En 1964, salió a la luz el segundo tomo de: La
Violencia en Colombia, como respuesta a la enconada polémica que había
suscitado la primera entrega del texto por su carácter de denuncia frente a la
terrible situación que atravesaba el país.
Texto paradigmático que se adentra en el análisis
sociológico, teniendo como eje principal los códigos de los alzados en armas y
la, así llamada, Ley del Llano. Además de traer testimonios de los diferentes
actores, víctimas y victimarios de la violencia, en un contexto donde el horror
no ha cedido terreno, pero con la convicción de que es conociendo la historia
de los conflictos colombianos como mejor podemos entender la difícil situación
actual del país y, tal vez, divisar salidas.
Es paradójico que uno de los textos más impactantes de esta centuria en
Colombia haya tenido un origen tan casual. Casi se diría que
se produjo por azar: la abrumadora base documental que le sirvió de fundamento
remite a los trabajadores de una Comisión gubernamental investigadora de las
causas de la violencia, creada en 1958 bajo la Junta Militar. De la Comisión,
que dirigió Otto Morales Benítez, hicieron parte dos representantes de los
partidos tradicionales, dos de las fuerzas armadas y dos de la iglesia, uno de
estos últimos el autor principal de La violencia en Colombia, Estudio de un
proceso social, Germán Guzmán Campos, a la sazón párroco del Líbano, Tolima.
Por aquel entonces en la mente de Guzmán había ciertamente un proyecto pastoral
de reconciliación, pero no el proyecto intelectual de escribir un libro.
Golpe de intuición, por consiguiente, del grupo de emisarios de la
recién fundada Facultad de Sociología de la Universidad Nacional, Camilo
Torres, Orlando Fals Borda (decano de la Facultad), Andrew Pearse (sociólogo
británico) y Roberto Pineda Giraldo, que a principios de 1961 se fueron en
busca de Guzmán al Líbano.
La propuesta era precisa: que se trasladara a Bogotá para que con la
cooperación de otros colegas y con base tanto en su experiencia personal en
aquella región crucial de la Violencia, como en los materiales que de todo el
país se había acumulado en el curso de su labor en la Comisión, elaborara un
libro en el ambiente intelectual, crítico e independiente de la Universidad
Nacional.
Similar idea le había sido sugerida antes por Alberto Lleras Camargo en
visita presidencial a la población tolimense, el 7 de enero de 1959. En todo
caso, a la luz del contexto descrito, y no obstante que del proyecto original
sólo se materializó finalmente la colaboración orgánica de Fals Borda y del
jurista Eduardo Umaña Luna, especialmente en el segundo volumen, el libro
constituye sin lugar a duda el primer producto colectivo en las ciencias
sociales en el país. El libro hizo su resonante aparición en julio de 1962 y
con él se inicia también en buena medida la historia contemporánea de las
ciencias sociales en Colombia.
Pero en este libro no sólo es notable su gestión, sino las múltiples
funciones que cumplió en su momento y las que lo han hecho perdurable: Libro
denuncia, más que un libro de intención académica, La violencia en Colombia es
un texto de decidida intención política, no en el sentido partidista, como
tendió a utilizarse inicialmente, sino de enjuiciamiento histórico a las élites
gobernantes responsables del desangre. Es esta dimensión la que entre otras
cosas explica las reacciones de la prensa, de los poderes civiles,
eclesiásticos y militares y la que lo convirtió en objeto de debate incluso en
el Senado. En perspectiva histórica se puede aseverar que uno de los grandes
méritos del libro es haber hecho de la Violencia un tema de opinión y de
controversia pública. Muchos sectores citadinos descubrieron aterrorizados la
Violencia a través de este libro.
Libro testimonio, recoge voces e imágenes irrepetibles de actores
víctimas y testigos, con una variedad y fuerza descriptiva que lo convierte en
fuente inagotable. Libro memoria, gracias a él todo un período dramático de la
historia de este siglo XX se conservó. Libro intuición, no deja de sorprender a
los investigadores posteriores por el
invaluable cuerpo de registro que consignó; no lo dejó todo dicho, desde luego,
pero dejó lo necesario para que las posteriores generaciones de estudiosos se
motivaran a escribir nuevos capítulos. En este libro se encuentran en embrión
casi todos los temas de las décadas siguientes: guerras, negociaciones,
amnistías; actores, escenarios urbanos y rurales, dimensiones estructurales del
conflicto, despojos, desplazamientos, colonizaciones, regulación o normatividad
insurgente, cualificación y degradación de los grupos, del conflicto y de las
modalidades, expresiones regionales,
culturales, políticas y organizativas, y otros.
Análisis histórico de un conflicto: El
caso ‘Chispas’
Por: Johnny Delgado M.
* Especial para El Espectador
La historia de Teófilo Rojas, ‘Chispas’, ejemplifica el drama del
conflicto colombiano desde 1946.
El 22 de enero de 1963, en la vereda
La Albania, corregimiento de Barcelona del municipio de Calarcá, fue muerto por
tropas del Batallón Cisneros el legendario bandolero liberal Teófilo Rojas
Varón, alias Chispas
Dentro de la trágica historia de la
violencia política que se desató en los campos y poblados colombianos entre
1946 y 1966, la historia de Rojas encarna el prototipo del campesino
analfabeta, perseguido y sin posibilidades de redención que sucumbió finalmente
como víctima directa del conflicto desatado por el sectarismo político y religioso
que sumió al país en un abismo que costó la vida en dos décadas de horror a
cerca de 200.000 compatriotas.
Chispas entre los liberales y el
bandolero conservador Efraín González fueron los íconos del bandolerismo
bipartidista y sus vidas se han transformado en mito. Alguna vez cruzaron sus
destinos en tierras del Quindío y hasta se enfrentaron físicamente en una
ocasión. La mutua sagacidad de los combatientes hizo que el enfrentamiento
terminara sin derrotas y se separaron, guardándose un mutuo rencor hasta el
final de sus días.
La ascensión al poder de Mariano
Ospina Pérez en 1946, la proclamación de Jorge Eliécer Gaitán como jefe del
liberalismo en 1947 y el inicio de hostilidades contra los campesinos liberales
en noviembre de 1947, especialmente en Norte de Santander, Boyacá y Santander,
culminaron con el asesinato del caudillo liberal.
El magnicidio de Gaitán el 9 de abril
de 1948 sirvió de detonante para la confrontación partidista. Luego de sofocar
la reacción popular y liberal del Bogotazo y en el resto del país, la
persecución política del gobierno de Ospina Pérez se reanudó a gran escala a
partir de abril de 1949, a puertas de la contienda electoral para el Congreso,
señalada para el 5 de junio de ese año. La victoria electoral de los liberales
alertó al conservatismo, que vio en peligro el triunfo en las elecciones
presidenciales programadas para el 27 de noviembre de 1949.
Laureano Gómez, de regreso en el país
en junio de dicho año, fue proclamado candidato presidencial del Partido
Conservador mientras Darío Echandía lo sería por el Partido Liberal. En varios
departamentos se inició la más feroz persecución contra el campesinado y los
liberales por parte de los conservadores. La policía política de Ospina Pérez,
llamados chulavitas, se dedicó a perseguir, asesinar y desplazar a los
campesinos liberales. Echandía retiró su candidatura y Laureano Gómez fue
elegido presidente para el período 1950-1954.
En medio de la confrontación
surgieron grupos de resistencia liberal, como las guerrillas de Urrao al mando
de Juan de J. Franco; las guerrillas de los Llanos con Guadalupe Salcedo,
Cheíto Velásquez, Eduardo Franco y Dúmar Aljure, entre otros; las guerrillas
del Carare, formadas desde 1948 y al mando de Rafael Rangel; las guerrillas del
sur del Tolima, conformadas en su inicio por Gerardo Loaiza y Leopoldo García,
Peligro. Junto a esta guerrilla estaban la de los comunistas de Isauro Yosa,
todos concentrados en un sitio llamado El Davis; la de Yacopí de Saúl Fajardo y
Drigelio Olarte. En el centro del Tolima, cerca del poblado de Rovira,
surgieron los hermanos Arsenio, Leonidas y Ezequiel Borja, quienes formaron una
guerrilla con los liberales perseguidos por la furia chulavita.
Entre esos campesinos acogidos por
los Borja, estaba un niño de 12 años llamado Teófilo Rojas, quien huyó luego de
ver el asesinato de familiares y vecinos en el caserío de Guadualito de Rovira.
Era el año de 1950. Durante los años de los gobiernos de Laureano Gómez y
Roberto Urdaneta el país de sumió en una profunda crisis institucional y la
barbarie se enseñoreó en manos de los bandoleros de ambos partidos.
Un asalto de la cuadrilla de Leonidas
Borja, alias El Lobo, en septiembre de 1952, produjo la muerte de cinco
policías que fueron trasladados a Bogotá. El odio político de la plebe
conservadora de la capital desembocó el 6 de septiembre en el Contrabogotazo,
día nefasto de destrucción causado por los pájaros, detectives del SIC y
elementos violentos del conservatismo, quienes incendiaron los diarios El
Tiempo, El Espectador y las casas de los dirigentes liberales Carlos Lleras
Restrepo y Alfonso López Pumarejo.
Teófilo Rojas se destacó desde niño
por su carisma, orden y valentía en el combate. A pesar de su corta edad le
fueron encargadas misiones de confrontación con la policía. El 13 de junio de
1953 se produjo el golpe de Estado del general Rojas Pinilla. Dispuesto a
terminar con la guerra fratricida, el nuevo gobierno propuso una amnistía que
fue acogida por la mayoría de grupos liberales alzados en armas. En agosto de 1953
se entregaron las guerrillas de Leonidas Borja. Chispas figuraba entre los
combatientes y se dispersó entre los campesinos dispuestos a retornar a sus
campos a cultivar la tierra.
La ola de violencia menguó durante un
año. A partir de la masacre de los estudiantes del 9 de junio de 1954 en las
calles de Bogotá, la imagen del gobierno militar comenzó a declinar. El
carácter ultraconservador de Rojas y la creciente corrupción política en torno
a su gobierno comenzaron a deteriorar su imagen.
Se reinició la persecución contra los
guerrilleros liberales y comunistas del sur y del oriente del Tolima. Esta
confrontación dio origen a la Guerra de Villarrica, en el piedemonte del
Sumapaz, que causó cerca de 16.000 muertos. Muchos campesinos emigraron hacia
regiones como el Ariari y El Pato, protegidas por las guerrillas móviles de
liberales y comunistas. En el centro y sur del Tolima las cuadrillas liberales
de los Borja, de Chispas, de Mariachi, Leopoldo García Peligro, Vencedor, entre
otros, también causaron innumerables víctimas entre el campesinado.
Chispas se vio al mando de mucha
gente campesina que buscó amparo de las redadas chulavitas en los campos
tolimenses. Entre 1954 y el 10 de mayo de 1957 operó con las guerrillas en el
centro del Tolima. En 1956, la región de Córdoba, Pijao y zonas aledañas era
asolada por las huestes tenebrosas de un policía luego convertido a bandolero
declarado. Era el sargento Oliverio Moya Lagos, que con sus hombres desató una
inmensa persecución al campesinado liberal quindiano. Algunos liberales del
sector reunieron dinero y viajaron a Planadas, donde operaba Chispas, y lo
trajeron al Quindío. Chispas llegó y atacó a los chulavitas en su campamento y
así diezmó a las hordas de policía del régimen.
Como la censura de prensa de la época
no permitía conocer los hechos, las masacres de parte y parte permanecieron
inéditas. Años después, la tradición oral de las víctimas y la revisión de
documentos e informes oficiales permitieron a los investigadores, historiadores
y sociólogos conocer parte de la verdad. No obstante, el gobierno militar se
empeñaba en mostrar todo el prontuario delictivo de Chispas. Información que
fue recogida y mantenida aun después de la caída de Rojas Pinilla y la
iniciación del Frente Nacional.
La misma oligarquía que patrocinó el
golpe de Rojas Pinilla al gobierno de Laureano Gómez y Roberto Urdaneta, entre
ellos Ospina Pérez, Guillermo León Valencia y Gilberto Alzate y algunos
dirigentes liberales, ahora lo derrocaban. La amnesia histórica de la población
manipulada por la prensa y la clase política había rehabilitado en tan solo
cuatro años a Laureano Gómez, quien desde los años treinta y cuarenta
preconizaba la doctrina de la acción intrépida y el atentado personal en su
enfrentamiento con la República Liberal de Olaya Herrera, López Pumarejo y
Eduardo Santos.
El 10 de mayo de 1957 cayó Rojas, no
sin antes nombrar una Junta Militar para hacer la transición a los gobiernos
del posterior Frente Nacional.
Los elementos violentos del conservatismo:
pájaros, policías chulavitas y algunos detectives corruptos del SIC que
disfrutaron de impunidad y complacencia para operar en el período rojista, no
quedaron satisfechos por el golpe militar. Por ello continuaron con la
violencia, dispuestos a impedir el plebiscito del 1º de diciembre de 1957. No
obtuvieron el respaldo suficiente, aunque en Santander y Boyacá obtuvieron las
más altas votaciones por el NO. La mayoría del pueblo colombiano, hastiado de
la barbarie, votó por el SÍ al Frente Nacional. Para el 1º de mayo de 1958, los
ultraconservadores de San Gil hicieron una fallida asonada contra el gobierno
de la Junta Militar.
El 2 de mayo, algunos oficiales
rojistas de la capital, entre ellos el coronel Forero Gómez y el teniente
Cendales, hicieron un intento de golpe militar para restablecer a Rojas Pinilla
al poder. El hecho fue controlado y dos días más tarde era elegido el liberal
Alberto Lleras Camargo como primer presidente del Frente Nacional.
El nuevo gobierno ofreció una nueva
amnistía a finales de 1958. Teófilo Rojas, Chispas, que había estado muy activo
en actividades bandoleras desde 1954, se retiró desde mayo de 1958 hacia el sur
del Tolima junto a Jesús María Oviedo, General Mariachi. Desde allá escribió y
manifestó su empeño de retornar a la vida campesina. Fue amnistiado, pero como
sucedió en aquel entonces y luego en numerosas ocasiones, el espíritu vengativo
de los políticos adversarios y de la población manipulada se levantó contra los
excombatientes. Así pasó con los casos de Roberto González Prieto, Pedro
Brincos; Fabio Isaza, El Mico, y Teófilo Rojas, Chispas. La prensa de la
derecha atacaba al gobierno y lo acusaba de estar financiando a través de la
Oficina de Rehabilitación a los bandoleros, que antaño habían sacrificado a tantos
campesinos. Los tres bandoleros volvieron a tomar las armas hasta la muerte.
Las provocaciones no se hicieron
esperar y la amnistía en línea general fue un fracaso, porque el plazo de junio
de 1959 para acogerse a ella no fue sino un período de incubación para la
última fase de la terrible violencia.
Jair Giraldo y Efraín González, dos
jóvenes exmilitares de filiación conservadora, y retirados de la tropa por la
caída de Rojas Pinilla, conformaron una terrible cuadrilla. Unida a los grupos
de Melquisedec Melco Camacho, de Polancho, del exsargento Oliverio Moya, de
Arturo Quirós, de José Benjumea, El Pescado, y los hermanos Vargas de Aures,
conformaron una extensa red de violencia hacia el campesinado liberal en las
zonas del Quindío y norte del Valle. Los hacendados liberales, al ver
perjudicados sus intereses volvieron a llamar a Chispas, que había retornado a
la guerra.
De 1959 hasta 1962, las bandas
liberales se multiplicaron. Las cuadrillas que comandaba Chispas operaban en el
Tolima, Quindío y Valle del Cauca. El Quindío se llenó de sangre con las bandas
liberales de El Mosco, Chispas, La Gata, Joselito, entre otros. En el norte del
Valle hicieron lo mismo Celedonio Vargas, Conrado Salazar Zarpazo, Carlos
Espitia El Mosco, Cenizas, Puente Roto, Gasolina y Paticortico.
El sostenimiento económico por parte
de los hacendados al comienzo, luego por las cuotas de protección y
posteriormente por la fuerza, hicieron que el espacio político de los
bandoleros de ambos partidos se redujera. El gobierno de Valencia, iniciado en agosto
de 1962, se propuso exterminar el bandolerismo.
Teófilo Rojas murió el 22 de enero de
1963. Melco Camacho murió a manos del Ejército el 21 de marzo de 1963. Arcadio
Ruiz, Cenizas, fue muerto el 19 de mayo de 1963. William Ángel Aranguren,
Desquite, el 17 de marzo de 1964; Jacinto Cruz, Sangrenegra, el 27 de abril de
1964, y Efraín González fue muerto en junio de 1965 en el sur de Bogotá,
enfrentado a más de un centenar de miembros del Ejército al mando de José
Joaquín Matallana.
Como el bandolerismo no era la causa
de los males sino el resultado de los conflictos no resueltos, la tragedia
colombiana continuó hasta llegar al presente. Dos grandes bastiones del
conflicto colombiano emergieron: por un lado, los sectores marginados por la
violencia y el bandidismo de los centenares de cuadrilleros sin orientación
ideológica terminaron inmersos en la delincuencia común como atracadores de
bancos, secuestradores, piratas terrestres, y en las mafias de las esmeraldas y
del contrabando.
Una segunda corriente, conformada por
algunos combatientes liberales de los años cincuenta unidos a jóvenes
estudiantes inspirados en la Revolución Cubana y el triunfo del maoísmo, dieron
origen a los grupos armados del Moec, Epl y Eln. Otros combatientes liberales y
comunistas perseguidos desde 1950 en el sur del Tolima y lanzados al ostracismo
por la intolerancia de algunos políticos como Álvaro Gómez Hurtado, quien en
1961 azuzó en el Congreso con exterminar a las “repúblicas independientes de
Marquetalia, El Pato y Guayabero”, darían origen a las Farc en 1964 tras la
toma de Marquetalia.
Nos queda por aprender la lección:
los conflictos no resueltos a tiempo, prolongan la tragedia con más costos
económicos, de vidas y de crisis social.
*Autor de: ‘El bandolerismo en el
Valle del Cauca 1946-1966’, ganador del premio Jorge Isaacs 2011.