domingo, abril 03, 2016

Harrison Bergeron                             

Por Kurt Vonnegut


Este cuento publicado originalmente en 1961 en la revista The Magazine of Fantasy and Science Fictioncuenta la historia de una sociedad totalitaria en la que toda la población es reducida a la “igualdad” (a una mediocridad incapacitante) por un gobierno opresor. Por supuesto, no hay sociedad humana que sea exactamente como la que aquí se representa, pero Vonnegut sí describe, exagerándolos, retorciéndolos, sucesos y modos de pensar de su presente y del nuestro. Hay que recalcar que el acto de rebeldía en el centro del cuento no está observado de manera optimista. La traducción es una versión muy revisada de ésta.
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El año era 2081, y todos eran, por fin, iguales. No sólo eran iguales ante Dios y ante la ley. Eran iguales en todas las maneras posibles. Nadie era más inteligente que los demás. Nadie lucía mejor que los demás. Nadie era más fuerte o más veloz que los demás. Toda esta igualdad era gracias a las Enmiendas Constitucionales número 211, 212 y 213, y a la incesante vigilancia de los agentes de la Directora General de Impedidos de los Estados Unidos.
Aun así, algunas cosas sobre la vida aún no estaban totalmente bien. Abril, por ejemplo, continuaba volviendo loca a la gente por no ser primavera. Y era en ese mes húmedo y pegajoso en el que los hombres H-G se llevaron lejos a Harrison, el hijo de catorce años de George y Hazel Bergeron.
Fue trágico, sí, pero George y Hazel no pudieron pensarlo demasiado. Hazel tenía una inteligencia perfectamente promedio, lo que significaba que ella sólo podía pensar por tiempos cortos y espaciados. Y George, aunque poseía una inteligencia superior a lo normal, tenía una pequeña radio de impedimento mental en su oreja. La ley lo obligaba a usarla todo el tiempo.
Siempre sintonizaba transmisiones gubernamentales. Aproximadamente cada veinte segundos, el transmisor enviaba un ruido seco para evitar que la gente como George tomara ventaja injusta debido a su inteligencia.
George y Hazel estaban mirando televisión. Lágrimas resbalaban por las mejillas de Hazel pero ella había olvidado qué las había producido.
En la pantalla del televisor había bailarinas de ballet.
Un zumbido retumbó en la cabeza de George. Sus pensamientos huyeron con pánico, como bandidos al escuchar una alarma anti-asaltos.
“Ese fue un muy bonito baile, ese que acaban de hacer”, dijo Hazel.
“Huh” dijo George.
“El baile… fue bonito”, dijo Hazel.
“Yup”, dijo George. Trató de pensar un poco en las bailarinas. Ellas no eran muy buenas: no mejores que cualquiera.
Cargaban contrapesos y bolsas de perdigones, y sus caras fueron enmascaradas, evitando que alguien se sintiera triste al ver un libre y grácil gesto o un rostro hermoso. George jugaba con la vaga noción de que tal vez las bailarinas no deberían tener ningún impedimento.
Pero no reflexionó mucho antes de que otro ruido salido de la radio en su oreja dispersara sus pensamientos.
George se contrajo de dolor. Al igual que dos de las ocho bailarinas.
Hazel lo vio contraerse.
Al no tener una radio de impedimento mental, le preguntó a George cómo había sido el último ruido.
“Sonó como alguien golpeando una botella de cristal con un martillo de bola” dijo George.
“Creo que sería muy interesante escuchar todos los diferentes sonidos”, dijo Hazel, con un rastro de envidia. “Todas las cosas que inventan”.
“Urn”, dijo George.
“Eso sí, si yo fuera la Directora General de Impedidos, ¿sabes qué haría?” dijo Hazel. De hecho, Hazel era muy parecida a la Directora, una mujer llamada Moon Glampers. “Si yo fuera Diana Moon Glampers”, dijo Hazel, “Habría campanadas los domingos –sólo campanadas. Algo así como en honor a la religión”.
“Podría pensar bien si sólo fueran campanadas”, dijo George.
“Bueno, tal vez las haría muy fuertes”, dijo Hazel. “Creo que sería una buena Directora General”.
“Tan buena como cualquiera”, respondió George.
“¿Quién sabría mejor que yo lo que es normal?” replicó Hazel.
“Cierto”, dijo George. Empezó a pensar en su hijo anormal que en este momento estaba en la cárcel, Harrison, pero el sonido de una bala de salva detuvo los pensamientos.
“¡Rayos!”, dijo Hazel, “ese fue uno especialmente ruidoso, ¿cierto?”
Fue tan ruidoso que George estaba pálido y tembloroso, y al borde de sus ojos irritados podían verse lágrimas. Dos de las ocho bailarinas habían colapsado y se encontraban en el suelo, frotando sus sienes.
“De pronto pareces tan cansado”, dijo Hazel. “¿Por qué no te estiras en el sillón, para que puedas descansar tu pesada bolsa de impedimento en la almohada, querido?”.
Ella se refería al perdigón de cuarenta y siete libras en la bolsa de lona, cerrada con candado alrededor del cuello de George. “Ve y descansa un rato la bolsa”, dijo ella. “No me importa si no somos iguales por un rato”.
George sostuvo la bolsa con las manos. “No importa”, dijo él. “Ni siquiera la siento ya. Es como una parte de mí.”
“Has estado tan cansado últimamente, tan desgastado”, dijo Hazel. “Si pudiéramos, de alguna manera, hacer un hoyo en la bolsa para quitar algunas esferas de plomo… Sólo algunas…”
“Dos años de cárcel y dos mil dólares de multa por cada esfera que saque”, dijo George, “no es precisamente una ganga.”
“Debería poder sacar sólo unas pocas cuando llegaras a casa del trabajo”, dijo Hazel. “Quiero decir, no compites con nadie aquí. Sólo te sientas.”
“Si tratara de hacerlo”, dijo George, “otra gente lo haría y muy pronto estaríamos en el oscurantismo de nuevo, todos compitiendo contra todos. Eso no te gustaría ¿o sí?”
“Lo odiaría”, dijo Hazel.
“¿Ves?”, dijo George. “Cuando la gente empieza a hacer trampa en las leyes, ¿qué crees que pasa con la sociedad?”
Si Hazel no hubiera sido capaz de responder, George no habría podido darle una respuesta. Una sirena se disparó en su cabeza.
“Creo que se desmoronaría”, dijo Hazel.
“¿Qué se desmoronaría?” preguntó George, con la mente completamente en blanco.
“La sociedad”, respondió Hazel, insegura. “¿No es lo que acabas de decir?”
“¿Quién sabe?”, dijo George.
El programa de la televisión de pronto fue interrumpido por un boletín de noticias. Al principio no fue muy claro sobre qué era el boletín pues el locutor, como todos los locutores, tenía un serio impedimento del habla.
Por medio minuto, en un estado de alta exaltación, el locutor trató de decir “damas y caballeros”.
Finalmente se dio por vencido y le entregó el boletín a una bailarina para que lo leyera.
“Eso está bien…“, dijo Hazel sobre el locutor, “lo intentó. Eso es lo importante. Intentó hacer lo mejor que pudo con lo que Dios le dio. Debería obtener un buen aumento de sueldo por haberlo intentado.”
“Damas y caballeros”, dijo la bailarina, leyendo el boletín.
Ella debe haber sido extraordinariamente hermosa, porque la máscara que usaba era verdaderamente espantosa.
Y era fácil darse cuenta que ella era la más fuerte y grácil de todas las bailarinas porque sus bolsas de impedimento eran tan pesadas como las que usaban los hombres más fuertes.
Y ella tuvo que disculparse por su voz, que era una voz inadecuada para una mujer. Su voz era una cálida, luminosa, atemporal melodía. “Discúlpenme…” dijo ella y comenzó de nuevo, haciendo su voz totalmente gris.
“Harrison Bergeron, de catorce años”, dijo ella con un graznido insípido, “ha escapado de la cárcel en la que estaba preso bajo la sospecha de participar en una conspiración contra el gobierno. Él es un genio y un atleta, está poco impedido y debe tenerse como alguien extremadamente peligroso.”
Una fotografía de Harrison Bergeron, sacada del archivo policiaco, fue mostrada en la pantalla. De cabeza primero, luego de lado, luego de forma normal. La fotografía mostraba el cuerpo completo de Harrison contra un fondo calibrado en pies y pulgadas. Él medía exactamente siete pies de alto.
El resto de la aparición de Harrison era Halloween y hardware.
Nadie había nacido nunca con impedimentos más pesados. Él había superado los obstáculos más rápido de lo que los hombres HG pensaron. En lugar de un pequeño radio en la oreja que provocara un impedimento mental, él usaba un tremendo par de audífonos, y gafas con lentes gruesas y onduladas.
Las gafas tenían la intención de no sólo hacerlo medio ciego sino también producirle terribles dolores de cabeza.
Metal chatarra colgaba de todas partes de él. De una forma bastante ordinaria, existía cierta simetría, una pulcritud militar de los impedimentos colocados a la gente fuerte. Pero Harrison lucía como un depósito de chatarra. Cargaba trescientas libras mientras transitaba por la vida.
Para compensar que era guapo, los hombres H-G hacían que usara todo el tiempo una pelotilla de plástico rojo en la nariz, que mantuviera sus cejas rasuradas e, incluso, que cubriera sus dientes relucientes con fundas negras.
“Si usted ve a este chico”, dijo la bailarina, “no -y repito, NO- trate de razonar con él.”

Se escuchó el chillido de una puerta siendo arrancada de sus bisagras. Gritos
y llantos desgarradores de consternación se desprendieron del televisor. La fotografía de Harrison Bergeron en la pantalla saltó una y otra vez, danzando al ritmo de un terremoto.

George Bergeron identificó correctamente el origen del terremoto, no le fue difícil, pues su propia casa había sido sacudida del mismo modo muchas veces. “Dios mío-” dijo George, “¡ese debe ser Harrison!”.

El entendimiento de la situación fue borrado de su mente instantáneamente por el sonido de un choque automovilístico en su cabeza.

Cuando George pudo abrir los ojos de nuevo, la fotografía de Harrison había desaparecido. Un Harrison vivo y fuerte llenó la pantalla. Era él.

Tintineando, parecido a un payaso enorme, Harrison se paró en el centro del estudio televisivo.

La perilla arrancada de la puerta del estudio seguía en su mano.

Bailarinas, técnicos, músicos y locutores cayeron sobre sus rodillas ante él, esperando ser asesinados.

“¡Yo soy el Emperador!”, gritó Harrison. “¿Escucharon? ¡Soy el Emperador! ¡Todos tienen que hacer inmediatamente lo que digo!”

Golpeó el suelo con el pie y el estudio tembló. “¡Incluso si me paro aquí”, bramó, “lisiado, cojeando, enfermo… Soy un jefe superior a cualquier otro hombre que haya existido! ¡Ahora miren en lo que puedo convertirme!”.

Harrison desgarró las correas de su arnés de impedimento como un papel mojado, desgarró las correas que sostenían quinientas libras.

Las porquerías metálicas de Harrison chocaron contra el suelo.

Harrison empujó sus pulgares bajo la barra del candado que sostenía el arnés de su cabeza. La barra se quebró como un tallo de apio. Harrison aplastó sus audífonos y sus gafas contra la pared.

Arrojó lejos su nariz de pelota, revelando al hombre que hubiera atemorizado a Thor, el dios del trueno.

“¡Ahora escogeré mi emperatriz!”, dijo, mirando a las personas asustadas. “¡La primera mujer que se atreva a ponerse de pie reclamará al emperador y a su trono!”

Pasó un momento, luego una bailarina se levantó, balanceándose como las ramas del sauce llorón en una tarde de viento.

Harrison arrancó el radio de impedimento mental de su oreja, apagando sus deficiencias físicas con maravillosa delicadeza. Finalmente, le quitó la máscara.

Era cegadoramente hermosa.

“Ahora…”, dijo Harrison, tomando su mano, “¿Deberíamos mostrarle al mundo el significado de la palabra ‘baile’? ¡Música!”, ordenó.

Los músicos retomaron sus lugares con cierta perturbación, y Harrison también los desnudó a ellos de sus impedimentos. “Toquen lo mejor que puedan”, les dijo, “y los haré barones, duques y condes.”

La música comenzó. Al principió fue normal: torpe, falsa. Pero Harrison tomó a dos músicos de sus sillas, sacudiéndolos como batutas al mismo tiempo que cantaba la música como quería que fuera tocada. Devolvió violentamente a los músicos a sus sillas.

La música comenzó de nuevo con una mejoría notable.

Harrison y su emperatriz simplemente escucharon la música por un rato: escuchaban con seriedad, como sincronizando sus latidos con la música.

Apoyaron el peso de sus cuerpos en las puntas de sus pies.

Harrison puso sus grandes manos en la pequeña cintura de la mujer, dejándola sentir la liviandad que pronto sería suya.

Luego, en una explosión de alegría y gracia, saltaron por el aire.

No sólo habían abandonado las leyes de la tierra sino también la ley de gravedad y de movimiento.

Tambalearon, giraron, caracolearon y revolotearon.
Saltaron como ciervos en la luna.

El techo del estudio estaba a treinta pies del suelo, pero con cada salto los bailarines se acercaban más y más a él.

Se volvió obvia su intención de besar el techo.

Lo besaron. Y luego, neutralizando la gravedad con amor y voluntad pura, permanecieron suspendidos en el aire, varias pulgadas sobre el suelo, y se besaron por un momento larguísimo.

En ese instante Diana Moon Glampers, la Impedidora General, entró al estudio con una escopeta de doble cañón. Disparó dos veces. El Emperador y la Emperatriz murieron antes de tocar el suelo.

Diana Moon Glampers recargó el arma. Apuntó a los músicos y les avisó que tenían diez segundos para ponerse sus impedimentos de nuevo.

Entonces el interior del televisor perteneciente a los Bergeron se quemó.
Hazel se giró para hacerle un comentario a George sobre el televisor. Pero George había ido a la cocina por una cerveza.

George regresó con la cerveza, deteniéndose por un instante en el que la señal impedidora lo sacudió. Y luego se sentó de nuevo.

“Has estado llorando”, dijo George a Hazel.
“Yup”, contestó.

“¿Por qué?”, preguntó él.

“Lo he olvidado”, dijo ella, “algo muy triste pasó en la televisión.”

“¿Qué fue?”, dijo George.

“Todo está mezclado en mi mente, es confuso”, dijo Hazel.

“Olvida las cosas que te pongan triste”, dijo él.

“Siempre lo hago”, respondió ella.

“Esa es mi chica”, dijo George. Se contrajo de dolor. En su cabeza revoloteaba un ruido parecido al que hacen las pistolas de clavos.

“Dios, puedo notar que ese ruido fue ensordecedor”, dijo Hazel.

“Eso es cierto, puedes asegurarlo”, dijo George.

“Dios-”, repitió Hazel, “puedo notar que ese ruido fue ensordecedor.

Traducción por Andrea Barreto V.



Exilio

Edmond Hamilton

¡Lo que daría ahora por no haber hablado de ciencia ficción aquella noche! Si no lo hubiéramos hecho, en estos momentos no estaría obsesionado con esa bizarra e imposible historia que nunca podrá ser comprobada ni refutada.

Sin embargo, tratándose de cuatro escritores profesionales de relatos fantásticos, supongo que el tema resultaba ineludible. A pesar de que logramos posponerlo durante toda la cena y los tragos que tomamos después, Madison, gustoso, contó a grandes rasgos su partida de caza, y luego Brazell inició una discusión sobre los pronósticos de los Dodgers. Más tarde me vi obligado a desviar la conversación al terreno de la fantasía.

No era mi intención hacer algo así. Pero había bebido un escocés de más, y eso siempre me vuelve analítico. Y me divertía la perfecta apariencia de que los cuatro éramos personas comunes y corrientes.

-Camufiaje protector, eso es -anuncié-. ¡Cuánto nos esforzamos por actuar como chicos buenos, normales y ordinarios!

Brazell me miró, un poco molesto por la abrupta interrupción.

-¿De qué estás hablando?

-De nosotros cuatro -respondí-. ¡Qué espléndida imitación de ciudadanos hechos y derechos! Pero no estamos contentos con eso… ninguno de nosotros. Por el contrario, estamos violentamente insatisfechos con la Tierra y con todas sus obras; por eso nos pasamos la vida creando, uno tras otro, mundos imaginarios.

-Supongo que el pequeño detalle de hacerlo por dinero no tiene nada que ver -inquirió Brazell, escéptico.

-Claro que sí -admití-. Todos creamos nuestros mundos y pueblos imposibles muchísimo antes de escribir una sola línea, ¿verdad? Incluso desde nuestra infancia, ¿no? Por eso no estamos a gusto aquí.

-Nos sentiríamos mucho peor en algunos de los mundos que describimos -replicó Madison.

En ese momento, Carrick, el cuarto del grupo, intervino en la conversación. Estaba sentado en silencio, como de costumbre, copa en mano, meditabundo, sin prestarmos atención.

Carrick era raro en muchos aspectos. Sabíamos poco de él, pero lo apreciábamos y admirábamos sus historias. Había escrito algunos relatos fascinantes, minuciosamente elaborados en su totalidad sobre un planeta imaginario.

-Lo mismo me ocurrió a mí en una ocasión –dijo a Madison.

-¿Qué? -preguntó Madison.

-Lo que acabas de sugerir… Una vez escribí sobre un mundo imaginario y luego me vi obligado a vivir en él -contestó Carrick.

Madison soltó una carcajada.

-Espero que haya sido un sitio más habitable que los escalofriantes planetas en los que yo planteo mis embustes.

Carrick ni siquiera sonrió.

-De haber sabido que viviría en él, lo habría creado muy distinto -murmuró.

Brazell, tras dirigir una mirada significativa copa vacía de Carrick, nos guiñó un ojo y pidió, voz melosa:

-Cuéntanos cómo fue, Carrick.

Carrick no apartó la mirada de su copa, mientras la giraba entre sus dedos al hablar. Se detenía entrre una frase y otra.

-Sucedió inmediatamente después de que mudara junto a la Gran Central de Energía. A simple vista, parecía un lugar ruidoso, pero, en realidad, se vivía muy tranquilo en las afueras de la ciudad. Y yo necesitaba tranquilidad para escribir mis historias.

»Me dispuse a trabajar en la nueva serie que había comenzado, una Colección de relatos que ocurrirían en aquel mundo imaginario. Empecé por crear detalladamente todas las características físicas de ese mundo, y del universo que lo contenía. Pasé todo el día concentrado en ello. Y cuando terminé, ¡algo en mi mente hizo clíc!

»Esa breve y extraña sensación me pareció una súbita materialización. Me quedé allí, inmovilizado, al tiempo que me preguntaba si estaría enloqueciendo, pues tuve la repentina seguridad de que el mundo que yo había creado durante todo el día acababa de cristalizar en una existencia concreta, en alguna parte.

»Por supuesto, ignoré esa extraña idea, salí de casa y me olvidé del asunto. Pero al día siguiente sucedió de nuevo. Dediqué la mayor parte del tiempo a la creación de los habitantes del mundo de mi historia. Sin duda los había imaginado humanos, aunque decidí que no fueran demasiado civilizados, pues eso imposibilitaría los conflictos y la violencia indispensable para mi trama.
»Así pues, había gestado mi mundo imaginario, un mundo de gente que estaba a medio civilizar. Imaginé todas sus crueldades y supersticiones. Erigí sus bárbaras y pintorescas ciudades. Y, justo cuando terminé, aquel clic resonó de nuevo en mi mente.

»Entonces sí me asusté de verdad, pues sentí con mayor fuerza que la primera vez esa extraña convicción de que mis sueños se habían materializado para dar paso a una realidad sólida. Sabía que era una locura; sin embargo, en mi mente tenía la increíble certeza. No podía abandonar esa idea.

»Traté de convencerme de descartar tan loca convicción. Si en verdad había creado un mundo y un universo con sólo imaginarlos, ¿dónde se hallaban? Desde luego no en mi propio cosmos. No podría contener dos universos… completamente distintos el uno del otro.

Pero ¿y si este mundo y este universo de mi imaginación se habían concretado en la realidad en otro cosmos vacío? ¿Un cosmos localizado en una dimensión diferente a la mía? ¿Uno que contuviera solamente átomos libres, materia informe que no había adquirido forma hasta que, de alguna manera, mis concentrados pensamientos les hicieron tomar las imágenes que yo había soñado?

»Medité esa idea de la extraña manera en que se aplican las leyes de la lógica a las cosas imposibles. ¿Por qué los relatos que yo imaginaba no se habían vuelto realidad en ocasiones anteriores y sólo ahora habían empezado a hacerlo? Bueno, para eso había una explicación plausible. Vivía cerca de la Gran Central de Energía. Alguna insospechada corriente de energía emanada de ella dirigía mi imaginación condensada, como una fuerza super amplificadora, hacia un cosmos vacío donde conmocionó la masa informe y la hizo apropiarse de aquellas formas que yo soñaba.

»¿Creía en eso? No. Por supuesto que no, pero lo sabía. Hay una gran diferencia entre el conocimiento y la creencia; como alguien dijo: “Todos los hombres saben que un día morirán y ninguno cree que llegará ese día”. Pues conmigo ocurrió exactamente lo mismo. Me daba cuenta que no era posible que mi mundo fantástico hubiese adquirido una existencia física en un cosmos dimensional diferente, aunque, al mismo tiempo, yo tenía la extraña convicción de que así era.

»Y entonces se me ocurrió algo que me pareció entretenido e interesante. ¿Y si me creaba a ‘mí mismo en ese otro mundo? ¿También sería yo real en él? Lo intenté. Me senté ante mi escritorio y me imaginé a mí mismo como uno más entre los millones de individuos de ese mundo ficticio; pude crear todo un trasfondo familiar e histórico coherente para mí en aquel lugar. ¡Y algo en mi mente hizo clic!»

Carrick hizo una pausa. Todavía contemplaba la copa vacía que agitaba lentamente entre sus dedos.

Madison le incitó a continuar:

-Y seguro que despertaste allí y una hermosa muchacha se acercó a ti, y preguntaste: «¿Dónde estoy?»

-No sucedió así -respondió Carrick sombrío-. No fue así en absoluto. Desperté en ese otro mundo, sí. Pero no fue como un despertar real. Simplemente, aparecí allí de repente.

»Seguía siendo yo. Pero, sin embargo, era el yo imaginado por mí para ese otro mundo. Se trataba de otro yo que siempre había vivido allí… del mismo modo que sus antepasados. Verán, yo lo había creado todo.

»Y mi otro yo era tan real en ese mundo imaginario creado por mi como lo había sido en el mío propio. Eso fue lo peor. Todo en ese mundo a medio civilizar era tan vulgar dentro de su realidad…»

Hizo una nueva pausa.

-Al principio, me resultó sumamente extraño. Caminé por las calles de aquellas bárbaras ciudades y miré los rostros de las personas con un imperioso y acuciante deseo de gritar en voz alta: “¡Yo los imaginé a todos! ¡Ninguno de ustedes existía hasta que yo los soñé!”.

»Sin embargo, no lo hice. Sin duda, no me habrían creído. Para ellos, yo no era más que un miembro insignificante de su raza. ¿Cómo podían pensar que ellos, sus tradiciones y su historia, su mundo y su universo, habían surgido súbitamente gracias a mi imaginación?

 »Cuando cesó mi turbación inicial, me desagradó el lugar. Resulta que lo había creado demasiado bárbaro. Las salvajes violencias y crueldades que me habían parecido tan seductoras como material para la historia, eran aberrantes y repulsivas al vivir en mi propia carne. Sólo deseaba volver a mi mundo.

»¡Y no pude regresar! No había forma. Tuve vaga sensación de, que podría imaginarme de vuelta en mi mundo así como había imaginado mi viaje a ese otro. Pero fue en vano. La extraña fuerza que había propiciado el milagro no funcionaba en dirección contraria.

Lo pasé bastante mal al percatarme de que estaba atrapado en un mundo desagradable, extenuado y bárbaro. Primero pensé en suicidarme. Sin embargo, no lo hice. El hombre se adapta a todo. Y me acoplé lo mejor que pude al mundo creado por mí.»

 -¿Qué hiciste allí? Quiero decir: ¿qué función cumpliste? -preguntó Brazell.
Carrick se encogió de hombros.

-No dominaba las habilidades y destrezas del mundo que había creado. Sólo poseía mi propio oficio… el de contar historias.

Empecé a sonreír.

-¿No querrás decir que empezaste a escribir historias fantásticas?

Él asintió, sombrío.

-No me quedó más remedio. Sin duda, aquello era lo único que podía hacer, dadas las circunstancias. Escribí historias sobre mi propio mundo real. Para esa gente, mis relatos eran de una imaginación desbordante… y les gustaron.

Nos echamos a reír. Pero Carrick permaneció mortalmente serio.

Madison llevó la broma hasta sus últimas consecuencias.

-¿Y cómo te las arreglaste para regresar finalmente a casa desde ese otro mundo que habías creado?


-¡Nunca regresé a casa! -respondió Carrick con un amargo suspiro.
El continuo  de Gernsback 

William Gibson

Supongo  que la cosa empezó en Londres, en aquella falsa taberna griega de Battersea Park Road, con un almuerzo a expensas de la empresa de Cohen.
Por fortuna, el asunto empieza a desvanecerse, a convertirse en un episodio. Cuando todavía capto la extraña visión, es periférica; meros fragmentos de cromo de científico loco, que se limitan al rabillo del ojo. Hubo aquella ala volante sobre San Francisco la semana pasada, pero era casi translúcida. Y los descapotables de aleta de tiburón se han vuelto más escasos, y las autopistas evitan discretamente desplegarse, para no convertirse en esos esplendorosos monstruos de ochenta carriles que forzosamente tuve que recorrer el mes pasado en mi Toyota alquilado. Y sé que nada de eso me seguirá hasta Nueva York; mi visión se está estrechando, centrándose en una única longitud de onda de probabilidad. He trabajado duro para lograrlo. La televisión ayudó mucho.

Supongo que la cosa empezó en Londres, en aquella falsa taberna griega de Battersea Park Road, con un almuerzo a expensas de la empresa de Cohen. Comida recalentada, y luego tardaron treinta minutos en encontrar un cubo de hielo para el retsina. Cohen trabaja en Barris-Watford, que publica libros de formato grande, en rústica, sobre temas de moda: historias ilustradas de los letreros de neón, la máquina tragamonedas, los juguetes de cuerda del Japón Ocupado. Yo había ido para fotografiar una serie de anuncios de calzado; chicas californianas de piernas bronceadas y juguetonas zapatillas fluorescentes hicieron travesuras para mí en las escaleras mecánicas de St. John’s Wood y en los andenes de Tooting Bec. Una magra y hambrienta agencia de publicidad había decidido que los misterios del London Transport venderían zapatillas de nailon de suela reticular. Ellos deciden; yo hago las fotos. Y Cohen, a quien conocía vagamente de los viejos tiempos en Nueva York, me había invitado a almorzar la víspera de mi partida desde Heathrow. Apareció acompañado por una mujer joven vestida muy a la moda y llamada Dialta Downes, que carecía virtualmente de mentón y era, sin duda, una conocida historiadora del pop art.
Retrospectivamente, la veo caminando junto a Cohen bajo un aviso de neón flotante que destella intermitentes “Por aquí está la locura” en enormes mayúsculas sin serif.
Cohen nos presentó y me explicó que Dialta era la principal animadora del último proyecto de Barris-Watford, una historia ilustrada de lo que ella llamó el “modernismo aerodinámico americano”. Cohen lo llamaba “gótico de pistola de rayos”. El título provisorio de la obra era La futurópolis aerodinámica: el mañana que nunca fue.
Hay en los británicos una obsesión por los elementos más barrocos de la cultura pop americana, algo parecido al extraño fetichismo de los alemanes con los indios-y-vaqueros o la aberrante ansia de los franceses por las viejas películas de Jerry Lewis. En Dialta Downes esto se manifestaba en una manía por un estilo arquitectónico, exclusivamente norteamericano, del que la mayoría de los norteamericanos casi no son conscientes. Al principio yo no sabía bien de qué me hablaba, pero luego empecé a comprender. Me encontré recordando la televisión matutina de los domingos en los años cincuenta.
A veces, el canal local pasaba, como relleno, viejos y gastados noticiarios. Uno se sentaba con un bocadillo de manteca de cacahuete y un vaso de leche; y una voz de barítono hollywoodense, plagada de ruidos de estática, te decía que había Un Coche Volador En Tu Futuro. Y tres ingenieros de Detroit se ponían a dar vueltas en un viejo y enorme Nash alado; y los veías pasar retumbando por alguna abandonada carretera de Michigan. En realidad nunca te mostraban cuándo despegaba, pero se iba volando hasta la tierra del nunca jamás de Dialta Downes, verdadero hogar de una generación de tecnófilos totalmente desinhibidos.
Ella hablaba de esos retazos de la arquitectura “futurista” de los años treinta y cuarenta con que uno se cruza todos los días en las ciudades americanas sin tenerlos en cuenta: las marquesinas de los cines, diseñadas para que irradien una energía misteriosa, las tiendas de baratijas con fachadas de aluminio acanalado, las sillas de tubos cromados que acumulan polvo en los vestíbulos de los hoteles. Ella veía esas cosas como segmentos de un mundo de sueños, abandonados en un presente perezoso; quería que yo se los fotografiase.
La década de los treinta dio luz a la primera generación de diseñadores industriales; hasta entonces todos los sacapuntas habían parecido sacapuntas: el básico mecanismo victoriano, tal vez con algún arabesco decorativo en los bordes. Tras el advenimiento de los diseñadores, algunos sacapuntas parecían haber sido armados en túneles de viento. En la mayoría, el cambio era sólo superficial: bajo la aerodinámica cáscara cromada uno descubría el mismo mecanismo victoriano. Lo cual en cierto modo era lógico, pues los diseñadores norteamericanos más famosos habían sido reclutados en las filas de los escenógrafos de Broadway. Todo era un escenario teatral, una serie de exquisitos decorados para jugar a vivir en el futuro.
Durante la sobremesa, Cohen sacó un grueso sobre de manila lleno de fotografías en papel brillante. Vi las estatuas aladas que guardan la presa Hoover, adornos de hormigón de doce metros de altura que apuntan con firmeza hacia un huracán imaginario. Vi una docena de fotos del Johnson’s Wax Building de Frank Lloyd Wright, pegadas sobre carátulas de viejos números de Amazing Stories, obra de un artista llamado Frank R. Paul; a los empleados del Johnson’s Wax les habría parecido que estaban entrando en una de las utopías que Paul pintaba con aerógrafo. El edificio de Wright daba la impresión de haber sido diseñado para gente que llevara togas blancas y sandalias de acrílico. Me demoré en un esbozo de un avión de hélice especialmente pomposo, todo ala, como un gordo y simétrico búmeran, con ventanas en lugares inverosímiles. Unas flechas rotuladas indicaban la posición de la sala de baile y dos canchas de squash. Databa de 1936.
-Esta cosa no podría haber volado, ¿verdad? -miré a Dialta Downes.
-Qué va, de ninguna manera, aun con esas doce hélices enormes; pero a ellos les encantaba el aspecto, ¿entiendes? De Nueva York a Londres en menos de dos días, comedores de primera clase, camarotes privados, cubiertas para tomar sol, jazz y baile por las noches… Los diseñadores eran populistas, y trataban de dar al público lo que el público quería. Lo que el público quería que fuese el futuro.
Hacía tres días que estaba en Burbank, tratando de infundir carisma a un roquero de aspecto realmente aburrido, cuando recibí el paquete de Cohen. Es posible fotografiar lo que no está; resulta muy difícil y es, por lo tanto, un talento muy vendible. Si bien es cierto que no lo hago mal, no soy exactamente el mejor, y aquel pobre tipo agotó la credibilidad de mi Nikon. Salí deprimido, porque me gusta hacer bien mi trabajo, pero no deprimido del todo, porque me aseguré de recibir el cheque por el trabajo, y resolví reponerme con el sublime, seudoartístico encargo de Barris Watford. Cohen me había enviado algunos libros sobre el diseño de los años treinta, más fotos de edificios aerodinámicos, y una lista con los cincuenta ejemplos favoritos de Dialta Downes en California.
La fotografía arquitectónica implica a veces una gran dosis de espera: el edificio se convierte en una especie de reloj de sol, mientras uno aguarda a que una sombra se aleje de un detalle que se quiere fotografiar, o que la masa y el equilibrio de la estructura se muestren de una cierta manera. Mientras esperaba, me imaginé en la América de Dialta Downes. Cuando aislé algunos de los edificios de fábricas en el cristal esmerilado de la Hasselblad, aparecieron con una especie de siniestra dignidad totalitaria, como los estadios que Albert Speer construía para Hitler. Pero el resto era inexorablemente cursi: material efímero moldeado por el subconsciente colectivo norteamericano de los años treinta, y que tendía a sobrevivir ante todo en zonas deprimentes, bordeadas de moteles polvorientos, colchonerías al por mayor y pequeños depósitos de automóviles de ocasión. Me dediqué sobre todo a las estaciones de servicio. Durante el apogeo de la Era Downes, encargaron a Ming el Implacable el diseño de las estaciones de servicio de California. Partidario de la arquitectura de su Mongo natal, Ming recorrió la costa de arriba abajo, levantando estructuras de pistola de rayos con estuco blanco. Muchas de ellas presentaban superfluas torres centrales rodeadas de esos extraños rebordes de radiador que eran el sello distintivo del estilo y las hacían parecer capaces de generar potentes estallidos de puro entusiasmo tecnológico, si tan sólo se pudiese encontrar el interruptor que las ponía en marcha. Fotografié una en San José una hora antes de que llegaran las motoniveladoras y arremetieran contra la estructural verdad de yeso, listones y hormigón barato.
-Considera eso -había dicho Dialta Downes- una especie de América alternativa: un 1980 que nunca sucedió. Una arquitectura de sueños frustrados.
Y ese fue mi estado de ánimo mientras recorría las estaciones de intrincada mezcla socioarquitectónica en mi Toyota rojo; mientras iba sintonizando la imagen de una vaga Norteamérica que no fue, de plantas de Coca-Cola que parecían submarinos varados, y de cines de quinta que parecían templos de alguna secta perdida que había adorado los espejos azules y la geometría. Y mientras andaba entre aquellas ruinas secretas se me ocurrió preguntarme qué pensarían del mundo en el que yo vivía los habitantes de ese futuro perdido.
La década de los treinta soñó con mármol blanco y cromo aerodinámico, cristal inmortal y bronce bruñido, pero los cohetes de las portadas de las revistas de Gernsback habían caído en Londres en plena noche, chillando. Después de la guerra, todo el mundo tuvo coche -sin alas- y la prometida autopista para conducirlo, con lo que hasta el mismo cielo se oscureció, y los gases carcomieron el mármol y agujerearon el cristal milagroso.
Y un día, en las afueras de Bolinas, mientras me preparaba para fotografiar un ejemplar especialmente lujoso de la arquitectura marcial de Ming, atravesé una delgada membrana, una membrana de probabilidad… Casi sin darme cuenta, fui más allá del Borde… Y miré hacia arriba y vi una cosa con doce motores que parecía un búmeran inflado, todo ala, volando hacia el este con un zumbido monótono y una gracia elefantina, tan bajo que pude contar los remaches en esa piel de plata opaca y oír -quizás- un eco de jazz. Se la llevé a Kihn.
Merv Kihn, periodista independiente, con una dilatada trayectoria en pterodáctilos de Texas, campesinos visitados por ovnis, monstruos de Loch Ness de segunda y las diez principales teorías conspiratorias del rincón más lunático del inconsciente colectivo norteamericano.
-Está bien -dijo Kihn, sacando brillo a las amarillas gafas de caza Polaroid con el dobladillo de la camisa hawaiana-, pero no es mental; le falta lo más importante.
-Pero lo vi, Mervyn, estábamos sentados junto a una piscina, al brillante sol de Arizona. El había ido a Tucson a esperar a un grupo de funcionarios jubilados de Las Vegas cuya líder recibía mensajes de Ellos en el horno de microondas. Yo había conducido toda la noche y lo sentía.
-Claro que lo viste. Claro que lo viste. Has leído mis cosas. ¿No has entendido mi solución general para el problema de los ovnis? Es muy, muy sencilla: la gente -se colocó cuidadosamente las gafas sobre la nariz larga y ganchuda y me clavó su mejor mirada de basilisco- ve… cosas. La gente ve esas cosas. No hay nada, pero la gente ve esas cosas. No hay nada, pero la gente ve de todos modos. Quizá porque lo necesita. Has leído a Jung, y deberías saber de qué se trata… Tu caso es tan obvio: admites que pensabas en esa arquitectura chiflada, que fantaseabas… Mira, estoy seguro de que habrás probado tus drogas, ¿no es cierto? ¿Cuánta gente sobrevivió a los sesenta en California sin sufrir alguna que otra alucinación? Por ejemplo esas noches en que descubrías que ejércitos enteros de técnicos de Disney se habían ocupado de bordarte en los tejanos hologramas animados de jeroglíficos egipcios, o esos momentos en que…
-Pero no fue así.
-Claro que no. Claro que no fue así; ocurrió “en un marco de clara realidad”, ¿no es cierto? Todo normal, y de pronto ahí está el monstruo, el mandala, el cigarro de neón. En tu caso, un gigantesco avión de novela de aventura. Sucede todo el tiempo. Ni siquiera estás loco. Eso lo sabes, ¿verdad? -sacó una cerveza de la maltratada nevera portátil de telgopor que tenía junto a la silla.
-La semana pasada estuve en Virginia. En el condado de Grayson. Entrevisté a una chica de dieciséis años que había sido atacada por una cabeza de oso.
-¿Una qué?
-Una cabeza de oso. La cabeza cortada de un oso. Pues esta cabeza, verás, flotaba por ahí en su propio platillo volador, que se parecía un poco a los tapacubos del Caddy antiguo del primo Wayne. Tenía ojos colorados y brillantes, como dos brasas de cigarro, y antenas telescópicas de cromo que se le abomban por detrás de las orejas -Mervyn eructó.
-¿La atacó? ¿Cómo?
-No lo quieras saber; sin duda eres impresionable. “Era una cabeza fría -dijo, ensayando su mal acento sureño- y metálica.” Hacía ruidos electrónicos. Eso es auténtico, amigo, un material que llega directamente del inconsciente colectivo; esa niña es una bruja. No tiene sitio en esta sociedad. Habría visto al diablo si no hubiese crecido con El hombre biónico y todas esas reposiciones de Star Trek. Está conectada a la vena principal. Y sabe que eso le sucedió. Me fui diez minutos antes de que apareciesen los fanáticos de los ovnis con el polígrafo.
Debió de pensar que yo estaba disgustado, porque puso cuidadosamente la cerveza junto a la nevera y se incorporó.
-Si quieres una explicación más elegante, te diría que viste un fantasma semiótico. Todas esas historias de contactos, por ejemplo, comparten un tipo de imaginería de ciencia-ficción que impregna nuestra cultura. Podría aceptar extraterrestres, pero no extraterrestres que pareciesen salidos de un cómic de los años cincuenta. Son fantasmas semióticos, trozos de imaginería cultural profunda que se han desprendido y adquirido vida propia, como las aeronaves de Julio Verne que siempre veían esos viejos granjeros de Kansas. Pero tú viste otra clase de fantasma, eso es todo. Ese avión fue en otro tiempo parte del inconsciente colectivo. Tú, de alguna manera, sintonizaste con eso. Lo importante es no preocuparse.
Pero yo me preocupaba.
Kihn se peinó el menguante pelo rubio y se fue a oír lo que Ellos habían dicho por el radar últimamente; yo corrí las cortinas de mi habitación y me acosté a preocuparme en la oscuridad refrigerada.
Aún estaba preocupándome cuando desperté. Kihn me había dejado un mensaje en la puerta: volaba hacia el norte en un avión alquilado para verificar un rumor sobre mutilaciones de ganado (“mutis”, decía él; otra de sus especialidades periodísticas).
Comí, me duché, tomé una desmigajada pastilla dietética que había estado un tiempo dando tumbos en el fondo del estuche de la afeitadora y emprendí el regreso a Los Angeles.
La velocidad limitaba mi visión al túnel de las luces del Toyota. El cuerpo podría conducir, me decía, mientras la mente funcionase. Funcionase y se mantuviese alejada del extraño y periférico acompañamiento visual de las anfetaminas y el agotamiento, la vegetación espectral, luminosa, que crece en el rabillo del ojo mental cuando se recorren autopistas a altas horas de la noche. Pero la mente tiene sus propias ideas, y la opinión de Kihn respecto a lo que yo ya consideraba mi “visión” me resonaba interminablemente en la cabeza, girando en órbita asimétrica. Fantasmas semióticos. Fragmentos del Sueño Colectivo caracoleando al viento a mi paso. Por algún motivo, aquel bucle de retroacción agravó el efecto de la pastilla dietética, y la vegetación que crece junto a la carretera comenzó a adoptar los colores de una imagen de satélite captada con infrarrojos, jirones brillantes que estallaban al paso del Toyota.
Entonces salí de la autopista y media docena de latas de cerveza parpadearon dándome las buenas noches antes de apagar las luces. Me pregunté qué hora sería en Londres, y traté de imaginar a Dialta Downes desayunando en su apartamento de Hampstead, rodeada de aerodinámicas estatuillas de cromo y libros sobre la cultura americana.
Las noches del desierto son enormes en esa región; la luna está más cerca. Miré la luna un buen rato y llegué a la conclusión de que Kihn tenía razón: lo importante era no preocuparse. A todo lo ancho del continente, día tras día, gente que era más normal de lo que yo jamás habría aspirado ser veía pájaros gigantes, patagones, refinerías de petróleo voladoras: ellos mantenían a Kihn ocupado y solvente. ¿Por qué habría yo de alterarme por una fugaz visión de la imaginación popular de los años treinta en el cielo de Bolinas? Resolví dormirme, sin otras preocupaciones que las serpientes de cascabel y los hippies caníbales; a salvo en medio de la amistosa basura de una carretera de mi bien conocido continuo. Al día siguiente iría a Nogales a fotografiar los viejos burdeles, cosa que pretendía hacer desde hacía años. El efecto de la pastilla dietética había terminado.
Me despertó la luz, y luego las voces.
La luz venía de alguna parte a mis espaldas, y arrojaba sombras movedizas al interior del automóvil. Eran voces serenas, confusas, de hombre y de mujer conversando.
Tenía el cuello tieso y una sensación de arena en los ojos. La pierna se me había dormido, presionada contra el volante. Busqué atolondradamente las gafas en el bolsillo de la camisa y por fin logré ponérmelas.
Entonces miré hacia atrás y vi la ciudad.
Los libros sobre el diseño de los años treinta estaban en el maletero; uno de ellos contenía esbozos de una ciudad idealizada inspirada en Metrópolis y en Lo que vendrá, pero donde todo se escuadraba, lanzándose hacia arriba entre las nubes perfectas de un arquitecto hasta unos muelles de zepelines y unos delirantes chapiteles de neón. Aquella ciudad era un modelo a escala de la que se alzaba a mis espaldas. Los chapiteles se erguían unos sobre otros en brillantes zigurats que subían hasta una dorada torre del templo central rodeado por los dementes rebordes de radiador de las gasolineras de Mongo. Podías esconder el Empire State en la más pequeña de aquellas torres. Calles de cristal subían entre los chapiteles, transitadas de arriba abajo por formas plateadas y lisas como gotas de mercurio. El aire estaba atiborrado de naves: aviones de alas gigantescas, cosas pequeñas, plateadas, velocísimas (a veces, una de las formas de mercurio de los puentes celestes se elevaba con gracia en el aire para sumarse a la danza), dirigibles de más de un kilómetro de longitud, cosas con forma de libélula que planeaban, girocópteros…
Cerré los ojos y di media vuelta en el asiento. Cuando los abrí, me obligué a mirar el cuentakilómetros, el pálido polvo de la carretera sobre el plástico negro del tablero, el cenicero desbordante.
-Psicosis anfetamínica -dije. Abrí los ojos. El tablero seguía allí, el polvo, las colillas aplastadas. Con mucho cuidado, sin mover la cabeza, encendí las luces altas.
Y los vi.
Eran rubios. Estaban de pie junto a su automóvil, un aguacate de aluminio con una aleta central de tiburón y ruedas lisas y negras como las de un juguete infantil. El rodeaba con el brazo la cintura de la muchacha, y señalaba hacia la ciudad. Ambos estaban vestidos de blanco: ropas holgadas, las piernas desnudas, zapatos de un blanco inmaculado. Ninguno parecía advertir mis luces. El decía algo que era sabio y fuerte, y ella asentía, y de pronto me asusté: un susto distinto. La cordura había dejado de ser un problema; sabía, por alguna razón, que la ciudad a mis espaldas era Tucson: un sueño que Tucson había proyectado arrancándolo del sueño colectivo de toda una época. Que era real, completamente real. Pero la pareja frente a mí vivía en él, y ellos me asustaban.
Eran los hijos de los ochenta que nunca fueron, los ochenta de Dialta Downes; los Herederos del Sueño. Eran blancos, rubios, y probablemente de ojos azules. Eran americanos. Dialta había dicho que el futuro había llegado a América primero, pero que había pasado de largo. Pero no allí, en el corazón del sueño. Allí habíamos seguido adelante, dentro de una lógica de sueños que no sabía nada de polución, de los límites finitos del combustible fósil, de guerras extranjeras que era posible perder. Ellos eran limpios, felices, y totalmente satisfechos de sí mismos y del mundo. Y en el Sueño, aquél era el mundo de ellos.
Detrás de mí, la ciudad iluminada: unos reflectores barrían el cielo por puro placer. Imaginé a la gente atestando las plazas de mármol blanco, metódica y alerta, los ojos luminosos brillando de entusiasmo por las avenidas inundadas de luz y por los coches plateados.
Tenía todo el siniestro gusto de la propaganda de las Juventudes Hitlerianas.
Puse el coche en primera y avancé despacio, hasta que el parachoques quedó a poco menos de un metro de ellos. Seguían sin verme. Bajé la ventanilla y escuché lo que decía el hombre. Sus palabras eran luminosas y huecas, como el tono de un folleto de alguna Cámara de Comercio, y supe que creía en ellas totalmente.
-John -oí que decía la mujer-, hemos olvidado tomar nuestras pastillas alimenticias -la mujer sacó dos obleas de una cosa que llevaba en el cinto y le dio una a él. Regresé a la autopista y me puse en marcha hacia Los Angeles, estremeciéndome y sacudiendo la cabeza.
Llamé a Kihn desde un puesto de gasolina. Uno nuevo, en mal Español Moderno. Había regresado de su expedición y no pareció molestarle la llamada.
-Sí, ésa sí que es rara. ¿Trataste de sacar fotos? No es porque fuera a salir nada, pero añade un frisson interesante a la historia, que las fotos no hayan salido…
Pero, ¿qué debería hacer?
-Ver mucha televisión, sobre todo programas de juegos y telenovelas. Películas porno. ¿Has visto Nazi Love Motel? La pasan por cable, aquí. Es horrible de verdad. Justo lo que necesitas.
¿Qué me estaba diciendo?
-Deja de gritar y escúchame. Te voy a revelar un secreto profesional: puedes exorcizar todos esos fantasmas semióticos con la peor programación. Si a mí me quita de encima a los fanáticos de los ovnis, a ti te puede liberar de esos futuroides modernistas. Inténtalo. ¿Qué puedes perder?
Y entonces me rogó que lo dejara en paz, aduciendo que tenía una cita temprano con el Elegido.
-¿El qué?
-Esos viejos de Las Vegas; los de los microondas.
Pensé en hacer una llamada a Londres, a cobro revertido, hablar con Cohen en Barris-Watford y decirle que su fotógrafo se iba a pasar una larga temporada en la Zona Gris. Al final, dejé que una máquina me preparase un café realmente imposible y volví al Toyota para terminar el viaje a Los Angeles.
Los Angeles fue una mala idea, y pasé allí dos semanas. Era el país primordial de Downes; había allí demasiado Sueño, y demasiados fragmentos del Sueño aguardando para tenderme una celada. Casi destrozo el coche en un paso a nivel cerca de Disneylandia, cuando la carretera se abrió en abanico como un truco de origami y me dejó zigzagueando entre una docena de minicarriles llenos de sibilantes lágrimas de cromo con aletas de tiburón. Peor aún. Hollywood estaba lleno de gente que se parecía demasiado a la pareja que había visto en Arizona. Contraté a un director italiano que se las arreglaba haciendo trabajos de laboratorio y diseñando terrazas alrededor de las piscinas mientras esperaba la llegada de su nave; hizo copias de todos los negativos que había acumulado durante el encargo de Downes. No quise ver el material. Eso, sin embargo, no pareció molestar a Leonardo, y cuando hubo terminado el trabajo examiné las copias al vuelo, como quien mira un mazo de baraja, las empaqueté y las envié a Londres vía aérea. Luego fui en taxi hasta una sala donde pasaban Nazi Love Motel, y mantuve los ojos cerrados todo el tiempo.
El telegrama de felicitación de Cohen me llegó una semana después a San Francisco. A Dialta le habían encantado las fotos. El admiró el modo en que me había “metido en el asunto”, y esperaba volver a trabajar conmigo. Esa tarde vi un ala volante sobre Castro Street, pero tenía algo de tenue, como si estuviese sólo a medias.
Corrí hasta el quiosco de periódicos más cercano y busqué todo lo que había sobre la crisis petrolera y los peligros de la energía nuclear. Acababa de decidir comprar un billete aéreo para ir a Nueva York.
-Vaya mundo en el que vivimos, ¿verdad? -el propietario era un negro delgado de mala dentadura y evidente peluca. Asentí, buscando monedas en los bolsillos del pantalón, deseando encontrar un banco de parque donde poder sumergirme en la dura evidencia de la casi distopía humana en que vivimos-. Pero podría ser peor, ¿verdad?
-Así es -dije-, o peor aún, podría ser perfecto.
El hombre se quedó mirándome mientras me alejaba por la calle con mi pequeño fajo de catástrofes condensadas.