domingo, septiembre 18, 2016

 El Ruido de un Trueno

Ray Bradbury

El  anuncio en la pared parecía temblar bajo una móvil película de agua caliente. Eckels sintió que parpadeaba, y el anuncio ardió en la momentánea oscuridad:

Safari en el Tiempo S.A
Safaris a cualquier año del pasado.
Usted elige el animal.
Nosotros lo llevamos allí.
Usted lo mata.
Una flema tibia se le formó en la garganta a Eckels. Tragó saliva empujando hacia abajo la flema. Los músculos alrededor de la boca formaron una sonrisa, mientras alzaba lentamente la mano, y la mano se movió con un cheque de diez mil dólares ante el hombre del escritorio.

-¿Este safari garantiza que yo regrese vivo?

-No garantizamos nada -dijo el oficial-, excepto los dinosaurios.-. Este es el señor Travis, su guía safari en el pasado. Él le dirá a qué debe disparar y en qué momento. Si usted desobedece sus instrucciones, hay una multa de otros diez mil dólares, además de una posible acción del gobierno, a la vuelta.

Eckels miró en el otro extremo de la vasta oficina la confusa maraña zumbante de cables y cajas de acero, y el aura ya anaranjada, ya plateada, ya azul. Era como el sonido de una gigantesca hoguera donde ardía el tiempo, todos los años y todos los calendarios del pergamino, todas las horas apilada en llamas.

El roce de una mano, y este fuego se volvería maravillosamente, y en un instante, sobre sí mismo. Eckels recordó las palabras de los anuncios en la carta. De las brasas y cenizas, del polvo y los viejos años, como doradas salamandras, saltarán los viejos años, los verdes años; rosas endulzarán el aire, las canas se volverán negro ébano, las arrugas desaparecerán. Todo regresará volando a la semilla, huirá de la muerte, retornará a sus principios; los soles se elevarán en los cielos occidentales y se pondrán en los orientes gloriosos, las lunas se devorarán al revés a sí mismas, todas las cosas se meterán unas en otras como cajas chinas, los conejos entrarán en los sombreros, todo volverá a la fresca muerte, la muerte en la semilla, la muerte en verde, al tiempo anterior al comienzo, bastará el roce de una mano, el más leve roce de una mano.

-¡Infierno y condenación! -murmuró Eckels con la luz de la máquina en el rostro delgado-. Una verdadera máquina del tiempo. -Sacudió la cabeza-. Lo hace pensar a uno. Si la elección hubiera ido mal ayer, yo quizá estaría aquí huyendo de los resultados. Gracias a Dios ganó Keith. Será un buen presidente.
-Sí -dijo el hombre detrás del escritorio-. Tenemos suerte. Si Deutscher hubiese ganado, tendríamos la peor de las dictaduras. Es el antitodo, militarista, anticristo, antihumano, antiintenlectual. La gente nos llamó, ya sabe usted, bromeando, pero no enteramente. Decían que si Deutscher era presidente, querían ir a vivir a 1492.

Por supuesto, no nos ocupamos de organizar evasiones, sino safaris. De todos modos, el presidente es Keith. Ahora su única preocupación es...
Eckels terminó la frase:

-Matar mi dinosario.

-Un Tyrannosaurus rex. El Lagarto del Trueno, el más terrible mounstro de la historia. Firme este permiso. Si le pasa algo, no somos responsables. Estos dinosaurios son voraces.

Eckels enrojeció, enojado.

-¡Trata de asustarme!

-Francamente, sí. No queremos que vaya nadie que sienta pánico al primer tiro. El año pasado murieron seis jefes de safari y una docena de cazadores. Vamos a darle a usted la más extraordinaria emoción que un cazador pueda pretender. Lo enviaremos sesenta millones de años atrás para qué disfrute de la mayor y más emociónate cacería de todos los tiempos. Su cheque está todavía aquí. Rómpalo.

El señor Eckels miró el cheque largo rato. Se le retorcían los dedos.
-Buena suerte –dijo el hombre detrás del mostrador-. El señor Travis está a su disposición.

Cruzaron el salón silenciosamente, llevando los fusiles, hacia la Máquina, hacia el metal plateado y la luz rugiente.

Primero un día y luego una noche y luego un día y luego una noche, y luego día noche-día-noche-día.

Una semana, un mes, un año, ¡una década! 2055. 2019. ¡1999! ¡1957!
¡Desaparecieron!

La Máquina rugió.

Se pusieron los cascos de oxígeno y probaron los intercomunicadores.
Eckels se balanceaba en el asiento almohadillado, con el rostro pálido y duro.

Sintió un temblor en los brazos y bajó los ojos y vio que sus manos apretaban el fusil. Había otros cuatro hombres en la Máquina. Travis, el jefe del safari, su asistente, Lesperance, y dos otros cazadores, Billings y Kramer. Se miraron unos a otros y los años llamearon alrededor.

-¿Estos fusiles pueden matar a un dinosaurio de un tiro? –se oyó decir a Eckels.

-Si da usted en el sitio preciso -dijo Travis por la radio del casco-. Algunos dinosaurios tienen dos cerebros, uno en la cabeza, otro en la columna espinal. No les tiraremos a éstos, y tendremos más probabilidades. Aciérteles con los dos primeros tiros a los ojos, si puede, cegándolo, y luego dispare al cerebro.

La Máquina aulló. El tiempo era una película que corría hacia atrás. Pasaron soles, y luego diez millones de lunas.

-Dios santo –dijo Eckels-. Los cazadores de todos los tiempos nos envidiarían hoy.

África al lado de esto parece Illinois.

El sol se detuvo en el cielo.

La niebla que había envuelto la Máquina se desvaneció. Se encontraban en los viejos tiempos, tiempos muy viejos en verdad, tres cazadores y dos jefes de safari con sus metálicos rifles azules en las rodillas.

-Cristo no ha nacido aún –dijo Travis-. Moisés no ha subido a la montaña a hablar con Dios. Las pirámides están todavía en la tierra, esperando.

Recuerde que Alejandro, Julio César, Napoleón, Hitler... no han existido.

Los hombres asintieron con movimientos de cabeza.

-Eso –señaló el señor Travis- es la jungla de sesenta millones dos mil cincuenta y cinco años antes del presidente Keith.

Mostró un sendero de metal que se perdía en la vegetación salvaje, sobre pantanos humeantes, entre palmeras y helechos gigantescos.

-Y eso –dijo- es el Sendero, instalado por Safari en el Tiempo para su provecho.

Flota a diez centímetros del suelo. No toca ni siquiera una brizna, una flor o un árbol. Es de metal antigravitatorio. El propósito del Sendero es impedir que toque usted este mundo del pasado de algún modo. No se salga del Sendero. Repito. No se salga de él. ¡Por ningún motivo! Si se cae del Sendero hay una multa. Y no tire contra ningún animal que nosotros no aprobemos.

-¿Por qué? –preguntó Eckels.

Estaban en la antigua selva. Unos pájaros lejanos gritaban en el viento, y había un olor de alquitrán y viejo mar salado, hierbas húmedas y flores de color de sangre.

-No queremos cambiar el futuro. Este mundo del pasado no es el nuestro. Al gobierno no le gusta que estemos aquí. Tenemos que dar mucho dinero para conservar nuestras franquicias. Una máquina del tiempo es un asunto delicado.

Podemos matar inadvertidamente un animal importante, un pájaro, un coleóptero, aun una flor, destruyendo así un eslabón importante en la evolución de las especies.

-No me parece muy claro –dijo Eckels.

-Muy bien –continuó Travis-, digamos que accidentalmente matamos aquí un ratón. Eso significa destruir las futuras familias de este individuo, ¿entiende?
-Entiendo.

-¡Y todas las familias de las familias de ese individuo! Con sólo un pisotón usted primero uno, luego una docena, luego mil, un millón, ¡un billón de posibles ratones!

-Bueno, ¿y eso qué? –inquirió Eckels.

-¿Eso qué? –gruñó suavemente Travis-. ¿Qué pasa con los zorros que necesitan esos ratones sobrevivir? Por falta de diez ratones muere un zorro. Por falta de diez zorros, un león muere de hambre. Por falta de un león, especies enteras de insectos, buitres, infinitos billones de formas de vida son arrojados al caos y la destrucción. Al final todo se reduce a esto: cincuenta y nueve millones de años más tarde, un hombre de las cavernas, uno de la única docena que hay en todo el mundo, sale a cazar un jabalí o un tigre para alimentarse. Pero usted, amigo, ha aplastado con el pie a todos los tigres de esa zona al haber pisado un ratón. Así que el hombre de las cavernas se muere de hambre. Y el hombre de las cavernas, no lo olvide, no es un hombre que pueda desperdiciarse, ¡no! Es toda una futura nación. De él nacerán diez hijos. De ellos nacerán cien hijos, y así hasta llegar a nuestros días. Destruya usted a ese hombre, y destruye usted una raza, un pueblo, toda una historia viviente. Es como asesinar a uno de los nietos de Adán.

El pie que ha puesto sobre el ratón desencadenará así un terremoto, y sus efectos sacudirán nuestra tierra y nuestros destinos a través del tiempo, hasta sus raíces.

Con la muerte de ese hombre de las cavernas, un billón de otros hombres no saldrán nunca de la matriz. Quizá Roma no se alce nunca sobre las siete colinas.

Quizá Europa sea para siempre un bosque oscuro, y sólo crezca Asia saludable y prolífica. Pise usted un ratón y dejará su huella, como un abismo en la eternidad.

La reina Isabel no nacerá nunca, Washington no cruzará el Delaware, nunca habrá un país llamado Estados unidos. Tenga cuidado. No se salga del Sendero. ¡Nunca pise afuera!
-Ya veo –dijo Eckels-. Ni siquiera debemos pisar la hierba.

-Correcto. Al aplastar ciertas plantas quizá sólo sumemos factores infinitesimales.

Pero un pequeño error aquí se multiplicará en sesenta millones de años hasta alcanzar proporciones extraordinarias. Por supuesto, quizá nuestra teoría esté equivocada. Quizá nosotros no podamos cambiar el tiempo. O tal vez sólo pueda cambiarse de modos muy sutiles. Quizá un ratón muerto aquí provoque un desequilibrio entre los insectos de allá, una desproporción en la población más tarde, una mala cosecha liego, una depresión, hambres colectivas, y, finalmente, un cambio en la conducta social de alejados países. O algo mucho más sutil.

Quizá un suave aliento, un murmullo, un cabello, polen en el aire, un cambio tan, tan leve que uno podría notarlo sólo mirando de muy cerca.

¿Quién lo sabe?

¿Quién puede decir que realmente lo sabe? No nosotros. Nuestra teoría no es más que una hipótesis. Pero mientras no sepamos con seguridad si nuestros viajes en el tiempo pueden terminar en un gran estruendo o en un imperceptible crujido, tenemos que tener mucho cuidado. Esta máquina, este sendero, nuestros cuerpos y nuestras ropas han sido esterilizados, como usted sabe, antes del viaje.

Llevamos estos cascos de oxígeno para no introducir nuestras bacterias en una antigua atmósfera.

-¿Cómo sabemos que animales podemos matar?

-Están marcados con pintura roja –dijo Travis-. Hoy, antes de nuestro viaje, enviamos aquí a Lesperance con la Máquina. Vino a esta Era particular y siguió aciertos animales.

-¿Para estudiarlos?

-Exactamente –dijo Travis-. Los rastreó a lo largo de toda su existencia, observando cuáles vivían mucho tiempo. Muy pocos. Cuántas veces se acoplaban. Pocas, La vida es breve. Cuando encontraba alguno que iba a morir aplastado por un árbol u otro que se ahogaba en un pozo de alquitrán, anotaba la hora exacta, el minuto y el segundo, y le arroajaba una bomba de pintura que el manchaba de rojo el costado. No podemos equivocarnos. Luego midió nuestra llegada al pasado de modo que no nos encontremos con el monstruo más de dos minutos antes de aquella muerte. De este modo, sólo matamos animales sin futuro, que nunca volverán a acoplarse. ¿Comprende que cuidadosos somos?

-Pero si ustedes vinieron esta mañana –dijo Eckels ansiosamente-, debían haberse encontrado con nosotros, nuestro safari. ¿Qué ocurrió? ¿Tuvimos éxito?

¿Salimos todos... vivos?

Travis y Lesperance se miraron.

-Eso hubiese sido una paradoja –habló Lesperance-. El tiempo no permite esas confusiones..., un hombre que se encuentra consigo mismo, Cuando va a ocurrir algo parecido, el tiempo se hace a un lado. Como un avión que cae en un pozo de aire. ¿Sintió usted ese salto de la Máquina, poco antes de nuestra llegada?

Estábamos cruzándonos con nosotros mismos que volvíamos al futuro. No vimos nada. No hay modo de saber si esta expedición fue un éxito, si cazamos nuestro monstruo, o si todos nosotros, y usted, señor Eckels, salimos con vida.

Eckels sonrió débilmente.

-Dejemos esto –dijo Travis con brusquedad-. ¡Todos de pie!

Se prepararon a dejar la Máquina.

La jungla era alta y la jungla era ancha y la jungla era todo el mundo por siempre y para siempre. Sonidos como música y sonidos como lonas voladoras llenaban el aire: los pterodáctilos que volaban con cavernosas alas grises, murciélagos gigantes nacidos del delirio de una noche febril.

Eckels, guardando el equilibrio en el estrecho sendero, apuntó con su rifle, bromeando.

-¡No haga eso! –dijo Travis-. ¡No apunte ni siquiera en broma, maldita sea! Si se le dispara el arma...

Eckels enrojeció.

-¿Dónde está nuestro Tyrannosaurus?
Lesperance miró su reloj de pulsera.

-Adelante. Nos cruzaremos con él dentro de sesenta segundos. Busque la pintura roja, por Cristo. No dispare hasta que se lo digamos. Quédese en el Sendero. ¡Quédese en el Sendero!

Se adelantaron en el viento de la mañana.

-Qué raro –murmuró Eckels-. Allá delante, a sesenta millones de años, ha pasado el día de elección. Keith es presidente. Todos celebran. Y aquí, ellos no existen aún. Las cosas que nos preocuparon durante meses, toda una vida, no nacieron ni fueron pensadas aún.

-¡Levanten todos el seguro, todos! –ordenó Travis-. Usted dispare primero, Eckels.

Luego, Billings. Luego, Kramer.

-He cazado tigres, jabalíes, búfalos, elefantes, pero Jesús, esto es caza –comentó Eckels-. Tiemblo como un niño.

-Ah –dijo Travis. Todos se detuvieron. Travis alzó una mano.
 
-Ahí delante –susurró-. En la niebla. Ahí está Su Alteza Real.

La jungla era ancha y llena de gorjeos, crujidos, murmullos y suspiros.

De pronto todo cesó, como si alguien hubiese cerrado una puerta.

Silencio.

El ruido de un trueno.

De la niebla, a cien metros de distancia salió el Tyrannosaurus rex.

-Jesucristo –murmuró Eckels.

-¡Chist!

Venía a grandes trancos, sobre patas aceitadas y elásticas. Se alzaba diez metros por encima de los árboles, un gran dios del mal, apretando sus delicadas garras de relojero contra el oleoso pecho de reptil. Cada pata inferior era un pistón, quinientos kilos de huesos blancos, hundidos en gruesas cuerdas de músculos, encerrados en una vaina de piel centelleante y áspera, como la cota de malla de un guerrero terrible. Cada muslo era una tonelada de carne, marfil y acero. Y de la gran caja de aire del torso colgaban los dos brazos delicados, brazos con manos que podían alzar y examinar a los hombres como juguetes, mientras el cuello de serpiente se retorcía sobre sí mismo. Y la cabeza, una tonelada de piedra esculpida que se alzaba fácilmente hacia el cielo. En la boca entreabierta asomaba una cerca de dientes como dagas. Los ojos giraban en las órbitas, ojos vacíos, que nada expresaban, excepto hambre. Cerraba la boca en una mueca de muerte. Corría, y los huesos de la pelvis hacían a un lado árboles y arbustos, y los pies se hundían en la tierra dejando huellas de quince centímetros de profundidad.

Corría como si diese unos deslizantes pasos de baile, demasiado erecto y en equilibrio para sus diez toneladas. Entró fatigosamente en el área de sol, y sus hermosas manos de reptil tantearon el aire.

-¡Dios mío! –Eckels torció la boca-. Puede incorporarse y alcanzar la luna.
-¡Chist! –Travis sacudió bruscamente la cabeza-. Todavía no nos vio.

-No es posible matarlo. –Eckels emitió con serenidad este veredicto, como si fuese indiscutible. Había visto la evidencia y ésta era su razonada opinión. El arma en sus manos parecía un rifle de aire comprimido-. Hemos sido unos locos. Esto es imposible.

-¡Cállese!- siseó Travis.

-Una pesadilla.
-Dé media vuelta –ordenó Travis-. Vaya tranquilamente hasta la Máquina.

Le devolveremos mitad del dinero.

-No imaginé que fuera tan grande –dijo Eckels-. Calculé mal. Eso es todo. Y ahora quiero irme.

-¡Nos vio!

-¡Ahí está la pintura roja en el pecho!

El Lagarto del Trueno se incorporó. Su armadura brilló como mil monedas verdes.
Las monedas, embarradas, humeaban. En el barro se movían diminutos insectos, de modo que todo el cuerpo parecía retorcerse y ondular, aun cuando el monstruo mismo no se moviera. El monstruo resopló. Un hedor de sangre cruda cruzó la jungla.

-Sáquenme de aquí –pidió Eckels-. Nunca fue como esta vez. Siempre supe que saldría vivo. Tuve buenos guías, buenos safaris, y protección. Esta vez me he equivocado. Me he encontrado con la horma de mi zapato, y lo admito. Esto es demasiado para mí.

-No corra –dijo Lesperance-. Vuélvase. Ocúltese en la Máquina.

-sí.
 
Eckels parecía aturdido. Se miró los pies como si tratara de moverlos. Lanzó un gruñido de desesperanza.

- ¡Eckels!
Eckels dio unos pocos pasos, parpadeando, arrastrando los pies.

- ¡Por ahí no!

El monstruo, al advertir un movimiento, se lanzó hacia adelante ton un grito terrible. En cuatro segundos cubrió cien metros. Los rifles se alzaron y llamearon.

De la boca del monstruo salió un torbellino que los envolvió con un olor de barro y sangre vieja. El monstruo rugió con los dientes brillantes al sol.
Eckels, sin mirar atrás, caminó ciegamente hasta el borde del Sendero, con el rifle que le colgaba de los brazos. Salió del Sendero, y caminó, y caminó por la jungla.

Los pies se le hundieron en un musgo verde. Lo llevaban las piernas, Y se sintió solo y alejado de lo que ocurría atrás.
Los rifles dispararon otra vez. El ruido se perdió en chillidos y truenos. La gran Palanca de la cola del reptil se alzó sacudiéndose. Los árboles estallaron en nubes de hojas y ramas. El monstruo retorció sus manos de joyero y las bajó como para acariciar a los hombres, para partirlos en dos, aplastarlos como cerezas, meterlos entre los dientes y en la rugiente garganta. Sus ojos de canto rodado bajaron a la altura de los hombres, que vieron sus propias imágenes.

Dispararon sus armas contra las pestañas metálicas y los brillantes iris negros.

Como un ídolo de piedra, Como el desprendimiento de una montaña, el
Tyrannosaurus cayó. Con un trueno, se abrazó a unos árboles, los arrastró en su caída. Torció y quebró el Sendero de Metal. Los hombres retrocedieron alejándose. El cuerpo golpeó el suelo, diez toneladas de carne fría y piedra. Los rifles dispararon. El monstruo azotó el aire con su cola acorazada, retorció sus mandíbulas de serpiente, y ya no se movió. Una fuente de sangre le brotó de la garganta. En alguna parte, adentro, estalló un saco de fluidos. Unas bocanadas nauseabundas empaparon a los cazadores. Los hombres se quedaron mirándolo, rojos y resplandecientes.

El trueno se apagó.
La jungla estaba en silencio. Luego de la tormenta, una gran paz. Luego de la pesadilla, la mañana.
Billings y Krarner se sentaron en el sendero y vomitaron. Travis y Lesperance, de pie, sosteniendo aún los rifles humeantes, juraban continuarnente.
En la Máquina de¡ Tiempo, cara abajo, yacía Eckelsl estremeciéndose.

Había encontrado el camino de vuelta al Sendero y había subido a la Máquina.
Travis se acercó, lanzó una ojeada a Eckels, sacó unos trozos de algodón de una caja metálica y volvió junto a los otros, sentados en el Sendero.
-Límpiense.

Limpiaron la sangre de los cascos. El monstruo yacía como una loma de carne sólida. En su interior uno podía oír los suspiros y murmullos a medida que morían las más lejanas de las cámaras, y los órganos dejaban de funcionar, y los líquidos corrían un último instante de un receptáculo a una cavidad, a una glándula, y todo se cerraba para siempre. Era como estar junto a una locomotora estropeada o una excavadora de vapor en el momento en que se abren: las válvulas o se las cierra herméticamente. Los huesos crujían. La propia carne, perdido el equilibrio, cayó como peso muerto sobre los delicados antebrazos, quebrándolos.

Otro crujido. Allá arriba, la gigantesca rama de un árbol se rompió y cayó. Golpeó a la bestia muerta como algo final.

-Ahí está -Lesperance miró su reloj-. Justo a tiempo. Ese es el árbol gigantesco que originalmente debía caer y matar al animal.

Miró a los dos cazadores ¿Quieren la fotografía trofeo?

-¿Qué?

-No podemos llevar un trofeo al futuro; El cuerpo tiene que quedarse aquí donde hubiese muerto originalmente, de modo que los insectos, los pájaros y las bacterias puedan vivir de él, como estaba previsto. Todo debe mantener su equilibrio. Dejamos el cuerpo. Pero podemos llevar una foto con ustedes al lado.

Los dos hombres trataron de pensar, pero al fin sacudieron la cabeza.

Caminaron a lo largo del Sendero de Metal. Se dejaron caer de modo cansino en los almohadones de la Máquina. Miraron otra vez el monstruo caído, -el monte paralizado, donde unos raros pájaros reptiles y unos insectos dorados trabajaban ya en la humeante armadura.

Un sonido en el piso de la Máquina del Tiempo los endureció. Eckels estaba allí, temblando.

-Lo siento -dijo al fin.
- ¡Levántese! -gritó Travis.
Eckels se levantó.
- ¡Vaya por ese sendero, solo! -agregó Travis, apuntando con el rifle-. Usted no volverá a la Máquina. ¡Lo dejaremos aquí!
Lesperance tomó a Travis por el brazo.
-Espera...
- ¡No te metas en esto! -Travis se sacudió apartando la mano-. Este hijo de perra casi nos mata. Pero eso no es bastante. Diablo, no. ¡Sus zapatos! ¡Míralos! -Salió del Sendero. ¡Dios mío, estamos arruinados! Cristo sabe qué multa nos pondrán.

¡Decenas de miles de dólares! Garantizamos que nadie dejaría el Sendero. Y él lo dejó. ¡Oh, condenado tonto! Tendré que informar al gobierno. Pueden hasta quitarnos la licencia. ¡Dios sabe lo que le ha hecho al tiempo, a la Historia!

-Cálmate. Sólo pisó un poco de barro.
- ¡Cómo podemos saberlo? -gritó Travis-. ¡No sabemos nada! ¡Es un condenado misterio! ¡Fuera de aquí, Eckels!

Eckels buscó en su chaqueta.
-Pagaré cualquier cosa. ¡Cien mil dólares!
Travis miró enojado la libreta de cheques de Eckels y escupió.
-Vaya allí. El monstruo está junto al Sendero. Métale los brazos hasta los codos en la boca, y vuelva.
- ¡Eso no tiene sentido!
-El monstruo está muerto, cobarde bastardo. ¡Las balas! No podemos dejar aquí las balas. No pertenecen al pasado, pueden cambiar algo. Tome mi cuchillo.

¡Extráigalas!
La jungla estaba viva otra vez, con los viejos temblores y los gritos de los pájaros.

Eckels se volvió lentamente a mirar al primitivo vaciadero de basura, la montaña de pesadillas y terror. Luego de un rato, como un sonámbulo, se fue, arrastrando los pies.

Regresó temblando cinco minutos más tarde, con los brazos empapados Y rojos hasta los codos. Extendió las manos. En cada una había un montón de balas.

Luego cayó. Se quedó allí, en el suelo, sin moverse.

-No había por qué obligarlo a eso -dijo Lesperance.
-¿No? Es demasiado Pronto para saberlo. -Travis tocó con el pie el cuerpo
inmóvil.
-Vivirá. La Próxima vez no buscará cazas como ésta. Muy bien. -Le hizo una fatigada seña con el pulgar a Lesperance-. Enciende. Volvamos a casa. 
1492.1776.1812.

Se limpiaron las caras Y manos. Se cambiaron las camisas Y pantalones. Eckels se había incorporado y se paseaba sin hablar. Travis lo miró furiosamente durante diez minutos.
-No me mire -gritó Eckels-. No hice nada. 
-¿Quién puede decirlo?
-Salí de] sendero, eso es todo; traje un poco de barro en los zapatos. ¿Qué quiere que haga? ¿Qué me arrodille y rece?

-Quizá lo necesitemos. Se lo advierto, Eckels. Todavía puedo matarlo. Tengo listo el fusil.
-Soy inocente. ¡No he hecho nada!
1999.2000.2055.
La máquina se detuvo.
-Afuera -dijo Travis.

El cuarto estaba como lo habían dejado. Pero no de modo tan preciso. El mismo hombre estaba s entado detrás del mismo escritorio. Pero no exactamente el mismo hombre detrás del mismo escritorio.
Travis miró alrededor con rapidez.
-¿Todo bien aquí? -estalló.
-Muy bien. ¡Bienvenidos!

Travis no se sintió tranquilo. Parecía estudiar hasta los átomos del aire, el modo como entraba la luz del sol por la única ventana alta.

-Muy bien, Eckels, puede salir. No vuelva nunca.

Eckels no se movió.

-¿No me ha oído? -dijo Travis-. ¿Qué mira?

Eckels olía el aire, y había algo en el aire, una sustancia química tan sutil, tan leve, que sólo el débil grito de sus sentidos subliminales le advertía que estaba allí. Los colores blanco, gris, azul, anaranjado, de las paredes, del mobiliario, del cielo más allá de la ventana, eran... eran... Y había una sensación. Se estremeció. Le temblaron las manos. Se quedó oliendo aquel elemento raro con todos los poros del cuerpo. En alguna parte alguien debía de estar tocando uno de esos silbatos que sólo pueden oír los perros. Su cuerpo respondió con un grito silencioso. Más allá de este cuarto, más allá de esta pared, más allá de este hombre que no era exactamente el mismo hombre detrás del mismo escritorio..., se extendía todo un mundo de calles Y gente. Qué suerte de mundo era ahora, no se podía saber.

Podía sentirlos cómo se movían, más allá de los muros, casi, como piezas de ajedrez que arrastraban un viento seco...

Pero había algo más inmediato. El anuncio pintado en la pared de la oficina, el mismo anuncio que había leído aquel mismo día al entrar allí por vez primera.

De algún modo el anuncio había cambiado. 

SEFARI EN EL TIEMPO. S.A.
SEFARIS A KUALKUIER AÑO DEL PASADO
USTE NOMBRA EL ANIMAL.
NOSOTROS LO LLEBAMOS AYI.
USTE LO MATA.

Eckels sintió que caía en una silla. Tanteó insensatamente el grueso barro de sus botas. Sacó un trozo, temblando.

-No, no puede ser. Algo tan pequeño. No puede ser. ¡No!
Hundida en el barro, brillante, verde, y dorada, y negra, había una mariposa, muy hermosa y muy muerta.
- ¡No algo tan pequeño! ¡No una mariposa! -gritó Eckels.

Cayó al suelo una cosa exquisita, una cosa pequeña que podía destruir todos los equilibrios, derribando primero la línea de un pequeño dominó, y luego de un gran dominó, y luego de un gigantesco dominó, a lo largo de los años, a través del tiempo. La mente de Eckels giró sobre sí misma. La mariposa no podía cambiar las cosas. Matar una mariposa no podía ser tan importante. ¿Podía?

Tenía el rostro helado. Preguntó, temblándole la boca:

-¿Quién... quién ganó la elección presidencial ayer?'
El hombre detrás del mostrador se rio.

-¿Se burla de mí? Lo sabe muy bien. ¡Deutscher, por supuesto! No ese condenado debilucho de Keith. Tenemos un hombre fuerte ahora, un hombre de agallas. ¡Sí, señor! -El oficial calló-. ¿Qué pasa?

Eckels gimió. Cayó de rodillas. Recogió la mariposa dorada con dedos temblorosos.

-¿No podríamos -se preguntó a sí mismo, le preguntó al mundo, a los oficiales, a la Máquina-, no podríamos llevarla allá no podríamos hacerla vivir otra vez? ¿No podríamos empezar de nuevo? ¿No podríamos...?

No se movió. Con los ojos cerrados, esperó estremeciéndose. Oyó que Travis gritaba; oyó que Travis preparaba el rifle, alzaba el seguro, y apuntaba.

El ruido de un trueno. 


Exilio

Edmond Hamilton

¡Lo que daría ahora por no haber hablado de ciencia ficción aquella noche! Si no lo hubiéramos hecho, en estos momentos no estaría obsesionado con esa bizarra e imposible historia que nunca podrá ser comprobada ni refutada.

Sin embargo, tratándose de cuatro escritores profesionales de relatos fantásticos, supongo que el tema resultaba ineludible. A pesar de que logramos posponerlo durante toda la cena y los tragos que tomamos después, Madison, gustoso, contó a grandes rasgos su partida de caza, y luego Brazell inició una discusión sobre los pronósticos de los Dodgers. Más tarde me vi obligado a desviar la conversación al terreno de la fantasía.

No era mi intención hacer algo así. Pero había bebido un escocés de más, y eso siempre me vuelve analítico. Y me divertía la perfecta apariencia de que los cuatro éramos personas comunes y corrientes.

-Camufiaje protector, eso es -anuncié-. ¡Cuánto nos esforzamos por actuar como chicos buenos, normales y ordinarios!

Brazell me miró, un poco molesto por la abrupta interrupción.

-¿De qué estás hablando?

-De nosotros cuatro -respondí-. ¡Qué espléndida imitación de ciudadanos hechos y derechos! Pero no estamos contentos con eso… ninguno de nosotros. Por el contrario, estamos violentamente insatisfechos con la Tierra y con todas sus obras; por eso nos pasamos la vida creando, uno tras otro, mundos imaginarios.

-Supongo que el pequeño detalle de hacerlo por dinero no tiene nada que ver -inquirió Brazell, escéptico.

-Claro que sí -admití-. Todos creamos nuestros mundos y pueblos imposibles muchísimo antes de escribir una sola línea, ¿verdad? Incluso desde nuestra infancia, ¿no? Por eso no estamos a gusto aquí.

-Nos sentiríamos mucho peor en algunos de los mundos que describimos -replicó Madison.

En ese momento, Carrick, el cuarto del grupo, intervino en la conversación. Estaba sentado en silencio, como de costumbre, copa en mano, meditabundo, sin prestarmos atención.

Carrick era raro en muchos aspectos. Sabíamos poco de él, pero lo apreciábamos y admirábamos sus historias. Había escrito algunos relatos fascinantes, minuciosamente elaborados en su totalidad sobre un planeta imaginario.

-Lo mismo me ocurrió a mí en una ocasión –dijo a Madison.

-¿Qué? -preguntó Madison.

-Lo que acabas de sugerir… Una vez escribí sobre un mundo imaginario y luego me vi obligado a vivir en él -contestó Carrick.

Madison soltó una carcajada.

-Espero que haya sido un sitio más habitable que los escalofriantes planetas en los que yo planteo mis embustes.

Carrick ni siquiera sonrió.

-De haber sabido que viviría en él, lo habría creado muy distinto -murmuró.

Brazell, tras dirigir una mirada significativa copa vacía de Carrick, nos guiñó un ojo y pidió, voz melosa:

-Cuéntanos cómo fue, Carrick.

Carrick no apartó la mirada de su copa, mientras la giraba entre sus dedos al hablar. Se detenía entrre una frase y otra.

-Sucedió inmediatamente después de que mudara junto a la Gran Central de Energía. A simple vista, parecía un lugar ruidoso, pero, en realidad, se vivía muy tranquilo en las afueras de la ciudad. Y yo necesitaba tranquilidad para escribir mis historias.

»Me dispuse a trabajar en la nueva serie que había comenzado, una Colección de relatos que ocurrirían en aquel mundo imaginario. Empecé por crear detalladamente todas las características físicas de ese mundo, y del universo que lo contenía. Pasé todo el día concentrado en ello. Y cuando terminé, ¡algo en mi mente hizo clíc!

»Esa breve y extraña sensación me pareció una súbita materialización. Me quedé allí, inmovilizado, al tiempo que me preguntaba si estaría enloqueciendo, pues tuve la repentina seguridad de que el mundo que yo había creado durante todo el día acababa de cristalizar en una existencia concreta, en alguna parte.

»Por supuesto, ignoré esa extraña idea, salí de casa y me olvidé del asunto. Pero al día siguiente sucedió de nuevo. Dediqué la mayor parte del tiempo a la creación de los habitantes del mundo de mi historia. Sin duda los había imaginado humanos, aunque decidí que no fueran demasiado civilizados, pues eso imposibilitaría los conflictos y la violencia indispensable para mi trama.
»Así pues, había gestado mi mundo imaginario, un mundo de gente que estaba a medio civilizar. Imaginé todas sus crueldades y supersticiones. Erigí sus bárbaras y pintorescas ciudades. Y, justo cuando terminé, aquel clic resonó de nuevo en mi mente.

»Entonces sí me asusté de verdad, pues sentí con mayor fuerza que la primera vez esa extraña convicción de que mis sueños se habían materializado para dar paso a una realidad sólida. Sabía que era una locura; sin embargo, en mi mente tenía la increíble certeza. No podía abandonar esa idea.

»Traté de convencerme de descartar tan loca convicción. Si en verdad había creado un mundo y un universo con sólo imaginarlos, ¿dónde se hallaban? Desde luego no en mi propio cosmos. No podría contener dos universos… completamente distintos el uno del otro.

Pero ¿y si este mundo y este universo de mi imaginación se habían concretado en la realidad en otro cosmos vacío? ¿Un cosmos localizado en una dimensión diferente a la mía? ¿Uno que contuviera solamente átomos libres, materia informe que no había adquirido forma hasta que, de alguna manera, mis concentrados pensamientos les hicieron tomar las imágenes que yo había soñado?

»Medité esa idea de la extraña manera en que se aplican las leyes de la lógica a las cosas imposibles. ¿Por qué los relatos que yo imaginaba no se habían vuelto realidad en ocasiones anteriores y sólo ahora habían empezado a hacerlo? Bueno, para eso había una explicación plausible. Vivía cerca de la Gran Central de Energía. Alguna insospechada corriente de energía emanada de ella dirigía mi imaginación condensada, como una fuerza super amplificadora, hacia un cosmos vacío donde conmocionó la masa informe y la hizo apropiarse de aquellas formas que yo soñaba.

»¿Creía en eso? No. Por supuesto que no, pero lo sabía. Hay una gran diferencia entre el conocimiento y la creencia; como alguien dijo: “Todos los hombres saben que un día morirán y ninguno cree que llegará ese día”. Pues conmigo ocurrió exactamente lo mismo. Me daba cuenta que no era posible que mi mundo fantástico hubiese adquirido una existencia física en un cosmos dimensional diferente, aunque, al mismo tiempo, yo tenía la extraña convicción de que así era.

»Y entonces se me ocurrió algo que me pareció entretenido e interesante. ¿Y si me creaba a ‘mí mismo en ese otro mundo? ¿También sería yo real en él? Lo intenté. Me senté ante mi escritorio y me imaginé a mí mismo como uno más entre los millones de individuos de ese mundo ficticio; pude crear todo un trasfondo familiar e histórico coherente para mí en aquel lugar. ¡Y algo en mi mente hizo clic!»

Carrick hizo una pausa. Todavía contemplaba la copa vacía que agitaba lentamente entre sus dedos.

Madison le incitó a continuar:

-Y seguro que despertaste allí y una hermosa muchacha se acercó a ti, y preguntaste: «¿Dónde estoy?»

-No sucedió así -respondió Carrick sombrío-. No fue así en absoluto. Desperté en ese otro mundo, sí. Pero no fue como un despertar real. Simplemente, aparecí allí de repente.

»Seguía siendo yo. Pero, sin embargo, era el yo imaginado por mí para ese otro mundo. Se trataba de otro yo que siempre había vivido allí… del mismo modo que sus antepasados. Verán, yo lo había creado todo.

»Y mi otro yo era tan real en ese mundo imaginario creado por mi como lo había sido en el mío propio. Eso fue lo peor. Todo en ese mundo a medio civilizar era tan vulgar dentro de su realidad…»

Hizo una nueva pausa.

-Al principio, me resultó sumamente extraño. Caminé por las calles de aquellas bárbaras ciudades y miré los rostros de las personas con un imperioso y acuciante deseo de gritar en voz alta: “¡Yo los imaginé a todos! ¡Ninguno de ustedes existía hasta que yo los soñé!”.

»Sin embargo, no lo hice. Sin duda, no me habrían creído. Para ellos, yo no era más que un miembro insignificante de su raza. ¿Cómo podían pensar que ellos, sus tradiciones y su historia, su mundo y su universo, habían surgido súbitamente gracias a mi imaginación?

 »Cuando cesó mi turbación inicial, me desagradó el lugar. Resulta que lo había creado demasiado bárbaro. Las salvajes violencias y crueldades que me habían parecido tan seductoras como material para la historia, eran aberrantes y repulsivas al vivir en mi propia carne. Sólo deseaba volver a mi mundo.

»¡Y no pude regresar! No había forma. Tuve vaga sensación de, que podría imaginarme de vuelta en mi mundo así como había imaginado mi viaje a ese otro. Pero fue en vano. La extraña fuerza que había propiciado el milagro no funcionaba en dirección contraria.

Lo pasé bastante mal al percatarme de que estaba atrapado en un mundo desagradable, extenuado y bárbaro. Primero pensé en suicidarme. Sin embargo, no lo hice. El hombre se adapta a todo. Y me acoplé lo mejor que pude al mundo creado por mí.»

 -¿Qué hiciste allí? Quiero decir: ¿qué función cumpliste? -preguntó Brazell.
Carrick se encogió de hombros.

-No dominaba las habilidades y destrezas del mundo que había creado. Sólo poseía mi propio oficio… el de contar historias.

Empecé a sonreír.

-¿No querrás decir que empezaste a escribir historias fantásticas?

Él asintió, sombrío.

-No me quedó más remedio. Sin duda, aquello era lo único que podía hacer, dadas las circunstancias. Escribí historias sobre mi propio mundo real. Para esa gente, mis relatos eran de una imaginación desbordante… y les gustaron.

Nos echamos a reír. Pero Carrick permaneció mortalmente serio.

Madison llevó la broma hasta sus últimas consecuencias.

-¿Y cómo te las arreglaste para regresar finalmente a casa desde ese otro mundo que habías creado?


-¡Nunca regresé a casa! -respondió Carrick con un amargo suspiro.
Harrison  Bergeron                             

Por Kurt Vonnegut

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El año era 2081, y todos eran, por fin, iguales. No sólo eran iguales ante Dios y ante la ley. Eran iguales en todas las maneras posibles. Nadie era más inteligente que los demás. Nadie lucía mejor que los demás. Nadie era más fuerte o más veloz que los demás. Toda esta igualdad era gracias a las Enmiendas Constitucionales número 211, 212 y 213, y a la incesante vigilancia de los agentes de la Directora General de Impedidos de los Estados Unidos.
Aun así, algunas cosas sobre la vida aún no estaban totalmente bien. Abril, por ejemplo, continuaba volviendo loca a la gente por no ser primavera. Y era en ese mes húmedo y pegajoso en el que los hombres H-G se llevaron lejos a Harrison, el hijo de catorce años de George y Hazel Bergeron.
Fue trágico, sí, pero George y Hazel no pudieron pensarlo demasiado. Hazel tenía una inteligencia perfectamente promedio, lo que significaba que ella sólo podía pensar por tiempos cortos y espaciados. Y George, aunque poseía una inteligencia superior a lo normal, tenía una pequeña radio de impedimento mental en su oreja. La ley lo obligaba a usarla todo el tiempo.
Siempre sintonizaba transmisiones gubernamentales. Aproximadamente cada veinte segundos, el transmisor enviaba un ruido seco para evitar que la gente como George tomara ventaja injusta debido a su inteligencia.
George y Hazel estaban mirando televisión. Lágrimas resbalaban por las mejillas de Hazel pero ella había olvidado qué las había producido.
En la pantalla del televisor había bailarinas de ballet.
Un zumbido retumbó en la cabeza de George. Sus pensamientos huyeron con pánico, como bandidos al escuchar una alarma anti-asaltos.
“Ese fue un muy bonito baile, ese que acaban de hacer”, dijo Hazel.
“Huh” dijo George.
“El baile… fue bonito”, dijo Hazel.
“Yup”, dijo George. Trató de pensar un poco en las bailarinas. Ellas no eran muy buenas: no mejores que cualquiera.
Cargaban contrapesos y bolsas de perdigones, y sus caras fueron enmascaradas, evitando que alguien se sintiera triste al ver un libre y grácil gesto o un rostro hermoso. George jugaba con la vaga noción de que tal vez las bailarinas no deberían tener ningún impedimento.
Pero no reflexionó mucho antes de que otro ruido salido de la radio en su oreja dispersara sus pensamientos.
George se contrajo de dolor. Al igual que dos de las ocho bailarinas.
Hazel lo vio contraerse.
Al no tener una radio de impedimento mental, le preguntó a George cómo había sido el último ruido.
“Sonó como alguien golpeando una botella de cristal con un martillo de bola” dijo George.
“Creo que sería muy interesante escuchar todos los diferentes sonidos”, dijo Hazel, con un rastro de envidia. “Todas las cosas que inventan”.
“Urn”, dijo George.
“Eso sí, si yo fuera la Directora General de Impedidos, ¿sabes qué haría?” dijo Hazel. De hecho, Hazel era muy parecida a la Directora, una mujer llamada Moon Glampers. “Si yo fuera Diana Moon Glampers”, dijo Hazel, “Habría campanadas los domingos –sólo campanadas. Algo así como en honor a la religión”.
“Podría pensar bien si sólo fueran campanadas”, dijo George.
“Bueno, tal vez las haría muy fuertes”, dijo Hazel. “Creo que sería una buena Directora General”.
“Tan buena como cualquiera”, respondió George.
“¿Quién sabría mejor que yo lo que es normal?” replicó Hazel.
“Cierto”, dijo George. Empezó a pensar en su hijo anormal que en este momento estaba en la cárcel, Harrison, pero el sonido de una bala de salva detuvo los pensamientos.
“¡Rayos!”, dijo Hazel, “ese fue uno especialmente ruidoso, ¿cierto?”
Fue tan ruidoso que George estaba pálido y tembloroso, y al borde de sus ojos irritados podían verse lágrimas. Dos de las ocho bailarinas habían colapsado y se encontraban en el suelo, frotando sus sienes.
“De pronto pareces tan cansado”, dijo Hazel. “¿Por qué no te estiras en el sillón, para que puedas descansar tu pesada bolsa de impedimento en la almohada, querido?”.
Ella se refería al perdigón de cuarenta y siete libras en la bolsa de lona, cerrada con candado alrededor del cuello de George. “Ve y descansa un rato la bolsa”, dijo ella. “No me importa si no somos iguales por un rato”.
George sostuvo la bolsa con las manos. “No importa”, dijo él. “Ni siquiera la siento ya. Es como una parte de mí.”
“Has estado tan cansado últimamente, tan desgastado”, dijo Hazel. “Si pudiéramos, de alguna manera, hacer un hoyo en la bolsa para quitar algunas esferas de plomo… Sólo algunas…”
“Dos años de cárcel y dos mil dólares de multa por cada esfera que saque”, dijo George, “no es precisamente una ganga.”
“Debería poder sacar sólo unas pocas cuando llegaras a casa del trabajo”, dijo Hazel. “Quiero decir, no compites con nadie aquí. Sólo te sientas.”
“Si tratara de hacerlo”, dijo George, “otra gente lo haría y muy pronto estaríamos en el oscurantismo de nuevo, todos compitiendo contra todos. Eso no te gustaría ¿o sí?”
“Lo odiaría”, dijo Hazel.
“¿Ves?”, dijo George. “Cuando la gente empieza a hacer trampa en las leyes, ¿qué crees que pasa con la sociedad?”
Si Hazel no hubiera sido capaz de responder, George no habría podido darle una respuesta. Una sirena se disparó en su cabeza.
“Creo que se desmoronaría”, dijo Hazel.
“¿Qué se desmoronaría?” preguntó George, con la mente completamente en blanco.
“La sociedad”, respondió Hazel, insegura. “¿No es lo que acabas de decir?”
“¿Quién sabe?”, dijo George.
El programa de la televisión de pronto fue interrumpido por un boletín de noticias. Al principio no fue muy claro sobre qué era el boletín pues el locutor, como todos los locutores, tenía un serio impedimento del habla.
Por medio minuto, en un estado de alta exaltación, el locutor trató de decir “damas y caballeros”.
Finalmente se dio por vencido y le entregó el boletín a una bailarina para que lo leyera.
“Eso está bien…“, dijo Hazel sobre el locutor, “lo intentó. Eso es lo importante. Intentó hacer lo mejor que pudo con lo que Dios le dio. Debería obtener un buen aumento de sueldo por haberlo intentado.”
“Damas y caballeros”, dijo la bailarina, leyendo el boletín.
Ella debe haber sido extraordinariamente hermosa, porque la máscara que usaba era verdaderamente espantosa.
Y era fácil darse cuenta que ella era la más fuerte y grácil de todas las bailarinas porque sus bolsas de impedimento eran tan pesadas como las que usaban los hombres más fuertes.
Y ella tuvo que disculparse por su voz, que era una voz inadecuada para una mujer. Su voz era una cálida, luminosa, atemporal melodía. “Discúlpenme…” dijo ella y comenzó de nuevo, haciendo su voz totalmente gris.
“Harrison Bergeron, de catorce años”, dijo ella con un graznido insípido, “ha escapado de la cárcel en la que estaba preso bajo la sospecha de participar en una conspiración contra el gobierno. Él es un genio y un atleta, está poco impedido y debe tenerse como alguien extremadamente peligroso.”
Una fotografía de Harrison Bergeron, sacada del archivo policiaco, fue mostrada en la pantalla. De cabeza primero, luego de lado, luego de forma normal. La fotografía mostraba el cuerpo completo de Harrison contra un fondo calibrado en pies y pulgadas. Él medía exactamente siete pies de alto.
El resto de la aparición de Harrison era Halloween y hardware.
Nadie había nacido nunca con impedimentos más pesados. Él había superado los obstáculos más rápido de lo que los hombres HG pensaron. En lugar de un pequeño radio en la oreja que provocara un impedimento mental, él usaba un tremendo par de audífonos, y gafas con lentes gruesas y onduladas.
Las gafas tenían la intención de no sólo hacerlo medio ciego sino también producirle terribles dolores de cabeza.
Metal chatarra colgaba de todas partes de él. De una forma bastante ordinaria, existía cierta simetría, una pulcritud militar de los impedimentos colocados a la gente fuerte. Pero Harrison lucía como un depósito de chatarra. Cargaba trescientas libras mientras transitaba por la vida.
Para compensar que era guapo, los hombres H-G hacían que usara todo el tiempo una pelotilla de plástico rojo en la nariz, que mantuviera sus cejas rasuradas e, incluso, que cubriera sus dientes relucientes con fundas negras.
“Si usted ve a este chico”, dijo la bailarina, “no –y repito, NO- trate de razonar con él.”

Se escuchó el chillido de una puerta siendo arrancada de sus bisagras.

Gritos y llantos desgarradores de consternación se desprendieron del televisor. La fotografía de Harrison Bergeron en la pantalla saltó una y otra vez, danzando al ritmo de un terremoto.

George Bergeron identificó correctamente el origen del terremoto, no le fue difícil, pues su propia casa había sido sacudida del mismo modo muchas veces. “Dios mío-” dijo George, “¡ese debe ser Harrison!”

El entendimiento de la situación fue borrado de su mente instantáneamente por el sonido de un choque automovilístico en su cabeza.

Cuando George pudo abrir los ojos de nuevo, la fotografía de Harrison había desaparecido. Un Harrison vivo y fuerte llenó la pantalla. Era él.

Tintineando, parecido a un payaso enorme, Harrison se paró en el centro del estudio televisivo.

La perilla arrancada de la puerta del estudio seguía en su mano.
Bailarinas, técnicos, músicos y locutores cayeron sobre sus rodillas ante él, esperando ser asesinados.

“¡Yo soy el Emperador!”, gritó Harrison. “¿Escucharon? ¡Soy el Emperador! ¡Todos tienen que hacer inmediatamente lo que digo!”

Golpeó el suelo con el pie y el estudio tembló.

“¡Incluso si me paro aquí”, bramó, “lisiado, cojeando, enfermo… Soy un jefe superior a cualquier otro hombre que haya existido! ¡Ahora miren en lo que puedo convertirme!”.

Harrison desgarró las correas de su arnés de impedimento como un papel mojado, desgarró las correas que sostenían quinientas libras.

Las porquerías metálicas de Harrison chocaron contra el suelo.

Harrison empujó sus pulgares bajo la barra del candado que sostenía el arnés de su cabeza. La barra se quebró como un tallo de apio. Harrison aplastó sus audífonos y sus gafas contra la pared.

Arrojó lejos su nariz de pelota, revelando al hombre que hubiera atemorizado a Thor, el dios del trueno.

“¡Ahora escogeré mi emperatriz!”, dijo, mirando a las personas asustadas. “¡La primera mujer que se atreva a ponerse de pie reclamará al emperador y a su trono!”

Pasó un momento, luego una bailarina se levantó, balanceándose como las ramas del sauce llorón en una tarde de viento.

Harrison arrancó el radio de impedimento mental de su oreja, apagando sus deficiencias físicas con maravillosa delicadeza. Finalmente, le quitó la máscara.

Era cegadoramente hermosa.

“Ahora…”, dijo Harrison, tomando su mano, “¿Deberíamos mostrarle al mundo el significado de la palabra ‘baile’? ¡Música!”, ordenó.

Los músicos retomaron sus lugares con cierta perturbación, y Harrison también los desnudó a ellos de sus impedimentos. “Toquen lo mejor que puedan”, les dijo, “y los haré barones, duques y condes.”

La música comenzó. Al principió fue normal: torpe, falsa. Pero Harrison tomó a dos músicos de sus sillas, sacudiéndolos como batutas al mismo tiempo que cantaba la música como quería que fuera tocada. Devolvió violentamente a los músicos a sus sillas.

La música comenzó de nuevo con una mejoría notable.

Harrison y su emperatriz simplemente escucharon la música por un rato: escuchaban con seriedad, como sincronizando sus latidos con la música.

Apoyaron el peso de sus cuerpos en las puntas de sus pies.

Harrison puso sus grandes manos en la pequeña cintura de la mujer, dejándola sentir la liviandad que pronto sería suya.

Luego, en una explosión de alegría y gracia, saltaron por el aire.

No sólo habían abandonado las leyes de la tierra sino también la ley de gravedad y de movimiento.

Tambalearon, giraron, caracolearon y revolotearon.

Saltaron como ciervos en la luna.

El techo del estudio estaba a treinta pies del suelo, pero con cada salto los bailarines se acercaban más y más a él.

Se volvió obvia su intención de besar el techo.

Lo besaron.

Y luego, neutralizando la gravedad con amor y voluntad pura, permanecieron suspendidos en el aire, varias pulgadas sobre el suelo, y se besaron por un momento larguísimo.

En ese instante Diana Moon Glampers, la Impedidora General, entró al estudio con una escopeta de doble cañón. Disparó dos veces. El Emperador y la Emperatriz murieron antes de tocar el suelo.

Diana Moon Glampers recargó el arma. Apuntó a los músicos y les avisó que tenían diez segundos para ponerse sus impedimentos de nuevo.

Entonces el interior del televisor perteneciente a los Bergeron se quemó.

Hazel se giró para hacerle un comentario a George sobre el televisor. Pero George había ido a la cocina por una cerveza.

George regresó con la cerveza, deteniéndose por un instante en el que la señal impedidora lo sacudió. Y luego se sentó de nuevo.

“Has estado llorando”, dijo George a Hazel.
“Yup”, contestó.
“¿Por qué?”, preguntó él.
“Lo he olvidado”, dijo ella, “algo muy triste pasó en la televisión.”
“¿Qué fue?”, dijo George.
“Todo está mezclado en mi mente, es confuso”, dijo Hazel.
“Olvida las cosas que te pongan triste”, dijo él.
“Siempre lo hago”, respondió ella.

“Esa es mi chica”, dijo George. Se contrajo de dolor. En su cabeza revoloteaba un ruido parecido al que hacen las pistolas de clavos.
“Dios, puedo notar que ese ruido fue ensordecedor”, dijo Hazel.
“Eso es cierto, puedes asegurarlo”, dijo George.
“Dios-”, repitió Hazel, “puedo notar que ese ruido fue ensordecedor.

Traducción por Andrea Barreto V.