martes, septiembre 05, 2017

El cambio cultural que Colombia necesita


Por Julián De Zubiría Samper
   


Para darle la bienvenida al papa y a la paz, el primer paso que deben hacer los educadores y los jóvenes es seguir unidos por la reconciliación.


En 4.000 colegios y 70 universidades del país realizamos, el pasado 30 de agosto, múltiples actos simbólicos de reconciliación y perdón. En unos, una comunidad vestida de blanco, oró para darle la bienvenida al papa; en otros, se intercambiaron palabras, abrazos y cantos, ofreciendo el corazón y el perdón.  Pero el mensaje, en últimas, era el mismo: Como nos enseñó John Lennon, lo que pedíamos era darle un chance a la paz y a la reconciliación en Colombia.

Los colegios se llenaron de sensibilidad, alegría, afecto, carteleras y abrazos. En las universidades se realizaron múltiples eventos artísticos. Al hacerlo, los jóvenes nos recordaban que el arte ayudará a florecer la sensibilidad que la guerra nos quitó a pedazos, pero que, como duró tanto tiempo, casi nos arrebata el corazón entero. Los jóvenes le dieron una profunda lección a la sociedad: la invitaron a dejar atrás una cultura que hemos heredado de la guerra y que se caracteriza por la búsqueda del beneficio personal, independientemente del daño que pueda causar a los otros. Antanas Mockus la denominó la “cultura del atajo”, ya que la idea que predomina es que hay que lograr el éxito en el menor tiempo posible y recurrir a todas las artimañas creadas o por inventar. Es la cultura de la trampa, de las siliconas, de las “pirámides económicas” y de la desconfianza hacia quienes nos rodean. Es la que condujo a afirmar a los colombianos que “sin tetas no habría paraíso para las niñas” y que, “a papaya puesta, papaya partida”. Es una cultura que considera como “vivo” al que roba el dinero de la salud y la educación de los niños, el que se cuela en la fila o el que golpea a su mujer para no “dejársela montar de ella”. Es la cultura que le dice a la mujer violada que ella “se lo buscó” por usar minifalda; es esa cultura que afirma que fue “por algo” que mataron al líder social, ya que “quién sabe en qué andaba”.

Para que las guerras subsistan, quienes las promueven, necesitan inventar enemigos y generalizar el miedo y la sed de venganza. Colombia no ha sido la excepción. Algunos han sembrado odio y desconfianza a lo largo y ancho del país. Hoy, su fruto más claro es la destrucción del tejido social, la ausencia de proyectos conjuntos nacionales, la desconfianza en los otros y el empoderamiento de la cultura del “vivo”.

“En momentos de ira e intenso dolor, la razón se nubla” decía Aristóteles. Colombia está enferma emocionalmente, ya que ha vivido demasiado tiempo en medio de la guerra y de las mafias. Tiene ira e intenso dolor, y por ello no razona con cuidado. La guerra endureció el corazón de los colombianos, nos dejó una estructura ética en la que predomina la búsqueda del beneficio personal, aun a costa de atropellar a quienes nos rodean. Fruto de esta combinación, el padre le dice al hijo que “no se la deje montar de los demás” y que debe “pegar antes de que le peguen”.

En los colegios hay “desertores” y “bandas de guerra”. A los mejores ciclistas los llamamos -como en las mafias- los “capos”. Es una cultura que aceptó que las mafias se apoderarán, uno a uno, de los equipos de fútbol. Algunos convirtieron a los narcotraficantes en sus héroes y varios partidos políticos se financiaron con sus recursos; pero todos los vimos crecer ante la complacencia del Estado y la sociedad. En silencio, convivimos con quienes imponían una nueva estructura ética para el país. Ese fue su legado más profundo, estructural y destructivo.

Hay políticos sintonizados con esta cultura mafiosa que invitan al odio y que siembran desconfianza y sed de venganza, una especie de minas antipersonales; en este caso, anti-tejido social. Son aquellos que se han beneficiado política y económicamente del conflicto. Es relativamente fácil explicar su éxito, ya que décadas de masacres, secuestros y desapariciones, dejan cicatrices muy difíciles de sanar. Hábilmente, estos políticos crean un discurso del desasosiego.  Y, en un país tan inculto y tan acostumbrado a las muertes y a la acción de los sicarios, la estrategia explota electoralmente las emociones primarias. Ellos saben que el miedo es el arma secreta de la manipulación y han sabido acrecentarlo a punta de falacias y mala educación. Su discurso es corto en ideas y futuro, pero poderoso para los propósitos electorales. Ellos están dispuestos a “vender su alma al diablo”, con tal de volver al poder e impedir que la justicia los alcance.

Sin embargo, los jóvenes tienen el potencial para devolvernos la esperanza. Están -como muchos de nosotros- hastiados de un discurso político que sólo busca el retorno al poder de quienes fueron desplazados por la fuerza los tiempos. Como millones de colombianos, quieren que el debate no se centre en los intereses electorales de la clase política. Quieren conocer los sueños y las expectativas de otros jóvenes, las hazañas de nuestros deportistas, los resultados de los estudios de nuestros investigadores y la voz de los silenciados. Creen y quieren enseñarnos a tolerar y a respetar las diferencias. Son más valientes y por ello, quieren decir, a voz en cuello, lo que piensan. 

Tardíamente han aceptado la invitación de Jaime Garzón, quien les recordaba que, si ellos no se empoderaban para resolver los problemas nacionales, nadie vendría a resolvérselos. Yo les agrego que, si siguen indiferentes, lo más probable es que se los resuelvan en contra de ellos. Pero ahora están convencidos de que, ante el silencio de los fusiles y los cilindros de gas, deberían sonar los violines y las trompetas. Su mensaje es tan sencillo como profundo: Más arte, educación, cultura y nueva música colombiana y menos explosiones de ira y de metrallas. Muchos nos contagiamos de su alegría y esperanza.

Estanislao Zuleta nos decía que la democracia no es la ausencia de contradicciones, sino el aprender a manejarlas sin tener que matarnos. Como él, muchos aspiramos a que los conflictos no se sigan resolviendo a machete y bala, como hasta el momento ha sucedido en Colombia; que el Día de la madre deje de ser en el que más homicidios se cometen y que los jóvenes no mueran sin conocer la primavera.

Como tantos jóvenes, no queremos salir a la calle y que alguno se sienta más “vivo” porque se coló en la fila. No queremos oír a nuestros presidentes en ejercicio invitando a “darle en la jeta a otro”, ni a robar, así algunos crean que existen “justas proporciones” del hurto. No queremos que los padres sigan enterrando a sus hijos porque son líderes sociales o jóvenes empobrecidos. No queremos que el debate político se silencie porque algunos han sembrado por todo el país el miedo y la sed de venganza; así como sucedía antes cuando no podíamos caminar porque estaba lleno de minas “quiebra patas”, secuestros y extorsiones.

Parafraseando a Winston Churchill, podríamos decir que “los políticos piensan en exceso en las próximas elecciones, en tanto los educadores pensamos en las próximas generaciones”. Esa es la crucial diferencia. Por eso suele haber desconfianza entre unos y los otros.

Queremos un país que escuche más a los educadores que a los políticos, un país que invierta más en ciencia, investigación, educación, cultura y deporte, y menos en guerra y en corrupción. 

Ese cambio cultural es posible, pero lento. Y podemos estar totalmente seguros de que no lo impulsarán los políticos. Este cambio será jalonado por los jóvenes y la sociedad civil. Hay que repetirlo hasta el cansancio: La educación es el único camino a la paz. La explicación es sencilla: firmamos unos acuerdos, pero la paz verdadera sólo es posible cambiando esta cultura heredada de la guerra.  Nos tardaremos décadas hasta que aprendamos a valorar la vida, respetar las diferencias y a trabajar en común para fortalecer el tejido social y los sueños colectivos. Por eso, tenemos que empezar cuantos antes. La visita del papa Francisco y la Jornada por la Reconciliación, nos invitan a dar el primer paso. Para dar el segundo, tendremos que quitarles los micrófonos a los políticos y dárselo a los jóvenes, los artistas y los educadores. Ellos representan la vida, la esperanza y el futuro. Como decía Cortázar, “La esperanza le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose”.

Julián De Zubiría Samper
Director del Instituto Alberto Merani y consultor en educación de las Naciones Unidas.



http://www.semana.com/educacion/articulo/papa-francisco-reconciliacion-para-colombia-en-educacion/538761
   RESULTADOS
  SIMULACRO 2
  GRADO 9°




viernes, agosto 18, 2017

Ghostpoet 

Dark Days + Canapés

  

Full Album




El cantautor británico Ghostpoet habló con Semana.com




                                             Foto: tomada de Facebook -  Semana.com

Me gusta el lado oscuro de la vida, el que no cubre el pop brillante

Sobre su reciente lanzamiento
Dark Days + Canapés’, 
un trabajo atmosférico y profundo que cataliza las problemáticas actuales.


[…] SEMANA mira al otro lado del espectro. Habló en exclusiva con  Ghostpoet, como se hace llamar el músico experimental londinense Obaro Ejimiwe.

Desde 2010 el talentoso morocho irrumpió en la escena musical con sus atmósferas y canto de registro bajo. En ese lapso ya ha hecho de su nombre una realidad con discos versátiles y una contundente colaboración junto a los reyes de Bristol, Massive Attack.

Con motivo del lanzamiento de su cuarta y más reciente producción, ‘Dark Days + Canapés’ Semana.com habló con él. Si Colombia no lo conoce, se abre una ventana para que pueda navegar el material nuevo, que ha recibido críticas muy positivas, y descubrir los sonidos que ha recorrido en el pasado.

Semana: Su música en Colombia no es tan conocida, más allá de referencias a su voz y su colaboración con Massive Attack. ¿Existe alguna intención detrás de su nombre artístico? ¿Qué hace Ghostpoet?

Ghostpoet: No hay un sentido profundo detrás. Quería evitar que mi nombre reflejara algún género o llevara a asumir algo sobre la música. Traté que ‘Ghostpoet’ funcionara como una puerta a la que entras y, si te gusta lo que escuchas, te quedas. Evité también mi nombre real, que es bastante largo -risas-. Sobre qué ofrezco como artista, soy un cantante y compositor que en el momento crea música para guitarra.


Semana: Usted se presenta como alguien que toca guitarra, pero por su sonido y colaboraciones es fácil asociarlo con el trip-hop e incluso con rap experimental. ¿Cómo siente usted estas asociaciones?

Ghostpoet: Son algo locas, no creo conectar ni con trip-hop ni con el rap. Pero es difícil porque todos tenemos un marco de referencia sobre lo que debería ser y hacer un cantautor o un compositor específico. Vivimos en un mundo en el que somos afortunados por poder escuchar estilos de música muy variados, y reflejamos desde los estilos que nos tocan más. Digo que hago música de guitarra por ponerle un rótulo, pero creo que se trata de música experimental, que combina muchas vertientes.


Semana: Desde 2010 es un artista que vive de su arte, graba sus discos. Cuéntenos de su evolución como artista desde sus inicios hasta este nuevo álbum.

Ghostpoet: Comencé a nivel profesional en 2012-2011, pero mi camino de descubrimiento empezó mucho antes, en mi cuarto. Allá compuse por primera vez usando lo que tenía a disposición en ese entonces: mi voz y un viejo computador.

Afortunadamente, con el tiempo he podido expandir mi ‘paleta sónica‘. He integrado músicos y he tenido acceso a instrumentos acústicos y mucho más. Mi sonido ha evolucionado tanto como yo he evolucionado como artista y humano, y se sigue desarrollando. Este viaje de descubrimiento me ha traído a este punto, y ahora tengo la fortuna de hacer la música que me nace, al ritmo que me nace y sin restricciones. Ahora, en Colombia soy desconocido, pero eso es refrescante. Tienen todo el catálogo de lo que he hecho por descubrir.


Semana: ¿Cuánto han cambiado sus influencias con el paso del tiempo?

Ghostpoet: El primer disco que compré fue de un cantante experimental de Manchester, (Badly Drawn Boy - Hour of Bewilderbeast) que con su trabajo me llevó a un viaje. Creó un mundo que invitaba a seguir de principio a fin, descubrir los matices y también la experimentación en sus letras y su música. Lo compré cuando tenía unos 13 o 14 años, mucho antes de empezar a tocar por mi parte, pero claramente se quedó conmigo.

Cuando empecé con esto, quise, subconscientemente, hacer música que apuntara a un sentimiento, a capturar momentos en el tiempo y sensaciones emocionales que todos atravesamos. Me gusta la idea de hacer música que, sin importar dónde estés en el mundo, y así no comprendas el sentido de las letras en inglés, te haga sentir emociones.


Semana: Esa influencia que menciona funcionó como una semilla...

Ghostpoet: Sin duda. Y otro aspecto de esa influencia es el impulso a crear música que resista el paso del tiempo. Eso no se logra enfocándose en ‘sencillos exitosos‘ o tratando de componer obras muy populares en un corto periodo. quiere decir que hay que seguir el camino de grandes como Leonard Cohen, PJ Harvey, Radiohead, Massive Attack y Nick Cave and the Bad Seeds, por mencionar algunos, gente que hace música que ha impactado al mundo entero por su profundidad.


Semana: En su nuevo álbum se siente un fuerte elemento atmosférico, ¿traduce esto en su experiencia en vivo?

Ghostpoet: Es interesante. Cuando se graba un disco no se tiene claro exactamente cómo saldrá al final. Me decidí por las canciones que creí encerraban y transmitían este momento en el tiempo en el que vivimos. y, aunque las consideraba profundas, no sabía cómo saldría todo. Pero con un disco sucede lo que pasa con una escultura, trabajando y trabajando se va llegando a esa figura a la que se aspira.

Solo pienso la experiencia en vivo cuando el disco está terminado. De hecho hemos estado ensayando para unos toques que haremos pronto, y ha sido muy bueno. Trabajo con una banda completa, guitarra, bajo, batería y teclados, y representa un reto. He tratado de hacer la experiencia en vivo distinta desde la escucha pero similar desde la sensación que provoca.


Semana: Mencionó que su disco puede y debe impactar a aquellos que entienden inglés y a los que no. ¿Qué dicen sus letras?

Ghostpoet: En ellas abordé sucesos sociales, la crisis de la inmigración, el calentamiento global, el consumismo, pero también el amor, la lujuria y la tentación y el torbellino de emociones que vivimos como humanos. Además, me hago preguntas que me vienen persiguiendo con cada día que pasa. La mortalidad, por ejemplo. Por otro lado, me gusta el lado oscuro de la vida, y tratar de abordar temas que no cubre el ‘pop brillante‘.

Es una mezcla de temas que obedece a lo que me vengo preguntando y que, creo, la gente de mi edad y un poco más, se vienen preguntando. Tengo 34 años, no soy un vejete, pero estoy en ese punto en la vida en el que se supone que debo haber logrado ciertas cosas. Otros de mis contemporáneos y yo nos preguntamos: ¿lo hemos logrado?, ¿somos exitosos?, ¿qué nos depara el futuro?

Semana: Usted hace las cosas a su manera, pero seguramente su vida ha cambiado. ¿Extraña algo de sus días en el anonimato?

Ghostpoet: Otra razón por la cual soy afortunado: no, no extraño el pasado. Antes de la música fui a la universidad, y luego tuve un típico trabajo de 9am a 5pm que no me gustaba. La música, desde que solo escuchaba, y ahora más porque la hago, siempre fue una pasión. Así que estoy en lo que amo y es genial. No soy uno de estos artistas que siente que el éxito se traduce en vender un millón de discos o puntear los listados, sería muy bueno si pasara, pero hacer música, ser creativo, poder pagar mis recibos, y vivir donde puedo hacer lo que puedo y quiero define ‘éxito’ para mí. No me puedo quejar, sería un descaro.

http://www.semana.com/cultura/articulo/me-gusta-el-lado-oscuro-de-la-vida-el-que-no-cubre-el-pop-brillante/536834







jueves, agosto 17, 2017



CorpBanca

El relato del drama de un ciudadano para obtener un paz y salvo, que no ha logrado conseguir aún, de esta entidad bancaria
Por: Adrián Utsman
Agosto 17, 2017

El viacrucis con CorpBanca
Imagen de las2Orillas.com
RESULTADOS SIMULACRO 1 
GRADO 9°






lunes, julio 31, 2017

PROGRAMACIÓN SIMULACROS 
VIERNES 4 DE AGOSTO




viernes, julio 28, 2017

¿Cómo calcular la Nota de Filosofía?


De este  Simulacro se saca una Nota
en la  Competencia Cognitiva.
¿Cómo calcular la Nota de Filosofía?
Sencillo
El ICFES reunió en la Prueba de Lectura Crítica
a Lenguaje y Filosofía
El puntaje máximo es 100
5 es múltiplo de 100
Por equivalencia: 5/100=0,05
y este se multiplica por el puntaje que sacó el estudiante en Lectura Crítica.
Ejemplo:
La Nota del estudiante Esteban Rodríguez Oliveros:
Su puntaje fue de 80,61 en Lectura Crítica
Tenemos:
5/100=0,05x80,61= 4,03
La Nota sería 4,03
Cada estudiante realice la operación

y establezca así su respectiva Nota.
RESULTADOS PRIMER SIMULACRO
LOS 3 EDITORES 2017

GRUPO 11°2


RESULTADOS PRIMER SIMULACRO
LOS 3 EDITORES 2017


GRUPO 11°1





domingo, julio 09, 2017

La  economía colaborativa, a pasos agigantados


Semana.com     Economía 

Uber, Airbnb y Bitcoin son tres claros ejemplos de la amenaza
que representan los negocios digitales para los tradicionales.


Un fantasma recorre el mundo entero. Se trata de la llamada economía colaborativa que, según estimaciones, moverá 235.000 millones de dólares en el año 2025. La idea de ese fantasma, que se define como un sistema económico en el que se comparten e intercambian bienes y servicios, a través de plataformas digitales, es bien simple.

Si usted necesita con urgencia un plomero, ¿por qué no utilizar el teléfono móvil para ubicar a uno que esté cerca -gracias a los servicios de geolocalización- y contratarlo directa y rápidamente, sin tener que esperar a que la empresa de seguros envíe a alguien, que cobrará más caro y llegará en dos días? Para el plomero es una oportunidad de ofrecer su servicio de manera independiente, sin dejarle a una compañía intermediaria la mitad del honorario, tan solo ofertando en una red social.

Hay más de un ejemplo como este en el que interactúan directamente las personas si la mediación de las empresas que tradicionalmente monopolizan tales negocios. Por ejemplo, la red para ofrecer alimentación a otras personas llamada Vizeat, que funciona como el Uber de la gastronomía y ya cuenta con casi 100.000 usuarios en el mundo que prefieren degustar los platos de la cocina de una familia en lugar de ir a un restaurante.

Hay otra muy popular en Colombia, en donde la gente compra bienes -usados o nuevos- directamente a otras personas, en lugar de ir al Éxito o a Falabella. Se llama OLX y publica 800.000 nuevos avisos cada mes, generados por más de 400.000 personas. La venta de bienes usados es uno de los motores más reconocidos de la economía colaborativa. Un estudio del Centro Nacional de Consultoría, realizado a finales de 2015, encontró que los colombianos vendieron en el último año 2.353 millones de pesos en bienes usados y que el 13 por ciento lo hizo con algún producto de segunda mano.

El caso más conocido de este nuevo fenómeno empresarial es Uber, que nació con la idea original de que cualquier ciudadano pueda transportar a otro en su automóvil. Su éxito fue tal, que rápido provocó la airada respuesta de los conductores de taxis en muchos países del mundo, con los bogotanos encabezando el ranking internacional de violencia contra la economía colaborativa.

Uber no pretende ser un servicio de lujo más, registrado en una Cámara de Comercio y formalizado como los tradicionales taxis blancos que han existido por años en el sector turístico. En eso, dicen los expertos, se equivoca el Ministerio de Transporte, que lo ha obligado a funcionar de esa manera en Colombia.

La idea detrás de Uber, Lyft, BlaBlaCar y tantos otros sistemas de transporte basados en el consumo colaborativo es que los ciudadanos que poseen un vehículo, el cual pasa ocioso una buena parte del día, puedan ofrecerlo a otras personas, a precios menores que los taxis y con los beneficios adicionales del buen trato y el aprovechamiento máximo del recurso.

Desde los años setenta se promovía en Europa la idea de que entre vecinos se arreglaran para ir juntos al trabajo en un solo auto, con el objeto de reducir el consumo de gasolina y mitigar la congestión de tránsito. En ese movimiento puede hallarse el vestigio más antiguo de la actual economía colaborativa. Pero solo hasta la aparición de las plataformas tecnológicas de hoy -internet, GPS y las redes sociales- se hizo posible la masificación y la operación práctica de estos hábitos urbanos, heredados del trueque de los tiempos prehistóricos.

Parece que no se equivocó la revista Time cuando incluyó el consumo colaborativo entre las diez ideas que cambiarán al mundo, en una edición de finales de 2011. Un año antes había aparecido el libro What’s Mine is Yours: The Rise of Collaborative Consumption (Lo que es mío es tuyo: el auge del consumo colaborativo), de Rachel Botsman, el cual es considerado como el hito teórico más importante de este movimiento.

“La economía colaborativa es un modelo construido sobre redes descentralizadas de personas conectad-das, quienes crean, distribuyen y consumen valor pasando por alto las instituciones centralizadas tradicionales”, dice la autora. Dos años más tarde, The Economist le dio la bendición oficial ante sus lectores con un especial sobre el tema, y a partir de allí la economía colaborativa entró en el radar de la opinión pública.

El fenómeno Airbnb

En octubre de 2007, a Brian Chesky y Joe Gebbia, dos emprendedores de San Francisco, les notificaron de un abrupto incremento del 25 por ciento en el canon de alquiler de su apartamento, y para cubrir el sobrecosto se les ocurrió alojar en él a algunas personas que llegarían el fin de semana siguiente para una convención en la ciudad.

Allí nació Airbnb (Airbed & Breakfast), la plataforma que hoy ofrece casi 2 millones de lugares para alojarse en 34.000 ciudades de 190 países. Cada noche, 140.000 viajeros en todo el mundo se hospedan en casas registradas en este servicio. Es el emprendimiento de economía colaborativa que mayores estragos ha causado en los negocios tradicionales.

Una cuarta parte de los casi 50.000 asistentes al reciente congreso mundial de telefonía móvil, celebrado en Barcelona, en febrero, utilizaron Airbnb en lugar de los hoteles de la ciudad. 

En Barcelona, 9.000 personas se embolsillaron 115 millones de euros durante el año pasado, alquilando sus habitaciones mediante Airbnb, y en Madrid 3.200 anfitriones recibieron 16 millones de euros, según estudio revelado por la misma compañía hace pocos días.

En Colombia, la Asociación Hotelera y Turística de Colombia (Cotelco) anunció que promoverá un proyecto de ley para que los alojamientos de Airbnb en el país se sometan a las mismas regulaciones de los hoteles: facturación con IVA, RUT y registro hotelero, tal como solicitan las empresas de taxis en relación con Uber.

Las críticas

Como era de esperarse, promover la economía colaborativa se volvió también un negocio. Airbnb ha sido valorada en 25.000 millones de dólares y es una de las cinco startup más exitosas del momento. Uber está valorada en 50.000 millones de dólares y ya el gigante Google invirtió en ella 258 millones de dólares, al considerarla el futuro del transporte público en el mundo; en tanto que General Motors invirtió el año pasado 500 millones de dólares en Lyft, la competencia más fuerte de Uber.

Los puristas del consumo colaborativo rechazan a estas startup que se enriquecen con el intercambio directo entre las personas, y reclaman volver a los orígenes del concepto, es decir, el trueque de bienes y servicios, sin ánimo de lucro y sin una relación cliente-proveedor, como ocurre cuando se comparte un automóvil, o como es el caso de Couchsurfing, plataforma para permitir que un viajero pernocte en casa sin cobrarle, a cambio de poder recibir el mismo servicio cuando uno viaja, y que cuenta ya con más de 11 millones de usuarios en 200.000 destinos.

Pero las plataformas que propician este intercambio requieren inversiones tecnológicas considerables para garantizar el contacto entre las personas. Airbnb, por ejemplo, tiene más de 40 millones de usuarios, lo que implica servidores poderosos y el desarrollo de un algoritmo para ofrecer a quien busca el servicio que necesita en el lugar más conveniente.

OLX no cobra comisión a las personas que venden productos en su plataforma, sino que intenta lucrarse con publicidad contextual, tal como hace Google en su buscador de información en internet, en tanto que Uber y Airbnb cobran una comisión por cada servicio.

Prohibir los avances tecnológicos

En el siglo XIX, las empresas de coches tirados por caballos en Inglaterra presionaron al gobierno británico para que prohibiera la llegada de los vehículos de motor. Aquellas presiones lograron la famosa “Ley de la bandera roja”, con la cual se obligaba a la naciente industria automotriz a incluir un hombre que debía caminar a 60 metros por delante advirtiendo que se aproximaba una máquina autopropulsada, así como otras restricciones.

“Hacer ilegal este tipo de negocios no detendrá el avance tecnológico”, sostiene
MichaelGregoire, CEO de la multinacional CA Technologies, haciendo referencia al debate alrededor de la legalidad de Uber.

Los hoteles de Nueva York lograron el año pasado que un juez prohibiera el funcionamiento de la plataforma Airbnb, al demostrar que ha lesionado significativa-mente el negocio de los hoteles neoyorquinos. Y Yellow Cab, la mayor empresa de taxis de San Francisco, se declaró en bancarrota en diciembre último y señala a Uber -que nació en esa ciudad- como la responsable de su quiebra.

Las entidades financieras también se quejan. Hace un par de años los bancos centrales de varios países -y la Superintendencia Financiera en Colombia- emitieron circulares descalificando al bitcóin como medio de pago legítimo-. Bitcóin es una moneda virtual, utilizada por comunidades de internet, que permite transacciones directas entre personas sin mediación de los bancos y que se cotiza actualmente en 418 dólares por bitcóin.

Las críticas que los negocios tradicionales formulan contra las compañías de economía colaborativa es la misma: no pagan impuestos en cada país donde son utilizadas, no facturan IVA y no están sometidas a los controles. Pero olvidan que no se trata de empresas de igual naturaleza que las tradicionales.

Airbnb no es una cadena de hoteles, ni Uber una empresa de transporte público, ni OLX un supermercado. Tampoco Bitcoin es un banco. Son solo plataformas tecnológicas del tipo red social mediante las cuales las personas hacen transacciones de forma directa utilizando la internet libre, lo que hace imposible someterlas a las regulaciones de la economía formal.

En Estados Unidos una persona que saldrá de viaje por varios días puede dejar su auto en manos de FlightCar, que lo arrendará a alguien que lo necesite. Cuando regrese recibirá de vuelta su carro, lavado y en el aeropuerto, con lo cual no tendrá que utilizar un taxi para llegar a casa. ¿Para qué comprar un taladro que utilizará por un par de horas durante el año? En España está Relendo, en donde alguien le alquilará lo que necesite. En Colombia, quien planea estudiar en otra ciudad y necesita habitación compartida, tiene la solución en Rumis. Y Fuímonos es tal vez la app más destacada en el país en el campo de automóvil compartido.

En TaskRabbit, Cronecction y Cronoshare cualquiera puede ofrecer tiempo de trabajo en alguna cosa que sepa hacer bien (por ejemplo, enseñar inglés o llevar de paseo a una mascota) y recibir a cambio algún servicio de otro miembro de la red.

Son miles de plataformas, algunas globales y otras locales, de economía colaborativa que ganan suscriptores a diario. En Europa tiene éxito Grownies para intercambiar la ropa que sus niños ya no necesitan; Book Mooch permite intercambiar libros usados en varios países, y hay plataformas para préstamos de dinero, para ayudar en las tareas escolares y para encontrar a alguien con motocicleta y que viva cerca, quien se encargará de hacer compras por usted y llevarlas hasta su casa, como hace Mercadoni, creada el año pasado en Bogotá.

El debate sobre la economía colaborativa continuará, mientras las más de 5.000 plataformas identificadas hasta ahora en este campo se expanden rápidamente. La historia del progreso humano muestra que la resistencia a las nuevas tecnologías que generan crecimiento y eficiencia económica es invariablemente inútil, sentencia Michael Gregoire.

http://www.semana.com/economia/articulo/uber-airbnb-y-bitcoin-economia-colaborativa-amenaza-a-la-tradicional/465955


sábado, julio 08, 2017

Las trampas  del deseo II


El libro de Dan Ariely, cuyo sugestivo título plantea la existencia de un patrón consistente de irracionalidad en las decisiones económicas, se ha convertido en un gran éxito del mercado editorial debido, quizá, a la sencillez y lúdica con que muestra las evidencias respecto a las fallas sistemáticas en el razonamiento lógico humano y, por tanto, lo susceptibles que somos a los engaños del mercado. 

Ariely nos permite entender como nuestras decisiones no son tan racionales y previsibles, y como, de manera sistemática y errónea, entramos en un juego donde las reglas son difíciles de comprender para nosotros, los jugadores, pero simples para aquellos que, con suficiente experiencia, manipulan nuestras percepciones, juicios y elecciones finales.

La economía tradicional nos ha mostrado un homo    economicus, para quien el consumo es un proceso racional donde se busca conseguir la mayor ganancia con la menor cantidad de recursos. Sin embargo, a través de su apasionante libro, Ariely nos enseña, con suficientes argumentos derivados de gran cantidad de experimentos, que estamos muy lejos de esta premisa, aunque constantemente busquemos justificaciones que nos ayuden a mantener nuestra “lógica” al analizar las decisiones que tomamos.       

Queramos aceptarlo o no, normalmente nuestras decisiones son generalmente bastante impulsivas. 

Como comentan Sandoval, Caycedo y López (2008): “El razonamiento humano aparentemente funciona a partir de ciertas representaciones del mundo que no son totalmente abstractas, pero tampoco específicas, se trata de un razonamiento que excluye información en ocasiones valiosa y vincula aspectos importantes para las personas, pero muchas veces irrelevantes para elegir.       

Este razonamiento natural puede ser imperfecto, equivocado, inestable y sesgado, pero en cualquier caso describe la forma en que todos nos comportamos.” (p.7).

Así, el libro de Ariely nos acerca al prometedor campo de la economía conductual, que involucra un conjunto de modelos y teorías desarrolladas tanto, en el campo de la economía, como en el de la psicología, dentro del cual el premio Nobel Daniel Kahneman planteó un desafío fundamental a la economía: explicar por qué el ser humano tiende a comportarse de manera sesgada, empleando heurísticos que llevan a errores frecuentes en sus procesos de decisión.   (Kahneman, 2003). 

Ariely muestra que las personas evaluamos las cosas de acuerdo a nuestro contexto; es decir, que asumimos el valor en relación con las comparaciones posibles, no a partir de una valoración absoluta de las alternativas.   

Las comparaciones se suceden en el curso de la vida, a través del proceso continuo de aprendizaje. Esto hace que nuestra manera de ver el mundo dependa de las alternativas que tengamos al momento de enfrentarnos a una disyuntiva, pero esta valoración se basa en una comparación constante y evolutiva. 

La sociedad nos provee con comparaciones parecidas, nos enseña a comparar de manera estándar, de ahí el sentido de muchas estrategias masivas de mercadeo y publicidad. Pero estas comparaciones nos llevarían a sesgos y valoraciones desventajosas, de no ser porque nuestro cerebro posee limitaciones inherentes a nuestra caracterización como especie. En muchas ocasiones somos víctimas de los señuelos: los colores, las formas, los tamaños, los rótulos, los adjetivos comparativos, los sustantivos sugestivos, las cifras difíciles de recordar y las mejoras en las líneas de producto.     

Además del contexto de elección, otro aspecto que limita nuestra racionalidad en la toma de decisiones, son los precios “ancla”: aquellos que estamos acostumbrados a pagar por las cosas que consumimos. Las anclas no solo nos ayudan a evaluar el costo actual de los bienes o servicios, sino que pueden obrar en nuestra contra, dado que influyen sobre los precios futuros. 

Ariely denomina a este error “coherencia arbitraria” y se extiende a diferentes categorías de productos en donde, si los objetos son parecidos en apariencia, utilidad o valencia afectiva, así mismo tendrán que serlo en el precio que estamos dispuestos a pagar. 

Es curioso el ejemplo de cómo ciertas medicinas, que si no presentan un valor alto, como el que hemos estado dispuestos a pagar por un muy buen tratamiento médico, observamos que no tienen el mismo nivel de efectividad así sus componentes químicos sean iguales o similares. Dependemos de nuestras experiencias previas en el precio y en la efectividad de los productos para mantener nuestros hábitos de consumo, independientemente de lo racionales o no que hayan sido, o dicho de otra manera, más que valernos de las experiencias previas por su nivel de utilidad, lo hacemos por la memoria y recuerdos que tenemos de nuestras vivencias de consumo.    

En el tercer capítulo el autor nos introduce en el interesante mundo de los números, particularmente en el mundo del cero, y muestra como la palabra gratis crea un nivel de influencia en nosotros tan grande, que terminamos tomando alternativas que pueden resultar más costosas y de menor satisfacción que aquellas que representan una pérdida. Esto sucede merced a la aversión a la pérdida que presentamos permanentemente, de manera que cuando se nos presenta una opción gratuita, todo lo demás se ve como desventaja. 

El concepto del no coste, nos pone asimismo en una disyuntiva al transponerlo en las situaciones sociales y en las situaciones de índole comercial o mercantil.        

En las primeras, hay muchas relaciones en donde el valor de las mismas está dado por la cortesía y los lazos personales o afectivos que no permiten dar un valor monetario a la colaboración. En las segundas, es decir, las normas mercantiles, se encuentra una clara disposición a recibir retribución por las cosas que se realizan, y en la medida en que esta retribución se acepte de manera más intensa, mejor podrá ser el empeño en las labores asignadas. Pero en muchas ocasiones, como en el caso frecuente de los cargos de “manejo y confianza”, por ejemplo, se comunica a los empleados la idea que están trabajando bajo normas sociales que implican tener una causa o sincronía personal con el trabajo desempeñado, lo cual busca evocar altos niveles de responsabilidad y compromiso (recordemos la famosa frase de “Póngase la camiseta”). No obstante, cuando el empleado necesita gozar de beneficios por ser parte de este círculo social, se olvidan estos aspectos y pasan nuevamente al plano de las relaciones comerciales, lo que contribuye a extinguir las conductas relacionadas con la lealtad o el compromiso moral hacia el trabajo.       

Con esto queremos decir que, aunque el dinero puede ser un gran reforzador a corto plazo, los lazos sociales y de convivencia en pro de un objetivo o causa común, pueden ayudar a mantener y extender, en tiempo y en intensidad, los comportamientos de las personas, ya que como dice Ariely: “El dinero resulta ser con mucha frecuencia la forma más cara de motivar a la gente. Las normas sociales no solo son más baratas, sino que a menudo resultan también más efectivas” (p. 104).   

Otros aspectos que también condicionan en nuestra racionalidad en temas como la excitación sexual, la desidia y el bajo autocontrol, son estudiados y expuestos en los capítulos 5 y 6 del libro. En general, el logro de los objetivos planteados a mediano y largo plazo, muchas veces se ve opacado al sucumbir a los deseos inmediatos y a la recompensa que da el consumo a corto plazo.       

Hay una gran diferencia entre decidir (verbalizar lo que se va a escoger) y elegir (conducta específica de adquisición). El fenómeno del consumismo nos ha llevado a ver la compra como una forma de afianzamiento del ser y como una herramienta para mantenernos actuales y vigentes en nuestro medio social. Por esta razón, muchas organizaciones apelan a la capacidad de antojo y bajo autocontrol que todos tenemos para vendernos cosas inútiles o cosas que, siendo útiles, resultan más costosas dentro del contexto de la oferta. Por este fenómeno de aversión a la pérdida, a veces pagamos altos precios aún al tener la posibilidad de varias alternativas de elección, punto que no parece muy racional ni inteligente, pero que, con frecuencia, se ve en el comportamiento del consumidor.     

Es frecuente ver que, aunque una decisión económica representa una pérdida, esta no se valorará como tal de acuerdo a las características personales de quien haga la evaluación. Si los procesos de decisión ayudan a mantener y a definir nuestra identidad, podrá concluirse fácilmente que, para algunas personas, será muy difícil dejar ciertos productos o prácticas de consumo que a la luz de la racionalidad pueden estar en contra de la utilidad máxima.

Revisando las temáticas planteadas en el libro de Ariely, se comprende por qué el autor habla de nosotros los humanos como partícipes de un juego que, en muchas ocasiones, no comprendemos. Podríamos decir que somos peones de ajedrez (ubicados en la primera línea de ataque), creyendo poseer todas las herramientas para atacar al enemigo, pero a medida que se desarrolla el juego, vamos mostrando cada vez más limitaciones para actuar. Al final, es claro que nos es difícil ejercer libre albedrio, que nos movemos de manera irracional sin darnos cuenta y, a veces, hasta justificamos los movimientos inconsecuentes.   

Ariely nos exhorta a reconocer este hecho, para identificar nuestros errores, nuestras tendencias naturales y, de este modo, protegernos como sociedad de los señuelos y de las tácticas también naturales para el mercadeo y la publicidad.

Claudia Padrón Marithza Sandoval
Maestría en Psicología del Consumidor
Fundación Universitaria Konrad Lorenz

msandoval@fukl.edu
claudiampadron@gmail.com

Referencias:

Ariely, D. (2008) Las trampas del deseo: Cómo controlar los impulsos irracionales que nos llevan al error. Barcelona: Editorial Ariel. Kahneman, D. (2003)

Mapas de racionalidad limitada: Psicología para una economía conductual. Revista Asturiana de Economía, (28), 181-225.

Sandoval, M., Caycedo, C. y Lopez, W. (2008) El consumo inteligente más allá del libre albedrio: Una visión desde el autocontrol (3ª ed.). Bogotá: Focad, p. 1-27

                                                                  http://www.redalyc.org/pdf/805/80515880013.pdf