domingo, septiembre 18, 2016

El centinela
 Arthur Clarke



La próxima  vez que vean ustedes la luna llena brillar alta en el sur,  examinen  atentamente  el borde derecho y dejen resbalar la mirada a lo largo de la curva del disco. Allá donde serían las dos si nuestro satélite fuera un reloj, observaran un minúsculo óvalo oscuro: cualquiera que posea una vista normal puede descubrirlo. En una gran llanura rodeada de montañas, una de las más hermosas de la Luna, conocida con el nombre de Mare Crisium: el Mar de las Crisis. Casi quinientos kilómetros de diámetro, rodeada por un anillo de magníficas montañas, no había sido explorada nunca hasta que nosotros penetramos en ella a finales del verano de 1996.

Nuestra expedición había sido cuidadosamente planeada. Dos grandes cargos habían transportado nuestras provisiones y nuestro equipo desde la base lunar del Mare Serenitatis, a ochocientos kilómetros. Disponíamos además de tres pequeños cohetes destinados al transporte a cortas distancias en regiones en las que era imposible servirse de los vehículos de superficie. Afortunadamente, la mayor parte del Mare Crisium es llana. No existen allí esas enormes grietas tan frecuentes y tan peligrosas en otras partes, y los cráteres o elevaciones de una cierta altura son bastante raros. A primera vista, nuestros potentes tractores oruga no tendrían la menor dificultad en conducirnos hasta donde quisiéramos ir.

Yo era el geólogo, o selenólogo, si quieren ser ustedes pedantes, jefe del grupo destinado a la exploración de la zona sur del Mare. Habíamos recorrido un centenar y medio de kilómetros en una semana, bordeando los contrafuertes de las montañas que dominaban la playa de lo qué, muchos millones de años atrás, había sido un antiguo mar. Cuando la vida se había iniciado en la Tierra, aquel mar estaba ya moribundo. El agua retiraba de los flancos de aquellas maravillosas escolleras para fluir hacia el vacío corazón de la Luna. Sobre el suelo que estábamos recorriendo, el océano que no conocía mareas había alcanzado en su tiempo una profundidad de ochocientos metros, y ahora la única huella de humedad que podía hallarse era la escarcha que descubrimos a veces en las profundidades de las cavernas, donde jamás penetra la luz del sol.

Habíamos comenzado nuestro viaje al despuntar el alba lunar, y nos quedaba aún casi una semana de tiempo terrestre antes de que la noche cayera de nuevo. Descendíamos de nuestros vehículos cinco o seis veces al día, vestidos con nuestros trajes espaciales, y nos dedicábamos a la búsqueda de minerales interesantes, o plantábamos señales indicadoras para guiar a futuros viajeros. Era una rutina monótona y carente de excitación. Podíamos vivir confortablemente al menos durante un mes en el interior de nuestros tractores presurizados, y si nos ocurría algún percance siempre nos quedaba la radio para pedir ayuda, tras lo cual no teníamos otra cosa que hacer más que aguardar la llegada de la nave que acudiría a rescatamos.

Acabo de decir que la exploración lunar es una rutina carente de excitación, y no es cierto. Uno nunca se cansa de contemplar aquellas increíbles montañas, tan distintas de las suaves colinas de la Tierra. Al doblar un cabo o un promontorio, uno nunca sabía qué nuevos esplendores nos iban a ser revelados. Toda la parte meridional del Mare Crisium es un vasto delta donde, hace mucho tiempo, algunos desembarcaban en el océano, quizás alimentados por las torrenciales lluvias que habían erosionado las montañas durante el corto período de la era volcánica, cuando la Luna era aún joven. Cada uno de aquellos antiguos valles era una tentación, un desafío a trepar hasta las desconocidas mesetas que había más allá. Pero teníamos aún un centenar y medio de kilómetros que cubrir, y todo lo que podíamos hacer era contemplar con envidia aquellas cimas que otros escalarían.

Abordo del tractor vivíamos según el tiempo terrestre, y a las 22 horas exactamente enviábamos el último mensaje por radio a la Base y terminábamos nuestro trabajo. Afuera, las rocas seguían ardiendo bajo un sol casi vertical; para nosotros era de noche hasta que nos despertábamos de nuevo, tras ocho horas de sueño. Entonces uno de nosotros preparaba el desayuno, se oía un gran zumbido de afeitadoras eléctricas, y alguien conectaba la radio que nos unía a la Tierra. Realmente, cuando el olor de las salchichas cociéndose comenzaba a llenar la cabina, a uno le resultaba difícil creer que no habíamos regresado a nuestro planeta: Todo era tan normal, tan familiar, excepto la disminución de nuestro peso y la lentitud con que caían todos los objetos.

Era mi turno de preparar el desayuno en el ángulo de la cabina principal que servía como cocina. Pese a los años transcurridos, recuerdo con extrema claridad aquel momento, porque la radio acababa de transmitir una de mis canciones preferidas, la vieja tonada gala David de las Rocas Blancas. Nuestro conductor estaba ya fuera, embutido en su traje espacial, inspeccionando los vehículos oruga. Mi asistente, Louis Garnett, en la cabina de control, escribía algo relativo al trabajo del día anterior en el diario de a bordo.

Como cualquier ama de casa terrestre mientras esperaba a que las salchichas se cocieran en la sartén dejé que mi mirada vagase sobre las montañosas paredes que cercaban el horizonte por la parte sur, prolongándose hasta perderse de vista por el este y por el oeste. Parecían no estar a más de tres kilómetros del tractor, pero sabía que la más próxima estaba a treinta kilómetros. En la Luna, por supuesto, las imágenes no pierden nitidez con la distancia, no hay ninguna atmósfera que atenúe, difumine o incluso transfigure los objetos lejanos, como ocurre en la Tierra.

Aquellas montañas se elevaban hasta tres mil metros, surgiendo abruptas de la llanura como si alguna erupción subterránea las hubiera hecho emerger a través de la corteza en fusión. No se podía ver la base ni siquiera de la más próxima, debido a la acusada curvatura de la superficie, ya que la Luna es un mundo muy pequeño y el horizonte no estaba a más de tres kilómetros del lugar donde yo me hallaba.

Levanté los ojos hacia los picos que ningún hombre había escalado nunca, aquellos picos que, antes del nacimiento de la vida sobre la Tierra, habían contemplado cómo se retiraba el océano, llevándose hacia su tumba la esperanza y las promesas de un mundo. El sol golpeaba los farallones con un resplandor que cegaba los ojos, mientras que, un poco más arriba, las estrellas brillaban fijas en un cielo más negro que la más oscura medianoche de invierno en la Tierra.

Iba a girarme, cuando mi mirada fue atraída por un destello metálico casi en la cima de uno de los grandes promontorios que avanzaba hacia el mar, cincuenta kilómetros al oeste. Era un punto de luz pequeñísimo carente de dimensiones, como si una estrella hubiera sido arrancada del cielo por alguno de aquellos crueles picos, e imaginé que una roca excepcionalmente lisa captaba la luz del sol y me la reflejaba directamente a los ojos. Era algo que sucedía a menudo. Cuando la Luna entra en el segundo cuarto, los observadores de la Tierra pueden ver a veces las grandes cadenas montañosas del Oceanus Procellarum, el Océano de las Tormentas, arder con una iridiscencia blancoazulada debida al reflejo del sol en sus laderas. Pero sentía la curiosidad de saber qué tipo de roca podía brillar allá arriba con tanta intensidad, de modo que subí a la torreta de observación y orienté nuestro telescopio hacia el oeste.

Lo que vi fue suficiente para despertar mi interés. Los picos montañosos, claros y nítidos en mi campo de visión, parecían no estar a más de ochocientos metros de distancia, pero el objeto que reflejaba la luz del sol era aún demasiado pequeño para poder ser identificado. Sin embargo, aunque no pudiera distinguirlo claramente, sí podía darme cuenta de que estaba provisto de una cierta simetría, y la base sobre la que se hallaba parecía extrañamente plana. Estuve observando durante un buen rato aquel brillante enigma, aguzando mi vista en el espacio, hasta que un olor a quemado proveniente de la cocina me informó que las salchichas del desayuno habían hecho un viaje de casi cuatrocientos mil kilómetros para nada.

Mientras avanzábamos a través del Mare Crisium, aquella mañana, con las montañas irguiéndose a occidente, discutimos sobre el caso, y continuamos discutiendo a través de la radio cuando salimos a realizar nuestras prospecciones. Mis compañeros sostenían que había sido probado sin la menor sombra de duda que jamás había existido ninguna forma de vida inteligente en la Luna. Las únicas cosas vivas que habían llegado a existir eran algunas plantas primitivas, y sus antecesoras, tan sólo un poco menos degeneradas. Esto lo sabía yo tan bien como todos, pero hay ocasiones en las que un científico no debe temer al ridículo.

-Escuchad -dije firmemente-, quiero subir hasta allí arriba, aunque sólo sea para tranquilizar mi conciencia. Esta montaña tiene menos de cuatro mil metros, lo que equivale a setecientos con gravedad terrestre, y puedo hacérmela en una veintena de horas. Siempre he deseado escalar una de esas colinas, y aquí tengo un buen pretexto para hacerlo.

-Si no te partes el cuello -dijo Garnett-, vas a ser el hazmerreír de la expedición cuando regresemos a la Base. De ahora en adelante, esta montaña se llamará seguramente la Locura de Wilson.
-No me partiré el cuello -dije con firmeza-. ¿Quién fue el primero que escaló Pico y Helicon?
-¿Pero no eras un poco más joven por aquel entonces? -preguntó suavemente Louis.

-Una razón de más para ir -dije muy dignamente.

Aquella noche nos acostamos pronto, tras conducir el tractor hasta unos quinientos metros del promontorio. Garnett vendría conmigo al día siguiente; era un buen escalador y había participado conmigo en otras expediciones semejantes. Nuestro conductor se sintió muy feliz de quedarse guardando el vehículo.

A primera vista, aquellas paredes parecían prácticamente inescalables, pero cualquiera que tuviera un poco de experiencia sabía que la escalada no presenta serias dificultades en un mundo donde el peso queda reducido a una sexta parte. El auténtico peligro del alpinismo lunar reside en el exceso de confianza: una caída desde cien metros en la Luna es tan mortal como una caída desde quince metros en la Tierra.

Hicimos nuestro primer alto en una cornisa a unos mil quinientos metros de la llanura. La escalada no había sido difícil, pero el esfuerzo al que no estaba acostumbrado había envarado mis miembros, y me sentía feliz de poder descansar un poco. Visto desde allí, el tractor parecía un minúsculo insecto metálico al pie de la pared. Por radio comunicamos nuestro avance al conductor antes de proseguir la escalada.

Dentro de nuestros trajes la temperatura era agradablemente fresca, puesto que el sistema de refrigeración anulaba los efectos del ardiente sol y eliminaba al exterior los desechos de nuestra transpiración.

Hablábamos raramente, salvo que debiéramos intercambiar instrucciones o discutir acerca del mejor camino a seguir. No sabía lo que estaría pensando Garnett, seguramente que era la empresa más absurda en la que se había embarcado. Yo no podía dejar de darle la razón, al menos en parte, pero el placer de la escalada, la seguridad de que nunca ningún hombre había llegado antes hasta allí, y la exaltante visión del paisaje, eran para mí una recompensa suficiente.

No recuerdo haber experimentado ninguna excitación especial al hallarnos ante la pared rocosa que había examinado a través del telescopio el día antes, desde una distancia de cincuenta kilómetros. Se extendía hasta una veintena de metros por encima de nosotros y allá, en aquella explanada, se hallaba el objeto que me había atraído a través de toda aquella extensión desértica. Casi con toda seguridad no era más que un bloque de roca nacido en alguna época pasada a consecuencia del impacto de un meteorito, con los planos de estratificación pulidos y brillantes aún en la inmovilidad eterna e inmutable.

La roca no tenía apoyos, de modo que tuvimos que usar un garfio. Mis cansados brazos parecieron recuperar una nueva fuerza cuando lancé el anda de tres puntas haciéndola girar sobre mi cabeza. La primera vez falló su presa, y cayó lentamente cuando tironeamos de ella para comprobar su solidez. Al tercer intento las púas se sujetaron sólidamente, y ni siquiera el peso combinado de nuestros dos cuerpos consiguió moverla.

Garnett me lanzó una ansiosa mirada. Hubiera podido decirle que deseaba subir yo primero, pero me limité a sonreír a través del cristal del casco y agité la cabeza. Luego, lentamente, sin prisas, inicié el último tramo de la ascensión.
Aún enfundado en el traje espacial, pesaba tan sólo veinte kilos, por lo que subí a pulso, sin enroscar la cuerda entre mis piernas ni ayudarme con los pies contra la pared. Cuando alcancé el borde me detuve un instante para saludar con la mano a mi compañero, luego di el último tirón, me icé de pie sobre la plataforma, y contemplé lo que había ante mí.
Hasta aquel momento estaba casi convencido de que no iba a descubrir nada extraño o insólito allí. Casi, pero no completamente, y era esa torturante duda la que me había empujado hasta allí. Bueno, la duda había sido disipada, pero la tortura apenas acababa de empezar.

Me encontraba en una explanada de unos treinta metros de profundidad. En alguna ocasión había sido lisa, demasiado lisa para ser natural, pero los impactos de los meteoritos habían mordido y cribado su superficie a través de incontables eones. Y había sido nivelada para poder sostener una estructura translúcida, burdamente piramidal, de dos veces la altura de un hombre, encajada en la roca como una gigantesca gema facetada.

Probablemente no experimenté ninguna sensación durante los primeros segundos. Luego, inexplicablemente, sentí una extraña alegría. Porque yo amaba la Luna, y ahora sabía que el musgo que trepaba en Aristarco y Eratóstenes no era la única forma de vida que había producido cuando era joven. Los antiguos y desacreditados sueños de los primeros exploradores eran ciertos. Después de todo había existido una civilización lunar, y yo había sido el primero en descubrirla. El hecho de haber llegado con un millón de años de retraso no me preocupaba; tenía bastante con haber llegado.

Mi cerebro comenzaba a funcionar de nuevo normalmente, analizando, planteando preguntas. ¿Qué era aquella construcción? ¿Un santuario... o alguna otra cosa que en mi lengua no tenía nombre? Si era una construcción habitable, ¿por qué la habían edificado en aquel lugar casi inaccesible? Me pregunté si se trataría de un templo, e imaginé ver a los adeptos de alguna extraña región invocando a sus divinidades para que les salvaran la vida mientras la Luna declinaba con la muerte de sus océanos.

Avancé unos pasos para examinar más de cerca el objeto, pero la cautela me impidió acercarme demasiado. Entendía un poco de arqueología, e intenté establecer el nivel de la civilización que había aplanado aquella montaña y erigido aquellas superficies resplandecientes que me cegaban aún.

Pensé que los egipcios hubieran estado en condiciones de erigir una construcción como aquélla, siempre que sus operarios dispusieran del extraño material que aquellos arquitectos aún más antiguos habían utilizado. Debido a que el objeto era relativamente pequeño, no se me ocurrió pensar que probablemente estaba examinando el producto de una raza más avanzada que la nuestra. La idea de que en la Luna hubieran existido seres inteligentes era ya bastante difícil de asimilar, y mi orgullo se negaba a dar el último y más humillante paso.

Y luego observé algo que hizo que los cabellos se me erizaran en la nuca, algo tan trivial e inocuo que quizá cualquier otro nunca lo hubiera visto. Ya he dicho que la explanada había sido torturada por la caída de los meteoritos, de tal modo que estaba recubierta de una espesa capa de polvo cósmico, ese polvo que se extiende como un manto por la superficie de todos los mundos en los que no existen vientos que puedan turbarlo. Sin embargo, tanto el polvo como las señales dejadas por los meteoritos terminaban bruscamente en el borde de un amplio círculo en el centro del cual se hallaba la pirámide, como si un muro invisible la protegiera de las inclemencias del tiempo y del lento pero incesante bombardeo del espacio.

Sentí que alguien estaba gritando en mis auriculares, y finalmente me di cuenta de que Garnett me estaba llamando desde hacía rato. Avancé con paso vacilante hacia el borde de la explanada y le hice señas de que subiera, porque no me sentía muy seguro de ser capaz de hablar. Luego me giré de nuevo hacia el círculo en el polvo. Me incliné y tomé un fragmento de roca, y lo lancé, sin excesiva fuerza, hacia el brillante enigma. Si la piedra hubiera desaparecido al chocar contra aquella invisible barrera no me hubiera sorprendido, pero se limitó a caer al suelo, como si hubiera chocado contra una superficie curva.

Ahora sabía que el objeto que tenía ante mí no podía ser comparado con ninguna obra de mis antepasados. No era una construcción sino una máquina, que se protegía a sí misma a través de unas fuerzas que habían desafiado la eternidad. Aquellas fuerzas, cualesquiera que fuesen, seguían funcionando aún, y quizás yo me había acercado demasiado a ellas. Pensé en todas las radiaciones que el hombre había capturado y dominado en el transcurso del último siglo. Por lo que sabía, podía hallarme incluso condenado para siempre, como si hubiera penetrado en la atmósfera silenciosa y letal de una pila atómica no aislada.

Recuerdo que me giré hacia Garnett, que se había reunido conmigo y permanecía inmóvil a mi lado. Me pareció tan absorto que no quise molestarle, y me dirigí hacia el borde de la explanada esforzándome en ordenar de nuevo mis pensamientos. Allí, delante de mí, se extendía el Mare Crisium, extraño y fascinante para casi toda la humanidad, pero conocido y tranquilizador para mí. Levanté la mirada hacia la hoz de la Tierra que yacía en su cuna de estrellas, y me pregunté qué habían ocultado sus nubes cuando aquellos desconocidos constructores habían terminado su trabajo. ¿Era la humeante jungla del Carbonífero, la desierta orilla de los océanos sobre la que reptaban los primeros anfibios para conquistar la tierra firme..., o un período más anterior aún, el periodo de la soledad, antes de que la vida iniciara su desarrollo?

No me pregunten por qué no intuí antes la verdad, que ahora parece tan obvia. En la excitación del descubrimiento, me había convencido a mí mismo de que la aparición cristalina debía de haber sido construida por una raza que había vivido en el remoto pasado lunar, pero de pronto, con una terrible fuerza, me traspasó la certeza de que aquella raza era tan extranjera a la Luna como lo era yo.

En el transcurso de veinte años de exploraciones no habíamos hallado ningún otro rastro de vida a excepción de algunas plantas degeneradas. Ninguna civilización lunar, aún moribunda, podía dejar tan sólo una única prueba de su existencia.

Volví a mirar la resplandeciente pirámide, y me pareció más extraña que nunca a cualquier cosa perteneciente a la Luna. Y entonces, de golpe fue sacudido por un estallido de risa histérica, provocado por la excitación y por la excesiva fatiga. Porque me había parecido que la pirámide me dirigía la palabra y me decía: “Lo siento, pero yo tampoco soy de aquí”.
Hemos necesitado veinte años para conseguir romper aquel invisible escudo y alcanzar la máquina encerrada en aquellas paredes de cristal. Lo que no hemos podido comprender lo hemos destruido finalmente con la salvaje potencia de la energía atómica, y he podido ver los fragmentos de aquel hermoso y brillante objeto que descubriera allí, en la cima de la montaña.

No significaban absolutamente nada. Los mecanismos de la pirámide, suponiendo que lo sean, son fruto de una tecnología que se halla mucho más allá de nuestro horizonte, quizás una tecnología de fuerzas parafísicas.

El misterio continúa atormentándonos cada vez más, ahora que hemos alcanzado otros planetas y sabemos que sólo la Tierra ha sido cuna de vida inteligente en nuestro Sistema. Una civilización antiquísima y desconocida perteneciente a nuestro mundo no podría haberla construido, ya que el espesor del polvo meteórico en la explanada nos ha permitido calcular su edad. Aquel polvo comenzó a posarse antes de que la vida hiciera su aparición en la Tierra.

Cuando nuestro mundo alcanzó la mitad de su edad actual, algo que venía de las estrellas pasó a través del Sistema Solar, dejó aquella huella de su paso, y prosiguió su camino. Hasta que nosotros la destruimos, aquella máquina cumplió su cometido. Y empiezo a intuir cuál era.

Alrededor de cien mil millones de estrellas giran en el círculo de la Vía Láctea, y, hace mucho tiempo, otras razas de los mundos pertenecientes a otros soles deben de haber alcanzado y superado el estadio en el que ahora nos hallamos nosotros. Piensen en una tal civilización, muy lejana en el tiempo, cuando la Creación era aún tibia, dueña de un universo tan joven que la vida había surgido tan sólo en una infinitésima parte de mundos. La soledad de aquel mundo es algo imposible de imaginar, la soledad de los dioses que miran a través del infinito y no hallan a nadie con quien compartir sus pensamientos.

Deben de haber explorado las galaxias como nosotros exploramos los mundos. Por todos lados había mundos, pero estaban vacíos, o a lo sumo poblados de cosas que se arrastraban y eran incapaces de pensar. Así debía de ser nuestra Tierra, con el humo de los volcanes ofuscando aún el cielo, cuando la primera nave de los pueblos del alba surgió de los abismos más allá de Plutón. Rebasó los planetas exteriores apresados por el hielo, sabiendo que la vida no podía formar parte de sus destinos. Alcanzó y se detuvo en los planetas interiores, que se calentaban al fuego del Sol, esperando a que comenzara su historia.

Aquellos exploradores deben de haber observado la Tierra, sobrevolando la estrecha franja entre los hielos y el fuego, llegando a la conclusión de que aquél debía de ser el hijo predilecto del Sol. Allí, en un remoto futuro, surgiría la inteligencia; pero ante ellos quedaban aún innumerables estrellas, y nunca regresarían por aquel mismo camino.

Así pues, dejaron un centinela, uno de los millones que deben de existir esparcidos por todo el universo, vigilando los mundos en los cuales vibra la promesa de la vida. Era un faro que, a través de todas las edades, señalaba pacientemente que aún nadie lo había descubierto.

Quizás ahora comprendan por qué la pirámide de cristal fue instalada en la Luna y no en la Tierra. A sus creadores no les importaban las razas que luchaban aún por salir del salvajismo. Nuestra civilización les podía interesar tan sólo si dábamos prueba de nuestra capacidad de supervivencia, lanzándonos al espacio y escapando así de la Tierra, nuestra cuna. Este es el desafío que, antes o después, se plantea a todas las razas inteligentes. Es un desafío doble, porque depende de la conquista de la energía atómica y de la decisiva elección entre la vida y la muerte.

Una vez superado este punto crítico, era tan sólo cuestión de tiempo que descubriéramos la pirámide, y la forzásemos para ver lo que había dentro. Ahora ya no emite ninguna señal, y aquellos encargados de su escucha deben de haber vuelto su atención hacia la Tierra. Quizás acudan a ayudar a nuestra civilización, aún en su infancia. Pero deben de ser viejos, muy viejos, y a menudo los viejos son morbosamente celosos de los jóvenes.

Ahora ya no puedo mirar la Vía Láctea sin preguntarme de cuál de esas nebulosas estelares están acudiendo los emisarios. Si me permiten hacer una comparación bastante vulgar, hemos tirado del aparato de alarma, y ahora no podemos hacer otra cosa más que esperar.


No creo que tengamos que esperar mucho.


El continuo de  Gernsback 

William Gibson

Supongo que la cosa empezó en Londres, en aquella falsa taberna griega de Battersea Park Road, con un almuerzo a expensas de la empresa de Cohen.
Por fortuna, el asunto empieza a desvanecerse, a convertirse en un episodio. Cuando todavía capto la extraña visión, es periférica; meros fragmentos de cromo de científico loco, que se limitan al rabillo del ojo. Hubo aquella ala volante sobre San Francisco la semana pasada, pero era casi translúcida. Y los descapotables de aleta de tiburón se han vuelto más escasos, y las autopistas evitan discretamente desplegarse, para no convertirse en esos esplendorosos monstruos de ochenta carriles que forzosamente tuve que recorrer el mes pasado en mi Toyota alquilado. Y sé que nada de eso me seguirá hasta Nueva York; mi visión se está estrechando, centrándose en una única longitud de onda de probabilidad. He trabajado duro para lograrlo. La televisión ayudó mucho.

Supongo que la cosa empezó en Londres, en aquella falsa taberna griega de Battersea Park Road, con un almuerzo a expensas de la empresa de Cohen. Comida recalentada, y luego tardaron treinta minutos en encontrar un cubo de hielo para el retsina. Cohen trabaja en Barris-Watford, que publica libros de formato grande, en rústica, sobre temas de moda: historias ilustradas de los letreros de neón, la máquina tragamonedas, los juguetes de cuerda del Japón Ocupado. Yo había ido para fotografiar una serie de anuncios de calzado; chicas californianas de piernas bronceadas y juguetonas zapatillas fluorescentes hicieron travesuras para mí en las escaleras mecánicas de St. John’s Wood y en los andenes de Tooting Bec. Una magra y hambrienta agencia de publicidad había decidido que los misterios del London Transport venderían zapatillas de nailon de suela reticular. Ellos deciden; yo hago las fotos. Y Cohen, a quien conocía vagamente de los viejos tiempos en Nueva York, me había invitado a almorzar la víspera de mi partida desde Heathrow. Apareció acompañado por una mujer joven vestida muy a la moda y llamada Dialta Downes, que carecía virtualmente de mentón y era, sin duda, una conocida historiadora del pop art.
Retrospectivamente, la veo caminando junto a Cohen bajo un aviso de neón flotante que destella intermitentes “Por aquí está la locura” en enormes mayúsculas sin serif.
Cohen nos presentó y me explicó que Dialta era la principal animadora del último proyecto de Barris-Watford, una historia ilustrada de lo que ella llamó el “modernismo aerodinámico americano”. Cohen lo llamaba “gótico de pistola de rayos”. El título provisorio de la obra era La futurópolis aerodinámica: el mañana que nunca fue.
Hay en los británicos una obsesión por los elementos más barrocos de la cultura pop americana, algo parecido al extraño fetichismo de los alemanes con los indios-y-vaqueros o la aberrante ansia de los franceses por las viejas películas de Jerry Lewis. En Dialta Downes esto se manifestaba en una manía por un estilo arquitectónico, exclusivamente norteamericano, del que la mayoría de los norteamericanos casi no son conscientes. Al principio yo no sabía bien de qué me hablaba, pero luego empecé a comprender. Me encontré recordando la televisión matutina de los domingos en los años cincuenta.
A veces, el canal local pasaba, como relleno, viejos y gastados noticiarios. Uno se sentaba con un bocadillo de manteca de cacahuete y un vaso de leche; y una voz de barítono hollywoodense, plagada de ruidos de estática, te decía que había Un Coche Volador En Tu Futuro. Y tres ingenieros de Detroit se ponían a dar vueltas en un viejo y enorme Nash alado; y los veías pasar retumbando por alguna abandonada carretera de Michigan. En realidad nunca te mostraban cuándo despegaba, pero se iba volando hasta la tierra del nunca jamás de Dialta Downes, verdadero hogar de una generación de tecnófilos totalmente desinhibidos.
Ella hablaba de esos retazos de la arquitectura “futurista” de los años treinta y cuarenta con que uno se cruza todos los días en las ciudades americanas sin tenerlos en cuenta: las marquesinas de los cines, diseñadas para que irradien una energía misteriosa, las tiendas de baratijas con fachadas de aluminio acanalado, las sillas de tubos cromados que acumulan polvo en los vestíbulos de los hoteles. Ella veía esas cosas como segmentos de un mundo de sueños, abandonados en un presente perezoso; quería que yo se los fotografiase.
La década de los treinta dio luz a la primera generación de diseñadores industriales; hasta entonces todos los sacapuntas habían parecido sacapuntas: el básico mecanismo victoriano, tal vez con algún arabesco decorativo en los bordes. Tras el advenimiento de los diseñadores, algunos sacapuntas parecían haber sido armados en túneles de viento. En la mayoría, el cambio era sólo superficial: bajo la aerodinámica cáscara cromada uno descubría el mismo mecanismo victoriano. Lo cual en cierto modo era lógico, pues los diseñadores norteamericanos más famosos habían sido reclutados en las filas de los escenógrafos de Broadway. Todo era un escenario teatral, una serie de exquisitos decorados para jugar a vivir en el futuro.
Durante la sobremesa, Cohen sacó un grueso sobre de manila lleno de fotografías en papel brillante. Vi las estatuas aladas que guardan la presa Hoover, adornos de hormigón de doce metros de altura que apuntan con firmeza hacia un huracán imaginario. Vi una docena de fotos del Johnson’s Wax Building de Frank Lloyd Wright, pegadas sobre carátulas de viejos números de Amazing Stories, obra de un artista llamado Frank R. Paul; a los empleados del Johnson’s Wax les habría parecido que estaban entrando en una de las utopías que Paul pintaba con aerógrafo. El edificio de Wright daba la impresión de haber sido diseñado para gente que llevara togas blancas y sandalias de acrílico. Me demoré en un esbozo de un avión de hélice especialmente pomposo, todo ala, como un gordo y simétrico búmeran, con ventanas en lugares inverosímiles. Unas flechas rotuladas indicaban la posición de la sala de baile y dos canchas de squash. Databa de 1936.
-Esta cosa no podría haber volado, ¿verdad? -miré a Dialta Downes.
-Qué va, de ninguna manera, aun con esas doce hélices enormes; pero a ellos les encantaba el aspecto, ¿entiendes? De Nueva York a Londres en menos de dos días, comedores de primera clase, camarotes privados, cubiertas para tomar sol, jazz y baile por las noches… Los diseñadores eran populistas, y trataban de dar al público lo que el público quería. Lo que el público quería que fuese el futuro.
Hacía tres días que estaba en Burbank, tratando de infundir carisma a un roquero de aspecto realmente aburrido, cuando recibí el paquete de Cohen. Es posible fotografiar lo que no está; resulta muy difícil y es, por lo tanto, un talento muy vendible. Si bien es cierto que no lo hago mal, no soy exactamente el mejor, y aquel pobre tipo agotó la credibilidad de mi Nikon. Salí deprimido, porque me gusta hacer bien mi trabajo, pero no deprimido del todo, porque me aseguré de recibir el cheque por el trabajo, y resolví reponerme con el sublime, seudoartístico encargo de Barris Watford. Cohen me había enviado algunos libros sobre el diseño de los años treinta, más fotos de edificios aerodinámicos, y una lista con los cincuenta ejemplos favoritos de Dialta Downes en California.
La fotografía arquitectónica implica a veces una gran dosis de espera: el edificio se convierte en una especie de reloj de sol, mientras uno aguarda a que una sombra se aleje de un detalle que se quiere fotografiar, o que la masa y el equilibrio de la estructura se muestren de una cierta manera. Mientras esperaba, me imaginé en la América de Dialta Downes. Cuando aislé algunos de los edificios de fábricas en el cristal esmerilado de la Hasselblad, aparecieron con una especie de siniestra dignidad totalitaria, como los estadios que Albert Speer construía para Hitler. Pero el resto era inexorablemente cursi: material efímero moldeado por el subconsciente colectivo norteamericano de los años treinta, y que tendía a sobrevivir ante todo en zonas deprimentes, bordeadas de moteles polvorientos, colchonerías al por mayor y pequeños depósitos de automóviles de ocasión. Me dediqué sobre todo a las estaciones de servicio. Durante el apogeo de la Era Downes, encargaron a Ming el Implacable el diseño de las estaciones de servicio de California. Partidario de la arquitectura de su Mongo natal, Ming recorrió la costa de arriba abajo, levantando estructuras de pistola de rayos con estuco blanco. Muchas de ellas presentaban superfluas torres centrales rodeadas de esos extraños rebordes de radiador que eran el sello distintivo del estilo y las hacían parecer capaces de generar potentes estallidos de puro entusiasmo tecnológico, si tan sólo se pudiese encontrar el interruptor que las ponía en marcha. Fotografié una en San José una hora antes de que llegaran las motoniveladoras y arremetieran contra la estructural verdad de yeso, listones y hormigón barato.
-Considera eso -había dicho Dialta Downes- una especie de América alternativa: un 1980 que nunca sucedió. Una arquitectura de sueños frustrados.
Y ese fue mi estado de ánimo mientras recorría las estaciones de intrincada mezcla socioarquitectónica en mi Toyota rojo; mientras iba sintonizando la imagen de una vaga Norteamérica que no fue, de plantas de Coca-Cola que parecían submarinos varados, y de cines de quinta que parecían templos de alguna secta perdida que había adorado los espejos azules y la geometría. Y mientras andaba entre aquellas ruinas secretas se me ocurrió preguntarme qué pensarían del mundo en el que yo vivía los habitantes de ese futuro perdido.
La década de los treinta soñó con mármol blanco y cromo aerodinámico, cristal inmortal y bronce bruñido, pero los cohetes de las portadas de las revistas de Gernsback habían caído en Londres en plena noche, chillando. Después de la guerra, todo el mundo tuvo coche -sin alas- y la prometida autopista para conducirlo, con lo que hasta el mismo cielo se oscureció, y los gases carcomieron el mármol y agujerearon el cristal milagroso.
Y un día, en las afueras de Bolinas, mientras me preparaba para fotografiar un ejemplar especialmente lujoso de la arquitectura marcial de Ming, atravesé una delgada membrana, una membrana de probabilidad… Casi sin darme cuenta, fui más allá del Borde… Y miré hacia arriba y vi una cosa con doce motores que parecía un búmeran inflado, todo ala, volando hacia el este con un zumbido monótono y una gracia elefantina, tan bajo que pude contar los remaches en esa piel de plata opaca y oír -quizás- un eco de jazz. Se la llevé a Kihn.
Merv Kihn, periodista independiente, con una dilatada trayectoria en pterodáctilos de Texas, campesinos visitados por ovnis, monstruos de Loch Ness de segunda y las diez principales teorías conspiratorias del rincón más lunático del inconsciente colectivo norteamericano.
-Está bien -dijo Kihn, sacando brillo a las amarillas gafas de caza Polaroid con el dobladillo de la camisa hawaiana-, pero no es mental; le falta lo más importante.
-Pero lo vi, Mervyn, estábamos sentados junto a una piscina, al brillante sol de Arizona. El había ido a Tucson a esperar a un grupo de funcionarios jubilados de Las Vegas cuya líder recibía mensajes de Ellos en el horno de microondas. Yo había conducido toda la noche y lo sentía.
-Claro que lo viste. Claro que lo viste. Has leído mis cosas. ¿No has entendido mi solución general para el problema de los ovnis? Es muy, muy sencilla: la gente -se colocó cuidadosamente las gafas sobre la nariz larga y ganchuda y me clavó su mejor mirada de basilisco- ve… cosas. La gente ve esas cosas. No hay nada, pero la gente ve esas cosas. No hay nada, pero la gente ve de todos modos. Quizá porque lo necesita. Has leído a Jung, y deberías saber de qué se trata… Tu caso es tan obvio: admites que pensabas en esa arquitectura chiflada, que fantaseabas… Mira, estoy seguro de que habrás probado tus drogas, ¿no es cierto? ¿Cuánta gente sobrevivió a los sesenta en California sin sufrir alguna que otra alucinación? Por ejemplo esas noches en que descubrías que ejércitos enteros de técnicos de Disney se habían ocupado de bordarte en los tejanos hologramas animados de jeroglíficos egipcios, o esos momentos en que…
-Pero no fue así.
-Claro que no. Claro que no fue así; ocurrió “en un marco de clara realidad”, ¿no es cierto? Todo normal, y de pronto ahí está el monstruo, el mandala, el cigarro de neón. En tu caso, un gigantesco avión de novela de aventura. Sucede todo el tiempo. Ni siquiera estás loco. Eso lo sabes, ¿verdad? -sacó una cerveza de la maltratada nevera portátil de telgopor que tenía junto a la silla.
-La semana pasada estuve en Virginia. En el condado de Grayson. Entrevisté a una chica de dieciséis años que había sido atacada por una cabeza de oso.
-¿Una qué?
-Una cabeza de oso. La cabeza cortada de un oso. Pues esta cabeza, verás, flotaba por ahí en su propio platillo volador, que se parecía un poco a los tapacubos del Caddy antiguo del primo Wayne. Tenía ojos colorados y brillantes, como dos brasas de cigarro, y antenas telescópicas de cromo que se le abomban por detrás de las orejas -Mervyn eructó.
-¿La atacó? ¿Cómo?
-No lo quieras saber; sin duda eres impresionable. “Era una cabeza fría -dijo, ensayando su mal acento sureño- y metálica.” Hacía ruidos electrónicos. Eso es auténtico, amigo, un material que llega directamente del inconsciente colectivo; esa niña es una bruja. No tiene sitio en esta sociedad. Habría visto al diablo si no hubiese crecido con El hombre biónico y todas esas reposiciones de Star Trek. Está conectada a la vena principal. Y sabe que eso le sucedió. Me fui diez minutos antes de que apareciesen los fanáticos de los ovnis con el polígrafo.
Debió de pensar que yo estaba disgustado, porque puso cuidadosamente la cerveza junto a la nevera y se incorporó.
-Si quieres una explicación más elegante, te diría que viste un fantasma semiótico. Todas esas historias de contactos, por ejemplo, comparten un tipo de imaginería de ciencia-ficción que impregna nuestra cultura. Podría aceptar extraterrestres, pero no extraterrestres que pareciesen salidos de un cómic de los años cincuenta. Son fantasmas semióticos, trozos de imaginería cultural profunda que se han desprendido y adquirido vida propia, como las aeronaves de Julio Verne que siempre veían esos viejos granjeros de Kansas. Pero tú viste otra clase de fantasma, eso es todo. Ese avión fue en otro tiempo parte del inconsciente colectivo. Tú, de alguna manera, sintonizaste con eso. Lo importante es no preocuparse.
Pero yo me preocupaba.
Kihn se peinó el menguante pelo rubio y se fue a oír lo que Ellos habían dicho por el radar últimamente; yo corrí las cortinas de mi habitación y me acosté a preocuparme en la oscuridad refrigerada.
Aún estaba preocupándome cuando desperté. Kihn me había dejado un mensaje en la puerta: volaba hacia el norte en un avión alquilado para verificar un rumor sobre mutilaciones de ganado (“mutis”, decía él; otra de sus especialidades periodísticas).
Comí, me duché, tomé una desmigajada pastilla dietética que había estado un tiempo dando tumbos en el fondo del estuche de la afeitadora y emprendí el regreso a Los Angeles.
La velocidad limitaba mi visión al túnel de las luces del Toyota. El cuerpo podría conducir, me decía, mientras la mente funcionase. Funcionase y se mantuviese alejada del extraño y periférico acompañamiento visual de las anfetaminas y el agotamiento, la vegetación espectral, luminosa, que crece en el rabillo del ojo mental cuando se recorren autopistas a altas horas de la noche. Pero la mente tiene sus propias ideas, y la opinión de Kihn respecto a lo que yo ya consideraba mi “visión” me resonaba interminablemente en la cabeza, girando en órbita asimétrica. Fantasmas semióticos. Fragmentos del Sueño Colectivo caracoleando al viento a mi paso. Por algún motivo, aquel bucle de retroacción agravó el efecto de la pastilla dietética, y la vegetación que crece junto a la carretera comenzó a adoptar los colores de una imagen de satélite captada con infrarrojos, jirones brillantes que estallaban al paso del Toyota.
Entonces salí de la autopista y media docena de latas de cerveza parpadearon dándome las buenas noches antes de apagar las luces. Me pregunté qué hora sería en Londres, y traté de imaginar a Dialta Downes desayunando en su apartamento de Hampstead, rodeada de aerodinámicas estatuillas de cromo y libros sobre la cultura americana.
Las noches del desierto son enormes en esa región; la luna está más cerca. Miré la luna un buen rato y llegué a la conclusión de que Kihn tenía razón: lo importante era no preocuparse. A todo lo ancho del continente, día tras día, gente que era más normal de lo que yo jamás habría aspirado ser veía pájaros gigantes, patagones, refinerías de petróleo voladoras: ellos mantenían a Kihn ocupado y solvente. ¿Por qué habría yo de alterarme por una fugaz visión de la imaginación popular de los años treinta en el cielo de Bolinas? Resolví dormirme, sin otras preocupaciones que las serpientes de cascabel y los hippies caníbales; a salvo en medio de la amistosa basura de una carretera de mi bien conocido continuo. Al día siguiente iría a Nogales a fotografiar los viejos burdeles, cosa que pretendía hacer desde hacía años. El efecto de la pastilla dietética había terminado.
Me despertó la luz, y luego las voces.
La luz venía de alguna parte a mis espaldas, y arrojaba sombras movedizas al interior del automóvil. Eran voces serenas, confusas, de hombre y de mujer conversando.
Tenía el cuello tieso y una sensación de arena en los ojos. La pierna se me había dormido, presionada contra el volante. Busqué atolondradamente las gafas en el bolsillo de la camisa y por fin logré ponérmelas.
Entonces miré hacia atrás y vi la ciudad.
Los libros sobre el diseño de los años treinta estaban en el maletero; uno de ellos contenía esbozos de una ciudad idealizada inspirada en Metrópolis y en Lo que vendrá, pero donde todo se escuadraba, lanzándose hacia arriba entre las nubes perfectas de un arquitecto hasta unos muelles de zepelines y unos delirantes chapiteles de neón. Aquella ciudad era un modelo a escala de la que se alzaba a mis espaldas. Los chapiteles se erguían unos sobre otros en brillantes zigurats que subían hasta una dorada torre del templo central rodeado por los dementes rebordes de radiador de las gasolineras de Mongo. Podías esconder el Empire State en la más pequeña de aquellas torres. Calles de cristal subían entre los chapiteles, transitadas de arriba abajo por formas plateadas y lisas como gotas de mercurio. El aire estaba atiborrado de naves: aviones de alas gigantescas, cosas pequeñas, plateadas, velocísimas (a veces, una de las formas de mercurio de los puentes celestes se elevaba con gracia en el aire para sumarse a la danza), dirigibles de más de un kilómetro de longitud, cosas con forma de libélula que planeaban, girocópteros…
Cerré los ojos y di media vuelta en el asiento. Cuando los abrí, me obligué a mirar el cuentakilómetros, el pálido polvo de la carretera sobre el plástico negro del tablero, el cenicero desbordante.
-Psicosis anfetamínica -dije. Abrí los ojos. El tablero seguía allí, el polvo, las colillas aplastadas. Con mucho cuidado, sin mover la cabeza, encendí las luces altas.
Y los vi.
Eran rubios. Estaban de pie junto a su automóvil, un aguacate de aluminio con una aleta central de tiburón y ruedas lisas y negras como las de un juguete infantil. El rodeaba con el brazo la cintura de la muchacha, y señalaba hacia la ciudad. Ambos estaban vestidos de blanco: ropas holgadas, las piernas desnudas, zapatos de un blanco inmaculado. Ninguno parecía advertir mis luces. El decía algo que era sabio y fuerte, y ella asentía, y de pronto me asusté: un susto distinto. La cordura había dejado de ser un problema; sabía, por alguna razón, que la ciudad a mis espaldas era Tucson: un sueño que Tucson había proyectado arrancándolo del sueño colectivo de toda una época. Que era real, completamente real. Pero la pareja frente a mí vivía en él, y ellos me asustaban.
Eran los hijos de los ochenta que nunca fueron, los ochenta de Dialta Downes; los Herederos del Sueño. Eran blancos, rubios, y probablemente de ojos azules. Eran americanos. Dialta había dicho que el futuro había llegado a América primero, pero que había pasado de largo. Pero no allí, en el corazón del sueño. Allí habíamos seguido adelante, dentro de una lógica de sueños que no sabía nada de polución, de los límites finitos del combustible fósil, de guerras extranjeras que era posible perder. Ellos eran limpios, felices, y totalmente satisfechos de sí mismos y del mundo. Y en el Sueño, aquél era el mundo de ellos.
Detrás de mí, la ciudad iluminada: unos reflectores barrían el cielo por puro placer. Imaginé a la gente atestando las plazas de mármol blanco, metódica y alerta, los ojos luminosos brillando de entusiasmo por las avenidas inundadas de luz y por los coches plateados.
Tenía todo el siniestro gusto de la propaganda de las Juventudes Hitlerianas.
Puse el coche en primera y avancé despacio, hasta que el parachoques quedó a poco menos de un metro de ellos. Seguían sin verme. Bajé la ventanilla y escuché lo que decía el hombre. Sus palabras eran luminosas y huecas, como el tono de un folleto de alguna Cámara de Comercio, y supe que creía en ellas totalmente.
-John -oí que decía la mujer-, hemos olvidado tomar nuestras pastillas alimenticias -la mujer sacó dos obleas de una cosa que llevaba en el cinto y le dio una a él. Regresé a la autopista y me puse en marcha hacia Los Angeles, estremeciéndome y sacudiendo la cabeza.
Llamé a Kihn desde un puesto de gasolina. Uno nuevo, en mal Español Moderno. Había regresado de su expedición y no pareció molestarle la llamada.
-Sí, ésa sí que es rara. ¿Trataste de sacar fotos? No es porque fuera a salir nada, pero añade un frisson interesante a la historia, que las fotos no hayan salido…
Pero, ¿qué debería hacer?
-Ver mucha televisión, sobre todo programas de juegos y telenovelas. Películas porno. ¿Has visto Nazi Love Motel? La pasan por cable, aquí. Es horrible de verdad. Justo lo que necesitas.
¿Qué me estaba diciendo?
-Deja de gritar y escúchame. Te voy a revelar un secreto profesional: puedes exorcizar todos esos fantasmas semióticos con la peor programación. Si a mí me quita de encima a los fanáticos de los ovnis, a ti te puede liberar de esos futuroides modernistas. Inténtalo. ¿Qué puedes perder?
Y entonces me rogó que lo dejara en paz, aduciendo que tenía una cita temprano con el Elegido.
-¿El qué?
-Esos viejos de Las Vegas; los de los microondas.
Pensé en hacer una llamada a Londres, a cobro revertido, hablar con Cohen en Barris-Watford y decirle que su fotógrafo se iba a pasar una larga temporada en la Zona Gris. Al final, dejé que una máquina me preparase un café realmente imposible y volví al Toyota para terminar el viaje a Los Angeles.
Los Angeles fue una mala idea, y pasé allí dos semanas. Era el país primordial de Downes; había allí demasiado Sueño, y demasiados fragmentos del Sueño aguardando para tenderme una celada. Casi destrozo el coche en un paso a nivel cerca de Disneylandia, cuando la carretera se abrió en abanico como un truco de origami y me dejó zigzagueando entre una docena de minicarriles llenos de sibilantes lágrimas de cromo con aletas de tiburón. Peor aún. Hollywood estaba lleno de gente que se parecía demasiado a la pareja que había visto en Arizona. Contraté a un director italiano que se las arreglaba haciendo trabajos de laboratorio y diseñando terrazas alrededor de las piscinas mientras esperaba la llegada de su nave; hizo copias de todos los negativos que había acumulado durante el encargo de Downes. No quise ver el material. Eso, sin embargo, no pareció molestar a Leonardo, y cuando hubo terminado el trabajo examiné las copias al vuelo, como quien mira un mazo de baraja, las empaqueté y las envié a Londres vía aérea. Luego fui en taxi hasta una sala donde pasaban Nazi Love Motel, y mantuve los ojos cerrados todo el tiempo.
El telegrama de felicitación de Cohen me llegó una semana después a San Francisco. A Dialta le habían encantado las fotos. El admiró el modo en que me había “metido en el asunto”, y esperaba volver a trabajar conmigo. Esa tarde vi un ala volante sobre Castro Street, pero tenía algo de tenue, como si estuviese sólo a medias.
Corrí hasta el quiosco de periódicos más cercano y busqué todo lo que había sobre la crisis petrolera y los peligros de la energía nuclear. Acababa de decidir comprar un billete aéreo para ir a Nueva York.
-Vaya mundo en el que vivimos, ¿verdad? -el propietario era un negro delgado de mala dentadura y evidente peluca. Asentí, buscando monedas en los bolsillos del pantalón, deseando encontrar un banco de parque donde poder sumergirme en la dura evidencia de la casi distopía humana en que vivimos-. Pero podría ser peor, ¿verdad?
-Así es -dije-, o peor aún, podría ser perfecto.
El hombre se quedó mirándome mientras me alejaba por la calle con mi pequeño fajo de catástrofes condensadas.


El Péndulo de Foucault
  Umberto  Eco

fragmento

Sólo para vosotros, hijos de la doctrina y de la sabiduría,  hemos escrito esta obra. Escrutad el libro, concentraos en la intención que hemos diseminado y emplazado en diferentes lugares; lo que en un lugar hemos ocultado, en otro lo hemos manifestado, para que vuestra sabiduría pueda comprenderlo.

(Heinrich Cornelius Agrippa von Nettesheim,  De occulta philosophia, 3, 65)


KETER

Fue entonces cuando vi el Péndulo.

La esfera, móvil en el extremo de un largo hilo sujeto de la bóveda del coro, describía sus amplias oscilaciones con isócrona majestad.

Sabía, aunque cualquiera hubiese podido percibirlo en la magia de aquella plácida respiración, que el período obedecía a la relación entre la raíz cuadrada de la longitud del hilo y ese número “pi” que, irracional para las mentes sublunares, por divina razón vincula necesariamente la circunferencia con el diámetro de todos los círculos posibles, por lo que el compás de ese vagar de una esfera entre uno y otro polo era el efecto de una arcana conjura de las más intemporales de las medidas, la unidad del punto de suspensión, la dualidad de una dimensión abstracta, la naturaleza ternaria de él, el tetrágono secreto de la raíz, la perfección del círculo.

También sabía que en la vertical del punto de suspensión, en la base, un dispositivo magnético, comunicando su estímulo a un cilindro oculto en el corazón de la esfera, garantizaba la constancia del movimiento, artificio introducido para contrarrestar las resistencias de la materia, pues no sólo era compatible con la ley del Péndulo, sino que, precisamente, hacía posible su manifestación, porque en el vacío, cualquier punto material pesado, suspendido del extremo de un hilo inextensible y sin peso, que no sufriese la resistencia del aire ni tuviera fricción con su punto de sostén, habría oscilado en forma regular por toda la eternidad.

La esfera de cobre despedía pálidos, cambiantes reflejos, comoquiera que reverberara los últimos rayos del sol que penetraban por las vidrieras.

Si, como antaño, su punta hubiese rozado una capa de arena húmeda extendida sobre el pavimento del coro, con cada oscilación habría inscrito un leve surco sobre el suelo, y el surco, al cambiar infinitesimalmente de dirección a cada instante, habría ido ensanchándose hasta formar una suerte de hendidura, o de foso, donde hubiera podido adivinarse una simetría radial, semejante al armazón de una mándala, a la estructura invisible de un pentaculum, a una estrella, a una rosa mística. No, más bien, a la sucesión, grabada en la vastedad de un desierto, de huellas de infinitas, errantes caravanas. Historia de lentas, milenarias migraciones; quizá fueran así las de los Atlántidas del continente Mu, en su tenaz y posesivo vagar, oscilando de Tasmania a Groenlandia, del Trópico de Capricornio al de Cáncer, de la Isla del Príncipe Eduardo a las Svalvard. La punta repetía, narraba nuevamente en un tiempo harto contraído, lo que ellos habían hecho entre una y otra glaciación, y quizá aún seguían haciendo, ahora como mensajeros de los Señores; quizá en el trayecto desde Samoa a Nueva Zembla la punta rozaba, en su posición de equilibrio, Agarttha, el Centro del Mundo. Intuí que un único plano vinculaba Avalón, la hiperbórea, con el desierto austral que custodia el enigma de Ayers Rock.

En aquel momento, a las cuatro de la tarde del 23 de junio, el Péndulo reducía su velocidad en un extremo del plano de oscilación, para dejarse caer indolente hacia el centro, acelerar a mitad del trayecto, hendir confiado el oculto cuadrilátero de fuerzas que marcaban su destino.

Si hubiera permanecido allí, indiferente al paso de las horas, contemplando aquella cabeza de pájaro, aquella punta de lanza, aquella cimera invertida, mientras trazaba en el vacío sus diagonales, rasando los puntos opuestos de su astigmática circunferencia, habría sucumbido a un espejismo fabulador, porque el Péndulo me habría hecho creer que el plano de oscilación habría completado una rotación entera para regresar, en treinta y dos horas, a su punto de partida, describiendo una elipse aplanada, la cual giraba también alrededor de su centro con una velocidad angular uniforme, proporcional al seno de la latitud. ¿Cómo habría girado si el punto hubiese estado sujeto en el ápice de la cúpula del Templo de Salomón? quizá los Caballeros también habían probado allí. quizá el cálculo, el significado final, hubiera permanecido inalterado. quizá la iglesia abacial de Saint Martin-des-Champs era el verdadero Templo. En cualquier caso, el experimento sólo habría sido perfecto en el Polo, único lugar en que el punto de suspensión se sitúa en la prolongación del eje de rotación de la Tierra, y donde el Péndulo consumaría su ciclo aparente en veinticuatro horas.

Pero no por aquella desviación con respecto a la Ley, prevista por lo demás en la Ley, no por aquella violación de una medida áurea se empañaba la perfección del prodigio. Sabía que la Tierra estaba girando, y yo con ella, y Saint Martin-des-Champs y toda París conmigo y que juntos girábamos bajo el Péndulo, cuyo plano en realidad jamás cambiaba de dirección, porque allá arriba, en el sitio del que estaba suspendido, y en la infinita prolongación ideal del hilo, allá en lo alto, siguiendo hacia las galaxias más remotas, permanecía, eternamente inmóvil, el Punto Quieto.

La Tierra giraba, pero el sitio donde estaba anclado el hilo era el único punto fijo del universo. Por tanto, no era hacia la Tierra adonde se dirigía mi mirada, sino hacia arriba, allí donde se celebraba el misterio de la inmovilidad absoluta.

El Péndulo me estaba diciendo que, siendo todo móvil, el globo, el sistema solar, las nebulosas, los agujeros negros y todos los hijos de la gran emanación cósmica, desde los primeros eones hasta la materia más viscosa, un solo punto era perno, clavija, tirante ideal, dejando que el universo se moviese a su alrededor. Y ahora yo participaba en aquella experiencia suprema, yo, que sin embargo me movía con todo y con el todo, pero era capaz de ver Aquello, lo Inmóvil, la Fortaleza, la Garantía, la niebla resplandeciente que no es cuerpo ni tiene figura, forma, peso, cantidad o calidad, y no ve, no oye, ni está sujeta a la sensibilidad, no está en algún lugar o en algún tiempo, en algún espacio, no es alma, inteligencia, imaginación, opinión, número, orden, medida, substancia, eternidad, no es tinieblas ni luz, no es error y no es verdad.

Me devolvió a la realidad un diálogo, preciso y desganado, entre un chico con gafas y una chica desgraciadamente sin ellas.

--Es el péndulo de Foucault --estaba diciendo él--. Primer experimento en un sótano en 1851, después en el Observatoire y más tarde bajo la cúpula del Panthéon, con un hilo de sesenta y siete metros y una esfera de veintiocho kilos. Por último, desde 1855 está instalado aquí, a escala reducida, y cuelga de aquel orificio, en el centro del crucero.

--¿Y qué hace? ¿Tambalearse?

--Demuestra la rotación de la Tierra. Como el punto de suspensión permanece inmóvil...

--¿Y por qué permanece inmóvil?

--Porque un punto... cómo te diré... en su punto central, a ver si me explico, todo punto que esté justo en el centro de los puntos que ves, pues bien, ese punto, el punto geométrico, no lo ves, no tiene dimensiones, y lo que no tiene dimensiones no puede moverse hacia la derecha ni hacia la izquierda, ni hacia arriba ni hacia abajo. Por tanto, no gira. ¿Entiendes? Si el punto no tiene dimensiones, ni siquiera puede girar alrededor de sí mismo. Ni siquiera tiene sí mismo...

--¿Tampoco si la Tierra gira?

--La Tierra gira pero el punto no. Si te gusta, bien; si no, te aguantas. ¿Estamos?

--Eso asunto suyo.

Miserable. Encima de su cabeza tenía el único lugar estable del cosmos, la única redención de la condenación del pantarei y pensaba que era asunto suyo, y no Suyo. Y poco después ambos se alejaron; él, adoctrinado con algún manual que había oscurecido su capacidad de asombro, ella, inerte, inaccesible al estremecimiento del infinito, se alejaron sin que, en su memoria, hubiera quedado huella alguna de aquel encuentro pavoroso, el primero y el último, con el Uno, el En-sof, lo Indecible. ¿Cómo no postrarse de hinojos ante el altar de la certeza?

Yo miraba con temor reverente. En aquel momento estaba convencido de que Jacopo Belbo tenía razón. Cuando me hablaba del Péndulo, su emoción me parecía fruto de un delirio estético, de ese cáncer que lentamente estaba cobrando forma informe, en su alma, y poco a poco, sin que él se diese cuenta, iba transformando su juego en realidad. Pero si tenía razón con respecto al Péndulo, quizá también fuera cierto todo el resto, el Plan, la Conjura Universal, y era justo que ahora yo estuviese allí, en la víspera del solsticio de verano. Jacopo Belbo no había enloquecido, sólo había descubierto, jugando, a través del Juego, la verdad.

Es que la experiencia de lo Numinoso no puede durar mucho tiempo sin trastornar la mente.

Traté entonces de apartar la vista siguiendo la curva que, desde los capiteles de las columnas dispuestas en semicírculo, se prolongaba por las nervaduras de la bóveda hasta la clave, repitiendo el misterio de la ojiva, que se apoya en una ausencia, suprema hipocresía estática, y a las columnas les hace creer que empujan hacia arriba las aristas, mientras que a éstas, rechazadas por la clave, las persuade de que son ellas quienes afirman las columnas contra el suelo, cuando en realidad la bóveda es todo y nada, efecto y causa al mismo tiempo. Pero comprendí que descuidar el Péndulo, péndulo de la bóveda, para admirar la bóveda, era como abstenerse de beber en el manantial para embriagarse en la fuente.

El coro de Saint-Martin-des-Champs sólo existía porque, en virtud de la Ley, podía existir el Péndulo, y éste existía porque existía aquél. No se elude un infinito, pensé, huyendo hacia otro infinito, no se elude la revelación de lo idéntico eludiéndose con la posibilidad de encontrarse con lo distinto.

Sin poder quitar la vista de la clave de bóveda fui retrocediendo, lentamente, porque en unos pocos minutos, los que habían transcurrido desde que entrara allí, me había aprendido el recorrido de memoria, y las grandes tortugas metálicas que desfilaban a mi lado eran bastante imponentes como para señalar su presencia al rabillo de mis ojos. Retrocedí por la amplia nave, hacia la puerta de entrada, y otra vez pasaron sobre mí aquellos amenazadores pájaros prehistóricos de tela raída y alambre, aquellas malignas libélulas que una voluntad oculta había hecho colgar del techo de la nave. Adivinaba que eran metáforas sapienciales, mucho más significativas y alusivas de lo que el pretexto didascálico hubiera querido, engañosamente, sugerir. Vuelo de insectos y reptiles jurásicos, alegoría de las largas migraciones que el Péndulo estaba compendiando sobre el suelo, arcontes, emanaciones perversas; y ahora se abatían sobre mí, con sus largos picos de arqueoptérix, el aeroplano de Breguet, el de Bleriot, el de Esnault, el helicóptero de Dufaux.

Así es como se entra, en efecto, al Conservatoire des Arts et Métiers en París; después de haber atravesado un patio del siglo XVIII, penetramos en la vieja iglesia abacial, engastada en edificios más tardíos como antes lo había estado en el primitivo priorato. Nada más entrar nos deslumbra la confabulación entre el universo superior de las celestes ojivas y el mundo atónico de los devoradores de aceites minerales.

Sobre el piso se extiende una procesión de vehículos automóviles, bicicletas y coches de vapor, desde arriba amenazan los aviones de los pioneros, en algunos casos los objetos están íntegros, aunque desconchados, corroídos por el tiempo, y, en la ambigua luz, en parte natural y en parte eléctrica, se presentan todos cubiertos por una pátina, un barniz de violín viejo; en otros casos sólo quedan esqueletos, chasis, desarticulaciones de bielas y manivelas que amenazan indescriptibles torturas, y uno se imagina ya encadenado, inmovilizado en esas especies de lechos donde algo podía empezar a moverse y a hurgar en nuestra carne, hasta arrancarnos la confesión.

Más allá de esa secuencia de antiguos objetos móviles, ahora inmóviles, el alma herrumbrada, puros signos de un orgullo tecnológico que ha querido exponerlos a la reverencia de los visitantes, entre la vigilancia de una estatua de la Libertad, modelo reducido de la que Bartholdi proyectara para otro mundo, por la izquierda, y una estatua de Pascal por la derecha, se abre el coro, donde el Péndulo oscila coronado de la pesadilla de un entomólogo enfermo, caparazones, mandíbulas, antenas, proglotis, alas, patas, un cementerio de cadáveres mecánicos que de pronto podrían volver a funcionar todos al mismo tiempo; magnetos, transformadores monofásicos, turbinas, grupos convertidores, máquinas de vapor, dínamos, y al fondo, más allá del Péndulo, en la girola, ídolos asirios, caldeos, cartagineses, grandes Baales de vientre antaño incandescente, vírgenes de Nuremberg con el corazón descubierto, erizado de clavos, los otrora poderosos motores de aviación, indescriptible corona de simulacros postrados en adoración del Péndulo, como si los hijos de la Razón y de las Luces hubieran sido condenados a custodiar eternamente el símbolo mismo de la Tradición y de la Sabiduría.

Los turistas aburridos, que pagan sus nueve francos en la caja y los domingos entran gratis, pueden pensar que unos viejos señores decimonónicos con la barba amarillenta por la nicotina, el cuello de la camisa ajado y mugriento, la levita impregnada de olor a rapé, los dedos ennegrecidos por los ácidos, la mente agriada por las envidias académicas, fantasmas de caricatura que se llamaban cher maitre unos a otros, pusieron aquellos objetos bajo aquellas bóvedas por virtuoso espíritu didáctico, para satisfacer al contribuyente burgués y radical, para celebrar los destinos de esplendor y de progreso. Pero no, no, Saint-Martin-des-Champs había sido concebido primero como priorato y después como museo revolucionario, como florilegio de archisecretos arcanos, y aquellos aeroplanos, aquellas máquinas automóviles, aquellos esqueletos electromagnéticos estaban allí para mantener un diálogo cuya fórmula aún se me escapaba.

¿Acaso hubiese tenido que creer que, como me decía hipócritamente el catálogo, la bella iniciativa había partido de los señores de la Convención para facilitar el acceso de las masas a un santuario de todas las artes y oficios, cuando era tan evidente que el proyecto, las palabras mismas utilizadas, correspondían exactamente a las que Francis Bacon empleara para describir la Casa de Salomón en la Nueva Atlántida?

¿Era posible que sólo yo, yo y Jacopo Belbo, y Diotallevi, hubiésemos intuido la verdad? quizá aquella noche conocería la respuesta. Tenía que conseguir a toda costa quedarme en el museo a la hora del cierre, para esperar hasta medianoche.

Por dónde entrarían Ellos no lo sabía, sospechaba que en el entramado del alcantarillado de París había un conducto que llevaba desde algún punto del museo hasta algún lugar de la ciudad, quizá cercano a la Porte St-Denis; lo que sí sabía era que, una vez fuera, no sería capaz de encontrar esa entrada. De modo que necesitaba esconderme, y permanecer en el recinto.

Traté de evitar la fascinación de aquel sitio y de mirar la nave con ojos indiferentes. Ahora ya no buscaba una revelación, sólo quería obtener una información. Imaginaba que en las otras salas sería difícil encontrar un lugar que me permitiera burlar la vigilancia de los guardianes (su obligación, a la hora de cerrar, consiste en dar una vuelta por las salas, atentos a que no haya un ladrón agazapado en alguna parte), pero ¿qué mejor que esta nave rebosante de vehículos, para instalarse en algún sitio como pasajero? Esconderse, vivo, en un vehículo muerto. Al fin y al cabo, después de tantos juegos, ¿por qué no intentar también éste?

Vamos, ánimo, dije para mis adentros, deja de pensar en la Sabiduría: pide ayuda a la Ciencia.

“Tenemos diversos y curiosos Relojes, y otros que realizan movimientos alternativos... Y también tenemos casas de los engaños de los sentidos, donde efectuamos todo tipo de manipulaciones, falsas apariencias, imposturas e busiones... Estas son, hijo mío, las Riquezas de la Casa de Salomón”. (Francis Bacon. New Atlantis, ed. Rawley, Londres, 1627. pp. 41-42)

Había recobrado el dominio de mis nervios y de mi imaginación. Tenía que jugar con ironía, como había jugado hasta hacía unos pocos días, sin dejarme atrapar por el juego. Estaba en un museo y tenía que ser dramáticamente astuto y lúcido.

Eché una mirada confiada a los aeroplanos que colgaban sobre mi cabeza: hubiera podido encaramarme a la carlinga de un biplano y esperar la llegada de la noche como si estuviera sobrevolando el Canal de la Mancha, saboreando de antemano la Legión de Honor. Los nombres de los automóviles expuestos a mi alrededor despertaban agradables nostalgias... Hispano Suiza 1932, bello y acogedor. No me servía porque estaba demasiado cerca de la caja, pero habría podido engañar al empleado si me hubiese presentado con knickerbockers, cediendo el paso a una dama de traje color crema, larga bufanda en torno al largo cuello, sombrerito de campana acomodado sobre el pelo a la garzon. El Citroen C64 de 1931 sólo se exhibía en sección vertical, excelente modelo escolar, pero ridículo escondite.

Ni que hablar de la máquina de vapor de Cugnot, enorme, toda ella caldera o marmita. Había que examinar el lado derecho, donde se alineaban junto a la pared los velocípedos de grandes ruedas art nouveau, las draisiennes de barra plana, como un patinete, evocación de caballeros con chistera que corretean por el Bois de Boulogne, abanderados del progreso.