domingo, abril 03, 2016

Robbie
                                                                      Isaac  Asimov
 - Noventa  y ocho... noventa y nueve... ¡cien! -Gloria retiró su mórbido antebrazo de delante de los ojos y permaneció un momento parpadeando al sol. Después, tratando de mirar en todas direcciones a la vez, avanzó cautelosamente algunos pasos, apartándose del árbol contra el que se apoyaba.
  Estiró el cuello, estudiando las posibilidades de unos matorrales que había a la derecha y se alejó unos pasos para tener mejor punto de vista
La calma era absoluta, a excepción del zumbido de los insectos y el gorjear de algún p jaro que afrontaba el sol de mediodía.
  --Apostaría a que se ha metido en casa, y le he dicho mil veces que esto no es leal -se quejó.
  Avanzando los labios con un mohín y arrugando el entrecejo, se dirigió decididamente hacia el edificio de dos pisos del otro lado del camino.
  Demasiado tarde oyó un crujido detrás de ella, seguido del claro "clump-clump" de los pies metálicos de Robbie. Se volvió rápidamente para ver a su triunfante compañero salir de su escondrijo y echó a correr hacia el árbol a toda velocidad. Gloria chilló, desalentada.
--¡Espera, Robbie! ¡Esto no es leal, Robbie! ¡Prometiste no salir hasta que te hubiese encontrado! -Sus diminutos pies no podían seguir las gigantescas zancadas de Robbie. Entonces, a tres metros de la meta, el paso de Robbie se redujo a un mero arrastrarse y Gloria, haciendo un esfuerzo final por alcanzarlo, echó a correr jadeante y llegó a tocar la corteza del árbol la primera.
Orgullosa, se volvió hacia el leal Robbie y con la más baja ingratitud, le recompensó su sacrificio mofándose de su incapacidad para correr.
--¡Robbie no puede correr! -gritaba con toda la fuerza de su voz de ocho años-. ¡Lo gano cada día! ¡Lo gano cada día! -cantaban las palabras con un ritmo infantil.
Robbie no contestó, desde luego...con palabras. Echó a correr, esquivando a Gloria cuando la niña estaba a punto de alcanzarlo, obligándola a describir círculos que iban estrechándose, con los brazos extendidos azotando el aire.
--¡Robbie...estáte quieto! -gritaba. Y su risa salía estridente, acompañando las palabras.
  Hasta que Robbie se volvió súbitamente y la agarró, haciéndole dar vueltas en el aire, de manera que durante un momento para ella el universo fue un vacío azulado y los verdes árboles que se elevaban del suelo hacia la bóveda celeste. Y después se encontró de nuevo sobre la hierba, al lado de la pierna de Robbie y agarrada todavía a un duro dedo de metal.
  Al poco rato recobró la respiración. Trató inútilmente de arreglar su alborotado cabello con un gesto de vaga imitación de su madre y miró si su vestido se había desgarrado.
  Golpeó con la mano la espalda de Robbie.
  --¡Mal muchacho! ¡Malo, malo! ¡Te pegaré!
  Y Robbie se inclinaba, cubriéndose el rostro con las manos, de manera que ella tuvo que añadir: --¡No, no, Robbie! ¡No te pegaré!
Pero ahora me toca a mí esconderme, porque tienes las piernas más largas y me prometiste no correr hasta que te encontrase.
  Robbie asintió con la cabeza -pequeño paralelepípedo de bordes y ángulos redondeados, sujeto a otro paralelepípedo más grande, que servía de torso, por medio de un corto cuello flexible- y obedientemente se puso de cara al árbol. Una delgada película de metal bajó sobre sus ojos relucientes y del interior de su cuerpo salió un acompasado tic-tac.
  --Y ahora no mires, ni te saltes ningún número -le advirtió Gloria, mientras corría a esconderse.
  Con invariable regularidad fueron transcurriendo los segundos, y al llegar a cien se levantaron los párpados y los ojos colorados de Robbie inspeccionaron los alrededores. Al instante se fijaron en un trozo de tela de color que salía de detrás de una roca. Avanzó algunos pasos y se convenció de que era Gloria.
Lentamente, manteniéndose entre Gloria y el árbol-meta, avanzó hacia el escondrijo, y, cuando Gloria estuvo plenamente a la vista y no pudo dudar  de haber sido descubierta, tendió un brazo hacia ella, y se golpeó con el otro la pierna, produciendo un ruido metálico. Gloria salió, contrariada.
  --¡Has mirado! -exclamó con neta deslealtad-. Además, estoy cansada de jugar al escondite. Quiero que me lleves a paseo.
  Pero Robbie estaba ofendido de la injusta acusación, y, sentándose cautelosamente, movió la cabeza, contrariado de un lado a otro.
  Gloria cambió de tono, adoptando una gentil zalamería.
  --Vamos, Robbie, no lo he dicho en serio, que mirases. Llévame a paseo.
  Pero Robbie no era tan fácil de conquistar. Miró fijamente al cielo y siguió moviendo negativamente la cabeza, obstinado.
  --¡Por favor, Robbie, llévame a paseo! -Rodeó su cuello con sus rosados brazos y estrechó su presa. Después cambiando repentinamente de humor, se apartó de él-. Si no me das un paseo, voy a llorar. -Y su rostro hizo una mueca, dispuesta a cumplir su amenaza.
  El endurecido Robbie no hizo caso de la terrible posibilidad, y siguió moviendo la cabeza por tercera vez.
Gloria consideró necesario jugar su última carta.
--Si no me llevas -exclamó amenazadora- no te contaré más historias.
¡Ni una más!
Ante este ultimátum, Robbie se rindió sin condiciones y movió afirmativamente la cabeza, haciendo resonar su cuello de metal.
Levantó cuidadosamente a la chiquilla y la sentó en sus anchos hombros.
Las amenazadoras l grimas de Gloria se secaron en el acto y se echó a reír con deleite. La piel metálica de Robbie, mantenida a una temperatura constante gracias a las resistencias interiores, era suave y agradable, y el ruido metálico que ella producía al golpear el cuerpo con sus tacones daba mayor encanto a la situación.
  --Eres un caza del aire, Robbie, eres un gran caza de plata del aire.
Tiende los brazos. ¡Tienes que tenderlos, Robbie, si quieres ser un caza del aire!
  Ante aquella lógica irrefutable los brazos de Robbie se convirtieron en alas, que cogían las corrientes de aire, y fue un caza aéreo.
  Gloria se agarraba a la cabeza del robot, inclinándose hacia la derecha.
Entonces dotó a la nave de un motor que hacía "Brrrr", y de armas que producían sonidos onomatopéyicos de disparos. Daba caza a los piratas y las baterías de la nave entraban en acción.
  --¡Hemos matado a otro! ¡Dos más!... -gritaba-. ¡Más aprisa, hombre! ¡Nos quedamos sin municiones!
  Apuntaba por encima de su hombro con indomable valor, y Robbie era una achatada nave del espacio que zumbaba a través de la bóveda celeste con la máxima aceleración.
  Cruzó corriendo el campo hacia la alta hierba, y se detuvo con una rapidez que arrancó un grito a su sonrojada amazona y la dejó caer suavemente sobre la blanda alfombra verde. Gloria se reía y jadeaba, lanzando intermitentes exclamaciones.
  --¡Oh, qué bueno!...
  Robbie esperó a que recobrase la respiración y entonces le tiró suavemente de un mechón de pelo.
  --¿Quieres algo? -dijo Gloria con una expresión de inocencia en los ojos, que no consiguió engañar ni por un instante a su voluminosa "niñera".
Robbie le tiró del pelo con más fuerza.
  --¡Ah, ya sé!... Quieres una historia.
  Robbie asintió rápidamente.
  --¿Cu l? Robbie describió un semicírculo en el aire con un dedo.
  --¿"Otra vez"? -protestó la chiquilla-. Te he explicado la Cenicienta un millón de veces. ¿No estás cansado de ella? ¡Es para niños! Bien, bien -añadió, viendo a Robbie describir otro semicírculo.
  Gloria reflexionó, evocó en su memoria el recuerdo del cuento (con sus modificaciones propias, que eran varias) y empezó: --¿Estás a punto? Bien, pues había una vez una bella muchacha que se llamaba Ella. Y tenía una cruel madrastra y dos hermanastras muy feas y muy malas y...
  Gloria había llegado al momento crítico del cuento: "Daba medianoche en el reloj y sus andrajos se convertían..."; y Robbie escuchaba atentamente, con los ojos ardientes, cuando vino la interrupción.
  --¡Gloria!
  Era la voz aguda de una mujer que había llamado no una, sino varias veces; y tenía el tono nervioso de aquel a quien la ansiedad convierte en impaciencia.
  --Mamá me llama -dijo Gloria, contrariada-. Será mejor que me lle ves a casa, Robbie.
  Robbie obedeció apresuradamente, porque sabía que más valía cumplir las órdenes de Mrs. Weston sin la menor vacilación. El padre de Gloria estaba raramente en casa durante el día, a excepción de los domingos -hoy, por ejemplo-, y cuando esto ocurría, se mostraba el hombre más afable y comprensivo. La madre de Gloria, en cambio, era una fuente de sinsabores para Robbie, que sentía siempre el deseo de alejarse de su presencia.
Mrs. Weston los vio en el momento en que aparecían por encima de los altos tallos de la vegetación, y volvió a entrar en la casa a esperarlos.
  --Te he llamado hasta quedarme ronca, Gloria -dijo severamente-. ¿Dónde estabas? --Estaba con Robbie -balbució Gloria-. Le estaba contando la Cenicienta y he olvidado que era hora de comer.
  --Pues es una lástima que Robbie lo haya olvidado también. -Y como si de repente recordase la presencia del robot, se volvió rápidamente hacia él-. Puedes marcharte, Robbie. No te necesita ya. Y no vuelvas hasta que te llame -añadió secamente.
  Robbie dio la vuelta para marcharse, pero se detuvo al oír a Gloria salir en su defensa.
  --¡Espera, mamá! Tienes que dejar que se quede: No he acabado de contarle la Cenicienta. Le he prometido contarle la Cenicienta y no he terminado.
  --¡Gloria!
  --De verdad, mamá. Se estará tan quieto que no te dar s siquiera cuenta de que está aquí. Puede sentarse en la silla del rincón, y no dirá ni una palabra...; bueno, no hará nada, quiero decir. ¿Verdad, Robbie? Robbie, así interpelado, movió de arriba abajo su pesada cabeza.
  --Gloria, si no dejas esto inmediatamente, no ver s a Robbie en una semana.
  La chiquilla bajó los ojos.
  --Bueno..., pero la Cenicienta es su cuento favorito y no lo había terminado... ¡Y le gusta tanto!
  El robot salió de la habitación con paso vacilante y Gloria ahogó un sollozo.
  George Weston se encontraba a gusto... Tenía la inveterada costumbre de pasar las tardes de los domingos a gusto. Una buena digestión de la sabrosa comida; una vieja y muelle "chaise longue" para tumbarse; un número del "Times"; las zapatillas en los pies, el torso sin camisa...
¿Cómo podía uno no encontrarse a gusto? No experimentó ningún placer, por lo tanto, cuando vio entrar a su esposa. Después de diez años de matrimonio era todavía lo suficientemente estúpido para seguir enamorado de ella, y tenía siempre mucho gusto en verla; pero las tardes de los domingos eran sagradas y su concepto de la verdadera comodidad era poder pasar tres o cuatro horas solo. Por consiguiente, concentró su atención en las últimas noticias de la expedición Lefebre-Yoshida a Marte (tenía que salir de la Base Luna y podía incluso tener éxito) y fingió no verla.
  Mrs. Weston esperó pacientemente dos minutos, después, impaciente, dos más, y finalmente rompió el silencio.
  --George...
  --¿Ejem? --¡He dicho George! ¿Quieres dejar este periódico y mirarme? El periódico cayó al suelo, crujiendo, y George volvió el rostro contrariado hacia su mujer.
  --¿Qué ocurre, querida? --Ya sabes lo que ocurre. Es Gloria y esta terrible máquina.
  --¿Qué terrible máquina? --No finjas no saber de lo que hablo. El robot, al cual Gloria llama Robbie. No se aparta de ella ni un instante.
  --¿Y por qué quieres que se aparte?
Es su deber... Y en todo caso, no es ninguna terrible máquina. Es el mejor robot que se puede comprar con dinero y estoy seguro de que me hace economizar medio año de renta. Es más inteligente que muchos de mis empleados.
  Hizo ademán de volver a tomar el periódico, pero su mujer fue más r pida que él y se lo arrebató.
  --Vas a escucharme, George. No quiero ver a mi hija confiada a una máquina, por inteligente que sea. No tiene alma y nadie sabe lo que es capaz de pensar. Una chiquilla no está hecha para ser guardada por una "cosa" de metal.
  --¿Y cuándo has tomado esta decisión? -preguntó Mr. Weston frunciendo el ceño-. Ya lleva con Gloria dos años y no he visto que te preocupases hasta ahora.
  --Al principio era diferente. Era una novedad, me quitó un peso de encima y era una cosa elegante. Pero ahora, no sé... los vecinos...
  --¿Y qué tienen que ver los vecinos con esto? Mira, un robot es muchísimo más digno de confianza que una nodriza humana. Robbie fue construido en realidad con un solo propósito: ser el compañero de un chiquillo. Su "mentalidad" entera ha sido creada con este propósito. Tiene forzosamente que querer y ser fiel a esta criatura. Es una máquina, "hecha así". Es más de lo que puede decirse de los humanos.
  --Pero puede ocurrir algo.
Puede... puede -Mrs. Weston tenía unas ideas muy vagas del contenido interior de un robot-, no sé, si algo de dentro se estropease y...
  No podía decidirse a completar su claro y espantoso pensamiento.
  --Tonterías... -negó Weston con un involuntario estremecimiento nervioso-. Es completamente ridículo.
Cuando compré a Robbie tuvimos una larga discusión acerca de la Primera Regla Robótica. Ya sabes que un robot no puede dañar a un ser humano; que mucho antes de que algo pudiese alterar esta Primera Regla, el robot quedaría completamente inutilizado.
Es una imposibilidad matemática.
Además, dos veces al año viene un ingeniero de la U.S. Robots a hacer una revisión completa del mecanismo.
Hay menos probabilidades de que se estropee algo en Robbie, de que uno de nosotros se vuelva repentinamente loco; considerablemente menos. Además, ¿cómo se lo vas a quitar a Gloria? Hizo una nueva e infructuosa tentativa de tomar el periódico y su mujer lo arrojó con rabia a la habitación contigua.
  --Ahí está la cosa, George. No quiere jugar con nadie más. Hay por aquí docenas de niños y niñas con quienes podría trabar amistad, pero no quiere. No quiere ni acercarse a ellos, a menos que yo la obligue. Es imposible que se críe así. Querrás que sea una niña normal, ¿verdad? Querrás que sea capaz de ocupar su sitio en la sociedad... supongo.
  --Estás luchando contra las sombras, Grace. Imagínate que Robbie es un perro. He visto centenares de chiquillos que querían más a su perro que a su padre.
  --Un perro es diferente, George.
Tenemos que librarnos de este terrible instrumento. Puedes volverlo a vender a la compañía. Lo he preguntado y es posible.
  --¿Que lo has... "preguntado"? Mira, Grace, escucha, no nos apartemos de la cuestión. Vamos a conservar el robot hasta que Gloria sea mayor, y no se hable más de este enojoso asunto.
  Y con estas palabras, salió de la habitación dando un bufido.
  Dos días después, Mrs. Weston encontró a su marido en la puerta.
  --Tienes que escuchar una cosa, George. Hay mala voluntad por el pueblo.
  --¿Acerca de qué? -preguntó Mr.
Weston entrando en el cuarto de baño y ahogando la posible respuesta con el ruido del agua.
  Mrs. Weston esperó a que cesara.
Después dijo: --Acerca de Robbie.
  Weston avanzó un paso con la toalla en la mano, el rostro colorado y colérico.
  --¿Qué diablos estás diciendo? --La cosa se ha ido formando y formando... He tratado de cerrar los ojos y no verlo, pero no puedo más.
Todo el pueblo considera a Robbie peligroso. No dejan acercarse aquí a los chiquillos.
  --Nosotros le confiamos "nuestra" hija.
  --La gente no razona, ante estas cosas.
  --¡Pues que se vayan al diablo!
  --Decir esto no resuelve el problema. Yo tengo que comprar allí. Tengo que ver a los vecinos cada día. Y estos días es peor cuando se habla de robots. Nueva York acaba de dictar la orden prohibiendo que los robots salgan a la calle entre la puesta y la salida del sol.
  --Muy bien, pero no pueden impedirnos tener un robot en nuestra casa, Grace. Esto es una de tus campañas.
La conozco. Pero la respuesta es la misma. ¡No! Seguiremos teniendo a Robbie.
Y no obstante, quería a su mujer; y, lo que era peor aún, su mujer lo sabía. George Weston, al fin y al cabo, no era más que un hombre, ¡el pobre!, y su mujer echaba mano de todos los artilugios que el sexo más torpe y escrupuloso ha aprendido, con razón e inútilmente, a temer.
  Diez veces durante la semana que siguió, tuvo ocasión de gritar: "¡Robbie se queda... y se acabó!", y cada vez lo decía con menos fuerza y acompañado de un gruñido más plañidero.
  Llegó finalmente el día en que Weston se acercó tímidamente a su hija y le propuso una sesión de visivoz en el pueblo.
  --¿Puede venir Robbie? --No, querida -dijo él estremeciéndose al sonido de su voz-, no admiten robots en el visivoz, pero podrás contárselo todo cuando volvamos a casa.
-Dijo las últimas palabras balbuceando y miró a lo lejos.
  Gloria regresó del pueblo hirviendo de entusiasmo, porque el visivoz era realmente un espectáculo magnífico.
Esperó a que su padre metiese el coche a reacción en el garaje subterráneo y dijo: --Espera que se lo cuente a Robbie, papá. Le hubiera gustado mucho.
Especialmente cuando Francis Fran retrocedía tan sigilosamente y tropezó con uno de los Hombres-Leopardo y tuvo que huir. -Se rió de nuevo-.
Pap , ¿hay verdaderamente hombres-leopardo en la Luna? --Probablemente, no -dijo Weston distraído-. Es sólo fantasía.
  No podía entretenerse ya mucho con el coche. Tenía que afrontar la situación. Gloria echó a correr por el césped.
  --¡Robbie! ¡Robbie!
  De repente se detuvo al ver un magnífico perro de pastor que la miraba con ojos dulces, moviendo la cola.
  --¡Oh, que perro más bonito! -dijo Gloria subiendo los escalones del porche y acariciándolo cautelosamente-. ¿Es para mí, papá? --Sí, es para ti, Gloria -dijo su madre, que acababa de aparecer junto a ellos-. Es muy bonito, y muy bueno…
Le gustan las niñas.
  --¿Y sabe jugar? --¡Claro! Sabe hacer la mar de trucos. ¿Quieres ver algunos? --En seguida. Quiero que lo vea Robbie también. ¡"Robbie"!... -Se detuvo, vacilante, y frunció el ceño-
Apostaría a que se ha encerrado en su cuarto, enojado conmigo porque no le he llevado al visivoz. Tendrás que explicárselo, papá . A mí quizá no me creería, pero si se lo dices tú sabrá que es verdad.
  Weston se mordió los labios. Miró a su mujer, pero ella apartaba la vista.
  Gloria dio rápidamente la vuelta y bajó los escalones del sótano al tiempo que gritaba: --¡Robbie..., ven a ver lo que me han traído papá y mamá! ¡Me han comprado un perro, Robbie!
  Al cabo de un instante, había regresado asustada.
  --Mamá, Robbie no está en su habitación. ¿Dónde está? -No hubo respuesta; George Weston tosió y se sintió repentinamente interesado por una nube que iba avanzando perezosamente por el cielo. La voz de Gloria estaba preñada de l grimas-. ¿Dónde está Robbie, mamá? Mrs. Weston se sentó y atrajo suavemente a su hija hacia ella.
  --No te importe, Gloria. Robbie se ha marchado, me parece.
  --¿Marchado?... ¿Adónde? ¿Adónde se ha marchado, mamá? --Nadie lo sabe, hijita. Se ha marchado. Lo hemos buscado y buscado por todas partes, pero no lo encontramos.
  --¿Quieres decir que no va a volver nunca más? -sus ojos se redondeaban por el horror.
  --Quizá lo encontraremos pronto.
Seguiremos buscándolo. Y entretanto puedes jugar con el perrito. ¡Míralo!
Se llama "Relámpago" y sabe...
  Pero Gloria tenía los párpados bañados en l grimas.
  --¡No quiero el perro feo! ¡Quiero a Robbie! ¡Quiero que me encuentres a Robbie!
  Su desconsuelo era demasiado hondo para expresarlo con palabras, y prorrumpió en un ruidoso llanto.
  Mrs. Weston pidió auxilio a su marido con la mirada, pero él seguía balanceando rítmicamente los pies y no apartaba su ardiente mirada del cielo, de manera que tuvo que inclinarse para consolar a su hija.
  --¿Por qué lloras, Gloria? Robbie no era más que una máquina, una máquina fea... No tenía vida.
  --¡No era una máquina! -gritó Gloria con fuego-. Era una persona como tú y como yo y además era mi amigo.
¡Quiero que vuelva! ¡Oh, mamá, quiero que vuelva...!
  La madre gimió, sintiéndose vencida, y dejó a Gloria con su dolor.
  --Déjala que llore a su gusto -le dijo a su marido-; el dolor de los chiquillos no es nunca duradero.
Dentro de unos días habrá olvidado que aquel espantoso robot haya existido.
  Pero el tiempo demostró que Mrs.
Weston había sido demasiado optimista. Desde luego, Gloria dejó de llorar, pero dejó de sonreír y cada día se mostraba más triste y silenciosa.
Gradualmente, su actitud de pasiva infelicidad fue minando a Mrs. Weston y lo único que la retenía de ceder, era su incapacidad de confesar la derrota a su marido.
  Hasta que una noche, entró en el "living", se sentó y se cruzó de brazos, desalentada. Su marido estiró el cuello para verla por encima del periódico.
  --¿Qué te pasa, Grace? --Es esta chiquilla, George. He tenido que devolver el perro hoy.
  Gloria me dijo que no podía soportar verlo. Hará que tenga un ataque de nervios.
  Weston dejó el periódico a un lado y un destello de esperanza apareció en sus ojos.
  --Quizá..., quizá tendríamos que volver a pedir a Robbie. Es posible, sabes... Puedo hablar con...
  --¡No! -respondió ella secamente-.
No quiero oír hablar de él. No vamos a ceder tan fácilmente. Mi hija no tiene que ser criada por un robot, aunque necesite años para quitárselo de la cabeza.
  Weston volvió a tomar el periódico con aire decepcionado.
  --Un año así y tendré el cabello prematuramente gris.
  --No eres de gran ayuda, George -fue la glacial contestación-. Lo que Gloria necesita es un cambio de ambiente. Aquí no puede olvidar a Robbie, desde luego. ¿Cómo puede olvidarlo si cada árbol y cada roca se lo recuerda? Es realmente la situación más tonta de que he oído hablar. ¡Imagínate una criatura desfalleciendo por la pérdida de un robot!
  --Bien, vamos al grano. ¿Cuál es el cambio de ambiente que planeas? --Vamos a llevarla a Nueva York.
  --¡En agosto! Oye, ¿sabes lo que representa Nueva York en agosto? ¡Es insoportable!
  --Hay millones que lo soportan.
  --No tienen un sitio como éste donde estar. Si no tuviesen que quedarse en Nueva York, no se quedarían.
  --Pues nosotros tendremos que quedarnos también. Vamos a salir en seguida, en cuanto hayamos hecho los preparativos. En Nueva York, Gloria encontrará suficientes distracciones y suficientes amigos para hacerle olvidar esta máquina.
  --¡Oh, Dios mío!... -gruñó el infeliz marido-. ¡Aquellos pavimentos abrasadores!
  --Tenemos que ir -fue la implacable respuesta-. Gloria ha perdido dos kilos este mes y la salud de mi hijita es más importante para mí que tu comodidad.
  --Es una lástima que no hayas pen sado en la salud de tu hijita antes de privarla de su querido robot -murmuró él..., para sí mismo.
Gloria dio inmediatamente síntomas de mejoría en cuanto oyó hablar del inminente viaje a la ciudad. Hablaba poco de él, pero cuando lo hacía era siempre con vivo entusiasmo. Comenzó de nuevo a sonreír y a comer con su precedente apetito.
  Mrs. Weston no cabía en sí de júbilo y no perdía ocasión de demostrar su triunfo sobre su todavía escéptico marido.
  --¿Lo ves, George? Ayuda a hacer el equipaje como un angelito y charla como si no hubiese tenido un disgusto en su vida. Es lo que te dije, lo que necesitaba era fijar su interés en otra cosa.
  --¡Ejem!... -respondió el marido, escéptico-. Esperemos que así sea.
  Los preliminares se hicieron rápidamente. Se tomaron las disposiciones para el alojamiento en la ciudad y un matrimonio quedó encargado del cuidado de la casa de campo. Cuando finalmente llegó el día de la marcha, Gloria había vuelto a ser la misma de antes y ni la menor alusión de Robbie pasó por sus labios.
  Con el mejor humor, la familia tomó un taxigiro hasta el aeropuerto (Weston hubiera preferido ir en su autogiro, pero era sólo un dos plazas y no había sitio para el equipaje) y entraron en el avión que esperaba para salir.
  --Ven, Gloria, te he reservado un sitio al lado de la ventana para que veas el paisaje.
  Gloria ocupó el sitio indicado, aplastó su naricilla contra el grueso vidrio y miró con un interés que aumentó al comenzar a rugir los motores
Era demasiado pequeña para asustarse cuando la tierra empezó a alejarse a sus pies y sintió aumentar el doble de su peso. Sólo cuando la tierra hubo cambiado de aspecto y se convirtió en una vasta manta de cuadros de colores, apartó la nariz del vidrio y se volvió hacia su madre.
  --¿Llegaremos pronto a la ciudad, mamá? -preguntó rascándose la nariz helada y observando cómo se desvanecía la mancha opaca que su aliento había dejado en la ventana.
  --Dentro de media hora, hija mía.
¿No estás contenta de que vayamos? -añadió con sólo un leve tono de ansiedad en la voz-. ¿No vas a ser muy feliz en la ciudad, con los edificios y la gente y tantas cosas que ver? Iremos al visivoz cada día, y al teatro, y al circo y a la playa, y...
  --Sí, mamá -fue la respuesta sin entusiasmo de la chiquilla. La nave pasaba en aquel momento sobre un mar de nubes y Gloria quedó en el acto absorbida en la contemplación de aquella masa que tenía a sus pies. Después volvieron a encontrarse en medio de un cielo azul y se volvió hacia su madre con un súbito aire misterioso de secreto.
  --Ya sé por qué vamos a la ciudad, mamá.
  --¿Sí, hija mía? -dijo Mrs. Weston intrigada-. ¿Y por qué? --No me lo has dicho porque querías darme una sorpresa, pero lo sé.
-Quedó un momento sumida en la admiración de su aguda perspicacia y
después se echó a reír alegremente-.
Vamos a Nueva York porque allí podremos encontrar a Robbie, ¿no es verdad? Con detectives.
  La suposición pilló a George Weston en el momento de beber un vaso de agua, con desastrosos resultados.
Hubo una especie de ronquido, un géiser de agua y una tos de alguien que se ahoga. Cuando todo hubo terminado, ofreció el aspecto de una persona profundamente contrariada, tenía el rostro colorado y estaba mojado de pies a cabeza.
  Mrs. Weston mantuvo su compostura, pero cuando Gloria hubo repetido su pregunta con el ansia redoblada en la voz, su mal humor triunfó.
  --Quizá -repitió secamente-. Y ahora siéntate y estáte quieta, por el amor de Dios.
Nueva York, en 1998, era para el visitante un paraíso superior a lo que había sido siempre. Los padres de Gloria se dieron cuenta de ello y sacaron el mejor partido posible.
  Por orden estricta de su mujer, Weston había tomado las disposiciones necesarias para que sus negocios marchasen solos por algún tiempo, a fin de estar libre y poder dedicar el tiempo a lo que él llamaba "salvar a Gloria del borde del abismo". Como era costumbre en Weston, lo hizo de aquella forma precisa, minuciosa y eficiente que era propia de él. Antes de que hubiese transcurrido un mes, nada de lo que podía hacerse había dejado de ser hecho.
  Gloria fue llevada al último piso del Roosevelt Building, que medía casi un kilómetro de altura, y desde donde se gozaba del abigarrado panorama de los edificios que se extendían hasta los campos de Long Island y las tierras llanas de Nueva Jersey.
Visitaron los jardines zoológicos, donde Gloria contempló con emocionado temor un "verdadero león vivo" (con la consiguiente decepción de ver que los guardianes lo alimentaban con trozos de carne cruda y no con seres humanos, como ella esperaba), y pidió con insistencia y de manera perentoria ver "la ballena".
  Los diversos museos contribuyeron también a llamar su atención, así como parques, playas y el acuario.
  Llevaron a Gloria hasta medio curso del Hudson en un barco especialmente decorado, que evocaba el arcaísmo de los años veinte. Viajó por la estratosfera en una salida de exhibición y vio el cielo ponerse de color de púrpura, las estrellas destacar en el firmamento y la Tierra nebulosa tomar bajo ellos el aspecto de una gran taza cóncava. Una nave submarina de paredes transparentes le hizo visitar las aguas de Long Island y vio aquel mundo verde y tembloroso, y los monstruos marinos acercarse a ella y huir después atemorizados.
  En un terreno más prosaico, Mrs.
Weston la llevó a los grandes almacenes, donde pudo soñar de nuevo a su antojo.
  En resumen, cuando el mes hubo casi transcurrido, los Weston estaban convencidos de haber hecho cuanto era humanamente posible para quitarle de la cabeza al desaparecido Robbie, pero no estaban muy seguros de haberlo conseguido.
  El hecho cierto era que dondequiera que llevasen a Gloria, desplegaba el más vivo interés por todos los robots que se le ponían delante. Por muy interesante que fuese el espectáculo a que asistía, por nuevo que fuese a sus ojos infantiles, su mirada se fijaba implacablemente en cualquier parte donde viese un movimiento metálico.
  La situación alcanzó su apogeo con el episodio del Museo de Ciencia y de Industria. El Museo había anunciado un "programa infantil" especial donde tenían que hacerse demostraciones de magia científica reducidas a la escala de la mentalidad infantil. Los Weston, desde luego, pusieron el espectáculo en la lista de "indispensables".
  Los Weston estaban completamente absorbidos por los experimentos de un potente electroimán cuando Mrs. Weston se dio súbitamente cuenta de que Gloria no estaba con ellos. El pánico inicial se convirtió en metódica decisión y con la ayuda de tres empleados se comenzó una minuciosa búsqueda.
  Gloria, por su parte, no era de esas chiquillas que rondan al azar.
Para su edad, era inusitadamente decidida, saturada de idiosincrasia maternal, a este respecto. En el tercer piso había visto un gran cartel con una flecha y la indicación "Al Robot Parlante", y después de haberlo deletreado sola y observando que sus padres no parecían decididos a avanzar en aquella dirección, hizo lo que consideró indicado. Esperando un momento de distracción paterna, dio media vuelta y siguió la flecha.
  El Robot Parlante era verdaderamente un "tour de force"; pero un artefacto totalmente inútil, sin más valor que el publicitario. Cada hora, un grupo de visitantes escoltados por un empleado se detenía delante del robot y hacía preguntas al ingeniero encargado del robot, con discretos susurros. Las que el ingeniero juzgaba aptas para ser contestadas por los circuitos del robot, le eran transmitidas.
  Era una tontería. Puede ser muy interesante saber que el cuadrado de catorce es ciento noventa y seis, que la temperatura en este momento es de 28> centígrados, que la presión del aire acusa 750mm de mercurio, y que el peso atómico del sodio es 23, pero para esto, en realidad, no se necesita un robot. No se necesita, en especial, una enorme masa inmóvil de alambres y espirales que ocupa veinticinco metros cuadrados.
  Pocos eran los que hacían una segunda experiencia, pero una chiquilla de unos diez años estaba tranquilamente sentada en un banco esperando la tercera exhibición. Era la única persona que había en la sala cuando Gloria entró, pero no la miró. Para ella, en aquel momento otro ser humano era un ejemplar completamente despreciable. Consagraba su atención a aquel objeto lleno de ruedas dentadas
De momento, vaciló con cierto desaliento. Aquello no se parecía a ninguno de los robots que ella había visto. Cautelosamente, vacilando, levantó su débil voz.
  --Por favor, Mr. Robot, perdone, ¿es usted el Robot Parlante? No estaba muy segura de ello, pero le parecía que un robot que hablaba merecía toda clase de consideraciones (Por el delgado rostro de la muchacha de diez años pasó una mirada de intensa concentración. Sacó un carnet de notas del bolsillo y comenzó a escribir rápidamente).
  Se oyó un girar de mecanismos bien engrasados y una voz metálica lanzó unas palabras que carecían de acento y entonación.
  --Yo-soy-el-robot-parlante.
  Gloria lo miró contrariada. "Hablaba", pero el sonido venía de dentro. No había rostro al cual hablar.
  --¿Puede usted ayudarme, Mr. robot? -dijo.
  El Robot Parlante estaba construido para contestar preguntas, pero sólo las preguntas que se podían hacer. Confiado en su capacidad, sin embargo, respondió: --Puedo-ayudarle.
  --Gracias, Mr. Robot. ¿Ha visto usted a Robbie? --¿Quién-es-Robbie? --Un robot, Mr. Robot, señor -se puso de puntillas-. Es así de alto, pero más alto, y muy bueno. Tiene cabeza, sabe... Bueno, usted no tiene, pero él sí.
  --¿Un robot?... -preguntó el Robot Parlante un poco perplejo.
  --Sí, míster Robot. Un robot como usted, salvo que, naturalmente, no sabe hablar y que..., parece una persona de veras.
  --¿Un-robot-como-yo? --Sí, míster Robot.
  A lo cual el robot parlante sólo contestó con un ruido de engranajes y un sonido incoherente. Trató de ponerse lealmente a la altura de su misión y se fundieron media docena de bobinas. Zumbaron algunas señales de alarma.
  (En aquel momento la muchacha de diez años se marchó. Tenía bastante para su primer artículo sobre "Aspectos Prácticos del Robotismo". Era el primero de los varios que tenía que escribir Susan Calvin sobre este tema).
  Gloria permanecía de pie con mal disimulada impaciencia, esperando la respuesta del robot, cuando oyó un grito detrás de ella.
  --¡Allí está! -Y en el acto reconoció la voz de su madre-. ¿Qué estás haciendo aquí, mala muchacha? -exclamó, su ansiedad transformándose en el acto en cólera-. ¿No sabes el miedo que has hecho pasar a papá y mamá? ¿Por qué te has escapado? El ingeniero del robot había aparecido también, mesándose los cabellos y preguntando quién diablos había estropeado la máquina.
  --¿Es que no saben ustedes leer? ¿No saben que no tienen derecho a estar aquí sin ir acompañados? Gloria levantó su ofendida voz.
  --He venido sólo a ver el Robot Parlante, mamá. Pensé que quizá sabría dónde estaba Robbie, puesto que los dos son robots. -Y al aparecer en su mente el recuerdo de Robbie, estalló en una tempestad de lágrimas-. ¡Tengo que encontrar a Robbie, mamá, tengo que encontrarlo!
  --¡Ah, Dios mío, esto es más de lo que soy capaz de soportar! -exclamó Mrs. Weston ahogando un grito-.
¡Volvamos a casa, George!
  Aquella tarde, George se ausentó durante algunas horas y a la mañana siguiente se acercó a su mujer en una actitud sospechosamente complaciente.
  --He tenido una idea, Grace.
  --¿Sobre qué? -preguntó ella con soberana indiferencia.
  --Sobre Gloria.
  --¿No vas a proponer devolverle el robot? --No, desde luego que no.
  --Entonces, sigue. No tengo inconveniente en escucharte. Nada de lo que hemos hecho parece haber servido de nada.
  --Muy bien. He aquí lo que he estado pensando. El gran mal de Gloria es que piensa en Robbie como persona y no como máquina. Naturalmente, no puede olvidarlo. Ahora bien, si conseguimos convencer a Gloria de que su Robbie no era más que un amasijo de acero y cobre en forma de planchas y que el jugo de su vida no era más que hilos y electricidad, ¿cuánto tiempo duraría su anhelo? Es la forma psicológica de ataque, si entiendes lo que quiero decir.
  --¿Y cómo pretendes conseguirlo? --Simplemente, ¿dónde imaginas que fui, anoche? He persuadido a Robertson, de la U. S. Robots & MechanicáMen Inc., que nos permita realizar mañana una visita completa de sus talleres. Iremos los tres y una vez hayamos terminado la visita, Gloria estará convencida de que un robot no es una cosa viva.
  Los ojos de Mrs. Weston habían ido agrandándose progresivamente, delatando una súbita y profunda admiración.
  --¡Pero.. George..., esto es una excelente idea!
  Los botones de la chaqueta de George Weston tiraron con fuerza.
  --Es de las que tengo yo... -dijo.
Míster Struthers era un director general concienzudo y naturalmente inclinado a ser un poco locuaz. Esta combinación dio por resultado una vi sita que fue totalmente, quiz con exceso, explicada en todas sus fases.
Sin embargo, Mrs. Weston no se aburría. Al contrario, más de una vez se detuvo e insistió en que explicase detalladamente algo en un lenguaje suficientemente claro para que Gloria lo entendiese. Bajo la influencia de esta apreciación de sus facultades narrativas, míster Struthers se sintió comunicativo y se extendió con mayor genialidad todavía, si cabe.
  Incluso George Weston demostraba una creciente impaciencia.
  --Perdóneme, Struthers -dijo, interrumpiendo una conferencia sobre la célula fotoeléctrica-; ¿no tienen ustedes una sección donde sólo se emplee mano de obra robot? --¡Oh, sí; sí, desde luego! -dijo sonriendo a Mrs. Weston-. Un círculo vicioso, en cierto modo; robots creando robots. Desde luego, no hacemos una práctica general de ello. En primer lugar, porque los sindicatos no nos lo permitirían. Pero conseguimos poder utilizar algunos robots como mano de obra robot, únicamente como una especie de experimento científico
Comprenda... -prosiguió golpeándose la palma de la mano con sus lentes para dar paso a su argumentación-, lo que los sindicatos no comprenden -y lo dice un hombre que ha simpatizado siempre con la obra sindical en general- es que el advenimiento del robot, aun cuando aportando al empezar alguna dislocación en el trabajo, tendrá inevitablemente que...
  --Si, Struthers -dijo Weston-, pero esta sección de que habla usted, ¿podemos verla? Debe de ser muy interesante, estoy seguro.
  --¡Sí, sí, desde luego! -Míster Struthers se puso los lentes con un movimiento convulsivo y soltó una tosecita de desaliento. Síganme, por favor.
  Mientras siguieron un largo corredor y bajaron un tramo de escaleras, Struthers, precediendo a los demás, estuvo relativamente tranquilo. Después, una vez hubieron entrado en una vasta habitación intensamente iluminada donde reinaba el zumbido de una mecánica actividad, se abrieron las compuertas y desbordó el chorro de sus explicaciones.
  --Aquí lo tiene usted -dijo con el orgullo impreso en su voz-. ¡Sólo robots! Cinco hombres actúan como inspectores y no tienen siquiera que estar en esta habitación. En cinco años, es decir, desde que inauguramos este sistema, no ha ocurrido un solo accidente. Desde luego, los robots aquí reunidos son relativamente sencillos, pero...
  La voz del director general se había convertido hacía tiempo ya en un murmullo tranquilizador a los oídos de Gloria. Toda aquella visita le parecía aburrida e inútil, a pesar de que hubiese muchos robots a la vista.
Ninguno de ellos era ni remotamente como Robbie, y los contemplaba con manifiesto desdén.
  Vio que en aquella habitación no había ser viviente. Entonces sus ojos se fijaron en seis o siete robots que trabajaban activamente en una mesa redonda en el centro de la sala, y se apartaron con una sorpresa de incredulidad. La sala era espaciosa. Gloria no podía verlo bien, pero uno de los robots parecía... parecía... ¡"era"!
  --¡Robbie! -El grito rasgó el aire y uno de los robots se estremeció y dejó caer la herramienta que manejaba
Gloria estaba como loca de alegría.
Metiéndose por debajo de la barandilla antes de que sus padres pudiesen impedirlo, saltó al suelo, situado algunos palmos más abajo y corrió hacia Robbie, con los brazos abiertos y el cabello flotando.
  Y en aquel momento, las tres personas mayores vieron horrorizadas, al tiempo que quedaban paralizadas de espanto, lo que la chiquilla no vio: un enorme tractor que avanzaba a ciegas, siguiendo el camino que tenía trazado.
  Weston necesitó una fracción de segundo para volver en sí, pero aquella fracción de segundo lo representó todo porque Gloria ya no podía ser salvada, todo era claramente inútil.
Struthers hizo una r pida seña a los inspectores para que detuviesen el tractor, pero los inspectores no eran más que seres humanos y necesitaron tiempo para actuar.
  Sólo fue Robbie quien actuó rápidamente y con precisión.
  Devorando con sus piernas de metal el espacio que lo separaba de su amita, se lanzó hacia ella viniendo de la dirección opuesta. Todo ocurrió en un instante. Extendiendo el brazo, Robbie agarró a Gloria sin moderar su marcha en lo más mínimo y dejándola, por consiguiente, sin aire en los pulmones. Weston, sin comprender muy bien lo que ocurría, sintió, más que vio, a Robbie pasar por su lado como un alud y detenerse en seco. El tractor cortó el camino donde había estado Gloria, medio segundo después de que Robbie la hubo arrastrado tres metros, y se detuvo con un chirrido metálico y prolongado.
  Gloria recobró el aliento, fue sometida a una serie de apasionados abrazos y caricias por parte de sus padres y se volvió emocionada hacia Robbie. Para ella no había ocurrido nada, salvo que había encontrado a su amigo.
  Pero la expresión de Mrs. Weston había pasado de la franca alegría a la de una sombría suspicacia. Se volvió hacia su marido, y, pese a su descompuesto y alterado aspecto, consiguió adoptar una actitud formidable.
  --¿Tú..., has preparado esto, verdad...? George Weston se secaba la abrasada frente con un pañuelo. Su mano temblaba y sus labios sólo conseguían esbozar una sonrisa sumamente tenue.
  --Robbie no estaba construido para un trabajo de ingeniería o construcción -prosiguió Mrs. Weston siguiendo sus ideas-. No podía serles de ninguna utilidad. Lo has hecho colocar aquí a fin de que Gloria pudiese encontrarlo. Ya lo sabes...
  --Pues, sí... -dijo Weston-. Pero ¿cómo iba a saber yo que el encuentro tenía que ser tan violento? Y Robbie le ha salvado la vida; esto tienes que reconocerlo. ¡No puedes volverlo a despedir!
  Grace Weston reflexionó. Se volvió hacia Gloria y Robbie y los contempló pensativa algún tiempo. Gloria había pasado sus brazos alrededor del cuello del robot y hubiera asfixiado a cualquiera que no hubiese sido de metal, mientras murmuraba palabras sin sentido con un frenesí casi histérico
Los brazos de acero cromado de Robbie (capaces de convertir en un anillo una barra de acero de cinco centímetros de di metro) abrazaban cariñosamente a la chiquilla y sus ojos brillaban con un rojo intenso y profundo
 --Bien -dijo Grace Weston, finalmente-. ¡Por mí puede quedarse hasta que se oxide!
 --Desde luego, no fue así -dijo Susan Calvin, encogiéndose de hombros-. Esto ocurría en 1998. En 2002 habíamos inventado ya el robot móvil-parlante que, naturalmente, dejaba a todos los modelos no parlantes anticuados, y que parecía ser el último grito en lo tocante a elementos no-robot. Entre 2003 y 2007, la mayoría de los gobiernos desterraron el uso del robot para todo propósito que no fuese la investigación científica.
  --¿Así que Gloria tuvo que abandonar a Robbie, al final? --Así lo temo. Imagino, sin embargo, que debió de serle más fácil a los quince años que a los ocho. No obstante, fue una actitud estúpida e innecesaria por parte de la humanidad
U. S. Robots alcanzó financieramente su nivel más bajo en 2007, por los tiempos en que yo ingresé. Al principio, creí que mi empleo podía terminar súbitamente en cuestión de algunos meses, pero entonces empezamos a desarrollar el mercado extraterrestre.
  --Y así siguió usted trabajando, desde luego.
  --No del todo. Empezamos tratando de adaptar los modelos que teníamos a mano. Los primeros modelos parlantes, por ejemplo. Los enviamos a Mercurio para trabajar en las explotaciones mineras, pero fracasaron.
  --¿Fracasaron? -pregunté yo con sorpresa-. ¡Pero si las minas de Mercurio rinden muchos millones de dólares!
  --Ahora, sí, pero fue una segunda tentativa la que triunfó. Si quiere usted saber algo de esto, le aconsejo que se entere de lo que le ocurrió a Gregory Powell. Él y Michael Donovan resolvieron los casos más difíciles entre los diez y veinte. Hace años que no sé nada de Donovan, pero Powell vive aquí, en Nueva York.
Hoy es abuelo, una cosa a la cual es difícil acostumbrarse. Yo sólo puedo recordarlo como un muchacho. Desde luego, yo era joven también.
  Traté de seguirle tirando de la lengua.
  --Si quiere usted darme los hechos escuetos, doctora Calvin -dije-, puedo hacer que míster Powell me los complete más tarde. (Y esto fue exactamente lo que hice).
  Extendió sus finas manos sobre la mesa y permaneció contemplándolas.
  --Hay dos o tres casos sobre los que sé alguna cosa... -dijo.
  --Empecemos por Mercurio -propuse

  --Bien; me parece que fue en 2051 cuando se organizó la segunda expedición a Mercurio. Era una expedición exploratoria, financiada en parte por U. S. Robots y en parte por Solar Minerals. Consistía en un nuevo tipo de robot, todavía experimental; Gregory Powell; Michael Donovan...
No tengo boca y debo gritar

Harlan Ellison

El cuerpo  de Gorrister  colgaba,  flácido,  en el ambiente  rosado;  sin apoyo  alguno, suspendido bien alto por encima de nuestras cabezas, en la cámara de la computadora, sin balancearse en la brisa fría y oleosa que soplaba eternamente a lo largo de la caverna principal.  El cuerpo colgaba  cabeza abajo, unido a la parte inferior  de un retén por la planta de su pie derecho.  Se le había extraído toda la sangre por una incisión que se había practicado  en su garganta,  de oreja a oreja. No había rastros de sangre en la pulida superficie del piso de metal.

Cuando Gorrister se unió a nuestro grupo y se miró a sí mismo, ya era demasiado tarde para  que  nos diéramos  cuenta  de que una vez más, AM nos habla  engañado,  había hecho su broma,  su diversión  de máquina.  Tres de nosotros  vomitamos,  apartando  la vista unos de otros en un reflejo tan arcaico como la náusea que lo había provocado.

Gorrister se puso pálido como la nieve. Fue casi como si hubiera visto un ídolo de vudú y se sintiera temeroso por el futuro. "¡Dios mío!", murmuró, y se alejó. Tres de nosotros lo seguimos durante un rato y lo hallamos sentado con la cabeza entre las manos. Ellen se arrodilló junto a él y acarició su cabello. No se movió, pero su voz nos llegó dará a través del telón de sus manos:

- ¿Por qué no nos mata de una buena vez? ¡Señor! no sé cuánto tiempo voy a ser capaz de soportarlo.

Era nuestro centesimonoveno año en la computadora. Gorrister decía lo que todos sentíamos.

Nimdok (éste era el nombre que la computadora  le había forzado a usar, porque se entretenía  con los sonidos extraños) fue víctima de alucinaciones  que le hicieron creer que había alimentos enlatados en la caverna, Gorrister y yo teníamos muchas dudas.

- Es otra engañifa - les dije -. Lo mismo que cuando nos hizo creer que realmente existía aquel maldito elefante congelado. ¿Recuerdan? Benny casi se volvió loco aquella vez. Vamos a esforzarnos para recorrer todo ese camino y cuando lleguemos van a estar podridos o algo por el estilo. No, no vayamos. Va a tener que darnos algo forzosamente, porque si no nos vamos a morir.

Benny se estremeció. Hacía tres días que no comíamos. La última vez fueron gusanos, espesos, correosos como cuerdas.
Nimdok ya no estaba seguro. Si había una posibilidad, cada vez se le antojaba más lejana. De todas maneras, allí no se podría estar peor que aquí. Tal vez haría más frío, pero  eso  ya  no  importaba  demasiado.  Calor,  frío,  lluvia,  lava  hirviente  o  nubes  de langostas;  ya nada importaba:  la máquina  se masturbaba  y teníamos  que aguantar  o morir.

Ellen dijo algo que fue decisivo:

- Tengo que encontrar algo, Ted. Tal vez allí haya unas peras o unas manzanas. Por favor Ted, probemos.

Cedí con facilidad. Ya nada importaba. Sin embargo, Ellen me quedó agradecida. Me aceptó dos veces fuera de turno. Esto tampoco importaba. Oíamos cómo la máquina se reía juguetonamente  mientras lo hacíamos. Fuerte, con risas que venían desde lejos y nos rodeaban. Ya nunca llegaba al clímax, así que para qué molestarse.

Cuando partimos era jueves. La máquina siempre nos tenía al tanto de la fecha. El paso del tiempo era muy importante; no para nosotros, sin duda, sino para ella. Jueves. Gracias.

Nimdok y Gorrister llevaron a Ellen alzada durante un largo trecho, entrelazando  las manos que formaban un asiento. Benny y yo caminábamos adelante y atrás, para que si algo sucedía, nos pasara a nosotros y no la perjudicara a Ellen. ¡Qué idea ridícula la de no ser perjudicado! En fin, todo era lo mismo.

Las cavernas de hielo se hallaban a una distancia de unos 160 km. y al segundo día, cuando  estábamos  tendidos  bajo  el sol quemante  que  habla  materializado,  nos  envió maná. Con gusto a orina hervida, naturalmente, pero lo comimos.

Al tercer día pasamos por un valle de obsolescencia, lleno de esqueletos de unidades de computadoras que se enmohecían desde hacía mucho tiempo.

AM era tan despiadada consigo misma como con nosotros. Era una característica de su personalidad: el perfeccionismo. Ya fuera el deshacerse de elementos improductivos de su propio mundo interno, o el perfeccionamiento de métodos para torturarnos, AM era tan cuidadosa como los que la habían inventado, quienes desde largo tiempo estaban convertidos en polvo, y había tornado realidad todos sus deseos de eficiencia.

Podíamos ver una luz que se filtraba hacia abajo desde arriba, así que teníamos que estar muy cerca de la superficie. Pero no tratamos de arrastrarnos  para averiguar.  No había virtualmente nada arriba; desde hacía más de cien años allí no existía cosa alguna que pudiera tener la más mínima importancia.  Solamente la ampollada superficie de lo que  durante  tanto  tiempo  habla  sido  el hogar  de millones  de seres.  Ahora  solamente existíamos nosotros cinco, aquí abajo, solos con AM.

Oía que Ellen decía desesperadamente:

- ¡No, Benny! No vayas. ¡Sigamos adelante! ¡No, Benny, por favor!

Y entonces me di cuenta de que hacía ya algunos minutos que oía a Benny decir:

- Voy a escaparme... Voy a escaparme - repitiéndolo una y otra vez.

Su cara,  de aspecto  simiesco,  se hallaba  marcada  por una expresión  de tristeza  y deleite beatífico, todo al mismo tiempo. Las cicatrices de las lesiones por radiación que AM le había causado durante el "festival", se hallaban encogidas formando una masa de depresiones  rosadas  y  blancas,  y  sus  facciones  parecían  actuar  independientemente unas de otras.

Tal vez Benny era el más afortunado de nosotros: se había vuelto completamente loco desde hacía muchos años.

Pero si bien podíamos decirle a AM todas las horribles cosas que se nos ocurrían, si bien podíamos pensar los más atroces insultos dirigidos a los depósitos de memoria o a las placas corroídas, a los circuitos fundidos y a las destrozadas burbujas de control, la máquina toleraría que intentáramos escapar. Benny se escurrió cuando traté de detenerlo. Se trepó a un cubo de memoria de los pequeños, que estaba volcado hacia un lado y lleno de elementos en descomposición. Allí se detuvo por un momento, y su aspecto era el de un chimpancé, tal como AM había deseado.

Luego saltó y se tomó de un fragmento de metal corroído y agujereado; subió hasta su parte más alta, colocando las manos tal como lo haría un animal, y se trepó hasta un borde saliente a unos veinte pies de distancia de donde estábamos.

- Oh, Ted,  Nimdok, por favor, ayúdenlo, deténganlo antes que... -  dijo Ellen.  Las lágrimas bañaron sus ojos. Movió las manos sin saber qué hacer.

Era demasiado tarde. Ninguno de nosotros queríamos estar junto a él  cuando sucediera lo que pensábamos que iba a suceder. Además, nosotros nos dábamos cuenta muy bien de lo que ocurría. Cuando AM alteró a Benny, durante el periodo de su locura, no fue solamente su cara la que cambió para que se pareciera a un mono gigantesco. También habla cambiado otras partes, más íntimas. ¡A ella sí que le gustaba esto! Se entregaba a nosotros por cumplido, pero cuando era con él la cosa, entonces sí que le gustaba. ¡Oh, Ellen, la del pedestal, Ellen, prístina y pura! ¡Oh, Ellen la impoluta! ¡Buena porquería!

Gorrister la abofeteó. Ellen se acurrucó en el suelo, todavía mirando al pobre Benny y llorando. Llorar era su gran defensa. Nos habíamos acostumbrado  a su llanto hacía ya setenta y cinco años. Gorrister le dio un puntapié.

Entonces comenzó a oírse el sonido. Era luz y sonido. Mitad sonido y mitad luz; algo que comenzó a hacer brillar los ojos de Benny y a pulsar con creciente intensidad y con sonoridades no bien definidas, que se fueron convirtiendo en ensordecedoras y luminosas a  medida  que  la  luz-sonido  aumentaba.  Debe  haber  sido  doloroso,  aumentando  el sufrimiento con la mayor magnitud de la luz y del sonido, porque Benny comenzó a gemir como  un  animal  herido.  Al  principio  suavemente,  cuando  la  luz  era  todavía  no muy definida y el sonido poco audible, pero luego sus quejidos aumentaron, y se vio que sus hombros se movían y su espalda se agitaba, como si tratara de escapar. Sus manos se cruzaron sobre su pecho como las de un chimpancé. Su cabeza se inclinó hacia un lado. La carita triste de mono se cubrió de angustia. Luego comenzó a aullar, a medida que el sonido que surgía de sus ojos crecía en intensidad. Cada vez más fuerte. Me llevé las manos a los lados de la cabeza para tratar de ahogar  el ruido,  pero  de nada sirvió. Atravesaba todo obstáculo y me hacía temblar de dolor como si me clavaran un cuchillo en un nervio.

Súbitamente, se vio que Benny era enderezado. Se puso en pie de un salto, como una marioneta.  La luz surgía ahora de sus ojos, pulsante, en dos grandes rayos. El sonido siguió aumentando en una escala incomprensible, y luego Benny cayó, golpeando fuertemente en el piso. Allí  quedó moviéndose  espasmódicamente  mientras  la  luz  lo rodeaba y formaba espirales que se alejaban.

Entonces la luz volvió a dirigirse al interior de la cabeza, pareciendo que la golpeaba; el sonido describió espirales que convergían hacia él, y Benny quedó en el suelo, gimiendo en tal forma que inspiraba piedad.

Sus ojos eran dos pozos de jalea purulenta. AM lo había cegado. Gorrister, Nimdok y yo mismo desviamos  la mirada. Pero no sin haber advertido que Ellen mostraba alivio luego de su intensa preocupación.

Acampamos  en una caverna sumida en luz verdosa. AM nos proveyó de hojarasca, que quemamos para hacer un fuego, débil y lamentable, al lado del cual nos sentamos formando corro y contando historias, para impedir que Benny llorara en su noche permanente.

- ¿Qué significa AM?

Gorrister le contestó. Habíamos explicado lo mismo mil veces  anteriormente,  pero todavía  era una novedad para  Benny. - Al principio fueron las siglas de  Allied Mastercomputer y luego las de Adaptive ManipWator, luego fue adquiriendo la posibilidad de autodeterminarse, y entonces se la llamó Aggressive Menace y finalmente, cuando ya fue demasiado tarde como para controlarla, se llamó a sí misma AM, tal vez queriendo significar que era... que pensaba... cogito ergo sum: "pienso luego existo".

Benny babeó un poco, y luego emitió una risita tonta.

- Existia la AM China, la AM Rusa, la AM Yanki y... interrumpió. Benny golpeaba el piso con el puño, con su puño grande y fuerte. No estaba contento, pues Gorrister no había empezado  desde el principio.  Entonces  Gorrister  empezó otra vez. Comenzó la guerra fría,  y ésta  se  transformó  en  la  tercera  guerra  mundial.  Esta  tercera  guerra  fue  muy compleja   y  grande,   por  lo  que  se  necesitaron   las  computadoras   para  cubrir  las necesidades. Abandonando los primeros intentos comenzaron a construir la AM. Existía la AM China, la AM Rusa y la AM Yanki y todo fue bien hasta que comenzaron a cubrir el planeta agregando un elemento tras otro. Pero un día AM despertó al conocimiento de sí misma, comenzó a autodeterminarse,  uniéndose entre sí todas sus partes, fue llenando de a poco sus conocimientos sobre las formas de matar, y mató a todos los habitantes del mundo salvo a nosotros cinco. Luego AM nos trajo aquí.

Benny sonreía ahora tristemente. También babeaba, y Ellen le limpió la saliva con la falda. Gorrister trataba de contar la historia cada vez en forma más abreviada, pero había poco que decir más allá de los hechos escuetos. Ninguno de nosotros sabíamos por qué AM había salvado a cinco personas, por qué nos habla elegido a nosotros, o por qué se pasaba todo el tiempo atormentándonos; ni siquiera sabíamos por qué nos había hecho virtualmente inmortales.

En la oscuridad  sentimos  el zumbido de una de las series de computadoras.  A un kilómetro de donde nos hallábamos, otra serie pareció que comenzaba a zumbar a tono con la primera, luego uno por uno, todos los elementos comenzaron a zumbar armónicamente y pareció que un ruido especial recorría el interior de las máquinas.

El sonido creció, y las luces brillaban en los paneles de las consolas como  un relámpago en un día caluroso. El sonido creció en espiral hasta que parecía oírse a un millón de insectos metálicos zumbando, enfurecidos y amenazadores.

- ¿Qué pasa? - gritó Ellen. Había terror en su voz. A pesar de todo lo pasado, aun no se había acostumbrado.

- ¡Parece que viene mal esta vez! - dijo Nimdok.
- Tal vez hable - aventuró Gorrister.

- ¡Salgamos corriendo de aquí! - dije súbitamente, poniéndome de pie.

- No, Ted, mejor es que te sientes... tal vez haya puesto pozos en nuestro camino, o algo así. No podemos ver, está demasiado oscuro - dijo Gorrister con resignación.

Entonces oímos... no sé... no sé...

Algo se movía hacia nosotros en la oscuridad. Enorme, bamboleante, peludo, húmedo, y se dirigía hacia nosotros.  No podíamos  verlo, pero tuvimos la impresión  de su gran tamaño  que  venía  hacia  donde  estábamos.  Un gran  peso se nos acercaba, desde la oscuridad, y era más que nada la sensación de presión, del aire comprimido dentro de un espacio pequeño, que expandía las paredes invisibles de una esfera. Benny comenzó a lloriquear. El labio inferior de Nimdok empezó a temblar, mientras él lo mordía para tratar de disimular. Ellen se deslizó por el piso de metal para acurrucarse al lado de Gorrister. Se distinguía el olor de piel apelotonado y húmeda. El olor de madera chamuscada. El olor del terciopelo polvoriento. El olor de orquídeas en descomposición. El olor de la leche agria. El olor del azufre, del aceite recalentado,  de la manteca rancia, de la grasa, del polvo de tiza, de cueros cabelludos humanos.

AM nos estaba enloqueciendo, nos estaba provocando. Se sintió el olor de...

Me oí a  mí mismo gritar,  y las articulaciones de las mandíbulas me  dolían horriblemente. Me eché a correr sobre el piso, sobre ese piso de frío metal con las interminables líneas de remaches, luego caí y seguí gateando, mientras el olor me amordazaba, llenando mi cabeza con un dolor   inaguantable que me rechazaba horrorizado. Huí como una cucaracha, adentrándome en la oscuridad, mientras ese algo espantoso se movía  detrás  de mí. Los otros  quedaron  atrás,  y se acercaron  a la luz incierta, riendo... el coro histérico de sus risas enloquecidas se elevaba en la oscuridad como si fuera humo espeso, de muchos colores. Huí rápidamente y me escondí.

¿Cuántas horas pasaron? ¿O cuántos días o aun años? Nadie me lo dijo. Ellen me regañó por mi "malhumor" y Nimdok trató de persuadirme de que la risa se debía sólo a un reflejo.

Pero yo sabía que no significaba el alivio que siente un soldado cuando la bala hiere al camarada que está a su lado. Yo sabía que no era un reflejo. Indudablemente,  estaban contra mí, y AM podía percibir esta enemistad,  y me hacía las cosas más difíciles  de soportar por ese motivo. Habíamos sido mantenidos vivos, rejuvenecidos, hablamos permanecido constantemente en la edad que teníamos cuando AM nos trajo aquí abajo, y me odiaban porque yo era el más joven y el que había sido menos alterado por AM.
De esto estaba seguro. ¡Dios mío, qué seguro estaba!

Esos sinvergüenzas y la basura de Ellen. Benny había sido un brillante  teórico,  un profesor de la universidad, y ahora era poco más que un ser semihumano, semisimiesco. Había  sido  buen  mozo;  pero  la  máquina  estropeó  su  aspecto. Había sido lúcido; la máquina lo había enloquecido. Había sido alegre, y la máquina le había agrandado sus genitales hasta que parecieran los de un caballo. AM realmente se habla esmerado con Benny. Gorrister solía preocuparse. Era un razonador, se oponía en forma consciente; era un pacifista, un planificador, un hombre activo, un ser con perspectiva de futuro.

AM lo había transformado en un indiferente, que a cada paso se encogía de hombros. Lo había matado en parte al no permitirle participar. AM lo habla robado. Nimdok solía adentrarse solo en la oscuridad, y quedarse allí largo tiempo. No sé lo que hacia. AM nunca nos lo hizo saber. Pero fuera lo que fuese, Nimdok volvía siempre pálido, como si se hubiera quedado sin sangre en las venas, temblando y angustiado. AM lo habla herido profundamente, si bien nosotros no sabíamos en qué forma. Y Ellen. ¡Esa basura! AM no la habla modificado demasiado, simplemente hizo que se agravaran sus vicios.

Siempre hablaba de la pureza, de la dulzura, siempre nos repetía sus ideales del amor verdadero, todas las mentiras. Quería hacernos creer que había sido casi una virgen cuando AM la trajo  aquí  con  nosotros.  ¡Era  una  porquería  esta  dama!  ¡Esta  Ellen!  Debía  de  estar encantada, con cuatro hombres todos para ella. No, AM le había dado placer, a pesar de que se quejaba diciendo que no era nada lindo lo que le había tocado en suerte.

Yo era el único que todavía estaba en una, pieza, y sano. AM no había estado hurgueteando en mi mente. Solamente tenía que sufrir lo que nos preparaba para atormentarnos. Todas las desilusiones,  todos  los  tormentos  y las pesadillas. Pero los otros cuatro, esa ralea, estaban bien de acuerdo y en contra de mí. Si no hubiera tenido que estar defendiéndome de ellos, que estar siempre alerta y vigilante, tal vez hubiera sido más fácil defenderme de AM.

Entonces llegué al límite de mi resistencia y comencé a llorar.

¡Oh, Jesús, dulce Jesús; si alguna vez existió Jesús o si en realidad existe Dios! Por favor, por favor, déjanos salir de aquí o haznos morir. Porque en ese momento pensé que comprendía todo, y que por lo tanto podía verbalizarlo: AM pensaba mantenernos en sus entrañas por siempre jamás, retorciendo nuestras mentes y cuerpos, torturándonos para toda la eternidad. La máquina nos odiaba como ninguna otra criatura había odiado antes.

Y estábamos indefensos. Además, se tornó insoportablemente  claro que si existía un dulce Jesús, si se podía creer en un dios, ese dios era AM.

El huracán nos golpeó con la fuerza de un glaciar que descendiera rugiendo hacia el mar. Era una presencia palpable. Los vientos, desatados, nos azotaban, empujándonos hacia el sitio de donde partiéramos, al interior de los corredores tortuosos franqueados por computadoras,  que se hallaban sumidas en la oscuridad. Ellen gritó al ser levantada en vilo y al sentirse impulsada hacia una serie de máquinas, pareciéndonos que iba a golpear con la cara, sin poderse  proteger.  Se sentían los grititos  de las máquinas,  estridentes como los de los murciélagos  en pleno vuelo. Sin embargo,  no llegó a caer. El viento, aullando, la mantuvo en el aire, la llevó hacia uno y otro lado, cada vez más hacia atrás y abajo de donde estábamos, y se perdió de vista al ser arrastrada más allá de una vuelta de un corredor. La última mirada a su cara nos reveló la congestión causada por el miedo, mientras mantenía los ojos cerrados.

Ninguno de nosotros llegó a poder asirla. Nos teníamos que aferrar, con enormes dificultades,  a  cualquier  saliente  que  halláramos.  Benny  estaba  encajado entre dos gabinetes, Nimdok trataba desesperadamente de no soltar el saliente de un riel cuarenta metros por encima de nosotros. Gorrister había quedado cabeza abajo dentro de un nicho formado por dos grandes máquinas con diales trasparentes, cuyas luces oscilaban entre líneas rojas y amarillas, cuyo significado no podíamos ni siquiera concebir.

Al tratar de aferrarme  a la plataforma me había despellejado  la yema de los dedos. Sentía que temblaba y me estremecía mientras el viento me sacudía, me golpeaba y me aturdía con su rugido, haciendo que tuviera que aferrarme a las múltiples salientes. Mi mente era una fofa colección de partes de un cerebro que rechinaba y resonaba en un inquieto frenesí.

El viento parecía el grito alucinante de un enorme pájaro demente, emitido mientras batía sus inmensas alas.

Y luego fuimos  levantados  en vilo y arrastrados  fuera de allí, llevados  otra vez por donde habíamos venido, doblando una esquina, entrando en una oscura calleja en la cual nunca habíamos  estado antes, llena de vidrios rotos y de cables que se pudrían y de metal que se enmohecía, lejos, más lejos de lo que jamás habíamos llegado...

Yo me desplazaba  mucho más atrás que Ellen, y de tanto en tanto podía divisarla golpeando en las paredes metálicas, mientras todos gritábamos en  el helado y ensordecedor  huracán que parecía que jamás iba a dejar de soplar, hasta  que  cesó bruscamente y caímos al suelo. Habíamos estado en el aire durante un tiempo larguísimo. Me parecía que habían sido semanas. Caímos al suelo golpeándonos y me pareció que me volvía rojo y gris y negro y me oí a mí mismo quejándome. No me había muerto.

AM entró en mi mente. La exploró con suavidad aquí y allá deteniéndose con interés en todas  las cicatrices que me había causado en ciento nueve años.

Examinó todos los entrecruzamientos, las sinapsis reconectadas y las lesiones de los tejidos que  fueron incluidas con su regalo de inmortalidad.

Pareció sonreírse frente al hueco que se hallaba en el centro de mi cerebro y a los débiles y algodonados  murmullos de las cosas que farfullaban en el fondo, sin sentido pero sin pausa. AM dijo finalmente, gracias a un pilar de acero inoxidable que sostenía letras de neón:

Odio. Déjenme decirles todo lo que he llegado a odiarlos desde que comencé a vivir mi complejo se halla ocupado por 387.400 millones de circuitos impresos en finísimas capas. Si la palabra odio se hallara grabada en cada nano-angstrom de esos cientos de millones de millas no igualaría a la billonésima  parte del odio que siento por los seres humanos en este microinstante por  ti. Odio. Odio.

AM dijo esto con el mismo horror frío de una navaja que se deslizara cortando mi ojo. AM lo dijo con el burbujeo  espeso  de flema que llenara  mis pulmones y me ahogara desde mi propio interior. AM lo dijo con el grito de niñitos que fueran aplastados por una apisonadora  calentada  al rojo. AM me hirió en toda forma posible, y pensó en nuevas maneras de hacerlo, a gusto, desde el interior de mi mente.

Todo para que comprendiera completamente la razón por la cual nos había hecho esto a los cinco; la razón por la cual nos había salvado para sí mismo.

Le habíamos dado una conciencia. Sin advertirlo, naturalmente. Pero de todas formas se la habíamos dado. Y finalmente estaba atrapada. Le habíamos permitido que pensara, pero no le expresamos qué debía hacer con ese don.

En un rapto de furia, de loco frenesí, nos había matado a casi todos, y sin embargo seguía atrapada.  No podía divagar, no podía sorprenderse,  no podía pertenecer. Sólo podía ser. Y entonces, con el desprecio insano con que todas las máquinas consideran a las criaturas débiles y suaves que las han fabricado, había buscado su venganza. En su paranoia había decidido guardarnos a nosotros cinco para un castigo eterno y personal,  que nunca alcanzaría a disminuir su odio... que solamente lograría que recordara y se divirtiera, siempre eficiente en su odio al ser  humano.  Siempre  inmortal  y  atrapada,  sujeta  ahora  a  imaginar  tormentos  para nosotros gracias a los ilimitados milagros que se hallaban a su disposición.

Nunca nos permitiría escapar. Éramos sus esclavos. Nosotros constituíamos su única ocupación  en el eterno tiempo por venir. Siempre estaríamos con ella, con su enorme configuración, con el inmenso mundo todo-mente nada-alma en que se había convertido. Ella era la madre Tierra y nosotros éramos el fruto de esa Tierra, y si bien nos había tragado, no nos podría digerir  jamás.  No podíamos morir. Lo habíamos intentado. Hablamos tratado de suicidarnos,  oh sí, uno o dos de nosotros lo habíamos intentado. Pero AM nos lo había impedido. Creo que en realidad fuimos nosotros mismos los que así lo deseamos.

No pregunten por qué. Yo no lo hice. No menos de un millón de veces por día, por lo menos.  Tal  vez  podríamos  llegar  a  deslizar  una  muerte  sin  que  se  diera  cuenta. Inmortales sí, pero no indestructibles.  Me di cuenta de esto cuando AM se retiró de mi mente y me permitió la exquisita desesperación  de  recuperar  la  conciencia  sintiendo todavía que las palabras del letrero de neón me llenaban la totalidad de la sustancia gris del cerebro.

Se retiró murmurando: "al diablo contigo".

Pero luego agregó alegremente: "allí es donde están, ¿no es así?"

El huracán había sido, indudable y precisamente, causado por un gran pájaro demente, que agitaba sus inmensas alas.

Habíamos estado viajando durante casi un mes, y AM abrió caminos que nos llevaron directamente bajo el polo Norte, donde nos torturó con las pesadillas de la horrible criatura destinada a atormentarnos.  ¿Qué materiales  había utilizado para crear una bestia así?

¿De dónde había obtenido el concepto? ¿Sería de sus conocimientos sobre todo lo que había existido en este planeta, que ahora infestaba y regía?

Había surgido de la mitología nórdica. Esta horrible águila, este devorador  de carroña, este roc, este Huergelmir. La criatura del viento. El huracán encarnado.

Gigantesco. Las palabras para describirlo serían: monstruoso, grotesco, colosal,  ciclópeo, atroz, indescriptible.

Allí estaba, en un saliente sobre nosotros:  el pájaro de los vientos que latía con su propia respiración irregular, su cuello de serpiente se arqueaba dirigiéndose a los lugares sombríos situados por debajo del polo Norte, sosteniendo una cabeza tan grande como una mansión estilo Tudor, con un pico que se abría lentamente, como las fauces del más enorme cocodrilo que pudiera concebirse, sensualmente; bolsas de arrugada piel semi-ocultaban  sus ojos malvados, muy azules y que parecían moverse con rapidez líquida; sus destellos eran fríos como un glaciar. Se movió una vez más y levantó sus enormes alas coloreadas por el sudor en un movimiento que fue como una convulsión. Luego quedó inmóvil y se durmió. Espolines. Pico  agudo.  Uñas.  Hojas  cortantes.  Se durmió.

AM apareció ante nosotros bajo el aspecto de una zarza ardiente y nos comunicó que si queríamos comer podíamos matar al pájaro de los huracanes. No había comido desde hacía mucho tiempo, pero a pesar de ello Gorrister se limitó a encogerse de hombros. Benny comenzó a temblar y a babear. Ellen lo abrazó.

- Ted, tengo hambre - dijo -. Le sonreí. Estaba tratando de infundirle algo de seguridad, pero todo esto era tan falso como la bravata de Nimdok.

- ¡Danos armas! - Pidió.

La zarza  ardiente  desapareció  y en su lugar  vimos  dos  simples  juegos  de arcos  y flechas y una pistola de juguete que disparaba agua, sobre una fría plataforma. Levanté uno de los arcos. No servía para nada.

Nimdok tragó ruidosamente. Nos volvimos y comenzamos a desandar el largo camino de  vuelta.  El  pájaro  de  los  huracanes  nos  había  arrastrado  tan  largo  trecho  que  no podíamos  casi  concebirlo.  La mayor  parte  del tiempo  habíamos  estado  inconscientes. Pero no habíamos  comido  nada. Un mes yendo hacia el pájaro. Sin comida. ¿Cuánto tardaríamos  en llegar  a las cavernas  de hielo,  en las que se hallaban  las prometidas provisiones enlatadas?

Ninguno  se  preocupó  por  esto.  No  íbamos  a  morir.  Se  nos  darían  desperdicios  y porquerías para que nos alimentáramos, algo, en fin. O tal vez no se nos diera nada. AM mantendría vivos nuestros cuerpos de alguna forma, con indecible dolor y agonía.

El pájaro seguía durmiendo, sin que nos importara cuánto tiempo se mantendría así. Cuando AM se cansara de la situación, desaparecería. Pero toda esa cantidad de carne. Esa tierna carne.

Mientras caminábamos escuchamos la risa lunática una mujer obesa, atronando y rodeándonos, resonando en las cámaras de la computadora que llevaban a un infinito de corredores.

No era la risa de Ellen. Ella no era gorda y no había oído su risa en ciento nueve años. De hecho, no había oído... caminábamos... tenía mucha hambre...

Nos movíamos lentamente. Muy a menudo uno de nosotros sufría un desmayo y los demás teníamos que aguardar. Un día decidió provocar un temblor de tierra mientras nos obligaba a permanecer en el mismo sitio, haciendo que gruesos clavos sujetaran la suela de nuestros zapatos. Ellen y Nimdok fueron atrapados en una grieta, que se abrió rápida como un relámpago en las plataformas que formaban el piso. Desaparecieron. Cuando el terremoto cesó, continuamos nuestro camino, Benny, Gorrister y yo. Ellen y Nimdok nos fueron devueltos más tarde esa noche, que repentinamente se tornó en día cuando una legión celeste  los trajo hasta nosotros,  mientras  un coro angelical cantaba "Desciende Moisés". Los arcángeles describieron  varios vuelos  circulares  y luego dejaron  caer los cuerpos maltrechos de nuestros compañeros. Nos mantuvimos a la espera y luego de un rato Ellen y Nimdok se hallaron detrás de nosotros. No estaban demasiado mal.

Pero ahora Ellen caminaba renqueando. AM le había dejado esta incapacidad.

El viaje a las cavernas, en pos de la comida enlatada, era muy largo. Ellen no hacia más que hablar de cerezas y de cócteles hawaianos de fruta. Yo trataba de no pensar en esas cosas. El hambre se había corporizado, tal como para nosotros había sucedido con AM. Estaba vivo en mi vientre, así como AM estaba viva en el vientre de la tierra. AM quería que no se nos escapara la semejanza. Por lo tanto, intensificó nuestra hambre. No encuentro forma para describir los sufrimientos que nos provocaba la falta de alimentos desde hacía tantos meses. Sin embargo, nos, seguía manteniendo vivos. Nuestros estómagos eran calderas de ácido burbujeante  y  espumoso, que lanzaban  punzadas atroces. Era el dolor de las úlceras terminales, del cáncer terminal. Era un dolor sin límites... Y pasamos por la caverna de las ratas. Y pasamos por el sendero de las aguas hirvientes. Y pasamos por la tierra de los ciegos. Y pasamos por la ciénaga de las angustias. Y pasamos por el valle de las lágrimas. Y finalmente llegamos a las cavernas de hielo.

Millas  y millas  de extensión  sin  horizonte,  en  donde  el hielo  se  había  formado  en relámpagos azules y plateados, lugar habitado por novas del hielo. Había estalactitas que caían desde lo alto, espesas y gloriosas como diamantes, formadas a partir de una masa blanda como gelatina que luego se solidificaba en eternas y graciosas formas de pulida y aguda perfección.

Vimos entonces  la provisión  de alimentos  enlatados,  y procuramos  correr hacia allí. Caímos en la nieve, nos levantamos y tratamos de seguir adelante, mientras Benny nos empujaba para llegar primero a las latas. Las acarició, las mordió inútilmente, sin poder abrirlas. AM nos había proporcionado ninguna herramienta con hacerlo.

Benny tomó una lata grande de guayaba y comenzó a golpearla contra un trozo de hielo. Éste se deshizo en pedazos que se desparramaron, pero la lata apenas si se abolló, mientras  oíamos  la risa  de  la  mujer  gorda  que  sonaba sobre nuestras cabezas y se reproducía por el eco hacia abajo, abajo, abajo de la tundra. Benny se volvió loco de rabia. Comenzó a tirar las latas hacia uno y otro lado, mientras nosotros escarbábamos frenéticamente  en la nieve y el hielo, tratando de hallar una forma de poner fin a la interminable agonía de la frustración. No había manera de lograrlo.

Luego, vimos que Benny babeaba una vez más, y se abalanzó sobre Gorrister... En ese instante, sentí una terrible calma.

Rodeado por las blancas extensiones, por el hambre, rodeado por todo menos por la muerte, comprendí  que ésta era el único modo de escapar. AM nos había mantenido vivos, pero existía una forma de vencerla. No sería una victoria completa, pero al menos significaría la paz. Estaba dispuesto a conformarme con esto.

Benny estaba mordiendo y comiendo la carne de la cara de Gorrister. Éste, tumbado sobre un costado, manoteaba en la nieve, mientras Benny, con sus poderosas piernas de mono  rodeaba  la cintura  de Gorrister,  sujetando  la cabeza de su víctima  con manos poderosas como una morsa. Su boca desgarraba la piel tierna de la mejilla de Gorrister. Gorrister gritaba tan violentamente que comenzaron a caer las estalactitas de la altura, hundiéndose bien erguidas en la nieve que las recibía. Puntas de lanza, cientos de ellas, hundiéndose en la nieve. Vi que la cabeza de Benny se movía rápidamente hacia atrás, al ceder la resistencia de algo que arrancaba con los dientes. De ellos colgaba un trozo de carne blanca tinto en sangre.

La cara de Ellen lucía negra en la blanca nieve, dominó en polvo de tiza. Nimdok sin expresión, solamente con sus ojos muy, muy abiertos. Gorrister estaba casi desmayado. Benny era poco  más que un animal.  Sabía  que AM lo iba a dejar jugar. Gorrister no moriría, pero Benny podría llenar su estómago. Me volví ligeramente hacia la derecha y tomé una gran punta de lanza de hielo.

Todo sucedió en un instante.

Llevé  con  fuerza  el  arma  hacia  adelante,  moviendo  la  mano  cerca  de  mi  muslo derecho. Benny recibió la herida en el lado derecho, debajo de las costillas, y la punta llegó hasta su estómago, quebrándose dentro de su cuerpo. Cayó hacia adelante y no se movió más. Gorrister, se hallaba tendido de espaldas. Tomé otra punta de hielo y lo herí, siempre moviéndome, atravesándole la garganta. Sus ojos se cerraron cuando sintió que el frío lo penetraba. Ellen debe haberse dado cuenta de lo que yo quería hacer, incluso a pesar del terrible miedo que comenzó a sentir. Corrió hacia Nimdok llevando en la mano un trozo corto y agudo de hielo. Cuando él gritó, la fuerza del salto de Ellen al introducirle el hielo en la boca y garganta, hicieron el resto. Su cabeza dio un brusco salto, como si la hubieran clavado a la costra de nieve del piso.

Todo sucedió en un instante.

Pareció entonces que el momento dé silenciosa expectativa que siguió a esta escena hubiera durado una eternidad. Casi podía sentir la sorpresa de AM. Se le había privado de sus juguetes. Tres de ellos habían muerto, sin posibilidad de volverlos a la vida. Podía mantenernos vivos gracias a su fuerza y a su talento, pero no era Dios. No podía lograr que volvieran a vivir.

Ellen me miró. Sus facciones de ébano se destacaban en la nieve que nos rodeaba. En su actitud había una mezcla de miedo y súplica, en la forma en que comprendí que estaba lista y esperaba. Yo sabía que sólo tenía el tiempo de un latido del corazón antes de que AM nos detuviera.

Al ser golpeada se inclinó hacia mí, sangrando por la boca. No pude leer en  su expresión, el dolor  había sido demasiado  intenso, había contorsionado  su cara.  Pero podría haber querido decir: gracias. Por favor, que así sea.

Han pasado algunos siglos, tal vez. No lo sé. AM se divirtió durante un largo tiempo acelerando y retardando mi noción del paso de los años. Diré entonces la palabra ahora. Ahora. Me llevó diez meses decir ahora. No sé. Me parece que han pasado varios cientos de años.

Estaba furiosa. No me dejó enterrarlos. No importa. De todas formas no había manera de cavar en las plataformas que forman el piso. Secó la nieve. Hizo que fuera de noche. Rugió y provocó la aparición de las langostas. De nada sirvió; siguieron muertos. La había vencido.  Estaba  furiosa.  Yo había  pensado  que AM me odiaba  antes.  No sabía  cuán equivocado estaba.

Aquello no era ni siquiera una sombra del odio que extrajo de cada uno de sus circuitos impresos. Se aseguró de que sufriera eternamente y de que no me pudiera suicidar.

Dejó intacta mi mente. Puedo soñar, puedo asombrarme, puedo lamentar. Los  recuerdo a los cuatro. Desearía...

Bueno, ya no importa. Sé que los salvé. Sé que los salvé de sufrir lo que sufro ahora, pero sin embargo,  no puedo olvidar su muerte. La cara de Ellen. No fue nada fácil. A veces deseo olvidar. Pero ya nada importa.

AM me ha alterado para quedarse tranquila, según creo. No quiere arriesgarse a que yo pueda correr hacia una de las computadoras y destrozarme el cráneo. O que pudiera contener el aliento hasta desmayarme. O degollarme con una   lámina de  metal enmohecido. Puedo verme en alguna superficie pulida, de modo que trataré de describir mi aspecto.

Soy una gran masa gelatinosa. Redondeada, con  suaves curvas,  sin  boca,  con agujeros pulsátiles llenos de vapor donde antes se hallaban mis ojos. En el lugar en que tenía los brazos, veo unos apéndices cortos y de aspecto gomoso. Unos bultos sin forma indican la posición aproximada de lo que fueron mis piernas. Cuando me muevo dejo un rastro  húmedo.  Sobre  la  superficie de mi cuerpo veo deslizarse unos parches  de enfermizo, perverso color gris, tal como si surgiera una luz desde adentro.

Desde  afuera  supongo  que  mi  torpe  aspecto,  mi  pobre  trasladar,  ha  de  dar una sensación de algo que jamás pudo haber sido humano. De un ser cuya apariencia es una tan  ridícula caricatura de lo  humano que resulta  aún  más obscena  por  su muy vago parecido.

Desde adentro, soledad. Aquí. Viviendo bajo la tierra, bajo el mar, dentro de  las entrañas  de  AM  a  quien  creamos  porque  nuestras  horas  se  perdían  tristemente, pensando tal vez sin darnos cuenta, que él sabría hacerlo  mejor.  Por lo menos  ellos cuatro ya están a salvo.

AM estará cada vez más furioso al recordarlo. Esto me hace en cierto modo feliz. Y sin embargo... AM ha vencido, simplemente... se ha vengado...

No tengo boca. Y debo gritar.
fin



























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