domingo, abril 03, 2016

Luna  inconstante

Larry  Niven

Estaba  contemplando las noticias cuando vino el cambio, como un destello de movimiento vislumbrado por el rabillo del ojo. Me volví hacia el balcón. Fuera lo que fuese, era demasiado tarde ya para captarlo.
Aquella noche la luna era muy brillante.
Me di cuenta de esto y sonreí, y di de nuevo media vuelta. Johnny Carson iniciaba su monólogo.
Cuando pusieron los primeros anuncios me levanté para reca­lentar el café. Ponían tres o cuatro anuncios seguidos, por ser medianoche, de modo que tenía tiempo.
A1 volver me cogió de lleno la luz de la luna. Si antes era bri­llante, ahora lo era más. Hipnótica. Abrí la vidriera deslizante y salí al exterior.
El balcón apenas era algo más que un reborde con barandilla, con espacio justo para un hombre, una mujer y una barbacoa por­tátil. Durante los últimos meses el panorama había sido adorable, especialmente en el crepúsculo. La compañía de electricidad había estado instalando un edificio para oficinas de cemento y cristal. En realidad, no era más que una estructura de vigas de acero al descubierto. Como una masa sombría contra el cielo rojo del crepúsculo, parecía más bien algo tieso, surrealista, tremen­damente impresionante.
Esa noche…
Nunca había visto una luna tan brillante, ni siquiera en el desierto. Lo bastante brillante como para poder leer, pensé, e inmediatamente añadí, pero esto es una ilusión. La luna nunca es mayor (no sé dónde lo leí) que un cuarto de chelín sostenido a unos tres metros de distancia. Nunca puede ser tan brillante como para permitir una lectura.
¡Sólo estaba llena en sus tres cuartos!
Pero el resplandor de la luna sobre la autopista de San Diego, al oeste, parecía amortiguar incluso el de los faros de la caravana de coches. Parpadeé contra esa luz, y pensé en los hombres que al caminar por la luna dejaban huellas onduladas. En cierta ocasión, por un artículo que estaba escribiendo, pude tener en la mano un pedazo de roca de la luna…
Oí que reanudaban el programa de televisión y regresé al inte­rior del apartamento. Pero al volver a echar una ojeada a mis espaldas, vi que la luna se tornaba aún más brillante… como al aparecer por detrás de una estela nubosa.
Su luminosidad era ya enloquecedora, lunática.
El teléfono sonó cinco veces antes de que ella contestara.
-Hola -dije-, oye…
-Hola -respondió Leslie con voz adormilada, en son de queja.
Caramba, esperaba que estuviese viendo la televisión igual que yo.
-No grites ni te quejes -manifesté al momento-, porque tengo un motivo para llamarte. Estás en la cama, ¿verdad? Bien, levántate y… ¿Puedes levantarte?
-¿Qué hora es?
-Las once y cuarto.
-Oh, Dios mío…
-Sal al balcón y mira a tu alrededor.
-De acuerdo.
El teléfono dejó oír un ruidito. Aguardé. El balcón de Leslie da al norte y al oeste, como el mío, pero se halla diez pisos más arriba, de modo que tiene mejor vista.
A través de mi balcón, la luna ardía como un foco.
-Stan… ¿estás ahí?
-Sí. ¿Qué opinas de eso?
-Es maravilloso. Nunca he visto nada igual. ¿Por qué brilla tanto la luna?
-No lo sé, pero ¿no te parece maravilloso?
-Se supone que tú eres el nativo.
Hacía sólo un año que Leslie se había trasladado aquí.
-Escucha, jamás la había visto de esta manera. Claro que existe una antigua leyenda -proseguí-. Una vez cada cien años, la niebla abandona Los Ángeles por una sola noche, dejando el aire tan claro y despejado como el espacio interestelar. De este modo, los dioses ven si Los Ángeles todavía está aquí. Después, vuelven a arroparnos con la niebla para no tener que verlo cons­tantemente.
-Sí, ya conocía esa leyenda. Bien, oye, me alegro de que me despertases para verlo, pero mañana he de trabajar.
-Pobre muñeca…
-Es la vida. Buenas noches.
-Buenas noches.
A continuación me senté en la oscuridad y traté de pensar a quién más podía llamar. Sí, llamar a una chica a medianoche, invitarla a salir y contemplar la luna… y ella podría considerarlo romántico, o ponerse furiosa, pero no supondría que había llama­do a seis más.
Pensé en varios nombres. Pero las chicas en las que pensé habían salido de mi vida hacía ya más de un año, después de que empezara a pasar todo el tiempo con Leslie. No podía censurar­las. Ahora, Joan estaba en Texas y Hilda se había casado, y si lla­maba a Louise probablemente también vendría Gordie. ¿La joven inglesa? No recordaba su número. Ni su apellido.
Además, todas las chicas que conocía tenían que fichar al entrar a trabajar. Yo también trabajo para vivir, pero en mi cali­dad de escritor independiente elijo mi horario. A cualquiera que llamara esta noche le arruinaría la mañana. Ah, bueno…
El programa de Johnny Carson era un torbellino en gris y un estrépito de estática cuando regresé al salón. Desconecté el tele­visor y salí de nuevo al balcón.
La luna brillaba más que la riada de focos y faros en la autopis­ta, era más brillante que Westwood Village, a la derecha. Los montes de Santa Mónica tenían un resplandor perlino, casi mági­co. No había estrellas cerca de la luna. Las estrellas no podían sobrevivir a tanto resplandor.
Yo escribía artículos científicos para ganarme el sustento. Habría debido de ser capaz de imaginarme qué le sucedía a la luna. ¿Podía haber aumentado súbitamente de tamaño? ¿Haber­se inflado como un globo? No.
Más cerca, tal vez… ¿Estaba cayendo?
¡Las mareas! Olas de treinta metros de altura… ¡y terremotos! ¡La falla de San Andrés abriéndose como el Gran Cañón! Podía subir a mi coche, ir hacia las montañas… No, demasiado tarde.
Tonterías. La luna era más brillante, no era mayor. Podía ver­lo. Además, ¿podía caer la luna sobre nuestras cabezas, sin más?
Parpadeé y la luna dejó una impresión en mis retinas. Era tre­mendamente brillante.
Un millón de personas debían de estar contemplando la luna, haciéndose preguntas como yo. Un artículo sobre el caso se ven­dería muy bien… si lo escribía antes de que lo hicieran otros.
Debía de existir una explicación sencilla, obvia.
¿Cómo podía ser la luna tan brillante? La luz lunar es un refle­jo de la luz del sol. ¿Acaso brillaba más el sol? Debía de haber empezado a ocurrir después del crepúsculo, o la gente habría observado…

No me gustó esta idea.

Por otra parte, la mitad de la Tierra estaba directamente bajo la luz solar. Un millar de corresponsales de Life y Time y News­week y de la Asociación de la Prensa llamarían desde Europa, Asia, África y… a menos que estuviesen escondidos en los sóta­nos. O muertos. O faltos de voz, porque el sol estuviese interfi­riendo las comunicaciones con la estática; los sistemas de radio, el teléfono y la televisión… La televisión… ¡Dios mío!
Empezaba a asustarme.
Bien, era preciso volver a empezar. La luna brillaba mucho más que antes. La luz de la luna… bueno, la luz de la luna es un reflejo de la luz del sol, y eso lo sabe cualquier idiota. Entonces… algo le había ocurrido al sol.
-¿Diga?
-Hola, soy yo -respondí.
De pronto, mi garganta se solidificó. ¡Pánico! ¿Qué iba a decirle?
-He estado contemplando la luna -explicó ella soñadora­mente-. Es algo maravilloso. Incluso he tratado de utilizar mi telescopio, pero no he logrado ver nada; brilla demasiado. Ilumi­na toda la ciudad. Las montañas son como de plata.
Sí, ella tenía un telescopio en el balcón. Lo había olvidado.
-No he intentado volver a dormirme -continuó Leslie-. Demasiada luz.
Mi garganta pudo funcionar de nuevo.
-Oye, Leslie, cariño, he empezado a pensar que te he des­pertado, que no podrías volver a dormirte, y toda esa luz… De modo que lo mejor será que salgamos a tomar algo.
-¿Estás loco?
-No, hablo en serio. Ésta no es una noche para dormir. Tal vez no volvamos a disfrutar de una noche como ésta. ¡A1 diablo tu dieta! Vamos a celebrarlo. Pasteles de chocolate calientes, café irlandés…
-Eso es diferente. Voy a vestirme.
-Iré a buscarte.
Leslie vivía en el piso catorce del Edificio C de la plaza Barrington. Llamé a la puerta y esperé.
Mientras aguardaba me pregunté, sin ningún sentido de urgencia: ¿Por qué Leslie?
Debía de haber otras maneras de pasar mi última noche en la Tierra que con una chica en particular. Podía haber escogido a otra joven, o incluso a varias, aunque ésa no fuera mi costumbre.
También podía haber llamado a mi hermano, o a una serie de parientes…
Bah, mi hermano Mike habría querido tener un buen motivo para que le sacara de la cama a medianoche.
-Pero Mike, la luna es tan hermosa…
Ni hablar. Y mis parientes habrían reaccionado igual. Sí, yo tenía un excelente motivo, pero ¿me creerían?
Y si me creían, ¿qué? Yo habría organizado una especie de velatorio. Les dejaría dormir. Lo que yo deseaba era que alguien se uniese a mi… fiesta de despedida sin formular preguntas estú­pidas.
A quien yo deseaba era a Leslie. Volví a llamar.
Ella abrió un poco la puerta. Todavía no llevaba más que la ropa interior. Una faja tiesa, deforme, que tenía en la mano me rozó la espalda cuando se arrojó en mis brazos.
-Iba a ponérmela.
-Entonces he llegado a tiempo.
Le quité la faja y la dejé caer al suelo. Me agaché para pasar los brazos por debajo de sus costillas, me enderecé con cierto esfuerzo y anduve hacia el dormitorio con sus pies bailando con­tra mis tobillos.
Tenía la piel muy fría. Debía de haber estado fuera.
-¡Basta! -gritó-. ¿Crees que puedes competir con unos pastelillos de chocolate calientes?
-Ciertamente, me lo exige mi orgullo.
Los dos estábamos sin aliento. Una vez había tratado de levantarla entre mis brazos, en un estilo cinematográfico conven­cional. Por poco me rompo la espalda. Leslie era muy alta, casi como yo, y tenía unas caderas generosas.
Nos echamos en la cama, uno al lado del otro. Luego, le ras­qué la espalda, sabiendo que sería incapaz de resistirse… ja, ja, ja, ja… Dejó oír unos grititos de placer para decirme dónde debía rascar. Después, me levantó la camisa hasta los hombros y empe­zó a rascarme la espalda a su vez.
Nos fuimos quitando prendas de ropa al azar, dejándolas caer fuera de la cama. La piel de Leslie estaba ya caliente, casi ardien­te…
Bien, por eso no podía escoger a otra chica. Hubiera tenido que enseñarle a rascarme. Y no tenía tiempo.
Algunas noches yo experimentaba una tendencia nerviosa a apresurar el acto amoroso. Esta noche estábamos ejecutando un ritual, un rito de tránsito. Intenté ir más despacio, para que durase más. Traté de lograr que a Leslie le gustase más. Resultó increíble. Me olvidé de la luna y del futuro cuando Leslie aplicó sus talones contra los huecos de mis rodillas y empezamos a movernos al ritmo antiguo.
Pero la imagen que se dibujó en mi mente en el clima del acto fue vívida y aterradora. Nos hallábamos sobre un círculo de fuego muy vivo que nos encerraba como un nudo corredizo. Si yo gemía de éxtasis y terror, ella pensaría que era sólo de éxtasis.
Continuamos tendidos lado a lado, adormilados, entorpeci­dos, muy juntos. Estaba dispuesto a dormirme y dejar dormir a Leslie, olvidando mi promesa… pero, en vez de hacerlo, le susu­rré al oído:
-Pastelillos de chocolate calientes.
Leslie sonrió, se movió y rodó fuera de la cama.
No quería que se pusiera la faja.
-Es más de medianoche. Nadie se meterá contigo porque yo me opondría, ¿de acuerdo? Entonces, ¿por qué no has de ir cómoda?
Se echó a reír y cedió. Nos abrazamos una vez más, ya en el ascensor. Estaba mucho mejor sin la faja.
La camarera de la barra, de cabellos grises, estaba animada, excitada. Le brillaban los ojos. Habló como confiándonos un secreto.
-¿Han observado la luna?
Ship estaba bastante concurrido a aquella hora de la noche y tan cerca de la Universidad de Los Ángeles. La mitad de los parroquianos eran estudiantes universitarios. Esa noche habla­ban en voz baja y volvían la cabeza a menudo para mirar a través de las paredes de cristal del restaurante, que permanecía abierto las veinticuatro horas del día. La luna estaba baja hacia occiden­te, lo bastante para competir con los faroles de la calle.
-La hemos observado -repliqué-, y lo estamos celebran­do. Sírvanos dos pasteles de chocolate calientes.
Cuando nos dio la espalda deslicé un billete de diez dólares bajo la servilleta de papel. No porque tuviese que gastarlos, sino porque a la mujer le resultaría muy grato encontrarlos. Tampoco yo los iba a gastar nunca.
Me sentía flojo, casual. Muchos problemas parecían haberse solucionado por sí mismos.
¿Quién habría creído que la paz llegaría a Vietnam y a Cam­boya en una sola noche?
La cosa había empezado hacia las once y media en California. Lo que hacía que el sol de mediodía estuviera sobre el mar Rojo, con algunos flecos de Asia, Europa, África y Australia bajo la directa luz del sol.
Alemania ya estaba reunificada, el Muro fundido o derribado por olas de choque, los israelitas y los árabes habían depuesto las armas, y el apartheid ya no existía en África.
Y yo era libre. Para mí no había consecuencias. Esa noche podía satisfacer todas mis oscuras ansias: robar, matar, estafar sobre mis ingresos y mis impuestos, arrojar ladrillos contra los escaparates, quemar mis tarjetas de crédito. Podía olvidarme de mi artículo sobre la formación de metal explosivo, que debía entregar el jueves. Esa noche podía sustituir los caramelos de canela por las píldoras de Leslie. Esa noche…
-Fumaré un cigarrillo.
Leslie me miró extrañada.
-Pensé que habías abandonado ese hábito.
-Recuerda que me dije que si experimentaba un ansia irresis­tible, fumaría un cigarrillo. Lo dije porque no podía soportar la idea de no volver a fumar nunca más.
-Pero ¡has estado meses sin fumar! -rió ella.
-¡Y siguen anunciando cigarrillos en las revistas!
-Es un complot. De acuerdo, fuma un cigarrillo.
Metí unas monedas en la máquina, vacilé en la elección y al final saqué un tabaco suave. No era que deseara el cigarrillo, pero algunos acontecimientos piden champaña y otros tabaco. Tam­bién existe el tradicional último cigarrillo antes de la ejecución…
Lo encendí. ¡Por el cáncer de pulmón!
Sabía tan bien como lo recordaba, aunque tenía un gusto ran­cio muy débil, como una bocanada de colillas viejas. La tercera aspiración me pareció muy rara. Mis ojos se desenfocaron y todo quedó en calma. El corazón me latía con fuerza en la garganta.
-¿Qué tal sabe?
-Muy extraño. Me siento flipado -respondí.
¡Flipado! No había oído esa palabra desde hacía unos quince años. En el instituto fumábamos para fliparnos, para experimen­tar esa semiborrachera producida por la contracción de los capila­res del cerebro. El flipe dejaba de producirse después de las pri­meras veces, pero nosotros seguíamos fumando…
Volví al presente. La camarera nos estaba sirviendo los paste­litos calientes.
Caliente y frío, dulce y amargo; no hay sabor parecido al de un pastel de chocolate caliente. Morir sin volver a saborearlo habría sido una vergüenza. Y con Leslie era una cosa: un símbolo de todo lo bueno de la vida. Verla comerlos era mejor que comer­los yo mismo.
Además… apagué el cigarrillo para gustar el helado. Aunque, en vez de saborear el helado, estaba anticipando ya el café irlan­dés.
Muy poco tiempo.
El plato de Leslie ya estaba vacío.
-Aaahhh -suspiró, y se acarició por encima del ombligo. Uno de los parroquianos de las mesitas empezó a volverse loco.
Le había estado observando. Era un tipo con aspecto de pro­fesor, delgado, con patillas y gafas con montura de acero, que había estado dando vueltas y saliendo para mirar la luna. Como otros de las demás mesas, parecía flipado por un fenómeno raro y agradablemente natural a la vez.
De pronto lo comprendió. Vi cómo su rostro cambiaba, mos­trando suspicacia, luego incredulidad, y al final, horror y desvali­miento.
-Vámonos -le dije a Leslie.
Dejé unas monedas sobre el mostrador y me levanté.
-¿No quieres terminar tu pastel?
-No. Hemos de ocuparnos de varias cosas. ¿Qué tal un café irlandés?
-¿Y un Pink Lady para mí? ¡Oh, mira! -exclamó, dando media vuelta.
El profesor se subía a una mesa. Se equilibró y extendió los brazos.
-¡Mirad por las ventanas! -gritó.
-¡Baje de ahí! -le ordenó una camarera, tirando enérgica­mente de las perneras de su pantalón.
-¡El mundo está llegando a su fin! Muy lejos, al otro lado del mar, la muerte y el fuego del infierno…
Pero nosotros ya estábamos en la puerta, riendo mientras corríamos.
-Tal vez hayamos escapado -jadeó Leslie- a un motín reli­gioso…
Me acordé de los diez pavos que había dejado debajo de mi servilleta. Ahora eso no complacería a nadie. Dentro del local, un profeta estaba proclamando su mensaje de destrucción a quien quisiera oírlo. La mujer de cabello gris y ojos relucientes hallaría el dinero y pensaría: Esos también lo sabían…

Las casas impedían la vista de la luna desde el aparcamiento del Red Barn. Las luces de la calle y el resplandor lunar tenían el mismo color. La noche sólo era un poco más clara que de ordina­rio.
No comprendí por qué Leslie se detuvo bruscamente en el camino. Pero seguí su mirada, fija en un punto donde una estrella ardía con un intenso brillo, justo al sur del cénit.
-¡Precioso! -alabé.
Leslie me dirigió una mirada muy extraña.
No había ventanas en el Red Barn. Una iluminación artificial muy tenue, mucho más que la extraña luz de fuera, permitía divi­sar el maderamen oscuro y a los animados clientes. Nadie parecía darse cuenta de que aquella noche fuese distinta a las demás.
La escasa concurrencia de los martes por la noche estaba agru­pada en torno al piano. Un parroquiano tenía el micrófono en la mano. Cantaba una canción bastante popular con una voz débil y temblorosa, mientras el pianista negro sonreía y tocaba la música de fondo.
Pedí dos cafés irlandeses y un Pink Lady. Ante la mirada inquisitiva de Leslie, me limité a sonreír misteriosamente.
¡Qué ordinario resultaba el Red Barn! ¡Qué relajante! ¡Qué feliz! Enlazamos las manos a través de la mesa y sonreí, temiendo hablar. Si rompía el encanto, si decía algo peligroso…
Llegaron las bebidas. Levanté la copa de café irlandés por el pie. Azúcar. Whisky irlandés y café fuerte, con nata batida flotan­do encima. Entró en mi cuerpo como una poción de fuerza mági­ca, negra, caliente, poderosa.
La camarera me devolvió el dinero.
-¿Ve a aquel hombre con suéter de cuello alto, al final del grupo del piano? Él invita -explicó-. Vino hace dos horas y le dio al barman un billete de cien dólares.
De ahí procedía toda la felicidad del local. ¡De la bebida gra­tis! Le miré, preguntándome qué estaría celebrando aquel tipo. Era un individuo de cuello grueso y hombros anchos, embuti­do en un suéter de cuello alto y con chaqueta deportiva; estaba sentado sobre sus piernas cruzadas y tenía una copa grande en la mano. El pianista le ofreció el micro, pero lo rechazó, y aquel gesto me permitió captar su expresión. Tenía un rostro cuadrado y duro, ahora borracho, desdichado, asustado. El hombre estaba a punto de llorar de miedo.
Sabía lo que estaba celebrando.
Leslie hizo un mohín.
-No saben hacer un Pink Lady.
Hay un solo bar en el mundo donde hacen un Pink Lady como le gusta a Leslie, pero ese bar no está en Los Ángeles. Le di el otro café irlandés con una sonrisa que decía «ya lo sabía». Forzán­dola. El miedo de aquel hombre era contagioso. Leslie me devol­vió la sonrisa y levantó su copa.
-Por la luz de la luna.
Levanté mi copa y bebí. Pero no era el brindis que yo habría elegido.
El individuo del jersey de cuello alto bajó de su taburete. Fue cautelosamente hacia la puerta, con paso lento y seguro, como un transatlántico al llegar al muelle. Abrió la puerta y dio media vuelta, manteniéndola abierta, de modo que la blanca luz del exterior iluminó su silueta negra.
Cerdo. Estaba aguardando a que alguien se lo imaginase, que alguien gritase la verdad a los demás. Fuego y destrucción…
-¡Cierre la puerta! -gritó una voz.
-Ya es hora de irnos -murmuré.
-¿A qué tanta prisa?
¿Prisa? Él podía hablar… Y yo no podía decir que…
Leslie posó una mano sobre la mía.
-Lo sé. Lo sé. Pero no podemos escapar, ¿verdad?
Un puño me oprimió con fuerza el corazón. Leslie lo sabía y yo no me había dado cuenta.
Se cerró la puerta, con lo que el establecimiento quedó en una penumbra rojiza. El hombre de la invitación se había marchado.
-¡Dios mío! ¿Cuándo te lo imaginaste?
-Antes de que tú llegaras -explicó ella-. Pero cuando intenté comprobarlo no lo conseguí.
-¿Comprobarlo?
-Salí al balcón y concentré el telescopio en Júpiter. Estas noches, Marte cae por debajo del horizonte. Si el sol se convierte en nova, todos los planetas deberían brillar como la luna, ¿no es verdad?
-Sí, maldita sea.
Debió habérseme ocurrido a mí. Pero Leslie solía contemplar las estrellas; aunque yo sabía algo de astrofísica, no hubiese sabi­do encontrar a Júpiter ni para salvar mi vida.
-Pero Júpiter no brillaba más que de costumbre. Por tanto, no supe qué pensar.
-Pero así… -la esperanza volvió a inundar mi pecho. De pronto, me acordé-. La estrella, la que miraste…
-Júpiter.
-Brilla como un letrero de neón. Bien, esto es la comproba­ción.
-Baja la voz.
Hablaba en voz baja. Pero por un momento salvaje deseé subirme a una mesa y gritar: ¡Fuego y destrucción! ¿Qué derecho tenían los demás a ignorarlo?
La mano de Leslie apretó más la mía. Aquella ansia pasó. Y me dejó temblando.
-Salgamos de aquí. Y pensemos que habrá un amanecer.
-Lo habrá. Ya lo hay.
Leslie soltó una risa amarga, algo que nunca había oído salir de su garganta. Salió mientras yo sacaba mi cartera… entonces recordé que todo estaba pagado.
Pobre Leslie… Ver Júpiter con su brillo normal debió de ser como un aplazamiento… hasta que la chispa blanca destelló con un resplandor glorioso una hora y media más tarde. Una hora y media hasta que la luz del sol llegase a la Tierra por medio de Júpiter.
Cuando llegué a la puerta, Leslie iba casi corriendo por West­wood hacia Santa Mónica. Lancé una maldición y corrí para atra­parla, sin saber si se había vuelto loca.
Luego observé las sombras ante nosotros. Por el otro lado del Bulevar Santa Mónica: sombras lunares haciendo dibujos hori­zontales de franjas oscuras y blanquiazuladas.
La atrapé en la esquina.
La luna se estaba ocultando.
La luna siempre parece tremenda al ocultarse. Aquella noche resplandecía en la porción de cielo que se veía debajo de la auto­pista, terriblemente brillante, arrojando una serie increíblemente complicada de líneas y sombras. Incluso la parte no iluminada de la luna relucía con luz nacarada por el brillo terrestre.
Y eso me dijo todo lo que quería saber respecto a lo que suce­día en la cara iluminada de la Tierra.
¿Y en la luna? Los hombres del Apollo XIX debían de haber muerto en los primeros minutos después de que el sol se convir­tiera en nova. Atrapados en una llanura lunar, escondidos tal vez detrás de una roca que se fundía… ¿O estaban en el lado oscuro? No podía recordarlo. Demonio, tal vez nos sobrevivirían. Sentí una puñalada de envidia y odio.
Y de orgullo. Nosotros los pusimos allí. Llegamos a la luna antes de que el sol se hiciera nova. Un poco más y habríamos lle­gado a las estrellas.
El disco cambiaba de una manera extraña al ocultarse. Una cúpula, un platillo volante, una lente, una línea…
Nada.
Nada. Bien, ya estaba. Ahora podíamos olvidarlo; ahora podíamos caminar sin recordar constantemente que algo iba mal. La luna, al ocultarse, se había llevado todas las sombras raras de la ciudad.
Pero las nubes también mostraban un resplandor raro. Como brillan las nubes después de ponerse el sol, esta noche las nubes resplandecían con un color blanco pálido en sus bordes occidenta­les. Y se movían con demasiada rapidez por el firmamento. Como si trataran de huir…
Cuando me volví hacia Leslie, unos lagrimones resbalaban por sus mejillas.
-Oh, maldición -exclamé, cogiéndola por el brazo-. Basta ya, basta.
-No puedo. Ya sabes que no puedo dejar de llorar cuando empiezo.
-No pensaba en eso. Pensaba en que tenemos cosas que hacer, cosas que hemos estado aplazando, cosas que nos gustan. Es nuestra única oportunidad. ¿Es así como quieres morir, llo­rando en una esquina?
-¡No quiero morir en absoluto!
-¡Valiente mierda!
-Muchas gracias.
Tenía la cara roja y desencajada. Leslie lloraba como los bebés, sin tener en cuenta su dignidad ni su aspecto.
Me sentí furioso. Y culpable, a pesar de saber que lo de la nova no era culpa mía, lo cual aún me enfurecía más.
-¡Tampoco yo quiero morir! -le grité-. Muéstrame el camino para salvarnos y lo seguiré sin dudar. ¿Adónde podemos ir? ¿A1 Polo Sur? Tardaríamos mucho. La luna ya debe de estar fundida por su cara iluminada. ¿A Marte? Cuando esto termine, Marte formará parte del sol, como la Tierra. ¿A Alfa del Centau­ro? Con la aceleración que necesitaríamos, quedaríamos tritura­dos como mantequilla de cacahuete y mermelada…
-Oh, cállate.
-De acuerdo.
-A Hawai, Stan. Podemos llegar al aeropuerto en veinte minutos. ¡Ganamos dos horas yendo al oeste! ¡Dos horas antes de la salida del sol!
La idea no estaba mal. ¡Dos horas eran muy valiosas! Pero ya lo había pensado cuando estuve contemplando la luna desde el balcón.
-No. Moriríamos antes. Oye, cariño, hemos visto cómo bri­llaba ya la luna a medianoche. Lo cual significa que California estaba en la parte posterior de la Tierra cuando el sol se transfor­mó en nova.
-Sí, es verdad.
-Entonces, debemos estar más lejos de la onda de choque.
-No lo entiendo -parpadeó.
-Considéralo así. Primero, el sol explota. Esto calienta el aire y los océanos, todo en un instante, por la cara de día. El vapor y el aire recalentado se expanden velozmente. Una oleada de llamas se vuelca sobre el lado de noche. Y ahora se aproxima rápidamente a nosotros, como un dogal. Pero antes llegará a Hawai. Hawai se halla dos horas más cerca de la línea del sol poniente.
-Entonces, no veremos el amanecer. Ni siquiera viviremos tanto.
-No.
-Lo explicas todo tan bien -admitió amargamente-. Una oleada de llamas… Muy gráfico.
-Lo siento. He meditado mucho sobre esta situación. Y me preguntaba cómo sería.
-Bien, calla ya.
Leslie se me acercó y reclinó su cara en mi hombro. Lloró quedamente. La sostuve con un brazo y empleé el otro para acari­ciarle el cuello, en tanto contemplaba las nubes, sin pensar en cómo terminaría todo.
No pensaba en el círculo de fuego que nos rodearía.
De todos modos, ése no era el verdadero cuadro.
Pensé en cómo habrían hervido los océanos en la cara de día, de modo que la onda de choque habría sido casi toda de vapor. Pensé en los millones de kilómetros cuadrados de océano que tenía que atravesar. Estaría más fría y húmeda cuando nos alcan­zase. Y la rotación de la Tierra la haría girar como a un remolino en una bañera.
Dos huracanes contrapuestos, uno del norte, otro del sur. Esto sucedería. Teníamos suerte. California estaría en el ojo del huracán del norte.
Un viento huracanado de vapor. Atraparía a un hombre y lo cocería en el aire, lo despojaría de su carne y lo arrojaría a un lado. Sería terriblemente doloroso.
No veríamos el amanecer. En cierto modo, era una lástima. Sería espectacular.
Flámulas de nubes espesas corrían a través de las estrellas, demasiado deprisa, con sus vientres blancos por la luz de la ciu­dad. Júpiter se fue apagando hasta desaparecer. ¿Empezaría ya? Hubo un relámpago de calor…
-La aurora -dije.
– ¿Qué?
-También viene una onda de choque del sol. Debería de haber una aurora como nadie habrá visto otra.
-Es tan extraño -rió de pronto Leslie- estar en una esqui­na hablando de este modo… Stan, ¿lo estamos soñando?
-Podríamos fingirlo…
-No. Casi toda la raza humana debe de estar muerta ya.
-Sí.
-Y no podemos huir a ninguna parte.
-Maldición, eso ya lo pensaste hace un buen rato..¿Por qué volver a hablar de ello?
-Podías haberme dejado dormir -me reprochó ella con amargura-. Me estaba durmiendo cuando susurraste en mi oído.
No respondí. Era verdad.
-Pastelitos de chocolate calientes -recordó-. No era mala idea, claro. Romper mi dieta.
Empecé a sonreír.
-Basta ya.
-Podríamos volver a tu casa. O a la mía. Para dormir.
-Supongo que sí. Pero no podríamos dormir, ¿verdad? No, no lo digas. Tomamos unos somníferos y cinco horas más tarde nos despertamos chillando. Prefiero estar despierta. A1 menos, sabremos lo que sucede.
Pero si tomamos todas las pastillas… No lo dije, sólo lo pensé.
-¿Una excursión, entonces?
-¿Adónde?
-Bueno, a la playa. Qué más da. Podemos decidirlo más tar­de.
Todos los mercados estaban cerrados. Pero yo era cliente des­de hacía años de una tienda de licores próxima a Red Barn. Nos vendieron foie-gras, galletas, un par de botellas de champaña helado, seis clases de queso y grandes cantidades de almendras; cogí toda clase de frutos secos, más galletas, una bolsa de hielo, entremeses, y un quinto de coñac viejo que me costó veinticinco pavos, otro quinto de jerez Heering para Leslie, seis latas de cer­veza y Bitter naranja…
Cuando hubimos apilado todo esto en el carrito de la tienda, estaba lloviendo. Unas gotas enormes chocaban contra el cristal del escaparate. El viento ululaba en las esquinas.
El dependiente estaba de buen humor, muy animado y lleno de energía. Llevaba la noche entera contemplando la luna.
-¡Y ahora esto! -gritó al meter lo adquirido en las bolsas.
Era un hombre viejo, musculoso, con brazos y hombros grue­sos.
-Nunca había llovido así en California. El agua suele caer recto y fuerte, cuando llueve. Oh, tarda muchos días en formarse la lluvia.
-Lo sé.
Firmé un cheque, sintiéndome culpable. Me conocía lo sufi­ciente para fiarse de mí. Pero el cheque era bueno. Había fondos. Antes de que abriesen el banco, el cheque sería sólo cenizas, y todos los bancos del mundo hervirían bajo el calor del sol. Pero eso no era culpa mía.
Apiló las bolsas en el carrito y fue hacia la puerta.
-Cuando pare un poco la lluvia, lo sacaremos todo deprisa. Bien, ¿listos?
Abrí la puerta. La lluvia caía como si alguien hubiese arrojado un cubo de agua al escaparate. Paró al cabo de un momento, aun­que por el cristal siguió resbalando el agua.
-¡Ahora! -gritó el dependiente.
Abrí del todo la puerta y salimos. Llegamos al coche riendo como chiflados. El viento aullaba a nuestro alrededor, rociándo­nos por completo.
-Hemos aprovechado un buen respiro. ¿Saben qué me recuerda este tiempo? Kansas -dijo el dependiente-. Durante un tornado.
¡De repente, el cielo estuvo lleno de grava! Gritamos y aga­chamos la cabeza, y el coche recibió un millón de golpes. Abrí la portezuela y empujé a Leslie y al dependiente tras de mí. Nos fro­tamos las maltrechas cabezas y contemplamos la grava blanca que bailoteaba por todas partes.
El dependiente se sacó una piedrecita del cuello de la camisa. La puso en la mano de Leslie, y ella soltó un gritito y me la dio. Estaba fría, helada.
-Granizo -exclamó el viejo-. No lo entiendo.
Tampoco lo entendía yo. Sólo acertaba a pensar que estaba relacionado con la nova. Pero ¿qué? ¿Cómo?
-Debo regresar -musitó el dependiente.
El granizo se había fundido rápidamente. El viejo salió del coche como un soldado al tomar una colina. No volvimos a verle. Las nubes se formaban y desaparecían velozmente, mucho más deprisa que en días anteriores, sus vientres brillantes por las luces de la ciudad.
-Debe de ser por la nova -comentó Leslie.
-Pero ¿cómo? Si la onda de choque hubiese llegado hasta aquí ya habríamos muerto… o al menos estaríamos sordos. ¿Gra­nizo?
-¿Qué más da, Stan? ¡No tenemos tiempo!
-Está bien -me estremecí-. ¿Qué es lo que más te gustaría, ahora mismo?
-Ver un partido de béisbol.
-Son las dos de la madrugada -indiqué.
-Lo cual impide muchas cosas, ¿verdad?
-Exacto. Hemos estado en nuestro último bar. Hemos visto el último espectáculo, nuestra última película. ¿Qué más queda?
-Contemplar el escaparate de una joyería.
-¿En serio? ¿En tu última noche en la Tierra?
Consideró la respuesta.
-Sí.
Y lo dijo en serio. Por mi parte, no podía imaginarme una cosa más aburrida.
-¿Westwood o Beverly Hills?
-Ambas.
-Oye, mira…
-Pues Beverly Hills.
Pasamos bajo otro chaparrón de granizo… una tempestad en cápsulas. Aparcamos a media manzana de Tiffany.
La acera era un solo charco. El agua de la lluvia caía sobre nosotros desde los diversos niveles de los edificios.
-¡Es maravilloso! -exclamó Leslie-. Debe de haber media docena de joyerías en una distancia muy corta.
-Pensaba ir en el coche…
-No, no, no, no adoptas la actitud más apropiada. Hay que recorrer los escaparates a pie. Está en el reglamento.
-Pero la lluvia…
-No morirás de pulmonía. No tienes tiempo -rió alegre­mente.
Tiffany tenía una sucursal en Beverly Hills, pero de noche no había en los escaparates joyas caras. Había, eso sí, algunas chu­cherías fascinantes, nada más.
Torcimos hacia Rodeo Drive… y quedamos admirados. Tibor sí exhibía una colección infinita de sortijas, recargadas y moder­nas, grandes y pequeñas, con toda clase de piedras preciosas y semipreciosas. Al otro lado de la calle, Van Cleef & Arpels exhi­bía broches, relojes de caballero con dibujos admirables, brazale­tes con relojitos engastados, y en un escaparate todo eran dia­mantes.
-Oh, es estupendo -proclamó Leslie, sobrecogida ante los centelleantes diamantes-. ¡Qué hermosos deben de ser a la luz del día! Oh…
-Es mejor no pensar en eso. Imagínatelos al amanecer, relu­cientes a la luz de la nova, mientras los escaparates se resquebra­jan para dejar entrar la luz del día. ¿Quieres uno? ¿El collar?
-Oh… ¿puedo quedarme con uno? Eh, estás bromeando. Deja eso, idiota, debe de haber alarmas en el cristal.
-Mira, nadie va a usar nada de eso a partir de ahora. ¿Por qué no hemos de llevarnos algo?
-¡Nos cogerían!
-Dijiste que querías ir de tiendas…
-No quiero pasar la última hora de mi vida en un calabozo. Si hubieras traído el coche, tal vez habríamos podido…
… escapar. Exacto. Y yo quería traerlo…
Pero en ese instante nos derrumbamos casi literalmente y retrocedimos, sosteniéndonos uno al otro.
Había más de media docena de joyerías en Rodeo. Y había más tiendas. Juguetes, libros, camisas y corbatas de estilos modernísimos. En Francis Orr, un gran cubo de plástico lleno de peniques nuevos. Más allá, un par de relojes muy extraños. Era muy divertido ir mirando escaparates, sabiendo que podíamos romper uno y llevarnos lo que quisiéramos.
Caminábamos, cogidos de la mano, balanceando los brazos. La acera era sólo nuestra; los demás habían huido por el mal tiempo. Las nubes se arremolinaban en lo alto.
-Ojalá hubiese sabido lo que iba a suceder -se quejó Leslie repentinamente-. Pasé todo el día de ayer tratando de arreglar un fallo de un programa. Y ahora, ya no me queda tiempo.
-¿Qué habrías hecho? ¿Ver un partido de béisbol?
-Tal vez. No. Bien, ya no importan las ligas -frunció el ceño ante un escaparate de vestidos-. ¿Qué habrías hecho tú?
-Ir al Esfera Azul a tomarme un combinado -indiqué-. Es un local de topless. Solía ir mucho allí. Creo que ahora ya van totalmente desnudas.
-Nunca he estado en uno de esos establecimientos. ¿A qué hora abren?
-Olvídalo, son casi las dos y media.
Leslie reflexionó, contemplando los gigantescos animales disecados de una tienda de juguetes.
-¿No hay nadie a quien asesinarías si tuvieras tiempo?
-Bueno, ya conoces a mi agente, que vive en Nueva York..
-¿Por qué a él?
-Hija mía, ¿por qué todos los escritores desean matar a sus agentes literarios? Por los manuscritos que pierden debajo de otros manuscritos. Por su diez por ciento, que tan mal perciben, y por el otro noventa por ciento que me envían a regañadientes y tarde. Por…
De pronto, el viento aulló y nos azotó furiosamente. Leslie indicó un portal, que resultó ser el de Gucci, y corrimos hacia él. Nos acurrucamos contra el cristal.
El viento se cargó de un granizo del tamaño de canicas. Los vidrios se rompían por doquier, y las alarmas sonaban como voces débiles y frágiles en el viento. ¡Había algo más que granizo en el viento! ¡Había piedras!
Capté el olor y el sabor del agua del mar.
Nos apretujamos en el espacio medio protegido delante de Gucci. Acuñé una frase de breve vida y grité:
-¡Tiempo de nova! ¡Como las brasas lo hicieron… !
No podía oírme a mí mismo, y Leslie ni se enteró de mis gri­tos.
Tiempo de nova. ¿Cómo había llegado tan deprisa? Viniendo por el Polo, la onda de choque de la nova debía de haber recorri­do seis mil kilómetros… al menos, un viaje de cinco horas.
No. La onda de choque viajaría por la estratosfera, donde la velocidad del sonido es mayor, y después se propagaría por abajo. Tres horas eran suficientes. Sin embargo, medité, no debería lle­gar como un huracán. A1 otro lado del mundo, la explosión del sol estaba desgarrando nuestra atmósfera, enviándola a las estre­llas. El choque tendría que haberse producido como un solo y vasto trueno.
El viento amainó un momento y eché a correr por la acera, arrastrando a Leslie. Encontramos otro portal cuando el viento volvió a soplar. Me pareció oír una sirena en respuesta a la alar­ma.
En la siguiente pausa atravesamos Wilshire y llegamos al coche. Nos sentamos dentro jadeando, y esperamos a que la cale­facción nos calentase. Mis zapatos eran como barcas. La ropa mojada se me pegaba a la piel.
-¿Cuánto durará? -gritó Leslie.
-¡No lo sé! ¡Debemos de tener algún tiempo!
-¡Tendremos que ir de excursión dentro del piso!
-¿Del tuyo o del mío? Del tuyo -decidí, apartando el coche de la acera.
Wilshire Boulevard estaba inundado hasta casi cubrir las rue­das de los coches en muchos sitios. Las ráfagas de granizo y cellis­ca eran ya una lluvia continua. Ante nosotros se extendía una nie­bla espesa, alta hasta la cintura, que se quebraba sobre el capó del coche y formaba una estela detrás nuestro. Un tiempo espantoso.
Tiempo de nova. No había llegado la onda de choque del vapor recalentado. En cambio, atronaba la estratosfera un viento cálido, y su turbulencia formaba extrañas tormentas a nivel del suelo.
Estacionamos ilegalmente en el nivel superior del aparca­miento. Un vistazo al interior me permitió comprobar que estaba atestado. Abrí el portaequipajes y saqué dos pesadas bolsas de papel.
-Debemos de estar locos -comentó Leslie, meneando la cabeza-. Nunca nos comeremos todo esto.
-De todos modos, lo subiremos.
-Pero ¿por qué? -preguntó riendo Leslie.
-Por capricho. ¿Me ayudas?
Llevamos toda la carga hasta el piso catorce. Bueno, dejamos todavía un par de bolsas en el coche.
-Bah, no importa -exclamó Leslie-. Tenemos los entre­meses, las botellas y los frutos secos. ¿Qué más necesitamos?
-Los quesos, las galletas y el foie-gras.
-Olvídalo. -No.
-Estás loco -dijo lentamente Leslie, para que lo entendiese bien-. Puedes morir ahumado al bajar. Tal vez sólo nos queden unos minutos, y quieres tener comida para una semana… ¿Por qué?
-Prefiero no decirlo.
-Entonces, ¡márchate!
Cerró la puerta con una fuerza terrible.
El ascensor era un problema, y pensé que tal vez Leslie tuvie­se razón. El aullido del viento llegaba hasta allí, hasta el corazón del edificio. Tal vez estuviera arrancando cables eléctricos por todas partes, y yo me quedaría encerrado en una cabina a oscu­ras. Pero bajé.
En el nivel superior había agua hasta las rodillas.
Mi segunda sorpresa fue que estaba tibia, como agua de baño usada, y era muy desagradable vadearla. El vapor se enroscaba en la superficie y luego se disolvía gracias al vendaval que soplaba por la cámara de cemento con chillidos como los de los condena­dos.
A1 subir se me planteó otro problema. Si sucedía lo que estaba pensando, si una ráfaga de vapor me envolvía… Me sentía como un idiota… Pero se abrieron las puertas y las luces ni siquiera par­padearon.
Leslie no me dejó entrar.
-¡Vete! -me gritó desde el otro lado de la puerta-. ¡Vete y cómete tus quesos y tus galletas en otra parte!
-¿Estás citada con otro?
Fue una equivocación. No obtuve respuesta.
Casi pude comprender su punto de vista. El segundo viaje en busca de víveres no era algo que pudiera provocar una disputa. Pero ¿por qué tenía que ser una disputa? Además, ¿cuánto iba a durar lo nuestro? Con suerte, una hora. Entonces, ¿por qué per­der el tiempo en una discusión para preservar algo tan efímero?
-No pensaba decírtelo -grité-. Tal vez necesitemos comi­da para una semana. Y un sitio donde escondernos.
Esperaba que me oyese a través de la puerta. El viento debía de soplar con mucha más intensidad en el otro lado.
Silencio. Me pregunté si sería capaz de derribar la puerta. ¿O sería mejor aguardar en el descansillo? Finalmente, ella tendría que…
Se abrió la puerta. Leslie estaba pálida.
-Eso ha sido cruel -murmuró.
-No puedo prometerte nada. Quería esperar, pero tú me has obligado. Me he estado preguntando si realmente ha explotado el sol.
-Eso ha sido cruel. Ya me estaba acostumbrando a la idea.
Volvió la cara hacia la jamba de la puerta. Cansada, estaba cansada. La había mantenido en pie demasiado tiempo…
-Escúchame. Todo fue un error -exclamé-. Debía de tra­tarse de una aurora boreal que iluminaba el cielo de polo a polo. Una oleada de partículas salidas del Sol y viajando casi a la veloci­dad de la luz habría penetrado en la atmósfera como… ¡Vaya, habríamos tenido que ver fuegos de San Telmo en todos los edifi­cios!
Hice una leve pausa y continué:
-Además, la tormenta se presentó muy lentamente -grité, para que me oyese por encima del trueno-. Una nova desgarra­ría el cielo sobre la mitad del planeta. La onda de choque pasaría al lado nocturno con un ruido capaz de romper todos los cristales del mundo, ¡todos a la vez! Y rompería el cemento y el mármol.., y, Leslie querida, eso no ha ocurrido. Por eso empecé a medi­tar…
-Entonces… ¿qué es? -preguntó en voz muy baja.
-Una llamarada. La peor que…
-¡Una llamarada! -gritó ella como acusándome-. ¡Una explosión solar! ¿Piensas que el sol puede encenderse como…?
-Calma…
-¿Crees que podría convertir a la luna y los planetas en otras tantas antorchas y después recobrar su aspecto normal como si nada hubiese sucedido? ¡Oh, idiota…!
-¿Puedo entrar?
Asintió sorprendida. Se hizo a un lado, me agaché para coger las bolsas y entré.
Las puertas de vidrio crujían como si unos gigantes intentasen abrirse paso a través de ellas. La lluvia había penetrado por algu­nos resquicios y formaba charquitos sobre la alfombra.
Dejé las bolsas en la cocina. Hallé pan en el refrigerador y metí dos rebanadas en el tostador. Mientras se tostaban, abrí las latas de foie-gras.
-Mi telescopio ha desaparecido -exclamó ella.
Claro. El trípode estaba en el balcón.
Quité el alambre de una botella de champaña. Las rebanadas de pan saltaron, listas, y Leslie cogió un cuchillo y las untó con el foie-gras. Sostuve la botella junto a su oído para darle un sobre­salto.
Ella sonrió fugazmente cuando saltó el corcho.  
-Podemos instalar aquí nuestro campamento. Detrás de la mesa. Tarde o temprano el viento romperá las puertas y lloverán vidrios por todas partes.
Era una buena idea. Pasé al otro lado de la cocina, cogí todos los cojines del suelo y deldiván y volví con ellos. Nos hicimos un buen nido.
Era muy agradable. La repisa de la cocina tenía metro y medio de altura, o sea que quedaba por encima de nuestras cabe­zas, y el espacio de la cocina era lo bastante amplio para mover­nos cómodamente. Y el suelo estaba lleno de almohadones. Les­lie sirvió el champaña en copas de coñac, lo cual no estaba mal.
Quise pensar en un brindis, pero había demasiadas posibilida­des, todas deprimentes. Bebimos sin brindar. Luego, dejamos cuidadosamente las copas y nos abrazamos. Podíamos estar sen­tados cara a cara, recostados uno al lado del otro.
-Vamos a morir -musitó Leslie.
-Quizá no.
-Acostúmbrate a la idea. Yo ya lo estoy. Mírate, estás muy nervioso. Tienes miedo de morir. ¿No ha sido una velada agrada­ble?
-Única. Ojalá te hubiese llevado a cenar más a menudo.
Llegó el trueno en una serie de seis explosiones. Como bom­bas en un ataque aéreo.
-Pienso como tú -asintió Leslie cuando pudimos volver a oír.
-Ojalá lo hubiera sabido esta tarde.
-Praliné de nueces…
-El mercado de Farmer. Cacahuetes tostados. ¿A quién habrías asesinado de haber tenido tiempo?
-Había una chica en mi colegio universitario…
Y empezamos a competir. Yo nombré a un editor que siempre cambiaba de idea. Leslie nombró a una de mis antiguas novias. Yo nombré a un novio suyo, al único que yo conocía, y nos diver­timos mucho antes de quedarnos sin nombres. Mi hermano Mike se había olvidado en cierta ocasión de mi cumpleaños. El muy canalla.
Las luces parpadearon y volvieron a brillar.
-¿Crees que el sol -preguntó Leslie en un tono demasiado casual- puede volver a la normalidad?
-Será mejor que vuelva, de lo contrario, moriremos. Ojalá pudiéramos ver Júpiter.
-¡Maldición, responde! ¿Crees que ha sido una llamarada?
-Sí.
– ¿Por qué?
-Las estrellas enanas amarillas no se convierten en novas.
-¿Y si la nuestra lo hubiese hecho?
-Los astrónomos saben muchas cosas sobre las novas -repliqué-. Más de lo que puedas sospechar. Las prevén con meses de antelación. El sol es una estrella enana amarilla sin importancia. Y esa clase de estrellas nunca se transforman en novas, repito. Primero tienen que salir de la secuencia principal, y eso tarda millones de años.
Golpeó mi espalda cariñosamente con el puño. Estábamos mejilla contra mejilla y no podía verle la cara.
-No quiero creerlo. No me atrevo. Stan, nunca había ocurri­do una cosa como ésta. ¿Cómo lo sabes…?
-Por algo que ocurrió.
-¿Qué? No lo creo. Nos acordaríamos.
-¿Te acuerdas del primer alunizaje? ¿Con Aldrin y Arms­trong?
-Claro. Lo vimos en la fiesta de alunizaje de Earl.
-Alunizaron en el lugar más grande y más llano que pudieron hallar en la Luna. Enviaron varias horas de película, tomaron fotos muy claras y dejaron huellas por todo el lugar. Y regresaron con un montón de piedras.
»¿Te acuerdas? La gente dijo que había sido un viaje muy lar­go para no traer más que piedras. Pero lo primero que se observó en ellas fue que estaban medio fundidas.
»En un tiempo pasado, en algún momento de los últimos cien mil años, el Sol sufrió otra de sus llamaradas, también muy poten­te, que no duró lo bastante para dejar señales en la Tierra. Pero la Luna no tiene atmósfera que la proteja, y todas las rocas de un lado se fundieron.
El aire estaba muy caliente y húmedo. Me quité la chaqueta, completamente mojada por la lluvia. Busqué tabaco y cerillas, encendí un cigarrillo y exhalé el humo junto a la oreja de Leslie.
-Lo recordaríamos. No pudo ser tan malo.
-No estoy tan seguro. Supongamos que sucedió en el Pacífi­co. No podía hacer mucho daño. O sobre el continente america­no. Habría esterilizado algunas plantas y animales, e incendiado gran cantidad de bosques, y ¿quién lo sabría? Aquella vez el sol volvió a la normalidad. Podría volver a ocurrir. El sol es una estrella variable de cuarta magnitud. Tal vez sea más variable de lo que pensamos, y varíe mucho más a menudo.
Algo se rompió en el dormitorio. ¿Una ventana? Un viento húmedo nos rozó, y el rumor de la tormenta subió de tono.
-O sea que podríamos sobrevivir a esto -puntualizó Leslie.
-Creo que has puesto el dedo en la llaga. ¡Skäl!
Cogí la copa y bebí un sorbo de champaña. Eran más de las tres de la madrugada y el huracán azotaba nuestras puertas.
-¿Y no debemos hacer nada?
-Lo estamos haciendo.
-¡Por ejemplo, intentar subir a la montaña! ¡Stan, habrá inundaciones!
-Puedes apostar a que sí, pero no se elevarán tanto. No lle­garán aquí. Catorce pisos. Oye, ya lo pensé. Estamos en un edifi­cio construido a prueba de terremotos; al menos, eso me dijiste. Por tanto, haría falta algo más fuerte que un huracán para derri­barlo.
»En cuanto a huir a la montaña, ¿a qué montaña? Esta noche no llegaríamos muy lejos, con las calles ya inundadas. Suponga­mos que lográramos subir a las montañas de Santa Mónica; y des­pués, ¿qué? Corrimientos de tierras. Esa zona no resistirá lo que se avecina. La llamarada habrá absorbido suficiente agua para formar otro océano. ¡Lloverá durante cuarenta días y cuarenta noches! Amor mío, éste es el lugar más seguro al que podemos llegar esta noche.
-¿Y si se funden los casquetes polares?
-Sí… bueno, estamos a bastante altura. Eh, tal vez fuera la última llamarada lo que inició el diluvio de Noé. Y quizá vuelva a suceder. Seguro que no hay ningún sitio en la Tierra que no esté en el centro de un huracán. Esos dos huracanes enfrentados ya deben de haberse descompuesto en centenares de tormentas más pequeñas.
Las vidrieras explotaron hacia dentro. Nos agachamos y el viento aulló a nuestro alrededor, trayendo consigo vidrios y llu­via.
-¡Al menos tenemos víveres! -grité-. Si la inundación nos aísla, podremos resistir algún tiempo.
-Pero si cortan la electricidad no podremos guisar. Y la neve­ra…
-Vamos a guisar todo lo que podamos. Haremos huevos duros…
El viento soplaba con inusitada intensidad. Dejé de hablar.
La cálida lluvia caía horizontalmente, dejándonos empapa­dos. ¿Intentar guisar en medio de un huracán? Había sido estúpi­do al esperar tanto. Si lo intentábamos, el viento volcaría los reci­pientes y nos quemaríamos con el agua caliente. O con el aceite caliente…
-¡Tendremos que utilizar el horno! -gritó Leslie.
Naturalmente. El horno no nos podía caer encima.
Lo graduamos a 190 °C y metimos dentro los huevos, en un cazo con agua. Sacamos toda la carne del cajón donde estaba y la pusimos en una bandeja refractaria. Dos alcachofas en otro cazo. Las otras verduras nos las podíamos comer crudas.
¿Qué más? Traté de pensar.
Agua. Si se iba la electricidad, probablemente nos quedaría­mos también sin agua y sin teléfono. Abrí los grifos del fregadero y empecé a llenar cacharros: recipientes con tapadera, la cafetera para treinta tazas que Leslie usaba en las fiestas, el cubo de la colada… Pensó que estaba loco, pero yo no me fiaba de la lluvia como provisión de agua, ya que no podía controlarla.
El ruido. Ya habíamos dejado de gritar. Cuarenta días y cua­renta noches de ruido y estaríamos completamente sordos. ¿Al­godón? Ya era tarde para ir al cuarto de baño. ¡Servilletas de papel! Cogí algunas, las rompí y las arrugué, con lo que tuvimos cuatro tapones para los oídos.
¿Condiciones sanitarias? Otro motivo para escoger el piso de Leslie. Cuando la cisterna dejase de funcionar, nos quedaría el balcón.
Y si la inundación llegaba hasta el piso catorce, nos quedaría el tejado. Veinte pisos más arriba. Si todavía ascendía más, poca gente quedaría cuando las aguas descendiesen.
¿Y si era una nova?
Atraje a Leslie hacia mí y encendí otro cigarrillo con una sola mano. Todos mis planes se derrumbarían si era una nova. Pero, aun sabiéndolo, habría actuado igual. No dejas de hacer planes aunque se pierdan las esperanzas.
Y cuando el huracán se conviertiese en vapor caliente, nos quedaría el balcón. Una carrera y un salto por la barandilla era preferible a morir quemados en vida.
Pero no había llegado el momento de mencionarlo. Además, probablemente Leslie pensaba lo mismo.
Las luces se apagaron hacia las cuatro. Apagué el horno, por si volvía la corriente. Dejaría pasar una hora para que se enfriase y metería toda la comida en las bolsas.
Leslie dormía, recostada en mis brazos. ¿Cómo podía dormir sin saber la verdad? Le coloqué unos almohadones detrás y la dejé descansar.
Durante algún tiempo permanecí tendido de espaldas, fuman­do y viendo cómo los relámpagos hacían dibujos en el techo. Nos habíamos tomado todo el foie-gras y una botella de champaña. Pensé en abrir la de coñac pero decidí lo contrario, con pesar.
Transcurrió largo tiempo. No sé qué iba pensando. No dormí, aunque tenía el cerebro ocioso. Sólo gradualmente me di cuenta de que el techo, entre dos relámpagos, se había vuelto gris.
Rodé sobre mí mismo, cautelosamente, empapado. Todo estaba mojado.
Mi reloj indicaba las nueve y media.
Pasé arrastrándome al salón. Llevaba tanto tiempo ignorando los ruidos de la tormenta que tuve que recibir una ráfaga de lluvia caliente para acordarme. Había un huracán en marcha. Pero entre las negras nubes se filtraba una luz grisácea.
Había hecho bien al guardar el coñac. Inundaciones, tormen­tas, radiación intensa, incendios debidos a la explosión solar… si la destrucción general era tal como me la imaginaba, el dinero carecería de valor. Y necesitaríamos artículos de trueque.
Tenía hambre. Me comí un par de huevos con bacon y empecé a guardar el resto de las provisiones. Teníamos comida para una semana… aunque no para mantener una dieta equilibrada. Quizá pudiéramos hacer cambios con los de otros apartamentos. Era un edificio grande. También debía de haber apartamentos vacíos que podríamos asaltar en busca de sopa enlatada y otros produc­tos similares. Además, habría que ocuparse de los refugiados de los pisos más bajos, si las aguas seguían subiendo…
¡Maldición! Echaba de menos la nova. La vida había sido muy simple la noche anterior. Y ahora… ¿Teníamos medicinas? ¿Ha­bría médicos en el edificio? Podía declararse una disentería y otras epidemias. Y hambre. No muy lejos había un supermerca­do. ¿Hallaríamos un equipo de submarinismo en la casa?
Pero primero necesitaba dormir. Más tarde exploraríamos el edificio. El día tenía una claridad gris carbón. Las cosas habrían podido ser peores, mucho peores. Pensé en la radiación que debía de haber caído sobre el otro extremo del mundo, y me pregunté si nuestros hijos tendrían que colonizar Europa, o Asia, o África…


Los que  abandonan Omelas
                                                                                                                          Úrsula K. Le Guin
Las festividades, cuando no son mero pretexto del exceso, potencian nuestras sensibilidades, des-ocultando nuestra fragilidad, aunque habitualmente de forma más bien efímera. Pronto se olvidan las conmociones y los deseos de amparar a los demás.
Y los sótanos persisten.
Omelas no es un lugar; mucho menos, los que se marchan, tampoco recorren ninguna geografía específica. Su desplazamiento es más hondo e imperceptible: aprenden a habitar de otro modo, alejándose de las estancias doradas y su esplendor cercado.
Esta honda narración está dedicada a los que en cualquier región del mundo inventan una forma de morar en la que el propio goce no se monta sobre el dolor ajeno. A.B.                                                       
Con un repicar de campanas que echaba a volar las golondrinas, el Festival de Verano llegaba a la ciudad de Omelas, torres brillantes junto al mar. En la bahía, chispeaban banderas en las jarcias de los barcos. En las calles, entre casas de tejado rojo y paredes pintadas, entre jardines musgosos y bajo avenidas de árboles, frente a grandes parques y edificios públicos, avanzaban las procesiones. Algunas eran sobrias: ancianos con largas y rígidas túnicas color malva y gris, graves maestres de cada oficio, mujeres apacibles y alegres que llevaban sus niños y caminaban parloteando.
En otras calles la música era más rítmica, un trepidar de gongs y panderos, y la gente iba danzando, la procesión era una danza. Los niños correteaban de aquí para allá, y sus chillidos estridentes se elevaban sobre la música y el canto como el vuelo raudo de las golondrinas. Todas las procesiones se dirigían al lado norte de la ciudad, donde en el gran prado llamado Campos Verdes muchachos y muchachas, desnudos en el aire brillante, los pies y los tobillos enlodados, los brazos largos y ágiles, ejercitaban los caballos resoplantes antes de la carrera.
Los caballos no usaban ningún arreo, salvo una brida sin bocado. Tenían las crines orladas con banderines plateados, dorados y verdes hacían aletear los ollares y coceaban y alardeaban entre sí; estaban muy excitados, pues el caballo es el único animal que ha adoptado como propias nuestras ceremonias.
Allá lejos, al norte y al oeste, las montañas se erguían casi arrinconando a Omelas contra la bahía. El aire de la mañana era tan límpido que la nieve que todavía coronaba los Dieciocho Picos aún ardía con un fuego oro blanco a través de millas de aire luminoso, bajo el azul oscuro del cielo. Soplaba apenas viento suficiente para que los estandartes que marcaban la pista de carreras chasquearan y flamearan de vez en cuando.
En el silencio de los anchos prados verdes se oía la música serpeando por las calles de la ciudad, más lejos y más cerca y siempre aproximándose, una gozosa y tenue dulzura del aire que de vez en cuando tiritaba y se arracimaba y estallaba en el clamoreo inmenso y alegre de las campanas.
¡Alegre! ¿Cómo se puede nombrar la alegría? ¿Cómo describir a los ciudadanos de Omelas?
Ante todo; no eran gente simple, aunque eran felices. Pero hoy día las palabras de júbilo han caído en desuso. Todas las sonrisas se han vuelto arcaicas. Ante una descripción como ésta uno tiende a hacer ciertas presunciones. Ante una descripción como ésta uno también tiende a buscar al rey, montado en un espléndido corcel y rodeado por sus nobles caballeros;. o quizá tendido en una litera dorada llevada por esclavos musculosos. Pero no había rey. No usaban espadas, ni tenían esclavos. No eran bárbaros. No conozco las normas ni las leyes de esa sociedad, pero sospecho que eran singularmente escasas. Así como se arreglaban sin monarquía ni esclavitud, también podían prescindir de la bolsa de valores, la publicidad, la policía secreta, y la bomba. Sin embargo debo repetir que no eran gente simple, ni bucólicos pastores, ni buenos salvajes, ni utopianos blandos. No eran menos complejos que nosotros.
El problema es que tenemos la mala costumbre, alentada por los pedantes y los sofisticados, de considerar la felicidad como algo bastante estúpido. Sólo el dolor es intelectual, sólo el mal es interesante. Esa es la traición del artista: una negativa a admitir la trivialidad del mal y el tedio espantoso del dolor.
Si no puedes vencerlos, únete a ellos. Si duele, repítelo. Pero elogiar la desesperación es condenar el deleite, adherir a la violencia es perder de vista todo lo demás. Casi lo hemos perdido; ya no sabemos describir a un hombre feliz, ni celebramos la alegría. ¿Cómo puedo contaros sobre la gente de Omelas? No eran niños ingenuos y felices, aunque es cierto que sus niños eran felices, eran adultos maduros, inteligentes, apasionados, cuyas vidas no eran sórdidas. ¡Oh milagro! Pero ojalá pudiera describirlo mejor. Ojalá pudiera convenceros. Omelas suena en mis palabras como una ciudad de cuentos de hadas, hace tiempo y allá lejos, érase una vez. Tal vez sería mejor si la imaginarais según vuestra propia fantasía, esperando que la ciudad esté a la altura de la ocasión, pues por cierto no puedo conformaros a todos.
Por ejemplo. ¿Qué diremos de la tecnología? Pienso que no habría coches ni helicópteros en y sobre las calles; es natural, considerando que los habitantes de Omelas son gente feliz. La felicidad se basa en una discriminación justa entre lo que es necesario, lo que no es ni necesario ni destructivo, y lo que es destructivo.
En la categoría intermedia, sin embargo -lo innecesario pero no destructivo, el confort, el lujo, la exuberancia, etcétera-, bien podían tener calefacción central, trenes subterráneos, máquinas de lavar, y toda suerte de artefactos maravillosos aún no inventados aquí, fuentes lumínicas flotantes, energía sin combustible, una cura para el vulgar resfrío. O podrían no tener nada de eso: lo mismo da. Como gustéis. Yo me inclino a pensar que los habitantes de los pueblos costeros de la zona han estado llegando a Omelas durante los últimos días antes del Festival en trencitos muy rápidos y tranvías de dos pisos, y que la estación ferroviaria de Omelas es en verdad el edificio más elegante de la ciudad, aunque más sencillo que el suntuoso Mercado de los Granjeros. Pero aunque haya trenes, temo que hasta ahora Omelas os parece demasiado idílica. Sonrisas, campanas, desfiles, caballos, bah.
En tal caso, añádase una orgía. Si una orgía ayuda, no hay por qué titubear. No agreguemos, sin embargo, templos de donde bellos sacerdotes y sacerdotisas desnudas salen casi en éxtasis y prontos para copular con cualquier hombre o mujer, amante o desconocido, que desee unirse con la profunda naturaleza divina de la sangre, aunque ésa fue mi primera idea. Pero en verdad sería mejor no tener templos en Omelas: al menos, no templos con sacerdotes. Religión sí, clero no.
Por cierto, las beldades desnudas pueden vagabundear sin más, ofreciéndose cómo manjares divinos para el hambre de los necesitados y la fascinación de la carne. Que se unan a las procesiones. Que los panderos resuenen por encima de las copulaciones, y la gloria del deseo sea proclamada en los gongs, y (un detalle nada baladí) que los retoños de estos deliciosos rituales sean amados y cuidados por todos. Sé que algo no existe en Omelas, y es la culpa. ¿Pero qué más debería haber?
Al principio pensé que no había drogas, pero eso es puritanismo. Para quienes gustan de ello, la dulzura tenue y punzante del druz puede perfumar los caminos de la Ciudad, el druz que primero propicia una gran lucidez mental y agilidad corporal, y al cabo de unas horas una somnolienta languidez, y al fin maravillosas visiones de los mismos arcanos y secretos íntimos del Universo, además de estimular el placer sexual más allá de todo lo imaginable; y no crea hábito. Para los gustos más modestos creo que debería haber cerveza. ¿Qué más, qué más habrá en la ciudad de la alegría? La sensación de triunfo, desde luego, la celebración del coraje. Pero así como prescindimos del clero, prescindamos de los soldados.
La alegría construida sobre una matanza victoriosa no es una alegría limpia; no conduce a nada, es temible y es frívola. Una sensación ilimitada y generosa, un triunfo magnánimo que no nace de la hostilidad contra un enemigo externo sino de la comunión entre las almas más refinadas y bellas de los hombres de todas partes y el esplendor del verano del mundo: esto es lo que inflama los corazones de la gente de Omelas, y la victoria que celebran es la victoria de la vida. En realidad no creo que muchos necesiten tomar druz.
La mayoría de las procesiones ha llegado ahora a los Campos Verdes. Un maravilloso olor a comida brota de los puestos rojos y azules de los proveedores. Los niños tienen pegotes deliciosos en la cara, de la benigna barba gris de un hombre cuelgan dos migajas de un rico pastel. Los jóvenes y las muchachas han montado a caballo y se están agrupando alrededor de la línea de largada de la pista. Una vieja, baja, gorda, risueña, está repartiendo flores de un canasto, y hombres jóvenes y altos usan las flores en la melena brillante. Un niño de nueve o diez años está sentado en el linde de la muchedumbre, solo, tocando una flauta de madera. La gente se detiene a escuchar, y sonríe, pero nadie le habla porque el niño nunca deja de tocar y nunca ve a nadie, los ojos oscuros profundamente sumidos en la magia dulce e inaprensible de la melodía. Concluye, y baja lentamente las manos que empuñan la flauta de madera. Como si ese pequeño silencio privado fuera la señal, la trompeta trina de repente en el pabellón de la línea de largada: imperiosa, melancólica, penetrante. Los caballos corcovean, y algunos responden con un relincho. Serenos, los jóvenes jinetes acarician el pescuezo de los caballos y los tranquilizan, susurrando: "Calma, calma, mi belleza, mi esperanza..." Empiezan a formar una fila en la línea de largada. Junto a la pista, las multitudes son como un campo de hierba y flores al viento. El Festival del Verano ha comenzado.
¿Lo creéis? ¿Aceptáis el festival, la ciudad, la alegría? ¿No? Pues entonces describiré algo más.
En los cimientos de uno de los hermosos edificios públicos de Omelas, o quizá en el sótano de una de las amplias moradas, hay un cuarto. Tiene una puerta cerrada con llave, y ninguna ventana.
Un tajo de luz polvorienta se filtra entre las hendijas de la madera, después de atravesar una ventana cubierta de telarañas en alguna parte del sótano. En un rincón del cuarto hay un par de estropajos, duros, sucios, hediondos, junto a un balde oxidado. El suelo es mugre, un poco húmeda al tacto, como suele ser la mugre de los sótanos. El cuarto tiene tres metros de largo por dos de ancho: una mera alacena o galpón en desuso. En el cuarto está sentado un niño. También podría ser una niña. Aparenta seis años, pero tiene casi diez. Es débil mental.
Tal vez lo es de nacimiento, o quizá lo imbecilizaron el miedo, la desnutrición y el descuido. Se escarba la nariz y de vez en cuando se palpa los pies o los genitales, mientras está acurrucado en el rincón más alejado del balde y los estropajos. Tiene miedo de los estropajos.
Le parecen horribles. Cierra los ojos, pero sabe que los estropajos están todavía allí; y la puerta tiene llave; y no vendrá nadie. La puerta siempre tiene llave; y nunca viene nadie, excepto que a veces el niño no comprende el tiempo ni los intervalos de tiempo, a veces, la puerta cruje horriblemente y se abre, y entra una persona, o varias personas.
Una de ellas quizá se acerque y patee al niño para obligarlo a levantarse. Las otras nunca se acercan, sino que lo observan con ojos aprensivos y asqueados. Le llenan apresuradamente el cuenco de comida y la jarra de agua, cierran la puerta, los ojos desaparecen. La gente de la puerta nunca dice nada, pero el niño, que no siempre ha vivido en ese cuartucho, y puede recordar la luz del sol y la voz de la madre, a veces habla. "Me portaré bien", dice. "por favor, quiero salir.
¡Me portaré bien!" Nunca le responden. Antes el niño pedía ayuda a gritos durante la noche, y lloraba mucho, pero ahora sólo emite una especie de quejido, "ueh-haa, eh-haa", y cada vez habla menos. Es tan raquítico que no tiene pantorrillas; le sobresale el vientre; se alimenta de medio cuenco de cereal y grasa por día. Está desnudo. Las nalgas y los muslos son una masa de úlceras infectas, pues está continuamente sentado sobre sus propios excrementos.
Todos saben que está ahí, todos los habitantes de Omelas. Algunos han venido a verlo, otros se contentan meramente con saber que está ahí.
Todos saben que debe estar ahí. Algunos entienden por qué, y algunos no lo entienden, pero todos entienden que su felicidad, la belleza de su ciudad, la ternura de sus amistades, la salud de sus hijos, la sabiduría de sus eruditos, la habilidad de sus artesanos, incluso la abundancia de sus cosechas y el aire templado de sus cielos, dependen absolutamente de la abominable desdicha de este niño.
Normalmente explican esto a los hijos cuando ellos tienen entre ocho y doce años, cuando parecen capaces de comprenderlo; y la mayoría de los que vienen a ver al niño son personas jóvenes, aunque muchas veces hay adultos que vienen, o vuelven, a ver al niño. Por precisas que sean las explicaciones que han recibido, estos jóvenes espectadores siempre se escandalizan y asquean ante el espectáculo.
Sienten náuseas, aunque se creían por encima de esa sensación.
Sienten furor, ultraje, impotencia, pese a todas las explicaciones. Les gustaría hacer algo por el niño. Pero no pueden hacer nada. Sería bueno poder llevar al niño a la luz del sol, sacarlo de ese lugar aberrante: limpiarlo y alimentarlo y confortarlo; pero si se hiciera, la prosperidad y la belleza y el deleite de Omelas se marchitarían y secarían ese mismo día, esa misma hora. Esas son las condiciones.
Cambiar toda la bondad y gracilidad de cada vida de Omelas por esa sola y pequeña buena acción, perder la felicidad de miles por la posible felicidad de uno: por cierto eso sería abrir las puertas a la culpa.
Las condiciones son estrictas y absolutas; al niño no se le puede dirigir ni siquiera una palabra de cariño.
A menudo los jóvenes vuelven a casa llorando, o tan furiosos que no pueden llorar, cuando han visto al niño y han enfrentado esta paradoja atroz. Quizá cavilen semanas o años. Pero con el tiempo empiezan a comprender que aunque soltaran al niño la libertad no le brindaría muchas cosas: el placer vago y pequeño de la tibieza y la comida, sin duda, pero no mucho más. Está demasiado degradado e imbecilizado para gozar realmente de la alegría. Ha temido demasiado tiempo para estar libre del miedo.
En verdad, después de tanto tiempo es probable que fuera infeliz sin paredes que lo protejan, sin oscuridad para los ojos, sin excrementos donde sentarse. Las lágrimas vertidas por esa atroz injusticia se secan cuando empiezan a entender la terrible justicia de la realidad, y a aceptarla. Sin embargo esas lágrimas y esa furia, la generosidad puesta a prueba y la aceptación de la impotencia, son tal vez la verdadera fuente del esplendor de sus vidas.
No gozan de una felicidad vaporosa, irresponsable: Saben que ellos, como el niño, no son libres. Conocen la compasión. La existencia del niño, y el hecho de que ellos conozcan su existencia, posibilita la nobleza de su arquitectura, la hondura de su música, la profundidad de su ciencia. Es por causa del niño que tratan tan bien a los niños. Saben que si ese desdichado no estuviera acurrucado en la oscuridad, el otro, el flautista, no podría ejecutar una música alegre mientras los jóvenes y bellos jinetes se alinean para la carrera al sol de la primera mañana de verano.
¿Ahora creéis en ellos? ¿No son más convincentes? Pero hay algo más para contar, y esto es absolutamente increíble.
En ocasiones, uno de los adolescentes que vino a ver al niño no vuelve al hogar dominado por la furia o el llanto, no vuelve simplemente al hogar. De vez en cuando un hombre o una mujer de más edad guardan silencio un par de días, y luego se van. Esta gente sale a la calle, y echa a andar hasta salir de la ciudad de Omelas por las hermosas puertas. Siguen caminando a través de las tierras de labranza de Omelas. Cada cual va solo, muchacho o muchacha, hombre o mujer.
Cae la noche; el viajero debe atravesar callejas de aldeas, entre casas con ventanas iluminadas de amarillo. Y luego salir a la oscuridad de los campos. Siempre solos, van al oeste o al norte, hacia las montañas. Siguen adelante. Abandonan Omelas, siguen caminando en la oscuridad, y no regresan. El lugar al cual se dirigen es un lugar aún menos imaginable para la mayoría de nosotros que la ciudad de la dicha. Ni siquiera puedo describirlos. Es posible que no exista. Pero ellos parecen saber adónde van, los que abandonan Omelas.

Úrsula K. Le Guin. Traducción de Carlos Gardini.
Los  Nueve Billones de Nombres de Dios

Por Arthur C. Clarke

 -Esta es  una petición un tanto desacostumbrada- dijo el doctor Wagner, con lo que esperaba podría ser un comentario plausible-.

Que yo recuerde, es la primera vez que alguien ha pedido una computadora de secuencia automática para un monasterio tibetano.

No me gustaría mostrarme inquisitivo, pero me cuesta pensar que en su... ejem... establecimiento haya aplicaciones para semejante máquina.

¿Podría explicarme que intentan hacer con ella?

-Con mucho gusto- contestó el lama, arreglándose la túnica de seda y dejando cuidadosamente a un lado la regla de cálculo que había usado para efectuar la equivalencia entre las monedas-. Su computadora Mark V puede efectuar cualquier operación matemática rutinaria que incluya hasta diez cifras. Sin embargo, para nuestro trabajo estamos interesados en letras, no en números. Cuando hayan sido modificados los circuitos de producción, la maquina imprimirá palabras, no columnas de cifras.

-No acabo de comprender...       

-Es un proyecto en el que hemos estado trabajando durante los últimos tres siglos; de hecho, desde que se fundó el lamaísmo. Es algo extraño para su modo de pensar, así que espero que me escuche con mentalidad abierta mientras se lo explico.       

-Naturalmente.

-En realidad, es sencillísimo. Hemos estado recopilando una lista que contendrá todos los posibles nombres de Dios.    

-¿Qué quiere decir?   

-Tenemos motivos para creer- continuó el lama, imperturbable- que todos esos nombres se pueden escribir con no más de nueve letras en un alfabeto que hemos ideado.     

-¿Y han estado haciendo esto durante tres siglos?       

-Sí; suponíamos que nos costaría alrededor de quince mil años completar el trabajo.

-Oh- exclamó el doctor Wagner, con expresión un tanto aturdida-. Ahora comprendo por qué han querido alquilar una de nuestras maquinas.
¿Pero cuál es exactamente la finalidad de este proyecto?

El lama vaciló durante una fracción de segundo y Wagner se preguntó si lo había ofendido. En todo caso, no hubo huella alguna de enojo en la respuesta.

-Llámelo ritual, si quiere, pero es una parte fundamental de nuestras creencias.

Los numerosos nombres del Ser Supremo que existen: Dios, Jehová, Alá, etcétera, sólo son etiquetas hechas por los hombres. Esto encierra un problema filosófico de cierta dificultad, que no me propongo discutir, pero en algún lugar entre todas las posibles combinaciones de letras que se pueden hacer están los que se podrían llamar verdaderos nombres de Dios. Mediante una permutación sistemática de las letras, hemos intentado elaborar una lista con todos esos posibles nombres.

-Comprendo. Han empezado con AAAAAAA... y han continuado hasta ZZZZZZZ...

-Exactamente, aunque nosotros utilizamos un alfabeto especial propio.
Modificando los tipos electromagnéticos de las letras, se arregla todo, y esto es muy fácil de hacer. Un problema bastante más interesante es el de diseñar circuitos para eliminar combinaciones ridículas. Por ejemplo, ninguna letra debe figurar más de tres veces consecutivas.    

-¿Tres? Seguramente quiere usted decir dos.      

-Tres es lo correcto. Temo que me ocuparía demasiado tiempo explicar por qué, aun cuando usted entendiera nuestro lenguaje.         

-Estoy seguro de ello- dijo Wagner, apresuradamente- Siga.        

-Por suerte, será cosa sencilla adaptar su computadora de secuencia automática a ese trabajo, puesto que, una vez ha sido programado adecuadamente, permutará cada letra por turno e imprimirá el resultado. Lo que nos hubiera costado quince mil años se podrá hacer en cien  días.

El doctor Wagner apenas oía los débiles ruidos de las calles de Manhattan, situadas muy por debajo. Estaba en un mundo diferente, un mundo de montañas naturales, no construidas por el hombre. En las remotas alturas de su lejano país, aquellos monjes habían trabajado con paciencia, generación tras generación, llenando sus listas de palabras sin significado.

¿Había algún límite a las locuras de la humanidad? No obstante, no debía insinuar siquiera sus pensamientos. ¿El cliente siempre tenía razón...? -No hay duda- replicó el doctor- de que podemos modificar el Mark V para que imprima listas de este tipo. Pero el problema de la instalación y el mantenimiento ya me preocupan más.

Llegar al Tíbet en los tiempos actuales no va a ser fácil.      

-Nosotros nos encargaremos de eso. Los componentes son lo bastante pequeños para poder transportarse en avión. Este es uno de los motivos de haber elegido su máquina. Si usted la puede hacer llegar a la India, nosotros proporcionaremos el transporte desde allí.

-¿Y quieren contratar a dos de nuestros ingenieros?
                   
-Sí, para los tres meses que se supone ha de durar el proyecto.
                   
-No dudo de que nuestra sección de personal les proporcionará las personas idóneas.- El doctor Wagner hizo una anotación en la libreta que tenía sobre la mesa- hay otras dos cuestiones... -Antes de que pudiese terminar la frase, el lama sacó una pequeña hoja de papel.        

-Esto es el saldo de mi cuenta del Banco Asiático.       

-Gracias. Parece ser... hum... adecuado. La segunda cuestión es tan trivial que vacilo en mencionarla... pero es sorprendente la frecuencia con que lo obvio se pasa por alto. ¿Qué fuente de energía eléctrica tiene ustedes?

-Un generador diesel que proporciona cincuenta kilovatios a ciento diez voltios.

Fue instalado hace unos cinco años y funciona muy bien. Hace la vida en el monasterio mucho más cómoda, pero, desde luego, en realidad fue instalado para proporcionar energía a los altavoces que emiten las plegarias. Desde luego, admitió el doctor Wagner. Debía haberlo imaginado

La vista desde el parapeto era vertiginosa, pero con el tiempo uno se acostumbra a todo. Después de tres meses, George Hanley no se impresionaba por los dos mil pies de profundidad del abismo, ni por la visión remota de los campos del valle semejantes a cuadros de un tablero de ajedrez. Estaba apoyado contra las piedras pulidas por el viento y contemplaba con displicencia las distintas montañas, cuyos nombres nunca se había preocupado de averiguar.         

Aquello, pensaba George, era la cosa más loca que le había ocurrido jamas. El "Proyecto Shangri-La", como alguien lo había bautizado en los lejanos laboratorios. Desde hacía ya semanas, el Mark V estaba produciendo acres de hojas de papel cubiertas de galimatías.

 Pacientemente, inexorablemente, la computadora había ido disponiendo letras en todas sus posibles combinaciones, agotando cada clase antes de empezar con la siguiente. Cuando las hojas salían de las máquinas de escribir electromáticas, los monjes las recortaban cuidadosamente y las pegaban a unos libros enormes. Una semana más y, con la ayuda del cielo, habrían terminado. George no sabía qué oscuros cálculos habían convencido a los monjes de que no necesitaban preocuparse por las palabras de diez, veinte o cien letras. Uno de sus habituales quebraderos de cabeza era que se produjese algún cambio de plan y que el gran lama (a quien ellos llamaban Sam Jaffe, aunque no se le parecía en absoluto) anunciase de pronto que el proyecto se extendería aproximadamente hasta el año 2060 de la Era Cristiana. Eran capaces de una cosa así.

George oyó que la pesada puerta de madera se cerraba de golpe con el viento al tiempo que Chuck entraba en el parapeto y se situaba a su lado. Como de costumbre, Chuck iba fumando uno de los cigarros puros que le habían hecho tan popular entre los monjes, que, al parecer, estaban completamente dispuestos a adoptar todos los menores y gran parte de los mayores placeres de la vida. Esto era una cosa a su favor: podían estar locos, pero no eran tontos. Aquellas frecuentes excursiones que realizaban a la aldea de abajo, por ejemplo...   

-Escucha, George -dijo Chuck, con urgencia-. He sabido algo que puede significar un disgusto.      

-¿Qué sucede? ¿No funciona bien la maquina? -ésta era la peor contingencia que George podía imaginar. Era algo que podría retrasar el regreso, y no había nada más horrible. Tal como se sentía él ahora, la simple visión de un anuncio de televisión le parecería maná caído del cielo. Por lo menos, representaría un vínculo con su tierra.

-No, no es nada de eso. -Chuck se instaló en el parapeto, lo cual era inhabitual en él, porque normalmente le daba miedo el abismo-. Acabo de descubrir cuál es el motivo de todo esto.
                   
-¿Qué quieres decir? Yo pensaba que lo sabíamos.      

-Cierto, sabíamos lo que los monjes están intentando hacer. Pero no sabíamos por qué. Es la cosa más loca...        

-Eso ya lo tengo muy oído -gruñó George. 

-...pero el viejo me acaba de hablar con claridad. Sabes que acude cada tarde para ver cómo van saliendo las hojas. Pues bien, esta vez parecía bastante excitado o, por lo menos, más de lo que suele estarlo normalmente. Cuando le dije que estábamos en el último ciclo me preguntó, en ese acento inglés tan fino que tiene, si yo había pensado alguna vez en lo que intentaban hacer. Yo dije que me gustaría saberlo... y entonces me lo explicó. 
-Sigue; voy captando.
                   
-El caso es que ellos creen que cuando hayan hecho la lista de todos los nombres, y admiten que hay unos nueve billones, Dios habrá alcanzado su objetivo. La raza humana habrá acabado aquello para lo cual fue creada y no tendrá sentido alguno continuar. Desde luego, la idea misma es algo así como una blasfemia.

-¿Entonces que esperan que hagamos? ¿Suicidarnos?

-No hay ninguna necesidad de esto. Cuando la lista esté completa, Dios se pone en acción, acaba con todas las cosas y... ¡Listos!     

-Oh, ya comprendo. Cuando terminemos nuestro trabajo, tendrá lugar el fin del mundo. Chuck dejó escapar una risita nerviosa.   

-Esto es exactamente lo que le dije a Sam. ¿Y sabes qué ocurrió? Me miró de un modo muy raro, como si yo hubiese cometido alguna estupidez en la clase, y dijo: "No se trata de nada tan trivial como eso". George estuvo pensando durante unos momentos.     

-Esto es lo que yo llamo una visión amplia del asunto -dijo después-. ¿Pero qué supones que deberíamos hacer al respecto? No veo que ello signifique la más mínima diferencia para nosotros. Al fin y al cabo, ya sabíamos que estaban locos.

-Sí... pero ¿no te das cuenta de lo que puede pasar? Cuando la lista esté acabada y la traca final no estalle -o no ocurra lo que ellos esperan, sea lo que sea-, nos pueden culpar a nosotros del fracaso. Es nuestra máquina la que han estado usando. Esta situación no me gusta ni pizca.      

-Comprendo - dijo George, lentamente-. Has dicho algo de interés. Pero ese tipo de cosas han ocurrido otras veces. Cuando yo era un chiquillo, allá en Louisiana, teníamos un predicador chiflado que una vez dijo que el fin del mundo llegaría el domingo siguiente. Centenares de personas lo creyeron y algunas hasta vendieron sus casas. Sin embargo, cuando nada sucedió, no se pusieron furiosos, como se hubiera podido esperar. Simplemente, decidieron que el predicador había cometido un error en sus cálculos y siguieron creyendo. Me parece que algunos de ellos creen todavía.

-Bueno, pero esto no es Louisiana, por si aún no te habías dado cuenta. Nosotros no somos más que dos y monjes los hay a centenares aquí. Yo les tengo aprecio; y sentiré pena por el viejo Sam cuando vea su gran fracaso. Pero, de todos modos, me gustaría estar en otro sitio.

-Esto lo he estado deseando yo durante semanas. Pero no podemos hacer nada hasta que el contrato haya terminado y lleguen los transportes aéreos para llevarnos lejos. Claro que - dijo Chuck, pensativamente - siempre podríamos probar con un ligero sabotaje.

-Y un cuerno podríamos. Eso empeoraría las cosas.

Lo que yo he querido decir, no. Míralo así. Funcionando las veinticuatro horas del día, tal como lo está haciendo, la máquina terminará su trabajo dentro de cuatro días a partir de hoy. El transporte llegará dentro de una semana. Pues bien, todo lo que necesitamos hacer es encontrar algo que tenga que ser reparado cuando hagamos una revisión; algo que interrumpa el trabajo durante un par de días. Lo arreglaremos, desde luego, pero no demasiado aprisa. Si calculamos bien el tiempo, podremos estar en el aeródromo cuando el último nombre quede impreso en el registro. Para entonces ya no nos podrán coger.

-No me gusta la idea -dijo George-. Sería la primera vez que he abandonado un trabajo. Además, les haría sospechar. No, me quedare y aceptare lo que venga.

-Sigue sin gustarme -dijo, siete días más tarde, mientras los pequeños pero resistentes burritos de montaña les llevaban hacia abajo por la serpenteante carretera-. Y no pienses que huyo porque tengo miedo. Lo que pasa es que siento pena por esos infelices y no quiero estar junto a ellos cuando se den cuenta de lo tontos que han sido. Me pregunto cómo se lo va a tomar Sam.

-Es curioso -replicó Chuck-, pero cuando le dije adiós tuve la sensación de que sabía que nos marchábamos de su lado y que no le importaba porque sabía también que la máquina funcionaba bien y que el trabajo quedaría muy pronto acabado. Después de eso... claro que, para él, ya no hay ningún después...

George se volvió en la silla y miró hacia atrás, sendero arriba. Era el último sitio desde donde se podía contemplar con claridad el monasterio.

La silueta de los achaparrados y angulares edificios se recortaba contra el cielo crepuscular: aquí y allá se veían luces que resplandecían como las portillas del costado de un transatlántico.

Luces eléctricas, desde luego, compartiendo el mismo circuito que el Mark V. ¿Cuánto tiempo lo seguirían compartiendo?, se preguntó George.

¿Destrozarían los monjes la computadora, llevados por el furor y la desesperación? 

¿O se limitarían a quedarse tranquilos y empezarían de nuevo todos sus cálculos?

Sabía exactamente lo que estaba pasando en lo alto de la montaña en aquel mismo momento. El gran lama y sus ayudantes estarían sentados, vestidos con sus túnicas de seda e inspeccionando las hojas de papel mientras los monjes principiantes las sacaban de las máquinas de escribir y las pegaban a los grandes volúmenes. Nadie diría una palabra.

El único ruido sería el incesante golpear de las letras sobre el papel, porque el Mark V era de por sí completamente silencioso mientras efectuaba sus millares de cálculos por segundo. Tres meses así, pensó George, eran ya como para subirse por las paredes.

-¡Allí esta! -gritó Chuck, señalando abajo hacia el valle-. ¿Verdad que es hermoso?

Ciertamente, lo era, pensó George. El viejo y abollado DC3 estaba en el final de la pista, como una menuda cruz de plata. Dentro de dos horas los estaría llevando hacia la libertad y la sensatez. Era algo así como saborear un licor de calidad. George dejó que el pensamiento le llenase la mente, mientras el burrito avanzaba pacientemente pendiente abajo.

La rápida noche de las alturas del Himalaya casi se les echaba encima.

Afortunadamente, el camino era muy bueno, como la mayoría de los de la región, y ellos iban equipados con linternas. No había el más ligero peligro: sólo cierta incomodidad causada por el intenso frío.

El cielo estaba perfectamente despejado e iluminado por las familiares y amistosas estrellas. Por lo menos, pensó George, no habría riesgo de que el piloto no pudiese despegar a causa de las condiciones del tiempo. Esta había sido su última preocupación. Se puso a cantar, pero lo dejó al cabo de poco. El vasto escenario de las montañas, brillando por todas partes como fantasmas blancuzcos encapuchados, no animaba a esta expansión.

De pronto, George consultó su reloj.

-Estaremos allí dentro de una hora -dijo, volviéndose hacia Chuck.

Después, pensando en otra cosa, añadió-: Me pregunto si la computadora habrá terminado su trabajo. Estaba calculado para esta hora.

Chuck no contesto, así que George se volvió completamente hacia él. Pudo ver la cara de Chuck; era un ovalo blanco vuelto hacia el cielo.

-Mira - susurro Chuck; George alzó la vista hacia el espacio.


Siempre hay una última vez para todo. Arriba, sin ninguna conmoción, las estrellas se estaban apagando.                                                            fin