domingo, junio 12, 2022

Modernidad Líquida





Prólogo

Acerca de lo leve y lo líquido

La interrupción, la incoherencia, la sorpresa son las condiciones habituales de nuestra vida. Se han convertido incluso en necesidades reales para muchas personas, cuyas mentes sólo se alimentan […] de cambios súbitos y de estímulos permanentemente renovados […] Ya no toleramos nada que dure. Ya no sabemos cómo hacer para lograr que el aburrimiento dé fruto. Entonces, todo el tema se reduce a esta pregunta: ¿la mente humana puede dominar lo que la mente humana ha creado? Paul Valery.

La “fluidez” es la cualidad de los líquidos y los gases. Según nos informa la autoridad de la Encyclopædia Britannica, lo que los distingue de los sólidos es que “en descanso, no pueden sostener una fuerza tangencial o cortante” y, por lo tanto, “sufren un continuo cambio de forma cuando se los somete a esa tensión”.

Este continuo e irrecuperable cambio de posición de una parte del material con respecto a otra parte cuando es sometida a una tensión cortante constituye un flujo, una propiedad característica de los fluidos. Opuestamente, las fuerzas cortantes ejercidas sobre un sólido para doblarlo o flexionarlo se sostienen, y el sólido no fluye y puede volver a su forma original.

Los líquidos, una variedad de fluidos, poseen estas notables cualidades, hasta el punto de que “sus moléculas son preservadas en una disposición ordenada solamente en unos pocos diámetros moleculares”; en tanto, “la amplia variedad de conductas manifestadas por los sólidos es resultado directo del tipo de enlace que reúne los átomos de los sólidos y de la disposición de los átomos”. “Enlace”, a su vez, es el término que expresa la estabilidad de los sólidos -la resistencia que ofrecen “a la separación de los átomos”-.

Hasta aquí lo que dice la Encyclopædia Britannica, en una entrada que apuesta a explicar la “fluidez” como una metáfora regente de la etapa actual de la era moderna.

En lenguaje simple, todas estas características de los fluidos implican que los líquidos, a diferencia de los sólidos, no conservan fácilmente su forma. Los fluidos, por así decirlo, no se fijan al espacio ni se atan al tiempo. En tanto los sólidos tienen una clara dimensión espacial pero neutralizan el impacto -y disminuyen la significación- del tiempo (resisten efectivamente su flujo o lo vuelven irrelevante), los fluidos no conservan una forma durante mucho tiempo y están constantemente dispuestos (y proclives) a cambiarla; por consiguiente, para ellos lo que cuenta es el flujo del tiempo más que el espacio que puedan ocupar: ese espacio que, después de todo, sólo llenan “por un momento”. En cierto sentido, los sólidos cancelan el tiempo; para los líquidos, por el contrario, lo que importa es el tiempo. En la descripción de los sólidos, es posible ignorar completamente el tiempo; en la descripción de los fluidos, se cometería un error grave si el tiempo se dejara de lado. Las descripciones de un fluido son como instantáneas, que necesitan ser fechadas al dorso.

Los fluidos se desplazan con facilidad. “Fluyen”, “se derraman”, “se desbordan”, “salpican”, “se vierten”, “se filtran”, “gotean”, “inundan”, “rocían”, “chorrean”, “manan”, “exudan”; a diferencia de los sólidos, no es posible detenerlos fácilmente -sortean algunos obstáculos, disuelven otros o se filtran a través de ellos, empapándolos-.

Emergen incólumes de sus encuentros con los sólidos, en tanto que estos últimos -si es que siguen siendo sólidos tras el encuentro- sufren un cambio: se humedecen o empapan. La extraordinaria movilidad de los fluidos es lo que los asocia con la idea de “levedad”. Hay líquidos que en pulgadas cúbicas son más pesados que muchos sólidos, pero de todos modos tendemos a visualizarlos como más livianos, menos “pesados” que cualquier sólido. Asociamos “levedad” o “liviandad” con movilidad e inconstancia: la práctica nos demuestra que cuanto menos cargados nos desplacemos, tanto más rápido será nuestro avance.

Estas razones justifican que consideremos que la “fluidez” o la “liquidez” son metáforas adecuadas para aprehender la naturaleza de la fase actual -en muchos sentidos nueva- de la historia de la modernidad. Acepto que esta proposición pueda hacer vacilar a cualquiera que esté familiarizado con el “discurso de la modernidad” y con el vocabulario empleado habitualmente para narrar la historia moderna. ¿Acaso la modernidad no fue desde el principio un “proceso de licuefacción”? ¿Acaso “derretir los sólidos” no fue siempre su principal pasatiempo y su mayor logro? En otras palabras, ¿acaso la modernidad no ha sido “fluida” desde el principio?

Éstas y otras objeciones son justificadas, y parecerán más justificadas aun cuando recordemos que la famosa expresión “derretir los sólidos”, acuñada hace un siglo y medio por los autores del Manifiesto comunista, se refería al tratamiento con que el confiado y exuberante espíritu moderno aludía a una sociedad que encontraba demasiado estancada para su gusto y demasiado resistente a los cambios ambicionados, ya que todas sus pautas estaban congeladas.

Si el “espíritu” era “moderno”, lo era en tanto estaba decidido a que la realidad se emancipara de la “mano muerta” de su propia historia… y eso sólo podía lograrse derritiendo los sólidos (es decir, según la definición, disolviendo todo aquello que persiste en el tiempo y que es indiferente a su paso e inmune a su fluir). Esa intención requería, a su vez, la “profanación de lo sagrado”: la desautorización y la negación del pasado, y primordialmente de la “tradición” -es decir, el sedimento y el residuo del pasado en el presente-. Por lo tanto, requería asimismo la destrucción de la armadura protectora forjada por las convicciones y lealtades que permitía a los sólidos resistirse a la “licuefacción”.

Recordemos, sin embargo, que todo esto no debía llevarse a cabo para acabar con los sólidos definitivamente ni para liberar al nuevo mundo de ellos para siempre, sino para hacer espacio nuevos y mejores sólidos; para reemplazar el conjunto heredado de sólidos defectuosos y deficientes por otro, mejor o incluso perfecto, y por eso mismo inalterable. Al leer el Ancien Régime [El Antiguo Régimen y la Revolución] de De Tocqueville, podríamos preguntarnos además hasta qué punto esos “sólidos” no estaban de antemano resentidos, condenados y destinados a la licuefacción, ya que se habían oxidado y enmohecido, tornándose frágiles y poco confiables. Los tiempos modernos encontraron a los sólidos premodernos en un estado bastante avanzado de desintegración; y uno de los motivos más poderosos que estimulaba su disolución era el deseo de descubrir o inventar sólidos cuya solidez fuera -por una vez- duradera, una solidez en la que se pudiera confiar y de la que se pudiera depender, volviendo al mundo predecible y controlable.

Los primeros sólidos que debían disolverse y las primeras pautas sagradas que debían profanarse eran las lealtades tradicionales, los derechos y obligaciones acostumbrados que ataban de pies y manos, obstaculizaban los movimientos y constreñían la iniciativa. Para encarar seriamente la tarea de construir un nuevo orden (¡Verdaderamente sólido!), era necesario deshacerse del lastre que el viejo orden imponía a los constructores. “Derretir los sólidos” significaba, primordialmente, desprenderse de las obligaciones “irrelevantes” que se interponían en el camino de un cálculo racional de los efectos; tal como lo expresara Max Weber, liberar la iniciativa comercial de los grilletes de las obligaciones domésticas y de la densa trama de los deberes éticos; o, según Thomas Carlyle, de todos los vínculos que condicionan la reciprocidad humana y la mutua responsabilidad, conservar tan sólo el “nexo del dinero”. A la vez, esa clase de “disolución de los sólidos” destrababa toda la compleja trama de las relaciones sociales, dejándola desnuda, desprotegida, desarmada y expuesta, incapaz de resistirse a las reglas del juego y a los criterios de racionalidad inspirados y moldeados por el comercio, y menos capaz aun de competir con ellos de manera efectiva.

Esa fatal desaparición dejó el campo libre a la invasión y al dominio de (como dijo Weber) la racionalidad instrumental, o (como lo articuló Marx) del rol determinante de la economía: las “bases” de la vida social infundieron a todos los otros ámbitos de la vida el status de “superestructura” -es decir, un artefacto de esas “bases” cuya única función era contribuir a su funcionamiento aceitado y constante-. La disolución de los sólidos condujo a una progresiva emancipación de la economía de sus tradicionales ataduras políticas, éticas y culturales. Sedimentó un nuevo orden, definido primariamente en términos económicos. Ese nuevo orden debía ser más “sólido” que los órdenes que reemplazaba, porque -a diferencia de ellos- era inmune a los embates de cualquier acción que no fuera económica. Casi todos los poderes políticos o morales capaces de trastocar o reformar ese nuevo orden habían sido destruidos o incapacitados, por debilidad, para esa tarea. Y no porque el orden económico, una vez establecido, hubiera colonizado, reeducado y convertido a su gusto el resto de la vida social, sino porque ese orden llegó a dominar la totalidad de la vida humana, volviendo irrelevante e inefectivo todo aspecto de la vida que no contribuyera a su incesante y continua reproducción.

Esa etapa de la carrera de la modernidad ha sido bien descripta por Claus Offe (en “The utopia of the zero option”, publicado por primera vez en 1987 en Praxis International): las sociedades complejas “se han vuelto tan rígidas que el mero intento de renovar o pensar normativamente su ‘orden’ -es decir, la naturaleza de la coordinación de los procesos que se producen en ellas- está virtualmente obturado en función de su futilidad práctica y, por lo tanto, de su inutilidad esencial”. Por libres y volátiles que sean, individual o grupalmente, los “subsistemas” de ese orden se encuentran interrelacionados de manera “rígida, fatal y sin ninguna posibilidad de libre elección”. El orden general de las cosas no admite opciones; ni siquiera está claro cuáles podrían ser esas opciones, y aun menos claro cómo podría hacerse real alguna opción viable, en el improbable caso de que la vida social fuera capaz de concebirla y gestarla. Entre el orden dominante y cada una de las agencias, vehículos y estratagemas de cualquier acción efectiva se abre una brecha -un abismo cada vez más infranqueable, y sin ningún puente a la vista-.

A diferencia de la mayoría de los casos distópicos, este efecto no ha sido consecuencia de un gobierno dictatorial, de la subordinación, la opresión o la esclavitud; tampoco ha sido consecuencia de la “colonización” de la esfera privada por parte del “sistema”. Más bien todo lo contrario: la situación actual emergió de la disolución radical de aquellas amarras acusadas -justa o injustamente- de limitar la libertad individual de elegir y de actuar. La rigidez del orden es el artefacto y el sedimento de la libertad de los agentes humanos. Esa rigidez es el producto general de “perder los frenos”: de la desregulación, la liberalización, la “flexibilización”, la creciente fluidez, la liberación de los mercados financiero, laboral e inmobiliario, la disminución de las cargas impositivas, etc. (como señalara Offe en “Binding, shackles, brakes”, publicado por primera vez en 1987); o (citando a Richard Sennett enFlesh and Stone [Carne y piedra]), de las técnicas de “velocidad, huida, pasividad” - en otras palabras, técnicas que permiten que el sistema y los agentes libres no se comprometan entre sí, que se eludan en vez de reunirse-. Si ha pasado la época de las revoluciones sistémicas, es porque no existen edificios para alojar las oficinas del sistema, que podrían ser invadidas y capturadas por los revolucionarios; y también porque resulta extraordinariamente difícil, e incluso imposible, imaginar qué podrían hacer los vencedores, una vez dentro de esos edificios (si es que primero los hubieran encontrado), para revertir la situación y poner fin al malestar que los impulsó a rebelarse. Resulta evidente la escasez de esos potenciales revolucionarios, de gente capaz de articular el deseo de cambiar su situación individual como parte del proyecto de cambiar el orden de la sociedad.

La tarea de construir un nuevo orden mejor para reemplazar al viejo y defectuoso no forma parte de ninguna agenda actual -al menos no de la agenda donde supuestamente se sitúa la acción política-. La “disolución de los sólidos”, el rasgo permanente de la modernidad, ha adquirido por lo tanto un nuevo significado, y sobre todo ha sido redirigida hacia un nuevo blanco: uno de los efectos más importantes de ese cambio de dirección ha sido la disolución de las fuerzas que podrían mantener el tema del orden y del sistema dentro de la agenda política. Los sólidos que han sido sometidos a la disolución, y que se están derritiendo en este momento, el momento de la modernidad fluida, son los vínculos entre las elecciones individuales y los proyectos y las acciones colectivos -las estructuras de comunicación y coordinación entre las políticas de vida individuales y las acciones políticas colectivas-.

En una entrevista concedida a Jonathan Rutherford el 3 de febrero de 1999, Ulrich Beck (quien hace pocos años acuñó el término “segunda modernidad” para connotar la fase en que la modernidad “volvió sobre sí misma”, la época de la soi-disant “modernización de la modernidad”) habla de “categorías zombis” y de “instituciones zombis”, que están “muertas y todavía vivas”.

Nombra la familia, la clase y el vecindario como ejemplos ilustrativos de este nuevo fenómeno. La familia, por ejemplo:

¿Qué es una familia en la actualidad? ¿Qué significa? Por supuesto, hay niños, mis niños, nuestros niños. Pero hasta la progenitura, el núcleo de la vida familiar, ha empezado a desintegrarse con el divorcio […] Abuelas y abuelos son incluidos y excluidos sin recursos para participar en las decisiones de sus hijos e hijas. Desde el punto de vista de los nietos, el significado de los abuelos debe determinarse por medio de decisiones y elecciones individuales.

Lo que se está produciendo hoy es, por así decirlo, una redistribución y una reasignación de los “poderes de disolución” de la modernidad. Al principio, esos poderes afectaban las instituciones existentes, los marcos que circunscribían los campos de acciones y elecciones posibles, como los patrimonios heredados, con su asignación obligatoria, no por gusto. Las configuraciones, las constelaciones, las estructuras de dependencia e interacción fueron arrojadas en el interior del crisol, para ser fundidas y después remodeladas: ésa fue la fase de “romper el molde” en la historia de la transgresora, ilimitada, erosiva modernidad. No obstante, los individuos podían ser excusados por no haberlo advertido: tuvieron que enfrentarse a pautas y configuraciones que, aunque “nuevas y mejores”, seguían siendo tan rígidas e inflexibles como antes.

Por cierto, todos los moldes que se rompieron fueron reemplazados por otros; la gente fue liberada de sus viejas celdas sólo para ser censurada y reprendida si no lograba situarse -por medio de un esfuerzo dedicado, continuo y de por vida- en los nichos confeccionados por el nuevo orden: en lasclases, los marcos que (tan inflexiblemente como los ya disueltos estamentos) encuadraban la totalidad de las condiciones y perspectivas vitales, y condicionaban el alcance de los proyectos y estrategias de vida.

Los individuos debían dedicarse a la tarea de usar su nueva libertad para encontrar el nicho apropiado y establecerse en él, siguiendo fielmente las reglas y modalidades de conducta correctas y adecuadas a esa ubicación. Sin embargo, esos códigos y conductas que uno podía elegir como puntos de orientación estables, y por los cuales era posible guiarse, escasean cada vez más en la actualidad. Eso no implica que nuestros contemporáneos sólo estén guiados por su propia imaginación, ni que puedan decidir a voluntad cómo construir un modelo de vida, ni que ya no dependan de la sociedad para conseguir los materiales de construcción o planos autorizados. Pero sí implica que, en este momento, salimos de la época de los “grupos de referencia” preasignados para desplazarnos hacia una era de “comparación universal” en la que el destino de la labor de construcción individual está endémica e irremediablemente indefinido, no dado de antemano, y tiende a pasar por numerosos y profundos cambios antes de alcanzar su único final verdadero: el final de la vida del individuo.

En la actualidad, las pautas y configuraciones ya no están “determinadas”, y no resultan “autoevidentes” de ningún modo; hay demasiadas, chocan entre sí y sus mandatos se contradicen, de manera que cada una de esas pautas y configuraciones ha sido despojada de su poder coercitivo o estimulante. Y, además, su naturaleza ha cambiado, por lo cual han sido reclasificadas en consecuencia: como ítem del inventario de tareas individuales. En vez de preceder a la política de vida y de encuadrar su curso futuro, deben seguirla (derivar de ella), y reformarse y remoldearse según los cambios y giros que esa política de vida experimente.

El poder de licuefacción se ha desplazado del “sistema” a la “sociedad”, de la “política” a las “políticas de vida”… o ha descendido del “macronivel” al “micronivel” de la cohabitación social.

Como resultado, la nuestra es una versión privatizada de la modernidad, en la que el peso de la construcción de pautas y la responsabilidad del fracaso caen primordialmente sobre los hombros del individuo. La licuefacción debe aplicarse ahora a las pautas de dependencia e interacción, porque les ha tocado el turno. Esas pautas son maleables hasta un punto jamás experimentado ni imaginado por las generaciones anteriores, ya que, como todos los fluidos, no conservan mucho tiempo su forma. Darles forma es más fácil que mantenerlas en forma. Los sólidos son moldeados una sola vez. Mantener la forma de los fluidos requiere muchísima atención, vigilancia constante y un esfuerzo perpetuo… e incluso en ese caso el éxito no es, ni mucho menos, previsible.

Sería imprudente negar o menospreciar el profundo cambio que el advenimiento de la “modernidad fluida” ha impuesto a la condición humana. El hecho de que la estructura sistémica se haya vuelto remota e inalcanzable, combinado con el estado fluido y desestructurado del encuadre de la política de vida, ha cambiado la condición humana de modo radical y exige repensar los viejos conceptos que solían enmarcar su discurso narrativo. Como zombis, esos conceptos están hoy vivos y muertos al mismo tiempo. La pregunta es si su resurrección -aun en una nueva forma o encarnación- es factible; o, si no lo es, cómo disponer para ellos un funeral y una sepultura decentes.

Este texto está dedicado a esa pregunta. Hemos elegido examinar cinco conceptos básicos en torno de los cuales ha girado la narrativa ortodoxa de la condición humana: emancipación, individualidad, tiempo/espacio, trabajo y comunidad. Se han explorado (aunque de manera muy fragmentaria y preliminar) sucesivos avatares de sus significados y aplicaciones prácticas, con la esperanza de salvar a los niños del diluvio de aguas contaminadas.

La modernidad significa muchas cosas, y su advenimiento y su avance pueden evaluarse empleando diferentes parámetros. Sin embargo, un rasgo de la vida moderna y de sus puestas en escena sobresale particularmente, como “diferencia que hace toda la diferencia”, como atributo crucial del que derivan todas las demás características. Ese atributo es el cambio en la relación entre espacio y tiempo.

La modernidad empieza cuando el espacio y el tiempo se separan de la práctica vital y entre sí, y pueden ser teorizados como categorías de estrategia y acción mutuamente independientes, cuando dejan de ser -como solían serlo en los siglos premodernos - aspectos entrelazados y apenas discernibles de la experiencia viva, unidos por una relación de correspondencia estable y aparentemente invulnerable.

En la modernidad, el tiempo tiene historia, gracias a su “capacidad de contención” que se amplía permanentemente: la prolongación de los tramos de espacio que las unidades de tiempo permiten “pasar”, “cruzar”, “cubrir”… o conquistar. El tiempo adquiere historia cuando la velocidad de movimiento a través del espacio (a diferencia del espacio eminentemente inflexible, que no puede ser ampliado ni reducido) se convierte en una cuestión de ingenio, imaginación y recursos humanos.

La idea misma de velocidad (y aun más conspicuamente, de aceleración), referida a la relación entre tiempo y espacio, supone su variabilidad, y sería difícil que tuviera algún sentido si esa relación no fuera cambiante, si fuera un atributo de la realidad inhumana y prehumana en vez de estar condicionada a la inventiva y la determinación humanas, y si no hubiera trascendido el estrecho espectro de variaciones a las que los instrumentos naturales de movilidad -los miembros inferiores, humanos o equinos- solían reducir los movimientos de los cuerpos premodernos. Cuando la distancia recorrida en una unidad de tiempo pasó a depender de la tecnología, de los medios de transporte artificiales existentes, los límites heredados de la velocidad de movimiento pudieron transgredirse. Sólo el cielo (o, como se reveló más tarde, la velocidad de la luz) empezó a ser el límite, y la modernidad fue un esfuerzo constante, imparable y acelerado por alcanzarlo.

Gracias a sus recientemente adquiridas flexibilidad y capacidad de expansión, el tiempo moderno se ha convertido, primordialmente, en el arma para la conquista del espacio. En la lucha moderna entre espacio y tiempo, el espacio era el aspecto sólido y estólido, pesado e inerte, capaz de entablar solamente una guerra defensiva, de trincheras… y ser un obstáculo para las flexibles embestidas del tiempo. El tiempo era el bando activo y dinámico del combate, el bando siempre a la ofensiva: la fuerza invasora, conquistadora y colonizadora. Durante la modernidad, la velocidad de movimiento y el acceso a medios de movilidad más rápidos ascendieron hasta llegar a ser el principal instrumento de poder y dominación.

Michel Foucault usó el diseño del panóptico de Jeremy Bentham como archimetáfora del poder moderno. En el panóptico, los internos estaban inmovilizados e impedidos de cualquier movimiento, confinados dentro de gruesos muros y murallas custodiados, y atados a sus camas, celdas o bancos de trabajo.

No podían moverse porque estaban vigilados; debían permanecer en todo momento en sus sitios asignados porque no sabían, ni tenían manera de saber, dónde se encontraban sus vigilantes, que tenían libertad de movimiento. La facilidad y la disponibilidad de movimiento de los guardias eran garantía de dominación; la “inmovilidad” de los internos era muy segura, la más difícil de romper entre todas las ataduras que condicionaban su subordinación.

El dominio del tiempo era el secreto del poder de los jefes… y tanto la inmovilización de sus subordinados en el espacio mediante la negación del derecho a moverse como la rutinización del ritmo temporal impuesto eran las principales estrategias del ejercicio del poder. La pirámide de poder estaba construida sobre la base de la velocidad, el acceso a los medios de transporte y la subsiguiente libertad de movimientos.

El panóptico era un modelo de confrontación entre los dos lados de la relación de poder. Las estrategias de los jefes -salvaguardar la propia volatilidad y rutinizar el flujo de tiempo de sus subordinados- se fusionaron. Pero existía cierta tensión entre ambas tareas. La segunda tarea ponía límites a la primera: ataba a los “rutinizadores” al lugar en el cual habían sido confinados los objetos de esa rutinización temporal. Los “rutinizadores” no tenían una verdadera y plena libertad de movimientos: era imposible considerar la opción de que pudiera haber “amos ausentes”.

El panóptico tiene además otras desventajas. Es una estrategia costosa: conquistar el espacio y dominarlo, así como mantener a los residentes en el lugar vigilado, implica una gran variedad de tareas administrativas engorrosas y caras. Hay que construir y mantener edificios, contratar y pagar a vigilantes profesionales, atender y abastecer la supervivencia y la capacidad laboral de los internos.

Finalmente, administrar significa, de una u otra manera, responsabilizarse del bienestar general del lugar, aunque sólo sea en nombre del propio interés… y la responsabilidad significa estar atado al lugar. Requiere presencia y confrontación, al menos bajo la forma de presiones y roces constantes.

Lo que induce a tantos teóricos a hablar del “fin de la historia”, de posmodernidad, de “segunda modernidad” y “sobremodernidad”, o articular la intuición de un cambio radical en la cohabitación humana y en las condiciones sociales que restringen actualmente a las políticas de vida, es el hecho de que el largo esfuerzo por acelerar la velocidad del movimiento ha llegado ya a su “límite natural”. El poder puede moverse con la velocidad de la señal electrónica; así, el tiempo requerido para el movimiento de sus ingredientes esenciales se ha reducido a la instantaneidad.

En la práctica, el poder se ha vuelto verdaderamente extraterritorial, y ya no está atado, ni siquiera detenido, por la resistencia del espacio (el advenimiento de los teléfonos celulares puede funcionar como el definitivo “golpe fatal” a la dependencia del espacio: ni siquiera es necesario acceder a una boca telefónica para poder dar una orden y controlar sus efectos. Ya no importa dónde pueda estar el que emite la orden -la distinción entre “cerca” y “lejos”, o entre lo civilizado y lo salvaje, ha sido prácticamente cancelada-). Este hecho confiere a los poseedores de poder una oportunidad sin precedentes: la de prescindir de los aspectos más irritantes de la técnica panóptica del poder. La etapa actual de la historia de la modernidad -sea lo que fuere por añadidura- es, sobre todo sobre todo, pospanóptica. En el panóptico lo que importaba era que supuestamente las personas a cargo estaban siempre “allí”, cerca, en la torre de control. En las relaciones de poder pospanópticas, lo que importa es que la gente que maneja el poder del que depende el destino de los socios menos volátiles de la relación puede ponerse en cualquier momento fuera de alcance… y volverse absolutamente inaccesible.

El fin del panóptico augura el fin de la era del compromiso mutuo: entre supervisores y supervisados, trabajo y capital, líderes y seguidores, ejércitos en guerra. La principal técnica de poder es ahora la huida, el escurrimiento, la elisión, la capacidad de evitar, el rechazo concreto de cualquier confinamiento territorial y de sus engorrosos corolarios de construcción y mantenimiento de un orden, de la responsabilidad por sus consecuencias y de la necesidad de afrontar sus costos.

Esta nueva técnica de poder ha sido ilustrada vívidamente por las estrategias empleadas durante la Guerra del Golfo y la de Yugoslavia. En la conducción de la guerra, la reticencia a desplegar fuerzas terrestres fue notable; a pesar de lo que dijeran las explicaciones oficiales, esa reticencia no era producto solamente del publicitado síndrome de “protección de los cuerpos”. El combate directo en el campo de batalla no fue evitado meramente por su posible efecto adverso sobre la política doméstica, sino también (y tal vez principalmente) porque era inútil por completo e incluso contraproducente para los propósitos de la guerra. Después de todo, la conquista del territorio, con todas sus consecuencias administrativas y gerenciales, no sólo estaba ausente de la lista de objetivos bélicos, sino que era algo que debía evitarse por todos los medios y que era considerado con repugnancia como otra clase de “daño colateral” que, en esta oportunidad, agredía a la fuerza de ataque.

Los bombardeos realizados por medio de casi invisibles aviones de combate y misiles “inteligentes” -lanzados por sorpresa, salidos de la nada y capaces de desaparecer inmediatamente- reemplazaron las invasiones territoriales de las tropas de infantería y el esfuerzo por despojar al enemigo de su territorio, apoderándose de la tierra controlada y administrada por el adversario. Los atacantes ya no deseaban para nada ser “los últimos en el campo de batalla” después de que el enemigo huyera o fuera exterminado. La fuerza militar y su estrategia bélica de “golpear y huir” prefiguraron, anunciaron y encarnaron aquello que realmente estaba en juego en el nuevo tipo de guerra de la época de la modernidad líquida: ya no la conquista de un nuevo territorio, sino la demolición de los muros que impedían el flujo de los nuevos poderes globales fluidos; sacarle de la cabeza al enemigo todo deseo de establecer sus propias reglas para abrir de ese modo un espacio - hasta entonces amurallado e inaccesible- para la operación de otras armas (no militares) del poder. Se podría decir (parafraseando la fórmula clásica de Clausewitz) que la guerra de hoy se parece cada vez más a “la promoción del libre comercio mundial por otros medios”.

Recientemente, Jim MacLaughlin nos ha recordado que el advenimiento de la era moderna significó, entre otras cosas, el ataque consistente y sistemático de los “establecidos”, convertidos al modo de vida sedentario, contra los pueblos y los estilos de vida nómades, completamente adversos a las preocupaciones territoriales y fronterizas del emergente Estado moderno. En el siglo XIV, Ibn Khaldoun podía cantar sus alabanzas del nomadismo, que hace que los pueblos “se acerquen más a la bondad que los sedentarios porque […] están más alejados de los malos hábitos que han infectado los corazones sedentarios”, pero la febril construcción de naciones y Estados-nación que se desencadenó poco tiempo después en toda Europa puso el “suelo” muy por encima de la “sangre” al sentar las bases del nuevo orden legislado, que codificaba los derechos y deberes de los ciudadanos.

Los nómades, que menospreciaban las preocupaciones territoriales de los legisladores y que ignoraban absolutamente sus fanáticos esfuerzos por establecer fronteras, fueron presentados como los peores villanos de la guerra santa entablada en nombre del progreso y de la civilización. Los modernos “cronopolíticos” no sólo los conside-raron seres inferiores y primitivos, “subdesarrollados” que necesitaban ser reformados e ilustrados, sino también retrógrados que sufrían “retraso cultural”, que se encontraban en los peldaños más bajos de la escala evolutiva y que eran, por añadidura, imperdonablemente necios por su reticencia a seguir “el esquema universal de desarrollo”.

Durante toda la etapa sólida de la era moderna, los hábitos nómades fueron mal considerados. La ciudadanía iba de la mano con el sedentarismo, y la falta de un “domicilio fijo” o la no pertenencia a un “Estado” implicaba la exclusión de la comunidad respetuosa de la ley y protegida por ella, y con frecuencia condenaba a los infractores a la discriminación legal, cuando no al enjuiciamiento. Aunque ese trato todavía se aplica a la “subclase” de los sin techo, que son sometidos a las viejas técnicas de control panóptico (técnicas que ya no se emplean para integrar y disciplinar a la mayoría de la población), la época de la superioridad incondicional del sedentarismo sobre el nomadismo y del dominio de lo sedentario sobre lo nómade tiende a finalizar. Estamos asistiendo a la venganza del nomadismo contra el principio de la territorialidad y el sedentarismo. En la etapa fluida de la modernidad, la mayoría sedentaria es gobernada por una elite nómade y extraterritorial.

Mantener los caminos libres para el tráfico nómade y eliminar los pocos puntos de control fronterizo que quedan se ha convertido en el metaobjetivo de la política, y también de las guerras que, tal como lo expresara Clausewitz, son solamente “la expansión de la política por otros medios”.

La elite global contemporánea sigue el esquema de los antiguos “amos ausentes”. Puede gobernar sin cargarse con las tareas administrativas, gerenciales o bélicas y, por añadidura, también puede evitar la misión de “esclarecer”, “reformar las costumbres”, “levantar la moral”, “civilizar” y cualquier cruzada cultural. El compromiso activo con la vida de las poblaciones subordinadas ha dejado de ser necesario (por el contrario, se lo evita por ser costoso sin razón alguna y poco efectivo), y por lo tanto lo “grande” no sólo ha dejado de ser “mejor”, sino que ha perdido cualquier sentido racional. Lo pequeño, lo liviano, lo más portable significa ahora mejora y “progreso”. Viajar liviano, en vez de aferrarse a cosas consideradas confiables y sólidas -por su gran peso, solidez e inflexible capacidad de resistencia-, es ahora el mayor bien y símbolo de poder.

Aferrarse al suelo no es tan importante si ese suelo puede ser alcanzado y abandonado a voluntad, en poco o en casi ningún tiempo. Por otro lado, aferrarse demasiado, cargándose de compromisos mutuamente inquebrantables, puede resultar positivamente perjudicial, mientras las nuevas oportunidades aparecen en cualquier otra parte. Es comprensible que Rockefeller haya querido que sus fábricas, ferrocarriles y pozos petroleros fueran grandes y robustos, para poseerlos durante mucho, mucho tiempo (para toda la eternidad, si medimos el tiempo según la duración de la vida humana o de la familia). Sin embargo, Bill Gates se separa sin pena de posesiones que ayer lo enorgullecían: hoy, lo que da ganancias es la desenfrenada velocidad de circulación, reciclado, envejecimiento, descarte y reemplazo -no la durabilidad ni la duradera confiabilidad del producto-. En una notable inversión de la tradición de más de un milenio, los encumbrados y poderosos de hoy son quienes rechazan y evitan lo durable y celebran lo efímero, mientras los que ocupan el lugar más bajo -contra todo lo esperable- luchan desesperadamente para lograr que sus frágiles, vulnerables y efímeras posesiones duren más y les rindan servicios duraderos. Los encumbrados y los menos favorecidos se encuentran hoy en lados opuestos de las grandes liquidaciones y en las ventas de autos usados.

La desintegración de la trama social y el desmoronamiento de las agencias de acción colectiva suelen señalarse con gran ansiedad y justificarse como “efecto colateral” anticipado de la nueva levedad y fluidez de un poder cada vez más móvil, escurridizo, cambiante, evasivo y fugitivo. Pero la desintegración social es tanto una afección como un resultado de la nueva técnica del poder, que emplea como principales instrumentos el descompromiso y el arte de la huida. Para que el poder fluya, el mundo debe estar libre de trabas, barreras, fronteras fortificadas y controles. Cualquier trama densa de nexos sociales, y particularmente una red estrecha con base territorial, implica un obstáculo que debe ser eliminado. Los poderes globales están abocados al desmantelamiento de esas redes, en nombre de una mayor y constante fluidez, que es la fuente principal de su fuerza y la garantía de su invencibilidad. Y el derrumbe, la fragilidad, la vulnerabilidad, la transitoriedad y la precariedad de los vínculos y redes humanos permiten que esos poderes puedan actuar.

Si estas tendencias mezcladas se desarrollaran sin obstáculos, hombres y mujeres serían remodelados siguiendo la estructura del mol electrónico, esa orgullosa invención de los primeros años de la cibernética que fue aclamada como un presagio de los años futuros: un enchufe portátil, moviéndose por todas partes, buscando desesperadamente tomacorrientes donde conectarse. Pero en la época que auguran los teléfonos celulares, es probable que los enchufes sean declarados obsoletos y de mal gusto, y que tengan cada vez menos calidad y poca oferta. Ya ahora, muchos abastecedores de energía eléctrica enumeran las ventajas de conectarse a sus redes y rivalizan por el favor de los buscadores de enchufes. Pero a largo plazo (sea cual fuere el significado que “a largo plazo” pueda tener en la era de la instantaneidad) lo más probable es que los enchufes desaparezcan y sean reemplazados por baterías descartables que venderán los kioscos de todos los aeropuertos y todas las estaciones de servicio de autopistas y caminos rurales.

Parece una distopía hecha a la medida de la modernidad líquida… adecuada para reemplazar los temores consignados en las pesadillas al estilo Orwell y Huxley.

Taller 'La guerra de Occidente contra el desarrollo africano'

 





 

 


1. ¿Quién es el autor del artículo?    

2. ¿Pero y quien es Dan Glazebrook?

¿Qué te dice el nombre de Dan Glazebrook? 

3. ¿Cuáles son los países africanos citados en el artículo? 

4. ¿Cómo describen o identifican, según el autor, el retrato [clásico] de África, según los medios colonialistas dominantes de occidente? 

5. ¿Quién era Mobutu Sese Seko Nkuku Ngbendu wa Za Banga? 

6. ¿Cuál fue la conclusión de la investigación de Leonce Ndikumana y James K. Boyce? 

7. ¿Qué dice el texto sobre cómo el continente africano es el que da dádivas a países desarrollados y compañías occidentales? 

8. ¿Qué plantea el autor sobre lo que pasa en la República Democrática del Congo? 

9. ¿Cuándo se estableció la Unión Africana? 

10. ¿Por qué la Unión Africana fue considera tras su fundación una amenaza por los planificadores estratégicos occidentales? 

11. ¿Cuáles países capitalistas son citados en el texto? 

12. ¿Cuáles países de Asia son citados en el texto? 

13. ¿Quién fue Muamar Gadafi? 

14. Consulte sobre Thabo Mvuyelwa Mbeki 

15. Consulte sobre Nkosazana Dlamini-Zuma 

16. ¿Qué ocurre en la República Democrática del Congo? 

17. ¿Quiénes dirigen la mayor parte de las milicias que actúan en la República Democrática del Congo? 

18. ¿Cuáles son las cuatro instituciones financieras propuestas por la Unión Africana para fortalecer la economía y la producción, y promover así la unificación africana, de manera que fuera un continente fuerte y se consolidara estratégicamente contra la explotación del occidente capitalista? 

19. El hecho de lograr consolidar estas cuatro instituciones financieras como estrategia que fortalecería la economía del continente africano. 

¿Entonces cuáles serían las implicaciones para los países de occidente capitalista con altos intereses en los recursos del continente africano? 

20. ¿Cuál es el papel de las milicias armadas en la República Democrática del Congo? 

21. ¿Cuál es el rol que han asignado a África los amos de la economía capitalista occidental? 

22. ¿Qué podría suceder si África llegara a ser más próspera? 

23. ¿Qué podría suceder si África llegara a desarrollase tecnológicamente? 

24. ¿De qué depende que continúe la extracción de petróleo y minerales robados en el continente africano? 

25. En la Cumbre de la Unión Africana de 2004, se acordó una Carta Común Africana de Defensa y Seguridad que incluía un artículo estipulando que estipulaba que “cualquier ataque a un país africano se considerará un ataque al Continente en su conjunto”. 

- ¿De qué manera esto podría representar una amenaza en contra de la explotación del África por parte de los intereses del capitalismo neoliberal del mundo occidental? 

26. Un nuevo y vigoroso enfoque de la cooperación militar de Estados Unidos en África subsahariana, incluía el diseño de una estructura de comando sub-unificada que produjera dividendos significativos en la producción de inversiones de EE.UU., conocida como AFRICOM: ¿Cuáles eran las reales pretensiones con este organismo, el AFRICOM?  

27. ¿Qué planteó la Unión Africana ante la creación de AFRICOM? 

28. De acuerdo a lo planteado en el texto: ¿Por qué los países colonialistas capitalistas neoliberales occidentales, y sus corporaciones, necesitaban “quitar de en medio al incómodo” Muamar Gadafi? 

29. ¿Cuál es la importancia de Argelia, que después de la destrucción de Libia con la desaparición de Gadafi y el derrocamiento de Mubarak, en Egipto? 

30. Copie los Términos Específicos de Política y Economía citados en el texto 

Términos de Ciencias Políticas

Términos de Ciencias Económicas

31. ¿Cuáles problemáticas sociales, económicas y políticas que padece el continente africano se plantean o infieren en el texto?







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La guerra de Occidente contra el desarrollo africano

 


                            https://twitter.com/amuda/status/1063853215043735552?lang=es


A modo de complemento y contexto 

hay 203.000 millones de dólares que salen del continente. Parte de este dinero sale directamente, como 68.000 millones de dólares en impuestos evadidos. Son sobre todo las corporaciones multinacionales quienes «roban» (legalmente) gran parte de este dinero aparentando que realmente generan su riqueza en los paraísos fiscales. Estos llamados «flujos financieros ilícitos» equivalen a aproximadamente el 6.1 % de todo el Producto Interior Bruto (PIB) del continente o a tres veces lo que África recibe como ayuda. 

Además están los 30.000 millones de dólares que estas corporaciones «repatrian», es decir, los beneficios que hacen en África pero envían a su país de origen o a otra parte para disfrutar de su riqueza. La City de Londres está repleta de los beneficios extraídos de la tierra y el trabajo de África.

También hay otras formas más indirectas por medio de las cuales sacamos la riqueza de África. El informe publicado hoy calcula que se roban a África 29.000 millones de dólares con la tala, pesca y comercio de animales salvajes ilegales. Se deben a África 36.000 millones de dólares a consecuencia del daño que el cambio climático va a provocar a sus sociedades y economías ya que no pueden utilizar los combustibles fósiles para desarrollarse como hizo Europa. África no ha provocado nuestra crisis climática, pero los africanos sentirán sus efectos más que otras personas. No hay ni que decir que en estos momentos no se han previsto fondos. 

De hecho, incluso esta valoración es enormemente generosa porque asume que toda la riqueza que fluye hacia África beneficia a las personas que viven en ese continente. Pero los préstamos a los gobiernos y al sector privado (equivalentes a más de 50.000 millones de dólares) pueden convertirse en deudas impagables y odiosas.

Ghana pierde el 30 % de sus ingresos públicos debido al pago de la deuda, ya que paga préstamos que a menudo se hicieron de forma especulativa, basándose en precios elevados de productos básicos y que tenían unas tasas de interés enormes. Un alto horno de aluminio de Mozambique particularmente odioso construido con préstamos y dinero procedente de la ayuda cuesta al país 21 libras esterlinas por cada una de las que recibió el gobierno de Mozambique.  

https://rebelion.org/africa-no-es-pobre-le-robamos-su-riqueza/

Dan Glazebrook

El retrato clásico de África en los medios dominantes, como un gigantesco caso perdido lleno de interminables guerras, hambrunas y niños indefensos, crea la ilusión de un continente extremadamente dependiente de dádivas occidentales. En los hechos, la verdad es exactamente lo contrario, el que depende de las dádivas africanas es Occidente. Esas dádivas llegan en muchas y variadas formas.  

Incluyen flujos ilícitos de recursos, cuyos beneficios llegan invariablemente al sector bancario occidental a través de cadenas de paraísos fiscales (como lo documenta exhaustivamente Poisoned Wells de Nicholas Shaxson). Además existe el mecanismo de extorsión mediante deudas por el cual los bancos prestan dinero a gobernantes militares (frecuentemente aupados al poder por gobiernos occidentales, como el expresidente del Congo Mobutu), que luego se apropian del dinero (a menudo en una cuenta privada en el mismo banco), llevando al país a pagar exorbitantes intereses por una deuda que crece de forma exponencial. Una reciente investigación de Leonce Ndikumana y James K Boyce estableció que hasta 80 centavos de cada dólar prestado 'huyó' en un año, sin haberse invertido nunca en el país, mientras que por otra parte 20.000 millones de dólares anuales año se extraen de África de ‘servicio de la deuda’ de estos ‘préstamos’ esencialmente fraudulentos. 

Otra forma de dádiva tiene lugar mediante el saqueo de minerales. Países como la República Democrática del Congo son arrasados por milicias armadas que roban los recursos del país y los venden a precios de mercado inferiores a las compañías occidentales. La mayor parte de esas milicias están dirigidas por países vecinos como Uganda, Ruanda y Burundi, que por su parte son patrocinados por Occidente, como lo destacan regularmente los informes de las Naciones Unidas. Finalmente, y tal vez sea lo más importante, están los míseros precios pagados por las materias primas africanas y por la mano de obra que las extrae de las minas, las cultiva o las cosecha, lo que efectivamente equivale a un subsidio africano según los estándares de vida occidentales y los beneficios corporativos. 

Es el rol que han asignado a África los amos de la economía capitalista occidental: proveedor de recursos baratos y mano de obra barata. Y el hecho de que esa mano de obra y esos recursos continúen siendo baratos depende primordialmente de una cosa: asegurar que África siga subdesarrollada y empobrecida. Si llegara a ser más próspera, los salarios aumentarían, si se desarrollase tecnológicamente podría agregar valor a sus materias primas mediante el proceso de manufactura antes de exportarlas, provocando el aumento de los precios, Mientras tanto, la extracción de petróleo y minerales robados depende de que los Estados africanos sigan siendo débiles y estando divididos. La República Democrática del Congo, por ejemplo –cuyas minas producen decenas de miles de millones de dólares de recursos minerales cada año– solo cobró 32 miserables millones de dólares en ingresos tributarios de la minería debido a la guerra por encargo librada contra ese país por las milicias respaldada por Occidente. 

La Unión Africana, establecida en el año 2002, fue una amenaza para todo esto: sería más difícil explotar un continente africano más integrado, más unido. Una preocupación especial de los planificadores estratégicos occidentales eran los aspectos financieros y militares de la unificación africana. Al nivel financiero, los planes de un Banco Central Africano (una sola moneda africana, el dinar respaldado por el oro) amenazarían considerablemente la capacidad de EE.UU., Gran Bretaña y Francia de explotar el continente. Si todo el comercio africano se realizase utilizando el dinar respaldado por el oro, significaría que los países occidentales tendrían que pagar efectivamente en oro los recursos africanos, en vez de pagar, como ahora, en libras esterlinas, francos o dólares que prácticamente se pueden imprimir de la nada. Las otras dos instituciones financieras propuestas por la UA –el Banco Africano de Inversiones y el Fondo Monetario Africano– podrían debilitar fatalmente la capacidad de instituciones como el Fondo Monetario Internacional de manipular las políticas económicas de países africanos mediante su monopolio de las finanzas. Como ha señalado Jean Paul Pougala, el Fondo Monetario Africano con un capital inicial planificado de 42.000 millones de dólares “podría suplantar totalmente las actividades africanas del Fondo Monetario Internacional, que con solo 25.000 millones de dólares pudo poner a todo un continente de rodillas y hacer que aceptara una privatización cuestionable obligando a los países africanos a pasar de monopolios públicos a privados”. 

Junto a esas tendencias financieras potencialmente amenazadoras tuvieron lugar acciones en el frente militar. La Cumbre de la UA de 2004 en Sirte, Libia, acordó una Carta Común Africana de Defensa y Seguridad que incluía un artículo estipulando que “cualquier ataque a un país africano se considerará un ataque al Continente en su conjunto”, reflejando la propia Carta de la OTAN. Esto fue seguido en 2010 por la creación de una Fuerza Africana de Reserva, con el mandato de defender e implementar la Carta. Evidentemente, si la OTAN fuera a hacer algún intento de revertir por la fuerza la unidad africana, el tiempo se estaba acabando. 

La creación de la Fuerza Africana de Reserva (ASF) no representaba solo una amenaza, sino también una oportunidad. Mientras existía ciertamente la posibilidad de que la ASF se convirtiera en una fuerza genuina por la independencia, la resistencia contra el colonialismo y la defensa de África contra la agresión imperialista, también había la posibilidad de que, manipulada del modo adecuado y bajo una dirigencia diferente, la fuerza podía convertirse en lo contrario, una fuerza por encargo para la continua subyugación neocolonial bajo una cadena de comando occidental. Es evidente que lo que había –y hay– en juego era mucho. 

Mientras tanto, Occidente ya había reforzado sus propios preparativos militares para África. Su decadencia económica, unida al ascenso de China, significaba que cada vez era más incapaz de seguirse basándose solo en el chantaje económico y la manipulación financiera para mantener la subordinación y la debilidad del continente. Comprendiendo claramente que esto significaba que se vería cada vez más forzado a la acción militar para mantener su dominación, un libro blanco estadounidense publicado en 2002 por el Grupo de Iniciativa de Política Petrolera Africana recomendó “Un nuevo y vigoroso enfoque de la cooperación militar estadounidense en el África subsahariana, que incluya el diseño de una estructura de comando subunificada que pueda producir dividendos significativos en la producción de inversiones de EE.UU.” Esta estructura nació en 2008 con el nombre de AFRICOM. Los costes –económicos, militares y políticos– de la intervención directa en Irak y Afganistán, sin embargo –y solo los costes de la guerra de Irak se estimaron en más de tres billones [millones de millones] de dólares– significaban que se suponía que AFRICOM se basaría primordialmente en tropas locales para combatir y morir. AFRICOM debía ser el organismo que coordinara la subordinación de los ejércitos africanos bajo una cadena de comando occidental; lo que en otras palabras convertía a los ejércitos africanos en testaferros occidentales. 

El mayor obstáculo para este plan fue la propia Unión Africana, que rechazó categóricamente cualquier presencia militar de EE.UU. en suelo africano en 2008, lo que obligó a AFRICOM a establecer su sede en Stuttgart, Alemania, un cambio radical de postura después que el presidente Bush ya había anunciado en público su intención de establecer la sede en África. Lo peor ocurrió en 2009 cuando el coronel Gadafi –el defensor más incondicional de políticas antiimperialistas– fue elegido Presidente de la UA. Bajo su liderazgo, Libia ya se había convertido en el mayor donante financiero de la Unión Africana y ahora proponía un proceso de integración de los países africanos por la vía rápida, incluyendo un solo ejército africano y una moneda y un pasaporte únicos. 

Su suerte ya es de conocimiento público. Después de organizar una invasión de su país basada en un montón de mentiras peores de las que utilizaron para Irak, la OTAN redujo Libia a un Estado fallido devastado y facilitó la tortura y ejecución de su líder, eliminando así a su oponente número uno. Por un tiempo pareció que la Unión Africana estaba doblegada. Tres de sus miembros –Nigeria, Gabón y Sudáfrica– votaron a favor de la intervención militar en el Consejo de Seguridad de la ONU, y su nuevo presidente –Jean Ping– se apresuró a reconocer al nuevo gobierno libio impuesto por la OTAN y a restar importancia y denigrar los logros de su predecesor. Por cierto, incluso prohibió que la asamblea de la Unión Africana observara un minuto de silencio después del asesinato de Gadafi. 

Sin embargo esto no duró. Los sudafricanos, en particular, llegaron a lamentar rápidamente su apoyo a la intervención y el presidente Zuma y Thabo Mbeki hicieron mordaces críticas a la OTAN en los meses siguientes. Zuma argumentó –correctamente– que la OTAN había actuado ilegalmente al bloquear el alto el fuero y las negociaciones demandadas por la resolución de la ONU que habían sido negociadas por la UA y aceptadas por Gadafi. Mbeki fue mucho más lejos y argumentó que el Consejo de Seguridad de la ONU, al ignorar las proposiciones de la UA, estaba tratando a “los pueblos de África con un desprecio absoluto” y que “las potencias occidentales han avivado las ansias de intervenir en nuestro Continente, incluso mediante la fuerza armada, para asegurar la protección de sus intereses, sin considerar nuestros puntos de vista como africanos”.  

Un alto diplomático en el Departamento de Relaciones Internacionales del Ministerio de Exteriores sudafricano dijo que “la mayoría de los Estados de la SADC [Comunidad de Desarrollo del Sur de África], en particular Sudáfrica, Zimbabue, Angola, Tanzania, Namibia y Zambia, que tuvieron un rol crucial en la lucha sudafricana por la liberación, no estaban satisfechos de la forma en que Jean Ping había tratado el bombardeo de Libia por parte de los jets de la OTAN”. En julio de 2012, obligaron a Ping a retirarse y fue reemplazado –con el apoyo de 37 Estados africanos– por Nkosazana Dlamini-Zuma, ex Ministra de Exteriores sudafricana, “mano derecha” de Thabo Mbeki, y que obviamente no pertenecía al campo de los capituladores de Ping. La Unión Africana volvía a estar bajo el control de fuerzas comprometidas con una independencia genuina. 

Sin embargo, la ejecución de Gadafi no solo eliminó a un poderoso miembro de la Unión Africana, sino también a la pieza clave de la seguridad regional en la región Sahel-Sahara. Utilizando una cuidadosa mezcla de fuerza, desafío ideológico y negociación, la Libia de Gadafi estaba a la cabeza de un sistema transnacional de seguridad que había impedido que milicias salafistas se afianzaran, como reconoció en 2008 el embajador de EE.UU. Christopher Stevens: “El gobierno de Libia ha proseguido agresivamente operaciones para perturbar el flujo de combatientes extranjeros, incluyendo un control más riguroso de los puertos de entrada por aire y tierra, y ha mitigado el atractivo ideológico del Islam radical… Libia coopera con Estados vecinos en la región Sahara/Sahel para reducir los flujos de combatientes extranjeros y el viaje de terroristas transnacionales. Muamar Gadafi negoció recientemente un acuerdo ampliamente publicitado con dirigentes tribales tuaregs de Libia, Chad, Níger, Malí y Argelia según el cual abandonan sus aspiraciones separatistas y el contrabando (de armas y extremistas transnacionales) a cambio de ayuda al desarrollo y apoyo financiero… nuestra evaluación es que el flujo de combatientes extranjeros de Libia a Irak y el flujo invertido de veteranos a Libia ha disminuido gracias a la cooperación del gobierno de Libia con otros Estados…” 

Esta “cooperación con otros Estados” se refiere a la CEN-SAD (Comunidad de Estados del Sahel-Sahara), una organización lanzada por Gadafi en 1998, que apuntaba al libre comercio, el libre movimiento de personas y desarrollo regional entre sus 23 Estados miembros, pero centrada primordialmente en la paz y la seguridad. Así como contrarrestaba la influencia de milicias salafistas, la CED-SAD había jugado un papel clave en la mediación de los conflictos entre Etiopia y Eritrea y en la región del Mano River, así como en la negociación de una solución duradera a la rebelión de Chad. CEN-SAD estaba basada en Trípoli y Libia era indiscutiblemente la fuerza dominante del grupo; por cierto el apoyo de CEN-SAD fue primordial en la elección de Gadafi como Presidente de la UA en 2009. 

La efectividad de este sistema de seguridad, fue un doble golpe a la hegemonía occidental en África: no solo acercó África a la paz y la prosperidad, sino que al mismo tiempo debilitó un pretexto clave para la intervención occidental. EE.UU. había establecido su propia ‘Cooperación Trans-Sahara de Contraterrorismo’ (TSCTP), pero como Muatassim Gadafi (Consejero Nacional de Seguridad libio) explicó a Hillary Clinton en Washington en 2009, la “Comunidad de Estados Sahel/Sahara basada en Trípoli (CED-SAD) y la Fuerza de Reserva del Norte de África eliminaban la misión de la TSCTP”. 

Mientras Gadafi estaba en el poder y dirigía un poderoso y efectivo sistema regional de seguridad, las milicias salafistas del Norte de África no podían utilizarse como una ‘amenaza’ que justificara la invasión y ocupación occidentales para salvar a los indefensos nativos. Al lograr realmente lo que Occidente afirma que desea pero no logra en ninguna parte –la neutralización del ‘terrorismo islamista’– Libia había despojado a los imperialistas de un pretexto clave para su guerra contra África. Al mismo tiempo, había impedido que las milicias cumplieran su otra función histórica en beneficio de Occidente, la de fuerza por encargo para desestabilizar Estados seculares independientes (documentado perfectamente en el excelente Secret Affairs de Mark Curtis). Occidente apoyó con bastantes éxito a los escuadrones de la muerte salafistas en campañas para desestabilizar la URSS y Yugoslavia, y volvería a hacer lo mismo contra Libia y Siria. 

Con la conversión de Libia en Estado fallido por la OTAN, este sistema de seguridad se ha desintegrado. Las milicias salafistas no solo recibieron el equipamiento militar más moderno de alta tecnología de la OTAN, también les dieron rienda suelta para saquear los arsenales del gobierno libio y recibieron un refugio desde el cual organizar ataques en toda la región. La seguridad fronteriza se ha derrumbado, con la aparente complicidad del nuevo gobierno libio y sus patrocinadores de la OTAN, como señala este informe incriminatorio de la firma de inteligencia global Jamestown Foundation: “Al-Wigh era una importante base estratégica para el régimen de Gadafi, al estar ubicada cerca de las fronteras con Níger, Chad, y Argelia. Desde la rebelión, la base ha caído en manos de combatientes tribales tubu bajo el comando nominal del Ejército Libio y el comando directo del comandante tubu Sharafeddine Barka Azaiy, quien se queja: “Durante la revolución el control de esta base tenía una importancia estratégica crucial. La liberamos. A pesar de que formamos parte del ejército nacional, no recibimos ningún salario”. 

El informe concluye que el CNG libio [Consejo Nacional Gobernante] y su predecesor, el Consejo Nacional de Transición (CNT), no han conseguido instalaciones militares de importancia en el sur y han permitido que la seguridad fronteriza en grandes partes del sur prácticamente se “privatice” en manos de grupos tribales que también son bien conocidos por sus actividades tradicionales de contrabando. Por su parte, esto ha puesto en peligro la infraestructura petrolera de Libia y la seguridad de sus vecinos. Mientras la venta y transporte de armas libias se convierte en una mini-industria en la era post Gadafi… las grandes cantidades de dinero a la disposición de al Qaida en el Magreb Islámico son capaces de abrir muchas puertas en una región empobrecida y subdesarrollada. Si la ofensiva dirigida por los franceses en el norte de Malí logra desplazar a los militantes islamistas, parece que por el momento hay pocos impedimentos para que tales grupos establezcan nuevas bases en el poco controlado desierto del sur de Libia. Mientras no existan estructuras centrales de control de seguridad en Libia, el interior de la nación seguirá representando una amenaza para la seguridad del resto de las naciones en la región”. 

La víctima más obvia de esta desestabilización ha sido Malí. Ningún analista serio duda de que la dominación salafista en Malí es una consecuencia directa de las acciones de la OTAN en Libia. Un resultado de la extensión a Malí de la desestabilización respaldada por la OTAN es que Argelia –que perdió 200.000 ciudadanos en una mortífera guerra civil contra los islamistas en los años noventa– ahora está rodeada de milicias salafistas fuertemente armadas en sus fronteras orientales (Libia) y meridionales (Malí). Después de la destrucción de Libia y el derrocamiento de Mubarak, Argelia es ahora el único Estado del Norte de África que sigue gobernado por el partido anticolonial que logró su independencia de la tiranía europea. Este espíritu de independencia todavía se evidencia en la actitud de Argelia hacia África y Europa. En el frente africano, Argelia es un fuerte apoyo de la Unión Africana, contribuye un 15% de su presupuesto y ha comprometido 16.000 millones de dólares para el establecimiento del Fondo Monetario Africano, convirtiéndose de lejos en el mayor contribuyente al Fondo. 

En sus relaciones con Europa, por otra parte, se ha negado a jugar el papel subordinado que se espera. Argelia y Siria fueron los únicos países de la Liga Árabe que votaron contra los bombardeos de la OTAN de Libia, y Argelia brindó refugio a miembros de la familia de Gadafi que huían del ataque de la OTAN. Pero para los planificadores estratégicos europeos tal vez sea más preocupante que todo esto el hecho de que Argelia –junto a Irán y Venezuela– es lo que llaman un “halcón” de la OPEC, comprometido en una negociación dura por sus recursos naturales. Como explicó recientemente un artículo exasperado del Financial Times se ha impuesto un “nacionalismo de los recursos” con el resultado de que “Las grandes compañías petroleras se han agriado respecto a Argelia [y] las compañías se quejan de la aplastante burocracia, de las duras condiciones fiscales y de la conducta intimidatoria de Sonatrach, el grupo energético estatal, que tiene una participación en la mayoría de las empresas de petróleo y gas”. 

Señala a continuación que Argelia implementó un “controvertido impuesto sobre beneficios extraordinarios” en 2006 y cita a un ejecutivo petrolero occidental en Argel que dice que “a las compañías [petroleras]… les basta con Argelia”. Es instructivo señalar que el mismo periódico también acusó a Libia de “nacionalismo de los recursos” –al parecer el crimen más atroz para los lectores delFinancial Times– solo un año antes de la invasión de la OTAN. Por cierto, el “nacionalismo de los recursos” significa exactamente eso –que los recursos de una nación se utilicen en primer lugar en beneficio del país y para su desarrollo, en vez de beneficiar a las empresas extranjeras– y en ese sentido Argelia ciertamente es culpable de los cargos. Las exportaciones de petróleo de Argelia ascienden a más de 70.000 millones de dólares anuales y gran parte de esos ingresos se han utilizado en gastos masivos en sanidad y vivienda junto con un reciente préstamo de 23.000 millones de dólares y un programa de subvenciones públicas para estimular las pequeñas empresas. Por cierto, los altos niveles de gastos sociales son considerados por muchos como una razón clave por la cual no ha habido en Argelia un levantamiento al estilo de la ‘Primavera Árabe’ en los últimos años. 

Esta tendencia al ‘nacionalismo de los recursos’ se señalaba también en un reciente artículo de STRATFOR, la firma global de inteligencia, que escribió que “la participación extranjera en Argelia ha sufrido en gran parte debido a las políticas proteccionistas impuestas por el altamente nacionalista gobierno militar”. Esto era particularmente preocupante, argumentan, ya que Europa está a punto de depender mucho más del gas argelino a medida que las reservas del mar del Norte se agotan: “El desarrollo de Argelia como importante exportador de gas natural es un imperativo económico y estratégico para los países de la UE ya que la producción de ese recurso en el mar del Norte entrará en decadencia terminal la próxima década.  

Argelia ya es un importante proveedor de energía del Continente, pero Europa necesitará un mayor acceso al gas natural para compensar la disminución de sus propias reservas”. Se estima que las reservas de gas británicas y holandesas en el mar del Norte se acabarán a finales de la década y que las de Noruega tendrán un descenso agudo a partir de 2015. Con el temor europeo de una dependencia excesiva del de Rusia y Asia, Argelia –con reservas de gas natural estimadas en 4,5 billones de metros cúbicos, junto con reservas de gas de esquisto de 17 billones de metros cúbicos– será esencial, argumenta el artículo. Pero el mayor obstáculo al control europeo de esos recursos sigue siendo el gobierno argelino con sus “políticas proteccionistas” y de “nacionalismo de los recursos”. Sin decirlo directamente, el artículo termina con la sugerencia de que un "Estado fallido” desestabilizado en Argelia sería muy preferible a una Argelia bajo un gobierno “proteccionista” independiente, señalando que “la actual participación de las principales compañías energéticas de la UE en países de alto riesgo como Nigeria, Libia, Yemen e Irak indica una saludable tolerancia de los problemas de inestabilidad y seguridad”. En otras palabras, en tiempos de seguridad privada, las grandes compañías petroleras ya no necesitan estabilidad o protección estatal para sus inversiones; pueden tolerar zonas de desastre; no Estados fuertes, independientes. 

Por ello, se percibe que los intereses estratégicos de la seguridad occidental incluyen que Argelia se convierta en un Estado fallido, como Irak, Afganistán y Libia. Teniendo en cuenta todo esto, es evidente que la política aparentemente contradictoria de armar por un momento a las milicias salafistas (en Libia) y bombardearlas después (en Malí) realmente tiene sentido. La misión de bombardeo francesa apunta, en sus propias palabras, a la “reconquista total” de Malí, lo que significa en la práctica empujar gradualmente a los rebeldes hacia el norte a través del país, en otras palabras, directamente hacia Argelia. 

Por lo tanto, la destrucción intencional del sistema de seguridad del Sahel-Sahara centrado en Libia ha producido muchos beneficios a los que desean que África siga limitada a su rol de proveedor subdesarrollado de materias primas baratas. Han armado, entrenado y suministrado territorio a milicias interesadas en la destrucción de Argelia, el único Estado norteafricano de importancia rico en recursos comprometido con la genuina unidad e independencia africana. Al hacerlo, también han persuadido a algunos africanos que –en contraste con su rechazo unido de AFRICOM no hace mucho– necesitan ahora, después de todo, recurrir a Occidente para obtener ‘protección’ contra esas milicias. Como un típico grupo mafioso, Occidente hace que su protección sea ‘necesaria’ dando rienda suelta a las fuerzas atacantes. Ahora Francia ocupa Malí, EE.UU. está estableciendo una nueva base de drones en Níger y David Cameron habla de su participación en una nueva ‘guerra contra el terror’ que cubre seis países y probablemente durará décadas. 

Sin embargo no todo va bien en el frente imperialista. Lejos de eso; por cierto es casi seguro que Occidente haya albergado la esperanza de no tener que enviar sus propios soldados. El objetivo inicial era atraer a Argelia exactamente a la misma trampa que se utilizó con éxito en los años 80 contra la Unión Soviética, un ejemplo anterior del patrocinio der Gran Bretaña y EE.UU. de una violenta insurgencia sectaria en las fronteras de su enemigo, tratando de atraer a su objetivo a una guerra destructiva como respuesta. En última instancia, la guerra de la URSS en Afganistán no solo fracasó sino que además destruyó la economía y la moral del país al hacerlo y fue un factor clave tras la gratuita autodestrucción del Estado soviético en 1991. 

Argelia, sin embargo, se negó a caer en esa trampa y el número de ‘policía bueno–policía malo’ de Clinton y Hollande –la ‘presión por acción’ de la primera en Argel en octubre pasado seguida por los intentos franceses de involucrarla dos meses después– no llevó a ninguna parte. Mientras tanto, en lugar de respetar el guión, los impredecibles testaferros salafistas de Occidente se expandieron desde su base en el norte de Malí, no al norte, hacia Argelia como se quería, sino hacia el sur a Bamako, amenazando con derrocar a un régimen aliado de Occidente que se acababa de instalar por medio de un golpe hacía apenas un año. Los franceses se vieron obligados a intervenir para empujarlos hacia el norte y de vuelta al Estado que había sido su objetivo todo el tiempo. Por ahora, esta invasión parece contar con un cierto nivel de apoyo entre los africanos que temen a los testaferros salafistas de Occidente más que a los propios soldados de Occidente. Una vez que la ocupación comience a eternizarse, reforzando la credibilidad y la cantidad de la guerrilla, mientras saca a la luz la brutalidad de los ocupantes y sus aliados, veremos cuánto dura la situación. 

Dan Glazebrook es escritor y periodista político. 

Escribe regularmente sobre relaciones internacionales y el uso de la violencia estatal en la política interior y exterior británica. 

Fuente: http://www.counterpunch.org/2013/02/15/the-wests-war-against-african-development-continues/ 

http://www.rebelion.org/noticia.php?id=164044   

Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens