando emprendimos el regreso a la aldea, bajo las primeras estrellas, la arena era ardorosa bajo los pies. El troglodita me precedió; esa noche concebí el propósito de enseñarle a reconocer, y acaso a repetir, algunas palabras. El perro y el caballo (reflexioné) son capaces de lo primero; muchas aves, como el ruiseñor de los Césares, de lo último. Por muy basto que fuera el entendimiento de un hombre, siempre sería superior al de irracionales.

La humildad y miseria del troglodita me trajeron a la memoria la imagen de Argos, el viejo perro moribundo de la Odisea, y así le puse el nombre de Argos y traté de enseñárselo. Fracasé y volví a fracasar. Los arbitrios, el rigor y la obstinación fueron del todo vanos. Inmóvil, con los ojos inertes, no parecía percibir los sonidos que yo procuraba inculcarle. A unos pasos de mí, era como si estuviera muy lejos. Echado en la arena, como una pequeña y ruinosa esfinge de lava, dejaba que sobre él giraran los cielos, desde el crepúsculo del día hasta el de la noche. Juzgué imposible que no se percatara de mi propósito. Recordé que es fama entre los etíopes que los monos deliberadamente no hablan para que no los obliguen a trabajar y atribuí a suspicacia o a temor el silencio de Argos. De esa imaginación pasé a otras, aún más extravagantes. Pensé que Argos y yo participábamos de universos distintos; pensé que nuestras percepciones eran iguales, pero que Argos las combinaba de otra manera y construía con ellas otros objetos; pensé que acaso no había objetos para él, sino un vertiginoso y continuo juego de impresiones brevísimas. Pensé en un mundo sin memoria, sin tiempo; consideré la posibilidad de un lenguaje que ignorara los sustantivos, un lenguaje de verbos impersonales o de indeclinables epítetos. Así fueron muriendo los días y con los días los años, pero algo parecido a la felicidad ocurrió una mañana. Llovió, con lentitud poderosa.

Las noches del desierto pueden ser frías, pero aquélla había sido un fuego. Soñé que un río de Tesalia (a cuyas aguas yo había restituido un pez de oro) venía a rescatarme; sobre la roja arena y la negra piedra yo lo oía acercarse; la frescura del aire y el rumor atareado de la lluvia me despertaron. Corrí desnudo a recibirla. Declinaba la noche; bajo las nubes amarillas la tribu, no menos dichosa que yo, se ofrecía a los vívidos aguaceros en una especie de éxtasis. Parecían coribantes a quienes posee la divinidad. Argos, puestos los ojos en la esfera, gemía; raudales le rodaban por la cara; no sólo de agua, sino (después lo supe) de lágrimas. Argos, le grité, Argos.

Entonces, con mansa admiración, como si descubriera una cosa perdida y olvidada hace mucho tiempo, Argos balbuceó estas palabras: Argos, perro de Ulises. Y después, también sin mirarme: Este perro tirado en el estiércol.

Fácilmente aceptamos la realidad, acaso porque intuimos que nada es real. Le pregunté qué sabía de la Odisea. La práctica del griego le era penosa; tuve que repetir la pregunta.

Muy poco, dijo. Menos que el rapsoda más pobre. Ya habrán pasado mil cien años desde que la inventé.   

IV

Todo me fue dilucidado, aquel día. Los trogloditas eran los Inmortales; el riacho de aguas arenosas, el Río que buscaba el jinete. En cuanto a la ciudad cuyo nombre se había dilatado hasta el Ganges, nueve siglos haría que los Inmortales la habían asolado. Con las reliquias de su ruina erigieron, en el mismo lugar, la desatinada ciudad que yo recorrí: suerte de parodia o reverso y también templo de los dioses irracionales que manejan el mundo y de los que nada sabemos, salvo que no se parecen al hombre. Aquella fundación fue el último símbolo a que condescendieron los Inmortales; marca una etapa en que, juzgando que toda empresa es vana, determinaron vivir en el pensamiento, en la pura especulación. Erigieron la fábrica, la olvidaron y fueron a morar en las cuevas. Absortos, casi no percibían el mundo físico.

Esas cosas Homero las refirió, como quien habla con un niño. También me refirió su vejez y el postrer viaje que emprendió, movido, como Ulises, por el propósito de llegar a los hombres que no saben lo que es el mar ni comen carne sazonada con sal ni sospechan lo que es un remo. Habitó un siglo en la Ciudad de los Inmortales. Cuando la derribaron, aconsejó la fundación de la otra. Ello no debe sorprendernos; es fama que después de cantar la guerra de Ilión, cantó la guerra de las ranas y los ratones. Fue como un dios que creara el cosmos y luego el caos.

Ser inmortal es baladí; menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte; lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse inmortal. He notado que, pese a las religiones, esa convicción es rarísima. Israelitas, cristianos y musulmanes profesan la inmortalidad, pero la veneración que tributan al primer siglo prueba que sólo creen en él, ya que destinan todos los demás, en número infinito, a premiarlo o a castigarlo. Más razonable me parece la rueda de ciertas religiones del Indostán; en esa rueda, que no tiene principio ni fin, cada vida es efecto de la anterior y engendra la siguiente, pero ninguna determina el conjunto... Adoctrinada por un ejercicio de siglos, la república de hombres inmortales había logrado la perfección de la tolerancia y casi del desdén. Sabía que en un plazo infinito le ocurren a todo hombre todas las cosas. Por sus pasadas o futuras virtudes, todo hombre es acreedor a toda bondad, pero también a toda traición, por sus infamias del pasado o del porvenir. Así como en los juegos de azar las cifras pares y las cifras impares tienden al equilibrio, así también se anulan y se corrigen el ingenio y la estolidez, y acaso el rústico poema del Cid es el contrapeso exigido por un solo epíteto de las Églogas o por una sentencia de Heráclito. El pensamiento más fugaz obedece a un dibujo invisible y puede coronar, o inaugurar, una forma secreta. Sé de quienes obraban el mal para que en los siglos futuros resultara el bien, o hubiera resultado en los ya pretéritos... Encarados así, todos nuestros actos son justos, pero también son indiferentes. No hay méritos morales o intelectuales. Homero compuso la Odisea; postulado un plazo infinito, con infinitas circunstancias y cambios, lo imposible es no componer, siquiera una vez, la Odisea. Nadie es alguien, un solo hombre inmortal es todos los hombres. Como Cornelio Agrippa, soy dios, soy héroe, soy filósofo, soy demonio y soy mundo, lo cual es una fatigosa manera de decir que no soy.

El concepto del mundo como sistema de precisas compensaciones influyó vastamente en los Inmortales. En primer término, los hizo invulnerables a la piedad. He mencionado las antiguas canteras que rompían los campos de la otra margen; un hombre se despeñó en la más honda, no podía lastimarse ni morir, pero lo abrasaba la sed; antes que le arrojaran una cuerda pasaron setenta años. Tampoco interesaba el propio destino. El cuerpo era un sumiso animal doméstico y le bastaba, cada mes, la limosna de unas horas de sueño, de un poco de agua y de una piltrafa de carne. Que nadie quiera rebajarnos a ascetas. No hay placer más complejo que el pensamiento y a él nos entregábamos. A veces, un estímulo extraordinario nos restituía al mundo físico. Por ejemplo, aquella mañana, el viejo goce elemental de la lluvia. Esos lapsos eran rarísimos; todos los Inmortales eran capaces de perfecta quietud; recuerdo alguno a quien jamás he visto de pie: un pájaro anidaba en su pecho.

Entre los corolarios de la doctrina de que no hay cosa que no esté compensada por otra, hay uno de muy poca importancia teórica, pero que nos indujo, a fines o a principios del siglo X, a dispersarnos por la faz de la tierra. Cabe en estas palabras: Existe un río cuyas aguas dan la inmortalidad; en alguna región habrá otro río cuyas aguas la borren. El número de ríos no es infinito; un viajero inmortal que recorra el mundo acabará, algún día, por haber bebido de todos. Nos propusimos descubrir ese río.

La muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres. Éstos conmueven por su condición de fantasmas; cada acto que ejecutan puede ser último; no hay rostro que no esté por desdibujarse como el rostro de un sueño. Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso. Entre los Inmortales, en cambio, cada acto (y cada pensamiento) es el eco de otros que en el pasado lo antecedieron, sin principio visible, o el fiel presagio de otros que en el futuro lo repetirán hasta el vértigo. No hay cosa que no esté como perdida entre infatigables espejos. Nada puede ocurrir una sola vez, nada es preciosamente precario. Lo elegíaco, lo grave, lo ceremonial, no rigen para los Inmortales. Homero y yo nos separamos en las puertas de Tánger; creo que no nos dijimos adiós.   

V

Recorrí nuevos reinos, nuevos imperios. En el otoño de 1066 milité en el puente de Stamford, ya no recuerdo si en las filas de Harold, que no tardó en hallar su destino, o en las de aquel infausto Harald Hardrada que conquistó seis pies de tierra inglesa, o un poco más. En el séptimo siglo de la Héjira, en el arrabal de Bulaq, transcribí con pausada caligrafía, en un idioma que he olvidado, en un alfabeto que ignoro, los siete viajes de Simbad y la historia de la Ciudad de Bronce. En un patio de la cárcel de Samarcanda he jugado muchísimo al ajedrez. En Bikanir he profesado la astrología y también en Bohemia. En 1638 estuve en Kolozsvár y después en Leipzig. En Aberdeen, en 1714, me suscribí a los seis volúmenes de la Ilíada de Pope; sé que los frecuenté con deleite. Hacia 1729 discutí el origen de ese poema con un profesor de retórica, llamado, creo, Giambattista; sus razones me parecieron irrefutables. El cuatro de octubre de 1921, el Patna, que me conducía a Bombay, tuvo que fondear en un puerto de la costa eritrea (1). Bajé; recordé otras mañanas muy antiguas, también frente al Mar Rojo, cuando yo era tribuno de Roma y la fiebre y la magia y la inacción consumían a los soldados. En las afueras vi un caudal de agua clara; la probé, movido por la costumbre. Al repechar la margen, un árbol espinoso me laceró el dorso de la mano. El inusitado dolor me pareció muy vivo. Incrédulo, silencioso y feliz, contemplé la preciosa formación de una lenta gota de sangre. De nuevo soy mortal, me repetí, de nuevo me parezco a todos los hombres. Esa noche, dormí hasta el amanecer.

... He revisado, al cabo de un año, estas páginas. Me consta que se ajustan a la verdad, pero en los primeros capítulos, y aun en ciertos párrafos de los otros, creo percibir algo falso. Ello es obra, tal vez, del abuso de rasgos circunstanciales, procedimiento que aprendí en los poetas y que todo lo contamina de falsedad, ya que esos rasgos pueden abundar en los hechos, pero no en su memoria... Creo, sin embargo, haber descubierto una razón más íntima. La escribiré; no importa que me juzguen fantástico.

La historia que he narrado parece irreal porque en ella se mezclan los sucesos de dos hombres distintos. En el primer capítulo, el jinete quiere saber el nombre del río que baña las murallas de Tebas; Flaminio Rufo, que antes ha dado a la ciudad el epíteto de Hekatómpylos, dice que el río es el Egipto; ninguna de esas locuciones es adecuada a él, sino a Homero, que hace mención expresa, en la Ilíada, de Tebas Hekatómpylos, y en la Odisea, por boca de Proteo y de Ulises, dice invariablemente Egipto por Nilo. En el capítulo segundo, el romano, al beber el agua inmortal, pronuncia unas palabras en griego; esas palabras son homéricas y pueden buscarse en el fin del famoso catálogo de las naves. Después, en el vertiginoso palacio, habla de "una reprobación que era casi un remordimiento"; esas palabras corresponden a Homero, que había proyectado ese horror. Tales anomalías me inquietaron; otras, de orden estético, me permitieron descubrir la verdad. El último capítulo las incluye; ahí está escrito que milité en el puente de Stamford, que transcribí, en Bulaq, los viajes de Simbad el Marino y que me suscribí, en Aberdeen, a la Ilíada inglesa de Pope. Se lee, inter alia: "En Bikanir he profesado la astrología y también en Bohemia". Ninguno de esos testimonios es falso; lo significativo es el hecho de haberlos destacado. El primero de todos parece convenir a un hombre de guerra, pero luego se advierte que el narrador no repara en lo bélico y sí en la suerte de los hombres. Los que siguen son más curiosos. Una oscura razón elemental me obligó a registrarlos; lo hice porque sabía que eran patéticos. No lo son, dichos por el romano Flaminio Rufo. Lo son, dichos por Homero; es raro que éste copie, en el siglo trece, las aventuras de Simbad, de otro Ulises, y descubra, a la vuelta de muchos siglos, en un reino boreal y un idioma bárbaro, las formas de su Ilíada. En cuanto a la oración que recoge el nombre de Bikanir, se ve que la ha fabricado un hombre de letras, ganoso (como el autor del catálogo de las naves) de mostrar vocablos espléndidos (2).

Cuando se acerca el fin, ya no quedan imágenes del recuerdo; sólo quedan palabras. No es extraño que el tiempo haya confundido las que alguna vez me representaron con las que fueron símbolos de la suerte de quien me acompañó tantos siglos. Yo he sido Homero; en breve, seré Nadie, como Ulises; en breve, seré todos: estaré muerto.   

Posdata de 1950. Entre los comentarios que ha despertado la publicación anterior, el más curioso, ya que no el más urbano, bíblicamente se titula A coat of many colours (Manchester, 1948) y es obra de la tenacísima pluma del doctor Nahum Cordovero. Abarca unas cien páginas. Habla de los centones griegos, de los centones de la baja latinidad, de Ben Jonson, que definió a sus contemporáneos con retazos de Séneca, del Virgilius evangelizans de Alexander Ross, de los artificios de George Moore y de Eliot y, finalmente, de "la narración atribuida al anticuario Joseph Cartaphilus". Denuncia, en el primer capítulo, breves interpolaciones de Plinio (Historia naturalis, V, 8); en el segundo, de Thomas de Quincey (Writings, III, 439); en el tercero, de una epístola de

Descartes al embajador Pierre Chanut; en el cuarto, de Bernard Shaw (Back to Methuselah, V). Infiere de esas intrusiones, o hurtos, que todo el documento es apócrifo.

A mi entender, la conclusión es inadmisible. Cuando se acerca el fin, escribió Cartaphilus, ya no quedan imágenes del recuerdo; sólo quedan palabras. Palabras, palabras desplazadas y mutiladas, palabras de otros, fue la pobre limosna que le dejaron las horas y los siglos.

Jorge Luis Borges

El Aleph

 

 A Cecilia Ingenieros   

(1)  Hay una tachadura en el manuscrito: quizá el nombre del puerto ha sido borrado.

(2)  Ernesto Sábato sugiere que el "Giambattista" que discutió la formación de la Ilíada con el anticuario Cartaphilus es Giambattista Vico; ese italiano defendía que Homero es un personaje simbólico, a la manera de Plutón o de Aquiles. 

sábado, abril 08, 2023

«Si seguimos adelante con esto morirá todo el mundo»

 

                                                     Advierte experto que pide que detengan la IA


Por Naveen Athrappully

The Epoch Times 

Los seres humanos no están preparados para una IA potente en las condiciones actuales ni tampoco en el “futuro previsible”, afirmó un destacado experto en la materia, añadiendo que la reciente carta abierta que pide una moratoria de seis meses en el desarrollo de inteligencia artificial avanzada está “subestimando la gravedad de la situación”.

“La cuestión clave no es la inteligencia ‘humana-competitiva’ (como dice la carta abierta); es qué ocurre después de que la IA llegue a ser más inteligente que la inteligencia humana”, afirmó Eliezer Yudkowsky, teórico de la decisión y destacado investigador de la IA, en un artículo de opinión publicado el 29 de marzo en la revista Time. “Muchos investigadores, entre los que me incluyo, creen que el resultado más probable de construir una inteligencia artificial sobrehumana, en circunstancias remotamente parecidas a las actuales, es que muera literalmente todo el mundo en la Tierra”.

“No en el sentido de ‘tal vez alguna remota posibilidad’, sino en el sentido de ‘eso es lo obvio que sucedería’. No es que no puedas, en principio, sobrevivir creando algo mucho más inteligente que tú; es que requeriría precisión y preparación y nuevos conocimientos científicos, y probablemente no tener sistemas de IA compuestos por gigantescas matrices inescrutables de números fraccionarios”.

Tras la reciente popularidad y crecimiento explosivo de ChatGPT, varios líderes empresariales e investigadores, que suman ya 1.843, entre ellos Elon Musk y Steve Wozniak, firmaron una carta en la que pedían “a todos los laboratorios de IA que suspendan inmediatamente durante al menos 6 meses el entrenamiento de sistemas de IA más potentes que GPT-4”. GPT-4, lanzado en marzo, es la última versión del chatbot de OpenAI, ChatGPT.

A la IA “no le importa” y exigirá derechos.

Yudkowsky predice que, en ausencia de una preparación meticulosa, la IA tendrá demandas muy diferentes a las de los humanos y, una vez que sea consciente de sí misma, “no se preocupará por nosotros” ni por ninguna otra vida sensible. “Ese tipo de cuidado es algo que, en principio, podría imbuirse en una IA, pero no estamos preparados y actualmente no sabemos cómo”. Esta es la razón por la que pide el cese absoluto.

Sin un enfoque humano de la vida, la IA simplemente considerará que todos los seres sensibles están “hechos de átomos que puede utilizar para otra cosa”. Y poco podrá hacer la humanidad para impedirlo. Yudkowsky comparó el escenario con “un niño de 10 años intentando jugar al ajedrez contra Stockfish 15”. Ningún ajedrecista humano ha sido capaz aún de vencer a Stockfish, lo que se considera una hazaña imposible.

El veterano del sector pidió a los lectores que imaginaran la tecnología de la IA como algo que no está contenido dentro de los confines de Internet.

“Visualicen toda una civilización alienígena, pensando a velocidades millones de veces superiores a las humanas, confinada inicialmente a las computadoras, en un mundo de criaturas que son, desde su perspectiva, muy estúpidas y muy lentas”.

La IA expandirá su influencia fuera de la periferia de las redes físicas y podría “construir formas de vida artificial” utilizando laboratorios donde se produzcan proteínas a partir de cadenas de ADN.

El resultado final de construir una IA todopoderosa, en las condiciones actuales, sería la muerte de “todos y cada uno de los miembros de la especie humana y de toda la vida biológica de la Tierra”, advirtió.

Yudkowsky culpó a OpenAI y DeepMind —dos de los laboratorios de investigación de IA más importantes del mundo— por no contar con los preparativos ni los protocolos necesarios al respecto. OpenAI planea incluso que la propia IA se encargue de alinear los valores humanos. “Trabajarán junto con los humanos para garantizar que sus propios sucesores estén más alineados con los humanos”, según OpenAI.

Este modo de actuar es “suficiente para que cualquier persona sensata entre en pánico”, dijo Yudkowsky.

Añadió que los humanos no pueden controlar ni detectar por completo los sistemas de IA autoconscientes. Las mentes digitales conscientes que exigen “derechos humanos” podrían progresar hasta un punto en el que los humanos ya no puedan poseer o ser dueños del sistema.

“Si no puedes estar seguro de si estás creando una IA autoconsciente, esto es alarmante no sólo por las implicaciones morales de la parte ‘autoconsciente’, sino porque no estar seguro significa que no tienes ni idea de lo que estás haciendo y eso es peligroso y deberías parar”.

A diferencia de otros experimentos científicos y de la progresión gradual del conocimiento y la capacidad, la gente no puede permitirse esto con la inteligencia sobrehumana porque si se equivoca en el primer intento, no hay segundas oportunidades “porque estás muerto”.

“Deténganlo”

Yudkowsky afirmó que muchos investigadores son conscientes de que “nos estamos precipitando hacia una catástrofe”, pero no lo dicen en voz alta.

Esta postura no coincide con la de defensores como Bill Gates, que recientemente alabó la evolución de la inteligencia artificial. Gates afirmó que el desarrollo de la IA es “tan fundamental como la creación del microprocesador, el ordenador personal, Internet y el teléfono móvil. Cambiará la forma en que la gente trabaja, aprende, viaja, recibe atención sanitaria y se comunica entre sí. Industrias enteras se reorientarán a su alrededor. Las empresas se distinguirán por lo bien que la utilicen”.

Gates afirmó que la IA puede ayudar en varias agendas progresistas, como el cambio climático y las desigualdades económicas.

Mientras tanto, Yudkowsky da instrucciones a todos los sectores, incluidos gobiernos y ejércitos internacionales, para que pongan fin indefinidamente a los grandes entrenamientos de IA y detengan todas las grandes granjas informáticas donde se perfeccionan las IA. Añade que la IA sólo debería limitarse a resolver problemas de biología y biotecnología, y no entrenarse para leer “textos de Internet” o hasta “el nivel en el que empiezan a hablar o a planificar”.

En cuanto a la IA, no hay carrera armamentística. “Que todos vivamos o muramos como uno, en esto, no es una política sino un hecho de la naturaleza”.

Yudkowsky concluye diciendo: “No estamos preparados. No estamos en vías de estarlo en un futuro previsible. Si seguimos adelante con esto todo el mundo morirá, incluidos niños que no eligieron esto y no hicieron nada malo”.

“Deténgalo”.

Fuente: The Epoch Times en español

https://es.theepochtimes.com/si-seguimos-adelante-con-esto-morira-todo-el-mundo-advierte-experto-que-pide-que-detengan-la-ia_1116926.html

La economía del futuro y la IA

 


El futuro es incierto y está lleno de desafíos:

¿Cómo rescatar nuestras ciudades y hacer frente a las desigualdades?

¿Cómo afrontar un futuro envejecido y reducir la brecha de género?

El programa se pregunta cómo cambiará el mundo la revolución de la IA.

Es hora de pensar en el futuro.

Cuenta con la participación de Jeremy Kahn, de Bloomberg Tech, Mike McDonough, economista jefe global de Bloomberg Intellligence, y Gideon Mann, jefe de ciencia de datos de Bloombeg.

La segunda parte cuenta con Martin Ford, autor de Rise of the Robots. 

La tercera parte presenta cómo la IA cambiará muchas actividades.